Diario Vasco
img
Autor: Historiavarduli
Ritos y mitos del Año Nuevo. De Jano Bifronte y otras contradicciones humanas
img
Carlos Rilova | 02-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como suele ser habitual la duda me asalta cuando me pongo, como cada semana, a pensar sobre qué tema escribir para el nuevo correo de la Historia de cada lunes.

Por una parte me tentaba hablar hoy de Grigori Rasputín, ya que -según nuestro calendario- este jueves pasado se cumplieron 100 años de su ejecución a manos del príncipe Yusupov y sus secuaces, dando así una señal de aviso inequívoca del grado de descomposición que estaba alcanzando la monarquía zarista, que iba a caer víctima de varias revoluciones. La definitiva en octubre del año 1917, a manos del partido bolchevique que se quitó de en medio a competidores más escrupulosos. Empezando por los mencheviques y el, por breve tiempo, hombre fuerte de Rusia tras la caída de la monarquía zarista: Kerensky.

Sin embargo, al final, no sé si acertadamente, he decidido prescindir de Rasputín y su muerte. Principalmente porque del tema ya se ha hablado bastante. Empezando por el que estas líneas escribe, que recordó todo esto en una conferencia el martes pasado en la que -por difícil de creer que parezca- se encontraba una relación entre el accidentado monje ortodoxo y el Carlismo vasco en el marco de una serie de conferencias sobre ese tema (el Carlismo) a las que daremos -espero- brillante conclusión este miércoles 4 de enero a las 19:30 en la Sala Arrupe, en la calle Garibay. En pleno centro de San Sebastián que, como antes de su capitalidad, sigue siendo una ciudad que ha trabajado y trabajará por la Cultura. Por la de verdad. Por la que algunos indocumentados se han atrevido a llamar recientemente “lo de siempre”.

Así las cosas, dejo aquí al magnético monje recomendándoles que, si quieren saber más de Rasputín, aparte de lo publicado en revistas de divulgación histórica y suplementos varios, se lean su biografía firmada por Henri Troyat. O, al menos, vean “Nicolás y Alejandra”, donde su personaje tiene un papel estelar y un fin no menos espectacular aunque, quizás, más adornado que el que verdaderamente sufrió.

En lugar de hablar de él y de su obituario -más allá de lo ya dicho- me centraré en algo más propio de las fechas. Es decir, hablar del Año Nuevo. Empezando por explicar de dónde viene el nombre de este mes que acabamos de estrenar.

Viene, supongo que no les sorprenderá, de un dios tutelar romano que, a diferencia de lo que ocurre con muchos otros de su Panteón, no fue copiado del griego.

El nombre del dios era Jano. De ahí derivo a Janero, Janeiro (en portugués) y finalmente, en castellano, a Enero.

En realidad, si tomamos en cuenta lo que nos dice el Diccionario de Mitología griega y romana de Espasa dirigido por René Martin, Jano, más que un dios era eso que se ha llamado un “héroe civilizador”, que suele ser la antesala para convertirse en dios. Como bien se puede ver en panteones como el egipcio o el hindú.

Jano, pues, habría existido y habría realizado una serie de hazañas que lo llevaron a ser divinizado después de su muerte. Entre estas se contaría ser uno de los fundadores de Roma junto a los gemelos Rómulo y Remo y haber parado -haciendo brotar agua hirviente ante el Capitolio- un ataque de los sabinos (viejos enemigos de Roma cuando Roma no era nada más que una ciudad-estado que trataba de defenderse de otras muchas ciudades-estado desperdigadas por el Lacio).

También se decía que había inventado el dinero y la navegación. En cualquier caso se le invocaba incluso antes que a Júpiter, padre de los dioses equivalente al Zeus griego. Era el dios que protegía los umbrales, las entradas y las salidas, y aseguraba buenos inicios y mejores finales.

Según otras versiones más sofisticadas, como la que da otro diccionario de Mitología griega y romana (éste dirigido por Pierre Grimal), Jano habría llegado a Roma exiliado desde Tesalia (un territorio con fama de tener entre sus habitantes, de ambos sexos, abundantes magos) y en la Ciudad Eterna fue acogido por uno de sus reyes míticos: Cameses.

Al parecer Cameses habría gobernado junto a él y Jano habría engrandecido Roma elevando una pequeña urbanización en la colina que sería conocida después como Janículo. No sólo eso, para que no pare esa mezcla de Historia y Mito, Pierre Grimal nos dice que Jano llegó desterrado desde su Tesalia natal acompañado por su esposa, llamada Camise o Camasena. Habría tenido varios hijos. Uno de ellos llamado Tíber. Como el río que pasa por Roma en la actualidad.

Con todo esto era lógico que fuera el dios propicio para proteger el final del año que se cerraría sobre sí mismo pasados varios meses. Otra vez. Él lo vigilaría gracias  a sus dos rostros barbados, que miraban en una dirección y en otra y le otorgaban capacidad para ver el pasado y el futuro.

Aparte de eso, Jano, con el tiempo, por esas mismas características, pasó a convertirse en un dios que reflejaba las contradicciones propias de la existencia. Especialmente las de cada persona que, sumadas unas a otras, generan las contradicciones de cada época y cada sociedad con las que, de un modo u otro, debemos vivir. O tratar de vivir.

En ese aspecto, Jano es también un dios de lo más apropiado para consagrar la llegada de un nuevo año en el que, desde el tiempo de los romanos, se formulaban buenos deseos o augurios. Tal y como se dice hoy día en la actual Italia, donde se desea eso, precisamente: buenos augurios para la Navidad y el nuevo año.

Sí, no está nada mal recordar al viejo dios pagano en estas fechas en un mundo tan lleno de contradicciones como éste en el que vivimos. Uno en el que, por ejemplo, hay gente que vive -espléndidamente- de ser un tahúr intelectual -como esos que Paolo Sorrentino desenmascaraba genialmente en “La gran belleza”- capaces -por ejemplo y por decirlo con una hipérbole- de montar una exposición sobre temas históricos con instrumentos comprados en la sección de Juguetería de un “Todo a cien”, mientras se trata de convencer al público que paga la Fiesta de que se es, en realidad, todo un Montesquieu o un Voltaire. Sin ir más lejos.

Sí, Jano, el gran dios Jano que marcaba el inicio y el fin del año, y recordaba las contradicciones del ser humano, es, como todo lo que podemos sacar de la Cultura clásica (la sólida, la de verdad, no la que vive de -por seguir con las hipérboles- poner tapones de botellas en la barandilla de La Concha y performances similares, que dejan a los contribuyentes que lo pagan con cara de idiotas) una gran metáfora, una fábula con una moraleja que nos enseña lo difícil, a veces imposible, que es intentar mantener dos cosas contradictorias al mismo tiempo que, tarde o temprano, tendrán que colisionar.

Tengámoslo presente a la hora de formular buenos deseos para este año que empieza. Especialmente aquellas personas que tienen en su mano los resortes de poder que pueden impedir, por ejemplo, que se llame “Cultura” a lo que no es, ni más ni menos, que un insulto a la inteligencia salido de cabezas poco amuebladas pero tan llenas de astucia como un vendedor de medicinas curalotodo de esos habituales en los “Western“ crepusculares. O intentar mantener un Estado del Bienestar (con su Hacienda, sus pensiones, su Salud Pública) en el marco de un sistema económico que -paños calientes de Telediario aparte- está dominado y parasitado por una ideología que demanda la destrucción de tales seguridades implantadas un ya lejano 1945, en el que en Europa humeaban aún las ruinas de la última gran guerra provocada por esas mismas ideas…

Sí. Será bueno que recordemos en este comienzo de año lo que en realidad nos quiere decir el dios bifronte: que querer una cosa y su contraria al mismo tiempo suele ser un camino directo al desastre. Por ejemplo el de vivir en una sociedad en la que se administran la cosa pública (la Cultura, las pensiones, la Sanidad) de acuerdo al programa de aquel rey de otra fábula más cercana a nosotros.

Ese al que unos cuantos estafadores que se hacían pasar pos sastres le vendieron un traje muy caro que, en realidad, no existía, y, para mayor escarnio, le hicieron pasearse desnudo por la calle, haciendo ver -qué remedio- que, en realidad, iba vestido con unas sedas, tafetanes, terciopelos y oro que sólo existían en su imaginación y en la caradura de los estafadores que le habían sacado el dinero y se reían a mandíbula batiente del éxito de tanta tontería y tanta malicia redomada.

Ver Post >
Cine y Navidades. Aprendiendo Historia del Tiempo Presente gracias a “Rogue One”
img
Carlos Rilova | 26-12-2016 | 1:03| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente estoy padeciendo otra de esas rachas en las que voy al cine casi todas las semanas.

En esta ocasión no me quise perder ver en pantalla grande una de las sensaciones de la temporada. Por supuesto oportunamente estrenada en Navidades.

Me refiero a “Rogue One”, una película de ciencia-ficción que cierra el ciclo de esa serie que en España, desde 1977, se tradujo (no sé si acertadamente) como “Guerra de las Galaxias”.

Se supone, en efecto, que “Rogue One” cierra esa larga saga que empezó en el año 1977 y que en el caso de algunos (en el mío por ejemplo) ha durado toda una vida desde la Infancia hasta eso que llaman (o llamaban antes) “mediana edad”.

Así es, “Rogue One” (título que, por suerte, no ha sido traducido porque sonaría algo así como “Rufián Uno”), cuenta el momento inmediatamente anterior al inicio de la primera de todas las películas de esta longeva saga cinematográfica que, después de ser estrenada en el año 1977, revolucionó tanto el Cine como el género de la ciencia-ficción.

Después de verla en la pantalla grande (para evitar que me pasase lo mismo que con la primera de todo el lote, que jamás vi en ese formato) salí desconcertado del cine y eso es lo que me ha llevado a convertir el tema de esa película en un correo de la Historia. Por difícil de creer que parezca.

Me explico. Dentro del campo de la Historia hay especialistas que se dedican a utilizar como materia de estudio el Cine, abordándolo no sólo desde el punto de vista de Historia del Arte, sino como fuente de información sobre una determinada época o sobre cómo una época en concreto -la nuestra, por ejemplo- ha reflejado determinados acontecimientos o ha expresado determinadas ideas que, como es lógico, influyen en muchos millones de personas, al ser el Cine un medio de difusión masivo.

E so es válido no sólo para el Cine que llamamos “histórico”, que reproduce -con mejor o peor fortuna- una época del pasado, sino para otro tipo de películas. Incluso de las que hablan de un lejano futuro. Como podría ser el caso de la que nos ocupa.

De hecho, hay teóricos de la Historia del Cine que sostienen que el trasfondo de las películas dice más sobre la época en la que fueron hechas, que lo que cuenta explícitamente la película en sí.

Es lo que me pareció en el caso de “Rogue One”. Sigo explicándome. Esta película ha sido hecha en el año 2016 y en su desarrollo muestra unas diferencias abismales con la de 1977 (la llamada “Guerra de las Galaxias”) a la que se supone precede en el tiempo.

Así es, “Rogue One” trata de emular -tal y como sus productores prometieron- el estilo casi artesanal -y aun así impresionante- con la que se hizo la del año 1977. Sin embargo, más allá de respetar la estética de la primera película de la serie estrenada en ese año, “Rogue One” es el producto de una época (la de la segunda década del siglo XXI) que difiere mucho de 1977.

“La Guerra de las Galaxias” estrenada en ese año era el resultado de una época que todavía tenía ilusiones, esperanzas de un  futuro mejor, más prospero y con menos miedo.

Por esa razón, probablemente entre otras, “La Guerra de las Galaxias” se basaba en uno de los temas básicos de la Narrativa. Es decir, el que llama el “Motif Index” (que recoge todos los temas narrativos de la Humanidad y sus diversas variantes) “el viaje del héroe”.

La pauta de ese tema narrativo es como sigue: un muchacho insignificante con sueños de gloria, logra finalmente verlos hechos realidad después de haber vencido numerosas pruebas y peligros que lo hacen merecedor de las mayores recompensas y reconocimientos. Unos que, en la mayoría de ocasiones, se catalizan en la conquista sexual (más o menos sublimada) de una princesa, que lo eleva por esa vía a rango de rey.

Con pequeñas variantes, esa era la temática de “La Guerra de las Galaxias”. Seguro que lo recuerdan.

En “Rogue One” todo eso ha desaparecido casi completamente. Es una película más oscura y gastada que “La Guerra de las Galaxias”. Ciertamente la heroína protagonista de la película realiza algo parecido al “viaje del héroe” que en 1977 correspondía llevar a cabo a Luke Skywalker, pero el desarrollo de la película se pierde en meandros cada vez más oscuros. Sobre todo para el público occidental. En especial el de países que tienen tropas destinadas en frentes como Irak, a causa de las llamadas “Guerras del Golfo” de 1991 y 2003.

La escena en la que en “Rogue One” las tropas imperiales sacan de la ciudad santuario de Jedha los cristales de Kyber que -se supone- son una fuente de energía esencial para el sistema de armas avanzadas del Imperio Galáctico, parece sacada de cualquiera de los muchos telediarios en los que -desde 2003- se nos han contado  ataques de milicias insurgentes post-Saddam contra unidades norteamericanas, británicas, españolas… patrullando fuera de la llamada “Zona Verde” de Bagdad o más allá de Kabul.

De hecho, es difícil, muy difícil, no ver ese trasfondo en esa escena en la que un sistema imperial roba un mineral energético (como el petróleo) para seguir manteniendo en marcha esa misma maquinaria imperial que exige esa expolio seguido de una destrucción masiva, sin paliativos, de todo lo que se opone a esa misma lógica imperial.

No contaré nada más, para no hacer eso que ahora llaman “spoiler” que, traducido al español, sería algo así como “chafar el final de la película”, porque seguro que habrá más público dispuesto a ver esta cinta que, por cierto, ha intentado ser boicoteada (como “La reina de España” entre nosotros) por elementos que demuestran hasta dónde podría llegar la “Era Trump” en la, hasta ahora, considerada mayor democracia del Mundo. Una en la que, sin embargo, hay elementos a los que no parece gustarles demasiado (como a los “ultras” españoles) que les señalen algunas crudas verdades desde la pantalla de un cine. Aunque sea en metáforas como las que expresa “Rogue One”.

Sólo les diré que esa película nos cuenta una historia desesperada. La de una sociedad que debe imponerse por medio del terror militar para seguir viviendo y tiene que racionalizar la lógica imperialista para no venirse abajo al tiempo que enfrenta una guerra civil.

Por ejemplo, es seguro que el nombre de Kyber (en la versión española lo pronuncian como “kaiber”) dado a los cristales de energía que el Imperio necesita expoliar, no ha sido elegido inocentemente por los dos guionistas de la película ahora en la lista negra de las hordas que votaron a Trump (ese presidente que quiere hacer entrar en razón al Mundo aumentando el arsenal nuclear, según sus últimas declaraciones).

Kyber, o Khyber, no es una palabra inocente. Es el nombre de un paso de montaña fundamental para controlar ese estratégico pedregal que es Afganistán y por el que distintos imperios llevan luchando desde los tiempos de Alejandro Magno. Si tienen ocasión, echen mano del DVD (o de lo que usen en estos casos) para ver otra magnífica película de los años setenta, también muy “de Navidad”: “El hombre que pudo reinar”. En ella dos grandes actores como Michael Caine y Sean Connery dan vida a un par de soldados británicos de la época imperial victoriana que tratan de emular a Alejandro -y a la mismísima reina-emperatriz Victoria- creando un imperio con lo que se extiende más allá del Paso Khyber.

Quizás eso les ayudará a comprender mejor el oscuro mensaje que relata “Rogue One”, que es tan sólo un síntoma de nuestra Historia del Tiempo Presente. El de la cuesta abajo, hacia un mundo más negativo, más oscuro, más desesperanzado, que hemos andado entre 1977 y 2016 y que queda perfectamente reflejado en las diferencias entre “La Guerra de las Galaxias” y su precuela “Rogue One”.

 

Ver Post >
Una serie de conferencias sobre una larga serie de guerras civiles. España entre 1833 y 1973
img
Carlos Rilova | 19-12-2016 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya advertía la semana pasada, este lunes, al igual que el anterior, este correo de la Historia se dedicará, aunque sea brevemente, a hablar de actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

Si la semana pasada anunciábamos la inauguración de una exposición patrocinada por el Ayuntamiento de Irun sobre el siglo XVIII, que, felizmente, empezó su andadura este miércoles pasado y la continuará hasta el día 8 de enero, éste tenemos el honor, y la satisfacción, de anunciar, para los que están en Donostia en estas fechas, el inicio de un ciclo de conferencias en la céntrica calle Garibay (nº 19) sobre las guerras carlistas.

Todo esto empezará el día 20, a partir de las 19:30. Nos hablará Javier Sada, cronista de la ciudad, acerca del interesante estado en el que San Sebastián se encontraba durante esas dos guerras carlistas que la afectaron intensamente, con dos asedios (1833-1839) y (1873-1876).

Posteriormente, el día 27, hablará el que estas líneas escribe, sobre un tema poco conocido: ¿qué pasa cuando el Carlismo empieza a convertirse en un anacronismo, en la Europa de la “Gran Guerra” en la que las ametralladoras, y revoluciones como la de 1917, acaban, de raíz, con cualquier causa “romántica” como lo podría haber sido la carlista?.

Finalmente el día 4 de enero de 2017 hablará Jorge Garris, doctor en Historia Contemporánea, especialista en Geopolítica y el, por ahora, mas reciente socio de “Miguel de Aranburu”.

Su tema será, en el mismo lugar, y a la misma hora, la vida del general Cabrera. Una biografía novelesca pero, sin embargo, real. La de un alto mando carlista que rechaza el famoso “Abrazo de Vergara” en 1839, siguiendo la lucha hasta convertirse en un personaje de leyenda (y, desde luego, de novela, como bien lo pudo comprobar Pío Baroja) pero que, sin embargo, tras seducir a una sensible damisela británica, volverá la espalda a la causa carlista. E incluso se pondrá en contra de ella en el año 1875…

En principio, este es el plan de ese ciclo de conferencias con el que la Asociación de historiadores tiene planeado acabar este intenso año 2016.

A primera vista, sin duda, todo se reduce a hablar de viejas guerras con generales y soldados de entrañable aspecto, con sus románticas trazas, sus exagerados adornos capilares (fundamentalmente patillas y mostachos), sus poses enfáticas en grabados y fotografías que, a pesar de ser un asunto muy serio en 1833, o en 1876, hoy nos parecen casi cosa de risa.

La realidad es muy distinta. ¿Por qué?. Muy sencillo, el día 20 de diciembre (es decir, este martes en el que iniciamos este ciclo) se cumple el aniversario -otro más- de la muerte, en atentado, del almirante Luis Carrero Blanco.

En principio, la organización del evento de este ciclo de conferencias para esa fecha no tiene la menor carga simbólica. De hecho, estábamos pensando en dar la primera charla para el día 14 de diciembre. Sin  embargo, por cuestiones de agenda, el inicio de ese ciclo acabó coincidiendo con la mismísima fecha en la que el régimen franquista se quedó sin sucesor por la vía más abrupta que cupiera imaginar.

Es decir, un atentado terrorista que se convirtió en parte de la cultura popular española de la época de la Transición.

Carrero era extremadamente impopular en una España en la que – mayoritariamente- se esperaba que, tras la inminente muerte del dictador Franco, todo volvería a la relativa normalidad de 1931 definitivamente interrumpida en 1936 por la Guerra Civil. Carrero molestaba. Enormemente. No sólo a la banda terrorista ETA, que fue quien lo eliminó. También a muchos otros.

No voy a entrar en esos escabrosos detalles. Lo primero porque lo importante para nosotros es, aquí y ahora, esta serie de tres charlas sobre las guerras carlistas. Lo segundo porque un  grupo de historiadores diversos ha publicado un volumen en el que reúnen  diversos estudios en los que se considera la significación histórica de ese atentado. Su título, algo complicado pero verdaderamente sugerente, es “El atentado contra Carrero Blanco como lugar de (no-)memoria. Narraciones históricas y representaciones culturales”.

Sus editores son Patrick Eser y Stefan Peters. Contiene estremecedores relatos, recopilados por, por ejemplo, Joseba Zulaika. Antropólogo pero, a su vez, testigo directo, de aquellos años de disimulada, pero no por eso menos intensa, barbarie con los que el régimen vencedor de la Guerra Civil agonizó y se transformó.

Lo interesante del libro es, quizás y sobre todo, cómo expone la descomposición final de una España que, desde 1833, desde la muerte del último rey absoluto español (en efecto, Fernando VII), había sido incapaz, a diferencia del resto de países occidentales europeos, de ir creando a partir de esas fechas el camino político hacia una democracia sólida y viable como las que se consolidaron -parece que definitivamente- en esas latitudes tras la Segunda Guerra Mundial.

El atentado de Carrero, que tuvo lugar un 20 de diciembre de 1973, es acaso la imagen más impactante de ese fracaso -si se puede llamar así- que sumió a España en cinco guerras civiles desde 1823 en adelante en las que una facción afecta al Absolutismo (en todas sus variadas formas. Desde el Carlismo hasta el Fascismo puro y duro de Falange Española de las JONS) trató de aniquilar (en el sentido más gráfico y literal de ese término) a los españoles que habían hecho suya la bandera de las ideas revolucionarias de 1789.

Carrero y su atentado, en 20 de diciembre de 1973, como nos cuenta el libro de Peters y Eser, pusieron fin -esperemos que para siempre- a ese ciclo infernal.

Si quieren saber más sobre cómo España se fue contaminando de esa podredumbre ideológica, de esa incapacidad de articular un sistema político razonable entre 1833 y 1936, sólo tienen que pasarse este martes por la donostiarra calle Garibay a las 19:30.

Hablaremos, largo y tendido, de esas guerras, las carlistas, que fueron el primer y variado síntoma de una sociedad -la vasca y la española- que no entraba con muy buen pie en la Historia contemporánea…

Nos vemos, pues, allí, para comprender mejor la Historia detrás de ciertos acontecimientos. Como por ejemplo la voladura, controlada, del delfín de una anomalía política en el Mundo occidental de 1973 como lo era el régimen del general Francisco Franco. Último heredero, y algo así como un albacea algo aprovechado, de las ideas carlistas que alimentaron guerra civil tras guerra civil en la España del siglo XIX y XX.

 

Ver Post >
¿El “Siglo de las Luces” es algo que sólo les pasó a otros?. Invitación a una exposición (1766-2016)
img
Carlos Rilova | 12-12-2016 | 3:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, y la que viene, dedicaré el correo de la Historia a hablar de algunas de las actividades organizadas por nuestra Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” para cerrar este 2016.

A comienzos de ese año la Asociación se comprometió con el Ayuntamiento de Irun para realizar una serie de actividades a lo largo de este 2016 que ya acaba. El objetivo principal de las mismas era que recordasen a su ciudadanía cómo hace 250 años, en 1766, en pleno Siglo de las Luces, esa ciudad consiguió independizarse de lo poco que quedaba ya de la tutela política a la que -desde la Edad Media- la tenía sometida la vecina plaza fuerte de Fuenterrabía (hoy Hondarribia).

De algunas de ellas ya se habló en otros correos de la Historia. Pero hoy nos toca hablar de la exposición “Irun Argien Mendean”, o, por su título en castellano, “Irun en el Siglo de las Luces”.

Los comisarios de la misma somos Ana Galdós Monfort, una de las socias de “Miguel de Aranburu” con amplia experiencia en estas cuestiones, y el que estas líneas escribe éste como, casi, todos los demás lunes desde el año 2012.

¿Cuál es el fin, el eje en torno al que gira esa exposición que se abrirá este 14 de diciembre a las 18:00 en el centro Palmera Montero de Irun?.

Yo lo resumiría (con permiso de la otra comisaría) con una frase mordaz que usaba el inefable Rowan Atkinson en una no menos mordaz serie de Televisión histórico-satírica: “Blackadder”. Seguro que la recuerdan. Especialmente los lectores del País Vasco que la vieron en castellano y euskera en varias ocasiones, merced a nuestra EITB.

Se trataba de contar la Historia de Gran Bretaña de manera jocosa a través de las (des)venturas de una imaginaría familia de nobles ingleses, los Blackadder (traducido: los Víboranegra, o, en euskera, Sugegorri Beltza) entre las turbulencias de la Baja Edad Media y el dramático final  de la serie en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En los episodios dedicados al período de la llamada Inglaterra isabelina, la que corresponde con lo que normalmente llamamos “Renacimiento”, el Blackadder de turno (como siempre interpretado por un versátil Rowan Atkinson) intentaba que su tosco criado -Baldrick- aprendiese algo de la Nueva Ciencia que se empieza a desarrollar en la época.

El resultado, naturalmente, era tragicómico, porque Blackadder era incapaz de hacer que entrase nada en esa dura cabeza. La sarcástica conclusión del frustrado caballero era que, para Baldrick, “El Renacimiento era algo que les pasaba a los demás”…

Eso, precisamente, es lo que trata de demostrar nuestra exposición irundarra: que el siglo XVIII, la Ilustración, el Siglo de las Luces, no fue, precisamente algo que “les pasó a los demás”.

Por medio de diversos objetos e imágenes históricas, sacados unos y otras de los archivos municipales de la zona o de recursos propios, se ha reconstruido en varios paneles y vitrinas una Historia en la que, quien quiera, podrá, desde este 14 de diciembre, ver las conexiones -a veces insospechadas- entre una localidad guipuzcoana (Irun, claro está) y los grandes acontecimientos que, normalmente (como es desgraciadamente habitual), siempre creemos que ocurren en otras partes del Mundo y, ni por asomo, asociamos con nada que tuviera que ver con lo que ocurrió aquí.

Tratamos, en definitiva, de mostrar, por medio de esos objetos históricos y esas imágenes, que el juicio de uno de los principales ilustrados -Voltaire- sobre los vascos, no fue, precisamente, su pensamiento más acertado. Exactamente cuando dijo que los vascos eran un pueblo feliz que danzaba al son del tamboril a ambos lados de los Pirineos… Como, si en efecto, la Ilustración, el Siglo de las Luces, el convulso Siglo XVIII, fuera para ellos algo que, como el Renacimiento para el criado de Lord Blackadder, sólo les ocurría a los demás.

Gracias a la exposición podrán vislumbrar al menos que la Ilustración no pasó de largo por Irun, que a ella llegaron las mismas ideas innovadoras que exponía la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, que las costumbres y las ideas políticas también evolucionaron allí y que la Economía también cambió, al mismo ritmo que en el resto de la Europa dieciochesca y, finalmente, que las guerras constantes entre los distintos reyes europeos, tampoco pasaron de largo por Irun y, menos aún, la última consecuencia de todo aquello.

Es decir: el cataclismo revolucionario del año 1789 que trajo hasta Irun la última guerra de aquel Siglo de las Luces y con ella, aparte de todos los problemas que traen las guerras, una serie de ideas (constitución, derechos individuales, Libertad…) que ya no se irían jamás de esas latitudes. Por mucho que fueran la causa de unos siglos XIX y XX aún más convulsos, donde los partidarios de todas las promesas del siglo XVIII estuvieron guerreando, durante más de cien años, con los que pensaban que todo eso debía ser debelado, incluso destruido hasta la raíz…

Si están estas vacaciones de Adviento por la hoy muy visitada Capital Cultural de Europa (es decir, San Sebastián) o por el bello “País del Bidasoa” que decía el casi siempre malhumorado Pío Baroja (hijo gruñón de aquel Siglo de las Luces y del que vino después) pásense por el centro Palmera Montero de Irun y contemplen cómo los reflejos, a veces deslumbrantes, del Siglo de las Luces llegaron, por supuesto, hasta Irun. Donde ocurrieron en esas fechas cosas que ya han visto en el Cine. Aunque tal vez nunca se imaginaron que, en efecto, ocurrieran también, cerca, muy cerca, de sus propias casas, en la misma ciudad de Irun…   

Ver Post >
“¡Constitución o Muerte!”, o razones para ir a ver “La reina de España” de Fenando Trueba (1808-2016)
img
Carlos Rilova | 05-12-2016 | 12:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como todas las semanas, el jueves o el viernes, a más tardar, el habitual autor de estas líneas, tiene siempre el mismo problema. Es decir: de qué escribir cada lunes.

En esta ocasión el problema me lo ha resuelto un artículo de opinión publicado este viernes en la edición de papel de este mismo periódico, “El Diario Vasco”.

En él se glosaban las penurias por las que está pasando Fernando Trueba con su nueva película, “La reina de España”, debidas a un boicot con el que lo están castigando por sus (para mí al menos) mal traídas palabras de hace un año, cuando el ministro Méndez de Vigo le entregó el premio Nacional de Cinematografía y Trueba lo agradeció -digámoslo así- respondiendo que no se sentía español y que ojalá la Guerra de Independencia la hubiera ganado Napoleón.

Yo reaccioné ante aquello y escribí un artículo al respecto en esta misma página, leyéndole la cartilla a Fernando Trueba (así puede describirse el asunto) sobre quién era realmente Napoleón y lo mal que nos hubiera ido de ganar él -Napoleón- guerra alguna.

Sostengo y no enmiendo el contenido de este artículo. Pero, desde luego, en ningún caso apoyo, a fecha de hoy, el boicot al que se está sometiendo a “La reina de España”. Yo he ido a ver la película. De hecho, en contra de mi inveterada costumbre de no arriesgarme con un estreno salvo el día del espectador, la vi este viernes. Y recomiendo que se vaya a verla. Encarecidamente.

“La reina de España” es una sátira del cine supuestamente “histórico” que se hizo durante la Dictadura franquista. Es decir, algo de tan baja calidad como el cine histórico que haría hoy día el DAESH sobre el Islam o el régimen de Corea del Norte sobre la Historia de Corea.

Es, además, una película que, al margen de todo lo que se ha vertido contra ella apenas ha salido a la luz, niega, rotundamente, aquello de “segundas partes nunca fueron buenas”.

Es cine de excelente factura. Lleno de guiños cinéfilos -ese John Scott que es un trasunto de John Ford y Samuel Fuller, los bajos fondos y secretos inconfesables del Hollywood de los cincuenta…- y también es una excelente película histórica, que narra, mezclando de manera genial la tragedia y la comedia, lo que fue la Historia de España y del Mundo desde la Segunda Guerra Mundial en adelante. Y todo esto con actores y actrices en eso que los críticos suelen llamar “estado de gracia”, complementándose entre ellos en una película donde forman un gran protagonista colectivo que enseña mucha Historia de España que, tal y como es contada, sólo puede ofender a quienes añoran a Adolf Hitler o alguno de sus conspicuos aliados pasados o presentes.

Sólo por eso merece la pena ver esa película. Pero aparte de por esa razón, “La reina de España” debe ser vista porque hace doscientos años muchos españoles cayeron en más de 300 campos de batalla, de Cádiz a Toulouse pasando por Gijón, Los Arapiles, Tolosa, San Marcial… gritando consignas que podríamos resumir en “¡Constitución o Muerte!”.

Esos hombres, esos españoles, entre los que también hubo mujeres, luchaban contra la opresión que significaba el régimen militaroide, dictatorial, de Napoleón Bonaparte.

Piensen bien en ello. No lo dudaron un segundo. Muchos de ellos se alistaron bajo las banderas de los ejércitos patriotas para mantener viva la última llama de Libertad que quedaba encendida en Europa continental en el año 1808. Lo demostraron claramente con la proclamación, en 1812, de la segunda constitución europea después de la promulgada por la Convención francesa tras ejecutar a Luis XVI. Muchos de esos hombres (aunque no todos, es cierto) se jugaron la vida por ella, por esas Libertades, entre las que se contaba la de poder discrepar, tener una opinión diferente.

Imaginen lo que fue aquello. Ser parte de los Tiradores de Cantabria, del 1º, 2º o 3º de Guipúzcoa, o de las unidades bajo mando de Mina o de un largo etcétera de regimientos y divisiones, como la Yberia… Ser integrado en una línea de Infantería o Caballería que, bajo la orden de expertos oficiales profesionales, debía aguantar, a pie firme, bajo la bandera blanca y roja, con la cruz de Borgoña, las descargas de la que pasaba por ser la mejor Infantería de Europa en esos momentos… Ya lo han visto en el Cine. Sólo que con soldados vistiendo otros uniformes parecidos a los que vestían esos españoles en 1808, en 1809, en 1810, en 1811, en 1812…

Los hombres caen como espigas ante la guadaña del segador. La línea no vacila. Finalmente un oficial da la orden de carga. En 1812, la consigna, en ese momento de cargar, era cualquier grito similar a “¡Constitución o Muerte!”, o “¡Patria o Muerte!” o “¡Libertad o Muerte!”, que, al fin y al cabo, venían a significar casi lo mismo. Incluso “¡Viva Fernando VII!”, que para muchos de esos soldados era, en esas fechas, lo mismo que “¡Constitución o  Muerte!”.

Por eso se luchó hace doscientos años. Y por eso se ganó hace doscientos años. Por eso fue bueno que Napoléon no ganase la Guerra de Independencia (por más que Fernando VII resultase, después, ser un rey absolutista y felón) y por eso creí hace un año -y sigo creyendo- que Fernando Trueba se equivocó al decir lo que dijo en San Sebastián hace un año.

Pero por esa misma razón, en este puente de la Constitución, en el que estamos de vacaciones, sencillamente, gracias a que, al fin, después de mucha crueldad, guerras, desencuentros, horrores varios…, se armonizan en España las creencias ultracatólicas como la de la Inmaculada Concepción con la Constitución heredera de la de 1812, creo que el boicot a la película de Fernando Trueba es no sólo un error (porque la película no lo merece) sino una deshonra para los hombres y mujeres que en 1808, 1809, 1810, 1823… cayeron en los campos de batalla gritando “¡Constitución o Muerte!”. Porque ellos luchaban, y se jugaron la vida, y muchos la perdieron, para que en este país hubiera verdadera Libertad. Para que un caricaturista, si pensaba que era oportuno, pudiera burlarse hasta del mismo rey. Para que alguien, cualquier español, dijera, incluso, que hubiera preferido que Napoleón ganase la Guerra de Independencia.

Por esas razones históricas estoy, y estaré, siempre en contra de ese vengativo boicot a la película de Fernando Trueba que, insisto, deberían ir a ver, para saber siquiera en que sumideros históricos ha vivido España los últimos 80 años y de los que -ya va siendo hora- deberíamos salir. Lo primero respetando las opiniones ajenas, evitando la destrucción de quienes, dentro del mínimo respeto a algo llamado “democracia”, no piensan como nosotros, pues, por desgracia, ya hemos tenido bastante de eso en los últimos dos siglos y ya va siendo hora de que eso cambie y esto sea, por fin, un país civilizado.

Sólo por esa razón, porque mañana les podría tocar a ustedes como hoy le está tocando a Fernando Trueba, no caigan en esa miserable trampa. Avergüencen a quien la ha urdido, renieguen de él, de ella o de ellos… Vayan a ver “La reina de España”. Aunque no estén de acuerdo con el director. O precisamente por esa misma razón.

Demuestren que en este país hay personas cabales y decentes. Personas que honran la memoria de quienes prefirieron morir hace dos siglos luchando por la Libertad, por la verdadera Libertad, contra Napoleón. Para que, como vemos en la película de Fernando Trueba, no hubiera campos de la Muerte como Mauthausen. O su casposo equivalente español. Todavía en funcionamiento allá por los glamurosos años dorados de Hollywood. Por increíble que pueda parecer tan vergonzosa circunstancia, muy bien descrita (quizás demasiado para algunas mentes enfermas de odio a la democracia y a la libertad de opinión) en “La reina de España”…

 

 

 

Ver Post >

Otros Blogs de Autor