Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Una historia de traidores, corsarios, príncipes y leales oficiales del Rey. De la búsqueda de Eldorado a la Guerra de los Treinta Años (1595-1638)
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Carlos Rilova | 09-07-2012 | 10:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy hace más de tres siglos y dos días que comenzó el que, sin exagerar, podemos llamar Gran Asedio de Hondarribia.

Fue el 7 de julio de 1638. Entonces, desde los puestos de vigilancia de los baluartes de la que poco después se convertiría en ciudad muy noble, muy leal y muy valerosa, se avistó la inmensidad del ejército que el cardenal Richelieu y su amo Luis XIII el melancólico enviaban sobre aquella plaza fuerte. Más de 20.000 hombres de guerra junto con todos sus pertrechos, incluido, por supuesto, un imponente tren de Artillería de sitio que, durante dos largos meses, iba a someter a una dura prueba las defensas de la fortaleza que se interponía entre el cardenal y sus ambiciosos planes para poner en jaque a la monarquía imperial de los Austrias españoles.

Sin embargo, los peores temores que pudieran albergar Richelieu y su regio amo sobre el posible fracaso de esa operación pronto se vieron cumplidos ante aquellas murallas. La resistencia fue enconada. Incluso si consideramos que la versión que en su día dio de aquellos hechos un historiador francés -Édouard Ducéré- es totalmente cierta y realmente la furia de los asaltos contra las defensas hondarribiarras fue menor de lo que dice la crónica española encargada por el conde-duque de Olivares para seguir la guerra contra su gran rival por otros medios. En este caso la propaganda a nivel internacional que trataba de extraer todos los réditos posibles de aquella rotunda, aplastante, victoria lograda, tras dos inútiles meses de asedio, a comienzos de septiembre de 1638.

Son estos unos hechos verdaderamente interesantes en su conjunto, porque nos hablan de una de las pocas batallas de la famosa Guerra de los Treinta Años que se dieron en suelo del País Vasco, pero de los que, sin embargo, habrá ocasión de ocuparse en otro momento. Hoy vamos a fijarnos sólo en una faceta de ese asunto. Concretamente en qué clase de botín podrían haber conseguido las tropas de Richelieu de haber logrado su último objetivo.

En las crónicas del asedio y posterior victoria a la que me acabo de referir, se relata que uno de los alcaldes de Hondarribia acabó utilizando monedas de oro de su tesoro personal para fundir munición cuando empezó a escasear el plomo a medida que se gastaba en frenar cada nuevo asalto francés.

Es sólo una muestra, exagerada pero sostenida, y no enmendada por el interesado en todas las pesquisas posteriores sobre el Gran Asedio, de la riqueza que podía esperar encontrar en Hondarribia el ejército enviado por Richelieu frente a aquellas murallas en julio de 1638. Al fin y al cabo esta población era un enclave comercial con extensas redes de tráfico marítimo que aportaban lucrativos beneficios a esa comunidad.

El botín habría sido, pues, muy considerable si las maltratadas tropas de Richelieu hubieran logrado pasar más allá de las brechas abiertas por su Artillería de asedio y por las implacables minas que hasta el fin de las operaciones se estuvieron excavando bajo las defensas de la futura ciudad.

Sin embargo, las órdenes para esas tropas bajo el nominal mando del viejo príncipe de Condé eran buscar ventajas de tipo estratégico más que esos inmediatos beneficios monetarios. Es decir, se les había enviado allí, principalmente, para controlar una plaza fuerte clave en las comunicaciones peninsulares y, fundamentalmente, los puertos cantábricos para así hostilizar al enemigo durante un tiempo indefinido y en un espacio sensible y muy amplio. El botín material para la soldadesca y sus oficiales, así  como la destrucción que se causase a la población en sí, era absolutamente secundario…

Eso debería llevarnos a una reflexión sobre lo absurdas que resultan las guerras. Incluso la mejor diseñada de las campañas -en no pocas ocasiones las más desastrosas- como lo pudo ser esta que en el verano de 1638 lanza el cardenal Richelieu contra la yugular del imperio de los Austrias españoles vadeando el Bidasoa a la altura de Irun.

La cosa no deja de tener su gracia. Es posible que si las banderas de los Condé -incluidas las del futuro Gran Condé- no hubieran sido arrastradas sobre el polvo por el ejército de socorro enviado por el conde-duque, las tropas francesas habrían logrado acceder tanto a los bienes atesorados en el interior de Hondarribia, como al control estratégico de una plaza fuerte extraordinariamente capacitada para ofrecer una resistencia militar considerable sobre un punto de alto valor estratégico que creaba una cabeza de playa, una punta de lanza, en los dominios peninsulares de los Austrias, en lo que se podía llamar el corazón de su imperio.

Sin embargo, también es más que probable que en ese intento hubieran perdido toda posibilidad de hacerse con un legajo de papeles que, bien utilizados, tal vez, podrían haber llevado a la Francia de Richelieu hasta un reino de riquezas tan fabulosas como las que Cortés encontró en Tenochtitlan o Pizarro en Cuzco.

En efecto, las crónicas disponibles sobre el asedio de 1638, lo mismo que la escasa documentación relativa a esos momentos, confirman que Hondarribia fue sistemáticamente maltratada por la Artillería francesa. Especialmente por el uso de morteros que lanzaban bombas explosivas, dotadas de un mayor poder destructivo al caer no contra el casco urbano -al fin y al cabo bien protegido tras las murallas- sino sobre él, haciendo saltar por los aires la mayor parte de sus casas tras atravesarlas desde el tejado hasta el zaguán.

Ese sistema, verdaderamente eficaz para doblegar cualquier resistencia, sumado a un posible saqueo incontrolado caso de haber caído las últimas defensas de Hondarribia, muy probablemente, en efecto, habrían acabado con una parte sustancial del archivo municipal. Incluso con los algo más de doce folios en los que una mano anónima describía con pormenorizados detalles el posible emplazamiento de la ciudad del Lago Manoa. En otras palabras, el famoso Eldorado. Un documento del que poco se ha sabido hasta que el que esto firma algo ha contado este mismo viernes, víspera del inicio del Gran Asedio de Hondarribia, en un pequeño artículo publicado en Euskonews & Media…

Hoy solemos tender a identificar la búsqueda de esa ciudad con un personaje excesivo y demencial -más excesivo y demencial todavía después de caer en manos de algunos directores de cine fascinados por su tragedia-, el oñatiarra Lope de Aguirre. A partir de ahí parece haberse establecido una inercia que reduce la búsqueda de ese reino a, simplemente, una locura, la aventura alucinada de un traidor al torvo Felipe II en pos de una ciudad que jamás existió, buena sólo, por ejemplo, para activar la mente de artistas enfebrecidos. Como Edgar Allan Poe, que le dedicó uno de sus más bellos poemas.

La realidad de la que habla ese documento que, tal vez, hubiera sido el mejor botín de aquel Gran Asedio de 1638, dista bastante de ese estereotipo. Esas doce páginas demostrarían, por el contrario, que las potencias europeas buscaban muy en serio esa ciudad. La buscaron antes de que Lope de Aguirre y Ursua entrasen en escena y la siguieron buscando después de que los dos saliesen de escena. Para los funcionarios y oficiales del rey de España, como Antonio de Berrio o Domingo de Vera e Ybargoyen, o del de Inglaterra, Eldorado tenía, en definitiva, tantas posibilidades de existir como el Imperio azteca o el inca, y ese legajo depositado en el archivo municipal de Hondarribia es, en efecto, una de las mejores pruebas de la seriedad con la que se buscó hasta las primeras décadas del siglo XVII esa ciudad que hoy solemos llamar “mítica”

Un hombre tan calculador, tan pragmático, como el corsario inglés Walter Raleigh hubiera pagado un buen precio por hacerse con esa docena de hojas que hablan de dónde podría estar la ciudad del Lago Manoa. Raleigh, en efecto, la buscó sin descanso hasta que, por orden de Felipe III de España, fue decapitado en Londres por intentarlo con tanto afán como para infiltrarse en el territorio español en América o secuestrar a súbditos de su católica majestad con el fin de sonsacarles con métodos poco civilizados todo lo que habían averiguado al respecto..

El cardenal Richelieu probablemente también habría recibido con no poca alegría esos papeles de haber logrado los Condé tomar la ciudad sin llegar a destruirla del todo.

Eso como ya se sabe, no sucedió. La ciudad no cayó y su archivo no fue destruido, permitiendo que haya llegado hasta nosotros esa docena de hojas que aseguran saber la dirección que había que tomar para llegar al Paipiti, al país de Eldorado.

Recuerden todo esto cada vez que vayan a Hondarribia y suban por su calle mayor tras pasar la puerta de la muralla que uno de los más poderosos ejércitos del cardenal Richelieu jamás llegó a traspasar. Recuérdenlo, sobre todo, porque ha estado  olvidado mucho, demasiado, tiempo, oculto en gran parte por la sombra de un personaje tan excesivo como Lope de Aguirre, que se habría llevado más fama de la que, tal vez, realmente le correspondía en la aventura de la búsqueda de Eldorado.

 

 

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¿Estaba el rey hechizado realmente tan hechizado?. Unos apuntes sobre los astilleros militares de Usurbil durante el reinado de Carlos II (1665-1700)
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Carlos Rilova | 02-07-2012 | 10:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Si hay un rey que haya tenido mala prensa a lo largo de la Historia ese, probablemente, ha sido el desdichado Carlos II de Austria, último de esa dinastía que reina sobre una monarquía que abarca dos hemisferios en toda su extensión. De Asia a Europa, pasando por una buena parte de América del Norte, central y del Sur.

De hecho, en Internet se pueden encontrar, al menos a fecha de hoy, cosas tan curiosas como la página http://www.madmonarchs.nl en la que se despliega lo que quién quiera que lo haya escrito llama “Joan´s mad monarchs series”. Es decir, algo así como “la serie de reyes locos de Joan”. Entre ellos se reserva un lugar destacado a Carlos II de Austria, que está en un epígrafe titulado “Kinky kings of Spain” (libremente traducido “reyes cutres de España”) compartiendo espacio con, por supuesto, Juana la Loca o el malogrado hijo de Felipe II, el príncipe don Carlos.

Es sólo un ejemplo, extremo si se quiere, de esa mala prensa. Porque, de hecho, en los libros de Historia tampoco faltarían firmas que vendrían a corroborar esa mala prensa sobre Carlos II.

Así las cosas, no deberían caber muchas dudas sobre lo poco edificante del reinado que se desarrolló entre 1665 y 1700 bajo el poder -más teórico que real- de Carlos II de Austria.

Pero en Historia, ya se sabe -o se debería saber-, siempre hay un “sin embargo” a mano. En este caso el “sin embargo” que habría que tener en cuenta antes de dar por desahuciado, históricamente hablado, ese reinado y ese rey, es el que aportó en su momento uno de los principales especialistas en la época, el profesor Pere Molas Ribalta.

En efecto, él estuvo encargado del tomo de la principal enciclopedia de Historia de España -la iniciada en su día por Ramón Menéndez-Pidal- dedicado al reinado de Carlos II, y allí advertía que era uno de los periodos históricos peor estudiados…

Nada más cierto, se podría añadir. Sólo para empezar está la cuestión del enfoque. Generalmente se ha considerado que todo fue mal entre 1665 y 1700 para esa gran parte del Mundo entonces gobernada desde el trono de Madrid sólo porque el rey, que muere sin descendencia a los 38 años, estaba en un estado físico y mental deplorable.

Una idea sin demasiada sustancia científica -que es de lo que aquí se trata- si consideramos que el estado de salud de alguno de sus rivales -Luis XIV, por ejemplo- no era mucho mejor. Y el físico y mental de alguno de sus aliados -Guillermo de Orange, estatúder de Holanda y después rey de Gran Bretaña- también dejaba bastante que desear. De hecho, éste último, tal y como confiesa Lord Macaulay, un historiador británico nada sospechoso de desafección, quedó sumido en tal estado de estupor mental poco después de acceder al trono en 1688, tras la incruenta revolución llamada “Gloriosa” -Macaulay dice que por causa de la contaminación ambiental que ya padecía Londres en la época-, que lo incapacitó para dirigir los negocios de Estado durante bastante tiempo.

Pero aparte de matices como éstos, que ponen el estado de salud -física y mental- de Carlos II en su verdadero contexto -uno en el que no destacarían demasiado, o menos de lo que a nosotros nos parece-, está la cuestión de que no tiene nada de raro encontrarse documentos inéditos que contradicen esa imagen tan negativa de ese rey y ese reinado que acaba en 1700 con un cambio de dinastía.

Así es, por tomar sólo un aspecto de la cuestión, si hiciéramos caso de esa imagen de pintura negra a la que se ha reducido esa época, deberíamos encontrarnos con un panorama de absoluta desolación a cada paso que diéramos en los archivos entre los legajos fechados entre 1665 y 1700. Esas páginas amarilleadas por el tiempo dirían -o deberían decir- que nada funcionaba, que los negocios se habrían paralizado, que el hambre y la enfermedad se habrían enseñoreado de los vastos pero tambaleantes dominios del rey hechizado…

Así las cosas, el capitán Ignacio de Soroa sería poco más o menos una fantasía, un ser irreal. ¿Por qué?. Pues sencillamente porque este vecino de la noble y leal villa de Usurbil, en el no menos noble y leal territorio guipuzcoano, no demasiado lejos de la también no menos noble y leal ciudad de San Sebastián, era un hombre rico y poderoso y se dedicó la mayor parte de su vida a ganarse la vida fabricando barcos de guerra para el rey hechizado.

Puede resultar chocante que algo así sea cierto. Es  algo lógico tras años de ver, oír y leer las peores cosas que se puedan ver, oír y leer sobre Carlos II y su época. Sin embargo hay unos cuantos documentos del archivo general guipuzcoano que demuestran que Ignacio de Soroa fue real, existió, vivió, se enriqueció y, finalmente, murió dejando un considerable legado tras de sí que quedó plasmado en alguno que otro de esos documentos.

Por ejemplo en el pleito iniciado para garantizar su herencia, que está fechado cinco años antes de que muera el rey, es decir, en 1695. En él se dice que el capitán Ignacio de Soroa había muerto, a su vez, en su casa de la plaza Elizalde de Usurbil el 6 de agosto de 1689. Ese mismo día lo llevaron a enterrar a la iglesia de San Salvador de la villa, que, lógicamente, no estaba muy lejos de esa su penúltima morada.

En ese mismo momento se hizo inventario de lo que dejaba el capitán a su vástago llamado, como él, Ignacio de Soroa, al parecer hijo ilegítimo del capitán pero, en todo caso, reconocido por su padre y nombrado su heredero. Una situación muy típica de la época, como bien se sabía en la corte de Versalles, repleta de “príncipes legitimados” pese a ser fruto de relaciones extramatrimoniales del rey Sol.

El lote de bienes que quedaban para este afortunado heredero era considerable y debería alejar de nuestra imaginación toda idea de un reinado decadente y un rey hechizado. Lo primero que hizo el albacea encargado de la herencia, Miguel de Soroa, teniente general de la Artillería del rey que defendía las distintas plazas fuertes guipuzcoanas, fue mandar abrir un arca. En ella se encontraron abundantes monedas de oro. Las famosas piezas de a ocho sin las cuales nunca estaría completa una buena novela de piratas.

Además de ese pequeño tesoro, había por allí lo que los ingleses de la época llamaban “bits”. Es decir, recortes de monedas de más valor usados como calderilla para determinadas transacciones sencillas, en las que no se quería soltar monedas de gran valor y bien acuñadas. Esos “bits” o recortes que guardaba el capitán Soroa en lo que el documento llama “una cajita” eran de escudos de a ocho, de a cuatro y de a dos. Estaban con una moneda segoviana de 50 reales de plata y seis escudos también de plata de a diez reales. Junto a más cantidades de dinero, había también en casa del capitán un tesoro verdaderamente principesco, compuesto de joyas y diamantes. El inventario destaca especialmente una sortija de diamantes a modo de rosa en una “caxita negra”…

Con respecto a la ropa del capitán, el vestuario que se describe en ese documento también reflejaba su buena situación económica. Era un tanto sobrio, pero a la última moda. Compuesto, sobre todo, por casacas hongarinas, calzones, medias y demás elementos propios de la vestimenta elegante de la época que no parecían diferenciarse en nada de los que podemos ver en el detalle del frontispicio de “Le traité général du comerce” que ilustra este artículo.

Pero es quizás el capítulo de deudas el más interesante para reconstruir lo que fue la vida del capitán Soroa durante el reinado del rey hechizado. En ese apartado se habla de un prospero negocio de astilleros -emplazados sobre las riberas del Oria, en Mapil- que abastece a la flota del rey Carlos. Es lo que se deduce, por ejemplo, del hierro, herraje y demás géneros que el capitán remitió en el navío La familia sacra al almirante Manuel de Casadebante, gobernador del puerto de Sanlúcar. Unos efectos navales con un precio que ascendía a 14. 193 reales y medio, hablando en plata, como se dice en el documento. También le debía el importe de 300 remos que le había enviado con una fragata holandesa que había salido de San Sebastián y el valor de 240 “motones, quadernales y vigotas”, remitidos en el navío llamado San Juan Bautista, estibado con esa carga en el puerto del Pasaje. Al parecer, esa deuda había quedado sin cobrar porque el almirante había encontrado defectos en el herraje que el capitán le enviaba y le pedía que los corrigiera, según se lo indicaba en una carta que éste último recibió poco antes de morir, el 24 de julio de 1689.

Ese negocio de construcción naval, según se deduce de otros documentos relacionados con Ignacio de Soroa, no se limitaba a facilitar piezas para armar barcos para la flota del rey hechizado. De hecho, en Mapil se fabricaron algunas de las unidades de mayor porte de esa flota.

Baltasar de Guilisasti, uno de los criados del capitán, habla de la que llama “Capitana Real”, que describe como uno de los mayores barcos construidos allí y enviados después a mar abierto para ser rematados en todos sus detalles -arboladura, artillería…-, gracias a las habilidades de los marineros que viven en Usurbil y conocen el camino seguro hasta la desembocadura del Oria. Algunos otros barcos construidos allí, por su parte, sirvieron en la llamada “Carrera de Indias”. Es decir, en el comercio naval entre América y Cádiz y Sevilla que, a juzgar por el estado de las finanzas del capitán Soroa el día de su muerte, siguió dando notables beneficios. Independientemente de lo hechizado que pudo llegar a estar el pobre Carlos II que, como vemos, quizás hubiera merecido una mejor prensa, una mejor fama, un recuerdo histórico más exacto…

 

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Un tiempo para la guerra y un tiempo para otras cosas. Reflexiones sobre la Historia de la llamada “prensa del corazón”
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Carlos Rilova | 25-06-2012 | 10:37| 0

Por Carlos Rilova Jercó

La semana pasada recordábamos el aniversario de la batalla de Waterloo. No ha pasado mucho tiempo y hoy, tan sólo una semana después, podríamos dedicarnos a recordar otra batalla que es celebrada, por todo lo alto, en Irun. Y no sería para menos, teniendo en cuenta lo que ocurrió en aquellos días finales del mes de junio de 1522  que los irundarras recuerdan ahora desfilando por sus calles y plazas.

Esa primera batalla de San Marcial se dio en el marco de las guerras entre Francia y España por la hegemonía sobre Europa que se desarrollaron entre finales del siglo XV y comienzos del XVIII. El choque que se conmemora en Irun estos días fue tan formidable como sólo se podía esperar del enfrentamiento de una potencia media -Francia en este caso- y la superpotencia del momento, una España respaldada por su inmenso imperio americano.

Las crónicas de la época, o sobre la época, están llenas de sucesos así. Los documentos de archivo, por su parte, las corroboran ampliamente. Por esas páginas desfilan escenas y personajes que hoy sólo concebimos en las páginas de esas llamadas “novelas históricas” y en las pantallas de cine. Caballeros acorazados de pies a cabeza cruzan el Bidasoa y presentan batalla, asaltan caminos y casas fuertes, ponen cerco a las fortalezas de la zona, dan cargas que son resistidas por escuadrones de piqueros y saludadas con cerradas descargas de arcabuceros, en Hondarribia o San Sebastián se entablan duelos artilleros moviendo piezas de un calibre más que considerable y que causan daños también más que considerables y un largo etcétera guerrero que sería imposible detallar en pocas líneas, pero que es el único escenario posible en una frontera como la guipuzcoana a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII…

De semejantes despliegues bélicos se podría deducir que en esta franja de terreno fronterizo que se extiende entre las estribaciones de los Pirineos y eso que se ha dado en llamar “País del Bidasoa“, sus habitantes, durante siglos, no tuvieron mejor cosa que hacer que guerrear, implicándose en batallas tan impresionantes como, por ejemplo, la de Waterloo.

No sería una deducción equivocada. Pero eso tampoco significa que fuera totalmente cierta. Si echamos un vistazo a la “Historia de Hondarribia”, por ejemplo, dirigida por el profesor José Luis Orella, uno de los fundadores de la Asociación Miguel de Aranburu, y en la que colaboraron también otros miembros de ella como nuestro presidente, el profesor Álvaro Aragón, descubriremos entre los distintos apartados que esa comarca tan atravesada por guerras e incursiones bélicas tan graves también hay sitio para otras actividades que no tienen necesariamente que ver con guerra y batallas y asuntos de alta estrategia internacional.

Además de una gran plaza fuerte en disputa entre las distintas coronas que combaten en torno a la frontera del Bidasoa (Inglaterra, Navarra, Francia, Castilla…), hay por allí comercio, hay manufactura, hay vida cotidiana ligada a actividades productivas como la Silvicultura, la Ganadería o la Agricultura… como no podía ser de otro modo, pues todo eso es necesario para sostener las vidas de los que algún día, alguna vez -quizás demasiado a menudo- son llamados al ban del rey, reunidos por los tambores y los pífanos bajo las banderas de combate en torno a las que se forman escuadrones, tercios, regimientos… dispuestos -al menos en teoría- a todo.

Es más, además de esas actividades productivas, más bien prosaicas pero imprescindibles, también podemos descubrir -si buscamos con atención- indicios acerca de que la vida que existe en una frontera de guerra como lo es la guipuzcoana hasta entrado el siglo XIX daba, aparte de para memorables choques bélicos, para entretenimientos verdaderamente curiosos que, en principio, no asociaríamos con la imagen que tenemos de una época que, acertadamente, vemos como una sucesión de guerras, batallas y escaramuzas como para hacer feliz a cualquier guionista de cine de acción.

Así es, entre los cientos de documentos sobre guerra, fortificaciones, suministros militares y esa contabilidad de la Muerte con la que pasamos tantas horas los historiadores y que ha quedado conservada en ricos archivos municipales como el de Hondarribia o el de Irun -poblaciones muy afectadas por esa clase de vaivenes fronterizos- descubrimos, no sin cierta sorpresa, que se han conservado en alguno de ellos ejemplares de lo que hoy llamaríamos “prensa del corazón” de esa época de guerra continua. Un indicio -como poco- de a qué dedicaba el tiempo libre una sociedad en armas, preparada para la guerra en cuestión de minutos, entre batalla y batalla en torno a sus murallas, bastiones, atrincheramientos…

En este caso es el Archivo Municipal de Hondarribia el que conserva una decena larga de ejemplares encuadernados de la revista francesa “La Clef du cabinet des princes de l´ Europe” y su continuación a lo largo de todo el siglo XVIII. Es decir, la “Suite de la Clef” pertenecientes a los fondos históricos de la Biblioteca Municipal de esa misma localidad .

Como se puede apreciar por las ilustraciones que acompañan a este nuevo “post” sus características distan bastante de lo que hoy día se asocia a esa “prensa del corazón”. Las imágenes, el plato fuerte de ese tipo de publicaciones, son inexistentes en “La Clef” y la “Suite de la Clef” salvo por la que ilustra la portada general. El resto es sólo letra  que los lectores, o los oyentes -que es la única manera en la que una gran mayoría de hombres y mujeres de la Europa de los siglos XVI, XVII, XVIII… puede acceder a esos textos-, deben ilustrar recurriendo únicamente a su imaginación.

Los contenidos de “La Clef” o de la “Suite de la Clef” también varían bastante con respecto a los que se pueden encontrar hoy día en esa “prensa del corazón”. En principio no faltan en ellas toda clase de noticias sobre lo que hacen las distintas cortes europeas. Sobre las bodas, bautizos, funerales y otros eventos similares de las principales casas reinantes de Europa. No podía ser menos en una publicación que se vendía como la dueña de la llave del gabinete de todos los príncipes de Europa y, por tanto, del camino abierto a todos sus secretos…

Sin embargo “La Clef” y su continuación abarcan un espectro mucho más amplio y mucho más variado, en cantidad y calidad, del que cubren sus herederas actuales.

Así, en sus páginas se recogen poemas -algunos de gran calidad-, reseñas literarias, comentarios sobre lo que hoy llamaríamos “descubrimientos científicos” y una miscelánea de curiosidades entre las que entran, por ejemplo, la recopilación de datos sobre personas que, a lo largo y ancho de Europa, han pasado de los cien años. Toda una hazaña hoy día y más aún, lógicamente, en una época en la que pasar de los cuarenta era casi imposible para la mayoría.

En las páginas de “La Clef” y la “Suite de la Clef” -para decirlo todo sobre ellas- tampoco son raras las alusiones, muy detalladas, a operaciones de guerra dentro y fuera de Europa, demostrando así que una sociedad como aquella, como la europea, como la guipuzcoana de esos siglos, que vive prácticamente en pie de guerra, no es capaz de olvidarse de esa actividad por demasiado tiempo. Ni siquiera en momentos en los que se dedica a un ocio intranscendente como el que, según todos los indicios, siempre han procurado vender esas revistas llamadas “del corazón”.

Sin duda una curiosa paradoja pero que, como todas ellas, nos ayuda a comprender mejor ese pasado del que procede nuestro presente, que, al fin y al cabo, es lo que, se supone, deben hacer la Historia y los historiadores que sirven a esa rama del, a veces, controvertido, árbol de la Ciencia.

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El día de Waterloo (18 de junio de 1815), o como la Historia no siempre la escriben los vencedores
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Carlos Rilova | 18-06-2012 | 9:42| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy es el aniversario de una de las batallas más famosas de la Historia. La de Waterloo. Esa misma que se ha convertido en una frase proverbial. A la que aludimos cuando queremos decir que alguien, o algo, ha sufrido un revés definitivo del que es más que dudoso que llegue a recuperarse nunca. Por ejemplo, hoy sería oportuno decir -siendo optimistas, claro está- que tras las elecciones griegas de ayer, el euro ha evitado su Waterloo.

Dejando aparte este reflejo de nuestros temores cotidianos del que, seguramente, -siendo otra vez optimistas- algún o alguna colega nuestro se reirá dentro de un par de décadas, este 18 de junio de 2012 es una buena ocasión para reflexionar acerca de ese hecho histórico, de esa batalla de Waterloo, que ya en su momento fue considerada como un hecho capital que cambió, radicalmente, la Historia.

No suele ser muy habitual que un episodio que apenas duró unos tres días -las primeras operaciones comienzan a desarrollarse el día 16- tenga unas características tan complejas como para poder hablar sobre él durante cientos y cientos de páginas escritas por distintas manos que, por así decir, se han ido pasando el testigo unas a otras durante los últimos dos siglos, pero en el caso de la batalla de Waterloo sí es así. Uno de los principales especialistas sobre el tema, el historiador Peter Hofschröer, de hecho, le dedica cerca de novecientas páginas en un sólo libro titulado, precisamente, “Waterloo”.

Eso demuestra -o debería demostrar- que no resulta nada fácil esclarecer qué  pasó en aquellas llanuras cerca de Bruselas hace ahora 197 años. Hofschröer da, en efecto, en esa obra numerosos ejemplos de la complejidad de aquellos hechos decisivos, concentrados entre los días 16 y 18 de junio de 1815, analizando, o más bien diseccionando, con la precisión de un orfebre, todas y cada una de las palabras, actos, escritos, gestos, anécdotas… que se representaron en el gran teatro de la Historia aquellos lluviosos días de mediados del mes de junio. Desde cómo reaccionó Lord Wellington en el momento en el que recibe las noticias de que Napoleón se ha atrevido a avanzar sobre lo que hoy es Bélgica y entonces -y hasta 1830- era parte del reino de Holanda -algo de lo que, espero, hablaremos otro día- hasta cómo estaba organizado el sistema de espionaje británico en el París de los cien días que -evidentemente- falló estrepitosamente, pasando por muchos otros aspectos de esos pocos días del mes de junio hasta completar las más de 900 páginas que componen su “Waterloo”.

Entre todos esos detalles a los que pasa revista esa obra de Hofschröer hay uno particularmente llamativo. Vamos a fijarnos en él para descubrir que todavía hay algo nuevo que contar sobre esa batalla que está ya cerca de cumplir sus dos siglos.

Se trata de la frase que se atribuyó al oficial al mando de la élite de los ejércitos napoleónicos que se hundirán definitivamente en el barro de Waterloo, el general Cambronne que, en efecto, en esas horas de aflicción -como se decía en la época- se pondrá al frente de la Guardia Imperial -o lo que quedaba de ella- cuando las líneas del último ejército de Napoleón se vinieron abajo.

Según Alessandro Barbero, otro de los historiadores que ha dedicado buena parte de su vida a esclarecer lo que ocurrió aquel 18 de junio de 1815, un periódico de París atribuyó al valeroso Cambronne una frase, “La Guardia muere pero no se rinde”, que, como podemos ver en la primera ilustración que ilumina este “post”, se convirtió en uno de esos racimos de palabras celebres, para el recuerdo, para pronunciar en grandes ocasiones, como, por ejemplo, “La suerte está echada”, “No envié a mis naves a luchar contra los elementos”, “Después de nosotros el Diluvio”, “Desde esta alturas 20 siglos nos contemplan”, “Volveré” y todas las que en estos momentos podamos recordar…

Según esa fuente eso -“La Guardia muere pero no se rinde”- sería lo que Cambronne habría respondido cuando las tropas aliadas, que habían sido puestas por Lord Wellington tras los pasos de los restos del ejército napoleónico en fuga, le intimaron a rendir lo que quedaba de la Guardia Imperial, que en esos momentos hacía poco más que cubrir la retirada de las demás unidades.

Alessandro Barbero sostiene que lo más probable es que Cambronne exclamase más bien algo relacionado con el producto sobrante de la digestión -ese que en su variante animal se usa para abonar campos- al ver que era incapaz de mantener las líneas de los “Invencibles” lo bastante compactas como para detener el avance de las tropas aliadas que cerraban sobre ellos.

El detallado libro de Peter Hofschröer sobre la batalla al que ya me he referido antes, corrobora enteramente la versión de Barbero. También lo hace de un modo algo más displicente uno de los principales especialistas en Wellington, el británico Andrew Roberts, que en su magnífica obra “Napoleón y Wellington” recoge la versión de esos hechos sostenida por el mariscal británico, que aseguraba que Cambronne jamás llegó a decir una cosa, en su ducal opinión, “tan ridícula”. Menos aún si se tenía en cuenta que el general francés no se mostró nada solemne una vez hecho prisionero, pues tuvo la desfachatez de autoinvitarse a cenar esa misma noche a la mesa de Lord Wellington, que renunció a compartirla con él puesto que, otra vez en su ducal opinión, Cambronne, como traidor a la dinastía legítima de Francia, no era digno de tal honor…

Hay finalmente otros documentos que demuestran la falta de fundamento histórico de esa frase tan trascendente. Los podemos encontrar en uno de los muchos tesoros bibliográficos que guarda la biblioteca Koldo Mitxelena y que, como se podrá apreciar sin dificultad, ilustran estas páginas junto al falso cuadro de Cambronne luchando con la Guardia Imperial hasta el último cartucho.

Se trata de un pequeño libro “in-quarto”, publicado en Madrid en 1817, titulado “Relacion circunstanciada de la ultima campaña de Buonaparte terminada por la batalla de Mont-Saint-Jean llamada tambien de Waterloo”. La obra era una traducción de textos ingleses y franceses hecha y anotada por un militar de ideas más bien liberales que firmaba, modestamente, como D. C. R y que tuvo el más que probable honor de ser el primer español en describir esa batalla que hoy cumple casi doscientos años. En ella se consignaban muchos detalles sobre aquel hecho -mapas incluidos como podemos ver- y, entre ellos, los partes oficiales en los que los distintos mandos implicados daban su versión de lo que había ocurrido en aquella llanura belga.

Entre ellos se incluía el del general vitoriano Miguel de Álava, que está allí, en Waterloo, en representación de España, agregado al Estado Mayor de su viejo amigo Wellington. Álava, tal y como relata en ese parte que se publica en la “Gaceta de Madrid” el 13 de julio de 1815, está situado en una posición privilegiada, tan cerca de la acción como para destacar que de todos los miembros de esa plana mayor sólo él y el duque salen ilesos. Sin embargo no es testigo desde ese puesto eminente de ninguna frase rimbombante sobre lo que prefería hacer la Guardia Imperial antes que rendirse a los británicos. Álava, en efecto, sólo dedica en su parte de guerra una pequeña posdata a Cambronne, señalando que fue uno de los principales prisioneros de aquella batalla y destacando su lealtad a Napoleón, al que siguió incluso a su exilio en la Isla de Elba…

Finalmente, y ya para disipar las dudas que pudieran quedar sobre que la Historia no siempre la escriben los vencedores, en ese mismo libro sobre la batalla de Waterloo firmado por D. C. R. se recogía el parte oficial de la batalla emitido por el ejército francés.

Tampoco había en ese documento extraordinariamente favorable al ejército imperial, como no podía ser menos, ninguna alusión a la famosa frase.

Y sin embargo… sin embargo el mito de “La Guardia muere pero no se rinde” se convirtió en hecho porque así lo quiso un periódico francés publicado aquel sangriento mes de junio de 1815. Uno que, naturalmente, había medido con precisión milimétrica todo lo que decía, como todos los que salían a la calle en la Francia napoleónica, que eran sólo los que el emperador quería que saliesen desde que se había coronado diez años atrás.

Una llamativa circunstancia ésta de la Historia cortada al gusto de los vencidos a partir de una mentira piadosa, de un mito incubado al calor de la derrota definitiva de un hombre tan temido y admirado como Napoleón Bonaparte, sobre la que podemos dedicarnos a meditar durante este día en el que esa batalla de Waterloo, que hizo correr ríos de sangre primero y de tinta después, cumple un año más.

Para eso, aparte de todo lo dicho hasta aquí, la película “Waterloo” de Sergei Bondarchuk es una excelente compañía. En ella podrán ver, además de apabullantes actuaciones de Rod Steiger o el recientemente homenajeado Christopher Plummer, magníficas reconstrucciones de los principales momentos de la batalla, incluida una bastante imaginativa -a medio camino entre el mito y la Historia- del momento en el que, se supone, la Guardia Imperial prefirió morir antes que rendirse a la Caballería inglesa.

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Una breve presentación y un primer post
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Carlos Rilova | 11-06-2012 | 11:43| 0


 La Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”, dedicada tanto al estudio de nuestro pasado como a su mejor difusión, ha aceptado desde el 11 de junio de 2012 la amable invitación de la plataforma digital de “El Diario Vasco” para comentar o ilustrar en este blog diversos aspectos de esos hechos que, acumulados en el tiempo, llamamos “Historia”. Así, el objetivo de los sucesivos “posts” que se irán subiendo regularmente a este “Correo de la Historia” cada lunes por la mañana, será el de informar sobre distintos aspectos de interés de esa materia a un público amplio -especializado o simplemente interesado en estas cuestiones- tratando de combinar el rigor científico con un lenguaje ameno y asequible.

El doctor en Historia Contemporánea por la UPV-EHU Carlos Rilova Jericó, uno de los fundadores de la asociación, será el encargado de dar una rigurosa continuidad a este “Correo de la Historia” semana a semana y hacer las oportunas presentaciones cuando otros miembros de la asociación hagan su contribución a esta página.

 

Un paseo por el San Sebastián de la “Belle Époque”. Del canotier a la ametralladora. Lo que realmente vive bajo el recuerdo histórico

Por Carlos Rilova Jericó

¿Es una buena idea comenzar la andadura de una publicación semanal dedicada a la Historia con un paseo por el San Sebastián de la “Belle Époque”?. Resulta  bastante difícil dar una respuesta rotunda a esa interrogante. Hablo desde una plataforma digital de un gran grupo de comunicación y en un medio que, por su propia naturaleza, puede llegar tanto a los que las palabras “San Sebastián de la “Belle Époque” ” les dicen algo, como a los que les resultan completamente desconocidas e incluso faltas de todo interés a primera vista. Así las cosas, no parece una muy buena idea poner en marcha este “Correo de la Historia” con un “post”, en principio, de orientación tan localista, tan limitada en el espacio y en el tiempo

Sin embargo -y espero demostrarlo a lo largo de las siguientes líneas- quizás ese paseo por el San Sebastián de finales del siglo XIX y principios del XX no sea tan banal, tan limitado como fuente de conocimiento histórico, como podría parecer a primera vista.

En efecto, si miramos con atención bajo la superficie de los restos de esa “bella época” que se ha constituido casi en una de las señas de identidad de la capital guipuzcoana, no se tarda mucho en encontrar entre ellos hechos, personas, detalles, circunstancias que son algo más que una anécdota histórica a recordar mientras se pasea por La Concha y se contemplan los vestigios de esa época de esplendor que han quedado impregnados -o sería mejor decir incorporados- a lugares como ése.

Sí, hay mucha más Historia y de mucho más alcance del que podríamos creer bajo reminiscencias del pasado “Belle Époque” de San Sebastián como las que atisbamos en fotos de revistas como la primera de las que ilustra este artículo, o las que, hoy por hoy, podemos ver en la Avenida en la antigua tienda de Ramón Hernández, en figuras ya irrepetibles -por distintas razones- como el inefable joven de raza negra que preside el escaparate de la calle Churruca de una de las principales tiendas de café de la ciudad -vestido de pies a cabeza con el traje de verano de dandy de la “Belle Époque”, desde los zapatos flexibles hasta el imprescindible canotier, pasando por la chaqueta “sport”-, en edificios como el actual Ayuntamiento o en el Palacio de Miramar, al final del Paseo de la Concha.

Precisamente a partir de él, de ese palacio, podemos empezar a descubrir que el San Sebastián de, digamos, 1876 a 1917, fue algo más que esa bella “Perla del Cantábrico”. Una más de las ciudades-balneario europeas -Baden-Baden, Bath, Biarritz, Niza…- en las que señoras encorsetadas y caballeros de bigotes encerados e insoportables cuellos almidonados “veraneaban” como mejor podían y hasta, con mucha precaución, tomaban salutíferos o -si así lo preferimos, por usar una expresión más de nuestra época- saludables “baños de mar”.

Efectivamente, el San Sebastián de aquellas fechas era la corte de verano de España, tal como lo demuestra ese Palacio de Miramar. El lugar desde el que se administraba durante varios meses al año una de esas potencias europeas que, a diferentes escalas, se estaban repartiendo en esos momentos el Mundo y se miraban entre ellas recelosas, esperando y temiendo al mismo tiempo el momento en el que estallaría la “Gran Guerra” en la que las más poderosas entre ellas y los aliados que se les sumasen decidirían quién sería el amo de ese Mundo que, en esos momentos, se reparte con tiralíneas en las cancillerías europeas y de todos los recursos que hacían cada día más opulenta a esa sociedad europea almidonada, encorsetada y orgullosa de sí misma.

Así es, de la misma revista “Actualdades” de la que sale esta foto en la que vemos una concurrida terraza del casino -hoy Ayuntamiento- de San Sebastián, llena de señoras con vestidos de verano que hoy darían lugar a una cascada de sofocos y lipotimias entre sus descendientes y cabezas masculinas tocadas con el inevitable canotier, se pueden extraer otras fotos y noticias de ese verano y otoño del año 1908, de la plena “Belle Époque”, que dicen que San Sebastián era algo más que una bella ciudad-balneario, transitada por personajes que dan envarados paseos por La Concha y se permiten baños de mar que necesitaban -según la prosapia del o la bañista- de una logística verdaderamente complicada y que hoy contemplamos con una incrédula y burlona sonrisa.

Así, por ejemplo, el número de 19 de agosto de 1908 de “Actualidades”, informaba a los ociosos veraneantes -de San Sebastián y de cualquier otro lado en el que se leyera esa revista- de que la escuadra naval británica había hecho una visita de cortesía al puerto de Barcelona. El mismo en el que el rey Alfonso XIII había pasado unos días ese verano… Un detalle que, más allá de las deferentes buenas maneras tan propias de la época, significaba -de manera bastante inequívoca- que la más poderosa escuadra naval del Mundo en esos momentos exhibía parte de su poderío ante España, bien para amedrentarla o, por lo menos, para conseguir de ella una “Entente cordiale” como la que pocos años antes había logrado Gran Bretaña con Francia frente a los llamados “imperios centrales” -Alemania, Austria-Hungria…- de cara a esa “Gran Guerra“ que todos esperaban y temían y, en esos momentos, es considerada ya casi inminente, a pesar de que la realeza que controla la mayor parte de las futuras potencias contendientes está emparentada entre sí. Como lo prueba la propia reina madre española -una de las primeras inquilinas del Palacio de Miramar-, o la esposa de Alfonso XIII elegida entre las princesas de la casa reinante británica que, a su vez, estaba estrechamente emparentada con la del káiser alemán.

También en el número del 19 de agosto de “Actualidades” se podía leer, más allá de esas crónicas de sociedad sólo levemente inquietantes, que el caos político en Marruecos -uno más de los espacios sobre los que varias potencias europeas quieren extender su dominio- continuaba y que, tras un golpe palaciego, se había instalado en el precario poder que representa en esos momentos el trono del imperio marroquí Muley Hafid. Por supuesto después de aplastar toda resistencia del legítimo heredero Abd-el Aziz, su propio hermano…

Una más de las muchas turbulencias que sacuden a esa zona del Magreb en esos momentos y que, aunque el redactor de “Actualidades” ni se moleste en comentarlo, hacen ya casi inevitable la intervención de las potencias europeas -entre ellas la corte española que veranea en San Sebastián- en ese territorio, rico en materias primas -hierro, fosfatos…- además de sumamente estratégico para controlar  el paso a través del estrecho de Gibraltar y que, por todas esas razones, bien podría valer una “Gran Guerra” como la que estallará en 1914…

El atento seguimiento que se hace en la misma “Actualidades” a las idas y venidas de Tánger a Inglaterra, pasando por España y por Francia, de El Mokri, el último dignatario aún fiel -al menos en teoría- al destronado Abd-el-Aziz, es una buena prueba de lo mucho que se estaba jugando en ese envite la corte española veraneante en Miramar. La misma que, cautamente, como lo recoge -foto incluida- el número de esa revista de 14 de octubre de 1908, deja en manos del duque de Tovar loa agasajos al dignatario marroquí a la vuelta de sus gestiones en Inglaterra y Francia, materializados en una invitación a la magnífica finca del duque -que contaba con vistas privilegiadas a La Concha- hasta que coja el tren que los llevaría, a él y a su séquito, desde la Estación del Norte a Madrid y de allí a Sevilla y al estrecho desde el que saltarían de nuevo a Tánger. A aquel Marruecos asediado por su propia descomposición interna y por distintas potencias europeas que no quieren ser las últimas en apoderarse de, al menos, parte de él cuando se resquebraje definitivamente.

Algo que quedaba también patente de un modo bastante claro en la foto de otro número de “Actualidades”. Concretamente el de 12 de agosto de 1908,  en el que se recogían, como en muchas otras ocasiones, ejercicios de maniobras del ejército español.

El lugar donde se realizan y el tipo de entrenamiento resultan muy reveladores. Los soldados se han desplegado, como se ve en la foto, en el campo de Gibraltar, por tanto esas maniobras resultan un claro desafío a Gran Bretaña y una señal también bastante clara de las tropas que España podría desplegar en un Marruecos colapsado en cuestión de días. El tipo de entrenamiento que realizan esas tropas es el de combate con ametralladoras. La futura reina de los campos de batalla que, desde agosto de 1914, se convertirán en inmensos mataderos, en un paisaje de pesadilla en el que no quedará ni un sólo vestigio de aquella “Belle Époque” que moría con cada explosión de obús y con el monótono tableteo de las “Hotchkiss” o las “Maxim” que aniquilan, maquinal, industrialmente, línea tras línea de hombres salidos de la inmunda red de trincheras que cruza Europa de parte a parte hasta 1918…

San Sebastián será un escenario privilegiado de esa descomposición, del fin de esa “bella época” de la que, como acabamos de ver, ha sido también uno de los escenarios privilegiados.

En principio los archivos de la ciudad no dicen mucho sobre esos años. Hablan de trabajadores españoles que vuelven de Francia y de franceses que vuelven a Francia para sumarse a la movilización de su ejército, de aumento de precios en las mercancías básicas y del control que el consistorio trata de ejercer sobre ellas para conseguir que la vida siga igual a los días anteriores al  estallido de la guerra. Al menos en la medida de lo posible.

Sin embargo, San Sebastián, como la mayor parte de las poblaciones fronterizas de cierta entidad de las potencias neutrales, y en tanto que sede de la corte de una potencia que, después de todo, ha sabido mantenerse sabiamente neutral pese a las presiones de unos y otros beligerantes, se convertirá en el escenario de una guerra secreta de espías y agentes de ambos bandos que aún está, en buena medida, por escribir.

Un tema, como muchos otros, del que, en efecto, podremos hablar en otra ocasión. Más aún si tenemos en cuenta que en apenas dos años se cumple el primer centenario de esa guerra, incubada en la “Belle Époque” que aún atisbamos en las calles de San Sebastián, que volvió el mundo del revés y en la que, lo crean o no, muchos vascos de este lado del Bidasoa tomaron parte, como voluntarios, bajo la bandera francesa, cambiando sus canotiers por los cascos de acero “Adrian” pintados de azul Francia y sus bastones flexibles de bambú por el fusil y la mortífera bayoneta-espada .Unos incondicionales servicios de guerra que, por otra parte, aquella República no olvidó y supo agradecer.

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