Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Alemania, la crisis del euro y algunas porciones de Historia. El proyecto de la Unión Monetaria Latina (1865-1927)
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Carlos Rilova | 06-08-2012 | 11:21| 0

Por  Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar en esta página de Siria, de las raíces históricas de todo lo que está ocurriendo allí, pero, a decir verdad, me resulta difícil atenerme a ese plan.

La razón principal para, en cambio, hablar de Alemania y la crisis del euro y algunas porciones de Historia, etc… es porque me he fijado en las noticias de esta semana pasada y todas ellas -por lamentable que nos pueda parecer- daban un segundo puesto a la matanza que ahora mismo se perpetra en Siria. Siempre muy por detrás de las complicaciones económicas que -se dice pronto- llevamos arrastrando desde hace ya unos cuantos años por aquí, en Europa, sin que se tomen nunca las medidas que todo el mundo sabe que hay que tomar, pero que siempre abortan en el último momento por una razón que parece cada vez cada vez más evidente: sencillamente porque la canciller de uno de los estados miembros de la Unión Europea quiere que esto sea así.

En efecto, la última gran jugada de esa ruleta rusa en la que se ha convertido la supervivencia de la Unión Monetaria europea, se ha visto con mucha claridad en esta última semana de lunes a viernes: primero Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, dijo que haría todo lo necesario para salvar al euro y hacer de él algo irreversible. Los mercados se ilusionaron, las bolsas subieron, la prima de riesgo bajó y durante unos días fuimos felices.

Después, a pocos días -un par, no más- de que el señor Draghi anunciase las medidas que se iban a tomar para detener los ataques especulativos contra la tercera y cuarta economía de la Unión Monetaria -es decir, Italia y España-, la canciller alemana dijo que el BCE no estaba para comprar deuda de países en apuros, que era justo lo que esperaban oír los mercados -al parecer ya satisfechos con la cota de ganancia lograda merced a una especulación incontrolada durante cerca de un año- junto con los principales interesados en que esto acabe: Italia y España y también grandes potencias mundiales como China o Estados Unidos, que llevan meses temiendo el deterioro de la Unión Monetaria a causa de esa obcecación alemana con el tema de una deuda cada vez más difícil de pagar debido, precisamente, a ese juego especulativo que la señora Merkel se ha negado -sistemáticamente- a detener, vetando, desde hace ya más de un año (revisen, por favor, los periódicos del verano pasado), toda intervención eficaz del BCE…

De todo esto se deduce que la Alemania de la canciller Merkel no debe estar muy a gusto con el euro… O debe querer imponer una serie de condiciones sencillamente incompatibles tanto con la letra como con el espíritu de ese acuerdo de unión monetaria…

Una situación que, como bien sabemos, se está tornando cada vez más difícil de soportar y amenaza con provocar un estallido económico de proporciones incalculables… ¿Podemos encontrar algún consuelo, algún conocimiento útil en los libros de Historia para hacer frente a un momento tan crítico?. Normalmente se supone que la Historia, como ciencia, no debe usarse como “maestra de vida”, como experiencia de la que aprender, pero, estando como están las cosas, resulta casi imposible no echar con ese fin -aunque sea con disimulo- un vistazo a cierta porción de nuestra Historia no muy conocida aunque últimamente se han prodigado algunos artículos sobre ella, en ABC, “La aventura de la historia” y otras publicaciones: la Unión Monetaria Latina que realmente existió entre 1865 y 1927.

¿En qué consistía ese curioso proyecto?. Veamos, fundamentalmente -no lo idealicemos- parece haber sido, en gran medida, producto de la frustración francesa por el hundimiento de su breve primer imperio en el año 1815 del que ya hablé aquí el 18 de junio pasado. Pocas décadas después de esa debacle se elevaron voces muy autorizadas en Francia que hablaban de crear unos Estados Unidos de Europa. La más conocida, la del escritor Victor Hugo, que en 1849 hará un bello discurso en el que propondrá una Unión Europea basada en la armonía y la adhesión libre y solidaria y no en la imposición militar. Tal y como lo había pretendido Napoleón Bonaparte…

El discurso de Hugo cayó en un saco bastante roto. Sin embargo, parece que uno de sus grandes enemigos, el sobrino del fallido emperador le prestó un oído atento. Sí, aquel mismo Luis Napoleón que se haría coronar como Napoleón III tras dar un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851 contra la Segunda República francesa de la que había sido elegido presidente, precisamente, en ese año 1849 en el que Hugo hace su discurso proeuropeísta ante un congreso internacional sobre la Paz, celebrado en el París que acaba de salir de la revolución de 1848.

Parece claro que Luis Napoleón no quería repetir los errores de su tío y buscó una pauta de acción que permitiera a Francia tener un Segundo Imperio que no acabase en un fiasco apenas una década después de ser proclamado. Hay que reconocer que lo consiguió. El suyo duró casi veinte años, entre 1851 y 1870…

¿Cómo lo consiguió?. En primer lugar evitó meterse en guerras en Europa, y cuando lo hizo fue contando con  el apoyo, o la aprobación, de los principales enemigos de su tío. Por ejemplo el de una Gran Bretaña que, al principio, lo mira con recelo, pero a la que convierte en su mayor aliada, especialmente contra Rusia, a la que Carlos Luis Napoleón hace pagar muy cara la derrota de su tío en 1812 con una expedición conjunta contra ella entre 1854 y 1856.

Observará la misma actitud frente a España, aunque en muchas ocasiones la prensa que controla con mano de hierro -en esto no diferirá mucho de su tío- mire con desprecio y condescendencia hacia el país al Sur de los Pirineos en el que se desangraron en centenares de batallas en regla los mejores ejércitos del Primer Imperio. En esas páginas, en efecto, se ignorará o desvirtuará, por ejemplo, la presencia de agregados militares españoles en las líneas de combate de la Guerra de Crimea -un tal Juan Prim, que les sonará del callejero de alguna que otra ciudad- o el hecho de que la emperatriz de ese Segundo Imperio -seguramente no por casualidad- era una española: Eugenia de Montijo…

Esas inteligentes maniobras también se manifestaron en la búsqueda de una Unión Monetaria, voluntaria, de las naciones latinas europeas. Así, en 1865, a instancias del nuevo emperador de los franceses, se creó un acuerdo por el que varias naciones latinas -Francia, Italia, Bélgica…- crearían una base monetaria común para facilitar una mayor cohesión -comercial, política…- entre ellas.

La idea debió parecer tan buena que incluso -asómbrense- se unieron a ella países como Luxemburgo y Suiza, naciones latinas al fin y al cabo, de habla francesa, italiana. Después vendrían también España, Grecia…

Los que no parecieron tener mucho deseo de unirse a ese acuerdo fueron los alemanes, convertidos en nación unificada precisamente gracias a la derrota del Segundo Imperio francés en 1870, que demostraba que no había rival para la superioridad militar prusiana…

Hoy, quizás, dadas las circunstancias que hemos vivido sobre todo esta última semana, puede que algunos se pregunten si éste sería un buen momento para convertir a la Europa del euro en una Unión Monetaria Latina rediviva y, por supuesto, mejorada.

Es una pregunta difícil de responde para un historiador, pero lo que sí parece seguro es que con ella la situación económica podría mejorar bastante y que la Alemania de Angela Merkel se sentiría mucho más a gusto volviendo al marco, o al nombre que quisiera dar a su nueva moneda.

Aunque puede que la canciller, tal vez, ante ese nuevo panorama, se sintiera despechada y tentada a repetir la estrategia de algunos de sus predecesores en el cargo -Otto Von Bismarck, por ejemplo- por aquello de “ni conmigo, ni sin mí”.

En ese caso, antes de tomar ninguna decisión basada en la ignorancia y la cerrazón mental tal vez debería echar un vistazo a algunas fotos con Historia como la que cierra este artículo, en la que vemos el estado en el que estaba Berlín en el año 1945, destruida y tomada por los rusos del mariscal Zhukov, despertando, abruptamente, de aquel otro sueño de hegemonía alemana que sumió a Europa en décadas de atraso y pobreza. Empezando por una Alemania que fue dividida en dos y que -hasta hace muy poco tiempo- ha arrastrado esa penosa herencia a nivel político, económico… sin que, por cierto, ninguno de los demás estados de la tan ansiada Unión Europea -ansiada para evitar cosas como las que ocurrieron entre 1914 y 1918 y entre 1939 y 1945- tratase de aprovecharse despiadadamente de esa situación de debilidad de uno de sus miembros, que hoy haría bien, en efecto, en recordar ese bonito detalle y que hubo uniones monetarias -como la latina- de las que, por una u otra razón, estuvo excluido y a las que sólo pudo destruir autodestruyéndose. Es decir, sembrando sal, calcinando los campos de Europa, incluidos los de la propia Alemania…

La Historia, sin duda, debería ser útil sólo como ciencia y no como “maestra de vida”, pero algunos líderes políticos harían bien en mejorar sus conocimientos en esa materia. Por el bien de todos…

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El fenómeno “Juego de Tronos”, o cómo la realidad (histórica) supera cualquier ficción. Oñaces, Gamboas, Lancasters, Yorks, Trastámaras y otras feroces especies de la verdadera Edad Media
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Carlos Rilova | 30-07-2012 | 10:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El martes pasado una de las llamadas cadenas generalistas, Antena 3, estrenó “en abierto”, la que nos están vendiendo, por doquier, como la sensación televisiva de la temporada. Esto es: la serie “Juego de tronos”, basada en la novela -en varios volúmenes- del mismo título firmada por George R. R. Martin.

¿Era para tanto?. ¿Estaban justificadas las barricadas de ejemplares que se podían ver, y aún se pueden ver, en los principales supermercados de libros de nuestras ciudades?.

Me disculparán, pero me voy a poner en plan cenizo. La verdad, a título de historiador y de consumidor de series, películas y libros, yo me atrevería a decir que no, que esto de “Juego de tronos”, huele a emboscada de especialistas en marketing. De esas en las que se vence por saturación, como en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, a fuerza de echar bombas sobre el enemigo y aplastarlo por el número, por la cantidad que, como ya sabemos, muchas veces no va unida a la calidad.

Lo que se veía en el primer episodio de la serie que emitió Antena 3 resultaba estereotipado. Ya visto en el molde original. Es decir, ese libro que uno de los columnistas de este diario, Gontzal Largo, definió en cierta ocasión -y con razón- como obsesivo: la saga del Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

El único giro realmente original de la trama de “Juego de tronos” lo representa Tyrion Lannister, un príncipe de la sangre de la casa reinante en el imaginario reino recreado por Martin  aquejado de enanismo. De hecho, el actor que lo interpreta -Peter Dinklage- hace un gran trabajo que eclipsa a sus compañeros de reparto, obligados a vérselas con los papeles más gastados y adocenados que se pueda imaginar: la princesa intrigante, el príncipe ambicioso, el buen salvaje, el veterano que actúa de intermediario cultural entre los buenos salvajes y la “civilización” y, por supuesto, se las sabe todas, el viejo rey que ha llegado hasta el trono a fuerza de un poderoso brazo que reparte mandobles a diestro y siniestro y al que el trono y la corona le vienen grandes, y así sucesivamente…

Eso, en definitiva, es lo malo de “Juego de tronos”, que tiene todos los elementos propios de las grandes historias pero que, en su caso, ya están demasiado vistos, demasiado manoseados.

Es cierto que cada cual es muy libre de entretenerse con lo que le parezca mejor. El que estas líneas escribe, por ejemplo, pasó grandes ratos viendo las dos primeras temporadas de “Deadwood”, otro de los “exitazos” para la televisión de HBO -la productora de “Juego de Tronos”- ambientada en ese “Salvaje Oeste” del que hablaba en esta misma página la semana pasada. Y eso a pesar de que “Deadwood” -que, a diferencia de “Juego de tronos” no tiene la excusa de describir un mundo de fantasía, sino real, histórico- también cae en los estereotipos y en los anacronismos, reproduciendo, por ejemplo, nuestro tóxico mundo laboral en los Estados Unidos de 1876, cosa que, probablemente, no tiene más objetivo que el de atraer a un público numeroso víctima de situaciones así en su vida real.

Dicho esto, sin embargo, sí me gustaría sugerir como historiador, que después de ver “Juego de tronos” -o de leerlo- sería un ejercicio muy saludable interesarse por la verdadera Edad Media a la que, eso es evidente, George R. R. Martin ha vampirizado para crear su “Juego de tronos”.

Los que elijan ese camino descubrirán que las intrigas que rodean al trono de hierro, a los Stark, a los Lannister y demás elenco de “Juego de tronos” son una bagatela comparadas con las verdaderas que tuvieron lugar no muy lejos de donde muchos de ustedes viven o pasan sus vacaciones.

Podríamos irnos hasta Inglaterra y recordar las Guerras de las Dos Rosas, que seguramente les sonarán de otra serie de televisión reciente con aspectos, también, un tanto lamentables -me refiero a “Los Tudor”. Sí ese original serial televisivo en el que el gordo Enrique VIII parece haber sido apuntado a un gimnasio de lo más estricto-, pero podemos empezar el viaje mucho más cerca. Bastaría, por ejemplo, con irse hasta Zumarraga.

Allí, en el año de gracia de 1446, se enfrentaron dos señores de la guerra opuestos, Juan López de Lezcano y Ladrón de Valda. Allí se juntaron hombres de armas de las dos casas enfrentadas, la de los Oñaz y la de los Gamboa. El cronista de esa historia -un veterano superviviente de hechos como esos, otro señor de la guerra, Lope García de Salazar- cuenta de manera tan escueta como brutal que en ese combate murieron hasta setenta hombres del bando de Gamboa tras ser vencido Ladrón de Valda. Después los Oñaz quemaron entera la villa de Miranda de Iraurgi -hoy Azkoitia- porque era partidaria del vencido…

No es ese el único episodio que nos relata el viejo banderizo recluido en su torre vizcaína de Muñatones, donde pasó el rato hasta el fin de sus días escribiendo esa crónica de “Las bienandanzas e fortunas” en las que se recoge ese episodio.

Hay más, muchos mas en esas páginas. Tanto del País Vasco como de fuera de él, remontándose incluso hasta el Cid Campeador, o a la guerra entre los príncipes de la casa Trastámara, Pedro y Enrique, que acaba con la muerte del primero en 1369.

Pero sin necesidad de ir tan lejos, a esos tiempos casi míticos incluso para un hombre medieval como Lope García de Salazar, hay otros ejemplos más a mano, más próximos.

En efecto, parece ser que lo de la quema del territorio azcoitiano en 1446 no fue bastante para los Gamboa. Dice Lope que después de esa tuvieron otra batalla. En esa ocasión se enfrentaron el mismo Juan López de Lezcano, los Loyola, los Emparan, los Zarauz y un Ladrón de Valda que ya parece haberse recuperado de su anterior derrota. En ese nuevo combate, que durará hasta que anochezca, murieron muchos de los mejores hombres de los Oñaz, como Martín Pérez de Emparan, y de los Gamboa, como Martín de Ybarra…

Algo más serio fue lo que ocurrió un par de años después, en 1448. Los Valda y sus aliados cercaron a los San Millán en su casa fuerte de Berastegi. La cosa era realmente seria porque los gamboínos habían traído para ese sitio más de 1500 hombres y contaban con ejemplares de la primera Artillería que ya se estaba utilizando en la Europa medieval desde hacia casi cien años. Según Lope García de Salazar se trataba de varias lombardas.

En está nueva batalla intervino también un caballero del otro lado del Bidasoa, el señor de Urtubia, cuyo castillo -casi irreconocible con los añadidos de épocas posteriores- es hoy día un hotel cerca de la localidad de Urruña, en el País Vasco-francés.

Ese nuevo episodio épico de nuestra Edad Media real, no inventada, concluyó cuando los sitiadores fueron sitiados a su vez por un ejército oñacino de socorro. El ejército de los Gamboa se batió en retirada tras causarse algunas bajas por ambas partes, entre las que se incluyó el caballo del señor de Urtubia…

Se podría seguir así páginas y más páginas, hablando, por ejemplo de cómo ambas casas rivales y sus aliados pelearon un día entero sobre el vado de Usurbil, muriendo muchos de los mejores hombres de ambos bandos. O de cómo en 1370 los Gamboa quemaron en la localidad vizcaína de Marquina (hoy Markina-Xemein) la casa fuerte del oñacino Gonzalo Ybáñez junto con sus hijos y hombres de armas, al amanecer de una noche de luna que había permitido a los de Gamboa cabalgar hasta allí al amparo de esas horas nocturnas. Podríamos recordar también más asedios con lombardas que arrasaban casas fuertes en cuestión de horas, dando paso a asaltos que hoy nos parecerían cosa de película, de novela o de serie de televisión, pero creo que ya nos hacemos una idea…

Evidentemente con historias como éstas, o con la que reconstruyó fielmente  Darío de Areitio en 1926 sobre la muerte de Lope García de Salazar, perseguido por sus propios hijos hasta Portugalete después de que el primogénito lo ha asediado en Muñatones por desheredarlo, entre otras razones, por birlarle a Catalina de Guinea, una de sus concubinas, uno se pregunta qué necesidad hay de inventar ningún “Juego de tronos”. No sería necesario para superar a ficciones como esas ni siquiera seguir los pasos de muchos de esos feroces guerreros hasta los campos de batalla europeos, a los de la Guerra de los Cien Años -que también es una guerra de bandos entre Armagnacs y Borgoñones- como si lo han hecho, entre otros, uno de los más conspicuos medievalistas fundadores de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor José Ángel Lema.

La única excusa para que cosas como “Juego de tronos” sean preferidas a historias como las aquí contadas sería, lógicamente, que apenas se ha escrito algo para la industria del entretenimiento en base a ellas. De hecho, sólo “El señor de la Guerra” de Toti Martínez  de Lezea parece llenar, y apenas, ese vacío.

Es cierto, pero, para acabar ya con esta cuestión, les tengo que decir que de eso, no tenemos la culpa los historiadores. Pregunten en HBO. O en productoras y editoriales más próximas a nosotros, a ver qué les dicen…

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¿De dónde salen las películas “del Oeste”?. Comparando algunos hechos históricos. De la Expedición Henry al Ejército Independiente de Muñagorri (1820-1839)
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Carlos Rilova | 23-07-2012 | 10:50| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Es muy posible que muchos espectadores se hayan preguntado de dónde han sacado sus historias los guionistas que han fabricado -algunas veces en serie, otras en serio- esas películas que llamamos “del Oeste”. Esas que no solemos considerar como cine histórico pero que, aunque sea de un modo vago, sí podemos identificar, más allá del género, con películas que nos cuentan hechos que han tenido lugar en épocas pasadas, en fechas que no son las nuestras.

Algo que se fue haciendo cada vez más común en ese género cinematográfico desde que acaba la que se considera su época dorada -más o menos entre los años 40 y 50 del siglo XX- y, a partir de los 70 de esa misma centuria, se abre paso al llamado “Western crepuscular”. Ese en el que ya no hay héroes de sombrero y caballo blanco enfrentados a los “malos”, fácilmente identificables también por un sombrero y un caballo de color negro o, como mínimo, oscuro, y en el que se trata de reflejar no tanto historias atemporales como las que nos narraban las de la época clásica del Western como “El hombre que mató a Liberty Valance” o “Solo ante el peligro”, sino hechos producto de una determinada época histórica que, en ocasiones, queda claramente señalada desde el comienzo del film.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en “Tom Horn”, dirigida por William Wiard magníficamente interpretada por Steve McQueen y Linda Evans y uno de los ejemplos más acabados de ese “Western crepuscular”, que nos sitúa a comienzos del siglo XX en el territorio -ni siquiera estado de la Unión todavía- de Wyoming que será el escenario en el que se representará la muerte del “Viejo Oeste” a través de la de Tom Horn, un personaje histórico, real, documentado, que en esas fechas se encuentra ya fuera de lugar en una sociedad en la que la ley de las armas, el estado de excepción permanente, los grandes espacios abiertos y sin otra ley que la de la defensa propia, se están desvaneciendo ante el modelo de civilización a la europea importado desde la Costa Este norteamericana.

Otra de las producciones que utiliza esa misma técnica, y además, nos la subraya indicando que lo que se va a narrar en ella es un hecho absolutamente histórico, es “El hombre de una tierra salvaje” de Richard C. Sarafian.

Así es, desde el comienzo del metraje de esa película una voz en off y unos títulos sobreimpresionados en la pantalla nos dicen que lo que vamos a ver se basa en una empresa desesperada que realmente tuvo lugar hacia el año 1820. La de un grupo de tramperos y cazadores contratados por un tal capitán Henry -interpretado por uno de los directores del Western de la Edad de Oro más aclamados, John Huston- que regresan a los Estados Unidos tras dos años acumulando una verdadera fortuna en pieles de diversos animales en lo que entonces es territorio indio en el actual Noroeste de ese país.

Estos hombres, como se ve desde las primeras escenas de la película, escoltan su preciosa carga en un barco montado sobre la estructura de varios carros que es arrastrada por tiros de mulas a través de esas inmensas llanuras -pobladas sólo por naciones indias como los crows y los cheyennes- bajo las aguardentosas y tiránicas órdenes de ese capitán Henry interpretado por Huston. Su objetivo, según se nos dice también en esos títulos iniciales, era llegar hasta el Missouri, bajar por él y colocar su preciosa carga en los mercados de pieles del Este.

Los comentarios sobre la película, que no son muchos, destacan en ocasiones que hay inexactitudes históricas en esa narración que se deben pasar por alto en beneficio de la calidad general de la obra, pero lo cierto es que si nos atenemos a lo que dice la escueta entrada dedicada a esta película en la ya imprescindible -para bien o para mal- Wikipedia, parece ser que todo encaja. No sólo se trata de que la historia que se cuenta en la película se base en las experiencias del trampero Hugh Glass. También parece haber existido una llamada “Expedición del Missouri” dirigida en 1822 por el comandante Andrew Henry, miembro de la Compañía de pieles de las Montañas Rocosas, un veterano de ese negocio que ya había fundado otra similar en 1809, asociado con traficantes de pieles españoles como Manuel Lisa o franceses como  Jean-Pierre Chouteau.

Puede que esa empresa dirigida por Andrew Henry no fuera realmente tan desesperada como la que nos cuenta la película de Sarafian, pero las cosas, habida cuenta del lugar y del momento histórico en el que se desarrollan, en el territorio de Missouri en 1822, no debieron ir muy a la zaga de lo que podemos ver en la pantalla.

¿Algo así podría haber ocurrido en la vieja Europa, más o menos en las mismas fechas?.

En más de una ocasión se ha dicho que en España, y más aún en el País Vasco, se ha desaprovechado, para la industria del Cine, el excelente material que ofrecían las guerras carlistas.

En efecto, salvo excepciones como la “Karlistadaren kronika” de José María Tuduri del año 1988, o “Vacas” de Julio Medem que, al fin y al cabo, sólo la utiliza como un vago trasfondo, brillan por su ausencia producciones propias sobre lo que podría haber sido nuestro propio género Western o, por lo menos, haber inspirado películas como la de Sarafian o el “Jeremías Johnson” de Sidney Pollack con la que tantos parecidos tiene “El hombre de una tierra salvaje”. La prueba es que libros como “Las historias naturales” de Juan Perucho y “Un espía llamado Sara” de Bernardo Atxaga no han pasado, en muchos años, del estado de libro al de celuloide.

Y esto siempre a pesar de que las guerras carlistas proporcionan, sin duda, más de una empresa desesperada con la que se podría haber hecho más de una película.

Quizás la más desesperada de todas fue la del escribano José Antonio Muñagorri conocida como “Paz y Fueros”.

Él fue un hombre hasta cierto punto misterioso -como muchos de los que han sido llevados a la pantalla con la excusa de un Western-, sin pasado o con un pasado nebuloso que no empieza a dejar rastros tras de sí hasta el momento en el que estalla la Primera Guerra Carlista (1833-1839) y Muñagorri se ve atrapado por sus negocios, de escribano de Berastegui y de administrador de ferrerías, en la zona bajo dominio carlista pese a que sus simpatías se orientan más hacia la causa de los liberales.

Una fidelidad que no se hace notable hasta el año 1835. El mismo en el que empieza a conspirar con las autoridades de Madrid para crear un tercer partido en liza que, garantizando los Fueros -supuestamente el principal motivo que animaba a los voluntarios vascos y navarros a luchar junto al Pretendiente carlista-, consiguiese el fin de una guerra especialmente desastrosa para el País Vasco y Navarra, principales escenarios de la lucha.

El proyecto no se convertirá en realidad hasta 1838, aunque Muñagorri ya había levantado sospechas entre algunos conspicuos carlistas desde 1837.

A partir de entonces el escribano, seguido por unos doscientos fieles -muchos de ellos trabajadores suyos- se armará -magníficamente gracias a las aportaciones de la Legión Británica que lucha del lado liberal- y se declarará en abierta rebelión contra don Carlos, debiendo huir a través de territorio carlista hacia una zona segura que, de hecho, no existe para alguien que, como él, se ha declarado rebelde al Pretendiente pero al que oficialmente el bando liberal no puede reconocer, ya que es una supuesta fuerza independiente de ambos bandos beligerantes…

Comenzará así un desesperado viaje de cerca de un año en el que Muñagorri y su Ejército Independiente vagaran entre localidades vascofrancesas como Sara, Irun y el pueblo navarro de Urdax, donde harán el que probablemente fue su único hecho de armas, tomando al asalto un fuerte que los carlistas tienen en esa población fronteriza…

Después de eso el Ejército Independiente de Muñagorri se fue desintegrando. Casi literalmente. La propuesta de “Paz y Fueros”, como nos cuentan algunos de los biógrafos de Muñagorri -Labayen, Cajal Valero…-, sólo había atraído a desertores de ambos bandos y a aventureros, aparte de algunos competentes oficiales profesionales, pero no logró nada más.

Al parecer, para que esa propuesta triunfase, se necesitaba algo más que la buena voluntad de Muñagorri o los manejos de un personaje tan retorcido como Eugenio de Aviraneta. Al menos sólo un militar profesional muy fogueado, como el general Espartero, fue quien logró que el acuerdo de Fueros por Paz se convirtiera en realidad en el famoso abrazo de Vergara.

La aventura de Muñagorri quedó en eso, en una aventura que atrajo junto a sí a aventureros que bien se podían haber enrolado en una expedición de dos años en busca de pieles en territorio indio. Basta con ver la descripción que hace de ellos un avezado periodista del “United Service Journal” en el año 1839, cuando los ve reunidos ante el patio de una casa de Sara -que a él le recuerda a las granjas de Cincinatti en Estados Unidos, sobre todo por su seto- donde Muñagorri ha organizado su cuartel general y le ha citado para entrevistarse con él.

Estos días de julio son quizás un buen momento para seguir por Urdax los pasos de ese ejército de aventureros desesperados, por el llamado puente de los carlistas, por el camino de la ferrería, en un terreno magníficamente conservado en torno a esa población que, quizás, algún día, podría servir para rodar una película que permitiera recordar a muchos quién fue Muñagorri y qué hizo o, al menos, qué intentó hacer. Algo casi tan absurdo -y a la vez tan razonable- como lo que podemos ver en una película que refleja su propia época como “El hombre de una tierra salvaje” que, después de todo, fue rodada en la Sierra de Almería, como tantos otros Western crepusculares…

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¿Qué eran los países “BRIC” antes de ser países “BRIC”?. Un esbozo de la vida de Tipu Sultán y la caída de la India en manos británicas (1757-1799)
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Carlos Rilova | 16-07-2012 | 10:20| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Seguramente no hace falta ser un especialista en Historia para saber mucho sobre el papel de Gran Bretaña como potencia imperial en la India. El cine ya ha hecho ese trabajo por muchos de nosotros, incluso antes de que pisásemos ni siquiera el umbral de los Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa con la sana intención de sacar un título en la materia.

En efecto, desde “Gunga Din” a la magnífica “El hombre que pudo reinar” pasando por “Kim”, “Tres lanceros bengalíes” y algunos otros títulos, lo sabemos casi todo sobre esa cuestión. Desde el motín cipayo de mediados del siglo XIX, hasta la resistencia no violenta de Gandhi, sin olvidarnos de cómo localizar el paso Khyber.

Así se ha forjado nuestra imagen de la India antes de que Bollywood y sus chocantes musicales empezasen a cambiar las cosas y se nos señalase al subcontinente del Ganges como uno de los alumnos aventajados de la Economía mundial -uno de esos países “BRIC”, junto con Brasil, Rusia y China- que ahora nos vende acero, todoterrenos y otras cosas que, al parecer, nuestra pereza mental -y física- nos impide ya fabricar en una Europa que no hace tantos años era uno de los talleres del Mundo.

Sin embargo, seguro que es mucho menos lo que sabemos sobre cómo llegaron los británicos allí. Es lógico puesto que el cine de ese país y, por extensión, el anglosajón, ha preferido centrarse en el relato que Gran Bretaña estableció entre finales del siglo XIX y comienzos del XX gracias, fundamentalmente, a escritores como Rudyard Kipling. Es decir, aquel en el que el imperio británico sobre la India estaba en su máximo esplendor y parecía ser una realidad tan inamovible como la estatua de la ya más que madura reina-emperatriz Victoria erigida en uno de los principales conjuntos monumentales de Calcuta.

Al parecer los muy pagados de sí mismos británicos de clase alta -justo los que tenían tiempo para escribir- de esos finales del XIX y comienzos del XX preferían pensar en los buenos resultados obtenidos -seguramente paladeando una taza de té Darjeeling frente al fuego de una chimenea neogótica, en un salón recubierto de mullidas alfombras Wilton- antes que recordar los apuros y dificultades que pasaron para conseguir esa victoria sin paliativos que sólo se vino abajo tras la Segunda Guerra Mundial, gracias a la resistencia pacífica inventada por un antiguo abogado hindú conocido universalmente como Mahatma Gandhi…

Y es que realmente los británicos pasaron grandes apuros antes de conseguir doblegar toda resistencia en el subcontinente indio y ponerlo al servicio de sus grandes ambiciones coloniales. Incluso sir Winston Churchill que lo contó todo -o casi todo- en su gigantesca “Historia de los pueblos de habla inglesa” parecía pasar casi de puntillas sobre la poco edificante historia de Warren Hastings y Clive, los dos héroes -por llamarlos de alguna forma- que pusieron en manos de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales -y, a través de ella, en las de Gran Bretaña- las llaves de la conquista total de la India.

En pocas palabras la clave de todo estuvo en una batalla entre el ejército de esa empresa británica -fundamentalmente compuesto por mercenarios y tropas nativas- celebrada en la aldea de Plassey en el año 1757. Con ella, que fue una más de la llamada Guerra de los Siete Años -sí, la de “El último mohicano”, por seguir hablando de cine histórico-, se logró anular la presencia del principal rival británico en la India. Es decir, la corona francesa y su propia compañía de las Indias Orientales.

Sin embargo, después de eso tuvieron que pasar muchos años más hasta que Gran Bretaña y sus agentes comerciales en la zona pudiera decir que la India era suya.

La situación en la India de 1757 se reducía, a grandes rasgos, a que el imperio mogol, el creador de maravillas como el Taj Majal, se había apoderado de esa gran península que ahora ambicionaban los británicos en el siglo XV, pero su autoridad era más nominal que real y se basaba, en buena medida, en lazos de vasallaje y alianza con reyezuelos y príncipes locales a los que se concedía una notable autonomía a cambio de una más o menos teórica lealtad al Gran Mogol.

Un panorama más que grato para antiguos delincuentes juveniles como Warren Hastings -así es como lo describe Churchill- que supieron jugar con verdadera ferocidad usando todas las bazas a su alcance para debilitar un posible frente común franco-hindú que pudiera combatir con algo más que éxito la, en principio, débil presencia británica en la India al filo del año 1757.

Justo la estrategia que trató de poner en marcha desde 1760 en adelante uno de los más inteligentes y decididos gobernantes de la atomizada India de mediados del siglo XVIII: Heyder Ali Kan.

Él, y después de él su hijo conocido como Tipu Sahib o Tipu Sultán, formaron entre 1760 y 1799 poderosas alianzas de príncipes indios de toda laya en torno a los ejércitos de su principado de Mysore, en los que trataron de combinar la tradición militar mogol -apenas evolucionada desde el siglo XV- con las nuevas técnicas y tácticas europeas que les fueron facilitadas, con relativa facilidad, por una resentida Francia. Primero por la monárquica y después por la revolucionaria, en los años de apogeo de Tipu Sultán, que logró hacerse célebre en el Mundo entero llenando páginas y más páginas de las gacetas de Europa con sus hazañas militares, convirtiéndose en eso que ahora se llama un personaje mediático.

Sólo para empezar, apenas unos pocos años después de la victoria de Clive en Plassey, el joven Tipu, apenas un adolescente, metió el miedo y el respeto en el cuerpo de los funcionarios de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales a los que sorprendió tomando el desayuno, completamente confiados, en las afueras de su gran base de Madrás, desde la que ya soñaban con imponer su ley a todo el subcontinente.

Aquello, y la destrucción de todas las fincas de recreo de los “nababs” británicos elevadas más allá de las defensas de Madrás, fue sólo la primera de muchas otras acciones que dieron esa fama mundial a Tipu Sultán a través de un enconado enfrentamiento que sólo acabó en 1799, con el asedio y caída de la capital de Tipu y su muerte…

Todas esas hazañas fueron conocidas por el público de habla española desde el año 1800, el mismo en el que se tradujeron a esa lengua las llamadas “Memorias de Typoo-Zaïb Sultán del Masur”.

Se trata de un libro apasionante, a pesar del arcaísmo de esa traducción hecha por el teniente coronel Bernardo María de Calzada a partir de la francesa, lleno de nombres exóticos -Pondichery, Nizam, Chandernagor, Heyder-Gangur…- y de episodios muy reales, pero aún así cargados de acción digna de la mejor película de los hermanos Korda. Hoy día se puede admirar en su edición original -muy rara, según algunas fuentes- entre los fondos de la Biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián, que ha tenido la buena idea de convertirlo en recurso electrónico para que se consulte desde cualquier ordenador, o disfrutar en la edición moderna que en el año 2001 hizo el Círculo de Lectores con un prólogo, muy recomendable, de Juan Vernet.

En estos días de verano esas “Memorias” de Tipu Sultán son, en cualquier caso, una manera de divertirse sin perder el tiempo. Gracias a ellas se puede ver el punto de vista de los que entraron a formar parte del imperio británico en calidad de potencias vencidas y no el que dan británicos como Bernard Cornwell en alguna que otra de sus novelas del fusilero Sharpe.

No está de más saberlo teniendo en cuenta que, según se nos dice, los descendientes de los jinetes silladar, de las tropas cipayas, de, en fin, todos los que siguieron los estandartes de Heyder Ali Kan y su hijo hasta que las últimas defensas de Siring-Patnam cayeron ante las tropas británicas, van a ser, ahora, uno de los nuevos amos del Mundo, cumpliendo así, después de todo, el sueño de gloria de Tipu Sultán…

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Una historia de traidores, corsarios, príncipes y leales oficiales del Rey. De la búsqueda de Eldorado a la Guerra de los Treinta Años (1595-1638)
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Carlos Rilova | 09-07-2012 | 10:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy hace más de tres siglos y dos días que comenzó el que, sin exagerar, podemos llamar Gran Asedio de Hondarribia.

Fue el 7 de julio de 1638. Entonces, desde los puestos de vigilancia de los baluartes de la que poco después se convertiría en ciudad muy noble, muy leal y muy valerosa, se avistó la inmensidad del ejército que el cardenal Richelieu y su amo Luis XIII el melancólico enviaban sobre aquella plaza fuerte. Más de 20.000 hombres de guerra junto con todos sus pertrechos, incluido, por supuesto, un imponente tren de Artillería de sitio que, durante dos largos meses, iba a someter a una dura prueba las defensas de la fortaleza que se interponía entre el cardenal y sus ambiciosos planes para poner en jaque a la monarquía imperial de los Austrias españoles.

Sin embargo, los peores temores que pudieran albergar Richelieu y su regio amo sobre el posible fracaso de esa operación pronto se vieron cumplidos ante aquellas murallas. La resistencia fue enconada. Incluso si consideramos que la versión que en su día dio de aquellos hechos un historiador francés -Édouard Ducéré- es totalmente cierta y realmente la furia de los asaltos contra las defensas hondarribiarras fue menor de lo que dice la crónica española encargada por el conde-duque de Olivares para seguir la guerra contra su gran rival por otros medios. En este caso la propaganda a nivel internacional que trataba de extraer todos los réditos posibles de aquella rotunda, aplastante, victoria lograda, tras dos inútiles meses de asedio, a comienzos de septiembre de 1638.

Son estos unos hechos verdaderamente interesantes en su conjunto, porque nos hablan de una de las pocas batallas de la famosa Guerra de los Treinta Años que se dieron en suelo del País Vasco, pero de los que, sin embargo, habrá ocasión de ocuparse en otro momento. Hoy vamos a fijarnos sólo en una faceta de ese asunto. Concretamente en qué clase de botín podrían haber conseguido las tropas de Richelieu de haber logrado su último objetivo.

En las crónicas del asedio y posterior victoria a la que me acabo de referir, se relata que uno de los alcaldes de Hondarribia acabó utilizando monedas de oro de su tesoro personal para fundir munición cuando empezó a escasear el plomo a medida que se gastaba en frenar cada nuevo asalto francés.

Es sólo una muestra, exagerada pero sostenida, y no enmendada por el interesado en todas las pesquisas posteriores sobre el Gran Asedio, de la riqueza que podía esperar encontrar en Hondarribia el ejército enviado por Richelieu frente a aquellas murallas en julio de 1638. Al fin y al cabo esta población era un enclave comercial con extensas redes de tráfico marítimo que aportaban lucrativos beneficios a esa comunidad.

El botín habría sido, pues, muy considerable si las maltratadas tropas de Richelieu hubieran logrado pasar más allá de las brechas abiertas por su Artillería de asedio y por las implacables minas que hasta el fin de las operaciones se estuvieron excavando bajo las defensas de la futura ciudad.

Sin embargo, las órdenes para esas tropas bajo el nominal mando del viejo príncipe de Condé eran buscar ventajas de tipo estratégico más que esos inmediatos beneficios monetarios. Es decir, se les había enviado allí, principalmente, para controlar una plaza fuerte clave en las comunicaciones peninsulares y, fundamentalmente, los puertos cantábricos para así hostilizar al enemigo durante un tiempo indefinido y en un espacio sensible y muy amplio. El botín material para la soldadesca y sus oficiales, así  como la destrucción que se causase a la población en sí, era absolutamente secundario…

Eso debería llevarnos a una reflexión sobre lo absurdas que resultan las guerras. Incluso la mejor diseñada de las campañas -en no pocas ocasiones las más desastrosas- como lo pudo ser esta que en el verano de 1638 lanza el cardenal Richelieu contra la yugular del imperio de los Austrias españoles vadeando el Bidasoa a la altura de Irun.

La cosa no deja de tener su gracia. Es posible que si las banderas de los Condé -incluidas las del futuro Gran Condé- no hubieran sido arrastradas sobre el polvo por el ejército de socorro enviado por el conde-duque, las tropas francesas habrían logrado acceder tanto a los bienes atesorados en el interior de Hondarribia, como al control estratégico de una plaza fuerte extraordinariamente capacitada para ofrecer una resistencia militar considerable sobre un punto de alto valor estratégico que creaba una cabeza de playa, una punta de lanza, en los dominios peninsulares de los Austrias, en lo que se podía llamar el corazón de su imperio.

Sin embargo, también es más que probable que en ese intento hubieran perdido toda posibilidad de hacerse con un legajo de papeles que, bien utilizados, tal vez, podrían haber llevado a la Francia de Richelieu hasta un reino de riquezas tan fabulosas como las que Cortés encontró en Tenochtitlan o Pizarro en Cuzco.

En efecto, las crónicas disponibles sobre el asedio de 1638, lo mismo que la escasa documentación relativa a esos momentos, confirman que Hondarribia fue sistemáticamente maltratada por la Artillería francesa. Especialmente por el uso de morteros que lanzaban bombas explosivas, dotadas de un mayor poder destructivo al caer no contra el casco urbano -al fin y al cabo bien protegido tras las murallas- sino sobre él, haciendo saltar por los aires la mayor parte de sus casas tras atravesarlas desde el tejado hasta el zaguán.

Ese sistema, verdaderamente eficaz para doblegar cualquier resistencia, sumado a un posible saqueo incontrolado caso de haber caído las últimas defensas de Hondarribia, muy probablemente, en efecto, habrían acabado con una parte sustancial del archivo municipal. Incluso con los algo más de doce folios en los que una mano anónima describía con pormenorizados detalles el posible emplazamiento de la ciudad del Lago Manoa. En otras palabras, el famoso Eldorado. Un documento del que poco se ha sabido hasta que el que esto firma algo ha contado este mismo viernes, víspera del inicio del Gran Asedio de Hondarribia, en un pequeño artículo publicado en Euskonews & Media…

Hoy solemos tender a identificar la búsqueda de esa ciudad con un personaje excesivo y demencial -más excesivo y demencial todavía después de caer en manos de algunos directores de cine fascinados por su tragedia-, el oñatiarra Lope de Aguirre. A partir de ahí parece haberse establecido una inercia que reduce la búsqueda de ese reino a, simplemente, una locura, la aventura alucinada de un traidor al torvo Felipe II en pos de una ciudad que jamás existió, buena sólo, por ejemplo, para activar la mente de artistas enfebrecidos. Como Edgar Allan Poe, que le dedicó uno de sus más bellos poemas.

La realidad de la que habla ese documento que, tal vez, hubiera sido el mejor botín de aquel Gran Asedio de 1638, dista bastante de ese estereotipo. Esas doce páginas demostrarían, por el contrario, que las potencias europeas buscaban muy en serio esa ciudad. La buscaron antes de que Lope de Aguirre y Ursua entrasen en escena y la siguieron buscando después de que los dos saliesen de escena. Para los funcionarios y oficiales del rey de España, como Antonio de Berrio o Domingo de Vera e Ybargoyen, o del de Inglaterra, Eldorado tenía, en definitiva, tantas posibilidades de existir como el Imperio azteca o el inca, y ese legajo depositado en el archivo municipal de Hondarribia es, en efecto, una de las mejores pruebas de la seriedad con la que se buscó hasta las primeras décadas del siglo XVII esa ciudad que hoy solemos llamar “mítica”

Un hombre tan calculador, tan pragmático, como el corsario inglés Walter Raleigh hubiera pagado un buen precio por hacerse con esa docena de hojas que hablan de dónde podría estar la ciudad del Lago Manoa. Raleigh, en efecto, la buscó sin descanso hasta que, por orden de Felipe III de España, fue decapitado en Londres por intentarlo con tanto afán como para infiltrarse en el territorio español en América o secuestrar a súbditos de su católica majestad con el fin de sonsacarles con métodos poco civilizados todo lo que habían averiguado al respecto..

El cardenal Richelieu probablemente también habría recibido con no poca alegría esos papeles de haber logrado los Condé tomar la ciudad sin llegar a destruirla del todo.

Eso como ya se sabe, no sucedió. La ciudad no cayó y su archivo no fue destruido, permitiendo que haya llegado hasta nosotros esa docena de hojas que aseguran saber la dirección que había que tomar para llegar al Paipiti, al país de Eldorado.

Recuerden todo esto cada vez que vayan a Hondarribia y suban por su calle mayor tras pasar la puerta de la muralla que uno de los más poderosos ejércitos del cardenal Richelieu jamás llegó a traspasar. Recuérdenlo, sobre todo, porque ha estado  olvidado mucho, demasiado, tiempo, oculto en gran parte por la sombra de un personaje tan excesivo como Lope de Aguirre, que se habría llevado más fama de la que, tal vez, realmente le correspondía en la aventura de la búsqueda de Eldorado.

 

 

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