Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
La Era de la Máquina. O cómo acabé pasando el sábado en un tren de vapor de la época victoriana (1830-2015)
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Carlos Rilova | 27-07-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado ya sabía, o casi, de qué iba a hablar este lunes: de trenes, máquinas de vapor y otros artefactos que, allá por 1830, empiezan a cambiar la faz del Mundo que había sobrevivido, hace 15 años, a las guerras napoleónicas.

No tuve que ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, para comprobarlo. Me bastó con acercarme al circuito de Iraeta, donde la encomiable iniciativa de la Asociación de trenes a escala 5” de esa localidad, liderada en esta ocasión por Aritz Irazusta, un joven diseñador industrial con verdadero interés por la Historia y la Historia de las máquinas con las que trabaja, llevó a cabo este sábado una de esas cosas tan comunes, por ejemplo, en Francia o en Gran Bretaña y esos otros países en los que la Cultura no se considera un lujo superfluo ni una afición tonta y sin ningún valor estratégico.

En efecto, a una escala, de momento, más modesta, en ese circuito se recrean, a distinta escala (valga la redundancia), máquinas de vapor, ferrocarriles, objetos industriales, en fin, que nos ayudan, como una especie de brújula histórica en el Tiempo, a adquirir conciencia de quiénes somos gracias a esa lección de Historia física, visible, tangible, audible…

Y allí, y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia, estuve, para ayudar, en lo posible, a que ese esfuerzo histórico, en todos los sentidos, se vaya asentado, cada vez más, año tras año, pues 2015 sólo ha sido el comienzo de las carreras de trenes de Errezil que tratan de conmemorar, en nuestras latitudes, las famosas carreras de Rainhill en las que se ensayaban los primeros trenes a vapor británicos allá por 1829.

No diré mucho más, creo que las imágenes de mis paseos por distintos trenes a vapor, de distinta escala, hablan por si solas.

Este sábado se trazó por allí una reconstrucción histórica tan minuciosa como fue posible, a la que concurrieron, por orden descendente de importancia, todos los personajes de aquella época en la que las máquinas de vapor crean el Mundo de abundancia en el que viven hoy, todavía, algunos países (parece ser que cada vez menos a causa de ciertas mentes obtusas que, como ya he dicho, creen que la Historia no trae consecuencias).

Así tuvimos en el circuito de Iraeta a reconstructores que figuraban ser los inversores dueños del ferrocarril (señor y señora de Lasala y Urbieta en este caso, siquiera sólo fuera para recordar al público allí presente que el primer ferrocarril a vapor de Nueva York -sí, Nueva York- fue financiado, en 1830, por ricos comerciantes guipuzcoanos como aquel), ingenieros -una pieza fundamental en aquel proceso sin el cual el dinero no hubiera producido más dinero convirtiéndose en vapor y de vapor en energía motriz- y sufridos trabajadores de aquel invento extraordinario que revoluciona los transportes acortando distancias. Gentes éstas, extraídas del mundo rural la mayoría de las veces,  que se llevaron la peor parte de aquel magnífico nuevo negocio y, sólo por eso, deben ser recordados especialmente.

Tal y como reclamaba el famoso poema de Bertolt Brecht en el que se pregunta por los obreros que construyeron Tebas, las Pirámides y todas las cosas que en el Mundo han sido.

Todos los y las presentes allí hicieron posible esa ceremonia del recuerdo este sábado y para que los hechos y las palabras no se las lleve el viento del Tiempo era preciso que hoy, aunque fuera en muy pocas líneas, lo contase, lo dejase dicho para que estos actos de recuerdo de quiénes somos, del punto del que hemos salido y al cual hemos llegado, no se olviden.

En definitiva, para que el año que viene, en la segunda edición de las “Errezil trials”, haya en el circuito de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia más visitantes que se instruyan, con poco esfuerzo, sobre los hechos que dieron lugar al mundo en el que ellos viven ahora y de cuya Historia fueron parte, aunque, con el paso de muchos años nefastos y los malos consejeros, lo hayan lamentablemente olvidado.

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Jugando en los campos de Clío… Notas sobre Historia, el independentismo catalán, el integrismo español y un cómic de Busquet y Ares
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Carlos Rilova | 20-07-2015 | 11:45| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que no falta inspiración para este correo de la Historia. Basta con apenas entrar en una biblioteca bien surtida para que esto tenga lugar y que eso coincida, además, con inquietudes políticas profusamente reflejadas en los Medios de Comunicación. Como ha ocurrido esta semana con el enésimo intento de algunos nacionalistas catalanes de organizar un referéndum separatista.

El oportuno libro encontrado en la biblioteca esta vez era una breve recopilación de historietas gráficas dibujadas por José Ángel Ares y Josep Busquet, titulada “Independencia? Historietas de humor para un momento crucial de nuestra Historia” y editada por la casa Diábolo de Barcelona a finales de 2014, con lo que parece ser un excelso sentido de la oportunidad.

La verdad es que no tenía ningún prejuicio a la hora de abrir la portada, en la que aparece un señor ya de cierta edad, con escaso aspecto de ser independentista, preguntándose en qué ha fallado para que el novio de su hija sea catalán.

No apostaba porque lo que había detrás de eso fuera un panfleto independentista ni un panfleto españolista. Al final, después de leerme las 66 páginas -con más de una sonrisa y alguna que otra carcajada reprimida (estaba en una biblioteca tan sería como el Koldo Mitxelena de San Sebastián al fin y al cabo), sí me hice un juicio de lo más evidente sobre ese libro. Al menos por lo que respecta a su valor como documento histórico relacionado con ese enésimo envite por parte de algunos partidos catalanes para proclamar unilateralmente la independencia de Cataluña.

Esta recopilación de historietas gráficas, se situaba, claramente, en la equidistancia de los dos bandos. Incluso en el hartazgo, como lo demuestra la viñeta final de la página 61, en la que se ve a un náufrago feliz en una isla desierta, lejos del infernal “bla, bla, bla” de unos y otros, diciendo “¡Qué descanso!”.

Una actitud, en principio, legítima. Sin embargo al historiador -más aún si es elegible para la clasificación en la etiqueta de “ese es un poco facha, ¿no?”- la cosa chirría por más de un lado.

Vamos a ver cuáles son las razones de esos chirridos para el historiador. Se trata sobre todo, como no podía ser menos, de los momentos en los que las páginas de Busquet y Ares  se meten en el terreno de la Historia.

El ejemplo más claro está en el tándem de historietas tituladas, respectivamente, “La verdadera Historia de España”, que va de las páginas 10 a 13 del libro, y “Grandes personajes catalanes”, que va de la página 14 a la 19 de esa misma obra.

La primera es una sarta de despropósitos sobre la Historia de España tal y como es contada por un padre español a su hijo. El entusiasta, que luce maneras abruptas y un aspecto cercano estéticamente al de un cabeza rapada neonazi, sostiene que España existe como nación desde hace millones de años, que Dios expulsó del Paraíso a Adán y Eva que, por supuesto, eran españoles, porque Eva se empeñó en llevar “una sucia bandera catalana” que, por cierto, los autores deciden dibujar no como la “senyera” considerada bandera oficial catalana en el actual ordenamiento constitucional vigente, sino como la hoy famosa estelada que los independentistas catalanes exhiben precisamente para distinguirse.

Los despropósitos españolistas siguen a partir de ahí, diciendo el padre a su hijo que las pirámides las inventó un español, lo mismo que el imperio romano, que es cosa de un señor de Murcia, el mismo que inventó el escobón, lo cual explicaría que los romanos llevaran esos cascos suyos tan característicos… La cosa acababa en que el padre, dedo dogmático en ristre, advertía a su retoño que los españoles llevan “miles de años partiendo la pana” gracias a ilustres compatriotas cuya lista él resume en “Napoleón, Ramoncín, Julio César, Cristiano Ronaldo o Jesucristo”.

Naturalmente la bilis de los potenciales lectores de la obra que se consideran a sí mismos patriotas españoles, llega en esos momentos al colmo. Sin embargo, Busquet y Ares no pueden ser condenados por estos como sucios agentes del independentismo catalán por la sencilla razón de que a partir de la página 14, como ya he dicho, viene otra historieta en la que un padre catalán ayuda a su hijo a escribir un trabajo de Historia y le empieza a hablar de los grandes personajes que Cataluña ha dado a la Historia Universal. La lista es casi tan delirante como los argumentos del papá españolista de la historieta anterior. Empieza con Marc (sic) Polo que trae a Europa “los cohetes, las pizzas, los restaurantes chinos y la seda”, sigue con Cristófol Colomb (sí, Cristóbal Colón), sigue con Guiu Shakespeare, que era catalán pero se echó una novia inglesa, Thor, que era un dios “almogàver” que luego, desgraciadamente, ha sido españolizado en dos o tres películas “eliminando cualquier rasgo de sus orígenes catalanes”, sigue la cosa con Buffalo Blai, que luego pasa a ser conocido como Bill por culpa de un españolista, y culmina con Joanna d´Arc, que era catalana pero tuvo que emigrar a Francia, donde desarrolla su carrera…

Y así siguen ambos autores durante muchas más páginas, con pinceladas aquí y allá en las que vemos lo absurdo de los argumentos españolistas y catalanistas, que son ridiculizados por riguroso turno. Como viene a ocurrir en la página 60, por ejemplo, cuyo contenido me ha tocado la fibra especialmente, en la que se ve, en la viñeta de la izquierda, a un empollón con gafas de culo de vaso diciendo que “Victus es una novela tendenciosa que manipula la Historia” y en la de la derecha a un ¿intelectual? catalanista preguntando asombrado a un interlocutor “¡¿No has leído Victus?!”…

De acuerdo, estupendo, así llegamos a la hora de sacar conclusiones. Parece ser que, en base a la posición de ambos autores, nadie tiene la razón, ambos -españolistas y catalanistas- se basan en iguales argumentos delirantes.

Una loable postura, tipo la del bravo soldado Schweik, una de esas posturas cómodas, de gran altura moral desde el Humor, que es la cosa más noble -dicen- que posee el género humano, con las que se evitarían muchos males y desgracias de las  que -también dicen- plagan la Historia.

La pena es que si nadie tiene razón en estas cuestiones, ¿cómo resolvemos el problema de los independentistas catalanes?. ¿Qué piensan hoy los autores de este saludable llamamiento a que todos nos riamos de todos cuando un mes después de la publicación de sus historietas, en 2014, se vio, como ya se intuía, que no todos los catalanes eran independentistas?.

No puedo responder por ellos. Como historiador, y a pesar de tener sentido del humor, sí les puedo decir que, desde el punto de vista objetivo, cuando la Historia no es tergiversada, cuando es objetivada a partir de datos contrastados de acuerdo a normas científicas aceptadas internacionalmente, cuando es contada desde la responsabilidad profesional y no desde el cerebro recalentado de un fanático con más o menos cultura a cuestas, los argumentos independentistas se vienen abajo estrepitosamente.

Jugar a la equidistancia está muy bien, es una postura, a veces, muy agradecida, incluso legítima y certera. De hecho, hay que reconocer que las despiadadas caricaturas de Busquet y Ares, las de los de un lado y otro del Ebro, son ciertas, las hemos visto en la calle, en la Televisión. Sin embargo, si la independencia de Cataluña se va a basar en que los argumentos históricos, tanto de unos como de otros, son igual de falsos y manipulados… a eso, desde la Historia como saber científico, objetivo, no nos queda más remedio que responder que no, que no vale el “y tú más”, que no hay argumentos históricos que respalden las tesis independentistas.

Cada documento del que disponemos hoy no sirve, para nada, a los argumentos políticos del Independentismo catalán. Y eso es así en San Sebastián y en Reus, en Madrid o en Estocolmo, porque es un hecho científico tan irrefutable como que la fórmula química del agua es H2O, que no varía lo más mínimo porque el agua en cuestión sea bebida por un pirado neonazi o por un chiflado neorromántico.

Y si alguien tiene dudas, llámese Busquet, Ares, Oriol Junqueras… o cualquier otro nombre que ahora mismo se les ocurra, les rogaría, por enésima vez (y las que hagan falta) que echasen mano de, por ejemplo, la Historia recopilada en torno a la que llamamos Guerra de Independencia (1808-1814), donde podrán comprobar cómo los catalanes, en su inmensa mayoría cerraron filas detrás de la España-nación que nace en esos momentos con la Constitución de 1812 y se forja en el combate directo con una potencia considerada invasora lo mismo en Bilbao que en Barcelona, en Madrid o en Santiago de Compostela.

Es decir, que no consta, por ejemplo, que un número significativo de catalanes viese en Napoleón al libertador que les iba a librar del yugo español ayudándoles a constituir algo parecido a lo que los polacos -los genuinos- reclaman al emperador corso en esas mismas fechas, presentándose como un pueblo invadido por esos rusos, austriacos y prusianos a los que Bonaparte había puesto en ridículo militar una y otra vez desde 1800.

Lo cual, como supondrán, debería cortar todo juego de salón sobre que los argumentos supuestamente históricos de españolistas y catalanistas son igual de absurdos y basados en la nada histórica. Es evidente que, puestos a hacer cálculos de esa índole, las tesis a favor de la unidad de España y Cataluña -nos guste más o menos- tienen fundamento histórico. Mucho más de lo que pueden decir las tesis en contrario, que aún están por encontrar dichos argumentos plausibles desde el punto de vista científico y no desde el órdago ideológico.

 

 

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Una nota sobre la ¿breve? Historia de la Unión Europea (1945-2015)
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Carlos Rilova | 13-07-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy este correo de la Historia será muy breve. Tal y como están las cosas en el momento en el que estoy a punto de publicarlo, sobra la retórica.

Como ya sabrán finalmente se ha llegado a un acuerdo para impedir que Grecia salga de la eurozona, tal y como Estados Unidos quería, pero, a primera vista, todo apunta a que ese país -Grecia- se ha tenido que rendir a las exigencias de otro estado de la Unión -Alemania- debiendo aceptar todas las condiciones que se le querían imponer antes del referéndum de la semana pasada más muchas otras.

Algo que, en la práctica, y también a primera vista, pasa por privatizar en beneficio -es de suponer- de empresas alemanas gran parte del maltrecho tejido económico griego. Algo que, la verdad, tiene aspecto de botín de guerra, entregado a los vencedores de esta silenciosa, pero no menos destructiva, guerra -la tercera en un siglo, el que va de 1915 a 2015- de Alemania contra el resto de Europa.

Sinceramente estoy personalmente tan asqueado del espectáculo dado por unos y por otros -un primer ministro griego que finalmente parece ceder, unos dirigentes alemanes cada vez más repulsivos considerados desde el prisma de la Historia, por no hablar de quienes les ayudan incluso contra los intereses de sus propios estados y votantes- que he estado a punto de buscarme cualquier otro tema para cumplir con esta entrega semanal de Historia que, se dice pronto, lleva saliendo cada lunes desde el mes de junio de 2012.

Sin embargo, finalmente no me he resistido a meterme en este tema, de nuevo, por varias razones. La principal ha sido una cierta idea de responsabilidad informativa. En otras palabras, porque siempre me ha parecido un feo gesto hablar una semana de un determinado tema como si fuera lo más importante del Mundo, y al día, o a la semana siguiente, pasar a otra cuestión como si aquello de lo que hablábamos el lunes pasado no valiese ya nada.

Y la crisis griega no puede ser vista así. De ningún modo, ya que, en definitiva, es también una crisis de una buena y gran idea -la Unión Europea- que es lo mejor que se nos ha ocurrido a los europeos en, digamos, unos cinco siglos, y eso, no sé qué pensarán ustedes, no es algo que pueda, o deba, caducar de una semana para otra.

Como ya sabemos Grecia hizo su referéndum, salió que “no” a la política económica impuesta fundamentalmente por Alemania y, en el momento en el que escribo estas líneas, parece que todo eso de nada ha servido y que, finalmente, y pese a las presiones -lógicas presiones- de Estados Unidos sobre Alemania -ocultadas cuidadosamente por determinados medios de comunicación al evidente servicio de ese país- parecen haber quedado en que Grecia deberá hacer lo que se le dicta desde Berlín camuflado como una decisión de toda la Unión.

Los informativos de esta última semana nos han ofrecido imágenes ciertamente odiosas, ultrajantes para quien cree en el proyecto de la Unión Europea. Las han protagonizado, como suele ser habitual, la canciller alemana Angela Merkel y su ministro de Economía, el doctor Schäuble.

Ambos personajes han aparecido ante las pantallas diciendo, en nombre de la Unión Europea, al parecer, qué es lo que puede hacer Grecia con su referéndum y avisando de paso al resto de los estados de la Unión de lo que pueden hacer, cada uno de ellos, con sus ideas y opiniones sobre cómo se deberían llevar los asuntos de esa Unión Europea si es que, por un acaso, son diferentes a las ideas y opiniones de la Derecha alemana que gobierna ahora ese país. La misma que, según parece, incurriendo en altas dosis de miopía e irresponsabilidad histórica, aspira a convertir al resto de Europa en un protectorado, pervirtiendo todo lo que la Unión Europea significaba hasta ahora y para lo que fue creada.

Sencillamente infame visto desde una perspectiva histórica. Que se sepa ni a frau Merkel ni al doctor Schäuble nadie les ha elegido democráticamente en unas votaciones generales europeas para ejercer dicha autoridad. Eso por una parte. Por otra resulta especialmente cuestionable -por no usar palabras más contundentes- que los dirigentes de ese estado de la Unión tengan el atrevimiento de venir a dictar nada en el seno de la Comisión Europea, como si fueran sus dueños, teniendo en cuenta la Historia reciente de Alemania.

No digo nada más. Me callo por hastío, porque, como ya he dicho, hoy sobra la retórica. Tan sólo copiaré, para acabar, un fragmento de una obra de Antony Beevor, solvente historiador militar británico, para que tengamos algo sobre lo que pensar seriamente cada vez que veamos a la señora Merkel o al doctor Schäuble hablar como si fueran los dueños de la Comisión Europea o su Parlamento, que esta semana, con la comparecencia de Alexis Tsipras, mostró una evidente y preocupante división con un cierto aroma a nueva guerra civil europea.

Ahí van las palabras de Antony Beevor extractadas del libro “Berlín. La caída: 1945”: Al ver las fogatas que sembraban las calles, los rechonchos ponis cosacos e incluso los camellos, a los berlineses les parecía que su ciudad se hallaba ocupada por “mongoles” (…). En la ciudad (Berlín) había más de un millón de personas que se habían quedado sin hogar. Seguían viviendo en los sótanos y los refugios antiaéreos. El humo de las fogatas que empleaban para cocinar surgía de lo que parecía poco más que un montón de escombros cuando las mujeres trataban de recrear algo semejante a una vida de hogar para sus hijos en medio de las ruinas.   

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Sofocos (griegos) y mamelucos (egipcios y de otras nacionalidades). Notas sobre otro capítulo de una peligrosa deriva política. Europa entre 1945 y 2015
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Carlos Rilova | 06-07-2015 | 11:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Antes de decidir escribir hoy sobre este tema -evidentemente el controvertido referéndum griego a favor o en contra de las medidas de austeridad impuestas por el FMI, la Comisión Europea, etc…- me lo he pensado mucho.

Y es que, como el asiento vacío en la Tabla Redonda del rey Arturo, es un asunto peligroso. La última vez que traté de ese tema se me echaron a la yugular algunos anónimos lectores por haber tenido sólo, tan sólo, la, al parecer, osadía de recordar que Alemania no hablaría hoy tan fuerte de no ser por la paciencia que los griegos y los demás estados de la actual Unión han tenido con ella desde 1945 hasta la creación del euro. A lo que añadía que el supuesto “milagro” alemán se debe, en gran parte, a que ese país -que había arrasado Europa dos veces en un siglo- fue perdonado -empezando por la deuda de guerra que había generado- y se le permitió empezar de cero, obviando bastantes de los reproches que ahora sí se hacen a Grecia.

Finalmente, como ven, me he decidido a escribir un nuevo correo de la Historia que se mete, una vez más, a avisar de lo irresponsable de esas políticas, de esas supuestas “reformas” económicas que, en realidad, hasta esta última semana, han consistido -visto todo, insisto, desde una perspectiva histórica, no política, distingamos, por favor, una cosa de la otra- únicamente en desmantelar el estado del Bienestar creado tras la Segunda Guerra Mundial -por acuerdo tácito de Izquierdas y Derechas- para evitar un nuevo desastre como aquel que sólo puede explicarse por el ascenso del Nazismo en una Alemania devastada por una crisis económica sin precedentes y la desesperación que trajo aparejada a ella.

Hubo varios factores que me animaron a meterme finalmente en este desagradable asunto. Sin embargo el que más me ha animado a dedicar este nuevo correo de la Historia al actual drama griego ha sido la actitud de cierta persona, Christine Lagarde, que se definió a sí misma como la “criminal en jefe” del Fondo Monetario Internacional, que es la institución que, entre otras, ha contribuido a llevar al borde del abismo a Grecia y con ella al último reducto de seguridad que le quedaba a Europa de entre todos los bastiones levantados -desde 1945 en adelante- para evitar, de nuevo, una situación como la que, durante la Segunda Guerra Mundial, casi lleva a la autodestrucción al viejo continente. Ya saben, ese sitio cuna del Renacimiento, de los viajes de exploración del Mundo y de las ideas políticas de Libertad y gobierno del Pueblo por el Pueblo y para el Pueblo frente a dictadores, reyes absolutos y otros autócratas…

En efecto, Christine Lagarde, tuvo que acabar por reconocer la semana pasada que la deuda de Grecia es impagable, que hay que ir a una quita de la misma -más o menos lo mismo que se hizo con Alemania en 1945- y que el país heleno necesita hasta 52.000 millones de euros en créditos -no en prestamos draconianos- para reflotar su economía.

Hay que alegrarse de dicho cambio de actitud. La única pena es que la señora Lagarde no se haya dado cuenta antes. Antes de que, por ejemplo, muchos griegos se suicidasen por pura desesperación. (¿Se les hará en el futuro un monumento parecido a los que ahora hay en Auschwitz o en Dachau?. ¿Qué autoridades y de qué países les rendirán homenaje y en qué señalada fecha?).

Si la señora Lagarde o el señor Juncker o la señora Merkel -y mucho otros que no me voy a tomar la molestia de mencionar- hubieran sabido algo más de Historia, tal vez no hubieran incurrido en la irresponsabilidad de la que ahora, a resultas de la tenaz resistencia de una mayoría de griegos representados por Syriza, empiezan a arrepentirse.

Sí, si estas personas hubieran conocido la Historia de los mamelucos y su papel en la Historia, tal vez se habrían dado cuenta de que su plan -denostado a Izquierda y a Derecha. Por ejemplo, y respectivamente, en “Bancocracia” y en algunas columnas periodísticas de Juan Manuel de Prada- era inviable y así nos podríamos haber ahorrado en Grecia, pero también en España o Portugal, muchos disgustos.

Los mamelucos, como sabe cualquier español o española que conozca la obra de Goya o siquiera haya visitado el Museo del Prado, eran excelentes jinetes y feroces mercenarios al servicio del poder imperial otomano en el actual Egipto. Estuvieron allí, haciendo guardia, hasta que dicho poder colapsó en esa zona con la llegada de nuevos competidores. Lo que ocurrió a fines del siglo XVIII, con un tal Napoleón, que, finalmente, fue desplazado de allí por Gran Bretaña…

Napoleón, al que, parece ser, le gustó el estilo y combatividad de estos “mamalik” (palabra que, por cierto, significaba “esclavos, posesiones de raza blanca”), los incorporó a su Caballería y los llevó por medio mundo de victoria en victoria y, finalmente, de derrota en derrota, al servicio de su fracasado designio imperial.

En Madrid, el 2 de mayo de 1808, los mamelucos, estos fieles sirvientes de designios imperiales y opresores bien en Egipto, bien por toda la Europa napoleónica, se encontraron con uno de sus primeros obstáculos, cuando sus nuevos amos (Napoleón, sus mariscales, sus tropas, la burguesía francesa…), trataban de imponer su régimen por la fuerza en España. Aquel día, aquel 2 de mayo de 1808, los mamelucos, esos fieles sirvientes de distintos poderes imperiales, acabaron acuchillados, apuñalados, sableados, tiroteados… por un pueblo que ya no tenía nada que perder…

Es, más o menos, lo mismo que Christine Lagarde ha visto ocurrir antes sus ojos atónitos esta última semana. Parece que ha tenido más cabeza para entenderlo que Murat o Napoleón. Bienvenida sea esa recuperación de la cordura. Pese a la sangre derramada por los suicidas griegos, pese al infierno cotidiano de muchos españoles que ven mejorar los balances de grandes empresas con las “reformas” pero no su situación personal. Una que sólo se agrava a medida que dichas “reformas” van destruyendo el tejido económico de España para pagar una deuda generada no por esos contribuyentes, sino por empresas que, a la búsqueda de beneficios ilimitados, recalentaron esas economías y luego han pedido -cosa insólita, que no se admite a los particulares- que la Hacienda Pública -alimentada principalmente por los impuestos de una clase media hoy en vías de extinción- los sacase del atolladero.

Sí, si Christine Lagarde, Angela Merkel o Jean-Claude Juncker supiesen algo más de Historia probablemente nos habrían evitado todo ese cortejo de infames medidas económicas que ahora reconocen ser perfectamente inútiles cuando hace dos días -los huesos de los suicidas griegos se estarán revolviendo en sus tumbas, como la rabia se estará removiendo en el bajo vientre de muchos votantes españoles- se vendía como una poción curalotodo. Sí, si hubieran sabido algo más de Historia, habrían sabido que es un axioma histórico, tan cierto e inamovible como una ecuación de segundo grado, que los gobiernos de mamelucos no sirven para nada, salvo para exacerbar la desesperación y con ella la resistencia. Llámese esa resistencia Junta Suprema de Defensa, como en la España de 1808, o Syriza, como en la Grecia de 2015.

Y ahora, si quieren, echen a los perros, o a las fauces de la “Ley mordaza”, o a una lista negra, al historiador, pero los hechos seguirán estando ahí. Inamovibles, axiomáticos, pétreos. Como el Partenón de Atenas.

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¿Problemas con los confederados?. Historia, Guerra de Secesión, canciones, asesinos y banderas (1865-2015)
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Carlos Rilova | 29-06-2015 | 12:24| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No les habrá pasado desapercibido el revuelo mediático organizado por la cuestión de la bandera confederada, que, según parece, ha alentado e inspirado, a Dylann Roof, el asesino de nueve personas en Charleston que aseguró a sus víctimas, tras rezar un rato en la misma iglesia con ellas, que había ido allí “a matar negros”…

Durante toda la semana pasada se ha hablado de la polémica generada por la presencia de esa bandera confederada izada en el centro de Charleston sobre sus edificios gubernamentales, de las protestas organizadas para bajarla y eliminarla de la vida pública porque simboliza, efectivamente, a un régimen cuya razón de ser fue, de 1861 a 1865, durante la guerra que divide a los Estados Unidos, justificar la  esclavitud de las personas de raza negra. En definitiva, la supremacía blanca que Dylann Roof trató de restablecer, a tiros, en la iglesia metodista africana Emanuel. Bien, ahora volvamos de ese resurgir de la guerra civil norteamericana a España.

Cuando comparamos, a través del cine, por ejemplo, la -esperemos- última guerra civil española, la de 1936 a 1939, con la norteamericana, siempre nos ha podido parecer que allí las cosas se hicieron de un modo menos salvaje que aquí, que allí hubo verdadera reconciliación desde 1865 en adelante.

Por ejemplo, está grabada en nuestras retinas la forma en la que el general Ulysses S. Grant, general en jefe de las fuerzas unionistas acepta la rendición de su equivalente confederado, el general Robert E. Lee. Tras firmar esa rendición del grueso de las fuerzas que quedan al Sur, Lee se retira del juzgado de Appomattox, saludado cortésmente por Grant y su Estado Mayor allí reunidos.

Ciertamente se tomaron represalias contra Lee, como contra los demás confederados, especialmente aquellos con altas responsabilidades, como fue el caso de quien actuó como único presidente electo de la breve Confederación sureña, Jefferson Davis.

Sin embargo, Lee moriría, en su cama, cinco años después de la rendición y ostentando un cargo público como director de una escuela universitaria en Estados Unidos, no en el exilio.

Una situación impensable, por ejemplo, en el caso de que esa misma escena hubiera sido protagonizada en la España de 1939 por, pongamos por caso, el general Vicente Rojo, a quién, como poco, le hubieran esperado unos cuantos años de presidio o, más seguramente, un paredón y no un regreso ultrajante a España en los años 50.

Bien, así las cosas, establecidos los tópicos y lugares comunes tan habituales a la hora de calibrar hechos históricos, parece que las cosas quedaron mejor y más civilizadamente resueltas tras la guerra civil en los Estados Unidos de 1865 que, por ejemplo, en la España de 1939.

Lo cierto es que en el caso de Estados Unidos la represión de los antiguos partidarios de la Confederación fue, en efecto, a veces, tan leve que no debería extrañarnos que hoy ocurrieran cosas como las que han ocurrido en Charleston, ni que la bandera de una potencia enemiga y derrotada ondease sobre el Capitolio de Carolina del Sur, como si Robert E. Lee jamás se hubiese rendido en Appomattox.

En efecto, si nos fijamos en documentos generados por la cultura popular -y la no tan popular- de los Estados otra vez Unidos desde 1865, no es difícil descubrir artefactos que han alimentado el odio y el espíritu de resistencia contra la Unión desde ese año hasta el mismo día en el que Dylann Roof decidió apretar el gatillo.

Consideremos, por ejemplo, una de las muchas canciones compuestas durante y después de la Guerra de Secesión. Se titula “I´m a good old rebel” (que podríamos traducir como “Soy todo un rebelde” ) y la habrán oído más de una vez. Por ejemplo en “Forajidos de leyenda”, uno de los últimos “Western” que tuvo éxito hasta que el género revivió gracias a la espectacular “Sin Perdón” de Clint Eastwood.

En “Forajidos de leyenda”, una película de 1980 magníficamente ambientada que glosaba las andanzas de Jesse James y sus socios los Younger, (antiguos combatientes por la causa del Sur que se “reciclan” tras la derrota en salteadores de caminos), se puede ver cómo uno de estos amenaza, revólver en mano, a los músicos del burdel donde la banda de los James y los Younger se toma un merecido descanso tras otra de sus acciones de bandidaje, que, para ellos, son, en realidad, una prolongación personal de la guerra contra la Unión.

El motivo para esa amenaza es que el músico principal se ha atrevido a cantar una canción unionista, “The battle cry of Freedom” (“El grito de guerra de la Libertad”), que, lógicamente, no ha gustado nada al irreductible miembro de la banda James-Younger y así obliga al músico a cantar “I´m a good old rebel”, traducida en ese momento de la película como “Soy un rebelde de pies a cabeza”.

¿Qué dice esa canción que circuló por Estados Unidos desde 1865 en adelante y da ésta y otras escenas memorables, cantada o no, en “Forajidos de leyenda”?.

Tomen nota, hay diferentes versiones pero, más o menos, vienen a decir esto: “Oh, soy un viejo rebelde, eso es lo que soy ahora, y por esa nación yankee no doy una mierda, estoy orgulloso de haber luchado contra ella y lo único que deseo es que hubiéramos ganado y no pido perdón por nada de lo que hice…”

Si eso les parece explícito esperen a la traducción del estribillo: “Odio a la nación yankee y todo lo que hacen, odio la Declaración de Independencia también. Odio la gloriosa unión, empapada en nuestra sangre. Odio la bandera de barras (y estrellas) contra la que luché todo lo que pude…”

Y así sigue el viejo rebelde contando que cabalgó tres años con Robert E. Lee, que cogió reuma acampando, que se murió de hambre, celebrando que la fiebre del Sur matase a millones de soldados unionistas y lamentando que no matase a más…

Se podrían multiplicar los ejemplos. En Alta Literatura, como la de William Faulkner, el cronista de ese Sur derrotado que se recompone como puede tras Appomattox… pero sin olvidar el “Viejo Sur”, sus banderas en el polvo que, precisamente, da título a alguno de los relatos del genial escritor sureño.

El mantenimiento del espíritu de rebelión contra la “nación yankee” desde 1865 hasta la actualidad se puede ver también caricaturizado en series de dibujos animados tan populares -y tan poco sospechosas de supremacismo blanco- como las creadas por el conspicuo hippie Matt Groening: los Simpons y Futurama, donde se hacen alusiones más o menos explícitas a la “basura blanca” -los blancos pobres del Sur que sólo tienen su color de piel para sentirse superiores- que sigue alzando la bandera sureña como símbolo o viejos lemas como “El Sur resurgirá”…

En definitiva, si se mira con atención, enseguida podemos encontrar vestigios en la cultura norteamericana que nos demostrarían que 1865 acabó con los Ejércitos de la Confederación, pero no con su espíritu de rebelión, que ha seguido vivo en el Sur hasta llegar a lo ocurrido en la iglesia metodista africana Emanuel hace unos días.

Si la represión de ese espíritu hubiese sido tan feroz como lo fue el exterminio del bando republicano en la España de 1939, tal vez Estados Unidos tuviera menos problemas hoy día en ese sentido. Aunque nunca se sabe, visto el número de banderas republicanas alzadas por doquier hoy en una España que hierve de rabia y frustración en un alto porcentaje de su electorado. Uno que acecha tras cada urna, tras cada elección, a quienes, de otro modo, diametralmente opuesto al de los unionistas de 1865, no supieron superar y suturar las heridas, profundas heridas, abiertas por algo siempre tan deplorable como una guerra civil.

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