Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿Y después del Bicentenario de Waterloo…?, ¿qué nos queda?. Pensando en dos siglos de guerras napoleónicas (1815-2015)
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Carlos Rilova | 22-06-2015 | 11:54| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Era de imaginar que hoy yo tendría que hablar de Waterloo, del punto final en el largo bicentenario de las guerras napoleónicas empezado, para los franceses y los británicos, en 2004, por lo menos.

Hemos estado viendo, desde el jueves de la semana pasada, breves fogonazos en los informativos que nos han hablado de que se cumplía el Bicentenario de la batalla de Waterloo, la que pone fin a las guerras napoleónicas con la derrota definitiva del emperador que les da nombre…

Ha habido también reportajes, suplementos, noticias sueltas en los periódicos… Y, tras todo esto, el historiador se pregunta qué nos queda. O qué nos debería quedar de todo esto.

Para quienes han participado en el megaevento escenificado en los campos de Waterloo durante toda la semana pasada, parece claro que lo que va a quedar es un recuerdo inolvidable (valga la redundancia) y una subida de fotos, videos, etc… a esas redes sociales (Facebook, Twitter, Flickr, Youtube…) en las que ahora exhibimos nuestra vida privada a quién pueda interesar. Acaso con la secreta esperanza de que nuestro video se convierta en “Trending topic”. O, dicho en castellano puro y duro, que no quede nadie sin enterarse -entre los miles de millones que pueblan este atribulado planeta- de lo que “X” o “Y” hizo el fin de semana pasado, visitando el cañón del Colorado o dándole la mano a un reconstructor que figuraba ser Napoleón…

Se trata, como es evidente, de un recuerdo masificado y anónimo, por más que los autores del video o la foto crean lo contrario.

Es también un recuerdo que, en principio, no parece llevar a ninguna reflexión perdurable sobre esos hechos históricos de hace dos siglos.

Al menos esa es la sensación del historiador que se ha pasado años investigando el asunto (como es el caso del que estas paginas escribe) y que ve cómo toda esta cuestión del Bicentenario de las guerras napoleónicas, concluido por el megaevento de la reconstrucción de la batalla de Waterloo, se queda en eso o corre el riesgo de quedarse sólo en eso.

Sin que, al parecer, a nadie le importe, poco ni mucho, nada más que acudir a ese megapicnic, hacerse la foto, quemar pólvora y simular ser un soldado de esa época.

Así las cosas, como dijo, más o menos, Francisco Umbral, hoy vengo aquí a hablar de mi libro.

El libro en cuestión se titula “El Waterloo de los Pirineos”, acaba de ser publicado -el 7 de junio de 2015- bajo los auspicios de la Asociación de los Amigos del Museo San Telmo -con el sello, además, de Donostiakultura (el departamento de Cultura del Ayuntamiento de San Sebastián) y el propio Museo San Telmo- y el que estas líneas escribe -como autor del dicho libro- ha vivido -y parece que va a seguir viviendo- días de frenesí para presentarlo por doquier.

¿Por qué?, pues por muchas razones. Pero para mí la principal es que, quizás, ese libro es el único que se ha escrito en toda España para la conmemoración de la batalla de Waterloo, con la sola, y notable, excepción de “El general Álava y Wellington”, de Gonzalo Serrats Urrecha, donde se cuenta la vida de uno de los dos oficiales españoles presentes en la batalla de Waterloo. En este caso el general vitoriano Miguel Ricardo de Álava, único superviviente ileso, junto a Wellington y Henry Percy, del bombardeado, tiroteado, sableado y alanceado séquito militar del general que vence a Napoleón en Waterloo.

Así es, han leído bien. Sólo dos libros, dos, han sido escritos al Sur de los Pirineos para recordar que los de aquí también tuvimos que ver, de un modo u otro, con aquella derrota apoteósica de Napoleón. De hecho, la cosa parece estar tan mal a ese respecto como para que un diario tan importante como “El País” tuviera que recurrir a Ángel Viñas, especialista en un tema tan distante a las guerras napoleónicas como lo es la Guerra Civil española, para hablar de Waterloo en su edición de este sábado…

Un hecho sencillamente penoso, lamentable en su precariedad, y que, naturalmente, es, junto al deseo de que nuestro recuerdo histórico de ese bicentenario vaya más allá de fotos en Flickr o videos en Youtube, lo que me lleva a venir aquí “a hablar de mi libro”. No porque a mí ese libro me parezca genial, como a los padres, por lo general, les parece que sus hijos son los más graciosos, los más listos y los más guapos… sino porque se me hace cada vez más difícil soportar la idea de que en estas latitudes nos conformemos con jugar el papel de segundones a los que se lleva de un lado a otro -como si no tuviéramos ningún criterio en estas cuestiones históricas- haciéndonos vivir la Historia como si fuera cosa de otros, de los que viven más allá de los Pirineos, aspirando, como mucho, a participar en el asunto -en este caso el bicentenario de Waterloo- disfrazándonos como esa gente de allende los Pirineos.

Si leen las páginas de “El Waterloo de los Pirineos” -como espero que hagan, y dense prisa que no hay muchos ejemplares disponibles- se darán cuenta de que cualquiera que crea eso -que la Historia, la gran Historia, la que está plagada de gente como Napoleón y Wellington, no es cosa de los de este lado de los Pirineos- ha sido vilmente engañado o se ha dejado engañar igual de vilmente. Haciendo suyos argumentos nacidos hace doscientos años en las cancillerías de Prusia o Gran Bretaña para aislar a un país -ese que estaba al Sur de los Pirineos- porque molestaba demasiado en el escenario que sigue a la derrota de Napoleón, en 1814 y en 1815.

Una operación que pasaba, por supuesto, por arrinconar diplomáticamente a dicha potencia con los pretextos más vanos y por minimizar la importancia de la resistencia española entre 1808 y 1813, fundamental, sin embargo, para que Gran Bretaña no fuera invadida y sojuzgada y con ella el resto de Europa y gran parte del Mundo.

Esa ingrata actitud, es evidente, ha creado escuela y así es como hemos llegado a este punto en el que, para nosotros, el fin de las guerras napoleónicas con la batalla de Waterloo se reduce a un  “a ver si nos dejan ir de “invitaos” por allí”, y a endosar la creencia de que ese país al Sur de los Pirineos se quedó, en 1815, en un rincón, temblando de miedo, cuando se supo, como decía Galdós en uno de sus “Episodios Nacionales”, la terrible noticia de que Napoleón se había escapado de Elba.

Todo eso no puede ser más falso hablando desde el punto de vista de la Historia. Y ahora tienen ustedes dos opciones: o correr a comprar el enésimo libro sobre Waterloo publicado allende los Pirineos que, por supuesto, rápidamente ha encontrado editor a este lado de esa cordillera que nos separa más que nos une a Europa, o correr en la misma dirección, pero para comprar “El Waterloo de los Pirineos”. Ese libro  que, que yo sepa, ha sido el único en España con la etiqueta “de Historia” donde se ha contado lo que ocurrió aquí hace doscientos años -en el invierno, la primavera y el verano de 1815- desde una perspectiva basada en hechos y documentos -no en tópicos y lugares comunes- que nos dicen que, hace doscientos años, en los Pirineos, se agolpan miles de soldados en nada diferentes a los de las restantes potencias aliadas contra Napoleón. Todos ellos dispuestos a llevar la guerra a esa Francia que no parecía, en 1815, estar saciada del baño de sangre desatado contra toda Europa desde 1804 en adelante.

Les toca elegir. Como Napoleón tuvo que elegir el 18 de junio de 1815. Sean prudentes, no dejen que colonicen sus mentes, recuerden aquello de que la verdad les hará libres y que, hasta ahora, de verdad histórica hemos tenido más bien poca con respecto a hechos como ese bicentenario de la batalla de Waterloo. Salvo por “El Waterloo de los Pirineos” o “El general Álava y Wellington”, que también harán bien en comprar y leer.

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Increíble ¿pero cierto?… Una historia de piratas contada por un soldado de la Legión Auxiliar Británica en España (Año del Señor de 1835)
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Carlos Rilova | 15-06-2015 | 11:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como me suele ocurrir a menudo he dado muchas vueltas a qué es lo que podría contar hoy en este nuevo correo de la Historia.

Esta vez el habitual rayo de luz que suele colarse en las espesas nieblas que rodean, por lo general, mis procesos mentales llegó de un interesante documento sobre el que estoy trabajando ahora.

Se trata de unas memorias de guerra escritas a partir del “diario” de un soldado escocés, Alexander Somerville, enrolado en la que se llamó Legión Auxiliar Británica. Un cuerpo que Gran Bretaña, al parecer un tanto contrita y arrepentida de sus errores hacia España en el Congreso de Viena veinte años atrás, en 1815, cuando se zanjan las guerras napoleónicas, tras Waterloo, envía a luchar del lado de los liberales españoles y, lógicamente, contra el partido reaccionario y absolutista encarnado en lo que comúnmente se llama en España, desde 1833, “carlistas”.

El libro fue publicado en el año 1838 en Glasgow, como podrán apreciar por la imagen que acompaña a este texto. Como suele ocurrir con este género de obras, leerla es casi tan fácil como leer la mejor de las novelas de aventuras de Emilio Salgari y supera, de lejos, a las famosas novelas de Bernard Cornwell. Tenido, a veces con razón y a veces sin ella, como un maestro en la novela histórica ambientada entre 1776 y 1865.

Sí, Somerville cuenta con todo lujo de detalles y anécdotas todo lo que le pasa en España desde que se suma a la Legión Auxiliar Británica, deja atrás las costas de Escocia y desembarca en Santander con ese variopinto grupo de huidos de la Justicia, viejos soldados, aventureros y entusiastas de la vida militar (es decir, la Legión Auxiliar Británica), para reforzar a las tropas españolas que luchan porque en España -y si es posible también en Portugal- se consolide otra monarquía constitucional como la que en esos momentos tienen en Gran Bretaña y en Francia. Algo que a Londres, las cosas como son -o más bien como eran en 1835- no le iba a venir nada mal para abrir un mercado más a sus manufacturas -como nos lo recuerda Gonzalo de Porras, acaso uno de los principales especialistas españoles en la Legión Auxiliar Británica- y contar con un aliado más frente a los gigantescos imperios absolutistas del centro y el Este de Europa, que empiezan en esos momentos a proyectar una sombra demasiado alargada sobre Gran Bretaña, su antigua aliada frente a un Napoleón que ya es sólo una ilustre reliquia olvidada en la isla de Santa Elena.

Entre las muchas historias que cuenta Somerville una me ha llamado poderosamente la atención.

Se trata de la novela de piratas más breve que jamás haya leído. Sin embargo, a pesar de su brevedad -nada que ver con los tratados de Daniel Defoe sobre el tema- es realmente magnética.

Este bravo soldado escocés la cuenta en apenas dos páginas -de la 30 a la 31- de un libro de 288.

Dice así: un grupo de compañeros, hasta sumar ocho, desertan cuando el grupo de la Legión Auxiliar Británica del que forma parte Somerville está acantonado en un lugar que él llama San Antonio y, según dice, está, más o menos, a medio camino entre Santander y Bilbao.

Estos desertores, que se llevan todo su equipo y armas, se batirán contra las tropas españolas con las que, se suponía, debían combatir a los carlistas. Después de eso, Somerville oyó que habían escapado en un bergantín anclado cerca de esa población que él llama San Antonio y que estaba allí dispuesto para largar velas con rumbo a Santander.

Somerville dice que, en principio, muchos no creen esa historia relativa a que los desertores estuviesen conchabados con la tripulación de un bergantín. Sin embargo, pronto se confirma que faltan equipos y bagajes de la Legión Auxiliar Británica y han desaparecido también varios hombres y hasta dos oficiales…

¿Qué fue de ellos?. Según Somerville su destino pudo ser el que le contó un superviviente del grupo que finalmente había logrado llegar a Glasgow de vuelta.

El desertor superviviente decía que la tripulación del bergantín, cuando salieron del puerto de Santander, los había detenido y encerrado en el sollado, defraudando sus esperanzas de que el barco volviera a Inglaterra. Allí, bajo cubierta, los tuvieron por espacio de seis semanas, vigilados por hombres que entraban en aquel lugar -cuando entraban- armados con sables y pistolas…

Por la posición de los escasos rayos de sol que entraban por los respiraderos de aquel sollado, los desafortunados desertores dedujeron que el barco tomaba rumbo Oeste.

Sus captores los trataron bien. Al menos, dice el desertor, les dieron abundante comida y bebida y les aseguraron que, una vez arribasen a Nueva York, quien quisiera podría quedarse allí. Una historia que no convenció a nadie pues, en buena lógica, ¿para que los tenían encerrados y los vigilaban si después iban a poder irse al tocar puerto en Estados Unidos?.

Pronto se confirmaron esos temores cuando un tipo de aspecto hosco -así lo describe el desertor- les dice por medio de un interprete que deberían ayudar a llevar el barco y tal vez luchar. Para el desertor superviviente que contó todo esto a Somerville, parece claro desde entonces que han sido secuestrados por un grupo de piratas con obvias intenciones de engrosar con ellos sus filas.

El desertor dice que la tripulación era de lo más variopinta -portugueses, españoles, italianos y dos ingleses- y tuvieron que sumarse a ella de manera más o menos voluntaria.

El objetivo, según les dijo el capitán que tan abruptamente los había reclutado, era asaltar el barco mercante estadounidense que este documento llama La Granga. Lo capturarían en su viaje de vuelta desde Río de Janeiro, para hacerse con la que ese filibustero describe como una rica carga…

Tras esto la tripulación de aquel bergantín pirata se preparará para esa maniobra. Los cañones fueron zafados, se comprobaron pistolas y mosquetes… sin embargo los piratas se encontraron con una desagradable sorpresa al amanecer del tercer día de persecución de su posible víctima: la vela que habían visto en el horizonte no era la del mercante, sino la de una fragata de guerra de los Estados Unidos.

Aquella fragata de la Armada yankee, por supuesto, les persiguió. Sin embargo los piratas lograron huir, aunque no por eso escaparon de un terrible huracán que acabó por estrellar su barco mientras buscaba refugio en el Delta del Misisipí.

A ese naufragio sólo sobrevivieron seis hombres de aquella variopinta tripulación pirata del año del Señor de 1835. Uno de ellos era ese desertor de la Legión Auxiliar Británica que contó a Somerville, tiempo después -por lo menos los tres años que iban de 1835 a 1838, los que transcurren entre la llegada de la Legión Británica y su regreso-, aquella historia tan increíble que parece no ser cierta.

Aunque seguramente lo sea, porque en esas fechas cosas tan inverosímiles todavía eran parte de una realidad en la que no existían ni los GPS, ni los satélites de comunicación, ni muchas otras cosas que han hecho nuestro mundo más seguro pero, tal vez, menos emocionante que uno en el que, desde las costas de Estados Unidos, si se miraba con atención, aún se podían ver auténticos barcos piratas mientras, por ejemplo, Edgar Allan Poe escribía en tierra sus poemas y relatos.

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Sombras en la playa “Omaha”. El gesto histórico de un rey y una reina hacia unos republicanos. Un largo camino entre junio de 1944 y junio de 2015
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Carlos Rilova | 08-06-2015 | 1:46| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Que en España se está colapsando el ahora llamado por algunos politólogos rampantes “régimen del 78”, es algo que parece obvio. Hasta para mentes muy espesas, de esas que tanto abundan, por desgracia, en España.

Síntomas de ese colapso empiezan a aparecer por doquier. Desde libros demoledores firmados por autores que no tienen nada de revolucionarios -más bien todo lo contrario- como el polémico Hermann Tertsch o César Vidal, representantes de una Derecha española más bien montaraz, hasta lo más evidente: la irrupción en la escena política -y en los resultados electorales- de nuevos partidos o movimientos políticos -Ciudadanos, Podemos…- que, con muy distintas maneras, dicen venir dispuestos a barrer una vieja política que, con la Gran Depresión de 2007, se está derrumbando poco a poco, como vemos a cada nueva elección que se convoca en España.  

Los gestos empiezan a precipitarse, de hecho. En menos de un año he visto cosas que jamás hubiera pensado llegarían a tener lugar. Naturalmente están relacionadas con la salida en falso que ese llamado “régimen del 78” hizo con respecto a cuestiones relacionadas con nuestra Historia. De ahí sale este artículo. Veamos, pues, la cosa con más detalle.

En más de un correo de la Historia anterior a éste, tuve ocasión de criticar el manejo que se había hecho de una de las más altas autoridades del estado establecido en 1978 -me refiero, en este caso, a la Monarquía- cuando se acudió a determinadas efemérides históricas que se celebraban el año pasado. Por ejemplo, la del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 2014.

El nuevo rey de España estuvo en los actos de esa conmemoración, sin embargo, no lo estuvo en los actos que, en fechas muy próximas a esa, conmemoraban el desembarco de las tropas aliadas en las cuatro playas de Normandía -por sus nombres clave: Omaha, Juno, Gold, Sword y Utah- que en el famoso Día-D iban a empezar a escribir el principio del fin de una de las dictaduras más terribles que la Humanidad ha conocido.

Algo, esa presencia de Felipe VI en los actos conmemorativos de la Primera Guerra Mundial y la ausencia en los de la Segunda, bastante difícil de explicar ni siquiera en el más estólido telediario al servicio de la casta más vil. Esa a la que aluden mucho últimamente los ya aludidos politólogos rampantes.

En efecto, oí en televisión hace un año bastantes malabarismos en torno a que se iba en esos actos a poner flores en memoria de las víctimas de la Primera Guerra Mundial porque España, a pesar de haber sido neutral, había jugado un papel en esos hechos en esa calidad  de potencia neutral. (Y tanto, y quien quiera saber más que empiece por leer la magnífica novela de Eduardo Mendoza “La verdad sobre el caso Savolta”).

De lo que no se oyó mucho fue de que, faltando a toda lógica, las más altas instituciones del estado -ministros, presidentes del Congreso, Jefe del Estado…- estuvieran ausentes de las conmemoraciones por el 70 aniversario del desembarco de Normandía cuando en el mismo había habido, en las sucesivas oleadas desde el Día-D, un número notable de combatientes españoles integrados en las fuerzas británicas y francesas.

Eso me dio ocasión para despacharme a gusto como tengo por -mala- costumbre señalando que, una vez más, se veía así que en la España del régimen del 78 fallaba lo que yo suelo llamar digestión histórica, que en ese país ha sido extraordinariamente ardua y no parece haber concluido todavía. Ni mucho menos.

Hoy parece, sin embargo, que a causa del desplome, derrumbe o lo que finalmente sea, de ese régimen del 78, estamos más cerca de completar ese proceso, de empezar a reconciliarnos para sentar las bases de otro pacto político que, esperemos, sea más sólido, estable, prospero y duradero (y ya puestos a pedir, menos autocomplaciente, sin convertir en dogma que los 30 y pico años posteriores al año 1978 han sido lo mejor que le ha pasado a España).

En efecto, el nuevo rey de España, Felipe VI, y la reina Letizia, han tenido un extraordinario gesto durante una visita de Estado a Francia que, probablemente, entrará en los libros de Historia como el momento en el que España, en medio de una atroz crisis política y económica, en lugar de hundirse en el marasmo como pudo ocurrir en el año 1936, trata de remontar el vuelo, estrechando lazos con la Unión Europea, con su “núcleo duro” más constructivo -léase Francia- y saldando viejas cuentas, con gestos de una gran altura de miras política. Como lo es, sin duda, que un rey y una reina -españoles- reconozcan que los exiliados de 1939 integrados en las fuerzas francesas o británicas eran, ante todo, españoles que luchaban por restaurar el sistema democrático en el que, se supone, vivimos en España desde el hoy tan traído y llevado 1978 y del que esa institución que ellos representan, la Corona, es legalmente parte según la constitución de ese año.

Una interesante travesía política llena de mucha generosidad, que es justo y debido reconocer, ya que la Guerra Civil de la que salieron esos combatientes no fue un episodio histórico en el que hubiera mucho de lo que sentirse orgulloso. Conviene no olvidar, por ejemplo, que muchos españoles que aún viven -y sus descendientes- recuerdan, perfectamente, que bajo la bandera republicana se cometieron atrocidades en España cuando menos entre 1936 y 1937.

Por ejemplo con “sacas” de prisioneros ejecutados sin juicio previo, elementos incontrolados que daban “paseos” al “enemigo de clase”, “checas” en las que se torturó y asesinó a ese mismo “enemigo”, etc… y que otra porción no desdeñable de los exiliados españoles combatió bajo la bandera de la dictadura estalinista, aliada de circunstancias de democracias como Gran Bretaña y Francia.   

Por supuesto con esto no bastará, veremos cuál es el veredicto de una urnas llenas de ira en noviembre de 2015, pero no podrá regatearse a la Corona española que ha hecho un gesto más que considerable por superar traumas históricos que, lentamente, han ido corroyendo la arquitectura política de una sociedad que se ha basado, cada vez más y más, en la exclusión, en el clientelismo, en el derroche de recursos humanos y económicos.

Ahora mismo hay en España otros muchos miles de exiliados -muchas veces con una alta cualificación- que, sin guerra civil de por medio, salen a manadas del país sencillamente porque en España es realmente difícil vivir ejerciendo profesiones como las suyas que, por cierto, son las que necesita un país para tener una economía realmente desarrollada.

Ahora mismo hay en España hay un estado de corrupción generalizada basada en turbios compadreos y amiguismos -pagados con precios que van desde maletines llenos de dinero hasta puestos de trabajo- que excluyen a un alto porcentaje de la población que no tiene, en efecto, más remedio que o aguantar en unas condiciones cada vez más precarias -la electricidad más cara de Europa o casi, con salarios cada vez más bajos y cosas por el estilo- o coger el camino a Europa o a América.

Ahora mismo hay en España demasiados recuerdos de los tiempos del Caciquismo que para el resto del Mundo ya han quedado atrás a lo largo del siglo XX y que aquí parecen pegarse como el napalm a la estructura del estado y de, en general, todos los aspectos de la vida pública.

Naturalmente un rey y una reina que reinan pero no gobiernan poco podrán hacer en esto, salvo dar un buen ejemplo. Como lo han hecho reconociendo el mérito de compatriotas que, por encima de diferencias de opinión sobre la forma de estado (Monarquía o República), luchaban por un régimen basado en la democracia parlamentaria y constitucional. Sin duda un buen comienzo que, esperemos, nos lleve a buen fin. Por el bien de todos, del rey y la reina a abajo, por la salud política de la Unión Europea, etc., etc…

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El viaje de los malditos… ¿otra vez?. De un barco lleno de refugiados alemanes al éxodo de los rohingyas (de junio de 1939-a junio de 2015)
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Carlos Rilova | 01-06-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo he visto antes. Por suerte a través de ese cristal de seguridad que son una pantalla de televisión o las páginas de una revista.

La primera vez que lo vi fue allá por los años setenta del siglo pasado. Los llamaban “boat people”. Eran quienes huían del caos provocado por el fin de la Guerra de Vietnam. No les quedaba nada salvo la exigua superficie de los barcos, o cualquier cosa parecida, en los que huían. Nadie los quería en su país y por ahí se quedaron mucho tiempo, flotando, a la deriva, aunque los medios se hicieron eco de ello, publicando reportajes con impresionantes fotos o amargándonos el telediario de mediodía.

De hecho, el episodio de la “boat people” parece que incluso perforó la conciencia de los genios emergentes del Hollywood de la época -George Lucas, Steven Spielberg…- que imaginaron en uno de los cómics que emanó de su creación cinematográfica -la entonces revolucionaria saga de “Star Wars”- un planeta de ese gastado futuro cuyos habitantes vivían exclusivamente en barcos, pues no había tierra en la que podían fondear

Tiempo después pude ver una impresionante película titulada “El viaje de los malditos”, que recordaba otro éxodo de parias a bordo de un barco que no encontraba puerto en el que desembarcar su carga humana de perseguidos.

La película se había estrenado en diciembre de 1976 y narraba un episodio rigurosamente histórico, el de un grupo de judíos alemanes a los que el régimen nazi había permitido salir del país -que ya era suyo de arriba a abajo- para demostrar que no tenían inconveniente en deshacerse de aquellos, para ellos, indeseables… siempre y cuando fueran aceptados en otro país.

Como nos explicaba Anje Ribera en un documentado artículo publicado en “El Correo” el 5 de junio de 2014 -lleno de interesantes referencias a las que les remito- el barco no encontró refugio ni asilo para su atribulada carga humana -que, en parte, ya había catado las “bondades” del régimen nazi en Dachau y Buchenwald- ni en Cuba ni en Estados Unidos.

El presidente Roosevelt, que en apenas un par de años declararía la guerra a la Alemania nazi, no se atrevió a darles asilo, a pesar de que los interesados se lo pidieron con un mensaje directo.

Así las cosas, el barco de los malditos tuvo que volver a Alemania, a pesar de que su capitán, un antinazi furibundo, hizo todo lo posible para evitar ese infame destino que finalmente se resolvió en una relativamente breve prorroga al autorizarse el desembarco del pasaje en el puerto belga de Amberes.

Un remedio transitorio para aquellos que no lograron encontrar asilo en Gran Bretaña, pues apenas quedaba un año para que las tropas de Hitler invadieran toda la Europa continental en lo que luego se conocería como Segunda Guerra Mundial.

Y ahora, más de setenta años después de esos acontecimientos, lo volvemos a ver. Otra vez varios países, en este caso asiáticos, se niegan a admitir en su territorio a un grupo religioso, en este caso musulmán, los rohingyas, expulsados finalmente de otro país, Birmania (o Myanmar) en el que son una minoría religiosa al parecer cada vez más indeseada e indeseable y a la que se le niega hasta el nombre y la identidad.

No voy a decir mucho más, tan sólo les voy a lanzar unas cuantas preguntas. Por ejemplo ¿cómo es posible que el culto budista, no violento, el menos jerarquizado y dogmático que se conoce, haya convertido en anatema el hecho de ser musulmán y más cuando los anatematizados son un grupo marginal, muy poco poderoso, tan frugal como el mismísimo ex-príncipe Siddhartha Gautama al que los budistas veneran?.

¿Tiene que ver esa inquina contra los desamparados rohingyas con el auge de la extrema violencia y combatividad de musulmanes dogmáticos e intransigentes con las demás religiones -incluido ahí el Budismo- representados por el ISIS?.

Vemos, con horror, en el todavía rico y civilizado Occidente esa situación en  Asia-Pacífico. La BBC fue esta misma semana pasada a realizar a bordo de los barcos de rohingyas un estremecedor reportaje que nos habla de cadáveres arrojados por la borda, de huidas desesperadas hacia el mar, para salvar la vida tras haber visto morir a familiares y amigos perseguidos por su condición de musulmanes, sin embargo… ¿hacemos algo?, ¿nuestros dirigentes y quienes los respaldan -nosotros mismos, los votantes- en última instancia, pueden considerarse mejores que los cubanos o estadounidenses que se negaron a acoger a los judíos alemanes que trataban de escapar al exterminio nazi en el St. Louis?.

Al parecer, como Roosevelt, callamos, ponemos por delante que estamos sumidos en una crisis económica y que bastante tenemos, en efecto, como para erigirnos en autoridad moral ante ese exterminio de un grupo por razones religiosas, dado que ahora mismo Bruselas discute el número de refugiados huidos del infierno africano que tendrá que acoger cada país de la Unión Europea.

Algunos, como España, ya han señalado que les resultará imposible dado su alto nivel de paro que, para esos efectos, por lo que se ve, no disminuye, como en su ácido estilo habitual ya hizo notar el joco-serio informativo “El Intermedio” la semana pasada…

Esta situación, con gente que muere en medio del mar sin encontrar puerto, como en 1939 les ocurrirá a los fugitivos del St. Louis, debería hacernos reflexionar sobre el cariz peligroso que están tomando las cosas en nuestro mundo actual, devolviéndonos poco a poco, de manera casi imperceptible, al escenario de horrores que fue el Mundo de entreguerras en los años 30 del siglo XX.

Ese en el que una economía fallida -por razones muy parecidas, casi idénticas, a las del colapso de 2007- creó un escenario de pobreza generalizada y en aumento que engrosó las filas de movimientos mesiánicos y agresivos que, a su vez, aumentaron aún más la sensación de miedo generalizado, de “sálvese quien pueda”, y la búsqueda de enemigos -más o menos imaginarios- en los que vengar una desquiciante lista de agravios -muchas veces muy reales- que, como ahora, deshumanizan a los otros, a los que no practican la religión mayoritaria -ya sea el Budismo o el Cristianismo o el Islam- y/o pertenecen a la etnia equivocada a la que se echa, sin pestañear, incluso bajo la piadosa y benevolente mirada de Buda, al mar. En sentido totalmente literal.

Es posible que haya quien explique todo esto con el cínico y vacuo argumento de que el ser humano es así, a través de épocas y lugares diferentes. Desde el punto de vista de la Historia les aseguro que no es así, que cosas así hubieran sido más difíciles de ver en épocas de prosperidad económica como las que siguieron a la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial, donde la desesperación y el miedo no llegaban a los grados que hoy se están alcanzando y alimentan, de nuevo, las filas de grupos fanatizados y destructivos.

Y es por eso por lo que yo, hoy, me he sentido en la obligación de contarles todo esto. Para que reflexionemos sobre el rumbo que toman los negocios del Mundo en el que vivimos. Por más que los musulmanes no me sean nada simpáticos y comprenda el miedo de los budistas a tener como vecinos a gente que comparte creencias religiosas con los mismos que destruyen tesoros artísticos y ejecutan a otros a los que, por su religión, han privado de la condición de seres humanos que compartimos todos.

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Capitán, visionario, arquitecto, empresario, ¿espía?… Pedro Manuel de Ugartemendia o la vida de un vasco de la Europa napoleónica
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Carlos Rilova | 25-05-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

La idea para este nuevo artículo de este correo de la Historia me la dio uno de los miembros de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, Iker Echeberia Ayllón, que como recordarán, al menos en una ocasión y en colaboración con otro autor, nos dejó por aquí un interesante artículo sobre la palabra “zurito” -la medida de cerveza más pequeña que se puede beber en un bar donostiarra- y su origen histórico.

Sí, hablando ante la biblioteca universitaria de la UPV de San Sebastián de posibles proyectos futuros de la Asociación, salió en la conversación un pedazo de nuestra Historia sobre el que los donostiarras -y nuestros visitantes- andamos muy a menudo sin apreciarlo en todo su valor.

Resulta que cuando se pensó en reconstruir San Sebastián tras su destrucción y saqueo a partir del 31 de agosto de 1813 -es decir, durante lo más crudo de las llamadas guerras napoleónicas- el arquitecto al que se le asignó tal tarea, el andoaindarra Pedro Manuel de Ugartemendia, hizo un proyecto realmente visionario que finalmente se abandonó por otro más práctico y, sobre todo, remunerador económicamente. Sin embargo, me contaba Iker Echeberria Ayllón, cada vez que pasamos por el Boulevard de San Sebastián, junto al kiosco de música, lo hacemos caminando sobre un plano esquemático de ese proyecto visionario, grabado sobre las losas del pavimento de esa parte de la ciudad, como se puede apreciar en la primera ilustración de este artículo (N. B.: las zonas grises son calles y plazas y las rojas representan manzanas de edificios). Un tema éste que, como vamos a ver enseguida, da para mucho. O, cuando menos, para otro correo de la Historia.

No va a ser esta la primera vez que hable de Ugartemendia. Ya lo hice en otro artículo a comienzos del año 2014, cuando la llamada Parte Vieja de San Sebastián fue inundada por unas feroces mareas vivas que llenaron unas cuantas horas de telediarios tanto locales como nacionales.

De hecho, de Ugartemendia y su labor como arquitecto, se ha hablado mucho. Hay investigaciones muy a fondo sobre él. Por ejemplo la de nuestro colega historiador José Javier Fernández Altuna, publicada en la revista “Leyçaur” en el año 2009, que, de momento, sólo pueden aprovechar quienes leen en euskera.

Sin embargo se ha hablado menos de otros aspectos de su vida que, como verán por el título de este nuevo artículo, puestos en orden, casi sirven para el título de una de las novelas “de espías” de John Le Carré.

Ugartemendia es un personaje bastante misterioso. Al menos lo parece si consideramos todos los documentos que hablan de él.

Gracias a las investigaciones de José Javier Fernández Altuna sabemos, por ejemplo, que cursó estudios, como muchos otros vascos, en la Real Academia de San Fernando. La institución que a finales del siglo XVIII formaba a toda clase de artistas y entre ellos a los arquitectos.

Esa fue la carrera que eligió Pedro Manuel de Ugartemendia. Pero sabemos también gracias a esas investigaciones de José Javier Fernández Altuna que antes de esa tenía otra que, a partir de 1808, le comprometía bastante.

En efecto, Pedro Manuel de Ugartemendia era oficial de Infantería en el Ejército español. Y no precisamente en un puesto administrativo. Era un hombre de vanguardia, de los que veían fuego real en combate. Al menos su expediente militar dice que era oficial de línea. Es decir, de esos que, como ya habrán visto en más de una película, se ponían, generalmente a caballo -como ordenaban los cánones-,  al mando de una larga hilera de soldados y soportaban, impávidos, la tormenta de balas que se intercambiaba entre sus tropas y las que el enemigo desplegaba ante ellos en una formación idéntica.

Sí, eso es lo que dice el expediente militar de Pedro Manuel de Ugartemendia: que era uno de esos capitanes de Infantería de línea a los que el zumbido de las balas y la metralla enemiga les resultaban muy familiares. O que, al menos, tenían unos sólidos conocimientos en la materia -en la complicada materia- de maniobrar tropas así sobre el terreno de un campo de batalla. Algo nada fácil y de lo que, de hecho, dependía la derrota o la victoria de los ejércitos enfrentados.

Sin embargo, a pesar de eso, Ugartemendia, después de que su Ejército declara la guerra a la Francia napoleónica en mayo de 1808, no acudirá a la llamada de las Juntas de Defensa patriotas, como si lo hacen bastantes vecinos suyos e incluso parientes como Juan de Ugartemendia. Alguien, este último, que, como consta también en su propia hoja de servicios -trágicamente concluida en el año 1813, tras la batalla de San Marcial- pide específicamente que se le deje servir en los Ejércitos que combaten a las tropas napoleónicas en España, rechazando su traslado a un puesto en las colonias de América.

¿Y qué hace entonces Pedro Manuel de Ugartemendia entre 1808 y 1813, se  preguntarán ustedes?.

Pues es difícil saberlo. Parece ser que se queda en territorio ocupado y hasta hace negocios de tierras con gentes que, cuando lleguen las tropas aliadas en 1813 y se instauren las instituciones del Gobierno de Cádiz, serán juzgados como afrancesados…

¿Lo era también, afrancesado, Ugartemendia?. La verdad es que esa también es una pregunta difícil de responder. En contra de todas las truculencias que se escriben sobre el tema de los afrancesados, la investigación de algo más que los grabados de los “desastres de la guerra” de Goya, que son una parte de la verdad pero -sólo para empezar- no son fotografías, nos dice que era bastante fácil irse “de rositas” tras haber tenido vahídos afrancesados -de mayor o menor intensidad- entre 1808 y 1813.

Es lo que les ocurre a muchos vecinos de Ugartemendia que tenían, o podían haber tenido, mucha más culpa en eso del afrancesamiento. Los encontramos, a menudo, controlando el poder municipal en Andoain en, por ejemplo, 1815, lo mismo que en 1811, pudiendo decir, por tanto, que les iba igual de estupendamente bajo la bota napoleónica o bajo la de un Fernando VII rampantemente absolutista.

¿Fue ese el caso del capitán Ugartemendia?. ¿El de uno de esos afrancesados que, como una especie de Talleyrands de bolsillo, sobreviven sin problema a todas las turbulencias del momento?. Es más que dudoso. Entre otras cosas porque no parece que las autoridades patriotas lo molesten lo más mínimo tras expulsar a los franceses. Ni antes, ni después, de que Fernando VII se restaure como rey absoluto. De hecho, no sólo parece que no se le piden cuentas de su ausencia en los ejércitos patriotas en calidad de oficial de línea, como le correspondía, sino que además se le entregan graves responsabilidades militares. Como lo era, sin duda, la de reconstruir una plaza fuerte tan estratégica en 1813, 1814, 1815… como San Sebastián.

Más probable es que Ugartemendia estuviese, entre 1808 y 1813, ejerciendo funciones de espionaje para las fuerzas patriotas. Probablemente dentro de la red organizada en San Sebastián desde 1808 en adelante. Una cuestión de la que ya les hablaré en otro día y lugar…

¿Acaba ahí la vida del capitán Ugartemendia?. Lo cierto es que no. Después de 1813, 1814, 1815… el arquitecto tuvo tiempo de hacerse rico con la reconstrucción de San Sebastián, que se convirtió en un bello ejemplo -excelentemente conservado aún hoy día- de una ciudad edificada, de arriba a abajo y de lado a lado, en estilo neoclásico. Lo más “moderno” en la época, la última tendencia arquitectónica del 1800…

En 1833, Ugartemendia, ya hombre de edad respetable, superviviente a todos los altibajos de la turbulenta Europa napoleónica y posnapoleónica, luciendo con orgullo su uniforme de veterano, se retirará de la ciudad que él mismo reconstruyó para refugiarse, como muchos otros donostiarras, en Bayona, mientras los carlistas asedian, veinte años después de 1813, San Sebastián. Por suerte para esa ciudad no llegarán a tomarla pues, acaso, si nos guiamos por lo que hace en esas mismas fechas ese ejército rebelde, sacado del medio rural vasco, con Guetaria -hoy Getaria- tal vez hubieran dejado allí, como británicos y portugueses en 1813, otro montón de ruinas humeantes como las que Pedro Manuel de Ugartemendia, aquel viejo capitán de Infantería de línea, arquitecto, empresario, ¿quizás espía?… supo reconstruir de manera tan magistral.

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