Cuenta una
historia -que por otra parte no es lo suficientemente conocida- que cuando
Dios condenó a los pecadores y los arrojó del paraíso, les entregó una llave
a cadauno para que
pudieran penetrar en el corazón del otro y amarse afuera del edén.
Preocupados por saber que lugar nuevo ocuparían en el mundo, ambos perdieron
las llaves que les abriría la posibilidad del amor único. Y con ellos toda
la humanidad. El precio de ese error se paga con incomprensión, tristeza e
insatisfacción que promueve nuevas búsquedas.
A partir de ese momento los
humanos intentamosoír los
llamados del corazón. Y Así el amor a veces nos roza, nos empuja y pasa de
largo sin habernos detenido lo suficiente para descubrir las claves de ese
amor quepodría ser elúnico.
Parece que parte de la condena, es la posibilidadde reconocer que el amor de nuestras vidas fue ese, casi
después de haberlo perdido definitivamente.
En
las noches de luna, en el horizonte sobre las aguas se percibe como ondas
plateadas que se peinan y despeinan, como rayos brillantes que se hunden y
emergen, el ingreso de las almas de los hombres que mueren.>
>
No
es al cielo ni es al éter; ni tampoco al vacío ni al cosmos donde van las
almas.>
>
El
origen de la vida es el agua. Y es a la dimensión agua donde las almas
ingresan como luz y se transforman en delfines: acuosos y ondeantes,
reservorios de inteligencias vivas, núcleos comunicacionales sin memoria con
humanos, en mensajes de pura no espera.>
>
Las
almas navegan tiempos hasta que un delfín es llamado y muere.>
>
Hacía mucho tiempo que no
llovía en la comarca. El clima era tan caliente y seco que las flores se
marchitaban, la hierba estaba calcinada y parda, y aun los árboles grandes y
fuertes estaban muriendo. El agua se secaba en los arroyos y ríos, los
manantiales estaban secos, las fuentes dejaron de burbujear. Las vacas, los
perros, los caballos, los pájaros y todas las personas estaban sedientos. Todos
se sentían incómodos y enfermos.>>
Había una niña cuya madre
enfermó gravemente.
- Oh -dijo la niña-, si
tan sólo encontrara agua para mi madre, sin duda ella se repondría. Debo
encontrar agua.
Tomó su taza de hojalata y
partió en busca de agua. Al cabo del tiempo encontró una pequeña fuente en una
ladera. Estaba casi seca. El agua goteaba muy despacio desde abajo de la roca.
La niña sostuvo la taza y recogió unas gotas. Aguardó un largo, largo tiempo,
hasta que la taza se llenó de agua. Luego bajó la cuesta de la montaña
sosteniendo la taza con mucho cuidado, pues no quería derramar una sola gota.>>
En el camino se cruzó con
un pobre perro que apenas podía caminar. Respiraba entrecortadamente y la
lengua reseca le colgaba de la boca.>>
- Pobre perrito -dijo la
niña-, estás tan sediento. No puedo seguir de largo sin darte unas gotas de
agua. Si te doy sólo un poco, aún habrá suficiente para mi madre.>>
Así que la niña vertió un
poco de agua en la mano y le ofreció al perro. Él lamió rápidamente y se sintió
mucho mejor, de modo que se puso a menear la cola y ladrar, como si le diera
las gracias. Y la niña no lo notó, pero su cucharón de hojalata se había
convertido en un cucharón de plata y estaba tan lleno de agua como antes.>>
Se acordó de su madre y
echó a andar a toda prisa. Cuando llegó a casa casi anochecía. La niña abrió la
puerta y subió rápidamente a la habitación de su madre. Cuando entró en la
habitación, la vieja criada que ayudaba a la niña y su madre, y que había
trabajado todo el día para cuidar de esa mujer enferma, se acercó a la puerta.
Estaba tan fatigada y sedienta que apenas podía hablar.
- Dale un sorbo de agua
-dijo la madre-. Ha trabajado con ahínco todo el día y la necesita mucho más
que yo.>>
Así que la niña le acercó
la taza a los labios y la vieja criada bebió un sorbo de agua. De inmediato se
sintió mucho mejor y se acercó a la madre y la alzó. La niña no notó que la
taza se había convertido en una taza de oro y estaba tan llena de agua como
antes.>>
Luego acercó la taza a los
labios de la madre, que bebió y bebió. ¡Oh, se sentía mucho mejor! Cuando hubo
terminado, aún quedaba un poco de agua en la taza. La niña se la iba a llevar a
los labios cuando oyó un golpe en la puerta. La criada la abrió y se encontró
con un desconocido. Estaba pálido y sucio de polvo.>>
- Tengo sed -dijo-. ¿Puedo
beber un poco de agua?>>
La niña dijo:>>
- Claro que sí, sin duda
la necesitas mucho más que yo. Bébela toda.>>
El desconocido sonrió y
tomó el cucharón, que de inmediato se convirtió en un cucharón de diamante. Lo
dio vuelta y toda el agua se cayó al suelo. Y donde caía el agua
burbujeó una fuente. El agua fresca fluía sin cesar, agua de sobra para la
gente y los animales de toda la comarca.>>
Mientras miraban el agua
se olvidaron del forastero, pero cuando miraron se había ido. Creyeron verle
desaparecer en el cielo... y allá en el cielo, alto y claro, brillaba el
cucharón de diamante. Todavía brilla en lo alto, y recuerda a la gente la
niñita que era amable y abnegada. Se llama el Gran Cucharón>.
Saltó
de nalgas sobre la tapa de la valija y arrastró los cierres a
cada lado hasta que logró unirlos entre sus piernas.
- ¡Me hartaste!
Me estupidiza hablar siempre de lo mismo y que no entiendas
nada.
Se bajó de la
valija y la asió con visible nerviosismo, la puso contra una
pared en la salita.
- ¡Me voy! Me
cansé de hablar con neuronas depresivas y muertas. Y esto,
tiene que ver con la amistad. Ya no me considero tu amiga. ¡No
puedo! Imposible ver amistad entre tanto egoísmo. Tooodo
tiene que ser como vos querés... ¡tooodo! Si no, la
princesa, se deprime... La princesa, llora. Niña tan rica
como estúpida. ¡Basta!
En posición fetal
sobre el sillón de la salita, Matilda, sollozaba y escuchaba
la airada despedida de su compañera de cuarto. Iba a lamentar
que se fuera. Jorgelina era su única amiga y tenía razón.
Odió el darse cuenta de sus errores en medio de una crisis.
Pero era orgullosa, eso le hacía porfiar sus puntos de vista
hasta que la paciencia de Jorgelina llegaba al límite de la
tolerancia. Como hoy. Sólo que... Jorgelina jamás había
hecho sus valijas antes. Y lo que era aún peor, ella había
tirado la ropa dentro sin preocuparle que se arrugara... Todo
un signo de su determinación.
- Por la noche, ni
bien tenga un lugar donde alojarme, paso a buscar la
valija. -El golpe de la puerta contra el marco le indicó
el nivel de la ira de su compañera cuando al fin se fue. Quizá,
por la noche, cuando volviera por la valija, estuviera más
calmada y pudiera pedirle perdón.
En la vereda Jorgelina se
detuvo y respiró profundo... sentía pena y arrepentimiento.
Quizá, por la noche, cuando volviera por la valija, más
calmada, le pediría perdón.
El remis se detuvo
y el chofer encendió la luz interior. Jorgelina ya tenía no
obstante el dinero preparado para pagarle. Descendió del vehículo
y miró hacia la planta alta. Una sombra pasó rauda cerca de
la ventana y a los pocos segundos la luz del cuarto se apagó.
Como en otras oportunidades en que Matilda permanecía montada
sobre su orgullo, de seguro fingiría estar durmiendo
para no hablar.
- En fin! -suspiró-
Con sigilo, haciéndose
parte de la comedia, abrió la puerta del cuarto para tomar la
valija que había dejado en la salita. Por un segundo contuvo
el impulso de encender la luz y desenmascararla, pero no tenía
el menor sentido hacerlo... Así que tomó su valija y se
marchó, por la mañana volvería por lo demás.
8.30 sonó el
celular. Lo tanteó con los ojos cerrados por sobre la mesita
de luz y se incorporó en la cama para atender. El
identificador detecto el celular de Matilda. Una sensación de
inquietud se mezcló con la saturación de ayer al
recordar los vaivenes en el carácter de su compañera.
-¿Hola?
-¿Es usted
Jorgelina Burgos?
-Si...
-Soy el sargento
Montero y debería hablar con usted ahora mismo, ¿dónde se
encuentra?
-Señor Montero,
estoy muy asustada... esta llamada desde el celular de mi
amiga hecha por usted...
-Señorita, siento
decirle que hay motivos para su alarma, ¿en que sitio se
encuentra?
-En una pensión,
calle Viamonte 363.
-En segundos un móvil pasará
por usted, le ruego venga a verme donde yo estoy.
El móvil se dirigió
al lugar donde por dos años había convivido con Matilda. En
las inmediaciones deambulaban una decena de policías cerca de
varios móviles con sus luces de techo encendidas. También
había una ambulancia. Jorgelina se aterró, tanto despliegue
sólo podía significar que su amiga estaba muerta... La
barbilla le comenzó a temblar preludiando el llanto. Un
oficial le abrió la puerta del móvil para que ella
descendiera. Alguien más la tomó por debajo de la axila al
ver que sus piernas temblaban. Le trajeron una silla.
-¿Matilda está...
?
-Lo lamento mucho.
-Dijo solemne el sargento Montero. La han asesinado.
-Jorgelina no pudo contener el vómito. -Es preciso que entre
con nosotros a la habitación, hay algo que quizá usted pueda
aclararnos.
La puerta de
entrada al cuarto estaba vallada con una faja roja, el
sargento la levantó para que ambos pudieran entrar. Más allá
de la salita de entrada, trasponiendo la arcada, todo era un
revoltijo. El sargento la condujo lentamente hacia la habitación
donde se encontraba su cama y la de Matilda. En el centro, un
bulto bajo una sábana revelaba la forma de un cuerpo que
parecía estar en horrible contorción. Por un extremo una
mano pequeña estaba descubierta y ensangrentada. Nuevamente
tuvieron que asirla de las axilas para sostenerla. Le pidieron
que mirara el espejo sobre una de las paredes del cuarto, allí,
el asesino había dejado una leyenda escrita con la
propia sangre de su víctima. Jorgelina levantó su cabeza y
leyó ...
" Si hubieses
encendido la luz...estarías junto a ella! ".
Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria,
y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el
que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar
realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda
seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu.
Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios,
una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me
han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de
esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror;
pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barroques. Tal vez más
tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común.
Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía,
encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie
normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan
notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis
amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me
permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo
pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando los daba de
comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter,
y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce.
Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la
explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir.
En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo
que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de
comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición
semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos,
no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable.
Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono
pequeño y un gato.
Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una
sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa,
hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia
popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No
quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo
consigno sencillamente porque lo recuerdo.
Plutón—llamábase así el gato—era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer,
y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo
impedirle que me siguiera por la calle.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi
temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia,
sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más
taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con
mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias
personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no
les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se
refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no
pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al
mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi
camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación
con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y,
naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi
perverso carácter.
Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno
de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi
presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la
mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un
furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de
pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca,
saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del
bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por
la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me
abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los
vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad
remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil
y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en
los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.
Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es
cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se
daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como
debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me
quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella
manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente.
Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para
mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu
del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno
de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles
primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién
no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única
razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación,
pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente
porque comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El
vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su
propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente
a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana,
a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la
rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón
desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había
amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme
con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que
comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera
posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y
misericordioso Dios.
En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me
despertó del sueño el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de mi
lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un
criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé
arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la
atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a
dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité
las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se
habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique
interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la
cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción
del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a
aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una
parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las
palabras: "extraño", "singular", y otras expresiones
parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca
superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una
exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
Apenas hube visto esta aparición—porque yo no podía considerar aquello más que
como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin
vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un
jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido
inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por
alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta.
Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las
restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso
recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el
amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.
Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi
conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella
profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no
pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma
una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento.
Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los
miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma
especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.
Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando
atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno
de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más
importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del
tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué
a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que
se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en
todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma
indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho. Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con
fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues,
el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste
no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta
entonces.
Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se
mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando,
caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si
fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.
Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues,
precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué
sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba.
Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta
convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de
vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo
maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con
violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror
indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa
presencia.
Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a
la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él
había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia
contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía
grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico
y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.
Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón
directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al
lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase
bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias
espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me
derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por
ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de
un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre
todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal.
Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería
muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta
celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que
me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más
perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi
atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que
constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que
había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande,
tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases
imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar
como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era,
sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y
repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme
de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen
¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de
muerte y agonía!
Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la
Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio,
una bestia bruta engendraba en mí en mí, hombre formado a imagen del Altísimo,
tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la
paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de
noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible
angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro
y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y
que parecía eternamente posada en mi corazón.
Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames
pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames
de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó
hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer,
sin embargo, no se quejaba nunca ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La
mas paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de
una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.
Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio
en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la
escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó
hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto
pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal,
que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi
mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención.
Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el
cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.
Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el
cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día
ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi
mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y
arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la
cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambien la idea y decidí
embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar
a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un
proyecto que consideré el mas factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano,
como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.
La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los
muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo
había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó
endurecer la humedad.
Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una
chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la
misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los
ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada
pudiese descubrir nada sospechoso.
No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los
ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared
interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo
toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables,
me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía
distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo
tabique.
Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la
más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los
escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí,
mi trabajo no ha sido infructuoso".
Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan
tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento
hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que
el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y
procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir
o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón
la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche se presentó, y ésta fue
la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y
profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo.
Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había
abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: Mi
dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción.
Inicióse una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se
dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba
por asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó
inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió de nuevo a
una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable
del escondite, no experimenté ninguna turbación.
Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta
el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me
altere lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón
latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, cruce los brazos sobre
mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la
Policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi
corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una
palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su
convicción con respecto a mi inocencia.
—Señores—dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí
una gran satisfacción habrá desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes
una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen
ustedes aquí una casa construida—apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso
deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente
construida. Estos muros...¿Se van ustedes, señores? Estos muros están
construidos con una gran solidez.
Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que
tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras
el cual yacía la esposa de mi corazón.
¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del
archidemonio. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me
respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y
encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se hinchó en un
prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano, un alarido, un
aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno,
horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en
sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.
Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome,
caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones
los agentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce
brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver,
muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos
de los circundantes.
Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se
posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora
voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.
En esta bitácora pretendemos contarte cuentos que animen tu vida. Escribe tus comentarios sobre cada uno de los cuentos, si te han gustado o no, o aquellas sugerencias que quieras hacer.