Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
La Historia como arma de guerra. A propósito de las elecciones venezolanas. Simón Bolívar el libertador, Simón Bolívar el dictador y el presidente Hugo Chávez
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Carlos Rilova | 08-10-2012 | 11:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Para este momento en el que subo este nuevo artículo a la plataforma digital de “El Diario Vasco”, ya conocemos cuáles han sido los resultados de las elecciones presidenciales en Venezuela.

Como es razonable esperar estos han disgustado a unos y han alegrado a otros. No podía ser menos.

Sin embargo nada de eso cambia el sentido de este artículo, relacionado con ese acontecimiento en el que esa gran nación -miembro fundador de la OPEP, es decir de la Organización de Países productores de Petróleo, para decirlo todo- parece haberse jugado su destino al permitir más de la mitad de sus votantes la continuidad hasta 2018 de los catorce años de gobierno del comandante Chávez.

Así, vistos los resultados, y sobre todo las declaraciones del nuevo presidente de Venezuela, parece ser que la apropiación de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera por parte de Hugo Chávez, ha funcionado una vez más, sustentando lo que algunos han calificado como régimen de tintes dictatoriales, o cuando menos populistas, y movilizando durante estas últimas semanas, y hasta ayer mismo, a miles de seguidores.

Tanto para ir a manifestaciones y mítines -y a alguna que otra reyerta callejera con muertos del partido opositor a Chávez, que nos recuerda a la Europa de los años 30- como a los colegios electorales.

Demasiado como para que el historiador no se fije en esa utilización de la Historia como un arma de guerra -de momento política- del mismo modo, más o menos, en el que Yves Lacoste descubrió en los años setenta del siglo pasado que la Geografía también tenía ese uso.

Es un dato poco conocido, pero bastante accesible cuando uno se pone sobre la pista de este tema, que el comandante Chávez mantuvo una relación sentimental con Herma Marksman, historiadora de ideología socialista que, sin duda, debió contribuir, y no poco, a esa apropiación por parte de Hugo Chávez de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera para la lucha política.

Que nuestra colega terminó de manera tormentosa su relación de toda índole con el comandante Chávez es también algo poco conocido, pero igualmente notorio, cuando uno se pone a hacer indagaciones -como es el caso- sobre la peculiar relación de Hugo Chávez con la Historia en general y con Simón Bolívar en particular.

¿Cuáles pudieron ser las razones profundas que llevaron a Herma Marksman a romper esa relación, a considerar, como denuncia ella misma en una entrevista, que Chávez la había utilizado?.

Al margen de todo lo que diga en su propio nombre la profesora Marksman, se pueden encontrar algunas otras a partir de un simple paseo por una bibliografía más o menos selecta en torno a la figura de Simón Bolívar.

Empecemos por la impresión que tiene el movimiento bolivariano (gracias al que el comandante Chávez llegó y permanece en el poder presidencial de Venezuela), de que el llamado “Libertador” fue una especie de precursor de ideas socialistas que, a decir verdad, en las primeras décadas del siglo XIX en las que se desarrolla la vida política y militar de aquel criollo de origen vasco -vizcaíno para más señas- estaban en un estado poco menos que embrionario.

Ese es el primer tropiezo del movimiento bolivariano del presidente Chávez con la Historia real. Esa descontextualización del personaje histórico para convertirlo en un mito que, a su vez, se pueda convertir en una bandera seguida por miles de votantes que pueden dar -y han dado- un vuelco en las urnas a la política que dirige uno de los principales países productores de petróleo y, por tanto, un lugar que despierta un gran interés a nivel internacional. Como lo hemos visto en muchos telediarios durante años y especialmente a raíz de estas elecciones que ha vuelto a ganar el comandante Chávez, en las que casi se ha podido sentir cómo muchos contenían la respiración esperando el fin democrático de su republicana bolivariana.

Así es, Bolívar fue un hombre de su tiempo -finales del siglo XVIII y principios del XIX- imbuido de las ideas ilustradas que animaron la revolución de 1789 y está claro que sostuvo en sus numerosos escritos, en sus proclamas fundamentales, diversas ideas revolucionarias, pero eso no significa -en modo alguno- que se le pueda catalogar como “socialista”. Ni siquiera como precursor del Socialismo, que iba a empezar a eclosionar como ideología revolucionaria hacia la cuarta década del siglo XIX de la mano de dos filósofos alemanes: Friedrich Engels y un tal Karl Marx, buen amigo del anterior, al que sableaba con frecuencia para poder seguir escribiendo una obra monumental sobre el Capitalismo…

Es precisamente Marx, el fundador, el símbolo indiscutible de la ideología socialista revolucionaria, el que deja claro -con la contundencia que le caracterizaba- en uno de sus escritos publicado en el año 1858 en la “The New American Cyclopaedia” de Charles Dana, lo que pensaba de Simón Bolívar, que no es precisamente lo que se pensaría de un correligionario.

En esa breve biografía, en efecto, Karl Marx comparaba a Bolívar con Napoleón y consideraba que su “Código Boliviano” era más o menos lo mismo que el “Código Napoleón”. Es decir, una base legal para poder ejercer un despotismo dictatorial que, en opinión de Karl Marx, Bolívar soñaba con imponer sobre toda América del Sur después de unificarla en una confederación de la que él sería dictador supremo.

Posiblemente, tal y como señalaba José Aricó en un artículo publicado en México en 1980 sobre ese escrito de Marx, el filósofo fundador del Socialismo quizás veía de un modo un tanto sesgado a Bolívar, pero ni el mismo Aricó se atreve a desmentir totalmente a Marx, señalando únicamente que ese viaje de Bolívar del revolucionarismo de raíz francesa al despotismo conservador, era la única reacción posible para él y para las restantes élites criollas, deseosas de librarse del dominio español, pero no de entregar el poder a las masas populares que los han ayudado a llevar a cabo ese proceso de Independencia.

Ese mismo en el que, como podemos leer, por ejemplo, en la edición de las cartas que Bolívar dirige a otro de los libertadores, el argentino José de San Martín -publicadas en Buenos Aires por el Instituto Nacional Sanmartiniano en el año 1952-, abunda la palabra “Libertad”, se identifica a los españoles con la opresión y con la imposición de un duro yugo a los pueblos americanos… pero brilla por su ausencia toda referencia a ningún plan de república socialista “avant la lettre”, quedándose el proyecto libertador reducido a una simple revolución, ni siquiera burguesa sino de la aristocracia criolla, dueña, de hecho, de grandes explotaciones esclavistas y basada en el principio de apoyarse en la burguesía y las masas populares pero sin querer hacer concesión alguna de poder político o económico a las mismas.

Así, mirando la biografía de Simón Bolívar desde el ángulo científico, a partir de documentos generados incluso por él mismo, descubrimos que hay un abismo entre la vida real del llamado “Libertador” y lo que el movimiento bolivariano, que ha sustentado la carrera política de Hugo Chávez, ha pretendido ver, y, desde luego, hacer ver, en él.

Nada de que extrañarse por otra parte. Como recogen Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado en su “Epílogo” a la edición de esa biografía de Bolívar firmada por Marx a la que acabo de referirme -hecha en el año 2001 por la editorial madrileña Sequitur-, mucho antes de que el comandante Chávez llegase al poder, la figura de Bolívar había sido objeto de una mitificación interesada en Venezuela y en otras partes de la “Gran Colombia” fundada por su levantamiento contra España. Un proceso que había llevado a muchos miles de sudamericanos de Venezuela, de Colombia… a considerar una traición a la patria el hablar o pensar de Bolívar tal y como fue -un criollo dueño de minas y esclavos, renegado del revolucionarismo francés de 1789 que censura lo que se debe enseñar en las Universidades- en lugar del símbolo en el que se le había convertido.

Una bandera ésta, la de un Bolívar mítico, especie de santo laico defensor de los desamparados de la Fortuna y de los revolucionarios de toda índole, que el comandante Chávez ha utilizado hábilmente durante catorce años pero que, como es de imaginar, sólo puede acabar defraudando a aquellos que la han seguido, puesto que parte de unos hechos carentes de verdad histórica, de una auténtica burla hacia aquellos que han otorgado su confianza a ese símbolo estrambótico que, por dejarlo claro, equivaldría, más o menos, a que Adolf Hitler, por alguna extraña, monstruosa, paradoja, acabase convertido en símbolo del Pacifismo algún día.

Algo que, en cualquier caso, debería llevarnos a reflexionar sobre la facilidad con la que se pueden tender trampas colectivas -a veces de muy graves consecuencias- gracias a la ignorancia de la Historia. La verdadera Historia, la que escriben los historiadores, no lo vencedores, ni los cortesanos al servicio de determinados poderes después de todo opresivos, como el que representó el Bolívar histórico -no el mitificado- en su día.

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¿Arquitectura fascista, Arquitectura republicana, Arquitectura democrática?… San Sebastián-Roma-Bilbao-Washington D. C. (1922-2012)
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Carlos Rilova | 01-10-2012 | 10:51| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Los cauces a través de los que se encuentra un tema con el que llenar esta página de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, cada lunes, son, a veces, de lo más inesperado.

En el caso del que va a ocupar hoy esta página todo empezó por un comentario hecho al final de una reunión de otra Asociación a la que tengo el honor de pertenecer, la de Amigos del Museo de San Telmo. Quien hizo ese comentario fue su presidenta, una verdadera especialista en temas de Historia del Arte, la profesora Montserrat Fornells, con la que él que esto suscribe aprendió -cuando sólo era un bachiller a medio cocinar- a distinguir una columna dórica de una corintia y otras cosas que, a fecha de hoy, le ayudan a quedar bien cada vez que alguien le pregunta algo sobre algún edificio, algún castillo, alguna catedral, algún cuadro más o menos famoso…

El comentario en cuestión era sobre un hecho bastante llamativo de la Geografía urbana de San Sebastián. Concretamente el escudo que campea, en ambas fachadas, de la llamada Caseta Real de Baños. Es decir, ese edificio que es el último de la serie que se elevan sobre las barandillas de la bahía de La Concha según se avanza hacia el Palacio de Miramar, el barrio del Antiguo y la playa de Ondarreta.

Yo, supongo que como muchos otros confiados paseantes de la Bahía -bien nativos o bien turistas-, no había reparado en lo que la profesora Fornells me hizo reparar enseguida: resultaba que la corona que campea sobre ambos escudos -el de la fachada que da al paseo y el de la que da sobre la playa- no era el escudo real sino el republicano, fácil de distinguir porque se compone de una serie de torres y no de una corona real.

Yo señalé a esto que ese era un dato de lo más curioso, pues indicaba que desde la proclamación de la Segunda República española en abril de 1931 el cambio de escudo había persistido hasta la actualidad. Sobreviviendo -quién sabe cómo- al expurgo franquista de ese tipo de símbolos que llegó tras la victoria del bando rebelde en la guerra de 1936 a 1939.

En este intercambio de información intervino otro historiador donostiarra, Alberto Fernández-D´Arlas, que, además de miembro de la Junta de la Asociación de Amigos del Museo de San Telmo, también sabe unas cuantas cosas sobre patrimonio histórico y artístico de San Sebastián y de lo que no es San Sebastián. Su documentada opinión señaló, apostillando mi comentario sobre la lógica histórica que había llevado al despojo de la corona monárquica en la Caseta Real de Baños, que, efectivamente, muy probablemente, cuando se acometió por parte de los técnicos de la Diputación guipuzcoana la reciente restauración del edificio, estos se limitaron a calcar el escudo presente en la caseta desde -es de imaginar- abril de 1931 en adelante sin reparar en el detalle de la corona republicana que, ciertamente, queda un tanto incongruente en un lugar que se llama Caseta Real -que no republicana- de Baños.

Con esa información fermentando en mi memoria, finalmente, como es obvio, decidí que ese tropiezo histórico-artístico bien podía ser la base de otro artículo para este blog de la Asociación de historiadores guipuzcoanos.

En efecto, el tema ofrece muchas posibilidades para que el historiador, una vez más, siente cátedra sobre una cuestión histórica al alcance de, prácticamente, cualquier mano -o más bien par de ojos- que quieran reparar en ese detalle arquitectónico. Es una cuestión, de hecho, de gran calado histórico que puede ayudarnos a entender las razones por las que, como sociedad -más que como individuos-, recordamos y cómo lo hacemos y, en fin, tenemos una ciencia que llamamos “Historia”.

No voy a descubrir nada nuevo. De hecho, ese trabajo ya lo hizo, hace años -y muy bien-, uno de nuestros colegas norteamericanos, el profesor David Lowenthal, en un magnífico libro traducido al español por la editorial de Ramón Akal no hace muchos años y que los lectores interesados pueden encontrar hoy por hoy en muchas bibliotecas. Los donostiarras -los principales aludidos por la cuestión del escudo incongruente de la Caseta Real de Baños-, por ejemplo, en la Biblioteca Koldo Mitxelena Kulturunea y, los que sean antiguos alumnos de la E.U.T.G., en la biblioteca de esta institución.

En “El pasado es un país extraño” Lowenthal, con un análisis verdaderamente exhaustivo y muy incisivo, repasaba el modo en el que en el mundo fundamentalmente anglosajón se perpetuaba el recuerdo de determinados acontecimientos. Desde batallas hasta la vida cotidiana de, por ejemplo, los primeros colonos ingleses en América que, a fecha de hoy, se ha reconstruido en lo que normalmente llamamos “parque temático” con un alto grado de especialización y veracidad que pasa, incluso, por la ausencia de retretes modernos, sustituidos para todos -historiadores al cargo del asunto y visitantes- por un realista agujero en las cuadras de las granjas reconstruidas hasta el último detalle en el estado en el que estaban hacia, más o menos, el año 1637.

La conclusión del libro de Lowenthal, grosso modo, venía a decir que nos gustaba recordar porque somos seres finitos -si fuéramos inmortales nos bastaría nuestra memoria y, sin duda, nuestra forma de recordar, de hacer Historia, sería muy distinta- y que hasta finales del siglo XX nuestro recuerdo del pasado ha estado mediatizado por lo que queríamos ver de ese fragmento del Tiempo, eliminado de él aspectos desagradables del mismo que una sociedad más tecnificada y más higienizada no podía asumir. Caso, por ejemplo, de los sospechosos retretes ubicados en los rincones de las cuadras, los olores de una curtiduría, los de cuerpos y ropas no lavados con la misma frecuencia que usamos hoy día y un largo etcétera que, me imagino, ya se irán imaginando, entre el que se incluyen habilidades como la de tejer o hilar de la que hoy muchos de nosotros no sabemos nada.

Lowenthal también dedicaba cierta atención a las cuestiones de orden político como barreras para recordar el pasado o determinados aspectos de él, pero, quizás, ese era el aspecto menos desarrollado de su, por otra parte, recomendable libro.

Ciertamente la opinión política del presente, a veces, no está muy de acuerdo con determinadas partes de la opinión política del pasado que, sin embargo, como ocurre con la Caseta Real de Baños, han quedado escritas, literalmente, en piedra.

El caso de la Caseta Real de Baños es, en efecto, uno más de esos desencuentros entre las opiniones políticas del pasado y del presente que el historiador, tal vez, puede ayudar a comprender, explicar y, si ello es posible, resolver del modo más satisfactorio posible.

Intentémoslo. Puestos ante la obligación de conservar el patrimonio histórico-artístico en su mayor integridad, lo lógico sería mantener esas piezas en el estado en el que estaban cuando empezaron a convertirse en reliquias, en restos irremplazables de un pasado ya perdido, es decir, en documentos históricos, aunque esto, como lo saben bien los restauradores, suele ser bastante más fácil de decir que de hacer.

Efectivamente, llegados al punto de preservar de la destrucción del tiempo un determinado resto, de restaurarlo, de conservarlo y de convertirlo en un instrumento que ilustre al mayor número posible de habitantes del presente sobre ese pasado, se plantean una serie de preguntas incómodas para las que, muchas veces, la respuesta no es sencilla.

Por ejemplo, ¿qué conservamos?. ¿Las estatuas de dictadores sanguinarios, otrora fieles aliados de Occidente, como Sadam Hussein?. ¿Sus palacios?.

¿Qué hacemos con las murallas de Nínive o con cualquiera de las de nuestra hoy, más o menos, unida Europa, todas ellas testimonios de sociedades altamente militarizadas, de regímenes desaparecidos que rendían culto a una violencia que hoy amedrenta a muchos habitantes del presente y les hace sentir incómodos?.

¿De qué modo los conservamos?. ¿Los dejamos tal cual estaban?, ¿se les pone una placa explicativa?. En ese caso, ¿en qué términos debe estar escrita  y por quién?.

La respuesta del historiador, por supuesto, es que, en primer lugar y ante todo, esos restos deben ser conservados porque de otro modo olvidaremos, careceremos de memoria, pero que los mismos, para ser verdaderamente útiles, deben ser convenientemente analizados y explicados para los pobladores del presente.

Una decisión que, sin embargo, resulta muchas veces verdaderamente controvertida. Y no hay que irse hasta Irak para encontrar ejemplos. Hace no muchos años el alcalde de Bilbao, el doctor Iñaki Azkuna, del Partido Nacionalista Vasco -uno de los muchos represaliados por la dictadura franquista-, se vio envuelto en una polémica bastante aguda en torno a la conservación en un edificio de la plaza Moyúa de la capital que él gobierna de un escudo de corte netamente fascista, digamos que de la época más “azul” del Franquismo, según el término acuñado por el historiador israelí Shlomo Ben Ami.

Se habló de quitar ese escudo. Hubo asociaciones como “Ahaztuak 1936-1937”, dedicada al recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y la posterior dictadura en el País Vasco, que protestaron enérgicamente y, finalmente,… el escudo se quedó junto con el resto del edificio y puede verse a fecha de hoy cada vez que uno pasea por esa parte de Bilbao o se ve en la obligación -generalmente penosa- de acudir a la Agencia Tributaria del Estado, que es el organismo que se aloja ahora en el interior de esas estructuras claramente fascistoides.

El doctor Azkuna, al parecer, justificó esa decisión señalando, muy acertadamente, que el escudo y el edificio en sí eran un documento, un resto del pasado que se debía conservar para que hoy y en el futuro se supiera lo que había ocurrido.

El único defecto a esa argumentación es que, a fecha de hoy, tampoco parece que se han hecho esfuerzos demasiado notables para hacer visible a nuestra generación, y a las futuras, el significado histórico de ese impresionante edificio, ejemplo local de la Arquitectura de corte fascista, que rodea esa bonita plaza bilbaína junto al Hotel Carlton, la estatua de José Antonio de Aguirre -primer presidente del primer gobierno autónomo vasco en plena guerra civil- y otros emblemáticos edificios como el palacio de Víctor Chávarri, un capitán de empresa, uno de los amos, del, para muchos, lúgubre y duro Bilbao de la Industrialización…

Volviendo al caso de la Caseta Real de Baños de La Concha, también carente, hoy por hoy, de toda explicación coherente sobre su valor histórico, por un lado se debería restaurar, al menos, uno de sus escudos tal y como era cuando servía de vestidor playero a la familia real española, mantener el otro con la corona republicana que, al parecer, sobrevivió a la purga franquista y, finalmente, redactar un sencillo pero instructivo y bien documentado texto -en los idiomas que fuera pertinente- explicando todos esos avatares: la caída de la monarquía en 1931, la incautación republicana de todos sus bienes y el resellado -por así decirlo- de los mismos con los símbolos republicanos, la supervivencia de ese símbolo republicano en la España franquista, etc, etc…

Puede que algunos encuentren discutible ese criterio -polémica, como acabamos de ver en el caso de Bilbao, no suele faltar con estos temas-, sin embargo lanzó una última reflexión acerca de dejar estas cosas como están, sin placa, sin explicaciones, o mutilándolas: si suprimiéramos toda la arquitectura que no nos gusta, que choca con la manera de ver las cosas mayoritariamente aceptada en nuestras sociedades democráticas, ¿qué pasaría con el conjunto monumental del centro de la capital de Estados Unidos?. Como se puede apreciar echando un vistazo a la imagen que cierra este artículo, sacada de parte de la fachada de los Archivos Nacionales de esa nación que dice ser la mayor democracia del Mundo, no hay mucho que separe a esos elementos arquitectónicos de los erigidos, más o menos en la misma época, por regímenes totalitarios o paratotalitarios, como el fascista -que plagó Roma de estructuras y placas, algunas de ellas aún visibles-, el franquista que dejó, entre otros, en pie el edificio de la plaza Moyúa del que acabo de hablar o, supuestamente en el extremo ideológico opuesto, el Stalinismo…

Vistas así las cosas quizás lo más inteligente, instructivo y barato resulta, en efecto, seguir, por ejemplo, la política del Ayuntamiento de París. Es decir: la de dar explicaciones escritas sobre cada edificio con valor histórico, por qué llegó a existir, cómo sobrevivió y qué significaba.

Historiadores preparados para hacer ese trabajo no faltan. Como espera estar demostrándolo semana a semana esta página.

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En el 60 aniversario del Festival de Cine de San Sebastián… A propósito de la crisis económica. La “Gran Depresión” en la gran pantalla (1929-2012)
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Carlos Rilova | 24-09-2012 | 11:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

La redonda 60 edición del Festival de Cine de San Sebastián parece un buen pretexto para pararnos a pensar sobre ciertas imágenes cinematográficas. Concretamente sobre esas que hace unos años veíamos con un suspiro de alivio en la gran pantalla y que ahora volvemos a ver con verdadera angustia, como un reflejo nervioso de la situación que estamos viviendo -sobre todo en Europa- desde al año 2007 en adelante. Esa que se nos ha descrito como la mayor crisis económica mundial desde el año 1929…

A decir verdad nuestro Zinemaldia no parece haber hecho mucho caso de películas como “Bonnie and Clyde” o “El golpe”, que reflejaron magníficamente a finales de los sesenta y principios de los setenta la lúgubre Norteamérica de la Gran Depresión, en toda su espantosa intensidad. Como lo demuestran las primeras escenas de “El golpe”, en las que la cámara desfila ante una hilera de desahuciados, harapientos, seres humanos, sin esperanza, sin trabajo, sin nada… en el año 1936, en una ciudad del Medio Oeste americano.

En efecto, nuestro Festival tampoco dio cabida en él -por las razones que sea, sin duda totalmente acertadas- a superproducciones recientes como la última versión de “King Kong”, en la que actuaba notablemente Naomi Watts -que en estos días es una de las estrellas que da más brillo a esta nueva edición del Zinemaldia con “Lo imposible”- y devolvía a la vida -también en las escenas iniciales de esa nueva versión del mito del gigantesco rey simio- una Nueva York de principios de los “oscuros treinta” al sarcástico ritmo de “I´m sitting on Top of the World” -“Estoy sentado en la cima del Mundo”- de Al Jolson, que suena mientras la gente se muere de hambre y frío en las calles de Manhattan por falta de un trabajo y una casa que el viento de la Gran Depresión de 1929 se llevó por los aires y sólo devolvió -en el mejor de los casos- en forma de chabola en la “Hooverville” improvisada en Central Park. Sí, la misma que destroza la Policía en “Cinderella man”. Otra película reciente ambientada en la Gran Depresión con grandes estrellas como Russell Crowe y Renée Zellweger -de esas que algún día recibirán el premio Donostia, como Meryl Streep, protagonista en su día de “Tallo de hierro”, otra película sobre esa época-, que nos devuelve en toda su crudeza a esa gran crisis económica que ahora volvemos a ver en la pantalla horrorizados, preguntándonos si ya estamos así o si dentro de poco estaremos así…

Ese desencuentro casi continuo entre el Festival y ese cine sobre la Gran Depresión -con las excepciones de rigor, como el premio al protagonista masculino de “Bonnie and Clyde”-, sin embargo, no nos debería eximir de reflexionar sobre en qué se parece realmente la América, y el Mundo, de esa época -esa de la que era testigo David Carradine en “Esta es mi tierra” interpretando a Woody Guthrie, el bardo de aquellos Estados Unidos- y éste en el que, mal que bien, vivimos ahora, arrasado por otro cataclismo económico como el de 1929 y en el que muchos parecen volver a comer las uvas de la ira.

De eso precisamente se encarga el artículo que sigue a éste, firmado, una vez más, por el presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor Álvaro Aragón Ruano, en el que se hace un rápido pero sorprendente paseo por la Historia de las crisis económicas periódicas que han azotado nuestro mundo desde la Edad Media hasta hoy mismo.

En él podrán descubrir algunas claves acerca de las razones por las que nuestras calles -al menos las de algunas de nuestras ciudades-, pese a todo lo que está ocurriendo y se refleja en periódicos y telediarios, aún no se parecen, tras cinco años de “Gran Depresión”, a las que hoy podemos ver en la gran pantalla con horror, no con el alivio de los espectadores de “Bonnie and Clyde” o de “El golpe”, aún a salvo en una sociedad que todavía disfrutaba una economía bien regulada…

 

Un rápido paseo por la Historia de las crisis económicas

 Por Álvaro Aragón Ruano

La crisis financiera de 2008 ha puesto de manifiesto la necesidad de reflexionar sobre dos -aunque en realidad es uno sólo- de los principales debates del pensamiento económico, concretamente, sobre la cuestión del crecimiento económico y las crisis. Si bien la actual crisis surgió del entorno financiero, ha tenido y sigue teniendo ramificaciones en todos los ámbitos productivos y cotidianos, lo cual ha supuesto un punto de inflexión en los postulados que sobre el crecimiento capitalista se habían sostenido en las últimas décadas, proclives a un liberalismo radical. El debate actual se centra en torno a si estamos ante una crisis del sistema o ante una crisis dentro del sistema, similar a las ocurridas en otras épocas.

En esta ocasión vamos a tratar de hacer un análisis sucinto de las diferentes crisis acaecidas a lo largo de la historia y de analizar su repercusión en nuestro ámbito cercano. Por ello, hablaremos de la crisis bajomedieval, la crisis del siglo XVII, las crisis de subsistencia de fines del siglo XVIII, la crisis del 98 o el crack de 1929. Hoy en día existe un intenso debate dentro de la historiografía en torno a las diferentes crisis mencionadas, sobre todo, porque en la actualidad los historiadores contamos con nuevas metodologías y fuentes inéditas, con las que hasta la fecha no se contaba, que nos dan nuevas perspectivas. Los hay que discuten la cronología, las causas, las dimensiones y las consecuencias, a pesar de que asumen que dichos períodos críticos se produjeron. Pero también hay historiadores que niegan la noción misma de crisis o, al menos, su carácter catastrófico, y prefieren hablar de reajustes o de profundas readaptaciones estructurales, como Stephan Epstein, quien habla de “creación destructiva” que permite a largo plazo mayores cotas de crecimiento. El término “crisis”, en su acepción más común, tiene un componente negativo, de descenso, declive, desplome o hundimiento súbito, sobre todo económico, cuando en su significado original grecolatino en realidad supone meramente un “punto de inflexión”, “cambio”, “evolución”, esto es, un cambio de coyuntura a corto plazo o un cambio de tendencia a largo plazo. Por tanto, podemos decir que existen diferentes tipos de crisis, dependiendo de su alcance, duración, causas, consecuencias, etc.: aquellas cuyos efectos se limitan a unos pocos meses o años, como las crisis de subsistencia o crisis agrarias; aquellas crisis bursátiles, financieras, monetarias o energéticas, como las de 1929, 1973 o la actual; o aquellas crisis seculares o incluso pluriseculares que afectaron a las bases mismas del orden social y económico, tales como las del siglo III, la del siglo XIV y la del siglo XVII.

En el caso de la crisis del siglo XIV o crisis bajomedieval, hasta fechas recientes predominaban las teorías Ricardo-malthusianas o neomalthusianas, que hacían hincapié en el descenso de la población europea, a consecuencia de la contracción económica y del impacto de la peste negra. Sin embargo, en la actualidad nuevos estudios han desechado tales teorías, que en origen se centraron en algunas regiones inglesas, la cuenca de París y la Picardía, y se generalizaron al resto del territorio europeo. Hoy día se niega que hubiese contracción demográfica antes de 1350, en un período en el que, por ejemplo, durante el siglo XIII en la Península Ibérica se estaba produciendo la reconquista, con el consiguiente trasvase de población, la expansión germánica hacia el sur y el este de Europa, o la colonización inglesa de Gales e Irlanda. También se niega que hubiese un atraso tecnológico, aunque en ese ámbito existe una gran variedad de situaciones, o que los mercados locales y regionales no estuviesen desarrollados. En el caso español historiadores como Hilario Casado o Antoni Furió -recomiendo la lectura de Las crisis a lo largo de la historia, publicado por la Universidad de Valladolid- han puesto también en tela de juicio el concepto mismo de crisis, demostrando que lejos de existir una contracción económica, fue un período de bonanza y expansión. Algo similar ocurrió en el caso vasco, donde no existen pruebas de la presencia de la peste negra y, en todo caso, la documentación nos muestra a unas villas en plena efervescencia que comercian desde finales del siglo XIII con los puertos franceses, ingleses, hanseáticos, italianos y bizantinos.

Algo similar ocurre con la crisis del siglo XVII, también en cuestión en la actualidad. Si tras los debates de Trevor-Hooper, Lublinskaya, etc. de los años setenta quedó claro que la crisis no fue general a toda Europa, sino que afectó más bien a los países mediterráneos, quedando al margen territorios como Inglaterra o los Países Bajos -a pesar incluso del episodio de la burbuja financiera relacionada con los tulipanes entre los años veinte y treinta-, que habían diversificado sus economías desde finales del siglo XV, en la actualidad también se está debatiendo su alcance en el ámbito mediterráneo. En el ámbito español, paradigma de la crisis del XVII, hay voces como las de Valentí Gual, Xavier Gil Pujol, etc. que niegan el impacto global de la crisis, puesto que como han demostrado las últimas investigaciones, el Levante y la Cornisa Cantábrica quedaron al margen de la recesión y experimentaron un proceso de expansión o, al menos, de no retraso. Incluso en el área meseteña hubo importantes reconversiones que conllevaron la sustitución del cultivo de cereales por otros cultivos más dinámicos, como la vid o los olivos que atendieron a una demanda en expansión, sobre todo gracias al desarrollo de los mercados americanos. En el caso vasco, si bien hubo dificultades coyunturales, los diferentes sectores e inversores supieron amoldarse a las nuevas circunstancias apostando por la diversificación y especialización, lo cual permitió minimizar los riesgos y cubrir posibles pérdidas. Lo típico durante los siglos XVI y XVII es que un mismo individuo fuese a la vez propietario de ferrerías, diversas caserías, invirtiera en la construcción naval, se dedicase al comercio internacional, al corso, a la pesca de altura y de la ballena, etc. Es decir, tenían presencia en todas las actividades productivas. Esa misma realidad es extensible al siglo XVIII, aunque la globalización de los mercados -y no me he confundido de término, pues es entonces cuando se produce la primera globalización, gracias al fenómeno colonial-, generó fuertes disensiones en los mercados locales, provocando cierta precariedad entre el campesinado, debido sobre todo a las prácticas especulativas, que darían lugar a fenómenos como las crisis de subsistencia, caso de las matxinadas (1718, 1755, 1766), la guerra de las Harinas (1774-1775) y la crisis de subsistencia de 1789, paso previo para la Revolución Francesa.

En el caso español, sin duda el período crítico que más influyó en el ideario colectivo fue la crisis de 1898. El fin del Imperio colonial español tuvo repercusiones en todos los ámbitos, pero su mayor consecuencia fue instaurar un clima pesimista y catastrofista que se extendió a la historia de España y al futuro, y que en la actualidad perdura, como ha demostrado recientemente Rafael Núñez Florencio en su El peso del pesimismo. Ese pesimismo histórico llevó a considerar, por ejemplo, el siglo XVII como un siglo de decadencia, mientras presentaba el siglo XVIII como un período de restauración y renovación, gracias al advenimiento de la dinastía borbónica; ni uno fue tan oscuro, ni el otro tan iluminado (El siglo de las Luces). Ese pesimismo es el que precisamente llevó a crear las dos Españas que, primero dialécticamente y luego violentamente, se enfrentaron durante décadas, dando lugar a una guerra civil, cuarenta años de franquismo, y que siguen en pie de guerra en la actualidad.

La gran depresión de 1929 es considerada por algunos autores como la primera crisis global, que provocó la desintegración del modelo económico mundial configurado desde el siglo XVIII y la primera industrialización. Los orígenes de esta crisis hay que buscarlos en los desequilibrios de la economía mundial, posteriores a la primera guerra mundial: desequilibrios en el comercio internacional, pues mientras algunos países generaban superávits otros se sumían en onerosos déficits; desequilibrios financieros, provocados por la inversión extranjera en ciertos países, movimientos especulativos a corto plazo y reparaciones de guerra; desajustes en el sistema monetario mundial, consecuencia de la vuelta de algunos países al patrón oro; sobreproducción generalizada, sobre todo de los productos agrícolas, cuyos precios cayeron en picado. A todo ello se unieron las decisiones de la reserva federal americana, cuya política a partir de 1928 fue más restrictiva, por el aumento de los tipos de interés, lo cual aceleró la burbuja especulativa, que provocó la crisis bursátil de Wall Street. Esta crisis generada en los Estados Unidos de América se generalizó al resto del mundo, lo que provocó la repatriación de capitales americanos y británicos, generando así una descapitalización del resto de países y una crisis bancaria en 1931, lo que acabaría repercutiendo en USA y Reino Unido. Entre los países que se vieron más afectados está España que, si bien se había beneficiado de su neutralidad en la primera guerra mundial, no supo aprovechar dichos beneficios para transformar su economía y realizar cambios estructurales, excesivamente basada en la agricultura y en la exportación de materias primas. El gobierno republicano optó por el proteccionismo y la devaluación de la moneda, lo cual resultó contraproducente, aunque en eso tampoco fueron tan diferentes a otros países que adoptaron medidas similares.

Por tanto, la crisis iniciada en 2008 -en palabras de Antón Costas Comesaña- nos ha enseñado cuán engañados estaban los economistas e historiadores económicos al pensar que la volatilidad macroeconómica había llegado a su fin y nos ha recordado que en la historia siguen existiendo ciclos económicos -que nadie tenga, por favor, la tentación de decir que la historia se repite-. Así mismo, ha puesto de nuevo de rabiosa actualidad las teorías de John Maynard Keynes, que propugnaban el papel del Estado como regulador de los mercados, y ha demostrado que la desregularización salvaje impuesta desde tiempos de los gobiernos de Reegan y Thatcher -ya ocurrida en otras fases de la historia- fue un error, porque ni los mercados ni sus agentes se autorregulan ni pueden controlar de forma milagrosa el comportamiento oportunista y especulativo. Lo mismo se puede decir de las grandes corporaciones financieras y empresariales. Esta crisis, por último, nos enseña que no existen mecanismos globales adecuados para responder a una crisis financiera global, y que la solución debe pasar por una solución combinada: una cierta desregularización, acompañada de reglas y normas nacionales de regulación financiera, que darán lugar a una mejor globalización.

Si algo nos enseña la historia es que aquellas zonas que tienen una estructura económica sólida y diversificada, no monolítica, aguantan mejor las dificultades y los embates de las crisis: países como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, etc. están aguantando mejor la situación. Es ahí donde quizás la economía española deba hacer mayor hincapié en los próximos años, y una prueba de la eficacia de esa realidad económica la tenemos en el País Vasco, una economía más diversificada, más volcada hacia otros mercados, no tan centrada en el ladrillo y el mercado nacional, cuya tasa de paro es la menor del Estado, mientras que las tasas de productividad son de las más altas. ¿Será casualidad que los territorios vascos no hayan sufrido a lo largo de la historia crisis profundas, si no más bien reconversiones, transformaciones, etc.? ¿Será una cuestión cultural o social? Ese es tema para otro debate….

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¿Por qué muchos catalanes ya no quieren ser españoles?. Algunos apuntes históricos. De Ali Bey a la “Diada de la Independencia” (1803-2012)
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Carlos Rilova | 17-09-2012 | 11:19| 0

Desde el pasado martes no ha dejado de repercutir en distintos medios de comunicación la noticia que alguno de ellos -concretamente “El periódico de Catalunya”- han llamado “la Diada de la Independencia”. Es decir, la multitudinaria manifestación desarrollada en Barcelona ese “día nacional de Cataluña” en la que, según se dice, más de un millón de habitantes de esa comunidad autónoma pidieron la independencia de España con el presidente del gobierno catalán, el honorable Artur Mas, a la cabeza.

La reacción de la clase política española y de los medios que se editan fuera de Cataluña ha sido una bastante habitual: echarse las manos a  la cabeza y un consiguiente rasgar de vestiduras -al menos metafóricamente- guarnecido de expresiones de incredulidad que se podrían resumir en la frase “¿pero cómo es posible que muchos catalanes no quieran  ser españoles, no les basta con el Estatut?”…

Podríamos pasarnos las tres o cuatro hojas de este artículo discutiendo sobre diferentes aspectos de ese mentado “Estatut”, sobre si el grado de autonomía del que disfruta Cataluña es mayor, o menor, que el que disfrutan algunos “länder” alemanes, o el País Vasco, o Navarra y, cómo no, sobre la secular ingratitud de los catalanes con respecto a “España”, pero nada de eso añadiría nada nuevo a un debate verdaderamente manido, gastado por años de uso, a veces verdaderamente irresponsable. Y mucho menos añadiría nada interesante para los lectores que cada lunes se acercan a esta página titulada, no por casualidad, “El correo de la Historia” y que, con toda la razón del Mundo, esperan encontrar aquí alguna cosa más o menos sensata sobre cuestiones históricas relacionadas con asuntos del presente -como es el caso de esa “Diada de la Independencia”- o no.

Abordaré este asunto, pues, sólo desde la Historia y trataré de hacerlo desde un punto de vista innovador. Incluso revisionista, si se quiere. No voy a hablar, por tanto, de si tiene algún sentido histórico una fecha, el 11 de septiembre, el de la “Diada“, que pretende, oficialmente, celebrar el día en que Cataluña perdió su independencia cuando Felipe V ordenó abolir sus Fueros. Una operación administrativa propia del Antiguo Régimen que, a decir verdad, poco tendría que ver con la abolición de la independencia de una nación catalana que, como todas ellas, no adquiere el sentido que hoy damos a esa palabra -“nación”- hasta muchos años después, a partir de la revolución francesa de 1789.

Por el contrario, en lo que me voy a centrar es en tratar de hacer evidente una de las razones históricas por la cual un millón de personas estaban dispuestas a salir a la calle en Barcelona este último 11 de septiembre, no a celebrar esa “Diada” basada en una -hasta cierto punto- errónea interpretación de la abolición de los fueros catalanes como una cuestión “nacional”, sino a pedir -ya- la independencia de España.

¿Qué razón es esa?. Es una que, quizás, se ha dejado caer en el olvido durante mucho tiempo y que, quizás, tiene tanta o más importancia que otros factores -económicos, de transferencia de competencias…- para explicar lo que ocurrió en Barcelona el día 11 de septiembre de 2012. Se trata concretamente de la nefasta política cultural que las élites dirigentes españolas han llevado a cabo durante, como mínimo, los últimos ciento cincuenta años.

En efecto, si comparamos la tarea de crear una identidad nacional fuerte que se pone en práctica en los principales estados europeos desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad, el caso español resulta verdaderamente famélico comparado con el alemán, el italiano, el británico y, sobre todo, el francés, que es el modelo más acabado de esa labor de crear cohesión nacional por medio de un hábil manejo de la Cultura en general y de la Historia -sobre todo- en particular.

Así es, si se profundiza algo en esa cuestión, se descubre pronto que las élites españolas han derrochado tiempo y dinero durante ese siglo y medio enfrentándose en distintas banderías y en desprestigiar todo lo que tuviera que ver con las palabras “España” y “español” mientras otros estados europeos invertían ese tiempo y ese dinero en crear una imagen de sí mismos que provocase afecto y no rechazo.

A Cánovas del Castillo se ha atribuido uno de los más sonados ejemplos de esa, por llamarla de algún modo, política cultural. Mientras se discutía en el Parlamento de Madrid la constitución que iba a zanjar la última guerra civil del siglo XIX, en 1876, dicen que dijo que “español es el que no podía ser otra cosa”…

La famosa frase habría sido pronunciada en el mismo momento en el que la Francia de la Tercera República, salida de la derrota militar sufrida cinco años atrás a manos de la Alemania bismarckiana, impulsaba, a marchas forzadas -retomando la labor llevada a cabo durante el Segundo Imperio, su enemigo político-, una industria cultural que dotase a Francia de cohesión interna y prestigio internacional…

Así las cosas, cuando hasta los padres de la patria española -como era el caso de Cánovas, hoy enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, esa versión hispánica, tan poco conocida, de la abadía de Westminster- se han dedicado, durante siglos, a desprestigiar a su propio país, no deberíamos extrañarnos de que, con el tiempo, el número de personas que no quieren saber nada de una patria tan vilipendiada, tan aborrecida incluso por aquellos que aspiran a gobernarla, haya aumentado de manera exponencial.

En España, en efecto, no ha habido buenos productos culturales que hayan cohesionado, que hayan creado una especie de orgullo de ser español. Mientras en la Francia de finales del siglo XIX se publicaban magníficos libros de Historia ensalzando a Napoleón I y a su fracasado imperio de menos de diez años de duración, la burguesía española se dedicaba a comprar volúmenes de formato muy similar pero llenos de artículos deprimentes sobre España como la Historia de un fracaso perpetuo…

La tónica cambió muy poco a lo largo de los años siguientes. No me voy a detener en el desastre que supusieron, por distintas razones, manuales escolares como el de “El niño republicano” o su némesis franquista, la famosa “Enciclopedia Álvarez”, que enseñó pseudohistoria de España a generaciones enteras de españoles, alguna de las cuales anda por ahí todavía en relativo buen estado de salud… Sólo diré que ambos libros, en lugar de hablar de una Historia común sobre la que fuera posible construir una identidad común, se dedicaban a decir qué parte de la Historia de España les parecía correcta. Por lo general aquella que coincidía con un catecismo político, lo cual dejaba a unos cuantos millones de españoles fuera del asunto. Algo impensable, desde luego, en la Francia de la Tercera República que perdura entre 1871 y 1940, incluso a pesar de todos los fallos y trampas historiográficas habituales en su peculiar manera de contar la, para ellos, grandiosa Historia de Francia que iba desde Vercingétorix hasta esa república pasando por el cardenal Richelieu.

Cuando el período de excepción iniciado en España por la guerra civil de 1936-1939 acabó, aparecieron durante la breve primavera de la Transición -aproximadamente entre 1975 y 1982- algunas obras que, con la mejor de las voluntades, trataban de hacer lo que no se había hecho desde finales del siglo XIX -o se había hecho rematadamente mal-. Es decir, recuperar una Historia española sobre la que era posible construir una identidad común que, además, impusiese cierto respeto frente a otras potencias europeas -caso de Francia o Gran Bretaña, por ejemplo- que basaban buena parte de su discurso nacional en la aniquilación histórica y cultural de viejos enemigos -como podía ser el caso de España- ganando sobre el papel y en las bibliotecas -esos lugares tan importantes- lo que no se había podido ganar en Bailén o en Cartagena de Indias.

Ese fue el caso, por ejemplo, de la editorial barcelonesa Toray, que en 1978 publicó varios libros dedicados a lo que el título de esa colección llamaba “Hombres Famosos”. Uno de eso volúmenes -concretamente editado en el año 1978- estaba dedicado a Domingo Badía, también conocido por el falso nombre de Ali Bey.

Aquel hombre, nacido en Barcelona en 1767, hijo de padre español y madre belga, era un acabado producto de la Europa del Siglo de las Luces y dedicó toda su vida adulta tanto al servicio de la administración pública española como a labores de exploración en el Norte de África y Asia.

Fue también el primer cristiano que entró en el santuario islámico por excelencia, La Meca, disfrazado de magnate árabe. Desde luego muchos años antes de que lo hiciera sir Richard Francis Burton que, en buena medida, se dedicó toda su vida a seguir los pasos dados entre 1803 y 1807 por Badía, aprendiendo lengua árabe, visitando Oriente Medio en labores de espionaje y exploración, buscando las fuentes del Nilo…

De esa colección de “Hombres famosos” de Toray en la que cabían desde Ali Bey-Domingo Badía hasta Cervantes pasando por Jaime I el Conquistador, Napoleón, Abraham Lincoln, Livingstone… nunca más se supo en los años que siguieron al fin de la Transición, hacia 1982.

De Domingo Badía y su vida tampoco se supo mucho más. Ni de muchos otros como él. Nacidos en Barcelona, como era su caso, o en Madrid, o en San Sebastián. La política cultural de recuperación del pasado, de la Historia, con fines didácticos volvió en la España posterior a la Transición a los viejos usos. Es decir: a repetir machaconamente una idea tan inverosímil como la de un fracaso colectivo de varios siglos o, en el mejor de los casos, a la apropiación partidista de determinadas figuras y hechos históricos. Por ejemplo la de Pedro I el Cruel -al que TVE dedicó una serie- o la de Esquilache -llevado al cine por Josefina Molina- como precursores de una futura España “progresista”. Al parecer la de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que, en realidad, estaba sumida en la hortera cultura del pelotazo. Esa misma que, paradójicamente, no hizo sino remachar la absurda idea de que invertir en “cultura” -es decir, en obras como esa colección de “Hombres famosos” de la editorial Toray- era un gasto inútil, algo sencillamente despreciable…

Las consecuencias de semejante idea se han hecho patentes en los últimos años en una prima de riesgo disparada, por poner un ejemplo, en el apelativo de país “PIG” que ha convertido a España en el juguete de la mayor parte de especuladores financieros internacionales o, por sólo poner otro ejemplo más, en el millón de catalanes que salieron a la calle un buen día de septiembre de 2012 para decir -con bastante razón- que no quieren saber nada de un país que ha repetido machaconamente la idea de que era un fracaso. Uno en el que, sencillamente, personas como Domingo Badía o sus, en cierto modo, herederos -Iradier o el duque de Mandas del que, si quieren, les hablaré el 25 de septiembre en la biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián en el marco del ciclo de conferencias de la Asociación- no podían existir, que cosas así sólo pasan en Gran Bretaña, como lo demostraba la Historia -certificada por varias películas y novelas- de sir Richard Francis Burton…

Dicho eso sólo queda felicitar -por supuesto de manera sarcástica- a los responsables de esas políticas y recomendarles que persistan en el error. Incluido el gesto de echarse las manos a la cabeza cuando comprueban que el resultado de las mismas es similar al de arrojar jarrones chinos al suelo con bastante fuerza: que, aunque no se quiera, o se pretenda lo contrario, el resultado es que se rompen, invariablemente, en muchos pedazos. La Historia, en los próximos años, los considerará, sin duda, un cómico objeto de estudio, una prueba viviente de las absurdas contradicciones en las que se basa, a veces, la existencia de ciertas comunidades humanas. En este caso la de una potencia europea que, a pesar de haber practicado una estúpida política cultural durante muchos años, se mantuvo unida, mal que bien, durante más de un siglo y medio en el que se propagó la idea de que no merecía la pena seguir formando parte de aquel desastre imaginado por hombres y mujeres con mucha influencia pero con poco discernimiento y, a veces, menos conocimiento sobre aquello de lo que hablaban.

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Hondarribia, el Alarde y el Gran Condé. Historia de una reputación mal adquirida (julio-septiembre de 1638)
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Carlos Rilova | 10-09-2012 | 10:20| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este fin de semana Hondarribia celebró su fiesta grande. La que comúnmente ha acabado quedando reducida al nombre genérico de “Alarde”. Quizás este lunes de resaca postfestiva sea un buen momento para reflexionar, desde el punto de vista de la Historia, sobre algunos detalles del acontecimiento que dio origen a esa fiesta.

En principio los registros documentales de 1638, el año en el que tiene lugar el asedio de la plaza que comienza en julio y acaba en septiembre, y posteriores son escasos, pero nos dejan claro que los hondarribiarras decidieron hacer un voto en acción de gracias a la Virgen de Guadalupe -ya entonces su patrona- por la protección y ayuda que les había proporcionado durante esos cerca de dos meses de feroz asedio.

El voto, según dice las reducidas actas posteriores al fin de ese asedio de 1638, consistía, principalmente, en un desfile por el casco urbano de esa población -que pronto se iba a convertir en la primera ciudad guipuzcoana- de todos los vecinos en edad militar. Esto es, de 18 a 60 años según el Fuero en vigor. Ese fue, en definitiva, el origen remoto de lo que ahora se llama “Alarde”.

¿Podríamos, o siquiera deberíamos, preguntarnos cuál fue el peso real de aquel acontecimiento, el asedio de 1638, que llevó a contraer la obligación de ese voto de acción de gracias cada septiembre?.

Consideremos tan sólo un aspecto de esa desconocida batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo como escenario Hondarribia y sus alrededores durante la mayor parte del verano de 1638.

Entre los muchos regimientos que formaban parte del contingente de más de 20.000 hombres enviados por el cardenal Richelieu a rendir esa plaza para su rey Luis XIII, había uno de Caballería denominado Enghien. O, más simplemente, “regimiento Enghien”. Ese título, el de duque de Enghien, era el que ostentaba el heredero de la casa Condé, rama bastarda, pero legitimada, de la dinastía Borbón y, por tanto, con posibilidades más que fundadas de alcanzar el trono de Francia y de Navarra algún día…

Ni que decir tiene el coronel, el jefe de ese regimiento, era el propio duque de Enghien. En esos momentos un muchacho de 17 años que ya había hecho sus primeras armas en la frontera Norte de Francia, como correspondía a cualquier caballero que se preciase de sus títulos y no pensase dedicarse al servicio de la Iglesia.

Las crónicas y documentos disponibles sobre el asedio de Hondarribia en el verano de 1638 no dejan muy claro si el joven Luis II de Borbón, el duque de Enghien, se hallaba realmente presente al mando de esas tropas en esos momentos. Sólo podemos establecer conjeturas a partir de lo poco que nos dicen esas fuentes.

No hay duda de que el Condé que lleva en esos momentos la voz cantante es el padre del duque de Enghien, Henri de Borbón. Sin embargo su mala salud, y las intrigas de otros altos caballeros, celosos de su mando supremo sobre ese ejército, dejaron en entredicho, en bastantes ocasiones, esa autoridad de comandante en jefe. Como lo demuestra tanto la crónica de Palafox -encargada por el Conde-Duque de Olivares para hacer propaganda de esa gran victoria-, como algunos correosos estudios históricos del siglo XIX, caso del firmado por Édouard Ducéré, que tratan de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la derrota de 1638 se debe no tanto al aplastante poder militar de Felipe IV, como a esa mala salud del viejo príncipe de Condé que desmoraliza a su ejército y le impide explotar a fondo sus posibilidades de victoria.

A pesar del sesgo un tanto chauvinista de ese estudio de Ducéré sobre el asedio de 1638, parece cierto que el príncipe de Condé no resultó ser un gran jefe militar y mucho menos ante las murallas y bastiones de Hondarribia.

De hecho, si nos guiamos por un artículo de Philippe Erlanger sobre el nacimiento de Luis XIV, que ocurre el 5 de septiembre de ese año 1638, es posible que el príncipe de Condé, el viejo y achacoso Condé, no estuviese ni siquiera al frente de las tropas el 7 de septiembre en el que serán batidas en desbandada por el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla que trata de levantar el asedio de Hondarribia.

En efecto, según Erlanger, entre los altos nobles franceses invitados a presenciar la venida al Mundo del futuro rey sol -más que nada para demostrar que era hijo legítimo de la reina- estaba el condestable de Montmorency, título que en esas fechas ostentaba la familia de Henri, príncipe de Condé y comandante en jefe de las tropas de asedio de Hondarribia…

De lo que no hay ninguna duda es que aquel día 7 de septiembre de 1638 el nombre y el honor militar del hijo de Condé estaban presentes en el campo de batalla, representados por la bandera del regimiento de Caballería Enghien. Desde el punto de vista de la mentalidad barroca eso significaba tanto como si el propio Gran Condé -en esas fechas tan sólo el heredero del viejo Henri- hubiese estado allí.

La crónica de Palafox es clara en ese detalle, que ni siquiera contradice Édouard Ducéré en ese estudio que ya he mencionado y en el que ese historiador intentaba restar méritos a la derrota sufrida por el ejército francés enviado a apoderarse de Hondarribia.

El regimiento Enghien tratará de presentar resistencia cuando las líneas y las defensas del campamento fortificado francés en la ladera de Jaizquibel son rotas por el ejército de socorro y la mayor parte de los soldados franceses corren hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continúan haciendo fuego sobre ellos, y las tropas recién llegadas en socorro de esos irreductibles defensores de la plaza.

El gesto del regimiento del futuro Gran Condé, será inútil. La carga de la Caballería del ejército de socorro es devastadora y deja prácticamente aniquilado ese regimiento que ostenta el nombre y el honor del que, con el tiempo, se convertirá en el Gran Condé, tras derrotar a los tercios españoles en la batalla de Rocroi.

Ese detalle, el de esta humillante derrota del Gran Condé en, prácticamente, su primera batalla -bien en persona o bien simbólicamente a través del estandarte del regimiento Enghien que lo representa-, es algo que fue rápidamente borrado de la memoria colectiva francesa de la época.

El cardenal Mazarino, discípulo aventajado del maquiavélico cardenal Richelieu, se encargará de que así sea, cuando desate una abrumadora campaña de propaganda que inaugura un verdadero culto al duque de Enghien tras la victoria de Rocroi que, como muy acertadamente señalaba un artículo de Juan L. Sánchez, fue sacada de contexto y convertida en un hito definitivo en el ascenso de Francia como potencia militar que estaba muy lejos de ser verdad.

El mismo Gran Condé se encargó de demostrarlo poco tiempo después, cuando traicionó la confianza que Mazarino había depositado en él al convertirse en el líder supremo de la facción de nobles que querían sacar a Luis XIV del trono francés antes de que pudiera llegar a la mayoría de edad.

En efecto, en 1652 el Gran Condé ha sitiado París, ha convertido en una guerra civil abierta lo que sólo había sido en principio una revuelta nobiliaria y ha traicionado de tal modo al incipiente estado francés que, tras su derrota militar ante las tropas del legítimo rey, no tiene más remedio que huir con la cabeza puesta a precio a, nada más y nada menos, que territorio del rey de España -concretamente a Bruselas-, donde trabajará para ese antiguo enemigo con tanta devoción como para reconquistar para las armas de Felipe IV, nada más y nada menos, que la plaza de Rocroi…

No hay duda de que el Gran Condé era un formidable general. Todo un mito en cualquier caso, como siempre lo quiso la Historia francesa más o menos áulica (que no tardará nada en rehabilitarlo como gran héroe “francés” tras el perdón que obtiene, gracias a la  Paz de los Pirineos, en 1659).

El derrotarlo, como ocurrió en las laderas de Jaizquibel a principios del mes de septiembre de 1638, casi hasta borrar su nombre de la faz de la tierra aniquilando aquel regimiento de Caballería de Enghien que lo representaba, quizás era, en efecto, por sí solo, una buena razón para hacer un voto como el que prometieron cumplir los hondarribiarras a partir de aquel día. A pesar de que, como vemos, la reputación del Gran Condé, muchas veces, no fue precisamente de las más acrisoladas…

 

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