Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
La extraña Historia del emperador de Estados Unidos: Joshua A. Norton, conocido como Norton I (1859-1880)
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Carlos Rilova | 24-08-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

De momento hay un acuerdo internacional en la opinión pública por el cual se considera que Estados Unidos, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, puede considerarse una potencia imperialista pero no un Imperio como tal.

Especialistas en Política como Raymond Aron fueron algo más lejos y se atrevieron a definir a esa potencia -dominante todavía hoy en el Mundo- como “República imperial”. Una aparente contradicción muy gráfica sin embargo.

El caso es que, pese a todo, resulta que en Estados Unidos hubo un emperador que se alzó en el Oeste del gran país poco antes de la guerra civil acabada en el año 1865.

Esta figura que, seguramente, sonará a los seguidores de la popular serie de cómic Lucky Lucke -ya saben, el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra- fue comúnmente conocido como “Norton I”.

Goscinny y Morris, respectivamente guionista y dibujante de esa serie de aventuras en viñetas con la que se puede aprender tanto del “Salvaje Oeste” como de la Historia del Imperio Romano con Astérix, lo convirtió en un memorable episodio titulado “El emperador Smith”.

En ese álbum de la serie Lucky Lucke, Smith es un ganadero de Grass Town, un pueblo que el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra visita en su largo, largo viaje de vuelta a casa que, para fortuna de los numerosos seguidores de sus aventuras, nunca parece ir a acabar.

El susodicho Smith ha organizado en esa localidad en la que, como reza en su cartel de entrada, “se ahorca a todas horas”, eso que ahora llamamos reconstrucción o recreación, traduciendo la palabra anglosajona “reenactement” que, de unas décadas a esta parte, se ha convertido en una afición bastante extendida y consistente en tratar de reconstruir -de “reactuar”- fielmente determinado episodio histórico. Por lo general, distintas batallas famosas. Desde las de Crécy y Azincourt en la Edad Media a Waterloo, pasando por toda una gama que incluye el Imperio Romano, la Guerra de Secesión, diversos episodios de la Primera y Segunda Guerra Mundial, etc…

El caso del emperador Smith es, sin embargo, algo ligeramente distinto a eso. Su grupo, formado por los trabajadores de su inmensa hacienda ganadera, y él mismo, tienen mucho que ver con los actuales grupos de reconstrucción, pero el trasfondo de su historia varía bastante.

Smith está un poco chiflado. Cree realmente ser un verdadero emperador. Considera así que el presidente Ulysses S. Grant es un usurpador, que él -Smith- tiene derecho a todo Estados Unidos para constituir su imperio y espera conquistarlo con sus hombres vestidos, de un modo un tanto incongruente, como soldados franceses de época napoleónica.

Algo bastante difícil… a pesar de que ha tenido la precaución de armarlos con Artillería y fusiles bastante más modernos.

Como suele ser habitual en las historietas de Lucky Lucke, el inefable y errante vaquero logra poner las cosas en su sitio tras castigar a los malvados que tratan de aprovecharse de la manía del demenciado Smith.

En la realidad en la que se basó este episodio de la serie, las cosas fueron bastante distintas.

Morris y Goscinny cuentan en una nota final muy de agradecer, que todo el álbum se basa en la verdadera Historia de un inglés, Joshua A. Norton, nacido -según todos los indicios razonables- pocos años después de la derrota definitiva de Napoleón -uno de los escasos biógrafos de Norton en lengua española, Xavier Deulonder, baraja los años 1811 y 1818- apenas dos antes de que el emperador muriera en el exilio de Santa Elena al que se le había condenado en 1815.

Norton emigró, como tantos otros británicos, españoles, italianos, alemanes, franceses… a Estados Unidos, atraído por la llamada “Fiebre del oro”, llegó a California y allí se hizo rico comerciando gracias a las hordas de buscadores que se abalanzaron sobre la Alta California que ya formaba parte, de facto, de los Estados Unidos tras la reciente guerra con la república mexicana en 1848.

Después las cosas le fueron mal, se arruinó y enloqueció. Según parece. De ese modo, durante cerca de cuatro décadas, entre 1859 y 1880, anduvo por el San Francisco post-fiebre del oro contando a quien quisiera oírle que él, Joshua A. Norton, era el emperador de Estados Unidos.

Una manía verdaderamente curiosa con la que, de todos modos, este hombre logró sobrevivir a su maltrecha situación, consiguiendo que aquellos que escuchaban sus demenciales delirios le pagasen algún convite en los numerosos salones que proliferaron gracias al pujante puerto de la ciudad y las sedientas tripulaciones que lo visitaban, le prestasen dinero en calidad de empréstito gracioso -sin fecha de devolución ni intereses, por supuesto- a la casa imperial de Su Majestad Norton I, y así sucesivamente…

Al igual que el emperador Smith de Morris y Goscinny, Norton, como nos cuenta la documentada biografía de este personaje firmada por Xavier Deulonder, llevó su locura hasta el punto de cartearse y telegrafiarse con dirigentes de su época que él consideraba sus iguales o incluso sus inferiores. Es decir: Napoleón III, la reina Victoria -que según señala Deulonder podría haber sido la única en responderle y con la que se decía que iba a casarse Norton-, el propio presidente Grant o bien su predecesor Abraham Lincoln o su antagonista, el presidente confederado Jefferson Davis…

Así, a mitad de camino entre lo trágico y lo cómico, la miseria y el esplendor, transcurrió la vida de Norton I, que acabó en el lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo tras arruinarse: en una oscura calle de San Francisco, no muy lejos del cuarto de una pensión de esas que tan famosas han hecho películas del llamado “Western crepuscular”, desde “¡Dispara Billy, dispara!”, hasta la versión de los hermanos Coen de “Valor de ley”.

Lo que realmente fue imperial, tal y como nos cuentan también Morris y Goscinny en su nota final a “Emperador Smith” o Xavier Deulonder, fue el entierro de Norton en aquel año 1880. Acudieron a él miles de personas de aquel pujante San Francisco de la “Belle Époque” que consideraban al finado y falso emperador de Estados Unidos como parte, entrañable, del folklore local. Los principales comerciantes de la ciudad incluso abrieron una suscripción para que se le enterrase con toda la pompa y esplendor en el cementerio masónico de San Francisco. Eso, a pesar de que, como recuerda Xavier Deulonder, había, y hubo hasta los años setenta del siglo pasado, bastante polémica en torno al origen judío de Joshua Norton.

Yo les dejo aquí por hoy, para que puedan saborear mejor esta Historia poco conocida del que, de momento, ha sido único emperador de los Estados Unidos. Para que piensen si se trata de una anécdota curiosa o de un fragmento de la gran Historia que pueda enseñarnos algo valioso.

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La Bahía de La Concha no siempre fue un “marco incomparable”. Breve descripción de un ataque suicida durante la Primera Guerra Carlista (5 de mayo de 1836)
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Carlos Rilova | 17-08-2015 | 11:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como saben bien los que veranean en San Sebastián, ya para finales de mayo, y aún incluso a principios de ese mes, si el tiempo lo permite, las playas de la ciudad, tan transitadas por un Turismo selecto y cada vez más internacional, se suelen llenar de visitantes y vecinos que quieren aprovechar eso que, medio en broma medio en serio, los donostiarras suelen llamar “el marco incomparable”. Fundamentalmente la gran bahía de La Concha desde el Club Naútico hasta el Peine de los Vientos de Chillida, pasando por la otra gran playa de esa bahía: Ondarreta.

Luego llega ya el pleno verano y hasta bien entrado septiembre -otra vez si el tiempo lo permite- se sigue sacando rentabilidad al famoso “marco incomparable”. Para pasear, para ir a la playa a nadar y tomar el sol, para ver los fuegos artificiales de la Semana Grande con el imprescindible helado en mano… En fin, para pasarlo bien, para veranear, con todo lo que ese verbo implica.

Bien, pues hubo un tiempo en el que las cosas tenían una cara mucho más fea, nada veraniega -la idea del veraneo estaba en esas fechas, 1836, sólo a punto de inventarse- tanto para los vecinos de la ciudad como para algunos visitantes -la llamada Legión Auxiliar Británica- que habían venido -como ocurre hoy día- desde puntos tan lejanos como Irlanda, Escocia, Galés, Inglaterra…

Los hechos ocurrieron un 5 de mayo de 1836 y aunque son unos cuantos los testigos que contaron esos avatares bélicos, yo tomaré los datos de uno de los muchos documentos sobre los que ahora estoy trabajando para reconstruir la Historia de aquellos soldados británicos que vivieron esos angustiosos momentos de la primavera del año 1836 y que, como saben los lectores más fieles de esta página, me han proporcionado ya algún que otro correo de la Historia este año. A tal punto es rico el material que dejaron, blanco sobre negro, estos británicos venidos a luchar del lado de los liberales españoles en la primera de las tres guerras carlistas.

Lo que sigue, pues, es tan sólo un relato muy parcial -apenas un avance de lo que estoy investigando ahora mismo- extraído de una única fuente: el libro titulado “Twelve months in  the British Legion” escrito por uno de los oficiales de ese cuerpo auxiliar que, según nos dice Edward Brett -acaso uno de los historiadores que ha escrito el más extenso y documentado relato de esa fuerza británica- mandó a sus padres que guardasen todas las cartas que les enviase desde aquel País Vasco en guerra en el que él estaba para, en un futuro en el que confiaba en vivir, pudiera, si quería, escribir algo parecido a la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” del historiador griego Jenofonte.

Era un joven de 19 años, hijo de un general británico y se llamaba Charles Thompson y lo sabemos a pesar de que, finalmente, publicó la obra en un discreto anonimato.

Su relato de la acción del 5 de mayo de 1836, en la que participó en primera línea, ocupa gran parte del capítulo VIII de su libro.

Las órdenes que le llegaron, por primera vez, en 4 de mayo decían que él y los hombres bajo su mando debían llegar a los arenales de la bahía y desde allí cargar, como les fuera posible, contra las fortificaciones -formidables según todos los testimonios- que los carlistas tenían en la zona del Antiguo.

No se trató de una tarea fácil. Aquel 5 de mayo el “marco incomparable” vivió escenas que nada tiene que ver con las del plácido veraneo que hoy se escenifica en él.

Hubo ataques, cuesta arriba, a bayoneta calada, contra las fortificaciones carlistas desde las que se estrechaba el cerco sobre San Sebastián y que, naturalmente, tenían que desalojar forzosamente tropas del bando liberal como aquellas que mandaba el joven Thompson.

Este oficial vio escenas de verdadera bravura y un temor racional que no podríamos llamar legítimamente  cobardía.

Con verdadera elegancia señala que ese temor lo vio entre muchos de sus hombres, paralizados, sin posibilidad de que avanzasen sobre las líneas carlistas, que, naturalmente, los recibían con descargas cerradas de mosquetería y metralla.

Nada movía en esos momentos a aquellos voluntarios británicos de los parapetos en los que habían buscado refugio. Ni los curiosos sobrenombres con los que sus oficiales les recordaban a algunos de ellos que eran irlandeses y, por lo tanto, unos valientes natos  -apodos verdaderamente curiosos, desde O´Conellitas (recordando el nombre de su coronel, O´Connell) hasta una palabra que, curiosamente, adoptará un siglo más tarde la subcultura de la música reggae: “ragamuffins”-, ni el ejemplo de un oficial español -del regimiento Segovia, único en combatir ese día allí según Thompson- que, con una bandera roja en una mano y su sable en la otra, los animaba a continuar el avance desafiando el fuego de los carlistas.

Thompson mismo cayó herido bajo ese fuego enemigo, pero levemente, lo suficiente como para ver la llegada de refuerzos -el 4 de línea traído desde Santander por mar- y, sobre todo, para que el avance acabase con éxito cuando uno de los vapores de guerra que había venido acompañando a esta fuerza auxiliar británica, el Phoenix, comenzó a dar fuego de cobertura  con su artillería a esas tropas clavadas al terreno entre las arenas de Ondarreta y los restos humeantes de la iglesia de San Sebastián el antiguo incendiada días atrás por los carlistas.

Esas nutridas descargas de Artillería naval convirtieron, finalmente, en héroes a aquellos hombres que hasta entonces habían exhibido un prudente miedo a ser masacrados en aquellos ataques suicidas repetidos, una y otra vez, durante un 5 de mayo de 1836 que no, nada tenía que ver con lo que podría ser un 5 de mayo del año 2015, cuando ya empieza a vivirse ese estado tan placentero de cosas que solemos llamar “veraneo”.

Por difícil de creer que hoy resulte, esas escenas dramáticas, que parecen sacadas de una novela o de una película bélica, ocurrieron en el mismo lugar en el que, acaso, muchos han puesto hoy su toalla, pasean al sol en bici o leen en una tablet este artículo bajo una sombrilla que les recuerda esa tranquilidad que da estar de vacaciones en un marco incomparable que, como ven, echando la vista atrás sobre la Historia del lugar en cuestión, hubo veces en que no lo fue tanto…

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“Tenno, Tenno, banzai!” (“Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”). Historia para el 70 aniversario de la primera bomba atómica
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Carlos Rilova | 10-08-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya se habrán dado cuenta, entre el miércoles y el jueves de esta semana pasada, de que ahora se venía a cumplir una efemérides siniestra.

En este caso la de la primera bomba atómica, arrojada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima un 6 de agosto de 1945.

Yo, como ven, hablando como siempre desde la tribuna de la Historia, no quiero dejar pasar la fecha, para decir algo que les pueda ser de utilidad sobre el tema. Por ejemplo poniendo sobre el tapete argumentos para una discusión que, seguramente, habrá surgido mucho alrededor de esa fecha, de esos setenta años desde que la bomba fatídica se arrojó sobre Hiroshima y poco después, el 9 de agosto, sobre Nagasaki.

Es decir, para que tengan argumentos sólidos para cuando surjan las preguntas sobre cómo fue posible semejante atroz barbaridad -es la impresión que se sacaba si se veían los telediarios que cubrieron la noticia-, sobre cómo pudo ser posible que se llegará a eso.

La respuesta a eso, como todo lo que tiene que ver con la Historia y más con la Historia de Japón, es complicada. Lo cual no quiere decir que sea difícil explicarlo en apenas tres folios, que es lo que yo voy a intentar. Y además remitiéndoles a varias películas que, como saben, suele ser la manera más sencilla de empezar a comprender mejor un punto de la Historia dudoso, oscuro o que parece, visto desde lejos, muy complicado.

Empecemos por reconocer algo que se ha comentado en algunos libros de Historia contemporánea: que Estados Unidos no dudó en bombardear poblaciones japonesas con el terrible artefacto y que no se dio tanta prisa por hacer otro tanto con poblaciones racialmente más afines a los estadounidenses. Es decir, los alemanes.

Eso parece obvio. Como también lo parece que, como decía algún superviviente esta semana pasada en uno de los muchos minutos de televisión que se les concedieron, Estados Unidos los usó como conejillos de Indias.

Tampoco podemos olvidar que el lanzamiento de la bomba tuvo mucho de aviso a navegantes. En este caso a la URSS de Stalin, desde cuyas fronteras más orientales, dicen, se pudo ver el estallido de las dos bombas de Hiroshima y Nagasaki. Advertencia de lo más útil sobre lo que podía pasarle, al “padrecito” Stalin y a su URSS, si enfadaban a sus aliados yankees y que, aún así, contribuirá a iniciar una carrera de armamentos nucleares que nos mantuvo en vilo durante cerca de cinco décadas…

Pero al margen de todos esos motivos, tan feos, tan maquiavélicos, pero también tan plausibles para que Estados Unidos tirase las dos bombas atómicas sobre Japón, hay otra cara de esa realidad que, bien explicada, nos puede ayudar a hacernos una idea más exacta de la compleja situación que llevó a ese gobierno a hacer lo que hizo hace setenta años.

Seguramente ustedes conocerán películas como “55 días en Pekín” o “El último samurái”. Ambas muestran aspectos del Japón de la Era Meiji. Es decir, el que desde la subida al trono de Meiji Tenno (el emperador Meiji), impuso, precisamente por decreto imperial, la modernización y occidentalización de Japón.

La cosa se realizó con éxito desde 1868. Como ven en “El último samurái”, Japón se llena de gente vestida a la occidental -totalmente o en parte de su atuendo al menos- de telégrafos y de locomotoras y, sobre todo, de un Ejército equiparable en todo -uniformes, armas, tácticas…- a los más avanzados de Europa.

Tanto que apenas nada los distinguía de los ejércitos de los “gaijin”, los bárbaros extranjeros, los occidentales narizotas y de cabello rojo, tan aborrecidos hasta entonces por un Japón cerrado sobre sí mismo desde comienzos de nuestro siglo XVII y sólo abierto a cañonazos a mediados del XIX después de que la flota estadounidense del comodoro Perry forzase la primera apertura de puertos japoneses. Algo que daría lugar -aparte de a más películas de Hollywood y alguna que otra opera como “Madama Butterfly” y operetas como “El Mikado” de los inefables victorianos Gilbert y Sullivan- a la citada revolución Meiji de 1868.

Una que se manifiesta claramente, por ejemplo, en algún personaje de “55 días en Pekín”, concretamente un oficial del modernizado Ejército japonés, que se entiende a la perfección con sus colegas europeos a la hora de poner en acción contundentes medios contra los chinos tradicionalistas que asaltan en 1900 el barrio de las legaciones extranjeras en el Pekín imperial…

Hasta ahí todo correcto. Sin embargo lo que llamamos Segunda Guerra Mundial (1939-1945) puso de manifiesto que el Japón posterior a 1868 estaba modernizado sólo aparentemente, que por debajo de esos aspectos externos seguía fluyendo una fuerte corriente de tradicionalismo -mecanizado, pero tradicionalismo al fin y al cabo- que, como todas las situaciones contradictorias -y las que tratan de combinar progreso técnico con mantenimiento de tradiciones ancestrales lo suelen ser-, acabó estallando por algún lado.

Así fue, Japón, el Japón de los años treinta del siglo XX, dominado por una casta militar apegada al código militar anterior a la revolución Meiji, al de la época del pleno esplendor del mundo de los samuráis -guerreros de mayor o menor rango unidos por lazos feudales-, que exigía ciega obediencia al superior, morir antes que desobedecer y una lealtad sin fisuras en la que la muerte en combate, siguiendo ese “bushido” (literalmente “el camino del guerrero”), era la mayor meta vital que se podía alcanzar, siendo necesario incluso suicidarse -para eso era el pequeño sable que el samurái llevaba junto a su espada larga o katana- si la situación, el honor, en fin, lo exigía.

La propaganda de esos círculos militaristas japoneses exacerbó esa clase de sentimientos en los años 30. El estribillo de la canción que menciono en el título de este nuevo correo de la Historia “Tenno, Tenno, Banzai!” (que he traducido como “Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”) es un perfecto ejemplo del estado mental en el que estaban sumidos los japoneses en los años de esa Segunda Guerra Mundial, llevados constantemente a reverenciar al emperador Hirohito, un mortal -que se vestía a menudo con frac y chistera- como Hijo de la Diosa Sol y otras inverosimilitudes poco compatibles con una sociedad verdaderamente modernizada, más allá de las simples apariencias.

En definitiva, Estados Unidos se encontraba en 1945 ante un enemigo formidable, fanatizado, incapaz de rendirse -no olvidemos que los oficiales japoneses, junto a su uniforme occidentalizado portaban como símbolo de rango y arma una katana- y al que había que derrotar con algo nunca visto, antes de que el esfuerzo de guerra agotase definitivamente a la gran alianza sustentada por Estados Unidos.

La bomba atómica, dadas esas circunstancias, parecía en aquellos momentos una gran idea… Y poco más se puede decir, salvo que espero que, vistas las cosas desde esta perspectiva, les resulte más fácil comprender el porqué Estados Unidos decidió desatar un arma tan infernal sobre Japón ahora hace setenta años, en un verano que muchos supervivientes seguro nunca pudieron olvidar.

Imaginen, tan solo imaginen, lo que podría haber pasado si el emperador Hirohito no se hubiera visto obligado a reconocer que estaban derrotados a causa de aquellas bombas que parecían mil soles estallando a un tiempo…

La Historia, en efecto, es, a veces, una maestra que enseña crueles lecciones.

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Todo empezó con una gran derrota. Napoleón frente al almirante Nelson en Abukir (del 1 de agosto de 1798 al 1 de agosto de 2015)
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Carlos Rilova | 03-08-2015 | 11:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 3 de agosto de 2015, ya se han cumplido, con largueza, los doscientos años de la captura de Napoleón Bonaparte por la flota británica, ante las tormentosas -en más de un sentido- costas de la Francia de aquella época.

Fue a finales de julio de aquel año de victoria para la última coalición contra el llamado “Tirano de Europa”.

Por supuesto los focos de resistencia franceses no se extinguieron en ese momento y los ejércitos aliados tuvieron que aplicar una “amistosa persuasión” en distintos puntos de Francia, con mayor o menor gasto de pólvora y balas, para dejar clara constancia de que la epopeya napoleónica había tocado a su fin. Pero de esos episodios, especialmente de los que tuvieron lugar en el País Vasco y otros puntos de los Pirineos, hablaremos cuando se cumplan sus doscientos años redondos, a finales de este mes.

En cualquier caso, este 3 de agosto de 2015 no es un mal momento para recordar que la carrera de Napoleón que acaba así, entregándose a bordo de un navío de guerra de su majestad británica, empezó, paradójicamente, escamoteando su persona a la flota británica, después de una formidable batalla naval, la de Abukir, en las costas de Egipto, que tuvo lugar un 1 de agosto de 1798.

Así es, en esas fechas, cualquier biografía del emperador les puede decir que éste se las seguía apañando muy bien en la turbulenta Francia posterior a la caída del régimen del Terror jacobino, logrando abrirse camino en medio de unos personajes que habrían convertido a nuestra actual numerosa legión de corruptos y políticos provincianos -esos interesados sólo en su propio interés, caiga quien caiga- en meros aficionados.

Tras su inteligente matrimonio con una de las “tres gracias del Directorio”, Josefina de Beauharnais (otra de las tres era la española Teresa Cabarrús, por si es necesario recordarlo), Napoleón supo aprovechar esa ascendencia ganada gracias a su alianza con una de las mujeres más influyentes del susodicho Directorio -que sustituye a los bebedores de sangre del Terror por la vía expeditiva- para ir escalando puestos antes de que hombres como el ciudadano Barras -uno de los jefes de ese Directorio, acaso el único que mandaba en él- se lo quitasen de en medio con su bien conocida falta de escrúpulos.
Fue así como el entonces ciudadano-general Bonaparte consiguió el mando de un formidable ejército que debía conquistar Egipto para que la vacilante República francesa pudiera doblegar a su mayor enemigo: el naciente imperio británico que veía así cerrada una de sus principales rutas hacia la que se está convirtiendo ya entonces en la joya de su corona: la India.

Una vez en Egipto, en tierra Napoleón se asegurará, como será habitual en él hasta 1812, fulgurantes victorias, acabando con el régimen de los mamelucos -de quienes hablamos en otro reciente correo de la Historia, por cierto- e imponiendo el dominio francés sobre ese territorio.

Un éxito que acabó muy mal aproximadamente un año después, en agosto de 1799. Para empezar el 1 de agosto de 1798 la flota del mejor almirante británico de esa fecha, Horatio Nelson, dio alcance, al fin a la flota francesa que había llevado al ejército de Bonaparte hasta allí…

A partir de aquí me ceñiré a lo que me cuentan algunos interesantes documentos reunidos en un libro no menos interesante: “Nelson and Emma”, una magnífica edición hecha por The Folio Society de Londres en el año 1994, a cargo de Roger Hudson.

En ese cuidado volumen se recoge buena parte de la correspondencia que el almirante Nelson sostuvo con la mujer de su vida. No hay en él ninguna carta con fecha de agosto de 1798 en la que Horatio Nelson dé cuenta de cómo le fue en esa batalla naval de Abukir que se considera una de sus mayores victorias. Sin embargo, el volumen conserva en sus páginas 129 a 134 el relato de uno de los oficiales bajo mando de Nelson aquel día, Edward Berry, capitán del buque insignia de Nelson, el Vanguard .

Berry cuenta que la flota británica entró con mucho cuidado en la rada de Abukir, donde la Armada francesa había anclado en previsión a que algo así pudiera ocurrir. Dice su relato que avanzaban midiendo cuidadosamente, con las sondas, la profundidad de las aguas sobre las que navegaban.

Así se dieron de frente con lo que Berry describe como un enemigo desplegado en una sólida línea de combate, con sus extremos reforzados por cañoneras y Artillería -la temible Artillería francesa de la época- emplazada en tierra para cubrir cualquier avance contra sus barcos.

Ante esto Nelson expresó un plan que, tal y como lo cuenta Berry, parece de una simpleza extraordinaria. El capitán le oyó decir que “donde hay espacio para que navegue un navío enemigo, hay sitio para que eche el ancla uno de los nuestros”.

Tras eso se pusieron en práctica los designios del almirante que el capitán Berry resume en que era necesario vencer o morir en el intento.

El caso es que todo salió bien… para los británicos. Dice Berry que el Goliath y el Zealous recibieron el primer fuego francés. Tanto desde las unidades navales como desde tierra. Después, unidos al Orion, el Audacious y el Theseus lograron romper la línea francesa en tanto que el barco de Berry, el Vanguard, conseguía rebasar esa misma línea y enfrentarse a Le Spartiate a una distancia tan corta como la de medio tiro de pistola. Así, cogidos ya entre dos fuegos, los navíos franceses no lograrán zafarse de las constantes andanadas de toda la flota británica. Entre otros barcos estaba allí, lanzando cañonazo tras cañonazo, el Bellerophon, uno de los navíos británicos que en 1815 tendrá el raro honor de aceptar la rendición de Napoleón.

Esto durará entre las siete y las diez de la noche, en una oscuridad sólo iluminada por los fogonazos de los disparos y por la explosión de L´Orient, a las 10, que marca el punto de inflexión de la batalla.

Sin embargo, los puntos de vista sobre el hecho pueden variar. Tal vez el daño infligido por la tenaz resistencia francesa en Abukir desmiente un tanto que esa victoria británica fuera tan rotunda, habiéndose obtenido a un alto coste. Y, de hecho, Napoleón no considera que esa derrota naval signifique el fin de las operaciones terrestres, que continuarán durante todo el año siguiente. Primero bajo su mando y después bajo el de Kléber, al que deja al frente de la ocupación francesa de Egipto cuando decide que lo mejor es que él, Napoleón, regrese a Francia para evitar que el Directorio acabe con él y sus planes, cuya ambición fue bien conocida hasta 1815.

El punto de vista británico es bastante distinto. Las noticias de la derrota francesa en Abukir tardan un mes en llegar a Nápoles, pero una vez que son recibidas Emma Hamilton, la amante de Nelson, el 1 de septiembre de 1798, escribe a su amor una exultante carta donde le cuenta los desmayos y ditirambos que se lanzan por todo Nápoles por esta gran victoria que, como señala lo que nos cuenta Emma Hamilton en esta impagable carta, han hecho del almirante todo un icono de moda, reflejado en los vestidos de mujer “a la Nelson”, como el que dice llevar en ese momento la propia Emma, o sus pendientes.

Lo cual no evitó que los franceses siguieran dueños de la mayor parte de Egipto hasta agosto de 1799. Lo cual debería llevarnos a reflexionar sobre el alcance, real, de determinadas victorias navales. Deslumbrantes sí, pero de efecto, cuando menos, bastante retardado y revelador, como en el caso de la de Abukir, de que la Marina es la única arma de la que dispone Gran Bretaña en esas fechas para evitar su derrota -¿tal vez su conquista?- por las armas de la aguerrida República francesa. Un arma, esa Marina, capaz de acabar con parte de la flota francesa, pero no de desembarcar con éxito tropas que desalojen a los franceses de Egipto en todo un año…

El resto, como ya sabemos, se fue fraguando a lo largo de los siguientes años. En 1805 Nelson moriría después de destrozar un poco más el poder naval francés, ganando tiempo para una Gran Bretaña que no habría resistido una invasión terrestre. Diez años después el astuto general Bonaparte que logra escapar de Egipto y evitar que las consecuencias de Abukir lo manden, como poco, al ostracismo político, acabará rindiéndose a los británicos en el Bellerophon. Un barco que había sobrevivido a esa gran batalla de Abukir para asistir a la definitiva derrota de Napoleón casi veinte años después.

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La Era de la Máquina. O cómo acabé pasando el sábado en un tren de vapor de la época victoriana (1830-2015)
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Carlos Rilova | 27-07-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado ya sabía, o casi, de qué iba a hablar este lunes: de trenes, máquinas de vapor y otros artefactos que, allá por 1830, empiezan a cambiar la faz del Mundo que había sobrevivido, hace 15 años, a las guerras napoleónicas.

No tuve que ir muy lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, para comprobarlo. Me bastó con acercarme al circuito de Iraeta, donde la encomiable iniciativa de la Asociación de trenes a escala 5” de esa localidad, liderada en esta ocasión por Aritz Irazusta, un joven diseñador industrial con verdadero interés por la Historia y la Historia de las máquinas con las que trabaja, llevó a cabo este sábado una de esas cosas tan comunes, por ejemplo, en Francia o en Gran Bretaña y esos otros países en los que la Cultura no se considera un lujo superfluo ni una afición tonta y sin ningún valor estratégico.

En efecto, a una escala, de momento, más modesta, en ese circuito se recrean, a distinta escala (valga la redundancia), máquinas de vapor, ferrocarriles, objetos industriales, en fin, que nos ayudan, como una especie de brújula histórica en el Tiempo, a adquirir conciencia de quiénes somos gracias a esa lección de Historia física, visible, tangible, audible…

Y allí, y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia, estuve, para ayudar, en lo posible, a que ese esfuerzo histórico, en todos los sentidos, se vaya asentado, cada vez más, año tras año, pues 2015 sólo ha sido el comienzo de las carreras de trenes de Errezil que tratan de conmemorar, en nuestras latitudes, las famosas carreras de Rainhill en las que se ensayaban los primeros trenes a vapor británicos allá por 1829.

No diré mucho más, creo que las imágenes de mis paseos por distintos trenes a vapor, de distinta escala, hablan por si solas.

Este sábado se trazó por allí una reconstrucción histórica tan minuciosa como fue posible, a la que concurrieron, por orden descendente de importancia, todos los personajes de aquella época en la que las máquinas de vapor crean el Mundo de abundancia en el que viven hoy, todavía, algunos países (parece ser que cada vez menos a causa de ciertas mentes obtusas que, como ya he dicho, creen que la Historia no trae consecuencias).

Así tuvimos en el circuito de Iraeta a reconstructores que figuraban ser los inversores dueños del ferrocarril (señor y señora de Lasala y Urbieta en este caso, siquiera sólo fuera para recordar al público allí presente que el primer ferrocarril a vapor de Nueva York -sí, Nueva York- fue financiado, en 1830, por ricos comerciantes guipuzcoanos como aquel), ingenieros -una pieza fundamental en aquel proceso sin el cual el dinero no hubiera producido más dinero convirtiéndose en vapor y de vapor en energía motriz- y sufridos trabajadores de aquel invento extraordinario que revoluciona los transportes acortando distancias. Gentes éstas, extraídas del mundo rural la mayoría de las veces,  que se llevaron la peor parte de aquel magnífico nuevo negocio y, sólo por eso, deben ser recordados especialmente.

Tal y como reclamaba el famoso poema de Bertolt Brecht en el que se pregunta por los obreros que construyeron Tebas, las Pirámides y todas las cosas que en el Mundo han sido.

Todos los y las presentes allí hicieron posible esa ceremonia del recuerdo este sábado y para que los hechos y las palabras no se las lleve el viento del Tiempo era preciso que hoy, aunque fuera en muy pocas líneas, lo contase, lo dejase dicho para que estos actos de recuerdo de quiénes somos, del punto del que hemos salido y al cual hemos llegado, no se olviden.

En definitiva, para que el año que viene, en la segunda edición de las “Errezil trials”, haya en el circuito de Iraeta y en el Museo del Ferrocarril de Azpeitia más visitantes que se instruyan, con poco esfuerzo, sobre los hechos que dieron lugar al mundo en el que ellos viven ahora y de cuya Historia fueron parte, aunque, con el paso de muchos años nefastos y los malos consejeros, lo hayan lamentablemente olvidado.

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