El patito feo

Unas Navidades hicimos un viaje rápido a París. La Ciudad de las Luces que tanto nos hace suspirar. Debo decirles que al cochecito que llevábamos para mi hija Laïyna (los mejicanos llamamos a este artilugio carilla) le hacía falta un poco de aceite, por lo que hacía un ruidito cadencioso como si hubiéramos atropellado a un pato y el animalejo siguiera atrapado en la rueda haciendo pío pío.

Una tarde, la noche nos alcanzaba en la calle, las luces navideñas de la ciudad ya estaban encendidas, hacía frío pero nosotros sentíamos ese calorcito que da estar buena compañía y en estas fechas. Me di cuenta de que con el va y ven del pato tragado por la llanta del cochecito, al pasar junto a los árboles, los pajaritos de la ciudad se iban despertando uno a uno y contestaban al pato de la rueda cada vez que él hacía pío pío.

Bueno, ahora retrocediendo en el tiempo, creo que el animalejo atrapado en la llanta del cochecito de mi hija en realidad no era un pato sin un pajarito disfrazado de pato. Y me pregunto qué dirían al ahora pajarito los pájaros de los árboles despertados y sorprendidos por el pío pío de la llanta del cochecito, quien sabe, tal vez ¿qué haces despierto? o ¿vas cómo en la rueda?

Y así terminamos el paseo por las heladas calles de París, aquella tarde de vacaciones navideñas, en buena compañía, con el canto anunciado de los pájaros en cada árbol y un pato (ahora pajarito) en la llanta de la carilla de mi hija.

 

Giovanna Sánchez Di Castro

La gatita Marilyn

Érase una vez, en un tejado de Madrid, una gata cariñosa que se llamaba Marilyn. Un día un gato se enamoró y muchos ronroneos le dedicó. Al cabo de dos meses nacieron cuatro gatitos, todos con los ojos muy pegadizos. Un día los abrieron y la gata Marilyn decidió pasearles para enseñarles Madrid; pero el más pequeño de todos, negro como el carbón, se despistó del grupo al ver un ratón. Era Navidad y las luces brillaban, pero Marilyn solo pensaba en su criatura extraviada; mientras el gatito las calles recorría, maullando «¡Mami!» por si alguien le oía. Una perra gordota que por allí pasaba decidió que «no sería mala cosa si le alimentaba». El pequeño enseguida dejó de maullar, pero a su madre no podía olvidar. Aunque su nueva amiga le cuidaba fenomenal, la madre de uno no tiene igual.

Entendiendo la perra la pena del gato, decidió indagar por su cuenta un rato; y para que el pequeño no cogiese frío debajo de un motor, le hizo un nido. La madrugada llegó y alguien el colche abrió. El minino asustado lloraba desconsolado, pero el precavido conductor a tiempo al gatito cogió.

Pensó que sería una buena sorpresa para su novia Teresa. ¡Qué alegría y alboroto cuando el chico entró, y en el suelo al gatito dejó! Teresa reía sin parar y la gatita Marilyn se puso a llorar.

¡Muchas sardinas y merluza comieron!

Algunas noches, si te asomas por la ventana, verás a la gatita Marilyn maullando «Buenas noches, hasta mañana».

Thais González

El milano que quiso relinchar

Tuvo antiguamente el milano otra voz, una voz penetrante. Pero oyó un día a un caballo relinchar admirablemente, y lo quiso imitar. Pero a pesar de todos sus intentos, no logró adoptar exactamente la voz del caballo y perdió además su propia voz. Así, quedó sin la voz del caballo y sin su voz antigua.

Nunca te dispongas a imitar las cualidades ajenas si no tienes la preparación y condiciones adecuadas para hacerlo, so pena de quedar como un vulgar y fracasado envidioso.

Esopo

El ratón y la rana

Un ratón de tierra se hizo amigo de una rana, para desgracia suya. La rana, obedeciendo a desviadas intenciones de burla, ató la pata del ratón a su propia pata. Marcharon entonces primero por tierra para comer trigo, luego se acercaron a la orilla del pantano. La rana, dando un salto arrastró hasta el fondo al ratón, mientras que retozaba en el agua lanzando sus conocidos gritos. El desdichado ratón, hinchado de agua, se ahogó, quedando a flote atado a la pata de la rana. Los vio un milano que por ahí volaba y apresó al ratón con sus garras, arrastrando con él a la rana encadenada, quien también sirvió de cena al milano.

Toda acción que se hace con intenciones de maldad, siempre termina en contra del mismo que la comete.

Esopo

El ratón campestre y el cortesano

Un ratón campesino tenía por amigo a otro de la corte, y lo invitó a que fuese a comer a la campiña. Mas como sólo podía ofrecerle trigo y yerbajos, el ratón cortesano le dijo:

- ¿Sabes amigo, que llevas una vida de hormiga ? En cambio yo poseo bienes en abundancia. Ven conmigo y a tu disposición los tendrás.

Partieron ambos para la corte. Mostró el ratón ciudadano a su amigo trigo y legumbres, higos y queso, frutas y miel. Maravillado el ratón campesino, bendecía a su amigo de todo corazón y renegaba de su mala suerte. Dispuestos ya a darse un festín, un hombre abrió de pronto la puerta. Espantados por el ruido los dos ratones se lanzaron temerosos a los agujeros. Volvieron luego a buscar higos secos, pero otra persona incursionó en el lugar, y al verla, los dos amigos se precipitaron nuevamente en una rendija para esconderse. Entonces el ratón de los campos, olvidándose de su hambre, suspiró y dijo al ratón cortesano:

- Adiós amigo, veo que comes hasta hartarte y que estás muy satisfecho; pero es al precio de mil peligros y constantes temores. Yo, en cambio, soy un pobrete y vivo mordisqueando la cebada y el trigo, mas sin congojas ni temores hacia nadie.

Es tu decisión escoger el disponer de ciertos lujos y ventajas que siempre van unidos a congojas y sosobras, o vivir un poco más austeramente pero con más serenidad.

Esopo

Los ratones y las comadrejas

Se hallaban en contínua guerra los ratones y las comadrejas. Los ratones, que siempre eran vencidos, se reunieron en asamblea, y pensando que era por falta de jefes que siempre perdían, nombraron a varios estrategas. Los nuevos jefes recién elegidos, queriendo deslumbrar y distinguirse de los soldados rasos, se hicieron una especie de cuernos y se los sujetaron firmemente.

Vino la siguiente gran batalla, y como siempre, el ejército de los ratones llevó las de perder. Entonces todos los ratones huyeron a sus agujeros, y los jefes, no pudiendo entrar a causa de sus cuernos, fueron apresados y devorados.

Cuando adquieras puestos de alto nivel, no te vanaglories, pues mucho mayor que la apariencia del puesto, es la responsabidad de cumplir lo encomendado.

Esopo

El gato y las ratas

Había una casa invadida de ratas. Lo supo un gato y se fue a ella, y poco a poco iba devorando las ratas. Pero ellas, viendo que rápidamente eran cazadas, decidieron guardarse en sus agujeros.

No pudiendo el gato alcanzarlas, ideó una trampa para que salieran. Trepó a lo alto de una viga, y colgado de ella se hizo el muerto. Pero una de las ratas se asomó, lo vio y le dijo:

– ¡ Oye amiguito, aunque fueras un saco de harina, no me acercaría a tí !

Los malvados, cuando no pueden dañar a sus víctimas directamente, buscan un atrayente truco para lograrlo. Cuídate siempre de lo que te ofrecen como muy lindo y atrayente.

Esopo

El cisne tomado por ganso

Un hombre muy rico alimentaba a un ganso y a un cisne juntos, aunque con diferente fin a cada uno: uno era para el canto y el otro para la mesa.

Cuando llegó la hora para la cual era alimentado el ganso, era de noche, y la oscuridad no permitía distinguir entre las dos aves. Capturado el cisne en lugar del ganso, entonó su bello canto preludio de muerte. Al oír su voz, el amo lo reconoció y su canto lo salvó de la muerte.

Antes de tomar una acción sobre alguien o algo, ya sea que le beneficie o perjudique, primero debemos asegurarnos de su verdadera identidad.

Esopo

La víbora y la culebra de agua

Una víbora acostumbraba a beber agua de un manantial, y una culebra de agua que habitaba en él trataba de impedirlo, indignada porque la víbora, no contenta de reinar en su campo, también llegase a molestar su dominio.

A tanto llegó el enojo que convinieron en librar un combate: la que consiguiera la victoria entraría en posesión de todo.

Fijaron el día, y las ranas, que no querían a la culebra, fueron donde la víbora, excitándola y prometiéndole que la ayudarían a su lado.

Empezó el combate, y las ranas, no pudiendo hacer otra cosa, sólo lanzaban gritos.

Ganó la víbora y llenó de reproches a las ranas, pues en vez de ayudarle en la lucha, no habían hecho más que dar gritos. Respondieron las ranas:

– Pero compañera, nuestra ayuda no está en nuestros brazos, sino en las voces.

En la lucha diaria tan importante es el estímulo como la acción.

Fábulas de Esopo

La víbora y la lima

A un taller de un herrero entró una víbora, pidiéndole caridad a las herramientas. Después de recibir algo de todas, faltando sólo la lima, se le acercó y le suplicó que le diera alguna cosa.

– ¡ Bien engañada estás — repuso la lima — si crees que te daré algo. Yo que tengo la costumbre, no de dar, sino de tomar algo de todos !

Nunca debes esperar obtener algo de quien sólo ha vivido de quitarle a los demás.

Fábulas de Esopo

Diario Vasco

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