Mr Taylor

Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

-¿Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

 

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer.”

 

Augusto Monterroso (México)

En la estepa

No es fácil la vida en la estepa, cualquier sitio se encuentra a horas de distancia, y no hay otra cosa más para ver que esta gran mata de arbustos secos. Nuestra casa está a varios kilómetros del pueblo, pero está bien: es cómoda y tiene todo lo que necesitamos. Pol va al pueblo tres veces por semana, envía a las revistas de agro sus notas sobre insectos e insecticidas y hace las compras siguiendo las listas que preparo. En esas horas en las que él no está, llevo adelante una serie de actividades que prefiero hacer sola. Creo que a Pol no le gustaría saber sobre eso, pero cuando uno está desesperado, cuando se ha llegado al límite, como nosotros, entonces las soluciones más simples, como las velas, los inciensos y cualquier consejo de revista parecen opciones razonables. Como hay muchas recetas para la fertilidad, y no todas parecen confiables, yo apuesto a las más verosímiles y sigo rigurosamente sus métodos. Anoto en el cuaderno cualquier detalle pertinente, pequeños cambios en Pol o en mí.

Oscurece tarde en la estepa, lo que no nos deja demasiado tiempo. Hay que tener todo preparado: las linternas, las redes. Pol limpia las cosas mientras espera a que se haga la hora. Eso de sacarles el polvo para ensuciarlas un segundo después le da cierta ritualidad al asunto, como si antes de empezar uno ya estuviera pensando en la forma de hacerlo cada vez mejor, revisando atentamente los últimos días para encontrar cualquier detalle que pueda corregirse, que nos lleve a ellos, a uno al menos: el nuestro.

Cuando estamos listos Pol me pasa la campera y la bufanda, yo lo ayudo a ponerse los guantes y cada uno se cuelga su mochila al hombro. Salimos por la puerta trasera y caminamos campo adentro. La noche es fría, pero el viento se calma. Pol va adelante, ilumina el suelo con la linterna. Más adentro el campo se hunde un poco en largas lomas; avanzamos hacia ellas. En esa zona los arbustos son pequeños, apenas alcanzan a ocultar nuestros cuerpos y Pol cree que esa es una de las razones por las que el plan fracasa noche a noche. Pero insistimos porque ya van varias veces que nos pareció ver algunos, al amanecer, cuando ya estamos cansados. Para esas horas yo casi siempre me escondo detrás de algún arbusto, aferrada a mi red, y cabeceo y sueño con cosas que me parecen fértiles. Pol en cambio se convierte en una especie de animal de caza. Lo veo alejarse, agazapado entre las plantas, y puede permanecer de cuclillas, inmóvil, durante mucho tiempo.

Siempre me pregunté cómo serán realmente. Conversamos sobre esto varias veces. Creo que son iguales a los de la ciudad, sólo que quizá más rústicos, más salvajes. Para Pol, en cambio, son definitivamente diferentes, y aunque está tan entusiasmado como yo, y no pasa una noche en la que ni el frío ni el cansancio lo persuadan de dejar la búsqueda para el día siguiente, cuando estamos entre los arbustos, él se mueve con cierto recelo, como si de un momento a otro algún animal salvaje pudiera atacarlo.

Ahora estoy sola, mirando la ruta desde la cocina. Esta mañana, como siempre, nos levantamos tarde y almorzamos. Después Pol fue al pueblo con la lista de las compras y los artículos para la revista. Pero es tarde, hace tiempo que debió haber regresado, y todavía no aparece. Entonces veo la camioneta. Ya llegando a la casa me hace señas por la ventanilla para que salga. Lo ayudo con las cosas, él me saluda y dice:

-No lo vas a creer.

-¿Qué?

Sonríe y me indica que entremos. Cargamos las bolsas pero no las llevamos hasta la cocina, no una vez que algo sucede, que al fin hay algo para contar.

Dejamos todo a la entrada y nos sentamos en los sillones.

-Bueno -dice Pol; se frota las manos-, conocí a una pareja, son geniales.

-¿Dónde?

Pregunto sólo para que siga hablando y entonces dice algo maravilloso, algo que nunca se me hubiera ocurrido y sin embargo entiendo que lo cambiará todo.

-Vinieron por lo mismo -dice. Le brillan los ojos y sabe que estoy desesperada por que continúe-, y tienen uno, desde hará un mes atrás.

-¿Tienen uno? ¡Tienen uno!, no lo puedo creer.

Pol no deja de asentir y frotarse las manos.

-Estamos invitados a cenar. Hoy mismo.

Me alegra verlo feliz y yo también estoy tan feliz que es como si nosotros también lo hubiéramos logrado. Nos abrazamos y nos besamos, y enseguida empezamos a prepararnos.

Cocino un postre y Pol elige un vino y sus mejores puros. Mientras nos bañamos y nos vestimos me cuenta todo lo que sabe. Arnol y Nabel viven a unos veinte kilómetros de acá, en una casa muy parecida a la nuestra. Pol la vio porque regresaron juntos, en caravana, hasta que Arnol tocó la bocina para avisar que doblaban y entonces vio que Nabel le señalaba la casa. Son geniales, dice Pol a cada rato y yo siento cierta envidia de que ya sepa tanto sobre ellos.

-¿Y cómo es? ¿Lo viste?

-Lo dejan en la casa.

-¿Cómo que lo dejan en la casa? ¿Sólo?

Pol levanta los hombros. Me extraña que el asunto no le llame la atención, pero le pido más detalles mientras sigo adelante con los preparativos.

Cerramos la casa como si no fuéramos a volver durante un tiempo. Nos abrigamos y salimos. Durante el viaje llevo el pastel de manzana sobre la falda, cuidando que no se incline, y pienso en las cosas que voy a decir, en todo lo que quiero preguntarle a Nabel. Puede que cuando Pol invite a Arnol con un puro nos dejen solas. Entonces quizá pueda hablar con ella sobre cosas más privadas, quizá Nabel también haya usado velas y soñado con cosas fértiles a cada rato y ahora que lo consiguieron puedan decirnos exactamente qué hacer.

Al llegar tocamos bocina y enseguida salen a recibirnos. Arnol es un tipo grandote y lleva jeans y una camisa roja a cuadros; saluda a Pol con un fuerte abrazo, como un viejo amigo al que no ve hace tiempo. Nabel se asoma tras Arnol y me sonríe. Creo que vamos a llevarnos bien. También es grandota, a la medida de Arnol aunque delgada, y viste casi como él; me incomoda haber venido tan bien vestida. Por dentro la casa parece una vieja hostería de montaña. Paredes y techo de madera, una gran chimenea en el living y pieles sobre el piso y los sillones. Está bien iluminada y calefaccionada. Realmente no es el modo en que decoraría mi casa, pero pienso en que se está bien y le devuelvo a Nabel su sonrisa. Hay un exquisito olor a salsa y carne asada. Parece que Arnol es el cocinero, se mueve por la cocina acomodando algunas fuentes sucias y le dice a Nabel que nos invite al living. Nos sentamos en el sillón. Ella sirve vino, trae una bandeja con una picada y enseguida Arnol se suma. Yo quiero preguntar cosas, ya mismo: cómo lo agarraron, cómo es, cómo se llama, si come bien, si ya lo vio un médico, si es tan bonito como los de la ciudad. Pero la conversación se alarga en puntos tontos. Arnol consulta a Pol sobre los insecticidas, Pol se interesa en los negocios de Arnol, después hablan de las camionetas, los sitios donde hacen las compras, descubren que discutieron con el mismo hombre, uno que atiende en la estación de servicio, y coinciden en que es un pésimo tipo. Entonces Arnol se disculpa porque debe revisar la comida, Pol se ofrece a ayudarlo y se alejan. Me acomodo en el sillón frente a Nabel. Sé que debo decir algo amable antes de preguntar lo que quiero. La felicito por la casa, y enseguida pregunto:

-¿Es lindo?

Ella se sonroja y sonríe. Me mira como avergonzada y yo siento un nudo en el estómago y me muero de la felicidad y pienso “lo tienen”, “lo tienen y es hermoso”.

-Quiero verlo -digo. “Quiero verlo ya”, pienso, y me incorporo. Miro hacia el pasillo esperando a que Nabel diga “por acá”, al fin voy a poder verlo, alzarlo.

Entonces Arnol regresa con la comida y nos invita a la mesa.

-¿Es que duerme todo el día? -pregunto y me río, como si fuera un chiste.

-Ana está ansiosa por conocerlo -dice Pol, y me acaricia el pelo.

Arnol se ríe, pero en vez de contestar ubica la fuente en la mesa y pregunta a quién le gusta la carne roja y a quién más cocida, y enseguida estamos comiendo otra vez. En la cena Nabel es más comunicativa. Mientras ellos conversan nosotras descubrimos que tenemos vidas similares. Nabel me pide consejos sobre las plantas y entonces yo me animo y hablo sobre las recetas para la fertilidad. Lo traigo a cuenta como algo gracioso, una ocurrencia, pero Nabel enseguida se interesa y descubro que ella también las practicó.

-¿Y las salidas? ¿Las cacerías nocturnas? -digo riéndome- ¿Los guantes, las mochilas?- Nabel se queda un segundo en silencio, sorprendida, y después se echa a reír conmigo.

-¡Y las linternas! -dice ella y se agarra la panza- ¡esas malditas pilas que no duran nada!

Y yo, casi llorando:

-¡Y las redes! ¡La red de Pol!

-¡Y la de Arnol! -dice ella- ¡No puedo explicarte!

Entonces ellos dejan de hablar: Arnol mira a Nabel, parece sorprendido. Ella no se ha dado cuenta todavía: se dobla en un ataque de risa, golpea la mesa dos veces con la palma de la mano; parece que trata de decir algo más, pero apenas puede respirar. La miro divertida, lo miro a Pol, quiero comprobar que también la está pasando bien, y entonces Nabel toma aire y llorando de risa dice:

-Y la escopeta -vuelve a golpear la mesa- ¡por Dios, Arnol! ¡Si sólo dejaras de disparar! Lo hubiéramos encontrado mucho más rápido.

Arnol mira a Nabel como si quisiera matarla y al fin larga una risa exagerada. Vuelvo a mirar a Pol, que ya no se ríe. Arnol levanta los hombros resignado, buscando en Pol una mirada de complicidad. Después hace el gesto de apuntar con una escopeta y dispara. Nabel lo imita. Lo hacen una vez más apuntándose uno al otro, ya un poco más calmados, hasta que dejan de reír.

-Ay. Por favor. -dice Arnol y acerca la fuente para ofrecer más carne-, por fin gente con quien compartir toda esta cosa. ¿Alguien quiere más?

-Bueno, ¿y dónde está? Queremos verlo -dice al fin Pol.

-Ya van a verlo -dice Arnol.

-Duerme muchísimo -dice Nabel.

-Todo el día.

-¡Entonces lo vemos dormido! -dice Pol.

-Ah, no, no -dice Arnol-, primero el postre que cocinó Ana, después un buen café, y acá mi Nabel preparó algunos juegos de mesa. ¿Te gustan los juegos de estrategia, Pol?

-Pero nos encantaría verlo dormido.

-No -dice Arnol-. Digo, no tiene ningún sentido verlo así. Para eso pueden verlo cualquier otro día.
Pol me mira un segundo, después dice:

-Bueno, el postre entonces.

Ayudo a Nabel a levantar las cosas. Saco el pastel que Arnol había acomodado en la heladera, lo llevo a la mesa y lo preparo para servir. Mientras, en la cocina, Nabel se ocupa del café.

-¿El baño? -dice Pol.

-Ah, el baño. -dice Arnol y mira hacia la cocina, quizá buscando a Nabel-, es que no funciona bien y.

Pol hace un gesto para restarle importancia al asunto.

-¿Dónde está?

Quizá sin quererlo, Arnol mira hacia el pasillo. Entonces Pol se levanta y empieza a caminar, Arnol también se levanta.

-Te acompaño.

-Está bien, no hace falta -dice Pol ya entrando al pasillo.

Arnol lo sigue algunos pasos.

-A tu derecha -dice-, el baño es el de la derecha.

Sigo a Pol con la mirada hasta que finalmente entra al baño. Arnol se queda unos segundos de espaldas a mí, mira hacia el pasillo.

-Arnol -digo, es la primera vez que lo llamo por su nombre- ¿te sirvo?

-Claro -dice él- me mira y se da vuelta otra vez hacia el pasillo.

-Servido -digo, y empujo el primer plato hasta su sitio- no te preocupes, va a tardar.

Sonrío para él, pero no responde. Regresa a la mesa. Se sienta en su lugar, de espaldas al pasillo. Parece incómodo, pero al fin corta con el tenedor una porción enorme de su postre y se la lleva a la boca. Lo miro sorprendida y sigo sirviendo. Desde la cocina Nabel pregunta cómo nos gusta el café. Estoy por contestar, pero veo a Pol salir silenciosamente del baño y cruzarse a la otra habitación. Arnol me mira esperando una respuesta. Digo que nos encanta el café, que nos gusta de cualquier forma. La luz del cuarto se enciende y escucho un ruido sordo, como algo pesado sobre una alfombra. Arnol va a volverse hacia el pasillo así que lo llamo:

-Arnol -me mira, pero empieza a incorporarse.

Escucho otro ruido, enseguida Pol grita y algo cae al piso, una silla quizá; un mueble pesado que se mueve y después cosas que se rompen. Arnol corre hacia el pasillo y toma el rifle que está colgado en la pared. Me levanto para correr tras él, Pol sale del cuarto de espaldas, sin dejar de mirar hacia adentro. Arnol va directo hacia él pero Pol reacciona, lo golpea para quitarle el rifle, lo empuja hacia un lado y corre hacia mí. No alcanzo a entender qué pasa, pero dejo que me tome del brazo y salimos. Escucho tras nosotros la puerta ir cerrándose lentamente y después el golpe que vuelve a abrirla. Dentro Nabel grita. Pol sube a la camioneta y la enciende, yo subo por mi lado. Salimos marcha atrás y por unos segundos las luces iluminan a Arnol que corre hacia nosotros.

Ya en la ruta andamos un rato en silencio, tratando de calmarnos. Pol tiene la camisa rota, casi perdió por completo la manga derecha y en el brazo le sangran algunos rasguños profundos. Pronto nos acercamos a nuestra casa a toda velocidad y a toda velocidad nos alejamos. Lo miro para detenerlo pero él respira agitado; las manos tensas aferradas al volante. Examina hacia los lados el campo negro, y hacia atrás por el espejo retrovisor. Deberíamos bajar la velocidad. Podríamos matarnos si un animal llegara a cruzarse. Entonces pienso que también podría cruzarse uno de ellos: el nuestro. Pero Pol acelera aún más, como si desde el terror de sus ojos perdidos, contara con esa posibilidad.
Samanta Schweblin (Argentina)

El caballo

-Me quedo con éste-dijo el comprador en inglés señalando al semental.

-Dice que se queda con éste-traduje al director de la caballeriza de acuerdo con mi papel de intérprete.

-Imposible, éste ya está vendido.

-Mentira, no estoy vendido-dijo el caballo en nuestra lengua.

-¿Qué ha dicho?-preguntó el comprador.

-No importa-dijo el director-. A veces desvaría.

-O éste o ninguno-se obstinó el americano-. Es un hermoso caballo y además sabe hablar.

El director de la caballeriza me llevó aparte.

-Este en concreto no lo puedo vender, porque no es un caballo.

-¿Y qué es entonces?

-Dos agentes del servicio secreto de los tiempos de antes de la Revolución disfrazados de caballo. Cada vez que nuestro Generalísimo quería dar un paseo a caballo los montaba a ellos, es decir a él. Protección personal.

-¿Y qué es lo que hacen aquí todavía?

-Se esconden. Verá, ahora, después de la Revolución, los agentes de los servicios secretos no tienen la vida fácil.

Mientras tanto el caballo-no-caballo se había acercado a nosotros.

-No sea gilipollas-le dijo al director-. Para nosotros es la única oportunidad de llegar a América.

-¿Este caballo habla también en rumano?- preguntó el americano acercándose a nuestro grupo.

-No, sólo en polaco. ¿Por qué lo pregunta?

-Soy representante de una organización que ayuda económicamente a los países de la Europa del Este. Este caballo lo enviaremos a Rumania como semental para mejorar la raza.

-Entonces muchas gracias-dijo el caballo y se alejó.

-¿Qué ha dicho?-me preguntó el americano.

-Que vuelve en seguida-mentí. Al fin y al cabo son asuntos nuestros.

 

Slawomir Mrozek (Polonia)

La rebelión

Nadie sabe en qué momento han comenzado a reunirse, ni cómo han podido atravesar los cordones de tropas. Lo más extraño de todo es por qué descuido, respeto o indiferencia han dejado reunirse a esas mujeres. Justo ahora y allí, en esta amenaza de catástrofe que pesa sobre la ciudad desde la madrugada.

A las cuatro en punto un fuerte destacamento al mando de un oficial de comunicaciones irrumpió en la central de teléfonos. Fue el primer indicio que tuvimos del cuartelazo. Las cosas comenzaban pues como de costumbre, de modo que en el primer momento no nos alarmamos demasiado. La “crisis” -como llaman los diarios cautamente a estos cólicos endémicos del régimen- no era un secreto para nadie. Pero de un tiempo a esta parte eran tan frecuentes que se había dejado de pensar en ella. Un poco antes de medianoche, los corresponsales de las agencias extranjeras habían enviado el despacho de rigor; un mismo texto para todos, que ya venía redactado en papel con membrete del departamento de prensa de la presidencia: “Reina absoluta tranquilidad en todo el país. El gobierno garantiza el orden y la libertad de trabajo a la población. Los movimientos de tropas que se han observado en los últimos días responden a ejercicios de rutina, que los círculos adversos al gobierno tratan de explotar, como siempre, con evidentes móviles subversivos”.

Así que nada nuevo.

Después un avión comenzó a sobrevolar la ciudad a baja altura durante toda la noche. Sospechamos que se trataba de uno de los vuelos de placer, también de rutina, que según la propaganda de la oposición suele dar el General con sus íntimos y las vestales de turno para cambiar de escenario y de ambiente. Se murmura que ocurren cosas muy divertidas allá arriba, deliciosas orgías, cosas que ni siquiera puede uno figurarse. La campaña de desprestigio de los “círculos adversos” no se detiene ni ante la vida privada de los hombres de gobierno.

Como contagiado por ella, Muleque dijo cuando oímos el avión:

-¡Ya están farreando otra vez!

-Y, viejo -le dije-, dejalos que se diviertan un poco. Ellos se sacrifican. Están en su derecho. ¿O es que les tenés envidia?

-¡Mierda! -farfulló revoleando furioso los ojos.

A mí me gustaba picarlo, remover esa indignación que lo poseía por entero cuando yo bromeaba sobre las cosas que a él lo crispaban. Una cólera sorda de impotencia, de coraje, de asco, lo estremecía de arriba abajo y le hacía temblar el muñón de la pierna en una especie de espasmo casi epiléptico.

-El General -seguí insistiendo- combina su hobby de la aviación con el de las mujeres. ¿Sabés lo que dicen que hace allá arriba? ¿Sabés lo último que hace? Se larga en picada sobre el Panteón de los Héroes, mientras…

-¡Me importa un cuerno! -me cortó con rabia. Sus labios gruesos temblaban dejando entrever las encías sanguinolentas, comidas por la piorrea.

-Ese por lo menos no va a morir en la cama -dije aún-. Un día le va a agarrar un infarto en la picada y se va a hacer bosta sobre el Panteón con putas y todo. ¡Sería lindo ver el Douglas presidencial clavado de nariz en la cúpula! ¿No te parece?

El escupitajo de Muleque erró la salivadera; se enchufó el palo y empezó a tamborilear en el Morse mecánicamente, con la mandíbula casi hundida en el pecho.

El avión continuó runruneando sobre las calles. Se alejaba y volvía sobrevolando el centro, la Escuela Militar, el Cuartel de Policía, las cañoneras fondeadas en la bahía, y de seguro los caminos de acceso a la ciudad. Ahora sabíamos que no se trataba de una de las orgías aéreas del General.

El golpe de mano nos tomó de sorpresa. A esa hora muerta del alba, cabeceando de sueño, Muleque y yo nos hallábamos repasando las bolillas de Civil para el examen, ante dos jarros de mate cocido ya frío, en la sala de transmisión. Muleque se llama en realidad José del Rosario Alcaraz, un apellido que tampoco debe ser el suyo porque desde los tres años, suele contar, lo metieron en el Asilo y no llegó a conocer ni siquiera a su madre, que murió un poco antes o un poco después, nunca pudo saberlo, de su entrada al Asilo. A los doce escapó del siniestro caserón mitad orfanato mitad manicomio, y desde entonces se las arregló como pudo. En una “revolución” anterior, siendo conscripto, dejó la pierna a cambio de la cual le dieron la papeleta de baja y las muletas que tiene. Lo apodamos Muleque por eso, por los palos y por su rizado pelo de zambo. Él fue quien me decidió a reanudar mis estudios en la Facultad. “Déjate de hacer el vago”, me dijo. “Esos versitos y cuentitos que escribís no van a ayudar a nadie en este país, donde la literatura vale menos que una cagada de mosca.” “Yo no quiero ayudar a nadie”, le dije con bronca aquella vez. “Yo escribo para mí, y sí me leen o no me leen me importa un bledo. Escribo porque se me da la gana… Sí, ya sé, vas a decirme que es como masturbarse. ¿Y qué? Cada uno con lo que le calma las glándulas. A vos, la Revolución, así con mayúscula, la jeta inflada al pronunciarla. A mí, la papirofagia, o la papiropaja, sí querés…” pero un tiempo después me inscribí en la Facultad. En las discusiones con Muleque yo siempre perdía por puntos o por abandono. En la Telefónica pedimos que nos pasaran al turno de la noche, para estudiar en las horas baldías de la guardia. Así también, desde el año pasado, me hizo entrar en el movimiento clandestino. Al principio, la verdad que el asunto no me interesaba más que por su sabor a cosa prohibida y algo romántica, como el de esas logias que formaban los patriotas en tiempos de la Independencia en el pleito contra los godos, y que ahora sólo se forman para el contrabando, la quiniela o los permisos de importación.

No es mucho lo que podemos hacer. Disponemos del código para los cifrados de Relaciones Exteriores y de la Armada, con los que solemos pescar de cuando en cuando alguna que otra información interesante. El Ejército ha organizado su propia red; por allí se nos escapan los peces gordos: todo el asunto de las guerrillas, por ejemplo, y también los líos internos de la aparentemente apacible vida castrense. Hacía algún tiempo que andábamos inactivos, un poco olvidados de nuestro papel, lo que había aumentado el malhumor de Muleque, volviéndolo retraído y taciturno. Ahora ni eso; ahora ya no está y yo no puedo hacerle bromas ni nada, y hasta me resulta difícil escribir esto, no sólo por el hombro machucado a culatazos, que me sigue doliendo como si lo tuviera entablillado con carbones encendidos, sino también porque en la celda estamos apilados como lombrices en un tarro, y cuando sacan enganchados a los que les toca el interrogatorio, se remueve toda la pila y el pucho de lápiz se me escapa de las manos, entre quejidos, escupidas y empujones. Debo seguir Jo que comencé en la Remington de la sala de transmisión, y que ni siquiera sé dónde habrá quedado. Los que están más cerca se extrañan de mi emperramiento en seguir garrapateando esto. En la semioscuridad, tengo que adivinarme la letra, sin contar que siento un cansancio, una hinchazón rara en todo el cuerpo, una hinchazón de rabia, de dolor, de tristeza, como si todavía bajara corriendo desde allá arriba donde lo dejé con la cabeza descansando sobre la muleta. Y si alguno ahora me preguntara qué es lo que estoy escribiendo y para qué, no sabría qué decirle. Tal vez me enojaría y volvería a rajarles una palabrota furiosa. Me miran de reojo, se miran entre ellos y ya no se animan a preguntarme ni a decirme nada.

Cuando el pelotón entró como una tromba, nos quedamos clavados en las sillas. Uno de los números estuvo a punto de dar un culatazo a Muleque porque lo vio manotear sobre el palo, y creyó de seguro que iba a repelerlos a garrotazos.

-¡Muchachos, a trabajar ahora para la revolución! -nos gritó el oficial después de calmar a los suyos.

Un centenar de soldados con equipo de campaña y profusión de automáticas se fortificó en el edificio. Los técnicos de Transradio y los demás empleados de la Telefónica fuimos traídos a atender los conmutadores de la planta automática. Pese a todo, el enérgico capitancito se nos antojó menos fastidioso, como si su condición de sublevado hiciera tolerable su presencia allí. Ya que podía imponer nuestra colaboración con las bayonetas que trajinaban los pasillos, optamos por simular que era espontánea, filmándonos a cambio los cigarrillos que nos distribuyó de entrada nomás. Del valijín que le acercó un soldado, sacó varios cartones de Lucky y fue arrojándonos los paquetes con gesto deportivo. Al rato pujábamos todos en el manipuleo de los controles como si de nosotros dependiera el triunfo del alzamiento. Lo hacíamos para quedar bien pero, en el fondo, para esconder lo que pudiera lucir en nosotros de bronca o de miedo. La única compensación, como digo, era el aroma no frecuente para nosotros de esos Lucky, que tratábamos de hacer durar hasta el último restiro del pucho. Muleque no; con lo que le gustaba Rimar, no prendió uno solo de los importados. Con gesto de repugnancia, de desprecio, los arrojó casi de sobrepique a los más próximos.

-¿Qué te parece? -le pregunté en voz baja.

-No sé, vamos a ver -dijo como en acecho de algo que estaba sucediendo más allá de lo confusamente percibido por nosotros.

Poco a poco las cosas se nos van aclarando a través de las comunicaciones intervenidas, de los nerviosos partes y comunicados del gobierno y de los insurrectos, que se contradicen mutuamente, pero que a su vez se complementan.

No menos de cinco mil hombres por bando están enfrentados en un radio de pocos kilómetros, desde hace diez horas. Si aún no se ha desencadenado el fuego es porque el azar actúa a veces con la espoleta mojada, y además porque al milico más que a ninguno le jode el olor de la pólvora. Debe ser por eso, digo yo. Pero hasta este momento, nadie sabe lo que está pasando entre bastidores del decorado armado para una representación que tarda en empezar.

Mientras menudearon en la mañana los cabildeos entre parlamentarios del gobierno y de los sublevados, era claro que estaban aguardando a que otras unidades se definieran. Pero después de mediodía eso dejó de tener sentido; para esa hora, la última de las guarniciones se había plegado al cuartelazo. Pero el General es muy astuto; no es la primera vez que se ve entre la espada y la pared. No obstante, la ruptura de las acciones se retarda de un modo inexplicable. La confusión y el desaliento cunden en las fuerzas que están frente a frente, desgastadas por la nerviosidad y el calor de este día verdaderamente infernal.

También nosotros hemos caído en una especie de depresión tironeada a medias por la ansiedad y el sopor. Para neutralizarla de alguna manera es que me he puesto a teclear estos apuntes, simulando que traduzco y copio las tiras del Morse, por lo que en definitiva las dos operaciones vienen a ser más o menos idénticas; sólo que traducir los puntos y rayas de esta descalabrada estación de mis nervios y hacerlos coincidir con los de la realidad es algo mucho más difícil.

De pronto entra Muleque taqueando muy excitado, y dice en voz alta, sin cuidarse de los números que nos vigilan:

-Se están reuniendo en la Plaza de Armas.

-¿Quiénes?

-Mujeres.

-¿Qué mujeres?

-Qué sé yo. Mujeres.

Un momento después me parece percibir un débil rumoreo que sube desde las calles traqueteadas por los carros de asalto, el rodar de las baterías y los desplazamientos de tropas. Tal vez la sensible vibración del susurro la hemos estado sintiendo desde hace rato más en la piel que en los oídos, entre todo ese ruido. Pero yo no la he sentido claramente hasta que Muleque ha entrado con la noticia. Me hace una seña y voy tras él, en un descuido.

Acabo de subir con Muleque a la azotea con el cuento de que íbamos a arreglar un alambre. Trepé al antepecho haciendo como que me atareaba con una de las bajadas de antenas. Algo me dijo, pero no le presté atención en ese momento. Después me volví hacia la plaza. Al principio no las vi. Muleque me apretó el brazo y agitó las manos en dirección a los reflejos que ondean allá abajo. Entonces comencé a verlas, emergiendo poco a poco de entre la opaca brillazón de polvo y calor. Están allí, formando una compacta muchedumbre. El sol de esta tarde de diciembre no las ha hecho cejar; pero no las acobardan tampoco las ametralladoras que erizan los balcones y las terrazas del Palacio de Gobierno, del viejo Cabildo, las troneras de la Escuela Militar y del Cuartel de Policía. Los sublevados han tendido un cinturón de cantones en torno al triángulo defensivo del gobierno; uno de ellos es el de la Telefónica, desde donde podemos observar la aproximada distribución de las fuerzas. Este triángulo tiene en la Plaza de Armas su campo de tiro forzoso, es el sector ubicado entre dos fuegos, algo así como la tierra de nadie en el enfrentamiento de los dos bandos, para esta batalla cuyo estallido se demora indefinidamente. Allí están ellas. Desde arriba se las ve muy pequeñas recortándose sobre el rojo pedregullo de la plaza que llamea al sol. Los “jeeps”, los camiones armados y los coches de lujo de los mandos pasan y se entrecruzan como exhalaciones sobre el fondo de siluetas oscuras e inmóviles. A lo largo de la calle transversal que baja hacia las barrancas, sólo divisamos parte de la aglomeración. Muleque se me adelanta siempre un poco, o tal vez mi capacidad de visión es más lenta que la suya. El me muestra esos nuevos grupos de mujeres que afluyen por las calles. Bajo el sol a plomo sus siluetas se yerguen sin sombra, sombras ellas mismas con los mantos oscuros. Casi todas parecen enlutadas en la salvaje reverberación que las iguala y apelmaza en un denso y a la vez transparente hacinamiento. Parpadeo asombrado; me parece increíble y me vuelvo hacia Muleque.

-Seguro habrán traído comida a los soldados -digo por decir algo.

-¡Como para comida están ellos! -farfulla Muleque.

-Se habrán juntado para algún funeral.

-El funeral lo van a hacer después. ¿No ves que es una manifestación? -su voz le tiembla un poco.

-¿Por dónde habrán podido llegar?

-Están allí -dice Muleque.

-Pero cómo las dejaron pasar… Ah, ya sé… -no quiero darme por vencido-. Han venido desde la Catedral y el Seminario Viejo. Debe ser una procesión por el día de la Virgen.

-Ya pasó el 8 de diciembre.

-Por la octava entonces.

-Ya pasó la octava.

Muleque no se inmuta. Para él, esas mujeres están ahí, simplemente; no le interesa cómo han podido llegar. Es posible, sin embargo, que las tropas las hayan dejado pasar y reunirse en la creencia de que se trata de una procesión religiosa, formada exclusivamente por mujeres. Pero esto mismo resulta disparatado.

Lo primero que se adivina en el gentío es que su actitud, si bien puede confundirse con un aire de fervor religioso, no tiene nada de esa pasividad por delegación en que las procesiones parecen anclar. Este gentío está encallado en un tozudo empecinamiento, en una especie de irrevocable confianza en las propias, limitadas, débiles fuerzas. Un oleaje que al batir la escollera se hubiese petrificado en su propia fragilidad. Si se pudiera oírlo desde aquí, se diría que el rumor sube y se apaga por momentos, en algo distinto a un bisbiseo de plegaria, como sí la multitud deliberara en voz baja, como si el oleaje a pesar de su cristalizada inmovilidad continuara batiendo la escollera invisible. Pero no se puede más que imaginarlo con representaciones que uno saca de frases hechas, de los recuerdos; ahora que, por más que escarbe en mis recuerdos, esto que veo allí abajo no se parece a nada conocido, y es que en el recuerdo y tal vez también en la esperanza, las cosas no se parecen más que a sí mismas. Allí está pasando algo extraño. “Algo extraño como la verdad”, dijo una vez Muleque, cabeceando de sueño; pero ya no me acuerdo a propósito de qué.
Puse el cable en su lugar. Muleque ya no estaba a mi lado; sólo entonces sentí que el metal me quemaba las manos. Cuando me volví hacía los soldados, vi en sus caras brillantes de sudor una expresión burlona.

Alrededor de las dos de la tarde han empezado a recibirse las primeras noticias de las zonas bajo control rebelde, a medida que se han ido normalizando las líneas cuyos conmutadores atiende Muleque. Apa-rentemente -por lo que él afirma-, en el interior del país se están produciendo manifestaciones similares a la de la Plaza de Armas. En todas las ciudades y poblados donde existen guarniciones militares, silenciosas caravanas de mujeres se han congregado frente a los cuarteles. Es casi absurdo; salvo que se trate de un fenómeno de sugestión colectiva. Quise hablar con Muleque, que en un principio nos iba soplando las novedades del interior, pero al capitán se le fue subiendo la mostaza y empezó a insultarnos a todos.
Aprovechando el creciente desorden en la sala de controles, he tratado de llegar de nuevo a la azotea, pero los soldados, esta vez, no han dejado que me acercara hacia la balaustrada. Así que no alcancé a ver el gentío de la plaza, únicamente los carros del Ejército y las camionetas de radiopatrulla de la policía, zumbando excitados como cascarudos a ras de tierra en amenaza de tormenta.

Tres de la tarde. Con el mismo pretexto de una reparación, hemos conseguido nuevamente deslizamos con Muleque a la azotea. Es asombroso. Allá abajo continúan estando ellas, impávidas, obcecadas, en esa tierra de nadie, preñada de muerte, reverberante y sombría a la vez; allí y en todos los otros lugares donde se han reunido a impulsos de esa especie de confabulación que se ha propagado como una onda magnética.

De pronto una camioneta ha empezado a girar alrededor de la muchedumbre, atronando el aire caldeado con sus altoparlantes, pero no se escucha lo que dice. De seguro las intiman a dispersarse. Mientras la camioneta da vueltas, la multitud permanece inmóvil. A nuestras espaldas, los soldados cabecean borrachos de sol y cansancio, recostados en cuclillas contra las paredes roñosas de sombra de un sector de la azotea, desinteresados por completo de lo que sucede en la plaza. Nos hemos mirado con Muleque. Me ha hecho un gesto como el de quien sabe qué es lo que está ocurriendo, y se ha puesto una mano en pantalla detrás de la oreja como si las voces del altoparlante llegaran hasta él.
-Están ordenando que desalojen la plaza -traduce-. Si no se van, las amenazan de que serán ametralladas.
La multitud no se ha movido. Si esas mujeres están ahí, evidentemente es porque no temen ese riesgo.
-Escucha… -Yo no oigo nada, nada más que ese sordo runruneo.- Están llamando a una de las mujeres al micrófono… -la cara de Muleque se transfigura. Los labios le tiemblan siguiendo las palabras de los altavoces, tratando de captarlas, de repetirlas-. Quieren que suba una de ellas a hablar por los parlantes… La representación está tomando ribetes absurdos. Pero de seguro todo eso responde a una ley que por el momento se me escapa.

Una vez más se me antoja que las siluetas enlutadas han juntado sus cabezas como en consejo, que un bisbiseo confidencial se ha propagado entre la multitud. He visto que una de las mujeres se ha adelantado hacia la camioneta; me ha parecido que subía, pero tal vez sólo ha quedado oculta por el vehículo.

-Está hablando… -dice Muleque con una creciente exaltación-. Dice que no se van a ir… que pueden ametrallarlas si quieren… pero que no se van a ir… -Muleque tragó con fuerza-. Está haciendo un llamado a los hombres, a los esposos, a los hijos, a los hermanos…

-¿Un llamado? ¿Para qué? -pregunto sin entender.

-Para que dejen las armas… ¡Escuchá… escuchá!

En ese momento yo también he oído la voz; cada palabra ha resonado amplificada por los ecos como si hablaran y se correspondieran al mismo tiempo muchas voces. Los ecos han golpeado en los vidrios de las ventanas cercanas con un levísimo chirrido.

-¡Dejen las armas… abandonen los cuarteles, los cantones, los retenes, los puestos! ¡Dejen las ar…! Han estrangulado la voz. Hay un silencio sepulcral. Han cortado de seguro los contactos. Estoy atontado. Lo miro a Muleque; él no está mejor que yo. Se ha combado sobre la balaustrada como si le doliera el vientre y estuviera a punto de vomitar, se toma el pecho con las dos manos. Me vuelvo con ansiedad hacia los soldados, pero ellos no parecen haber oído nada. Allá abajo, despepitando mucho los ojos, veo o se me antoja ver una pequeña figura arrojada a empellones, a culatazos, y el gentío empieza a moverse.

En eso aparece el capitán completamente empapado de sudor, los briches, la campera, pegados al hueso bajo el correaje. Tampoco parece preocupado en lo más mínimo por lo que ocurre abajo sino irritado por la in-dolencia de sus subordinados. Les pega cuatro gritos y los que están encuclillados en la sombra se remueven maquinalmente y vuelven a sus puestos de mala gana. El capitán da la espalda a la plaza. Bajo el sobaco le negrean los prismáticos. Yo casi extiendo la mano y se los arranco con las ganas que tengo de ver mejor el gran remolino que se está produciendo allá abajo…

Me cuesta mucho continuar escribiendo. Tengo la sensación de que el trozo de lápiz se me va alejando cada vez más con la mano descoyuntada, y el esfuerzo para cada trazo me iguala todo el cuerpo en un solo dolor, me aplana contra el piso de la celda como si yo fuera el papel en que escribo. Pero ahora debo seguir de cualquier manera, a como dé fin a estos apuntes. Por Muleque y por mí; pero más que por los dos, por eso que ha pasado y que los demás callan como si cada uno quisiera guardar para sí el sabor de esa esperanza en el fondo de su desesperanza. No hablan, pero se les nota en las miradas febriles, en el modo que tienen de mirarme con una actitud de complicidad en un secreto. Son pocos, pero yo los reconozco. Están también los otros, los que me miran con ojos macilentos de reprobación y de miedo, y ya ni siquiera contestan a las preguntas que hago a los más próximos, no tanto para precisar algunos detalles como para confundirlos y avergonzarlos. Es inútil que quieran convencerme de que no hubo combate, que no se disparó un solo tiro, que las tropas volvieron tranquilamente a sus cuarteles y que todo sigue como antes. Muleque no murió porque le hubiera reventado el corazón el impacto de aquellos que veíamos desde la azotea. Yo vi que los soldados del cantón se negaron a hacer fuego y que el capitán disparó sobre Muleque. Y si ahora me miran y callan burlones cuando yo les digo que fue así, es porque quieren denigrar a Muleque y tratan de exasperarme a mí. Cuando alguno entra como borracho, arrastrando los ojos por el suelo, lleno de moretones y con los huesos rotos por los golpes, sé que es otro que ha mentido, que no se ha animado a decir la verdad, y lo desprecio. Los que han dicho la verdad no han vuelto. Yo tampoco volveré; por eso escribo esto, para que se sepa lo que ocurrió.

Cuando en distintos sitios rompió a crepitar el fuego, Muleque se volvió a los soldados y les gritó que no tiraran sobre las mujeres. Los que habían hecho chasquear los cerrojos, bajaron poco a poco las armas, como dije. El capitán desenfundó entonces la pistola y disparó contra Muleque, que se derrumbó sobre el antepecho, girando sobre sí mismo hasta quedar enganchado de los brazos, de cara a la plaza. Él no podía ver ya que los soldados de nuestro cantón se negaban a disparar. Blandiendo la pistola como un energúmeno, el capitán les ordenó que lo hicieran. Pero ellos no se movieron y lo miraron fijo, como desafiándolo. Se abalanzó contra los sirvientes de una automática. No pudo llegar. Una ráfaga lo tumbó de bruces, se retorció un instante convulsivamente, y se quedó inmóvil.
Escondido en un hueco de la mampostería, yo miraba todo ese vértigo que parecía fuese a durar una eternidad. Pero al levantar la mirada, vi lo indecible. Las murallas de la Escuela Militar rebullían por lo alto de arracimadas cabezas en el resplandor ígneo de la tarde. Los más apurados se descolgaban desde las troneras. Parecían racimos de hormigas deslizándose contra la blancura de cal de las murallas. Las puertas se abrieron y vomitaron elásticas siluetas. Era una deserción en masa. Los jóvenes cadetes se habían hecho pasibles de ser fusilados por la espalda. Avanzaron hacia la plaza, formando una muralla de pechos humanos. El estrépito se agigantaba allí. Los carros de asalto llegaron raudamente para ametrallar a los desertores, pero los hombres de la tropa, muchachos, adolescentes, niños casi, se desacataron. No escuchaban, no podían oír las órdenes, los gritos espasmódicos, sordos a todo lo que no fuese ese retumbo que los llenaba y les mandaba desde adentro. En un abrir y cerrar de ojos se consumó otra deserción en masa, que dejó boqueando de ciega impotencia a unos grotescos muñecos. Vociferaban, chillaban, se agitaban en las plataformas de los carros vacíos. No se les veía sino los agujeros negros de las bocas en medio del fragor. Trataban de aferrar las automáticas, pero fueron reducidos por una nueva oleada de combatientes, invisibles hasta ese momento. Desde las casas, desde las barrancas, irrumpían grupos cada vez más numerosos de civiles que se apoderaron de los nidos de ametralladoras, de los carros de asalto, de las piezas de artillería, de las automáticas.

-¡Ellos… son ellos, Miguel! -oí murmurar a Muleque.

Los cadetes, los efectivos de los batallones desintegrados se plegaron y aposicionaron con las brigadas civiles, cuyas vanguardias avanzaban inconteniblemente hacia el Palacio de Gobierno.

Me quedé solo con Muleque. Lo desprendí del antepecho. Le puse despacio sus muletas como almohada. Me miró con sus ojos agónicos, pero él debía escuchar todavía el fragor del combate, el ruido de los pasos, de los millares de pasos sobre las piedras, entre ellos los suyos, aun los de ese pie que le comió la revolución, en esta victoriosa marcha con la que había soñado tanto tiempo. Me tenía agarrada una mano. Sus labios amoratados se movieron con esfuerzo.

-Vamos… a los conmutadores… -susurró aún-. Ayúdame, Miguel…

-Sí, Muleque.

-Tenemos… que trasmitir la noticia… lo último fue ya apenas el gorgoteo de un estertor.

Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.

Augusto Roa Bastos (Paraguay)

El hombre que amó a las Nereidas

Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el calor y los hedores del puerto, bajo el deteriorado toldo de un café donde unos cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de protegerse del sol. Los pantalones, viejos y rojizos, apenas le llegaban a los tobillos y el huesecillo puntiagudo, la arista del talón, las plantas largas y llenas de callosidades y escoriaduras, los dedos flexibles y táctiles, pertenecían a esa raza de pies inteligentes, acostumbrados al contacto del aire y del sol endurecidos por las asperezas de las piedras, que aún conservan en los países mediterráneos algo de la libre soltura del hombre desnudo en el hombre vestido. Pies ágiles, tan diferentes de los torpes soportes encerrados en los zapatos del norte… El azul desvaído de su camisa armonizaba con las tonalidades del cielo desteñido por la luz del verano; sus hombros y omoplatos se vislumbraban por los rotos de la tela como descarnadas rocas; tenía las orejas un poco alargadas y encuadraban oblicuamente su rostro a la manera de las asas de un ánfora; incontestables rastros de belleza veíanse todavía en su rostro macilento y ausente, como el aflorar, en un terreno ingrato, de una antigua estatua rota. Sus ojos de animal enfermo se escondían sin desconfianza tras unas pestañas tan largas como las que orlan los párpados de las mulas; llevaba la mano derecha continuamente tendida, con el ademán obstinado e importuno de los ídolos arcaicos que hay en los museos y que parecen reclamar a los visitantes la limosna de su admiración, y unos balidos desarticulados se escapaban de su boca abierta de par en par, que dejaba ver unos dientes espléndidos.

-¿Es sordomudo?

-Sordo no es.

Jean Demetriadis, el propietario de las grandes fábricas de jabón de la isla, aprovechó un momento de desatención, en que la mirada vaga del idiota se perdía del lado del mar, para dejar caer una dracma en las lisas baldosas. El ligero tintineo, medio ahogado por la fina capa de arena, no se perdió para el mendigo, quien recogió ávidamente la monedita de blanco metal y volvió de inmediato a su postura contemplativa y quejumbrosa, como una gaviota a orillas del muelle.

-No está sordo -repitió Jean Demetriadis dejando ante él la taza medio llena de untuosos posos negros-.

La palabra y el entendimiento le fueron arrebatados en tales condiciones que, en algunas ocasiones, hasta llego a envidiarle; yo, que soy un hombre razonable y rico, pues no encuentro a menudo en mi camino más que aburrimiento y vacío. Ese Panegyotis (así se llama) se quedó mudo a los dieciocho años por haber tropezado con las Nereidas desnudas.

Una sonrisa tímida se dibujó en los labios de Panegyotis, que había oído pronunciar su nombre. No parecía entender el sentido de las palabras que decía aquel hombre tan importante, en quien él reconocía vagamente a un protector, pero el tono, ya que no las palabras mismas, le llegaba. Contento de saber que hablaban de él y pensando que tal vez convendría esperar de nuevo una limosna, avanzó la mano imperceptiblemente, con el movimiento temeroso de un perro que roza con la pata la rodilla de su amo para que no se olvide de darle de comer.

-Es hijo de uno de los campesinos más acomodados de mi pueblo -prosiguió Jean Demetriadis-, y por excepción entre nosotros, estas gentes son ricas de verdad. Sus padres poseen tantos campos que no saben qué hacer con ellos, una buena casa de piedra sillar, un vergel con diversas variedades de árboles frutales y un huerto con verduras, un despertador en la cocina, una lámpara encendida ante la pared de los iconos; en fin, que disponen de todo lo necesario. Podía decirse de Panegyotis lo que pocas veces se puede decir de un joven griego: que tenía asegurado su pan para toda la vida. También podía decirse que ya tenía trazado el camino que debería seguir, un camino griego, polvoriento, lleno de guijarros y bastante monótono, aunque con unos cuantos grillos cantarines aquí y allá, y la posibilidad de hacer de cuando en cuando un alto agradable a la puerta de la taberna. Ayudaba a las viejas a varear las aceitunas; vigilaba el embalaje de los cajones de uvas y el peso de los fardos de lana; en las discusiones con los compradores de tabaco apoyaba discretamente a su padre escupiendo con asco ante cualquier proposición que no rebasara el precio apetecido; era novio de la hija del veterinario, una agraciada muchachita que trabajaba en mi fábrica. Como era muy apuesto, se le atribuían tantas amantes como mujeres existen en la comarca aficionadas al amor; se llegó incluso a decir que se acostaba con la mujer del sacerdote; si así era, el sacerdote no le guardaba rencor, pues no le gustaban las mujeres y se desinteresaba de la suya, que, por lo demás, suele ofrecerse a cualquiera. Imagínese la humilde felicidad de un Panegyotis; poseía el amor de las hermosas, la envidia de los hombres y, en algunas ocasiones, su deseo; un reloj de plata, cada dos o tres días una camisa maravillosamente blanca planchada por su madre, arroz “pilaf”, al mediodía y el “ouzo” glauco y perfumado antes de la cena. Pero la felicidad es frágil y, cuando no la destruyen las circunstancias o los hombres, se ve amenazada por los fantasmas. Acaso no sepa usted que nuestra isla se halla poblada de presencias misteriosas. Nuestros fantasmas no se parecen a sus espectros del norte, que sólo salen a medianoche y se alojan durante el día en los cementerios. Nuestros fantasmas olvidan cubrir su cuerpo con una sábana blanca y su esqueleto se halla recubierto de carne. Pero tal vez sean más peligrosos que las almas de los muertos, ya que éstos, al menos, han sido bautizados y han conocido la vida, han sabido lo que es sufrir. Las Nereidas de nuestros campos son inocentes y malvadas como la naturaleza misma, que tan pronto protege al hombre como lo destruye. Los dioses y las diosas de la antigüedad están bien muertos, y los museos sólo conservan sus cadáveres de mármol. Nuestras ninfas se parecen más a las hadas de su país que a la imagen que de ellas tienen ustedes, según el modelo de Praxiteles. Pero nuestro pueblo cree en ellas y en sus poderes; existen igual que la tierra, el agua y el peligroso sol. En ellas, la luz del verano se hace carne, y, por eso, verlas dispensa vértigo y estupor. Sólo salen a la hora trágica del mediodía; están como inmersas en el misterio de la luz del día. Si los campesinos atrancan la puerta de sus casas antes de echarse la siesta, es por ellas; estas hadas auténticamente fatales son hermosas, van desnudas y son refrescantes y nefastas como el agua en que bebemos los gérmenes de la fiebre; los que las vieron se consumen lentamente de languidez y de deseo. Los que tuvieron el atrevimiento de acercarse a ellas se quedan mudos para toda la vida, pues no deben revelarse al vulgo los secretos del amor. Pues bien, una mañana de julio dos corderos del padre de Panegyotis se pusieron a dar vueltas. La epidemia se propagó rápidamente a las más bellas reses del rebaño y el cuadro de tierra apisonada que había delante de la casa tuvo que transformarse rápidamente en asilo para ganado alienado. Panegyotis se fue solo, en plena canícula, bajo el sol, a buscar a un veterinario que vive en la otra vertiente del Monte de San Elías, en un pueblecito agazapado a orillas del mar. Al llegar el crepúsculo, aún no estaba de vuelta. La inquietud del padre de Panegyotis pasó de sus corderos a su hijo; registraron en vano todo el campo y los valles de los alrededores; durante toda la noche, las mujeres de la familia estuvieron rezando en la capilla del pueblo -que no es más que un granero iluminado por dos docenas de cirios-, donde parece que a cada momento vaya a entrar la Virgen para dar a luz a Jesús. Al día siguiente por la noche, a la hora del descanso, cuando los hombres se sientan en la plaza del pueblo ante una taza de café, un vaso de agua o una cucharada de mermelada, vieron volver a un Panegyotis muy cambiado, tanto como si hubiera pasado por la muerte. Sus ojos centelleaban, pero parecía como si el blanco del ojo y la pupila hubieran devorado al iris; dos meses de malaria no lo hubieran puesto más amarillo; una sonrisa un poco repugnante deformaba sus labios, de los que ya no salían palabras. No obstante, aún no estaba completamente mudo. Unas sílabas entrecortadas se le escapaban de la boca como los últimos gorgoteos de un manantial que muere:

“-Las Nereidas… Las señoras… Nereidas… Hermosas… Desnudas… Es estupendo… Rubias. .. Todo el cabello rubio…

“Estas fueron las únicas palabras que se le pudieron sacar. Varias veces, en los días que siguieron, se le oyó de nuevo repetir despacio, para sí mismo: “Pelo rubio… rubio”, como si estuviera acariciando seda. Sus ojos dejaron de brillar, pero su mirada, que se hizo vaga y fija, adquirió unas propiedades peculiares: puede contemplar el sol sin pestañear; tal vez encuentra un gran placer en contemplar este astro de un rubio tan deslumbrador. Yo estaba en el pueblo durante las primeras semanas de su delirio: no tenía fiebre, ni síntomas de insolación o ataque alguno. Sus padres lo llevaron para que lo exorcizasen a un célebre monasterio que había en la vecindad: se dejó conducir con la misma dulzura que un cordero enfermo, pero ni las ceremonias de la Iglesia, ni las fumigaciones de incienso, ni los ritos mágicos de las viejas del pueblo pudieron liberar su sangre de las ninfas locas de color del sol. Los primeros días de su nuevo estado transcurrieron en incesantes idas y venidas; retornaba incansablemente al lugar donde había surgido la aparición: hay allí una fuente, donde van los pescadores algunas veces para proveerse de agua dulce, un valle pequeño y encajonado, un campo de higueras y un sendero que desciende hasta el mar. Las gentes han creído ver en la hierba rala unas huellas ligeras de pies femeninos, algún espacio que otro hollado por el peso de unos cuerpos. Puede uno imaginar fácilmente la escena: los rayos de sol abriéndose camino por la sombra de las higueras, que no es una sombra, sino una forma más verde y más suave que la luz; el joven lugareño inquieto al oír unas risas y unos gritos de mujer, lo mismo que un cazador ante un batir de alas; las divinas muchachas levantando sus brazos con el vello dorado interceptando el sol; la sombra de una hoja que se desplaza sobre un vientre desnudo; un seno claro, cuyo pezón es rosa y no violeta; los besos de Panegyotis devorando aquellas cabelleras, lo que daría la impresión de estar masticando miel; su deseo perdiéndose por entre aquellas piernas doradas. Del mismo modo que no existe amor sin arrebato del corazón, apenas existe auténtica voluptuosidad sin la fascinación de la belleza. El resto no es más que funcionamiento maquinal, como la sed o el hambre. Las Nereidas dieron acceso al joven insensato a un mundo femenino tan diferente de las muchachas de la isla como éstas lo son de las hembras del ganado; le trajeron la embriaguez de lo desconocido, el agotamiento del milagro, las malignidades centelleantes de la felicidad. Se pretende que sigue viéndose con ellas en las horas cálidas, cuando esos hermosos demonios del mediodía rondan en busca de amor; parece haber olvidado hasta el rostro de su antigua novia, de la que se aparta como si fuera una repugnante mona; escupe cuando pasa la mujer del pope, que estuvo llorando dos meses antes de consolarse. Las ninfas lo han idiotizado, para poder mezclarlo más fácilmente a sus juegos, como una especie de fauno inocente. Ya no trabaja; no se preocupa ni de los meses ni de los días; se ha hecho mendigo, de suerte que casi siempre logra comer lo necesario. Vagabundea por la comarca evitando las carreteras anchas; se mete por los campos y por los bosques de pinos, así como por los desfiladeros de las desiertas colinas, y se cuenta que una flor de jazmín colocada encima de una tapia de adobe, una piedrecilla blanca al pie de un ciprés son otros tantos mensajes en los que descifra la hora y el lugar de la próxima cita con las hadas. Los campesinos pretenden que nunca envejecerá: como todos aquellos a quienes han echado mal de ojo, se marchitará sin que se sepa si tiene dieciocho o cuarenta años. Pero sus rodillas tiemblan, su entendimiento se fue para no volver jamás y la palabra no renacerá en sus labios. Homero ya sabía cómo ven consumirse su inteligencia y sus fuerzas aquellos que se acuestan con las diosas de oro. Más yo envidio a Panegyotis. Ha salido del mundo de los hechos para entrar en el de las ilusiones, y a veces se me ocurre pensar que tal vez la ilusión sea la forma que adoptan a los ojos del vulgo las más secretas realidades.

-Pero, vamos, Jean -dijo irritada la señora Demetriadis-, ¿no creerás de verdad que Panegyotis se encontró con las Nereidas?

Jean Demetriadis no contestó, ocupado como estaba en levantarse de su silla para devolver su altivo saludo a tres extranjeras que pasaban por allí. Aquellas tres jóvenes americanas, muy bien vestidas con trajes de tela blanca, caminaban con paso ligero por el muelle inundado de sol, seguidas de un viejo mozo de cuerda, doblado en dos bajo el peso de las vituallas compradas en el mercado; y lo mismo que tres niñas pequeñas al salir del colegio, se cogían de la mano. Una de ellas no llevaba sombrero, sino unas briznas de mirto prendidas en su rojiza cabellera; la segunda llevaba un enorme sombrero mexicano, y la tercera, gafas de sol con cristales ahumados que la protegían como si fuera una máscara. Aquellas tres jóvenes se habían instalado en la isla, donde habían comprado una casa situada lejos de las carreteras importantes: pescaban por las noches con un tridente, a bordo de su barca, y cazaban codornices en el otoño. No se hablaban con nadie y ellas mismas realizaban las tareas de la casa, por miedo a introducir una criada en la intimidad de su existencia; se aislaban, hurañas, para evitar murmuraciones, prefiriendo tal vez las calumnias. Traté en vano de interceptar la mirada que echó Panegyotis a aquellas tres diosas, pero sus ojos distraídos seguían vagos y sin luz: era manifiesto que no reconocía a sus Nereidas vestidas de mujer. De repente, se agachó con el movimiento ágil de un animal, para recoger la dracma que había caído de nuestros bolsillos y pude observar, entre el basto pelo del chaquetón que llevaba al hombro, sujeto a sus tirantes, el único objeto que podía proporcionar una prueba imponderable a mi convicción: el hilo sedoso, el delgado hilo, el hilo perdido de un cabello rubio.

 

Marguerite Yourcenar (Francia)

El tren

La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.

- ¡Ni un movimiento! -dijo.

Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.

La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como sí pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.

Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio.

- Buenas tardes -le dijo el anciano a miss Dent.

Lo dijo, pensó ella, como si se tratara de una tarde de verano normal y él fuese un anciano importante que llevara zapatos y esmoquin.

- Buenas tardes -contestó miss Dent.

La mujer del vestido de punto la miró de un modo calculado para darle a entender que no se alegraba de encontrarla en la sala de espera.

El anciano y la mujer se sentaron en un banco al otro lado de la sala, justo enfrente de miss Dent. Miró cómo el anciano se estiraba un poco los pantalones, cruzaba las piernas y empezaba a mover el pie, convenientemente enfundado en su calcetín. El anciano sacó un paquete de cigarrillos y una boquilla del bolsillo de la camisa. Insertó el cigarrillo en la boquilla y se llevó la mano al bolsillo de la camisa. Luego buscó en los bolsillos del pantalón.

- No tengo lumbre -dijo a la mujer.

- Yo no fumo -contestó ésta-. Cualquiera diría que no me conoces lo suficiente para saberlo. Si es que tienes que fumar, ella quizá tenga una cerilla.

La mujer alzó la barbilla lanzando una mirada a miss Dent.

Pero miss Dent meneó la cabeza. Se acercó más el bolso. Tenía las rodillas juntas, los dedos crispados sobre el bolso.

- Así que, encima de todo lo demás, no hay cerillas -dijo el anciano de pelo blanco.

Se registró los bolsillos una vez más. Luego suspiró y sacó el cigarrillo de la boquilla. Volvió a meter el cigarrillo en el paquete. Guardó los cigarrillos y la boquilla en el bolsillo de la camisa.

La mujer empezó a hablar en una lengua que miss Dent no entendía. Pensó que podría ser italiano porque su rápida manera de hablar se parecía a la de Sofía Loren en una película que había visto.

El anciano meneó la cabeza.

- No te sigo, ¿sabes?, vas muy deprisa para mí; tendrás que ir más despacio. Habla inglés. No puedo seguirte -dijo.

Miss Dent dejó de aferrar el bolso y lo puso en el banco, junto a ella. Miró el cierre. No sabía exactamente lo que debía hacer. La sala era pequeña y no le parecía bien levantarse de pronto para ir a sentarse a otra parte. Sus ojos se dirigieron al reloj.

- No puedo soportar a esa pandilla de locos -dijo la mujer-. ¡Es tremendo! Sencillamente, no puede explicarse con palabras. ¡Dios mío!

La mujer dijo esto y meneó la cabeza. Se dejó caer contra el respaldo del banco, como agotada. Alzó la vista y miró brevemente al techo.

El anciano tomó la corbata de seda entre los dedos y empezó a manosear el tejido. Se abrió un botón de la camisa y pasó la corbata por dentro. La mujer prosiguió, pero él parecía pensar en otra cosa.

- Es esa chica la que me da lástima -dijo la mujer-. La pobrecita, solo en una casa llena de idiotas y de víboras. Es la única que me da pena. ¡Y a ella es a quien hay que pagar! ¡No a los demás.  ¡Desde luego no a ese imbécil que llaman Capitán Nick! Es completamente irresponsable. A él no.

El anciano alzó la cabeza y echó una mirada por la sala de espera. Se fijó un momento en miss Dent.

Miss Dent miró por encima de él, a la ventana. Vio la alta farola, con la luz brillando sobre el aparcamiento vacío. Tenía las manos cruzadas en el regazo y trataba de concentrarse en sus propios asuntos. Pero no podía dejar de oír lo que aquella gente decía.

- Te voy a decir una cosa -dijo la mujer-. La chica es la única que me interesa. ¿A quién le importa el resto de esa tribu? Toda su existencia gira alrededor del café au lait y los cigarrillos, de su refinado chocolate suizo y de esos puñeteros guacamayos. No les importa nada aparte de eso. ¿Qué más les interesa? Si no vuelvo a ver a esa pandilla otra vez, tanto mejor. ¿Me entiendes?

- Claro que te entiendo -contestó el anciano-. Naturalmente.

Descabalgó la pierna, la apoyó en el suelo y cruzó la otra.

- Pero no te enfades por eso ahora -dijo.

- Dice que no me enfade por eso. ¿Por qué no te miras al espejo?

- No te inquietes por mí -contestó el anciano-. Peores cosas me han pasado y aquí me tienes.

Se rió en voz baja y meneó la cabeza.

- No te preocupes por mí.

- ¿Cómo no voy a preocuparme por ti? -preguntó ella-. ¿Quién, si no, va a preocuparse por ti? ¿Esa mujer del bolso va a preocuparse por ti?

Dejó de hablar el tiempo suficiente para fulminar a miss Dent con la mirada.

- Lo digo en serio, amico mio. ¡Pero mírate! ¡Por Dios, si no hubiese tenido ya tantas cosas en la cabeza, me habría dado un ataque de nervios allí mismo! Dime quién más va a preocuparse por ti si yo no lo hago. Te hago una pregunta en serio. Ya que sabes tantas cosas, contéstame a ésa.

El anciano de pelo blanco se puso en pie y luego volvió a sentarse.

- No te preocupes por mí, simplemente -dijo-. Preocúpate por otra persona. Si quieres preocuparte por alguien, hazlo por la chica y por el Capitán Nick. Tú estabas en otra habitación cuando él dijo: «Yo no soy serio, pero estoy enamorado de ella.» Esas fueron sus palabras.

- ¡Sabía que pasaría algo así! -gritó la mujer.

Cerró los dedos y se llevó las manos a las sienes.

- ¡Sabía que me dirías algo parecido! Pero tampoco me sorprende. No, no me pilla de sorpresa. Un leopardo no muda las manchas. Nunca se ha dicho nada más cierto. Lo dice la experiencia. Pero, ¿cuándo vas a despertarte, viejo estúpido? Contéstame. ¿Eres como la mula, que primero hay que darle bastonazos entre los ojos? O Dio mio! ¿Por qué no vas a mirarte al espejo? Mírate bien, mientras puedas.

El anciano se levantó del banco y se acercó a la fuente. Se puso una mano a la espalda, abrió el grifo y se inclinó para beber. Luego se enderezó y se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Se llevó las manos a la espalda y empezó a recorrer la habitación como si estuviera de paseo.

Pero miss Dent vio que sus ojos exploraban el suelo, los bancos vacíos, los ceniceros. Comprendió que buscaba cerillas y lamentó no tener ninguna.

La mujer se había vuelto para seguir los movimientos del anciano.

- ¡Pollo frito de Kentucky en el polo norte! ¡El Coronel Sanders con botas y parka! ¡Eso fue el colmo!  ¡El acabose!

El anciano no contestó. Prosiguió su circunnavegación de la sala y se detuvo delante de la ventana. Se quedó allí, con las manos a la espalda, mirando el aparcamiento vacío.

La mujer se volvió hacia miss Dent. Se tiró de la sisa del vestido.

- La próxima vez que vaya a ver películas domésticas sobre Point Barrow, Alaska, y sus esquimales norteamericanos, me lo tendré merecido. ¡Qué absurdo, por Dios! Hay gente que haría cualquier cosa. Los hay que tratarían de matar de aburrimiento a sus enemigos. Pero habría que haberlo visto.

La mujer lanzó a miss Dent una mirada agresiva, como si la desafiara a llevarle la contraria.

Miss Dent cogió el bolso y se lo puso en el regazo. Miró al reloj, que parecía avanzar muy despacio, suponiendo que se moviera.

- No es usted muy habladora -dijo la mujer a miss Dent-. Pero apuesto a que tendría mucho que decir si alguien la animara. ¿Verdad? Pero usted es lista. Prefiere quedarse sentada con su boquita decorosamente cerrada mientras otros hablan sin parar. ¿Tengo razón? Agua mansa. ¿Así es usted? -preguntó la mujer-. ¿Cómo la llaman?

- Miss Dent. Pero no la conozco a usted.

- ¡Pues yo tampoco a usted! -exclamó la mujer-. Ni la conozco ni quiero conocerla. Quédese ahí sentada y piense lo que quiera. Eso no cambiará nada. ¡Pero sé lo que pienso yo, que esto da asco!

El anciano se apartó de la ventana y salió. Cuando volvió, un momento después, tenía un cigarrillo encendido en la boquilla y parecía de mejor humor. Llevaba los hombros echados hacía atrás y la barbilla hacia adelante. Se sentó junto a la mujer.

- En el fondo, tienes suerte -dijo la mujer-. Y eso es una ventaja en tu situación. Siempre lo he sabido, aunque nadie más se diese cuenta. La suerte es importante.

La mujer miró a miss Dent y prosiguió:

- Joven, apuesto a que usted ha cometido errores en la vida. Estoy segura. Me lo dice la expresión de su cara. Pero usted no va a hablar de ello. Adelante, pues, no hable. Deje que hablemos nosotros. Pero envejecerá. Entonces ya tendrá algo de qué hablar. Espere a tener mi edad. O la suya -añadió la mujer, señalando al anciano con el dedo pulgar-. No lo quiera Dios. Pero todo llega. A su debido tiempo todo llega. Y tampoco hay que buscarlo. Viene sólo.

Miss Dent se levantó del banco sin dejar el bolso y se acercó a la fuente. Bebió y se volvió a mirarlos. El anciano había terminado su cigarrillo. Lo sacó de la boquilla y lo tiró debajo del banco. Golpeó la boquilla contra la palma de la mano, sopló el humo que había dentro y volvió a guardarla en el bolsillo de la camisa. Ahora también prestó atención a miss Dent. Fijó la vista en ella y esperó junto con la mujer. Miss Dent hizo acopio de fuerzas para hablar. No sabía por dónde empezar, pero pensó que podría decir primero que tenía una pistola en el bolso. Incluso podría decirles que aquella misma tarde había estado a punto de matar a un hombre.

Pero en aquel momento oyeron el tren. Primero, el silbido; luego, un ruido metálico y un timbre de alarma cuando la barrera descendió sobre el paso a nivel. La mujer y el anciano de pelo blanco se levantaron del banco y se dirigieron a la puerta. El anciano abrió la puerta para que pasara su compañera, luego sonrió e hizo un gesto con la mano para que miss Dent saliera antes que él. Ella llevaba el bolso sujeto contra la blusa. Salió detrás de la mujer mayor.

El tren silbó otra vez al tiempo que aminoraba la marcha; luego se detuvo delante de la estación. El foco de la locomotora se movía de un lado para otro sobre los raíles. Los dos vagones que componían el pequeño convoy estaban bien iluminados, de modo que a las tres personas que estaban en el andén les resultó fácil ver que el tren venía casi vacío. Pero no les sorprendió. A aquella hora, lo que les sorprendía era ver a alguien a bordo.

Los escasos viajeros se asomaban a las ventanillas de los vagones y encontraban raro ver a aquella gente en el andén, disponiéndose a abordar un tren a aquella hora de la noche. ¿Qué asuntos les habrían sacado de sus casas? A aquella hora, la gente debería estar pensando en acostarse. En las casas de las colinas que se veían detrás de la estación, las cocinas estaban limpias y arregladas; los lavavajillas hacía mucho que habían concluido su función, todo estaba en su sitio. Las lamparillas de noche brillaban en los cuartos de los niños. Unas cuantas adolescentes aún estarían leyendo novelas, retorciéndose un mechón de pelo entre los dedos. Pero las televisiones se apagaban. Mandos y mujeres se disponían a pasar la noche. La media docena de viajeros sentados en los dos vagones miraban por la ventanilla y sentían curiosidad por las tres personas del andén.

Vieron a una señora de mediana edad, muy maquillada y con un vestido de punto de color rosa, subir el estribo y entrar en el tren. Tras ella, una mujer más joven, vestida con blusa y falda de verano que aferraba un bolso. Las siguió un anciano que andaba despacio con aire de dignidad. El anciano tenía el pelo blanco y llevaba una corbata blanca de seda, pero iba descalzo. Los viajeros, como es lógico, pensaron que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuera cual fuese el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un desenlace satisfactorio. Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía. Por esa razón, apenas volvieron a pensar en las tres personas que avanzaban por el pasillo para encontrar acomodo: la mujer y el anciano de pelo blanco se sentaron juntos, la joven del bolso unos asientos más atrás. En cambio, los viajeros miraban a la estación pensando en sus cosas, en los asuntos en que estaban enfrascados antes de que el tren parase en la estación.

El factor examinó la vía. Luego miró atrás, en la dirección en que venía el tren. Alzó el brazo y, con la linterna, hizo una señal al maquinista. Eso era lo que el maquinista esperaba. Giró un botón y bajó una palanca. El tren arrancó. Lentamente al principio, pero luego empezó a tomar velocidad. Fue acelerando hasta que una vez más surcó la campiña a toda marcha, con sus vagones brillantes arrojando luz sobre la vía.
Raymond Carver (EE. UU.)

Trabajar es un placer

Yo viví siempre  en  el campo  durante  el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un chaval, y los campesinos me llevaban consigo a las recolecciones – las más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar el trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas; y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año siguiente. Los días que no había recolección, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros chavales a pescar en el Belbo – había un provecho en ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba – ciertos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos-, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y los soltaba solamente de noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que había diferencia entre salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de colinas pisando la hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad donde recolecciones y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o que ganar los empleados- ¡los empleados!- al juntarse con los trabajadores. «¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?» «¡Rebajarse así!» «Están locos o vendidos.» «Ignorantes.»

El chaval escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada – había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes – de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. «Trabajar es un placer», decía para sí.

- Trabajar es un placer – dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

- Ojalá fuese cierto – contestó-, pero hay quien no tiene ganas.

Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los trucos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía sus quinteros.

Estos quinteros venían el domingo a traer verdura o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él estaba siempre en todas partes y trabajaba en nuestra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se quedaban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.

- Trabajar es un placer-les dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.

- ¿Quién lo dice?-respondieron. – Quien no hace nada, como tú.

- Lo dice el capataz.

Entonces rieron más fuerte.

- Se comprende – me dijeron -, ¿has oído alguna vez al párroco decir que esté mal ir a la iglesia?

Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.

- Si no os gusta trabajar-dije-, os gusta recoger los frutos.

El joven dejó de reír.

- Están los amos – dijo despacio – que comparten los frutos sin haber trabajado.

Lo miré, con la cara roja.

- Haced una huelga – dije – si no estáis contentos. En Turín la hacen.

Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo, y volvieron a reír.

- Primero tenemos que vendimiar – dijo el viejo-, luego veremos.

- Pero el joven meneó la ca¬beza y reía.

- Nunca hará nada, papá – dijo bajito.

En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se siguió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea – al principio no fue sino una sospecha – se me había metido en la sangre: trabajar no era un placer ni siquiera en el campo. Y esta vez sabía que la necesidad de ver la recolección y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Cesare Pavese (Italia)

El tenista

La cancha de tenis se esconde detrás de los pinos olorosos. Huelo los pinos desde mi escondite detrás de los troncos. Estoy enamorada del tenista. Es un muchacho con rodillas de piel traslúcida. La piel se le transparenta en las rodillas y entonces el hueso queda marcado como un puño apretado bajo un guante de látex. El triángulo de la rótula es delicado. Qué ósea la rodilla del muchacho. Cuánta belleza ósea.

Tiene medias deportivas y zapatos deportivos y short blanco y una remera blanca y el sol le deja el pecho resplandeciente y las piernas que corren a la derecha y a la izquierda de la red van removiendo la tierra roja del piso hecho de motas de ladrillo. Qué material noble el ladrillo.

Ese muchacho es una preciosura máxima con pelo negro que le cae sobre la frente en un mechón indómito. Siempre se dice mechón indómito. Qué hay de malo en que yo también diga si es lo que se dice: el mechón que cae, el indómito.

Los ojos siguen el trayecto de la pelota de tenis. No vale la pena decir cómo es esa pelota. Es una clásica pelota de tenis. Podría decirse que es una pelota que sigue el canon mundial de las pelotas de tenis. No se podría decir que la pelota sigue el canon universal (porque sería atrevido: no sabemos qué ocurre en territorios de otros planetas) ni tampoco internacional, puesto que internacional no es tan inclusivo como mundial.

Los ojos de él son morenos y rasgados y las pestañas de él son largas y curvadas y la boca de él es la del capricho. Claro que estoy enamorada.

La contrincante es la enamorada del muchacho y no quiero detenerme en ella porque es mi rival. Solo me detendría para decir que no me llega ni a los tobillos. Es más linda, sí. Y juega al tenis, y yo no sé jugar al tenis.

Y luego está lo de la exclamación de esfuerzo que ella profiere al momento de pegar a la pelota con el encordado de la raqueta. Es algo ciertamente erótico. Digo erótico con sorna. Quién puede creer que esa breve exclamación más propia de un hachero que habita los montes nativos de la pampa que de una señorita pueda seducir a alguien. Nadie.

Inés Bortagaray (Uruguay)

Madre atrás

Se entra en un hospital con un incendio de rencores y con ganas de dar gracias. Pero, para dar gracias, hace falta que alguien nos apague el incendio. Qué frágil es la furia. En cualquier momento podríamos gritar, golpear, escupirle a un extraño. Al mismo al que, dependiendo de su veredicto, dependiendo de si nos dice lo que necesitamos escuchar, de pronto admiraríamos, abrazaríamos, juraríamos lealtad. Y sería, hay que decirlo, un amor sincero.

Entré en el hospital sin pensar nada. O procurando pensar en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, se jugaba en un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos y quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he pensado que la ausencia de Dios era una suerte que nos liberaba de un peso inconcebible y numerosas pleitesías. Pero, más de una vez, he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital. Los hospitales multitudinarios, llenos de escalafones, pasillos, maquinarias y ceremonias de espera, son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos.

Entré intentando no pensar porque temía que, si empezaba a hacerlo, acabaría rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me había ofrecido el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas cortas, le di un brazo y sentí el temblor del suyo. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana?, ¿puede el alma de alguien comportarse como una esponja que, demasiado impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía mucho más baja, demasiado delgada y sin embargo más grávida que antes, más propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía: imaginé de pronto a un niño parecido a mí en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar.

La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seríamos capaces de perder cualquiera de nuestros principios. ¿Es eso necesariamente una debilidad? Quizá sea la última, remota fortaleza de la que disponemos: llegar adonde nunca sospechamos que llegaríamos. La cercanía de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo. Entonces despertamos y caemos en la cuenta de que todos militamos en el mismo precario bando. La primera noche que pasé con mi madre después de que la internaran, o después de que ella se internase en no sé qué zona de sí misma, noté que en la habitación reinaba una igualdad instintiva que jamás había visto fuera del hospital. Los familiares de los enfermos colaborábamos entre nosotros sin discutir, nos repartíamos las tareas, alternábamos las vigilias, nos prestábamos los abrigos, compartíamos el agua como un don trabajoso. ¿Era eso necesariamente un espejismo? ¿O se trataba de lo opuesto, de la máxima dosis de verdad que necesitan nuestras venas, nuestros ojos, nuestras manos para dar lo que pueden, para hacer lo que saben?

La noche en que ingresaron a mí madre confirmé una sospecha: que ciertos amores no pueden devolverse. Que por mucho que un hijo recompense a sus padres, si es que los recompensa, siempre habrá una deuda ahí, temblando de frío. Muchas veces he oído decir, yo mismo lo he dicho alguna vez, que nadie pide nacer. Esta seca obviedad suele esgrimirse para excusarnos de alguna responsabilidad que, llegados al mundo, nos correspondería. ¿Cómo somos tan cortos de coraje? Nacer por voluntad ajena nos compromete todavía más: alguien nos ha hecho un regalo. Un regalo que, como casi todos, no habíamos pedido. La única manera congruente de rechazar semejante dádiva sería suicidarse en el acto, sin emitir queja alguna. Pero nadie que acompañe a su madre renqueante, a su madre encogida a un hospital, pensará seriamente en quitarse la vida. Que es justo lo que ella me había regalado.

¿Qué mal tenía mi madre exactamente? No importa. Eso es lo de menos. Queda fuera de foco. Era un mal que la hacía caminar como una niña, aproximarse paso a paso a la criatura torpe y trastabillante que había sido al principio del tiempo. Confundía el orden de sus dedos como en un juego indescifrable. Mezclaba las palabras. No podía avanzar recto. Se doblaba como un árbol que duda de sus ramas.

Entramos en el hospital, no terminábamos de entrar nunca, aquel umbral era un país, una frontera dentro de una frontera, y entrábamos en el hospital, y alguien lanzó una moneda y la moneda cayó. Eso fue. Es tan elemental que la razón se extravía analizándolo. Un mal puede tener sus fases, sus antecedentes, sus causas. La caída de una moneda, en cambio, no tiene historia ni matices. Es un acontecimiento que se agota en sí mismo, que se resuelve solo. Por supuesto la memoria puede suspender la moneda, dilatar su ascenso, recrear sus diminutas vacilaciones durante la parábola. Pero esos ardides sólo serán posibles después de que haya caído. El movimiento original, el vuelo de la moneda, es un presente absoluto. Y nadie, esto ahora lo sé, nadie es capaz de especular mientras mira caer una moneda.

La esponja, dijo, pásame la esponja un poco más arriba, me dijo mi madre, sentada en la bañera de su habitación. Arriba, ahí, la esponja, me pidió, y me impresionó el esfuerzo que había tenido que hacer para pronunciar una frase en apariencia tan sencilla. Y yo le pasé la esponja por la espalda, hice círculos en los hombros, recorrí los omoplatos, descendí por la columna, y antes de terminar escribí en su piel mojada la frase que no había sabido decirle antes, cuando cruzamos juntos la frontera.

Andrés Neuman (Argentina)

El sacerdote

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. O, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

- A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras”.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán amantes? -se preguntó-. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿O es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”.

“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó.

“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.

Ave María, deam gratiam… torre de marfil, rosa del Líbano…

 

William Faulkner (EE. UU.)

Diario Vasco

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