Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿Historia en viñetas?. Un homenaje al Corsario de Hierro
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Carlos Rilova | 08-09-2014 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ahora, en la segunda mitad del verano -no olvidemos que septiembre, por más que empiece el curso escolar, es un mes estival-, quiero dedicar este correo de la Historia a un personaje histórico -por más de una razón- al que hace ya tiempo quería traer a estas páginas, aprovechando la asociación de ideas “verano-historias de piratas”.

Se trata de nada más, pero tampoco nada menos, que el Corsario de Hierro. Supongo que todos los que esta página leen y tienen de treinta y muchos para arriba sabrán de quién les estoy hablando.

Lo conocerán por haber leído alguno de sus álbumes -seguramente con fruición-, por habérselos comprado a sus hijos -quién sabe si con la intención de leer ávidamente esas viñetas cuando la criatura estaba distraída o en el colegio-, por ser el beneficiario de dicha compra, o por birlárselos a su hermano mayor de la impoluta colección apilada y guardada bajo siete llaves con más recuerdos de una infancia que ya se desvanecía.

Al resto de los mortales tal vez les suene de alguna reedición de esas viñetas -como las que ha hecho Ediciones B- o de ediciones especiales en gran folio que han pululado hace pocos años por la sección de cómics de muchas librerías y similares.

El Corsario de Hierro, a pesar de tener -casi- los mismos padres -Víctor Mora y Ambrós- que el Capitán Trueno y el Jabato y compartir con ellos muchas similitudes -sobre todo en su físico y en el de sus adláteres- no es tan conocido como dicho capitán, al que se le dedicó incluso una canción -“ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno…”, etc.-, ha conocido múltiples reediciones en medios de comunicación de masas, fue alabado por célebres filósofos como ejemplo de vida y dispone de “merchandising” al nivel de los personajes de Disney.

Es una pena que esto sea así. No porque el bueno del Capitán Trueno no sea digno de tanta alabanza y parabién -incluso de que su película hubiese tenido mejor suerte-, sino porque el Corsario tiene algunas virtudes históricas que en el Capitán y el Jabato no estaban tan bien definidas.

Quizás eso sea debido a que ambos, Trueno y Jabato, nacieron en una España gris y aplastada por una desgarradora guerra civil y una represión sin fin, ejercida durante décadas por los vencedores de aquel desastre con el consentimiento de una Europa occidental vencedora del Fascismo en la Segunda Guerra Mundial, pero no por eso  menos gris y pacata, aunque fuera menos sanguinaria y policíaca.

En ese ambiente, publicar algo ligeramente diferente al coriáceo Guerrero del Antifaz, era todo un éxito. Ya fuesen los chistes del “Tio Vivo”, o las aventuras de un guerrero íbero -el Jabato- más irreductible que la aldea de Astérix frente al invasor romano (por más que su novia fuese una bella romana llamada Claudia), o las de un capitán español -Trueno- amigo de Ricardo Corazón de León y participante en las Cruzadas, amante de una princesa escandinava rubia, lista y escultural, aventurero incansable, y, sobre todo, y eso es lo más importante, martillo de tiranuelos varios que nunca faltaban a la cita en sus viñetas, para que el Capitán diera un escarmiento con ellos…

Sí, la verdad es que Mora y Ambrós se apuntaron con ambos personajes un gran tanto bajo las mismas barbas de la dictadura, socavando los pilares del régimen divulgando valores contrarios a sus esencias más fundamentales e irrenunciables.

Pero el Corsario de Hierro era algo que iba un paso más allá. Nacido en una España en la que aquel régimen se sostenía ya apenas, cada vez más impresentable y anómalo en una Europa que dejaba atrás la gris posguerra mundial.

Vino así al Mundo el Corsario de Hierro en una España, la de los setenta, donde se consolidaban los bikinis, las divisas extranjeras, los turistas ávidos de sol y playa, los utilitarios a plazos como el “Seiscientos” y poco después asequibles modelos deportivos -hoy verdaderos clásicos- como el Seat 124 sport, una clase media…

A eso en los libros de Historia reciente se le ha llamado, muy gráficamente, el Aperturismo, o fase aperturista de la Dictadura, tras la Azul o claramente fascista hasta 1945, o la de la Autarquía hasta el año 1953.

Y en ese abrir la mano, apareció ese héroe que iba mucho más allá de lo que nunca pudieron ir el Jabato o el Capitán Trueno.

En efecto, el Corsario de Hierro estaba muy orgulloso de ser español, pero estaba a miles de millas marinas de la idea casposa sostenida por el régimen con eslóganes tan burdos como el de “ser español es la única cosa seria que hoy se puede ser”.

Su historia comenzaba en 1642 -consulten “La mano azul” en el tomo 1 de la reedición de Ediciones B-, cuando un  pirata inglés, Mano Azul, asaltaba el barco mercante de su padre, “El rey del Mar”, que volvía a puerto cargado de seda y especias. La tripulación española, empezando por su capitán, se defendía a muerte pero era finalmente vencida y capturada. Mano Azul, implacable, los ejecutaba a todos. Incluido el futuro Corsario de Hierro que entonces sólo contaba 12 años. Por un gesto de compasión de uno de los piratas, el niño lograba escapar tras ser pasado por la plancha y vivía y crecía para vengarse de Mano Azul durante un largo número de episodios.

Una tarea nada fácil pues, como ya se veía en ese primer episodio de la serie, Mano Azul, tras prosperar con la piratería y el tráfico de esclavos, acababa ascendiendo a Lord Benburry. Personaje bien recibido incluso por la versallesca y empelucada corte inglesa de Carlos II Estuardo. Idílico ascenso social continuamente ensombrecido por el Corsario de Hierro, que se dedicaba a hundir o capturar los barcos del antiguo pirata.

A partir de ahí, Ambrós y Mora llenaron cientos de viñetas con las más rebuscadas aventuras. Estaban llenas de anacronismos. Por ejemplo del Gran Fuego de Londres en 1666 -en el que se desarrolla la primera aventura del Corsario y en la que conoce a sus inseparables compañeros, el masivo escocés Mac Meck y el asténico y caricaturesco Merlini-, se salta en otras ocasiones a muchos años antes. Por ejemplo al sitio de La Rochela de 1628 -véase “La ciudad sitiada” en el tomo 7 de Ediciones B-, lo cual no estaba nada mal teniendo en cuenta que antes de eso el Corsario y sus amigos habían estado en la guerra entre franceses y británicos por la posesión de Canadá, iniciada a partir de 1664. Tal y como se indica en la primera de las historietas dedicada a esa apasionante aventura, “La guerra del Canadá” -véase el tomo 4 de Ediciones B-.

Pero, al margen de esas acrobacias en el túnel del tiempo, el Corsario era una serie magnífica, todo un testigo de la evolución de la propia España, un héroe a la medida de un país más rico y más culto y que, tímidamente, empezaba a sacudirse el régimen.

Sólo por eso, y por lo bien que uno se lo pasaba en aquella burbuja de Libertad en estado puro, de promesas de un futuro mejor encerradas entre viñetas, se le podían perdonar esos deslices al inefable Corsario, que estaba por las relaciones interraciales -véase su flirteo con Diamba-, tenía un barco llamado “Human Rights”, luchaba contra el tráfico de esclavos desde Eden End -la base secreta de su madre adoptiva, la Vieja Dama del Mar- y por la Justicia y la Libertad frente a tiranos como Lord Benburry o el capitán Kincaid, demostrándonos así que no teníamos que avergonzarnos, ni doblarnos como lacayos, ante unos anglosajones o unos franceses que no habían tenido una Historia mejor que la nuestra y muchas veces habían protagonizado incluso una aún peor…

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Una mentira repetida mil veces no es Historia, es una mentira. San Sebastián, las guerras napoleónicas y un penoso Bicentenario (1814-2014)
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Carlos Rilova | 01-09-2014 | 11:34| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba tomarme las cosas con más calma con este nuevo correo de la Historia. Pero no he podido.

¿La razón?. Pues una tan pesada como sencilla: esta semana he vuelto a encontrarme “buru-belarri” -así se dice “de cabeza” en euskera- con una nueva sarta de esos despropósitos sobre la Historia de las guerras napoleónicas y San Sebastián que se están poniendo sobre la mesa cultural de esa ciudad desde hace unos años y desde 2013 aún con más intensidad.

En efecto, el año pasado, con motivo del cumplimiento redondo del bicentenario de la destrucción -en el verano de 1813- de esa ciudad, San Sebastián -que en 2016 va a ser capital cultural de Europa-, se trató de colocar contrabando pseudohistórico como Historia. De hecho, como la única Historia posible de lo que había ocurrido.

Como comprenderán, para una Asociación de historiadores que además lleva el adjetivo “guipuzcoanos”, eso era, sencillamente, inaceptable. Y eso que quienes son parte de la misma no somos precisamente un poder fáctico, ni nos dedicamos a exigir, cual “Feldgendarme” nazi, títulos académicos que demuestren que se sabe de lo que se habla, exhibe o escribe, cuando se dice que se habla, se exhibe, o se escribe Historia.

Lo único que pedimos a quien haga tales incursiones, es que respete un mínimo de reglas científicas básicas y sustente sus aportaciones en hechos probados, en un análisis riguroso de los mismos, que conozca y mencione en su obra lo que se ha escrito -en gran parte por mano de historiadores académicos- antes de que él o ella entrase en liza, y, en general, que sea consciente de que las personas de -pongamos por caso- hace doscientos años, eran muy distintas a nosotros y veían e interpretaban las cosas con otras categorías mentales y otros valores. Para nosotros tan raros como para ellos podrían serlo los nuestros.

No es difícil de entender. No hace falta leerse a Michel Vovelle, o Carlo Ginzburg, para darse cuenta de esa realidad elemental que debe tener presente cualquiera que se meta en el campo de la Historia. Basta con ver, por ejemplo, películas en apariencia tan intranscendentes como “Los visitantes”, para darse cuenta de ese desfase temporal entre nuestra mentalidad y nuestra realidad y las de, como se ve en ese caso, personas que han vivido muy atrás en el tiempo, en plena Edad Media. O, en el caso que nos ocupa, tanto da, hace dos siglos.

Sin embargo, parece que en San Sebastián, la futura capital europea de la cultura en el año 2016, una regla tan elemental para estudiar y escribir Historia es imposible de asumir por determinadas agrupaciones y personas.

Así, hace un año, el colectivo Donostia Sutan trató de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la destrucción de la ciudad había sido fruto de un malévolo plan ideado por un general español, de Portugalete para más señas, para vengarse del “Pueblo Vasco”. Curioso concepto que en la época no existía y al que le faltaban nada menos que unos setenta años para ser formulado por Sabino Arana.

Desde esta tribuna y desde la edición en papel de este diario, se les respondió, por activa y por pasiva, que tal relato de los hechos era -más allá de toda opinión política- sencillamente delirante, ridículo desde el punto de vista estrictamente académico.

A un año vista, parece ser que esa advertencia no ha servido para nada. Dicho colectivo ha vuelto a la carga una vez más, utilizando la Parte Vieja de la ciudad como sala de exposiciones al aire libre donde han vertido, en distintos paneles, una serie de absurdos que difícilmente tienen parangón en el mundo civilizado. Habría que irse a los negacionistas del Holocausto, o a los “historiadores” que justifican la supremacía blanca, para encontrar otro cúmulo similar de quincalla revestida con el manto de la Historia.

Desde esos paneles y desde otros medios en los que se combina el mitin político con la conferencia supuestamente académica, dicho colectivo ha vuelto a insistir, otra vez, en que hay documentos que avalan la tesis de que “España” quería destruir San Sebastián porque era una ciudad “vasca”, en la que vivían 9.000 euskaldunes (¿en batua?, ¿en dialecto gipuzkoera?, ¿como vehículo de cultura o para uso mercantil?), que vieron turbada su idílica paz al ser metidos, de hoz y coz, en una guerra entre “España” y “Francia” con la que se supone jamás tuvieron nada que ver.

Aseguraban esos carteles que “España” prohibió reconstruir la ciudad y que hay un documento -el cual no se cita por su signatura de archivo correspondiente- que demostraría por medio de una serie de testimonios, recogidos entre los supervivientes de la matanza, que existía ese plan deliberado de destrucción del que, en última instancia, sería responsable “España”, sirviéndose como mano ejecutora del ejército anglo-portugués. Finalmente, como guinda de este grueso pastel, se críticaba en esos carteles, acerba y amenazadoramente, a los ciudadanos, de ambos sexos, que conmemoran esa batalla haciendo una reconstrucción histórica -como se hace en muchos otros lugares de Europa-, tildando tal reconstrucción de “militarista” y echando mano, ya de paso, de ciertos desfiles militares que debieron tener lugar por última vez en 1963, durante la Dictadura franquista. Eso sin percatarse de que las reconstrucciones, precisamente, lo que hacen al recordar en toda su dureza la vida del soldado, de la cantinera, o de la mujer-soldado camuflada -como Virginie Ghesquiere-, es quitar las ganas a cualquiera de ir a una guerra. O, ya puestos, a manifestaciones en las que se pide a determinadas organizaciones que maten a alguien…

Todo ello sencillamente inaceptable para cualquier persona con unos mínimos conocimientos de Historia. Ya sea tal persona finlandesa, española o escocesa.

En efecto, por sólo tomar un ejemplo de los muchos que brindaba la batería de argumentos esgrimida por dicho colectivo, basta con darse una vuelta por los archivos para descubrir, entre otras cosas, que Fernando VII, el rey de España, fue recibido en San Sebastián en 1828 -a invitación de la ciudad y de forma multitudinaria- para celebrar que se estaban concluyendo las labores de reconstrucción. El déspota accedió gustosamente y a su llegada fue agasajado, él y su señora, con arquitecturas triunfales, discursos, canciones y bailes -tanto en euskera como en castellano- para darle las gracias por la ayuda donada a la ciudad para esa reconstrucción…

El documento está tanto en el Archivo General guipuzcoano, en Tolosa, como en el de la propia ciudad de San Sebastián. Con la signatura AGG-GAO  JD IM  1/2/33 en un caso y AMSS E  I  2027, 26 en el otro. Aparte, el que estas líneas firma, ya lo citó en un artículo titulado “San Sebastián antes del incendio de 1813”, disponible en todas las bibliotecas de la ciudad desde noviembre de 2013…

También obviaba dicho colectivo, por ejemplo, que el arquitecto a cargo de la reconstrucción de la ciudad era un vasco, Pedro Manuel de Ugartemendia, que, además, era capitán de Infantería de línea del Ejército español. Como lo demuestran tanto diversos documentos, como distintas investigaciones, ya publicadas o por publicar, en euskera y en castellano…

Y así podríamos seguir, durante páginas y páginas, para recordar que una mentira mil veces repetida no es Historia, es sencillamente una mentira. Afirmación que cualquiera que realmente sepa de Historia, con o sin título académico, debe repetir, a su vez, una y tantas veces como sea necesario. Hasta que la mentira en cuestión deje de repetirse…

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La Historia (de España) y sus graves problemas: la liberación de París (del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014)
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Carlos Rilova | 25-08-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se han cumplido setenta años de la liberación de París. Los que van del 25 de agosto de 1944, al 25 de agosto de 2014.

Supongo que el asunto les sonará del cine, de aquella magnífica película coral -Delon, Belmondo…- titulada “¿Arde París?” que, para mí, gracias a la foto en color de la portada de la novela del mismo título, constituye uno de mis recuerdos más tempranos sobre la Segunda Guerra Mundial.

En fin, yo ya tenía apuntado escribir hoy, como no podía ser menos, un artículo sobre el asunto. Principalmente porque, aunque ya había tratado la cuestión el 9 de junio, quería rendir un homenaje a los soldados españoles que entraron como punta de lanza de las fuerzas aliadas en el reducto simbólico de París. Confirmando la victoria del ejército desembarcado en Normandía el 6 de junio de 1944 y la cada vez más inminente derrota de, al menos, uno de los monstruos totalitarios que aterrorizaba Europa desde los años 30. En este caso Hitler, ya que el camarada Stalin estaba, de momento, también en el bando aliado. Por la cuenta que le traía, como se suele decir, como podían atestiguar los miles de muertos que defendieron Stalingrado o Leningrado hasta el último cascote.

Y aquí estamos. La verdad es que, documentándome sobre el tema, me he llevado una grata sorpresa. Yo esperaba, como el 6 de junio, un olvido del tema casi total por parte de la prensa española en general -“bloggers” dispersos aparte, pero esos ya se sabe que no cuentan, ¿o si?- y en especial por parte de la que podríamos llamar “de derechas”. Al fin y al cabo esos soldados españoles llevaban el adjetivo de “republicanos” antes del sustantivo y eso es garantía de pena y olvido en la Historia al uso de la España actual. Pero no ha sido así.

En efecto, una de las primeras noticias en español sobre el tema con la que topé, era un artículo, que les recomiendo desde ahora mismo, publicado por Carlos Abascal Peiró en las páginas de Cultura de un diario que, por su profesión de fe monárquica constante desde su fundación -a principios del siglo XX-, el famoso “ABC”, era el último que yo esperaba ver convertido en tribuna de esta parte de nuestra Historia.

En el artículo Abascal habla en elogiosos términos de los blindados con nombre español de la División Leclerc, que entrarán en primer lugar en París para expulsar a los nazis que aún están encastillados en ella y contra los que lucha la población civil, insurreccionada al saber del éxito creciente del desembarco del 6 de junio.

Canta también ese artículo las alabanzas de la novela gráfica de Paco Roca, “Los surcos del azar”, en la que este dibujante, cada vez más reconocido dentro y fuera de España, cuenta la Historia de esos soldados españoles.

No he tenido ocasión de leerme entero el libro de Paco Roca, pero por lo que he visto de él, tanto en su versión española original, como en la versión francesa -titulada “La Nueve” y con un muy interesante prólogo de la alcaldesa española de París, Anne Hidalgo-, se lo recomiendo tanto como el artículo de Abascal en el “ABC” de 21 de agosto de 2014.

En fin, con lo que nos cuentan Abascal y Roca, ¿quizás podríamos darnos por satisfechos, en este 70 aniversario de la liberación de París, con esa recuperación para la Historia de los soldados españoles que lucharon integrados en las fuerzas aliadas ?.

Pues sí y no. Sí, desde luego, porque, como decía, un periódico de una línea antirrepublicana tan acrisolada como el “ABC”, no haya tenido reparo en rendir homenaje a unos españoles “republicanos”, pero que, ante todo, luchaban por, mal que bien, restaurar la democracia en la mayor porción de Europa que fuera posible.

No, desde luego, porque en el artículo de Abascal aún se insiste, quizás demasiado, en el hecho de que aquellos hombres eran antes “republicanos” que españoles. Como si eso de “republicanos” fuese una raza aparte o una nacionalidad distinta a la española. Un argumento -y no quiero decir que Abascal lo mantenga conscientemente- asumido por los nazis y su principal aliado peninsular, y que quedaba siniestramente traducido en el triangulo azul -de apátrida- con el que se “adornó” a muchos de aquellos españoles en los campos de exterminio alemanes.

No parece tampoco que sea bastante el artículo de Abascal -aunque insisto en que es mucho- cuando se repara en los comentarios que le han hecho.

En ellos, especialmente los de alguien que firma como “pedro-peralta-fdez”, se ve en crudo el temible horizonte político para la España actual que describen, quizás con algo de exageración, algunos “outsiders” de la, en general, adocenada “intelligentsia” española alumbrada por la llamada Transición. Caso, por ejemplo, del profesor Arnaldo Santos, que hace siete años ya indicaba que en España aún había demasiadas heridas abiertas, escasísima socialización de las ideas democráticas y, en general, toda una serie de tensiones políticas entre bandos irreconciliables que dibujan, se quiera ver o no, una preocupante guerra civil larvada.

En efecto, en algunos comentarios al artículo de Abascal -la mayoría sumamente indocumentados- se habla de republicanos -por supuesto nada de “españoles”- que en su retirada de 1939 arrasan los Pirineos y roban y matan. Aunque no se sabe bien si a otros “españoles”, puesto que lo hacían en una zona aún bajo control “republicano”. O bien se dice que la Liberación de París por aquellos hombres carecía de importancia porque en París sólo había oficinistas alemanes y era “ciudad abierta”… Curiosa lectura teniendo en cuenta, por ejemplo, los documentos gráficos de la época, que dicen justo todo lo contrario, y los muertos -algunos de ellos de la élite SS- que alfombraron un París que Von Choltitz se negó a quemar, pero también a entregar sin lo que llamó un “combate de honor”. Uno que, por supuesto, se hizo con balas, granadas, tanques y bombas de verdad…

Tampoco se veía en esos comentarios conocimiento alguno de la participación de aquellos españoles de “La Nueve” en otras operaciones de la Segunda Guerra Mundial como la toma de los últimos reductos más caros al Partido Nazi, o la de españoles integrados en fuerzas británicas, en la Resistencia o en ejércitos secundarios como el que libera prácticamente en solitario Burdeos…

Eso, sumado a la falta de presencia notable, una vez más, de representación oficial del reino de España en esos actos conmemorativos -más absurda si cabe después de que el rey acudiese a los que conmemoraban el inicio de la Primera Guerra Mundial- lleva, sí, al historiador a sentirse algo pesimista a pesar de la publicación de libros como el de Paco Roca -o el ahora olvidado “Soldados de Salamina”- o artículos en el “ABC” como el de Abascal Peiró. O al menos a no sentirse todo lo optimista que debería sentirse por ese hermoso gesto del “ABC” que, la verdad, debería servir de ejemplo, y convertirse en costumbre. Siquiera para evitar que nuestra propia Historia, mal digerida hasta ahora, se convierta en una gangrena política que acabe devorando, otra vez, a todos lo que forman ese cuerpo político llamado España. Del que, guste o no, formamos parte porque llevamos siglos formando parte de él y lo dice un pasaporte por cuya posesión mucha gente daría, y da, la vida, por ejemplo, en África…

Saquen de ahí las oportunas reflexiones y alguna que otra lección, algo de sabiduría política tal vez.

 

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Cuando se habla de Historia… hay que llegar hasta el principio. Las matanzas de los yazidíes, los “adoradores del diablo”, Marco Polo y el Estado Islámico de Irak
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Carlos Rilova | 18-08-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente la actualidad, ya lo habrán notado quienes siguen esta página habitualmente, no da al historiador mucho respiro. Constantemente aparecen temas “de Telediario”, por así llamarlos, que llaman su atención. Fundamentalmente sobre el hecho de qué cosas con tanta solera, sean, todavía hoy, temas de actualidad.

Ese es el caso de una de las noticias de más repercusión durante la semana pasada. A saber: la de la persecución por parte del autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Levante” de los llamados “adoradores del diablo”. Es decir, los yazidíes.

Si han seguido el asunto sólo a través de los telediarios de algunas de las llamadas “cadenas generalistas”, probablemente no se habrán enterado muy bien del origen de la saña con la que los fundamentalistas islámicos persiguen a esta curiosa religión.

En la prensa escrita, tanto en formato digital como convencional, sí se ha profundizado más en el asunto y se ha hablado de que los yazidíes son “adoradores del diablo”, tema pudorosamente ocultado en algunos de los telediarios de mayor difusión.

Algo bastante absurdo y preocupante, pues en la llamada “sociedad de la información” la noticia de que los yazidíes son, supuestamente, adoradores del diablo no se puede mantener oculta por mucho tiempo -lo pueden comprobar metiendo las palabras correspondientes en cualquier motor de búsqueda- y a saber qué lecciones van a sacar de ahí quienes se limitan a ver los telediarios para informarse de lo que está ocurriendo. Por ejemplo cuando se enteren de que los “buenos”, los que son perseguidos por el enemigo común -es decir, los islamistas-, en realidad, parece ser, adoran al diablo…

En definitiva, estas no son maneras de informar y hoy cuesta, un poco más, creer que alguien gane un jugoso sueldo por dar las noticias de semejante modo tan descuidado o -quién sabe- censuradas de manera tan absurda.

Así es, ocultar que los yazidíes han sido considerados durante siglos “adoradores del diablo” y perseguidos como tales no sólo por musulmanes fanáticos, sino por mucha otra gente (por ejemplo Saddam Hussein), no va a hacer mejores, en nada, a los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, más conocidos por sus siglas en inglés: “ISIS”.

Por otra parte resulta chocante que en algunos telediarios, que ahora tienen secciones conocidas como “a fondo” y cosas parecidas, no se haya hecho siquiera un mínimo esfuerzo para contar a su público -que bien lo merece- la Historia completa de los yazidíes y los equívocos en torno a ellos. Más o menos lo que yo les voy a contar ahora en poco más de un folio y medio.

Si acudimos a la fuente más utilizada hoy por hoy fuera de los medios analógicos, es decir, Wikipedia, descubriremos -sobre todo si usamos la versión en inglés, por desgracia mucho mejor informada que la versión española- que los yazidíes son un grupo étnico-religioso sin estado propio -al revés que Israel- dividido en varios países o áreas étnicas: Kurdistán, Irak, Siria…

Se trata, nos seguirá diciendo ese mágico Aleph, de una creencia sincrética -es decir, que mezcla dogmas de varias religiones- y que data de mucho antes que el Cristianismo y, por supuesto, el Islam.

Wikipedia, y otros artículos de prensa publicados en versión digital, también les sacarán del error acerca de que los yazidíes sean realmente “adoradores del diablo”.

Esa falsa información data del hecho de que el Ser Supremo para ellos es Melek Taus, que se puede traducir, más o menos, como  “el ángel pavo real”. Uno de los siete espíritus o ángeles que según los yazidíes gobiernan el Mundo en nombre de Dios. Un ser demasiado supremo para ellos como para ser adorado directamente.

Resulta que uno de los nombres de esa entidad vicaria de Dios -el angélico pavo real- se confunde con la palabra árabe para el principio del Mal que compartimos cristianos, musulmanes y judíos: sheitan, chaitan, satán…

De ahí salió todo ese equívoco asunto que ahora tan bien les esta viniendo a los islamistas del ISIS para justificar la masacre de los adeptos de esa religión que, para su desgracia, están asentados en no pequeña cantidad cerca de Mosul. La ciudad que además de crear la tela conocida desde los tiempos de Marco Polo como “muselina”, está cerca, muy cerca, de importantes recursos estratégicos como gas y petróleo.

Es curioso, eso sí, ya que hablamos de Marco Polo, que en  algunos de los artículos que circulan por ahí, se haya sacado a relucir el carácter antiquísimo del credo yazidí como prueba -una más- del grado de barbarie de los islamistas del ISIS, que estarían exterminando a una religión muy anterior a ellos.

Aquí otra vez volvemos al incomprensible error de ciertos telediarios ocultando que los yazidíes son tomados por “adoradores del diablo”. Para informar, evidentemente, el informador o informadora tiene que informarse en primer lugar.

Lo cierto es que un credo tan sincrético como el yazidí no parece haberse concretado, tal y como hoy lo conocemos, hasta bien entrada nuestra Edad Media. El hecho se menciona de pasada en algunos artículos publicados en formato digital -otra vez la Wikipedia y otros más- donde se señala que, hasta la llegada a la zona de mayoría yazidí -en el siglo XII de la era cristiana- de representantes del credo islámico sufí, los yazidíes no habrían dado forma definitiva a esa religión que ahora tantos problemas les trae a manos de seguidores del Islam. Unos que tendrían mucho que aprender del Sufismo. Tal vez la versión más venerable y admirable de las enseñanzas del profeta. Sobre todo por su sabia tolerancia y su búsqueda de la salvación sin necesidad de matar a nadie, ni enterrarlo vivo, ni cosas parecidas a las que ahora practican los islamistas del ISIS…

En efecto, parece difícil que los yazidíes fueran confundidos con “adoradores del diablo” antes del siglo XII. Marco Polo, con un olfato increíble para toda clase de herejías y falsas creencias lejos del Dios verdadero -para él el católico romano-, no dice ni una sola palabra de tal credo como el yazidí en el “Libro de las maravillas” que él llamó “La descripción del Mundo” -cito la traducción de 1983 hecha por Juan Barja de Quiroga para editorial Akal- y que escribió a finales del siglo XIII…

Es extraño que micer Polo, tan dado a hablar de hombres con cabeza de perro, de viejos de la Montaña y asesinos drogados con “hashish” para masacrar y robar a todo el que pasaba pos sus dominios, de falsas creencias cristianas como la de los nestorianos, o la del reino del “Preste Juan”, no oyese, ni viese, nada de “adoradores del diablo” a su paso por Mosul. Momentos en los que sí describe tanto el petróleo como la existencia de “adoradores del fuego”. Es decir, seguidores de Zoroastro -el Zaratustra de Nietzsche-, la religión del actual Irán antes de que el Islam lo sometiese y que, en buena medida, es el eje central de las creencias de los yazidíes.

En fin, ya ven qué poco cuesta -de momento y por ahora- estar bien informado. Aprovechen esta ganga mientras dure. Luego, ya se imaginarán, sólo les quedará “la Tele” y otras informaciones deficitarias sobre asuntos tan serios como el que hoy hemos tratado y que, como ven, se entienden mucho mejor cuando se sabe de Historia. Un saber que a medio plazo, créanme, cuesta mucho, en todos los sentidos, tanto adquirir como transmitir.

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Una breve Historia de las emergencias sanitarias. De la Peste Negra al ébola (1348, 1630, 1665, 2014…)
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Carlos Rilova | 11-08-2014 | 11:32| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se ha hablado cada vez con más frecuencia e intensidad de la que ya se denomina epidemia de ébola.

Las razones que han contribuido a esto, yo diría, son que esa espantosa enfermedad, que mata, según nos dicen, de un modo casi fulminante a más de la mitad de los infectados, empieza a extenderse más allá de lo habitual en la zona central de la costa Oeste de África, sumando en unas dos semanas más de 900 muertos, llevando a la Organización Internacional de la Salud, la famosa, “OMS”, a declarar algo que han llamado “Emergencia Sanitaria Internacional”. Eso por un lado. Por otro, en el caso de España, la polémica repatriación de un misionero de esa nacionalidad que presentaba síntomas de haber sido infectado por ese virus devastador, también parece haber contribuido a ocupar espacio informativo con esta cuestión.

Viendo todo esto me venían recuerdos. Recuerdos del temario obligatorio en nuestras clases de la Facultad acerca de las epidemias y su impacto en ese devenir de los seres humanos que llamamos “Historia”.

Lo primero que me chocó de las informaciones que vamos recibiendo, es esto de declarar “Emergencia Sanitaria Internacional” un brote de una enfermedad desgraciadamente endémica en esa zona de África -por razones socioeconómicas, aparte de biológicas, cosa que se olvida con frecuencia- que, de momento, no parece haber salido muy lejos de su círculo fatídico habitual, tanto gracias a las medidas de control sanitario que se han tomado en el hemisferio rico -de China a Estados Unidos pasando por la UE- como a que el virus sólo parece encontrar condiciones extremas favorables -climáticas, económicas, higiénicas…- en esa zona.

Lo cierto es que, visto desde la perspectiva histórica, a primera vista eso parece bastante exagerado comparado con lo que ocurrió hace unos 800 años.

Me refiero a la plaga de peste bubónica, la llamada “Peste Negra” que asoló Europa, de parte a parte, en 1348 y siguió haciéndolo, hasta pasado el siglo XVII, con brotes esporádicos, muy localizados, pero, en ocasiones, muy virulentos. Como fue el caso de la epidemia de Londres en el año 1665. El llamado “Año de la Plaga”.

Así es, los testimonios de supervivientes de la peste bubónica de 1348 hablan de familias, barrios, ciudades, regiones enteras asoladas en cuestión de días por muertes continuas, fulminantes, que acababan con los infectados en cuestión de horas, dejando relatos estremecedores, de personas que habían tenido que enterrar a toda su familia en cuestión de días, a veces en muy pocas horas.

Parece que estamos lejos de esa situación si la comparamos con lo que está ocurriendo en el foco africano que la OMS -esperemos que así sea- se está esforzando por aislar y controlar.

Las muertes allí, pese a las duras condiciones que facilitan el desarrollo del ébola, se suceden con mucha más lentitud, no se extienden con rapidez, saltando de región en región, de país en país.

Pero eso no ha impedido que una difusa atmósfera de pánico haya empezado a extenderse merced a las informaciones confusas, incompletas,  subjetivas (¿realmente se abandona a los infectados en los centros habilitados al efecto según se ha dicho?), que nos van suministrando los medios de comunicación.

Es algo habitual en estos casos. La Italia de la década del 1630 ofrece buenos ejemplos -a favor y en contra- de lo frágil que es la condición humana cuando llegan noticias de un mal que puede matar en cuestión de días y se transmite por contacto, por el aire.

Alessandro Manzoni en su “Historia de la columna infame” describía la histeria que se extiende por Milán en el año 1630, cuando cunde el rumor de que la ciudad está siendo infectada de peste a propósito por algunos desalmados, que untaban las paredes -de ahí el nombre de “untori” con el que se les describe- con una pasta amarillenta que, se supone, contenía el germen de la plaga. Entre ellos se acusó incluso a un caballero español de la exclusiva Orden de Santiago: Juan Cayetano de Padilla.

Tal vez porque era hijo del alcaide de la fortaleza de Milán. Un punto clave, como saben los lectores de “La isla del día de antes” de Umberto Eco, en la larga guerra que mantienen las casas de Austria y de Borbón, desde el siglo XV en adelante, por el control del Norte de aquella desunida y desmantelada Italia. Por tanto una víctima propiciatoria muy adecuada para los miembros del partido profrancés de Milán, que con eso, acaso, pretendían demostrar la perversidad de Felipe IV, capaz de recurrir a esta guerra biológica avant la lettre con tal de sojuzgar aquel ducado tan estratégico para sus planes de guerra contra Francia…

Ese estado de pánico en el que la enfermedad se mezcla con esos feos asuntos bélicos y políticos, sin embargo no se reproduce, por ejemplo, tres años después con una epidemia de peste muy real, que afecta al Gran Ducado de Florencia, donde la lucha será entre las autoridades eclesiásticas y las civiles por aplicar los medios que cada cual considera más adecuados para acabar con la epidemia. La Iglesia con multitudinarias procesiones y rogativas y las autoridades civiles tratando de cortar el contagio empezando por prohibir aglomeraciones como esas que, en efecto, sin entrar en su eficacia moral, favorecían el contagio de la enfermedad por contacto, sin genero de dudas. Todo ello muy bien descrito en un libro del historiador Carlo Maria Cipolla, “¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?”, que les recomiendo tanto como el de Manzoni.

Y volviendo al hoy, ¿qué pensar de todo esto?. ¿Vuelve a equivocarse de manera escandalosa la OMS llevándonos a un punto en el que habría que elegir entre esos dos escenarios, el Milán de 1630 o la Florencia de 1633?. ¿Es realmente necesaria la emergencia sanitaria internacional?.

Lo cierto es que, echando mano de las cifras, se debe dar un voto de confianza a la OMS, tan sospechosa en asuntos así desde el fiasco de la famosa “gripe aviar”.

Si tomamos el libro que Daniel Defoe sacó oportunamente en el año 1722, el “Diario del año de la peste”, describiendo la epidemia de peste bubónica en el Londres del año 1665, la OMS parece, esta vez sí, estar actuando razonablemente. En Londres las muertes por peste avanzaron lentamente. Llegando los primeros infectados desde Holanda, al parecer, en diciembre de 1664. Primero fueron sólo dos caídos extramuros de la ciudad. Desde entonces hasta el mes de junio de 1665 se sumaron incrementos a lo largo de varios meses de 300, 400 muertes en focos localizados. Alarmantes, pero que daban fundadas esperanzas de que la epidemia no prendería.

Vana esperanza a partir del mes de junio, en el que en una semana ya se registrarán más de 700 muertes. Cifra que era sólo el preludio de muchas más, hasta sumar más de cien mil antes de que acabase el año, asolando la capital de una de las principales naciones europeas, hasta despoblarla prácticamente…

Vistas así las cosas puede parecer, en efecto, razonable esa “Emergencia Sanitaria Internacional” desde las 800 muertes. Esperemos que sea una medida realmente eficaz -por ejemplo para erradicar el virus- y, sobre todo, que no sea otra oprobiosa espantada para hacer negocio con falsas pandemias como aquella famosa gripe aviar que, al final, causó menos mortandad que la gripe estacional de cada invierno… Así sea, siquiera para que no parezca que en el año 2014, en pleno siglo XXI, estamos más atrasados que en el Milán de 1630. Al menos los que no somos Jean-Marie Le Pen…

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