Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917
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Carlos Rilova | 13-02-2017 | 12:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este lunes era imposible elegir otro tema. Llevo, desde 2014, siguiendo los pasos a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y eso ha marcado, en muchas ocasiones, el paso al que debía marchar este correo de la Historia.

Así las cosas, hoy casi tengo la obligación de hablar del fin de Mata Hari la (supuestamente) más famosa espía alemana de esa “Gran Guerra”.

Y tengo que hablar porque hoy, 13 de febrero de 2017, se cumplen exactamente cien años del momento en el que la agente H 21 -más conocida como Mata Hari- fue detenida en el número 103 de la céntrica Avenida de los Campos Elíseos de París. Donde en ese momento estaba el Hotel Palace, en el que la bailarina y aventurera se alojaba por aquel entonces al razonable precio de 30 francos al día.

Este hecho histórico que hoy cumple cien años, y ha movido metros de película y de papel de imprimir, en realidad estuvo a punto de no ocurrir.

Como nos cuenta uno de los biógrafos de Mata Hari mejor informados -el periodista Russell Warren Howe- el agente francés encargado de vigilar a Mata Hari, el capitán Ladoux, estaba metido en un buen problema en las fechas previas a aquel martes 13 de febrero de 1917.

¿Cuál era la naturaleza de esa situación problemática para el no muy brillante, pero esforzado, capitán Ladoux?. Pues sencillamente la de muchos de los agentes de los servicios secretos de la época que, tal y como los describe R. W. Howe, eran verdaderamente chapuceros. Como de opereta o salidos de las películas cómicas de cine mudo que triunfaban en aquel entonces.

Durante bastantes semanas -como mínimo entre diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917- Ladoux había movilizado a varios agentes para que siguieran los pasos a Mata Hari, sospechando que era una agente doble. Algo que el propio capitán Ladoux tenía mucho interés en comprobar, puesto que era él quien había aceptado el ofrecimiento de Mata Hari de servir a Francia y a los aliados en calidad de espía.

De ese seguimiento, Ladoux no había sacado gran cosa. Salvo gastos considerables que sus superiores no veían precisamente con calma. Menos aún en una Francia donde la esperada victoria no llegaba y lo único que afluía hacia esa atribulada potencia eran centenares de ataúdes y hombres con diversos grados de espantosa mutilación. Provocada por la guerra tecnológica -de alto poder destructivo- que se estaba librando desde 1914.

Ladoux, que, así las cosas, no estaba en una situación precisamente fácil de explicar, se veía, en efecto, presionado por sus superiores para que encontrase -y pronto- alguna red de espías alemanes. A ser posible en París.

A decir verdad, como nos cuenta Russell Warren Howe, el capitán Ladoux no tenía muchos triunfos en la mano en esos momentos. Así que decidió apañar la menos mala de sus bazas. A saber: un mensaje cifrado alemán, captado por las radioescuchas instaladas en la torre Eiffel, en el que los alemanes revelaban los movimientos de su agente H 21.

No era gran cosa. Y Ladoux lo sabía. Más que nada porque esa información venía cifrada en una clave que los criptólogos franceses habían roto tiempo atrás. Un hecho -el de que esa clave estaba “muerta”- que los alemanes conocían perfectamente, revelando de ese modo que, en realidad, estaban tendiendo un señuelo. Una cortina de humo para despistar a los agentes franceses y desviarlos así de sus verdaderas redes de espionaje.

Como decía -y como vemos- lo que tenía Ladoux era bien poca cosa. Pero tenía que servir. Y sirvió. Con esas endebles pruebas, convirtió a Mata Hari en un perfecto chivo expiatorio de todo lo que se podía achacar a las verdaderas redes de espionaje alemanas que actuaban en Francia y, de hecho, en toda Europa.

Los superiores de Ladoux tampoco parecieron tener mayor inconveniente en que aquella exótica bailarina -de vida airada y aventurera- se convirtiera en la diana donde los franceses podrían desahogar su rabia y su frustración por la marcha de la guerra.

Todo ello según el patentado principio de que no hay nada mejor que echar la culpa a otro -u otra- de los propios errores, para de ese modo evadir cualquier responsabilidad.

Fue así como empezó el principio del fin de Mata Hari. Una penosa historia que se extendería durante casi todo el año 1917, que fue el tiempo que tardaron en juzgarla ante un tribunal militar para decidir, finalmente, en octubre de ese año, fusilarla en los fosos del castillo de Vincennes. Curiosamente la sede actual de uno de los principales archivos militares franceses de los que, a partir de hoy, todo el dossier Mata Hari debería salir desclasificado y ser puesto a disposición del público. Al haberse cumplido cien años de aquellos hechos.

¿Nos contarán esos venerables papeles algo que no sepamos ya gracias a biografías como la de Russell Warren Howe?. ¿Se confirmarán o se derrumbarán definitivamente leyendas como la que corría en San Sebastián hace cien años (y menos) acerca de que Mata Hari, en realidad, había sido vendida y traicionada por el escritor Enrique Gómez Carrillo en el Puente Internacional de Irún?.

El tiempo lo dirá. De momento, hoy, a cien años justos de la detención de la supuestamente famosa espía, lo único que está claro es que la leyenda forjada sobre ella -en gran parte gracias a la película protagonizada por Greta Garbo- es sólo eso: leyenda.

Hoy 13 de febrero de 2017, la Historia sólo puede decir que Mata Hari fue una víctima de las circunstancias. Arrastrada por una vida aventurera hasta una trampa que sólo podía cerrarse sobre ella porque un funcionario francés -a su vez- no podía permitir ser él la víctima propiciatoria de una borrascosa situación que requería víctimas, nombres, explicaciones que -mejores o peores- había que sacar de algún lado. Aunque fuera de un informe caducado de los servicios secretos alemanes que, por otra parte, era una clara trampa para los servicios secretos franceses…

Así de absurdamente se escribe, a veces, la Historia.

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¿Bienvenido Mr. Trump? o, cómo aprender algo útil de la Historia gracias a la República de Weimar (1933-2017)
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Carlos Rilova | 06-02-2017 | 2:18| 0


Por Carlos Rilova Jericó

Desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me está resultando una verdadera pesadez ver programas de esos llamados “informativos” o leer periódicos.

Y es que el nivel de maniqueísmo simplón al que están llegando esos medios al ¿analizar? este tema es bastante difícil de sobrellevar. Básicamente todo parece reducirse a un pensamiento digno de un niño de 8 años: si Trump se va, todos nuestros problemas se resolverán.

A eso yo respondería que ojalá. Pero eso sería tanto como desear que las ecuaciones matemáticas se resolvieran a gusto del que las está resolviendo y no según una pauta uniforme e invariable. O, por decirlo de otro modo, creer que la desaparición de Trump acabaría con todos nuestros problemas es una forma de pensamiento mágico, en el peor de los casos. En el mejor equivaldría, en ciencia médica, a creer que el problema es la fiebre y no la enfermedad que causa ese síntoma.

Lo cierto es que, a fecha de hoy, estamos en una situación que no se había vivido en el Mundo desde el año 1933, cuando la República de Weimar colapsó y la principal potencia económica de Europa, Alemania, se arrojó en brazos de Adolf Hitler.

En efecto, la mayoría de las opiniones sobre Donald Trump están teñidas del mismo simplismo, cobarde unas veces, simplemente mezquino otras, que predominaba en la clase política y la intelectualidad alemana de esa época.

Vamos a echar un vistazo a algo de lo que hay publicado sobre Weimar en español y podrán comprobar, en persona, que el “problema Trump”, por así llamarlo, es mucho más complejo de lo que parece a vista de telediario y su solución, por supuesto, implica medidas también complejas y que no pasan, precisamente, por borrar del mapa (no sé exactamente con qué medios: manifestaciones furibundas de gente que, al parecer, se olvidó de ir a votar, “impeachments”…) al actual presidente de los Estados Unidos.

Empecemos con la obra del economista César Roa Llamazares, “La República de Weimar. Manual para destruir una democracia”. En las páginas 106 y 107 de ese libro se nos dice que una parte de la clase política que, se suponía, debía mantener la República, pensaba, por el contrario, que ésta debía ser mermada, reducida, limitada, pues estaba destruyendo la que ellos consideraban la verdadera Alemania. Peor aún, había adoptado medidas económicas que favorecían en exceso a las clases trabajadoras (seguro de desempleo, negociación colectiva…), a las que, dada la coyuntura internacional, según esa clase política, había que disciplinar con medidas de austeridad económica… Seguro que esta música un tanto siniestra les suena, ¿verdad?.

Decisiones así, y el levantamiento del interdicto contra las milicias nazis (algo finalmente inevitable en la lógica de políticos de esa talla), no tardaron en colapsar ese régimen porque sencillamente una gran mayoría de desesperados (a causa de la política económica de austeridad) ya no tenían suficiente margen de maniobra intelectual para aferrarse a otra opción política que aquella que les prometiese soluciones simples e inmediatas. Exactamente como las que prodigaba, porra en mano y de manera expeditiva, el Partido Nazi.

El director del periódico liberal republicano “Ahora”, Manuel Chaves Nogales, fue uno de los españoles que visitó Alemania en la época. Tal  como lo refleja el libro de Félix Santos que recoge esos testimonios (“Españoles en la Alemania nazi”). Chaves Nogales tenía claro en 1933, en el mes de marzo en el que las elecciones auparían a Hitler al poder absoluto, que gran parte de ese apoyo provenía de unas masas obreras que acataban sus órdenes casi con delectación. Indiferentes a la detención de unos líderes obreros que nada tenían que ofrecerles. La presencia de 300.000 obreros aclamando a Hitler en la fiesta del 1º de mayo de 1933 (de lo que fue testigo Chaves Nogales) dejaban claro hasta qué punto se había camelado a quienes deberían haberse opuesto frontalmente a aquel movimiento político en realidad al servicio de quienes, como el canciller Von Papen (finalmente asimilado también por los nazis), abogaron durante la República por más austeridad económica, menos subsidios, menos garantías económicas…  Seguramente la música y la letra de esa canción les sonarán, otra vez, mucho, ¿verdad?.

Si de los testimonios de periodistas españoles de la época pasamos a otros manuales de Historia, descubriremos más cosas sobre cómo la nación más culta de Europa, la más avanzada, la más… etc…, se dejó llevar al redil del movimiento nazi.

Consultemos, pues, “La República de Weimar. Una democracia inacabada”, de Horst Möller, profesor universitario en Munich y especialista en las relaciones históricas franco-alemanas.

Nos dice el profesor Möller que la República de Weimar colapsó, tras unos cuantos años buenos, entre 1919 y 1933, por muchas razones de orden político, intelectual y también económico pero, entre esos factores, se hundió porque, como nos refleja certeramente en la página 341 de su obra, se creó una situación que permitió a los nazis poner a sus órdenes a una “generación con escasas oportunidades laborales, socialmente desarraigada y con un fuerte sentimiento de engaño respecto a sus posibilidades de futuro”… Seguro que esa letra y esa música también les suenan mucho Y no precisamente de haberlo oído en 1933, sino hace pocos días.

Por no alargar demasiado la lista de lecturas, vamos a fijarnos finalmente en las páginas 383 a 386 del libro del profesor de la Universidad de Minessota Eric D. Weitz titulado “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. En esas páginas, especialmente en la 386, el profesor Weitz describe a la élite alemana de la época (desde arzobispos católicos y clero protestante, hasta profesores universitarios pasando por generales y terratenientes prusianos) como claramente escorada a la Derecha, deseosa por un lado de gozar las mieles de los avances tecnológicos que iba ofreciendo aquella acelerada época posterior a la Gran Guerra, pero incapaz de aceptar la nivelación social que traía aparejada esa modernización económica.

La solución a esa contradicción que ansiaba algo, en efecto, tan contradictorio como una  “revolución conservadora”, acabó cayendo -por su propio peso- en manos de los nazis, que recogieron el mensaje de esas élites contra la República de Weimar y lo volvieron finalmente en su contra. Liquidando a la República, pero erigiendo al mismo tiempo un estado proteccionista, que ofrecía soluciones a todos los desamparados que, ante la debacle económica alentada o permitida por Weimar, habían buscado refugio en movimientos como el nazi, que compraban su desencanto y desesperación material y, a cambio de obedecer ciegamente sus órdenes (supusieran éstas el grado de inhumana crueldad que supusieran), les daban lo que la República no había sabido o querido darles. Es decir: seguridades materiales, horizontes…

La llamada “Globalización” ha cometido -a mayor y peor escala- esos mismos errores que devastaron a la República de Weimar. Ha creado una multitud de desheredados, de inadaptados sociales que sólo esperan, en su desesperanza, que alguien les resuelva el problema por decreto. El corolario de esto es que la democracia no está ahora en peligro en una potencia europea como lo estuvo en Alemania en 1933, sino en una superpotencia mundial como Estados Unidos y en la Confederación europea. Cuya clase conservadora no comprende cómo A + B esta dando como resultado esa “C” que representan políticos antipolíticos como Trump, Farage, Orbán o Marine Le Pen que, como en la Alemania de Weimar, llegan aupados por miles de descontentos que no han sacado nada bueno de esa Globalización. Salvo proletarización y pérdidas materiales que, acertadamente o no, sospechan han ido a parar a manos de privilegiados políticos como los Clinton, los Fillon y un largo etc… que ustedes pueden rellenar a placer con el nombre que les parezca.

Por eso es inútil clamar contra Trump, el problema no es él, sino la situación que lo ha creado.

Se ha jugado con fuego económico durante cerca de treinta y cinco años, desde 1973, cuando la ambición insaciable y el temor a un exceso de democratización -que anidaba por igual entre viejos conservadores y jóvenes leones neocapitalistas- hizo saltar por los aires todas las válvulas de seguridad implementadas en 1945 para evitar que catástrofes como la de Weimar se repitieran. El resultado está bien a la vista hoy: tenemos en la Casa Blanca a alguien que ha llegado allí prometiendo resolver los problemas de todos los perdedores (que son más de los que, por ejemplo, Starbucks podría contratar por un sueldo mísero y un contrato precario) a cambio de no importa ya qué. Justo como en la Alemania de Weimar.

¿Es posible que sabiendo todo esto, que teniendo libros como los de Möller o Weitz al alcance de la mano en nuestras bibliotecas, estemos dirigidos por gente tan avariciosa, tan estúpida (o ambas cosas a la vez) como para permitir que el Mundo haya vuelto a las puertas del infierno que se desató en 1933?.

Ustedes dirán…

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Vita monstruorum. Historia de los monstruos. El “hombre salvaje”, el Basajaun y el eminente doctor Tulp (1641-2017)
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Carlos Rilova | 30-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que el correo de la Historia de hoy será bastante fácil de presentar. Sobre todo porque trata de un personaje conocido por una gran mayoría del público que (aún) lee en España. No otro que el Basajaun. El señor del bosque, literalmente traducido del euskera.

Esa figura de la Mitología vasca es bien conocida hoy, como decía, gracias a la exitosa saga de novela policíaca firmada por la escritora donostiarra Dolores Redondo y ambientada, principalmente, en el Valle del Baztán, en el Norte de Navarra.

Es, tal y como lo describen esas novelas, una especie de ser monstruoso que vaga por las zonas boscosas del País Vasco y (según la “Trilogía del Baztán”) también por las de Navarra. Un tanto ajeno, este ser fabuloso, por lo que se ve, a los contenciosos histórico-administrativos entre el viejo reino y sus vecinos del Norte. Con los que le unen una larga Historia de suspicacias y desencuentros políticos y, a veces, una estrecha comunidad de intereses. Manifestada en reuniones conjuntas de sus instituciones forales o en hacer pasar a mejor vida (a tiros de arcabuz y certeras estocadas) a otros vasallos del rey de Castilla en las estrechas calles del Potosí de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Sea como fuere, ahí está el Basajaun, sirviendo de telúrico y misterioso telón de fondo a esa saga de novela negra leída por millares, a quienes, mal que bien, Dolores Redondo ha acercado un poco más a la rica Mitología vasca.

Esa ficción, sin embargo, se ve una vez más superada por la realidad. Así es, la leyenda del Basajaun es mucho más complicada de lo que les haya podido parecer en las visiones que sufre la inefable inspectora Amaia Salazar, la protagonista de la “Trilogía del Baztán”.

El profesor Jon Juaristi (que anda en estas fechas estrenando nuevo libro) decía cosas bastante interesantes al respecto en una de sus obras menos políticas y más fascinantemente eruditas. Me refiero a “El linaje de Aitor”, del que esta última semana no me he podido alejar mucho, ocupado como estaba en dar fin y quito a mi parte de esa nueva “Historia de Gipuzkoa”, tan generosamente financiada por muchos de quienes leen este correo de la Historia.

“El linaje de Aitor” es, como decía, un estudio muy erudito -pero no por eso menos entretenido- sobre el origen de muchas de las leyendas que han ido configurando el pensamiento de los actuales habitantes de la comunidad autónoma conocida como “Euskadi”.

En ese libro el profesor Juaristi nos describe minuciosamente qué es invención perversa (la lamia Maitagarri, por ejemplo) y qué es verdadera tradición en mucho de ese mundo mitológico vasco.

En el caso del Basajaun todo parece indicar, según Jon Juaristi, que es una tradición milenaria, que nada tiene que ver con las febriles invenciones de un personaje tan fascinante como Augustin Chaho. Un prototipo de viajero y aventurero romántico que se dejó caer por el País Vasco y Navarra durante la Primera Guerra Carlista (1833-1839), para allí dar rienda suelta a una imaginación que le acabó trayendo problemas con el Alto Mando carlista. No demasiado contento con que los viera -y describiera- como un movimiento democrático que luchaba -afirmación verdaderamente asombrosa- contra el Absolutismo de la Santa Alianza…

Así es, según el profesor Juaristi, el Basajaun es, ni más ni menos, que uno de los monstruos característicos de la cultura humana en general, y europea en particular, que, a lo largo de la Edad Antigua y Media, se sintió fascinada -por distintas razones- por figuras monstruosas como la del Basajaun.

Este monstruo que corría de boca en boca en las leyendas que se contaban de padres a hijos en el País Vasco (hasta llegar a la “Trilogía del Baztán”), sería tan sólo uno más de los muchos “hombres salvajes” que han poblado, durante siglos, la imaginación (y los escudos y la decoración de las iglesias medievales) de los europeos.

Una monstruosidad más del completo catálogo que ofrece un magnífico artículo -consultado en su día por Jon Juaristi- firmado por el reputado Rudolf Wittkower y titulado “Maravillas de Oriente: estudio sobre la Historia de los monstruos”.

Así, el Basajaun sería uno más en la larga lista que va desde las tradiciones hindús hasta las medievales y renacentistas y recoge desde seres de aspecto humano pero con cabeza de grulla o de perro (los cinocéfalos), o, al revés, las mantícoras (seres cuadrúpedos pero con cara humana), sátiros o acéfalos (es decir, seres sin cabeza tal y como la entendemos, pues sus ojos, nariz, boca… estaban en lo que sería el tórax humano).

Como nos explica el profesor Wittkower, la razón por la cual los seres humanos han creado y dado pábulo a esos seres monstruosos a lo largo de los siglos, ha variado con el paso de los años. Así, en la Edad Antigua, en la que Plinio escribía su “Historia naturalis” (acabada en el año 77 después de Cristo), las historias de monstruos y seres fabulosos que provenían de Oriente eran rechazadas como fábulas por los geógrafos griegos de la época (Estrabón, por ejemplo), pero igualmente eran aceptadas -con fascinación incluso- por otros representantes de ese mundo clásico como el propio Plinio.

De ahí, a través de uno de los llamados padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, pasaron esas historias de monstruos y seres fabulosos al Occidente medieval. Según San Agustín, todos ellos debían ser aceptados como parte de la Creación de Dios, que se manifiesta en estos portentos mágicos. De esto se acabó deduciendo, en el Occidente medieval, que esos monstruos habían sido creados para dar ejemplo a la Humanidad, para advertirle de sus vicios. Así, por ejemplo, los seres con cuerpo humano y cabeza de perro, los cinocéfalos, recordarían lo reprobables que eran las personas pendencieras, los buscabullas…

Los hombres salvajes, como el Basajaun, evidentemente, serían una metáfora de los paganos, de quienes no habían recibido la Luz de la verdadera fe y vagaban fuera de los lugares habitados…

Así hasta que llegó el Renacimiento, la Preilustración, el siglo XVI, el siglo XVII y con él una curiosa raza de eruditos que se debatían entre la Religión, la Magia y la Ciencia…. como buena prueba de ello da la vida -y obra- de (por sólo citar dos casos anglosajones) el doctor Thomas Browne o sir Isaac Newton. Otro miembro de esa raza erudita, el doctor Nicolaes Tulp -un holandés nacido al iniciarse la guerra contra España y muerto en 1674, cuando Holanda debe buscar, otra vez, protección española- desmitificó la existencia de tales hombres salvajes.

Lo hizo basándose en la observación de una de las supuestas maravillas de las primeras colonias holandesas en Asia: la bestia que hoy conocemos como orangután. Un gran simio considerado por los autóctonos como un hombre que, en realidad, se había hecho pasar por salvaje porque, si se descubriese que sabía hablar, se le obligaría a trabajar…

Para el doctor Tulp, inmortalizado por Rembrandt en uno de sus más celebres cuadros, el orangután, aun siendo clasificable como “Homo sylvestris” o “Satyrus Indicus” (es decir, un hombre salvaje o un sátiro del Océano Índico) era, tan sólo un animal pues, sentenciaba el eminente doctor Tulp, tales cosas como los sátiros no podían existir…

Curioso corolario para criaturas que han catado las mieles del éxito literario en nuestro siglo, como lo atestigua la “Trilogía del Baztán”. Algo que, quizás, debería decirnos mucho sobre las cosas que fascinan nuestra imaginación, de manera magnética, durante siglos…

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Currutacos, “maravillosas”, “increíbles”, hipsters, it-girls y gafapastas. A propósito de Historia y de un libro de Víctor Lenore (1794-2016)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me he llevado una grata sorpresa esta semana pasada. Cuando creía muerto y enterrado en España eso que llaman “Periodismo de investigación” o limitado, casi en exclusiva, a esa labor de servicio público que es informar del grado de corrupción rampante (y sumamente peligroso, casi letal) que se ha alcanzado en dicho país, me descubren un libro del que ya hacía tiempo había oído hablar.

Se trata de “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural”. El destino de ese libro -que hay quien reclama (no sin razón desde luego) como lectura obligada en los institutos- ha sido el de ser publicado en una pequeña editorial de Madrid y de nombre evocador. Sobre todo para quienes trabajamos en el campo de la Historia: Capitán Swing. Es decir, aquel grupo de los que Eric J. Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, que en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX se oponían a la proletarización de los campesinos. Empujados a las terribles urbes industriales por la nueva maquinaría agrícola que a ellos les estropeó y acortó la vida y privó a Jane Austen del bucólico, romántico y apacible marco en el que se desarrollan la mayor parte de sus novelas.

Podría decirse que, con tal editor, el libro de Víctor Lenore ya estaba casi predestinado a ser piedra de escándalo. El escándalo me interesa bastante poco. Ustedes juzgarán. Después de leer este artículo y después de leer su libro. Cosa que les ruego hagan encarecidamente, porque nos describe la raíz de muchos de los males que están paralizando (y, de hecho, destruyendo) a la actual sociedad española.

Lo que describe y sistematiza de manera magistral Víctor Lenore en “Indies, hipsters y gafapastas” es preocupante, muy preocupante, visto en perspectiva histórica, que, ya se habrán dado cuenta, es la que adopta siempre todo lo que pasa por estas páginas semanales.

Para empezar ha incluido en su análisis los orígenes políticos y económicos de los que surgen esos, en apariencia (sólo en apariencia, insisto) inofensivos muchachos y muchachas de aspecto un poco excéntrico en el vestir y de trato bastante relamido, que invita a no sostener con ellos, o con ellas, ninguna clase de conversación demasiado larga. Cosa que, por otra parte, no parecen estar muy preparados para mantener (fueron ellos los que acuñaron el icono “Mono con platillos” para indicar que les aburría cualquier conversación profunda).

Nos dice Víctor Lenore que esas raíces políticas y económicas de indies, gafapastas, hipsters, it-girls…, se hunden fuertemente en la ideología neoconservadora fomentada -como bien indica Lenore- en las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que, por desgracia para toda una generación -la mía concretamente- fueron rápidamente mimetizadas y aplicadas en todo el Mundo desde 1980, cebando la bomba de la crisis económica estructural que ahora estamos viviendo.

Tal y como nos lo cuenta Lenore, esos excéntricos que llevan el pantalón por el tobillo, cuidados tupés, gafas llamativas, barbas cuadradas y camisas de cuadros o blancas, grises… con el último botón atado pero sin corbata, son algo más que una moda. Son todo un modo de entender la vida. Se trata de gente que va de la clase media baja hasta la élite y todos ellos tienen en común la liviandad de juicio, el no querer preocuparse de nada, ser pura superficialidad, vivir un consumo conspicuo y ostentoso (vacaciones exóticas, caras y “diferentes”, tatuajes, caros cachivaches electrónicos que hay que renovar cada poco tiempo y, sobre todo, exhibir en público en cafés a la última, en apariencia muy modernos y cosmopolitas) y otras características bien conocidas y popularizadas incluso por la prensa satírica.

En resumen, el indie, el hipster, el gafapasta, y sus contrapartidas femeninas, que se pueden agrupar bajo el nombre de it-girl (algo que se traduciría del inglés como chica con encanto, con “it”, con “eso”, pero que sería más apropiado describir como “chica-cosa”, “chica objeto”… de consumo), son gente que ha renunciado a pensar en nada profundo, que han hecho de la superficialidad intencionada una bandera…

Por supuesto, como nos va desgranando la crónica de Víctor Lenore, que conoce todo esto de primera mano, ellos y ellas, como no podía ser menos, creen que todo esto es muy moderno… Y aquí es donde el historiador se ríe. Sarcástica, tristemente. Esto no tiene nada de moderno. Esto se vivió en Europa hace ya dos siglos. En el tiempo de la Revolución francesa.

En 1794 París y el resto de la Francia urbana estaban llenos de “modernos” que coinciden casi punto por punto con lo que hoy es un indie, un hipster, un gafapasta o una it-girl tal y como descarnada, pero certeramente, los describe el libro de Lenore. Se trataba de los llamados “muscadins” (en España se tradujo como “currutacos”), así llamados por su afición a perfumarse hiperbólicamente con esencias que contenían “musc”. Es decir: almizcle. También se les llamó “increíbles”, a ellos, y “maravillosas”, a ellas. Se distinguían por una vestimenta extravagante. Ellos llevaban llamativos fracs, se ataban las boquillas de los calzones con largas cintas de colores, se peinaban con greñas que caían a ambos lados de las sienes (peinado en “orejas de perro” se le llamaba), y, lo necesitasen o no, portaban una varilla de metal con una lente de aumento montada en ella (generalmente en forma de pirámide truncada) y a través de esa lente miraban el mundo que les rodeaba con un impostado mohín de desdén y superioridad.

Ellas, las “maravillosas”, llevaban vestidos de talle alto (el luego llamado “estilo imperio”, inspirado en la moda imperial romana), peinados similares o bastante extravagantes, con gran cantidad de tufos, lazos y rizos y sombreros no menos llamativos que les ocultaban el rostro bajo una amplia capota o pétalo.

Su habla particular y distintiva era una burla hacia otras razas. Concretamente a los negros esclavizados de África. Lo llamaban “hablar como un pequeño negro”. Es decir, comiéndose determinadas consonantes como las “r”. La novela policíaca de Daniel Picouly, “Tête de Nègre”, ambientada en el París revolucionario, parodia esa jerga magistralmente.

Aparte de eso los “increíbles” solían calzar sólidas, aunque, por supuesto, extravagantes, botas de montar y se apoyaban en nudosos bastones cargados con plomo. Eran parte imprescindible de su atuendo, ya que era frecuente que recorriesen las calles de los barrios pobres de París apalizando a los otrora todopoderosos “sans-culottes”. La masa de maniobra de la revolución que, tras la caída del llamado “Terror” jacobino, pasaban horas bajas en una sociedad que -muy razonablemente- no quería que la revolución acabase en un baño de sangre. La intención de los currutacos, o “increíbles” y “maravillosas”, era, sin embargo, muy otra: lo que no querían era ninguna clase de revolución. Estaban a gusto viviendo en su precario universo de pequeños empleados, dependientes de tiendas, oficinistas, etc… No querían que el Mundo cambiase, tan sólo esperaban salir ganadores en la descarnada carrera hacia la cúspide de una sociedad basada en el privilegio… Exactamente lo mismo que ahora, dos siglos después, quieren indies, hipsters, it-girls y similares personajes, según nos dice Víctor Lenore.

Lean su libro y compárenlo con lo que nos cuenta de currutacos, “maravillosas” e “increíbles” la obra de un historiador como Albert Soboul, dedicada al estudio de sus grandes enemigos, los “sans-culottes”.

Descubrirán que, avances tecnológicos aparte, estamos hoy, prácticamente, en la misma situación en la que estaba el Mundo en 1794. Con una guardia pretoriana disfrazada de “moderna” que se dedica a abortar cualquier clase de avance social, de democratización. Aunque sea tirando piedras contra el propio tejado de la manera más estúpida que quepa imaginar (sólo posible en cabezas tan voluntariamente vaciadas y ahuecadas como la de un currutaco, un “increíble”, o un “indie”, o un hipster).

Un peligroso proceso para una sociedad realmente sana y viable que, como descubrirán, no está ocurriendo en la Luna. Muy al contrario lleva años (principalmente en la oscura década de los 90 del siglo pasado) fabricándose muy cerca de nuestra casa. Por ejemplo, los y las donostiarras que lean el libro de Lenore (y deberían leerlo), descubrirán que gran parte de esa operación que, al final, sólo funciona en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría (¿o cómo creen que Donald Trump ha llegado hasta la Casa Blanca?), se fraguó en parte -con nombres y apellidos reconocibles- en, quién lo iba a decir, ¿verdad?, la propia Bella Easo.

Esa capital que en su día fue una de las primeras ciudades europeas en subirse al carro de la revolución de 1789 y que, hoy, apenas en el primer mes de 2017, debería preguntarse si no se han estado riendo de ella (desde los siniestros años 90 y, más aún, todo el año pasado y, además, a cargo del dinero público) los herederos intelectuales (y sociales, y políticos, y económicos…) de los “increíbles” y las “maravillosas” que, sólo para empezar, hoy, en esa ciudad y en todo Occidente, están haciendo tierra quemada de todo aquello que sea verdadera Cultura. Tal y como lo describe, con verdadera, dolorosa pero necesaria lucidez el libro de Víctor Lenore “Indies, hipsters y gafapastas”…

 

 

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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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