Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
“El señor Iradier, supongo” o apuntes sobre la pobreza del imaginario histórico hispánico (1868-2017)
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Carlos Rilova | 19-06-2017 | 11:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana podría haber hablado en este nuevo correo de la historia de, por ejemplo, aspectos desconocidos de la Batalla de Waterloo que celebró su 202 aniversario este domingo pasado, pero finalmente no he podido desechar la tentación de escribir algo sobre el eminente victoriano (y vitoriano) Manuel de Iradier y, así las cosas, he pensado que era inevitable dejar ese material para otra ocasión.

La idea de hablar del explorador Manuel de Iradier hace tiempo que me daba vueltas. El detonante final para decidirme a dedicarle un espacio en un correo de la Historia, ha sido alguna reacción que ha seguido a la muerte, verdaderamente heroica, del abogado español Ignacio Echeverria que, como recordaremos, cayó apuñalado por islamistas en el último atentado que, en nombre del DAESH, se perpetró en Londres.

Su única arma, como ya sabemos, era su patinete. Un deporte urbano del que Echeverria era un auténtico fanático y que venía de practicar cuando, sin pensárselo dos veces, se lanzó sobre los islamistas para, según unas versiones, defender a una mujer que estos estaban acuchillando, o, según otras, para ayudar a un “bobbie”, a un policía metropolitano de Londres, que estaba intentando atajar ese mismo ataque.

Desde ese momento no dejaron de aparecer los reconocimientos en la prensa española y en la del resto de Europa. También a nivel mundial.

Así bien aparecieron en los periódicos unas cuantas viñetas que ese día no se dedicaron al humor, sino a rendir homenaje al valeroso acto del joven abogado madrileño.

Precisamente es una de ellas la que nos va a llevar hasta Manuel de Iradier y la cuestión de la pobreza del imaginario histórico hispánico. Esa viñeta apareció en el “ABC” de 8 de junio de 2017, firmada por José Manuel Puebla. En ella se ve a Ignacio Echeverria, con su patinete bajo el brazo, siendo recibido en el Cielo por Don Pelayo y Blas de Lezo, que le hacen un arco triunfal con sus espadas.

Como no podía ser menos en un país como España, las opiniones respecto a esa viñeta han quedado divididas desde un principio. En ese espejo deformante de España que es el famoso Forocoches, hubo un usuario que calificó la viñeta de “cuñadística”.

Yo me limitaré, en esta ocasión, a señalar que la viñeta de Puebla, con o sin intención, mostraba un imaginario histórico realmente pobre. Por supuesto el artista tiene un tiempo y un espacio limitado y así es muy libre de elegir sintetizar su intención en tres figuras y no en un gran friso de, pongamos, 8, 10, ¿12? personajes.

El problema aquí no es ese. El problema es que en casi todos los medios se repite ese pobre esquema que, con intención o sin ella, reflejaba la viñeta de Puebla. Una y otra vez. En redes sociales, en novela histórica… Hoy por hoy parece que no hay más héroes españoles que don Pelayo o Blas de Lezo. Sencillamente asombroso. La impresión de precariedad que eso da es también asombrosa. Difícil de creer, de hecho, en un país que es la cuarta economía de una de las áreas más desarrolladas del Mundo.

En Francia, tan despreciada por ese nacionalismo español de charanga y pandereta, la base mínima del elenco de personajes históricos que se considera han hecho algo heroico, memorable, digno de ser homenajeado, es, como mínimo, de en torno a unas diez figuras básicas a las que se reconoce su valía, sin distinción de sexo o sesgo político (más afín a la Derecha o a la Izquierda). La serie empieza con Vercingétorix. Suele seguir con un equivalente francés al Pelayo español, el rey Clodoveo I. De ahí se pasa a San Luis rey de Francia (el equivalente al rey castellano-leonés Fernando III el Santo). Luego viene Santa Juana de Arco. Luego Francisco I (no sólo equivalente, sino rival del rey-emperador español Carlos I). Después viene Enrique IV (fundador de la dinastía Borbón hoy reinante en España). Tras el simpático rey conocido como el “verde galán”, en esa lista aparece, imprescindible, el equivalente al Conde-Duque de Olivares. Es decir, el cardenal Richelieu. Después Luis XV. Un rey dieciochesco que, aliado a España, hizo unas cuantas guerras. Unas, por cierto, en las que las tropas de línea españolas conquistaron para Francia la hoy famosa Costa Azul (ya saben, Cannes, Niza, etc…). De ahí se suele pasar a los héroes de la época revolucionaria. Como La Tour d´Auvergne, oficial que, por cierto, puso sitio a San Sebastián en 1794. Aunque es más habitual pasar a Napoleón. Esta lista, como ven, tan transversal y tan variada, utilizada para enseñar los fundamentos cívicos a los niños franceses durante generaciones, acaba con Napoleón III, a veces con De Gaulle…

No suelen faltar en ella figuras de grandes exploradores. Por ejemplo Champlain (colonizador y explorador del actual Canadá a principios del siglo XVII), el fundador de la ciudad de Detroit, en 1701, Antoine de la Mothe, que, con su segundo apellido, dio nombre a un hoy famoso coche (el “Cadillac”), o bien Brazza, fundador de Brazzaville en África.

En el imaginario hispánico está claro  -como se deduce de la viñeta de Puebla y de muchas otras fuentes- que tan rica y bien adornada lista, sencillamente, no existe. Así, por ejemplo, es fácil leer comentarios en Internet de personas que, según todos los indicios, son curiosas, leen etc… y, sin embargo, descubren asombradas lo que llaman “exploradores españoles de reglamento”, con salacot y todo. Como es el caso del vitoriano Manuel de Iradier y Bulfy.

El aludido nació en la capital alavesa en 6 de julio de 1854. Desde muy joven se interesó por lo que otra gente de su generación o de la anterior estaba haciendo, tratando de poner algo de luz sobre África. Llamada entonces el continente negro porque, a esas alturas del siglo XIX en las que Iradier actúa, aparte de sus zonas costeras, apenas era conocido.

De hecho, entre 1868 y 1869, cuando un tal Henry Morton Stanley, un periodista y aventurero estadounidense, recaló por Vitoria para enviar crónicas sobre la previsible nueva guerra entre carlistas y liberales tras el triunfo de la revolución Gloriosa, el joven Manuel contactó con él para saber cómo seguir sus pasos de explorador en África. Allí donde Stanley pronunciaría su famosa frase “el dr. Livingstone, supongo”, cuando se encontró con el también famoso explorador británico en el lago Tanganika en 1871.

Stanley, parece ser, recomendó al joven vitoriano que explorase las posesiones españolas en Centroáfrica. Así lo hizo Manuel Iradier, convirtiéndose en ese “explorador de reglamento” al que algunos aluden. Para ello hizo frente a todas las dificultades y las condiciones extremas a las que hicieron frente personajes como Burton, Speke, el propio Henry Morton Stanley o Livingstone. Sí, Manuel Iradier luchó contra fuerzas muy superiores, se jugó la vida ante ellas, como se la pudo jugar, en su día, aquel noble visigodo que hoy llamamos don Pelayo o un general guipuzcoano como Blas de Lezo en el año 1742. O, por resumir la lista, los miles de soldados, misioneros, o exploradores que, desde el siglo XIV, estaban saliendo de la Península para descubrir el Mundo, llevar nuevas ideas a otras partes de él o, sencillamente, levantar mapas de esas tierras desconocidas. Desde Juan de la Cosa en el siglo XV hasta el general Juan Prim a mediados del XIX.

Todos ellos tenían una cara oscura. Como la tenían los héroes franceses o británicos. Por ejemplo, por no dejar de hablar de exploradores decimonónicos de África, son notorias las barbaridades que Stanley perpetró en África mientras exploraba y, de hecho, colonizaba esas tierras para uno de los imperios europeos más crueles que se han conocido: el del rey belga Leopoldo II. Las exploraciones de Iradier, finalmente, sirvieron casi para lo mismo. Es decir, no sólo para conocer mejor esa parte del Mundo, sino para colonizarla y explotarla económicamente hasta bien entrado el siglo XX.

Naturalmente en países avanzados y maduros, como Francia o Gran Bretaña, ese pasado está difundido y perfectamente asimilado. Con esas luces y sombras.

En el imaginario hispánico, eso, naturalmente, es hoy por hoy imposible. Es el único resultado que se puede esperar en un país como la España actual, que ni siquiera conoce su pasado más allá de, apenas, un par de figuras puntuales; un país en el que causa asombro pensar que los españoles han hecho exactamente lo mismo (lo bueno, lo malo y lo peor) que otros europeos; un país, en definitiva, en el que la Historia se trocea en función de las vanidades locales o de las afinidades políticas actuales (“cuidado con Iradier, que era masón”, por ejemplo), buscando hacer exclusivamente local lo que es general. O excluir al enemigo político de cada cual de esa Historia que debería ser común. Como sí lo es en Francia o en Gran Bretaña.

Así las cosas, es imposible hacer nada. Ni tan siquiera rendir decentemente homenajes tan merecidos como el de Ignacio Echeverria. Una vez más lo más asombroso del caso es que ese país, España, siga siendo, todavía, de momento, mínimamente funcional en semejantes condiciones, convirtiéndose así en una verdadera curiosidad histórica digna de estudio. Como cualquier otra anomalía o singularidad (dicho sea todo esto no precisamente en términos de elogio).

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Descartes, el discurso del Método, la Guerra y el absurdo (1637-2017)
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Carlos Rilova | 12-06-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana pasada, el 8 de junio, se cumplía el aniversario de la publicación del “Discurso del Método” de René Descartes en el año 1637.

Me pareció una efemérides curiosa. ¿Por qué?, bueno, echando cuentas rápidamente llegue a la conclusión de que Descartes había publicado esa obra de Filosofía, cumbre del pensamiento racional, justo un año y un mes antes de que se iniciase en la frontera guipuzcoana uno de los más grandes asedios que tuvieron lugar durante esa que se llamó Guerra de los Treinta Años.

En efecto, el 7 de julio del año 1638 las primeras avanzadas de un voluminoso ejército francés marchaba ya sobre el Bidasoa y empezaba a acercarse a la zona de marismas que protegía las obras exteriores de la fortaleza de Fuenterrabía (hoy oficialmente Hondarribia).

Ese asedio, vivamente deseado y organizado por el rey Luis XIII y, sobre todo, por su ministro y valido, el cardenal Richelieu, iba a ser formidable por más que (como suele ser lamentablemente habitual) al ser una gran batalla librada justo en la latitud Sur de los Pirineos, sea hoy prácticamente desconocida más allá del nivel local.

Así es, el ejército bajo el mando de un príncipe bastardo de la rama Borbón, la de los Condé, con lo más florido de las tropas reales francesas (incluido el regimiento de quien más adelante será llamado el Gran Condé), está compuesto por 20.000 hombres. Marchan regimientos de Caballería y de Infantería junto con unidades de la más moderna Artillería. Estos especialistas, matemáticos expertos (como el propio Descartes), traen consigo una nueva invención: los morteros. Piezas que pueden lanzar en tiro parabólico bombas que no sólo impactan como las balas de la Artillería convencional. Además de causar destrozos por medio de esos impactos directos, los proyectiles arrojados por los morteros, explotan gracias a una carga de pólvora interior y son capaces de desmontar, con esa sola deflagración, una casa entera.

No sé ha comprobado con absoluta certeza, de momento, pero se dice que es en este asedio de Fuenterrabía, del año 1638, en el que se utilizará por primera vez esa devastadora táctica del bombardeo combinado con el simple cañoneo de la plaza que se quiere tomar.

Ciertamente las crónicas españolas, como la de Palafox,  elaboradas tras la derrota francesa de septiembre de ese año de 1638, indicaban que era algo novedoso. Y terriblemente eficaz. Las bombas entraban por los desvanes de las casas, caían a peso por sus dos o tres pisos intermedios y, con una precisión en efecto matemática, al llegar al zaguán o piso bajo, explotaban reduciendo a escombros la casa entera…

No fueron esas las únicas escenas de drama humano y devastación sangrienta que se vieron ante los muros de Fuenterrabía en aquellos dos meses de asedio de 1638.

Las crónicas hablan de montañas de cadáveres. Es fácil, siguiendo la descripción de esos documentos, saber cómo llegaron a formarse. Entre los regimientos que asedian la fortaleza los tambores suenan con un ritmo hipnótico, tal y como lo cuenta la propia crónica de Palafox. Los alféreces agitan las gigantescas banderas que distinguen y agrupan a cada unidad, dando la señal para marchar con paso medido, como el de un mecanismo de relojería, a cien, doscientos… trescientos hombres moviéndose al unísono como uno sólo, con sus picas y mosquetes, los dientes apretados, bajo sus sombreros o morriones de acero las miradas fijas sobre los muros de la plaza desde la que se ven subir columnas de humo dejadas por la explosión de las últimas bombas lanzadas por los morteros. En los últimos tramos, los sargentos mayores y los caballeros que guían a esos hombres en calidad de oficiales, alzan las voces dando las últimas instrucciones.

El miedo contenido en esas filas, sin duda, debía ser más que palpable ya a esas alturas del avance. Pronto llegan las consecuencias. Los artilleros que defienden la plaza de Fuenterrabía cargan sus piezas con palanqueta. Se trata de otra decantada técnica de Artillería en la que intervienen cálculos más o menos complejos como los que pasaron, toda su vida, por la cabeza del autor del “Discurso del Método”. La palanqueta son trozos más o menos rectangulares de metal. Combinados con otro tipo de munición, como la metralla y los angelotes (dos pequeñas balas unidas por medio de cadenas o barras), su eficacia es tan devastadora como la de las bombas.

Desde luego que su efecto no puede ser más devastador para las líneas de Infantería que marchan para tomar las brechas abiertas en las fortificaciones hondarribiarras. Las palanquetas salen desde cañones que han sido apuntados con toda exactitud por sus artilleros, que han calculado, también con exactitud, la carga de pólvora necesaria para que el impacto sea efectivo. Pronto se ve, como nos recuerdan las crónicas de ese asedio, cómo pasan esos trozos de metal proyectados a toda velocidad por entre las filas francesas, segándolas literalmente. Una y otra vez, porque los cañones de la plaza son rápidamente recargados. Apenas descansan.

Según la crónica de Palafox, esa técnica utilizada por los artilleros que defienden Fiuenterrabía llega a tal punto de eficacia que los franceses deben enviar a soldados armados con largos bicheros para retirar a sus muertos. Caídos en tal volumen que les impiden formar las tropas para dar nuevos asaltos…

Como vemos tan sólo por medio de estos pequeños retazos, un año y un mes después de que Descartes publicase su “Discurso del Método”, era obvio que el Hombre, el ser humano en sí, seguía pensando, discurriendo, con unas enormes dosis de Lógica y Método científico.

El único problema es que todo ese ingenio se aplicaba, casi masivamente, al asesinato mutuo. A producir, en serie, escenas dantescas como las que se dieron en el asedio de Fuenterrabía en el verano de 1638. Hay que sacar en conclusión, pues, que ese era el signo de la época.

Es bien sabido que el cardenal Richelieu mandó inscribir en gran parte de su Artillería, como la que asedió Fuenterrabía en 1638, la inscripción latina “Ultima ratio regum”. Traducido libremente “el último argumento de los reyes”…

Esa era la Filosofía dominante en la época. Incluso en un reino dirigido por un hombre de la Iglesia, como Richelieu. De hecho, el mismo Descartes (como es bastante sabido y ya comentamos en algún otro correo de la Historia) se ganó la vida como mercenario al servicio de distintos Ejércitos -como el que pone sitio a Fuenterrabía en 1637- además de como matemático, filósofo, hombre de Ciencia…

Así, bajo esa perspectiva, sería bueno considerar cuál fue el verdadero propósito y alcance de ese “Discurso del Método”, de ese libro para pensar fría, racional y acertadamente. Escrito por un soldado que, casi a diario durante algunos años, vio, en la realidad que le rodeaba, justo lo contrario de lo que decían sus páginas escritas entre combate y combate entre los muchos ejércitos que se batían en Europa en esas fechas y nada sabían de un futuro mejor. Más racional, más ordenado. Más metódico.

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Mañana es 6 de junio. Algo de Historia del “Día-D” en clave española (1944-2017)
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Carlos Rilova | 05-06-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mañana es 6 de junio. Mañana, por tanto, se celebrará, una vez más, el éxito del “Día-D”. Es decir, el día en el que las potencias aliadas desembarcaron en la Europa ocupada por nazis, fascistas y otros subproductos similares, para abrir un nuevo frente y formar la tenaza definitiva que acabaría con, al menos, dos de esos regímenes totalitarios. No, por casualidad, los que más problemas habían dado a esos aliados. Es decir, la Italia de Mussolini (ya prácticamente liquidada desde el año anterior) y la Alemania de Hitler, a la que le quedaba poco más de un año de vida.

Como siempre que tengo ocasión, me gusta recordar en esta fecha la participación de los españoles en esas operaciones.

También como siempre, hay que empezar esa labor histórica diciendo que, el gran problema con este caso, es que, gracias a Hollywood, tenemos una visión bastante sesgada hacia el punto de vista anglosajón sobre estos acontecimientos. Hay que esperar a las influencias del cine de la “American New Wave” de los años setenta, que busca más realismo en las películas, en todos los sentidos, para que aparezcan en pantalla algo más que británicos, norteamericanos y, en el mejor de los casos, franceses entre las fuerzas de desembarco que se lanzaron en 6 de junio de 1944 sobre el continente ocupado por los nazis y sus, más o menos, fieles aliados, amigos, compañeros de viaje, clientes más o menos agradecidos por el envío de material bélico para ganar determinadas guerras como la civil española…

Por ejemplo es el caso de la magnífica “Un puente lejano” que relata la operación “Market Garden”, la de más envergadura tras el “Día-D”, que buscaba liberar Holanda para ofrecer una base logística segura que permitiera la más rápida invasión de la Alemania de Hitler.

En esa película aparecían, con bastante papel, los paracaidistas polacos. Era una de las distintas unidades de ese país que, como ocurrió en el caso de muchos otros europeos continentales, se habían refugiado en Gran Bretaña formando cuerpos de esos que se llamó franceses libres, checoeslovacos libres…

Entre esas nacionalidades refugiadas también había españoles, aunque hasta hace pocos años no se les ha dado prácticamente ningún papel en esos objetos de recuerdo. Por un lado ha ayudado a eso que su número era mucho menor que el de los polacos, checoslovacos o franceses. Pero no ha sido esa la única razón.

De hecho, si revisamos los libros de Historia, descubriremos que esos hombres, esos españoles, integrados no en unidades propias como las de los polacos, sino en el Ejército británico y en las fuerzas francesas libres bajo mando del conflicto general De Gaulle, estaban prácticamente vendidos antes de que el Alto Mando aliado los pusiera sobre las playas de Normandía, pocos días después de que se hubiera vencido la resistencia nazi en ese punto de la Francia ocupada.

Así es, por ejemplo el libro del profesor Enrique Moradiellos “Franco frente a Churchill” recoge, en sus páginas 321 y 322, datos muy interesantes sobre conversaciones entre el primer ministro británico, Churchill, y el embajador de la España franquista un año antes de que la “Operación Overlord” -la que culminaría con el “Día-D” el 6 de junio- fuera puesta en marcha.

En esas conversaciones, el duque de Alba, es decir, el embajador de aquella España franquista, recogía muy satisfecho lo que Churchill le había dicho en un almuerzo privado: que Gran Bretaña consideraba que la España ocupada por el Ejército franquista desde 1939 no era, asombrosamente, un aliado de Hitler. De hecho, ni siquiera consideraba que Falange fuera un partido fascista… Todas estas discutibles conclusiones llevaban a Churchill (el mismo personaje que en películas como “Un puente lejano” aparece como un sólido muro frente a los nazis) a señalar al embajador franquista que Gran Bretaña no se inmiscuiría en lo que consideraba eran “asuntos internos” de España.

Enrique Moradiellos también señala en ese punto, que los norteamericanos eran de la misma opinión en aquel año previo al desembarco de 6 de junio de 1944. Es decir: no tenían intención de intervenir en los asuntos internos de España. El buen comportamiento de Franco durante el conflicto les había convencido de que mejor dejar las cosas así, quedando el gobierno norteamericano indiferente a si en España había como régimen de gobierno una monarquía, una república “o el que quiera” que sea, tal y como decía el documento que Moradiellos cita…

Sin embargo, esa clase de opiniones no sería ni firme ni unánime en los medios aliados. Los jefes de Estado Mayor norteamericano tenían opiniones mucho menos indulgentes hacia la España franquista. Consideraban, en agosto de 1943, con la invasión de la Italia fascista en marcha, que había que dejarse de políticas conciliadoras con una España que ayudaba con sus recursos económicos, e incluso con sus fuerzas armadas, al Eje Roma-Tokio-Berlín…

Pero la conclusión final de ese laberinto político-diplomático fue finalmente una sola: nadie en las fuerzas aliadas, ni en los mandos militares, ni en los cargos políticos, se atrevía a quitar de en medio a Franco. Por si acaso. No se planteaban, siquiera, una restauración monárquica bajo la férula británica. Como recordaba una carta de 29 de mayo de 1944 escrita por el pretendiente don Juan a uno de sus corresponsales, donde se interpretaba como un verdadero palo para la causa monárquica española el discurso pronunciado por Churchill ante la Cámara de los Comunes el 24 de mayo de 1944. Es decir, apenas una semana antes del desembarco de Normandía…

El resultado final, pues, iba a ser ese: costase lo que costase políticamente, los líderes aliados optaban por dejar más o menos en paz al régimen franquista. Eso, sin embargo, no se trasladó a los miles de combatientes españoles que, de muy buena fe, esperaban que a Franco, como aliado de Hitler, se le diera el pago lógico y correspondiente que se había dado ya a Mussolini o que se iba a dar a los japoneses.

Es decir, que esos soldados españoles que desembarcaron después del Día-D, ya estaban condenados de antemano. Murieran o sobrevivieran en el campo de batalla. Ellos, como los checoslovacos libres o los polacos libres, iban a ser sacrificados  a cuestiones de Alta Política y dejados sus respectivos países en manos de regímenes más o menos totalitarios…

De poco o nada sirvieron las gestiones de sus gobiernos legítimos, como ocurrió en el caso de las intensas rondas de visitas que llevó a cabo el último presidente legal del Gobierno español, el doctor Juan Negrín, en el año 1945.

Tanto heroísmo sobre los cielos de Inglaterra, en las playas de Normandía, en las calles del París ocupado o de la Alemania nazi, quizás hubiera merecido otro fin mejor, pero así se escribió la Historia en aquellas fechas llenas de sombras y de luces…

Sería un homenaje tardío, pero, insisto, sería muy conveniente también que desde el año que viene, por lo menos, hubiera representantes oficiales de España en los actos de homenaje que se harán mañana mismo, otra vez, en Normandía.  Para recordar que al menos varios miles de españoles lucharon y murieron  en ese frente de la Segunda Guerra Mundial, a partir del 6 de junio de 1944, por la Libertad de la que, se dice, disfrutamos ahora.

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Victoria en Vitoria. Un monumento singular cumple cien años (1813-1917-2017)
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Carlos Rilova | 29-05-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este último sábado estuve en la ceremonia que celebró los cien años del monumento que, en la Plaza de la Virgen Blanca de Vitoria, recuerda otro de los Waterloos de Napoleón. En este caso, como no podía ser menos, la batalla de Vitoria que dejó al pobre emperador muy tocado. Especialmente cuando la noticia transcendió la frontera de los Pirineos y llegó a una Europa central que sólo estaba esperando la ocasión para caer sobre la fiera herida (es decir: el emperador) y rematarla.

Ya sé que sonará a tópico, pero fue un orgullo estar allí. Y una suerte también. Al fin y al cabo fue una de esas que llaman “ ocasiones históricas”.

Así las cosas, poder estar allí y ser parte del homenaje, fue, en efecto, muy afortunado y me dejó una sensación de esas tan tranquilizadoras de haber estado en el momento y el lugar oportunos y para hacer lo que había que hacer.

En este caso, actuar en lugar de escribir o conferenciar (y hasta pontificar a veces) sobre la Historia, su utilidad, su uso y esas cosas que, de lunes en lunes, suelen aparecer en esta página.

Pero estar allí no fue fácil. El monumento a la Batalla de Vitoria tiene la misma virtud que otros monumentos similares que se edificaron en España al calor del primer centenario de la Guerra de Independencia.

Es decir, que gustó a algunos, a otros no les gustó nada y levantó mucha polémica. Una que lo ha perseguido hasta hoy día. A pesar de que ha resistido, como un  valiente, esos cien años, sin moverse de allí, cumpliendo su función de recordar lo que pasó en Vitoria un asfixiante y tormentoso día de junio de 1813 en el que se decidían muchas cosas en las afueras de Vitoria.

Con los años la polémica se ha ido simplificando un tanto. Ya no es cuestión de la estética del monumento, ni de las barrabasadas perpetradas por la soldadesca británica -por ejemplo sobre el botín que José I se llevaba a Francia- tan aficionada a ellas (a esa clase de canalladas) que su propio jefe, el duque de Wellington, no dudaba en definirlos como “la escoria de la tierra”.

Toda esa polémica ha quedado reducida a que en ese monumento de Vitoria aparecen palabras que indican que es un homenaje a la independencia de España. Parece que eso sigue sin gustar nada en determinados medios políticos de Vitoria.

Y es que “España” es una palabra que produce cierta urticaria ideológica en una provincia como Álava, donde hay un sentimiento antiespañol que ha decrecido mucho en los últimos años, pero que aún así sabe hacerse notar.

Así están las cosas hoy, a cien años de la inauguración de ese monumento que, algo ingenuamente, decidió ponerse un lema que, ya se lo podían imaginar sus promotores, no iba a gustar nada a los militantes de un Partido Nacionalista Vasco que ya existía en 1917 y estaba en franco crecimiento. Tanto que hoy gobierna Vitoria y buena parte de las tres provincias vascas.

Comprendo, perfectamente, a esos “jeltzales”, a esos nacionalistas vascos (y sus posteriores derivados más o menos radicalizados) que han abominado, durante cien años, de ese monumento. Cualquiera que conozca la obra escrita de Sabino Arana ya sabe que el fundador y líder del Nacionalismo vasco estaba bastante preocupado con crear una Historia a la medida de sus fines políticos, que eran -fundamentalmente- independizarse de España, a la que no reconocía como patria común de los vascos.

Políticamente eso tenía toda la razón de ser. Ya sabemos que en los sistemas políticos constitucionales (como el que vivieron los hermanos Arana) o ya plenamente democráticos desde la abolición de los sufragios censitarios y la concesión del voto a la mujer, se puede justificar prácticamente cualquier opción política. Cosa muy distinta es que esas opciones políticas utilicen la Historia para esas justificaciones. Eso ya empieza a ser problemático, porque unas veces ese uso de la Historia con fines políticos tiene fundamento y otras no. En el caso de los hermanos Arana es lo segundo.

En efecto, desde 1876 en adelante, cuando Sabino y su hermano Luis idearon el partido y todo su aparato ideológico, es posible que empezaran a aparecer vascos que no se sentían ya ciudadanos de España y no querían saber nada de ella, ni de su Historia, ni de nada de nada que tuviera que ver con ese tema…

Sin embargo, en 1813, en la época que conmemora este monumento de Vitoria que cumple ahora cien años, las cosas eran muy distintas. Los vascos de esa época ya estaban divididos por cuestiones políticas, pero no del modo en el que lo imaginaron los hermanos Arana. Unos estaban a favor de la causa revolucionaria que había prendido en París en 1789. Otros estaban a favor de la salida autoritaria que Napoleón había dado a ese proceso revolucionario (los llamados afrancesados) y finalmente había un tercer grupo (bastante numeroso) que odiaba, por igual, a los partidarios de la revolución y a los “afrancesados”.

Los revolucionarios y este tercer grupo habían hecho, desde 1808, causa común para acabar con Napoleón, al que unos veían como un sucio traidor que había acabado con la Libertad de 1789 por medio de un golpe de estado militar y los otros, los de ese tercer grupo, como un demonio salido del Infierno que quería acabar con la tradición en la que ellos vivían tan a gusto, sin imaginar nada mejor.

De dejar de ser españoles ninguno de esos tres grupos había dicho nada. Ni siquiera se lo planteaban

Ese proceso político iniciado en 1808, culminó en 1813, con esa batalla que decidió la derrota final de Napoleón. Ni Álava, ni España, volverían a ser las mismas. El Ejército, las gentes que lo formaban (la mayoría de ellos voluntarios que no estaban dispuestos a soportar la opresión de un ejército invasor) había cambiado radicalmente. La Tradición (plasmada en los Fueros que la familia Arana defendió hasta 1876) se veía desafiada por una nueva organización política: la constitución liberal de 1812…

Había habido, y todavía iba a haber, muchas batallas (en Senpere, en Tolosa, en San Marcial, en Toulouse, en Waterloo…) para, de momento, impedir que Napoleón tiranizase a toda Europa.

Eso, y nada más, es lo que recuerda este monumento que bien merece estar allí muchos más siglos para homenajear a unas gentes que, ante todo, lucharon para ser libres de esa opresión y a las que la cuestión de separarse de España les habría parecido sencillamente tan absurda como la pretensión de inventarse una Historia que jamás existió.

Eso, la derrota de Napoleón, un tirano militar que pretendía esclavizar a toda Europa bajo su férula pretoriana, es lo que realmente se recuerda en ese monumento que cumple ahora cien años. Quien no sepa verlo así, o quien crea que hay cosas más importantes que dedicar unas horas o unos minutos a esa conmemoración, o quien quiera borrar esos hechos de un pasado común, se está equivocando. Estrepitosamente. Y desde el sentido común (que es el principal fruto que da el árbol de la Ciencia) no se le puede decir otra cosa.

A partir del año que viene, quien quiera, podrá retractarse del error de asociar ideas anacrónicas a ese monumento, de ignorarlo, o de creer que carece de valor histórico.

Cosas todas ellas impensables en esa Europa unida a la que pertenecemos y a la que tanto queremos parecernos…

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“America first?”. Hacer valer la propia Historia. Los guipuzcoanos y la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1780-1782)
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Carlos Rilova | 22-05-2017 | 11:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo que voy a contar, muy brevemente, en este nuevo correo de la Historia, no es totalmente original.

Ya hace muchos años, el 18 de marzo de 1993, una historiadora guipuzcoana, la tristemente desaparecida Paloma Miranda de Lage, lo había dejado dicho en uno de los muchos artículos que publicó en prensa. Recordaba ella en ese escrito, en plena Era Clinton, que aquel hubiera sido un buen momento para que el Gobierno Vasco de turno pasase una serie de facturas atrasadas (en sentido literal, no figurado) al presidente estadounidense.

Las facturas concretamente versaban sobre la ayuda dada, por lo que se ve a fondo perdido, a las Provincias Unidas de Norteamérica (finalmente convertidas en los Estados Unidos) para que combatiesen al rey Jorge. El montante era importante. Era el equivalente a bastantes millones de euros en mosquetes, pólvora, balas, piezas de Artillería, mantas, quinina o varas y más varas de paño para fabricar uniformes para un Ejército, el continental de línea bajo mando del general George Washington, que carecía de casi todo.

Paloma Miranda de Lage no descubría con esto tampoco nada nuevo. Había habido estudios históricos anteriores que trataban del asunto. Y también los ha habido posteriores. Por sólo citar algunos ahí estaban los del profesor Yela Utrilla que databan de los años 20 del siglo pasado (pese a ser una temática curiosa para un falangista “camisa vieja” como él), los de Carmen de Reparaz sobre el principal jefe militar español que comandó las tropas destinadas a combatir al lado de las estadounidenses y, ya más cerca de nosotros, el de Julio César Santoyo sobre la embajada de Arthur Lee o los que Begoña y María Jesús Cava Mesa o Natividad Rueda dedicaron al cerebro financiero de esa operación de ayuda a los nacientes Estados Unidos de Norteamérica: la firma bilbaína Gardoqui…

El caso es que, pese a esos notables esfuerzos, este tema, la ayuda española a la independencia de los Estados Unidos, sigue sin tener visibilidad histórica, más allá de esos relativamente modestos y dispersos impulsos. Un dato curioso, para que nos hagamos una idea: en dos siglos en España sólo se han publicado dos novelas históricas sobre este tema, “Gritos de Independencia” y muy recientemente, este mismo año, “Fuego en el Misisipi”. Esto debe de ser alguna clase de récord, pero no me atrevería a decir de qué signo, si positivo o negativo…

En efecto. Yo mismo he tenido ocasión de comprobar la opacidad de esos hechos históricos para un gran público y no digamos ya para un gran público fuera de España.

Ha sido a lo largo de los últimos meses, en los que he dedicado todo el tiempo que he podido a responder una impertinente pregunta que me hacía desde muchos años atrás, desde que allá por 1976 mi padre me recordase que un tal Marqués de La Fayette había pasado por el puerto de Pasajes. Algo que resultaba cuando menos fantástico para la imaginación de un niño, como salido de una de esas películas que echaban por la tele los sábados por la tarde. Como “Corazones indomables” de John Ford.

La pregunta en cuestión era, “¿pero no pasó nada más aquí entre los años 1776 y 1782?”. Yo sabía que era imposible que no hubiese pasado nada más. Por supuesto. Con el tiempo, a medida que subía por la escala que llevaba al título de licenciado y doctor, iba descubriendo indicios. En los archivos. O en libros de Historia como el que Montserrat Garate Ojanguren dedicó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Ahí se decía que la “Guipuzcoana”, el buque insignia de la economía dieciochesca de esa provincia que tenía en Pasajes su principal puerto, había sufrido duramente esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En estos últimos meses, como decía, he tenido ocasión de descubrir más detalles que aparecerán publicados en breve en, al menos, dos artículos en sendas revistas científicas del País Vasco.

En efecto, registrando de nuevo los archivos he descubierto, con nombres y apellidos, descendiendo al nivel de la calle, como quiere la Historiografía moderna, a guipuzcoanos que, a centenares, fueron sacrificados a esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

De hecho, en dos años de guerra abierta, los que van de 1780 a 1782, según demostraban -sin género de dudas- los documentos del archivo general guipuzcoano, la Muy Noble y Muy Leal (al rey de España y de las Indias en esas fechas) Provincia, (escarpada, pequeña, escasamente rica en productos agrícolas) había quedado económicamente devastada.

Las heroicidades de los corsarios guipuzcoanos (que incluso tienen una calle dedicada en Donostia) ante la flota británica, habían salido muy caras. Se habían perdido hombres y barcos. Aún así, en ese aspecto a los guipuzcoanos les había ido casi tan bien como a los yankees, que gracias a capitanes hoy elevados a la categoría de mito nacional (como John Paul Jones) se habían anotado notables tantos sobre la Marina mercante y de guerra del rey Jorge.

Peor, desde luego, le había ido a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Sus barcos habían sido reforzados como barcos de guerra (en realidad, en la época todo mercante era un buque armado con mayor o menor potencia de fuego) e incluso tuvieron que costear costosos barcos de escolta como el Nuestra Señora de la Asunción. La aventura se hizo pronto demasiado peligrosa. Esos convoyes de la Guipuzcoana con carga para América del Sur y del Norte, incluso con escolta, eran presa fácil para las distintas flotas de Gran Bretaña.

Pronto las prisiones y los pontones británicos se llenaron de prisioneros guipuzcoanos. Durante mi investigación he averiguado, gracias a las memorias médicas publicadas por doctores como James Carmichael Smyth (médico de Su Majestad Jorge III), que las condiciones de insalubridad en algunos de esos depósitos eran infectas y pronto prendieron en ellos enfermedades epidémicas que dejaron desoladas a poblaciones guipuzcoanas como Pasajes y Rentería. Las mismas en las que, de día en día, se publicaban noticias sobre los vecinos que habían muerto en esas prisiones…

El balance histórico que se saca de ese y otros documentos, es que los guipuzcoanos se sacrificaron a decenas, a centenares, por la causa de la Independencia de Estados Unidos entre 1780 y 1782.

Sería bueno no olvidarlo, cada vez que oigamos ese eslogan de “America first!” tan en boga últimamente. Sin ese esfuerzo de guerra de, entre otros, los hombres -y mujeres- del litoral guipuzcoano, tal cosa, Estados Unidos, “America”, jamás habría llegado a existir.

A ese respecto bienvenidas sean iniciativas como convertir a Pasajes -como es obligado y ha hecho el Departamento de Cultura de la Diputación guipuzcoana- en una escala de los viajes de la réplica de la Hermione -la fragata que llevó al marqués de La Fayette a Estados Unidos- dando continuidad a una iniciativa lanzada en esa localidad hace dos años, pero, obviamente, se va a necesitar algo más.

Es nuestro deber hacer valer nuestra propia Historia, o resignarnos a no valer nada, a resistir con la mirada baja eslóganes como ese de “America first!”. La culpa, una vez más, no será de quien lanza esas arengas, sino de la actitud de quienes son depositarios y herederos de una Historia que tendría mucho que decir a ese respecto. Y debería decirlo y no callarlo, olvidarlo, menospreciarlo…

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