Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Historia para el 14 de julio. Vida de madame Roland
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Carlos Rilova | 14-07-2014 | 11:31| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Tenía dudas acerca de qué hablar en este nuevo correo de la  Historia hoy, que es 14 de julio, el día en que se celebra la Toma de la Bastilla. Aquel tumulto que dio comienzo, tal día como hoy de 1789, al fin del Antiguo Régimen y que, por tanto, deberíamos celebrar todos en lugar de verlo sólo como la Fiesta Nacional francesa.

Había pensado en hablar de la presencia de españoles en aquel cataclismo  histórico. Más que nada por las mismas razones que mencionaba la semana pasada. Es decir, porque estamos muy necesitados de saber que ese país del que llevamos pasaporte en el bolsillo -España, me parece recordar- en contra de lo que piensa alguna gente que, asombrosamente, tiene acceso a micrófonos y columnas de opinión, no estuvo aislada ni del continente, ni del resto del Mundo ni, mucho menos, de los acontecimientos que lo conmovieron.

Me había parecido, pues, este 14 de julio una buena ocasión para hablar, una vez más, de cómo ha degenerado nuestra visión de la Historia desde el año 1978 hasta ahora. De dar lecciones de revolución a los invasores franceses en 1808 como se veía en material filmado para la Televisión de la época de la Transición -descárguense de la web de RTVE una “cosa” llamada “La gran batalla de Andalucía” y verán- a creer que este país es un gran parque temático que podría llamarse “LosSantosInocentesland”, y que nos hemos pasado toda nuestra Historia sumergidos en una especie de idiocia rural, ajenos a grandes avances y acontecimientos clave de la Historia como la propia revolución francesa.

Iba a ir por ahí, decía, pero, la verdad, dos sermones académicos sobre el mismo tema -o casi- en una semana, me ha parecido demasiado y así he optado por otra vía. De hecho, por otra mucho más amable y menos bronca.

Sí, hoy, aprovechando que es 14 de julio, que probablemente se lo van a recordar todo el día a golpe de Telediario, quiero rendir un homenaje a una protagonista de aquellos hechos.

Sí, han leído bien: “una protagonista”.

Bajo la sombra de los gigantes de aquellos hechos dramáticos desencadenados aquel 14 de julio de 1789, se olvida con frecuencia que también hubo algunas mujeres que tuvieron un papel protagonista en los mismos. Pocas, pero las hubo. Y tal vez precisamente porque fueron tan pocas -las circunstancias no daban para más, el Feminismo estaba en vías de invención en esos momentos- creo que se merecían ser recordadas hoy.

Al menos una de ellas. Se llamaba, o ha pasado a la Historia, con el nombre de madame Roland, que era el de su marido, Roland de la Platrière, con el que se casó a muy temprana edad.

Una buena salida para Marie-Jeanne Phlipon, huérfana nacida en el año 1754, que emparenta así con un hombre de ideas avanzadas en todos los aspectos, incluido el de dejar a su mujer reinar intelectualmente en uno de los famosos salones de aquel siglo, con razón llamado “ilustrado”, en el que se reunía lo más granado de la inteligencia de la época para discutir, para pensar, preparando así el camino a la revolución que ha llevado al mundo en el que hoy vivimos.

Esa apertura de vías a lo que hoy llamamos “democracia” fue algo especialmente notorio en el salón dirigido por madame Roland. Marie-Jeanne Phlipon, en efecto, era partidaria de ideas democráticas e igualitarias, que tendría ocasión de poner en práctica entre 1789 y 1793, en el punto más álgido de esos acontecimientos conocidos como “revolución francesa” que son los que hoy se conmemoran.

Así hasta que fue engullida, como tantos otros y otras, por aquel torbellino. El llamado “Terror” acabó con ella. El ala extrema de la revolución, los jacobinos, intoxicados de sangre y de una sed de venganza contra el Antiguo Régimen que rayaba en la paranoia, en lo enfermizo, la convirtieron en uno de sus numerosos enemigos -cada día más- reales o imaginarios.

Dijeron que estaba en correspondencia con el ministro británico, aquel odiado Pitt, fuente de todos los males para muchos franceses de la época. Eso además de ser girondina. Es decir, miembro del ala revolucionaria más moderada que fue masacrada por los jacobinos, también por temer que su tibieza acabase destruyendo la revolución iniciada en 1789 y que había atravesado el punto de no retorno con la ejecución de Luis XVI.

Íntegra hasta el final, madame Roland se defendió ante el tribunal revolucionario que la juzgó. Debió de ser una brillante defensa pues, como la experiencia suele demostrar, los tribunales con adjetivos -“revolucionario” en este caso- no suelen ser precisamente aquellos donde la Justicia imparcial está más garantizada.

Sin embargo, su compromiso con una política que divergía de la cada vez más enloquecida política jacobina, la llevó rápidamente de vuelta a la maquinaria infernal del Terror revolucionario, acabando en la tristemente famosa “Conciergerie”. Aquella sala de espera de las víctimas con las que era alimentada, a diario, la guillotina.

Madame Roland no tardó mucho en convertirse en una víctima más de aquella revolución dominada por hombres que veían enemigos en todas partes y sólo concebían ya la violencia extrema, el genocidio, de hecho, como vía de acción política.

Se dice que junto a la guillotina, madame Roland pronunció unas palabras que estaría bien recordar hoy y después de hoy: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”…

Después murió estoicamente y no pudo llegar a ver cómo la revolución era reconducida a unos cauces más humanos con la detención y ejecución de Maximilien Robespierre, aquel antiguo invitado a su salón literario y político.

Tampoco vivió para ver cómo la revolución se corrompía bajo el gobierno de la antitesis de Robespierre, el epicúreo y vividor ciudadano Barras, y cómo esto llevó, finalmente, a la dictadura napoleónica, a las guerras de ese mismo nombre, a la debacle de 1814, a los últimos “Cien Días” de Napoleón culminados por una nueva debacle en 1815, a la segunda Restauración y a las numerosas revoluciones y contrarrevoluciones que hicieron de Francia, y de Occidente, lo que es hoy día. Algo que, tal vez, se parece bastante a lo que ella soñaba entre 1789 y 1793. Pese a todas sus imperfecciones.

Por ello, pese a todo, hoy, 14 de julio, tal vez sea un muy buen día para recordar a Marie-Jeanne Phlipon y decir “merci bien, madame Roland… merci bien”. Gracias, muchas gracias, por creer en la Libertad, por defenderla con valor y por morir con dignidad antes que verla pisoteada.

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El 4 de julio y los años perdidos de 1776 a 2014. ¿Qué tienen en común la “Marcha de granaderos” española y la “Marcha de los granaderos británicos”?
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Carlos Rilova | 07-07-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, este viernes fue 4 de julio. El día en el que los norteamericanos del centro de Norteamérica, los que están entre México y Canadá, conmemoran su Declaración de Independencia frente a Gran Bretaña en 1776.

No se habló mucho del tema. Ya se sabe, hay cosas más importantes en juego, como el Mundial y las inundaciones y los huracanes -en Estados Unidos- que han distraído bastante la atención.

Las televisiones ni siquiera programaron alguna película -“Revolution”, “El patriota”…- para recordárnoslo, decantándose, en todo caso, por las que tenían que ver con la Primera Guerra Mundial o incluso la de Secesión.

Sin embargo, como, más tarde o más temprano, habrá algún día en el que toda esa parafernalia, por A o por B, vuelva a salir a la palestra, yo no quiero dejar pasar por alto la ocasión de hablar de un tema relacionado con ese 4 de julio.

Sobre todo porque le prometí a Paco Esparza, un lector voraz de este correo de la Historia, que el lunes más próximo al 4 de julio -es decir, éste- hablaría del tema que él sacó a relucir mientras dábamos cuenta de un banquete bastante multitudinario.

El caso es que este lector del correo de la Historia -y sin embargo amigo-, que, entre otras virtudes, tiene la de ser músico, comparó ante la atónita concurrencia de la que el firmante formaba parte, las bondades de la marcha granadera española con las de la británica.

Seguro que les suenan mucho las dos. La británica es esa flamante música que suelen tocar los granaderos británicos en ceremonias especiales y desfiles. La española… seguro que también: es el himno nacional español

Y, como casi siempre, aquí llegamos a la parte justificativa del artículo: ¿qué tienen que ver las marchas de granaderos españoles y británicos con el 4 de julio?.

Vayamos de lo más fácil a lo más difícil. Está claro que la “Marcha de los granaderos británicos” tiene mucho que ver con la revolución americana que estalla un 4 de julio de 1776.

En películas como la ya mencionada “El patriota”, puede verse a las banderas del general británico Cornwallis avanzando bajo esa música hacia el centro del campo de batalla, en plena Guerra de Independencia americana.

Eso es algo totalmente correcto desde el punto de vista histórico ya que, desde finales del siglo XVII a mediados del XVIII, esa música y su letra son bien conocidas y utilizadas por el Ejército británico en momentos especiales. Como puede ser un desfile o un acto de poder simbólico. Por ejemplo, el de desplazar los estandartes al centro del campo de batalla para dejar claro al enemigo que ha sido derrotado.

Aclarado lo que justifica la presencia de la “Marcha de los granaderos británicos” en todo lo que tenga que ver con el 4 de julio y la Declaración de Independencia de los yankees, vamos a pasar a un tema que, en principio, puede parecer más difícil.

Es decir, qué tendría que ver la “Marcha granadera” española con esos acontecimientos.

Los que siguen este correo de la Historia, al menos desde el 7 de julio del año pasado, ya sabrán que, por inverosímil que parezca, hay relación entre los españoles y esa Guerra de Independencia estadounidense en la que tan bien queda que los perversos generales británicos manden tocar su marcha granadera.

Sí, y esa relación va mucho más allá de lo que se dice, también en “El patriota”, respecto a usar como refugio de la guerrilla yankee una vieja misión española abandonada en un pantano.

Ya lo dije en el artículo publicado el lunes 8 de julio del año pasado. Libros hay, aunque no demasiados, en los que se cuenta la contribución española, económica primero y después descaradamente militar, a esa guerra que perdió Gran Bretaña.

Así pues, la relación existe. Está histórica y suficientemente demostrada en estudios muy serios como los que citaba yo en ese artículo al que les remito desde ya.

El problema es que, al parecer, es imposible relacionar ese contenido histórico con la divulgación por medio de, por ejemplo, películas como las que voy mencionando.

En efecto, la “Marcha granadera” española podría perfectamente haber aparecido en una película como “El patriota”. Hubiera bastado con que en la misma se hubiesen reflejado escenas de batallas en el Sur de ese futuro Estados Unidos en las que entraron en línea regimientos españoles que, como todos los de la época, tenían su sección de granaderos. Para los cuales, como ocurría en el caso de los británicos, existía una “Marcha” que se utilizaba en casos como estos.

Tal vez si cosas así se hicieran, aparte de recuperar pedazos de nuestra Historia que hemos ido dejando abandonados por ahí -de la manera más estúpida que se pueda imaginar-, empezaríamos a identificar ese himno con lo que realmente fue desde mediados del siglo XVIII y no con lo que fue entre 1939 y 1975, que es con lo único con lo que se identifica hoy día mayoritariamente. Guste o no guste.

Así nos podríamos emocionar oyendo nuestra “Marcha de granaderos” sin necesidad de gastarnos un dinero en ir a Londres a ver desfiles como el “Trooping the Colour” en el que la “Marcha de los granaderos británicos” es la estrella, mientras Su Majestad, igualmente británica, revista sus tropas. Acto de patético snobismo que luego nos lleva a comentar -para terminar de arreglarlo- que qué bonitas son estas cosas y ponernos malos cada vez que oímos un himno nacional que nos recuerda otras cosas nada tranquilizadoras: una bandera impuesta, un régimen de excepción durante más de cuatro décadas… en lugar de traernos a la memoria a un monarca ilustrado -y hasta “progre”- como Carlos III, a sus soldados de casaca blanca marchando por las calles de Madrid con esa “Marcha granadera” o tomando ciudades hoy tan norteamericanas como Mobile o Pensacola, abriéndose paso, bajo sus estandartes flameantes, entre líneas de casacas rojas como los que vemos en las películas, mientras suena la “Marcha de granaderos” española con el mismo empaque con el que suena la de los británicos en “Barry Lyndon” o en “El patriota”.

Y esa reacción snob ocurre sin ninguna verdadera razón. Fíjense en las dos ilustraciones de este artículo. La primera es de un granadero británico de la época de la Guerra de Independencia de Estados Unidos. La otra es de un granadero del regimiento Navarra, uno de los que lucha en esa misma guerra. Como ven, entre ellos apenas hay diferencia alguna. De hecho, me he tomado la libertad de poner a los dos cebando el arma que daba nombre a sus unidades y que, la verdad, en la época ya apenas se usaba.

Y sin embargo…  Sin embargo, a pesar del gran parecido, no acabamos de conseguir poner una cosa y otra a la misma altura, históricamente hablando, a la que realmente sí estuvieron.

 

Tienen toda esta semana para pensar en las razones por las que nuestra Historia nos parece tan fea y resulta tan poco en la gran pantalla -es decir, en la memoria colectiva de hoy día- y el porqué de dejarnos, por ejemplo, una buena parte de nuestro dinero en ir a Londres y ver desfiles al ritmo de la “Marcha de los granaderos británicos”, pensando, equivocada, muy equivocadamente, que aquí no tenemos, ni nunca tuvimos, nada ni siquiera parecido.

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Por fin es 28 de junio. Reflexiones sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial (1914-2014)
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Carlos Rilova | 30-06-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes leen habitualmente este correo de la Historia ya saben que no es la primera vez que hablo de la Primera Guerra Mundial, o, como la empezaron a llamar hace cien años, la “Gran Guerra”.

El primer artículo de esta ya larga serie de correos de la Historia, escrito a finales de la primavera de 2012, trataba de ese tema. En este año de 2014 ya he hablado al menos tres veces del asunto de ese centenario 1914-2014, siempre recordando el asombro que produce el que la llamada “industria cultural” no haya podido esperar a poner en el mercado sus productos sobre la “Gran Guerra” hasta después de este último sábado, que es cuando propiamente podría decirse que llegábamos al centenario exacto de la Primera Guerra Mundial, al cumplirse los cien años, también exactos, del atentado de Sarajevo.

Bueno, en cualquier caso, sea como sea, hoy, lunes 30 de junio de 2014, ya se ha cumplido ese centenario redondo y surge una inevitable pregunta, tras meses de hablar sobre el asunto: y ahora ¿de qué hablamos?.

Pues yo, personalmente, quisiera hablarles del número extra de la revista “J´ai vu…”. Una de las muchas que surgieron al calor de aquella “Gran Guerra”, inundando el mercado cultural de los beligerantes del mismo modo, o casi, que hoy inundan el nuestro libros, artículos en prensa, documentales, cómics y películas sobre ese asunto.

La revista estaba íntegramente dedicada a hablar de testimonios de esa “Gran Guerra”, apenas iniciada cuando salió este número extra. No era como, por ejemplo, “L´Illustration” que, aún dando mucha cabida en sus páginas a ese conflicto, seguía informando, aunque fuera tangencialmente, de otras actualidades.

Este número extra del “J´ai vu…” es especialmente valioso porque recoge, de manera consciente, una reflexión sobre los que considera son los tres primeros meses de lo que ahora llamamos “Primera Guerra Mundial”. Ya ahí nos estaba dando un dato valioso esa revista que ahora es, simplemente, un documento histórico que nos ayuda a reconstruir esa Primera Guerra Mundial de la que tanto se ha hablado en los últimos seis meses.

En efecto, la revista nos dice que esa guerra, en sí, no empezó el 28 de junio de 1914 con la muerte del archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo, sino, como pronto, entre finales de agosto y principios de noviembre de ese año.

E. Wetterlé, que escribe el artículo inicial de este número especial de “J´ai vu…”, hace unas reflexiones muy interesantes al respecto que nos dibujan, además, el estado de ánimo que podía haber en una de las principales potencias implicadas en la guerra -Francia- en esos momentos.

Wetterlé empezaba lanzando la pregunta de qué habían sido realmente los tres primeros meses de la guerra. Él creía que era algo de lo que ya apenas se acordaba nadie, especialmente de un curioso proceso que describe como el paso de una confianza absoluta en que no habría guerra a la sorpresa y la angustia durante los últimos días de julio y la última semana de agosto de 1914.

En esos momentos, dice Wetterlé lanzando otra pregunta retórica, la guerra era algo que nadie creía, asómbrense, ¡posible!…

En medio de ese estado de ánimo, siempre según Wetterlé, surgió una serie de acontecimientos que hicieron inevitable esa guerra inesperada. El primero de ellos, el atentado de Sarajevo que él describe más exactamente como “el asesinato de Sarajevo”.

Tras este hecho llegará la nota conminatoria de Austria a Serbia, la presión de Rusia y Francia para hacer aceptar al rey Pedro I de Serbia el ultimátum austriaco, la amenaza alemana, la movilización parcial del Ejército ruso, la declaración de guerra alemana al imperio del Zar, las última tentativas de Inglaterra a favor de la paz, las primeras noticias falsas de la agencia Wolff anunciando que el ejército francés había traspasado ya la frontera, el decreto de movilización general, la declaración de guerra a Francia, la violación de la neutralidad belga por las tropas alemanas, la intervención del Reino Unido y la declaración de neutralidad italiana.

Así resume Wetterlé, aquel periodista de hace cien años, el proceso que desde finales de julio de 1914 lleva a una guerra inevitable. Dice que fueron hechos que se sucedieron con una rapidez vertiginosa y que el drama había comenzado antes de que los aliados se hubieran podido recuperar de la primera sorpresa, causada por el desbordamiento de los hechos a partir del 28 de junio de 1914.

Y eso fue todo. Así comenzaron a tronar los que nuestra colega historiadora Barbara W. Tuchman llamó “los cañones de agosto”. Los que ya no dejaron de hacerlo hasta 1918.

De lo que ocurrió en Sarajevo, esa ciudad que los redactores del “J´ai vu…”  llamaban “Serajevo”, no se decía mucho más en ese número especial de esa revista aparte de, como hemos visto, considerarlo ya desde ese momento, el hecho que desencadenó esa serie de acontecimientos que culminaron con el estallido de la “Gran Guerra”.

Sólo se incluía un gran reportaje gráfico del que les ofrezco una pequeña muestra en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia.

Estaba en la página 3 de la publicación. Allí se veía al archiduque Francisco, a su mujer, la duquesa de Hohenberg, que, como dice el “J´ai vu…”, también cae bajo las balas de Gavrilo Prinzip -escrito así, con “z”, pese a que hoy la forma más usada es con “c”-, a sus hijos y a su hija y algunas otras fotos dispuestas en una composición muy “Belle Époque”, en la que destaca el brutal contraste gráfico entre las fotos de familia del archiduque arriba y abajo las de la detención de Princip y de algunos otros sospechosos de haber colaborado en el asunto.

En ese contraste se puede apreciar el cataclismo que estalla el 28 de junio de 1914 y que iba a borrar, de un plumazo, en cuatro años más, aquel alambicado universo tan seguro de sí mismo. El de la Europa positivista de la segunda mitad del siglo XIX, que, en un sangriento psicoanálisis, iba a descubrir bajo aquel engominado y encorsetado mundo, perfectamente representado por la foto de familia del archiduque, a la bestia que dormía bajo aquellos europeos dominadores de la Ciencia y el Arte, autonombrados tutores de pueblos supuestamente por civilizar a los que también llevaron a esa carnicería. Todo eso y, además, que, como decía Robert Mitchum en “Anzio”, una película sobre la segunda edición de aquella “Gran Guerra”, el hombre mata porque le gusta matar. Sin importar cuántas torres Eiffel haya erigido o cuántos tratados sobre Lógica o Química haya escrito.

Puestos a recordar el centenario de aquella “Gran Guerra” como ahora parece que lo estamos haciendo, tal vez esa sea una de las mejores reflexiones -aunque no la única- que podemos hacer mientras miramos, alternativamente, la foto de la detención de Princip y la de la familia del archiduque Francisco Fernando, cuya muerte prendió la mecha de aquella catarsis colectiva guarnecida por millones de muertos producidos por los últimos avances científicos de los ochenta años anteriores a 1914.

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Hablando de coronaciones, hablemos de Historia
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Carlos Rilova | 23-06-2014 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Hoy parece casi inevitable hablar en este nuevo correo de la Historia de coronaciones reales. En este caso, como no podía ser menos, de la del actual rey de España, Felipe VI de Borbón y Grecia, que, como ya sabrán, ha dado bastante que hablar.

Lo más interesante para mí, como historiador, ha sido oír que ésta ha sido la primera coronación de la monarquía española realizada de forma pacífica -o algo así- en muchos siglos. Los que han dado pábulo o se han hecho eco de semejante afirmación -y creo que han sido muchos-, demostraron así el habitual déficit de conocimientos históricos también tan habitual en un país que ha alimentado, durante más de siete décadas, una destructora tradición anti-intelectual.

Esa misma que se manifiesta en hechos tan sangrantes como que, mientras en Francia tienen ministros como Dominique de Villepin, que escriben admirables libros de Historia y, por lo menos, conocen la de su propio país, en España -e incluyo en el lote a las diecisiete comunidades autónomas, sin que falte ni una sola- parece ser que tenemos bien repartidos por distintas instituciones públicas y privadas solemnes ignorantes de ambos sexos que no saben de Historia ni siquiera cuando se supone que el puesto que desempeñan exige tener conocimientos en la materia; haciendo así -ellos y ellas- una perfecta evocación de aquel “Capricho” de Goya en el que se veía a un burro vestido con el birrete y la levita de un maestro de hacia 1800 empeñado en dar lecciones a los demás.

Pues sí, si los que han andado por ahí aireando eso de que la coronación de Felipe VI ha sido la primera en mucho tiempo hecha de manera pacífica, ordenada, legal, supieran algo de Historia, más allá de creer que el Mundo empezó en 1978, es probable que se hubieran callado a tiempo antes de soltar esa sincera confesión de que tienen acceso a puestos de responsabilidad y micrófonos sin tener ni idea de la Historia de su propio país. Ese mismo que aspiran a gobernar desde distintos puestos de poder.

En efecto, por no irnos más allá de la dinastía Borbón, los que han repetido esa frase sin que parezca siquiera que sabían lo que estaban diciendo, sí deberían saber que todos los reyes Borbón, desde Felipe V hasta Carlos IV -es decir, desde 1700 hasta 1788- fueron proclamados sin el más mínimo problema de acuerdo a un ritual prácticamente idéntico al que desde el siglo XV había solemnizado el ascenso al trono de todos los, y las, que ostentaron la corona real de España.

La cosa era bastante distinta a la que hemos visto en Televisión a lo largo de esta última semana.

Se lo cuento a partir de lo que se hizo en Fuenterrabía -hoy Hondarribia- allá por 1788, cuando se proclamó a Carlos IV como rey de España. En tan señalada fecha los alcaldes de la ciudad -tenía dos, como los tenían todas las poblaciones que eran plazas fuertes- mandaron venir a los vecinos intramurales -es decir, los que vivían tras las murallas- y extramurales -es decir, los que vivían fuera de las murallas- de toda su jurisdicción, que entonces llegaba, en línea recta, desde la ciudad en sí hasta la población de Lezo, pegada al actual puerto de Pasajes, casi a las puertas de San Sebastián.

Todos ellos debían venir vestidos con sus mejores ropas. Es decir, con lo que dictaba la moda del momento, que venía de Francia: casaca, chupa, calzón hasta media pierna muy ceñido, medias, zapatos de hebilla, sombrero de tres picos. En suma: el llamado traje militar que desde finales del reinado de Carlos II se convierte en moda y estamos hartos de ver en películas sobre la Europa y la América del siglo XVIII que van desde “La Misión” hasta “El patriota”.

Como los fueros de la provincia otorgaban a todos sus vecinos el privilegio de portar armas y ejercer como soldados, los convocados al acto debían llevar el armamento propio de un militar de la época. Ese que también estamos hartos de ver en películas como, por ejemplo, “Barry Lyndon” del genial Kubrick. Es decir, un tirante de cuero blanco con una cartuchera, otro tirante con un sable o una bayoneta -o ambos a ser posible- y un mosquete. Los vecinos que carecieran de ese equipo, como solía ser habitual, recibían, para la ocasión, ese mismo material del arsenal municipal.

Una vez reunidos todos en la calle principal ante el Ayuntamiento debían subir hasta la plaza de armas y allí, en formación ante un estrado en el que estaban los retratos del rey y su esposa, hacer un despliegue militar al uso de la época -también lo han visto en las películas- y solemnizar la cosa con descargas cerradas de mosquetería.

A lo largo de esa ceremonia uno de los alcaldes debía leer una proclama en la que señalaba a los presentes que oyeran que Castilla tenía un nuevo rey, que se llamaba Carlos IV y que el reino se declaraba en su favor. El asunto debía hacerse ondeando el pendón de Castilla varias veces.

Así se hizo allí, en Fuenterrabía, después del 14 de diciembre de 1788. Con la misma rutina con la que se había hecho en 1700, o después con el breve Luis I, con Fernando VI o con el mejor alcalde de Madrid, Carlos III.

La cosa sólo cambió a partir de Fernando VII. Con él comenzaron las proclamaciones turbulentas. La suya tras un golpe palaciego. La de su hija, en 1833, tras más intrigas palaciegas en las que el tormentoso Fernando VII, un ser más complejo de lo que imaginamos y quizás no tan conocido como creemos, se las apañó para dejar a su hermano Carlos María Isidro fuera de juego, provocando una larga serie de guerras civiles entre los liberales partidarios de la proclamada como Isabel II y el citado don Carlos, que hacía de su fosco hermano, por comparación con él, un furibundo amante de la Democracia y la Libertad.

El hijo de Isabel II no llegó con más tranquilidad al trono. Hubo un golpe militar para proclamarlo. Venía a sustituir a una madre a la que en 1868 habían vuelto la espalda hasta los monárquicos, venía tras la proclamación de una turbulenta aunque bien intencionada república que llega al abdicar Amadeo de Saboya, con el que el general Prim había querido poner en España una monarquía más parlamentaria, menos convulsa, que la de una Isabel II que no siempre supo en qué consistía eso.

Sin embargo, tras él, tras Alfonso XII, la coronación volvió, en 1902, a la normalidad del siglo XVIII con su hijo Alfonso XIII. Así hasta que Europa se volvió a ver metida en otro ciclo de turbulencias políticas y económicas que, por supuesto, se reflejaron en España como ya se habían reflejado las de la primera mitad del siglo XIX, haciendo, como es lógico, que las proclamaciones reales fueran, como muchas otras cosas, un verdadero problema.

Esa es, pues, la verdadera Historia de lo normal, o anormal, históricamente hablando, que ha podido ser la coronación de Felipe VI. Si hacen las cuentas ya ven que, de once reyes, siete de esa dinastía -incluido Felipe VI- han sido proclamados con relativa normalidad frente a solo cuatro -incluido Juan Carlos I-, que lo habrían sido rodeados de circunstancias de cierta excepción o emergencia.

De lo de la brutal y nada tranquila prohibición de las banderas republicanas este jueves en Madrid, hablaremos, quizás, en otro momento, cuando la Historia siga el curso que le marque la poca o mucha inteligencia política que se ponga en la palestra para que lo que empezó relativamente bien no acabe peor que mal.

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¡Bachi-buzuk!. Los “tacos” del capitán Haddock y la Historia
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Carlos Rilova | 16-06-2014 | 11:40| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Ya en otras ocasiones he dicho en esta misma página que, como se dice en euskera, todo lo que tiene nombre existe y, llevando hasta sus últimas consecuencias esa afirmación, puede decirse que todo lo que existe tiene una Historia.

Los famoso “tacos” del capitán Haddock, inseparable compañero del aún más famoso Tintín -ese reportero hito de la Historia del cómic creado por Hergé-, no son, desde luego, una excepción.

Puede que esto les parezca un tema culturalmente banal. Sin embargo, en Francia, o en Gran Bretaña, donde tienen mucho más sentido común, y de la oportunidad, para estas cosas, hasta le han dedicado exposiciones de lo más sólidas y más o menos sesudos estudios en diccionarios y libros como “Tintín y cia.” de Michael Farr.

A ese respecto resulta particularmente instructivo un breve artículo publicado en 30 de junio de 2003 en el ABC por Blanca Torquemada  -“Haddock o el barroquismo del insulto”-  y se lo recomiendo como iniciación a los tributos en español a esa cuestión de la Tintinología, que también existen.

Esa afición a indagar en los variados “tacos” de Haddock no es para menos, porque realmente los elaborados y, muchas veces, absurdos insultos que profiere el capitán cuando su irascible carácter se desata (lo cual pasa a menudo para deleite de los lectores), son toda una invitación a entrar en el bosque de Clío -la musa de la Historia, por si hacía falta explicarlo- y salir de ahí sabiendo una cosa nueva que no sabíamos.

Hoy vamos a fijarnos en uno de los más exóticos y sonoros: bachi-buzuk. Probablemente los tintinólogos más expertos conozcan su significado -explicado brevemente, por ejemplo, en el artículo de Blanca Torquemada al que me acabo de referir-  y hasta sepan con exactitud cuántas veces se repite y en cuántos álbumes. Yo lo he encontrado de principio a fin de la serie: en la página 38 de “El cangrejo de las pinzas de oro”, el primero en el que interviene Haddock, o en la 23 de “Vuelo 714 para Sidney”, uno de los últimos.

El caso que nos ocupa, sin embargo, es saber qué cosa es, exactamente, un bachi-buzuk.

La explicación, asómbrense, la dio, quizás por primera vez para el mundo francófono, un corresponsal de una -para nuestro punto de vista actual- divertidísima revista llamada “Journal des voyages et des aventures de terre et mer”. Una publicación dominical en la que se recogían reportajes de lo más variado que iban desde los viajes de Stanley contados prácticamente en directo, hasta dudosas aventuras de un marinero francés por todo el Mundo que sonaban, más bien, a invención para distraer a los buenos burgueses franceses de los comienzos de la Tercera República que a reportaje serio, digno, por ejemplo, del “National Geographic”.

El caso es que en varios números del “Journal des voyages” del año 1877, empezando por el del domingo 2 de septiembre, un corresponsal de la revista -que firmaba como “Vte. de Noé”- contaba quiénes eran estos bachi-buzuks.

En esos momentos se estaba desarrollando una nueva guerra, la llamada “de Oriente”, entre el moribundo Imperio Otomano y Rusia por lo mismo que ahora está más o menos a punto de desarrollarse entre Ucrania y la Federación rusa liderada por Vladimir Putin. Es decir, por el control de los pasos hacia el Mediterráneo, entonces en poder de un Imperio Otomano que contó, como en la llamada Guerra de Crimea, iniciada en 1853, con el incondicional -o casi- apoyo de Gran Bretaña y Francia, que veían comprometidas sus ansias imperiales en el Mediterráneo y el Cercano Oriente por las de Rusia.

Nos cuenta el corresponsal del “Journal des voyages” que en esas fechas las fuerzas de Caballería turcas no eran ninguna maravilla y estaban constituidas, fundamentalmente, por estos bachi-buzuks. La descripción que hace de ellos el periodista coincide bastante con los contextos en los que los suele situar la ira del capitán Haddock cuando convierte la palabra en uno de sus famosos “tacos”.

Es decir, se trata de una especie de salvajes indisciplinados provenientes de los confines del aún vasto Imperio Otomano, de las cuencas del Tigris, el Eufrates, las montañas de Kurdistán, el Golfo Pérsico…

Su actitud es levantisca. Hasta el punto de haber asesinado al coronel Beatron. El oficial inglés que, en la línea de Prim en la Guerra de Crimea, había sido puesto al frente de un contingente de tropas turcas. Para su desgracia una partida de esos bachi-buzuks que, además, eran pagados por Gran Bretaña, aunque al parecer no con la suficiente generosidad o frecuencia como para evitar un motín que la Marina británica tendrá que sofocar disparando sus cañones cargados a metralla sobre los insurrectos…

De Noé, el corresponsal del “Journal des Voyages”, da datos aún más pintorescos sobre el contingente de otros cuatro mil bachi-buzuks financiados por Francia para alivio de su aliado turco.

Después de hablar con el general que intenta mandarlos, llamado Yusuf, marchará por su campamento descubriendo una mezcolanza de armas  y vestidos totalmente irregular que le hace sentirse como si estuviese en medio del ejército persa de Darío.

Cada cual se arma por su cuenta. Unos con lanzas, otros con sables, otros incluso con hachas. Todos ellos, sin embargo, llevaban encima varias pistolas de las que, nos dice De Noé, no se separaban nunca.

El general Yusuf, haciendo gala de sus buenos oficios, estaba tratando en esos momentos de hacer de ellos una fuerza útil, intentando uniformizar su armamento. Por ejemplo, trayendo lanzas de Francia y repartiendo fusiles a los que no tenían. Algo que, sin embargo, como dice el corresponsal, no evitó que siguieran manteniendo sus variopintos arsenales y vestimentas.

A lo largo de sus visitas al campamento de este contingente francés de bachi-buzuks, en compañía de un esforzado general Yusuf y de uno de los más destacados pintores y grabadores franceses de la época, Horace Vernet -que, naturalmente, disfruta de ese espectáculo orientalista- el corresponsal del “Journal des voyages” termina de hacerse una idea sobre quiénes son estos bachi-buzuks.

Dice, por ejemplo, que ve sus miradas brillar cuando Yusuf les habla de “Moscú”. De Noé no sabe exactamente si por odio visceral o por afán de saqueo de la rica capital rusa. Cree, sin embargo, más probable esto último, pues los bachi-buzuks tienen fama de ser grandes saqueadores, apenas sin rival. Como puede deducirlo cualquiera que contemple los ajuares que portan encima. En su mayor parte de origen ilícito y de un valor considerable, como se calcula a partir de las bajas que el cólera hará entre ellos en Dobrudja: a algunos se les encontrarán encima de siete a ocho mil francos en oro…

Todo ello, como ven, digno de  convertirse en un insulto para desahogar la ira, generalmente justa, del capitán Haddock que, como se habrán percatado por lo dicho hasta aquí, sabe muy bien a quién llama bachi-buzuk. Generalmente personajes no muy diferentes a estos bandidos atrabiliarios convertidos en tropas de Caballería turca para una nueva guerra con Rusia en el año 1877.

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