Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Capitán, visionario, arquitecto, empresario, ¿espía?… Pedro Manuel de Ugartemendia o la vida de un vasco de la Europa napoleónica
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Carlos Rilova | 25-05-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

La idea para este nuevo artículo de este correo de la Historia me la dio uno de los miembros de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, Iker Echeberia Ayllón, que como recordarán, al menos en una ocasión y en colaboración con otro autor, nos dejó por aquí un interesante artículo sobre la palabra “zurito” -la medida de cerveza más pequeña que se puede beber en un bar donostiarra- y su origen histórico.

Sí, hablando ante la biblioteca universitaria de la UPV de San Sebastián de posibles proyectos futuros de la Asociación, salió en la conversación un pedazo de nuestra Historia sobre el que los donostiarras -y nuestros visitantes- andamos muy a menudo sin apreciarlo en todo su valor.

Resulta que cuando se pensó en reconstruir San Sebastián tras su destrucción y saqueo a partir del 31 de agosto de 1813 -es decir, durante lo más crudo de las llamadas guerras napoleónicas- el arquitecto al que se le asignó tal tarea, el andoaindarra Pedro Manuel de Ugartemendia, hizo un proyecto realmente visionario que finalmente se abandonó por otro más práctico y, sobre todo, remunerador económicamente. Sin embargo, me contaba Iker Echeberria Ayllón, cada vez que pasamos por el Boulevard de San Sebastián, junto al kiosco de música, lo hacemos caminando sobre un plano esquemático de ese proyecto visionario, grabado sobre las losas del pavimento de esa parte de la ciudad, como se puede apreciar en la primera ilustración de este artículo (N. B.: las zonas grises son calles y plazas y las rojas representan manzanas de edificios). Un tema éste que, como vamos a ver enseguida, da para mucho. O, cuando menos, para otro correo de la Historia.

No va a ser esta la primera vez que hable de Ugartemendia. Ya lo hice en otro artículo a comienzos del año 2014, cuando la llamada Parte Vieja de San Sebastián fue inundada por unas feroces mareas vivas que llenaron unas cuantas horas de telediarios tanto locales como nacionales.

De hecho, de Ugartemendia y su labor como arquitecto, se ha hablado mucho. Hay investigaciones muy a fondo sobre él. Por ejemplo la de nuestro colega historiador José Javier Fernández Altuna, publicada en la revista “Leyçaur” en el año 2009, que, de momento, sólo pueden aprovechar quienes leen en euskera.

Sin embargo se ha hablado menos de otros aspectos de su vida que, como verán por el título de este nuevo artículo, puestos en orden, casi sirven para el título de una de las novelas “de espías” de John Le Carré.

Ugartemendia es un personaje bastante misterioso. Al menos lo parece si consideramos todos los documentos que hablan de él.

Gracias a las investigaciones de José Javier Fernández Altuna sabemos, por ejemplo, que cursó estudios, como muchos otros vascos, en la Real Academia de San Fernando. La institución que a finales del siglo XVIII formaba a toda clase de artistas y entre ellos a los arquitectos.

Esa fue la carrera que eligió Pedro Manuel de Ugartemendia. Pero sabemos también gracias a esas investigaciones de José Javier Fernández Altuna que antes de esa tenía otra que, a partir de 1808, le comprometía bastante.

En efecto, Pedro Manuel de Ugartemendia era oficial de Infantería en el Ejército español. Y no precisamente en un puesto administrativo. Era un hombre de vanguardia, de los que veían fuego real en combate. Al menos su expediente militar dice que era oficial de línea. Es decir, de esos que, como ya habrán visto en más de una película, se ponían, generalmente a caballo -como ordenaban los cánones-,  al mando de una larga hilera de soldados y soportaban, impávidos, la tormenta de balas que se intercambiaba entre sus tropas y las que el enemigo desplegaba ante ellos en una formación idéntica.

Sí, eso es lo que dice el expediente militar de Pedro Manuel de Ugartemendia: que era uno de esos capitanes de Infantería de línea a los que el zumbido de las balas y la metralla enemiga les resultaban muy familiares. O que, al menos, tenían unos sólidos conocimientos en la materia -en la complicada materia- de maniobrar tropas así sobre el terreno de un campo de batalla. Algo nada fácil y de lo que, de hecho, dependía la derrota o la victoria de los ejércitos enfrentados.

Sin embargo, a pesar de eso, Ugartemendia, después de que su Ejército declara la guerra a la Francia napoleónica en mayo de 1808, no acudirá a la llamada de las Juntas de Defensa patriotas, como si lo hacen bastantes vecinos suyos e incluso parientes como Juan de Ugartemendia. Alguien, este último, que, como consta también en su propia hoja de servicios -trágicamente concluida en el año 1813, tras la batalla de San Marcial- pide específicamente que se le deje servir en los Ejércitos que combaten a las tropas napoleónicas en España, rechazando su traslado a un puesto en las colonias de América.

¿Y qué hace entonces Pedro Manuel de Ugartemendia entre 1808 y 1813, se  preguntarán ustedes?.

Pues es difícil saberlo. Parece ser que se queda en territorio ocupado y hasta hace negocios de tierras con gentes que, cuando lleguen las tropas aliadas en 1813 y se instauren las instituciones del Gobierno de Cádiz, serán juzgados como afrancesados…

¿Lo era también, afrancesado, Ugartemendia?. La verdad es que esa también es una pregunta difícil de responder. En contra de todas las truculencias que se escriben sobre el tema de los afrancesados, la investigación de algo más que los grabados de los “desastres de la guerra” de Goya, que son una parte de la verdad pero -sólo para empezar- no son fotografías, nos dice que era bastante fácil irse “de rositas” tras haber tenido vahídos afrancesados -de mayor o menor intensidad- entre 1808 y 1813.

Es lo que les ocurre a muchos vecinos de Ugartemendia que tenían, o podían haber tenido, mucha más culpa en eso del afrancesamiento. Los encontramos, a menudo, controlando el poder municipal en Andoain en, por ejemplo, 1815, lo mismo que en 1811, pudiendo decir, por tanto, que les iba igual de estupendamente bajo la bota napoleónica o bajo la de un Fernando VII rampantemente absolutista.

¿Fue ese el caso del capitán Ugartemendia?. ¿El de uno de esos afrancesados que, como una especie de Talleyrands de bolsillo, sobreviven sin problema a todas las turbulencias del momento?. Es más que dudoso. Entre otras cosas porque no parece que las autoridades patriotas lo molesten lo más mínimo tras expulsar a los franceses. Ni antes, ni después, de que Fernando VII se restaure como rey absoluto. De hecho, no sólo parece que no se le piden cuentas de su ausencia en los ejércitos patriotas en calidad de oficial de línea, como le correspondía, sino que además se le entregan graves responsabilidades militares. Como lo era, sin duda, la de reconstruir una plaza fuerte tan estratégica en 1813, 1814, 1815… como San Sebastián.

Más probable es que Ugartemendia estuviese, entre 1808 y 1813, ejerciendo funciones de espionaje para las fuerzas patriotas. Probablemente dentro de la red organizada en San Sebastián desde 1808 en adelante. Una cuestión de la que ya les hablaré en otro día y lugar…

¿Acaba ahí la vida del capitán Ugartemendia?. Lo cierto es que no. Después de 1813, 1814, 1815… el arquitecto tuvo tiempo de hacerse rico con la reconstrucción de San Sebastián, que se convirtió en un bello ejemplo -excelentemente conservado aún hoy día- de una ciudad edificada, de arriba a abajo y de lado a lado, en estilo neoclásico. Lo más “moderno” en la época, la última tendencia arquitectónica del 1800…

En 1833, Ugartemendia, ya hombre de edad respetable, superviviente a todos los altibajos de la turbulenta Europa napoleónica y posnapoleónica, luciendo con orgullo su uniforme de veterano, se retirará de la ciudad que él mismo reconstruyó para refugiarse, como muchos otros donostiarras, en Bayona, mientras los carlistas asedian, veinte años después de 1813, San Sebastián. Por suerte para esa ciudad no llegarán a tomarla pues, acaso, si nos guiamos por lo que hace en esas mismas fechas ese ejército rebelde, sacado del medio rural vasco, con Guetaria -hoy Getaria- tal vez hubieran dejado allí, como británicos y portugueses en 1813, otro montón de ruinas humeantes como las que Pedro Manuel de Ugartemendia, aquel viejo capitán de Infantería de línea, arquitecto, empresario, ¿quizás espía?… supo reconstruir de manera tan magistral.

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Russell Crowe y la Historia. La Primera Guerra Mundial y otras cosas vistas a través de “El maestro del agua”
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Carlos Rilova | 18-05-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, una vez más, me he aprovechado de la llamada “Fiesta del cine” y me fui esta semana pasada a ver una película que ya hacía tiempo tenía ganas de ver: “El maestro del agua”.

No tenía muy claro de qué iba esa película. Si hablaba, al igual que “Gallipoli” y otras sobre la expedición de tropas australianas y de Nueva Zelanda a los frentes de este hemisferio durante la Primera Guerra Mundial, o la acción ocurría acabada ya esa guerra.

Resulto ser lo segundo. La acción, en su mayor parte, se centra en el año 1919, aunque hay unos cuantos “flashbacks”, hacia el año 1915, cuando la “Gran Guerra” está en su punto más álgido. Sobre todo en esa pequeña península del Mar Egeo disputada por el Imperio Británico y el moribundo Imperio Otomano aliado de los alemanes.

Bueno, ¿y qué saqué de esa entrada de precio hiperreducido y un par de horas de cine?.

Pues lo primero y más importante, que “El maestro del agua” es una película algo inclasificable. Quizás porque Crowe, como director, quiere dar una visión que va más allá de esas películas que llamamos “de guerra”, aunque “El maestro del agua” puede ser considerada así, desde luego.

En la película hay romance, mucho romance. Entre el personaje que interpreta Crowe y una joven viuda de guerra turca, Ayshe (la actriz Olga Kurylenko), en cuyo hotel recala él para descubrir una Turquía que se debate entre la modernización y la vuelta a unas tradiciones islámicas que ya ni siquiera respetan -o solo lo hacen por interés personal- aquellos que no desean la modernización de su país. Como es el caso del siniestro cuñado de Ayshe, vestido pulcramente a la occidental -salvo por el fez con el que cubre su cabeza-, habitante de una casa con todas las comodidades europeas del momento, pero dispuesto a tomar como segunda esposa a Ayshe, tan sólo para adoptar a su sobrino como el hijo que no le ha dado la primera esposa y quedarse con el hotel de su cuñada.

Esa parte romántica queda también muy bien hilada en la película gracias a la imagen de cuento de hadas que tiene de Turquía el personaje de Crowe -un simple granjero australiano- gracias a sus lecturas de “Las mil y una noches”. Una imagen que no queda desmentida del todo cuando su barco llega tras semanas de viaje al Bósforo y el personaje de Crowe recuerda lo leído viendo recortarse contra el cielo de ese amanecer las cúpulas de las grandes mezquitas de Estambul. O cuando, llevado por el vivaz hijo de Ayshe, visita el interior de una de ellas: la llamada Mezquita Azul.

Tras eso, y mucho más metraje de la película, no debería quedarnos duda de que Crowe toma partido en esta historia de la Historia de la Primera Guerra Mundial por los turcos. Y más concretamente por los que quieren modernizar el país. Es decir, aquellos liderados por el general Mustafa Kemal, hoy conocido como Atatürk o “padre de los turcos”, que en esas fechas -en el año 1919, cuando el Mundo está siendo reordenado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial- quieren revivir Turquía quitándole de encima el lastre muerto del Imperio Otomano que ha sucumbido, como sus aliados austriacos y alemanes, a la victoria aliada de 1918.

Eso lleva a “El maestro del agua” a una sesgada visión de los hechos. Casi maniquea. Algo que se ve con bastante claridad en la parte final de la película, cuando Crowe se ve metido en la guerra greco-turca que ha estallado en esas fechas.

De ese conflicto menor, poco conocido, uno más de los generados por el derrumbe de viejas estructuras políticas como el Imperio Austrohúngaro, el Otomano o el de los zares, se saca la impresión, tal y como lo cuenta la película de Crowe, de que los turcos seguidores de Kemal Atatürk son unas bellas personas y los griegos una turba de ogros, muy bien representada, casi rozando la caricatura, por los guerrilleros griegos que asaltan el convoy ferroviario en el que el personaje de Crowe avanza, hacia el interior de ese imperio que se desmorona, a la busca del único de sus tres hijos que ha sobrevivido a la campaña de Galípoli.

En efecto, esos guerrilleros griegos son unos salvajes pertrechados con armas de distintas épocas, vestidos con ropas sucias y ajadas, todas de color negro, cubiertos con unos turbantes no menos ajados y mugrientos, y que actúan como bestias sanguinarias, matando a diestro y siniestro en un país que antes, como recuerda el sargento del grupo de kemalistas con los que el personaje de Crowe viaja, era un país unido y en paz…

Sin duda, desde el punto de vista de la película, todo eso está muy bien. Tenemos unos “buenos” bastante obvios, unos “malos” más que obvios, aventura, romance, una bella causa a la que seguir o, tal vez, unirse en cuerpo y alma, pero desde el punto de vista histórico la cosa no está tan clara.

Sin duda la revolución de Mustafa Kemal evitó la formación en las puertas de Europa de un gran avispero islámico que podría haber revivido, acaso con el tiempo, la amenaza otomana que, en nombre de Alá, llega hasta las puertas de Viena en 1683. Una olvidada batalla en la que toda la Europa cristiana -desde España hasta los estados alemanes- actúa curiosamente unida frente a esa amenaza común. Pero la Historia turca, antes y después de Kemal Atatürk, no es tan hermosa, tan de “Las mil y una noches”, como Russell Crowe nos la cuenta.

Así es, Crowe olvida, parece que voluntariamente, detalles importantes. Por ejemplo que los griegos, para los cuales la guerra contra los turcos a partir de 1919 fue un verdadero desastre, tenían un Ejército, como no podía ser menos, totalmente europeizado, similar al de los turcos y los británicos. Independientemente de las bandas de irregulares en cuya maldad, aparentemente incomprensible, tanto se regodea “El maestro del agua”.

También parece que esa película olvida que, al menos una de esas mezquitas de Estambul que tanto fascinan al protagonista de la película, fue, en realidad, la basílica cristiana de Santa Sofía. Tras el asalto a esa ciudad, Estambul, que entonces se llamaba Constantinopla, en 1453, fue brutalmente desacralizada y reconvertida en mezquita por los turcos que toman la ciudad y liquidan el Imperio cristiano de Oriente. Al menos lo que quedaba de él tras las luchas entre los cristianos de rito romano y los de rito ortodoxo o bizantino.

Aún más importante, tal vez, es otro olvido en la película de Crowe. Es el caso de los armenios. Hay otros relatos mediáticos recientes que recuerdan precisamente eso en lo que no quiere entrar una película como “El maestro del agua”: que desde fines del siglo XIX y, sobre todo, durante y después de la Primera Guerra Mundial, ese pueblo fue víctima de un genocidio por parte de los turcos. Hay una viñeta de la novela gráfica “La gran catástrofe”, obra dedicada a reconstruir ese hecho monstruoso, que recuerda estremecedoramente ese detalle, cuando algunos armenios supervivientes son evacuados por un barco europeo que reconoce la señal internacional de su bandera izada para indicar “cristianos en peligro”…

Si van a ver “El maestro del agua” recuerden, por favor, esos detalles para entender mejor lo que cuenta y lo que no cuenta esa película sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que todavía hoy nos alcanzan. Sobre todo porque alguien dijo en la Europa de los años 30 esta frase terrible: “¿quién se acuerda ahora del genocidio armenio?”, y ese alguien se llamaba Adolf Hitler…

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Historia, euskera y un panfleto sobre la opresión lingüística en España
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Carlos Rilova | 11-05-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente este correo de la Historia no se ha metido en muchos charcos. Es decir, no le ha dado por perpetrar uno de esos que Lucien Febvre llamaba “combates por la Historia” a los que, en ocasiones, ha sido demasiado aficionada esta página. (Lo reconozco. Como Luis XIV reconoció antes de morir que le había gustado demasiado la guerra).

Ya habrán notado que se ha dejado pasar de largo por aquí noticias de eso que llaman “rabiosa actualidad”, que podrían tener algo que ver con la Historia y, por tanto, dar lugar a un bonito artículo en esta página en el que el historiador explicara, por ejemplo, el porqué un líder -o lideresa- actual va camino de estrellarse con sus políticas por su ausencia casi total de conocimientos históricos que, de poseerlos, le podrían avisar de que eso ya se intentó hace setenta o cien años con resultados catastróficos y, por tanto, una persona inteligente jamás repetiría dichos errores del pasado.

Sin embargo, esta semana la tentación de meterme con cuestiones de actualidad que a su vez se han metido, directa o indirectamente, con la Historia -exigiendo otro de esos “combates por la Historia”- ha sido demasiado fuerte.

Y es que el lunes pasado topé con un libro que se denomina a sí mismo -eso que quede claro- “panfleto” contra los que, según dice en su título, son “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

Su autor es Juan Carlos Moreno Cabrera. Como ya habrán deducido de ese título es un profesor universitario de la rama de Filología. Es más, se trata de un reputado experto a nivel internacional en esas materias, catedrático, nada menos, de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid. Sí, de Madrid.

Desde allí, y ejerciendo un muy legítimo derecho a la libertad de cátedra, ha pergeñado ese libro, “Errores y horrores del españolismo lingüístico”, que, casi seguro, le habrá ganado un pasaje para el Congreso de Lenguas Minorizadas. Evento que, probablemente, será la nave insignia -a falta de otra mejor- de la capitalidad cultural de San Sebastián para el año 2016. (No voy a entrar en detalles políticos de cómo se planteó, en el verano de 2014, celebrar ese conflictivo Congreso, ni los más que irregulares medios con los que el actual equipo de gobierno de la Diputación guipuzcoana dotó ese proyecto con más de 400.000 euros. Ese asunto está denunciado ante los tribunales y serán ellos los que, en su momento, se pronuncien sobre esa cuestión).

El profesor Moreno Cabrera plantea, sólo para empezar, en la página 14 de su libro, que con él asume como una obligación -en calidad de miembro de una nación dominante, la castellana, sobre las otras naciones de España- desmentir desde su campo científico -la Filología- los bulos con los que la “nación” castellana se ha querido imponer a esas otras naciones con las que, al parecer, comparte Península.

No voy a entrar a discutir, por supuesto, las cuestiones de orden filológico que el profesor Moreno Cabrera baraja en este libro, seguramente no por casualidad publicado por una editorial -Txalaparta- que jamás ha ocultado estar muy próxima a eso que se ha llamado “izquierda abertzale”.

Mis aportaciones al estudio del euskera han sido puntuales, aunque más bien constantes, pero siempre se han hecho desde el punto de vista de la Historia.

Así pues, como no podía ser menos, cuestionaré el libro del profesor Moreno Cabrera sólo desde el punto de vista histórico.

De todo el conjunto de sospechosas afirmaciones en las que se deja caer el citado profesor, me quedo con una verdaderamente notable. Está en la página 147 del libro, ya casi al final del mismo, cuando su autor explica que el euskera, a diferencia del español actual, no es una lengua usada globalmente no porque gramaticalmente el euskera sea mejor o peor que el castellano como herramienta de comunicación, sino por cuestión de ciertos “hechos históricos”. En este caso que “los euskaldunes nunca han dirigido un estado colonial que haya impuesto su lengua por la fuerza en varios continentes”. (La cursiva es mía).

No salgo aún de mi asombro cuando releo dicha afirmación totalmente cuestionable y que, para mí, tira por tierra el 90% de la validez de “Errores y horrores del españolismo lingüístico”.

En efecto, no comprendo cómo todo un catedrático universitario español, aún para escribir algo que su editor considera un panfleto, no se documenta mejor en ciertos aspectos históricos fundamentales para que su autodenominado panfleto no caiga por su propio peso.

Por ejemplo, que el neologismo “euskaldunes” que él usa -incorrectamente, pues el plural correcto es “euskaldunak”; lo otro es una “erderakada”, un híbrido castellano/ euskera- parte de una falacia histórica. La traducción al castellano de ese término -“euskaldunak”- significa, literalmente, “los que poseen el euskera”. Es decir, los que hablan el euskera. Últimamente, desde los años 80 del pasado siglo, se ha utilizado esa palabra indiscriminadamente para meter en el mismo saco a todos los habitantes de la actual comunidad autónoma de Euskadi. Hablasen, o “poseyesen”, o no, el euskera. Las cosas se han llevado tan lejos como para aplicar ese término -que carece de verdadero fundamento histórico- a épocas pasadas, tratando de hacer creer, determinados medios políticos y administrativos, que, desde la Prehistoria hasta la actualidad, esos territorios estaban poblados por “euskaldunak” (es decir, por poseedores o hablantes, más bien en exclusiva, del euskera) que se identificaban a sí mismos -y ante los demás- por medio del uso o posesión de ese idioma.

Pero todo es posible cuando, como ocurre en el caso del profesor Moreno Cabrera, se parte de una idea histórica tan falsa como que los “euskaldunes” nunca han dirigido un imperio colonial a través del que se ha impuesto el castellano por doquier.

Hay miles de páginas de documentos y de sólidos estudios históricos que demuestran justo lo contrario: que buena parte de esos que él llama “euskaldunes” y entonces se llamaban a sí mismos “vascongados”, formaron parte -entusiasta y voluntaria-, desde el siglo XVI en adelante, de las Casas de Contratación, tripulaciones, tercios y regimientos militares, y oficinas administrativas con sede en la Corte de Madrid, de cierto imperio colonial -español para más señas- que en tres continentes se dedicó a imponer -es una forma de verlo- el castellano como lengua dominante. Siempre con la inestimable ayuda de esos “vascongados” que labraron su fortuna actual gracias a él.

Les invito a que lean “Errores y horrores del españolismo lingüístico” pero, por favor, háganlo con esta adecuada perspectiva histórica, no con la del profesor Moreno Cabrera, que, con su triste inopia de conocimientos históricos, nos demuestra, una vez más, el, a veces, lamentable estado de la actual Universidad española.

Una institución de la que, desgraciadamente, salen libros -o panfletos, como sería el caso de este libro del profesor Moreno Cabrera- tan inauditos, tan poco sostenibles desde un punto de vista científico, como esta obra, que sentencia la necesidad de disolver España porque en esa construcción política de varios siglos -amalgamada con el esfuerzo común de gallegos, catalanes, vascos, castellanos… (por ejemplo entre 1808 y 1814)- se hablan otras lenguas que no son el castellano.

Ahí les dejo este dilema. Entre tanto yo me voy a dar una vuelta por ahí para ver si encuentro, todavía, alguna razón valida para seguir dedicándome a la Historia visto tan preocupante panorama académico.

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Recuerden, recuerden, recuerden… Fue el 2 de mayo… de 1808. “Pueblo”, nación y sociedad civil durante la fase española de las guerras napoleónicas
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Carlos Rilova | 04-05-2015 | 11:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 4 de mayo, quiero dedicar este nuevo correo de la Historia a hacer un pequeño homenaje a dos oficiales navales españoles: Juan Van Halen y José Heceta.

¿Por qué?, pues porque creo que su historia dentro de la gran Historia debe ser conocida. Más que nada por las razones habituales que tanto hacen subir el tono de este correo de la Historia a veces.

Es decir, porque la historia de Van Halen y su amigo Heceta durante el 2 de mayo de 1808, apenas es conocida y ha sido desdibujada por la imagen exageradamente popular que ha predominado a la hora de escribir la Historia de esos hechos que, en definitiva, hundieron al llamado “capitán del siglo”. Es decir, a Napoleón Bonaparte.

Sí, Van Halen y Heceta han sido eliminados de esos acontecimientos en la mayor parte de las obras que se han escrito, o filmado, sobre ellas.

¿Cuál puede ser la razón?, tal vez se pregunten ustedes. Yo, como historiador atento, tengo mi propia teoría sobre el tema. O tal vez sea algo más que una teoría.

Verán, en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX, se hizo casi obligatorio entre los intelectuales españoles reducir la reacción contra Napoleón en España a una mera, y generalmente brutal, incivilizada, casi bestial, revuelta protagonizada por españoles que más que seres reales parecían los monstruos imaginados por el emperador para justificar su intervención militar en España. Potencia que en esos momentos, aunque generalmente se olvida, era un imperio transatlántico aún rico, poderoso y bien armado. Como pronto lo experimentaron las tropas que Napoleón mandó a la Península a ejecutar su designio habitual. Es decir, quitar del trono de turno al rey reinante en ese momento y asentar en ese sitial aún caliente las posaderas de algún pariente más o menos cercano.

El caso de las palabras de Ángel Ganivet en su obra “Granada la bella” es un gran ejemplo de cómo las sandeces con las que Napoleón se autojaleaba y daba ánimos, pensando en una fácil conquista de España, acaban siendo asumidas como una verdad histórica escrita en piedra -por así decir- por quienes deberían haberlas puesto en duda desde el primer momento.

Ganivet decía, en “Granada la bella”, que los verdaderos protagonistas del levantamiento del 2 de mayo fueron los integrantes de ese “pueblo” amorfo, brutal… imaginado por Napoleón para su consumo interno y el de sus tropas de mariscal para abajo. El resto de los españoles de 1808, según Ganivet, no hicieron nada y nada hubieran hecho de no ser por la marea incontenible de ese “pueblo” que les obliga con su primigenio impulso.

Ganivet dice, en efecto, que esas gentes que no pertenecían al “pueblo” hubieran aceptado a Napoleón. Es más “se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme” en nombre de las que Ganivet llama con su desusada capacidad de síntesis “nuevas ideas”, sin detallar, como en el caso del “pueblo”, a qué se refiere exactamente con tales “ideas nuevas”.

Nada más falso desde el punto de vista histórico. Y la historia protagonizada por Van Halen y Heceta dentro de la gran Historia de las guerras napoleónicas, lo demuestra claramente.

Los datos que hay sobre su intervención en el motín que estalla el 2 de mayo de 1808 son escasas. La principal fuente parece ser la “Narración de don Juan Van Halen”, escrita, como dice el largo título de esa obra, “por él mismo”.

Ahí, en el capítulo dedicado a sus primeros años, señala que fue ascendido a alférez de fragata en julio de 1805, pocos meses antes de la batalla de Trafalgar. Obtendrá el mando de una cañonera que opera en la costa de Málaga y será herido antes de que acabe esa última guerra en la que España es aliada de la Francia imperial en contra de Gran Bretaña.

De allí se le destina al Almirantazgo español en Madrid. Gracias a esa circunstancia nos dice, en sus propias palabras, estaba en la capital en “la época de nuestra memorable insurrección; y en el memorable día 2 de mayo de 1808”.

Ese día dice haberse sentido inflamado “del ardor de independencia que animaba a todo español celoso de defender el honor nacional”. Así se vio al frente de los que llama “un cuerpo de patriotas”, que lo eligieron de manera tumultuaría como su jefe. Combatiendo con ellos hasta que una herida bastante grave lo deja fuera de combate.

Aunque Van Halen no dice mucho más sobre lo ocurrido en ese día, Pío Baroja cuenta en “Juan Van Halen, el oficial aventurero” que Van Halen y Heceta capitanean ambos a las masas que “venían preparando” para ese golpe desde hacía días, llevándolos al luego famoso parque de Artillería de Monteleón para que recibieran allí armas…

Como vemos ambos oficiales, ambos alféreces de fragata, hombres doctos, instruidos… en lugar de dejarse rapar como quintos e imponer el imperial uniforme por cuestión de las supuestas “nuevas ideas” traídas por el Ejército napoleónico (de las que al menos Van Halen, peligroso revolucionario, estaba más que bien informado),  cumplieron con su deber, instruyendo a los elementos del “pueblo” que se revuelven contra lo que, ya no cabe duda, es un ejército extranjero que invade España como ha invadido y sometido al resto de Europa.

Van Halen, como no se oculta en sus “Memorias”, huirá de Madrid para evitar ser, como tantos otros, fusilado por las brutales represalias de Murat. Se pone entonces a las órdenes del general Blake y con ellas combate hasta que puede obtener una comisión de oficial naval en Galicia, donde se ha organizado una resistencia que nada tiene que ver con un mítico “pueblo”, sino con toda una sociedad, en la que todos sus estratos se coordinan para hacer frente a una amenaza común.

Esa nación en ciernes, que luego se plasma en la constitución de 1812, le entregará el mando del cañonero Estrago, con el que hostiliza a las tropas napoleónicas.

Cuando Ferrol cae en el otoño de 1809, después de que el último ejército operativo que le queda a Gran Bretaña haya sido reembarcado, protegido bajo fuego español, Soult decidirá fusilar a Van Halen, como a otros oficiales españoles. Parece ser, sin embargo, que su juventud le libra del escarmiento. Bajo los términos de capitulación de esa plaza tendrá que volver a su último destino antes de unirse a las tropas patriotas.

En su caso debía volver de Ferrol al Almirantazgo de Madrid. Obligado por las circunstancias, aceptará a José I y le servirá hasta el año 1813. Entonces, dolido por un desprecio del llamado rey intruso, que, tras huir de España, nada quiere saber de su antiguo servidor, Van Halen decidirá acogerse a la oferta de la Regencia española, que admite de vuelta a las filas patriotas a todos los que, como Van Halen, por unas y otras circunstancias, se habían convertido, más que en afrancesados, en eso que el profesor Miguel Artola definió como “juramentados”.

Van Halen no volverá con las manos vacías. Logrará, con una treta de guerra, que Mequinenza, y otras plazas fuertes de la zona del Este peninsular, se rindan a las tropas patriotas sin hacer resistencia…

Reconocerán que este currículum no está nada mal para uno de esos que Ganivet describía como “doctos” incapaces de enfrentarse a los designios de Bonaparte, a diferencia del “pueblo” idealizado por ese diplomático español de triste destino y equivocada idea de la verdadera Historia de la España de las guerras napoleónicas. Ahora sólo hace falta que ustedes lo recuerden. Para siempre. Cada 2 de mayo…

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¿Arde Berlín?. Notas sobre la muerte de Adolf Hitler y un reciente libro de Eric Frattini. Del 30 de abril de 1945 al 30 de abril de 2015
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Carlos Rilova | 27-04-2015 | 11:45| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este jueves día 30 habrá una efeméride importante. Se trata del 70 aniversario de la muerte de Hitler. Un hecho que, desde ese día del año 1945, se da por cierto y raras veces se ha cuestionado.

Al menos de un modo tan serio como lo acaba de hacer Eric Frattini, un periodista especializado en temas que bordean lo que podríamos llamar el filo del misterio, en un libro que cuestiona la versión aceptada y extendida de la muerte de Adolf Hitler tal y como la hemos visto en muchas películas. Algunas tan recientes y magistrales como “El hundimiento”.

Es decir, con el Monstruo encerrado con sus monstruos subalternos -Goebbels y familia, Bormann…-  en el famoso búnker de la Cancillería, en un Berlín arrasado, machacado, casi centímetro a centímetro, por la Artillería aliada desde el Oeste y desde el Este por unas hordas soviéticas frenéticas y no menos vengativas.

Frattini duda de que tal versión, por extendida que esté, sea la correcta. Y abre la caja de los truenos históricos. Y no lo hace mal. Su libro no es otro libro más de teorías esotérico-festivas -por así llamarlas- sobre el Nazismo que, como saben, los hay a decenas.

No, el libro de Frattini parte de una rigurosa documentación y de una refutación razonada, o que por lo menos parece razonable, de todo lo que se ha ido dando como certezas desde el 30 de abril de 1945.

Para empezar nos informa de que un colega historiador muy respetado por la profesión en general, Hugh Trevor-Roper, fue el autor de esa versión pero más en calidad de funcionario de Exteriores británico -que era su trabajo en 1945- que en calidad del historiador que escribió más adelante magníficas páginas de la Historia cultural y social de Europa.

Así es, Frattini da una serie de argumentos en los que cuestiona la veracidad de la versión de Trevor-Roper, denunciándola como una tranquilizadora mistificación, destinada a dar por zanjado el asunto del III Reich, sin que quedase la inquietante impresión de que se había llegado hasta el corazón de aquel Imperio del Mal, se había reducido a cenizas su capital, Berlín, y aún así el principal culpable había logrado burlar el cerco, escapando lejos del alcance de la mano justiciera de los aliados que ya para entonces se llaman Naciones Unidas.

A ese respecto Frattini no deja pasar ocasión de recordar un sonado patinazo de Trevor-Roper. Concretamente el de los falsos diarios de Hitler que se quiso hacer pasar por verdaderos en 1983 y en los que casi se presentaba a Hitler, como decía un chiste gráfico de la época,  como una víctima del Nazismo.

Pero aparte de ese directo al hígado de historiador de Trevor-Roper, que, a decir verdad, se retractó bien pronto de sus primeras apresuradas palabras sobre la posible autenticidad de los “diarios” de Hitler, Frattini aporta cosas más sustanciosas. Como un largo cortejo de documentos de los aliados, desde Estados Unidos hasta la Unión Soviética, en los que se duda de que Hitler esté muerto. De hecho, en esos documentos se reconoce, tarde o temprano, que no han visto ningún cadáver que corrobore la muerte de Hitler por suicidio en compañía de Eva Braun.

Ciertamente que Stalin dudase desde el principio de que Hitler no había muerto no es un argumento muy sólido ni dice mucho en favor de la teoría de Frattini, que repite varias veces ese aserto para reforzar el conjunto de su obra. Más que nada porque Stalin era un individuo peligrosamente paranoico, como experimentaron en sus carnes miles de rusos desde que él accedió al poder y desató una moderna versión de las cazas de brujas en las que todo el mundo era, al menos potencialmente, culpable de algo. Por si acaso…

Un estilo de gobernar que según las versiones históricas más sólidas el camarada Stalin mantuvo hasta el fin, rodeado de una difusa aureola de terror que, dicen, llevaba a muchos moscovitas a evitar, incluso, la acera de la calle en la que vivía Lavrenti Beria. La mano ejecutora -en su calidad de jefe de la Policía política soviética- de los delirios paranoides de Josif Stalin.

Hecha esta advertencia sobre los puntos en los que el terreno que Frattini pisa parece tan poco sólido como los “diarios” de Hitler que engañaron a Trevor-Roper, hay que reconocer, sin embargo, que este 30 de abril es un buen momento para fijar la vista en el libro de Frattini. Siquiera sólo sea por la cantidad de documentos que aporta en los que se da más de un indicio acerca de una posible escapada in extremis de Hitler y Eva Braun con previsible fin en la Argentina de Perón bajo nombre supuesto (conviene, aún así, no olvidar, aunque Frattini no subraye el hecho, que ese país, aún a regañadientes y jugando a dos barajas, había declarado la guerra a Alemania como la mayor parte de Sudamérica).

La tesis de Frattini no deja de ser sugestiva y parece bien trabada y respaldada por documentos.

Justo es, pues, darle al menos una oportunidad. Los “diarios” falsos de Hitler la tuvieron y, por otra parte, Eric Frattini es uno de los pocos seres humanos razonablemente cuerdos e informados -Stalin no cuenta, o no debería contar demasiado- que se ha atrevido a decir en serio lo que muchos han dicho en broma desde el 30 de abril en 1945.

La lista es larga: Robert Graves en “Siete Días en Nueva Creta” imaginaba a un historiador del Futuro lejano diciendo que Hitler se había ocultado en un palacio subterráneo hasta poder salir seguro de él y, a traición, fundar su IV Reich, en los setenta y ochenta del siglo pasado los Monty Python lo imaginaron, a Hitler, intentando hacerse pasar por un buen inglés en la mismísima Inglaterra, al igual que el famoso programa de marionetas “Spitting Image” en el que una acaramelada Margaret Thatcher se apoyaba en el hombro de un Adolf Hitler ya octogenario, que la aleccionaba sobre lo que debía hacer y la recompensaba diciéndole que era una “buena chica” y con ella en Downing Street a veces se sentía como si hubiese ganado la guerra en 1940…

Sólo por esa valentía el provocador libro de Eric Frattini sobre la verdadera muerte de Hitler merece, en efecto, unas cuantas horas de atenta lectura este jueves 30 de abril de 2015 y ser tenido en cuenta. Al menos hasta que alguien refute con solidez sus argumentos. Si es que tal cosa es posible…

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