Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿Es noticia o es Historia?. París inundado (1910-2016)
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Carlos Rilova | 06-06-2016 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana ha sido casi fácil elegir el tema de este nuevo correo de la Historia. Todo ha venido de mi manía de empezar el día viendo telediarios.

En el de Antena 3 del jueves se hablaba de la inundación que está sufriendo ahora mismo el centro de París.

Como suele ser habitual se comentó ahí una cifra desde la que no ocurría algo parecido. Decían que París no había sufrido algo así desde hacía treinta años…

Realmente la situación parece grave. Ese mismo telediario hablaba de retirar miles de obras del Louvre que, junto con las líneas de Metro más cercanas, parece ir a ser uno de los puntos más perjudicados por esta crecida extraordinaria del Sena.

Desde el punto de vista histórico no es, quizás, tan alarmante. No recuerdo, a ciencia cierta, cuánto daño causó la riada de hace treinta años, lo que sí recuerdo bien es que hubo otra mucho más grave que ésta. Una que ocurrió hace más de cien años.

El episodio se contó con lujo de detalles en diversos lugares. Alguno de ellos bastante asequible.

Se trata de una serie de tres cómics -por su delgadez y contenido no alcanzarían ese nivel superior de novela gráfica otorgado hoy día por los puristas del género- firmados por Yann y Hugault y titulada “El piloto del Edelweiss”, que se centra, precisamente, en la vida atribulada de un piloto de caza francés durante la I Guerra Mundial.

En el primer volumen de esa serie de tres, titulado “Valentine”, Hugault ha reproducido en las páginas 10 a 15 lo que su guionista Yann llama “París bajo las aguas”.

Lo que muestran esas viñetas del primer volumen de “El piloto del Edelweiss”, está sacado de fotografías de época. Concretamente tiradas desde el mes de enero de 1910, que es cuando transcurre la acción del cómic en esos momentos. Un invierno en el que el París céntrico, el del puente del Almá, la torre Eiffel, las calles cercanas al Louvre, etc…, se cubre de agua.

Todo rigurosamente cierto. En esas fechas, hace ahora 106 años -no treinta-, el París de las guías de viaje quedó inundado de un modo considerable.

Históricamente no tenía nada de raro, aunque dio lugar a raras escenas como las que se pueden ver en ese primer volumen de “El piloto del Edelweiss”. O bien en “Paris inondé”, un magnífico libro en el que se recogían, en más de un centenar de páginas tamaño folio, esas imágenes que ahora parecen a punto de repetirse a finales de una primavera que parece estar siendo muy lluviosa.

Tanto como para que ocurra algo que no ocurría desde 1910.

Y llegados a este punto podríamos preguntarnos ¿esta noticia es importante?. ¿Desde qué punto de vista?. ¿Desde el del Periodismo o desde el de la Historia?.

La respuesta a preguntas como esas es sencilla: desde el punto de vista periodístico que se remonta sólo a treinta años atrás, es, más que importante, espectacular. Es decir, algo que es imposible no sacar en las noticias destacadas.

Desde el punto de vista histórico la noticia no es tan espectacular.

En efecto, cosas así han estado pasando en París desde el año 583 después de Cristo y, probablemente, desde que se asentaron los primeros pobladores en la que sería conocida como “Lutecia”.

Fue algo que se repitió con gran periodicidad entre los años 583 y 1910.

De hecho, hay recuerdos memorables de algunas de esas inundaciones, como la de 1648-1649, durante la Fronda, la insurrección de la nobleza contra el cardenal Mazarino y la reina regente Ana de Austria, que sirvió a Dumas para elaborar en “Veinte años después” dramáticas escenas en las que sus mosqueteros vagan en busca de más aventuras por una ciudad llana de agitación y algo fantasmagórica, con calles céntricas de aquel París angosto y medieval, tan distinto al ordenado y racional creado a partir de 1858 por Haussmann, cubiertas de agua.

Eso es lo que dice la Historia al respecto. Lo que es hoy noticia, o debería de serlo, visto desde esa perspectiva, es que desde el año 583 de nuestra era, pese a todas las reformas que ha sufrido la trama urbana de París, pese al cauce duro en el que se ha tratado de meter al Sena, no se ha conseguido, apenas, evitar que en París vuelvan a darse escenas prácticamente idénticas a las de 1910.

Algo que, obviamente, nos sitúa, gracias a lo que la Historia nos cuenta, ante una interesante reflexión sobre ese asunto, tan traído y llevado, de la Historia del clima.

Por hoy poco más se puede decir y, de hecho, no parece que sea necesario decir nada más. Por mi parte dejo este tema en manos de la opinión pública para que juzgue las últimas consecuencias de esa enésima crecida del río Sena desde la Alta Edad Media.

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Tomando el té con Wellington (1816-2016)
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Carlos Rilova | 30-05-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado estuve en Vitoria y asistí a diversos fastos que trataban de conmemorar, en dos días, la batalla que dio un vuelco final a las guerras napoleónicas no sólo en España, sino en el resto de Europa, impulsando, al fin, a los austriacos, rusos y prusianos a tomar las armas decididamente para enfrentarse con Napoleón, viéndolo quebrado, en franca retirada en la Península ante el ejército combinado de británicos, portugueses y españoles.

Uno de esos fastos fue una reconstrucción civil -rara ave en España, de momento- precedida de una conferencia que me hicieron el honor de dejarme impartir en el Museo de Armería de Vitoria.

El objetivo era, según la organización del evento, coordinada fundamentalmente por el estudioso gazteitarra de la esgrima y armamento antiguo Iker Alejo, descubrir, de manera sencilla, la importancia que tenía un acto en apariencia tan banal como tomar el té y que, erróneamente, asociamos con algo exclusivo de los británicos, que lo habrían estado haciendo desde tiempo supuestamente inmemorial, cuando lo cierto es que, como tuve ocasión de comentar en Vitoria este sábado pasado, en contra de lo que creemos habitualmente, los británicos tardaron bastante en descubrir qué era el té.

Puede que hayan leído en “Astérix en Bretaña” otra cosa… pero eso, claro, no es más que otra de las bromas de Goscinny y Uderzo.

La realidad, a partir de documentos publicados hace muchos años, es que los ingleses empiezan a saber del té como bebida hacia 1660.

En efecto, uno de los árbitros de la elegancia del Londres de la monarquía Estuardo restaurada tras la dictadura cromwelliana en ese año -1660- decía en sus famosos “Diarios” que había bebido por primera vez una nueva bebida que llaman té (“tei”, según la versión original inglesa), traída desde China.

A partir de ahí podemos considerar que empieza a forjarse el famoso imperio británico que tantas alegrías ha dado a Hollywood a lo largo de muchos años.

Así es, el té, desde ese momento en el que Pepys lo cató por primera vez, comenzó a convertirse en un verdadero vicio nacional. Como ya lo era en China, desde dónde se había ido extendiendo hacia el Oeste, hacia Rusia.

Para conseguir un seguro abastecimiento de aquella planta que se iba convirtiendo en el estimulante favorito de los británicos, hasta, con el tiempo, erigirse en una seña de identidad nacional, Gran Bretaña hizo todo lo necesario para controlar la ruta comercial con Asia.

Cualquier cosa, de hecho. Como ir a la guerra varias veces entre el siglo XVIII y los comienzos del XIX para disputar el control de esa gran -y rica- ruta comercial a sus más tenaces rivales. Es decir: España y Francia.

Y es que el té, en principio, se producía en China, como bien apuntaba Pepys en sus “Diarios”, sin embargo conseguir traerlo a Inglaterra -algo en apariencia tan fácil- requería un esquema imperial verdaderamente complejo en el cual, sólo para empezar, los británicos tenían que echar del continente indio a los franceses que ya habían puesto el pie allí.

Desde el año 1728 en adelante sostuvieron con ellos diversas guerras hasta que en la batalla de Plassey, en Bengala, en el año 1757, Robert Clive, al servicio de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se hizo con el control del subcontinente.

Las guerras siguieron, por supuesto, con otros rivales menos poderosos que los franceses. Caso de la Confederación Maratha, pero, en conjunto, Gran Bretaña había conseguido abrirse una ruta segura hacia Oriente y todos sus ricos productos, uno de los cuales -y no el menos importante- era el té que pronto se hizo imprescindible en casi todos los hogares británicos hasta la fecha de hoy.

Todo, por supuesto, como decía, a costa de muchos esfuerzos. Los británicos tuvieron que barrer a miles de enemigos sobre muchos campos de batalla, de los cuales Plassey sólo fue el punto álgido.

Ya hablamos en su día, en los comienzos de este correo de la Historia, de Tipu Sultán, contra el que un tal Arthur Wellesley -más adelante Lord Wellington- hizo sus primeras armas y ganó un cierto prestigio que lo trajo hasta España, para ver si él conseguía sacar adelante una guerra que había empezado bien, en Bailén, en julio de 1808, con la primera derrota de las águilas napoleónicas a manos de tropas españolas.

Aparte de sostener sucesivas guerras como esas en las que Arthur Wellesley forjó los inicios de su carrera militar, Gran Bretaña también tuvo que hacer contrabando de droga, convirtiendo Bengala, donde había obtenido su gran victoria de Plassey, en extensas plantaciones de opio -una droga procedente de la actual Turquía- para con esa sustancia estupefaciente lograr que la balanza de pagos del imperio chino se inclinase a favor de aquella potencia -Gran Bretaña- que tenía coraje, ejércitos, Marina y otras cosas necesarias para construir un extenso imperio. Todo, salvo la plata española de alta calidad que los chinos reclamaban a cambio de mercancías como el té…

Como ven, a veces, un acto tan sencillo en apariencia como tomarse una taza de té -con el meñique levantado o no- tiene detrás vastas fuerzas históricas, complicados procesos de los que, a veces, tendemos a olvidarnos y que nos hacen perdernos en los laberintos de la Historia, haciendo necesario invitar a un historiador a tomar el té para que aclare algunos puntos oscuros sobre cuestiones en apariencia, pero sólo en apariencia, tan simples.

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La cita en Samarra de Miguel de la Quadra-Salcedo. Historia, Televisión y otras aventuras (1932-2016)
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Carlos Rilova | 23-05-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

De un cuento árabe tradicional: En la ciudad de Bagdad un criado del Califa llamado Abdul acudió agitado a su amo y le dijo: “señor, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza. Dame permiso para huir e ir a casa de mi padre en Samarra”. El Califa, conmocionado, dejó marchar a Abdul pero como apreciaba grandemente a este criado, se irritó y acudió al mercado a averiguar lo ocurrido. Allí se encaró con la Muerte y le reprochó que hubiera hecho gestos de amenaza a su criado, obligándole a huir. La Muerte, muy sorprendida, respondió al Califa: “No, no. Te equivocas. No le hice ningún gesto de amenaza. Era un gesto de sorpresa. Lo vi aquí, en Bagdad, y me sorprendió mucho, porque esta misma noche tenía una cita con él en la ciudad de Samarra”…

Este relato que ha conocido diversas versiones en la Literatura sufí árabe y en la talmúdica desde por lo menos el siglo IX después de Cristo, seguramente era bien conocido por Miguel de la Quadra-Salcedo. Un viajero impenitente que visitó ese Oriente del que salió ese relato que nos recuerda, con ciertos toques de ese famoso fatalismo árabe, que hay un día -que todos queremos esté muy lejos- en el que nos encontraremos, como el criado Abdul, con una inevitable cita que, suponemos, nos abrirá la puerta a otro mundo. Uno que, desde el viernes pasado él, Miguel de la Quadra-Salcedo, ya debe estar explorando con el mismo tesón y la voluntad de hierro con la que exploró -en una vida muy bien aprovechada- este mundo por el que, nos dicen, sólo pasamos brevemente.

Para mí Miguel de la Quadra-Salcedo era una presencia a familiar a pesar de que jamás coincidí con él, pero es que crecí viendo una Televisión en la que, por lo general, siempre salía él en algún canal.

Sin embargo, las imágenes producidas por él que mejor recuerdo, a pesar de que las vi hace ya muchos años, décadas enteras, una, dos, tres, cuatro… son las de los documentales que realizó para la gloriosa RTVE de mediados de los años setenta.

Se trataba de documentales -creo recordar bien que rodados aún en blanco y negro- en los que se seguía, paso a paso, por el Amazonas, la ruta que en su día había seguido el conquistador Orellana en la primera mitad del siglo XVI.

Supongo que son cosas así las que llevan a uno a sentarse en ese asiento peligroso de la Tabla Redonda de la vida que es el de la profesión de historiador.

Pero es que era difícil sustraerse al relato que iba narrando Miguel de la Quadra-Salcedo con su característica voz sobre todas las penalidades que tuvo que soportar Orellana descubriendo el Amazonas, levantando mapas en una tierra desconocida para los europeos en aquel año de 1542, o las de Pedro Fernández de Quirós por el Pacífico, o la ruta de Marco Polo.

Ciertamente este hombre, Miguel de la Quadra-Salcedo, que hizo de su vida una aventura, como reportero y otros oficios que a algunos les dieron para hacer “sketchs” humorísticos, hacía revivir a gente como Marco Polo, o como Orellana (ataques de anacondas incluidos), hacía que todo aquello pareciera interesante, digno de ser recordado, estudiado, quitándole cierta capa de caspa y olor a rancio que había acumulado, en España, entre 1939 y 1973.

Puede que, con el tiempo, programas como “A la caza del tesoro” gastasen un poco la imagen de Miguel de la Quadra-Salcedo conseguida con obras maestras como esas series sobre Orellana, Fernández de Quirós, Marco Polo o Amundsen, pero ahora que, tras tener Miguel de la Quadra-Salcedo su inevitable cita en la ciudad de Samarra, se está echando la vista atrás para hacer balance de todo lo que hizo, lo cierto es que en los setenta sus trabajos como reportero y sus documentales de Historia como los dedicados a Fernández de Quirós, a Orellana o a Marco Polo llevaron a mucha altura a la Televisión de la época, convirtiéndola no en algo alienante -como sostenían, no sin razón, las teorías políticas más avanzadas de la época- sino en algo instructivo, edificante.

Yo, por eso, lamento hoy la muerte de Miguel de la Quadra-Salcedo y es también por eso por lo que lo quiero recordar con este homenaje. Porque fue un hombre que supo conservar y mejorar un legado que se podía remontar hasta el siglo XVIII, hasta Sebastián de la Quadra, marqués de Villarías. Noble vizcaíno -muerto precisamente hace 250 años, en 1766- del que descendía su sonoro apellido y que fue, en su tiempo, y a su manera, también todo un aventurero de esos que sólo podía producir un siglo como el XVIII. Uno que participó en guerras e intrigas de alto nivel en las rutilantes cortes europeas del siglo XVIII, dirigiendo la política exterior de España a mediados de esa centuría en guerras como la de la Oreja de Jenkins, en la que se disputa el control de América -la descubierta y colonizada por Orellana y Fernández de Quirós entre otros- y que también, como su lejano descendiente, Miguel de la Quadra-Salcedo, fue protector de instituciones culturales como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando o la Real Academia de la Historia.

Todo eso, ese patrimonio artístico, cultural, histórico… no sé si por cuestión de genes, del azar, de la tradición familiar, fue, en efecto, mantenido, recogido, incluso aumentado, gracias a la Televisión, por Miguel de la Cuadra-Salcedo y hoy era inevitable recordarlo.

Acaso tan inevitable como la cita en Samarra que, eso es seguro, sorprendió al viejo aventurero que durante años estuvo instruyendo a generaciones enteras de jóvenes sobre su Historia con la, hoy, famosa “Ruta Quetzal”, en el punto justo, negándose a montar sobre un caballo rápido para tratar inútilmente de escapar del mercado de Bagdad.

No podía ser de otro modo porque no me imagino al periodista que reconstruyó, paso a paso, la ruta de Orellana ahora hace cuarenta años, diciendo que no a un nuevo viaje a lo desconocido, a una nueva aventura como la que empezó para él el viernes pasado.

 

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Espías en la Bella Easo. La Historia y la última misión de Mata-Hari en San Sebastián (1916-2016)
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Carlos Rilova | 16-05-2016 | 11:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy voy a intentar conjugar en este nuevo correo de la Historia mis deberes para con el público que lo sigue y para con la Asociación que lo respalda (la de historiadores guipuzcoanos Miguel de Aranburu. Como ya sabrán, si se han fijado en la información que aparece en la pantalla a mano derecha,).

Así pues voy a hablar de una figura histórica seguramente fascinante para la mayor parte del público que lee Historia: Mata-Hari, nombre artístico de una bailarina exótica de la “Belle époque” que, como veremos, acabó su vida trágicamente.

Voy a hablar de ella no sólo porque sea fascinante para un gran público sino porque es, en cierto modo, el eje de uno de los grandes proyectos de la Asociación de historiadores guipuzcoanos para este año: un ciclo de cinco conferencias que, financiadas por la Sociedad Municipal de Fomento de San Sebastián, empiezan este miércoles día 19, a las siete de la tarde, en el salón Zubia del Hotel María Cristina de esa ciudad. Uno de los lujosos escenarios de la vida de Mata-Hari, por cierto.

El objetivo de esas cinco conferencias es tratar de divulgar para un público diverso (tanto especializado como no especializado), entre otras cuestiones, qué hacía en un lugar, en principio tan fuera de lugar como San Sebastián, nada menos que una espía tan célebre, tan conocida en el Mundo entero, fácilmente identificable por muchas personas sin necesidad de pertenecer al reducido grupo de especialistas en la llamada “Primera Guerra Mundial”.

El origen remoto del proyecto tuvo como punto de partida un detalle que en la Asociación nos resultaba preocupante. A saber: que esa intersección entre la “Bella Easo” (hoy capital cultural de Europa junto con Wroclaw) y la celebre espía estuviese quedando a poco menos que el nivel de anécdota de Historia local, sin más explicaciones ni curiosidad científica (ni de otra clase) respecto a saber qué hacía realmente aquella mujer fascinante en el rutilante San Sebastián de la “Belle Époque”.

En efecto, que Mata-Hari anduviese por ese escenario privilegiado de la “High Life” de la Europa victoriana y eduardiana que agonizaba en los campos de batalla de Francia (como decía aquel tango de Gardel, “Silencio”), no podía ser una casualidad. Tenía que tener algún significado histórico trascendente.

Sin ánimo de agotar todas las posibilidades -eso se intentará en las cinco conferencias que empiezan este día 19 en el escenario privilegiado del Hotel María Cristina- vamos a tratar de explicar aquí qué hacia realmente Mata-Hari en San Sebastián meses antes de que acabase ante un pelotón de fusilamiento.

Javier Sada, cronista de la ciudad y, por supuesto, participante en este ciclo de conferencias, ya nos explicaba en su ahora imprescindible “San Sebastián en la Primera Guerra Mundial” que Mata-Hari fue, pese a toda su aureola novelesca posterior, poco más que una marioneta inocente manejada por los servicios secretos de los aliados y de los Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría…).

En efecto, y no fue la única convertida en esa especie de marioneta, en aquella guerra secreta, más sucia y penosa aún que la que se libraba en las trincheras.

Hay que reconocer que dichos servicios secretos estaban a la última en cuestión de esa igualdad de sexos que muchas mujeres, como Emmeline Pankhurst y sus heroicas sufragistas, estaban reclamando en esas mismas fechas.

Bolo Pachá, otro espía menos conocido por el imaginario colectivo que Mata-Hari, corrió su misma mala suerte, siguiendo una mortal recta final muy parecida a la de la bailarina exótica.

Así es, al igual que Mata-Hari, Bolo Pachá aterrizó por el lujoso San Sebastián de la “Belle Époque” y se dejó ver por sus casinos, por sus salones y paseos elegantes, frecuentó a la buena sociedad, vio y se dejo ver e incluso se reunió con el conde de Romanones que, como el resto del Gobierno español, veraneaba, a todo tren, en San Sebastián.

El artículo del periódico “El Sol” de 6 de febrero de 1918 cuenta muchas cosas, pero no exactamente de qué hablaron el espía, Bolo Pachá, y el conde de Romanones, en aquel entonces jefe del Gobierno de España…

Lo único que quedaba claro es que el espía y el primer ministro español habían hablado, al parecer bastante amigablemente, después de que Paul Bolo (el verdadero nombre de Bolo Pachá que, en realidad, era tan francés como el queso Brie) conociera al segundo de Romanones en un viaje que éste hizo a otra de las capitales del lujo de la “Belle Époque” -Biarritz- cuando era gobernador civil de Guipúzcoa, en otoño de 1916. La fecha en que se verificó el encuentro entre el espía y el primer ministro que, al parecer, había prolongado un tanto el veraneo en San Sebastián…

“El Sol” decía poco más. Tan sólo que los abogados que defendían a Paul Bolo (alias Bolo Pachá) pedían que el conde de Romanones testificase en su favor después de que las autoridades francesas detuvieran a Bolo en 29 de septiembre de 1917 por espiar a favor de Alemania. Justo unos meses después de que Mata-Hari, recién llegada de San Sebastián, corriera la misma suerte, por las mismas razones…

A partir de ahí sólo nos queda especular, debatir, conferenciar. Javier Sada piensa, no sin razón, que Mata-Hari era en realidad una víctima propiciatoria, un chivo expiatorio para calmar la sed de venganza de una sociedad francesa frustrada por una guerra larga y sangrienta en la que la esperada victoria no terminaba de llegar nunca. Justo lo contrario que las cartas y telegramas que avisaban de un hijo, un sobrino, un marido… muerto en el Somme o en otro frente…

Resulta difícil calibrar qué cantidad y calidad de información habían sacado de sus intrigas donostiarras Mata-Hari y Bolo Pachá. Muy probablemente era mucho menos que la que sacaron espías menos rutilantes, menos conocidos pero más eficaces que aquellos dos aventureros que fueron dando tumbos por la vida fácil y lujosa de la “Belle Époque”, antes de acabar frente a un pelotón de fusilamiento.

Estos otros, los verdaderos agentes secretos, como denunciaba la ruidosa prensa francesa surgida al calor de la “Gran Guerra”, probablemente sí hicieron llegar información de calidad sobre el grado de desarrollo económico y tecnológico de la España neutral -por suerte para ella, pero también para todos los contendientes- de aquellas fechas.

Algo bien visible en el lujoso escaparate que era la San Sebastián de 1914 a 1918, cabeza de una industria que sacaba por vía férrea y portuaria, desde Molinao, desde Pasajes, desde Irún…, toneladas de suministros, armas y municiones esenciales para las potencias contendientes.

Un delicado asunto que, hasta la llegada de Estados Unidos a la guerra en 1917, dependiendo de qué lado cayese en el conflicto la corte que veraneaba en San Sebastián, podía romper la relación de fuerzas en aquella “Gran Guerra”. Justo lo que proclamaba a los cuatro vientos el número de 8 de septiembre de 1917 de la revista “J´Ai vu…”, indicando las causas, a su juicio verdaderas, de la huelga general de ese año en España. Inducida por agentes de los Imperios Centrales, decía esta publicación, para paralizar la industria que tanto y tan bien abastecía a los ejércitos aliados…

Ese parece haber sido el trasfondo real de todas aquellas evoluciones tan melodramáticas de Mata-Hari o Bolo Pachá en una ciudad, San Sebastián, que, desde sus remotos orígenes medievales, se había convertido en un polo de desarrollo económico y tecnológico que, a la altura de 1916, evidentemente interesaba mucho a aquellos que necesitaban tanto arduas maniobras diplomáticas para que el número de contendientes no se desequilibrase, como alimentos, equipos sanitarios, armas y munición para seguir disputándose la supremacía sobre Europa y el Mundo…

Algo de lo que hablaremos, largo y tendido, las cinco semanas siguientes en el lugar y las fechas que antes les indicaba. Allí esperaremos a todos los que quieran saber más sobre qué hacía Mata-Hari en San Sebastián ahora hace cien años y qué peso real tuvo en la Historia ese hecho sólo aparentemente anecdótico.

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El curioso rótulo de las peluquerías y barberías. Un apunte sobre la Historia del Analfabetismo
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Carlos Rilova | 09-05-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, decididamente, me voy a centrar en un tema amable, que no tenga nada que ver con ese punto en el que la Historia se cruza con la actualidad que -se lo aseguro- puede resultar un tanto molesto, agotador, enojoso. Así pues, trataremos de aprender algo útil a partir de una curiosidad en la que ya habrán reparado al pasar por delante de una barbería o peluquería.

Se trata de la Historia del curioso artefacto que tienen esas tiendas colocado ante ellas. El llamado “poste de barbero”. Un cilindro blanco que da vueltas -aparentemente sin fin- moviendo en torno a él dos líneas. Una de color rojo y otra de color azul. Supongo que, aún en esta época en la que Internet difunde rumor tras rumor, anécdota tras anécdota, esa curiosa historia es bastante desconocida para la curiosidad de una buena parte de la comunidad lectora de esta página.

Vamos a intentar remediarlo y, ya de paso, a tratar de poner algo de valor añadido a las respuestas que a ese respecto puedan dar en foros, comentarios, enciclopedias electrónicas, etc…

El tubo blanco con las rayas roja y azul en torno a él es, en realidad, un producto de la segunda revolución industrial. Es decir, la que se da en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la electricidad empieza a desarrollarse y vulgarizarse. Más que nada porque artefactos como los que vemos hoy en las barberías y peluquerías, dando hipnóticas vueltas, sólo son posibles tras la creación de motores eléctricos.

Antes de eso lo que había en las barberías era tan sólo un palo blanco con dos cintas, una roja y una azul, enrolladas en torno a él. ¿Qué quería decir eso?. Pues sencillamente que en ese establecimiento se sangraba a la gente. En sentido literal, no figurado. La operación se hacía sentando al interesado o interesada, subiéndole la manga de su ropaje y haciéndole sujetar con la mano un palo como el que se veía a la entrada del establecimiento con las cintas roja y azul enroscadas.

Con eso las venas principales del brazo se hacían visibles y el barbero abría una de ellas con una lanceta (una especie de pequeño bisturí plano y apuntado). Abierta la vena el sangrado, o sangrada, apretaba el palo y dejaba que la sangre corriera por su brazo desnudo hasta un  recipiente colocado allí para ese efecto. La operación se mantenía hasta que el cirujano consideraba que sus clientes habían perdido la cantidad de sangre suficiente para purgar alguno de los humores malignos que se acumulaban en la sangre. Por ejemplo la llamada “flegma” o flema, o el humor negro. Más conocido por su nombre en griego: melancolía.

Ese es, pues, el origen de esos hipnóticos artefactos que, aún hoy día, vemos ante las peluquerías o barberías actuales. ¿Por qué era necesario mantener tal cosa ahí para explicar de manera esquemática, sin palabras, lo que se hacía en esos establecimientos?.

Es muy sencillo: la mayoría de los europeos en la época en que era habitual esa práctica de sacarse sangre para purgar supuestas enfermedades, como la melancolía, no sabían leer, y aunque en el cartel de la tienda pusiera “Barbero-cirujano”, para ellos aquello no quería decir nada. A menos que vieran el palo con las dos cintas, roja y azul.

De ahí vienen también las fabulosas enseñas de los establecimientos de bebida que aún conservan hoy día los pubs británicos, donde se dejaba bien claro para los analfabetos recién llegados a una ciudad, dónde estaban los barberos sangradores, dónde los vendedores de té, dónde los dispensadores de cerveza, etc…

Esa era la época en la que un especialista educado en la Universidad, el maestro cirujano, conocido también como sangrador, flebotomático, que además ejercía de barbero…, debía pasar duros exámenes -por ejemplo ante el Protomedicato de Madrid- para abrir una de esas tiendas ante las que colgaban un palo con dos cintas, una roja y otra azul. La práctica de sangrar duró mucho tiempo.

Nos cuenta Douglas Starr en su “Historia de la sangre”, publicada en español en el año 2000, que en la década de 1920, en Estados Unidos, todavía había médicos rurales que consideraban útil “ventilar una vena” -es decir, abrirla para sacar sangre- como tratamiento de alguno de sus pacientes.

El uso del reclamo para analfabetos que buscaban ese remedio y otros que hoy nos parecen igual de bárbaros e inverosímiles, sin embargo, sobrevivió, y mejoró, justo en la época en la que el número de personas que no sabían leer descendía.

¿Por qué ocurrió eso en este caso concreto y no con otros reclamos?. Bien, ese es uno de esos misterios históricos sobre los que se puede especular durante días, quizás meses, incluso años, por parte de quien crea que eso puede tener alguna importancia para comprender mejor nuestra época entendiendo algo mejor un pasado al que no deberemos juzgar con condescendencia.

Lo primero porque aún usamos algunos de sus símbolos, a los que sólo hemos añadido electricidad. Como es el caso de la enseña de las barberías y peluquerías.

Lo segundo porque quién sabe qué pensarán dentro de dos siglos de algunos de nuestros métodos terapéuticos, que acaso parezcan a nuestros felices descendientes tan chocantes como a nosotros nos lo puede parecer el buscar una tienda con un palo blanco que llevaba enroscadas una cinta roja y otra azul. Una señal que hasta los que no sabían leer identificaban con el sitio en el que un maestro cirujano les quitaría su malestar sacándoles una buena cantidad de sangre y, encima, cobrando una bonita cantidad de dinero por ello…

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