La comadre loba y el zorro

Una Señora loba tuvo a su pequeño hijo, e invitó al Señor Zorro para que fuera su padrino.

-”Después de todo, es un pariente cercano de nosotras”- dijo ella, -”es muy entendido y con mucha astucia, así que podrá muy bien instruir a mi hijo, y ayudarlo a desarrollarse en el mundo.”-

El zorro, también, se presentó aparentando mucha honestidad, y dijo:

-”Mi querida Señora Comadre, te agradezco el honor que me haces, y además, me conduciré en tal forma que serás grandemente recompensada por ello.”-

Él disfrutó y gozó mucho de la fiesta, y luego dijo:

-”Mi querida Señora Comadre, es nuestro deber tomar cuidado del lobato, quien debe alimentarse bien para que llegue a ser fuerte. Yo conozco una finca donde hay un rebaño de ovejas, con el cual podremos tener una buena despensa.”-

La loba quedó complacida con la sugerencia, y fue con el zorro al campo. Él le señaló a lo lejos el establo donde estaba el rebaño, y le dijo:

-”Tú podrás acercarte tranquilamente sin que seas vista, y mientras tanto yo iré por el otro lado a ver si capturo algún pollo.”-

Sin embargo, él en realidad no fue allá, sino que se sentó a la entrada del bosque, estiró sus piernas y descansó. La loba, por su parte, ingresó al establo. Pero había allí un perro que hizo tan gran escándalo, que los campesinos llegaron corriendo, cogieron a la Comadre Loba, y le rociaron sobre su piel una quemante mezcla que tenían para la limpieza. Al final ella logró escapar, arrastrándose hasta la salida.

Cerca de allí se encontró al zorro, quien simulaba quejarse, y decía:

-”¡Ay, mi querida Comadre Loba!, cómo he sufrido, los campesinos cayeron sobre mí, y me quebraron las costillas. Si no quieres que me quede donde estoy y me muera, sácame de aquí.”-

La loba sólo se sentía capaz de moverse lentamente ella misma, pero estaba tan preocupada por lo que le dijo el zorro, que tomó fuerzas y se lo echó al hombro, y muy despaciosamente lo llevó totalmente seguro hasta su casa. Entonces el zorro se levantó y le gritó:

-”¡Hasta la vista mi querida Comadre Loba, que el ejercicio que has hecho hoy te sea de gran provecho!”-, y riéndose a carcajadas frente a ella, salió rápidamente de allí.

Enseñanza:

Quien se asocia con timadores, de seguro también saldrá timado.

Las zapatillas desgastadas por danzar

046-Las Zapatillas Desgastadas por Danzar

Había una vez un rey que tenía doce hijas, y cada una parecía más encantadora que la otra. Todas dormían en una misma alcoba, con sus camas lado a lado, y cuando iban a dormir, el rey les cerraba con llave su habitación para que nadie pudiera llegar a molestarlas.

Pero sucedía que en cada mañana, cuando él abría la puerta, veía que las zapatillas de todas ellas estaban desgastadas como cuando se baila mucho, y nadie podía imaginar como era que sucedía eso. Entonces el rey emitió una proclama diciendo que quienquiera que descubriera cómo y donde sus hijas iban a bailar, podría escoger a una de ellas por esposa, y que además lo nombraría heredero del reino cuando él muriera. Pero eso sí, si al cabo de tres días no había encontrado la respuesta, sería condenado a trabajos forzados de por vida.

Al poco tiempo se presentó el hijo de otro rey, y se ofreció para el intento. Fue muy bien recibido, y al anochecer fue alojado en una habitación contigua a las princesas. Allí tenía su cama, y se alistó para ver a dónde las princesas iban y bailaban. Y para asegurarse de que no hicieran nada en secreto o se trasladaran a otro sitio, dejaba la puerta del cuarto de ellas abierta.

Pero los párpados del príncipe se pusieron tan pesados como el plomo, y cayó dormido, y cuando despertó en la mañana, vio que todas las doce habían ido al baile, ya que sus zapatillas estaban con huecos en las suelas. La segunda y tercera noche sucedió exactamente lo mismo, y fue condenado a los trabajos forzados sin piedad.

Muchos otros vinieron luego a tratar de descifrar el enigma, pero corrieron la misma suerte. Hasta que un día sucedió que un pobre soldado, que tenía una herida que le impedía trabajar, se encontró en el camino hacia la ciudad donde vivían el rey y sus princesas. Allí él conoció a una anciana que le preguntó hacia donde iba.

-”Difícilmente lo sabría”- le respondió, y agregó como en broma -”tengo la intención de descubrir en dónde es que bailan las princesas y desgastan sus zapatillas, y así llegaría a ser rey.”-

-”Eso no es tan difícil”- dijo la anciana, -”no debes de beber el vino que te ofrezcan al anochecer, y luego finges estar profundamente dormido.”-

Tras esas palabras ella le dio un manto y le dijo:

-”Cuando te lo pones encima, te harás invisible, y entonces podrás vigilar a las doce doncellas.”-

Habiendo recibido estas magníficas ayudas, decidió ir al grano, alentó a su corazón, y fue donde el rey a anunciarse como competidor. Él fue recibido tan bien como los anteriores, y le pusieron indumentaria real. A la hora de dormir fue llevado a la habitación contigua, y cuando ya estaba a punto de ir a su cama, llegó la mayor de las princesas trayéndole una copa de vino. Pero como él ya estaba preparado, había amarrado una esponja bajo su barbilla, y dejó correr el vino hacia ella, sin probar una sola gota y sin que cayera nada al suelo.

Entonces se acostó en su cama, y pasado un rato comenzó a fingir que roncaba, como si estuviera profundamente dormido. Las doce princesas reían al oírlo, y la mayor dijo:

-”Él también, debió haberse evitado los futuros trabajos forzados.”-

Con todo eso sucedido, ellas se levantaron, fueron a sus armarios, sacaron preciosos vestidos, se arreglaron ante los espejos, se pintaron muy coquetamente, y se regocijaron pensando en el baile de esa noche. Solamente la más joven dijo:

-”No sé que me pasa, ustedes están muy felices, pero yo me siento extraña, con un presentimiento de que algo desafortunado nos va a ocurrir.”-

-”Pareces un ganso, que siempre pasa asustado.”- dijo la mayor, -”¿Has olvidado ya cuántos príncipes han venido en vano? No había necesidad de darle un vino para dormir a un simple soldado, pero de todas formas el payaso no despertará en toda la noche.”-

Cuando ya todas estuvieron realmente listas, observaron con cuidado al soldado, pero él había cerrado muy bien sus ojos, y no se movía para nada, así que se sintieron bien seguras. Entonces la mayor se dirigió a su cama, la golpeó, y la cama se hundió en la tierra, dejando a la vista un pasadizo secreto, y todas, una a una, descendieron por él, yendo de primera la mayor.

El soldado, que había observado todo, se levantó de inmediato, se puso el manto encima, y bajó detrás de la más joven. A medio camino de las gradas, él majó el ruedo del vestido de ella. Al no ver a nadie, ella se asustó muchísimo y gritó:

-”¿Qué pasa? ¿Quien me está majando mi vestido?”-

-”¡No seas tonta!”- dijo la mayor, -”¡Simplemente se te prensó en un clavo!”-

Siguieron bajando las gradas, y cuando llegaron al final, se encontraban en una maravillosa avenida de árboles cuyas hojas eran de plata, que brillaban y parpadeaban. El soldado pensó:

-”Llevaré una muestra conmigo”-

Y arrancó una pequeña ramita de ellos, con lo cual el árbol sonó estrepitosamente.

La menor gritó de nuevo:

-”¡Algo anda mal!, ¿no oyeron quebrarse una rama?”-

Pero la mayor contestó:

-”Es solo un arma disparada para celebrar que nos hemos librado de otro concursante rápidamente.”

Siguieron más adelante a una avenida donde todos los árboles tenían sus hojas de oro, y por último a una tercera en que las tenían de diamante. Él corto una ramita de cada clase, las que también hicieron un gran estruendo al quebrarse, y que aterrorizaron aún más a la más joven, pero la mayor insistía en que eran saludos de bienvenida.

Luego llegaron a un gran lago donde se encontraban doce botes, y en cada bote estaba sentado un apuesto príncipe, quienes esperaban por ellas, y cada princesa se subió al bote de su correspondiente príncipe. El soldado con la capa invisible se sentó en el bote de la más joven.

Entonces su príncipe dijo:

-”No sé por qué, pero siento al bote más pesado que de costumbre. Tendré que remar con todas mis fuerzas para atravesar el lago.”-

-”¿Y qué podría ser la causa?”- preguntó ella, -”¿será acaso el tiempo caliente? Hoy siento mucho calor.”-

Al lado opuesto del lago se presentaba un espléndido castillo de luces brillantes, donde resonaba música deleitante de trompetas, panderetas y tambores. Todos bajaron allí, entraron y cada príncipe danzó con la joven de su preferencia, y el soldado se mezclaba entre los danzantes sin ser visto, y cuando alguna de ellas tenía una copa de vino en su mano, él la bebía, de modo que cuando ella iba a beberla, ya estaba vacía. La menor estaba bien alarmada por todo eso, pero la mayor siempre la obligaba a callar.

Ellos y ellas bailaban hasta las tres de la mañana, cuando ya todas las zapatillas tenían sus suelas llenas de huecos, y se veían forzadas a regresar. Los príncipes las acompañaron remando en sus botes, pero esta vez el soldado se montó en el bote de la mayor. Cuando atravesaron el lago, ellos las ayudaron a bajar de los botes y prometieron regresar a la noche siguiente.

El soldado se adelantó a todas ellas y subió de prisa las gradas y se acostó en su cama. Cuando las princesas llegaron despaciosa y silenciosamente, lo observaron aparentemente bien dormido, y roncaba tan fuerte que se dijeron:

-”En cuanto a él concierne, podemos estar tranquilas.”-

Ellas se cambiaron sus trajes por su ropa de dormir, pusieron sus zapatillas desgastadas bajo las camas, y se acostaron a dormir. Al día siguiente el soldado decidió no hablar aún, pero sí a vigilarlas de nuevo, y sin que lo vieran, las acompañó. Y todo sucedió como la noche anterior, y bailaban hasta que sus zapatillas quedaban desgastadas. Pero a la tercera noche el se guardó una copa como testimonio.

Cuando llegó el momento de dar su informe, él tomó las tres ramas y la copa, y fue donde el rey. Las doce doncellas permanecieron detrás de la puerta para escuchar lo que él diría. El rey preguntó:

-”¿En dónde has estado mis hijas desgastando sus zapatillas bailando?”-

El soldado contestó:

-”En un castillo bajo la tierra, con doce príncipes.”-, y relató cómo sucedió todo, y cómo trajo las muestras de testimonio.

El rey llamó a su presencia a las princesas y les preguntó si el soldado había dicho la verdad. Al ver ellas las pruebas contundentes, y que cualquier falsedad no tendría cabida, se vieron obligadas a confesarlo todo. Entonces el rey le preguntó al soldado cuál preferiría por esposa, él contestó:

-”Ya no soy tan joven, así que escojo a la mayor.”-

Y ese mismo día se celebró la boda, y se formalizó la promesa de dejarle el reino a su fallecimiento. A solicitud del soldado, el rey liberó de su condena a los que con anterioridad habían intentado descubrir el misterio pero que fallaron.

Enseñanza:

Teniendo precaución y con las herramientas adecuadas, las tareas se pueden realizar exitosamente.

El búho

Hace trescientos o cuatrocientos años, cuando la gente estaba muy lejos de ser tan mañosa y astuta como lo es ahora, algo extraordinario ocurrió en un pequeño pueblo. Por alguna circunstancia desconocida, uno de los grandes búhos, llamado búho cornudo, llegó desde los bosques vecinos al establo de uno de los habitantes del pueblo durante la noche, y cuando estaba la luz del día, no se atrevía a salir de su nuevo refugio, por miedo a otras aves, que hacían un terrible escándalo cuando él aparecía.

En la mañana, cuando el sirviente del dueño de la propiedad fue al establo por algo de paja, se alarmó tanto cuando vio al búho, que salió corriendo a anunciarle al patrón, que un monstruo, como nunca había visto en su vida, y que podría devorar a un hombre sin ninguna dificultad, estaba sentado en el granero y girando sus ojos horriblemente.

-”Ya te conozco”- dijo el patrón, -”y sé que tienes el coraje suficiente para perseguir un mirlo por el campo, pero cuando ves una gallina muerta, primero te aseguras de tener un buen palo contigo para acercarte a ella. Yo debo de ir personalmente para ver que clase de monstruo es ese.”-

Y el patrón se acercó cuidadosamente al granero mirando alrededor. Sin embargo, cuando localizó a la extraña creatura con sus propios ojos, no estuvo menos aterrorizado que su sirviente.

Y en dos rápidos saltos salió del establo, corrió donde sus vecinos, implorándoles que lo ayudaran contra una desconocida y peligrosa bestia, porque si no, todo el pueblo estaría en peligro, en caso de que la bestia abandonara el granero, donde estaba posada.

Un gran estrépito y clamor se formó en todas las calles, los pobladores se armaron con espadas, tridentes, picos y hachas, como si fueran a luchar contra un poderoso enemigo, y finalmente, hasta los regidores aparecieron con el alcalde a la cabeza.

Después de reunirse en la plaza del mercado, marcharon al establo y lo rodearon por todos lados. Y allí, uno de los más valerosos de todos ellos, avanzó y entró con su espada bajada, pero regresó inmediatamente corriendo como desesperado y pálido como un muerto, y no podía siquiera pronunciar una sola palabra. Otros dos más también se aventuraron a entrar, pero no les fue nada mejor.

Por fin, un hombre grande, que era famoso por sus acciones de guerra, avanzó y dijo:

-”El monstruo no se irá por solamente verlo, debemos de vencerlo, pero he visto que todos se han acobardado, y nadie se atreve a enfrentar al animal.”-

Él pidió que le dieran alguna armadura, consiguió un sable y una espada, y se armó el solo.

Todos alababan su coraje, aunque muchos temían por su vida. Las dos puertas del establo fueron abiertas, y todos vieron al búho, que en el entretanto se había colocado él mismo al centro de una gran viga que cruzaba el establo.

El hombre llevó una escalera, y cuando la levantó, y estaba listo para subir, todos gritaban que él sí demostraba su bravura, y lo encomendaban a San Jorge, quien había derrotado al dragón.

Cuando subió casi toda la escalera, y el búho notó que venían en contra de él, y que la multitud le gritaba y lo maldecía, y que no sabía cómo escapar, empezó a rotar sus ojos, paró sus plumas, aleteó sus alas, abrió su pico y gritó:

-”¡Tujii! ¡Tujoo!”- con un tono muy desagradable.

-”¡Pégale duro! ¡Pégale duro!”- gritaba afuera la multitud al valiente héroe.

-”Cualquiera que estuviera donde yo estoy”- contestaba el hombre, -”no se lamenta, golpea.”-

Y él entonces subió un peldaño más de la escalera, pero se le empezó a tambalear, y sin poder sostenerse, cayó estrepitosamente hacia atrás.

Ahora sí que nadie se atrevía a ponerse en tal peligro.

-”El monstruo”- dijeron, -”ha envenenado y herido mortalmente a nuestro hombre más fuerte entre todos nosotros, con tan simplemente mirarlo y soplar sobre él. ¿Debemos nosotros también, arriesgar nuestras vidas?”-

Ellos hicieron concejo sobre que era lo que debían hacer para evitar que todo el pueblo fuera destruido. Por un rato, todo lo que proponían parecía no tener ningún uso útil, hasta que al final el alcalde sugirió una solución.

-”Mi opinión”- dijo él, -”es que debemos, fuera de todo reglamento, pagar por este establo, con todo lo que contiene, maíz, paja, y lino, para indemnificar al dueño, y entonces quemarlo completamente, junto con la bestia que habita allí. Así nadie arriesgará más su vida. No es hora de pensar en costos, y la tacañería debe de olvidarse.”-

Todos estuvieron de acuerdo con él. Así que prendieron fuego por los cuatro costados al edificio, y el búho fue injustamente quemado.

Si alguien no quiere creer la historia, que vaya allá y lo vea por sí mismo.

Enseñanza:

La ignorancia y los prejuicios son totalmente perjudiciales para todos.

El alimento de Dios

Había una vez dos hermanas, una de las cuales no tenía hijos y era muy rica, y la otra tenía cinco hijos, era viuda y muy pobre, y tan pobre que llegó un momento en que no tenía lo suficiente para satisfacer sus necesidades y las de sus hijos.

En su necesidad, la hermana pobre fue donde la rica y le dijo:

-”Mis hijos y yo estamos sufriendo por el hambre. Tú, que eres rica, regálame un bocado de pan para nosotros.”-

La hermana muy rica, que tenía su corazón más duro que una roca le dijo:

-”Yo misma no tengo nada en esta casa.”- y la despidió diciéndole palabras groseras.

Poco después llegó el esposo de la hermana rica a su casa, y cuando cortó un pedazo de pan para él, brotó del pan sangre roja. Cuando la mujer vio aquello, se aterrorizó, y le contó lo que recién había ocurrido.

Él corrió entonces a ayudar a la viuda y sus niños, pero al llegar la encontró rezando. Ella tenía a los dos niños menores en sus brazos, y los tres mayores yacían muertos. Él le ofreció darles alimentos, pero ella contestó:

-”Por alimento terrestre, ya no tenemos deseos. Dios ya alivió el hambre de tres de nosotros, y el también oirá las súplicas de los que quedamos.”-

No más había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando los dos menores dieron su último suspiro, y ella, con su corazón despedazado, voló también a la morada celestial.

Enseñanza:

Quien ha recibido una buena situación, debe compartirla con quien esté necesitado, sin excusas, y en el momento preciso.

El pescador y su esposa

Había una vez un pescador que vivía con su esposa en una choza miserable, a la orilla del mar, y quien todos los días iba a pescar.

Estaba un día sentado con su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia las claras aguas, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo y cuando lo sacó, tenía un Gran Pez Azul, el cual le dijo:

-”Te suplico que me dejes vivir, pues no soy un pez verdadero, soy un príncipe encantado. ¿qué bien te haría el matarme? No soy bueno como comida, ponme en el agua y déjame ir.”-

-”Bien”- le dijo el pescador, -”no hay necesidad de tantas palabras, pues a un Gran Pez Azul que habla, ciertamente que lo dejaré ir.”-

Y lo puso en las claras aguas, y el Gran Pez Azul bajó al fondo, dejando un hilo de sangre detrás de él. Entonces el pescador regresó a su choza donde su esposa.

-”Esposo”- le dijo, -”¿no has cogido nada hoy?

-”Nada para traer”- contestó el marido, -”solamente he cogido un gran Gran Pez Azul que me ha dicho ser un príncipe encantado y lo he dejado libre de nuevo.”-

-”¿Y a cambio, no le pediste nada para tí?”- preguntó la mujer.

-”No”- repuso el hombre, -”¿y qué había de pedirle?”-

-”¡Ah!”- respondió la mujer, -”es tan triste vivir siempre en un tugurio como éste, que podrías haberle pedido una casa pequeñita para nosotros. Vuelve y llama al Gran Pez Azul, y dile que quisiéramos tener una casa pequeñita pero cómoda, pues nos la dará de seguro.”-

-”¡Ah!”- dijo el marido, -”¿y por qué he de ir de nuevo allí?”-

-”¿Que por qué?”- dijo la mujer, -”Ya lo capturaste una vez y lo dejaste ir. De seguro te complacerá. Ve de inmediato.”-

Al pescador no le gustaba mucho la idea, pero para no contradecir a su esposa, volvió al mar.

Cuando llegó, el mar estaba todo verde y amarillo, y nada tranquilo, así que se quedó mirando y dijo:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

Entonces el Gran Pez Azul llegó nadando hasta donde él y preguntó:

-”Bueno, ¿y qué es lo que pide?”-

-”Ah”- dijo el hombre, -”yo te capturé, y mi esposa dice que realmente debí haberte pedido algo por haberte dejado ir. Ella ya no quiere vivir más en nuestro tugurio. Ella quisiera tener una pequeña y decente casita.”-

-”Ve entonces”- dijo el Gran Pez Azul, -”ya la tiene.”-

Cuando el hombre regresó a casa, ya su mujer no estaba en un tugurio, sino en una pequeña casita, y ella se encontraba sentada en una banca junto a la puerta. Entonces lo tomó de la mano y le dijo:

-”Ven adentro y mira, ¿no es todo esto mucho mejor ahora?”-

Entraron, y había una pequeña sala, una linda alcoba, un comedor y una cocina equipada con los más completos y mejores utensilios conocidos, y de todo lo que había deseado. Y detrás de la casita había un pequeño patio con gallinas y patos, y un pequeño jardín con flores y frutas.

-”Mira”- dijo la esposa, -”¿No es bello todo esto?”-

-”¡Claro!”- dijo el esposo, -”y así debemos verlo siempre. Ahora viviremos tranquilos y contentos.”-

-”Ya lo pensaremos.”- dijo ella.

Con todo eso, cenaron y fueron a dormir.

Todo marchó muy bien por una semana, al cabo de la cual la esposa dijo:

-”Hark, tú, esposo mío, esta casita es muy pequeña para nosotros, y el jardín y el patio también son muy chiquitos. El Gran Pez Azul que cogiste justamente debería darnos una casa más grande. Me gustaría vivir en un gran castillo de piedra. Búscalo de nuevo y pídele que nos dé un castillo.”-

-”Pero esposa”- dijo el hombre, -”esta casita es suficiente para nosotros, ¿para qué vivir en un castillo?”-

-”¿Qué?”- dijo la mujer, -”Ve de una vez. El Gran Pez Azul siempre complacerá.”-

-”No, esposa”- respondió el pescador, -”ya el Gran Pez Azul nos dió esta casita, no quiero regresar a buscarlo tan pronto, eso podría molestarlo.”-

-”Ve”- dijo la esposa, -”para él es muy fácil, y le gustará hacerlo. Simplemente llámalo.”-

El corazón del pescador se apesadumbró, y no deseaba ir. Él se dijo a sí mismo:

-”No es correcto.”- pero siempre fue.

Y cuando llegó, el agua estaba color violeta y azul oscuro y muy espesa. No se veía ya más verde y amarilla, aunque estaba tranquila. Él se paró allí y dijo:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

-”Bien”- dijo el Gran Pez Azul, -”¿Qué es lo que ella quiere, entonces?”-

-”Caray”- dijo el hombre medio asustado, -”ella quiere vivir en un gran castillo de piedra.”-

-”Ve para allá. Ella está junto a la puerta.”- dijo el Gran Pez Azul.

Entonces el hombre regresó, creyendo que volvía a casa, pero al llegar, se encontró con un gran palacio de piedra, y su esposa estaba justamente junto a las gradas de ingreso, y lo tomó de la mano y le dijo:

-”Entra.”-

Así que él fue con ella, y en el castillo había una gran sala de piso de mármol, muchos sirvientes que abrían las amplias puertas, y las paredes bellamente decoradas con hermosos colgantes, y en los cuartos sillas y mesas de oro puro, y candelabros colgando del techo, y todos los dormitorios con alfombras, y encima de todas las mesas alimentos y vinos de lo mejor, que parecían querer quebrarse por su peso. En la parte de atrás, había un enorme patio con establos, caballos y ganado, y con los mejores coches. Había también un grande y precioso jardín, con las flores más hermosas y árboles con las más exquisitas frutas. Además un parque como de un kilómetro de largo en el que se veían cabras, venados, liebres y todo tipo de fauna no salvaje.

-”Ves”- dijo la esposa, -”¿no es todo eso hermoso?”-

-”Sí, por supuesto.”- contestó el pescador, -”que sea así, y vivamos ya felices con este bello castillo.”-

-”Ya lo consideraremos.”- respondió ella, -”y durmamos con él.”-

Cenaron y fueron a dormir.

A la mañana siguiente la esposa despertó de primero, y observando la salida del sol, vio el bello territorio que yacía frente sus ojos. Su esposo apenas se estaba estirando, cuando ella lo tocó con su codo y le dijo:

-”Hey, esposo, levántate y asómate por la ventana. Mira, ¿Qué te parece que seamos los reyes de todos esos territorios?, ve donde el Gran Pez Azul y pídele que seamos los reyes.”-

-”Ay, señora”- dijo el hombre, -”¿Por qué debemos ser reyes? Yo no quiero ser rey.”-

-”Bueno”- dijo ella, -”si no quieres ser rey, yo sí quiero ser reina. Vé donde el Gran Pez Azul, y dile que quiero ser reina.”-

-”Pero mujer”- dijo él, -”¿por qué quieres ser reina? No me gustará pedirle eso.”-

-”¿Por qué no?”- dijo la mujer. -”ve inmediatamente donde él, ¡debo ser la reina!”-

Entonces el hombre partió, y se sentía muy infeliz de que su esposa quisiera ser reina.

-”No es correcto, no es correcto.”- pensaba y pensaba él.

No quería ir, pero siempre fue. Y cuando llegó al mar, estaban las aguas de un color gris muy oscuro, muy crecidas y con un olor putrefacto. Entonces se paró allí y dijo:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

-”Bien, ¿qué es lo que desea ahora?”- preguntó el Gran Pez Azul.

-”Caray”- dijo el hombre, -”desea ser reina.”-

-”Vuelve con ella, ya es reina.”-

Así que el pescador regresó, y al llegar al palacio, éste era mucho más grande, con su gran torre y magníficos adornos, con un centinela cuidando la puerta, y un gran número de soldados tocando tambores y trompetas. Y cuando entró al interior, vio que todo era de mármol y oro puro, con cobertores de terciopelo y grandes cofres de joyas.

Entonces se abrieron las puertas del salón, y allí estaba toda la corte en su total esplendor, y su esposa sentada sobre un gran trono de oro y diamantes, con una gran corona de oro en su cabeza, y con un cetro de oro puro en sus manos, y a ambos lados de ella sus criadas en espera de órdenes formando una fila, de modo que a cada una le seguía otra de una cabeza más baja que la anterior.

Entonces él fue y se paró junto a ella y le dijo:

-”Oh, esposa, ahora eres reina.”-

-”Sí”- dijo la mujer, -”ahora soy reina.”-

Y él se quedó mirándola. Después de mirarla por un rato, le dijo:

-”Ahora que eres reina, no tienes nada más que desear.”-

-”Nopis, querido esposo.”- dijo ella, con cierta ansiedad -”encuentro que el tiempo pasa rápidamente, y no puedo dejarlo ir. Ve donde el Gran Pez Azul, pues ahora soy reina, pero debo ser emperadora también.”-

-”Caray, esposa, ¿por qué quieres ser emperadora?”- preguntó él.

-”Esposo”"- le dijo, -”Ve donde el Gran Pez Azul. Yo seré emperadora.”-

-”Caray, esposa”- dijo el hombre, -”él no te podrá hacer emperadora. No le pediré eso al Gran Pez Azul. Sólo hay un emperador en estas tierras. ¡El Gran Pez Azul no te puede hacer emperadora! ¡Te aseguro que no puede!”-

-”¿Cómo?”- dijo la mujer, -”Yo soy la reina, y tú no eres nada más que mi esposo. ¡Irás ahora mismo! Si él pudo hacerme reina, podrá hacerme emperadora. Y lo seré. ¡Vete ya!”-

Así que se vio forzado a ir. Cuando iba de camino, sin embargo, su espíritu sufría, y pensaba:

-”Esto no terminará bien, nada bien. Emperadora es mucha sinvergüenzada. El Gran Pez Azul terminará hastiado.”-

Pensando en eso llegó al mar, y el mar estaba bien negro y espeso, y hervía a borbollones, y burbujas salían desde el fondo, y un fuerte viento las levantaba, y el hombre estaba muy asustado. Pero se acercó y parándose dijo:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

-”Bien, ¿que desea ahora tu señora?”- preguntó el Gran Pez Azul.

-”Caray, Gran Pez Azul”- le dijo, -”mi esposa desea ser emperadora.”-

-”Pues ve con ella, ya es emperadora.”-

Entonces el hombre se fue, y cuando llegó, todo el palacio estaba hecho de mármol pulido, con imágenes de alabastro y decoraciones de oro, y había soldados marchando frente a la puerta sonando trompetas, tocando platillos y tambores, y adentro, barones, duques y cortesanos trabajaban como sirvientes. Entonces le abrieron las puertas de oro a él. Y cuando entró, estaba su esposa sentada en un trono hecho de una sola pieza de oro, de muchos metros de alto, y portaba una gran corona de oro, también altísima, decorada con diamantes y esmeraldas, y tenía en una mano el cetro, y en la otra el sello imperial, y a ambos lados de ella estaban dos filas de sus guardas personales, ordenados por altura, desde el más alto, hasta el más pequeño. Y delante de ella estaban de pie una cantidad de duques y princesas.

Entonces el pescador avanzó entre ellos, y dijo:

-”Esposa, ¿eres emperadora ahora?”-

-”Sí, ahora soy emperadora.”-

Él se quedó mirándola muy bien por un rato, y luego dijo:

-”Oh esposa, estarás contenta ahora que eres emperadora.”-

-”Esposo”- dijo ella, -”¿que te quedas haciendo ahí parado? Ahora soy emperadora, pero quiero también ser Super Emperadora. Ve pronto donde el Gran Pez Azul.”-

-”Pero esposa”- dijo el hombre, -”¿qué más no desearás? No puedes ser Super Emperadora. Es demasiado para tí. El Gran Pez Azul no te puede hacer Super Emperadora.”-

-”Esposo, he de ser Super Emperadora. Ve inmediatamente. Debo ser Super Emperadora hoy mismo.”-

-”No, esposa”- dijo el hombre, -”no me gusta pedirle eso, que no lo hará, eso es demasiado. El Gran Pez Azul no te puede hacer Super Emperadora.”-

-”Esposo”- dijo ella, -”seré Super Emperadora. Ve inmediatamente. Debo ser Super Emperadora este mismo día.”-

-”Oh, no, mujer”- replicó él, -”no me gusta pedirle eso, no puede ser, el Gran Pez Azul no te puede hacer Super Emperadora.”-

-”Esposo”- dijo ella, -”¡qué sin sentido! Si pudo hacerme emperadora, podrá hacerme Super Emperadora. Ve directamente donde él. Yo soy emperadora, y tú no eres más que mi esposo. ¿Ya te vas?”-

Entonces él se atemorizó y se fue. Pero se sentía muy débil y conmocionado, y sus piernas y rodilla le temblaban mucho. Y un gran viento sopló sobre la tierra, y la nubes se acumulaban, y con el atardecer todo oscurecía, las hojas caían de los árboles, y las aguas del mar hacían efervescencia como si hirvieran, y golpeaban sobre la arena de la playa. Y en la distancia se veían barcos disparando cañones, balanceándose sobre las olas. Y todavía a mitad del cielo había una pizca de azul, aunque todo el resto era rojo como en una fuerte tormenta. Así, con tanta disparidad, él fue, se paró frente al mar y dijo:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

-”Bien, ¿que quiere ahora?”- preguntó el Gran Pez Azul.

-”Caray”- dijo el pescador, -”quiere ser Super Emperadora.”-

-”Pues ve donde ella, ya es Super Emperadora.”-

Y se fue donde ella. Cuando llegó, vio lo que parecía ser una gran super palacio, rodeado de palacios menores. Y avanzó entre la muchedumbre. Adentro todo estaba iluminado con miles y miles de candelas, y su esposa estaba vestida en oro, y sentada en un trono aún más grande, con tres grandes coronas de oro, y a todo su alrededor había mucho esplendor real, y a ambos lados de ella una fila de candelas, siendo la más alta de ellas tanto como la torre más elevada, hasta llegar a la más pequeñita de todas. Y todos los emperadores y reyes estaban de rodillas ante ella, besando su pie.

-”Esposa”- dijo el hombre, -”¿Eres Super Emperadora ahora?”-

-”Sí”- dijo ella, -”ahora soy Super Emperadora.”

Y él se quedó mirándola, y era como si estuviera mirando al brillante sol. Después de mirarla por un rato, le dijo:

-”Oh, esposa, si ya eres Super Emperadora, ya quédate ahí.”-

Pero ella permanecía inmutable como un poste, y parecía no mostrar ningún signo de vida. Entonces él le dijo:

-”Esposa, ahora que eres Super Emperadora, quédate satisfecha. Ya no hay nada más grande a qué aspirar.”-

-”Ya lo veré.”- respondió ella.

Y fueron a dormir. Pero ella no se sentía satisfecha, y la inquietud no la dejaba dormir, pues continuamente estaba pensando en que paso podría dar adelante.

El pescador dormía bien y tranquilamente, pues había tenido un día de arduo trabajo. Pero la mujer, del todo no pudo dormir, y se movía de un lado para otro durante toda la noche, pensando siempre en que le faltaría llegar a ser, pero incapaz de obtener una respuesta de su mente.

Cuando empezó el día, y la mujer vio el resplandor del amanecer a través de la ventana, y el sol subiendo sobre las montañas, pensó:

-”¿No podría yo, ordenarle al sol y a la luna cuándo levantarse?”-

-”Esposo”- dijo ella, golpeándole las costillas con sus codos -” ¡despierta!, ve al Gran Pez Azul, y dile que deseo ser igual a como es Dios.”-

Aunque el hombre estaba aún medio dormido, se horrorizó tanto que hasta se cayó de la cama. Creyendo que había oído mal, se frotó los ojos y dijo:

-”¿Que qué?, ¿qué es lo que estás diciendo?”-

-”Esposo”- dijo ella, -”si yo no puedo ordernarles al sol y la luna cuando salir, y ver al sol y la luna levantarse cuando yo lo deseo, no lo podría soportar. No sabré lo que es tener una nueva hora feliz, a menos que pueda controlarles su salida. “-

Entonces lo volvió a ver con una mirada tan terrible que al pobre pescador un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y le agregó:

-”¡Anda de una vez!”-

-”Caray, esposa”- replicó él, lanzándose de rodillas a sus pies -”el Gran Pez Azul no puede hacer eso. Él te hizo emperadora y super emperadora, quédate con lo que tienes como una super emperadora.”-

Entonces ella se encolerizó, y su cabello se levantaba y se movía salvajemente, y gritaba:

-”¡No permitiré esto, ya no soporto más!, ¿vas a ir?”-

Entonces él se puso su ropa y corrió como un desesperado. Pero afuera había una gran tormenta, y el viento soplaba tan fuerte que difícilmente podía mantenerse de pie. Los árboles se doblaban y pegaban contra las casas, las montañas temblaban, las rocas rodaban hacia el mar, el cielo estaba resquebrajado y negro, y había truenos y relámpagos, y el mar se movía con inmensas olas tan altas como las torres de los castillos, y llevaban grandes espumas blancas sobre sus cúspides.

Entonces él gritó:

-”Pez azul, Gran Pez Azul,
ven, te lo suplico, ven donde estoy.
Por mi esposa, la buena Isabel,
que un deseo te quiere pedir.”-

-”Bien, y ¿qué es lo quiere ella?”- preguntó el Gran Pez Azul.

-”Caray”- dijo él, -”ahora desea ser igual a Dios”-

-”Pues ve con ella, la encontrarás en el antiguo miserable tugurio de nuevo.”-

Y que se sepa, allí continuaron viviendo hasta estos días.

Enseñanza:

La ambición sin medida ni respeto, sólo conduce a la desgracia.

La zorra y el caballo

Un hacendado tenía un fiel caballo que había envejecido, y como no podía ya hacer el trabajo, no le daba nada para comer y le dijo:

-”Ciertamente que ya no haré más uso de ti, pero siempre te tengo cariño. Si tú me demuestras suficiente fortaleza como para traerme un león, te mantendré por el resto de tus días, pero por ahora, sal del establo.”-

Y terminando de decirlo, lo echó al campo abierto. El caballo quedó triste, y se metió al bosque buscando protegerse un poco del clima. Entonces lo encontró una zorra y le dijo:

-”¿Por qué estás tan cabizbajo, y andas tan solitario?”-

-”¡Caray!”- replicó el caballo, -”la avaricia y la fidelidad no conviven bien en la misma casa. Mi amo ha olvidado todos los servicios que le brindé por tantos años, y como ahora ya no puedo arar tan bien, no me dará más comida, y me ha sacado del establo.”-

-”¿Y no te ha dado ninguna otra oportunidad?”- preguntó la zorra.

-”Sí, pero una muy mala oportunidad. Dijo él, que si yo tenía suficiente fuerza como para llevarle a él un león, él me mantendría, pero él sabe muy bien que yo no puedo hacer eso.”-

Y le contestó la zorra:

-”Yo te ayudaré, solamente tírate al suelo, estírate como si estuvieras muerto, y no te muevas para nada”-

El caballo obedeció las instrucciones, y la zorra fue donde el león, quien tenía su cueva no muy lejos de ahí, y le dijo:

-”Hay un caballo muerto en el suelo por aquí cerca, ven conmigo y tendrás una rica cena.”-

El león la siguió, y cuando llegaron donde estaba el caballo, le dijo la zorra:

-”La verdad es que este sitio no es nada confortable para tí, lo mejor será que yo amarre su cola a la tuya, y así lo arrastras hasta tu cueva donde lo devoras cómodamente en paz.”-

La sugerencia le pareció muy buena al león y se sentó en el suelo junto a la cola del caballo, y para que la zorra pudiera atar ambas colas rápidamente, se quedó muy quietecito. Pero la zorra retorció y ató las colas tan bien y tan fuertemente que ninguna fuerza las desataría. Una vez que terminó el trabajo, ella palmeó al caballo en el hombro y le dijo suavemente:

-”¡Jala caballo, jala!”-

Dándole las gracias, se levantó el caballo como un resorte y arrastró al león tras de sí. El león comenzó a rugir tan fuerte que todos los pájaros volaron aterrorizados, pero el caballo no se amedrentó y lo dejó rugir, y así lo arrastró por todo el bosque hasta llegar a la casa del amo. Cuando el amo vio al león, tuvo una mejor opinión, y le dijo al caballo:

-”Te quedarás conmigo y la pasarás muy bien.”-

Y en efecto, le dio abundante comida hasta el último de sus días.

Enseñanza:

Al adulto mayor, que ya no puede realizar las tareas de antaño, debe de respetársele y de llenársele sus necesidades, ya que el esfuerzo de toda su vida, directa e indirectamente, ha sido entregado a las siguientes generaciones, quienes ahora disfrutan de dicho esfuerzo.

La serpiente blanca

Hace mucho tiempo vivía un rey, famoso en todo el país por su sabiduría. Nada le era oculto; y parecía que por el aire le llegaban las noticias de las cosas más desconocidas y secretas. Pero tenía una extraña costumbre. Todos los días, después de la cena, cuando la mesa había sido retirada y cuando nadie se hallaba presente, un criado de confianza le servía un plato más. Estaba tapado, y ni siquiera el criado sabía lo que contenía, pues el Rey no lo descubría ni lo comía hasta encontrarse completamente solo.

Las cosas siguieron así durante mucho tiempo, hasta que un día al criado que retiraba el plato, le entró una curiosidad irresistible, y después de retirar el plato, lo llevó a su propia habitación. Cerró la puerta con todo cuidado, levantó la tapadera y vio que en la bandeja yacía una serpiente blanca. No pudo resistir el antojo de probarla, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca.
Apenas lo hubo tocado con la lengua, cuando oyó un extraño susurro de suaves voces que venían de afuera de la ventana. Él fue y escuchó con detenimiento, y observó que eran gorriones que hablaban entre sí, contándose mil cosas que vieran en los campos y bosques. Al comer aquel pedacito de serpiente había recibido el don de entender el lenguaje de los animales.

Sucedió que aquel mismo día se extravió la sortija más valiosa de la Reina, y la sospecha del robo recayó sobre el fiel criado que tenía acceso a todo lugar del palacio. El Rey le mandó comparecer a su presencia, y con duras palabras le amenazó, diciéndole que si para el día siguiente no lograba descubrir al ladrón, la culpa recaería en él y sería severamente castigado. En vano argumentó su inocencia; y fue retirado sin lograr una mejor respuesta.

Con su problema y angustia, bajó al patio, pensando en la manera de salir del apuro. En eso algunos patos descansaban tranquilamente en el arroyo, y mientras se alisaban las plumas con el pico, sostenían una animada conversación. El criado se detuvo a escucharlos.

Conversaban sobre dónde habían pasado la mañana y lo que habían encontrado para comer. Uno de ellos dijo algo disgustado:

-”Siento muy pesado el estómago. Por estar comiendo de prisa, me tragué una sortija que estaba al pie de la ventana de la Reina.”-

Inmediatamente, el criado lo agarró por el cuello, lo llevó a la cocina y dijo al cocinero:

- Éste es un buen pato, que ya está en buena condición para la cena.”-

- “Cierto”- dijo el cocinero sopesándolo con la mano, -”él no ha tenido reparo en engordar por sí mismo, y hace días que estaba esperando ir al asador.”-

El cocinero lo empezó a preparar, y cuando lo estaba adobando, apareció en su estómago el anillo de la reina.

Ahora el fiel criado pudo probar su inocencia, y el rey, queriendo rectificar su error, le ofreció el mejor puesto que quisiera dentro de la corte.

El criado declinó este honor y solamente pidió un caballo y algún dinero para viajar, pues deseaba ver el mundo y pasarse un tiempo recorriéndole.

Otorgada su petición, se puso en camino y un día llegó a un estanque, donde observó tres peces que habían quedado aprisionados entre cañas y luchaban por volver al agua. Ahora, aunque se diga que los peces son mudos, el hombre entendió los miserables lamentos de aquellos animales, por verse condenados a una muerte tan miserable, y como él era de corazón compasivo, se apeó de su caballo y devolvió los tres peces al agua. Ellos saltaban de alegría, y asomando las cabezas, le dijeron:

-” Nos acordaremos de tí, y ya te pagaremos por salvarnos.”-

Siguió cabalgando, y al cabo de un rato le pareció oír una voz en la arena a sus pies. Escuchó con atención, y oyó a la reina de un hormiguero que se quejaba:

- “¿Por qué esos hombres, con sus torpes bestias, no nos dejan de maltratar tanto? Ese caballo estúpido, con sus pesados cascos, está aplastando sin compasión a mi gente.”-

Entonces él se hizo a un lado del camino, y la reina de las hormigas le gritó:

-” ¡Nos acordaremos de ti, una buena acción, depara otra!”-

El camino lo condujo a un bosque, y allí vio una pareja de cuervos a la orilla de su nido, que arrojaban de él a sus hijos:

- ¡Fuera de aquí, vagabundos, buenos para nada!”- les gritaban. -”No podemos seguir alimentándolos. Ya están bastante grandecitos para proveerse por sí mismos.”-

Pero los pobres polluelos quedaban en el suelo, agitando sus alitas y lloriqueando:

- “¡Oh, que desdichados somos, que debemos de buscarnos la comida y todavía no sabemos volar! ¿Qué más podremos hacer, sino morirnos de hambre?”-

Se bajó el joven, mató al caballo con su espada y dejó su cuerpo para alimento de los pequeños cuervos, los cuales se acercaron a saltos sobre la presa y, una vez satisfechos, dijeron:

- ¡Nos acordaremos de tí y te lo pagaremos!

El criado tubo que seguir su viaje a pie, y después de caminar un largo trecho, llegó a una gran ciudad. Había gran ruido y multitud de gente en las calles, y un hombre venía montado a caballo, gritando en voz alta:

-”La hija del rey desea un esposo, pero quien pretenda su mano debe cumplir una dura tarea, y si no lo logra será severamente castigado.”-

Muchos ya habían hecho el intento, pero en vano. Sin embargo, cuando el joven vio a la princesa, fue cautivado por su belleza, y olvidando cualquier peligro, fue donde el rey y se declaró como pretendiente.

Entonces lo condujeron mar adentro, y en su presencia arrojaron al fondo un anillo. El Rey le ordenó que trajese el anillo del fondo del mar, y añadió:

-”Si vuelves sin ella, serás precipitado al mar y abandonado a tu suerte.”-

Todos los presentes se compadecieron del apuesto mozo, y se retiraron dejando al joven solo en la playa. Él se quedó allí, considerando lo que debía de hacer, cuando de pronto vio tres peces que se le acercaban, y que no eran sino aquellos tres que él había salvado. El que venía en medio llevaba en la boca una concha, que depositó en la playa, a los pies del joven. Él la recogió y la abrió, y en su interior estaba el anillo de oro.
Lleno de alegría lo llevó al rey, esperando que le concediese la prometida recompensa.

Pero la orgullosa princesa, al saber que su pretendiente no era más que un simple criado, lo rechazó, exigiéndole la realización de una nueva tarea. Salió al jardín, y con sus propias manos esparció entre la hierba diez sacos llenos de semilla de mijo y dijo:

- “Mañana, antes de que salga el sol, debes haberlo recogido todo, sin que falte un solo grano.”-

El joven se sentó en el jardín pensando sobre como podría cumplir aquella tarea. Pero no se le ocurría nada, y se sentó muy triste pensando que a la mañana siguiente le sería impuesto un terrible castigo. Pero cuando los primeros rayos del sol iluminaron el jardín, encontró los diez sacos completamente llenos, uno al lado del otro, sin que faltase un solo grano. Por la noche había acudido la reina de las hormigas con sus miles y miles de súbditos, y los agradecidos animalitos habían recogido el mijo muy diligentemente, y lo habían depositado en los sacos.

Bajó la princesa en persona al jardín y pudo ver muy asombrada que el joven había hecho la tarea encomendada. Pero su corazón orgulloso no estaba saciado aún, y dijo:

-”Aunque él haya realizado las dos tareas, no será mi esposo hasta que me traiga una manzana del Árbol de la Vida.”-

El pretendiente ignoraba dónde crecía aquel árbol, pero se puso en camino, dispuesto a no detenerse mientras lo sostuvieran sus piernas, aunque no abrigaba esperanza alguna de encontrar lo. Después de haber recorrido ya tres reinos, un atardecer llegó a un bosque y se tendió a dormir debajo de un árbol. Pero él oyó un rumor entre las ramas, y al instante una manzana dorada cayó en sus manos. En ese mismo momento bajaron volando tres cuervos, que se posaron sobre sus rodillas, y le dijeron:

-”Somos aquellos cuervos pequeñitos que salvaste de morir de hambre. Ahora, ya crecidos, supimos que andabas en busca de la manzana del Árbol de la Vida, entonces cruzamos volando el mar y llegamos hasta el confín del mundo, donde crece el Árbol de la Vida, y te hemos traído la manzana”-

El joven, con todo júbilo, reemprendió el camino de regreso, y llevó la manzana dorada a la bella princesa, la cual no puso ya más excusas. Ellos partieron la manzana de la vida en dos mitades y se la comieron juntos. De inmediato en el corazón de la princesa brotó un sincero y gran amor por el joven, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

Enseñanza:

Siempre, en el momento que fuese más oportuno, deben retribuirse los favores recibidos.

El manto

Hubo una vez una madre que tenía un niño de siete años, quien era tan tierno y bondadoso que todo aquél que lo conocía, no podía dejar de amarlo, y ella lo adoraba sobre todas las cosas del mundo.

Y sucedió que repentinamente él se enfermó, y Dios lo llamó a su lado, y desde entonces su madre no encontró consuelo y lloraba por él día y noche. Pero poco después de que el niño había sido sepultado, aparecía por las noches en los sitios que él acostumbraba jugar y estar cuando vivió, y si su madre lloraba, él también lloraba, y al llegar el amanecer, él desaparecía.

Y como la madre no dejaba de llorar, él llegó una noche envuelto en su manto blanco con el que había sido enterrado, y con una corona de flores sobre su cabeza, y se sentó en la cama a los pies de su madre y le dijo:

-”Oh madre, por favor deja de llorar, o nunca podré llegar felizmente al reino de Dios, pues mi manto no se seca a causa de tus muchas lágrimas, que caen sobre él.”-

La madre se atemorizó cuando escuchó aquello, y ya no lloró más.

A la noche siguiente el niño vino de nuevo, y sostenía una pequeña luz en mano y le dijo:

-”Mira, mamá, mi manto ya está seco y ahora puedo partir felizmente a la casa de Dios.”-

Entonces la madre entregó su dolor en las manos de Dios, y tuvo tranquilidad y paciencia, y el niño ya no volvió más, quien ahora estaba feliz en su nuevo hogar celestial.

Enseñanza:

Ante lo que es imposible de cambiar, lo mejor es la comprensión, la amorosa resignación y la aceptación de la voluntad Divina.

El gato con botas

Esta versión es idéntica a la versión original de Charles Perrault
Presione aquí si desea ver este y otros cuentos de Charles Perrault

039-El Gato con Botas

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.

El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito.

-”Mis hermanos”- dijo él,-”pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.”-

El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:

-”No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.”-

El amo del gato no le dio mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.

Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso.

Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo.

Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:

-”Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).”-

-”Dile a tu amo”- dijo el rey, -”que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.”-

En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dio una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.

Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo:

-”Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí.”-

El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar:

-”¡Auxilio!¡Auxilio!¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!”-

Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás. Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo:

-”¡Ladrones!¡Ladrones!”-

En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra.

El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortesmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él. El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido.

El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo:

-”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.”-

Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando.

-”Son de mi señor, el Marqués de Carabás.”- contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado.

-”Puede ver señor”- dijo el Marqués, -”estos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año.”-

El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo:

-”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.”-

El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando.

-”Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás.”- replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás.

Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo. El gato que con anterioridad se había preparado en saber quien era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos.

El ogro lo recibió tan cortesmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse.

-”Yo he oído”- dijo el gato, -”que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier creatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar.”-

-”Es cierto”- contestó el ogro muy contento, -”Y para que te convenzas, me haré un león.”-

El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado.

-”También he oído”- dijo el gato, -”que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible.”-

-”¿Imposible?”- gritó el ogro, -”¡Ya lo verás!”-

Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.

Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:

-”Su majestad es bienvenida a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.”-

-”¿Qué? ¡Mi señor Marqués!” exclamó el rey, -”¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.”-

El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.

Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades del señor Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo:

-”Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno.”-

El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa.

El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.

Enseñanza:

Recibir una valiosa herencia puede ser de alguna ayuda, pero aún más valiosos son la inteligencia y el ingenio que no se heredan de nadie.

El azote del cielo

Un campesino salió cierto día a arar llevando un par de bueyes. Cuando llegó al campo, los cuernos de los bueyes empezaron a crecer y crecer, y cuando tuvo que regresar a casa, los cuernos estaban tan grandes que no podían pasar por la puerta del establo.

Por buena suerte un carnicero pasaba por ahí, y llamándolo se los ofreció en venta, y finalizó el trato de la siguiente manera:

que él le daría al carnicero una taza de medida llena de semillas de nabo, y que el carnicero le daría tantas monedas de Brabant como semillas de nabo hubiera en la taza.

¡A eso llamó yo un buen negocio!

El campesino entonces fue a su casa y trajo de regreso la taza con las semillas de nabo. Sin embargo, en el camino una semilla se cayó de la taza. El carnicero le pagó lo acordado, y si el campesino no hubiera perdido esa semilla, tendría una moneda más.

Mientras tanto, cuando el campesino regresaba a casa, la semilla había nacido y crecido hasta convertirse en un árbol, tan alto que llegaba hasta el cielo. Entonces el campesino pensó:

-”Ahora que tienes la oportunidad, puedes ver que están haciendo los ángeles allá arriba, y por al menos esta vez, los tendrás frente a tus ojos.”-

Así que trepó al árbol, y vio que los ángeles estaban azotando las espigas de avena, y se quedó mirando.

Y mientras miraba, notó que el árbol sobre el cual estaba subido, empezó a vibrar, y se asomó hacia abajo y vio que alguien estaba tratando de cortarlo.

-”Si yo caigo desde aquí, eso será algo muy malo.”- pensó.

Y en su apuro, para salvarse no pensó en otra cosa que tomar tallos de avena que estaban amontonados en grupos, trenzarlos y así hacerse de una cuerda. De igual forma, tomó un azadón y un azote de los que se usan para azotar los cereales y que estaban a su alcance, y empezó a bajar por medio de la cuerda que recién había hecho.

Pero al llegar a la tierra, cayó exactamente en un enorme hueco, muy hondo. Fue una verdadera suerte que hubiera traído el azadón, porque con él fue cavando gradas hasta que salió a la superficie. Y subió consigo también el azote como prueba de su verdad, para que así, viéndolo en su mano, nadie intentara dudar de su historia.

Enseñanza:

La amenaza es con lo que actúan siempre quienes quieren imponer “su verdad”, con menosprecio de lo que piensen los demás.

Diario Vasco

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