Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Corsarios vascos, generales, diplomáticos, reyes y reinas. Una historia de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca (1740-1748)
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Carlos Rilova | 11-07-2016 | 11:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como decía aquella canción de los inefables Undertones, ya está aquí el verano. Y con él vienen los viajes a la costa, a puertos pintorescos, a playas masificadas pero aun así sugestivas. Al menos a ciertas horas del día.

Y todo eso, tal vez, despierta nuestra ansia de saber qué pasó en algunos de esos lugares hace muchos años, cuando vemos, aunque sea de soslayo, casi oculta por la masa de veraneantes de la que formamos parte y los anuncios de helados y refrescos, una pared de piedras que no parecen puestas allí antes de ayer sino hace mucho, mucho tiempo, o cañones clavados en los muelles que, indudablemente, debieron ser parte de la Artillería de un barco de vela también hace muchos, muchos años.

Quizás por todo eso sea un buen momento para traer a este correo de la Historia algún retazo de esa Historia del Mar que parece esconderse detrás de esos rincones ahora convertidos en destinos turísticos.

El retazo del que hablaré, llegó a mí mientras recogía información para completar un trabajo sobre la Guerra de Sucesión austriaca que publicaré -espero- en unos meses.

La información que obtuve de aquel documento fechado en el año 1748 -es decir, en el último de aquella guerra- era realmente impactante.

En principio, la historia de Antonio Solis, un español americano nacido en Yucatán, podría parecer una mera anécdota irrelevante. De hecho, el juez ante el que fue llevado a finales de la primavera del año de 1748, despachó su caso con verdadera rapidez, en apenas unos pocos folios y junto a otros tantos conducidos por la misma causa -ser sospechoso de vagabundaje- ante los estrados de su tribunal.

Sin embargo, esa es una impresión falsa. Los avatares de Antonio Solis, descritos para el juez que lo había detenido como sospechoso de ser un vagabundo, son una parte imprescindible de la Historia de la Guerra de Sucesión austriaca. Al menos si queremos comprender mejor aquel episodio histórico.

En efecto, ya el revolucionario -en todos los sentidos- poeta Bertolt Brecht se había preguntado si la Historia debía ser un mero recitado de reyes, reinas, grandes dignatarios, generales… olvidando a los hombres y mujeres de menor rango que ellos que, sin embargo, obviamente, había contribuido a que los designios de esos grandes personajes históricos se hicieran realidad, construyendo, por ejemplo, como decía el poema de Brecht, Tebas la de las Siete Puertas o las Pirámides…

Es ese un camino histórico arduo, denostado incluso por muchos historiadores de viejas escuelas -algo fosilizadas- que, como he podido experimentar incluso en primera persona, son capaces de imponer silencio con métodos muy autoritarios -y un poco estúpidos, la verdad- a aquellos de sus colegas que creemos que la Historia es global en todos los sentidos y debe reconstruirse con todos los materiales a nuestro alcance y no sólo con columnas de cifras o libros de Leyes como el “Digesto” del emperador Justiniano.

Antonio Solis no estuvo en su vida en la Corte de San Ildefonso, ni en la de Saint James, ni en la de Versalles, ni conoció -salvo por la efigie de las monedas- a Fernando VI rey de España y de las Indias, ni a Luis XV rey de Francia y de Navarra, ni a Jorge II.

Tampoco conoció jamás, salvo por noticias indirectas, a ministros como el marqués de la Ensenada, Walpole o Fleury.

Sin embargo, Antonio Solis y otros muchos miles de españoles de ambos hemisferios, hicieron posible otra de esas típicas guerras de supremacía propias del siglo XVIII, urdida en los salones y gabinetes que frecuentaban todos esos graves personajes que así decidían -o lo intentaban al menos- cuál sería el destino del Mundo.

En efecto, a causa del conflicto abierto en 1739 entre Gran Bretaña y España, con la hoy famosa -gracias al recuperado almirante Blas de Lezo- Guerra de la Oreja de Jenkins, Antonio Solis se vio metido en una larga aventura que duró siete años.

En 1741, mientras navegaba en una chalupa con varios compañeros por las disputadas aguas caribeñas, fue capturado por dos barcos corsarios fletados por ingleses. Como era habitual en la época, Solis y sus compañeros se convirtieron en parte del botín y fueron subastados como esclavos blancos (el término legal inglés era “indentured servants”) para el también habitual -en estos casos- período de servicio en las colonias americanas inglesas durante siete años.

Solis se las apañó para sobrevivir, durante cerca de tres años, a una condición laboral más dura que la que se aplicaba a los esclavos negros traídos de África a esas mismas colonias. Consiguió que su amo lo pusiera a trabajar en uno de sus barcos, alegando que el trabajo en la mina subterránea de cobre a la que lo había destinado estaba erosionando gravemente su salud. Una rara concesión, pues los esclavos blancos -españoles, irlandeses, escoceses, ingleses…- eran peor tratados que los esclavos negros, ya que estos debían durar toda una vida y eran caros y los blancos, como ocurría en el caso de Solis, servían durante un período de tiempo limitado tras el cual ya no resultaban rentables para sus antiguos amos e incluso podían convertirse en competencia para ellos. Como se ve en la obra de Daniel Defoe “Coronel Jack”, publicada en 1722, y que describe, de primera mano, hechos muy parecidos a los que yo he encontrado sacando información, una vez más, del rico archivo del Corregimiento guipuzcoano.

Antonio Solis, gracias a su trabajo como marinero en dicho barco, consiguió bajar a tierra cuando el navío acabó viaje en la que él llama “ría de Londres”. Allí protestó ante el comisario inglés encargado de regular estas cuestiones, diciendo que él no podía ser considerado esclavo porque no lo era en su propio país. Su protesta fue aceptada, se le puso en prisión con otros españoles y salió de ella con rumbo a la Costa Vasca en cuanto hubo un canje de prisioneros.

De allí, decía Solis, pasó a Bayona -uno de los principales puertos corsarios de la época- y se enroló a bordo de un cache de Bayona armado como barco corsario. Si buscaba venganza por lo que le había ocurrido, o Fortuna, no tuvo ninguna de las dos cosas. Otra vez fue capturado por corsarios ingleses que, sin embargo, se conformaron con quedarse como botín el barco y no a su tripulación.

Sin embargo, Solis insistió. Del puerto de Luanco, en Asturias, donde le habían dejado los corsarios ingleses volvió una vez más a San Sebastián y pidió nuevamente pasaporte para poder enrolarse en un barco corsario de Bayona. En esta ocasión fue el afortunado -según lo que nos decía el “Mercurio de Francia” del año 1746- Le Léopard, que, sin embargo, en esta nueva campaña, ya próximo el fin de la Guerra de Sucesión austriaca, fue convertido, a su vez, en presa por corsarios ingleses.

La única suerte de Solis en esta ocasión, fue, otra vez, que sus captores se conformaron con el barco y dejaron libre a la tripulación, que desembarcó en el puerto bretón de Saint-Malo, desde donde él y sus compañeros se dirigieron a Bayona para un tercer intento a bordo de otro barco…

Allí, sin embargo, descubrieron que la guerra había terminado, que volvían a ser prescindibles. Incluso molestos, como se hizo patente para Solis cuando cruzó la frontera del Bidasoa para dirigirse al puerto gallego de La Graña y tratar de encontrar un barco que lo devolviera a Yucatán tras siete años de dar tumbos por el Mundo.

Automáticamente se sospecho que era un vagabundo (lo que dice mucho del aspecto de un veterano corsario de aquella época), se le encarceló, se le interrogó y se le juzgó.

Como la guerra había terminado, el corregidor guipuzcoano decidió dejarlo en libertad, pero advirtiéndole que debía salir de su jurisdicción rápidamente…

Así acababa esa pequeña historia -parte de la Gran Historia de las guerras de supremacía del siglo XVIII- que tuvo como telón de fondo puertos como San Sebastián, Luanco, Londres, Bayona… que quizás -quién sabe- muchos visiten en estas fechas. Será un buen momento para recordar quiénes iban a bordo de esos grandes veleros cuyo recuerdo aún parece impregnar esos lugares y qué fue lo que -como decía el historiador Leopold Von Ranke- realmente les ocurrió cuando se vieron atrapados por los designios emanados de grandes palacios que ellos jamás visitaron.

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Historia, ferrocarriles y autoconciencia (1869-2016)
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Carlos Rilova | 04-07-2016 | 12:08| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente parece que mi hado de historiador me lleva de reconstrucción histórica en reconstrucción histórica.

Es una tarea sólo relativamente agradable. Estar toda la semana trabajando con la Historia y dedicar el fin de semana a lo mismo puede ser un poco cansado. Más aún si esas actividades históricas de fin de semana -cada vez más populares por lo que voy viendo- requieren no sólo sentarse ante un ordenador, consultar un documento o un libro y escribir, sino actuar, recrear personajes históricos de épocas que, sólo para empezar, tenían una idea muy diferente a la nuestra de lo que era cómodo e incómodo, o de lo que se podía entender como “ropa de verano”.

Sin embargo, haciendo balance de esa participación en actividades como esas, el resultado, en general, creo que puede considerarse positivo. Si no para el descanso del historiador, sí al menos para la sociedad que se va, poco a poco, organizando para dedicar parte de su tiempo de ocio a esas actividades culturales.

Este fin de semana hubo en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril vasco en Azpeitia acciones de reconstrucción relacionadas con la Historia ferroviaria, organizadas, como el año pasado, por Aritz Irazusta. Concretamente de los de la Era del vapor. Es decir, de los primeros, de los que se fueron desarrollando entre 1820 y 1860.

En el circuito de Iraeta, por ejemplo, se escenificó la mayor de las escenificaciones -valga la redundancia- de esa Era del vapor de los ferrocarriles. Es decir: el encuentro en la localidad norteamericana de Promontory Summit, en lo que entonces era el territorio de Utah, de las vías férreas del Pacífico y del Atlántico que tuvo lugar en 1869. Cuatro años después del fin de la Guerra Civil norteamericana que había separado y desgarrado a esa naciente gran potencia.

Si consultan otras páginas de Internet -la ya inevitable Wikipedia por ejemplo- podrán ver una de las escasas fotografías (por aquel entonces un bien bastante raro y codiciado) donde se refleja ese gran momento.

La imagen está muy bien pensada. Se ve a los obreros, ingenieros y demás asistentes al acto apiñados en torno a las dos locomotoras que se han encontrado en un punto exacto de la vía en el que se unían los ferrocarriles del Este y el Oeste.

La ocasión se celebró con la algarabía necesaria, que no refleja la imagen, y clavando un clavo de oro para señalar el punto donde se había producido esa unión por medio de esos rieles que unificaban, simbólicamente al menos, todo el país de costa a costa.

A pesar de lo primarios que nos puedan parecer esos medios, comparados con la gran maquinaría propagandística que se puede manejar hoy día en Estados Unidos, la ceremonia del “golden spike”, que tuvo lugar el 10 de mayo de 1869 en ese punto de Utah, funcionó a la perfección, se convirtió en un tópico de la cultura popular que ha repercutido hasta la actualidad en diversos medios, trasladando a través del tiempo la imagen de poder industrial, de avance científico exitoso, de progreso, eficacia y unidad que la ceremonia de Promontory Summit quería transmitir.

Por sólo poner un ejemplo del éxito de esa política: miles de niños europeos aprendieron antes ese hecho de la Historia de los ferrocarriles, con acento estadounidense, que la Historia de sus propios ferrocarriles.

Fue sencillo: la saga de aventuras del celebre vaquero Lucky Luke -de quien hablábamos por aquí hace un año en relación al peculiar caso del llamado “emperador Smith”- se encargó de hacérselo saber desde el año 1957 en adelante en sucesivas ediciones donde se escenificaba una aventura más de ese popular personaje de cómic, de la mano del guionista francés Goscinny (por primera vez) y del dibujante belga Morris, que tenía como telón de fondo ese hecho histórico.

Este sábado, como decía, en el circuito de trenes en miniatura de Iraeta, se hizo una nueva reconstrucción de ese encuentro de Promontory Summit.

El domingo se hizo en el parque de Cristina Enea de San Sebastián todavía algo mejor y que era una compensación necesaria sin la que esta clase de reconstrucciones en nuestras latitudes, se convertirían en otra burda imitación de lo que se hace al Norte de los Pirineos o al otro lado del Atlántico.

En efecto, este domingo, en el parque de Cristina Enea, tras la reconstrucción del sábado en Iraeta, se reconstruyó (valga otra vez la redundancia), durante un par de horas, entre las once y la una del mediodía, una porción de la vida de los dueños de esa finca, Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado, tal y como pudo ser hacia el año 1865.

La pregunta lógica, por supuesto, con personas como éstas que no se apellidaban ni Smithson, ni Vanderbilt, ni Morgan, ni cosa similar, es qué tienen que ver ellos con la Historia de los ferrocarriles y más aún con la unión de las dos líneas en Promontory Summit en 1869.

La respuesta es sencilla: Cristina Brunetti y Fermín Lasala y Collado eran una pareja de millonarios donostiarras (sí, esa ciudad que es este año 2016 la capital cultural de Europa) que, aparte de juntar y aumentar sus respectivas fortunas por medio de un matrimonio -no sé si romántico, pragmático o una mezcla de las dos cosas-, invirtieron dinero el negocio de los ferrocarriles y ayudaron a que se trazase la actual red ferroviaria que une Madrid y París. A Fermín Lasala y Collado ese interés le venía de familia: su padre Fermín Lasala y Urbieta ya había invertido en los primeros ferrocarriles estadounidenses y, de hecho, atrajo a esa inversión a otros guipuzcoanos cuando las primeras líneas férreas del Este de Estados Unidos empezaban a trazarse a mediados de la década de 1830.

La parte de la familia Lasala en ese negocio era equiparable a la de grandes magnates norteamericanos de los que sí ha quedado un recuerdo histórico mucho más nítido: los Astor. Lo pueden comprobar con todo detalle si leen otro artículo mío que anda por ahí, en Internet, en versión bilingüe (castellano-inglés) con el título de “Bandas de los barrios altos de Nueva York”.

Por esa razón creo que este domingo fue importante reconstruir la historia en tres dimensiones de esta, para muchos y en muchos aspectos, desconocida pareja de donostiarras: para no olvidar de dónde habían salido parte de los capitales que permitieron desarrollar el negocio de los ferrocarriles en Estados Unidos, sin los que la ceremonia de Promontory Summit en 1869 es probable que no hubiera tenido lugar.

El comprensible interés de gentes como Fermín Lasala y Collado y su avezada mujer (una sólida sombra a su espalda, como requerían e imponían las relaciones entre sexos de la época) en el negocio de los ferrocarriles, dejaría más huellas. Por ejemplo ese ferrocarril del Norte que unía, sólo para empezar, Madrid y París

Quizás el hecho sea menos conocido -ningún dibujante celebre como el padre del también celebre Lucky Luke, parece haber encontrado razones para dedicarle un episodio- pero no creo que aquel hecho sea menos importante para una Europa que está tratando, pese a todo, de cohesionarse en un único estado desde la debacle de la Segunda Guerra Mundial.

Por esa razón dediqué a gusto parte de mi tiempo libre de este fin de semana, para que todo eso -no sólo la ceremonia de Promontory Summit, sino la vida de Fermín Lasala y Collado y su mujer y sus negocios ferroviarios- fuera mejor conocido por más público al que, al fin y al cabo, ese patrimonio histórico le pertenece y, por lo tanto, debería conservarlo y valorarlo como se conserva y valora todo lo que es importante. Justo como se hace en Francia, en Estados Unidos, en Gran Bretaña…

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“Bilbao 1900″. La “Belle Époque” reconstruida o un paseo por la Historia reciente (1916-2016)
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Carlos Rilova | 27-06-2016 | 11:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

He decidido que aunque la ocasión parecía propicia -subrayo lo de “parecía”- no voy a hablar hoy del “Brexit” y sus implicaciones históricas, que, por supuesto, las tiene.

No sólo porque ya traté estas cuestiones, aunque fuera tangencialmente, la semana pasada, al hablar del infame asesinato de la diputada laborista Jo Cox, sino también porque tengo serias dudas sobre en qué va a acabar realmente esta cuestión del “Brexit”.

Tan sólo les hago una recomendación de lectura muy apropiada para estas fechas veraniegas de largas horas de playa que ya tenemos encima. Es la segunda de una serie de novelas firmadas por un escritor norirlandés, Adrian McKinty, que se ha titulado genéricamente “The troubles” en idioma original porque los tres volúmenes, de los cuales (que yo sepa a fecha de hoy) en España sólo se han publicado los dos primeros, están ambientados en la Irlanda del Norte que va del “Domingo sangriento” de 1972 y, sobre todo, la muerte del activista del IRA Bobby Sands en 1981 -que da origen a esos “troubles” o “disturbios” que, a su vez, dan título a la serie- hasta los acuerdos de Viernes Santo de 1998 que pusieron fin a ese conflicto.

Lo cierto es que merece la pena leerse los dos volúmenes de la trilogía de McKinty ya editados en español, “Cold Cold Ground” y “Por la mañana me habré ido”, pero, de cara a entender mejor lo que puede pasar al final con el “Brexit”, yo les recomiendo leer hasta el fin -cosa nada difícil- el segundo de esos títulos, pues dibuja con bastante certeza las razones de Alta Política británica que, tarde o temprano, van a hacer que el referéndum del “Brexit” sea invalidado de algún modo para asegurar la continuidad de Gran Bretaña como Reino Unido dentro de la Unión Europea, ya que lo contrario no parece posible ni viable a medio plazo por cosas que, como les digo, pueden empezar a intuir leyendo la detallada descripción de la Historia reciente de Irlanda del Norte que McKinty traza con mano magistral en “Por la mañana me habré ido”.

Dicho esto nos olvidaremos del “Brexit” y pasaremos a hablar de otras cosas, concretamente de un interesante acontecimiento cultural, el desfile “Bilbao 1900” organizado en esa villa por un importante coleccionista de origen donostiarra, Fernando Botanz, que ya va por su quinta edición y al que tuve la suerte de asistir este pasado sábado.

Se trata de una masiva exhibición de trajes de época o fielmente reconstruidos sobre modelos de época -entre 1880 y 1930 aproximadamente- que son paseados por el centro de la capital vizcaína por cerca de un centenar de personas que los visten con ese propósito.

Este evento cultural, como explica el organizador de “Bilbao 1900” en su web (www.fernandobotanz.blogspot.com), quiere mantener viva la Historia de la villa de Bilbao en su momento de mayor esplendor social, cultural y económico y explicar didácticamente a sus vecinos y visitantes el calado de esos acontecimientos históricos, la importancia determinante del pasado reciente en el presente.

Como testigo directo de esa quinta edición de “Bilbao 1900” que tuvo lugar, como es habitual desde el año 2012, el último sábado de junio, debo decir que ese desfile de reconstrucción histórica, que revive a la sociedad vasca de la “Belle Époque” en todas, o casi todas, sus facetas, funcionó estupendamente y es una notable muestra de dinamismo cultural que nos sitúa a esos niveles europeos ahora tan cuestionados por el alarmante alarmismo que se ha generado en torno al ya aludido “Brexit”.

En efecto, conozco pocas ciudades europeas que realcen con tanta asiduidad y con tanta participación, en general de muy buena calidad, su patrimonio histórico, artístico y arquitectónico devolviendo vida tridimensional, de carne y hueso, a esos edificios de la Parte Vieja y el Ensanche bilbaíno ante los que habitualmente, por causa de las prisas de la vida cotidiana, se pasa como quien pasaría ante un montón de piedras y ladrillos que no tendrían más valor que otro montón de piedras y ladrillos levantados en otra parte del Mundo.

Quizás sólo ciudades belgas con un notable patrimonio histórico, como Amberes, y su tradición de los llamados “cortejos históricos”, llevan muchos años logrando algo parecido, aunque en muchos casos sin demasiada continuidad anual, llegando a pasar siete años entre uno y otro cortejo histórico, como en el caso del de Fosses-la-Ville.

Por lo demás, quitadas las más o menos afortunadas reconstrucciones de batallas (sobre todo de época napoleónica y con mejor o peor tino y continuidad en el tiempo), poco hay ahora en toda Europa parecido al desfile anual “Bilbao 1900”.

No al menos a esa escala y extensión y en una capital importante y de referencia a nivel internacional como puede ser el caso del Bilbao post-Guggenheim, donde visitantes alemanes -concretamente de Frankfurt-, norteamericanos de Washington D. C. o de la India fueron testigos, entre otros muchos, de ese desfile que les explicaba la Historia de la ciudad que estaban visitando reviviéndola en todos sus detalles, de manera tridimensional.

Poco más puedo decir, tan sólo que es una suerte que se tomen estas iniciativas, que encuentren eco y que se mantengan en el tiempo.

Es señal de una sociedad viva culturalmente, con interés por la Historia que, como he repetido muchas veces, es la base de cualquier sociedad que trate de mantenerse en pie con ciertas garantías de éxito y de funcionalidad.

A ese respecto es justo concluir, y no olvidar, que, gracias a iniciativas como la de Fernando Botanz, parece que Bilbao se muestra como una alumna aventajada de aquella Gran Bretaña a cuya sombra creció en la misma época cuyo recuerdo quiere mantener vivo y vigente el desfile “Bilbao 1900”, tratando de ofrecer un retrato digno de un pasado a recordar y mantener vivo mientras la maestra, Gran Bretaña, parece haber perdido, por desgracia, el Norte, involucrándose en dudosas aventuras de incierto final que, seguramente,  pasará por volver a esa Historia común compartida con otros países europeos que se recuerda, perfectamente, con iniciativas como “Bilbao 1900”.

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El asesinato de Jo Cox. Algo de Historia sobre la violencia política en Inglaterra (1616-2016)
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Carlos Rilova | 20-06-2016 | 11:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que una pregunta razonable tras leer el título de este nuevo correo de la Historia, podría ser qué tiene que ver la Historia con el asesinato de la joven diputada laborista inglesa Jo Cox el 16 de junio de 2016.

La pregunta a una hipotética respuesta como esa podría ser una consigna del movimiento contestatario de los años setenta, que venía a decir que todo era Política.

Con la Historia pasa algo parecido, todo hecho del Presente tiene una raíz en el Pasado, es decir, en la Historia, y conocer esa raíz, obviamente, nos permite comprender mejor lo que ocurre hoy día ante nuestros demasiadas, veces atónitos ojos.

Eso, desgraciadamente, es lo que se puede decir sobre el asesinato de esa prometedora diputada laborista inglesa que  ha sido muerta de un modo triste y vil por un hombre trastornado y fanatizado políticamente.

En efecto, la muerte de Jo Cox es todo un indicio, un detalle de cómo se está degradando la vida política en Inglaterra y el resto de Europa en el largo tiempo histórico.

Empecemos por una visita a la Inglaterra y la Europa de comienzos del siglo XVII. Lawrence Stone, un eminente historiador británico, ya advertía, en su obra sobre la crisis de la aristocracia inglesa entre 1588 y 1641, lo históricamente falso que resultaba el tópico, alimentado desde Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX, de que los británicos -en general y sus clases altas en particular- eran tipos altamente civilizados, flemáticos, que arreglaban sus diferencias pacíficamente, incluso con algo de humor sarcástico.

Por el contrario a comienzos del siglo XVII, nos dice Stone, lo normal entre la nobleza inglesa era que los altos lores y de ahí para abajo -cada cual según sus posibilidades- fueran acompañados de un séquito de sirvientes que, por lo general, eran reclutados entre gentes para las que el oficio de las armas y la violencia eran lo más común del mundo.

Stone da cuenta de algunos episodios en los que los séquitos de miembros de la nobleza se enfrentan a pistoletazos y estocadas en las calles inglesas por cuestiones que hoy nos pueden parecer nimias, pero que entonces tenían mucho, demasiado, significado. Como ocurría con la precedencia en honores. Por ejemplo a la hora de ceder el paso en una calle concurrida.

Stone nos cuenta también que los nobles que capitaneaban, y pagaban, esos séquitos de sirvientes armados y con -digamos- talento para la violencia, no solían ser los últimos en entrar en las batallas campales de bolsillo organizadas en el momento y lugar más insospechado. De hecho, solían ser, como era hasta cierto punto lógico, los primeros, pues quienes formaban sus séquitos sólo hacían uso de las armas cuando lo ordenaban esos caballeros, que eran quienes les pagaban y otorgaban signos de distinción social. Como, por ejemplo, vestir la librea con el escudo de esos nobles amos. Todo un salvoconducto que abría puertas y ganaba respeto a quienes portaban tales emblemas.

Lo cierto es que esa violencia de sesgo político en Inglaterra, como en el resto de Europa, fue quedando obsoleta, desautorizada, sólo a través de un proceso lento y con muchos altibajos. Entre 1642 y 1745 Inglaterra sufre, primero con intensidad y luego a espasmos, un largo ciclo de guerras civiles que acaban en Escocia con una considerable matanza en el páramo de Drumossie. A lo largo del siglo XVIII peleas callejeras como las que describe Lawrence Stone en su obra, son cada vez peor vistas en Inglaterra, pero en la década de los cincuenta de ese Siglo de las Luces había materia en las calles inglesas para que William Hogarth compusiera grabados y pinturas como las de la serie titulada “The Humours of an Election”, en cuya cuarta entrega se ve a un atribulado candidato a miembro del Parlamento metido en una riña callejera donde tipos de baja ralea atacan con palos y otros instrumentos contundentes a sus seguidores, que responden con los mismos medios.

Eso por no hablar de la larga lista de guerras en las que Inglaterra se ve envuelta, junto con otros países europeos, en ese siglo de la Ilustración: de 1701 a 1714 en  la llamada de Sucesión española, en 1719 en la de la Cuádruple Alianza, en 1739 primero contra España en la llamada Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins y, sin solución de continuidad, desde 1740 hasta 1748, en la llamada Guerra de Sucesión austriaca. A ésta le seguirá la llamada Guerra de los Siete Años, entre 1757 y 1763, aunque en realidad ya había empezado, en América, en 1754. El siglo finalizará para Gran Bretaña y sus oponentes con otra larga guerra, la de Independencia de Estados Unidos, entre 1776 y 1782. Diez años después, en 1792, empezará un largo combate contra la Francia revolucionaria y napoleónica que sólo acabará en 1815, hace ahora 201 años, en la Batalla de Waterloo.

Desde ese punto se inicia un período de relativa calma en el que Gran Bretaña se va pacificando sin choques internos demasiado violentos y eludiendo grandes guerras en Europa -como la primera carlista en España (1833-1839) a la que sólo envía 10.000 hombres, supuestamente voluntarios, al servicio de Isabel II- o la franco-prusiana de 1870.

Eso no significará que no haya matanzas importantes en Gran Bretaña, como la que tiene lugar en 1819 en el prado de Saint Peter, en Manchester, donde las autoridades reprimirán con una brutal carga de Caballería una manifestación pacífica que pedía la ampliación del derecho a votar. Lo que acabará haciendo que el campo de Saint Peter fuera irónicamente rebautizado como “Peterloo”, por la oposición a la ampliación de ese derecho a voto por parte de los conservadores británicos, que tendrán a la cabeza en esa lucha a Lord Wellington, el vencedor de Waterloo cuatro años antes…

Incidentes de violencia política como esos irán decreciendo en Inglaterra y Europa a lo largo de ese siglo XIX, o siendo desviados hacia las afueras del sistema, hacia las colonias.

Aún así, y dejando aparte las guerras coloniales, o la represión despiadada con violencia de baja y alta intensidad en la India o en Irlanda, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en 1935, 1936…, la lucha obrera en las calles de Londres podía acabar en escaramuzas de bastante consideración entre izquierdistas, fuerzas de Policía supuestamente neutrales y el débil pero persistente movimiento fascista británico de los Camisas Negras de sir Oswald Mosley. Basta con haber leído alguna reciente novela bestseller, como “El invierno del Mundo” de Ken Follett, para tener una imagen -literaria pero bastante exacta- de lo reciente que ha sido la extinción o minimización de la violencia política en las calles británicas.

Eso es lo que hace tan estremecedor, tan inquietante, el asesinato de la diputada Jo Cox. Independientemente de la diferente proporción de locura y Fascismo que haya podido impulsar a su agresor, es evidente que hay un clima social en la, todavía, rica y civilizada Europa donde un largo período de consenso social, iniciado por un acuerdo explícito entre todas las fuerzas políticas democráticas -de Izquierdas o de Derechas- tras la derrota del Nazismo en 1945, ha sido roto, paulatinamente degradado, desde el comienzo de la década de los 80 del siglo pasado, por eso llamado “Neoconservadurismo”, que ha socavado las bases económicas de ese contrato social y con ello está induciendo, lo sepa o no, un clima social que cada vez recuerda más a la Europa de la lúgubre década de los años 30.

Esa en la que un desequilibrado -Adolf Hitler, por ejemplo- con ideas fuertes sobre ideas elementales como “Raza”, “Nación”, etc…, y con un discurso populista, podía prosperar y medrar, incluso eliminando a sus oponentes por medio de la violencia.

A pequeña escala ese es el aviso que plantea el triste asesinato de Jo Cox, diputada laborista británica que cayó abatida al grito de “Gran Bretaña primero”, lema de la ultraderecha rampante en esa, desde 1945 y hasta ahora, ejemplar nación democrática que, tras un largo devenir, ha sido Gran Bretaña.

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La coalición “Unidos Podemos”, la patria, la Historia, Ortega y Gasset y la desvertebración de España
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Carlos Rilova | 13-06-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No estaba muy seguro sobre qué tema se podría tratar hoy en este nuevo correo de la Historia. Sin embargo, una vez más, los poderes casi taumatúrgicos del profesor Pablo Iglesias Turrión, reconvertido en líder carismático de la coalición Unidos Podemos, han servido de gran ayuda a un atribulado ciudadano medio (en este caso el autor de estas líneas).

La ayuda ha venido del revuelo que se ha levantado en torno a la apropiación, por parte de esa coalición de izquierdas, de la palabra “patria”. En efecto, después de convertir el programa que van a repartir a los electores en una copia del famoso catálogo de Ikea, la coalición ha creado un eslogan que, salvo en Cataluña, trata de movilizar a sus posibles votantes con el lema “La patria eres tú”.

Las reacciones no se han hecho esperar en los demás partidos rivales, PP, PSOE, Ciudadanos… Todos han tildado de oportunista y otras cosas similares a ese nuevo eslogan señalando -no sin razón, desde luego- qué rara apelación al patriotismo es esa que no se atreve a presentar ese mismo eslogan en Cataluña.

Sin embargo, la reacción que más me ha impresionado ha sido la del diario “El País”, en cuyo editorial de este sábado se ajustaban cuentas, muy duramente, con esa nueva maniobra política de la coalición Unidos Podemos. De hecho, ha sido la lectura atenta de ese editorial la que me ha llevado, finalmente, a decidirme por este tema.

La razón es muy sencilla: al margen de lo discutible que puede resultar la elección de Unidos Podemos de ese eslogan -“La patria eres tú”- había cosas muy chocantes desde el punto de vista histórico en ese editorial.

Así es, decía “El País” que el término elegido por Unidos Podemos como eslogan, la patria, era algo vacío de contenido, incluso superfluo en un país como España que, y cito textualmente, es una democracia avanzada además de un estado de Derecho y social, donde, como mucho, se podría apelar a lo que ese diario llamaba un patriotismo constitucional…

No voy a entrar en cómo es posible creer que hoy día España sea un estado social -por mucho que lo proclame la constitución de 1978- con un escenario donde conviven sueldos opulentos de 70.000 euros anuales -eso es lo que cobra, por ejemplo, el presidente del Gobierno- con contratos esporádicos y precarios no sólo para puestos no especializados, sino para personal cualificado -técnicos, profesores, especialistas…- de 300 euros mensuales, 500, 600…

Lo que más me interesa, aquí y ahora, es la asombrosa afirmación en ese mismo editorial de que la palabra “patria” está vacía de contenido, que es superflua en España.

Históricamente España no ha tenido precisamente exceso de esa palabra, de ese concepto, “patria”. Ortega y Gasset ya señaló que uno de los problemas de la España de su tiempo -la de antes de la Guerra Civil- era la desvertebración, la ausencia de una idea común de patria en torno a la cual agruparse y crear un estado fuerte. Uno que incluso hoy, de haber existido, sí podría haber sido “social”.

España adoptó con bastante rapidez el concepto. Aunque lo correcto es decir que lo transformó con bastante rapidez, porque la idea de “patria” ya era común en ese país antes del estallido revolucionario de 1789.

En efecto, hay miles de documentos históricos en los que la palabra aparece, aunque usada de un modo diferente al que se usará desde 1789 en adelante.

Hasta esas fechas, “patria” equivalía en España al pueblo o la ciudad de la que se procedía. En los interrogatorios judiciales que ejercían los alcaldes de las villas con privilegio para ejercer Justicia, cuando se preguntaba al acusado cuál era su “patria”, la respuesta era una localidad determinada: Irún, Santander, San Sebastián…

Todo eso empezó a cambiar desde el inicio de las llamadas revoluciones atlánticas. Es decir, la norteamericana y la francesa.

En los futuros Estados Unidos, los insurgentes contra la metrópoli -por cierto generosa y decisivamente apoyados por el rey de España- adoptaron pronto el nombre de “patriotas”. Entendido ese término como conjunto de personas de una vasta extensión geográfica -no como originarios de un mismo pueblo o ciudad- que se oponían a un dominio considerado extranjero y opresivo. En  este caso el británico.

La idea es aún hoy día parte de la cultura popular norteamericana. Por ejemplo un equipo de fútbol americano se llama así precisamente: “New England Patriots” y su lógo corporativo evoca la figura de uno de esos rebeldes de 1776…

Lo mismo ocurre en Francia, donde la primera estrofa de su himno nacional, “Allons enfants de la Patrie”, deja bien claro a quién se dirige ese explosivo himno. Es decir, a los hijos de la Patria, a los que anuncia que ha llegado el día de Gloria en el que se enfrentarán al estandarte sangriento de la Tiranía…

El concepto fue rápidamente comprado -por así decir- por los españoles que organizaron en 1808 la finalmente exitosa resistencia antinapoleónica. Los funcionarios civiles y militares españoles del bando patriota, en efecto, reproducían en sus proclamas y documentos conceptos tales como patria, nación, ciudadanía…, incluso eslóganes como “Libertad o Muerte”, en el mismo sentido en el que eran usados por los patriotas yankees o los revolucionarios franceses.

El problema vino después, en la convulsa Historia política española que se extendió entre 1814 y 1975 y cuyas consecuencias, lógicamente, vivimos hoy día, como no podía ser menos.

A lo largo de esas fechas, y especialmente entre 1936 y 1975, la idea de patria que, como vemos, tenía un origen revolucionario y progresista sin necesidad de adjuntarle adjetivos como “constitucional”, fue incautada, como muchas otras cosas -la bandera por ejemplo- e impuesta sobre una parte de la sociedad hasta el punto de que hoy día esa palabra, “patria”, no evoca, como en Estados Unidos, a un miliciano yankee enfrentándose a un casaca roja del tiránico rey Jorge, o a un liberal español batiéndose contra las tropas napoleónicas, sino a un siniestro régimen dictatorial que impuso -vía exilio y vía pelotón de fusilamiento- su propia idea de lo que era la patria. la bandera y sus colores…

Ya lo he dicho en otros correos de la Historia pero parece ser que hace falta repetirlo, como se ve por la diatriba organizada en torno a la resurrección por Unidos Podemos del concepto “patria” en, al parecer, su sentido originario de 1808.

Durante los cuarenta años de Transición desde la dictadura hasta esta democracia supuestamente avanzada y aún más supuestamente social, nada se ha hecho para crear vertebración, para desintoxicar un concepto tan fundamental como el de “patria”, imprescindible para una sociedad en efecto bien vertebrada.

Más bien parece haberse alentado todo lo contrario: derrotismo supuestamente regeneracionista, enfermiza obsesión con complejos de inferioridad también supuestamente avalados por la Historia (¿cuántas novelas “históricas” han leído sobre la derrota de los tercios en Rocroi y cuántas sobre la traición del Gran Condé a su propio país tras esa imaginaria “victoria definitiva” sobre España?), desunión basada en diferencias locales y localistas y así sucesivamente.

El resultado de todo eso es, entre otras cosas, la aparición de coaliciones como Unidos Podemos, que ahora resulta que molestan por estar dispuestas a todo con tal de asaltar los cielos, no se sabe bien si para imponer un socialismo caudillista tipo venezolano o una socialdemocracia escandinava.

Cierro este artículo con un consejo a quienes han estado cuarenta años de “exitosa” Transición a la Democracia aislados en una torre de marfil periodística y ahora, en la famosa “hora 25”, se quejan amargamente de cosas así: cuando un efecto -el populismo caudillista de Unidos Podemos- es indeseable, lo que hay que hacer es evitar sus causas.

Las mismas que desde esas torres de marfil se han ignorado o minimizado en esas cuatro décadas que ahora algunos descubren, con horror, han sido décadas perdidas para evitar aquello contra lo que Ortega y Gaset ya había advertido nada menos que en 1922…

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