Compartiendo dicha y tristeza

Había una vez un sastre, que era un compañero peleón, y su esposa, que era buena, laboriosa, y piadosa, nunca podía complacerlo. Independientemente de lo que ella hiciera, él nunca estaba satisfecho, y se quejaba y la reprendía, y le pegaba y la golpeaba. Era un violentador doméstico. Cuando las autoridades por fin oyeron de ello, lo llamaron a cuentas, y lo pusieron en la prisión a fin de hacerlo mejor. Él fue guardado por un tiempo a solo pan y agua, y luego fue puesto en libertad otra vez. Él fue obligado, sin embargo, a prometer no golpear más a su esposa, y a vivir con ella en paz, y a compartir con ella dichas y tristezas, como la gente casada debe de hacer.

Todo continuó bien durante un tiempo, pero llegó un momento en que él cayó en sus viejos caminos, y de nuevo se puso hosco y peleón. Y como él no se atrevía a golpearla, intentó agarrarla por el pelo y arrancárselo. La mujer se escapó de él, y saltó al jardín, pero él corrió tras ella llevando su regla de medidas y tijeras, y la persiguió lanzando la regla de medidas y las tijeras hacia ella y lo que hubiera interpuesto en el trayecto. Cuando algo la golpeaba él se reía, y cuando no lo lograba, se enfurecía y blasfemaba. Esto continuó por un buen rato hasta que los vecinos vinieron en ayuda de la esposa. El sastre fue otra vez convocado antes de los magistrados, y recordado de su promesa.

-”Queridos señores”-, dijo él, -”he guardado mi palabra, no la he golpeado, pero he compartido la dicha y la tristeza con ella.”-

-”¿Cómo puede ser”-, dijo el juez, -”cuando ella continuamente trae tales quejas pesadas contra usted?”-

-”No la he golpeado, sino que ella me pareció tan extraña que quise peinar su pelo con mis manos; pero ella, sin embargo, se escapó de mí, y me abandonó completamente y rencorosamente. Entonces corrí tras ella a fin de devolverla a su deber, y lo que le lanzé a ella fue sólo una advertencia hecha con buena intención con lo primero que encontré a mano. He compartido la alegría y la pena con ella también, ya que siempre que yo la alcanzaba, yo me llenaba de dicha y ella de tristeza, y si yo no la alcanzaba, entonces ella se sentía dichosa y yo triste.”- dijo burlonamente.

Los jueces no estuvieron satisfechos por esta respuesta, pero le dieron la recompensa que él mereció, y de nuevo fue a dar a la celda por muchísimo largo tiempo a pan y agua y trabajos forzados.

Enseñanza:

Siempre debe haber absoluto respeto y cariño entre los esposos. Cualquier divergencia debe conversarse amablemente y llegar a acuerdos llenos de amor y paz. La violencia doméstica es un gran crimen y debe ser castigado con firmeza.

La astuta hija del campesino

Había una vez un campesino pobre que no tenía ninguna tierra, solamente una cabaña y una hija. Un día dijo la hija:

-”Deberíamos pedir a nuestro señor el Rey un poco de la tierra recién limpiada.”-

Cuando el Rey oyó de su pobreza, él les ofreció unas tierras, que ella y su padre araron, y tuvieron la intención de sembrar con un poco de maíz y otros granos similares. Cuando ellos habían arado casi el todo el campo, encontraron en la tierra un mortero, pero sin su manubrio, hecho de oro puro.

-”Escucha”-, dijo el padre a la muchacha, -”como nuestro señor el Rey ha sido tan cortés y nos ha dado el campo, deberíamos darle este mortero a cambio de ello.”-

La hija, sin embargo, no estaba de acuerdo con ello, y le dijo:

-”Padre, si tenemos el mortero sin tener el manubrio también, tendremos que conseguir el manubrio, entonces no debería decir nada sobre eso.”-

Sin embargo él no obedeció, tomó el mortero y se lo llevó al Rey, diciéndole que lo había encontrado en la tierra otorgada, y le preguntó si lo aceptaría como un presente. El Rey tomó el mortero, y preguntó si no había encontrado nada además de eso.

-”No”-, contestó el campesino.

Entonces el Rey dijo que debe traerle ahora el manubrio. El campesino dijo que ellos no lo habían encontrado, pero eso fue como haberle hablado al viento y él fue puesto en prisión, y debía quedarse allí hasta que él produjera el manubrio. Los criados tuvieron que llevarle diariamente pan y agua, que es lo que le dan a la gente que entra en la prisión, y ellos oían como el hombre lanzaba un grito contínuamente:

-”¡Ay! ¡si yo sólo hubiera escuchado a mi hija!”-

-”¡Ay, ay, si tan sólo hubiera escuchado a mi hija!”-, y ni comía ni bebía.

Entonces él Rey mandó que los criados le trajeran al preso ante él, y preguntó al campesino por qué él siempre gritaba:

-”¡Ay! ¡si yo sólo hubiera escuchado a mi hija!”-

y que era lo que su hija había dicho.

-”Ella me dijo que yo no debería traele el mortero, ya que debería traerle el manubrio también.”-

-”Si usted tiene a una hija que es tan sabia, que me la traigan aquí.”-

Ella fue por lo tanto obligada a aparecer ante el Rey, quien le preguntó que si ella realmente era tan sabia, él le pondría un acertijo, y si ella pudiera resolverlo, él se casaría con ella. Ella inmediatamente dijo que sí, que ella lo adivinaría. Entonces dijo el Rey:

-”Ven aquí sin vestido, pero no desnuda, no montada, no caminando, no por el camino, y no fuera del camino, y si puedes hacer eso me casaré contigo.”

Entonces ella se marchó, aplazó toda otra actividad, y luego alquiló un asno, se desvistió, tomó una gran red de pesca, y se sentó en ella y se cubrió completamente una y otra vez alrededor de ella, de modo que no quedó desnuda ni vestida, y ató la red del pescador a la cola del asno de modo que fuera obligado a arrastrarla a lo largo, y así no iba montaba a caballo, ni andando. El asno también tuvo que arrastrarla por los espaldones del camino, de modo que ella sólo tocaba la tierra con su dedo gordo del pie, y así no estaba ni en el camino, ni fuera del camino. Y cuando ella llegó de aquella manera, el Rey dijo que había resuelto el acertijo y había realizado todas las condiciones. Entonces él ordenó que su padre fuera liberado de la prisión, la tomó como esposa, y dio a su cuidado todas las posesiones reales.

Ahora, después de que algunos años habían pasado, el Rey preparaba una vez sus tropas para un desfile, cuando sucedió que algunos campesinos que habían estado vendiendo madera pararon con sus carretas frente al palacio; y algunos de ellos tenían bueyes atados a las carretas, y otros les ataban a las carretas caballos. Había un campesino que tenía tres caballos, uno de los cuales era un recién nacido potro joven, y éste se escapó y fue a posarse entre dos bueyes que estaban delante de la carreta. Cuando los campesinos se encontraron, comenzaron a disputar y golpearse el uno al otro y hacer una perturbación, y el campesino con los bueyes quiso quedarse con el potro diciendo que uno de los bueyes le había dado a luz, y el otro dijo que fue su yegua quien lo había tenido, y que por eso era de su propiedad.

La pelea llegó ante el Rey, y él dio el veredicto de que el potro debería quedarse donde había sido encontrado, y así el campesino con los bueyes, a quien no le pertenecía, lo consiguió. Entonces el otro se fue lejos, y lloró y se lamentó de su potro. Ahora, él había oído que su señora la Reina era muy cortés, porque ella ella misma había salido de gente campesina pobre, así que él fue y le pidió que ella viera si podía ayudarle a recuperar a su potro otra vez. Dijo ella:

-”Sí, le diré que hacer, si me promete no decir que yo se lo dije. Temprano mañana por la mañana, cuando el Rey revise la guardia, párese allí en medio del camino por el cual él debe pasar, tome una gran red de pesca y finja ser un pescador; empiece a imitar que pesca, y vacíe la red como si la hubiera sacado llena”-.

Y luego ella le dijo también lo que él debería decir si fuera interrogado por el Rey.

Al día siguiente, por lo tanto, el campesino estuvo de pie allí, y simuló pescar en la tierra seca. Cuándo el Rey pasó, y lo vio, envió a su mensajero para preguntar sobre qué estaba haciendo ese hombre estúpido. Él contestó:

-”Soy pescador”-.

El mensajero le preguntó cómo él podría pescar cuando no había ninguna agua allí.

El campesino dijo:

-”Es tan fácil para mí pescar en la tierra firme como es para un buey dar a luz a un potro”-.

El mensajero volvió y le dio la respuesta al Rey, que ordenó que el campesino le fuera traído y le dijo que esa no era su propia idea, y que quería saber de quien era.

El campesino debe confesarlo inmediatamente. El campesino, sin embargo, no lo hizo, y dijo siempre:

-”Dios prohibe hacerlo, la idea es mía”-.

Entonces lo pusieron, en un montón de paja, y lo golpearon y lo atormentaron por tanto rato que por fin él confesó que la idea fue de la Reina.

Cuándo el Rey llegó a casa otra vez, dijo a su esposa:

-”¿Por qué te has comportado tan falsamente conmigo? No te tendré más tiempo por esposa; el tiempo tuyo terminó, vuelve al lugar de donde viniste, a tu choza campesina”-.

Un favor, sin embargo, él le concedió: que podría tomar con ella una cosa que fuera la más querida y la mejor a sus ojos; y así fue ella despedida. Ella dijo:

-”Sí, mi querido marido, si usted manda esto, así lo haré”-, y ella lo abrazó y lo besó, y dijo que ella se despediría de él.

Entonces ella ordenó que le fuera traída una poderosa pócima adormecedora, he hizo una bebida para decirle adiós a él y que la bebiera; el Rey tomó una buena cantidad, pero ella tomó sólo un poco. Él pronto cayó en un sueño profundo, y cuando ella percibió eso, llamó a un criado y tomó una tela de lino blanca justa y abrigó al Rey en ella, y el criado fue obligado a llevarlo en un carro que estaba listo al frente de la puerta, y entonces lo condujo con él a su propia pequeña casa campesina.

Ella lo puso en su pequeña cama, y él durmió un día y una noche sin despertar, y cuándo él despertó, miró alrededor y dijo:

-”Dios bueno! ¿dónde estoy?”-

Él llamó sus asistentes, pero ninguno de ellos estaba allí. Con mucho cariño su esposa vino al lado de la cama y dijo:

-”Mi querido señor y Rey, usted me dijo que yo podría traer conmigo del palacio lo que fuera más querido y lo más precioso a mis ojos. No tengo nada más precioso y querido que usted, entonces por eso le he traído conmigo”-.

Las lágrimas brotaron a los ojos del Rey y él dijo:

-”Querida esposa, tu serás para mí y yo seré para tí”-.

Y él la regresó consigo al palacio real, siempre como su esposa. Y en este momento ellos todavía viven muy felizmente.

Enseñanza:

La sabiduría bien aplicada es fuente de inmensos beneficios.

La zorra y el gato

Sucedió que un gato encontró a una zorra en un bosque, y él pensó sobre ella:

-”Ella es inteligente y llena de experiencia, y muy estimada en el mundo”-

por lo que le habló de un modo amistoso:

-”Buen día, querida Sra. Zorra, ¿Cómo está usted? ¿Cómo está todo con usted? ¿Cómo está pasando usted esta linda temporada?”-

La zorra, llena de todas las clases de arrogancia, miró al gato de pies a cabeza, y durante mucho tiempo no sabía si darle alguna respuesta o no.

Por fin ella contestó:

-”Ah, tú, infeliz limpia barbas, tú, tonto ignorante, tú, cazador hambriento de ratones, ¿qué puedes tú pensar? ¿Te atreves a preguntarme cómo me está yendo? ¿Qué has aprendido? ¿Cuántas artes tú conoces?”-

-”Sólo conozco una”-, contestó el gato, modestamente.

-”¿Y cuál arte es esa?”-, preguntó la zorra.

-”Cuando los sabuesos me siguen, yo puedo saltar a un árbol y salvarme.”-

-”¿ Y eso es todo?”-, dijo la zorra. -”Yo soy maestra de cien artes, y tengo además un saco lleno de astucias. ¡Qué lástima te tengo!, ven conmigo y te enseñaré como se escapa de los sabuesos”-.

En ese momento vino un cazador con cuatro perros. El gato reaccionó con agilidad subiéndose a un árbol, y se sentó en lo alto, donde las ramas y el follaje completamente lo ocultaron.

-”Abra su saco Sra. zorra, abra su saco de astucias”-, le gritó el gato.

Pero los perros la habían agarrado ya y la sostenían y mordían fuertemente.

-”Ah, Sra. zorra”-, gritó el gato. -¡”Le abandonaron sus cien artes en la escapada! Si usted hubiera sido capaz de subir como yo, no habría perdido su vida.”-

Enseñanza:

Nunca hay que burlarse y menospreciar lo que parecieran ser insignificantes cualidades.

Pichoncito

Había una vez un cazador que entró en el bosque para cazar, y cuando él se internó oyó un sonido de grito como si un pequeño niño estuviera allí. Él siguió el sonido, y por fin llegó a un gran árbol, y en lo alto de éste estaba un pequeño niño sentado, ya que la madre había fallecido bajo el árbol con el niño, y una ave de rapiña que lo había visto en sus brazos, había volado hacia abajo, y arrebatándolo, lo había puesto en su nido en lo alto del árbol.

El cazador subió al nido, y bajó al niño, y pensó para él:

-”Lo llevaré a casa conmigo, y lo criaré junto con mi Lina.”-

Él lo llevó a su casa, y por lo tanto, los dos niños crecieron juntos. Sin embargo, el que había sido encontrado en un árbol fue llamado Pichoncito, ya que inicialmente una ave se lo había llevado a su nido. Pichoncito y Lina se querían tanto el uno al otro que cuando uno de ellos no veía cerca a su compañero se ponía triste.

El cazador, sin embargo, tenía a una vieja cocinera, que sin él saberlo era una bruja, y ella una tarde tomó dos baldes y comenzó a traer agua, y no fue sólo una vez, sino muchas veces, a la fuente por el agua. Lina la vio y le dijo:

-”Escuche usted, vieja Sanna, ¿por qué trae tanta agua?”-

-”Si tú nunca se lo repites a otra persona, te diré por qué.”-

Entonces Lina dijo:

-”Sí, nunca se lo repetiré a nadie”-

,Entonces la cocinera dijo:

-”Temprano mañana por la mañana, cuando el cazador salga a su labor, calentaré el agua, y cuando hierva en la caldera, lanzaré allí a Pichoncito, y lo herviré en ella.”-

A la mañana siguiente el cazador despertó y salió a cazar, y cuando él ya se había ido los niños estaban todavía en la cama. Entonces Lina dijo a Pichoncito:

-”Si tú nunca me abandonas, yo nunca te abandonaré a ti.”-

Pichoncito contestó:

-”Ni ahora ni nunca te dejaré.”-

Lina entonces dijo:

-”Entonces te contaré. Anoche, el viejo Sanna llevó tantos cubos de agua a la casa que le pregunté por qué hacía esto, y ella me dijo que si yo prometía no decírselo a nadie ella me lo diría, y yo le dije que yo estaría segura de no decirlo a nadie, y entonces ella me dijo que temprano mañana por la mañana mientras mi padre cazaba, ella pondría a hervir la caldera llena de agua, y te lanzaría en ella y te herviría a ti; pero nos levantaremos rápidamente, nos vestiremos, y nos marcharemos juntos.”

Los dos niños por lo tanto se levantaron, se vistieron rápidamente, y se marcharon. Cuando el agua en la caldera ya hervía, la cocinera entró en el dormitorio para traer a Pichoncito y lanzarlo en la caldera. Pero cuando ella entró, y fue a las camas, ambos niños ya no estaban. Entonces ella se alarmó terriblemente, y se dijo:

-”¿Qué diré ahora cuándo el cazador llegue a casa y vea que los niños se han ido? Debo ir tras ellos al instante para regresarlos de nuevo.”-

Entonces la cocinera envió a tres criados tras ellos, que debían correr y alcanzar a los niños. Los niños, sin embargo, estaban sentados fuera del bosque, y cuando vieron desde lejos correr a los tres criados, Lina dijo a Pichoncito:

-”Nunca me abandones y nunca te dejaré.”-

Pichoncito dijo:

-”Ni ahora, ni nunca yo te dejaré.”-

Lina entonces dijo:

-”Conviértete en un rosal, y yo seré la rosa sobre ti.”-

Cuando los tres criados llegaron, no había nada allí, excepto un rosal con una rosa, pero no vieron a los niños por ninguna parte. Entonces dijeron ellos:

-”No hay nada que hacer aquí.”-

Y regresaron a casa y le dijeron a la cocinera que ellos no habían visto nada en el bosque excepto un pequeño rosal con una rosa. Entonces la vieja cocinera los reprendió diciéndoles:

-”Ustedes, simplones, debieron haber cortado el rosal en dos y separado la rosa y traerlo a casa con ustedes; ahora vayan ya y háganlo de una vez.”-

Por lo tanto ellos tuvieron que salir y buscar por segunda vez. Los niños, sin embargo, los vieron venir a la distancia. Entonces Lina dijo:

-”Nunca me abandones y nunca te dejaré.”-

Pichoncito dijo:

-”Ni ahora, ni nunca te dejaré.”-

Lina entonces dijo:

-”Conviértete en una iglesia, y yo seré la araña de luces dentro de ella”-

Cuando los criados llegaron, no vieron nada más que una iglesia con su araña de luces. Y se dijeron entre sí:

-”Nada podemos hacer aquí, regresemos a casa”-

Cuando ellos llegaron a casa, la cocinera preguntó si no los habían encontrado; entonces ellos dijeron que no, que sólo habían encontrado una iglesia, y que había una araña de luces en ella.

Y la cocinera los reprendió y les dijo:

-”¡Ustedes tontos! ¿Por qué no tiraron la iglesia a pedazos, y trajeron la araña de luces a casa con ustedes?”-

Y ahora la vieja cocinera, ella misma se puso a caminar, y fue con los tres criados en la búsqueda de los niños. Los niños, sin embargo, vieron desde lejos que los tres criados venían, y a la cocinera caminando atrás de ellos.

Lina dijo:

-”Nunca me abandones y nunca te dejaré.”-

Pichoncito dijo:

-”Ni ahora, ni nunca te dejaré.”-

Lina entonces dijo:

-”Conviértete en un estanque, y yo seré el pato sobre ella”-

Al llegar la cocinera, ésta vio el estanque y se agachó para beberlo, y estaba en eso cuando el pato nadó rápidamente, se subió sobre la cabeza de la vieja y le picoteó la cabeza con su pico y la vieja bruja resbaló, se golpeó y se ahogó en el estanque. Entonces los niños tomaron su forma normal y se fueron a casa juntos, y en adelante vivieron tranquilos por no tener ya en casa a la malvada vieja bruja.

Enseñanza:

Una firme unión provee una inmensa fortaleza contra los enemigos.

Los tres hermanos

Había una vez un hombre que tenía tres hijos, y nada más en el mundo excepto la casa en la cual él vivía. Ahora cada uno de los hijos deseaba tener la casa después de la muerte de su padre; pero el padre amaba a todos ellos por igual, y no sabía que hacer; él no deseaba vender la casa, porque había pertenecido a sus antepasados, más él podría haber dividido el dinero entre ellos. Por fin un plan entró en su cabeza, y dijo a sus hijos:

-”Recorran el mundo, e intenten cada uno de ustedes aprender un oficio, y, cuando todos ustedes vuelvan, él que haga la mejor obra maestra tendrá la casa.”-

Los hijos estaban bien contentos por esto, y el mayor determinó ser un herrero, el segundo un barbero, y el tercero un maestro de cercados. Ellos fijaron una fecha en la cual deberían venir a casa todos otra vez, e inmediatamente cada uno se fue por su camino. Fue una gran suerte que todos ellos encontraron maestros hábiles que les enseñaron sus oficios muy bien.

El herrero tenía que confeccionar las herraduras a los caballos del Rey, y pensó, -”la casa será mía, sin duda.”-

El barbero sólo afeitaba a gente importante, y también ya consideraba a la casa como de su propiedad.

El maestro de cercado recibía muchos golpes, pero él sólo se mordía su labio, y no dejaba que nada lo fastidiara; -”porque”-, se decía sí mismo, -”si yo le tengo miedo a un golpe, nunca ganaré la casa.”-

Cuando el tiempo designado había llegado, los tres hermanos regresaron a la casa de su padre; pero ellos no sabían cómo encontrar la mejor oportunidad de mostrar su habilidad, entonces se sentaron a consultar juntos. Estaban ellos sentados en eso, cuando de repente una liebre vino corriendo por el campo.

-”¡Ah, ja, justo a tiempo!”- dijo el barbero.

Entonces tomó su palangana y jabón, y alejándose hizo espuma, esperando hasta que la liebre subiera; y al llegar ella, la enjabonó y le afeitó las patillas a la liebre mientras corría a lo máximo de su velocidad, y no cortó su piel ni perjudicó un pelo en su cuerpo.

-”¡Bien hecho!”-, dijo el anciano. -”sus hermanos tendrán que ejercerse maravillosamente, o la casa será suya.”-

Poco después, venía un noble en su coche corriendo a muy alta velocidad.

-”Ahora usted verá lo que yo puedo hacer, padre”-, dijo el herrero.

Y se fue tras el coche y quitó las cuatro herraduras de las patas de uno de los caballos mientras galopaba, y le puso cuatro nuevas herraduras sin pararlo.

-”Eres un excelente muchacho, y tan inteligente como tu hermano”-, dijo su padre; -”no sé a quien yo debería dar la casa.”-

Entonces el tercer hijo dijo,

-”Padre, permítame tener mi prueba, por favor;”-

Y como comenzaba a llover, él sacó su espada, y la batió de acá para allá encima de su cabeza tan rápido que ni una gota cayó sobre él. Llovió todavía más fuerte y más fuerte, hasta llover en torrentes; pero él sólo abatía su espada más rápido y más rápido, y permaneció tan seco como si estuviera sentado bajo techo en una casa. Cuándo su padre vio todo aquello quedó asombrado, y dijo:

-”¡Esta es la obra maestra, la casa es tuya!”-

Sus hermanos estuvieron satisfechos por la decisión, tal como fue acordado de antemano; y, como ellos realmente se querían el uno al otro muchísimo, los tres se quedaron juntos en la casa y siguieron en sus oficios, y, como ellos los habían aprendido tan bien y eran tan inteligentes, ganaron mucho dinero. Así vivieron juntos felizmente hasta que envejecieron; y por fin, cuando uno de ellos cayó enfermo y murió, los otros dos se apenaron tan profundamente por ello que también cayeron enfermos, y pronto después murieron también. Y porque ellos habían sido tan inteligentes, y se habían amado el uno al otro tanto, fueron todos puestos en la misma tumba.

Enseñanza:

Reconocer y aceptar las mejores capacidades y virtudes ajenas es la mejor muestra de grandeza de espíritu.

Ocio y labor

Había una vez una joven doncella quien era muy linda, pero ociosa y negligente. Cuando ella tenía que hilar, se ponía de tan mal genio que si topaba con un pequeño nudo en el lino, inmediatamente sacaba toda la carrucha y lo tiraba al suelo al lado de ella. Pero ella tenía a una criada que era muy laboriosa, y recogía las carruchas y los trozos de lino que eran tirados por la doncella, los limpiaba y los afinaba, y con ellos se había hecho un hermoso vestido para sí misma.

Había también un hombre joven que cortejaba a la muchacha perezosa, y la boda estaba a punto de efectuarse. En vísperas de la boda, la laboriosa criada bailaba alegremente con su vestido bonito, y la novia dijo,-

-”¡Hey, como brinca aquella muchacha, vestida con mis desperdicios.!”-

El novio oyó aquella expresión, y preguntó a la novia qué quiso ella decir con eso. Entonces le dijo que esa muchacha estaba usando un vestido hecho del lino que ella había tirado al suelo como sobras y desperdicios. Cuando el novio oyó eso, y vio lo ociosa que ella era, y cuan laboriosa era la muchacha pobre, él la dejó y fue donde la criada, a la que eligió como su esposa.

Enseñanza:

La laboriosidad es siempre mil veces más bella que la ociosidad.

La luna

Hace mucho tiempo, había una tierra donde las noches eran siempre oscuras, y la extensión del cielo sobre ella era como una tela negra, allí la luna nunca salió, y ninguna estrella brillaba en la oscuridad. En la creación del mundo, la luz por la noche no fue tomada en cuenta.

Tres jóvenes compañeros salieron una vez de este país en una expedición de aventura, y llegaron a otro reino, donde a la tarde, cuando el sol había desaparecido detrás de las montañas, un globo iluminado se veía colocado en un roble, el cual emitía una luz suave, lejana y amplia.

Por medio de este globo, todo podría ser muy bien visto y reconocido, aunque su luz no fuera tan brillante como la del sol. Los viajeros pararon y preguntaron a un campesino que conducía por delante su carro, que tipo de luz era esa.

-”Es la luna,”- contestó él; -”nuestro alcalde la compró con tres monedas de oro, y la sujetó al roble. Él tiene que verterle aceite diariamente, y mantenerla limpia, de modo que siempre pueda brillar claramente. Él recibe de nosotros una moneda por semana por hacerlo.”-

Cuando el campesino se había ido, uno de ellos dijo,

-”Nosotros podríamos hacer muy buen uso de esta lámpara. Tenemos un roble en casa, que es tan grande como este, y podríamos colgarla en él. ¡Qué placer sería no sentir por la noche la total oscuridad!”-

-”Te diré lo que haremos,”- dijo el segundo; -”traeremos un carro y caballos y nos llevaremos la luna. La gente de aquí puede comprarse otra.”-

- “Yo soy un buen trepador,”- dijo el tercero, -”la bajaré.”-

El cuarto trajo un carro y caballos, y el tercero subió al árbol, hizo un agujero en la luna, pasó una cuerda por ella, y la bajó.

Cuando el globo brillante estuvo en el carro, la cubrieron con una tela, de modo que nadie pudiera observar el robo. Ellos regresaron sin peligro a su propio país, y la colocaron en un roble alto. Viejos y jóvenes se alegraron cuando la nueva lámpara emitió su ligero brillo sobre todo el territorio, y dormitorios y salones se llenaron de su brillo. Los enanos salieron de sus cuevas en las rocas, y los diminutos duendes con sus pequeños abrigos rojos bailaban en rondas en los prados.

Los cuatro tuvieron cuidado de que la luna fuera proveída de aceite, y la limpiaban adecuadamente, y recibían su moneda semanal. Pero ellos se hicieron ancianos, y cuando uno de ellos se puso enfermo, y vio que estaba a punto de morir, designó que un cuarto de la luna, como parte su propiedad, debiera ser puesto en la tumba con él. Cuando él murió, el alcalde subió al árbol, y le cortó un cuarto con la cizalla para setos, y este fue colocado en su ataúd.

La luz de la luna disminuyó, pero todavía era visible. Cuando el segundo murió, el segundo cuarto fue sepultado con él, y la luz disminuyó más. Se puso más débil todavía después de la muerte del tercero, quién igualmente se llevó su parte de ella con él; y cuando el cuarto llegó a su tumba, el viejo estado de oscuridad se reanudó, y siempre que la gente salía por la noche sin sus linternas, se golpeaban sus cabezas unos con otros.

Sin embargo, como los pedazos de la luna se habían unido juntos otra vez en el mundo inferior, donde la oscuridad siempre prevalecía, vino a hacer que los muertos se agitaran y despertaran de su sueño. Y se sorprendieron cuando se sintieron capaces de ver otra vez. La luz de la luna era completamente suficiente para ellos, ya que sus ojos se habían hecho tan débiles que no podrían haber aguantado la brillantez del sol. Ellos se levantaron y se pusieron contentos, y regresaron a sus antiguos modos de vivir. Algunos iban a los juegos y a bailar, otros se fueron a los comercios, donde pidieron vino, se emborracharon, se pelearon, y por fin tomaron porras y se apalearon unos a otros. El ruido se hizo mayor y mayor, hasta que por fin llegó al cielo.

San Pedro, que guarda la puerta de cielo, pensó que el mundo inferior había estallado en rebelión y reunió a las tropas divinas, que deben hacer retroceder a Satanás cuando él y sus socios asaltan el domicilio del cielo. Como éstos no llegaron, subió a su caballo y saliendo por la puerta de cielo, descendió al mundo de abajo. Allí él redujo a los muertos al sometimiento, les pidió que se acostaran en sus tumbas otra vez, y se llevó la luna con él y la colgó en el cielo, donde quedó desde entonces.

Enseñanza:

Cada cosa debe de usarse con el propósito para el cual fue creado.

Hans con suerte

Hans había servido a su patrón durante siete años, entonces fue donde él y le dijo,

-”Patrón, he decidido terminar mis trabajos acá; ahora yo quiero tener la dicha de ir a casa a mi madre; por favor deme mi parte correspondiente.”-

El patrón contestó,

-”Usted me ha servido fielmente y con honestidad; cuando el servicio es así, igual debe ser la recompensa.”- Y le dio a Hans una pieza de oro tan grande como su cabeza.

Hans sacó su pañuelo de su bolsillo, envolvió la pieza, la puso sobre su hombro, y salió por el camino hacia su casa.

Mientras iba de camino, siempre poniendo un pie antes del otro, vio a un jinete trotar rápida y alegremente en un caballo.

-”¡Ah!”- dijo Hans en voz alta, -”¡Qué cosa más fina es montar a caballo! Allí uno se sienta en una silla; no tropieza con piedras, protege sus zapatos, y uno avanza, sin preocuparse de cómo lo hace.”-

El jinete, que lo había oído, se paró y lo llamó,

-”¡Hey! ¿Hans, por qué va usted a pie, entonces?”-

-”Debo hacerlo,”- contestó él, -”ya que tengo que llevar esta pieza a casa; que en verdad es una pieza de oro, pero no puedo sostener mi cabeza derecha por causa de ella, y eso hace daño a mi hombro.”-

-”Le diré que haremos,”- dijo el jinete, -”intercambiemos: yo le daré mi caballo, y usted me da su pieza.”

-”Con toda mi dicha,”- dijo Hans, -”pero permítame decirle que usted tendrá que avanzar lentamente con esa carga.”-

El jinete se bajó, tomó el oro, y ayudó a Hans a subir; entonces le dio la brida firmemente en sus manos y le dijo,

-”Si usted quiere ir en con paso realmente bueno, usted debe hacer chut chut con su lengua y gritar: “¡Arre! ¡Arre!”

Hans estuvo felizmente encantado cuando se sentó sobre el caballo y anduvo a caballo lejos, orgullosa y libremente. Al ratito él pensó que debería ir más rápido, y comenzó a hacer chut chut con su lengua y a gritar: “¡Arre! ¡Arre!” El caballo se puso en un agudo trote, y antes de que Hans supiera donde se encontraba, fue lanzado abajo, cayendo en una zanja de desagüe que separaba al campo del camino. El caballo se habría marchado lejos también si no hubiera sido parado por un campesino, que venía por camino conduciendo a una vaca delante de él.

Hans acomodó su cuerpo y se levantó en sus piernas otra vez, pero sintiéndose fastidiado, le dijo al campesino,

“Qué mal chasco, esta equitación, sobre todo cuando uno se adhiere a una yegua como ésta, que da una patada y lo bota a uno, de modo que cualquiera podría romperse el cuello así de fácil. Nunca voy a yo montarla otra vez. Ahora bien, me gusta su vaca, porque uno puede andar silenciosamente detrás de ella, y tener, además, algo de leche, mantequilla y queso cada día sin falta. Lo que daría yo para tener a semejante vaca.”-

-”Bien,”- dijo el campesino, -”si eso le daría tanto placer, no me opongo a cambiar la vaca por el caballo.”-

Con gran placer, Hans estuvo de acuerdo, el campesino brincó sobre el caballo, y galopando se alejó rápidamente.

Hans condujo a su vaca silenciosamente delante de él, y meditó su trato afortunado.

-”Si sólo tengo un bocado de pan, – lo cual difícilmente me fallaría – puedo comer mantequilla y queso tan a menudo como me gusta; y si tengo sed, puedo ordeñar a mi vaca y beber la leche. ¿Corazón bueno, qué más puedo querer?”-

Al llegar a una posada él hizo una parada, y en su gran alegría comió por completo lo que traía con él – su almuerzo y cena – y cuanto cosa encontró que tenía, y con sus últimas monedas adquirió media jarra de cerveza. Entonces él condujo a su vaca por delante a lo largo del camino al pueblo de su madre.

Cuando el mediodía estaba en su máximo punto y el calor era más opresivo, Hans se encontró sobre un páramo que tomaría aproximadamente una hora para cruzarlo. Él lo sintió muy caliente y su lengua se resecaba con la sed.

-”Puedo encontrar una cura para esto,”- pensó Hans; “ordeñaré a la vaca ahora y me refrescaré con la leche.”-

Él la ató a un árbol seco, y como no tenía ningún balde, puso su gorra de cuero debajo; pero por más que lo intentó, ni una gota de leche salió. Y como él se puso a trabajar de un modo torpe, la bestia se impacientó y por fin le dio tal golpe en su cabeza con su pie trasero, que él cayó en la tierra, y durante mucho rato no pudo pensar donde era que estaba.

Por fortuna en ese momento venía un carnicero por el camino con una carretilla, en la cual traía atado a un cerdo joven.

-”¿Qué está pasando aquí?”- gritó él, y ayudó al bueno de Hans.

Hans le dijo lo que había pasado. El carnicero le dio su matraz y le dijo,

-”Tome de la bebida y refrésquese. La vaca no dará seguramente ninguna leche, es una vieja bestia; en el mejor de los casos es sólo adecuada para el arado, o para el carnicero.”-

“-¿Bien, pues”- dijo Hans, mientras se acariciaba su pelo en su cabeza, -”quién lo habría pensado? Ciertamente es una cosa fina cuando uno puede matar a una bestia así en casa; ¡qué carne obtiene uno! Pero no se me antoja mucho la carne de vaca, no es bastante jugosa para mí. Un cerdo joven como ese es lo que me gustaría tener, sabe completamente diferente; ¡y luego hay salchichas!”-

-”Oye Hans,” dijo el carnicero, -”por el aprecio que le tengo, aceptaré el cambio, y le dejaré tener al cerdo por la vaca.”-

-”¡Que el cielo le reembolse su bondad!”- dijo Hans cuando le dejaba a la vaca, mientras el cerdo era desatado de la carretilla, y la cuerda por la cual estaba atado, fue puesta en su mano.

Hans continuó su camino, y pensaba como todo iba saliendo como él deseaba; cómo cada vez que se encontraba realmente con algo inconveniente, era inmediatamente puesto a derecho. En ese momento se encontró con un joven que llevaba un ganso blanco fino bajo su brazo. Ellos se dijeron buenos días el uno al otro, y Hans comenzó a contar de su buena suerte, y como él siempre hacía tales buenos tratos. El muchacho le dijo que él llevaba al ganso a un banquete de bautizo.

-”Sólo levántelo,”- añadió él, y lo sostuvo por las alas; -”vea como pesa, pues ha sido engordado durante las ocho semanas pasadas. Quienquiera que pruebe un poco de él cuando esté asado, tendrá que limpiar la grasa de ambos lados de su boca.”-

-”Sí,”- dijo Hans, cuando él sintió su pesó en una mano, -”es un peso muy bueno, pero mi cerdo no es nada malo.”-

Mientras tanto el joven miró con recelo de un lado al otro, y sacudió su cabeza.

-”Mire Ud.,”- dijo con mucho detalle, -”puede que no todo esté bien con su cerdo. En el pueblo por el cual pasé, el Alcalde mismo acababa de tener un robo en su pocilga. Temo, temo que usted llegue a ser sospechoso del acto allí. Ellos han enviado a algunas personas y sería un mal negocio si ellos lo agarraran con el cerdo; por lo menos, usted sería encerrado en el agujero oscuro.”-

El bueno de Hans se aterrorizó. ¡”Oh, Dios!”, dijo, -”ayúdeme Ud. a arreglar todo esto; usted que sabe más sobre este lugar que yo, tome a mi cerdo y déjeme su ganso.”-

-”Arriesgaré algo en este asunto,”- contestó el muchacho, -”pero no seré la causa de que a Ud. lo metan en el problema.”-

Entonces él tomó la cuerda del cerdo en su mano, y corrió con el cerdo rápidamente a lo largo del camino.

El buen Hans, ya despreocupado, siguió adelante con el ganso bajo su brazo. -

“Cuando lo medito correctamente,”- se dijo él mismo, -”me ha ido muy bien con este cambio; primero habrá buena carne asada, luego la cantidad de grasa que goteará de ella, y que me dará para mi pan durante un cuarto de año, y finalmente las plumas blancas hermosas; que servirán para llenar mi almohada, y por ello en efecto iré a dormir plácidamente. ¡Qué alegre se pondrá mi madre!”-

Cuando Hans pasaba por el último pueblo, allí estaba un afilador de tijeras con su carretilla; y mientras éste hacía girar a su rueda de afilar, cantaba:
-”Afilo tijeras y rápido afilo con mi piedra,
Mi abrigo se levanta con el viento de atrás.”

Hans se estuvo quieto y lo miró; y cuando por fin le habló le dijo,

-”Todo se ve muy bien con usted, al estar tan alegre con su trabajo.”-

-”Sí,”- contestó el afilador de tijeras, -”el comercio es una fuente de oro. Un verdadero afilador es un hombre que en cuanto pone su mano en el bolsillo encuentra allí el oro. ¿Pero dónde compró usted a ese ganso tan fino?”

-”Yo no lo compré, lo cambié por mi cerdo.”-

-”Y el cerdo?”-

-”Lo conseguí por una vaca.”-

-”¿Y la vaca?”-

-”La obtuve en lugar de un caballo.”-

-”¿Y el caballo?”-

-”Por él di una piedra de oro del tamaño de mi cabeza.”-

-”¿Y el oro?”-

-”Bueno, esa fue mi remuneración por siete años de trabajo.”-

-”Usted ha sabido cuidar de sus transacciones cada vez,”- dijo el afilador. -”Si usted sólo pudiera avanzar a fin de oír el tintineo de dinero en su bolsillo cada vez que usted se levante, habrá hecho una fortuna.”

-”¿Y cómo podría llegar a eso?”- dijo Hans.

-”Usted tiene que ser un afilador, como lo soy yo;”- contestó el afilador -” y no es necesario nada más que una piedra de afilar, el resto llega solo. Yo tengo una aquí; cierto que está un poco gastada, pero no tendría que darme dinero por ella, no más que su ganso; ¿lo haría usted?”

-”¿Cómo puede dudarlo?”- contestó Hans. -”Seré el tipo más afortunado en la tierra si tengo el dinero cada vez que yo ponga mi mano en el bolsillo, ¿qué necesidad hay de que yo me preocupe por más tiempo?”- y él le dio el ganso y recibió la piedra a cambio.

-”Ahora”-, dijo el afilador, mientras tomaba una piedra pesada ordinaria que estba en el suelo cerca de él, -”aquí tiene otra piedra fuerte, de gran oportunidad para usted, con la que podrá afilar muy bien con ella, y hasta enderezar clavos doblados. Llévesela y guárdela con cuidado.”-

Hans cargó con las piedras, y siguió con su corazón contento y sus ojos brillaban con alegría.

-”Debo haber nacido con un gran amuleto,”- se decía a sí mismo; -”todo lo que quiero me pasa justo como si yo fuera un niño consentido.”-

Mientras tanto, como él había estado caminando desde el amanecer, comenzó a sentirse cansado. El hambre también lo atormentó, ya que en su alegría cuando hizo el trato por el cual él consiguió a la vaca, se había comido por completo toda la reserva del alimento que llevaba. Por último, ya sólo podía seguir con gran dificultad, y se sentía obligado a pararse cada minuto; además, las piedras lo sobrecargaban terriblemente. Entonces solamente podía pensar que agradable sería si él no tuviera que llevarlas en ese momento.

Ya muy cansado, él se arrastró como un caracol a un pozo de agua en un terreno, y allí él pensó que descansaría y se refrescaría con el agua fresca, pero a fin de que él no pudiera perjudicar a las piedras al sentarse, las puso con cuidado a su lado en el borde del pozo. Entonces él se sentó, y cuando debía inclinarse para beber, tubo un resbalón, golpeándose contra las piedras, y haciendo que ambas cayeran en el fondo del pozo. Cuando Hans vio con sus propios ojos que se iban al fondo, brincó de alegría, y luego se arrodilló, y con lágrimas en sus ojos agradeció a Dios por haberle dado este favor también, y haberlo puesto en tan buen camino, y no tuvo necesidad de reprocharse a sí mismo por nada de lo ocurrido, ya que aquellas piedras pesadas habían sido las únicas cosas que lo preocuparon.

-”¡No hay ningún hombre bajo el sol tan afortunado como yo!”- grito con fuerza.

Con un corazón alivianado y libre de toda carga, ahora él pudo correr felizmente hasta estar en casa con su madre.

Enseñanza:

1- Cuando de transacciones se trata, primero debe de estarse informado de los valores relativos de las cosas, de lo contrario, se llegará a pérdidas irreparables.

2- La ingenuidad e inocencia, por lo general son fuente de felicidad de quien las posee.

La boda de Hans

Había una vez un joven campesino llamado a Hans, cuyo tío quiso encontrarle una esposa rica. Él por lo tanto sentó a Hans detrás de la estufa, la que estaba muy caliente. Entonces le trajo un vaso de leche y mucho pan blanco, le dio una brillante recién acuñada moneda en su mano, y le dijo,

-”Hans, sostén esa moneda fuertemente, desmiga el pan blanco en la leche, y permanece donde estás, y no te muevas de este sitio antes de que yo vuelva.”-

- “Sí,”- dijo Hans, -”haré todo eso”-

Entonces el tío se puso un viejo pantalón remendado con parches, fue a donde la hija de un campesino rico en el pueblo vecino, y le dijo,

-”¿No se casaría usted con mi sobrino Hans?, usted conseguiría a un hombre honesto y sensible que le satisfaría.”

El padre codicioso preguntó,

-”¿Cómo está él en cuanto a sus medios? ¿Tiene pan para compartir?”-

-”Querido amigo,”- contestó el tío, -”mi sobrino joven tiene un asiento cómodo, un trozo agradable de dinero en la mano, y mucho pan para compartir, además él tiene completamente tantos parches como tengo yo,” (y al hablar, daba palmadas a los parches en su pantalón, pero en aquellos caseríos, las parcelas de tierra eran también llamados “parches”.) “Si usted sacara el rato para ir a casa conmigo, usted verá inmediatamente que todo es como le he dicho.”-

Entonces el avaro padre no quiso perder esta buena oportunidad, y dijo,

-”Si así es el caso, no tengo nada más que hablar para contradecir el matrimonio.”-

Así la boda fue celebrada durante el día designado, y cuando la joven esposa salió al aire libre para ver la propiedad del novio, Hans se quitó su abrigo de domingo y se puso su vestido de trabajo remendado con parches y dijo,

-”Se me podría estropear mi abrigo bueno.”-

Entonces ellos salieron juntos y dondequiera que una división viniera a la vista, o los campos y los prados se vieran separados el uno del otro, Hans señalaba con su dedo y luego daba palmadas a un parche grande o a uno pequeño que hubiera en su remiendo en su vestido de trabajo, y decía,

“Este parche es mío, y ese otro también, mi muy querida esposa, sólo míralo,”- suponiendo así que su esposa no debería contemplar la amplia tierra, sino su ropa, la que sí era realmente de su propiedad.

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Y tú lector, me preguntas:

-”¿De veras estuviste en la boda?”,

-”Sí, por supuesto que estuve, y con traje completo. Mi sombrero era de nieve (por decir blanco), pero vino el sol y lo derritió. Mi abrigo era de telas de araña (por decir de finos hilos), pero tuve que pasar entre unas espinas y me lo rasgaron. Mi zapatos eran de cristal (por decir muy brillantes), y cuando tropecé con una piedra, hicieron “clic” y se quebraron en dos.”-

Enseñanza:

Nunca debe de hablarse con doble significado o doble sentido en las frases y palabras. Es mejor dejar siempre bien claro lo que se dice, sin tratar de engañar a nadie.

Las tres hojas de la serpiente

Había una vez un hombre pobre, que ya no podía apoyar más a su único hijo. Entonces dijo el hijo,

-”Querido padre, las cosas van tan mal con nuestra economía, que soy una carga para usted. Yo prefiero marcharme y ver como puedo ganarme mi pan.”-

Entonces el padre le dio su bendición, y con gran pena se despidió de él. En este tiempo el rey del país estaba en guerra, y el joven tomó el servicio con el rey, por lo que se inscribió para luchar.

Y cuándo se presentaron frente al enemigo, hubo una gran batalla, y mucho peligro, y llovió tanto fuego que sus compañeros caían por todos lados, y cuando el líder también fue matado, aquellos que quedaban estuvieron a punto de darse a la fuga, pero el joven se puso adelante, les habló vigorosamente, y gritó,

-”¡No dejaremos a nuestra patria ser arruinada!”-

Entonces los demás lo siguieron, y él siguió adelante y al fin triunfó frente al enemigo. Cuando el rey oyó que a él sólo le debía la victoria, el rey lo levantó sobre todos los demás, le dio grandes tesoros, y lo hizo el primero en el reino.

El Rey tenía a una hija que era muy hermosa, pero también era muy extraña. Ella había hecho un voto de no tomar a nadie como su señor y marido si no prometía dejarse ser sepultado vivo con ella si ella muriera primero.

-”¿Si él me amara con todo su corazón,”- dijo ella, -”de qué le servirá la vida a él después?”-

Por su parte ella haría lo mismo, si él muriera primero, bajaría a la tumba con él. Este juramento extraño había espantado hasta este tiempo a todo pretendiente, pero el joven se encantó tanto con su belleza que no le importaba ninguna otra cosa, y la pidió a su padre como esposa.

-”¿Pero ya sabes bien que es lo que debes prometer?”- preguntó el rey.

-”Debo ser sepultado con ella,”- contestó él, -”si la sobrevivo, pero mi amor es tan grande que no me importa el riesgo.”

Entonces el rey consintió, y la boda fue solemnizada con gran esplendor.

Ellos vivieron un tiempo muy felices y contentos el uno con el otro, pero luego aconteció que la joven reina fue atacada por una enfermedad severa, y ningún médico pudo salvarla. Y cuando ella yacía allí muerta, el rey joven recordó lo que él había prometido, y se horrorizó al pensar en la obligación de acostarse vivo en la tumba, pero no cabía ninguna fuga. El rey padre había colocado a centinelas en todas las puertas, y no era posible evitar su destino. Cuando vino el día en que el cadáver debía ser sepultado, él fue bajado a la bóveda real con ella, y luego la puerta fue cerrada y echado el cerrojo.

Cerca del ataúd estaba una mesa en la cual había cuatro velas, cuatro bollos de pan, y cuatro botellas de vino, y cuando esta provisión llegara a su final, él tendría que morir de hambre. Y él se sentó allí lleno de dolor y de pena, comió cada día sólo un trocito del pan, bebió sólo un traguito de vino, y vio la muerte diariamente acercándose cada vez más cerca. Mientras él estaba así miró fijamente una esquina, y vio que por un hueco venía saliendo una serpiente con intenciones de acercarse al cadáver. Y cuando él pensó que venía para morderla, él sacó su espada y dijo,

-”¡Mientras yo viva, no la tocarás!”- y cortó a la serpiente en tres pedazos.

Al poco rato, una segunda serpiente se arrastró por el agujero, y cuando vio a la otra serpiente muerta y cortada en pedazos, se devolvió, pero pronto regresó con tres hojas verdes en su boca. Entonces ella tomó los tres pedazos de la serpiente muerta, los puso juntos, justo donde deberían ir, y colocó una de las hojas en cada herida. Inmediatamente las partes cortadas se juntaron, la serpiente se movió, volvió a la vida otra vez, y ambas apresuradamente se alejaron juntas. Las hojas fueron dejadas en la tierra, y un deseo entró en la mente del infeliz hombre que había estado mirando todo esto: saber si el poder maravilloso de las hojas que habían traído a la serpiente a la vida otra vez, no podrían servir igualmente a un ser humano.

Entonces él recogió las hojas y puso a una de ellas en la boca de su esposa muerta, y los otros dos en sus ojos. Y apenas había él hecho eso, cuando la sangre se movió en sus venas, se elevó a su cara pálida, y se llenó de color otra vez. Entonces ella recuperó el aliento, abrió sus ojos, y dijo,

-”Oh, Dios, ¿dónde estoy yo?”

-”Estás conmigo, querida esposa,”- contestó él, y le dijo como había pasado todo, y como él la había devuelto otra vez a la vida. Entonces él le dio un poco de su vino y del pan, y cuando ella había recobrado su fuerza, él la levantó y fueron a la puerta y llamaron, y llamaron en voz tan alta que los centinelas los oyeron, y se lo dijeron al rey. El rey bajó y abrió la puerta, y allí los encontró tanto fuertes como bien en todo, y se alegró con ellos que ahora toda la pena había terminado. El rey joven tomó las tres hojas de serpiente con él, se las dio a un criado fiel y le dijo,

-”Guárdalas para mí con cuidado, y llévalas constantemente contigo; ¡quién sabe de que problema ellas podrían sacarnos aún!”-

Sin embargo, un cambio había tenido lugar en su esposa. Después de haber sido restablecida a la vida, parecía que todo su amor por su esposo había desaparecido de su corazón. Tiempo más tarde, una vez que el joven quiso hacer un viaje por mar para visitar a sus padres, después de abordar la nave, ella fue indiferente al gran amor y fidelidad que él le había mostrado a ella, y que fueron los motivos para rescatarla de la muerte, contrayendo una malévola inclinación hacia el capitán del navío. Y una vez, cuando el rey joven estaba dormido, ella llamó al capitán y ella agarró al joven por la cabeza, y el capitán lo tomó por los pies, y lo lanzaron hacia abajo al mar.

Cuando el vergonzoso hecho fue ejecutado, ella dijo,

-”Ahora déjanos volver a casa, y diremos que él murió durante el viaje. Te alabaré y elogiaré tanto ante mi padre que él te casará conmigo, y te hará el heredero de su corona.”-

Pero el criado fiel que, sin que lo notaran, había visto todo lo que ellos hicieron, desató un pequeño bote del barco, entró en él, y salió en el bote en busca de su patrón, y dejó a los traidores continuar su camino. Él alcanzó y sacó el cadáver, y por la ayuda de las tres hojas de la serpiente, las cuales él llevó siempre consigo, las que puso en los ojos y boca del joven, devolviendo afortunadamente al joven rey a la vida.

Ambos remaron con toda su fuerza de día de y noche, y su pequeño bote navegó tan rápidamente que ellos llegaron donde el viejo rey antes de que los demás lo hicieran. Él se sorprendió cuando los vio venir solos, y preguntó qué les había pasado. Cuando él supo de la maldad de su hija dijo,

-”No puedo creer que ella se haya comportado tan malvadamente, pero la verdad saldrá a luz muy pronto,”- y pidió a ambos entrar en una cámara secreta para mantenerse debidamente escondidos de toda persona.

Poco después el gran barco llegó, y la mujer descarriada apareció ante su padre fingiendo un semblante preocupado. Él preguntó,

-”¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?”

-”Ay, querido padre,”- contestó ella, -”vengo a casa otra vez con una gran pena; durante el viaje, mi marido enfermó de repente y murió, y si el buen capitán no me hubiera dado su ayuda, todo habría ido el mal conmigo. Él estuvo presente en su muerte, y lo puede atestiguar a todos ustedes.”-

El rey entonces dijo,

-”Traeré a los muertos a la vida otra vez,”- y abrió la cámara, y pidió a los dos salir.

Cuando la mujer vio a su marido, quedó atónita, y cayó en sus rodillas y pidió piedad. El rey dijo,

-”No habrá ninguna piedad. Él estaba dispuesto a morir contigo y te restauró a la vida otra vez, pero tú lo asesinaste mientras dormía, y deben recibir la recompensa que eso genera.”-

Entonces ella fue colocada junto con su cómplice en un bote y enviados al mar, de donde nunca más se volvió a saber de ellos.

Enseñanza:

La respuesta a una gran fidelidad, debe ser siempre otra gran fidelidad recíproca, nunca la traición.

Diario Vasco

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