El campesino y el diablo

Había una vez un muy afamado y astuto campesino, cuyos trucos eran muy comentados. La mejor historia es, sin embargo, cómo negoció con el Diablo e hizo que éste quedara como un tonto.

Estaba un día el campesino trabajando en su terreno, y como la penumbra ya caía, se alistaba para regresar a su casa, cuando de pronto vio un montón de carbones encendidos en medio del campo, y cuando se acercó, lleno de asombro vio a un pequeño diablillo sentado sobre los carbones encendidos.

-”¡De veras que estás sentado sobre un gran tesoro!”- dijo el campesino.

-”Sí, es cierto”- contestó el Diablo, -”!sobre un tesoro que contiene más oro y plata que lo que jamás verás en tu vida!”-

-”El tesoro está en mi propiedad y me pertenece.”- replicó el campesino.

-”Y seguirá siendo tuyo”- contestó el Diablo, -”si por dos años consecutivos me das la mitad de lo que el campo produce, porque tengo un gran antojo de los productos de la tierra.”-

El campesino aceptó el trato, y le dijo:

-”Eso sí, sin embargo, para que no haya discusiones sobre la repartición, todo lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y todo lo que se produzca bajo la tierra, será mío.”-

El Diablo quedó satisfecho con eso, y el campesino sembró nabos.

Cuando llegó el tiempo de la recolecta, el Diablo se presentó a tomar su parte de la producción, pero no encontró mas que amarillentas y marchitas hojas, mientras que el campesino, lleno de satisfacción, escarbaba y guardaba sus nabos.

-”Por esta vez has obtenido lo mejor de la cosecha”- dijo el Diablo, -”pero no será así la próxima vez. Lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y lo se que produzca bajo tierra, será mío.”-

-”Estoy de acuerdo.”- dijo el campesino.

Cuando llegó el tiempo de la siembra, no sembró de nuevo nabos, sino trigo. El trigo nació, creció y los granos maduraron y el campesino recogió todas las espigas que había en el campo.

Al llegar el Diablo, no encontró nada sino únicamente los rastrojos, y furibundo se lanzó dentro de una hendidura en las rocas.

-”Esa es la forma de engañar al Diablo.”- dijo el campesino, y se fue a su casa llevándose todo su tesoro.

Enseñanza:

Planificar con el adecuado conocimiento, definitivamente lleva al éxito.

El mantel, la mochila, el sombrero y el cuerno

Había una vez tres hermanos que habían caído profundamente en la pobreza, y al final su necesidad fue tan grande que tenían que soportar hambres, no teniendo nada para comer o beber. Entonces dijeron:

-”No podemos seguir así aquí, mejor vamos por el mundo en busca de fortuna.”-

Por lo tanto se pusieron en marcha. Habían ya caminado un largo sendero y pasado por muchos campos, pero no tenían aún buena suerte. Un día llegaron a un gran bosque, y en medio de él había una colina, y cuando se acercaron a ella, vieron que la colina era toda de plata. Entonces el mayor habló:

-”Ya encontré la buena suerte que deseaba, y ya no buscaré nada más.”

Él tomó tanta plata como pudo cargar, y dio media vuelta y regresó a su casa. Pero los otros dos dijeron:

-”Nosotros queremos más buena suerte que la simple plata.”- y sin tocarla siguieron adelante. Después de caminar dos días más sin parar, llegaron a otra colina que era toda de oro. El segundo hermano paró, meditó consigo mismo, y estuvo indeciso.

-”¿Qué debería hacer?”- dijo él, -”¿debo tomar para mí lo más que pueda de este oro, con lo que tendría suficiente para el resto de mi vida, o debería avanzar más?”-

Por fin tomó una decisión, y poniendo lo más que pudo de oro en sus bolsos, dijo adiós a su hermano, y regresó a casa. Pero el tercero dijo:

-”El oro y la plata no me motivan, no renunciaré a mi oportunidad de fortuna, quizás algo aún más valioso me será dado.”-

Él siguió hacia adelante, y cuando había caminado por tres días, llegó a un bosque que era aún más grande que el anterior, y al que no se le veía un fin, y como no encontraba nada que comer o beber, se sentía todo exhausto. Entonces subió a un árbol bien alto para averiguar si allá arriba podría ver dónde terminaba el bosque, pero hasta donde los ojos le permitían ver, sólo veía copas de árboles. Entonces comenzó a descender del árbol, pero el hambre lo atormentaba, y pensó:

-”¡Si al menos pudiera comer una vez más!”-

Una vez abajo él encontró, con asombro, una mesa bajo el árbol ricamente servida con comida, cuyos vapores subían hasta su nariz.

-”Esta vez”- dijo, -”mi deseo ha sido cumplido a cabalidad en el momento oportuno.”-

Y sin preocuparse en averiguar quién habría traído la comida, o quién la preparó, se sentó a la mesa y comió con gran disfrute hasta haber satisfecho su hambre. Una vez terminado, pensó:

-”Después de todo sería una verdadera lástima que el bello y pequeño mantel de esta mesa fuera abandonado en este bosque.”-

Y lo enrolló bien apretado y lo puso en su bolso. Entonces prosiguió la marcha hacia adelante, y al anochecer, cuando de nuevo sintió hambre, el quiso usar el mantel como sábana, y lo extendió y dijo:

-”¡Cuánto me gustaría verte de nuevo cubierto de buenos alimentos!”-

Y no había terminado de pronunciar la última palabra de su deseo cuando aparecieron sobre el mantel muchos platos con la más exquisita comida, llenando todos los espacios disponibles sobre el mantel.

-”Ahora me doy cuenta”- se dijo, -”en qué cocina se hace mi comida. Tú serás más apreciado por mí que las montañas de oro y plata.”-

Vio claramente que aquél era un mantel de los deseos. Sin embargo, el mantel no era aún suficiente para volver tranquilamente a casa. Él prefirió viajar más por el mundo y buscar aumentar su fortuna.

Una noche él encontró, en un bosque solitario, a un sucio y negro carbonero, quien estaba quemando carbón allí, y tenía algunas papas en el fuego, con las que estaba preparando su comida.

-”¡Buenas noches, pájaro negro! dijo cariñosamente el joven, -”¿Cómo vives en esta soledad?”-

-”Un día es como cualquier otro”- replicó el carbonero, -”¡y cada noche papas! ¿Te gustaría tomar algunas y ser mi invitado?”-

-”Muchas gracias”- contestó el viajero, -”No pienso quitarte un pedacito de tu cena, pues no esperabas una visita, pero si quieres compartir la cena que traigo, tienes la invitación.”-

-”¿Y quién te la va a preparar?”- preguntó el carbonero, -”Veo que no traes nada contigo, y no hay nadie a menos de dos horas de camino que te pudiera alistar algo.”-

-”Pues va a haber cena.”- contestó el joven, -”y de lo mejor que jamás hayas probado.”-

Ahí mismo sacó el mantel de su mochila, la extendió en el suelo, y dijo:

-”Mantelito, mantelito, cúbrete tu mismo.”-

Instantáneamente, ensaladas, postres, carnes asadas y cocidas aparecieron allí, y tan calientitas como recién sacadas de la cocina. El carbonero se quedó viendo admirado, pero no necesitó de mucha insistencia para acomodarse junto a la comida, y llevar grandes bocados a su boca. Cuando ya hubieron comido de todo, el carbonero sonrió contento y dijo:

-”¡Mira tú! tu mantel tiene mi aprobación. Sería algo muy provechoso para mí en el bosque, donde nadie me cocina nada bueno. Te propongo un trueque: allá en aquel rincón cuelga una mochila militar, que ciertamente está vieja y fea, pero contiene poderes maravillosos, y como yo no la uso, te la cambiaría por el mantel.”-

-”Primero debo saber que clase de poderes son.”- contestó el muchacho.

-”Eso es lo que te diré.”- contestó el carbonero. -”Cada vez que la palmees con la mano, un sargento con seis soldados armados de pies a cabeza se te hace presente, y ellos harán lo que le comandes hacer.”-

-”Eso me interesa”- dijo el joven, -”si ninguna otra cosa podemos hacer, lo cambiaremos.”-

Le dio al carbonero el mantel, desenganchó la mochila militar de donde colgaba, y poniéndosela le dijo adiós. Después de un poco de caminar, quiso hacer una prueba de los poderes mágicos de su mochila y la palmeó. Inmediatamente los siete guerreros saltaron ante él, y el sargento dijo:

-”¿Qué es lo que mi señor y jefe desea que hagamos?”-

-”Vayan a toda velocidad donde el carbonero, y exíjanle que me regrese mi mantel de los deseos.”- contestó.

Ellos hicieron giro a la izquierda, y fue cuestión de unos instantes para que estuvieran de regreso con lo solicitado, habiéndolo tomado del carbonero sin hacer mayores preguntas. El joven les ordenó retirarse, siguió adelante su camino con la esperanza de que la fortuna brillara aún mejor para él. A la hora de la puesta del sol llegó hasta donde estaba otro carbonero, quien estaba preparando su cena junto al fuego.

-”Si puedes comer algunas papas con sal, pero sin aderezos, ven y siéntate conmigo.”- dijo el hollinado amigo.

-”No”- contestó, -”esta vez tú serás mi invitado.”-

Y extendió el mágico mantel, que instantáneamente se llenó con los más delicados platos. Comieron y bebieron juntos, y lo disfrutaron plenamente. Una vez terminada la cena, el carbonero dijo:

-”Allá arriba, en aquella ramita, hay un sombrero viejo y usado que tiene propiedades extrañas: cuando alguien se lo pone, y lo gira sobre su cabeza, salen doce cañones disparando a la vez, derribándolo todo, de modo que nadie puede oponérseles. El sombrero no tiene uso para mí, y estoy dispuesto a cambiártelo por tu mantel.”-

-”Eso me calza muy bien.”- le contestó.

Tomó el sombrero, se lo puso y dejó el mantel con el carbonero. Difícilmente había recorrido unos cientos de pasos cuando palmeó sobre la mochila, y mandó a sus soldados a capturar de nuevo el mantel.

-”Una cosa trae consigo otra cosa”- pensó él, -”y yo siento como que mi suerte no ha llegado aún a su fin.”-

Sus pensamientos no lo engañaban. Después de haber caminado otro día entero, encontró a un tercer carbonero, quien como los anteriores, lo invitó a las papas sin aderezo. Pero el joven también lo invitó a cenar por medio del mantel de los deseos, y al carbonero le gustó tanto el mantel, que por fin le ofreció un cuerno a cambio, el cual tenía cualidades muy diferentes a las del sombrero. Cuando alguien lo sopla todas las paredes y fortificaciones se derrumban, y toda la ciudad o villa queda en ruinas.

Ciertamente hizo el trato y cambió el mantel por el cuerno, pero como en las veces anteriores, envió al regimiento a capturar y regresarle el mantel de nuevo.

-”Ahora”- se dijo él, -”soy un hombre completo, y es hora de regresar a casa y ver cómo les está yendo a mis hermanos.”-

Cuando llegó a su casa, sus hermanos se habían construido para ellos bellísimas casas con el oro y la plata que trajeron, y vivían cómodamente. Él fue a visitarlos, pero como sus ropas estaban andrajosas, con un lamentable sombrero en su cabeza, y la sudada y sucia mochila en su espalda, ellos no lo reconocieron como a su hermano. Más bien se burlaron y dijeron:

-”Tú dices ser nuestro hermano quien despreció oro y plata para buscar algo mucho mejor para él. Cuando él venga lo hará sobre un carruaje lleno de esplendor como un rey poderoso, no como un mendigo.”- y le cerraron la puerta.

Entonces se enojó mucho, y palmeó su mochila muchas veces, hasta que ciento cincuenta hombres se presentaron ante él, bien armados de pies a cabeza. Les ordenó rodear las casas de sus hermanos, y dos soldados fueron a traer varillas de avellanos, y con ellos castigaron a los insolentes hombres, hasta que confesaron que sí sabían quien era.

Aquello provocó un gran disturbio, la gente corría desesperada buscando dar auxilio a aquellos dos en su necesidad, pero contra estos soldados nada había que hacer.

Al fin le llegaron noticias al rey sobre este asunto, quien se enfureció, y ordenó a un capitán marchar con su tropa y sacar al provocador fuera de la ciudad. Pero el hombre de la mochila pronto consiguió un regimiento más grande de hombres, quienes rechazaron al capitán y su grupo, los que tuvieron que irse sufriendo múltiples heridas. El rey dijo:

-”Este vagabundo no ha sido puesto en orden aún.”- y al día siguiente envió a una aún más grande tropa contra él, pero todavía hicieron menos.

El joven entonces puso más hombres contra el rey, y para terminar más rápido, giró dos veces en sombrero sobre su cabeza, y pesados cañones empezaron a trabajar, y los hombres del rey fueron derrotados y puestos en fuga.

-”Y ahora”- dijo él, -”no haré la paz hasta que el rey me de a su hija por esposa, y me ponga a gobernar todo el reino en su nombre.”-

Él mandó a anunciarle esto al rey, quien al saberlo dijo a su hija:

-”La necesidad es una nuez muy dura de quebrar, ¿qué más me queda por hacer sino lo que él solicita? Si yo quiero paz y mantener la corona sobre mi cabeza, no tengo más opción que entregarte”-

Así pues se celebró la boda, pero la hija del rey estaba molesta de que su marido fuera un hombre común, que usaba un lamentable sombrero, y cargaba una sucia y vieja mochila.

Ella quería deshacerse de él, y de noche y de día estudiaba cómo podría realizarlo. Entonces pensó:

-”¿Sería posible que sus maravillosos poderes radicaran en su mochila?”-

Y ella lo cuidó y acarició, y cuando su corazón se había suavizado, le dijo:

-”Si tú pudieras alejar de tu lado esa horrible mochila, que tanto te desfigura, yo ya no me sentiría avergonzada de ti.”

-”Mi querida niña”- dijo él, -”esta mochila es mi mayor tesoro. Mientras yo la tenga, no hay poder en la tierra al cual yo le tema.”-

Y él le reveló a ella la maravillosa virtud con la cual estaba poseída la mochila. Entonces ella se abalanzó en sus brazos como si fuera a besarlo, pero con gran destreza le quitó la mochila de sus hombros, y corrió con ella. Tan pronto como se sintió alejada, la palmeó, y ordenó a los soldados capturar a su antiguo amo, y sacarlo del palacio. Ellos obedecieron, y la obligada esposa envió aún más hombres tras de él, a que lo sacaran también del país.

Él habría sido derrotado si no hubiera tenido el viejo sombrero. Y como aún conservaba un poco de libertad en sus manos, pudo girar un par de veces el sombrero. Inmediatamente los cañones empezaron a disparar, y golpearon duramente todo, y la hija del rey se vio forzada a venir a pedir clemencia. Y en el tanto que ella aceptó los términos, y prometió arrepentimiento, él se permitió ser persuadido y le dio la paz. Ella actuó cariñosamente como si lo amara mucho, y después de un tiempo llegó a ablandarlo tanto que él le confió que si alguien llegara a tener la mochila en su poder, no podría hacerle ningún daño mientras él mismo tuviera en sus manos el viejo sombrero.

Cuando ella supo el nuevo secreto, esperó a que se durmiera, le quitó el sombrero y lo tiró a la calle. Pero aún le quedaba el cuerno, y con gran enojo él lo sopló con todas sus fuerzas. Instantáneamente todas las paredes, fortificaciones, ciudades, pueblos y villas se vinieron abajo, y el rey y su hija vieron espantados a su país en ruinas. Y sin haber terminado de soplar un poco más y de bajar su cuerno, todo se redujo a escombros, y no quedó piedra sobre piedra.

Enseñanza:

Lo que de buena fe ha sido intercambiado, jamás debe ser arrebatado, de lo contrario sólo servirá para generar su propia desgracia.

Los duendes

Un zapatero, sin que fuera su culpa, había llegado a tal pobreza que al final no le quedaba más que el cuero necesario para un par de zapatos. Así que al anochecer, hizo los cortes para los zapatos que haría a la mañana siguiente, y como tenía limpia su conciencia, se acostó tranquilamente en su cama, se encomendó a Dios, y se quedó dormido.

En la mañana, después de decir sus oraciones, fue a sentarse a su banquillo para trabajar, y encontró los zapatos finamente terminados sobre la mesa. Él quedó atónito y no sabía que pensar de aquello. Tomó los zapatos en sus manos para observarlos más de cerca, y estaban tan perfectamente confeccionados que no encontró una sola mala puntada, eran toda una obra maestra. Poco después un comprador llegó, y como le gustaron tanto los zapatos, pagó más que lo de costumbre por ellos, y con ese dinero el zapatero pudo comprar material para dos pares de zapatos. Hizo los cortes en la noche, y a la mañana siguiente se preparó con fresco coraje para empezar su trabajo. Pero no tuvo necesidad de eso, porque cuando se levantó ya los encontró hechos, y no tubo que esperar nada por compradores que le pagaron suficiente dinero como para comprar cuero para otros cuatro pares de zapatos.

Y a la mañana siguiente todo se repitió, encontrando los cuatro pares ya hechos. Todo fue tan constante, que lo que preparaba en la noche amanecía confeccionado al otro día, de modo que pronto tuvo su propia independencia y llegó a ser un hombre rico. Y ocurrió que una noche poco antes de Navidad, cuando el hombre había hecho los cortes de los próximos zapatos, le dijo a su esposa, antes de ir a dormir:

-” ¿Qué te parece si nos quedamos levantados para ver quien es el que nos da esta mano de ayuda?”-

A la mujer le gustó la idea, encendió una candela, y se escondieron en una esquina del cuarto entre algunos vestidos que colgaban allí, y esperaron. Cuando fue medianoche, dos lindos y pequeños hombrecillos desnudos llegaron, se sentaron sobre la mesa del zapatero, cogieron todos los cortes que estaban listos y comenzaron a coser y a martillar con tal habilidad y rapidez con sus pequeños dedos que el zapatero no podía quitar la vista del asombro. Ellos no pararon hasta tener todo hecho, y al finalizar se levantaron y corriendo rápidamente se alejaron.

A la mañana siguiente la mujer dijo:

-”Esos hombrecitos nos han hecho ricos, y realmente debemos de mostrarles que les estamos muy agradecidos por ello. Ellos andan así, sin nada encima, y deben sentir frío. Te diré que haré: Coseré para ellos pequeñas camisas, y abrigos, y vestidos, y pantalones, y les tejeré a ambos un par de medias, y tú, hazle un par de zapatitos para cada uno.”-

El hombre dijo:

-”Me encantará hacérselos.”-

Y una noche, cuando todo estuvo listo, les dejaron los regalos en la mesa en lugar de los cortes usuales de los zapatos, y se escondieron para ver que harían los hombrecitos. A medianoche llegaron ellos resueltos a trabajar como de costumbre, pero como no encontraron los cueros cortados, sino solamente los lindos artículos de vestimenta, al principio se sorprendieron, y luego más bien mostraron gran complacencia. Se vistieron con gran rapidez, poniéndose encima los regalos y cantando:

-”Ahora somos muchachos lindos para ver,
¿Por qué zapateros hemos de ser?”-

Ellos bailaron y brincaron, y saltaron sobre sillas y bancos. Al final bailaron fuera de la puerta y se alejaron. Desde ese entonces no volvieron, pero en el tanto que vivieron el zapatero y su esposa, todo siguió bien con ellos, y todo lo que manejaron prosperó.

SEGUNDA HISTORIA
Había una vez una pobre joven sirvienta, que era muy industriosa y limpia, y barría la casa todos los días, y vaciaba todo lo recogido en un montón al frente de la puerta.

Una mañana justo cuando iba para su trabajo, encontró una carta en el montón, y como ella no sabía leer, puso la escoba en la esquina, y llevó la carta a su patrón y patrona, y resultó que era una invitación de los duendes, en la que le pedían a la muchacha que llevara por ellos un niño a bautizar. La joven no sabía que hacer, pero al final, después de mucha persuasión, y que los patronos le dijeran que no era correcto rechazar una invitación de esa clase, ella consintió.

Entonces tres duendes vinieron y la llevaron a una cueva en la montaña, donde las pequeñas creaturas vivían. Allí todo era pequeñito, pero tan elegante y bello que no podría describirse. La madre del niño yacía en una cama de ébano negro, ornamentado con perlas, los edredones estaban bordados con hilos de oro, la cuna era de marfil, y el baño era de oro. La muchacha estuvo como madrina, y luego deseó regresar a su casa de nuevo, pero los pequeños duendes urgentemente la convencieron para quedarse tres días más con ellos. Así que se quedó, y pasó el tiempo placenteramente a gusto, y los pequeños amigos hicieron lo que pudieron para hacerla feliz. Por fin se puso en camino de regreso. Entonces de primero le llenaron sus bolsillos de monedas, y enseguida la condujeron fuera de la montaña. Cuando ella llegó a la casa, quiso comenzar su trabajo de nuevo, y tomó en sus manos la escoba, que aún estaba en la esquina donde la dejó, y empezó a barrer. Entonces unas personas desconocidas salieron de la casa, y le preguntaron ¿qué quién era ella, y qué hacía allí? Y es que ella no estuvo, como pensó, tres días con los duendes, sino siete años, y entretanto sus antiguos patronos habían fallecido.

TERCERA HISTORIA

Un cierto niño había sido sacado de su cuna por unos duendes, y sustituido por otro que tenía una larga barba y unos ojos mirones, y quien no hacía más que comer y beber, acostado en su cuna. En su congoja, la madre fue donde la vecina a pedirle consejo. La vecina le dijo que ella debería llevar al intercambiado a la cocina, ponerlo junto al hogar, encender el fuego, y poner a hervir agua en dos cáscaras de huevo, lo que debería hacer reír al intercambiado, y si efectivamente reía, todo quedaría resuelto con él.

La mujer hizo todo tal como se lo indicó la vecina. Cuando puso las cascaras de huevo con agua en el fuego, el impostor dijo:

-”Yo soy ahora tan viejo como el bosque de occidente, pero nunca había visto que a alguien se le ocurriera hervir algo en unas cáscaras de huevo.”-

Y comenzó a reír inmediatamente. Cuando estaba riendo, inesperadamente llegó un grupo de pequeños duendes, quienes traían al niño correcto, lo pusieron junto al hogar, y se llevaron con ellos al intercambiado.

Enseñanza:

1- Siempre se debe ser bien correspondido con las ayudas recibidas.

2- Cuando se está fuera de lo habitual, el tiempo corre veloz.

3- La risa corrige muchos males.

El erizo y el esposo de la liebre

Esta historia, mis queridos lectores, pareciera ser falsa, pero en realidad es verdadera, porque mi abuelo, de quien la obtuve, acostumbraba cuando la relataba, decir complacidamente:

-”Tiene que ser cierta, hijo, o si no nadie te la podría contar.”-

La historia es como sigue:

Un domingo en la mañana, cerca de la época de la cosecha, justo cuando el trigo estaba en floración, el sol brillaba esplendorosamente en el cielo, el viento del este soplaba tibio sobre los campos de arbustos, las alondras cantaban en el aire, las abejas zumbaban entre el trigo, la gente iba en sus trajes de dominguear a la iglesia, y todas las creaturas estaban felices, y el erizo estaba también feliz.

El erizo, sin embargo, estaba parado en la puerta con sus brazos cruzados, disfrutando de la brisa de la mañana, y lentamente entonaba una canción para sí mismo, que no era ni mejor ni peor que las canciones que habitualmente cantan los erizos en una mañana bendecida de domingo. Mientras él estaba cantando a media voz para sí mismo, de pronto se le ocurrió que, mientras su esposa estaba bañando y secando a los niños, bien podría él dar una vuelta por el campo, y ver cómo iban sus nabos. Los nabos, de hecho, estaban al lado de su casa, y él y su familia acostumbraban comerlos, razón por la cual él los cuidaba con esmero. Tan pronto lo pensó, lo hizo. El erizo tiró la puerta de la casa tras de sí, y tomo el sendero hacia el campo. No se había alejado mucho de su casa, y estaba justo dando la vuelta en el arbusto de endrina, que está a un lado del campo, para subir al terreno de los nabos, cuando observó al esposo de la liebre que había salido a la misma clase de negocios, esto es, a visitar sus repollos.

Cuando el erizo vio al esposo de la liebre, lo saludó amigablemente con un buenos días. Pero el esposo de la liebre, que en su propio concepto era un distinguido caballero, espantosamente arrogante no devolvió el saludo al erizo, pero sí le dijo, asumiendo al mismo tiempo un modo muy despectivo:

-” ¿Cómo se te ocurre estar corriendo aquí en el campo tan temprano en la mañana?”-

-”Estoy tomando un paseo.”- dijo el erizo.

-”¡Un paseo!”- dijo el esposo de la liebre con una sonrisa burlona, -”Me parece que deberías usar tus piernas para un motivo mejor.”-

Esa respuesta puso al erizo furioso, porque el podría soportar cualquier otra cosa, pero no un ataque a sus piernas, ya que por naturaleza ellas son torcidas. Así que el erizo le dijo al esposo de la liebre:

-”Tú pareces imaginar que puedes hacer más con tus piernas que yo con las mías.”-

-”Exactamente eso es lo que pienso.”- dijo el esposo de la liebre.

-”Eso hay que ponerlo a prueba.”- dijo el erizo. -”Yo apuesto que si hacemos una carrera, yo te gano.”-

-”¡Eso es ridículo!”- replicó el esposo de la liebre. -”¡Tú con esas patitas tan cortas!, pero por mi parte estoy dispuesto, si tú tienes tanto interés en eso. ¿Y qué apostamos?”-

-”Una moneda de oro y una botella de brandy”- dijo el erizo.

-”¡Hecho!”- contestó el esposo de la liebre.-”¡Choque esa mano, y podemos empezar de inmediato!”-

-”¡Oh, oh!”- dijo el erizo, -”¡no hay tanta prisa! Yo todavía no he desayunado. Iré primero a casa, tomaré un pequeño desayuno y en media hora estaré de regreso en este mismo lugar.”-

Acordado eso, el erizo se retiró, y el esposo de la liebre quedó satisfecho con el trato. En el camino, el erizo pensó para sí:

-”El esposo de la liebre se basa en sus piernas largas, pero yo buscaré la forma de aprovecharme lo mejor posible de él. Él es muy grande, pero es un tipo muy ingenuo, y va a pagar por lo que ha dicho.”-

Así, cuando el erizo llegó a su casa, dijo a su esposa:

-”Esposa, vístete rápido igual que yo, debes ir al campo conmigo.”-

-”¿Qué sucede?”- dijo ella.

-”He hecho una apuesta con el esposo de la liebre, por una moneda de oro y una botella de brandy. Voy a tener una carrera con él, y tú debes de estar presente.”- contestó el erizo.

-”¡Santo Dios, esposo mío!”- gritó ahora la esposa, -”¡no estás bien de la cabeza, has perdido completamente el buen juicio! ¿Qué te ha hecho querer tener una carrera con el esposo de la liebre?”-

-”¡Cálmate!”- dijo el erizo, -”Es mi asunto. No empieces a discutir cosas que son negocios masculinos. Vístete como yo y ven conmigo.”-

¿Que podría la esposa del erizo hacer? Ella se vio obligada a obedecerle, le gustara o no.

Cuando iban juntos de camino, el erizo dijo a su esposa:

-”Ahora pon atención a lo que voy a decir. Mira, yo voy a hacer del largo campo la ruta de nuestra carrera. El esposo de la liebre correrá en un surco y yo en otro, y empezaremos a correr desde la parte alta. Ahora, todo lo que tú tienes que hacer es pararte aquí abajo en el surco, y cuando el esposo de la liebre llegue al final del surco, al lado contrario tuyo, debes gritarle:

-”Ya estoy aquí abajo.”-

Y llegaron al campo, y el erizo le mostró el sitio a su esposa, y él subió a la parte alta. Cuando llegó allí, el esposo de la liebre estaba ya esperando.

-”¿Empezamos?”- dijo el esposo de la liebre.

-”Seguro”- dijo el erizo. -”De una vez.”-

Y diciéndolo, se colocaron en sus posiciones. El erizo contó:

-”¡Uno, dos, tres, fuera!”-

Y se dejaron ir cuesta abajo cómo bólidos. Sin embargo, el erizo sólo corrió unos diez pasos y paró, y se quedó quieto en ese lugar. Cuando el esposo de la liebre llegó a toda carrera a la parte baja del campo, la esposa del erizo le gritó:

-”¡Ya yo estoy aquí!”-

El esposo de la liebre quedó pasmado y no entendía un ápice, sin pensar que no otro más que el erizo era quien lo llamaba, ya que la esposa del erizo lucía exactamente igual que el erizo. El esposo de la liebre, sin embargo, pensó:

-”Eso no estuvo bien hecho.”- y gritó:

-”¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!”-

Y una vez más salió soplado como el viento en una tormenta, y parecía volar. Pero la esposa del erizo se quedó muy quietecita en el lugar donde estaba. Así que cuando el esposo de la liebre llegó a la cumbre del campo, el erizo le gritó:

-”¡Ya yo estoy aquí!”-

El esposo de la liebre, ya bien molesto consigo mismo, gritó:

-”¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!”-

-”Muy bien.”- contestó el erizo, -”por mi parte correré cuantas veces quieras.”-

Así que el esposo de la liebre corrió setenta y tres veces más, y el erizo siempre salía adelante contra él, y cada vez que llegaba arriba o abajo, el erizo o su esposa, le gritaban:

-”¡Ya yo estoy aquí!”-

En la jornada setenta y cuatro, sin embargo, el esposo de la liebre no pudo llegar al final. A medio camino del recorrido cayó desmayado al suelo, todo sudoroso y con agitada respiración. Y así el erizo tomó la moneda de oro y la botella de brandy que se había ganado. Llamó a su esposa y ambos regresaron a su casa juntos con gran deleite. Y cuentan que luego tuvo que ir la señora liebre a recoger a su marido y llevarlo en hombros a su casa para que se recuperara. Y nunca más volvió a burlarse del erizo.

Así fue cómo sucedió cuando el erizo hizo correr al esposo de la liebre tantas veces hasta que quedó exhausto y desmayado en el surco. Y desde ese entonces ninguna liebre o su esposo tienen deseos de correr en competencia con algún erizo.

La moraleja de esta historia, es, primero que nada, que nadie debe permitir que se burlen de él o ella, aunque se trate de un humilde erizo. Y segundo, cuando una pareja se casa, ambos deben ser similares en sus actitudes, y apoyarse y parecerse uno al otro.

Enseñanza:

Los esposos deben siempre ayudarse uno al otro, haya o no adversidades a la vista.

El doctor Sabelotodo

Había una vez un pobre campesino apodado Cangrejo, que guiaba dos bueyes con su carreta, y llevaba una carga de madera a la ciudad, que se la vendió a un doctor por dos talentos. Cuando el dinero era contado para pagarle, coincidió que el doctor estaba sentado a la mesa comiendo. El campesino al ver cuan gustoso era lo que el doctor comía y bebía, su corazón y su estómago desearon lo que estaba viendo, y decidió que él también podría ser doctor. Así que se quedó un rato parado ahí, y al final le preguntó si él no podría llegar a ser doctor.

-”¡Oh, claro que sí!”- dijo el doctor, -”y esto se aprende a manejarlo prontito.”-

-”¿Y qué es lo que debo hacer?”- preguntó el campesino.

-”En primer lugar cómprate un libro A B C de la clase que tiene un gallo en la portada. En segundo lugar, cambia tu carreta y tus bueyes por dinero para comprarte alguna ropa venida al caso, más algunas otras cosas pertenecientes a la medicina. Y tercero, haz un rótulo pintado por ti mismo con las palabras: “Soy el Doctor Sábelotodo”, y clávalo sobre la puerta de tu casa.”-

El campesino hizo todo lo que el médico le dijo que hiciera. No mucho tiempo después, cuando ya había tratado algunos pacientes, a un gran rico noble le robaron algún dinero. Y a él le hablaron acerca del Doctor Sábelotodo que vivía en tal y cual villa, y que podría saber qué fue lo que pasó con su dinero. Así que el noble encinchó sus caballos al carruaje, se dirigió a la villa, y le preguntó al señor Cangrejo si él era el Doctor Sábelotodo. Y le dijo que sí, que él era. Entonces el noble le pidió que fuera con él para recuperar el dinero robado.

-”Oh, sí, pero Grethel, mi esposa debe ir conmigo.”-

El noble estuvo de acuerdo y sentó a ambos en un asiento del carruaje, y todos se fueron juntos. Cuando llegaron al castillo del noble, la mesa estaba puesta, y el señor Cangrejo fue invitado a sentarse y comer.

-”Oh, sí, pero Grethel, mi esposa también.”- dijo él, y se sentó a la mesa con ella.

Y cuando el primer sirviente llegó con un delicado plato de entrada, el campesino tocó a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:

-”Grethel, éste es el primero.”- refiriéndose que ése era el primer plato del almuerzo.

El sirviente, sin embargo, pensó que él quiso decir:

-”Éste es el primer ladrón.”- como ciertamente lo era, y así que se espantó, y le dijo a sus compañeros afuera:

-”El doctor lo sabe todo: debemos cuidarnos, él dijo que yo era el primero.”-

El segundo sirviente no deseaba ir del todo, pero fue obligado. Así, cuando fue con su plato, el campesino tocó a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:

-”Grethel, éste es el segundo.”- refiriéndose que ése era el segundo plato del almuerzo.

El sirviente se alarmó muchísimo, y salió. Al tercero no le fue mejor, pues el campesino de nuevo tocando a su esposa, y señalando con el dedo al sirviente dijo:

-”Grethel, éste es el tercero.”- refiriéndose que ése era el tercer plato del almuerzo.

El cuarto tenía que llevar un plato cubierto, y el noble le dijo al doctor que quería que le mostrara su habilidad, y adivinara qué era lo que había bajo la cubierta. El doctor miró el plato, y no tenía idea de qué decir, y gritó:

-”¡Ay, pobre Cangrejo!”- refiriéndose a él mismo.

Cuando el noble escuchó tan acertada respuesta, gritó:

-”¡Eso es! ¡él lo supo, y sabe dónde está el dinero!”-

Con todo eso, los sirvientes se vieron terriblemente perdidos, y le hicieron una seña al doctor pidiéndole que saliera afuera por un momento. Cuando en efecto, él salió, los cuatro le confesaron que sí habían sido ellos quienes tomaron el dinero, y dijeron que estarían dispuestos a devolverlo, y a darle a él una buena suma con el compromiso de que no los denunciara, pues de lo contrario serían colgados. Ellos lo llevaron al lugar donde estaba oculto el dinero. Con eso, el doctor quedó satisfecho, y regresó al salón, se sentó a la mesa y dijo:

-”Mi Señor Noble, ahora buscaré en mi libro donde está escondido el oro.”-

El quinto sirviente, sin embargo, se ocultó en la alacena para oír si el doctor sabía algo más. El doctor, tranquilamente se sentó y abrió su libro A B C, corría las páginas para atrás y para adelante, buscando por el gallo. Como no vio la portada, no lo pudo encontrar inmediatamente, y dijo en voz alta:

-”¡Ya sé que estás oculto ahí, mejor preséntate!”-

Entonces el tipo que estaba en la alacena pensó que el doctor se refería a él, y todo aterrorizado, salió de allí gritando:

-”¡Ese hombre lo sabe todo!”-

Y el Doctor Sábelotodo mostró al noble el lugar donde estaba el dinero, pero no dijo quienes lo robaron, según lo acordado. Y así recibió de ambos lados mucho dinero en recompensa, y llegó a ser un hombre reconocido.

Enseñanza:

Los malos entendidos por lo general producen consecuencias inesperadas,
a veces favorables, a veces desfavorables.

Los dos caminantes

029-Los Dos Caminantes

Valles y colinas no vienen juntos, pero los hijos de los hombres sí, buenos y malos. De este modo un zapatero y un sastre se encontraron uno con el otro en sus viajes. El sastre era un pequeño y bien parecido tipo que siempre estaba alegre y lleno de felicidad. Él vio al zapatero venir hacia él desde el otro lado, y observó por su maleta que clase de mercadería él traía, y le cantó lo siguiente:

-”Cóseme la costura,
enhébrame el hilo,
distribúyelo con gracia,
golpea el clavo en la cabeza.”-

El zapatero, sin embargo, no soportaba bromas, y puso una cara como si hubiera bebido vinagre, e hizo unos gestos como si fuera a agarrar al sastre por el cuello. Pero el pequeño tipo comenzó a reír, le acercó una botella, y dijo:

-”No significaba ninguna ofensa, toma un trago, y baja tu enojo.”-

El zapatero tomó un buen trago y la tormenta en su rostro empezó a disiparse. Le devolvió la botella al sastre, y le dijo:

-”Te hablo con serenidad, uno habla bien después de mucho beber, pero no con mucha sed. ¿Podríamos viajar juntos?”-

-”Está bien”- contestó el sastre, -”si solamente te cae bien ir a una gran ciudad donde no falta el trabajo.”-

-”Exactamente allí es donde quiero ir.”- respondió el zapatero, -”En un pueblo pequeño no hay nada qué ganar, y en el campo, la gente acostumbra andar descalza.”

Siguieron entonces adelante juntos, y siempre poniendo un pie adelante del otro como una comadreja en la nieve. Ambos contaban con mucho tiempo, pero casi nada para morder o picar. Cuando llegaron a un pueblo, lo recorrieron, y dieron sus respetos a los comerciantes, y como el sastre se veía tan jovial y alegre, y tenía bonitas mejillas rosadas, todos le daban trabajo voluntariamente, y cuando tenía buena suerte, las hijas de los patronos le daban un beso bajo el portal también. Cuando de nuevo se encontraba con el zapatero, el sastre siempre tenía más cantidad en su bolsillo. El mal humorado zapatero hacía una cara amarga y comentaba:

-”Entre más grande el bribón, mayor es la suerte.”-

Pero el sastre se reía y cantaba, y compartía todo lo que conseguía con su compadre. Si un par de monedas campaneaban en su bolsillo, él ordenaba buenas cosas, y en su alegría golpeaba la mesa hasta hacer danzar a los vasos, y para él, todo, a como fácil llegaba, fácil se iba.

Cuando habían viajado por algún tiempo, llegaron a un gran bosque por donde pasaba el camino hacia la capital. Dos rutas, sin embargo, llevaban hacia allá, una de las cuales era de una jornada de siete días, y la otra de solamente dos días, pero ninguno de los dos sabía cual de ellas era la corta. Se sentaron bajo un roble, y analizaron cómo debían programarse, y para cuantos días deberían llevar pan. El zapatero dijo:

-”Uno debe mirar antes de brincar, así que llevaré el pan para una semana.”-

-”¿Qué?- dijo el sastre, -”¡Llevar pan en la espalda para siete días como una bestia de carga, y no poder ver alrededor! ¡Confiaré en Dios, y no me preocuparé por nada! El dinero que llevo en mi bolsillo es tan bueno en invierno como en verano, en cambio en días calientes el pan se pone duro, y mucho tiempo guardado se enmohece. Y mi abrigo no es tan grande como debería para cargar mucho. Además, ¿por qué no podríamos acertar la ruta correcta? Pan para dos días, es suficiente.”-

Y cada uno compró su propio pan, y probaron su suerte en el bosque. Estaba silencioso como una iglesia, no soplaba ni una brisa, ni susurros de riachuelos, ni cantos de aves, y por las ramas tupidas de hojas no se colaba un rayo de sol. El zapatero nunca habló una palabra, el pesado pan doblaba su espalda y el sudor bajaba por su cuerpo y por su cara melancólica. El sastre, por el contrario, estaba todo alegre, saltaba, silbaba, o cantaba una canción, y pensaba para sí mismo:

-”Dios en el cielo estará complacido de verme tan feliz.”-

Todo esto duró dos días, y al tercero, el camino dentro de la foresta no llegaba a su fin, y el sastre ya había terminado con su pan, así que su corazón se entristeció un poco. Mientras tanto no perdió el coraje, y confiaba en Dios y en su suerte. Al final de ese tercer día, al anochecer, él se acostó con hambre bajo un árbol. Al día siguiente se levantó, siempre con hambre, y así pasó también el cuarto día, y cuando el zapatero se sentaba sobre un tronco a comer su pan, el sastre sólo era un espectador. Si el rogaba por un pedazo de pan, el otro reía burlonamente y decía:

-”Tú siempre has estado muy contento, y ahora puedes probar lo que es estar triste: los pájaros que cantan muy temprano por la mañana, son cazados por los halcones en la tarde.”-

En resumen, no tenía piedad. Pero a la quinta mañana el pobre sastre no pudo sostenerse de pie, y difícilmente podía pronunciar una palabra por su debilidad. Sus mejillas estaban pálidas, y sus ojos enrojecidos. Entonces el zapatero le dijo:

-”Te daré un pedazo de pan hoy, pero a cambio de eso, te sacaré tu ojo derecho.”-

El infeliz sastre, que aún esperaba salvar su vida, no pudo hacer otra cosa, y lloró una vez más con ambos ojos, y entonces los mantuvo abiertos, y el zapatero, que tenía corazón de piedra, le sacó el ojo derecho con una navaja. El sastre trajo a su memoria lo que una vez le dijo su madre cuando lo encontró comiendo secretamente en la despensa:

-”Come lo que puedas, y sufre lo que debas.”

Cuando ya hubo consumido su ansiado y pagado pedazo de pan, se paró en sus piernas, olvidó su miseria y se confortó a sí mismo pensando que siempre podría ver suficiente con un ojo.

Pero al sexto día, el hambre le volvió a arreciar y le roía casi hasta el corazón. Al anochecer se dejó caer bajo un árbol, y en la séptima mañana no pudo levantarse por su falta de fuerzas, y la muerte estaba al alcance de la mano. Entonces dijo el zapatero:

-”Te voy a tener un poco de merced y te daré un pedazo de pan otra vez, pero no será de a gratis. Te sacaré el otro ojo a cambio.”-

Y ahora el sastre sentía cuan descuidada había sido su vida, rezó a Dios por su perdón, y dijo:

-”Haz tu voluntad, soportaré lo que deba, pero recuerda que nuestro Señor Dios no siempre ve todo con pasividad, y que la hora vendrá cuando la maldad que has hecho conmigo, y que no esperaba de ti, será juzgada. Cuando las cosas iban bien conmigo, todo lo compartí contigo. Mi trato es de tal modo que tal como se recibe, así se da. Si ya no tendré más mis ojos, y no podré ver jamás, seré un pordiosero. En todo caso, no me dejes aquí abandonado cuando esté ciego, o moriré de hambre.”-

El zapatero, sin embargo, que había retirado a Dios de su corazón, tomó la navaja y le sacó el otro ojo al sastre. Entonces le dio el pedazo de pan para comer, le amarró un palo y lo llevó detrás de él.

Cuando el sol se ocultó, salieron del bosque, y ante ellos, en el campo abierto, se presentaban unas horcas. Hacia allá dirigió el zapatero al sastre ciego, lo dejó solo debajo de ellas y siguió su camino. La fatiga, el dolor, y el hambre hicieron dormir al maltratado hombre. Y durmió la noche entera.

Cuando amaneció, él despertó, pero no sabía donde estaba. Dos pobres pecadores colgaban de las horcas, y un cuervo se posaba en la cabeza de cada uno de ellos. Entonces uno de los hombres que habían sido colgados comenzó a hablar y dijo:

-”Hermano, ¿estás despierto?”-

-”Sí, estoy despierto.”- contestó el segundo.

-”Entonces te diré algo”- dijo el primero, -”el rocío que ha caído esta noche sobre nosotros desde las horcas, le da a cada quien que se lave con él, sus ojos de nuevo. Si la gente ciega supiera esto, cuántos no ganarían de nuevo su vista, lo que les parecería imposible.”-

Cuando el sastre escuchó aquello, tomó su pañuelo, lo presionó contra el césped, y cuando estuvo bien mojado con el rocío, lavó las cavidades de sus ojos con él. Inmediatamente sucedió lo dicho por el hombre de la horca, y un par de nuevos ojos llenaron sus cavidades. No había pasado mucho rato cuando el sastre vio levantarse al sol sobre las montañas, y en la planicie delante de él, yacía la gran ciudad real con sus magníficas puertas y cientos de torres, y las bolas y cruces de oro que estaban en las cúpulas comenzaban a brillar. Él pudo distinguir cada hoja en los árboles, vio a los pájaros pasar volando, y los mosquitos que danzaban en el aire. Y tomó una aguja de su bolsillo, y podía enhebrarla tan bien como siempre lo había hecho, y su corazón latía con deleite. Él se arrodilló, dio gracias a Dios por la merced que le había concedido y dijo su oración de la mañana. Y no olvidó rezar por los dos pecadores que colgaban de las horcas balanceándose uno contra el otro con el viento, como si fueran péndulos de relojes. Entonces echó su carga al hombro y pronto olvidó el dolor de corazón que había sufrido, y siguió su camino cantando y silbando. Lo primero que se encontró fue un potro café corriendo por los grandes campos. Él lo tomó por la melena y quiso saltarle encima para trasladarse a la ciudad. Pero el potro le rogó que lo dejara libre.

-”Yo aún estoy joven”- le dijo, -”aún un liviano sastre como eres tú podría quebrar mi espalda en dos, déjame ir hasta que haya crecido fuerte. Una hora quizás llegue en que pueda recompensarte por ello.”

-”Corre”- dijo el sastre, -”Veo que todavía eres débil.”-

Y le dio un toque con una vara sobre su espalda, y ahí mismo levantó sus patas traseras lleno de gozo, saltó sobre cercas y zanjas y al galope se alejó en el campo abierto.

Pero el pequeño sastre no había comido nada desde el día anterior.

-”El sol sin duda ha llenado mis ojos.”- se dijo él, -”pero el pan no ha llenado mi boca. Lo primero que me pase al frente y que sea medio comestible, no escapará.”-

En eso, una cigüeña caminaba solemnemente sobre el prado hacia él.

-”¡Para, para!”- gritó el sastre, y la agarró por una pata. -”No sé si serás buena para comerte o no, pero mi hambre no me deja otra opción. Te cortaré la cabeza y te asaré.”-

-”No hagas eso.”- replicó la cigüeña, -”yo soy una ave sagrada que le da a la humanidad grandes beneficios, y nadie me hace daño. Déjame vivir, y podría ayudarte de alguna otra manera.”-

-”Bien, vete, prima Pataslargas.”- le dijo el sastre.

La cigüeña se levantó, dejó que colgaran sus largas piernas y se alejó volando suavemente.

-”¿Y cuál será el final de todo esto?”- se dijo el sastre al fin. -”Mi hambre aumenta más y más, y mi estómago está más y más vacío. Todo lo que se pone en mi camino es perdido.”-

En ese momento divisó a doce jóvenes patos en un estanque que se acercaban a él.

-”Han llegado en el momento preciso.”- dijo él.

Y capturó a uno de ellos y estaba a punto de torcerle el cuello. En esto, una vieja pata que estaba oculta entre las cañas, comenzó a gritar fuertemente, y nadó hacia él con su pico abierto, y le rogó urgentemente que soltara a su hijo querido.

-”¿No te puedes imaginar”- dijo ella, -”cómo tu madre lamentaría si alguien quisiera agarrarte y darte el golpe final?”-

-”Quédate tranquila”- dijo el buen atemperado sastre, -”déjate a tu hijo.”- y puso al prisionero de regreso en el agua.

Cuando dio vuelta alrededor, se encontró con un árbol parcialmente hueco, y vio unas abejas silvestres volando hacia adentro y hacia afuera de él.

-”Allí obtendré mi recompensa por mi buen comportamiento.”- dijo el sastre, -”la miel me refrescará.”-

Pero la abeja reina salió, y lo amenazó diciendo:

-”Si tocas a mi gente, y destruyes mi panal, nuestros aguijones atravesarán tu piel como diez mil agujas calientes. Pero si nos dejas en paz y te vas, te haremos algún servicio en alguna oportunidad.”-

El pequeño sastre vio que aquí tampoco había nada que hacer.

-”Tres platos vacíos y nada en el cuarto, es una mala cena.”-

Entonces se dirigió con su estómago vacío hacia la ciudad, y como ya eran las doce mediodía, todo estaba preparado en el mesón, listo para almorzar, y se sentó de una vez a comer. Cuando estuvo satisfecho dijo:

-”Ahora, conseguiré trabajo.”-

Él caminó por la ciudad, buscó por alguna oferta de trabajo, y pronto encontró una buena posición. Y como él tenia muy buen trato, no tardó mucho en llegar a ser famoso, y todo el mundo quería tener su traje nuevo confeccionado por el pequeño sastre, cuya importancia crecía día a día.

-”No puedo dar más de mi capacidad, y aún las cosas mejoran cada día.”- dijo él.

Al fin, el rey lo nombró como sastre de la corte.

¡Pero que cosas suceden en el mundo!

Ese mismo día su antiguo camarada, el zapatero, fue nombrado zapatero de la corte. Cuando éste miró al sastre, y vio que una vez más tenía dos saludables ojos, su conciencia lo puso en problemas.

-”Antes de que tome venganza conmigo”- pensó, -”debo hacer una trampa para él.”-

Sin embargo, él, que preparaba una trampa para otro, cayó en ella él mismo. Al atardecer, cuando ya el trabajo estaba cumplido, y la oscuridad avanzaba, buscó al rey, y fue donde él y le dijo:

-”Su Alteza, el sastre es un tipo arrogante y se ha jactado de que encontrará y traerá de regreso la corona de oro que se perdió en tiempos remotos.”-

-”Eso me complacería mucho.”- dijo el rey.

Y eso provocó que el sastre fuera traído a su presencia a la mañana siguiente, y le ordenó que trajera de regreso la corona, o tendría que dejar la ciudad para siempre.

-”¡Ajá!”- pensó el sastre. -”un granuja dando lo que no tiene. Si el impertinente rey quiere que yo haga lo que nadie puede hacer, no esperaré hasta mañana, sino que me iré de la ciudad de una vez, hoy mismo”-

Por lo tanto, empacó su pequeña maleta, pero cuando dejó la puerta de la ciudad, no pudo dejar de sentirse triste por abandonar su buena fortuna, y volvió su cabeza hacia atrás para ver el pueblo que tan bien lo había tratado. Él llegó al estanque donde había tratado con los patos en el preciso momento en que la mamá pata estaba sentada a la orilla, limpiando sus plumas con el pico. Ella lo reconoció de inmediato, y le preguntó por qué estaba tan cabizbajo.

-”No te sorprenderías cuando oigas lo que me ha ocurrido.”- replicó el sastre, y le contó el asunto.

-”Si eso es todo”- dijo la pata, -”nosotros te podremos ayudar. La corona cayó en el agua, y se encuentra en el fondo. Nosotros pronto la sacaremos de nuevo para tí. Mientras tanto, extiende tu pañuelo sobre el banco.”-

Ella se consumió junto con sus doce patitos, y en cinco minutos estaba arriba de nuevo y se sentó con la corona descansando sobre sus alas, y los doce patitos nadando alrededor con sus picos debajo de ella, ayudando a sostenerla. Ellos nadaron hacia la orilla y pusieron la corona en el pañuelo. Nadie podía imaginarse la magnificencia de la corona. Cuando el sol brillaba sobre ella, resplandecía como cien mil carbunclos. El sastre envolvió la corona cerrando el pañuelo por las cuatro esquinas, y se la llevó al rey, quien se llenó de felicidad, y le puso un collar de oro alrededor de la garganta al sastre.

Cuando el zapatero vio que su primer golpe había fallado, concibió el segundo, y fue donde el rey y dijo:

-”Su Alteza, el sastre de nuevo se puso insolente, él presume que puede hacer una copia en cera del palacio completo, con todo lo que contiene, móvil o fijo, adentro y alrededor.”-

El rey envió por el sastre y le ordenó copiar en cera todo el palacio real, con todo su contenido, móvil o fijo, por dentro y alrededor, y si no tenía éxito en hacerlo, o si tan sólo faltara un clavo de una pared, sería encerrado de por vida bajo tierra.

El sastre pensó:

-”¡Esto se puso peor y peor! ¡Nadie podría hacer eso!”-

Y se echó su maleta al hombro y se marchó. Cuando llegó al árbol con el hueco, se sentó y bajó su cabeza. Las abejas salieron del panal, y la reina abeja le preguntó si tenía una torcedura de cuello pues lo veían con la cabeza tan doblada.

-”¡No, no!”- contestó el sastre, -”algo muy diferente hace sentirme mal.”- y les contó lo que el rey le estaba demandando.

Las abejas empezaron a zumbar y conciliaron entre ellas. La abeja reina dijo:

-”Vete a casa de nuevo, pero regresa acá mañana a esta hora, y trae contigo una gran sábana, y todo estará muy bien.”-

Así pues, él regresó, pero las abejas volaron hacia el palacio real y por las ventanas abiertas se introdujeron en él, volaron y revisaron todo alrededor y cada rincón, y no dejaron nada sin examinar minuciosamente. Entonces regresaron a su panal y modelaron el palacio en cera tan rápidamente que si alguien lo hubiera estado viendo habría pensado que crecía solo ante sus ojos. Para el anochecer todo estaba terminado, y cuando el sastre llegó al día siguiente, un espléndido y completo edificio estaba allí, y no faltaba ni siquiera un clavo en las paredes, o pieza alguna del techo, era todo delicado y blanco como la nieve, y con un aroma dulce como la miel. El sastre lo envolvió con sumo cuidado en la sábana y lo llevó al rey, que no paraba de admirarlo, y lo colocó en el salón principal, y en recompensa por él, le regaló al sastre una bella y grande casa de piedra.

El zapatero por su parte, no se rendía, y fue por tercera vez donde el rey a decirle:

-”Su Alteza, ha llegado a los oídos del sastre de que no brotará agua en los jardines del castillo, y él ha blasonado de que puede hacer brotar un manantial en medio del jardín con un chorro de agua de la altura de un hombre, y además limpia y clara como el cristal.

Entonces el rey de nuevo mandó a llamar al sastre a su presencia y le dijo:

-”Si mañana no hay un chorro de agua levantándose en mi jardín como lo has prometido, el verdugo se encargará del corte de tu cabeza en ese mismo lugar.”-

El pobre sastre no tardó mucho en pensar sobre eso, y se fue rápidamente hacia la puerta, y como ahora era un asunto de vida o muerte para él, buena cantidad de lágrimas rodaron por su cara. Caminó hacia los grandes campos, y mientras él se llenaba más de tristeza, el potro que anteriormente había dejado en libertad, y que ahora había crecido y se había desarrollado como un hermoso y fuerte caballo, llegó brincando donde él.

-”La hora ha llegado”- le dijo el caballo, -”en que puedo retribuirte el buen trato que me diste. Yo sé cuál es tu necesidad, e inmediatamente recibirás la ayuda necesaria. Sube a mi espalda, que ahora puedo soportar hasta a dos como tú.”-

El coraje regresó al corazón del sastre y de un salto montó sobre el caballo, y el caballo corrió a su máxima velocidad hacia la ciudad, directamente al jardín del palacio. Él galopeó con la fuerza de un rayo dando vueltas en el centro del jardín, y a la tercera vuelta cayó violentamente al suelo. En ese mismo instante se oyó un tremendo ruido de truenos, y un fragmento de tierra en el centro del jardín reventó como una bala de cañón en el aire, y sobre el castillo, inmediatamente después de todo aquello, brotó un chorro de agua tan alto como un hombre montado a caballo, y el agua era pura como el cristal, y los rayos del sol danzaban en ella. Cuando el rey vio eso, se levantó asombrado, y fue y abrazó al sastre a la vista de todos.

Pero la buena fortuna no duró mucho. El rey tenía hijas a montones, unas más lindas que otras, pero no tenía hijos. Así que el malvado zapatero fue por cuarta vez donde el rey a decirle:

-”Su Alteza, el sastre no se ha curado de su arrogancia. Ahora se jacta de que si él quiere, puede hacer que un hijo le sea traído al rey por el aire.”-

El rey mandó a traer otra vez al sastre y le dijo:

-”Si tú puedes hacer que me llegue un hijo dentro de los próximos nueve días, te daré a mi hija mayor como esposa.”-

-”El premio en verdad es grande”- pensó el sastre, -”uno estaría en voluntad de hacer algo por él, pero las cerezas crecen muy alto para mí, y si yo subo a cogerlas, la rama se me quebraría y yo caería.”-

Él se fue a su casa, se sentó con sus piernas cruzadas frente a su mesa de trabajo, y meditó sobre lo que habría que hacer.

-”Eso no es realizable”- gritó por fin, -”me voy lejos, después de todo no puedo vivir en paz aquí.”-

Amarró su maleta y caminó rápido hacia a la puerta. Cuando llegó al prado, se encontró con su vieja amiga la cigüeña, que caminaba hacia atrás y hacia adelante como filosofando. A veces se quedaba quieta, capturaba una rana y se la tragaba. La cigüeña se le acercó y lo saludó.

-”Ya veo”- comenzó diciendo, -”que llevas tu maleta en tu hombro. ¿Por qué te vas de la ciudad?-”

El sastre le contó lo que el rey le estaba pidiendo, y cómo no podía realizarlo, y cómo lamentaba su mala fortuna.

-”No te pongas canoso por eso”- dijo la cigüeña, -”yo te ayudaré a salir de esa dificultad. Por mucho tiempo y hasta ahora, yo he llevado a los bebés en mantillas a la ciudad, así que no tendré dificultad en llevarle un pequeño príncipe al rey. Vuelve a casa y quédate tranquilo. De aquí a nueve días ve al palacio y yo también llegaré allí.”-

El pequeño sastre regresó a su casa, y al tiempo convenido fue al palacio. No tardó mucho en llegar luego la cigüeña volando hacia allá, y tocó a la ventana. El sastre la abrió, y la prima Pataslargas entró cuidadosamente y caminó solemnemente sobre el fino pavimento de mármol. Ella llevaba, además, un bebé en su pico que era como un adorable angelito, y que extendía sus manitas hacia la reina. La cigüeña lo colocó en el regazo de la reina, y ella lo acarició y lo besó, y lo colocó a su lado con deleite.

Antes de partir volando, la cigüeña bajó de su espalda su maletín de viajes, y se lo dio a la reina. En él había pequeños caramelos envueltos en papeles de colores que fueron repartidos entres las princesas. Pero la mayor, no recibió ninguno, y en su lugar obtuvo como esposo al feliz sastre.

-”Me parece a mí”- dijo el sastre, -”que es exactamente como si me hubiera ganado el premio mayor. Después de todo, mi madre estaba en lo cierto, pues siempre decía que quien quiera que confíe en Dios, y tiene un poco de buena suerte, nunca fallará.”-

El zapatero tuvo que hacer los zapatos con los que el pequeño sastre bailaría en la fiesta de la boda, y después de eso fue expulsado para siempre de la ciudad. El camino hacia el bosque lo condujo hasta las horcas. Desgastado por la rabia, el odio, y el calor del día, se arrecostó en el suelo. Cuando había cerrado sus ojos y estaba a punto de dormir, los dos cuervos que estaban sobre las cabezas de los ahorcados, volaron hacia él y le picotearon los ojos hasta sacarlos tal como él lo había hecho con el sastre. En su desesperación entró al bosque, y presumiblemente murió allí de hambre, pues nadie lo volvió a ver ni a saber nada de él, nunca jamás.

Enseñanza:

La bondad que se da, retorna con creces. La maldad que se da, retorna con creces.

El pastor sabio

Había una vez un pastor cuya fama se había extendido a lo largo y ancho debido a las sabias respuestas que siempre tenía para todas las preguntas. El rey del país oyó acerca de su sabiduría, pero no lo creía, y mandó a que le llevaran al muchacho. Entonces le dijo:

-”Si tú puedes darme la respuesta a tres preguntas que te haré, yo te trataré como mi hijo, y habitarás conmigo en el palacio real.”-

-”¿Y cuáles son esas tres preguntas?”- dijo el joven.

El rey respondió:

-”La primera es: ¿Cuántas gotas de agua hay en el océano?”-

El pastor contestó:

-”Su Alteza, si logra poner represas en todos los ríos, de modo que ni una sola gota de agua de ellos entre al mar hasta que yo haya terminado de contarlas, podré entonces decirle cuántas gotas hay en el océano.”-

El rey dijo:

-”La siguiente pregunta es: ¿Cuántas estrellas hay en el cielo?”-

El muchacho dijo:

-”Denme una hoja grande de papel.”-

Y enseguida, con una pluma, hizo tantísimos puntos finos que difícilmente podían distinguirse, y era realmente imposible el poder contarlos. Todo aquel que los miraba, los perdía de vista. Entonces dijo el pastor:

-”Hay tantas estrellas en el cielo como puntos en este papel. Simplemente cuéntenlos.”-

Pero nadie logró hacerlo. El rey de nuevo dijo:

-”La tercera pregunta es: ¿Cuántos segundos de tiempo hay en la eternidad?”-

Entonces respondió el joven:

-”En la Baja Pomerania está la Montaña de Diamante, que tiene cuatro mil metros de alto, tres mil metros de ancho, y tres mil metros de largo, y cada cien años un pajarito viene y afila su pico en él, y cuando toda la montaña se haya desgastado por eso, entonces habrá pasado el primer segundo de la eternidad.”-

El rey dijo:

-”Has contestado las tres preguntas como un hombre sabio, y habitarás con nosotros en mi palacio, y te trataré como mi propio hijo.”-

Enseñanza:

La sabiduría se basa en la correcta observación.

Allerleirauh

Hubo una vez un rey que tenía una esposa con cabellos de oro, y era tan bella que no se encontraba otra mujer igual en toda la tierra. Pasó que un día ella se enfermó, y presintió que pronto moriría, así que llamó al rey y le dijo:

-”Si después de mi muerte deseas casarte de nuevo, toma a alguien que sea tan bella como yo, y que tenga el cabello de oro que yo tengo: prométemelo.”-

Y después de prometérselo el rey, ella cerró sus ojos y descansó en paz.

Por mucho tiempo el rey no pudo sentirse confortado, y no pensó en tomar otra esposa. Por fin sus consejeros dijeron:

-”No hay otra salida, el rey debe casarse de nuevo, así tendremos reina.”-

Y mensajeros fueron enviados a lo ancho y largo, cerca y lejos, buscando una novia que igualara a la anterior reina en belleza. En todo el mundo, sin embargo, no se encontraba a ninguna, y si acaso encontraron alguna, no tenía la cabellera de oro. Así que los mensajeros volvieron tal como cuando se fueron.

Sucedió que el rey tenía una hija, que era justamente tan bella como su madre, y con la misma cabellera de oro. Cuando ella creció, el rey se fijó en ella un día, y vio que en todo aspecto era como su fallecida esposa, y sorpresivamente sintió un violento amor por ella. Entonces habló a sus consejeros:

-”Desposaré a mi hija, pues es la contraparte de mi anterior esposa, de otra forma no podré encontrar a nadie que la reemplace.”-

Cuando los consejeros escucharon aquello, quedaron estremecidos, y se dijeron:

-”Dios ha prohibido que padres se casen con sus hijas, nada bueno puede venir de tal crimen, y el reino caerá en la ruina.”-

La hija se sintió aún más estremecida cuando supo de la resolución de su padre, pero esperaba hacerlo cambiar de decisión. Entonces le dijo:

-”Antes de satisfacer tu deseo, yo debo tener tres vestidos: uno tan dorado como el sol, uno tan plateado como la luna, y otro tan brillante como las estrellas. Además de eso, deseo una capa hecha con mil diferentes clases de pieles y pelos todos juntos entrelazados, y cada especie de animal en el reino debe de donar una pieza de su piel para ello.”-

Ella pensó:

-”Obtener todo eso será algo imposible, y así apartaré a mi padre de sus malvadas intenciones.”-

El rey, sin embargo, no se rindió, y mandó a las más hábiles costureras del reino a coser los tres vestidos, uno tan dorado como el sol, uno tan plateado como la luna, y el otro tan brillante como las estrellas. Y a sus cazadores los envió a cazar un ejemplar de cada especie de animal en todo el reino, y que les tomaran una pieza de su piel y de sus pelos. Y con todo eso recogido mandó a hacer la capa solicitada. Al fin, cuando todo estuvo listo, pidió que le trajeran los vestidos y la capa, los extendió frente a la joven y dijo:

-”La boda será mañana.”-

Cuando la hija del rey vio que no había mayores esperanzas de cambiar la opinión del rey, resolvió escaparse. En la noche, cuando todos dormían, se levantó y tomó tres diferentes objetos de sus tesoros: un anillo de oro, una rueda de hilar de oro en miniatura, y un carrete de oro. Echó en una cesta los vestidos del sol, la luna y las estrellas, y se puso sobre ella la capa de las mil pieles, y se ennegreció la cara y las manos con hollín. Entonces se encomendó a Dios y salió, y caminó toda la noche hasta llegar a un gran bosque. Y como estaba tan cansada, se metió en un hueco de un gran árbol y se durmió.

Llegó el amanecer, el sol salió, y ella dormía, y estaba todavía dormida cuando ya era pleno día. Pero sucedió que el rey al cual pertenecía ese bosque, y que no era su padre, andaba de caza por ahí. Cuando sus perros llegaron al árbol, ellos olfatearon, y corrieron ladrando alrededor de él. El rey dijo a sus cazadores:

-”Vayan a ver que clase de bestia salvaje se esconde dentro de ese hueco.”-

Los cazadores obedecieron, y cuando regresaron dijeron:

-”Una pasmosa bestia está ahí dentro del hueco del árbol, nunca habíamos visto algo semejante. Su cuero está hecho de mil diferentes piezas, pero está dormida.”-

Les dijo entonces el rey:

-”Traten de capturarla viva y átenla al carro para llevarla con nosotros.”-

Cuando los cazadores fueron a tomar a la doncella, ella despertó aterrorizada, y les gritó:

-”Yo soy una pobre muchacha, abandonada por padre y madre, tengan piedad de mí, llévenme con ustedes.”-

Ellos dijeron:

-”Allerleirauh, tú serás muy útil en la cocina, ven con nosotros y podrás limpiar, barrer y recoger las cenizas.”- Y le dejaron de nombre Allerleirauh.

Así pues, la montaron al carruaje y la llevaron al palacio real. Allí le enseñaron una buhardilla bajo las escaleras, donde no entraba la luz del día, y le dijeron:

-”Animal peludo, allí podrás vivir y dormir.”-

Luego fue enviada a la cocina, y la pusieron a traer el agua y la leña, limpiar el hogar, desplumar las aves, escoger los vegetales, recoger las cenizas, y en general hacer todos los trabajos pesados. Allerleirauh vivió así por largo tiempo en la miseria.

¡Caray, bella princesa!, ¿que vendrá para ti ahora?

Sin embargo, sucedió que un día hubo una fiesta en el palacio, y ella dijo al cocinero:

-”¿Podría yo ir arriba por un rato y mirar? Estaré a un lado de la puerta, no estorbaré.”-

El cocinero respondió:

-”Sí, puedes ir, pero debes estar acá de vuelta en media hora para limpiar el hogar.”-

Entonces ella tomó su lámpara de aceite, fue a su buhardilla, se quitó su sucio vestido, se limpió el hollín de su cara y manos, de modo que su original belleza se presentó de nuevo en todo su esplendor. Y abrió la cesta, tomó el vestido que brillaba como el sol, y cuando ya estuvo lista, se introdujo en la fiesta. Todo el mundo hacía campo para que pasara, y aunque nadie la conocía, todos pensaban si sería la hermana del rey. Pero el rey llegó para conocerla, le dió su mano, bailó con ella, y pensó en su corazón:

-”¡Mis ojos jamás habían visto tanta belleza!”-

Al terminar la danza, ella hizo la reverencia, y cuando el rey miró alrededor de nuevo, ella había desaparecido, y nadie sabía hacia donde se había ido. Los guardas que estaban afuera del palacio fueron llamados e interrogados, pero ninguno la había visto pasar.

Sin embargo, ella había corrido a su oscura buhardilla, y rápidamente se cambió de ropas, oscureció su cara y sus manos otra vez, se puso la capa de pieles, y fue de nuevo la así llamada Allerleirauh. Cuando entró a la cocina lista para empezar su trabajo y barrer las cenizas, el cocinero le dijo:

-”Deja eso para mañana, y hazme la sopa para el rey, que yo también iré un rato arriba a mirar, pero no permitas que caigan pelos en ella, o en el futuro no tendrás nada para comer.”-

El cocinero se fue, y Allerleirauh hizo sopa de pan para el rey en la mejor forma que pudo, y cuando estuvo lista sacó su anillo de oro de su buhardilla y lo puso en el fondo del tazón en el que se serviría la sopa. Cuando terminó la danza, le fue llevada la sopa al rey y la tomó, y le gustó tanto que le parecía que nunca había probado algo mejor. Pero cuando llego al fondo del tazón, vio el anillo de oro, y no podía concebir como llegó eso allí. Entonces ordenó al cocinero a presentarse ante él. El cocinero se asustó muchísimo al escuchar la orden, y dijo a Allerleirauh:

-”¡De seguro dejaste caer un pelo en la sopa del rey, y si lo hiciste, serás castigada por eso!”-

Cuando él llegó ante el rey, éste preguntó que quien había hecho la sopa. El replicó:

-”Fui yo.”-

Pero el rey respondió:

-”Eso no es cierto pues estaba muchísimo mejor que lo usual, y cocinada en forma diferente.”-

El cocinero contestó:

-”Debo reconocer que no la hice yo, sino el tosco animal que me ayuda.”-

-”¡Ve y tráelo acá!”- ordenó el rey.

Cuando Allerleirauh llegó, el rey dijo:

-”¿Quién eres tú?”-

-”Soy una pobre muchacha que no tiene padre ni madre.”- respondió ella.

-”¿Y qué es en lo que trabajas en mi palacio?”- preguntó de nuevo el rey.

-”No soy buena en nada, excepto algunos trabajos rudos.”- contestó.

-”¿Y de dónde conseguiste el anillo que estaba en mi sopa?”- continuó preguntando.

-”No sé nada acerca del anillo.”- le contestó ella.

Así que el rey no pudo saber nada, y la dejó que regresara a la cocina de nuevo.

Poco tiempo después hubo otra fiesta, y entonces, como antes, Allerleirauh le rogó al cocinero dejarla ir a mirar. Y el le contestó:

-”Bien, pero vuelve en media hora y hazle al rey la sopa de pan que tanto le gustó.”-

Entonces ella corrió a su buhardilla, rápidamente se limpió, sacó de la cesta el vestido plateado como la luna y se lo puso. De inmediato subió como una princesa, y el rey se adelantó para saludarla, quien se alegró mucho de verla de nuevo, y como el baile justamente iba a empezar, bailaron juntos. Pero cuando éste terminó, ella de nuevo desapareció tan rápidamente que el rey no pudo ver por donde se fue. Ella, sin embargo, había corrido a su buhardilla, y de nuevo se arregló como el raro animal peludo, y fue a la cocina a prepararle la sopa de pan al rey.

Cuando el cocinero subió a mirar, ella echó la pequeña rueda de hilar de oro en miniatura en el fondo del tazón, quedando cubierta por la sopa. Entonces fue llevada al rey, que la tomó, y le encantó como la vez anterior, y trajo de nuevo al cocinero, quien como antes se vio obligado a confesar que Allerleirauh había preparado la sopa. Allerleirauh de nuevo fue ante el rey, y otra vez contestó que no era buena en nada, excepto algunos trabajos rudos, y que no sabía nada acerca de la pequeña rueda de hilar de oro en miniatura.

Cuando por tercera vez hubo otra fiesta, todo se preparó tal como las veces anteriores. El cocinero dijo ahora:

-”Estoy seguro, piel áspera, que eres una bruja, y siempre pones en la sopa algo que la hace tan buena que al rey le gusta mucho más que la que yo preparo.”-

Pero ella le rogó tanto que la dejara ir a mirar, que la dejó ir a la hora justa. Y ahora ella se puso el vestido que brillaba como las estrellas, y entró al salón.

De nuevo el rey danzó con la bella doncella, y pensó que nunca había estado tan bella. Y mientras danzaban, él ideó, sin que ella lo notara, cómo ponerle un anillo en su dedo, y además, había dado órdenes para que la danza durara mucho más tiempo. Cuando terminó, él quiso sujetarla fuertemente con sus manos, pero ella se soltó, y tan rápido corrió entre la multitud, que se desvaneció de su vista. Ella corrió tan rápido como pudo a su buhardilla, pero como se había atrasado y llevaba más de media hora, no pudo quitarse su lindo vestido, sino que solamente se echó encima la capa de pieles, y en su congoja no pudo pintarse toda de negro, y un dedo le quedó blanco. Y en esas circunstancias, Allerleirauh corrió a la cocina, cocinó la sopa de pan para el rey, y como no estaba el cocinero, puso en el tazón el carrete de oro. Cuando el rey encontró el carrete en el fondo del tazón, convocó a Allerleirauh, y observó el dedo que tenía blanco, y vio el anillo que él le había colocado durante el baile. Entonces la tomó de la mano y la sujetó fuertemente, y cuando ella quiso soltarse y correr, la capa de pieles se abrió, y su vestido de estrellas brilló intensamente. El rey agarró la capa y se la quitó. Y ahora la cabellera de oro también brilló con fuerza, y allí quedó ella parada en todo su esplendor, y no pudo ocultarse más. En cuanto ella se lavó el hollín y cenizas de su cara y manos, quedó más bella que ninguna otra hubiera sido vista jamás en la tierra. Pero el rey dijo:

-”Tú eres mi querida novia, y nunca nos separaremos uno del otro.”-

Y el matrimonio se realizó solemnemente, y vivieron muy felices por el resto de su días.

Enseñanza:

Ante un evidente peligro, lo mejor es alejarse de él inmediatamente.

Yoringa y Yoringel

Hubo una vez un viejo castillo en medio de un grande y denso bosque, y en él sólo vivía un viejo hombre que era un brujo. Durante el día él se convertía en un gato o en un búho gritón, pero al anochecer tomaba de nuevo su forma humana. Él atraía hacia sí bestias y pájaros, para luego matarlos y hervirlos o asarlos. Si alguien se acercaba a cien pasos del castillo, se quedaba paralizado donde estaba, y no podía moverse hasta que él le permitiera moverse. Pero en cualquier momento que una inocente doncella pasaba dicho círculo, la transformaba en un pájaro, y la metía en una jaula y la llevaba a un salón del castillo. Ahí tenía cerca de siete mil jaulas de exóticos pájaros.

Ahora bien, había una vez una doncella llamada Yorinda, que era más hermosa que las demás muchachas. Ella tenía un joven pretendiente llamado Yoringel, con quien se había comprometido en matrimonio. Ellos estaban en los días previos a los esponsales, y su mayor ilusión era estar juntos. Un día, con el fin de poder conversar en quietud, salieron a caminar por el bosque.

-”Ten cuidado”- dijo Yoringel, -”recuerda que no debes de llegar muy cerca del castillo.”-

Era un bello atardecer, el sol brillaba entre los árboles, contrastando con la espesura del bosque, y las palomas daban sus melancólicos cantos sobre las jóvenes ramas de los árboles de abedul.

De pronto y sin saber por qué, Yorinda empezó a llorar y se sentó a la luz del atardecer muy triste. Y Yoringel también se puso triste, y se sentían tan mal como si estuvieran a punto de morir, o presintiendo algo extraño. Entonces miraron alrededor y se dieron cuenta de que se habían perdido, pues no sabían por cual camino emprender el regreso a casa. El sol estaba aún terminando de ponerse.

Yoringel miró entre los arbustos, y vio las viejas paredes del castillo al alcance de sus manos. Se horrorizó y se llenó de un temor de muerte. Yorinda estaba cantando:

-”Mi pequeño pajarito, con lacito rojo,
canta triste, triste, triste,
canta que pronto la gaviota morirá,
canta triste, tris…, cuu, cuu, cuu…

Yoringel miró a Yorinda. Ya se había convertido en ruiseñor, y cantaba:

-”cuu, cuu, cuu…”-

Un bullicioso búho con ojos saltones voló tres veces sobre ella, y tres veces gritó:

-”Bu-uh, bu-uh, bu-uh”-
Yoringel no se podía mover, estaba tieso como una piedra, y no podía ni llorar ni hablar, ni mover manos o pies.

El sol ya se había puesto. El búho voló entre los arbustos, e inmediatamente se posó en el suelo y tomó la forma humana de un viejo hombre pálido y jorobado, con grandes ojos rojos y nariz tan puntiaguda que le llegaba hasta la barbilla. Él murmuró algo para sí mismo, cogió al ruiseñor y se lo llevó en sus manos.

Yoringel no pudo decir nada, ni moverse de su sitio. El ruiseñor ya no estaba. Al rato el hombre volvió y dijo con una voz profunda:

-”Te saludo Zachiel. Si la luna brilla en la jaula, Zachiel, suéltalo de una vez.”-

Entonces Yoringel quedó libre. Él se arrodilló ante el hombre y le rogó que le devolviera a Yorinda, pero le contestó que nunca la volvería a tener de nuevo, y se retiró. El gritó, lloró, se lamentó, pero todo en vano.

-”¿Ay, qué irá a ser de mí?”- se dijo.

Yoringel se fue de allí, hasta que llegó a una desconocida villa, donde se quedó cuidando ovejas por largo tiempo. A menudo rondaba alrededor del castillo, pero sin acercarse demasiado. Una noche por fin soñó que se encontraba una flor roja que tenía al centro un bella y grande perla, y que él tomaba la flor e iba al castillo, y que todo lo que tocaba con la flor quedaba libre de hechizos, y además soñó que por ese medio recobraba a Yorinda.

En la mañana, cuando despertó, él comenzó a buscar por valles y colinas a ver si podía encontrar a esa flor. Y buscó hasta el noveno día, y entonces, temprano por la mañana, encontró la flor roja. En el centro tenía una gran gota de rocío, tan grande como la más fina perla.

Por días y noches él se encaminó hacia el castillo. Y cuando estuvo a cien pasos, esta vez no quedó paralizado, y caminó hasta la puerta. Yoringel se sintió lleno de dicha. Tocó la puerta con la flor, y se le abrió. Entró y avanzó por los salones, buscando el sonido de los pájaros. Por fin los escuchó. Y se dirigió en esa dirección hasta llegar al lugar apropiado. Allí estaba el brujo alimentando a los pájaros en las siete mil jaulas.

Cuando vio a Yoringel se enojó, se enojó muchísimo, y lo maldecía y le lanzaba veneno y hiel, pero no se le pudo acercar siquiera a dos pasos de él. Yoringel no le prestó mayor atención, sino que se fue a mirar a las jaulas con los pájaros, pero había cientos de ruiseñores. ¿Y cómo haría entonces para encontrar a Yorinda?

Estaba justo en eso cuando vio al brujo retirarse silenciosamente con una jaula con un ruiseñor en ella, y que se dirigía hacia la puerta.

Rápidamente se fue tras él hasta alcanzarlo, tocó la jaula con su flor y también al viejo hombre. Éste ya no pudo embrujar a nadie más, y Yorinda tomó inmediatamente su forma original, lanzándose a los brazos de Yoringel llena de felicidad.

No está de más decir, que la feliz boda se llevó a cabo, con siete mil damas de honor. Y el viejo brujo tuvo que resignarse a seguir viviendo de bayas y raíces en el bosque por el resto de sus días.

Enseñanza:

La perseverancia lleva al éxito.

La Bella Durmiente del bosque

Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían:

-”¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!”-

Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo:

-”Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija.”-

Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta. Él no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a un grupo de hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran trece estas hadas en su reino, pero solamente tenía doce platos de oro para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas.

La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo.

Cuando la decimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la decimotercera. Ella quería vengarse por no haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte:

-”¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!”-

Y sin más decir, dio media vuelta y abandonó el salón.

Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo:

-”¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cien años!”-

El rey trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruido. Mientras tanto, los regalos de las otras doce hadas, se cumplían plenamente en aquella joven. Así ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, la llegaba a querer profundamente.

Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la doncella estaba sola en palacio. Así que ella fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quiso, y al final llegó a una vieja torre. Ella subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta súbitamente se abrió. En el cuarto estaba una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino.

-”Buen día, señora.”- dijo la hija del rey, -”¿Qué haces con eso?”-

-”Estoy hilando.”- dijo la anciana, y movió su cabeza.

-”¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?”- dijo la joven.

Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando el mágico decreto se cumplió, y ella se punzó el dedo con él.

En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba, quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía.

Pero alrededor del castillo comenzó a crecer una red de espinos, que cada año se hacían más y más grandes, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada de él se veía, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la bella durmiente “Preciosa Rosa”, que así la habían llamado, se corrió por toda la región, de modo que de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar el muro de espinos queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues los espinos se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, obtenían una miserable muerte.

Y pasados cien años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la cortina de espinos, y que se decía que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa, llamada Preciosa Rosa, quien ha estado dormida por cien años, y que también el rey, la reina y toda la corte se durmieron por igual. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar el muro de espinos, pero quedaban pegados en ellos y tenían una muerte sin piedad. Entonces el joven príncipe dijo:

-”No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa.”-

El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias.

Pero en esa fecha los cien años ya se habían cumplido, y el día en que Preciosa Rosa debía despertar había llegado. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba el muro de espinas, no había otra cosa más que bellísimas flores, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca.

En el establo del castillo él vio a los caballos y en los céspedes a los perros de caza con pintas yaciendo dormidos, en los aleros del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendida su mano para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar.

Él siguió avanzando, y en el gran salón vio a toda la corte yaciendo dormida, y por el trono estaban el rey y la reina.

Avanzó aún más, y todo estaba tan silencioso que un respiro podía oírse, y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente.

Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.

Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

Enseñanza:

Cuando las circunstancias son propicias, las dificultades se desvanecen.

Diario Vasco

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