La serpiente blanca

Hace mucho tiempo vivía un rey, famoso en todo el país por su sabiduría. Nada le era oculto; y parecía que por el aire le llegaban las noticias de las cosas más desconocidas y secretas. Pero tenía una extraña costumbre. Todos los días, después de la cena, cuando la mesa había sido retirada y cuando nadie se hallaba presente, un criado de confianza le servía un plato más. Estaba tapado, y ni siquiera el criado sabía lo que contenía, pues el Rey no lo descubría ni lo comía hasta encontrarse completamente solo.

Las cosas siguieron así durante mucho tiempo, hasta que un día al criado que retiraba el plato, le entró una curiosidad irresistible, y después de retirar el plato, lo llevó a su propia habitación. Cerró la puerta con todo cuidado, levantó la tapadera y vio que en la bandeja yacía una serpiente blanca. No pudo resistir el antojo de probarla, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca.
Apenas lo hubo tocado con la lengua, cuando oyó un extraño susurro de suaves voces que venían de afuera de la ventana. Él fue y escuchó con detenimiento, y observó que eran gorriones que hablaban entre sí, contándose mil cosas que vieran en los campos y bosques. Al comer aquel pedacito de serpiente había recibido el don de entender el lenguaje de los animales.

Sucedió que aquel mismo día se extravió la sortija más valiosa de la Reina, y la sospecha del robo recayó sobre el fiel criado que tenía acceso a todo lugar del palacio. El Rey le mandó comparecer a su presencia, y con duras palabras le amenazó, diciéndole que si para el día siguiente no lograba descubrir al ladrón, la culpa recaería en él y sería severamente castigado. En vano argumentó su inocencia; y fue retirado sin lograr una mejor respuesta.

Con su problema y angustia, bajó al patio, pensando en la manera de salir del apuro. En eso algunos patos descansaban tranquilamente en el arroyo, y mientras se alisaban las plumas con el pico, sostenían una animada conversación. El criado se detuvo a escucharlos.

Conversaban sobre dónde habían pasado la mañana y lo que habían encontrado para comer. Uno de ellos dijo algo disgustado:

-”Siento muy pesado el estómago. Por estar comiendo de prisa, me tragué una sortija que estaba al pie de la ventana de la Reina.”-

Inmediatamente, el criado lo agarró por el cuello, lo llevó a la cocina y dijo al cocinero:

- Éste es un buen pato, que ya está en buena condición para la cena.”-

- “Cierto”- dijo el cocinero sopesándolo con la mano, -”él no ha tenido reparo en engordar por sí mismo, y hace días que estaba esperando ir al asador.”-

El cocinero lo empezó a preparar, y cuando lo estaba adobando, apareció en su estómago el anillo de la reina.

Ahora el fiel criado pudo probar su inocencia, y el rey, queriendo rectificar su error, le ofreció el mejor puesto que quisiera dentro de la corte.

El criado declinó este honor y solamente pidió un caballo y algún dinero para viajar, pues deseaba ver el mundo y pasarse un tiempo recorriéndole.

Otorgada su petición, se puso en camino y un día llegó a un estanque, donde observó tres peces que habían quedado aprisionados entre cañas y luchaban por volver al agua. Ahora, aunque se diga que los peces son mudos, el hombre entendió los miserables lamentos de aquellos animales, por verse condenados a una muerte tan miserable, y como él era de corazón compasivo, se apeó de su caballo y devolvió los tres peces al agua. Ellos saltaban de alegría, y asomando las cabezas, le dijeron:

-” Nos acordaremos de tí, y ya te pagaremos por salvarnos.”-

Siguió cabalgando, y al cabo de un rato le pareció oír una voz en la arena a sus pies. Escuchó con atención, y oyó a la reina de un hormiguero que se quejaba:

- “¿Por qué esos hombres, con sus torpes bestias, no nos dejan de maltratar tanto? Ese caballo estúpido, con sus pesados cascos, está aplastando sin compasión a mi gente.”-

Entonces él se hizo a un lado del camino, y la reina de las hormigas le gritó:

-” ¡Nos acordaremos de ti, una buena acción, depara otra!”-

El camino lo condujo a un bosque, y allí vio una pareja de cuervos a la orilla de su nido, que arrojaban de él a sus hijos:

- ¡Fuera de aquí, vagabundos, buenos para nada!”- les gritaban. -”No podemos seguir alimentándolos. Ya están bastante grandecitos para proveerse por sí mismos.”-

Pero los pobres polluelos quedaban en el suelo, agitando sus alitas y lloriqueando:

- “¡Oh, que desdichados somos, que debemos de buscarnos la comida y todavía no sabemos volar! ¿Qué más podremos hacer, sino morirnos de hambre?”-

Se bajó el joven, mató al caballo con su espada y dejó su cuerpo para alimento de los pequeños cuervos, los cuales se acercaron a saltos sobre la presa y, una vez satisfechos, dijeron:

- ¡Nos acordaremos de tí y te lo pagaremos!

El criado tubo que seguir su viaje a pie, y después de caminar un largo trecho, llegó a una gran ciudad. Había gran ruido y multitud de gente en las calles, y un hombre venía montado a caballo, gritando en voz alta:

-”La hija del rey desea un esposo, pero quien pretenda su mano debe cumplir una dura tarea, y si no lo logra será severamente castigado.”-

Muchos ya habían hecho el intento, pero en vano. Sin embargo, cuando el joven vio a la princesa, fue cautivado por su belleza, y olvidando cualquier peligro, fue donde el rey y se declaró como pretendiente.

Entonces lo condujeron mar adentro, y en su presencia arrojaron al fondo un anillo. El Rey le ordenó que trajese el anillo del fondo del mar, y añadió:

-”Si vuelves sin ella, serás precipitado al mar y abandonado a tu suerte.”-

Todos los presentes se compadecieron del apuesto mozo, y se retiraron dejando al joven solo en la playa. Él se quedó allí, considerando lo que debía de hacer, cuando de pronto vio tres peces que se le acercaban, y que no eran sino aquellos tres que él había salvado. El que venía en medio llevaba en la boca una concha, que depositó en la playa, a los pies del joven. Él la recogió y la abrió, y en su interior estaba el anillo de oro.
Lleno de alegría lo llevó al rey, esperando que le concediese la prometida recompensa.

Pero la orgullosa princesa, al saber que su pretendiente no era más que un simple criado, lo rechazó, exigiéndole la realización de una nueva tarea. Salió al jardín, y con sus propias manos esparció entre la hierba diez sacos llenos de semilla de mijo y dijo:

- “Mañana, antes de que salga el sol, debes haberlo recogido todo, sin que falte un solo grano.”-

El joven se sentó en el jardín pensando sobre como podría cumplir aquella tarea. Pero no se le ocurría nada, y se sentó muy triste pensando que a la mañana siguiente le sería impuesto un terrible castigo. Pero cuando los primeros rayos del sol iluminaron el jardín, encontró los diez sacos completamente llenos, uno al lado del otro, sin que faltase un solo grano. Por la noche había acudido la reina de las hormigas con sus miles y miles de súbditos, y los agradecidos animalitos habían recogido el mijo muy diligentemente, y lo habían depositado en los sacos.

Bajó la princesa en persona al jardín y pudo ver muy asombrada que el joven había hecho la tarea encomendada. Pero su corazón orgulloso no estaba saciado aún, y dijo:

-”Aunque él haya realizado las dos tareas, no será mi esposo hasta que me traiga una manzana del Árbol de la Vida.”-

El pretendiente ignoraba dónde crecía aquel árbol, pero se puso en camino, dispuesto a no detenerse mientras lo sostuvieran sus piernas, aunque no abrigaba esperanza alguna de encontrar lo. Después de haber recorrido ya tres reinos, un atardecer llegó a un bosque y se tendió a dormir debajo de un árbol. Pero él oyó un rumor entre las ramas, y al instante una manzana dorada cayó en sus manos. En ese mismo momento bajaron volando tres cuervos, que se posaron sobre sus rodillas, y le dijeron:

-”Somos aquellos cuervos pequeñitos que salvaste de morir de hambre. Ahora, ya crecidos, supimos que andabas en busca de la manzana del Árbol de la Vida, entonces cruzamos volando el mar y llegamos hasta el confín del mundo, donde crece el Árbol de la Vida, y te hemos traído la manzana”-

El joven, con todo júbilo, reemprendió el camino de regreso, y llevó la manzana dorada a la bella princesa, la cual no puso ya más excusas. Ellos partieron la manzana de la vida en dos mitades y se la comieron juntos. De inmediato en el corazón de la princesa brotó un sincero y gran amor por el joven, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

Enseñanza:

Siempre, en el momento que fuese más oportuno, deben retribuirse los favores recibidos.

El manto

Hubo una vez una madre que tenía un niño de siete años, quien era tan tierno y bondadoso que todo aquél que lo conocía, no podía dejar de amarlo, y ella lo adoraba sobre todas las cosas del mundo.

Y sucedió que repentinamente él se enfermó, y Dios lo llamó a su lado, y desde entonces su madre no encontró consuelo y lloraba por él día y noche. Pero poco después de que el niño había sido sepultado, aparecía por las noches en los sitios que él acostumbraba jugar y estar cuando vivió, y si su madre lloraba, él también lloraba, y al llegar el amanecer, él desaparecía.

Y como la madre no dejaba de llorar, él llegó una noche envuelto en su manto blanco con el que había sido enterrado, y con una corona de flores sobre su cabeza, y se sentó en la cama a los pies de su madre y le dijo:

-”Oh madre, por favor deja de llorar, o nunca podré llegar felizmente al reino de Dios, pues mi manto no se seca a causa de tus muchas lágrimas, que caen sobre él.”-

La madre se atemorizó cuando escuchó aquello, y ya no lloró más.

A la noche siguiente el niño vino de nuevo, y sostenía una pequeña luz en mano y le dijo:

-”Mira, mamá, mi manto ya está seco y ahora puedo partir felizmente a la casa de Dios.”-

Entonces la madre entregó su dolor en las manos de Dios, y tuvo tranquilidad y paciencia, y el niño ya no volvió más, quien ahora estaba feliz en su nuevo hogar celestial.

Enseñanza:

Ante lo que es imposible de cambiar, lo mejor es la comprensión, la amorosa resignación y la aceptación de la voluntad Divina.

El gato con botas

Esta versión es idéntica a la versión original de Charles Perrault
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039-El Gato con Botas

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.

El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito.

-”Mis hermanos”- dijo él,-”pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.”-

El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:

-”No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.”-

El amo del gato no le dio mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.

Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso.

Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo.

Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:

-”Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).”-

-”Dile a tu amo”- dijo el rey, -”que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.”-

En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dio una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.

Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo:

-”Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí.”-

El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar:

-”¡Auxilio!¡Auxilio!¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!”-

Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás. Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo:

-”¡Ladrones!¡Ladrones!”-

En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra.

El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortesmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él. El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido.

El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo:

-”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.”-

Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando.

-”Son de mi señor, el Marqués de Carabás.”- contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado.

-”Puede ver señor”- dijo el Marqués, -”estos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año.”-

El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo:

-”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.”-

El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando.

-”Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás.”- replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás.

Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo. El gato que con anterioridad se había preparado en saber quien era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos.

El ogro lo recibió tan cortesmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse.

-”Yo he oído”- dijo el gato, -”que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier creatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar.”-

-”Es cierto”- contestó el ogro muy contento, -”Y para que te convenzas, me haré un león.”-

El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado.

-”También he oído”- dijo el gato, -”que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible.”-

-”¿Imposible?”- gritó el ogro, -”¡Ya lo verás!”-

Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.

Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:

-”Su majestad es bienvenida a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.”-

-”¿Qué? ¡Mi señor Marqués!” exclamó el rey, -”¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.”-

El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.

Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades del señor Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo:

-”Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno.”-

El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa.

El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.

Enseñanza:

Recibir una valiosa herencia puede ser de alguna ayuda, pero aún más valiosos son la inteligencia y el ingenio que no se heredan de nadie.

El azote del cielo

Un campesino salió cierto día a arar llevando un par de bueyes. Cuando llegó al campo, los cuernos de los bueyes empezaron a crecer y crecer, y cuando tuvo que regresar a casa, los cuernos estaban tan grandes que no podían pasar por la puerta del establo.

Por buena suerte un carnicero pasaba por ahí, y llamándolo se los ofreció en venta, y finalizó el trato de la siguiente manera:

que él le daría al carnicero una taza de medida llena de semillas de nabo, y que el carnicero le daría tantas monedas de Brabant como semillas de nabo hubiera en la taza.

¡A eso llamó yo un buen negocio!

El campesino entonces fue a su casa y trajo de regreso la taza con las semillas de nabo. Sin embargo, en el camino una semilla se cayó de la taza. El carnicero le pagó lo acordado, y si el campesino no hubiera perdido esa semilla, tendría una moneda más.

Mientras tanto, cuando el campesino regresaba a casa, la semilla había nacido y crecido hasta convertirse en un árbol, tan alto que llegaba hasta el cielo. Entonces el campesino pensó:

-”Ahora que tienes la oportunidad, puedes ver que están haciendo los ángeles allá arriba, y por al menos esta vez, los tendrás frente a tus ojos.”-

Así que trepó al árbol, y vio que los ángeles estaban azotando las espigas de avena, y se quedó mirando.

Y mientras miraba, notó que el árbol sobre el cual estaba subido, empezó a vibrar, y se asomó hacia abajo y vio que alguien estaba tratando de cortarlo.

-”Si yo caigo desde aquí, eso será algo muy malo.”- pensó.

Y en su apuro, para salvarse no pensó en otra cosa que tomar tallos de avena que estaban amontonados en grupos, trenzarlos y así hacerse de una cuerda. De igual forma, tomó un azadón y un azote de los que se usan para azotar los cereales y que estaban a su alcance, y empezó a bajar por medio de la cuerda que recién había hecho.

Pero al llegar a la tierra, cayó exactamente en un enorme hueco, muy hondo. Fue una verdadera suerte que hubiera traído el azadón, porque con él fue cavando gradas hasta que salió a la superficie. Y subió consigo también el azote como prueba de su verdad, para que así, viéndolo en su mano, nadie intentara dudar de su historia.

Enseñanza:

La amenaza es con lo que actúan siempre quienes quieren imponer “su verdad”, con menosprecio de lo que piensen los demás.

El enigma

037-El Enigma

Hubo una vez un hijo de un rico comerciante que estaba poseído por un fuerte deseo de viajar por el mundo, y decidió hacerlo haciéndose acompañar solamente por un fiel sirviente. Un día llegó a un gran bosque, y al final de la tarde no había encontrado aún un refugio, y no sabía donde pasar la noche. En eso vio a una mujer que se dirigía hacia una pequeña casa, y acercándose a ella vio que era una joven doncella. Él le habló diciéndole:

-”Querida joven, ¿podríamos mi sirviente y yo encontrar posada por esta noche en esa casita?”-

-”Oh, sí”- respondió con una voz triste, -”ciertamente que podrían, pero les aconsejo que no se aventuren a eso. No vayan.”-

-”¿Por qué no?”- preguntó el muchacho.

La joven suspiró y dijo:

-”Mi patrona practica malas artes y siempre está indispuesta con los extraños.”-

Entonces comprendió que habían llegado a la casa de una bruja, pero como ya estaba oscuro y no podían avanzar más, y también porque no era temeroso, entraron.

La vieja mujer estaba sentada en una mecedora cerca del fuego, y miró al extraño con sus rojos ojos.

-”Buenas noches”-gruñó ella, y fingió ser muy amable. -”Tomen un asiento y descansen.”-

Ella sopló el fuego en el que estaba cocinando algo en una pequeña olla. Su criada les advirtió a los dos viajeros que tuvieran prudencia, que no comieran ni bebieran nada, pues la anciana preparaba bebidas envenenadas. Ellos durmieron en calma hasta el amanecer. Cuando ya se alistaban para su salida, y el hijo del comerciante estaba ya sentado sobre su caballo, la anciana dijo:

-”Paren un momento, les daré una manita con una bebida para la partida.”-

Mientras ella traía la bebida, el joven se fue, y el sirviente, que tenía que tenía que abrochar firmemente su silla de montar, fue el único que quedó presente cuando la malvada bruja llegó con la bebida.

-”Llévale esto a tu patrón.”- dijo ella.

Pero en ese momento el vaso se volcó y el veneno se regó sobre el caballo, y era tan fuerte que inmediatamente el caballo cayó muerto.

El sirviente corrió tras de su patrón y le contó lo que había sucedido, pero no quería dejar su silla de montar tras de sí, y regresó a recogerla. Sin embargo cuando llegó donde el caballo muerto, un cuervo estaba sobre él picoteándolo para devorarlo.

-”¿Quién sabe si podremos encontrar algo mejor para hoy?”- dijo el sirviente.

Así que mató al cuervo y se lo llevó. Y siguieron su camino dentro del bosque el resto del día, pero no salían de él. Al anochecer encontraron una posada y entraron en ella. El sirviente le dio el cuervo al posadero para que lo alistara para la cena. Pero no sabían que habían llegado a una guarida de asesinos, y durante la oscuridad de la noche, llegaron doce de ellos, con la intención de matar a los recién llegados y robarles. Pero antes de cometer su objetivo, se sentaron a cenar, y el posadero y la bruja se sentaron con ellos, y juntos tomaron un plato de sopa que se había hecho con la carne del cuervo. No habían terminado de tomar un par de cucharadas, cuando todos cayeron muertos, pues el cuervo les transmitió el veneno que había picoteado del caballo. No quedó vivo nadie más en la posada que la hija del posadero, quien era honesta, y nunca tomaba parte de sus malvados actos. Ella le abrió todas la puertas al extraño, y le mostró los tesoros que había apilados. Pero el muchacho le dijo que podía quedarse con todo aquello, y que él no tomaría ninguna cosa. Y siguió su camino junto con el sirviente.

Después de haber viajado un largo trecho, llegaron a un pueblo en el cual había una bella, pero muy orgullosa princesa, quien había mandado a proclamar que el hombre que le propusiera a ella un enigma que ella no pudiera resolver, lo haría su esposo. Pero eso sí, si ella resolvía el enigma, él sería encarcelado por todo un año.

Ella se daba tres días para resolver el enigma, pero era una chica tan lista, que por lo general al primer día ya tenía la respuesta. Nueve pretendientes purgaban ya la condena por su intento, cuando llegó el hijo del comerciante, y cegado por el encanto de la princesa, estuvo dispuesto a perder su libertad.

Entonces fue donde ella, y le propuso su enigma.

-”¿Qué es”- dijo -”uno que nunca mató a ninguno, y sin embargo mató a doce.”-

Ella no sabía que sería aquello, y pensó y pensó, pero no daba en la solución. Abrió cuanto libro de enigmas tenía, pero no estaba escrito en ninguno. En resumen, sus conocimientos llegaron a su fin. Como ya no sabía como ayudarse, le ordenó a su criada introducirse en el dormitorio del joven y que escuchara sus sueños, y pensó que quizás hablara dormido y delatara el enigma.

Pero el astuto sirviente se había acostado en la cama de su patrón, y cuando la criada llegó, él le jaló la capa con que se había cubierto, y la echó dándole de palos.

A la segunda noche, la hija del rey envió a su criada de más confianza a ver si ella podía tener éxito en la misión de escuchar. Pero el sirviente también le soltó la capa, y la echó dándole de palos.

Ahora el joven se sintió seguro por la tercera noche y se instaló en su cama. Pero ahora vino la princesa en persona, que se había puesto una capa gris oscuro, y se sentó cerca de él. Y cuando pensó que ya se había dormido profundamente y soñaba, le habló, esperanzada en que dormido le contestaría, como muchos lo hicieron, pero en realidad él estaba despierto, y entendía y oía perfectamente. Entonces ella preguntó:

-”Uno que nunca mató a ninguno, ¿qué es eso?”-

Él contestó:

-”Un cuervo, que comió de la carne de un caballo que había muerto por veneno.”-

Y ella preguntó aún más:

-”Y sin embargo mató a doce, ¿qué es eso?”-

Él contestó:

-”Significa que doce asesinos, que comieron de la carne del cuervo, murieron por ello.”-

Cuando ella supo la respuesta del enigma, ella quiso salir corriendo, pero él le agarró la capa tan fuerte que se vio obligada a soltarla y dejarla abandonada. A la mañana siguiente la hija del rey anunció que ya había adivinado la respuesta al enigma, y enviopor los doce jueces, exponiendo la solución ante ellos. Pero el joven pidió su derecho a la defensa y dijo:

-”Ella entró subrepticiamente a mi habitación en la noche y me interrogó, de otro modo no hubiera podido saber la respuesta.”-

Los jueces dijeron:

-”Danos una prueba de eso.”-

Entonces su sirviente presentó los tres mantos capturados, y cuando vieron el manto gris oscuro que la hija del rey acostumbraba usar, dijeron:

-”Que ese manto sea decorado con oro y plata, para que ella lo use en su boda con este joven.”-

Y la boda se realizó, y todos los que habían sido condenados por los enigmas previos, quedaron en libertad inmediatamente.

Enseñanza:

Todo convenio debe cumplirse limpiamente, sin engaños, tal como se acuerda.

La abeja reina

Dos hijos de un rey salieron una vez en busca de aventuras, y cayeron en un modo de vida tan salvaje y desordenado, que nunca regresaron a su hogar. El más joven, llamado Simpletón, salió en busca de sus hermanos, pero cuando al fin los halló, ellos se burlaron de él, por haber pensado Simpletón, que con su simplicidad, podría rodar por el ancho mundo, cuando ellos, que eran mucho más listos, no pudieron encontrar un buen camino.

Sin embargo viajaron los tres juntos, y llegaron a un gran nido de hormigas. El mayor quería destruirlo para ver a las pequeñas hormigas corriendo desesperadas por el terror, trasladando sus huevos a donde pudieran, pero Simpletón le dijo:

-”Deja a las creaturas en paz. No permitiré que las molestes.”-

Siguieron adelante hasta un lago, donde nadaban un gran número de patos. Los dos hermanos mayores querían capturar a un par y asarlos. Pero Simpletón no lo permitiría y dijo:

-”Dejen a las creaturas en paz, no dejaré que los maten.”-

Luego ellos llegaron a donde había un panal de abejas, el cual tenía tanta miel que del tronco donde estaba, chorreaba un grueso hilo de miel. Los dos mayores querían hacer un fuego debajo del tronco para sofocar a las abejas y cogerles su miel, pero Simpletón de nuevo los detuvo y les dijo:

-”Dejen a las creaturas en paz, no dejaré que las quemen.”-

Por fin los tres hermanos llegaron a un castillo en cuyos establos había caballos de piedra, y no se veía un solo ser humano. Y recorrieron todos los salones, hasta que casi al final llegaron a un salón con una puerta con tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una rendija, por medio de la cual podían ver hacia adentro.

Allí vieron a un pequeño hombre gris sentado junto a una mesa. Ellos lo llamaron, una y dos veces, pero él no oía. A la tercera vez, él se levantó, quitó las cerraduras y salió. No dijo nada, pero sin embargo, los condujo a una mesa muy bien servida con alimentos. Después de que ellos comieron y bebieron a satisfacción, el pequeño hombre llevó a cada uno a una habitación donde durmieron esa noche.

A la mañana siguiente, el pequeño hombre gris se acercó al mayor, y por medio de señas lo llevó hasta una mesa de piedra donde estaban escritas tres tareas, mediante las cuales, si se realizaban, el castillo quedaría libre y desencantado.

La primera era que en el bosque, debajo del musgo, estaban regadas las perlas de la princesa, mil perlas en total, que deberían ser recogidas, y que si a la puesta del sol faltaba una sola perla, aquél que las estuvo buscando, se haría de piedra.

El mayor se dirigió allá, y buscó durante todo el día, pero al caer el sol, solamente había encontrado cien, y lo que se decía en la mesa sucedió, y él fue convertido en piedra.

Al otro día, el segundo tomó la misión, pero sin embargo, no tuvo mayor suerte que su hermano, pues no encontró mas que doscientas perlas, y también se hizo de piedra.

Al siguiente día le tocó el turno a Simpletón, quien también buscó en el musgo. Pero era tan difícil encontrar las perlas, y se avanzaba tan despacio, que se sentó sobre una piedra a llorar. Y mientras eso sucedía, la reina de la hormigas, cuyo nido una vez él salvó, vino con cinco mil hormigas, y sin mucho tardar, las pequeñas creaturas habían juntado las mil perlas, y se las entregaron en un montón.

La segunda tarea era, sacar del fondo del lago la llave del dormitorio de la hija del rey. Cuando Simpletón llegó al lago, los patos que él había salvado, se sumergieron y salieron nadando hacia él, llevándole la llave solicitada.

Pero la tercera tarea era la más dificultosa. Entre las tres dormidas hijas del rey, debía de encontrarse a la menor de ellas. Sin embargo, las tres eran físicamente idénticas, y solamente podían reconocerse por los dulces que habían probado antes de caer dormidas. La mayor probó un pedacito de azúcar, la segunda un sirope, y la menor una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas del panal del tronco que Simpletón había defendido de ser quemado, y ella probó los labios de las tres, y se quedó parada en la boca de la que había probado la miel. Así Simpletón pudo reconocer a la princesa correcta.

Y con eso terminó el encantamiento, y todos los que estaban dormidos despertaron y los convertidos en piedra volvieron a su contextura normal. Simpletón se casó con la menor de las princesas, y al faltar su padre el rey, él quedó en el trono, y sus hermanos se formalizaron comportándose correctamente en adelante, y se casaron con las otras dos hermanas.

Enseñanza:

En esta creación divina, toda creatura, pequeña o grande, tiene su santa misión y debe respetársele.

Piel de oso

035-Piel de Oso

Durante una guerra, hubo una vez un joven que se enlistó como soldado, y se comportaba muy valientemente, y siempre estaba en el frente a la hora de afrontar las balas. Mientras duró la guerra, todo iba bien, pero cuando llegó la paz, recibió su baja y el capitán le dijo que podría ir donde quisiera con su carabina. Sus padres habían muerto, y ya no tenía un hogar, así que fue donde sus hermanos y les pidió que lo aceptaran hasta que hubiera otra campaña militar. Los hermanos, sin embargo, eran de duro corazón y le dijeron:

-”¿Qué podríamos hacer contigo?, no nos servirías de nada. Vete y has tu propia vida.”-

El soldado no tenía nada excepto su carabina. Se la echó al hombro y se lanzó al ancho mundo. Llegó a un páramo donde no había nada más que ver que un círculo de árboles, y se sentó muy triste debajo de ellos, pensando sobre su destino.

-”No tengo dinero”- pensó, -”no he aprendido nada, excepto sobre los combates, y ahora que se hizo la paz, ya nadie me quiere ni me necesita, así que estoy viendo que voy a pasar hambres.”-

De pronto escuchó el crujir de ramas, y cuando miró alrededor, un extraño hombre estaba parado junto a él, quien usaba un abrigo verde y tenía la mirada fija, pero también tenía un pie horriblemente partido en dos partes.

-”Ya yo sé de qué estás necesitado”- dijo el hombre, -”oro y posesiones tendrás, tantas como quieras proponerte, pero primero debo saber si no tienes miedo, para que yo no invierta inútilmente mis riquezas.”-

-”Un soldado y el miedo, ¿cómo pueden esas dos cosas estar juntas?”- contestó él, -”puedes ponerme a prueba.”-

-”Muy bien”- contestó el hombre, -”mira detrás de ti.”-

El soldado dio media vuelta y vio a un enorme oso, que venía gruñendo hacia él.

-”¡Ajá!”- gritó el soldado, -”voy a hacerte cosquillas en la nariz, de modo que pronto perderás tu gusto por estar gruñendo.”-

Y apuntó hacia el oso disparándole al hocico. Éste cayó y nunca más se levantó.

-”Ya veo muy bien”- dijo el extraño, -”que no te falta el coraje, pero aún hay otra condición que debes de cumplir.”-

-”Si eso no pone en peligro mi salvación.”- replicó el soldado, que ya veía muy bien que era el Diablo el que se encontraba a su lado -”De lo contrario, no tengo nada que tratar.”-

-”Míralo y decídelo tú mismo”- contesto el del abrigo verde, -”tú deberás por los próximos siete años, no lavarte, no peinar tu barba ni tu cabello, no cortarte las uñas, ni decir un padrenuestro. Te daré un abrigo y una capa, que deberás usar todo ese tiempo. Si murieras dentro de esos siete años, tú serás mío. Si permaneces vivo, quedarás libre, e inmensamente rico por el resto de tus días.”-

El soldado meditó sobre la extrema posición en que se encontraba ahora, y como a menudo había afrontado la muerte, resolvió correr el riesgo de nuevo y aceptó los términos. El Diablo se quitó el abrigo verde, se lo dio al soldado y dijo:

-”Si tienes este abrigo sobre tu espalda y metes tu mano en el bolsillo, siempre lo encontrarás lleno de dinero.”-

Entonces le quitó la piel al oso y dijo:

-”Esta piel será tu capa, y tu cama también, pues encima de ella deberás dormir, y no debes ir a ninguna otra cama, y debido a toda esta indumentaria, serás llamado “Piel de Oso.”-

Después de eso, el Diablo se desvaneció. El soldado se puso el abrigo, y de una vez buscó en el bolsillo, y encontró que lo dicho era cierto. Entonces se puso la piel de oso y siguió adelante por el mundo, y se regocijaba, no faltándole nada que fuera bueno para él y malo para su bolsillo.

Durante el primer año su apariencia fue aceptable, pero al segundo empezó a parecerse a un monstruo. Su cabello tapaba toda su cara, su barba era como un pedazo de fieltro grueso, sus dedos tenían uñas como garras, y toda su cara estaba con tal suciedad, que si una semilla cayera allí, con seguridad nacería. Quien quiera que lo veía, salía corriendo, pero como en todo lado daba dinero a los pobres para que rezaran por él para que no muriera durante esos siete años, y además pagaba bien por todo, siempre consiguió refugio.

Al cuarto año llegó a una posada donde el posadero no lo recibía, y ni siquiera quería que fuera al establo, pues tenía temor de que asustara a los caballos. Pero Piel de Oso metió su mano en el bolsillo y sacó un puñado de monedas, y el dueño de dejó persuadir a sí mismo y le dio un cuarto en una casa externa. Sin embargo, Piel de Oso fue obligado a prometer que no se dejaría ver, para que la posada no cogiera mal renombre.

Estaba Piel de Oso sentado solo al atardecer, y deseando desde el fondo de su corazón que pronto terminaran los siete años, oyó un fuerte lamento desde una habitación contigua. Él tenía un corazón muy compasivo, así que abrió la puerta y vio a un hombre mayor llorando amargamente y apretándose las manos. Piel de Oso se le acercó, pero el hombre saltó sobre sus pies y trató de escapar de él. Al fin, cuando el anciano percibió que la voz de Piel de Oso era humana permitió que le hablara, y por medio de palabras amables Piel de Oso logró convencerlo de que le revelara la causa de su angustia.

Sus ingresos habían disminuido gradualmente, y él y sus hijas pasaban hambres, y estaba tan pobre que tampoco tenía con qué pagar al dueño de la posada y lo iban a poner en prisión.

-”Si ese es tu único problema”- dijo Piel de Oso, -”yo tengo suficiente dinero.”-

Él le pidió al posadero que viniera donde ellos, le pagó la cuenta del señor y además puso una bolsa llena de monedas dentro de los bolsillos del hombre.

Cuando el señor se vio a sí mismo libre de todos sus problemas, no sabía cómo agradecer el gesto.

-”Ven conmigo”- le dijo a Piel de Oso, -”mis hijas son todas buenas muchachas. Escoge una de ellas para ser tu esposa. Cuando ellas oigan lo que has hecho por mí, no te rechazarán. Tú en verdad luces un poco extraño, pero ellas pronto te aceptarán correctamente.”-

Eso le complació a Piel de Oso, y se fue con él. Cuando la mayor de las hijas lo vio, se alarmó tan terriblemente ante su cara, que gritó y salió corriendo espantada. La segunda hija se quedó y lo miró de pies a cabeza, y dijo:

-”¿Cómo voy a aceptar un esposo que ya no tiene una forma humana? Me gustaba más el oso afeitado que vi una vez por aquí, y que parecía un hombre con sus guantes blancos y uniforme de soldado. Si no fuera por lo feo, seguro que podría acostumbrarme.”-

La menor de ellas, sin embargo, dijo:

-”Querido padre, tiene que ser un buen hombre para que sin conocerte te haya ayudado a salir de problemas, y si le prometiste una esposa por lo que hizo, tu promesa debe ser cumplida. Yo no tengo inconveniente en aceptarlo.”-

Fue una bendición que el rostro de Piel de Oso estuviera tapado con la suciedad y el largo cabello, pues si no, todos hubieran visto cuan contento se sentía de oír aquellas palabras. Él se quitó un anillo de su dedo, lo quebró en dos partes, y le dio a la joven una mitad, y se dejó la otra para él. Escribió su nombre en la mitad de ella, y el nombre de ella en su mitad, y le rogó que guardara su mitad cuidadosamente. Entonces se alistó para salir y le dijo:

-”Debo de retirarme por tres años, y si para entonces no he regresado, quedarás libre de compromiso, pues seguramente habré muerto. Pero reza a Dios para que me conserve la vida.”-

La pobre prometida novia se vistió toda de negro, y cuando pensaba sobre su futuro esposo, sus ojos se llenaban de lágrimas. Y ninguna otra cosa más que desprecio y mofa le llegaba de sus hermanas mayores.

-”Ten cuidado”- decía la mayor, -”si le das la mano, te clavará las uñas.”-

-”Ponte viva”- decía la segunda, -”A los osos les gusta la miel, y si eres dulce con él, te comerá entera.”-

-”Debes hacer todo como a él le gusta”- dijo de nuevo la mayor, -”o si no te gruñirá.”-

-”Pero la boda será muy divertida”- continuó la segunda, -”los osos bailan muy bien.”-

La joven prometida permaneció en silencio y no se dejó molestar por ellas. Piel de Oso, sin embargo, viajó por el mundo de un lugar a otro, hizo el bien lo más que pudo, y dio generosa ayuda a los pobres pidiéndoles que rezaran por él.

Por fin, cuando terminó el último día de los siete años, Piel de Oso fue una vez más al páramo y se sentó bajo el círculo de árboles. No pasó mucho rato cuando el viento sopló, y el Diablo se paró junto a él, y lo miró disgustadamente, y definitivamente que estaba muy molesto. Entonces le tiró a Piel de Oso su vieja ropa de soldado, y le pidió que le devolviera su abrigo verde.

-”No hemos terminado aún”- contestó Piel de Oso, -”primero debes dejarme limpio.”-

Le gustara o no al Diablo, se vio obligado a traer agua y lavar a Piel de Oso, peinarlo, y cortarle las uñas. Después de todo eso, ya se veía como un bravo soldado, y mucho más apuesto que como nunca había estado antes.

Cuando ya el Diablo partió, Piel de Oso sintió su corazón aliviado. Fue a la ciudad, se puso un magnífico abrigo de terciopelo, se montó en un carruaje tirado por cuatro caballos blancos, y se dirigió a la casa de la prometida. Nadie lo reconocía. El padre lo tomó como un distinguido general, y lo llevó a la habitación donde se encontraban sus hijas.

A Piel de Oso no le quedó más que sentarse entre las dos hermanas mayores quienes le trajeron vino, y le dieron las mejores piezas de carne, y pensaron que en todo el mundo nunca encontrarían un hombre más apuesto.

La prometida estaba sentada al lado contrario con su vestido negro, y nunca levantó sus ojos ni pronunció palabra alguna. Cuando por fin él preguntó al padre si daría a alguna de sus hijas en matrimonio, las dos mayores saltaron y corrieron a sus cuartos a ponerse espléndidos vestidos, pues cada una de ellas fantaseaba de que sería la elegida. El extraño, en cuanto quedó solo con su prometida, sacó su mitad del anillo y lo puso en el fondo de un vaso de vino que se lo pasó a través de la mesa a la joven. Ella bebió el vino, y cuando lo hubo terminado, encontró la mitad del anillo descansando en el fondo del vaso, y su corazón se aceleró.

Ella tomó su otra mitad, que usaba en una cinta alrededor de su garganta, junto a ambas mitades, y vio que calzaban exactamente juntos. Entonces él dijo:

-”Soy tu novio prometido, que conociste como Piel de Oso, pero por la gracia de Dios he recibido de nuevo mi presencia humana, y una vez más volví a estar limpio.”-

Él se le acercó, la abrazó y la besó. Mientras tanto las dos hermanas regresaron todas muy bien vestidas, y cuando vieron que el apuesto hombre estaba junto a la más joven, y oyeron que él era Piel de Oso, se retiraron rápidamente llenas de rabia y dolor. Pero el tiempo les sanaría las heridas y aceptaron el buen discurrir de los acontecimientos, deseando para los nuevos esposos mucha felicidad para el resto de sus días.

Enseñanza:

En momentos de prueba, la fe y la perseverancia conducen a un final feliz.

El campesino y el diablo

Había una vez un muy afamado y astuto campesino, cuyos trucos eran muy comentados. La mejor historia es, sin embargo, cómo negoció con el Diablo e hizo que éste quedara como un tonto.

Estaba un día el campesino trabajando en su terreno, y como la penumbra ya caía, se alistaba para regresar a su casa, cuando de pronto vio un montón de carbones encendidos en medio del campo, y cuando se acercó, lleno de asombro vio a un pequeño diablillo sentado sobre los carbones encendidos.

-”¡De veras que estás sentado sobre un gran tesoro!”- dijo el campesino.

-”Sí, es cierto”- contestó el Diablo, -”!sobre un tesoro que contiene más oro y plata que lo que jamás verás en tu vida!”-

-”El tesoro está en mi propiedad y me pertenece.”- replicó el campesino.

-”Y seguirá siendo tuyo”- contestó el Diablo, -”si por dos años consecutivos me das la mitad de lo que el campo produce, porque tengo un gran antojo de los productos de la tierra.”-

El campesino aceptó el trato, y le dijo:

-”Eso sí, sin embargo, para que no haya discusiones sobre la repartición, todo lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y todo lo que se produzca bajo la tierra, será mío.”-

El Diablo quedó satisfecho con eso, y el campesino sembró nabos.

Cuando llegó el tiempo de la recolecta, el Diablo se presentó a tomar su parte de la producción, pero no encontró mas que amarillentas y marchitas hojas, mientras que el campesino, lleno de satisfacción, escarbaba y guardaba sus nabos.

-”Por esta vez has obtenido lo mejor de la cosecha”- dijo el Diablo, -”pero no será así la próxima vez. Lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y lo se que produzca bajo tierra, será mío.”-

-”Estoy de acuerdo.”- dijo el campesino.

Cuando llegó el tiempo de la siembra, no sembró de nuevo nabos, sino trigo. El trigo nació, creció y los granos maduraron y el campesino recogió todas las espigas que había en el campo.

Al llegar el Diablo, no encontró nada sino únicamente los rastrojos, y furibundo se lanzó dentro de una hendidura en las rocas.

-”Esa es la forma de engañar al Diablo.”- dijo el campesino, y se fue a su casa llevándose todo su tesoro.

Enseñanza:

Planificar con el adecuado conocimiento, definitivamente lleva al éxito.

El mantel, la mochila, el sombrero y el cuerno

Había una vez tres hermanos que habían caído profundamente en la pobreza, y al final su necesidad fue tan grande que tenían que soportar hambres, no teniendo nada para comer o beber. Entonces dijeron:

-”No podemos seguir así aquí, mejor vamos por el mundo en busca de fortuna.”-

Por lo tanto se pusieron en marcha. Habían ya caminado un largo sendero y pasado por muchos campos, pero no tenían aún buena suerte. Un día llegaron a un gran bosque, y en medio de él había una colina, y cuando se acercaron a ella, vieron que la colina era toda de plata. Entonces el mayor habló:

-”Ya encontré la buena suerte que deseaba, y ya no buscaré nada más.”

Él tomó tanta plata como pudo cargar, y dio media vuelta y regresó a su casa. Pero los otros dos dijeron:

-”Nosotros queremos más buena suerte que la simple plata.”- y sin tocarla siguieron adelante. Después de caminar dos días más sin parar, llegaron a otra colina que era toda de oro. El segundo hermano paró, meditó consigo mismo, y estuvo indeciso.

-”¿Qué debería hacer?”- dijo él, -”¿debo tomar para mí lo más que pueda de este oro, con lo que tendría suficiente para el resto de mi vida, o debería avanzar más?”-

Por fin tomó una decisión, y poniendo lo más que pudo de oro en sus bolsos, dijo adiós a su hermano, y regresó a casa. Pero el tercero dijo:

-”El oro y la plata no me motivan, no renunciaré a mi oportunidad de fortuna, quizás algo aún más valioso me será dado.”-

Él siguió hacia adelante, y cuando había caminado por tres días, llegó a un bosque que era aún más grande que el anterior, y al que no se le veía un fin, y como no encontraba nada que comer o beber, se sentía todo exhausto. Entonces subió a un árbol bien alto para averiguar si allá arriba podría ver dónde terminaba el bosque, pero hasta donde los ojos le permitían ver, sólo veía copas de árboles. Entonces comenzó a descender del árbol, pero el hambre lo atormentaba, y pensó:

-”¡Si al menos pudiera comer una vez más!”-

Una vez abajo él encontró, con asombro, una mesa bajo el árbol ricamente servida con comida, cuyos vapores subían hasta su nariz.

-”Esta vez”- dijo, -”mi deseo ha sido cumplido a cabalidad en el momento oportuno.”-

Y sin preocuparse en averiguar quién habría traído la comida, o quién la preparó, se sentó a la mesa y comió con gran disfrute hasta haber satisfecho su hambre. Una vez terminado, pensó:

-”Después de todo sería una verdadera lástima que el bello y pequeño mantel de esta mesa fuera abandonado en este bosque.”-

Y lo enrolló bien apretado y lo puso en su bolso. Entonces prosiguió la marcha hacia adelante, y al anochecer, cuando de nuevo sintió hambre, el quiso usar el mantel como sábana, y lo extendió y dijo:

-”¡Cuánto me gustaría verte de nuevo cubierto de buenos alimentos!”-

Y no había terminado de pronunciar la última palabra de su deseo cuando aparecieron sobre el mantel muchos platos con la más exquisita comida, llenando todos los espacios disponibles sobre el mantel.

-”Ahora me doy cuenta”- se dijo, -”en qué cocina se hace mi comida. Tú serás más apreciado por mí que las montañas de oro y plata.”-

Vio claramente que aquél era un mantel de los deseos. Sin embargo, el mantel no era aún suficiente para volver tranquilamente a casa. Él prefirió viajar más por el mundo y buscar aumentar su fortuna.

Una noche él encontró, en un bosque solitario, a un sucio y negro carbonero, quien estaba quemando carbón allí, y tenía algunas papas en el fuego, con las que estaba preparando su comida.

-”¡Buenas noches, pájaro negro! dijo cariñosamente el joven, -”¿Cómo vives en esta soledad?”-

-”Un día es como cualquier otro”- replicó el carbonero, -”¡y cada noche papas! ¿Te gustaría tomar algunas y ser mi invitado?”-

-”Muchas gracias”- contestó el viajero, -”No pienso quitarte un pedacito de tu cena, pues no esperabas una visita, pero si quieres compartir la cena que traigo, tienes la invitación.”-

-”¿Y quién te la va a preparar?”- preguntó el carbonero, -”Veo que no traes nada contigo, y no hay nadie a menos de dos horas de camino que te pudiera alistar algo.”-

-”Pues va a haber cena.”- contestó el joven, -”y de lo mejor que jamás hayas probado.”-

Ahí mismo sacó el mantel de su mochila, la extendió en el suelo, y dijo:

-”Mantelito, mantelito, cúbrete tu mismo.”-

Instantáneamente, ensaladas, postres, carnes asadas y cocidas aparecieron allí, y tan calientitas como recién sacadas de la cocina. El carbonero se quedó viendo admirado, pero no necesitó de mucha insistencia para acomodarse junto a la comida, y llevar grandes bocados a su boca. Cuando ya hubieron comido de todo, el carbonero sonrió contento y dijo:

-”¡Mira tú! tu mantel tiene mi aprobación. Sería algo muy provechoso para mí en el bosque, donde nadie me cocina nada bueno. Te propongo un trueque: allá en aquel rincón cuelga una mochila militar, que ciertamente está vieja y fea, pero contiene poderes maravillosos, y como yo no la uso, te la cambiaría por el mantel.”-

-”Primero debo saber que clase de poderes son.”- contestó el muchacho.

-”Eso es lo que te diré.”- contestó el carbonero. -”Cada vez que la palmees con la mano, un sargento con seis soldados armados de pies a cabeza se te hace presente, y ellos harán lo que le comandes hacer.”-

-”Eso me interesa”- dijo el joven, -”si ninguna otra cosa podemos hacer, lo cambiaremos.”-

Le dio al carbonero el mantel, desenganchó la mochila militar de donde colgaba, y poniéndosela le dijo adiós. Después de un poco de caminar, quiso hacer una prueba de los poderes mágicos de su mochila y la palmeó. Inmediatamente los siete guerreros saltaron ante él, y el sargento dijo:

-”¿Qué es lo que mi señor y jefe desea que hagamos?”-

-”Vayan a toda velocidad donde el carbonero, y exíjanle que me regrese mi mantel de los deseos.”- contestó.

Ellos hicieron giro a la izquierda, y fue cuestión de unos instantes para que estuvieran de regreso con lo solicitado, habiéndolo tomado del carbonero sin hacer mayores preguntas. El joven les ordenó retirarse, siguió adelante su camino con la esperanza de que la fortuna brillara aún mejor para él. A la hora de la puesta del sol llegó hasta donde estaba otro carbonero, quien estaba preparando su cena junto al fuego.

-”Si puedes comer algunas papas con sal, pero sin aderezos, ven y siéntate conmigo.”- dijo el hollinado amigo.

-”No”- contestó, -”esta vez tú serás mi invitado.”-

Y extendió el mágico mantel, que instantáneamente se llenó con los más delicados platos. Comieron y bebieron juntos, y lo disfrutaron plenamente. Una vez terminada la cena, el carbonero dijo:

-”Allá arriba, en aquella ramita, hay un sombrero viejo y usado que tiene propiedades extrañas: cuando alguien se lo pone, y lo gira sobre su cabeza, salen doce cañones disparando a la vez, derribándolo todo, de modo que nadie puede oponérseles. El sombrero no tiene uso para mí, y estoy dispuesto a cambiártelo por tu mantel.”-

-”Eso me calza muy bien.”- le contestó.

Tomó el sombrero, se lo puso y dejó el mantel con el carbonero. Difícilmente había recorrido unos cientos de pasos cuando palmeó sobre la mochila, y mandó a sus soldados a capturar de nuevo el mantel.

-”Una cosa trae consigo otra cosa”- pensó él, -”y yo siento como que mi suerte no ha llegado aún a su fin.”-

Sus pensamientos no lo engañaban. Después de haber caminado otro día entero, encontró a un tercer carbonero, quien como los anteriores, lo invitó a las papas sin aderezo. Pero el joven también lo invitó a cenar por medio del mantel de los deseos, y al carbonero le gustó tanto el mantel, que por fin le ofreció un cuerno a cambio, el cual tenía cualidades muy diferentes a las del sombrero. Cuando alguien lo sopla todas las paredes y fortificaciones se derrumban, y toda la ciudad o villa queda en ruinas.

Ciertamente hizo el trato y cambió el mantel por el cuerno, pero como en las veces anteriores, envió al regimiento a capturar y regresarle el mantel de nuevo.

-”Ahora”- se dijo él, -”soy un hombre completo, y es hora de regresar a casa y ver cómo les está yendo a mis hermanos.”-

Cuando llegó a su casa, sus hermanos se habían construido para ellos bellísimas casas con el oro y la plata que trajeron, y vivían cómodamente. Él fue a visitarlos, pero como sus ropas estaban andrajosas, con un lamentable sombrero en su cabeza, y la sudada y sucia mochila en su espalda, ellos no lo reconocieron como a su hermano. Más bien se burlaron y dijeron:

-”Tú dices ser nuestro hermano quien despreció oro y plata para buscar algo mucho mejor para él. Cuando él venga lo hará sobre un carruaje lleno de esplendor como un rey poderoso, no como un mendigo.”- y le cerraron la puerta.

Entonces se enojó mucho, y palmeó su mochila muchas veces, hasta que ciento cincuenta hombres se presentaron ante él, bien armados de pies a cabeza. Les ordenó rodear las casas de sus hermanos, y dos soldados fueron a traer varillas de avellanos, y con ellos castigaron a los insolentes hombres, hasta que confesaron que sí sabían quien era.

Aquello provocó un gran disturbio, la gente corría desesperada buscando dar auxilio a aquellos dos en su necesidad, pero contra estos soldados nada había que hacer.

Al fin le llegaron noticias al rey sobre este asunto, quien se enfureció, y ordenó a un capitán marchar con su tropa y sacar al provocador fuera de la ciudad. Pero el hombre de la mochila pronto consiguió un regimiento más grande de hombres, quienes rechazaron al capitán y su grupo, los que tuvieron que irse sufriendo múltiples heridas. El rey dijo:

-”Este vagabundo no ha sido puesto en orden aún.”- y al día siguiente envió a una aún más grande tropa contra él, pero todavía hicieron menos.

El joven entonces puso más hombres contra el rey, y para terminar más rápido, giró dos veces en sombrero sobre su cabeza, y pesados cañones empezaron a trabajar, y los hombres del rey fueron derrotados y puestos en fuga.

-”Y ahora”- dijo él, -”no haré la paz hasta que el rey me de a su hija por esposa, y me ponga a gobernar todo el reino en su nombre.”-

Él mandó a anunciarle esto al rey, quien al saberlo dijo a su hija:

-”La necesidad es una nuez muy dura de quebrar, ¿qué más me queda por hacer sino lo que él solicita? Si yo quiero paz y mantener la corona sobre mi cabeza, no tengo más opción que entregarte”-

Así pues se celebró la boda, pero la hija del rey estaba molesta de que su marido fuera un hombre común, que usaba un lamentable sombrero, y cargaba una sucia y vieja mochila.

Ella quería deshacerse de él, y de noche y de día estudiaba cómo podría realizarlo. Entonces pensó:

-”¿Sería posible que sus maravillosos poderes radicaran en su mochila?”-

Y ella lo cuidó y acarició, y cuando su corazón se había suavizado, le dijo:

-”Si tú pudieras alejar de tu lado esa horrible mochila, que tanto te desfigura, yo ya no me sentiría avergonzada de ti.”

-”Mi querida niña”- dijo él, -”esta mochila es mi mayor tesoro. Mientras yo la tenga, no hay poder en la tierra al cual yo le tema.”-

Y él le reveló a ella la maravillosa virtud con la cual estaba poseída la mochila. Entonces ella se abalanzó en sus brazos como si fuera a besarlo, pero con gran destreza le quitó la mochila de sus hombros, y corrió con ella. Tan pronto como se sintió alejada, la palmeó, y ordenó a los soldados capturar a su antiguo amo, y sacarlo del palacio. Ellos obedecieron, y la obligada esposa envió aún más hombres tras de él, a que lo sacaran también del país.

Él habría sido derrotado si no hubiera tenido el viejo sombrero. Y como aún conservaba un poco de libertad en sus manos, pudo girar un par de veces el sombrero. Inmediatamente los cañones empezaron a disparar, y golpearon duramente todo, y la hija del rey se vio forzada a venir a pedir clemencia. Y en el tanto que ella aceptó los términos, y prometió arrepentimiento, él se permitió ser persuadido y le dio la paz. Ella actuó cariñosamente como si lo amara mucho, y después de un tiempo llegó a ablandarlo tanto que él le confió que si alguien llegara a tener la mochila en su poder, no podría hacerle ningún daño mientras él mismo tuviera en sus manos el viejo sombrero.

Cuando ella supo el nuevo secreto, esperó a que se durmiera, le quitó el sombrero y lo tiró a la calle. Pero aún le quedaba el cuerno, y con gran enojo él lo sopló con todas sus fuerzas. Instantáneamente todas las paredes, fortificaciones, ciudades, pueblos y villas se vinieron abajo, y el rey y su hija vieron espantados a su país en ruinas. Y sin haber terminado de soplar un poco más y de bajar su cuerno, todo se redujo a escombros, y no quedó piedra sobre piedra.

Enseñanza:

Lo que de buena fe ha sido intercambiado, jamás debe ser arrebatado, de lo contrario sólo servirá para generar su propia desgracia.

Los duendes

Un zapatero, sin que fuera su culpa, había llegado a tal pobreza que al final no le quedaba más que el cuero necesario para un par de zapatos. Así que al anochecer, hizo los cortes para los zapatos que haría a la mañana siguiente, y como tenía limpia su conciencia, se acostó tranquilamente en su cama, se encomendó a Dios, y se quedó dormido.

En la mañana, después de decir sus oraciones, fue a sentarse a su banquillo para trabajar, y encontró los zapatos finamente terminados sobre la mesa. Él quedó atónito y no sabía que pensar de aquello. Tomó los zapatos en sus manos para observarlos más de cerca, y estaban tan perfectamente confeccionados que no encontró una sola mala puntada, eran toda una obra maestra. Poco después un comprador llegó, y como le gustaron tanto los zapatos, pagó más que lo de costumbre por ellos, y con ese dinero el zapatero pudo comprar material para dos pares de zapatos. Hizo los cortes en la noche, y a la mañana siguiente se preparó con fresco coraje para empezar su trabajo. Pero no tuvo necesidad de eso, porque cuando se levantó ya los encontró hechos, y no tubo que esperar nada por compradores que le pagaron suficiente dinero como para comprar cuero para otros cuatro pares de zapatos.

Y a la mañana siguiente todo se repitió, encontrando los cuatro pares ya hechos. Todo fue tan constante, que lo que preparaba en la noche amanecía confeccionado al otro día, de modo que pronto tuvo su propia independencia y llegó a ser un hombre rico. Y ocurrió que una noche poco antes de Navidad, cuando el hombre había hecho los cortes de los próximos zapatos, le dijo a su esposa, antes de ir a dormir:

-” ¿Qué te parece si nos quedamos levantados para ver quien es el que nos da esta mano de ayuda?”-

A la mujer le gustó la idea, encendió una candela, y se escondieron en una esquina del cuarto entre algunos vestidos que colgaban allí, y esperaron. Cuando fue medianoche, dos lindos y pequeños hombrecillos desnudos llegaron, se sentaron sobre la mesa del zapatero, cogieron todos los cortes que estaban listos y comenzaron a coser y a martillar con tal habilidad y rapidez con sus pequeños dedos que el zapatero no podía quitar la vista del asombro. Ellos no pararon hasta tener todo hecho, y al finalizar se levantaron y corriendo rápidamente se alejaron.

A la mañana siguiente la mujer dijo:

-”Esos hombrecitos nos han hecho ricos, y realmente debemos de mostrarles que les estamos muy agradecidos por ello. Ellos andan así, sin nada encima, y deben sentir frío. Te diré que haré: Coseré para ellos pequeñas camisas, y abrigos, y vestidos, y pantalones, y les tejeré a ambos un par de medias, y tú, hazle un par de zapatitos para cada uno.”-

El hombre dijo:

-”Me encantará hacérselos.”-

Y una noche, cuando todo estuvo listo, les dejaron los regalos en la mesa en lugar de los cortes usuales de los zapatos, y se escondieron para ver que harían los hombrecitos. A medianoche llegaron ellos resueltos a trabajar como de costumbre, pero como no encontraron los cueros cortados, sino solamente los lindos artículos de vestimenta, al principio se sorprendieron, y luego más bien mostraron gran complacencia. Se vistieron con gran rapidez, poniéndose encima los regalos y cantando:

-”Ahora somos muchachos lindos para ver,
¿Por qué zapateros hemos de ser?”-

Ellos bailaron y brincaron, y saltaron sobre sillas y bancos. Al final bailaron fuera de la puerta y se alejaron. Desde ese entonces no volvieron, pero en el tanto que vivieron el zapatero y su esposa, todo siguió bien con ellos, y todo lo que manejaron prosperó.

SEGUNDA HISTORIA
Había una vez una pobre joven sirvienta, que era muy industriosa y limpia, y barría la casa todos los días, y vaciaba todo lo recogido en un montón al frente de la puerta.

Una mañana justo cuando iba para su trabajo, encontró una carta en el montón, y como ella no sabía leer, puso la escoba en la esquina, y llevó la carta a su patrón y patrona, y resultó que era una invitación de los duendes, en la que le pedían a la muchacha que llevara por ellos un niño a bautizar. La joven no sabía que hacer, pero al final, después de mucha persuasión, y que los patronos le dijeran que no era correcto rechazar una invitación de esa clase, ella consintió.

Entonces tres duendes vinieron y la llevaron a una cueva en la montaña, donde las pequeñas creaturas vivían. Allí todo era pequeñito, pero tan elegante y bello que no podría describirse. La madre del niño yacía en una cama de ébano negro, ornamentado con perlas, los edredones estaban bordados con hilos de oro, la cuna era de marfil, y el baño era de oro. La muchacha estuvo como madrina, y luego deseó regresar a su casa de nuevo, pero los pequeños duendes urgentemente la convencieron para quedarse tres días más con ellos. Así que se quedó, y pasó el tiempo placenteramente a gusto, y los pequeños amigos hicieron lo que pudieron para hacerla feliz. Por fin se puso en camino de regreso. Entonces de primero le llenaron sus bolsillos de monedas, y enseguida la condujeron fuera de la montaña. Cuando ella llegó a la casa, quiso comenzar su trabajo de nuevo, y tomó en sus manos la escoba, que aún estaba en la esquina donde la dejó, y empezó a barrer. Entonces unas personas desconocidas salieron de la casa, y le preguntaron ¿qué quién era ella, y qué hacía allí? Y es que ella no estuvo, como pensó, tres días con los duendes, sino siete años, y entretanto sus antiguos patronos habían fallecido.

TERCERA HISTORIA

Un cierto niño había sido sacado de su cuna por unos duendes, y sustituido por otro que tenía una larga barba y unos ojos mirones, y quien no hacía más que comer y beber, acostado en su cuna. En su congoja, la madre fue donde la vecina a pedirle consejo. La vecina le dijo que ella debería llevar al intercambiado a la cocina, ponerlo junto al hogar, encender el fuego, y poner a hervir agua en dos cáscaras de huevo, lo que debería hacer reír al intercambiado, y si efectivamente reía, todo quedaría resuelto con él.

La mujer hizo todo tal como se lo indicó la vecina. Cuando puso las cascaras de huevo con agua en el fuego, el impostor dijo:

-”Yo soy ahora tan viejo como el bosque de occidente, pero nunca había visto que a alguien se le ocurriera hervir algo en unas cáscaras de huevo.”-

Y comenzó a reír inmediatamente. Cuando estaba riendo, inesperadamente llegó un grupo de pequeños duendes, quienes traían al niño correcto, lo pusieron junto al hogar, y se llevaron con ellos al intercambiado.

Enseñanza:

1- Siempre se debe ser bien correspondido con las ayudas recibidas.

2- Cuando se está fuera de lo habitual, el tiempo corre veloz.

3- La risa corrige muchos males.

Diario Vasco

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