Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Una breve Historia de las emergencias sanitarias. De la Peste Negra al ébola (1348, 1630, 1665, 2014…)
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Carlos Rilova | 11-08-2014 | 11:32| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se ha hablado cada vez con más frecuencia e intensidad de la que ya se denomina epidemia de ébola.

Las razones que han contribuido a esto, yo diría, son que esa espantosa enfermedad, que mata, según nos dicen, de un modo casi fulminante a más de la mitad de los infectados, empieza a extenderse más allá de lo habitual en la zona central de la costa Oeste de África, sumando en unas dos semanas más de 900 muertos, llevando a la Organización Internacional de la Salud, la famosa, “OMS”, a declarar algo que han llamado “Emergencia Sanitaria Internacional”. Eso por un lado. Por otro, en el caso de España, la polémica repatriación de un misionero de esa nacionalidad que presentaba síntomas de haber sido infectado por ese virus devastador, también parece haber contribuido a ocupar espacio informativo con esta cuestión.

Viendo todo esto me venían recuerdos. Recuerdos del temario obligatorio en nuestras clases de la Facultad acerca de las epidemias y su impacto en ese devenir de los seres humanos que llamamos “Historia”.

Lo primero que me chocó de las informaciones que vamos recibiendo, es esto de declarar “Emergencia Sanitaria Internacional” un brote de una enfermedad desgraciadamente endémica en esa zona de África -por razones socioeconómicas, aparte de biológicas, cosa que se olvida con frecuencia- que, de momento, no parece haber salido muy lejos de su círculo fatídico habitual, tanto gracias a las medidas de control sanitario que se han tomado en el hemisferio rico -de China a Estados Unidos pasando por la UE- como a que el virus sólo parece encontrar condiciones extremas favorables -climáticas, económicas, higiénicas…- en esa zona.

Lo cierto es que, visto desde la perspectiva histórica, a primera vista eso parece bastante exagerado comparado con lo que ocurrió hace unos 800 años.

Me refiero a la plaga de peste bubónica, la llamada “Peste Negra” que asoló Europa, de parte a parte, en 1348 y siguió haciéndolo, hasta pasado el siglo XVII, con brotes esporádicos, muy localizados, pero, en ocasiones, muy virulentos. Como fue el caso de la epidemia de Londres en el año 1665. El llamado “Año de la Plaga”.

Así es, los testimonios de supervivientes de la peste bubónica de 1348 hablan de familias, barrios, ciudades, regiones enteras asoladas en cuestión de días por muertes continuas, fulminantes, que acababan con los infectados en cuestión de horas, dejando relatos estremecedores, de personas que habían tenido que enterrar a toda su familia en cuestión de días, a veces en muy pocas horas.

Parece que estamos lejos de esa situación si la comparamos con lo que está ocurriendo en el foco africano que la OMS -esperemos que así sea- se está esforzando por aislar y controlar.

Las muertes allí, pese a las duras condiciones que facilitan el desarrollo del ébola, se suceden con mucha más lentitud, no se extienden con rapidez, saltando de región en región, de país en país.

Pero eso no ha impedido que una difusa atmósfera de pánico haya empezado a extenderse merced a las informaciones confusas, incompletas,  subjetivas (¿realmente se abandona a los infectados en los centros habilitados al efecto según se ha dicho?), que nos van suministrando los medios de comunicación.

Es algo habitual en estos casos. La Italia de la década del 1630 ofrece buenos ejemplos -a favor y en contra- de lo frágil que es la condición humana cuando llegan noticias de un mal que puede matar en cuestión de días y se transmite por contacto, por el aire.

Alessandro Manzoni en su “Historia de la columna infame” describía la histeria que se extiende por Milán en el año 1630, cuando cunde el rumor de que la ciudad está siendo infectada de peste a propósito por algunos desalmados, que untaban las paredes -de ahí el nombre de “untori” con el que se les describe- con una pasta amarillenta que, se supone, contenía el germen de la plaga. Entre ellos se acusó incluso a un caballero español de la exclusiva Orden de Santiago: Juan Cayetano de Padilla.

Tal vez porque era hijo del alcaide de la fortaleza de Milán. Un punto clave, como saben los lectores de “La isla del día de antes” de Umberto Eco, en la larga guerra que mantienen las casas de Austria y de Borbón, desde el siglo XV en adelante, por el control del Norte de aquella desunida y desmantelada Italia. Por tanto una víctima propiciatoria muy adecuada para los miembros del partido profrancés de Milán, que con eso, acaso, pretendían demostrar la perversidad de Felipe IV, capaz de recurrir a esta guerra biológica avant la lettre con tal de sojuzgar aquel ducado tan estratégico para sus planes de guerra contra Francia…

Ese estado de pánico en el que la enfermedad se mezcla con esos feos asuntos bélicos y políticos, sin embargo no se reproduce, por ejemplo, tres años después con una epidemia de peste muy real, que afecta al Gran Ducado de Florencia, donde la lucha será entre las autoridades eclesiásticas y las civiles por aplicar los medios que cada cual considera más adecuados para acabar con la epidemia. La Iglesia con multitudinarias procesiones y rogativas y las autoridades civiles tratando de cortar el contagio empezando por prohibir aglomeraciones como esas que, en efecto, sin entrar en su eficacia moral, favorecían el contagio de la enfermedad por contacto, sin genero de dudas. Todo ello muy bien descrito en un libro del historiador Carlo Maria Cipolla, “¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?”, que les recomiendo tanto como el de Manzoni.

Y volviendo al hoy, ¿qué pensar de todo esto?. ¿Vuelve a equivocarse de manera escandalosa la OMS llevándonos a un punto en el que habría que elegir entre esos dos escenarios, el Milán de 1630 o la Florencia de 1633?. ¿Es realmente necesaria la emergencia sanitaria internacional?.

Lo cierto es que, echando mano de las cifras, se debe dar un voto de confianza a la OMS, tan sospechosa en asuntos así desde el fiasco de la famosa “gripe aviar”.

Si tomamos el libro que Daniel Defoe sacó oportunamente en el año 1722, el “Diario del año de la peste”, describiendo la epidemia de peste bubónica en el Londres del año 1665, la OMS parece, esta vez sí, estar actuando razonablemente. En Londres las muertes por peste avanzaron lentamente. Llegando los primeros infectados desde Holanda, al parecer, en diciembre de 1664. Primero fueron sólo dos caídos extramuros de la ciudad. Desde entonces hasta el mes de junio de 1665 se sumaron incrementos a lo largo de varios meses de 300, 400 muertes en focos localizados. Alarmantes, pero que daban fundadas esperanzas de que la epidemia no prendería.

Vana esperanza a partir del mes de junio, en el que en una semana ya se registrarán más de 700 muertes. Cifra que era sólo el preludio de muchas más, hasta sumar más de cien mil antes de que acabase el año, asolando la capital de una de las principales naciones europeas, hasta despoblarla prácticamente…

Vistas así las cosas puede parecer, en efecto, razonable esa “Emergencia Sanitaria Internacional” desde las 800 muertes. Esperemos que sea una medida realmente eficaz -por ejemplo para erradicar el virus- y, sobre todo, que no sea otra oprobiosa espantada para hacer negocio con falsas pandemias como aquella famosa gripe aviar que, al final, causó menos mortandad que la gripe estacional de cada invierno… Así sea, siquiera para que no parezca que en el año 2014, en pleno siglo XXI, estamos más atrasados que en el Milán de 1630. Al menos los que no somos Jean-Marie Le Pen…

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El día en que Cataluña fue independiente. Del teniente coronel Macià al ex “Molt Honorable” Pujol. La Historia como bomba de relojería (1931-2014)
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Carlos Rilova | 04-08-2014 | 11:29| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar de alguna cosa menos bronca, de alguna anécdota amable sacada de eso que Carlos Fisas llamó “Historias de la Historia” y que tanto éxito tuvo hace unos 30 años.

Pero no he podido. La culpa la ha tenido el hallazgo de un interesante número de una revista que los lectores fieles de este correo de la Historia conocen bien, “L´Illustration”, gracias a las veces que ha proporcionado material para llenar esta página, y el bombardeo mediático al que estamos siendo sometidos en relación al feo asunto de la fortuna de los líderes -por antonomasia- del nacionalismo catalán: los Pujol.

Sin entrar en demasiadas reflexiones sobre el tema, lo que está claro es que el asunto ha sido -y lo está siendo desde 2012- todo un torpedo, bien dirigido desde Madrid, contra la línea de flotación del independentismo catalán, que, eso sí que es evidente, sigue sin apearse de su idea de convocar una consulta y poner en solfa la unidad de ese estado de la Unión Europea llamado “España”, provocando -eso parece al menos- un importante cataclismo político.

Cada cual, está claro, se defiende como puede. Eso no quita, sin embargo, para que uno pueda opinar que esa defensa no es, desde luego, la mejor.

Sabido es que en el mencionado estado de la Unión Europea llamado España, “Cultura” y “Política” andan bastante peleadas. De hecho, lo que la Política entiende por Cultura a veces -demasiadas veces- acaba en la promoción de engendros que, además de caros, parecen surgidos de alguna pesadilla producto de un banquete oficioso con exceso de langosta y vinos generosos.

Eso lleva a un menosprecio de determinados conocimientos, como puede ser el caso de la Historia, que, desgraciadamente, parece considerarse como una especie de divertimento para diletantes, como ya hemos señalado en esta misma página muchas veces. Como algo que no es capaz de aportar nada realmente eficaz a la gestión de los asuntos públicos. Ni siquiera a considerarse como conocimiento útil para esas funciones.

Yo, como es lógico en un historiador, no puedo estar de acuerdo. Y leyendo ese viejo número de 1931 de “L´Illustration” estoy aún más en desacuerdo. Que alguien que se ocupa de la gestión de la cosa pública en España, sea incapaz de tener la perspectiva histórica que da el conocimiento de lo que les voy a hablar de inmediato, me parece como poco irresponsable y desde luego peligroso. Y no sólo para los que manejan la cosa pública de modo tan espurio, sino para los que nos vemos obligados a soportar esos errores a medio y largo plazo. Puede que incluso a corto.

Ese reportaje de “L´ Illustration” de 25 de abril de 1931 es un documento histórico de primer orden. Nos ofrece un interesante punto de vista sobre lo que ocurre en España a partir del 14 de abril de ese mismo año. Es el de un miembro de la intelectualidad francesa que llena de elogios a España -tanto al rey que se exilia como al gobierno provisional que hará la transición a la república- por haber sido capaces de entenderse sin derramar sangre, y anteponiendo los intereses del estado, de la nación, a los particulares de cada uno de ellos.

Algo, esos elogios, a agradecer, teniendo en cuenta la imagen, generalmente truculenta, que la prensa francesa ha tendido a difundir sobre España (y para hacerse una idea no tienen más que consultar el correo de la Historia de la semana pasada).

El largo artículo está en general bien informado, el reportaje gráfico es de primer orden. Casi al nivel de un Doisneau. A veces, sin embargo, se equivoca. Por ejemplo cuando dice que Alfonso XIII se limitó a reinar y no a gobernar, interviniendo en Política. Cosa incierta y que, de hecho, llevó finalmente al 14 de abril de 1931.

Pero, en general, el análisis es verdaderamente certero. Y sobre todo lo es cuando describe el proceso por el cual, a partir del 14 de abril de 1931, Cataluña se proclama independiente “de facto” al proclamar la República catalana, que, como nos dice el reportaje, es algo que no es, exactamente, lo mismo que la República española proclamada a partir de ese día en todo el territorio nacional.

Lo más curioso de este artículo es que señala que si la unión entre las dos repúblicas se vuelve a reestablecer -como así fue- se hará gracias a un diálogo entre las dos partes. Representadas en esos momentos por un ex-teniente coronel del Ejército español de la época monárquica, Francesc Macià, elegido presidente de esa república catalana, y Niceto Alcalá-Zamora, que lo era del gobierno provisional que daría paso a la Segunda República.

El reportaje de “L´Illustration” señalaba que una amplia autonomía podría contentar las aspiraciones de esos independentistas -y al final así fue- pero lanzaba un sabio aviso al respecto: el problema era de fondo, histórico, y no valían para resolverlo soluciones de contingencia…

Lo más escalofriante de esa lectura, hecha desde hoy día, entre finales de julio y principios de agosto de 2014, es que finalmente se aplicaron soluciones contingentes, parches que acabaron siendo reemplazados por una solución drástica: un golpe de estado, una guerra civil de tres años entre 1936 y 1939, y, a partir de entonces, un régimen de excepción, policíaco, que sofocó, en sangre y con otras medidas, toda veleidad independentista. Incluso, hasta bien entrados los años sesenta del siglo pasado, el más leve catalanismo.

El resultado de todo eso, como viene a verse ahora, ha sido nulo. En efecto, no es hoy muy difícil ver que, en términos históricos, el problema está donde estaba en 1931. Hagan las cuentas. Son 83 años -se dice pronto- sin haber buscado una solución sólida al problema de la unión entre Cataluña y el resto de España.

¿Qué se podría haber hecho desde 1978 en adelante, en un sistema legitimado por las urnas y no por la fuerza?. En lugar de alimentar a un nacionalismo insaciable y, como ahora se viene a ver, cleptocrático -del griego “klebo”, robar, y “kratia”, poder, forma de gobierno-, por medio de una ley electoral que da más problemas de los que evita, se podría haber puesto pie en pared antes que haber aceptado el apoyo de esos partidos que, en definitiva, por su propia naturaleza, lo quieren todo. No soluciones de trampantojo como la famosa fórmula federal, que jamás contentará a independentista alguno. Se podría, también, haber popularizado una Historia común, de unidad frente a enemigos exteriores como Francia durante las guerras napoleónicas. Se podría haber dado a conocer biografías apabullantes como la de Domingo Badía, militar catalán y explorador al leal servicio de la corona española a finales del siglo XVIII, del que ya hablé en otro correo de la Historia, de 2012, por estas mismas razones que traigo hoy, de nuevo, a colación…

No se ha hecho. Se ha hecho, por el contrario, lo que nunca debería tolerar un gobernante responsable: sacar trapos sucios económicos que deberían haber salido a la luz hace muchos años. Al menos para no levantar sospechas de que se toleró una corrupción tan gigantesca que era imposible pasase desapercibida tanto tiempo…

O bien recordar a los catalanes, vía el libro “Catalanes todos”, que hubo mucho franquista entre ellos. Casi única aportación cultural, de momento, en esta “Cruzada” anticatalanista. Soluciones torpes que lo único que harán será cebar la bomba del independentismo para que estalle -tiempo al tiempo- dentro de ¿5?, ¿10?, ¿20? años, repitiendo el esquema iniciado hace ahora 83, dejando resuelto en falso, una vez más, un problema que gobernantes mejor preparados habrían solventado ya hace tiempo.

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¿Y la “Marca España”?, ¿bien, gracias?. Reflexiones históricas a partir del desastre aéreo de Malí
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Carlos Rilova | 28-07-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

En menos de quince días se han sucedido tres catástrofes aéreas. La primera fue en Ucrania, cuando cayó derribado un avión de las líneas aéreas malasias al que se hizo explotar en vuelo, masacrando a toda su tripulación y pasaje. Más tarde la cola de un tifón hizo caer a un pequeño aparato de Taiwán.

Esta vez hubo supervivientes, por fortuna. Finalmente, el viernes se confirmó que un aparato de una línea aérea española se estrelló en Malí, muriendo todo su pasaje y tripulación. Entre ellos un donostiarra antiguo alumno de la Universidad de Deusto, todo lo cual toca bastante de cerca al que estas líneas escribe y a bastantes asociados de “Miguel de Aranburu”…

No resulta fácil dejar al margen una catástrofe humana de esa envergadura, que puede afectarnos a cualquiera de nosotros cualquier día, que hace perfectamente comprensible eso que llaman “pánico a volar” a pesar de que se nos repite, una y otra vez, que es el medio de transporte más seguro.

Tampoco resulta fácil hacer comentario alguno que no sea el de unirse al dolor de los que han perdido a sus familiares y amigos en ese golpe súbito y mortal.

Sin embargo, pese a ese velo abrumador, resulta también difícil quedarse impasible ante el modo en el que se ha tratado el tema del avión español.

En el caso del vuelo malasio derribado parece haber claros culpables. Probablemente los irregulares prorrusos que luchan contra la república de Ucrania para desgajarse de ella y unirse a la Federación Rusa.

En el caso del avión de Taiwán todo apunta a que ha sido un fenómeno metereológico extremo.

¿Y en el caso español?. Pues parece ser que también, que el avión de Swiftair cayó derribado por una tormenta de arena que impidió a los pilotos esquivar el relieve o que entorpeció sus aparatos de navegación.

En ausencia de otros indicios, como que el avión fuera alcanzado por un misil de alguno de los grupos armados que combaten en esa zona contra tropas españolas, malienses y francesas, esa parecía ser la explicación razonable.

Sin embargo, resultan curiosas, cuando menos, algunas declaraciones francesas y las reacciones españolas al respecto. Les recomiendo darse una vuelta por la edición digital del diario “El Mundo” de este 25 de julio, para que se den cuenta de cómo está la cosa a ese respecto. En el texto, bastante aséptico, se recogen unas declaraciones a la prensa del secretario de Estado de Transportes francés que indicaban que no había razón para culpar del accidente a los pilotos españoles…

Curiosa, en efecto, aclaración que, probablemente, habrá tenido que ver con las enfáticas declaraciones de nuestra vicepresidenta, más o menos en las mismas fechas, acerca de que sí, de que no hay razón para suponer que un avión gestionado y tripulado por una compañía española esté en peores condiciones que uno de Malí, de Taiwán o de Malasia.

Volviendo al artículo de “El Mundo”, si se fijan en los comentarios, hablan ahí, para rematar todo esto, unos cuantos usuarios cargados de ira sobre el papel insignificante -para ellos al menos- de España en la investigación de una catástrofe en la que quedaba implicado ese país, por ser de esa nacionalidad todos los que tripulaban el avión…

Y todo esto le lleva a uno a preguntarse, ¿qué es lo que está haciendo esa entidad llamada “Marca España”, que fue uno de los inventos del actual gobierno para mejorar la imagen de ese país allende sus fronteras a partir de 2012?.

El invento en cuestión, dependiente del Ministerio de Exteriores, empezó bastante mal. Recuerdo el estupor que me produjo ver en uno de sus eventos iniciales a varias bellas señoritas -vale, muy bellas- tocadas con peineta y mantilla de rica blonda repartiendo jamón ibérico en bandejas para demostrar… ¿qué, exactamente?. ¿Qué España seguía siendo el país oriental enclavado en Europa que Prosper Mérimée se quiso imaginar a principios del siglo XIX?.

Si desde luego ese era el objetivo, hay que decir que “Marca España” gastó correctamente el dinero público que se le confió para esos dispendios en jamón ibérico y mantillas usadas para ir a misa de doce en el largo siglo XIX, que, para nosotros -azares de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría-, duró entre 1859 y 1959.

Ahora venimos a ver las consecuencias. Evidentemente con un cartel como ese las dudas sobre el estado de los aviones españoles, la supuesta insignificancia de España en el asunto, reducida a víctima pasiva, -¿quizás a futuro chivo expiatorio?…-, eran cosa servida.

Todo esto, abordado desde el punto de vista de la Historia, parece lógico en relación a un país, España, que, para empezar, y es sólo un  detalle más, no maneja su imagen histórica desde finales del siglo XVIII, sino que deja que se la manejen gente como Prosper Mérimée y aventajados imitadores nacionales hoy vivos, con buena salud y disfrutando de altos honores en altas instituciones académicas del Estado. Algo que, al parecer, encima, obedece a un plan sistemático puesto de manifiesto en un libro que les recomiendo, una y otra vez: “Hispanomanía” de Tom Burns Marañón.

De otro modo es difícil entender que el dinero destinado a esa, según todos los indicios, inoperante “Marca España”, no se haya destinado, por ejemplo, a promocionar y popularizar, aquí y fuera de aquí, obras como “La leyenda negra” del historiador -español para más señas- Julián Juderías y Loyot. Un libro cabal, para su época -principios del siglo XX- en el que ponía la Historia de España al nivel de la del resto de Europa. Desmintiendo, por ejemplo, que la Inquisición española hubiera sido la única existente en el siglo XVI -como la mayoría del público cree- y que países supuestamente ejemplo de alta civilización en la época de Julián Juderías, se permitieran dar lecciones de ninguna clase al respecto, cuando tenían leyes que discriminaban a su población negra y autorizaban, “de facto”, su linchamiento…

Les recomiendo su lectura. Acaba de ser reeditado por su centenario. El libro les explicará, perfectamente, que hoy nuestro gobierno tenga que desmentir supuestas negligencias de maquinaría y tripulación española que habrían provocado, por eso mismo, una catástrofe aérea. Cosa que, según parece, no le ocurre a ningún otro país del Mundo. Probablemente porque, entre otros factores, es obvio que sus instituciones se esfuerzan en promocionar una imagen positiva en lugar de asumir como rasgos identitarios propios lo que, en realidad, solo son tristes reminiscencias de propaganda de guerra vomitada por otros países europeos -Holanda, Francia…- desde el siglo XVI en adelante. Algo que esa entidad llamada “Marca España”, supuestamente creada para deshacer ese entuerto, parece incapaz de corregir, dejando que todo siga, más o menos, como en 1862, en el triste estado que se aprecia en las ilustraciones de este nuevo correo de la Historia, con los franceses imaginando una España atrasada, diametralmente opuesta a la que ya tenía barcos de vapor idénticos a los del resto de Europa…

¿Alguien se hará responsable de tan gris resultado?. Seguro que no. Es más fácil matar al mensajero, como se hizo con otro rebatidor de la Leyenda Negra como Blasco Ibáñez, que -¿lo adivinan?. Exacto: murió, asqueado y exiliado, en Francia-, ir vegetando en una sinecura financiada con dinero público, como parece serlo la “Marca España”. Y así, con suerte -para el resto de españoles-, hasta que los responsables de tal desidia sean descabalgados por un cada vez más apetecible, radical, golpe de revés en las urnas que, a todas luces, parece muy necesario…

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Una vieja Historia muy moderna. De la invasión de Gaza a las amenazas contra Podemos
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Carlos Rilova | 21-07-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hay veces en las que uno no sabe de qué escribir en esta página. Otras uno tiene incluso demasiados temas de los que hablar.

Ese es el caso de esta semana. Llevamos ya casi medio mes oyendo hablar de la nueva guerra sorda entre israelíes y palestinos en torno a la franja de Gaza. Eso ya, por sí sólo, da para todo un artículo. Sin embargo, las polémicas en torno a la última “tormenta perfecta” electoral española, es decir Podemos, a lo largo también de toda la semana pasada, dan igualmente bastante de qué hablar al historiador.

Y por las mismas razones por las que decide arriesgarse a meterse en un avispero como el de la franja de Gaza. Es decir, porque ambas situaciones se comprenden mucho mejor -al menos tal y como han sido enfocadas- si son vistas desde el prisma de la Historia. Empezaré por el asunto de Gaza y luego hablaremos de esas cosas tan feas que se han vertido contra Podemos, principalmente desde las cloacas de las redes sociales.

David contra Goliat, Goliat contra David. La Historia oculta tras la franja de Gaza. Del 1200 antes de Cristo al 2014 después de Cristo.

Es difícil comprender de dónde sale tanto odio entre israelíes y palestinos. Y todavía, estoy seguro, les resultará aún más difícil de comprender después de que les explique que esa masacre, hoy tan desigual, empezó ahora hace cerca de tres mil años.

Sí, tal vez a los de más edad, todo esto les suene vagamente de las clases de Historia Sagrada que se daban en la mayoría de los colegios españoles no hace muchas décadas.

Sobre todo de la Historia, tan ejemplar, tan metafórica, de la también desigual lucha entre David y Goliat. Goliat, el filisteo.

Fíjense bien en esa palabra. Su origen se remonta al año 1200 antes de Cristo. En esa fecha, nos dicen los libros de Historia Antigua, llegaron desde el Norte, desde la península Eurasiática, los llamados “Pueblos del Mar”.

Entre ellos había gentes como los “Akaiwasha”, de donde luego saldrían los aqueos a los que cantó Homero, los de larga cabellera y hermosas grebas, conquistadores de Ilión. Es decir, de Troya,

Aparte de ellos había otros conocidos como “pulesatis” o “pilistim”. Pueblos igualmente feroces y guerreros que entraron a saco en la actual Palestina, donde se asienta desde 1947 el estado de Israel, fundando un poderoso reino, contra el que los hebreos lucharan años y años. Tal y como lo demuestran muchos libros de ese libro de libros, la Biblia, que, en parte, los cristianos compartimos con ellos y con los musulmanes.

La palabra “filisteo”, derivada de esos “pulesatis” o “pilistim”, llegó a hacerse tan odiosa que en la cultura judeocristiana -vamos, en la nuestra-, quedó asociada a bárbaro, a persona, sin gusto, retorcida. Algo especialmente utilizado por los estetas de la época victoriana.

De ahí vienen todos los horrores que estamos viendo ahora en televisión. Con diferentes ropajes que van desde el paganismo primitivo hasta el Islam actual, los “pilistim” se han estado batiendo de manera desigual con los que pasaban por ser los habitantes originarios de aquellas tierras. Ese pueblo elegido que ahora, con las tornas cambiadas tras la disgregación del Imperio Otomano y la Diáspora definitiva -hasta 1947 al menos- del pueblo hebreo, vuelve a por sus antiguos invasores, masacrándolos despiadadamente, biblicamente…

Ya ven, a eso se reduce todo. Los niños palestinos que hemos visto morir en televisión, los cientos de víctimas caídas del lado palestino frente a las escasas bajas en el lado israelí, se sustentan en una Historia muy vieja de odio enconado, de un pueblo que deseaba exterminar, arrojar al mar, a aquellos “habiru” con los que se encontró hacia el año 1200 antes de Cristo. Apenas nada ha cambiado. Sólo la suerte de las armas, que ahora favorece a los hebreos.

El historiador, después de hacer esta reflexión, no puede evitar preguntarse, aunque sea en voz baja, cómo es posible que en cerca de 3000 años ambas partes no hayan podido llegar a algún tipo de acuerdo. Uno que no pase por exterminarse mutuamente, por arrojarse al mar. Un designio especialmente notable en grupos radicales como Hamas, que no hace sino alimentar el espíritu de resistencia de los que, aún con las manos manchadas de sangre de niños hasta los codos, saben que sus antecesores estaban allí antes que los otros y que, después del Holocausto, la Shoah de 1939 a 1945, ya no puede haber tregua, que los hebreos deben volver, y han vuelto, a los tiempos de sus reyes guerreros: David, Salomón, los Macabeos, los Zelotas… Caiga quien caiga.

Las amenazas contra Podemos y la Historia

Vamos ahora con las amenazas contra Podemos, que también, como lo de la franja de Gaza, se entiende mucho mejor echando mano de la Historia.

Curiosamente, parece ser que hay algunos individuos que se sienten felices con la situación que ha dado a Podemos una gran base de electores, salidos de la indignación contra un gobierno más oligárquico que democrático. Lo más llamativo del caso es que dichos individuos no parecen pertenecer a esa oligarquía. Algo que se desvela en un pequeño detalle del que sólo se hicieron eco los informativos de Telecinco. En efecto, los individuos que hicieron un pastiche con “Los Fusilamientos del 3 de Mayo” de Goya en el que la plana mayor de Podemos era fusilada no por los marinos de la Guardia Imperial francesa sino por… la Legión española…, no parecen haber recibido una educación muy esmerada en exclusivos colegios privados

En efecto, lo que saca de ahí el historiador es que la ignorancia histórica del autor, o autores, del citado panfleto roza extremos delirantes. Según esa interpretación del cuadro, el profesor Iglesias y sus adláteres serían patriotas españoles -no “rojos bananeros”, como dice la leyenda del citado pastiche- masacrados por una fuerza militar que estaría actuando a mayor beneficio de una fuerza ocupante extranjera como lo fue la napoleónica y que, en este caso, debemos suponer, dada la buena sintonía entre los actuales habitantes de la Moncloa y la sra. Merkel, se trata de Alemania. Así la españolísima Legión habría pasado a jugar el mismo papel que la Guardia de José I a partir de 1808, rellena toda ella de afrancesados y otros traidores a la Justa Causa de la Nación, como se decía en 1814.

Y, así las cosas, no estaría nada mal el recorrido histórico que los que tiemblan ante la sola mención de Podemos han logrado dibujar. En poco tiempo esa formación habría pasado de agente del Chavismo venezolano, a patriota resistente contra una invasión extranjera y opresora que ha llegado a someter a sus dictatoriales dictados incluso a la Legión española… Ante ello sólo queda ofrecer un atónito aplauso a los que han logrado ejecutar ese triple salto mortal histórico con tanto entusiasmo.

Probablemente con esto engrosarán las filas de los votantes de Podemos, señalándoles a los interesados el camino correcto para sacudirse el yugo que los aplasta o que creen que los aplasta. Uno parecido al que el país se sacudió entre 1808 y 1814. Bravo. ¿Qué más se puede decir, salvo que los pueblos que ignoran su propia Historia acaban haciendo el idiota, como lo demuestra ese pastiche de los “Fusilamientos” de Goya?. Vayan tomando nota camino de las urnas, por favor.

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Historia para el 14 de julio. Vida de madame Roland
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Carlos Rilova | 14-07-2014 | 11:31| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Tenía dudas acerca de qué hablar en este nuevo correo de la  Historia hoy, que es 14 de julio, el día en que se celebra la Toma de la Bastilla. Aquel tumulto que dio comienzo, tal día como hoy de 1789, al fin del Antiguo Régimen y que, por tanto, deberíamos celebrar todos en lugar de verlo sólo como la Fiesta Nacional francesa.

Había pensado en hablar de la presencia de españoles en aquel cataclismo  histórico. Más que nada por las mismas razones que mencionaba la semana pasada. Es decir, porque estamos muy necesitados de saber que ese país del que llevamos pasaporte en el bolsillo -España, me parece recordar- en contra de lo que piensa alguna gente que, asombrosamente, tiene acceso a micrófonos y columnas de opinión, no estuvo aislada ni del continente, ni del resto del Mundo ni, mucho menos, de los acontecimientos que lo conmovieron.

Me había parecido, pues, este 14 de julio una buena ocasión para hablar, una vez más, de cómo ha degenerado nuestra visión de la Historia desde el año 1978 hasta ahora. De dar lecciones de revolución a los invasores franceses en 1808 como se veía en material filmado para la Televisión de la época de la Transición -descárguense de la web de RTVE una “cosa” llamada “La gran batalla de Andalucía” y verán- a creer que este país es un gran parque temático que podría llamarse “LosSantosInocentesland”, y que nos hemos pasado toda nuestra Historia sumergidos en una especie de idiocia rural, ajenos a grandes avances y acontecimientos clave de la Historia como la propia revolución francesa.

Iba a ir por ahí, decía, pero, la verdad, dos sermones académicos sobre el mismo tema -o casi- en una semana, me ha parecido demasiado y así he optado por otra vía. De hecho, por otra mucho más amable y menos bronca.

Sí, hoy, aprovechando que es 14 de julio, que probablemente se lo van a recordar todo el día a golpe de Telediario, quiero rendir un homenaje a una protagonista de aquellos hechos.

Sí, han leído bien: “una protagonista”.

Bajo la sombra de los gigantes de aquellos hechos dramáticos desencadenados aquel 14 de julio de 1789, se olvida con frecuencia que también hubo algunas mujeres que tuvieron un papel protagonista en los mismos. Pocas, pero las hubo. Y tal vez precisamente porque fueron tan pocas -las circunstancias no daban para más, el Feminismo estaba en vías de invención en esos momentos- creo que se merecían ser recordadas hoy.

Al menos una de ellas. Se llamaba, o ha pasado a la Historia, con el nombre de madame Roland, que era el de su marido, Roland de la Platrière, con el que se casó a muy temprana edad.

Una buena salida para Marie-Jeanne Phlipon, huérfana nacida en el año 1754, que emparenta así con un hombre de ideas avanzadas en todos los aspectos, incluido el de dejar a su mujer reinar intelectualmente en uno de los famosos salones de aquel siglo, con razón llamado “ilustrado”, en el que se reunía lo más granado de la inteligencia de la época para discutir, para pensar, preparando así el camino a la revolución que ha llevado al mundo en el que hoy vivimos.

Esa apertura de vías a lo que hoy llamamos “democracia” fue algo especialmente notorio en el salón dirigido por madame Roland. Marie-Jeanne Phlipon, en efecto, era partidaria de ideas democráticas e igualitarias, que tendría ocasión de poner en práctica entre 1789 y 1793, en el punto más álgido de esos acontecimientos conocidos como “revolución francesa” que son los que hoy se conmemoran.

Así hasta que fue engullida, como tantos otros y otras, por aquel torbellino. El llamado “Terror” acabó con ella. El ala extrema de la revolución, los jacobinos, intoxicados de sangre y de una sed de venganza contra el Antiguo Régimen que rayaba en la paranoia, en lo enfermizo, la convirtieron en uno de sus numerosos enemigos -cada día más- reales o imaginarios.

Dijeron que estaba en correspondencia con el ministro británico, aquel odiado Pitt, fuente de todos los males para muchos franceses de la época. Eso además de ser girondina. Es decir, miembro del ala revolucionaria más moderada que fue masacrada por los jacobinos, también por temer que su tibieza acabase destruyendo la revolución iniciada en 1789 y que había atravesado el punto de no retorno con la ejecución de Luis XVI.

Íntegra hasta el final, madame Roland se defendió ante el tribunal revolucionario que la juzgó. Debió de ser una brillante defensa pues, como la experiencia suele demostrar, los tribunales con adjetivos -“revolucionario” en este caso- no suelen ser precisamente aquellos donde la Justicia imparcial está más garantizada.

Sin embargo, su compromiso con una política que divergía de la cada vez más enloquecida política jacobina, la llevó rápidamente de vuelta a la maquinaria infernal del Terror revolucionario, acabando en la tristemente famosa “Conciergerie”. Aquella sala de espera de las víctimas con las que era alimentada, a diario, la guillotina.

Madame Roland no tardó mucho en convertirse en una víctima más de aquella revolución dominada por hombres que veían enemigos en todas partes y sólo concebían ya la violencia extrema, el genocidio, de hecho, como vía de acción política.

Se dice que junto a la guillotina, madame Roland pronunció unas palabras que estaría bien recordar hoy y después de hoy: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”…

Después murió estoicamente y no pudo llegar a ver cómo la revolución era reconducida a unos cauces más humanos con la detención y ejecución de Maximilien Robespierre, aquel antiguo invitado a su salón literario y político.

Tampoco vivió para ver cómo la revolución se corrompía bajo el gobierno de la antitesis de Robespierre, el epicúreo y vividor ciudadano Barras, y cómo esto llevó, finalmente, a la dictadura napoleónica, a las guerras de ese mismo nombre, a la debacle de 1814, a los últimos “Cien Días” de Napoleón culminados por una nueva debacle en 1815, a la segunda Restauración y a las numerosas revoluciones y contrarrevoluciones que hicieron de Francia, y de Occidente, lo que es hoy día. Algo que, tal vez, se parece bastante a lo que ella soñaba entre 1789 y 1793. Pese a todas sus imperfecciones.

Por ello, pese a todo, hoy, 14 de julio, tal vez sea un muy buen día para recordar a Marie-Jeanne Phlipon y decir “merci bien, madame Roland… merci bien”. Gracias, muchas gracias, por creer en la Libertad, por defenderla con valor y por morir con dignidad antes que verla pisoteada.

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