Diario Vasco
img
Autor: Historiavarduli
Setenta y un años después… De Tobruk a Tokio. Un balance histórico de la Segunda Guerra Mundial (1945-2016)
img
Carlos Rilova | 08-08-2016 | 11:55| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, como suele ser habitual, no les habrán permitido olvidar que se han cumplido 71 años del fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico -el último teatro de operaciones tras la caída de Berlín- con el lanzamiento de dos bombas atómicas.

Nada nuevo bajo el sol, como suele decirse. Ese gran drama humano es la típica serpiente de verano para un mes -agosto- que, tradicionalmente, no suele ser muy generoso con noticias con las que rellenar periódicos, telediarios o plataformas digitales.

Sin embargo, ha habido matices interesantes -y preocupantes, mirados desde la óptica de la Historia- en estos días de comienzos del mes de agosto.

El jueves, por ejemplo, el Telediario matinal de Tele5 daba dos noticias aparentemente separadas pero que, sin embargo, llevan a un balance de la Segunda Guerra Mundial -a setenta y un años vista- bastante preocupante, en efecto.

Una de las noticias evocaba los días de la guerra del desierto en el Norte de África. Esa que, gracias al Cine -cómo no- despierta ecos en muchas memorias que han crecido viendo películas “de guerra” como “Un taxi para Tobruk”, “Tobruk”, “Patton” y un largo etc…

En efecto, nos decía ese telediario que continuaba la guerra en Libia. Ahora no entre figuras ya míticas como Rommel o Montgomery y sus respectivos ejércitos, sino entre las pequeñas facciones en las que se ha dividido ese país tras la muerte del dictador Muamar el Gadafi tras la decepcionante “Primavera árabe” de hace cinco años.

Al parecer ahora hay un gobierno y Parlamento en Tobruk -esa estratégica ciudad que se disputaron italianos, franceses, españoles exiliados, británicos y alemanes durante la Segunda Guerra Mundial- que lucha, con su propio pequeño ejército, contra otras facciones que, a escasos kilómetros por mar de Roma, una de las principales capitales de la Unión Europea, se disputan la supremacía sobre ese punto del mapa de África que, por esa y otras razones (como el petróleo), sigue siendo casi tan estratégico como lo era hace setenta años.

La otra noticia era más explícita. Más llamativa si se quiere. Porque mostraba hasta qué punto toda la sangre derramada en los años cuarenta del siglo pasado, entre 1941 y 1945, parece haber servido de muy poco.

En efecto, la otra noticia de ese telediario de Tele5 decía que en Japón se estaban haciendo reformas para expurgar a su constitución del “carácter pacifista” que ésta tiene… A la noticia se le olvidaba añadir que ese “carácter pacifista” lo tiene esa constitución desde que en 1945 se arrolló la resistencia final del Japón imperial con dos bombas atómicas y con mucha sangre norteamericana, archipiélago a archipiélago, desde California hasta Okinawa…

Obviamente, y eso sí lo insinuaba la noticia, el objetivo final de ese expurgo antipacifista de la constitución japonesa, y el simultaneo nombramiento de una ministra de Defensa belicista, tienen como telón de fondo la actitud agresiva de Corea del Norte y de la China continental en la zona.

Evidentemente, Japón, aliado de Occidente en esa delicada parte del Mundo, debe buscar el modo de defenderse de esas amenazas más o menos supuestas, más o menos reales.

El problema es cómo se pone la medida a esa efervescencia bélica japonesa. La constitución de 1946, que el general Douglas MacArthur trajo bajo el brazo de su uniforme caqui en ese año, era una garantía para evitar que los clanes militaristas japoneses se hicieran con el control de Japón y se lanzasen, a la menor oportunidad, a crear un vasto imperio en toda Asia que incluía a China, Corea, Vietnam y, cada vez más hacia el Oeste, hacia el subcontinente indio, hacia el propio Imperio Británico.

Una salvaje operación de conquista que fue encubierta con el eufemismo de “Esfera de Coprosperidad asiática”, en la que, por supuesto, Japón y su poderoso Ejército se presentaban como libertadores de una Asia sometida al yugo del hombre blanco. Pequeño favor que los pueblos oprimidos sólo tenían que agradecer permitiendo que el yugo europeo se reemplazase por el yugo japonés y dejando que fueran los contables de Tokio quienes decidieran cómo se repartía aquella supuesta  “Coprosperidad” cobrada, sólo para empezar, con el sometimiento abyecto de poblaciones enteras, utilizadas como mano de obra o como esclavas sexuales en el caso de muchos miles de mujeres, y en permitir un expolio aún más crudo que el que hasta entonces habían perpetrado los europeos…

El corolario histórico de esas dos noticias es que ambas despiertan ecos muy inquietantes desde el punto de vista de los libros de Historia.

La ciudad de Tobruk cuya rendición permitió derrotar a la alianza nazifascista en 1943 parece ser ahora el teatro de un hervidero de facciones entre las que las cancillerías europeas no saben cuál elegir como mal menor y más conveniente a sus intereses. Muchas veces transidos de objetivos miopes y cortoplacistas que llevan al desencadenamiento -a medio plazo- de hecatombes como las de la frustrada “Primavera árabe”.

El Japón que había sido obligado a renunciar al militarismo que abrió y mantuvo en Asia, durante más de una década (entre 1931 y 1945), una guerra constante y destructiva, devastadora para miles de seres humanos, parece estar siendo alentado a abandonar ese mecanismo de seguridad para iniciar una escalada que puede ir mucho más lejos de lo que quienes la han autorizado quizás deseaban.

Así, a setenta y un años del fin de la Segunda Guerra Mundial, es difícil no preguntarse, con sólo prestar atención a la sección de Internacional de un telediario veraniego, qué clase de absurdo domina al ser humano, a su Historia, como para impedir que funcionen, al fin, políticas de seguridad colectivas que no acaben en una catástrofe bélica cada pocas décadas. Provocada, además, esa catástrofe bélica, casi exactamente por las mismas razones por las que se provocaron otras muy parecidas hace setenta, cien, ciento cincuenta años…

 

Ver Post >
La historia del santo desertor. La Fuerza de Francia: Historia e Historia de la religión. De Napoleón al DAESH (1815-2016)
img
Carlos Rilova | 01-08-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Son impresionantes las últimas imágenes disponibles sobre Jacques Hamel, el párroco de la población normanda de Saint-Étienne-du-Rouvray.

Son imágenes muy crudas, muy certeras, muestran a un hombre de 86 años que podría perfectamente haberse retirado hace años pero al que aún le quedaban fuerzas, y ganas, para atender a esa parroquia.

Fue allí, como ya sabemos, donde un comando del DAESH, lo mató esta semana pasada.

Con este atentado del DAESH, vistas las cosas desde el punto de vista histórico, lo que a uno se le ocurre es la futilidad de ese acto monstruoso, contrario incluso a las más sagradas enseñanzas del Profeta, que mandan respetar a las que él llamaba “Gentes del Libro”. Es decir, principalmente a judíos y cristianos, a los que Mahoma consideraba más que como rivales a destruir, como hermanos que entendían de un modo algo diferente las enseñanzas de un mismo Dios y estaban, por tanto, en un error (por ejemplo considerando a Jesús como hijo de ese Dios y no como un profeta más) del que -de eso no hay duda- se les sacaría por medio de la Guerra Santa, si era preciso, y, como mínimo, cobrándoles un impuesto especial cuando sus territorios fueran ocupados por esa Yihad.

Mal se compadece todo eso, con entrar en una iglesia de esas “Gentes del Libro” ordenar al sacerdote que la servía que se arrodillase y, tras ese acto vil, degollarlo, derramando sangre en un lugar que, hasta en nuestra muy violenta Edad Media, se consideraba sagrado y libre de esa violencia que, tanto entre cristianos como musulmanes, tanto en Oriente como en Occidente, se veía entonces como normal, cotidiana…

Y lo peor de esta profanación -que lo es vista tanto desde el punto de vista cristiano, como desde la estricta ortodoxia musulmana- es que es, como decía, enteramente fútil si la consideramos a la luz de la Historia de Francia -que, en buena medida, es la de toda Europa- de los dos últimos siglos.

En efecto, puede que el DAESH considere que con actos así, o con la masacre de Niza de hace quince días, está llevando una guerra definitiva y arrasadora, imparable, a las calles de esa Europa a la que combate por distintas razones como la de ser uno de sus principales rivales por ricos recursos estratégicos o porque representa, para su rigorismo islámico, el Gran Satán de la modernidad y la laicidad que hay que abatir como sea. Considerando incluso como renegados -y por tanto objetivos a eliminar- a los musulmanes que conviven con los “rumí” -con nosotros- aquí en Occidente y se integran, sin perder su religión, en estas sociedades.

Puede que el DAESH, matando a un sacerdote de 86 años en pleno corazón de Francia, considere que se ha apuntado un gran tanto y que será tan fácil arrodillar a Francia, y a Europa en general, como lo fue arrodillar al padre Jacques Hamel.

Para mí, como historiador, eso sólo demuestra, una vez más, que no saben realmente con quién se están enfrentando, que su conocimiento del pasado, de la Historia que determina las condiciones del Presente, es superficial, inexacto, imaginario, más bien fantasioso…

Si su conocimiento de la Historia de Francia fuera de mejor calidad, quizás sabrían de la existencia de un predecesor de Jacques Hamel que, a pesar de haber sido canonizado hace tiempo como San Juan María Vianney -en calidad de santo patrono de los curas, por cierto- sigue siendo conocido como “el santo cura de Ars”.

Jean-Baptiste-Marie Vianney nació en la Francia del Antiguo Régimen, en 1786, apenas tres años antes de que estallase la revolución que lo iba a cambiar todo y que gravitaría pesadamente sobre su vida.

Concretamente cuando el ciudadano-general Bonaparte, hijo de esa revolución, la amortizó políticamente instaurando el Primer Imperio -a su mayor gloria principalmente- en el año 1804, e imaginó que podría conquistar toda Europa y, quién sabe, quizás, después, el Mundo.

Para esa misión a la que el ciudadano-general Bonaparte, devenido Napoleón I, se sintió llamado, fue preciso devorar hombres y más hombres,  como decían Erckmann y Chatrian. Dos excelentes novelistas franceses, furibundos republicanos, que lo conocieron bien. A él y, sobre todo, a sus veteranos.

Fue esa necesidad de Napoleón I de devorar seres humanos enviándolos a sus continúas guerras, la que hizo que su destino y el del aparentemente insignificante cura de Ars, Jean-Baptiste-Marie Vianney, se cruzaran.

Sí, el futuro sacerdote se negó, en rotundo, a aceptar ser reclutado para los ejércitos de Napoleón que, en el año 1809, se destinaban, precisamente, a doblegar a una España que se había interpuesto entre el emperador y sus designios.

Así pues, desertó en 1810, negándose a participar en lo que después se llamaría “epopeya napoléonica”.

Finalmente su deserción, que le llevó a un año de clandestinidad, pudo arreglarse. Según distintas versiones porque un hermano suyo ocupará el lugar que le correspondía en las filas de la aventura napoleónica o porque Napoleón dio una amnistía general que incluía su caso.

Eso permitió a Jean-Baptiste-Marie Vianney ordenarse como sacerdote y llevar, hasta el año 1859 -es decir, a tiempo de ver a un segundo Bonaparte coronado emperador- una ejemplar vida que, finalmente, hizo de él el santo patrono de los sacerdotes católicos.

El recuerdo histórico que se ha alentado y mantenido en torno a su figura en Francia -o al menos en una parte de la sociedad francesa nada desdeñable- ha sido paradójicamente equiparable al que se ha generado en torno a esa “epopeya napoléonica” de la que él decidió desertar.

Así, el  santo cura de Ars es bien conocido desde hace 150 años en Francia gracias a postales, cómics, etc… Exactamente igual que cualquier mariscal de Napoleón, o el propio emperador con cuyos augustos designios bélicos Jean-Baptiste-Marie Vianney osó entrar en desacuerdo, prefiriendo ser un humilde cura católico en lugar de uno de aquellos soldados que con suerte, valor y habilidad podían llegar a ser mariscales o príncipes del Imperio, ganando sus laureles en batallas de sonoros nombres como Austerlitz, Wagram, Arapiles, Vitoria…

¿Es una aparente paradoja esa persistencia de recuerdos históricos tan diferentes en la Francia actual, donde se venera la memoria del emperador Napoleón y, al mismo tiempo, la de un sacerdote que prefirió decir “no” a aquella guerra?.

Realmente no, no es una paradoja. Esa envidiable fortaleza cultural que exhibe Francia, siendo capaz de conciliar recuerdos históricos tan diversos, incluso opuestos, es lo que hace a esa sociedad, paradigma de toda la Unión Europea, demasiado fuerte como para que un termitero humano, como el que el DAESH ha organizado en una franja de territorio cada vez más menguante, sea capaz de derrotarla.

Esa lección de Historia es la que el llamado “Estado Islámico”, y quienes obedecen sus directrices, deberían tener muy presente antes de plantearse seguir con su absurdo, y al final, inútil derramamiento de sangre.

Ver Post >
Lecciones de Historia al servicio de la Política. España entre el 80 aniversario del proemio de la Segunda Guerra Mundial y la visita del presidente Obama (1936-2016)
img
Carlos Rilova | 25-07-2016 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hace una semana, como ya comentamos en el correo de la Historia de hace siete días, se cumplían exactamente 80 años del comienzo de Guerra Civil española. Esa que los especialistas consideran como el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial.

Hace quince días se produjo otro hecho relevante: la interesante visita que el presidente de los Estados Unidos hizo a España en el tiempo récord de 21 horas y a pesar de los graves disturbios que estaba viviendo su país.

Las dos circunstancias, y un par de libros que he sondeado recientemente,  “El arenque de Bismarck”, firmado por un eurodiputado izquierdista, Jean Luc-Mélenchon, y “Misión de guerra en España” de Carlton Hayes, me han sugerido el tema para este nuevo correo de la Historia.

De hecho, también me lo ha sugerido la difícil situación política por la que pasa ese país, España, que, por suerte o por desgracia, es quién me expide eso tan importante hoy día como un pasaporte.

Hechos como el aniversario de la Guerra Civil y la visita del presidente Obama, vistos a la luz de esos libros y a la luz de las arenas movedizas políticas en las que nos movemos, son un tema demasiado sugerente como para dejarlo pasar de largo.

Realmente esos dos libros -“Misión de guerra en España” y “El arenque de Bismarck”- pueden resultar verdaderamente esclarecedores -es más, imprescindibles- para quienquiera que acabe gobernando España, tras estas segundas elecciones o, quién sabe, tras unas terceras.

Los dos, cada uno en su estilo, pueden ayudar al futuro presidente -o presidenta, todo podría ser- que tomase asiento en La Moncloa, a informarse sobre cuestiones fundamentales para el estado llamado “España”.

Por ejemplo, las coordenadas internacionales en las que realmente está situado dicho estado de la Unión Europea desde el final de la Guerra Civil y cómo se deberían mover las cosas, en Política, para que esas coordenadas produjeran el máximo beneficio a la ciudadanía que esos futuros aspirantes al puesto de presidente español van a gobernar.

“Misión de guerra en España” del diplomático Carlton Hayes hace un retrato magnífico de qué es España en 1940, cuando ya ha acabado la Guerra Civil, con el triunfo del bando apoyado por Adolf Hitler, y ha comenzado una segunda guerra mundial en la que Estados Unidos acabaría implicándose.

Hayes, enviado por Rossevelt a España a tratar de arreglar lo que ya empezaba a revelarse como un grave error de la Política exterior estadounidense -es decir, permitir que España se convirtiera en algo que se parecía mucho a una cabeza de puente hitleriana- decía que el apoyo de España era fundamental para Estados Unidos. Decía también el diplomático estadounidense que España era una potencia media que pesaba en toda la estructura europea pero que, sin embargo, ya no daba muestras -a diferencia de Alemania- de querer establecer un dominio hegemónico sobre Europa. Su posición geoestratégica, dominando el Mediterráneo y el corredor hacia Oriente Próximo y Medio, era también capital para Estados Unidos…

En resumen, Hayes, alentado por Roosevelt, que para eso lo había mandado a Madrid, proponía en 1940 establecer sólidos lazos con España, aun a pesar de sus más que obvias veleidades nazifascistas. Unas de las que el sufrido diplomático estadounidense hizo grandes esfuerzos por distanciar a España, tratando de ayudarla a mantenerse en una neutralidad que, a la larga, resultaría beneficiosa para la propia España -con o sin Franco- y para, por supuesto, Estados Unidos, que no quería ninguna clase de problemas en un país que resultaba imprescindible para lo política mundial que esa potencia americana estaba a punto de iniciar en 1942.

Así, Hayes dejó escritas, desde 1940, las claves del guión de las relaciones entre España y Estados Unidos que han mediatizado nuestra política desde esa fecha hasta antes de ayer con la visita del presidente Obama. Algo que ha dejado bien claro (o debería haber dejado bien claro) el peso que España, realmente, representa en las actuales relaciones internacionales. O al menos en las dirigidas desde un país que, si logra bordear el peligro de guerra civil racial que parece estar a punto de estallar por aquellas latitudes, representa una de las mayores potencias planetarias en este momento.

Es algo que convendría tener presente a quien se disponga a gobernar un país, España, que, dejando aparte absurdos complejos de inferioridad colectiva, es, en definitiva, una pieza clave en el entramado político internacional. Como lo dejó bien claro, en su día, el análisis de Carlton Hayes y lo habría subrayado la reciente visita del presidente Obama.

El otro libro recomendable para que futuros inquilinos de La Moncloa conozcan mejor el peso y el valor del país que van a representar, al menos, durante cuatro años, es, como ya he dicho, “El arenque de Bismarck”.

Al menos uno de esos futuros, o futuribles, inquilinos de La Moncloa lleva ventaja con él. En efecto, el diputado Pablo Iglesias Turrión ha redactado el prólogo de la edición española de esa obra.

El resto de candidatos al puesto harían bien en leer esta obra, que es amena y, desde luego, reveladora del talante que se debería llevar desde España a las mesas de negociación europeas.

El autor de “El arenque de Bismarck”, el diputado Mélenchon, que en ningún momento oculta que su libro es un panfleto, un arma de combate política contra las actuales directrices impuestas por la Alemania de la canciller Merkel, nos revela cosas verdaderamente curiosas sobre los trucos de prestidigitación política utilizados por la lideresa alemana para mantener acallados a los demás líderes europeos. Por ejemplo, su manipulación de símbolos históricos que, como nos dice el diputado Mélenchon en las páginas 17 y 18 de la edición española de su libro, causan indignación viniendo como vienen de un país, Alemania, que tiene a sus espaldas un genocidio que debería haberlo reducido a un muy humilde silencio durante muchos años.

Según esa descripción, la canciller Merkel habría desafiado al actual presidente francés utilizando como símbolos de ese desafío al canciller Bismarck y su invasión de Francia en 1870 y, no contenta con esto, al mismísimo Hitler y sus más que discutibles hazañas bélicas en la Francia ocupada de 1944…

Obviamente, por las razones aducidas por el diputado Mélenchon, eso no tendría que ser tolerado por el representante de un país hoy democrático -como sería el caso de España- que debería sacar los colores a quien tal osadía tuviera y ponerle pie en pared -como se suele decir- cuando hablase de ciertas políticas económicas cortadas a su gusto… pero no al de los intereses de ese otro país que, igualmente, debería sacar a relucir que Alemania no está precisamente para muchos juegos malabares con la Historia o, incluso, con esa Economía de la que tanto fanfarronea.

En efecto, el libro de Mélenchon es también un gran remedio para los temores que parecen apoderarse de los gobernantes de otros estados europeos cuando aducen que nada se puede hacer frente a una economía, la alemana, que es “la locomotora de Europa”. Una a la que no se podría desafiar sin derrumbar todo el entramado europeo arduamente construido desde 1945…

En la página 65 de su libro, por ejemplo, el diputado Mélenchon deja bien claro (a partir de fuentes alemanas, además) que Alemania, en realidad, es una economía poco competitiva, sin salida a medio plazo y con equipamientos e infraestructuras obsoletos que datan de finales del siglo XIX o, en el mejor de los casos, son venerables supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, con, por sólo citar un caso, carreteras y puentes que no se han modernizado a causa de la política de recortes presupuestarios y así hacen imposible para los grandes tráilers circular por ellos. Debiendo desviarse entre 600 y 900 kilómetros, con el coste que eso supone, para cargar y descargar en un puerto tan importante como Hamburgo…

Obviamente alguien que vaya a ser el próximo presidente, o presidenta, de España debería tener bien claro que países así no son precisamente el mejor aliado. Menos aún de un país como España que, desde 1940, y pese a estar en estado de semiocupación por la Alemania hitleriana, resultaba, entonces y ahora, una pieza fundamental para una potencia como Estados Unidos, que, llegado el caso, podría laminar a una Alemania que hoy, como en 1914 o en 1940, no parece saber exactamente en qué clase de juego se está metiendo y que, en esas dos fechas -eso es un hecho- acabó con ese país arrasado y arruinado.

Así pues, a la vista de lo que nos dicen ambos libros, sería muy inteligente por parte del próximo presidente, o presidenta, de España considerar a Alemania más que como la locomotora de ningún sitio (cosa que obviamente no parece ser más allá de la esfera de la propaganda fomentada desde Berlín), como otro estado más de la Unión europea al que la cuarta economía de la zona euro (es decir: España) debería dejarle muy claro dónde están los limites de lo que puede y no puede hacer en Bruselas o al Sur de los Pirineos. Ese lugar tan importante, como ya lo señaló Carlton Hayes o lo remarcó el presidente Obama, para unos Estados Unidos que, a diferencia de Alemania, hoy sí tienen un Ejército poderoso y operativo…

 

Ver Post >
A 80 años de la Guerra Civil española, en busca de la paz perdida, “En busca del Arca perdida”. Cine, Historia y mitos (1936-2016)
img
Carlos Rilova | 18-07-2016 | 11:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy se cumplen exactamente 80 años del comienzo de la Guerra Civil española. Podría parecer frívolo meter en esa solemne efeméride histórica nada menos que a Indiana Jones y su celebérrima “En busca del Arca perdida”.

Yo, obviamente, creo que no. Por varias razones. La primera, y quizás más importante, es que esa película, independientemente de aumentar el número de vocaciones en el campo de esa ciencia auxiliar de la Historia que es la Arqueología, marcó toda una época en la Historia del Cine y se convirtió -guste más o menos- en un referente que sigue siendo influyente aún hoy día.

La segunda razón por la que creo que no es frívolo mezclar la famosa “Indiana Jones: en busca del Arca perdida”  con el aniversario del comienzo de la Guerra Civil, es por la fecha en la que transcurren los hechos en esa película. Por si no se han fijado, el famoso científico aventurero está en Sudamérica, buscando un preciado ídolo precolombino, en el año 1936…

La aventura en cuestión parece transcurrir en los meses de verano, justo cuando en España se provoca la Guerra Civil por medio del golpe de estado del 18 de julio, porque tras su escapada “in extremis” de su némesis, el arqueólogo y cazatesoros Belloq -al parecer vagamente  inspirado en un historiador anglofrancés de esa época, Hilaire Belloc-, el doctor Jones regresa a los brazos de su Universidad y sigue allí impartiendo clase y rompiendo el corazón de alguna que otra entusiasta alumna en lo que parece ser el comienzo del primer “term” habitual en las universidades anglosajonas, que coincide, más o menos, con nuestro primer trimestre, de septiembre a diciembre.

Así pues, ya tenemos la información histórica básica que ha transmitido, se puede decir que durante generaciones, “En busca del Arca perdida”.

El arriscado doctor Jones se mueve en un proceloso mundo en el que, como vemos de inmediato, tras su regreso a la Universidad, los perversos nazis campan a sus anchas, preocupando mucho al gobierno de Estados Unidos, dos de cuyos funcionarios se ponen en contacto con el ínclito arqueólogo para ver si les aclara qué es eso del Arca perdida de Israel y la razón por la que interesa tanto a Hitler.

Con eso las premisas para la magnética aventura, quedan servidas. Indiana se pone en marcha, seguido muy de cerca por un siniestro miembro de la Gestapo nazi que, naturalmente, quiere dar con el Arca sirviéndose de lo que averigüe el doctor Jones.

Pese a esa clara aparición de un notorio miembro de la Alemania nazi, en “En busca del Arca perdida” no hay mayor referencia a qué está haciendo ese inquietante país en esos momentos.

Por lo tanto no hay referencia alguna en esa película, que transcurre en el año 1936, a que en España, en esas fechas, se está librando una guerra civil. Una que sólo llegó a tener lugar por el decidido apoyo que prestaron al bando de los militares sublevados los nazis que tanto odia el doctor Jones. Facilitando a los golpistas, sólo para empezar, aviones con los que cruzar el estrecho de Gibraltar pasando tropas marroquíes para, paradójicamente, iniciar lo que la propaganda de ese bando rebelde llamó “Cruzada”…

Por supuesto la gran virtud de “En busca del Arca perdida” es que es eso que llaman una película “de aventuras”, de esas que en los años 30 y 40 se pasaban en sesión doble. Títulos como “Al Sur de Pago Pago” y similares.

En otras palabras:  no se puede pedir mucho más en cuestiones de exactitud histórica a una película que es, ante todo, un gran homenaje a ese Cine “de aventuras” rendido por un cineasta que, será cuestionable por otras razones, pero no desde luego por su conocimiento de la fórmula magistral del Cine en estado puro.

Y sin embargo, “En busca del Arca perdida”, con sus olvidos, despistes sobre la Historia de España (que, por lo general, importa un comino a los anglosajones) y exageraciones, acierta, más o menos, en la descripción histórica del Mundo en 1936.

En efecto, puede parecer chocante ver cómo centenares de soldados nazis de lo que parece una especie de borrador del aún inexistente Afrika Korps se pasean, a sus anchas, pegando tiros, por un Protectorado británico como lo era, en la práctica, Egipto en el año 1936.

Sin embargo, pese a que eso no ocurrió históricamente, refleja con bastante exactitud cuál era la actitud de Gran Bretaña en 1936, cuando ya ha comenzado la Guerra Civil española.

Si los nazis hubieran exigido a la Gran Bretaña de Chamberlain que dejase entrar en territorios administrados por la Corona británica a fuerzas armadas alemanas para hacer… bueno, en fin, para hacer lo que les diera la gana… la Gran Bretaña de Neville Chamberlain les hubiera dejado hacer tranquilamente.

Es algo que ese gobierno británico estuvo demostrando constantemente desde 1936 en adelante. Bastaba con que Hitler pidiera algo, para que Chamberlain mirase para otro lado y obligase a la otra gran potencia europea aún democrática -Francia- a hacer otro tanto.

Así se hizo con Checoslovaquia, a la que los nazis pudieron invadir sin pegar un tiro. O con Austria, a la que se anexionaron por aquello de las afinidades de “Cultura y Raza”, tan caras al régimen nazi, no sin antes amenazar a sus autoridades, como nos cuenta Hugh Thomas en “La Guerra Civil española”, con que, si no se aceptaba ese “Anschluss”, Austria se convertiría en otra España. Es decir, se provocaría en ella otra guerra civil en la que uno de los dos bandos -no precisamente el más democrático- tendría a la apisonadora militar alemana detrás…

El querido -sobre todo en Berlín- Neville Chamberlain dejó hacer. Todo con tal de evitar otra guerra que, por supuesto, Hitler no pensaba evitar de ningún modo.

La España gubernamental (la hoy llamada “republicana”) cayó víctima de esa política contra la que advirtieron incluso los miembros más conscientes del Partido Conservador de Chamberlain: el ministro de Exteriores Anthony Eden, que acabó dimitiendo, Lady Atholl que conocía de primera mano lo que estaba en juego en España, o el mismísimo Winston Churchill, que, tras sus comprensibles recelos ante el caos rampante en las áreas bajo control del Gobierno en España (prefiriendo a Franco antes que a una democracia que no hubiera garantizado su seguridad personal) cambió de idea viendo cómo los republicanos reconducían la situación a partir de 1937 y considerando el notorio peligro para Gran Bretaña si se permitía asentarse a Hitler en España. Justo a espaldas de Francia. El único aliado natural que, tras la caída de la República española, le quedaría a Gran Bretaña en Europa…

Chamberlain permaneció indiferente -acaso acobardado- ante tales argumentos tan lógicos: no permitió que la República recibiese armas ni apoyo, toleró la farsa de la No Intervención que principalmente sirvió para que los nazis abasteciesen al bando sublevado, permitiéndole así machacar a placer al bando gubernamental (hasta 10.000 proyectiles de Artillería pudieron lanzar en un sólo ataque durante la última ofensiva, como nos cuenta un libro escrito por el mejor estratega republicano, Vicente Rojo). Por supuesto Chamberlain también prohibió a Francia ayudar a la República, siquiera fuera abriendo la frontera para que pasase material de guerra con el que la Batalla del Ebro -una verdadera maravilla estratégica diseñada por el general Rojo- se hubiera, sin duda, decantado a favor del bando gubernamental y no de los sublevados.

Chamberlain, de hecho, también impidió una salida negociada a la guerra, con mediación de Estados Unidos, en la que incluso estaban de acuerdo generales sublevados como Yagüe, como también nos cuenta Hugh Thomas…

Así pues, como ven, “En busca del Arca perdida”, con sus nazis haciendo lo que les daba la gana en territorio bajo supuesto control británico -incluso tratar de llevarse el Arca de la Alianza- no está tan lejos de la realidad histórica de aquel año 1936 en el que, hoy hace 80 años, empezó una guerra cuyas funestas consecuencias aún arrastramos. En gran medida gracias a la cobardía y estúpida ceguera de supuestos hombres de estado como Neville Chamberlain que, no se extrañen, perdió el poder estrepitosamente -debiendo cederlo a su amigo y compañero de partido Winston Churchill- poco después de que la República que le había tendido la mano fuera masacrada por los aliados españoles de Hitler en abril de 1939.

Ver Post >
Corsarios vascos, generales, diplomáticos, reyes y reinas. Una historia de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca (1740-1748)
img
Carlos Rilova | 11-07-2016 | 11:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como decía aquella canción de los inefables Undertones, ya está aquí el verano. Y con él vienen los viajes a la costa, a puertos pintorescos, a playas masificadas pero aun así sugestivas. Al menos a ciertas horas del día.

Y todo eso, tal vez, despierta nuestra ansia de saber qué pasó en algunos de esos lugares hace muchos años, cuando vemos, aunque sea de soslayo, casi oculta por la masa de veraneantes de la que formamos parte y los anuncios de helados y refrescos, una pared de piedras que no parecen puestas allí antes de ayer sino hace mucho, mucho tiempo, o cañones clavados en los muelles que, indudablemente, debieron ser parte de la Artillería de un barco de vela también hace muchos, muchos años.

Quizás por todo eso sea un buen momento para traer a este correo de la Historia algún retazo de esa Historia del Mar que parece esconderse detrás de esos rincones ahora convertidos en destinos turísticos.

El retazo del que hablaré, llegó a mí mientras recogía información para completar un trabajo sobre la Guerra de Sucesión austriaca que publicaré -espero- en unos meses.

La información que obtuve de aquel documento fechado en el año 1748 -es decir, en el último de aquella guerra- era realmente impactante.

En principio, la historia de Antonio Solis, un español americano nacido en Yucatán, podría parecer una mera anécdota irrelevante. De hecho, el juez ante el que fue llevado a finales de la primavera del año de 1748, despachó su caso con verdadera rapidez, en apenas unos pocos folios y junto a otros tantos conducidos por la misma causa -ser sospechoso de vagabundaje- ante los estrados de su tribunal.

Sin embargo, esa es una impresión falsa. Los avatares de Antonio Solis, descritos para el juez que lo había detenido como sospechoso de ser un vagabundo, son una parte imprescindible de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca. Al menos si queremos comprender mejor aquel episodio histórico.

En efecto, ya el revolucionario -en todos los sentidos- poeta Bertolt Brecht se había preguntado si la Historia debía ser un mero recitado de reyes, reinas, grandes dignatarios, generales… olvidando a los hombres y mujeres de menor rango que ellos que, sin embargo, obviamente, había contribuido a que los designios de esos grandes personajes históricos se hicieran realidad, construyendo, por ejemplo, como decía el poema de Brecht, Tebas la de las Siete Puertas o las Pirámides…

Es ese un camino histórico arduo, denostado incluso por muchos historiadores de viejas escuelas -algo fosilizadas- que, como he podido experimentar incluso en primera persona, son capaces de imponer silencio con métodos muy autoritarios -y un poco estúpidos, la verdad- a aquellos de sus colegas que creemos que la Historia es global en todos los sentidos y debe reconstruirse con todos los materiales a nuestro alcance y no sólo con columnas de cifras o libros de Leyes como el “Digesto” del emperador Justiniano.

Antonio Solis no estuvo en su vida en la Corte de San Ildefonso, ni en la de Saint James, ni en la de Versalles, ni conoció -salvo por la efigie de las monedas- a Fernando VI rey de España y de las Indias, ni a Luis XV rey de Francia y de Navarra, ni a Jorge II.

Tampoco conoció jamás, salvo por noticias indirectas, a ministros como el marqués de la Ensenada, Walpole o Fleury.

Sin embargo, Antonio Solis y otros muchos miles de españoles de ambos hemisferios, hicieron posible otra de esas típicas guerras de supremacía propias del siglo XVIII, urdida en los salones y gabinetes que frecuentaban todos esos graves personajes que así decidían -o lo intentaban al menos- cuál sería el destino del Mundo.

En efecto, a causa del conflicto abierto en 1739 entre Gran Bretaña y España, con la hoy famosa -gracias al recuperado almirante Blas de Lezo- Guerra de la Oreja de Jenkins, Antonio Solis se vio metido en una larga aventura que duró siete años.

En 1741, mientras navegaba en una chalupa con varios compañeros por las disputadas aguas caribeñas, fue capturado por dos barcos corsarios fletados por ingleses. Como era habitual en la época, Solis y sus compañeros se convirtieron en parte del botín y fueron subastados como esclavos blancos (el término legal inglés era “indentured servants”) para el también habitual -en estos casos- período de servicio en las colonias americanas inglesas durante siete años.

Solis se las apañó para sobrevivir, durante cerca de tres años, a una condición laboral más dura que la que se aplicaba a los esclavos negros traídos de África a esas mismas colonias. Consiguió que su amo lo pusiera a trabajar en uno de sus barcos, alegando que el trabajo en la mina subterránea de cobre a la que lo había destinado estaba erosionando gravemente su salud. Una rara concesión, pues los esclavos blancos -españoles, irlandeses, escoceses, ingleses…- eran peor tratados que los esclavos negros, ya que estos debían durar toda una vida y eran caros y los blancos, como ocurría en el caso de Solis, servían durante un período de tiempo limitado tras el cual ya no resultaban rentables para sus antiguos amos e incluso podían convertirse en competencia para ellos. Como se ve en la obra de Daniel Defoe “Coronel Jack”, publicada en 1722, y que describe, de primera mano, hechos muy parecidos a los que yo he encontrado sacando información, una vez más, del rico archivo del Corregimiento guipuzcoano.

Antonio Solis, gracias a su trabajo como marinero en dicho barco, consiguió bajar a tierra cuando el navío acabó viaje en la que él llama “ría de Londres”. Allí protestó ante el comisario inglés encargado de regular estas cuestiones, diciendo que él no podía ser considerado esclavo porque no lo era en su propio país. Su protesta fue aceptada, se le puso en prisión con otros españoles y salió de ella con rumbo a la Costa Vasca en cuanto hubo un canje de prisioneros.

De allí, decía Solis, pasó a Bayona -uno de los principales puertos corsarios de la época- y se enroló a bordo de un cache de Bayona armado como barco corsario. Si buscaba venganza por lo que le había ocurrido, o Fortuna, no tuvo ninguna de las dos cosas. Otra vez fue capturado por corsarios ingleses que, sin embargo, se conformaron con quedarse como botín el barco y no a su tripulación.

Sin embargo, Solis insistió. Del puerto de Luanco, en Asturias, donde le habían dejado los corsarios ingleses volvió una vez más a San Sebastián y pidió nuevamente pasaporte para poder enrolarse en un barco corsario de Bayona. En esta ocasión fue el afortunado -según lo que nos decía el “Mercurio de Francia” del año 1746- Le Léopard, que, sin embargo, en esta nueva campaña, ya próximo el fin de la Guerra de Sucesión austriaca, fue convertido, a su vez, en presa por corsarios ingleses.

La única suerte de Solis en esta ocasión, fue, otra vez, que sus captores se conformaron con el barco y dejaron libre a la tripulación, que desembarcó en el puerto bretón de Saint-Malo, desde donde él y sus compañeros se dirigieron a Bayona para un tercer intento a bordo de otro barco…

Allí, sin embargo, descubrieron que la guerra había terminado, que volvían a ser prescindibles. Incluso molestos, como se hizo patente para Solis cuando cruzó la frontera del Bidasoa para dirigirse al puerto gallego de La Graña y tratar de encontrar un barco que lo devolviera a Yucatán tras siete años de dar tumbos por el Mundo.

Automáticamente se sospecho que era un vagabundo (lo que dice mucho del aspecto de un veterano corsario de aquella época), se le encarceló, se le interrogó y se le juzgó.

Como la guerra había terminado, el corregidor guipuzcoano decidió dejarlo en libertad, pero advirtiéndole que debía salir de su jurisdicción rápidamente…

Así acababa esa pequeña historia -parte de la Gran Historia de las guerras de supremacía del siglo XVIII- que tuvo como telón de fondo puertos como San Sebastián, Luanco, Londres, Bayona… que quizás -quién sabe- muchos visiten en estas fechas. Será un buen momento para recordar quiénes iban a bordo de esos grandes veleros cuyo recuerdo aún parece impregnar esos lugares y qué fue lo que -como decía el historiador Leopold Von Ranke- realmente les ocurrió cuando se vieron atrapados por los designios emanados de grandes palacios que ellos jamás visitaron.

Ver Post >

Otros Blogs de Autor