Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Vita monstruorum. Historia de los monstruos. El “hombre salvaje”, el Basajaun y el eminente doctor Tulp (1641-2017)
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Carlos Rilova | 30-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que el correo de la Historia de hoy será bastante fácil de presentar. Sobre todo porque trata de un personaje conocido por una gran mayoría del público que (aún) lee en España. No otro que el Basajaun. El señor del bosque, literalmente traducido del euskera.

Esa figura de la Mitología vasca es bien conocida hoy, como decía, gracias a la exitosa saga de novela policíaca firmada por la escritora donostiarra Dolores Redondo y ambientada, principalmente, en el Valle del Baztán, en el Norte de Navarra.

Es, tal y como lo describen esas novelas, una especie de ser monstruoso que vaga por las zonas boscosas del País Vasco y (según la “Trilogía del Baztán”) también por las de Navarra. Un tanto ajeno, este ser fabuloso, por lo que se ve, a los contenciosos histórico-administrativos entre el viejo reino y sus vecinos del Norte. Con los que le unen una larga Historia de suspicacias y desencuentros políticos y, a veces, una estrecha comunidad de intereses. Manifestada en reuniones conjuntas de sus instituciones forales o en hacer pasar a mejor vida (a tiros de arcabuz y certeras estocadas) a otros vasallos del rey de Castilla en las estrechas calles del Potosí de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Sea como fuere, ahí está el Basajaun, sirviendo de telúrico y misterioso telón de fondo a esa saga de novela negra leída por millares, a quienes, mal que bien, Dolores Redondo ha acercado un poco más a la rica Mitología vasca.

Esa ficción, sin embargo, se ve una vez más superada por la realidad. Así es, la leyenda del Basajaun es mucho más complicada de lo que les haya podido parecer en las visiones que sufre la inefable inspectora Amaia Salazar, la protagonista de la “Trilogía del Baztán”.

El profesor Jon Juaristi (que anda en estas fechas estrenando nuevo libro) decía cosas bastante interesantes al respecto en una de sus obras menos políticas y más fascinantemente eruditas. Me refiero a “El linaje de Aitor”, del que esta última semana no me he podido alejar mucho, ocupado como estaba en dar fin y quito a mi parte de esa nueva “Historia de Gipuzkoa”, tan generosamente financiada por muchos de quienes leen este correo de la Historia.

“El linaje de Aitor” es, como decía, un estudio muy erudito -pero no por eso menos entretenido- sobre el origen de muchas de las leyendas que han ido configurando el pensamiento de los actuales habitantes de la comunidad autónoma conocida como “Euskadi”.

En ese libro el profesor Juaristi nos describe minuciosamente qué es invención perversa (la lamia Maitagarri, por ejemplo) y qué es verdadera tradición en mucho de ese mundo mitológico vasco.

En el caso del Basajaun todo parece indicar, según Jon Juaristi, que es una tradición milenaria, que nada tiene que ver con las febriles invenciones de un personaje tan fascinante como Augustin Chaho. Un prototipo de viajero y aventurero romántico que se dejó caer por el País Vasco y Navarra durante la Primera Guerra Carlista (1833-1839), para allí dar rienda suelta a una imaginación que le acabó trayendo problemas con el Alto Mando carlista. No demasiado contento con que los viera -y describiera- como un movimiento democrático que luchaba -afirmación verdaderamente asombrosa- contra el Absolutismo de la Santa Alianza…

Así es, según el profesor Juaristi, el Basajaun es, ni más ni menos, que uno de los monstruos característicos de la cultura humana en general, y europea en particular, que, a lo largo de la Edad Antigua y Media, se sintió fascinada -por distintas razones- por figuras monstruosas como la del Basajaun.

Este monstruo que corría de boca en boca en las leyendas que se contaban de padres a hijos en el País Vasco (hasta llegar a la “Trilogía del Baztán”), sería tan sólo uno más de los muchos “hombres salvajes” que han poblado, durante siglos, la imaginación (y los escudos y la decoración de las iglesias medievales) de los europeos.

Una monstruosidad más del completo catálogo que ofrece un magnífico artículo -consultado en su día por Jon Juaristi- firmado por el reputado Rudolf Wittkower y titulado “Maravillas de Oriente: estudio sobre la Historia de los monstruos”.

Así, el Basajaun sería uno más en la larga lista que va desde las tradiciones hindús hasta las medievales y renacentistas y recoge desde seres de aspecto humano pero con cabeza de grulla o de perro (los cinocéfalos), o, al revés, las mantícoras (seres cuadrúpedos pero con cara humana), sátiros o acéfalos (es decir, seres sin cabeza tal y como la entendemos, pues sus ojos, nariz, boca… estaban en lo que sería el tórax humano).

Como nos explica el profesor Wittkower, la razón por la cual los seres humanos han creado y dado pábulo a esos seres monstruosos a lo largo de los siglos, ha variado con el paso de los años. Así, en la Edad Antigua, en la que Plinio escribía su “Historia naturalis” (acabada en el año 77 después de Cristo), las historias de monstruos y seres fabulosos que provenían de Oriente eran rechazadas como fábulas por los geógrafos griegos de la época (Estrabón, por ejemplo), pero igualmente eran aceptadas -con fascinación incluso- por otros representantes de ese mundo clásico como el propio Plinio.

De ahí, a través de uno de los llamados padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, pasaron esas historias de monstruos y seres fabulosos al Occidente medieval. Según San Agustín, todos ellos debían ser aceptados como parte de la Creación de Dios, que se manifiesta en estos portentos mágicos. De esto se acabó deduciendo, en el Occidente medieval, que esos monstruos habían sido creados para dar ejemplo a la Humanidad, para advertirle de sus vicios. Así, por ejemplo, los seres con cuerpo humano y cabeza de perro, los cinocéfalos, recordarían lo reprobables que eran las personas pendencieras, los buscabullas…

Los hombres salvajes, como el Basajaun, evidentemente, serían una metáfora de los paganos, de quienes no habían recibido la Luz de la verdadera fe y vagaban fuera de los lugares habitados…

Así hasta que llegó el Renacimiento, la Preilustración, el siglo XVI, el siglo XVII y con él una curiosa raza de eruditos que se debatían entre la Religión, la Magia y la Ciencia…. como buena prueba de ello da la vida -y obra- de (por sólo citar dos casos anglosajones) el doctor Thomas Browne o sir Isaac Newton. Otro miembro de esa raza erudita, el doctor Nicolaes Tulp -un holandés nacido al iniciarse la guerra contra España y muerto en 1674, cuando Holanda debe buscar, otra vez, protección española- desmitificó la existencia de tales hombres salvajes.

Lo hizo basándose en la observación de una de las supuestas maravillas de las primeras colonias holandesas en Asia: la bestia que hoy conocemos como orangután. Un gran simio considerado por los autóctonos como un hombre que, en realidad, se había hecho pasar por salvaje porque, si se descubriese que sabía hablar, se le obligaría a trabajar…

Para el doctor Tulp, inmortalizado por Rembrandt en uno de sus más celebres cuadros, el orangután, aun siendo clasificable como “Homo sylvestris” o “Satyrus Indicus” (es decir, un hombre salvaje o un sátiro del Océano Índico) era, tan sólo un animal pues, sentenciaba el eminente doctor Tulp, tales cosas como los sátiros no podían existir…

Curioso corolario para criaturas que han catado las mieles del éxito literario en nuestro siglo, como lo atestigua la “Trilogía del Baztán”. Algo que, quizás, debería decirnos mucho sobre las cosas que fascinan nuestra imaginación, de manera magnética, durante siglos…

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Currutacos, “maravillosas”, “increíbles”, hipsters, it-girls y gafapastas. A propósito de Historia y de un libro de Víctor Lenore (1794-2016)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me he llevado una grata sorpresa esta semana pasada. Cuando creía muerto y enterrado en España eso que llaman “Periodismo de investigación” o limitado, casi en exclusiva, a esa labor de servicio público que es informar del grado de corrupción rampante (y sumamente peligroso, casi letal) que se ha alcanzado en dicho país, me descubren un libro del que ya hacía tiempo había oído hablar.

Se trata de “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural”. El destino de ese libro -que hay quien reclama (no sin razón desde luego) como lectura obligada en los institutos- ha sido el de ser publicado en una pequeña editorial de Madrid y de nombre evocador. Sobre todo para quienes trabajamos en el campo de la Historia: Capitán Swing. Es decir, aquel grupo de los que Eric J. Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, que en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX se oponían a la proletarización de los campesinos. Empujados a las terribles urbes industriales por la nueva maquinaría agrícola que a ellos les estropeó y acortó la vida y privó a Jane Austen del bucólico, romántico y apacible marco en el que se desarrollan la mayor parte de sus novelas.

Podría decirse que, con tal editor, el libro de Víctor Lenore ya estaba casi predestinado a ser piedra de escándalo. El escándalo me interesa bastante poco. Ustedes juzgarán. Después de leer este artículo y después de leer su libro. Cosa que les ruego hagan encarecidamente, porque nos describe la raíz de muchos de los males que están paralizando (y, de hecho, destruyendo) a la actual sociedad española.

Lo que describe y sistematiza de manera magistral Víctor Lenore en “Indies, hipsters y gafapastas” es preocupante, muy preocupante, visto en perspectiva histórica, que, ya se habrán dado cuenta, es la que adopta siempre todo lo que pasa por estas páginas semanales.

Para empezar ha incluido en su análisis los orígenes políticos y económicos de los que surgen esos, en apariencia (sólo en apariencia, insisto) inofensivos muchachos y muchachas de aspecto un poco excéntrico en el vestir y de trato bastante relamido, que invita a no sostener con ellos, o con ellas, ninguna clase de conversación demasiado larga. Cosa que, por otra parte, no parecen estar muy preparados para mantener (fueron ellos los que acuñaron el icono “Mono con platillos” para indicar que les aburría cualquier conversación profunda).

Nos dice Víctor Lenore que esas raíces políticas y económicas de indies, gafapastas, hipsters, it-girls…, se hunden fuertemente en la ideología neoconservadora fomentada -como bien indica Lenore- en las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que, por desgracia para toda una generación -la mía concretamente- fueron rápidamente mimetizadas y aplicadas en todo el Mundo desde 1980, cebando la bomba de la crisis económica estructural que ahora estamos viviendo.

Tal y como nos lo cuenta Lenore, esos excéntricos que llevan el pantalón por el tobillo, cuidados tupés, gafas llamativas, barbas cuadradas y camisas de cuadros o blancas, grises… con el último botón atado pero sin corbata, son algo más que una moda. Son todo un modo de entender la vida. Se trata de gente que va de la clase media baja hasta la élite y todos ellos tienen en común la liviandad de juicio, el no querer preocuparse de nada, ser pura superficialidad, vivir un consumo conspicuo y ostentoso (vacaciones exóticas, caras y “diferentes”, tatuajes, caros cachivaches electrónicos que hay que renovar cada poco tiempo y, sobre todo, exhibir en público en cafés a la última, en apariencia muy modernos y cosmopolitas) y otras características bien conocidas y popularizadas incluso por la prensa satírica.

En resumen, el indie, el hipster, el gafapasta, y sus contrapartidas femeninas, que se pueden agrupar bajo el nombre de it-girl (algo que se traduciría del inglés como chica con encanto, con “it”, con “eso”, pero que sería más apropiado describir como “chica-cosa”, “chica objeto”… de consumo), son gente que ha renunciado a pensar en nada profundo, que han hecho de la superficialidad intencionada una bandera…

Por supuesto, como nos va desgranando la crónica de Víctor Lenore, que conoce todo esto de primera mano, ellos y ellas, como no podía ser menos, creen que todo esto es muy moderno… Y aquí es donde el historiador se ríe. Sarcástica, tristemente. Esto no tiene nada de moderno. Esto se vivió en Europa hace ya dos siglos. En el tiempo de la Revolución francesa.

En 1794 París y el resto de la Francia urbana estaban llenos de “modernos” que coinciden casi punto por punto con lo que hoy es un indie, un hipster, un gafapasta o una it-girl tal y como descarnada, pero certeramente, los describe el libro de Lenore. Se trataba de los llamados “muscadins” (en España se tradujo como “currutacos”), así llamados por su afición a perfumarse hiperbólicamente con esencias que contenían “musc”. Es decir: almizcle. También se les llamó “increíbles”, a ellos, y “maravillosas”, a ellas. Se distinguían por una vestimenta extravagante. Ellos llevaban llamativos fracs, se ataban las boquillas de los calzones con largas cintas de colores, se peinaban con greñas que caían a ambos lados de las sienes (peinado en “orejas de perro” se le llamaba), y, lo necesitasen o no, portaban una varilla de metal con una lente de aumento montada en ella (generalmente en forma de pirámide truncada) y a través de esa lente miraban el mundo que les rodeaba con un impostado mohín de desdén y superioridad.

Ellas, las “maravillosas”, llevaban vestidos de talle alto (el luego llamado “estilo imperio”, inspirado en la moda imperial romana), peinados similares o bastante extravagantes, con gran cantidad de tufos, lazos y rizos y sombreros no menos llamativos que les ocultaban el rostro bajo una amplia capota o pétalo.

Su habla particular y distintiva era una burla hacia otras razas. Concretamente a los negros esclavizados de África. Lo llamaban “hablar como un pequeño negro”. Es decir, comiéndose determinadas consonantes como las “r”. La novela policíaca de Daniel Picouly, “Tête de Nègre”, ambientada en el París revolucionario, parodia esa jerga magistralmente.

Aparte de eso los “increíbles” solían calzar sólidas, aunque, por supuesto, extravagantes, botas de montar y se apoyaban en nudosos bastones cargados con plomo. Eran parte imprescindible de su atuendo, ya que era frecuente que recorriesen las calles de los barrios pobres de París apalizando a los otrora todopoderosos “sans-culottes”. La masa de maniobra de la revolución que, tras la caída del llamado “Terror” jacobino, pasaban horas bajas en una sociedad que -muy razonablemente- no quería que la revolución acabase en un baño de sangre. La intención de los currutacos, o “increíbles” y “maravillosas”, era, sin embargo, muy otra: lo que no querían era ninguna clase de revolución. Estaban a gusto viviendo en su precario universo de pequeños empleados, dependientes de tiendas, oficinistas, etc… No querían que el Mundo cambiase, tan sólo esperaban salir ganadores en la descarnada carrera hacia la cúspide de una sociedad basada en el privilegio… Exactamente lo mismo que ahora, dos siglos después, quieren indies, hipsters, it-girls y similares personajes, según nos dice Víctor Lenore.

Lean su libro y compárenlo con lo que nos cuenta de currutacos, “maravillosas” e “increíbles” la obra de un historiador como Albert Soboul, dedicada al estudio de sus grandes enemigos, los “sans-culottes”.

Descubrirán que, avances tecnológicos aparte, estamos hoy, prácticamente, en la misma situación en la que estaba el Mundo en 1794. Con una guardia pretoriana disfrazada de “moderna” que se dedica a abortar cualquier clase de avance social, de democratización. Aunque sea tirando piedras contra el propio tejado de la manera más estúpida que quepa imaginar (sólo posible en cabezas tan voluntariamente vaciadas y ahuecadas como la de un currutaco, un “increíble”, o un “indie”, o un hipster).

Un peligroso proceso para una sociedad realmente sana y viable que, como descubrirán, no está ocurriendo en la Luna. Muy al contrario lleva años (principalmente en la oscura década de los 90 del siglo pasado) fabricándose muy cerca de nuestra casa. Por ejemplo, los y las donostiarras que lean el libro de Lenore (y deberían leerlo), descubrirán que gran parte de esa operación que, al final, sólo funciona en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría (¿o cómo creen que Donald Trump ha llegado hasta la Casa Blanca?), se fraguó en parte -con nombres y apellidos reconocibles- en, quién lo iba a decir, ¿verdad?, la propia Bella Easo.

Esa capital que en su día fue una de las primeras ciudades europeas en subirse al carro de la revolución de 1789 y que, hoy, apenas en el primer mes de 2017, debería preguntarse si no se han estado riendo de ella (desde los siniestros años 90 y, más aún, todo el año pasado y, además, a cargo del dinero público) los herederos intelectuales (y sociales, y políticos, y económicos…) de los “increíbles” y las “maravillosas” que, sólo para empezar, hoy, en esa ciudad y en todo Occidente, están haciendo tierra quemada de todo aquello que sea verdadera Cultura. Tal y como lo describe, con verdadera, dolorosa pero necesaria lucidez el libro de Víctor Lenore “Indies, hipsters y gafapastas”…

 

 

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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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¿Qué pasaba en el Mundo hace cien años? Trincheras, revoluciones y espías (1917-2017)
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Carlos Rilova | 09-01-2017 | 12:35| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que un lunes como hoy, después de más de quince días envueltos en un régimen festivo de casi obligado cumplimiento, ni el redactor de estas páginas ni quienes suelen leerlas, tienen muchas ganas de pensar demasiado.

Por eso procuraré que este nuevo correo de la Historia (el primero de 2017) sea, aparte de entretenido, breve y bastante escaso de reflexiones demasiado transcendentales. Aunque con la delicada materia con la que siempre tratamos (la Historia) esto último, probablemente, sea más bien difícil.

Sin más preámbulo pues, pasaremos a plantearnos el tema de este lunes y, por tanto, a preguntarnos “¿cuál era el estado del Mundo en el año 1917?”. Es decir, ahora hace cien años.

La respuesta es relativamente sencilla. Hace ahora cien años la mayor parte del Mundo estaba sumido en una guerra descomunal (con el tiempo la llamarían “mundial”) que duraba ya cerca de tres años.

La mayor parte de Europa, excepto unos pocos países neutrales (Suiza, España…) estaba involucrada en esa guerra. Desde Portugal hasta Rusia pasando por las Islas Británicas.

Nadie había esperado aquello en agosto de 1914, cuando la guerra, tan temida como esperada, se hizo una realidad inevitable y los cañones y las ametralladoras sustituyeron a una Diplomacia que había hecho bien poco por evitar aquello.

El resultado, contabilizado en el año 1917, es decir, hace ahora cien años, era bastante desolador.

Para empezar la guerra no había sido ningún paseo militar -como también se esperaba en 1914- y la mayor parte de los ejércitos en liza estaban enfangados, literalmente, en una línea de trincheras que apenas había variado en esos casi tres años debido a que los contendientes tenían fuerzas humanas y técnicas muy igualadas.

La bien pagada de sí misma sociedad europea de la “Belle Époque”, descubrió en esos momentos que la guerra nada tenía que ver con las bellas estampas coloreadas de guerras “románticas”, como las napoleónicas.

También descubrió que la Ciencia, esa nueva religión laica predicada por Auguste Comte desde la primera mitad del siglo XIX, había servido para crear grandes avances científicos que hacían la vida mejor y más fácil para muchos, pero también para fabricar armas con un poder de aniquilación desconocido, capaces de matar hombres por millares en cuestión de minutos o de bombardear desde el aire ciudades como Londres o París. En esta última capital, hace ahora cien años, quedaba muy claro lo que había pasado, expresado de manera muy gráfica: la Torre Eiffel, todo un símbolo de esa creencia en la Ciencia como salvadora de la Humanidad, se había convertido en un puesto de comunicaciones y observación para prevenir ataques aéreos sobre la capital francesa, que los estaba sufriendo desde hacía tiempo. Por aire y también por tierra con grandes cañones utilizados por los alemanes. Maquinaría bélica en la que el ferrocarril y el cálculo matemático avanzado servían para lanzar proyectiles de alto poder explosivo al centro de París desde kilómetros de distancia.

En el resto del Mundo, salvo en los países neutrales de Sudamérica o Europa, las cosas no estaban mucho mejor. Se hacían grandes negocios gracias a esa guerra, pero coger un barco transatlántico era una lotería mortal. Una vez más gracias a otro invento de esa Ciencia de la que tanto se había esperado. En este caso los submarinos que la Marina Imperial alemana estaba empleando en algo que se llamó “guerra submarina sin restricciones” y que se llevó por delante desde “arrantzales” (es decir, pescadores vascos, para quienes leen esto más allá de las fronteras del euskera) hasta grandes barcos de pasajeros como el Lusitania.

Cosas así provocaron la entrada en guerra de los Estados Unidos de Norteamérica a partir de ese año 1917. Esa circunstancia demostró, por si no estaba bastante claro, que la guerra la ganarían quienes dispusieran de un mayor y más avanzado poder industrial. Como era el caso de esa potencia.

Los demás gigantes mundiales no estaban para demasiadas reflexiones de ese tenor hace ahora cien años. Rusia, víctima de su atrasado sistema político y económico, estaba siendo devorada por una guerra a la que aportaba, sobre todo, carne de cañón, sacada de su inmenso mundo rural en el que las cosas poco habían variado desde la Edad Media. Los centros urbanos e industriales, más avanzados, acabaron, bajo la presión de aquella guerra inhumana, impulsando una revolución que si no llegó a cambiar el Mundo, desde octubre de aquel año 1917, lo hizo temblar un poco más. Hasta 1989.

En Asia, otra reliquia del pasado -la China imperial- se desmoronaba ante movimientos modernizadores que trataban de imitar las ideas políticas que venían de aquella culta Europa que se hundía -una vez más literalmente- en el fango provocado por sus propias contradicciones internas. Por un lado estaban en aquella China imperial agonizante los comunistas, bien organizados (como suele ser costumbre en ellos) y por otro los nacionalistas del Kuomintang, decididos a modernizar China de una vez por todas al estilo del Japón Meiji que, en esos momentos, era parte de la Entente y, por tanto, beligerante en la que luego sería conocida como “Primera Guerra Mundial”.

No creo que haga falta decir que las diferencias entre nacionalistas y comunistas dejaron servida una guerra civil que asoló al país hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Con respecto a Oceanía y África las cosas no estaban mucho mejor. El primero de esos dos continentes se había convertido en otra fábrica de carne de cañón para Gran Bretaña y su espléndida guerra en el Hemisferio Norte y en otros frentes secundarios como el africano. Donde la supuesta superioridad del hombre blanco estaba quedando en entredicho entre los “nativos” que Europa había ido a “civilizar” en la segunda mitad del siglo XIX.

Poco más pasaba en el Mundo hace ahora cien años. Los espías que trabajaban para esas vastas fuerzas contendientes seguían a lo suyo: a ganar la guerra de las trincheras lejos de las trincheras. Algunos (la mayoría) hicieron esto con gran habilidad. Tanta que hoy ni siquiera conocemos sus nombres, aunque sí sus acciones y las consecuencias de las mismas. Otros fueron más estruendosos, pero menos hábiles. Como el agente intoxicador Bolo Pachá o Mata Hari, que el martes 13 de febrero de 1917 sería detenida por los Servicios Secretos franceses para, sobre todo, servir de chivo expiatorio por todo lo malo que le estaba ocurriendo a Francia desde 1914. De ella, quizás, volveremos a hablar en el correo de la Historia correspondiente a esa semana…

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Ritos y mitos del Año Nuevo. De Jano Bifronte y otras contradicciones humanas
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Carlos Rilova | 02-01-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como suele ser habitual la duda me asalta cuando me pongo, como cada semana, a pensar sobre qué tema escribir para el nuevo correo de la Historia de cada lunes.

Por una parte me tentaba hablar hoy de Grigori Rasputín, ya que -según nuestro calendario- este jueves pasado se cumplieron 100 años de su ejecución a manos del príncipe Yusupov y sus secuaces, dando así una señal de aviso inequívoca del grado de descomposición que estaba alcanzando la monarquía zarista, que iba a caer víctima de varias revoluciones. La definitiva en octubre del año 1917, a manos del partido bolchevique que se quitó de en medio a competidores más escrupulosos. Empezando por los mencheviques y el, por breve tiempo, hombre fuerte de Rusia tras la caída de la monarquía zarista: Kerensky.

Sin embargo, al final, no sé si acertadamente, he decidido prescindir de Rasputín y su muerte. Principalmente porque del tema ya se ha hablado bastante. Empezando por el que estas líneas escribe, que recordó todo esto en una conferencia el martes pasado en la que -por difícil de creer que parezca- se encontraba una relación entre el accidentado monje ortodoxo y el Carlismo vasco en el marco de una serie de conferencias sobre ese tema (el Carlismo) a las que daremos -espero- brillante conclusión este miércoles 4 de enero a las 19:30 en la Sala Arrupe, en la calle Garibay. En pleno centro de San Sebastián que, como antes de su capitalidad, sigue siendo una ciudad que ha trabajado y trabajará por la Cultura. Por la de verdad. Por la que algunos indocumentados se han atrevido a llamar recientemente “lo de siempre”.

Así las cosas, dejo aquí al magnético monje recomendándoles que, si quieren saber más de Rasputín, aparte de lo publicado en revistas de divulgación histórica y suplementos varios, se lean su biografía firmada por Henri Troyat. O, al menos, vean “Nicolás y Alejandra”, donde su personaje tiene un papel estelar y un fin no menos espectacular aunque, quizás, más adornado que el que verdaderamente sufrió.

En lugar de hablar de él y de su obituario -más allá de lo ya dicho- me centraré en algo más propio de las fechas. Es decir, hablar del Año Nuevo. Empezando por explicar de dónde viene el nombre de este mes que acabamos de estrenar.

Viene, supongo que no les sorprenderá, de un dios tutelar romano que, a diferencia de lo que ocurre con muchos otros de su Panteón, no fue copiado del griego.

El nombre del dios era Jano. De ahí derivo a Janero, Janeiro (en portugués) y finalmente, en castellano, a Enero.

En realidad, si tomamos en cuenta lo que nos dice el Diccionario de Mitología griega y romana de Espasa dirigido por René Martin, Jano, más que un dios era eso que se ha llamado un “héroe civilizador”, que suele ser la antesala para convertirse en dios. Como bien se puede ver en panteones como el egipcio o el hindú.

Jano, pues, habría existido y habría realizado una serie de hazañas que lo llevaron a ser divinizado después de su muerte. Entre estas se contaría ser uno de los fundadores de Roma junto a los gemelos Rómulo y Remo y haber parado -haciendo brotar agua hirviente ante el Capitolio- un ataque de los sabinos (viejos enemigos de Roma cuando Roma no era nada más que una ciudad-estado que trataba de defenderse de otras muchas ciudades-estado desperdigadas por el Lacio).

También se decía que había inventado el dinero y la navegación. En cualquier caso se le invocaba incluso antes que a Júpiter, padre de los dioses equivalente al Zeus griego. Era el dios que protegía los umbrales, las entradas y las salidas, y aseguraba buenos inicios y mejores finales.

Según otras versiones más sofisticadas, como la que da otro diccionario de Mitología griega y romana (éste dirigido por Pierre Grimal), Jano habría llegado a Roma exiliado desde Tesalia (un territorio con fama de tener entre sus habitantes, de ambos sexos, abundantes magos) y en la Ciudad Eterna fue acogido por uno de sus reyes míticos: Cameses.

Al parecer Cameses habría gobernado junto a él y Jano habría engrandecido Roma elevando una pequeña urbanización en la colina que sería conocida después como Janículo. No sólo eso, para que no pare esa mezcla de Historia y Mito, Pierre Grimal nos dice que Jano llegó desterrado desde su Tesalia natal acompañado por su esposa, llamada Camise o Camasena. Habría tenido varios hijos. Uno de ellos llamado Tíber. Como el río que pasa por Roma en la actualidad.

Con todo esto era lógico que fuera el dios propicio para proteger el final del año que se cerraría sobre sí mismo pasados varios meses. Otra vez. Él lo vigilaría gracias  a sus dos rostros barbados, que miraban en una dirección y en otra y le otorgaban capacidad para ver el pasado y el futuro.

Aparte de eso, Jano, con el tiempo, por esas mismas características, pasó a convertirse en un dios que reflejaba las contradicciones propias de la existencia. Especialmente las de cada persona que, sumadas unas a otras, generan las contradicciones de cada época y cada sociedad con las que, de un modo u otro, debemos vivir. O tratar de vivir.

En ese aspecto, Jano es también un dios de lo más apropiado para consagrar la llegada de un nuevo año en el que, desde el tiempo de los romanos, se formulaban buenos deseos o augurios. Tal y como se dice hoy día en la actual Italia, donde se desea eso, precisamente: buenos augurios para la Navidad y el nuevo año.

Sí, no está nada mal recordar al viejo dios pagano en estas fechas en un mundo tan lleno de contradicciones como éste en el que vivimos. Uno en el que, por ejemplo, hay gente que vive -espléndidamente- de ser un tahúr intelectual -como esos que Paolo Sorrentino desenmascaraba genialmente en “La gran belleza”- capaces -por ejemplo y por decirlo con una hipérbole- de montar una exposición sobre temas históricos con instrumentos comprados en la sección de Juguetería de un “Todo a cien”, mientras se trata de convencer al público que paga la Fiesta de que se es, en realidad, todo un Montesquieu o un Voltaire. Sin ir más lejos.

Sí, Jano, el gran dios Jano que marcaba el inicio y el fin del año, y recordaba las contradicciones del ser humano, es, como todo lo que podemos sacar de la Cultura clásica (la sólida, la de verdad, no la que vive de -por seguir con las hipérboles- poner tapones de botellas en la barandilla de La Concha y performances similares, que dejan a los contribuyentes que lo pagan con cara de idiotas) una gran metáfora, una fábula con una moraleja que nos enseña lo difícil, a veces imposible, que es intentar mantener dos cosas contradictorias al mismo tiempo que, tarde o temprano, tendrán que colisionar.

Tengámoslo presente a la hora de formular buenos deseos para este año que empieza. Especialmente aquellas personas que tienen en su mano los resortes de poder que pueden impedir, por ejemplo, que se llame “Cultura” a lo que no es, ni más ni menos, que un insulto a la inteligencia salido de cabezas poco amuebladas pero tan llenas de astucia como un vendedor de medicinas curalotodo de esos habituales en los “Western“ crepusculares. O intentar mantener un Estado del Bienestar (con su Hacienda, sus pensiones, su Salud Pública) en el marco de un sistema económico que -paños calientes de Telediario aparte- está dominado y parasitado por una ideología que demanda la destrucción de tales seguridades implantadas un ya lejano 1945, en el que en Europa humeaban aún las ruinas de la última gran guerra provocada por esas mismas ideas…

Sí. Será bueno que recordemos en este comienzo de año lo que en realidad nos quiere decir el dios bifronte: que querer una cosa y su contraria al mismo tiempo suele ser un camino directo al desastre. Por ejemplo el de vivir en una sociedad en la que se administran la cosa pública (la Cultura, las pensiones, la Sanidad) de acuerdo al programa de aquel rey de otra fábula más cercana a nosotros.

Ese al que unos cuantos estafadores que se hacían pasar pos sastres le vendieron un traje muy caro que, en realidad, no existía, y, para mayor escarnio, le hicieron pasearse desnudo por la calle, haciendo ver -qué remedio- que, en realidad, iba vestido con unas sedas, tafetanes, terciopelos y oro que sólo existían en su imaginación y en la caradura de los estafadores que le habían sacado el dinero y se reían a mandíbula batiente del éxito de tanta tontería y tanta malicia redomada.

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