La novia del señor liebre

Había una vez una mujer y su hija que vivían en un bonito jardín con coles; y una vez un pequeño señor liebre ingresó a la huerta, y durante el tiempo de invierno se comió todas las coles. Entonces dijo la madre a la hija,

-”Ve al jardín, y ahuyenta al señor liebre.”-

La muchacha dijo al pequeño señor liebre,

-”Sh-sh, señor liebre, usted todavía sigue comiéndose por completo todas nuestras coles.”-

Dijo el señor liebre,

-”Venga, doncella, siéntese en mi pequeña cola, y venga conmigo a mi pequeña choza.”-

La muchacha no lo hizo. Al día siguiente el señor liebre vino otra vez y comió las coles, luego dijo la madre a la hija,

-”Ve al jardín, y ahuyenta al señor liebre.”-

La muchacha volvió a decirle al señor liebre,

-”Sh-sh, pequeño señor liebre, usted sigue comiéndose todas las coles.”-

El pequeño señor liebre dijo,

-”Doncella, siéntese en mi cola y venga conmigo a mi pequeña choza.” La doncella se negó.

El tercer día el señor liebre vino otra vez, y se comió las coles. Ahora la madre dijo a la hija,

-”Ve al jardín y llévate al señor liebre bien lejos.”-

dijo entonces la doncella,

-”Sh-sh, pequeño señor liebre, usted todavía se come todas nuestras coles.”-

y replica el señor liebre,

-”Venga, doncella, siéntese sobre mi pequeña cola, y venga conmigo a mi pequeña choza.”-

La muchacha por fin se sentó en la cola del pequeño señor liebre, y luego el señor liebre la llevó a su pequeña choza, y dijo,

-”Ahora usted cocine la col verde y la semilla de mijo, y yo traeré a los invitados de la boda.”-

Entonces todos los invitados de la boda se reunieron. (¿Quiénes eran los invitados de la boda?) ¿Qué puedo decirle?, lo que otro me dijo: todos eran liebres, y el cuervo estaba allí como el cura para casar a la novia y el novio, y el zorro como oficinista, y el altar estaba bajo un arco iris.

La muchacha, sin embargo, estaba triste, ya que ella estaba absolutamente sola. El pequeño señor liebre viene y dice,

-”Abran las puertas, abran las puertas, los invitados de la boda están alegres.”-

La novia no dice nada, pero llora. El pequeño señor liebre se marcha. Luego vuelve y dice,

-”Quítese el velo, quítese el velo, los invitados de la boda tienen hambre.”-

La novia otra vez no dice nada, y llora. El pequeño señor liebre se marcha. Luego regresa y dice,

-”Quítese el velo, quítese el velo, los invitados de la boda esperan.”-

Entonces la novia no dice nada, y la liebre se marcha de nuevo, pero ella forma y viste una muñeca de paja con su ropa, y le pone una cuchara para batir, y la coloca por la cazuela con la semilla de mijo, y se marcha donde su madre. El pequeño señor liebre viene una vez más y dice,

-”Quítese el velo, quítese el velo,”-

y levantándose golpea la muñeca en la cabeza de modo que su velo cae.
Entonces el pequeño señor liebre ve que aquello no es su novia, y se marcha muy adolorido.

Enseñanza:

Los sentimientos siempre deben de darse en forma voluntaria y espontáneamente, nunca forzados.

Hermanos Grimm

El ganso de oro

Había un hombre que tenía tres hijos, el más joven fue llamado Dummling, y era despreciado, burlado, y dejado de lado en cada ocasión.

Resultó un día que el mayor quiso entrar en el bosque para talar madera, y antes de que él se fuera, su madre le dio un hermoso pastel dulce y una botella de vino a fin de que no tuviera que sufrir de hambre o de sed. Cuando él entró en el bosque encontró a un pequeño anciano canoso que le deseó que tuviera un buen día, y quien además le dijo,

-”Regálame un pedazo del pastel de tu bolsillo, y dame un sorbo de tu vino; tengo mucha hambre y sed.”-

Pero el prudente joven contestó,

-”Si te doy mi pastel y vino, no tendré ninguno para mí; hazte a un lado,”-

y dejó al hombrecito parado y continuó su camino.

Pero cuando él comenzó a talar para bajar un árbol, no pasó mucho rato antes de que él diera un golpe falso, y el hacha lo hirió en el brazo, de modo que tuvo que regresar a casa y tener que vendarse. Y esto fue hecho por el pequeño hombre canoso.

Después de eso, el segundo hijo también entró en el bosque, y su madre le dio, como al mayor, un pastel y una botella de vino. El pequeño y viejo hombre canoso lo encontró igualmente, y le pidió un pedazo de pastel y una bebida de vino. Pero el segundo hijo, también, dijo con mucha razón,

-”Lo que le doy no será para mí; ¡estese lejos!”- y él dejó parado al hombre y continuó. Su castigo, sin embargo, no se retrasó; y en cuanto él había dado unos pocos golpes en el árbol, se golpeó en la pierna, de modo que tuvo que regresar a casa.

Entonces Dummling dijo,

“Padre, déjeme ir a mí a cortar la madera.”-

El padre contestó,

-”Sus hermanos se han hecho daño con ello, olvídelo, usted no entiende nada sobre eso.”-

Pero Dummling pidió con tanta insistencia que por fin él dijo,

-”Vaya entonces. Se hará más sabio haciéndose daño.”-

Su madre le dio un pastel hecho sólo con agua y harina y horneado en las cenizas, y con una botella de cerveza ácida. Cuando él llegó al bosque, el pequeño viejo hombre canoso lo encontró igualmente, y después de su saludo le dijo,

-”Déme un pedazo de su pastel y una bebida de su botella; tengo tanta hambre y tengo mucha sed.”-

Dummling contestó,

-”Tengo un pastel de sólo harina horneado en ceniza y cerveza ácida; si esto le complace, nos sentaremos y comeremos.”-

Entonces se sentaron, y cuando Dummling sacó su pastel de harina, ahora era un pastel dulce muy delicioso, y la cerveza ácida se había transformado en el más fino vino. Y comieron y bebieron, y después el pequeño hombre dijo,

-”Ya que usted tiene un corazón bueno, y acepta compartir lo que tiene, le daré la buena suerte. Allí tiene un viejo árbol, córtelo, y usted encontrará algo en las raíces.”-

Entonces el pequeño hombre se despidió de él.

Dummling fue y redujo el árbol, y cuando cayó había un ganso sentado en las raíces con plumas de oro puro. Lo levantó, y lo llevó con él, y fue a una posada donde pensó que se quedaría la noche. Ahora bien, el anfitrión tenía tres hijas, que vieron al ganso y estaban curiosas por saber que tan maravillosa ave podría ser, y les habría gustado también tener una de sus plumas de oro.

La mayor pensó,

-”Encontraré pronto una oportunidad de sacar una pluma,”-

y tan pronto como Dummling había salido, agarró al ganso por el ala, pero su dedo y mano se quedaron fuertemente pegadas en ella. La segunda llegó casi de inmediato, pensando sólo en como ella podría conseguir una pluma, pero no había más que tocado apenas a su hermana cuando quedó fuertemente pegada. Por fin la tercera también vino con intención parecida, y las hermanas gritaron,

-”Quédate lejos; ¡por tu bien, mantente lejos!”-

Pero ella no entendió por qué debía de alejarse.

-”Las otras ya están allí,”- pensó ella, -”yo puedo estar también allí también,”-

y corrió hacia ellas; pero tan pronto como había tocado a su hermana, ella también quedó pegada. Y no les quedó más que pasar la noche junto al ganso. A la mañana siguiente Dummling tomó al ganso bajo su brazo y salió, sin preocuparse sobre las tres muchachas que colgaban de él. Ellas fueron obligadas a seguir tras él continuamente, ya fuera a la izquierda, ya fuera a la derecha, o a como él decidiera ir.

En medio de los campos el cura los encontró, y cuándo él vio la procesión dijo, “Qué vergüenza, ustedes muchachas inútiles, ¿por qué van por los campos detrás de este hombre joven? ¿es eso correcto?”-

Al mismo tiempo él agarró a la más joven de la mano a fin de separarla, pero tan pronto como él la tocó, igualmente se pegó rápido, y fue obligado a correr detrás en la fila. Al poco rato llegó el sacristán y vio a su maestro, el cura, que corría detrás de tres muchachas. Él quedó sorprendido de aquello y dijo,

-”Hola, su reverencia, ¿hacia adónde van tan rápidamente? ¡no olvide que tenemos un bautizo hoy!”-

y persiguiéndolo lo tomó por la manga, pero también quedó pegado inmediatamente. Mientras los cinco trotaban así uno detrás del otro, dos peones vinieron con sus azadas desde los campos; el cura los llamó y les pidió que los despegaran a él y al sacristán. Pero ellos apenas habían tocado al sacristán cuando también quedaron rápidamente pegados, y ahora eran siete corriendo detrás de Dummling y el ganso.

Pronto llegaron a una ciudad, donde el rey que gobernaba tenía una hija que era tan seria que nadie podìa hacerla reír. Para ese entonces él había firmado un decreto diciendo que quienquiera que fuera capaz de hacerla reír debería casarse con ella. Cuando Dummling oyó acerca de eso, fue con su ganso y todo su tren de seguidores ante la hija del Rey, y tan pronto como ella vio a las siete personas correr sin cesar, uno detrás del otro, de aquí para allá, ella comenzó a reír completamente en voz alta, y como si nunca acabaría de hacerlo.

Con eso Dummling pidió tenerla como su esposa, y la boda fue celebrada. Después de la muerte del Rey, Dummling heredó el reino y vivió en adelante siempre felizmente con su esposa.

Enseñanza:

La bondad, el buen trato y el compartir con el necesitado, siempre traen su buena recompensa.

Hermanos Grimm

El ratón, el pájaro y la salchicha

Una vez, hace mucho tiempo, un ratón, un pájaro, y una salchicha se hicieron compañeros, mantenían su casa juntos, vivían bien y felizmente el uno con el otro, y maravillosamente aumentaron sus posesiones. El trabajo del pájaro era que debía volar cada día en el bosque y regresar con madera. El ratón tenía que llevar el agua del pozo, encender el fuego, y poner la mesa, y a la salchicha le correspondía cocinar.

Quien se aleja de su medio habitual, siempre añora algo nuevo. Un día, por lo tanto, el pájaro se encontró con otro pájaro por el camino, a quien le habló de sus circunstancias excelentes y se jactó de ello. El otro pájaro, sin embargo, lo llamó un pobre tonto por su trabajo difícil, pero dijo que los dos en su casa podrían pasar buenos tiempos.

Como el ratón ya había hecho su fuego y había llevado el agua, entró a su pequeño cuarto para descansar hasta que los otros lo llamaran para poner la mesa. La salchicha se quedó por el pote, vio que el alimento se cocinaba bien, y, cuando ya era casi el momento para la comida, se hizo rodar un par de veces por el caldo y las verduras y luego fueron untadas con mantequilla, sal, y todo listo. Cuando el pájaro llegó a casa y posó su carga, todos se sentaron a la mesa, y después de que habían tenido su comida, durmieron placenteramente hasta la próxima mañana, y aquello era una vida espléndida.

Al día siguiente, el pájaro, estimulado por lo que le dijo el otro pájaro, decidió que no iría más por madera, y les dijo a sus amigos que ya había estado bastante tiempo de criado, y que había sido puesto en ridículo por ellos, y que deberían turnarse de oficio de una vez, y tratar de arreglarlo todo de otro modo. Y, aunque el ratón y la salchicha le rogaron muy seriamente, el pájaro mantuvo su decisión, y dijo que el cambio debería ser intentado. Ellos echaron suertes, y le tocó a la salchicha llevar la madera, el ratón pasó a ser el cocinero, y el pájaro debería traer el agua y encender el fuego.

¿Y qué sucedió entonces? La pequeña salchicha salió a traer la madera, el pájaro encendió el fuego, el ratón se quedó por el pote y esperó solitario hasta que la salchicha viniera a casa y trajera la madera para el día siguiente. Pero la pequeña salchicha tardaba tanto tiempo en regresar que ellos temieron que algo le hubiera salido mal, y el pájaro salió volando a lo largo del camino para encontrarla. No muy lejos, sin embargo, encontró un perro, quién había agarrado a la salchicha y tomándola como un botín legal, se la había tragado. El pájaro acusó al perro de un acto de robo descarado, pero eso fue hablar en vano, ya que el perro dijo que él había encontrado unas letras impresas en la salchicha, en las que contaba que su vida ya estaba acabada.

El pájaro tristemente tomó la madera, voló a casa, y relató lo que él había visto y había oído. Ellos quedaron muy preocupados, pero consintieron en hacer todo lo posible y permanecer juntos. El pájaro por lo tanto puso la mesa, y el ratón preparó el alimento, y quiso aderezarlo y entrar en el pote como la salchicha lo solía hacer, y rodar y arrastrarse entre las verduras para mezclarlas; pero antes de que entrara en medio de ellas, fue herido por el vapor caliente, y perdió su piel, su pelo y su vida en la tentativa. Cuando el pájaro vino para llevar la comida, no había ningún cocinero allí.

¡En su angustia el pájaro lanzó la madera por aquí y por allá, llamó y buscó, pero a ningún cocinero encontró! Debido a su descuido la madera prendió fuego, de modo que siguió una gran conflagración, y el pájaro se apresuró a traer el agua, pero el cubo se safó de sus garras en el pozo, y él cayó atrás del cubo, y no pudo recuperarse, y terminó ahogándose allí.

Enseñanza:

Debemos siempre trabajar en lo que estamos debidamente bien preparados y tenemos la capacidad adecuada para ello.

Hermanos Grimm

El espíritu en la botella

Había una vez un pobre leñador que trabajaba duro a partir de la primera hora de la mañana hasta la última hora de la tarde. Cuando por fin él había ahorrado un poco de dinero, dijo a su muchacho,

-”Eres mi único hijo, gastaré el dinero que he ganado con el sudor de mi frente en tu educación; y si aprendes un poco de comercio honesto podrás apoyarme en mi vejez, cuando mis miembros se hayan puesto tiesos y me sienta obligado a quedarme en casa.”-

Entonces el muchacho fue a una Escuela Secundaria y aprendió diligentemente de modo que sus maestros lo elogiaran, y permaneció allí mucho tiempo. Cuando ya había hecho dos cursos, pero no era todavía todavía perfecto en todo, el pequeño ahorro que el padre había ganado se había gastado, y el muchacho tuvo que regresar a casa.

-”Ah,”- dijo el padre, dolorosamente, -”no puedo darte más, y en estos tiempos duros no puedo ganar más que lo necesario para nuestro pan diario.”-

-”Querido padre,”- contestó el hijo, -”no se preocupe por ello, si esto es la voluntad de Dios, todo estará a mi favor y yo me acostumbraré pronto a esta situación.”-

Cuando el padre quiso ir al bosque para ayudarse a ganar dinero amontonanado, apilando y cortando madera, el hijo dijo,

-”Iré con usted y le ayudaré.”-

-”No, mi hijo,”- dijo el padre, -”eso es difícil para tí ya que no estás acostumbrado al trabajo áspero, y te sería muy duro aguantarlo; además tengo sólo una hacha y ningún dinero con el cual comprar otra.”-

-”Sólo ve donde el vecino,”- contestó el hijo, -”le pides prestada su hacha hasta que yo haya ganado una para mí.”-

El padre entonces tomó prestada el hacha del vecino, y a la siguiente mañana, al amanecer, ambos salieron juntos hacia el bosque.

El hijo ayudó a su padre y estuvo completamente alegre y enérgico en su trabajo. Pero al llegar el medio día, el padre dijo,

-”Descansemos, y tengamos nuestra comida, y luego trabajaremos de nuevo otra vez.”-

El hijo tomó su pan en sus manos, y dijo,

-”Sólo descanse usted, padre, yo no estoy cansado; andaré de arriba abajo un poco en el bosque, y buscaré nidos de aves.

-”Ah, ¿bromeas acaso?,”- dijo el padre, -”¿para qué vas a querer andar buscando aves por allí? Después te vas a sentir cansado, y ya no serás capaz de levantar tu brazo; quédate aquí, y siéntese a mi lado.”-

El hijo, sin embargo, entró al bosque, comió su pan, y caminando muy contento miró detenidamente entre las ramas verdes para ver si podría descubrir nidos de aves en diversas partes. Así que fue de arriba abajo esperando encontrar algún nido de ave, hasta que por fin llegó a un gran roble de apariencia peligrosa, que ciertamente tenía ya muchos cientos de años, y que cinco hombres no podrían haber talado.

Él se estuvo quieto y lo miró, y pensó,

-”Muchas aves deben haber construido su nido aquí.”-

De repente le pareció oír una voz. Él escuchó con atención y se dio cuenta que alguien gritaba con una voz muy sofocada,

-”¡Déjenme salir, déjenme salir!”-

Él miró alrededor, pero no podía descubrir nada; sin embargo, se imaginó que la voz salía de la tierra. Entonces gritó, -

-”¿Dónde estás?”-

La voz contestó,

-”Estoy aquí abajo entre las raíces del roble. ¡Déjenme salir, déjenme salir!”-

El joven comenzó a soltar la tierra bajo el árbol, y a buscar entre las raíces, hasta que por fin encontró una botella de cristal en un pequeño hueco. La levantó y la sostuvo contra la luz, y vio a una criatura formada como una rana, que saltaba de arriba abajo dentro de ella.

-”¡Déjenme salir, déjenme salir!”- gritaba de nuevo, y el joven, sin pensar en ningún mal, quitó el corcho de la botella.

Inmediatamente un espíritu salió de ella, y comenzó a crecer, y creció tan rápido que en muy pocos momentos estuvo de pie ante el joven, un terrible compañero tan grande como la mitad del árbol junto al cual él se encontraba.

-”¿Sabes tú,”- gritó con una voz horrible, -”qué es lo que recibirás por haberme soltado?”-

-”No,”- contestó el muchacho sin temores, -”¿cómo debería yo saber eso?”-

-”Entonces yo te lo diré,”- gritó el espíritu; “debo estrangularte por ello.”-

-”Debiste haberme dicho eso antes,”- dijo el muchacho, -”ya que entonces debería haberte dejado encerrado, pero mi cabeza estará firme para todo lo que piensas hacer; y hay que consultar a más personas sobre esto.”-

-”¡Más personas aquí, más personas allá!”- dijo el espíritu.

-”Tendrás el merecido que has ganado. Piensas que fui encerrado allí como un favor. No, esto era un castigo para mí. Soy el fuerte Mercurio. Quienquiera que me liberara, deberé estrangularlo.”-

-”Suave,”- contestó el joven, -”no tan rápido. Debo saber primero que tú realmente cabías en aquella pequeña botella, y que por lo tanto eres el espíritu que dices ser. Si, en efecto, puedes ahí entrar otra vez, te creeré y luego podrás hace conmigo lo que dispongas.”-

El espíritu dijo arrogantemente,

-”Eso es una hazaña muy insignificante,”-

y empezó a encogerse, y se hizo tan pequeño y delgado como había sido al principio, de modo que se arrastró por la misma apertura, y directamente por el cuello de la botella ingresó en ella otra vez. Apenas estuvo adentro, el joven empujó el corcho que había retirado de la botella, y la lanzó entre las raíces del roble en su antiguo lugar, y así el espíritu fue engañado y apresado.

Y ahora el hijo estaba a punto de volver con su padre, cuando el espíritu gritó muy lastimosamente,

-”¡Ay, déjame salir! ¡Ay, déjame salir!”-

-”¡No!,”- contestó el joven, -”¡no una segunda vez! Quien ha tratado una vez de tomar mi vida no será puesto en libertad por mí, ahora que lo he agarrado otra vez.”-

-”Si decides ponerme en libertad,”- dijo el espíritu, -”te daré tanto que tendrás abundancia todos los días de tu vida.”-

-”No,”- contestó el muchacho, -”me engañarás como hiciste la primera vez.”-

-”Estás desperdiciando la buena suerte que te puedo dar,”- dijo el espíritu; -”no te haré daño, más bien te recompensaré lujosamente.”-

El muchacho pensó,

-”Me arriesgaré, quizás él guardará su palabra, y de todos modos no podrá obtener lo mejor de mí.”-

Entonces quitó el corcho, y el espíritu se elevó de la botella como lo había hecho antes, se estiró y se hizo tan grande como un gigante.

-”Ahora te daré la recompensa,”- dijo él,

y dio al joven un pequeño bolso como un yeso, y dijo,

-”Si frotas un lado de él sobre una herida, ella sanará, y si frotas el otro lado sobre acero o hierro, se transformará plata.”-

-”Voy a probarlo,” dijo el joven,

y fue a un árbol, arrancó la corteza con su hacha, y lo frotó con un lado del yeso. Inmediatamente la corteza se cerró y el árbol quedó curado.

-”Ahora sí, está correcto,”- dijo al espíritu, -”ya podemos separarnos.”-

El espíritu le agradeció por su liberación, y el muchacho agradeció al espíritu por su presente, y volvió donde su padre.

“¿Dónde has estado caminando?” dijo el padre; -”¿Por qué has olvidado tu trabajo? Bien te dije que nunca conseguirías nada.”-

-”Calma, padre, yo lo arreglaré.”-

-”Pues arréglalo en efecto,”- dijo el padre enojado, -”no hay ningún truco en esto.”-

-”Pierde cuidado, padre, talaré pronto aquel árbol que está allá, y en seguida lo dejaré en trozos.”-

Entonces él tomó su yeso, frotó el hacha con él, y dio un golpe fuerte, pero como el hierro se había cambiado la plata, el metal se dobló;

-”Hey padre, sólo mire que hacha más mala me ha dado, se ha torcido completamente.”-

El padre quedó impresionado y dijo,

-”Ah, pero ¿qué has hecho? ahora yo tendré que pagar por ella, y no tengo los medios, ni de donde sacarlos con el trabajo que has realizado.”

-”Tenga calma,”- le dijo el hijo, -”pagaré pronto por el hacha.”-

-”Ay, ingenuo,”- gritó el padre, -”¿con qué medios pagarás por ella?, no tienes más que lo que te he dado. Esas son cosas que se te han metido en la cabeza como estudiante, pero no tienes idea del trabajo de leñador.”-

Al rato el joven dijo:

-”Padre, en verdad no puedo trabajar más, tomemos una vacación.”-

-”¡Hey!¿Qué?”-, contestó el padre, -”¿Sueñas que me sentaré aquí con mis manos en el regazo? Yo seguiré trabajando, y tú puedes irte a casa cuando gustes.”-

-”Padre, es la primera vez que he venido a esta foresta y no conozco el camino de regreso. Por favor venga conmigo.”-

En cuanto ya le pasó el enojo, el padre al fin accedió a acompañarlo a casa. Entonces le dijo al hijo:

-”Ve y vende esa hacha dañada a ver cuánto te dan por ella, y yo trabajaré para obtener la diferencia y así pagarle a nuestro vecino.”-

El hijo tomó el hacha y fue a la ciudad donde un orfebre, quien pesándola la valoró y dijo:

-”Ella vale cuatrocientos duros, pero en estos momentos no tengo esa cantidad.”-

El hijo dijo,

-”Déme lo que tenga, luego me paga el resto.”-

El orfebre le dio trescientos duros, y quedó debiéndole cien. El hijo con eso se fue a casa y dijo,

-”Padre, tengo el dinero, vaya y pregunte al vecino cuánto quiere por el hacha.”-

-”Ya tengo el monto,”- contestó el anciano, -”un duro y seis décimos.”-

-”Entonces déle tres duros y dos décimos, que es el doble y suficiente; como puede ver, tengo dinero en abundancia.”-

y le dio al padre cien duros, y dijo,

-”Nunca le faltará vivir tan cómodamente como usted quiera.”-

-”¡Cielos!”- dijo el padre, -”¿Cómo has adquirido tanta riqueza?”-

El hijo entonces le contó todo lo que había sucedido, y cómo, confiando en su suerte, había hecho un golpe tan bueno. Y con el dinero que obtuvo, él joven volvió a la Escuela Secundaria y continuó aprendiendo más, y como él podría curar todas las heridas con su yeso, se hizo el doctor más famoso en el mundo entero.

Enseñanza:

Muchas veces queriendo obtener grandes ganancias, se corren riesgos muy peligrosos. Si se decide correr el riesgo, no hay que lamentarse si se fracasa.

Hermanos Grimm

La mazorca del maíz

Hace mucho tiempo, cuando Dios todavía andaba revisando la tierra, la fecundidad del suelo era mucho mayor de lo que es ahora; entonces las mazorcas de maíz no llevaban cincuenta o sesenta, sino cuatrocientos o quinientos granos. Y las mazorcas salían desde bien abajo del tallo hasta cubrir toda su altura, y según la longitud del tallo así era la longitud de la mazorca. Los hombres, sin embargo están hechos de tal manera, que cuando se sienten demasiado bien ya no valoran las bendiciónes que vienen de Dios, y se ponen indiferentes y descuidados.

Un día una mujer pasaba por un maizal cuando su pequeño niño, que corría al lado de ella, cayó en un charco, y ensució su vestido. Entonces la madre cogió un puñado de hermosas mazorcas de maíz, y limpió el vestido con ellas.

Cuando el Señor, que en ese momento andaba por ahí, vio aquello, se enojó, y dijo,

- “De aquí en adelante ya los tallos de maíz no darán más mazorcas; los hombres ya no son dignos de regalos divinos.”-

Las personas presentes que oyeron esto, se aterrorizaron, y cayeron de rodillas y le rogaron que por favor todavía dejara algo en los tallos, aun si la gente tuviera poco mérito para ello, y por las aves inocentes que de otra forma tendrían que pasar hambre. El Señor, que previó su sufrimiento, tubo compasión de ellos, y concedió la petición. Entonces las mazorcas fueron dejadas tal cómo se ve que crecen ahora.

Enseñanza:

Siempre debemos apreciar y cuidar con amor las cosas buenas que tenemos.

Hermanos Grimm

El hada del estanque del molino

Érase una vez un molinero que vivía con su esposa muy felizmente. Ellos tenían su dinero y su tierra, y su prosperidad aumentaba año a año cada vez más. Pero la mala suerte viene como un ladrón por la noche, y así como su riqueza había aumentado antes, de pronto empezó a disminuir año a año, y por fin al molinero le costó llamar al molino en el cual vivía, “mi molino”. Él se sentía muy angustiado, y cuando descansaba después del trabajo de todo el día, no encontraba ningún consuelo, y se movía contínuamente en su cama, con mucha inquietud. Una mañana él se levantó antes del amanecer y salió al aire libre, pensando que quizás allí su corazón podría sentirse más sereno. Cuando pasaba por las orillas del estanque del molino y el primer rayo de sol rompía al frente, oyó un sonido como de olas en el estanque.

Él dio vuelta y percibió a una mujer hermosa, elevándose despacio del agua. Su pelo largo, que ella apartaba de sus hombros con sus manos suaves, le caía a ambos lados, y le cubría todo su blanco cuerpo.

Pronto comprendió que ella era el Hada del estanque del molino, y en su miedo no sabía si debería escaparse o permanecer donde estaba. Pero el hada hizo que su dulce voz fuera oída, y llamándolo por su nombre le preguntó por qué estaba tan triste. Al principio, todo sorprendido se quedó mudo, pero al oirla hablar tan amablemente, él tomó el fuerzas, y le dijo cómo antes él había vivido en la riqueza y felicidad, pero que ahora era tan pobre que ya no sabía que hacer.

-”Estese tranquilo,”- contestó el hada, -”le haré más rico y más feliz de lo que jamás alguna vez había sido antes, sólo debe prometerme darme lo que recién ha nacido en su casa.”

-”¿Y que podría ser?,”- pensó el molinero, -”¿quizás un cachorrito o un gatito?”- y le prometió lo que ella le pidió.

El hada se sumergió en el agua otra vez, y él se apresuró a regresar a su molino, consolado y con muy buen ánimo. No había alcanzado su casa todavía, cuando la criada salió a su encuentro, gritándole que se alegrara, ya que su esposa había dado a luz a un pequeño varón. El molinero frenó de golpe como si lo hubiera tocado un rayo; vio muy bien que la astuta hada sabía de lo acontecido y lo había engañado. Cabizbajo, él se acercó al lado de la cama de su esposa y cuándo ella dijo,

-”¿Por qué no te alegras de ver al pequeñito?”-

él le dijo lo que había sucedido, y qué tipo de promesa le había hecho al hada.

-”¿De que me servirían la riqueza y la prosperidad,”- añadió, -”si debo perder a mi niño?; ¿Pero qué puedo hacer?”-

Incluso los familiares, quiénes habían venido allí para desearles felicidades, no sabían que decir. Mientras tanto la prosperidad regresó de nuevo a la casa del molinero. Todo lo que él emprendía tenía éxito, era como si las cajas y los cofres se llenaran al unísono, y como si el dinero se multiplicara cada noche en los armarios. En muy poco tiempo su riqueza llegó a ser mayor que lo que había sido alguna vez antes. Pero él no podía alegrarse por ello despreocupadamente, ya que el trato que había hecho con el hada le atormentaba su alma. Siempre que pasaba por la represa del molino, él temía que ella pudiera subir y recordarle su deuda. Él nunca dejó al muchacho ir cerca del estanque.

-”Ten mucho cuidado,”- le decía, -”si por alguna razón pasaras por ahí, no toques el agua, pues una mano emergerá, te agarrará y te sumergirá dentro de las aguas.”-

Pero como los años iban pasando y el hada no aparecía, él se fue sintiendo más a gusto.

El muchacho creció y llegó a su juventud y fue puesto como aprendiz de un cazador. Cuando ya había aprendido todo, y se había hecho un cazador excelente, el señor del pueblo lo tomó en su servicio. En el pueblo vivía una doncella hermosa y sincera, quién complació al cazador, y cuando su maestro percibió aquello, él le dio una pequeña casa, y los dos estuvieron casados, vivieron pacíficamente y felizmente, y se amaron el uno al otro con todos sus corazones.

Un día el cazador perseguía un ciervo; y cuando el animal salió del bosque al campo abierto, lo persiguió y lo alcanzó. Él no notó que estaba ahora en la vecindad peligrosa de la represa del molino, y fue, después de que él había preparado el venado, al agua, a fin de lavar sus manos.

Sin embargo apenas había tocado el agua con sus dedos, cuando el hada ascendió, y sonriente posó sus húmedos brazos alrededor de él y lo sumergió rápidamente dentro del estanque, y las aguas se cerraron de nuevo. Cuando se hizo tarde, y el cazador no volvía a casa, su esposa se alarmó. Ella salió a buscarlo, y como a menudo él le decía que tenía que estar en guardia contra las trampas del hada, y no acercarse a la represa en la vecindad del molino, sospechó lo que podría haber pasado. Ella se apresuró al estanque, y cuando encontró su bolsa de caza en la orilla, ya no podría tener ninguna duda de la desgracia. Lamentando su pena, y torciendo sus manos, ella llamaba a su amado esposo por su nombre, pero todo fue en vano.

Ella corrió al otro lado del estanque, y lo llamó de nuevo; ella injurió al hada con palabras ásperas, pero ninguna respuesta llegaba. La superficie del agua permaneció tranquila, sólo la media luna estaba fija constantemente atrás. La pobre mujer no dejó el estanque. Con pasos precipitados, ella recorrió una y otra vez todo su alrededor, sin descansar un momento, a veces en silencio, a veces pronunciando un grito fuerte, a veces suavemente sollozando. Por fin sus fuerzas se agotaron y cayó a tierra profundamente dormida. Entonces un sueño tomó posesión de ella: soñaba que subía ansiosamente hacia arriba entre grandes masas de roca; espinas y brezos agarraban sus pies, gotas de lluvia golpeaban en su cara, y el viento sacudía su pelo largo sobre ella.

Cuando ya había alcanzado la cumbre, una vista completamente diferente se le presentó: el cielo era azul, el aire suave, la tierra se inclinaba suavemente hacia abajo, y en un prado verde y alegre, con flores de todos colores, se encontraba una bonita casita de campo. Ella se acercó y abrió la puerta; allí sentada estaba una anciana con el pelo blanco, que la llamó amablemente. En aquel mismo instante, la pobre mujer despertó, el día había alboreado ya, e inmediatamente se resolvió a actuar de acuerdo con su sueño. Laboriosamente subió la montaña; todo era exactamente como lo había visto en su sueño. La anciana la recibió amablemente, y le indicó una silla en la cual ella podría sentarse.

-”Tú debes de haber tenido una desgracia,”- dijo ella, -”puesto que has buscado mi solitaria casita de campo.”-

Con grandes lágrimas, la mujer relató lo que le había ocurrido.

-”Confórtate,”- dijo la anciana, -”Yo te ayudaré. Aquí tienes este peine de oro. Quédate hasta que la luna llena haya salido, luego ve a la represa del molino, siéntate en la orilla, y peina tu largo pelo negro con este peine. Cuando ya lo hayas hecho, ponlo en el suelo, y observa lo que pasará.”-

La mujer volvió a casa, pero el tiempo antes de que la luna llena viniera, pasaba despacio. Por fin el disco brillante apareció en el cielo, entonces salió hacia la represa de molino, se sentó y peinó su largo pelo negro con el peine de oro, y cuando hubo terminado, lo posó en el borde del agua. No pasó mucho rato cuando hubo un movimiento en las profundidades, una ola se elevó y rodó hasta la orilla, y arrastró el peine hacia las aguas. En no más tiempo que el necesario para el peine hundirse en el fondo, la superficie del agua se abrió en dos, y la cabeza del cazador emergió. Él no habló, pero miró a su esposa con miradas muy tristes.

De seguido, una segunda ola vino precipitadamente, y cubrió la cabeza del hombre. Todo desapareció y la represa del molino quedó tan pacífica como antes, y solamente la cara de la luna llena brillaba alrededor. Llena de pena, la mujer volvió a su casa, pero otra vez el sueño le mostró la casita de campo de la anciana. A la mañana siguiente ella salió otra vez y se quejó de sus infortunios a la sabia mujer. La anciana le dio una flauta de oro, y le dijo,

-”Quédate antes de que la luna llena salga otra vez, luego toma esta flauta; toca un aire hermoso con ella, y cuando hayas terminado, ponla en la arena; entonces observa lo que pasará.”-

La esposa hizo cuanto la anciana le dijo. Apenas quedó la flauta en la arena se oyó un conmovedor ruido en las profundidades, y una ola se precipitó y arrebató la flauta con ella.

Inmediatamente después el agua se separó, y no sólo la cabeza del hombre, sino la mitad de su cuerpo también se levantó sobre el agua. Él estiró sus brazos ansiosamente hacia ella, pero una segunda ola subió, lo cubrió, y lo arrastró hacia abajo otra vez.

-”¡Ay! ¿en qué me ayuda esto a mí?”- dijo la infeliz mujer, -”¡que sólo puedo ver a mi amado para perderlo otra vez!”-

La desesperación llenó su corazón de nuevo, pero el sueño la condujo una tercera vez a la casa de la anciana. Fue allá, y la mujer sabia le dio una rueca de oro, la consoló y le dijo,

-”Todo no está listo aún, quédate hasta el tiempo de la luna llena, luego toma la rueca, sièntate en la orilla, y haz girar el carrete hasta llenarlo, y cuando lo hayas hecho, coloca la rueca cerca del agua, y observa lo que pasará.”-

La mujer obedeció todo que ella dijo exactamente; y tan pronto como la luna llena se mostró, llevó la rueca de oro a la orilla, y trabajó laboriosamente hasta que el lino se consumió totalmente, y el carrete estuvo completamente lleno de hilos. Apenas estuvo la rueca puesta en la orilla, habo un movimiento más violento que antes en las profundidades del estanque, y una fuerte ola se precipitó, llevándose la rueca consigo. Inmediatamente la cabeza y el cuerpo entero del hombre se elevaron en el aire, sobre un chorro de agua. Él rápidamente saltó a la orilla, agarró a su esposa de la mano y huyó. Pero apenas habían recorrido una distancia muy pequeña, cuando el estanque entero se agitó con un rugido espantoso, y se derramó inundando todo el campo alrededor.

Los fugitivos creyeron ya ver la muerte ante sus ojos, cuando la mujer en su terror imploró la ayuda de la anciana, y en un instante ellos fueron transformados: él en un sapo, ella en una rana. La inundación que los había alcanzado no podía destruirlos, pero esto los separó y los llevó lejos una del otro.

Cuando el agua se había dispersado y ambos tocaron tierra firme otra vez, recobraron su forma humana, pero ninguno sabía donde estaba el otro; ellos se encontraron entre gente extraña, que no sabían de su tierra natal. Altas montañas y valles profundos se interponían entre ellos. A fin de mantenerse vivos, ambos se sintieron obligados a trabajar cuidando ovejas.

Durante mucho tiempo ellos condujeron sus rebaños por campos y bosques y se sentían llenos de pena y soledad. Cuando la primavera había empezado una vez más en la tierra, ambos salieron un día con sus rebaños, y cuando la casualidad lo permitió, ellos se acercaron el uno al otro. Ellos se encontraron en un valle, pero no se reconocieron entre sí; sin embargo se alegraron de que ya no estaban solos. De aquí en adelante cada uno de ellos condujo sus rebaños al mismo lugar; y aunque no hablaban mucho, se sentían consolados. Una noche, cuando la luna llena brillaba en el cielo, y las ovejas estaban ya en reposo, el pastor sacó la flauta de su bolsillo, y tocó con ella una melodía hermosa pero triste.

Cuando él había terminado de tocar, vio que la pastora lloraba amargamente.

-”¿Por qué estás llorando?”- le preguntó.

-”Ay,”- contestó ella, -”así brillaba la luna llena cuando toqué esa melodía en la flauta por última vez, y la cabeza de mi amado esposo se elevó sobre las aguas del estanque.”-

Él la miró, y pareció como si un velo se cayera de sus ojos, y reconoció entonces a su querida esposa, y cuando ella lo miró, y la luna brilló en su cara ella lo reconoció también. Ellos se abrazaron y besaron el uno al otro, y no hubo necesidad de preguntar si en adelante fueron muy felices.

Enseñanza:

Si se va a hacer un trato, hay que ver muy claramente todas las condiciones antes de comprometerse, no vaya a ser que aceptemos algo que no nos conviene.

Hermanos Grimm

Lobos y cabras, Dios y el Diablo

El Señor Dios había creado a muchos animales, y había elegido al lobo para ser su acompañante, pero no había aún terminado de crear a las cabras y las tenía en su proceso. Entonces el Diablo se preparó y comenzó a interferir también, y le puso a las cabras colas largas finas. Así, cuando ellas iban al pasto, generalmente se enredaban y permanecían agarradas en los setos por sus colas, y tuvo el Diablo que ir donde ellas y desenredarlas con mucho trabajo. Esto lo enfureció tanto, que fue y trozó la cola de cada una de las cabras, como puede ser visto hasta este día por el tocón. Entonces las dejó ir solas al pasto, pero sucedió que un día el Señor Dios percibió cómo en poco tiempo, en un sitio de su preferencia, ellas royeron un árbol fructuoso, y dañaron vides nobles, y destruían otras plantas sensibles en su búsqueda de alimento.

Esto lo apenó mucho, de modo que en su bondad y piedad él convocó a sus lobos para que ahuyentaran a las cabras que llegaran por allí. Cuando el diablo observó eso, fue donde el Señor y le dijo,

-”Tus criaturas han molestado a las mías”.-

El Señor contestó,

-”¿Por qué no les enseñas a no hacer daño?”-

El Diablo dijo,

-”No estoy obligado para hacerlo: en vista de que mis pensamientos siempre van dirigidos hacia el mal, no pienso en que puedan actuar de otra manera, y Tú debes pagarme por las molestias que me has causado ahuyentándolas.”-

-”Te pagaré tan pronto como todos los robles hayan botado todas sus hojas; ven entonces y tu paga estará entonces lista.”- le dijo el Señor Dios.

Cuando las hojas de los robles de la región habían caído, el Diablo vino y exigió lo que decía que le debían. Pero el Señor dijo,

-”Aún en la iglesia de Constantinopla hay un alto roble que todavía tiene todas sus hojas.”-

Con furia y diciendo maldiciones, el Diablo se marchó, y fue a buscar el roble. Vagó en el páramo durante seis meses antes de encontrarlo, y cuando él regresó al sitio de partida, todos los robles mientras tanto se habían cubierto otra vez con hojas verdes. Entonces él tuvo que resignarse a perder su indemnización, y en su rabia él transformó los ojos de todas las cabras, e hizo que se vieran desde entonces bien misteriosos.

Por eso es que las cabras tienen esos ojos tan particulares y sus colas son pequeñas, y también por eso es que los pintores se divierten pintando al diablo con cara parecida a una cabra pero poniéndole una cola larga con una flecha en su punta.

Enseñanza:

Ningún beneficio otorga el interferir en los trabajos de otros sin haber sido llamado.

Comentario:

En realidad las cabras son bellas creaturas amadas de Dios, todas dulces, pacíficas y llenas de bondad y amistad con los seres humanos y nos proveen con lácteos totalmente saludables. Amémoslas y tratémoslas con cariño.

Hermanos Grimm

Los tres aprendices

Había una vez tres aprendices, que habían consentido en mantenerse siempre juntos viajando, y trabajar siempre en la misma ciudad. Llegó un tiempo, sin embargo, en que sus maestros no tenían más trabajo para darles, de modo que al fin se vieron en dificultades económicas, y no tenían casi nada con que vivir. Entonces uno de ellos dijo,

-”¿Qué haremos? No podemos quedarnos aquí más tiempo, viajemos una vez más, y si no encontramos ningún trabajo en la ciudad, vamos a arreglarnos con el posadero allí, y acordaremos con él que nosotros vamos a escribirle y decirle donde nos encontramos cada uno, de modo que siempre podamos tener noticias el uno del otro, y luego nos separaremos.”- Y les pareció muy bien a los otros también.

Entonces se pusieron a andar, y en el camino se toparon con un hombre lujosamente vestido que les preguntó quiénes eran ellos.

-”Somos aprendices que buscamos trabajo; hasta este tiempo nos hemos mantenido juntos, pero si no podemos encontrar nada que hacer, vamos a separarnos.”-

-”No hay ninguna necesidad de eso,”- dijo el hombre, -”si ustedes hacen lo que les diré, no tendrán que buscar oro o trabajo; ¡no!, ustedes serán grandes señores, y conducirán sus propios carros!”-

Uno de ellos dijo,

-”Si nuestras almas y salvación no son puestas en peligro, lo haremos seguramente.”

-”No estarán en peligro,”- contestó el hombre, -”no tengo ninguna reclamación al respecto.”-

Uno de ellos le había mirado, sin embargo, a sus pies, y cuando vio que tenía un pie de caballo y un pie de hombre, no quiso que tuvieran algo que ver con él, adivinando la presencia del Diablo.

El Diablo, sin embargo, dijo,

“Tranquilos, no ando en busca de ustedes, sino en la de otra alma, cuya mitad ya es mía, y cuya totalidad va a llegar a serlo pronto.”-

Y ahora que se sentían seguros, consintieron, y el Diablo les dijo qué era lo que quería: Cada vez que les preguntaran algo, a cada pregunta el primero debía contestar,

-”Los tres,”-

y el segundo debía decir,

-”Por dinero,”-

y el tercero reafirmar,

-”Es correcto”-

Ellos siempre debían decir exactamene todo eso, uno tras otro, pero no debían decir una sola palabra más, y si ellos desobedecían esa orden, todo su dinero desaparecería inmediatamente, pero mientras que si la observaban, sus bolsillos siempre estarían llenos. Como un adelanto, el Diablo inmediatamente les dio tanto como ellos podrían llevar, y les dijo ir a tal y cual posada cuando ya estuvieran en la ciudad.

Ellos fueron a la dirección indicada, y el posadero vino a encontrarlos, y les preguntó si alguno deseaba algo para comer. El primero contestó,

- “Los tres,”-

-”Sí,”- dijo el anfitrión, “eso es lo que pensé.”-

El segundo dijo,

-”Por dinero.”-

-”Por supuesto,”- dijo el anfitrión.

Y el tercero dijo,

-”Es correcto”-

-”Seguro que es correcto,”- dijo el anfitrión.

Buena carne y bebida les fueron traídas ahora, y fueron muy bien atendidos. Después de la comida vino el cobro, y el posadero dio la cuenta a uno de ellos quien dijo,

- “Los tres,”-

el segundo dijo,

-”Por dinero,”- y el tercero,

-”Es correcto”-

-”En efecto es correcto,”- dijo el anfitrión, -”todos los tres pagan, y sin dinero no puedo darles nada.”-

Ellos, sin embargo, pagaron todavía más de lo que él les había cobrado. Los otros huéspedes, que miraban atentos, dijeron,

-”Esta gente debe estar loca.”-

-”Sí, en efecto, así parece,”- dijo el anfitrión, -”se ve que no son muy preparados.”

Desde entonces ellos se quedaron algún tiempo en la posada, y no decían nada más que,

- “Los tres,”-

“Por dinero,”- y

-”Es correcto”-

Pero ellos observaban y captaban cuidadosamente todo lo que iba sucediendo en la posada.

Sucedió que un día llegó un gran comerciante con una suma grande de dinero, y dijo,

-”Señor, guárdeme mi dinero bien, pues esos tres aprendices locos podrían robármelo.”-

El anfitrión hizo lo que le pidió. Cuando él anfitrión le llevaba la maleta a su cuarto, sintió que estaba bien pesada con el oro. Entonces él le dio a los tres aprendices un alojamiento abajo, pero al comerciante lo puso arriba en un apartamento separado. Cuando fue la medianoche, y el anfitrión pensó que ya todos estaban dormidos, vino con su esposa, y entre los dos golpearon y mataron al mercante rico; y luego se acostaron otra vez.

Cuando amaneció había un gran bullicio; el comerciante estaba muerto en su cama. Todos los huéspedes corrieron inmediatamente pero el anfitrión dijo,

-”Los tres aprendices locos han hecho esto;”-

y los inquilinos lo aprobaron diciendo,

“No puede haber sido nadie más.”-

El posadero, llamando a los aprendices les preguntó,

-”¿Han matado ustedes al comerciante?”-

- “Los tres,”- dijo el primero,

-”Por dinero,”- dijo el segundo; y el tercer añadió,

-”Es correcto”-

-”Oigan ustedes,”- dijo el anfitrión a los huépedes, -”ellos mismos lo admiten.”

Fueron entonces llevados a la prisión, y por lo tanto, debían ser juzgados. Cuando ellos vieron que las cosas iban tan serias, después de todo tuvieron miedo, pero por la noche el Diablo vino y les dijo,

-”Aguanten solamente un día más, y no teman por su suerte, que ni siquiera un pelo de su cabeza será maltratado.”

A la mañana siguiente ellos fueron conducidos a la sala de juicios, y el juez preguntó,

-”¿Son ustedes son los asesinos?”-

- “Los tres,”-

-”¿Por qué mataron al comerciante?”-

-”Por dinero.”-

-”Ustedes, malos desgraciados, ¿no se horrorizan de sus pecados?”-

-”Es correcto”- termino diciendo el tercero.

-”Ellos lo han admitido, y son todavía tan obstinados,”- dijo el juez, -”¡condúzcanlos a la muerte al instante!”-

Entonces ellos fueron sacados, y el anfitrión tuvo que ir acompañándolos. Cuando fueron cogidos por los ayudantes del verdugo, e iban a ser conducidos hasta el andamio donde el verdugo estaba de pie con la espada desnuda, un coche tirado por cuatro caballos castaños de raza, subió de repente, y corría tan rápido que destellaba fuego entre las piedras, y alguien hizo señales desde la ventana con un pañuelo blanco.

Entonces dijo el verdugo,

-”Eso parece ser un aviso de perdón,”- y en efecto

-”¡Perdón! ¡Perdón!”- se oyó decir desde el carro.

Entonces el Diablo salió como un señor muy noble, maravillosamente vestido, y dijo,

-”Ustedes tres son inocentes; pueden contar ahora y hacer público lo que han visto y han oído.”-

Entonces dijo el mayor,

-”No matamos al comerciante, el asesino está de pie junto a nosotros,” y señaló al posadero.

“Como prueba de ello, vayan a su sótano, donde todavía cuelgan muchos otros a quienes él ha matado.”-

Entonces el juez envió a los hombres del verdugo allá, y encontraron que era cierto lo que los aprendices dijeron, y cuando informaron al juez de eso, él hizo que el posadero fuera condenado. Entonces dijo el Diablo a los tres,

-”Ahora ya tengo el alma malvada que buscaba completar, y ustedes, por tener buenas almas, son libres, y pueden dejarse el dinero para el resto de sus vidas.”-

Enseñanza:

Cumplir correctamente con los acuerdos hechos, resulta en la obtención de sus beneficios.

Hermanos Grimm

El par de pilluelos

Dijo una vez un gallo a una gallina,

-”Esta es la época en que nuestras nueces están maduras, vamos a la colina juntos y nos hartamos antes de que la ardilla se las lleve todas.”-

-”Sí,”- contestó la gallina, -”vamos y tendremos un poco de placer juntos.”-

Entonces se marcharon a la colina, y fue un día tan brillante que ellos se quedaron hasta la tarde. Ahora no sé si era que ellos habían comido tanto que se engordaron, o si por causa de las nueces se habían hecho orgullosos, pero el caso es que no querían irse a casa a pie, y el gallo tuvo que construir un pequeño carro de cáscaras de nuez. Cuando estuvo listo, la pequeña gallina se sentó en él y le dijo al gallo,

-”Ahora sólo ponte las amarras”-

-”¡Me gusta como estoy ahora!”- dijo el gallo, “prefiero irme a casa a pie a dejarme ser enjaezado; no, así no es nuestro trato. No me opongo a ser el cochero y sentarme en la caja de mando, pero arrastrarlo yo mismo, eso no.”

Mientras discutían así, una pata llegó a ellos diciendo,

-”Ustedes ladrones, ¿quién les dijo que vinieran a mi colina de nueces? ¡Pues van a sufrir por ello!”-, y con el pico abierto corrió hacia el gallo.

Pero el gallo no estaba descuidado, y como buen luchador cayó vigorosamente sobre la pata, y golpeándola con sus espuelas hizo que tuviera que pedirle piedad y que aceptara con mucho gusto dejarse ser enjaezada al carro como reprimenda. El gallo entonces se sentó en la caja de mando y fue el cochero, y así se marcharon al galope, diciéndole a la pata:

-”¡Corre tan rápido como puedas!”-

Cuando habían conducido una parte del camino, encontraron a dos pasajeros de un solo pie: un alfiler y una aguja. Ellos gritaron,

-”¡Paren, por favor! ¡paren!”-

y les dijeron que pronto estaría tan oscuro que no podrían dar un paso adelante, y que el camino estaba muy polvoriento, y preguntaron si no podrían viajar en el carro por un rato.

Ellos habían estado en la puerta del taller del sastre, y se habían quedado demasiado tiempo junto a la cerveza. Como ellos eran gente delgada, que no necesitaban mucho espacio, el gallo los dejó entrar, pero tuvieron que prometerle a él y a la gallina que no se posaran en sus pies. Ya al atardecer llegaron a una posada, y como no les gustaba seguir adelante de noche, y además que la pata tenía ya cansados sus pies, se bajaron del carro y entraron. El anfitrión al principio hizo muchas objeciones, su casa ya estaba llena, además él pensó que podrían no ser muy distinguidas personas; pero por fin, como ellos se presentaron en forma muy agradable, y le dijeron que él podría dejarse el huevo que la gallina había puesto por el camino, y que también podría quedarse igualmente con la pata, que pone un huevo cada día, él por fin dijo que podrían permanecer durante la noche.

Y ahora ellos se sentían muy bien, y se habían banqueteado y alegrado. De madrugada, cuando el día rompía, y todos dormían, el gallo despertó a la gallina, trajo el huevo, lo picoteó y lo abrió, y lo comieron juntos, y ellos lanzaron la cáscara en el hogar. Entonces fueron donde la aguja que estaba todavía dormida, la tomaron por la cabeza y la pegaron en el cojín de la silla del propietario, y pusieron al alfiler en su toalla, y por último, sin más preámbulos, se fueron volando sobre el brezal. La pata, que gustaba dormir al aire libre y se había quedado en el jardín, los oyó marcharse, se puso contenta y caminando encontró un arroyo, en el que nadó, ya que era un modo mucho más rápido de viajar que ser enjaezada a un carro.

El anfitrión no salió de la cama sino hasta dos horas después de todo aquello; él se lavó y quiso secarse, entonces el alfiler rasgó su cara e hizo una raya roja a lo largo de un oído al otro. Luego él entró en la cocina y quiso encender un leño, pero cuando llegó al hogar la cáscara de huevo saltó como una flecha hacia sus ojos.

-”Esta mañana todo ataca a mi cabeza,”- dijo él,

y furiosamente se sentó en la silla de su abuelo, pero rápidamente brincó otra vez y gritó,

-”El Infortunio soy yo,”- pues la aguja lo había pinchado todavía peor que el alfiler, y no en la cabeza.

Ahora él estaba totalmente enojado, y sospechó de los invitados que habían llegado tarde la noche anterior, pero cuando fue a buscarlos, ya no estaban. Entonces él hizo un voto de no aceptar a más pilluelos en su casa, ya que ellos consumen mucho, no pagan, y gastan bromas pesadas como su forma de agradecer.

Enseñanza:

A la hora de hacer un negocio, es mejor garantizarse la paga antes de realizarlo.

Hermanos Grimm

Nieve Blanca y Rosa Roja

Había una vez una viuda pobre que vivía en una casita de campo sola. Delante de la casita de campo tenía un jardín en donde había dos rosales, uno de los cuales daba rosas blancas y el otro rosas rojas. Ella tenía dos hijas jóvenes que se parecían a los dos rosales, y a una la llamó Nieve Blanca, y a la otra Rosa Roja. Ellas estaban tan bien y eran tan felices, tan ocupadas y alegres como alguna vez dos muchachas en el mundo lo fueran. Nieve Blanca era más tranquila y gentil que Rosa Roja. Rosa Roja gustaba más correr en los prados y campos buscando flores y cogiendo mariposas; Blanca Nieve se sentaba en casa con su madre, y le ayudaba a ella con su trabajo de la casa, o le leía cuando no había otra cosa para hacer.

Las dos jóvenes eran tan aferradas cada una a la otra, que ellas siempre iban de la mano cuando salían juntas, y cuando Nieve Blanca decía,

-”No nos abandonaremos la una a la otra,”-

Rosa Roja contestaba,

-”Nunca mientras vivamos,”-

y su madre añadía,

-”Lo que una tiene lo comparte siempre con la otra.”-

Ellas a menudo corrían por el bosque solas y juntaban bayas rojas, y ninguna bestia les hacía daño, y éstas se acercaban a ellas confiadamente. La pequeña liebre comía hojas de col de sus manos, el corzo pastada a su lado, el venado saltaba alegremente cerca de ellas, y las aves se quedaban quietas sobre las ramas cantando sus trinos. Ninguna desgracia las alcanzó; si ellas se quedaban demasiado tarde en el bosque, y la noche llegaba, ellas se arrecostaban cerca una de la otra sobre el musgo, y dormían hasta que la mañana viniera, y su madre sabía esto y no tenía ninguna angustia al respecto.

Una vez cuando ellas habían pasado la noche en la foresta y el alba las había despertado, vieron a un niño hermoso con un vestido blanco brillante sentado cerca de sus lechos. Él se levantó y miró amablemente hacia ellas, pero no dijo nada y se marchó en el bosque. Cuando ellas miraron alrededor, encontraron que habían estado durmiendo cerca de un precipicio, y habrían caído seguramente en él en la oscuridad si hubieran avanzado sólo unos pasos más adelante. Y su madre les dijo que debe haber sido el ángel que protege a las muchachas buenas.

Nieve Blanca y Rosa Roja mantenían la pequeña casita de campo de su madre tan ordenada que era un gran placer mirar dentro de ella. En el verano Rosa Roja estaba al cuidado de la casa, y cada mañana ponía una corona de flores por la cama de su madre antes de que ella despertara, en la que había flores de ambos rosales. En el invierno Nieve Blanca encendía el fuego y colgaba la caldera sobre el fogón. La caldera era de cobre y brillaba como el oro, de lo tan finamente que la pulían. Por la tarde, cuando los copos de nieve caían, la madre decía,

-”Ve, Nieve Blanca, y échale el cerrojo a la puerta,”-

y luego ellas se sentaban alrededor del hogar, y la madre tomaba sus gafas y leía en voz alta de un libro grande, y las dos muchachas escuchaban atentas tranquilamente sentadas. Y cerca de ellas había un cordero sobre el suelo, y detrás de ellas, sobre una percha, estaba una paloma con su cabeza escondida bajo sus alas.

Una tarde, cuando ellas se sentaban así cómodamente juntas, alguien llamó a la puerta como si deseara ser dejado entrar. La madre dijo,

-”Rápido, Rosa Roja, abre la puerta, debe ser un viajero que busca refugio.”-

Rosa Roja se levantó, fue y empujó atrás el cerrojo, pensando que era un hombre pobre, pero no, era un oso que estiró su amplia cabeza negra dentro de la puerta.
Rosa Roja gritó y saltó hacia atrás, el cordero baló, la paloma revoloteó, y Nieve Blanca se escondió detrás de la cama de su madre. Pero el oso comenzó a hablar y dijo,

-”¡No tengan miedo, no les haré daño! Tengo mucho frío, y sólo quiero calentarme un poco al lado de ustedes.”

-”Pobre oso,”- dijo la madre, -”acércate al lado del fuego, sólo ten cuidado de no quemar tu piel.”-

Entonces ella dijo en voz alta,

-”Nieve Blanca, Rosa Roja, salgan, el oso no les hará daño, él es bueno.”-

Ambas salieron, y con el tiempo el cordero y la paloma también se acercaron y no tuvieron miedo de él. El oso dijo,

-”Aquí, muchachas, por favor sacudánme la nieve que tengo sobre mi piel;”-

Ellas trajeron la escoba y barrieron la nieve, dejando al oso limpio; y él se estiró al lado del fuego y gruñó contentamente y cómodamente.

Y ellas pasaron tranquilamente en su casa, y gastaban bromas y jugaban con su invitado especial. Ellas tiraban de su pelo con sus manos, ponían sus pies sobre su espalda y lo hacían rodar, o tomaban una suave rama de avellana y lo golpeaban cariñosamente, y cuando él gruñía ellas se reían.

Pero el oso tomó todo esto de buen modo, y sólo cuando ellas eran demasiado ásperas él les decía,

-”Por favor, déjenme vivir, muchachas.
Nevita Blanca, Rosita Roja:
¿Golpearían ustedes a quien las ama muerto?”-

Cuando ya era la hora de acostarse, y las jóvenes se habían ido a dormir, la madre dijo al oso,

-”Usted puede dormir allí por el hogar, y así estará protegido del frío y del mal tiempo.”-

Tan pronto como el día llegó, las dos jóvenes le abrieron la puerta, y él se internó a través de la nieve en el bosque.

De aquí en adelante el oso vino cada tarde a la misma hora, se posaba por el hogar, y dejaba a las jóvenes divertirse con él tanto como quisieran; y ellas se hicieron tan allegadas a él que las puertas nunca fueron sujetadas hasta tanto su amigo negro no hubiera llegado.
Cuando la primavera llegó y todo el exterior era verde, el oso dijo una mañana a Nieve Blanca,

-”Ahora debo marcharme, y no puedo volver por todo el verano.”-

-”¿ Y adónde irá usted, entonces, querido oso?”- preguntó Nieve Blanca.

-”Debo entrar en el bosque y proteger mis tesoros de los duendes malos. En el invierno, cuando la tierra está congelada con fuerza, ellos están obligados a quedarse en sus cuevas y no pueden trabajar a su manera; pero ahora, cuando el sol ha descongelado y calentado la tierra, ellos salen para curiosear y robar; y lo que una vez entra en sus manos y en sus cuevas, no vuelve a ver la luz del día otra vez facilmente.”-

Nieve Blanca se entristeció mucho de que su amigo se marchara, y cuando ella desatrancó la puerta para él, y el oso, al ir apresurado, se prensó contra el cerrojo y un pedazo de su piel peluda se le arrancó, y a Nieve Blanca le pareció como si hubiera visto brillar oro por ello, pero ella no estaba del todo segura. El oso se corrió rápidamente, y pronto estuvo fuera de la vista detrás de los árboles.

Poco tiempo después la madre envió a sus hijas al bosque para conseguir leña. Allí ellas encontraron un árbol grande talado en la tierra, y cerca del tronco algo brincaba de acá para allá en la hierba, pero no podían distinguir qué era. Cuando miraron más de cerca vieron a un duende con una vieja cara malhumorada y una barba como de un metro de largo, y blanca también como la nieve. El final de la barba estaba prensado en una grieta del árbol, y el pequeño compañero brincaba de acá para allá como un perro atado a una cuerda, y no sabía que hacer.

Él fulminó con la mirada a las muchachas con sus ojos rojos encendidos y gritó,

-”¿Qué hacen ustedes allí de pie?, ¿No pueden venir a ayudarme?”-

-”¿Y que hace usted allí, pequeño hombre?”-, preguntó Rosa Roja.

-”¡Ah, ustedes gansas estúpidas, entrometidas!”-, contestó el duende; -”Yo iba a talar el árbol para conseguir un poco de madera para cocinar. El poco alimento que uno de nosotros necesita es quemado directamente con troncos gruesos; no tragamos tanto como ustedes, torpes, avaras. Yo acababa de poner la cuña sin peligro, y todo iba como deseé; pero la desgraciada madera era demasiado lisa y de repente saltó el trozo, y el árbol cayó tan rápidamente que yo no pude sacar mi hermosa barba blanca; ¡ahora está tan prensada que no puedo escaparme, y ustedes cara de leche, sudorosas, riéndose! ¡Puf! ¡qué detestables son!”-

Las muchachas intentaron con fuerza, pero no pudieron sacar la barba, que estaba sujeta muy fuertemente.

-”Iré a buscar a alguien más,”- dijo Rosa Roja.

-”¡Usted gansa insensata!”- gruñó el duende; -”¿por qué debería traer a alguien más?. Ustedes dos ya son demasiado para mí; ¿no puede pensar en algo mejor?”-

-”No sea impaciente,”- dijo Nieve Blanca, -”le ayudaré,”- y sacó sus tijeras de su bolsillo, y cortó el final de la barba.

Tan pronto como el enano se sintió libre, se acercó a un bolso que estaba entre las raíces del árbol, y que estaba lleno de oro, y levantándolo se quejaba diciéndose a sí mismo:

-”¡Gente grosera, cortar un pedazo de mi fina barba! ¡Que tengan mala suerte!” y luego balanceó el bolso sobre su espalda, y se marchó sin volver a mirar para atrás.

Algún tiempo después Nieve Blanca y Rosa Roja fueron a pescar. Cuando llegaron cerca del arroyo vieron algo como un saltamontes grande que brincaba en dirección al agua y retornaba. Ellas corrieron y encontraron que era el mismo enano.

-”¿Hacia dónde va usted?”- preguntó Rosa Roja; -”¿Seguramente que no quiere entrar en el agua?”-

-”¡No soy tan tonto!”- gritó el enano; -”¿No ve usted que el maldito pescado quiere llevarme?”-

El pequeño hombre había estado sentando allí tratando de pescar, y desgraciadamente el viento había enroscado su barba con el sedal; en ese momento un pez grande mordió el anzuelo, pero la débil criatura no tenía la fuerza para sacar al pez; el pescado llevaba la ventaja y tiraba al enano hacia él. Él se agarró a todas las cañas y juncos, pero no le ayudaban y fue obligado a seguir los movimientos del pez, y estaba en peligro inminente de ser arrastrado al torrente.

Las muchachas vinieron justo a tiempo; ellas lo sostuvieron rápido y trataron de liberar su barba de la cuerda, pero todo era en vano, barba y cuerda fueron enredadas rápidamente. Nada quedaba por hacer sino sacar las tijeras y cortar la barba, por lo cual un pedazo de ella se perdió. Cuándo el enano vio aquello gritó,

-”¿Es eso civilizado?, usted hongo venenoso, desfigurar la cara de alguien ¿No era bastante para anteriormente cortar el final de mi barba? Ahora usted ha cortado la mejor parte de ella. No puedo dejarme ser visto por mi gente. ¡Desearía que usted hubiera sido hecha sólo para gastar las suelas de sus zapatos!”-

Entonces él agarró un saco de perlas que estaba entre los juncos, y sin decir una palabra más lo alzó y desapareció detrás de una piedra.

Resulta que otro día la madre las envió a la ciudad para comprar agujas e hilo, y cordones y cintas. El camino las condujo a través de un brezal sobre el cual había pedazos enormes de roca esparcidos por aquí y allá. En eso ellas notaron a una ave grande que se ciernía en el aire, volando despacio una y otra vez alrededor de donde estaban ellas; y el ave volaba más abajo y más abajo, y por fin se posó cerca de una roca no muy lejos. Inmediatamente ellas oyeron un grito fuerte, lastimoso. Corrieron y vieron con horror que el águila había agarrado a su viejo conocido, el duende, e iba a llevárselo. Las muchachas, todas piadosas, inmediatamente agarraron al pequeño hombre, y tiraron contra el águila tanto rato, que por fin ella abandonó a su presa. Tan pronto como el enano se había repuesto del impacto, gritó con su voz chillona,

-”¡Debieron haberlo hecho con más cuidado! ¡Ustedes arrastraron mi abrigo marrón de modo que quedó todo rasgado y lleno de agujeros, ustedes criaturas torpes, insensatas!”-

Entonces él tomó un saco lleno de gemas, y se escabulló otra vez bajo la roca en su agujero. Las muchachas, que para estas fechas ya se habían acostumbrado a aquel ingrato enano, continuaron su camino e hicieron su mandado en la ciudad.

Cuando ellas cruzaban el brezal otra vez de regreso en su camino a casa, sorprendieron al duende, que había vaciado su bolso de gemas en un punto limpio, y no había pensado que alguien pasaría por allí tan tarde. El sol de la tarde resplandecía sobre las piedras brillantes; y brillaban y centelleaban con colores tan maravillosos que ellas se quedaron quietas mirándolas.

-”¿Por qué están ahora de pie quietas allí?”-, gritó el duende, y su cara pálida gris se puso toda roja con la rabia.

Él seguía con sus malas palabras e insultos, cuando de pronto se oyeron unos gruñidos fuertes, y un oso negro vino trotando hacia ellos desde el bosque. El enano se asustó terriblemente, y no podía ponerse a salvo en su cueva, ya que el oso le había bloqueado la entrada. Entonces apoderado por el terror, gritó,

-”Querido Sr. Oso, sálveme, le daré todos mis tesoros; ¡mira las hermosas joyas que están allí! Concédame la vida; ¿qué disfrutaría usted con un pequeño compañero tan delgado como yo? al morderme usted no me sentiría entre sus dientes. Venga, tome a estas dos feas muchachas, ellas son bocados muy gratos para usted, tienen grasa como codornices jóvenes; ¡por piedad, cómelas a ellas!”-

El oso no puso atención a sus palabras, y golpeando a la mala criatura con su pata, el duende fue a golpearse su cabeza contra una roca y no se movió nunca más.
Las muchachas habían corrido asustadas, pero el oso las llamó:

-”Nieve Blanca, Rosa Roja, no tengan miedo; esperen, iré con ustedes.”-

Entonces ellas reconocieron su voz y lo esperaron, y cuando él las alcanzó, de repente su piel cayó, y apareció de pie allí, un hermoso joven, vestido con trajes de oro.

-”Soy el hijo de un Rey,”- dijo él, -”y fui encantado por aquel malo duende que había robado mis tesoros; he tenido que correr todo el bosque como un oso salvaje hasta que fui liberado por su muerte. Ahora él recibió su propio castigo bien merecido.”-

Nieve Blanca se casó con el príncipe, y Rosa Roja con el hermano de él, y entre ellos dividieron el gran tesoro que el duende había recogido en su cueva. La señora madre vivió pacífica y felizmente con sus hijas durante muchos años más. Ella cuidó los dos rosales con mucho cariño y los mantuvo al frente de su ventana, y continuamente le brindaban las rosas más hermosas, blancas y rojas.

Enseñanza:

El buen trato siempre da buenos frutos.

Diario Vasco

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