Diario Vasco
img
Autor: Historiavarduli
“Cuando las barbas de tu rey quieran chamuscar… Ponte a leer libros de Historia”. Una vez más el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1613-2017)
img
Carlos Rilova | 10-04-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí. Ya lo siento, pero esta semana, otra vez, voy a dedicar este correo de la Historia al tema del Brexit y la Historia. Por alusiones, como se suele decir en el Parlamento.

Las alusiones, en concreto, proceden de caballeros británicos de tan alta alcurnia como Lord Howard y del contra-almirante Christopher John Parry. Las de este último han sido de lo más llamativas.

En efecto, si Lord Howard se las prometía -hace ya más de una semana- muy felices pensando que, de ser menester, la Royal Navy y el Ejército de Su Majestad harían en Gibraltar lo mismo que se hizo en las Malvinas allá por 1982, el almirante (retirado) Parry (veterano de esa guerra) fue aún más lejos y declaró que la capacidad ofensiva de las fuerzas británicas era muy superior a las españolas y que la Historia demostraba que los enfrentamientos entre España y Gran Bretaña siempre se habían saldado con la victoria británica. Como colofón añadía el almirante Parry una jocosa advertencia, indicando que, así las cosas, la barba del actual rey español, Felipe VI, podría salir chamuscada de ese enfrentamiento.

Bien, estoy sorprendido. La imagen tópica que se ha ido difundiendo por el Mundo, desde hace años, de caballeros como Lord Howard y el almirante Parry es que poseen magníficas casas (a ser posible de campo) con no menos magníficas bibliotecas con estanterías de nobles maderas, alfombras Wilton, sillas Chippendale, cómodos tresillos Chester y cosas así. Pensemos, una vez más, en David Niven interpretando al embajador británico ante la corte imperial china durante la rebelión boxer (allá por 1900) en aquella bizarra película, “55 días en Pekín”, convirtiendo (con harto dolor) los libros de una de esas magníficas bibliotecas en barricadas para contener a los salvajes boxers…

Y ahí surgen, inevitables, las preguntas: ¿qué clase de libros de Historia hay en esas bibliotecas tan predicadas en la Mitología de la gran pantalla?. ¿Acaso sólo existen ahí, en las películas y en series de Televisión como “Downton Abbey”?. ¿Los libros que contienen sólo son carcasas falsas de esas en las que se guardan secretos familiares, pistolas de duelo o una secreta colección de afamado coñac?…

No quiero ponerme sarcástico, pero tanto Lord Howard como el almirante Parry, con sus imprudentes declaraciones, dan pábulo a esa clase de sospechas. Tanto uno como otro parecen tener serios déficits en su formación sobre Historia.

Empecemos por Lord Howard. Para cualquiera que conozca más o menos el reinado del rey español Felipe III (1598-1621), resulta cuando menos pasmoso que un Howard, nada menos que un Howard, pretenda llevar la guerra a España y, además, esté seguro de ganarla. Como se diría en aquella época, “habla quien más tendría que callar”…

¿Por qué digo esto?. Sumerjámonos en los libros de nuestras bibliotecas públicas y privadas que, parece cada vez más evidente, nada tienen que envidiar a las cinematográficas bibliotecas de los nobles lores y caballeros británicos. Por ejemplo en un libro del marqués de Villaurrutia escrito nada menos que hace más de un siglo, en 1913: “La embajada de Gondomar a Inglaterra en 1613”.

Las instrucciones de este caballero español, el conde de Gondomar, veterano de la última guerra contra Inglaterra, indicaban que debía forzar en la Corte de Londres acuerdos con el grupo de cortesanos llamados “los bien intencionados”. Todos, o la mayoría de ese grupo, eran próximos a los “recusants”. Es decir, católicos camuflados en la Alta Iglesia de Inglaterra y, por tanto, muy favorables a acuerdos con la principal potencia defensora de su verdadera religión. Esa que, ante todo, era un muro de contención frente a los puritanos, favorables a la guerra contra el que ellos llamaban “Anticristo romano” y sus defensores. Esos mismos caballeros que olían a dinero viejo y a privilegios cortesanos y, por supuesto, la maquiavélica España de Felipe III…

Vamos con la lista de nombres que integraba ese “lobby” de cortesanos ingleses. Mucha atención por favor. Eran Henry Howard, conde de Northampton, Thomas Howard, conde de Suffolk y Lord Alto Tesorero,  Charles  Howard, conde de Nottingham y, además, Lord Alto Almirante y Thomas Howard, conde de Arundel…  En fin, ya lo ven, la familia Howard, al completo, no deseaba la guerra con España en 1613 y su disposición de ánimo era tan generosa que aceptaron generosos subsidios de la corte española (que, desde luego, se los podía permitir gracias a las minas americanas). Subsidios que personas más cáusticas que el historiador que escribe estas líneas no dudan en calificar con otro sustantivo más calificativo: sobornos…

Bien, ahí lo tenemos. El descendiente de tan ilustre familia, los Howard, apelando hoy a la parte de la Historia de Inglaterra que más le interesa y olvidando esa otra parte, en la que, además, su propia familia y linaje fueron protagonistas, diciéndonos que Gran Bretaña defenderá hasta el último cartucho Gibraltar si fuera menester… El cuadro en su conjunto, si me permiten, es ciertamente triste, decepcionante. Lord Howard, descendiente directo de “los bien intencionados” del tiempo del rey Jacobo I, demuestra conocer muy mal la Historia de su propio país -y la de su propia familia- y comete lo que, visto bajo esa luz, es una inoportuna indiscreción indigna de un noble lord inglés. O de lo que nos han hecho creer hasta ahora que es un noble lord inglés: discreto, juicioso, comedido, diplomático, bien educado en todas las ciencias y en el trato diario…

¿Qué decir sobre el desafío lanzado por el almirante Parry?. Pues prácticamente lo mismo. El veterano marino parece conocer tan mal la Historia de Gran Bretaña como Lord Howard. Parece que el tiempo se detuvo para su imaginario histórico en el año 1588, que después no pasó nada, que la derrota de la Armada de ese año selló el dominio de los mares para “Britania” desde entonces. No voy a volver sobre los años negros (para Inglaterra) de la época en la que su alta nobleza, como los Howard, preferían recibir subsidios españoles (o sobornos, si les gusta más esa palabra) antes que ir a la guerra contra Felipe III. Tampoco volveré, como la semana pasada, a las desastrosas campañas de la Guerra del Asiento y la de Sucesión austriaca, entre 1738 y 1748. En las que los éxitos de la Marina británica se contaron con los dedos de la mano, y estaba prácticamente inerme ante la potencia de fuego de las fuerzas españolas. Bien por separado, bien en conjunto con Francia.

Y es que hay ejemplos abundantes. El almirante Parry parece no saber nada de la Guerra de Independencia de Estados Unidos (entre 1776 y 1783) donde la Royal Navy, una vez más, fue incapaz de controlar las rutas atlánticas, enfrentada a la Marina española y a los numerosos corsarios armados para la ocasión. Los mismos que hicieron trizas toda posibilidad de abastecimiento a las tropas británicas en Norteamérica. Sometidas así a un lento desgaste que las condujo a la derrota final de Yorktown, ante una potente flota francesa que, por cierto, estaba allí gracias a la inestimable ayuda de España y sus leales súbditos cubanos, que la acogieron en La Habana y la financiaron. Eso por no hablar de todas las unidades terrestres españolas desplegadas entre la actual Luisiana y el estado de Illinois, que, sobre el campo de batalla, contribuyeron notablemente al desgaste de los cada vez más escasos recursos británicos en Norteamérica…

Ciertamente en esos años, el intento de recuperar Gibraltar por la fuerza, acabó en fiasco. Pero esa pequeña victoria -si así se quiere ver- fue simplemente simbólica. Los británicos perdieron en esas fechas Menorca, que habían ocupado en 1763 y, ya de paso, toda Norteamérica salvo Canadá. Aparte de tener que aceptar toda clase de condiciones de España y Francia en la mesa de negociaciones de París…

¿Qué pasará ahora?. Probablemente que declaraciones como las de Lord Howard y el almirante Parry se queden en nada. Pero bueno es saber que la Historia jamás podrá respaldarlas. Si leemos libros de Historia, no panfletos, es evidente que, por tradición histórica, debería ser España quien ganase. Por más que les pese a los tan mal informados Lord Howard y almirante Parry.

Mientras llega ese momento, sin embargo, sería muy oportuno que las autoridades españolas se hicieran un favor a sí mismas y a los británicos traduciendo al inglés y difundiendo por esas latitudes todo lo que historiadores y otros cultivadores del género (escritores de novela histórica de calidad más que aceptable, que también la hay en España. Ahí está la magnífica “Ladrones de tinta”) llevamos escribiendo desde hace años sobre cosas como los sobornos aceptados por los altos lores ingleses (como los Howard) en 1613 para no tener que ir a la guerra. O sobre la contribución española a la victoria de los estadounidenses en 1783. Cuando menos se conseguiría que caballeros tan estimables por otros conceptos, como Lord Howard o el almirante Parry, se callarán a tiempo, antes de dejar salir de sus bocas palabras tan imprudentes como mal informadas y que (es necesario decirlo) dejan en muy mal lugar a las clases supuestamente bien educadas de Gran Bretaña…

Ver Post >
Mala idea, primera ministra, mala idea. El retrato de sir Robert Walpole, el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1742-2017)
img
Carlos Rilova | 03-04-2017 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo siento pero no me he podido resistir. Esta semana sabía, a ciencia cierta, que iba a escribir en este nuevo correo de la Historia -pasase lo que pasase- sobre la  ocurrencia de la primera ministra británica (de momento) de firmar los papeles para activar el “Brexit” bajo la mirada petrificada al óleo del que pasa por ser (eso repitieron hasta la saciedad todos los telediarios) el primer ministro británico de la Historia. Nada más y tampoco nada menos, que sir Robert Walpole.

Me he quedado asombrado por esa elección. En España existe una lista de defectos más que considerable en los que me he sumergido de la mano del profesor Ian Gibson y su recentísimo “Aventuras ibéricas. Recorridos, reflexiones e irreverencias”. Libro que les encarezco lean porque, se esté más o menos de acuerdo con este hispanista dublinés y lo que nos cuenta, se puede aprender mucho de ese país llamado España del que algunos, todavía, lucimos pasaporte por el Mundo.

Entre otros defectos, aparte de la maldita manía de hacer ruido a todas horas y en casi todas partes, Gibson señala en su capítulo final la desidia con respecto a muchas cosas. Por ejemplo, la investigación científica. No falta algo más que un inquietante fondo de verdad en lo que Gibson, más que decirnos o contarnos, nos advierte.

Sin embargo, en eso, como en tantas otras cosas que se han señalado como defectos “hispanos”, está claro que la famosa “piel de toro”, ese país que Gibson describe (con acierto) como un minicontinente único en el Mundo, no tiene la exclusiva. Si así fuera, muy probablemente la actual premier británica habría puesto el retrato de cualquier otro eminente británico (o británica) para que asistiese, como egregio testigo al óleo, a la histórica decisión de abandonar la Unión Europea por parte de Gran Bretaña.

¿Por qué digo esto?. Me imagino que ya supondrán que por buenas razones, contrastadas documento a documento. Algo que, seguro, ya se imaginarán hasta los trolls que suelen dejarse caer, furibundos, por esta página cada vez que oso decir algo sobre Gran Bretaña y una Historia de ese país mejor documentada, que a ellos, en su simpleza primaria, no les encaja.

Es obvio que la primera ministra británica, al decidir arroparse con ese cuadro en ese acto que podemos llamar “histórico”, demuestra estar intoxicada por los tópicos románticos sobre España y la Historia. Esos que afirman que la Historia de Gran Bretaña frente a España es una Historia de constante éxito y la de España frente a Gran Bretaña, necesariamente, una de constante fracaso. Nada menos cierto. Como queda cada vez más claro a medida que avanzamos en nuestros estudios históricos sobre esta cuestión. Unos que -sorpréndanse- nos llevan a descubrir en toda su chocante naturaleza, casi patética, lo inapropiado que resulta tener un retrato de sir Robert Walpole a las espaldas mientras se firma, sin perder una sonrisa de lo más satisfecha, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es posible que, en efecto, Walpole fuera el primer británico digno de tal nombre, sin embargo su gestión fue, sencillamente, desastrosa y, por esa misma razón, no se puede concebir, desde el punto de vista histórico, mayor error que utilizarlo como bandera triunfal para marcar el hito de la deserción europeísta de, de momento, una Gran Bretaña que, sólo para empezar, podría acabar perdiendo por esa decisión, en corto o medio plazo, Escocia, acaso el viejo “Pale” del Ulster, tal vez Gibraltar (veremos, pronto, en qué quedan las amenazas militares que se han dejado caer hoy mismo por parte británica)…

Repasemos la breve carrera de Walpole como primer “premier” británico.

Es posible, como nos recopila y cuenta el libro de Ian Gibson ya mencionado, que los visitantes anglosajones creyeran que, en la segunda mitad del siglo XVIII, España estaba hundida, que nada funcionaba, que, como decía uno de ellos, el “genio español” estaba siendo minado por la herrumbre de la desidia. La falsedad del tópico es manifiesta en cuanto leemos todo eso a la lumbre de cualquier documento de la época.

Independientemente de posibles descuidos en la administración pública, como los que encontraron -o creyeron encontrar- viajeros como Swinburne (que, además, tenían la insólita pretensión de ser los primeros “extranjeros” en pisar España, ignorándolo todo de las numerosas colonias de comerciantes alemanes, flamencos, genoveses, holandeses, ingleses… en ciudades como San Sebastián, Bilbao, Cádiz…), lo cierto es que la España dieciochesca era un conglomerado que, en esas fechas, abarcaba dos hemisferios y que, le pesase al curioso impertinente que le pesase, funcionaba. Algo mejor que bastante bien.

Hecho que tuvieron ocasión de comprobar la Marina, las tropas y la clase política británica bajo el breve, y desastroso, gobierno de ese mismo Walpole que Theresa May ha escogido, muy inoportunamente, para sellar la salida de Gran Bretaña de la UE.

En efecto, sir Robert se dejó arrastrar a una ruinosa guerra contra España a partir de 1738. Desde ese día, y sólo para empezar, la mayor parte de las fuerzas navales y terrestres de las que disponía Gran Bretaña, se estrellaron contra las defensas de España en Cartagena de Indias. En un episodio que se ha hecho famoso gracias al inopinado resucitar de la vida del almirante guipuzcoano Blas de Lezo a través de ensayos y novelas de desigual fortuna y acierto.

La realidad de esos hechos fue aún más compleja que esa batalla de Cartagena de Indias hoy algo manida y desgastada por cierto chusco paleterio patrio, que primero olvida y luego exalta lo olvidado del modo más zafio.

La realidad histórica, sí, es que Gran Bretaña, bajo el mando de Walpole, estaba mal organizada y contaba con muchos menos recursos que la España de Felipe V. Después de Cartagena de Indias y hasta que sir Robert fue obligado a dimitir en 1742, Gran Bretaña endosó más desairados incidentes en esa guerra en la que España (y no a la inversa, como se ha dicho hasta ahora) arrastró finalmente a la Francia de Luis XV a un conflicto internacional que se prolongaría hasta 1748. Aparte del sonado incidente de Cartagena de Indias, los intentos de ataques británicos en la costa cantábrica, especialmente en el sector vizcaíno y guipuzcoano, resultaron indicios reveladores de la debilidad del poder británico bajo Walpole frente al combinado hispano-francés.

La llamada “Channel Fleet”, al mando del anciano almirante Norris, contaba con apenas cinco barcos de combate dignos de tal nombre. Su incapacidad para intentar algo siquiera mínimamente serio en las costas septentrionales españolas quedó manifiesta en muchas ocasiones. Así, un amago de desembarco en La Concha de San Sebastián durante la Guerra de Sucesión austriaca se saldó tras disparar los expertos artilleros de la fortaleza de Urgull un par de cañonazos sobre los barcos que Norris destacó hasta allí. Aparentemente, dado su escaso número, sus capitanes debían tener órdenes de no arriesgarse a quedar hundidos, mermando a la ya muy mermada Flota del Canal…

Obviamente, ese aumento reciente de nuestro caudal de conocimientos sobre la Guerra del Asiento, que derivó en la Guerra de Sucesión austriaca, es algo de lo que carece la actual primera ministra británica. De otro modo habría elegido otra imagen “histórica” para firmar una salida de la Unión Europea que, muy probablemente, con el tiempo, resultará un episodio tan poco brillante como el breve gobierno de Walpole.

A menos que Theresa May sepa español, se haya leído, entre otras muchas cosas sobre la Guerra del Asiento, el trabajo del que esto suscribe sobre el fiasco, casi general, de las expediciones al Cantábrico publicado a finales de 2016 y así, conscientemente, lo que haya querido escenificar con el retrato de Walpole a sus espaldas, mientras firmaba el Brexit, es que está muy al tanto de que, con él, lleva a Gran Bretaña por la misma vía de desastre histórico. Todo podría ser… Pues cuanto más sabemos sobre nuestra propia Historia, más claras están (o deberían estar) algunas cosas. Como, por ejemplo, el lugar en el que nos deja (o nos debería dejar), a todos nosotros, de Irún a Algeciras, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea…

Ver Post >
¿Qué hubiera pasado (o pasaría) si no hubiera habido Unión Europea?. Algunas reflexiones a 60 años vista (1957-2017)
img
Carlos Rilova | 27-03-2017 | 11:43| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no ha sido fácil dar con un tema sobre el que escribir. Más que por otra cosa, porque la principal efeméride histórica de esta semana tiene que ver con el aniversario de la creación de lo que luego sería la actual Unión Europea. Y es difícil dar con un tema histórico más aburrido, la verdad. Basta con compararlo con la otra alternativa que podría haber titulado “¿Dónde vas Alfonso XII?. A la guerra del Norte, a la Guerra del Norte… (1875-2017)”, pues este viernes pasado se cumplían años, también, del momento en el que el tatarabuelo del actual rey de España, el mencionado Alfonso XII, asumía plenos poderes y se ponía al frente de su Ejército para sofocar, definitivamente, la rebelión carlista que había arraigado en el Norte del país. Donde, por ejemplo en territorio guipuzcoano, se vivía en esos momentos de marzo del año 1875 una situación desesperada. Quedando sólo unas pocas plazas en manos de tropas regulares y voluntarios liberales locales que trataban de impedir que una capital como San Sebastián (con todos sus recursos estratégicos, financieros…) cayese en manos de los carlistas, para dar así un giro a la guerra.

Pues sí, es obvio que ese otro tema, el de la épica Guerra del Norte en 1875, podría haber sido mucho más entretenido que hablar sobre la fundación de la Unión Europea. Ese tedioso, burocrático y controvertido conglomerado de estados-nación.

Sin embargo, finalmente me he decidido por ese tema por dos razones. La primera es porque, pese a todos sus defectos, la Unión Europea es algo demasiado importante, históricamente hablando, como para dejar pasar por alto el 60 aniversario de su fundación. La otra buena razón por la que he sacrificado a eso un par de páginas dedicadas a describir una serie de batallas que -en manos de Hollywood- nos dejarían con la boca abierta, es que, casualmente, topé esta semana pasada con un viejo conocido. Se trata de la “Historia de España virtual (1870-2004)” dirigida por el profesor Nigel Townson. En ese libro se estudia lo que se ha llamado “Historia contrafáctica”. Es decir, una Historia que especula con qué hubiera pasado, qué curso habrán seguido los acontecimientos históricos, de no haber ocurrido tal o cual cosa. En el caso de ese libro, por ejemplo, si el general Prim (del que hablábamos por aquí hace unas semanas) no hubiera muerto en atentado en 1870 o si España hubiera entrado en la Segunda Guerra Mundial… y así sucesivamente.

Esa manera de abordar las cosas, muy cerca de la ucronía (que es lo mismo que un análisis contrafáctico pero con mucha Literatura, como ya demostré en estas páginas en el año 2014), hace que hasta el tema más aburrido (como puede serlo la Unión Europea) resulte pasablemente entretenido.

En efecto, no voy a abundar en cifras, datos y fechas sobre la Unión Europea que, seguramente, ya les habrán arrojado este fin de semana pasado en diversos artículos de fondo de distintos periódicos y suplementos. Tampoco voy a hablar mucho de cómo un político francés con altura de miras como Schumann (o financieros como Jean Monnet) y otros alemanes como Adenauer o italianos como Gasperi con iguales alturas de miras, echaron las bases en el año 1957 para que surgiera una serie de acuerdos comerciales entre países europeos, después un mercado común, una Comunidad Económica Europea…         

No. Sólo hablaré, y brevemente, del porqué, de las razones para crear ese mastodonte político que se ve tan cuestionado hoy día por unas poblaciones europeas castigadas por una inacabable crisis económica (con un hedor cada vez más fuerte a caída de Imperio romano) y que, lógicamente, no ven las ventajas de permanecer en esa confederación.

Quien quiera que haya visto imágenes de Europa en el año 1945, sabrá el porqué de la aparición del mastodonte político en cuestión. En esas fechas se constataba que la constante histórica en la Historia europea -desde la aparición de los Estados-nación en el siglo XVI- de sostener guerras constantes por la supremacía sobre ese continente que, también desde esas fechas, dominaba la mayor parte del Mundo, había llevado a un callejón sin salida. Uno tan oscuro y tan sin salida (salvo la mutua destrucción o el convertirse en vasallos de otras potencias mayores y mejor cohesionadas) que llevó a la creación de la Unión Europea apenas pasados doce años de esas escenas terribles que resumían tres siglos de guerras jalonados por nombres como Carlos I, Felipe II, Luis XIV y todos los Borbones españoles y franceses del siglo XVIII, Napoleón, Bismarck, Hitler…

Por eso llegó a existir la Unión Europea. Y al llegar a este punto parece un buen momento para preguntarse qué pasaría sin tan tedioso y burocrático aparato que, mal que bien ha funcionado estos últimos sesenta años sin guerras de importancia en Europa (excepto el drama yugoslavo, que dio una idea de las graves carencias de la UE) no existiera o dejase de existir.

En primer lugar es evidente que si el mastodonte con sede en Bruselas dejase de existir volverían a aparecer una serie de estados-nación entre los que, acaso, pronto aparecerían también nuevas veleidades de imponerse por la fuerza desnuda y brutal al resto de países europeos. A ese respecto, Alemania podría ser la candidata ideal dado que, como lleva demostrando desde su reunificación, su objetivo ha sido ejercer sobre gran parte de Europa una especie de imperialismo económico que se ha transformado en desagradables gestos políticos. Unos que sólo han empezado a moderarse algo con la salida efectiva de Gran Bretaña de la Unión y con la creciente amenaza, incluso dentro de Alemania, de movimientos que recuerdan mucho a los que devastaron Europa en los años 30, como Pegida o Alternativa por Alemania.

Sin excluir esa posibilidad, otra de las consecuencias que podría traer aparejada la inexistencia o la destrucción de la Unión Europea, sería lo que ya se intuía a la vista del Berlín en ruinas de 1945: una Rusia rediviva pronto avasallaría (en el sentido más literal del término) a ese conglomerado de países sin una Política común y sin posibilidad de defensa común siquiera teóricamente. A diferencia de lo que ocurre ahora, donde al menos hay una apariencia de fuerzas armadas europeas.

El modo en el que se comporta la Rusia donde Vladímir Putin lleva años gobernando en lo que parece más una pseudodemocracia que una democracia al estilo occidental, es un aviso demasiado evidente como para ignorar qué podría pasar si la Unión Europea, en  lugar de consolidarse, se difuminase todavía más, ahondando las causas del descontento y la desafección de muchos europeos o mostrándose sus líderes incapaces de articular una política verdaderamente europeísta.

En estos momentos, en este 60 aniversario de la fundación de la Unión, nos encontramos en un punto Jumbar (o “Jonbar” como quieren los puristas). Es decir, en uno de esos momentos en los que la Historia puede tomar un rumbo u otro.

No cabe duda de que para los millones de europeos que han disfrutado sesenta años sin guerra, sin peste, sin apenas hambre entre el 90% de ellos, sin nada, en fin, de lo que fue habitual entre 1500 y 1945, el curso de los acontecimientos más conveniente sería el de que se consolidase lo iniciado en 1957. Basta con ver quién se alegraría de que eso no fuera así al Este de Bruselas o al otro lado del Atlántico… Y desde ahí, sobran más palabras. Es hora de hechos para que, por muchos años, podamos seguir diciendo “Feliz cumpleaños, Europa”…

Ver Post >
¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
img
Carlos Rilova | 20-03-2017 | 1:58| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

Ver Post >
Historia de las palabras. Palabras con Historia. “Para dar de comer aparte”. ¿Una expresión medieval que ha sobrevivido hasta hoy día?
img
Carlos Rilova | 13-03-2017 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia desde sus lejanos comienzos en junio de 2012, no es la primera vez que esta sección se ha metido a averiguar el origen histórico de ciertas palabras o expresiones. Por ejemplo “a palo seco”. Supongo que ésta tampoco será la última, porque hay muchas frases hechas, como esa, o como la que vamos a examinar ahora mismo, que utilizamos inconscientemente, sin saber si tienen, o no, una larga Historia detrás.

En el caso de la expresión “dar de comer aparte” o su variante más militar “hacer rancho aparte”, resulta difícil determinar cuál pudo ser el origen histórico de esa expresión.

Está claro, desde luego, que hoy quiere decir lo mismo que quería decir cuando salió a la palestra por primera vez. Es decir, que hay gente que, por una razón u otra, come aparte de otra gente.

¿Cuando pudo acuñarse esa expresión que, evidentemente, parece basarse en la observación de determinados grupos que se negaban a sentarse a comer con otros o eran enviados a comer aparte?. Probablemente en la Edad Media. Al menos es de ese período del que más referencias históricas tenemos sobre mesas o zonas de las mesas que segregaban a unos comensales de otros.

Cuenta por ejemplo el duque de Mandas en unas notas guardadas en su archivo personal, depositado a su muerte en 1917 en el Archivo General de Gipuzkoa, cuál pudo ser el origen de la palabra “beefeater”. Supongo que todo el mundo (hasta quienes no beben ginebra) tendrá clara la imagen de cierta marca de ese alcohol que toma su nombre, y su logotipo comercial, de los pintorescos guardias de la Torre de Londres que vigilan las famosas joyas de la Corona británica.

Decía el duque de Mandas en esa nota acumulada en sus extensos archivos, que normalmente “beefeater” se traducía como “comedor de buey”. Sin embargo, según la nota del erudito duque donostiarra que el origen de la expresión podía estar en que esos guardias del rey, o la reina, de Gran Bretaña, eran los herederos de los hombres de armas que en las cortes inglesas medievales comían de pie, en los “buffets” puestos  a los laterales de la mesa principal donde el rey y sus caballeros comían cómodamente sentados. La palabra original sería, por tanto, no “beefeater” sino una corrupción de “buffeteater”. Es decir, “los que comen en el buffet”, que no en la mesa principal y, evidentemente, serían, gentes a las que se daba de comer aparte.

Aparte de esta interesante apreciación, parece que la expresión podría haberse acuñado en Francia entre los siglos XIII y XV. Es una parte de la historia poco conocida (si la buscan en diccionarios especializados como los de José María Iribarren, Luis Junceda o Nestor Luján, la buscarán en vano) y que requiere, como mínimo, haber digerido algunos volúmenes de espesa erudición. Caso, por ejemplo, de la “Historia de la Teología católica” de Martin Grabmann, profesor de la Universidad de Múnich, que, como cuenta él mismo, decidió abordar esa Historia General de la que han llamado “Ciencia de Dios” en un tiempo tan turbulento como el año 1933. En ella podemos aprender, aparte de una larga lista de teólogos desde los comienzos de la iglesia hasta las tres primeras décadas del siglo XX, que esa rama del saber ha tenido un peso específico en tiempos pasados que hoy, quizás, se ha desdibujado un tanto, con eso que llaman “laicización”. Algo que, sin embargo, en la Edad Media no ocurría, llegando los teólogos a tener una importancia desmesurada y una consideración social similar a la que hoy se depararía, por ejemplo, a  uno de esos economistas que ejercen de “gurús” para la Reserva Federal de Estados Unidos o para el Banco Central europeo.

Más explícita (para quienes lean francés) es Alice Lamy, que en un artículo publicado en la revista especializada “Camenae”, en junio de 2011, describía cómo en la Universidad de la Sorbona (una de las tres más antiguas de toda Europa) se forma desde la Edad Media una élite de teólogos que tendrán un peso enorme tanto dentro como fuera de la Universidad. Para quienes hayan leído “El nombre de la rosa” y “Baudolino” del genial Umberto Eco, quizás ese fragmento de nuestra Historia medieval será bien conocido.

Lo cierto es que esa élite de teólogos que nos describe Alice Lamy con mano maestra en ese pequeño, pero sustancial, artículo, eran gente que, por lo general, comía aparte en aquella Sorbona de los siglos XIII y XIV, siendo poco dados a relacionarse con profesores de materias consideradas entonces como más triviales…

Ese parece ser el origen histórico de esa expresión que aún hoy utilizamos para dar a entender eso, que alguien se considera demasiado bueno para comer en la misma mesa que otros. Algo que valdría también -aunque en sentido inverso- para esos reyes medievales que hacían comer a sus guardias aparte, de pie, junto a mesas laterales. Esos “buffets” que hoy día, curiosamente, se han convertido en un aliciente a la hora de plantearse en qué sitio comer o qué hotel reservar para unas vacaciones, considerándose una muy buena opción la oferta de tener un “buffet” libre para desayunar o comer. Uno en el que, todo hay que decirlo, a diferencia de lo que pasaba en tiempos medievales, sí se permite sentarse a los comensales. Lo cual, obviamente, explicaría lo mucho que ha mejorado la cuestión de esa versión del “comer aparte” entre lo que suponía esa opción en una corte medieval inglesa y lo que supone en un moderno “resort”…

Ver Post >

Otros Blogs de Autor