Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
España, la Historia, la Monarquía, la República y los setenta años del desembarco de Normandía
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Carlos Rilova | 09-06-2014 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

En principio, ya lo anuncié en el artículo del lunes 14 de abril, yo sólo iba a hablar hoy del Desembarco de Normandía, del famoso “Día-D”, en este lunes posterior al 6 de junio de 2014.

Sin embargo la abdicación del actual monarca reinante en España, Juan Carlos I de Borbón y Borbón, como verán, va a introducir algunos matices, creo que interesantes, en este artículo que sólo iba a hablar del setenta aniversario del Desembarco de Normandía. Ese que las distintas televisiones describían este viernes como el golpe decisivo al Nazismo en Europa y evento relevante al que han asistido representantes de más de veinte países, además de muchos venerables veteranos supervivientes de aquel día.

Y ahora, supongo, se estarán preguntando que qué tiene que ver una cosa -la abdicación de Juan Carlos I y la exaltación al trono de Felipe VI- con la otra, el setenta aniversario del Desembarco de Normandía.

Echemos a andar por ese sinuoso sendero histórico. Ustedes habrán visto, con inquietud o con regocijo, dependiendo de sus simpatías políticas, que apenas la Casa Real anunciaba que el actual rey de España abdicaba, las fuerzas republicanas del país saltaban como un resorte exigiendo la celebración, como mínimo, de un referéndum en el que se preguntase a los españoles si querían la continuidad de la Monarquía o la proclamación de una República heredera de la aniquilada en el año 1939 por militares sublevados, aliados a nazis y fascistas.

A eso ha seguido una fenomenal trifulca de declaraciones y contradeclaraciones, aparte de manifestaciones en la calle, que trataban de demostrar, por el lado republicano, que ya iba siendo hora de arreglar estas cosas y por parte de quienes cierran filas con la Monarquía que no había nada que arreglar, que todo estaba bien y que a la abdicación seguiría la proclamación de Felipe VI y que eso era todo.

Ha habido aportaciones que resultarían graciosas si no fueran patéticas. En ese aspecto hay que señalar que los antirrepublicanos se han llevado, sin discusión, la palma de la Victoria.

En efecto, es innumerable la sarta de rancias sandeces y de argumentos de medio pelo espetadas desde el 3 de junio por conspicuos representantes -de ambos sexos- de eso que se ha llamado “TDT Party” en tertulias que han ido, lamentablemente, desde las públicas como “Los Desayunos de TVE” -donde se paga con el dinero de todos a solemnes ignorantes de ese pelaje por opiniones, a veces, basadas en la lectura de un sólo libro sobre el tema, según confesión propia- hasta otras emitidas por cadenas dedicadas temáticamente a agitar el espantajo del miedo a la democracia desde el momento en el que los resultados electorales no coinciden con sus estrechas premisas ideológicas…

Lo más lamentable de todo esto, sin embargo, es su carácter de síntoma. Síntoma de que en España hay una sociedad dividida desde el 18 de julio de 1936 y, pese a todo lo que se ha dicho sobre, por ejemplo, el éxito de la Transición de 1978, esa división continúa y aflora en cuanto hay oportunidad para ello.

La conclusión del historiador es que, sencillamente, la crisis de 1936 y lo que siguió a ella -que, descartado un régimen stalinista, fue la peor prolongación que se podía imaginar de la misma- se ha cerrado en falso desde el año 1978 y ahora sufrimos las consecuencias de esa desidia, malicia, falta de conocimientos y otra serie de factores que han contribuido a que volvamos a vernos, poco más o menos, como podíamos estar en abril del año 1931.

Se podían haber hecho muchas cosas desde que el régimen democrático se consolidó en 1982. Se podían haber hecho, por ejemplo, gestos conciliadores hacia los derrotados en 1939 que sufrieron la larga noche franquista. Se podía haber hecho pedagogía -esa palabra ahora tan utilizada- hacia los que fueron vencedores de esa guerra y de la ominosa victoria de cuarenta años que le siguió. Por ejemplo se les podía haber explicado que aceptar, como se aceptó en 1978, la vuelta de un régimen democrático implicaba que ellos tuvieran la generosidad de reconocer que lucharon en el bando equivocado durante la Segunda Guerra Mundial, que la habían perdido y que sólo el estallido de la Guerra Fría a partir de 1945 entre soviéticos y potencias occidentales fue lo que mantuvo en España un régimen afín al Fascismo derrotado.

Parte de esa pedagogía debería haber consistido en enviar, en cuanto se hubiera podido, representantes oficiales a los actos conmemorativos del Día D en Normandía, para demostrar que la España democrática estaba de acuerdo con dichas conmemoraciones que restauraron ese sistema en la mayor parte de Europa y honrar a los españoles que habían caído en esa campaña, integrados en unidades del Ejército británico -leánse “Los españoles de Churchill” de Daniel Arasa- y, sobre todo, en las fuerzas de la Francia Libre -por ejemplo la novena división blindada del general Leclerc-, jugando un destacado papel en el avance desde Normandía sobre París y después hasta los últimos reductos nazis.

Nada de eso se hizo. Ni siquiera cuando los alemanes, en 2004, fueron consecuentes con esa misma reflexión y empezaron a acudir a esos actos.

En este setenta aniversario ha ocurrido otro tanto. No ha habido ni un sólo representante español que honrase a los españoles que se jugaron la vida integrados en la División Leclerc o en unidades británicas y en los medios sólo se han hecho alusiones a casos anecdóticos, como el que recordaba en la edición en papel de este mismo periódico Borja Olaizola el 5 de junio.

Todo ello un síntoma, sí, de los problemas que dividen a la sociedad española en este momento a causa de esa falta de reconciliación histórica y que, ojalá, empezasen a cambiar desde ya. Más que nada porque, como recordaba en un sensato artículo Josep Ramoneda en “El País” de este pasado jueves, si todo sigue igual, todo podría acabar fatal.

Bastaría, quizás, con hacer un referéndum. Bastaría con gestos como el de honrar a los españoles que cayeron en la campaña de Normandía luchando por restaurar la democracia en Europa. Bastaría, qué sé yo, con indagar en el Archivo General de Palacio para saber qué hay de verdad en eso de que hasta 1931 el Himno de Riego fue uno de los himnos de la monarquía parlamentaria española cuyo heredero será entronizado el 19 de junio de 2014. Bastaría, en fin, tal vez, con que muchos españoles no sintieran que les han robado la cartera con eso de la famosa Transición, que parece hoy abducida por quienes, se diría, están más a gusto rindiendo homenajes -con libros tamaño listín de teléfonos- a los españoles que lucharon en la Segunda Guerra Mundial con los nazifascistas que a los que lucharon contra ellos.

Todo sea porque España sea un país normal y en paz consigo mismo. No uno letalmente dividido y al que sus vecinos y aliados miran por encima del hombro, con recelos, con sospechas, acaso con despectivas sonrisas de superioridad…

 

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Reflexiones sobre la Historia y el futuro de una valla. Las puertas de Europa, Ceuta, Melilla, las “oleadas” de inmigrantes…
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Carlos Rilova | 02-06-2014 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Esta semana pasada ha sido una noticia recurrente en la mayoría de los medios. Sobre todo en Televisión: una vez más la valla de la ciudad autónoma de Melilla se ha visto asaltada por, dicen, cerca de un millar de emigrantes de países subsaharianos.

Otra vez las instalaciones de acogida de estos fugitivos de la miseria extrema se han saturado. Otra vez se ha oído que la situación es insostenible y, en fin, otra vez el respetable público ha sacado en conclusión que algo terrible está pasando en la frontera africana de España. Algo que, poco a poco, empieza a recordar a una especie de invasión.

¿Qué puede decir de todo esto el historiador?. ¿Un tema del presente, casi del futuro, es cosa en la que se deba meter?. Según un historiador maestro de historiadores como Marc Bloch, la respuesta sería que sí, si consideramos, por ejemplo, su artículo sobre H. G. Wells, un científico “padre” de esa ciencia literaria del futuro que llaman “ciencia-ficción”. Ese texto fue publicado en un volumen titulado “Historia e historiadores” y en él Bloch indicaba que quien se interesa por el pasado, acaba interesándose por el futuro. Y viceversa, como se ve en el caso de H. G. Wells.

Después volveremos sobre eso, cuando acabemos de considerar qué podría decir un historiador no sobre el presente casi futuro, sino sobre el pasado.

A ese respecto les podría hablar de la Historia de las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, de los siglos que España ha estado midiéndose en toda esa zona norte de África con su enemigo secular habitualmente conocido como “el turco” o más comúnmente como “los moros”. Historia de salvajes compartida con Italia, Francia, Gran Bretaña y, al filo del año 1900, con el II Reich alemán.

Yendo por ese camino les puedo recomendar algún que otro libro y alguna que otra película para que se pongan en antecedentes de lo que ahora está pasando por allí.

Respecto a libros es muy oportuno el que José Montes Ramos dedicó al largo asedio sostenido por El Majzén -es decir, el imperio “gerente” del Imperio Otomano en el actual Marruecos- contra la plaza de Ceuta entre 1694 y 1727, en tiempos de Carlos II Habsburgo y de Felipe V, el antecesor del, al parecer, ya casi inminente Felipe VI. Una empresa militar que afianzó una de las cabezas de puente que España tenía en el Norte de África mientras otras potencias debían renunciar a las suyas. Tal y como le ocurrió a Inglaterra con Tánger, plaza fuerte que a mi simpático tocayo coronado, Carlos II Estuardo, le había caído en suerte gracias a su matrimonio de conveniencia con una princesa de la casa Braganza de Portugal.

Con ese libro de José Montes Ramos se darán cuenta, al menos, del empeño que España ha puesto, durante siglos, en no perder esas dos posesiones africanas. Las únicas que le han quedado hasta ahora y que, desde luego, la supuesta invasión de unos centenares de africanos, lógicamente desesperados, es nada si la comparamos con un asedio en toda regla que dura hasta 1727.

De películas les recomendaría una firmada por John Milius titulada “El viento y el león”. Para quienes no la hayan visto -y no sé si serán muchos- esta película, protagonizada por Candice Bergen y Sean Connery, cuenta de una manera bastante espectacular -aunque reduccionista para el público español- los últimos días de El Majzén a comienzos del siglo XX, cuando las potencias europeas se lo están repartiendo. Como la película es anglosajona, el principal protagonismo se reserva para los americanos y los alemanes, quedando españoles y franceses en un muy segundo plano a pesar de que su papel en todo aquel asunto fue mucho mayor.

Así es: entre 1900 y 1905 España logrará todo el Protectorado de la mitad del actual Marruecos, consolidando sus posesiones hasta Tarfaya, el Sahara, Río Muni, etc… Gestión, por cierto, llevada a cabo de manera magistral por un diplomático de origen donostiarra: Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas, cuya vida fue, casualmente, el tema de mi tesis doctoral, a la que también -no me lo tomen a mal- les remito para que se hagan luz sobre toda esta Historia de la valla asaltada.

Dicho todo esto tal vez es hora de volver al presente, a ese presente casi futuro del que trataba Marc Bloch en su artículo sobre H. G. Wells y del que ya les he hablado.

Eso me lleva a recomendarles, como materia de reflexión, otra película. Se titula “Elysium” y fue estrenada este año pasado. Se supone que la acción se desarrolla en el año 2154. Los principales escenarios son un Los Ángeles muy parecido al actual Mogadiscio, lleno de inmigrantes de origen latino y de blancos pobres como el que interpreta Matt Damon, principal protagonista de la película, que viven en polvorientas favelas bastante similares a los escenarios de miseria de los que, se supone, huyen quienes asaltan la valla que ahora se quiere hacer inasaltable.

Nos dice el narrador omnisciente de la película que esa, más o menos, es la misma situación en toda la Tierra, superpoblada, agotada, convertida en una inmensa y global versión de eso que llamamos ahora “Tercer Mundo”.

Y así las cosas, ¿dónde están los que podrían ser el “Primer Mundo”?. ¿No existe tal cosa, no hay ni siquiera unos pocos afortunados que hayan escapado a esa debacle social y económica?. Pues sí, el que puede se ha largado a Elysium, una exclusiva estación espacial donde se ha reproducido una tierra a escala de la que se ha eliminado todo mal, como en los Campos Elíseos que dan nombre a esa estación. Sus habitantes viven en casas de lujo, rodeados de bosques y verdes praderas y cursos de aguas limpias, disponen de asistencia médica que alarga su vida prácticamente sine die, etc…

Ese paraíso artificial, sin embargo, también se ve asaltado por los excluidos del mismo. En este caso los empobrecidos terrestres, que tratan de llegar a él y a todos sus beneficios por medio de una especie de pateras espaciales. El tratamiento que se les dispensa va desde la dureza expeditiva de la ministra de Elysium encargada de esos asuntos, interpretada por una cruel Jodie Foster, hasta los remilgos santurrones del resto del gobierno de Elysium, que considera legítimo explotar a los pauperizados terráqueos pero no disparar sobre ellos cuando tratan de entrar ilegalmente en Elysium.

La película es dura, se lo advierto, más que otro clásico del género como “Cuando el destino nos alcance”, que también trata ese mismo tema. Sin embargo, quizás saquen de ella una catarsis que les permita extraer conclusiones validas sobre lo que ahora está ocurriendo en la valla de Melilla. Como se ve en “Elysium”, ese problema no se arreglará ni con más medidas disuasorias -más o menos contundentes, con más o menos muertos- ni con santurronería sobre respetar derechos humanos que acaban por no respetar el más elemental de todos. A saber, el derecho a una vida digna en el país de nacimiento sin necesidad de buscarla en otro supuestamente más afortunado.

Y es que, como ya dijo otro “padre” de la ciencia-ficción, Jack London, en “El talón de hierro”, nadie estará seguro hasta que todos estemos seguros. Y eso no se consigue ni repartiendo miseria ni con una valla con la malla más estrecha. De verdad que no, no hay proceso histórico, se lo aseguro, que haya acabado bien basado en semejantes premisas. El historiador poco más puede decir, salvo que, como aseguraba Marc Bloch hablando de H. G. Wells, a veces esa ciencia literaria del futuro que él o Jack London practicaron con asiduidad, cuando está bien manufacturada -como ocurre en los casos hasta aquí citados-, explica muchas cosas sobre el presente y sobre un pasado que se nos vuelve a echar encima.

Piensen en todo ello cada vez que les hablen de nuevos asaltos a una valla que, al fin, nada detendrá.

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Las elecciones europeas a la luz de la Historia. Napoleón, Bismarck, Hitler y otros recuerdos de un pasado infeliz…
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Carlos Rilova | 26-05-2014 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

 

Mientras escribía estas líneas no sabía, por supuesto, el resultado de las elecciones europeas que ayer culminaban en el cada vez más vasto territorio de la Unión.

Tampoco es que importase mucho. Claro, uno tiene sus preferencias. A mí, por cuestiones de geografía sociológica, no me conviene nada una Europa “azul”, dominada por partidos como los de la actual canciller alemana.

Pero, dejando al margen esas preferencias personales por una existencia tan alejada de la precariedad como desea cualquier ser humano racional -no sólo europeo sino de los otros continentes-, lo cierto es que lo más importante de las elecciones europeas no es tanto el resultado como el hecho de que se celebren y vayan adquiriendo la importancia que están adquiriendo. Más que nada porque con ellas, como se dice en catalán, se hace patria. Patria europea en este caso, que es una de las mejores ideas que los habitantes de ese campo de batalla conocido como “Europa” -esa pequeña península pegada a las barbas de Asia- han tenido a lo largo de los muchos siglos en los que se han estado destruyendo mutuamente, engendrando, por esa misma razón, una de las sociedades humanas más técnicamente desarrolladas y, al mismo tiempo, más destructora de las que se tiene noticia. Ya comentaba esto ayer mismo el académico Javier Marías en su columna de “El País Semanal”, y yo les voy a dar algún detalle más al respecto. Detalle histórico, por supuesto.

Todo empezó a partir de 1945. Viendo el panorama de destrucción en el que estaba sumido el continente, se decidió crear el núcleo central de lo que hoy es la actual Unión Europea, con una misma bandera, un pasaporte y, sobre todo, una misma moneda.

No voy a adentrarme en esa Historia sin épica, abrumadoramente burocrática. Para eso ya se han editado libros que hasta consiguen hacer interesante una Historia que sólo puede ser aburrida, afortunadamente aburrida, pero que, por esa misma razón, no suele emocionar demasiado a los beneficiarios de la situación que salió de esas negociaciones entre viejos rivales por el dominio del continente, que decidieron llegar a acuerdos antes que a volarse las cabezas mutuamente en guerras devastadoras.

Para dar a las elecciones de este domingo el valor que deberían tener en nuestra memoria, creo que es más útil hablar de la Historia bélica de siglos que llevó a que, finalmente, exista algo llamado “Unión Europea” que cada vez se va haciendo más y más real gracias a eventos como las elecciones europeas y pese al auge -aparente- de neonazis y eurófobos.

Es posible que la UE hubiese acabado existiendo por vía pacífica, como proponían algunos entusiastas de la idea como Víctor Hugo, sin embargo, son hechos, sumamente sangrientos, los que pusieron las bases de esa casa común europea en la que ahora, más o menos mal avenidos, vivimos muchos millones de personas.

Podríamos considerar a la dinastía reinante en España desde el siglo XVI hasta el año 1700, los llamados Austrias, como una de las primeras entidades o personas interesadas en construir algo que se parecería bastante a la actual UE. Por supuesto a cañonazos. Sin embargo esa sería una paternidad un tanto dudosa ya que los Austrias, o Habsburgos, como es bien sabido -lean, por ejemplo, el magnífico resumen que hace del tema Paul Kennedy en “Auge y caída de las grandes potencias”- no tenían otro fin con la reunión de países, ducados, condados, etc, etc… a la que se habían entregado desde el siglo XV, salvo la de hacer más grande y poderosa a su familia. Nada que ver, desde luego, con la idea nacional que hoy nos hacemos de nuestros propios estados y de la reunión de ellos en la Unión Europea.

Eso no empieza a tener carta de naturaleza hasta la revolución francesa de 1789, que arranca de manos de esas dinastías el poder para depositarlo en el Pueblo, en la Nación, equivalente al conjunto de los habitantes de un determinado país. En España, por ejemplo, ese proceso se hace verdaderamente claro en los documentos que el gobierno del país genera en medio de la invasión napoleónica, en los que se prodigan expresiones enfáticas como “la Justa causa de la Nación”, “los ejércitos nacionales” y un largo etcétera que deja claro que, desde 1812, hay una entidad nueva que ejerce la soberanía junto a una determinada dinastía pero, como se demuestra a lo largo de todo nuestro turbulento siglo XIX, también al margen o por encima de ella cuando sea necesario por el bien de esa misma nación.

Es así, en esos momentos posteriores a 1789, cuando surge el primer conato de crear algo que políticamente podría haberse parecido a la actual Unión Europea. Es decir, una reunión de naciones bajo un único mando. El responsable de ese primer intento fallido fue Napoleón Bonaparte.

El método utilizado para crear ese primer conato de UE es bien conocido, y más después de los recientes bicentenarios: conquista militar pura y dura del resto de potencias europeas que van tomando conciencia de nación, poco a poco, desde 1789 para convertirlas en una especie de estados vasallos de Francia. Naturalmente el resto de esas potencias, empezando, principalmente, por España, se opusieron a esos planes y todo acabó como acabó. Es decir, con una unión de toda Europa contra Francia.

Francia aprendió la lección a partir de 1815 de un modo del que da buena cuenta la actitud del sobrino de Bonaparte, Napoleón III, que, igual de militarista e imperialista que su querido tío, supo sin embargo ensamblarse en Europa sin querer conquistarla, exportando esas pulsiones hacia el exterior. Hacia África, Asia, América… buscando el apoyo de otras potencias antes acérrimas enemigas de Francia, como España -utilísima en la toma de Saigón, por ejemplo- o Gran Bretaña.

Los que no parece que tuvieran tan clara esa lección de que Europa se unía, principalmente, contra enemigos comunes, fueron los prusianos. Una vez acabada la unificación, bajo su égida, de las tierras germánicas, mandaron un claro mensaje del que se llevó la peor parte la Francia de Napoleón III: se había fundado una gran potencia llamada II Reich alemán. Desde ese año 1871 hasta 1945, la mayor parte de los dirigentes alemanes quisieron emular al Napoleón al que ellos mismos soportaron estoicamente -por no decir cobardemente- de 1805 a 1813 y al que derrotaron definitivamente -con no poca ayuda española, británica, etc…- entre 1813 y 1815.

Adolf Hitler, admirador confeso de Napoleón, fue quien más esfuerzos conscientes hizo por crear una Unión Europea -principalmente contra las hordas asiáticas que él veía encarnadas en el bolchevismo ruso- esta vez bajo la férula alemana…

El horizonte de ruinas en el que estaba convertida Europa en 1945 cuando esa pesadilla acabó, fue lo que creó esa Unión Europea por las buenas -por increíble que parezca- que esta última semana se ha consolidado, un poco más, con unas nuevas elecciones pese a ciertos resultados preocupantes, como el francés o el británico.

Piensen en todo esto, en Napoleón, en Bismarck, en el káiser Guillermo II, sobre todo en Hitler, si las elecciones europeas les parecen aburridas, burocráticas, tal vez inútiles. No son la panacea, por supuesto, no van a resolver todos nuestros problemas generados por nuevos conatos de ambiciones malsanas -una Alemania que aún no parece, como Francia en 1815, haber cogido el mensaje de 1945- pero, desde luego, echando la vista atrás, sobre nuestra turbia Historia común, son un verdadero alivio…

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La Historia de “Ocho apellidos vascos”
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Carlos Rilova | 19-05-2014 | 11:42| 0

Por Carlos Rilova Jericó

¿Se han reído mucho con las aventuras del sevillano Rafa y su malquerida novia vasca-vasca interpretada por la madrileña Clara Lago?. Es decir: ¿han visto el superéxito de taquilla titulado “Ocho apellidos vascos”?.

A lo mejor se han preguntado el porqué de tan curioso título. En euskera hay un  dicho que asegura que todo lo que tiene nombre existe. Dando un paso más allá, se puede afirmar también que todo lo que existe tiene Historia, y el título de esa película, “Ocho apellidos vascos”, por mucho que sea producto de una rabiosa -y alegre- actualidad que celebra, por todo lo alto, el fin de la violencia sectaria en el País Vasco (esperemos que para siempre), no es ninguna excepción.

No. De hecho, la frase “Ocho apellidos vascos” se las trae históricamente hablando y, sí, tiene una larga ración de Historia detrás.

A primera vista, como se ve en esta divertida película, lo de tener ocho apellidos vascos sería, simplemente, una seña de identidad que convierte al beneficiario de esa ristra de apellidos de origen inequívocamente vasco -menos Clemente, no lo olvidemos- en un sujeto de fiar al que uno, por ejemplo, le puede dejar casarse tranquilamente con su hija, convirtiéndose en un miembro más de la familia.

Vale, eso está claro, pero ¿de dónde viene todo eso, ese control de calidad, por así decir, del candidato a entrar en una familia del País Vasco (o al menos en una familia de algunos ambientes del País Vasco)?. La primera pista hay que buscarla en el momento fundacional del Partido Nacionalista Vasco por parte de los dos hermanos Arana. El más conocido, Sabino, y Luis.

Lo cierto es que, si consultamos entre las obras completas de Sabino -hoy un documento fundamental para entender el actual nacionalismo vasco-, descubrimos que la gran idea de lo de hurgar en los apellidos de la gente fue suya.

En efecto, sus escritos inciden mucho sobre esa cuestión -por ejemplo, su obra de teatro “De fuera vendrá…” a la que “Ocho apellidos vascos” da la vuelta- y, de hecho, son fundamentales para admitir, o no, en los casinos nacionalistas -los “batzokis”- a posibles afiliados al naciente PNV.

Aquellos que tuviesen cuatro apellidos -que no ocho, que eso, al parecer, es una “boutade” de los geniales guionistas de la película de la que hablamos- eran sujetos dignos de toda confianza y podían ser reclutados sin problemas como miembros del PNV, los de tres menos y los de dos, como mucho, podían ser considerados simpatizantes y esforzarse lo indecible para ser parte de la futura Euzkadi independiente que los dos hermanos Arana imaginaron desde que el fin de la tercera y última guerra carlista, en 1876, destruye su idílico mundo rural vasco para dar paso a una sociedad plenamente industrializada, volcada en el comercio exterior y en la llegada de gente del resto de la Península. Esos individuos que los hermanos Arana, especialmente Sabino, ven como una horda amenazante que va a disgregar la Arcadia rural vasca que para ellos es la esencia de lo vasco.

Resulta que esa idea, como muchas otras incorporadas al ideario nacionalista vasco, es, en origen, un artefacto político de lo más español, sólo que adaptado a los fines y medios de ese nuevo movimiento político -el nacionalismo vasco- que va creciendo en las tres últimas décadas del siglo XIX.

En efecto, Sabino Arana se limitó a readaptar a sus planes un uso político que había estado vigente en la España anterior a la revolución liberal del año 1812. A saber: aquellos que deseasen disfrutar de los máximos grados de nobleza debían demostrar que sus cuatro apellidos, ocho a ser posible, eran de casas de hidalgos.

Eso en las provincias marítimas vascas, las dos españolas y la francesa, Laburdi, no era un gran problema. Si se pasean por el País Vasco, y también Navarra, buscando, acaso, los escenarios donde se rodó “Ocho apellidos vascos”, verán humildes caseríos en los que sobre las vigas de entrada hay unos apabullantes escudos con, como poco, cuatro cuarteles de nobleza.

Así estaba organizada aquella peculiar sociedad en la época en la que ser noble era, por utilizar una expresión de hoy día, “lo más”. La corona española -y también la francesa- reconocía a los habitantes originarios de los territorios guipuzcoanos, vizcaínos y, en el caso francés, labortano, una nobleza “natural” que, a diferencia de lo que ocurría en otras partes de Europa, no se perdía por ejercer los llamados oficios “viles”. Es decir: una larga lista que iba desde campesino -la profesión “vil” más común-, hasta carpintero, alfarero, comerciante al por menor, herrero, cochero, sastre, pastor e incluso hasta notario y otros muchos empleos hoy envidiados por la cantidad de dinero que producen a quienes los practican.

Cualquiera de esos oficios incapacitaba a los que los  ejercían para llevar signos distintivos de nobleza -escudo en la puerta de su casa, espada al cinto, pistolas de arzón en la silla del caballo, etc…- y acceder a títulos. Por ejemplo el de caballeros de las prestigiosas y exclusivas Órdenes Militares españolas: Santiago -la más restrictiva de todas-, Alcántara, Montesa, Calatrava…

A partir de 1876 Sabino se limitó a poner ese “filtro” político en su propia y exclusiva casa política. Es decir, en el Partido Nacionalista Vasco.

Así de sencilla, o de complicada, según se mire, es la Historia de los hoy famosos ocho apellidos vascos. Ya ven qué de vueltas da la Historia. En este caso de los apellidos vascos, han ido de señal de nobleza acrisolada certificada en Madrid, a “peaje” político para ser considerado “vasco” y de ahí a eje de una película con la que toda España ha respirado de alivio tras más de treinta años conteniendo el aliento cada vez que se hablaba de ese País Vasco que algunos, como el protagonista de “Ocho apellidos vascos”, se imaginan aún como una especie de Transilvania -o Tierra de Mordor, más bien, según me han dicho- poblada por cazurros glotones con dificultades para mostrar sus sentimientos, mozas desaliñadas, abruptas y montaraces, curas acérrimamente nacionalistas que parecen extirpados de obras de teatro nacionalista como “De fuera vendrá…”, y todo un paisanaje que es sólo una parte del País Vasco y, aún así, fue elevado a la categoría de esencia de lo vasco porque así lo quisieron los hermanos Arana a partir del año 1876.

Bienvenida sea pues, también desde el punto de vista de la Historia, esta especie de “Romeo y Julieta” con final feliz, que ha puesto en su sitio muchos equívocos históricos, políticos, sociales… que hicieron del País Vasco, un Mordor, un infierno, parecido al que se imaginan los protagonistas andaluces de “Ocho apellidos vascos” salidos del ordenador de Borja Cobeaga y Diego San José.

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Adivinanzas históricas: ¿en qué se parecen el Atlético de Madrid, el Athletic de Bilbao y los Estados Unidos? (1776-1914)
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Carlos Rilova | 12-05-2014 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Seguramente no descubriré nada a los lectores de esta página que sean muy futboleros. O sí. Quién sabe. En cualquier caso espero que si pasa por aquí algún aficionado o aficionada que se sabe hasta el último detalle la Historia del club de sus amores, me disculpe por la sarta de obviedades que seguramente, en su opinión, estoy a punto de soltar. También les pido que tengan un poco de paciencia porque probablemente hay otros lectores que no sepan nada de eso y porque después de las obviedades vendrá algo tal vez no tan obvio, ni siquiera para los fanáticos del “Atléti”, del de Madrid. O del de Bilbao.

Como estamos en eso que llaman “la sociedad de la información” basta un golpe de ratón y una búsqueda bien dirigida para descubrir que los dos “Atlétis”, el madrileño y el bilbaíno, tienen un origen, o una raíz al menos, común.

Así es, el “Atléti” genuino es una escisión del Athletic de Bilbao poco después de que el club vasco iniciase su andadura. Dice la Historia más o menos oficial sobre el asunto que circula por ahí, que tras los primeros partidos celebrados en Madrid algunos de los integrantes del club, originalmente bilbaíno, se sintieron desplazados y fundaron un Athletic, pero de Madrid. Esto ocurrió allá por 1903, a comienzos del siglo XX, que es cuando el “football” -léase “fútbol”- se empieza a popularizar en toda Europa.

Esto explicaría lo que más llama la atención del historiador sobre estos dos equipos últimamente tan mencionados en los medios a causa de la “Champions”, la Liga española, etc…

Es decir, que ambos equipos, el “Atléti” y el Bilbao, tengan unas equipaciones tan parecidas. Sobre todo la camiseta a franjas -o barras- blancas y rojas que visten los dos clubes.

En el caso de los leones de San Mamés, es decir, del Athletic de Bilbao, no parece que la sabiduría popular haya buscado alguna explicación al origen de esa curiosa camiseta que comparten los dos equipos.

En el caso del club de los amores de Joaquín Sabina y otros muchos madrileños entusiastas de ese “Atléti”, el mote de colchoneros con el que se conoce al equipo y a su entusiasta afición parece haber sido un primer conato de explicación del porqué el Bilbao primero -y de rebote el “Atléti”- tenían una camiseta a franjas -o barras- blancas y rojas y no una a franjas -o barras- azules y blancas, verdes y blancas o grana y azul, o, simplemente, amarilla, azul o de otro único color. O de ninguno en absoluto, como el eterno rival, y sin embargo vecino, del “Atléti”, el Real Madrid, con el que se las va a ver en Lisboa. Es decir, por alguna razón, alguien habría decidido hacer las camisetas del “Atléti” de la misma tela a rayas con la que se hacía el forro de los colchones. De ahí lo de “colchoneros”…

Pues parece ser que la cosa no fue así. Al menos según un sesudo autor de novelas gráficas -así se llama hoy al escalón siguiente al tebeo de toda la vida, que luego se convirtió en cómic-, el señor Bryan Talbot.

Talbot es dueño de eso que suelen llamar un personalísimo estilo, tanto en el dibujo como en los guiones de sus historias, que le ha ganado una fama que algunos podrán discutir, pero está desde luego justificada por lo impactante de series como “El corazón del Imperio”, o la más reciente: “Grandville”.

Sin embargo, donde más lejos ha llevado Talbot su experimentación con el cómic para convertirlo en eso que ahora llaman “novela gráfica”, ha sido en “Alicia en Sunderland”, publicada entre nosotros por Mondadori.

Se trata de un libro de formato cercano al folio DIN A-4, que consta nada menos que de 321 páginas sin contar notas y bibliografía final.

Talbot demuestra en ellas, entre otras muchas cosas, conocer bien el Norte de España. Cosa que no es rara, pues su editor habitual en estas tierras es la empresa bilbaína Astiberri, para quienes ha tenido muy amables palabras por la buena traducción de la serie de “El corazón del imperio”. Así señala Talbot en la página 172 de esa magna obra, “Alicia en Sunderland”, que el “Athletic de Bilbao” y el Sunderland, el equipo de su ciudad, en torno a la que gira esta obra -como se puede deducir por su título- tienen un origen común debido a la presencia de trabajadores originarios de Sunderland en los astilleros bilbaínos a finales del siglo XIX, que habrían llevado todo eso -las franjas o barras rojas y blancas de las camisetas, los leones heráldicos en el escudo del club, el nuevo deporte, su nombre, etc…- a Bilbao en esas fechas…

Realmente tiene sentido esa alambicada explicación en un libro que es rico en explicaciones alambicadas, ya que Talbot trata de demostrar en él, sobre todo, que la idea de “Alicia en el País de las Maravillas” le sobrevino al señor Dodgson -más conocido como Lewis Carroll- no en Oxford sino en Sunderland.

Estaría así claro por los indicios -fehacientes, eso no se puede dudar- que nos da Talbot, que los tres clubes de fútbol -el Sunderland, el Bilbao y el “Atléti”- visten franjas -o barras- blancas y rojas: porque esa es la divisa de la ciudad de Sunderland, en el extremo norte de Gran Bretaña, casi al lado de la frontera escocesa.

Eso, sin embargo, no explica que dichas camisetas, y los clubes que las visten, tengan algo que ver con los Estados Unidos de Norteamérica, tal y como he dejado caer en el título de este nuevo correo de la Historia.

Efectivamente, para eso hace falta irse hasta las páginas 256 y 257 de “Alicia en Sunderland”.

Allí Talbot demuestra que esa divisa -las franjas rojas y blancas, más tres estrellas- eran el emblema de una noble  familia de esa parte de Inglaterra. Seguro que casi lo han adivinado. En efecto: los Washington, de quienes desciende el primer presidente oficial de los Estados Unidos de Norteamérica, que, aparte de dar la Libertad a las trece colonias rebeladas contra la metrópoli británica, liderando sus maltrechos ejércitos -tan dependientes de España y Francia para todo-, les facilitó el uso de esa divisa para crear tanto el escudo como la famosa bandera de barras -rojas y blancas…- y estrellas que hoy es la bandera de Estados Unidos…

Como les decía “Alicia en Sunderland” abunda en explicaciones alambicadas, llenas de sinuosidades, pero no se puede negar que la línea argumental de Talbot carezca de los más sólidos fundamentos de la investigación científica. Es decir, observar un fenómeno y trazar las conexiones entre unas cosas y otras. En este caso las camisetas de clubes de fútbol como el Sunderland, el Bilbao y el “Atléti” y… la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica. Aquella futura “Old Glory”, la “vieja gloria” del capitán William Driver, la de sólo trece estrellas, tras la cual las zarrapastrosas tropas del llamado “Ejército Continental de línea” ganaron su libertad frente a Gran Bretaña y pusieron los cimientos de los actuales Estados Unidos.

Algo logrado, curiosamente, como ya nos lo contaron las profesoras Mª Jesus y Begoña Cava, gracias a las ingentes cantidades de material de guerra enviado por España a los rebeldes yankees a través de la casa de comercio “Gardoqui e hijos”, radicada en Bilbao. Un detalle que, unido a todo lo demás dicho hasta aquí, supongo les hará reflexionar sobre los sinuosos y sorprendentes caminos por los que nos conducen, a veces, algunas adivinanzas históricas, como la que da título a este artículo. Piensen en ello viendo la “Champions” el próximo 24 de mayo. O cuando oigan la conocida música de “Barras y estrellas”, uno de los himnos nacionales norteamericanos.

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