Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
El curioso rótulo de las peluquerías y barberías. Un apunte sobre la Historia del Analfabetismo
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Carlos Rilova | 09-05-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, decididamente, me voy a centrar en un tema amable, que no tenga nada que ver con ese punto en el que la Historia se cruza con la actualidad que -se lo aseguro- puede resultar un tanto molesto, agotador, enojoso. Así pues, trataremos de aprender algo útil a partir de una curiosidad en la que ya habrán reparado al pasar por delante de una barbería o peluquería.

Se trata de la Historia del curioso artefacto que tienen esas tiendas colocado ante ellas. El llamado “poste de barbero”. Un cilindro blanco que da vueltas -aparentemente sin fin- moviendo en torno a él dos líneas. Una de color rojo y otra de color azul. Supongo que, aún en esta época en la que Internet difunde rumor tras rumor, anécdota tras anécdota, esa curiosa historia es bastante desconocida para la curiosidad de una buena parte de la comunidad lectora de esta página.

Vamos a intentar remediarlo y, ya de paso, a tratar de poner algo de valor añadido a las respuestas que a ese respecto puedan dar en foros, comentarios, enciclopedias electrónicas, etc…

El tubo blanco con las rayas roja y azul en torno a él es, en realidad, un producto de la segunda revolución industrial. Es decir, la que se da en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la electricidad empieza a desarrollarse y vulgarizarse. Más que nada porque artefactos como los que vemos hoy en las barberías y peluquerías, dando hipnóticas vueltas, sólo son posibles tras la creación de motores eléctricos.

Antes de eso lo que había en las barberías era tan sólo un palo blanco con dos cintas, una roja y una azul, enrolladas en torno a él. ¿Qué quería decir eso?. Pues sencillamente que en ese establecimiento se sangraba a la gente. En sentido literal, no figurado. La operación se hacía sentando al interesado o interesada, subiéndole la manga de su ropaje y haciéndole sujetar con la mano un palo como el que se veía a la entrada del establecimiento con las cintas roja y azul enroscadas.

Con eso las venas principales del brazo se hacían visibles y el barbero abría una de ellas con una lanceta (una especie de pequeño bisturí plano y apuntado). Abierta la vena el sangrado, o sangrada, apretaba el palo y dejaba que la sangre corriera por su brazo desnudo hasta un  recipiente colocado allí para ese efecto. La operación se mantenía hasta que el cirujano consideraba que sus clientes habían perdido la cantidad de sangre suficiente para purgar alguno de los humores malignos que se acumulaban en la sangre. Por ejemplo la llamada “flegma” o flema, o el humor negro. Más conocido por su nombre en griego: melancolía.

Ese es, pues, el origen de esos hipnóticos artefactos que, aún hoy día, vemos ante las peluquerías o barberías actuales. ¿Por qué era necesario mantener tal cosa ahí para explicar de manera esquemática, sin palabras, lo que se hacía en esos establecimientos?.

Es muy sencillo: la mayoría de los europeos en la época en que era habitual esa práctica de sacarse sangre para purgar supuestas enfermedades, como la melancolía, no sabían leer, y aunque en el cartel de la tienda pusiera “Barbero-cirujano”, para ellos aquello no quería decir nada. A menos que vieran el palo con las dos cintas, roja y azul.

De ahí vienen también las fabulosas enseñas de los establecimientos de bebida que aún conservan hoy día los pubs británicos, donde se dejaba bien claro para los analfabetos recién llegados a una ciudad, dónde estaban los barberos sangradores, dónde los vendedores de té, dónde los dispensadores de cerveza, etc…

Esa era la época en la que un especialista educado en la Universidad, el maestro cirujano, conocido también como sangrador, flebotomático, que además ejercía de barbero…, debía pasar duros exámenes -por ejemplo ante el Protomedicato de Madrid- para abrir una de esas tiendas ante las que colgaban un palo con dos cintas, una roja y otra azul. La práctica de sangrar duró mucho tiempo.

Nos cuenta Douglas Starr en su “Historia de la sangre”, publicada en español en el año 2000, que en la década de 1920, en Estados Unidos, todavía había médicos rurales que consideraban útil “ventilar una vena” -es decir, abrirla para sacar sangre- como tratamiento de alguno de sus pacientes.

El uso del reclamo para analfabetos que buscaban ese remedio y otros que hoy nos parecen igual de bárbaros e inverosímiles, sin embargo, sobrevivió, y mejoró, justo en la época en la que el número de personas que no sabían leer descendía.

¿Por qué ocurrió eso en este caso concreto y no con otros reclamos?. Bien, ese es uno de esos misterios históricos sobre los que se puede especular durante días, quizás meses, incluso años, por parte de quien crea que eso puede tener alguna importancia para comprender mejor nuestra época entendiendo algo mejor un pasado al que no deberemos juzgar con condescendencia.

Lo primero porque aún usamos algunos de sus símbolos, a los que sólo hemos añadido electricidad. Como es el caso de la enseña de las barberías y peluquerías.

Lo segundo porque quién sabe qué pensarán dentro de dos siglos de algunos de nuestros métodos terapéuticos, que acaso parezcan a nuestros felices descendientes tan chocantes como a nosotros nos lo puede parecer el buscar una tienda con un palo blanco que llevaba enroscadas una cinta roja y otra azul. Una señal que hasta los que no sabían leer identificaban con el sitio en el que un maestro cirujano les quitaría su malestar sacándoles una buena cantidad de sangre y, encima, cobrando una bonita cantidad de dinero por ello…

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¿O un largo puente o una conmemoración histórica? Lo que va del 2 de mayo de 1808 al 2 de mayo de 2016
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Carlos Rilova | 02-05-2016 | 11:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy es 2 de mayo de 2016. Eso significa que ahora mismo, hace 208 años, en Madrid, había estallado una insurrección popular que estaba siendo sangrientamente reprimida por las mejores tropas que había en Europa en aquel momento.

Es decir, las de un personaje tan flamante como el duque de Berg, más conocido como Joachim Murat. Un aventurero francés que, en las convulsiones provocadas por las guerras desencadenadas a causa de la revolución francesa de 1789, ascendió, como un rayo, hacia los puestos más altos de la nueva escala social. De ser el hijo de un posadero que estaba estudiando para sacerdote a soldado de la revolución, oficial, general, mariscal, rey, cuñado del emperador Napoleón Bonaparte…

De hecho, rey de España en mayo de 1808, aunque Napoleón prefiere que, finalmente, no ciña esa corona del país cuya capital acaba de bañar en sangre, entregándole, en cambio, la de Nápoles.

Supongo que, para la mayoría, esos hechos carecen de significado, que lo importante del 2 de mayo es que es puente en Madrid y varias comunidades más y eso alarga el fin de semana casi cuatro días.

Pero, claro, yo aquí vengo a hablar de Historia, no de Turismo de primer y segundo nivel. Así que algo tengo que decir sobre el recuerdo histórico de lo ocurrido hace hoy 208 años.

¿Y qué podría decir?. Pues varias cosas, pero entre todas ellas -por no variar- voy a aprovechar la ocasión para quejarme de lo torreznero y panderetero que puede llegar a ser el recuerdo de la Historia en España (de estudiarla seriamente ya ni hablamos) cuando se trata de ocasiones como éstas.

Me ha extrañado extraordinariamente que este 2 de mayo de 2016 no haya aparecido, al menos a la hora en la que subo este nuevo correo de la Historia, ninguna campaña, ni a favor ni en contra, de que el 2 de mayo siga siendo la Fiesta de la Comunidad de Madrid.

No sé, cosas como por ejemplo una troleada estilo la que se dio en torno a Blas de Lezo hace unas cuantas semanas y con la que él que esto escribe y quienes leen esta página pudieron paladear -ese es el verbo correcto- en qué clase de harapos se está convirtiendo, en España, el conocimiento de la propia Historia. Reducida a pedrusco a lanzar contra la crisma del primer “guiri” que ose asomar su fina cara de persona leída por la piel de toro (y olé).

También me ha extrañado no ver aparecer ninguna polémica sobre el 2 de mayo desde el extremo contrario. No sé, alguna declaración de alguna marea ciudadana antimilitarista, pacifista, morada o púrpura, ecologista, altermundista, etc., etc… que protestase porque esa fiesta, el 2 de mayo, conmemora -cuando no celebra, vayan ustedes a saber, hay mucho desgraciado y desgraciada por ahí, capaces de eso y más- unos hechos en los que hubo muertos, cargas de Caballería, combate de línea en orden cerrado y otras feas acciones propias de una guerra abierta que, como suele ser habitual en esos medios políticos, se consideran nefastas, aborrecibles, como algo cuya existencia hay que negar, barrer bajo una alfombra de nubes de algodón y ese buenismo -un poco memo- que considera que no debería haber ni siquiera museos militares y la Historia se tendría que reducir a estudiar únicamente a esos pueblos  imaginados por Voltaire -uno de sus días malos- que bailan felices al son del tamboril y el caramillo en alguna Arcadia tan feliz como, por desgracia, rara en la, para nosotros, ya larga Historia de la Humanidad.

Pues no, el caso es que cuando este artículo ya estaba terminado nada se había dicho, respecto al 2 de mayo, por parte de los que creen que la Historia de España se reduce a una versión digital de los tebeos del Guerrero del Antifaz, ni tampoco por parte de sus contrarios políticos.

Acaso el daño ya esté hecho y quizás todo se ha quedado en que unos y otros se limitan a aprovechar el 2 de mayo como un largo puente y nada más, sin entretenerse ya en convertirlo en bandera de un color o de otro.

No tendría nada de raro porque, salvo las honrosas excepciones de rigor, del bicentenario de las guerras napoleónicas en España (2008-2014) me da la impresión de que hemos salido, en general, sabiendo menos de lo que sabíamos cuando comenzó.

Probablemente muchos siguen creyendo que lo del 2 de mayo fue un grave error histórico porque un pueblo salvaje e inculto (el español), lleno de un oscurantismo alimentado por un clero sólo algo menos ignorante, se opuso a la ilustrada Europa representada por las legiones imperiales de Murat.

A más y más, que dicen en Cataluña, es muy probable que, a ras de calle, se siga creyendo a pies juntillas que la Historia de la Guerra peninsular (como la llaman los británicos) la ganaron “los guerrilleros”. Es decir, tipos vestidos con traje de montar andaluz, sombrero castoreño y trabuco…

No tiene nada de raro que esto sea así. Si repasamos la verdaderamente paupérrima colección de novelas históricas -no voy a hacer la lista porque es breve y fácil de recomponer gracias a Internet- a las que dio lugar el bicentenario, descubriremos que el mito del retrogrado guerrillero, del español cruel y salvaje, sumergido y macerado en siglos de oscurantismo y casticismo de la escuela filosófica (es un decir) de Roberto Alcázar y Pedrín, apenas es contestado en esas publicaciones.

Si aparecía en ellas otra versión de los hechos distinta a esa tan pinturera, la conclusión, de rigor, era que, bueno, sí, en España había habido algo parecido a un Ejército organizado, puede que incluso parecido al napoleónico, pero, vamos, pura casualidad y que sirvió de muy poco y que, sí, bueno, aunque ganó alguna batalla en Bailén -o por ahí- todo se debió, sobre todo, a unos heroicos muchachos con mucha patilla y mucho trabuco y mucha guitarra andaluza, que diezmaron al Ejército napoleónico emboscada a emboscada -después de molestar infinitamente a los incómodos y traicioneros aliados británicos con su racial olor a ajo- y echaron a los franceses al otro lado de la frontera de los Pirineos, la cerraron a cal y canto y se volvieron, felices, a su país de pandereta para seguir bailando la cachucha y el fandango mientras los del otro lado inventaban tranvías aéreos, autogiros, submarinos, dispositivos de rayos infrarrojos y cosas así…

Sé que lo dicho es caricaturesco pero, desgraciadamente, si hacen la prueba, verán que, una vez más, la caricatura refleja un 90% de verdad.

Pregunten y verán qué escasa parte de la actual ciudadanía española sabe responder a preguntas sobre lo que pasa tras el 2 de mayo de 1808, qué regimientos españoles lucharon en las más de 300 batallas que se combatieron tras la victoria de Bailén, quienes eran sus generales, dónde estaban en abril de 1814 o en junio de 1815.

Hechas esas preguntas, verán que muy pocos saben responder, que muy pocos han leído los escasos libros que -a costa de no pocos esfuerzos- han intentado contrarrestar esa ignorancia embrutecida que jamás ha visto ni un sólo documento de, por ejemplo, un oficial de Intendencia del Cuarto Ejército español que barrió, con los mismos -pero mejorados- métodos del orden de combate imperial francés, a los regimientos napoleónicos del territorio que habían invadido en 1808 y los persiguieron nada menos que hasta Toulouse en abril de 1814. Hasta que llegaron noticias de que Napoleón, rodeado por ejércitos como ese, desde el Norte y el Sur, no tenía más remedio que abdicar.

Hazaña que, por cierto, se repitió en el verano de 1815, con más Ejércitos -tres para ser exactos- que, desde siempre, desde antes y desde después de la supuesta rebelión “popular” de 2 de mayo de 1808, nunca habían sido muy distintos, ni en lo malo ni en lo bueno, a los del resto de la Europa napoleónica.

Esa desidia, ese desconocimiento histórico es tan lamentable como peligroso. Por tanto les pido que, desde este 2 de mayo, digan lo que digan desde una tribuna política u otra, hagan un esfuerzo: busquen libros de Historia sobre las guerras napoleónicas como el firmado por el que estas líneas escribe o por otros autores, como el del libro que ilustra esta página, y dejen de (des)informarse por medio de novelistas iletrados, y transidos de rancias obsesiones antihistóricas, o de libros de presuntos historiadores de allende los Pirineos -Gordon Corrigan, Bernard Cornwell…- que sólo han logrado ver convertida en éxito su sesgada, incompleta y parcial versión de las guerras napoleónicas (que excluye o minimiza la participación española) gracias al papanatismo y cobardía paralizante de un paupérrimo mundo editorial español que, en algunos casos, que sepamos, lo mismo pontifica sobre “el ser histórico de España”, y otras rimbonbancias, que, en sus ratos libres, funda -vía Panamá- una empresa offshore en un paraíso fiscal y, en general -con ese “adorno” o sin él-, hace buena la caricatura del español, ignorante, oscurantista y peores cosas aún.

A larga, si siguen este consejo, saldremos ganando todos y los puentes del 2 de mayo, además de entretenidos, también podrán ser instructivos. Incluso edificantes.

 

 

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Un paseo por la convulsa Historia Contemporánea de España en el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes (1616-2016)
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Carlos Rilova | 25-04-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Obviamente esta semana tocaba hablar de Miguel de Cervantes. El llamado príncipe de las Letras españolas. También considerado inventor de la novela moderna (no sé qué pensarán de esto los japoneses con su “Genji Monogatari”) y, desde luego, el autor español más universalmente reconocido y conocido, gracias precisamente a las dos partes de “El Quijote”.

Podría contar muchas cosas al respecto, pero he preferido quedarme, de todo lo que se podría decir, con una anécdota histórica de lo más interesante -o eso me parece a mí- que, espero, sirva de homenaje a Cervantes y ayude a reforzar todo lo que se ha hecho en este IV Centenario para recordar y valorar su figura.

La anécdota en cuestión no nos aleja demasiado del tema que trataba la semana pasada. De hecho, la ilustración que ilustra -valga la redundancia- este nuevo correo de la Historia está sacada de las páginas de publicidad de la misma revista “Nuevo Mundo” que hace siete días facilitó las dos imágenes del anterior correo de la Historia.

Se trata de una imagen publicitaria, como decía, en la que vemos a un Cervantes idealizado escribiendo una de sus frases menos conocidas porque no es de “El Quijote”, que ahora parece ser lo único que escribió y por lo único que habría que recordarlo.

La más bien idealizada imagen del bardo de La Mancha servía en ese caso para publicitar una conocida firma de analgésicos de origen alemán que, probablemente, sea la más consumida en el Mundo para catarros, dolores de cabeza, musculares, etc…

Es una circunstancia verdaderamente reveladora. ¿Por qué?. En principio, porque nos muestra que en el año 1931, el 15 de mayo, apenas un mes después de proclamada la II República, Cervantes seguía de moda en España y, es más, servía para vender productos de consumo masivo.

Es decir, que Cervantes, en el tiempo de la II República española, era tan popular como lo podría ser hoy un cantante de rock o un futbolista-estrella que, como ya sabemos, sacan buena parte de sus inmensas fortunas de poner su fama al servicio de colonias, cremas para después del afeitado, coches, seguros de vida…

Esto, como decía, es curioso, y revelador, desde el punto de vista histórico, porque nos da una visión de Cervantes que, quizás, antes de este IV Centenario de su muerte, no estaba demasiado extendida.

En efecto, a Cervantes, al menos hasta este IV Centenario, se le ha considerado en muchas ocasiones como un símbolo de la dictadura franquista producido tras la victoria de 1939 que trató de hacer -perdón por la paráfrasis- españoles a españolazos, utilizando como garrote al Cid vestido con camisa azul de Falange, que decía el falangista Federico de Urrutia -impresionante “crossover”, como se dice ahora, de dos episodios distintos de la Historia de España- o al propio Cervantes.

Así es, el eximio académico de la Lengua española, Sr. Pérez-Reverte, citaba en uno de sus artículos dominicales -“Un colegio no sexista”, publicado el 29 de marzo de 2010 en “XLSemanal”- el caso, verídico según su honor -y yo le voy a dar crédito, sin que sirva de precedente-, de una discusión en una reunión de una Asociación de padres para poner nombre al colegio de sus respectivos hijos.

Al parecer, según el citado artículo, una de las integrantes de la Asociación inició la discusión diciendo que, si se ponía al colegio el nombre de un escritor español actual, eso sería sexista porque excluía a las mujeres, etc… De la discusión, surgieron muchas diatribas que, por supuesto, sirvieron al Sr. Pérez-Reverte para otro de sus habituales desfogues sobre el estado de ruina y decadencia permanente de España desde, por lo menos, el día en que en Atapuerca se descubrió la rueda o el fuego.

De todo ello salió, al final, la frase que más nos interesa aquí y ahora. Uno de los padres dijo que ponerle al colegio el nombre de Miguel de Cervantes estaba descartado porque, el académico citaba literalmente sus palabras, “Con Franco todos se llamaban así”…

Bien, parece constatado, pues, cómo la clase media española -la gente que, se supone, lee libros, periódicos, que incluso puede que vea documentales de la 2- consideraba a la figura de Cervantes seis años antes del IV Centenario.

Y no se les puede culpar, porque, efectivamente, es muy difícil negar que el régimen dictatorial del general Franco se apropió, como botín de guerra, de la figura y el patrimonio de Cervantes. Basta con darse una vuelta por los presuntos libros de texto vigentes para aquella peculiar escuela pública -y no pública- española que la Dictadura pastoreó durante varias décadas.

Sin embargo, como nos lo demuestra el anuncio del ejemplar de “Nuevo Mundo” de 15 de mayo de 1931 -insisto: un mes después de proclamada la II República española- Cervantes era Cervantes y nada tenía que ver con ningún régimen específicamente.

Ni con el que permitía usarlo de reclamo publicitario de analgésicos, ni con el que lo quiso convertir en camisa vieja de Falange y símbolo de una hispanidad un tanto excluyente y rancia.

Acaso este IV Centenario permita ir limpiando esa imagen negativa de Cervantes, devolviéndolo a su verdadero ser histórico. Por mi parte aporto este pequeño grano de arena, este anuncio de analgésicos alemanes que se servía de una frase de las obras de Cervantes como hoy otros se sirven de las hazañas futbolísticas de Cristiano Ronaldo.

Espero que sirva de ayuda, como supongo que servirán de ayuda otras iniciativas como la exposición de la Biblioteca Nacional, la de la biblioteca de la Diputación guipuzcoana Koldo Mitxelena, la placa conmemorativa inaugurada este viernes pasado en el cuartel de Loyola de San Sebastián recordando que Cervantes sirvió en el Tercio Viejo de Sicilia del cual se formó, siglos después, el regimiento hoy acuartelado en esas instalaciones, o la iniciativa televisiva de La Sexta con la campaña “Cervantes vive”…

Quizás incluso consigamos poner a Cervantes a la misma altura que a William Shakespeare que, con escasa diferencia de días, también murió hace cuatro siglos.

De hecho, la novela que empezó esa tarea, “Ladrones de tinta”, ya fue escrita y publicada en 2004.

Por tanto unos cuantos años de que alguien pensará, no sin razón, que Cervantes era sólo aquel escritor manco que, principalmente, servía para que el régimen franquista pusiera nombre a todos los colegios de España (a todos los que no se llamaban Ramiro de Maeztu, al menos).

Así las cosas, todo es posible. Leamos, preguntémonos cosas, averigüemos. Todo menos dejarnos llevar por pesadas inercias mentales que, justificadas o no, sólo han servido para desquiciar un episodio -otro más- de esa Historia que -se lo puedo asegurar tras 20 años de arduo trabajo en investigación histórica- no fue como la han querido contar quienes menos supieron de ella.

 

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Algo de Historia sobre la mala prensa de la República española (1931-2016)
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Carlos Rilova | 18-04-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Para no variar demasiado, me voy a meter esta semana en otro tema que, probablemente, puede resultar tan polémico como el que trataba la semana pasada.

Como este jueves fue 14 de abril, resurgió, cómo no, la conmemoración de la II República española. En esta ocasión unos celebraban, y otros deploraban, el 85 aniversario de su proclamación.

Para unos era la ocasión de recordar un gobierno que, pese a todos los problemas que se desencadenaron desde su instauración, sigue siendo el bueno, el legítimo. Una percepción sin duda alentada por el fin violento que sufrió ese régimen desde el 18 de julio de 1936 por medio de una sublevación militar de lo más despiadada.

Para otros este 14 de abril y el despliegue de banderas y reivindicaciones republicanas, fue ocasión de recordar lo mala que había sido la República. El periodista Carlos Cuesta fue contundente en uno de los programas de los que es habitual, “El gato al agua”, del canal 13Tv. En él execraba a los que habían desplegado esas banderas y esa reivindicación de la República por exhibir un símbolo -la tricolor republicana española- que significaba, según él, lo que dividía a los españoles… Palabras que deberíamos considerar tan sólo una muestra más de cómo se está administrando la gestión de ese pasado tóxico que, con los años, en lugar de irse mitigando se está convirtiendo en un pozo de veneno para la actual sociedad española.

¿Y qué dicen los historiadores, y este historiador en concreto, de esto?. Bueno, la verdad es que es difícil citar una a una todas las obras que han analizado el período republicano de 1931 a 1936. La bibliografía que se ha generado en estos 85 años es inmensa. Casi tanto como la que desde 1821 ha generado el imperio napoleónico. Hay que resumir pues.

Hay obras, como la de Rafael Torres, que desde una óptica muy favorable al régimen republicano, como indica su título, “Viva la República”, nos han devuelto, vía imágenes, lo que supuso esa República en sus aspectos más positivos, los de una España que se sacudía una dictadura parafascista y algo Art Decó y se abría a un régimen muy moderno, muy innovador.

En esa obra apenas se alude a los disturbios que, a algo más de un mes de proclamada la República, se desataron. Más concretamente contra unas cuantas docenas de iglesias, conventos y seminarios de Madrid y otras capitales españolas. De hecho, de todo el libro, esa parte del asunto sólo ocupa la mitad de la página 20.

La versión de Torres señala que la que él llama “carcundia antirrepublicana” se regocijó por estos incidentes y que la élite ilustrada que había traído el régimen se horrorizó y… trató de restablecer el orden de inmediato. Torres también señala que, a pesar de las iras que la Iglesia despertaba a nivel popular por su alineación, en general, con poderes opresivos y avasalladores, muchos religiosos fueron protegidos por la que él define como “mayoría de los ciudadanos” y, más importante aún, que las autoridades republicanas, inicialmente sobrepasadas por la explosión violenta, pronto tomaron todas las medidas oportunas para sofocar tanto los incendios como  garantizar la libertad de Culto y reprimir a los causantes de estos disturbios enviando a fuerzas de Policía y tropas a restablecer el orden.

Básicamente una secuencia que coincide con el número de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo”, uno de los muchos periódicos que Torres ha utilizado para su obra y que le facilitó la imagen que ilustra ese texto de la página 20 de su libro, donde se puede ver a una patrulla de Caballería desplegada en las inmediaciones de un edificio ardiendo.

Así es, ese número de 15 de mayo de 1931 de “Nuevo Mundo” del que parte el texto de Torres, corrobora, gráficamente, lo que nos dice “Viva la República”. Es algo que se puede ver también en las imágenes de este nuevo correo de la Historia sacadas de ese mismo número de “Nuevo Mundo”. En una vemos a la Policía Municipal de Madrid de aquella época protegiendo las personas y propiedades de una iglesia atacada. En otra a un nutrido contingente de la Guardia Civil defendiendo la entrada del diario monárquico “ABC”, posible víctima de los desmanes, ya que estos, aunque Torres no lo menciona -a pesar de que “Nuevo Mundo” le dedicaba buena parte de su reportaje- habían empezado porque la presencia de un ex-ministro monárquico paseándose por las calles -después de salir de una reunión en un polémico y recién creado “Circulo monárquico”- soliviantó a las masas de Madrid, desencadenando esas escenas de incendio, saqueo, etc…

Resumidamente eso es lo que pasó. O lo que parece poder establecerse como secuencia cierta de los hechos a partir de documentos de época como el reportaje de “Nuevo Mundo”.

Sin embargo, si nos trasladamos a otros discursos sobre la Historia de la II República española, lanzados desde sectores como los representados por el ya aludido Carlos Cuesta, descubrimos que incidentes como los del domingo al miércoles de la segunda semana de mayo de 1931 en Madrid y otras capitales habrían sido, cuando menos, tolerados por la Policía y los bomberos que, bajo órdenes del nuevo régimen republicano, nada hicieron para detener la revuelta o apagar los incendios…

Hay muchos ejemplos de variaciones de ese discurso que circulan desde hace ya más de una década en letra impresa. Así, por ejemplo, el economista Ramón Tamames -habitual de programas frecuentados por Carlos Cuesta- decía en 2011 en su “Breve Historia de la Guerra Civil española” que el Gobierno Provisional republicano, a excepción del ministro de la Gobernación -hoy diríamos del Interior- fue negligente y permisivo con las “turbulencias anticlericales”. Algo que las fotos de “Nuevo Mundo” desmentirían obviamente mostrando que, pasadas las primeras 48 horas de inacción y vacilaciones del Gobierno Provisional, se dejó a Maura actuar libremente…

En 2003, uno de los más polémicos autores que han escrito sobre la Guerra Civil, Pío Moa, plasmaba y popularizaba a otros niveles esas tesis manejadas por él desde, por lo menos, 1999. La más conocida, tal vez, sea la exposición que hace de los hechos en su obra de más difusión: “Los mitos de la Guerra Civil”. Según esa versión, basada en las declaraciones del ministro Maura -católico, monárquico y conservador, según la descripción de Moa- la culpa fue de uno de sus correligionarios, Niceto Alcalá-Zamora, que, como parte del llamado “Pacto de San Sebastián” que liquida “de facto” la monarquía, acabaría presidiendo el Gobierno republicano provisional en esos críticos momentos y habría dejado que la ordalía siguiera su curso, castigando no a los culpables, nos dice Moa, sino a las víctimas, al disolver la orden jesuita…

Obviamente esto se puede rebatir y se ha rebatido. Ahí está el explícito ensayo “Anti Moa” del profesor Alberto Reig Tapia. Los documentos, gráficos también hablan. Imágenes como las que mostramos en este nuevo correo de la Historia parecen revelar que Maura -independientemente de sus posteriores quejas- se las arregló bastante bien para que las cosas no fueran más lejos en aquellos momentos de caos. Los guardias civiles formando un sólido muro ante la entrada del “ABC” no parecen corroborar precisamente ninguna versión posterior de esos hechos dada por Maura…

Una conclusión “prima facie” a estas discrepancias de pareceres cada vez más acerbas debería ser que antes de hacer afirmaciones categóricas en un sentido u otro, habría que tener en cuenta la multitud de documentos que cuarenta años de Dictadura no permitieron estudiar ni difundir. Que la República no fue ninguna balsa de aceite desde sus comienzos se puede admitir, pero que fue abiertamente perversa como régimen es igualmente inadmisible porque eso sería hacer buenos los argumentos de quienes intentaron desestabilizarla desde el 10 de mayo de 1931 antes de esos disturbios, como lo corrobora el reportaje de “Nuevo Mundo” o investigaciones solventes y contrastadas de historiadores especialistas en el tema como Gabriel Jackson o Hugh Thomas que, aún con versiones ligeramente diferentes en sus obras “La República española y la guerra civil” y “La guerra civil española”, vienen a  coincidir en que la oposición monárquica había comenzado antes de que ni una sola iglesia o dependencia de ese tipo ardiese o incluso, como ocurre en el caso de Jackson, indican que hubo pruebas como mínimo circunstanciales de que los incendios fueron provocados no por agentes anarquistas, como señala Hugh Thomas, sino por agitadores pagados por los monárquicos. Un extremo que corroboraría el hecho, mencionado por Jackson, de que los círculos republicanos de Zaragoza y Valencia pusieron guardia ante las iglesias de sus respectivas capitales para impedir los incendios…

Es posible que la tricolor republicana, como decía Carlos Cuesta, sea un símbolo de división, de resentimiento para muchos españoles de hoy día. Principalmente -se debería añadir- aquellos que se han educado en el relato de los vencedores de la Guerra Civil. Sin embargo, a eso también se debería añadir que la bandera rojigualda -al margen del escudo que ostente en ella- recuerda a la otra mitad de los españoles educados en el relato de los vencidos de la Guerra Civil, cosas no mucho más agradables y que, por cierto, se extendieron en el tiempo, más que los posibles desmanes del régimen republicano que, como mucho, pudieron desarrollarse entre 1931 y 1939 y siempre al margen de la Ley. No amparados por ella, como en el otro bando…

Falsear el discurso histórico, utilizar acontecimientos como los del 10 al 14 de mayo de 1931 como excusa para condenar al régimen republicano y justificar la sublevación, la guerra y la represión despiadada ejercida en diferentes grados de brutalidad entre 1936 y 1975 (la República ofreció en 1938 “Paz, Piedad y Perdón” y un plan de reconciliación. El bando sublevado jamás dio siquiera muestras de tal cosa), no contribuye, precisamente, a normalizar un país que, eso parece evidente, en más de 8 décadas (se dice pronto) ha sido incapaz de reconciliarse en modo alguno. Ni con la Historia, ni con las dos mitades en la que está dividido -evitémonos mentiras piadosas, por favor- desde hace 80 años. Como acabamos de ver este último 14 de abril.        

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¿Malos tiempos para la Historia?. Blas de Lezo convertido en espantapájaros. Forocoches y la Royal Navy británica (1741-2016)
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Carlos Rilova | 11-04-2016 | 11:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Dudando mucho, esta semana se me ha ocurrido este nuevo correo de la Historia así. Dudando mucho. La verdad, tenía varios temas sobre los que hablar. Por ejemplo, un par de historias interesantes gracias al incansable viajero romántico Michael J. Quin, de quien les hablé hace unas pocas semanas. Ese mismo que recorrió España durante los meses previos a la invasión absolutista de 1823. Iban sobre Historia del clima y otras curiosidades, pero, por razones varias, las he dejado de lado. Al menos de momento.

Y así, al final, sabiendo que me arriesgo mucho, he decidido hablar de la polémica que se montó hace cosa de una semana cuando usuarios de un foro digital español, Forocoches, de pésima fama -el Gran Wyoming, lo suele citar en “El Intermedio” como ejemplo de cuñadismo recalcitrante- decidieron trolear la página web de la Armada británica en el momento en el que ésta lanzó la propuesta de elegir por votación popular el nombre de un barco que ni siquiera era de guerra, sino destinado a misiones de investigación científica. Es decir, un barco muy similar al Hespérides de la Marina española.

¿En qué consistió dicho troleo, es decir -para los no nativos digitales- ese acoso contra la página inundándola de mensajes ofensivos?. Pues sencillamente usuarios de Forocoches invitaron a bombardear la página en la que se iba a elegir el nombre para el barco en cuestión con mensajes en los que se pedía que lo llamasen Blas de Lezo

Es decir, desde Forocoches, por medio de esa avalancha digital, se pedía a los británicos que llamasen a su barco con el nombre del almirante que había contribuido a derrotarlos, de manera estrepitosa, en Cartagena de Indias en el año 1741.

Los británicos, como es lógico, reaccionaron como los usuarios de Forocoches esperaban, negándose a tal cosa. A lo cual desde Forocoches y ramificaciones afines respondieron que entonces se llamase al barco “Rocinante”, como el caballo de don Quijote…

Supongo, por lo que sé, que mucha gente, incluso gente muy seria y, como se suele decir, “con estudios”, o han participado en esta ¿broma? o la han visto con bastante indulgencia.

Yo, como historiador, lo siento, pero no veo la broma por ninguna parte ni puedo mirarla con indulgencia. Será que no soy “shurmano” o franquista sociológico, como si lo son, parece evidente, muchos de los usuarios de Forocoches que lanzaron esta infame campaña. Y eso que, creo, tengo sentido del humor. Incluso de raíz británica, que dicen es el más tolerante y resistente de los sentidos del humor que hay.

¿Por qué no veo la broma por ningún lado?. Pues podría aducir muchas razones, pero la principal es lo deprimente que resulta descubrir que un personaje histórico del relieve de Blas de Lezo se esté convirtiendo, en manos de lo más bajo y retrogrado de la opinión pública española, en una especie de espantapájaros. Lo cual, a su vez, sería un indicio del desprecio que existe en España por la Cultura y la Historia en general y por su propia Historia en particular.

En efecto, tanto los que lanzaron el ataque desde Forocoches, como quienes lo siguieron, demostraron, queriendo o no, sabiéndolo o no, que conocían muy poco su propia Historia. Así es, puesto que el barco era un barco de investigación oceanográfica deberían, puestos a fastidiar a los británicos, haber pedido que lo nombrasen Malaspina, Mutis, Bonechea, Domingo Badia, Iradier o cualquiera de un largo etcétera de científicos y exploradores españoles que levantaron los mapas de un mundo desconocido en sus respectivas épocas.

Pero, claro, de “esos” los poco exquisitos pero exclusivos usuarios -sólo se entra en por invitación- de Forocoches, por lo que se ve, nada saben.

Y aunque supieran algo, parece que no iba a servir de gran cosa puesto que en lugar de utilizar ese conocimiento para lo mismo que lo han sabido utilizar estados de la Unión Europea hoy respetados como Gran Bretaña o Francia, es de temer que los “shurmanos” y demás animadores de campañas estúpidas y degradantes en Forocoches -enviar a Jon Cobra a Eurovisión, definir a las mujeres como “Todas putas”, etc…- utilizarían ese conocimiento sobre ese pasado de España del que nada saben para convertir a esos personajes históricos, otra vez, en quien en realidad no fueron. Apropiándose en exclusiva de ellos y convirtiéndolos, tal y como ha ocurrido con Blas de Lezo, en una especie de espantajo de patriotismo de charanga y pandereta que ha acabado en manos de una masa inculta que, probablemente, en su vida ha leído un libro, ni ha tenido la menor curiosidad por nada que tenga que ver con la Historia de su “amado” país. Como lo demuestra, como decía, que propongan llamar a un buque de exploración oceanográfica con el nombre de un militar y marino de la España del siglo XVIII sin siquiera tener recursos intelectuales bastantes para echar mano de nombres de la rica nómina de navegantes y exploradores españoles contemporáneos del propio Blas de Lezo, que muchas veces fueron por delante de los británicos.

¿Hay alguna conclusión al respecto?. Si debe de haberla creo que es, que, con episodios como el de la propuesta lanzada en Forocoches, debemos deducir que es sencillamente lamentable el nivel con el que se está manejando el aprendizaje, la enseñanza y la divulgación de la Historia en España. Llegando al punto de arrastrar en una especie de quedada de “hooligans” futboleros la reputación de personajes tan ilustres como el propio Blas de Lezo o, de rechazo, de todos los que con él se jugaron la vida por cumplir con su deber de expertos militares profesionales, defendiendo una plaza fuerte esencial para que España mantuviese su imperio americano. Desde el virrey Eslava, mando supremo de esa plaza, hasta el último soldado de línea, pasando por oficiales de menor rango como el alférez Ordozgoiti, que dio toda una lección de flema española a los británicos de Vernon cuando lo cogieron prisionero, demostrando lo que era un caballero y oficial casaca blanca.

¿Servirá de algo decir que se está jugando con fuego?. ¿O precisamente eso es lo que se está buscando, hacer buenas todas las profecías noventayochistas sobre un país sin remedio, de charanga y pandereta?. Yo me niego a aceptarlo. Al menos hasta que caiga la última piedra del último baluarte de ese -en España- maltrecho fuerte que llamamos “Cultura”, que es lo que distingue a los países civilizados de una simple horda, y se dispare el último cartucho. Como hubiera hecho Blas de Lezo o cualquiera de los que, cumpliendo con el oficio que tan bien dominaban, salvaron la plaza de Cartagena de Indias de ser expugnada y conquistada por los británicos en 1741 y, seguramente, lo único que esperarían es que, por lo menos, hoy sus descendientes  contasen su Historia con la misma veracidad y buenas maneras con la que sus adversarios británicos han sabido contar la suya al Mundo entero.

Algo muy necesario y que, desde luego, no se va a conseguir precisamente con pachangadas como la de Forocoches. O, si a eso vamos, con la actitud de quienes rieron la supuesta “gracia” o la dejaron pasar de largo prefiriendo encerrarse en una torre de marfil académica, asediada, por otra parte, por el lodo de la Incultura cada vez más manifiesta en un país que la deja en manos de agrestes reaccionarios como los que parecen campar a sus anchas por la España digital que, desgraciadamente, a veces parece más bien todavía la del “Muera la Inteligencia” de 1936…

 

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