Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
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Carlos Rilova | 20-03-2017 | 1:58| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

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Historia de las palabras. Palabras con Historia. “Para dar de comer aparte”. ¿Una expresión medieval que ha sobrevivido hasta hoy día?
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Carlos Rilova | 13-03-2017 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia desde sus lejanos comienzos en junio de 2012, no es la primera vez que esta sección se ha metido a averiguar el origen histórico de ciertas palabras o expresiones. Por ejemplo “a palo seco”. Supongo que ésta tampoco será la última, porque hay muchas frases hechas, como esa, o como la que vamos a examinar ahora mismo, que utilizamos inconscientemente, sin saber si tienen, o no, una larga Historia detrás.

En el caso de la expresión “dar de comer aparte” o su variante más militar “hacer rancho aparte”, resulta difícil determinar cuál pudo ser el origen histórico de esa expresión.

Está claro, desde luego, que hoy quiere decir lo mismo que quería decir cuando salió a la palestra por primera vez. Es decir, que hay gente que, por una razón u otra, come aparte de otra gente.

¿Cuando pudo acuñarse esa expresión que, evidentemente, parece basarse en la observación de determinados grupos que se negaban a sentarse a comer con otros o eran enviados a comer aparte?. Probablemente en la Edad Media. Al menos es de ese período del que más referencias históricas tenemos sobre mesas o zonas de las mesas que segregaban a unos comensales de otros.

Cuenta por ejemplo el duque de Mandas en unas notas guardadas en su archivo personal, depositado a su muerte en 1917 en el Archivo General de Gipuzkoa, cuál pudo ser el origen de la palabra “beefeater”. Supongo que todo el mundo (hasta quienes no beben ginebra) tendrá clara la imagen de cierta marca de ese alcohol que toma su nombre, y su logotipo comercial, de los pintorescos guardias de la Torre de Londres que vigilan las famosas joyas de la Corona británica.

Decía el duque de Mandas en esa nota acumulada en sus extensos archivos, que normalmente “beefeater” se traducía como “comedor de buey”. Sin embargo, según la nota del erudito duque donostiarra que el origen de la expresión podía estar en que esos guardias del rey, o la reina, de Gran Bretaña, eran los herederos de los hombres de armas que en las cortes inglesas medievales comían de pie, en los “buffets” puestos  a los laterales de la mesa principal donde el rey y sus caballeros comían cómodamente sentados. La palabra original sería, por tanto, no “beefeater” sino una corrupción de “buffeteater”. Es decir, “los que comen en el buffet”, que no en la mesa principal y, evidentemente, serían, gentes a las que se daba de comer aparte.

Aparte de esta interesante apreciación, parece que la expresión podría haberse acuñado en Francia entre los siglos XIII y XV. Es una parte de la historia poco conocida (si la buscan en diccionarios especializados como los de José María Iribarren, Luis Junceda o Nestor Luján, la buscarán en vano) y que requiere, como mínimo, haber digerido algunos volúmenes de espesa erudición. Caso, por ejemplo, de la “Historia de la Teología católica” de Martin Grabmann, profesor de la Universidad de Múnich, que, como cuenta él mismo, decidió abordar esa Historia General de la que han llamado “Ciencia de Dios” en un tiempo tan turbulento como el año 1933. En ella podemos aprender, aparte de una larga lista de teólogos desde los comienzos de la iglesia hasta las tres primeras décadas del siglo XX, que esa rama del saber ha tenido un peso específico en tiempos pasados que hoy, quizás, se ha desdibujado un tanto, con eso que llaman “laicización”. Algo que, sin embargo, en la Edad Media no ocurría, llegando los teólogos a tener una importancia desmesurada y una consideración social similar a la que hoy se depararía, por ejemplo, a  uno de esos economistas que ejercen de “gurús” para la Reserva Federal de Estados Unidos o para el Banco Central europeo.

Más explícita (para quienes lean francés) es Alice Lamy, que en un artículo publicado en la revista especializada “Camenae”, en junio de 2011, describía cómo en la Universidad de la Sorbona (una de las tres más antiguas de toda Europa) se forma desde la Edad Media una élite de teólogos que tendrán un peso enorme tanto dentro como fuera de la Universidad. Para quienes hayan leído “El nombre de la rosa” y “Baudolino” del genial Umberto Eco, quizás ese fragmento de nuestra Historia medieval será bien conocido.

Lo cierto es que esa élite de teólogos que nos describe Alice Lamy con mano maestra en ese pequeño, pero sustancial, artículo, eran gente que, por lo general, comía aparte en aquella Sorbona de los siglos XIII y XIV, siendo poco dados a relacionarse con profesores de materias consideradas entonces como más triviales…

Ese parece ser el origen histórico de esa expresión que aún hoy utilizamos para dar a entender eso, que alguien se considera demasiado bueno para comer en la misma mesa que otros. Algo que valdría también -aunque en sentido inverso- para esos reyes medievales que hacían comer a sus guardias aparte, de pie, junto a mesas laterales. Esos “buffets” que hoy día, curiosamente, se han convertido en un aliciente a la hora de plantearse en qué sitio comer o qué hotel reservar para unas vacaciones, considerándose una muy buena opción la oferta de tener un “buffet” libre para desayunar o comer. Uno en el que, todo hay que decirlo, a diferencia de lo que pasaba en tiempos medievales, sí se permite sentarse a los comensales. Lo cual, obviamente, explicaría lo mucho que ha mejorado la cuestión de esa versión del “comer aparte” entre lo que suponía esa opción en una corte medieval inglesa y lo que supone en un moderno “resort”…

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Los nombres de las calles y su (olvidada) Historia. El general Prim en San Sebastián (1814-1870)
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Carlos Rilova | 06-03-2017 | 2:47| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy no me iré muy lejos de San Sebastián. Hace tiempo que estoy a vueltas con el general Juan Prim, la memoria histórica, los cambios de nombre a las calles…  y, la verdad, es bastante difícil resistirse a dedicar este nuevo correo de la Historia a hablar de él y del porqué tiene dedicada una calle en San Sebastián.

Empezaremos por hablar de quién era Juan Prim. Si se ha leído una de las mejores biografías que se han escrito de su vida (que, como vamos a ver, da para mucho) la del profesor Pere Anguera, enseguida se capta que hay un par de buenas razones para darle su nombre a una calle. Aunque claro, como ocurre con estas cosas, que no dejan dormir tranquila a la opinión pública española de esa larga posguerra que dura desde 1939, todo es relativo.

Juan Prim y Prats nació en 1814, en la localidad catalana de Reus, poco después de que su padre tuviese unos instantes de paz tras contribuir, con el grado de capitán, a la derrota del emperador Napoleón. Juan siguió los pasos de su padre y, de hecho, los supero, ascendiendo muy joven, con apenas 25 años, al grado de coronel.

La época y el lugar eran propicios. Era la España romántica, la de la Primera Guerra Carlista y un hombre audaz como él, y con suerte ante el fuego enemigo, podía subir rápidamente por la escala. Así lo hizo. Y pronto, a partir de 1840, se fue labrando una leyenda. Sobre todo porque se metió en Política. Una manía también muy de la época entre los militares españoles, ya entonces divididos entre amigos de un régimen lo más antiguo posible y los que querían fomentar otro contrario, revolucionario, de libertades públicas… Como era el caso de Juan Prim y Prats, partidario del Liberalismo progresista, casi lindando con lo que hoy sería la Socialdemocracia y tan comprometido con esas ideas como para ingresar en una logia masónica. Cosa también bastante habitual entre los militares decimonónicos en general y entre los españoles en particular.

Con ese currículum pronto se vio metido, entre 1840 y 1868, en toda clase de conspiraciones, exilios y aventuras varias. La monarquía de Isabel II que tantos tumbos políticos dio entre reaccionarios, moderados y progresistas, unas veces estaba a bien con el general, dándole el mando de tropas, y otras, directamente, lo enviaba al exilio aunque, aun así, le concedía jugosos favores.

Ese fue el caso durante la Guerra de Crimea, en 1853. Oficialmente estaba autoexiliado en París cansado de equívocos y disensiones en el Madrid parlamentario de la época, pero solicitó que se le hiciese jefe de la misión española enviada como observadora a esa guerra entre Rusia de un lado y, del otro, Turquía apoyada por Francia (y el reino de Piamonte) y Gran Bretaña. Allí  Juan Prim empezó a demostrar que era un general culto, con dotes de mando y don de gentes. Se hizo respetar rápidamente por sus iguales franceses y británicos (sí, los mismos mitificados en poemas como el de Tennyson sobre la carga de Caballería británica contra los cañones rusos en Balaklava) y no se contentó con mirar. Al contrario, pidió mando efectivo y dirigió operaciones de guerra que se saldaron con resonantes éxitos. Tanto que el Sultán lo condecoró y le regaló una espada de gala.

La fama de Prim no hizo sino crecer dentro y fuera de España. Tanto que hasta las tropas del incipiente Imperio Británico llegaron a acatar sus decisiones sin  rebatirselas. Como ocurrió en Méjico en 1862 (algo hablamos de esto en otro correo de la Historia de hace unas semanas) donde decidió retirar el mayor contingente de tropas expedicionarias, haciendo que los británicos se retirasen a su vez. Con todo esto no es extraño que su nombre aparezca en las páginas de grandes obras de la Literatura Universal como “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, por ejemplo.

En 1868, al fin, llegó su gran oportunidad. La equívoca monarquía constitucional de Isabel II había alcanzado un punto en el que nadie estaba contento con ella. Así, en ese año 1868, llegó la revolución democrática llamada “Gloriosa”, que pretendió aplicar en España uno de los sistemas políticos más avanzados de Europa y del Mundo. Pronto el general Prim se alzó como el principal líder de esa revolución democrática. Intentó llevarla a buen término. Sin embargo, aquella manzana de la discordia que era España en la época, dividida entre reaccionarios, republicanos, monárquicos irreductibles y un movimiento obrero cada vez más organizado y reivindicativo, incluso por medio de la violencia, acabó con un Prim que trataba de crear un régimen templado que superará, sin estridencias, todos esos problemas, gradualmente. Fue en la Calle del Turco, cerca del Congreso. Allí le dispararon el 27 de diciembre de 1870. Pudo llegar hasta el Palacio de la Presidencia del Gobierno, entonces en Buenavista, en la actual Plaza de Cíbeles, apenas sobrevivió un par de días más.

Todo esto lleva años dando lugar a numerosas especulaciones y ha dejado entre la opinión culta española la sensación de que Prim fue la gran oportunidad perdida que, de haber tenido éxito, de no haber muerto a causa de ese atentado en la Calle del Turco, hubiera evitado la deriva que llevó a España, desde su muerte, a dos guerras civiles (de 1873 a 1876 y de 1936 a 1939) y a dos dictaduras militares en el siglo XX. Una de ellas, la de 1939 a 1975, particularmente penosa y destructiva.

Todo esto, que apenas es un resumen de lo que ha dado para llenar páginas y más páginas de varios libros, hará que algunos piensen que Prim se tiene bien merecida esa calle en San Sebastián y en muchas otras ciudades. Otros habrá, sin embargo, que, vistas las cosas desde esta perspectiva, pensarán que mejor no. Acaso que se debería quitar su nombre y dar a esa calle el que le quisieron dar de 1936 en adelante, cuando las tropas sublevadas entraron en la ciudad y comenzaron a borrar y moldear la Historia a su gusto. Empezando por ahí, por los nombres de las calles. Algo que a punto estuvo de llevarse por delante al de esta calle dedicada a Prim desde 1890 por, como contaba Serapio Múgica en su libro sobre las calles de San Sebastián, haber contribuido en 1863-1864 al arrasamiento de las murallas donostiarras para proceder al ensanche del que forma parte esa misma calle.

Para el historiador lo cierto es que Prim merece seguir teniendo esa calle. Porque cuenta una parte fundamental de la Historia de la ciudad, de la provincia, del País Vasco, de España y de Europa (recordemos, otra vez, su participación en la Guerra de Crimea, por ejemplo), pero, la verdad, dada la política con la que se aborda eso de la nomenclatura de las calles en este país, casi tanto da que esa calle se llame “Prim” que (por poner un ejemplo absurdo) “de los Pokémon”. A diferencia de lo que ocurre en París, en esa ciudad, San Sebastián, que tanto tiende a imitar a la capital francesa en muchas otras cosas y ha sido capital cultural de Europa en el año 2016, las calles son placas huecas, como en la mayor parte de las ciudades españolas. Es decir, sin la menor explicación de qué o quién da nombre a ésta o a esta otra calle.

Una verdadera pena ese derroche de desconocimiento histórico que, como siempre sólo puede empobrecernos. Un poco más. Esperemos que no hagan falta más héroes supuestamente fallidos, como Juan Prim y Prats, para superar, por fin, esa pesada e ineficaz manera de hacer las cosas que, en el caso de ese general catalán, nos lleva (sólo para empezar) a perdernos una biografía de esas que, en manos de Hollywood, harían que, como poco, nos gastásemos cinco euros y un par de horas en ir al Cine.

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¿Qué clase de tirano era Napoleón?. Los “campos de reeducación” del emperador de los franceses (1812)
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Carlos Rilova | 27-02-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Sobre Napoleón Bonaparte se han vertido más que ríos, embalses enteros de tinta.  Hasta tal punto que les recomiendo desconfiar de quien diga que es un experto en Napoleón y las guerras napoleónicas. Eso es algo, más que difícil, imposible de conseguir para un ser humano. Por una sencilla razón: desde que el emperador muere en Santa Helena en el año 1821, se han escrito cerca de 200.000 títulos diferentes sobre él, su imperio, sus guerras… Por lo tanto habría que ser prácticamente inmortal, tener la capacidad de sobrevivir sin hacer nada más que leer (ni comer, ni dormir, ni ninguna otra cosa) para leerse todos esos libros y escritos. Aparte de eso, naturalmente, hay todavía toneladas de documentos en muchos archivos que, dos siglos después de que el Corso pusiera fin a sus hazañas, estaban inéditos.

Doy fe personalmente de ello, habiendo contribuido en 2003 y de 2008 a 2015 (gracias al Archivo Municipal de Tolosa, un nudo de comunicaciones clave en el dominio imperial) a aumentar algo ese caudal de tinta sobre Napoleón y su imperio.

Así no debe extrañarnos, incluso si nos consideramos muy expertos en el tema napoleónico (cosa bastante pretenciosa por las razones explicadas), que podamos pasarnos toda una vida encontrando aspectos nuevos de aquel imperio que dio mucho de que hablar… A pesar de haber durado poco más de diez años.

Ese ha sido para mí el caso de lo que podríamos llamar “campos de reeducación” del emperador Bonaparte.

Un tema interesante, porque entre la mucha tinta que se ha vertido sobre el emperador, no ha faltado el debate sobre si Napoleón era un dictador o un propagandista de la revolución francesa y sus ideales de Libertad.

Así, por ejemplo, hay sesudos trabajos como el del profesor Thierry Lentz titulado “Napoleon-Hitler. The impossible comparision” (“Napoleon-Hitler. La comparación imposible”) donde se hace un somero, pero instructivo, estado de la cuestión de varias obras en las que se ha intentado comparar a Napoleón con Hitler. En algunos casos, como señala Lentz, llevando las cosas al extremo de la propaganda antinapoleónica más que al de la Historiografía seria.

Como revela ese artículo, el debate está servido. De hecho, el propio Lentz es una buena muestra de lo rampante que puede ser cualquier debate histórico sobre el emperador, ya que él mismo publicaba ese artículo en Napoleon.org. Una potente web dedicada a recoger el patrimonio histórico tanto del primer como del segundo imperio francés y cuyo tono, en general, es laudatorio hacia Bonaparte y su descendencia. Temas que, como saben quienes han dedicado algo de su tiempo o su carrera profesional a estos temas, se han convertido en algunos casos en verdadero culto al emperador, a su supuesto sobrino Napoleón III y, en general a todo lo que les rodeaba.

No voy a ir más lejos a ese respecto. Los datos ya están dados y cada cual puede sacar sus propias conclusiones leyendo artículos como el de Lentz y muchos otros cada vez más fácilmente disponibles en la red.

Lo único que constataré es que la idea de que Napoleón era un dictador con ribetes totalitarios que lo podrían equiparar -no digo “igualar”- con figuras como Hitler, es bastante popular y no sólo en esas reyertas entre historiadores.

Así por ejemplo, si echamos mano del Cine (una fuente de información fundamental para el imaginario colectivo), no es difícil dar con películas en las que se deja a Napoleón como un auténtico tirano. En “Master and commander” de Peter Weir, por ejemplo, el doctor Maturin (hombre de ideas revolucionarias y jacobinas, como saben los lectores de la serie de novelas que inspiró esa película) señala a su amigo, el capitán Jack Aubrey, que la disciplina, el orden, es la excusa de todos los tiranos para imponerse. Incluido el mismo Bonaparte…

En otras películas anteriores la comparación era aún más sangrante. Así en “The Living Daylights”, una película de la serie James Bond estrenada en 1987 y titulada en España “Alta tensión”, se puede ver a uno de los villanos característicos de estas películas mostrando a un aliado de Bond su colección de cachivaches de Historia militar entre los que hay una bizarra (en el sentido que dan los franceses a esa palabra) colección de figuras de cera a tamaño real. En ella Napoleón está junto a Genghis Khan y… el mismísimo Adolf Hitler. La categoría en la que se les considera a todos ellos por parte de los “buenos” de la película no deja lugar a dudas: se dice claramente que todos eran unos carniceros, unos genocidas…

Pero, dejando de lado toda esta discusión y esta mala prensa contra Napoleón, vayamos a los hechos, reconocidos incluso por fervientes admiradores del universo napoleónico.

Resulta que Napoleón tenía una peculiar costumbre que equipara a su imperio al Totalitarismo. Tanto nazi como, especialmente, soviético.

En efecto. Está fehacientemente demostrado que el emperador utilizaba, al estilo de los reyes absolutistas, ciertas “Casas de Salud”. Pequeños hospitales psiquiátricos en los que recluyó a varios opositores a su régimen.

Como decía, esto está admitido incluso por entusiastas del universo napoleónico como Liliane y Fred Funcken, que aun en fechas tan poco revisionistas como los años 50 del siglo pasado y en revistas tan poco revolucionarias como “Tintín”, publicaron la historieta titulada “El hombre que estuvo a punto de derrocar al imperio. La conspiración del general Malet”.

Los hechos que describe esta enésima historieta de los Funcken (y que hoy pueden leer en el volumen titulado “Napoleón”, de editorial Ponent Mon, que las recopila) son rigurosamente ciertos. Narran cómo en octubre de 1812, al saberse de la derrota napoleónica en Rusia, se organizó un complot contra Napoleón. El principal líder fue un general francés, Claude-François de Malet, recluido en la “Casa de Salud” del doctor Dubuisson. Su único desarreglo mental era un tanto subjetivo: como la mayor parte de los inquilinos de esa casa era de ideas republicanas o bien, sencillamente, antibonapartistas…

La cosa acabó mal. Los conspiradores no lograron hacerse con el control de la situación militar en París y Malet y sus cómplices fueron sometidos a Consejo de Guerra. Cuando el juez pidió nombres de más cómplices a Malet, éste respondió que lo habrían sido el propio juez y toda Francia de haber tenido éxito en el envite… Ni que decir tiene que Napoleón consideró que tener a Malet en un cotolengo, como dicen los catalanes, no era bastante y era preciso pasarlo por las armas. Cosa que se hizo, con rigurosa precisión, el 30 de octubre de 1812.

El sistema de internar en residencias psiquiátricas a los disidentes, que la Unión Soviética aplicaría con verdadera ferocidad, incluso tras la muerte de Stalin, parece ser que desapareció en Francia sólo tras la extinción del régimen napoleónico. Así lo señala un documentado artículo del doctor en Medicina Erwin H. Ackerknecht (profesor de la Universidad de Zurich) titulado “Political prisoners in french mental institutions before 1789, during the revolution, and under Napoleon I” (“Prisioneros políticos en instituciones mentales francesas antes de 1789, durante la revolución, y bajo Napoleón I”) fácilmente recuperable a través de su versión digital en PDF.

A partir de aquí, de estos hechos históricos, tienen ustedes toda una semana para sacar en conclusión a qué grado de totalitarismo llegó el imperio napoleónico. Buena suerte y feliz discusión.

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Aprendiendo Historia gracias al Cine ¿o a pesar de él…?. “El viento y el león” de John Milius (1975)
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Carlos Rilova | 20-02-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Por alguna extraña inercia esta semana he decidido seguir hablando de la no siempre buena relación entre Historia y Cine.

Si la semana pasada, conmemorando el centenario de la detención de Mata Hari, hablaba de cómo la había mitificado la película de ese mismo título (“Mata Hari”), estrenada en 1931, esta semana me gustaría hablar de “El viento y el león”. Una película que ya he citado en ocasiones anteriores en este correo de la Historia, pero sólo de pasada, sin entrar a fondo en su contenido.

Fue estrenada en el año 1975 y dirigida por un director, John Milius, que, eso no se le puede negar, conocía muy bien su oficio. Es decir, el de rodar películas que hacían ir a la gente a las salas de Cine.

Eso, sin embargo, no significa que sus películas no fueran un abuso de confianza, por muy bien que estuvieran rodadas, por mucho que fueran un espectáculo visual de gran calidad.

Ese es el caso de “El viento y el león”. Es un abuso de confianza con respecto al público y es un espectáculo visual de gran calidad.

La ambientación de los exteriores, los trajes de época, el rodaje de la acción… todo está hecho con mucha maestría. Una que hoy, por desgracia, demasiadas veces, se deja en manos de unos efectos especiales que, a base de persecuciones increíbles, explosiones apabullantes y tiroteos más inverosímiles que el colt-ametralladora de las películas “de vaqueros” de John Wayne (sí, ese al que nunca se le acababan las balas, a pesar de que el tambor de un revólver sólo podía llevar seis), intentan ocultar guiones muy poco convincentes y una acción que sería capaz de aburrir a rebaños enteros de ganado ovino.

Pero esa maestría como cineasta de Milius no quita para que “El viento y el león” no deba ser tomada con toda la precaución posible. Al menos si queremos aprender algo de Historia gracias a ella.

Para empezar, Milius se toma grandes libertades con la Historia desde el principio. Es cierto que en el Marruecos de principios del siglo XX, en 1904, el jeque Raisuli (interpretado magníficamente por Sean Connery en “El viento y el león”) secuestró a ciudadanos americanos de apellido Perdicaris. Lo que pasa es que el secuestrado en cuestión era Ion Perdicaris. Un inmigrante griego vaga e imprecisamente nacionalizado estadounidense, al que aquello del “sueño americano” le fue bastante bien. Tanto como para viajar por países “exóticos” y, gracias a su bien nutrida cartera, atraer la atención de personajes a medio camino entre el héroe y el bandolero. Como parecía ser el caso del jeque Raisuli.

Milius y sus productores, desde luego, pensaron que la historia que se iba a contar en “El viento y el león”, funcionaría mejor si, en lugar de que un tipo barbudo -El Raisuli- secuestrase a otro tipo barbudo -Ion Perdicaris-, la secuestrada era una rubia y atractiva Candice Bergen interpretando a una apócrifa Eden Perdicaris, pues, en realidad, la mujer de Perdicaris se llamaba Ellen y, aunque se vio algo baqueteada por el secuestro, fue dejada atrás por El Raisuli.

Pero no es esa la única libertad que Milius se tomó con la Historia real en “El viento y el león”. Lo peor es el modo en el que interpreta los hechos que ocurrieron a principios del siglo XX en torno a un imperio marroquí que se iba a convertir, pronto, en un Protectorado tutelado por potencias europeas.

Según Milius, los alemanes enviaron tropas a luchar a Marruecos para capturar a El Raisuli. Tropas que a su vez se cosen a tiros con la Infantería de Marina estadounidense enviada por el presidente Teddy Roosevelt a resolver el ya famoso asunto. Las cosas tenían que ser así, porque de otro modo la película -huérfana de esos momentos de acción- podría haber sido un fracaso comercial.

Eso no significa, por supuesto, que las cosas fueran así. Ion Perdicaris fue liberado de un modo mucho menos contundente y los tiroteos entre soldados americanos y alemanes nunca tuvieron lugar en el marco incomparable de una pequeña “kasbah” marroquí. Como ocurre en “El viento y el león”.

Peor aún es el punto y final que Milius da a su película. Con un triunfal Teddy Roosevelt diciendo a sus colaboradores más cercanos que al día siguiente, con la señora Perdicaris liberada, se iba a poner a dictar condiciones sobre lo que iba a pasar en Marruecos a partir de esos momentos. Nada más lejos de la realidad…

Lo que pasó con Marruecos en esos momentos, y en los meses y años siguientes hasta 1905, no tuvo nada que ver con lo que Teddy Roosevelt dijera o dejase de decir.

La película, de hecho, es incapaz de mostrar los hechos históricos reales. Probablemente porque, para el espectador norteamericano medio, hubieran sido, como mínimo, extraños, inasumibles.

Sí, muy probablemente ese público no habría podido aceptar que, el futuro de ese estado fallido que es Marruecos en 1904, estaba no en manos de Estados Unidos sino en las de tres potencias europeas que podemos nombrar por orden de importancia en el asunto: Gran Bretaña, Francia y… España.

Pues sí, por difícil de creer que parezca, Teddy Roosevelt, por mucho que hubiera contribuido a la derrota española en 1898, no había conseguido -ni él, ni el magnate de los periódicos Hearst, ni Henry Ford, ni Edison, ni los Morgan…- que Estados Unidos se convirtiera en una potencia mundial que pudiera dictar nada.

De hecho, la victoria sobre España en 1898 lo único que había conseguido es que Estados Unidos empezase a dar miedo a las potencias europeas. Las mismas que, desde el momento en el que se cerraron los acuerdos de París que ponían fin al conflicto entre España y Estados Unidos, empezaron a buscar la manera de que esa última potencia -Estados Unidos- no les hiciera a ellas lo mismo que acababa de hacer con España.

Para ello los británicos negociaron hasta la extenuación con Fermín Lasala y Collado. Un hábil diplomático donostiarra enviado expresamente en 1900 a la, hoy, tan maltrecha embajada española de Londres para tratar de sacar adelante acuerdos favorables para la vapuleada España.

Durante los cuatro años que el que estas líneas escribe dedicó a reconstruir todo esto para sacarse un doctorado en Historia, descubrió, en efecto, que lo que cuenta “El viento y el león” a ese respecto se aleja bastante de la realidad que se puede encontrar en archivos británicos y franceses o bibliotecas como la British Library. Allí, por el contrario, se ven minutas urgentes en las que los estados mayores británico y francés temen ver a Estados Unidos tomando las islas francesas del Caribe o invadiendo, por enésima vez, Canadá. En esos papeles también se habla de congraciarse con España, que podría ser un elemento a contar como aliado en esas futuras guerras con Estados Unidos…

De ahí salió el Protectorado español sobre Marruecos y el afianzamiento de un imperio español en África que, de hecho, se mantuvo hasta finales del siglo XX en algunos casos.

Eso, y el Protectorado francés sobre ese imperio marroquí desmantelado que tan bien se describe en “El viento y el león”, fue algo que la incontenible fanfarronería de Teddy Roosevelt tuvo que digerir con la boca callada. Por una vez y sin que sirviera de precedente. Teniendo que esperar muchos años a que un cineasta norteamericano contase la Historia no como fue, sino como a él le hubiera gustado que fuera…

Lo más paradójico de todo esto fue que la película, además, se rodó en España -tanto escenas que se supone suceden en Marruecos como las que se supone suceden en el Medio Oeste norteamericano- y los supuestos marines americanos de la batalla final de “El viento y el león” eran, en realidad… soldados españoles haciendo de extras.

Ya hemos comentado, en ocasiones anteriores, que la Historia da muchas vueltas ¿verdad?…

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