Trabajar es un placer

Yo viví siempre  en  el campo  durante  el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un chaval, y los campesinos me llevaban consigo a las recolecciones – las más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar el trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas; y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año siguiente. Los días que no había recolección, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros chavales a pescar en el Belbo – había un provecho en ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba – ciertos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos-, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y los soltaba solamente de noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que había diferencia entre salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de colinas pisando la hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad donde recolecciones y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o que ganar los empleados- ¡los empleados!- al juntarse con los trabajadores. «¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?» «¡Rebajarse así!» «Están locos o vendidos.» «Ignorantes.»

El chaval escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada – había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes – de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. «Trabajar es un placer», decía para sí.

- Trabajar es un placer – dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

- Ojalá fuese cierto – contestó-, pero hay quien no tiene ganas.

Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los trucos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía sus quinteros.

Estos quinteros venían el domingo a traer verdura o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él estaba siempre en todas partes y trabajaba en nuestra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se quedaban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.

- Trabajar es un placer-les dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.

- ¿Quién lo dice?-respondieron. – Quien no hace nada, como tú.

- Lo dice el capataz.

Entonces rieron más fuerte.

- Se comprende – me dijeron -, ¿has oído alguna vez al párroco decir que esté mal ir a la iglesia?

Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.

- Si no os gusta trabajar-dije-, os gusta recoger los frutos.

El joven dejó de reír.

- Están los amos – dijo despacio – que comparten los frutos sin haber trabajado.

Lo miré, con la cara roja.

- Haced una huelga – dije – si no estáis contentos. En Turín la hacen.

Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo, y volvieron a reír.

- Primero tenemos que vendimiar – dijo el viejo-, luego veremos.

- Pero el joven meneó la ca¬beza y reía.

- Nunca hará nada, papá – dijo bajito.

En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se siguió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea – al principio no fue sino una sospecha – se me había metido en la sangre: trabajar no era un placer ni siquiera en el campo. Y esta vez sabía que la necesidad de ver la recolección y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Cesare Pavese (Italia)

El tenista

La cancha de tenis se esconde detrás de los pinos olorosos. Huelo los pinos desde mi escondite detrás de los troncos. Estoy enamorada del tenista. Es un muchacho con rodillas de piel traslúcida. La piel se le transparenta en las rodillas y entonces el hueso queda marcado como un puño apretado bajo un guante de látex. El triángulo de la rótula es delicado. Qué ósea la rodilla del muchacho. Cuánta belleza ósea.

Tiene medias deportivas y zapatos deportivos y short blanco y una remera blanca y el sol le deja el pecho resplandeciente y las piernas que corren a la derecha y a la izquierda de la red van removiendo la tierra roja del piso hecho de motas de ladrillo. Qué material noble el ladrillo.

Ese muchacho es una preciosura máxima con pelo negro que le cae sobre la frente en un mechón indómito. Siempre se dice mechón indómito. Qué hay de malo en que yo también diga si es lo que se dice: el mechón que cae, el indómito.

Los ojos siguen el trayecto de la pelota de tenis. No vale la pena decir cómo es esa pelota. Es una clásica pelota de tenis. Podría decirse que es una pelota que sigue el canon mundial de las pelotas de tenis. No se podría decir que la pelota sigue el canon universal (porque sería atrevido: no sabemos qué ocurre en territorios de otros planetas) ni tampoco internacional, puesto que internacional no es tan inclusivo como mundial.

Los ojos de él son morenos y rasgados y las pestañas de él son largas y curvadas y la boca de él es la del capricho. Claro que estoy enamorada.

La contrincante es la enamorada del muchacho y no quiero detenerme en ella porque es mi rival. Solo me detendría para decir que no me llega ni a los tobillos. Es más linda, sí. Y juega al tenis, y yo no sé jugar al tenis.

Y luego está lo de la exclamación de esfuerzo que ella profiere al momento de pegar a la pelota con el encordado de la raqueta. Es algo ciertamente erótico. Digo erótico con sorna. Quién puede creer que esa breve exclamación más propia de un hachero que habita los montes nativos de la pampa que de una señorita pueda seducir a alguien. Nadie.

Inés Bortagaray (Uruguay)

Madre atrás

Se entra en un hospital con un incendio de rencores y con ganas de dar gracias. Pero, para dar gracias, hace falta que alguien nos apague el incendio. Qué frágil es la furia. En cualquier momento podríamos gritar, golpear, escupirle a un extraño. Al mismo al que, dependiendo de su veredicto, dependiendo de si nos dice lo que necesitamos escuchar, de pronto admiraríamos, abrazaríamos, juraríamos lealtad. Y sería, hay que decirlo, un amor sincero.

Entré en el hospital sin pensar nada. O procurando pensar en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, se jugaba en un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos y quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he pensado que la ausencia de Dios era una suerte que nos liberaba de un peso inconcebible y numerosas pleitesías. Pero, más de una vez, he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital. Los hospitales multitudinarios, llenos de escalafones, pasillos, maquinarias y ceremonias de espera, son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos.

Entré intentando no pensar porque temía que, si empezaba a hacerlo, acabaría rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me había ofrecido el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas cortas, le di un brazo y sentí el temblor del suyo. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana?, ¿puede el alma de alguien comportarse como una esponja que, demasiado impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía mucho más baja, demasiado delgada y sin embargo más grávida que antes, más propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía: imaginé de pronto a un niño parecido a mí en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar.

La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seríamos capaces de perder cualquiera de nuestros principios. ¿Es eso necesariamente una debilidad? Quizá sea la última, remota fortaleza de la que disponemos: llegar adonde nunca sospechamos que llegaríamos. La cercanía de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo. Entonces despertamos y caemos en la cuenta de que todos militamos en el mismo precario bando. La primera noche que pasé con mi madre después de que la internaran, o después de que ella se internase en no sé qué zona de sí misma, noté que en la habitación reinaba una igualdad instintiva que jamás había visto fuera del hospital. Los familiares de los enfermos colaborábamos entre nosotros sin discutir, nos repartíamos las tareas, alternábamos las vigilias, nos prestábamos los abrigos, compartíamos el agua como un don trabajoso. ¿Era eso necesariamente un espejismo? ¿O se trataba de lo opuesto, de la máxima dosis de verdad que necesitan nuestras venas, nuestros ojos, nuestras manos para dar lo que pueden, para hacer lo que saben?

La noche en que ingresaron a mí madre confirmé una sospecha: que ciertos amores no pueden devolverse. Que por mucho que un hijo recompense a sus padres, si es que los recompensa, siempre habrá una deuda ahí, temblando de frío. Muchas veces he oído decir, yo mismo lo he dicho alguna vez, que nadie pide nacer. Esta seca obviedad suele esgrimirse para excusarnos de alguna responsabilidad que, llegados al mundo, nos correspondería. ¿Cómo somos tan cortos de coraje? Nacer por voluntad ajena nos compromete todavía más: alguien nos ha hecho un regalo. Un regalo que, como casi todos, no habíamos pedido. La única manera congruente de rechazar semejante dádiva sería suicidarse en el acto, sin emitir queja alguna. Pero nadie que acompañe a su madre renqueante, a su madre encogida a un hospital, pensará seriamente en quitarse la vida. Que es justo lo que ella me había regalado.

¿Qué mal tenía mi madre exactamente? No importa. Eso es lo de menos. Queda fuera de foco. Era un mal que la hacía caminar como una niña, aproximarse paso a paso a la criatura torpe y trastabillante que había sido al principio del tiempo. Confundía el orden de sus dedos como en un juego indescifrable. Mezclaba las palabras. No podía avanzar recto. Se doblaba como un árbol que duda de sus ramas.

Entramos en el hospital, no terminábamos de entrar nunca, aquel umbral era un país, una frontera dentro de una frontera, y entrábamos en el hospital, y alguien lanzó una moneda y la moneda cayó. Eso fue. Es tan elemental que la razón se extravía analizándolo. Un mal puede tener sus fases, sus antecedentes, sus causas. La caída de una moneda, en cambio, no tiene historia ni matices. Es un acontecimiento que se agota en sí mismo, que se resuelve solo. Por supuesto la memoria puede suspender la moneda, dilatar su ascenso, recrear sus diminutas vacilaciones durante la parábola. Pero esos ardides sólo serán posibles después de que haya caído. El movimiento original, el vuelo de la moneda, es un presente absoluto. Y nadie, esto ahora lo sé, nadie es capaz de especular mientras mira caer una moneda.

La esponja, dijo, pásame la esponja un poco más arriba, me dijo mi madre, sentada en la bañera de su habitación. Arriba, ahí, la esponja, me pidió, y me impresionó el esfuerzo que había tenido que hacer para pronunciar una frase en apariencia tan sencilla. Y yo le pasé la esponja por la espalda, hice círculos en los hombros, recorrí los omoplatos, descendí por la columna, y antes de terminar escribí en su piel mojada la frase que no había sabido decirle antes, cuando cruzamos juntos la frontera.

Andrés Neuman (Argentina)

El sacerdote

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. O, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

- A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras”.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán amantes? -se preguntó-. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿O es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”.

“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó.

“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.

Ave María, deam gratiam… torre de marfil, rosa del Líbano…

 

William Faulkner (EE. UU.)

Ridder y el pisapapeles

Para ver a Charles Ridder tuve que atravesar toda Bélgica en tren. Teniendo en cuenta las dimensiones del país, fue como viajar del centro de una ciudad a un suburbio más o menos lejano. Madame Ana y yo tomamos el rápido de Amberes a las once de la mañana y poco antes de mediodía, después de haber hecho una conexión, estábamos en el andén de Blanken, un pueblecito perdido en una planicie sin gracia, cerca de la frontera francesa.

- Ahora a caminar -dijo madame Ana.

Y nos echamos a caminar por el campo chato, recordando la vez que en la biblioteca de madame Ana cogí al azar un libro de Ridder y no lo abandoné hasta que terminé de leerlo.

- Y después no quiso leer otra cosa que Ridder.

Eso era verdad. Durante un mes pasé leyendo sus obras. Intemporales, transcurrían en un país sin nombre ni fronteras, que podía corresponder a una kermese flamenca, pero también a una verbena española o a una fiesta bávara de la cerveza. Por ellas discurrían hombres corpulentos, charlatanes y tragones, que tumbaban a las doncellas en los prados y se desafiaban a combates singulares, en los que predominaba la fuerza sobre la destreza. Carecían de toda elegancia esas obras, pero eran coloreadas, violentas, impúdicas, tenían la fuerza de un puño de labriego haciendo trizas un terrón de arcilla.

Al ver mi entusiasmo, madame Ana me reveló que Ridder era su padrino y es por ello que ahora, anunciada nuestra visita, nos acercábamos a su casa de campo, cortando una pradera. No lejos distinguí un pedazo de mar plomizo y agitado que me pareció, en ese momento, una interpolación del paisaje de mi país. Cosa extraña, eran quizás las dunas, la yerba ahogada por la arena y la tenacidad con que las olas barrían esa costa seca.

Al doblar un sendero avistamos la casa, una casa banal como la de cualquier campesino del lugar, construida al fondo de un corral que circundaba un muro de piedra. Precedidos por una embajada de perros y gallinas llegamos a la puerta.

- Hace por lo menos diez años que no lo veo -dijo madame Ana-. Él vive completamente retirado.

Nos recibió una vieja que podía ser una gobernanta o ama de llaves.

- El señor los espera.

Ridder estaba sentado en un sillón de su sala-escritorio, con las piernas cubiertas con una frazada y al vernos aparecer no hizo el menor movimiento. No obstante, por las dimensiones del sillón y el formato de sus botas, pude apreciar que era extremadamente fornido y comprendí en el acto que entre él y sus obras no había ninguna fisura, que ese viejo corpachón, rojo, canoso, con un bigote amarillo por el tabaco, era el molde ya probablemente averiado de donde habían salido en serie sus colosos.

Madame Ana le explicó que era un amigo que venía de Sudamérica y que había querido conocerlo. Ridder me invitó a sentarme con un ademán frente a él mientras su ahijada le daba cuenta de la familia, de lo que había sucedido en tantos años que no se veían. Ridder la escuchaba aburrido, sin responder una sola palabra, contemplando sus dos enormes manos curtidas y pecosas. Tan sólo de vez en cuando levantaba un ojo para observarme a través de sus cejas grises, mirada rápida, celeste, que sólo en ese momento parecía cobrar una irresistible acuidad. Luego recaía en su distracción, en su torpor.

La gobernanta había traído una botella de vino con dos vasos y una tisana para su patrón. Nuestro brindis no encontró ningún eco en Ridder, que sin tocar su tisana jugaba ahora con su dedo pulgar. Madame Ana seguía hablando y Ridder parecía, si no complacerse, al menos habituarse a esa cháchara que amoblaba el silencio y lo ponía al abrigo de toda interrogación.

Aprovechando una pausa de madame Ana pude al fin intercalar una frase.

- He leído todos sus libros, señor Ridder, y créame que los he apreciado mucho. Pienso que es usted un gran escritor. No creo exagerar: un gran escritor.

Lejos de agradecerme, Ridder se limitó a clavarme una vez más sus ojos celestes, esta vez con cierto estupor, y luego, con la mano, indicó vagamente la biblioteca de su sala, que ocupaba íntegramente un muro, desde el suelo hasta el cielo raso. En su gesto creí comprender una respuesta: “Cuánto se ha escrito”.

- Pero dígame, señor Ridder -insistí-, ¿en qué mundo viven sus personajes? ¿De qué época son, de qué lugar?

- ¿Época?, ¿lugar? -preguntó a su vez y volviéndose a madame Ana la interrogó sobre un perro que seguramente les era familiar.

Madame Ana le contó la historia del perro, muerto ya hacía años, y Ridder pareció encontrar un placer especial en el relato, pues se animó a probar su tisana y encendió un cigarrillo.

Pero ya la gobernanta entraba con una mesita rodante anunciándonos el almuerzo, que tomaríamos allí en la sala, para que el señor no tuviera que levantarse.

El almuerzo fue penosamente aburrido. Madame Ana, agotado su repertorio de novedades, no sabía qué decir. Ridder sólo abría la boca para engullir su comida, con una voracidad que me chocó. Yo reflexionaba sobre la decepción, sobre la ferocidad que pone la vida en destruir las imágenes más hermosas que nos hacemos de ella. Ridder poseía la talla de sus personajes, pero no su voz, ni su aliento. Ridder era, ahora lo notaba, una estatua hueca.

Sólo cuando llegamos al postre, al beber medio vaso de vino, se animó a hablar un poco y narró una historia de caza, pero enredada, incomprensible, pues transcurría tan pronto en Castilla la Vieja como en las planicies de Flandes y el protagonista era alternativamente Felipe II y el mismo Ridder. En fin, una historia completamente idiota.

Luego vino el café y el aburrimiento se espesó. Yo miraba a madame Ana de reojo, rogándole casi que nos fuéramos ya, que encontrara una excusa para salir de allí. Ridder, además, embotado por la comida, cabeceaba en un sillón, ignorándonos.

Por hacer algo me puse de pie, encendí un cigarrillo y di unos pasos por la sala-escritorio. Fue sólo en ese momento cuando lo vi: cúbico, azul, transparente con las aristas biseladas, estaba en la mesa de Ridder, detrás de un tintero de bronce. Era exacto al pisapapeles que me acompañó desde la infancia hasta mis veinte años, su réplica perfecta. Había sido de mi abuelo, que lo trajo de Europa a fines de siglo, lo legó a mi padre y yo lo heredé junto con libros y papeles. Nunca pude encontrar en Lima uno igual. Era pesado, pero al mismo tiempo diáfano, verdaderamente funcional. Una noche, en Miraflores, fui despertado por un concierto de gatos que celaban en la azotea. Saliendo al jardín grité, los amenacé. Pero como seguían haciendo ruido, regresé a mi cuarto, busqué qué cosa arrojarles y lo primero que vi fue el pisapapeles. Cogiéndolo, salí nuevamente al jardín y lancé el artefacto contra la buganvilla donde maullaban los gatos. Éstos huyeron y pude dormir tranquilo.

Al día siguiente, lo primero que hice al levantarme fue subir al techo para recoger el pisapapeles. Inútil encontrarlo. Examiné la azotea palmo a palmo, aparté una por una las ramas de la buganvilla, pero no había rastro. Se había perdido, para siempre.

Pero ahora, lo estaba viendo otra vez, brillaba en la penumbra de ese interior belga. Acercándome lo cogí, lo sopesé en mis manos, observé sus aristas quiñadas, lo miré al trasluz contra la ventana, descubrí sus minúsculos globos de aire capturados en el cristal.

Cuando me volví hacia Ridder para interrogarlo, noté que interrumpiendo su siesta, me estaba observando, ansiosamente.

- Es curioso -dije mostrándole el pisapapeles-. ¿De dónde lo ha sacado usted?

Ridder acarició un momento su pulgar.

- Yo estaba en el corral, hace de eso unos diez años -empezó-. Era de noche, había luna, una maravillosa luna de verano. Las gallinas estaban alborotadas. Pensé que era un perro vecino que merodeaba por la casa. Cuando de pronto un objeto cruzó la cerca y cayó a mis pies. Lo recogí. Era el pisapapeles.

- Pero, ¿cómo vino a parar aquí?

Ridder sonrió esta vez:

- Usted lo arrojó.

Julio Ramón Ribeyro (Perú)

El yogui y el erudito

Se trataba de un erudito muy pagado de sí mismo, que siempre estaba haciendo gala de sus conocimientos de todo orden, menospreciando a aquellos que no eran tan cultos como él. Escuchó hablar de un yogui y acudió a visitarlo, pero no para interesarse por él o preguntarle algo sobre la ciencia espiritual, sino para jactarse de sus conocimientos.

— No hay rama de la ciencia o de la filosofía que no haya estudiado a fondo. Soy una biblioteca viviente. Mis conocimientos con incalculables.

El yogui le miró directamente a los ojos y le gritó:

— ¡Necio ignorante!

El erudito se descompuso, llenándose de ira. Se lanzó contra el yogui y comenzó a golpearlo una y otra vez, hasta quedar ahíto. Después de haber sido maltratado, el yogui le sonrió y el erudito se quedó petrificado al comprobar la serenidad de ese hombre, que le dijo sosegadamente:

— Has aprendido mucho, sin duda, pero no a controlar tu mente ni sus reacciones. Sabes mucho, pero no eres un hombre de paz.

El erudito se postró ante el yogui y le suplicó perdón. Después se marchó avergonzado.

El atavío

Un hombre fue invitado a comer en la lujosa mansión de unas personas muy acaudaladas. Llegó a la reunión ataviado con unas prendas muy sencillas y se percató de que los anfitriones disimulaban para evitar saludarle. Dejó durante unos minutos la reunión, se desplazó a su casa y se envolvió en una lujosísima y muy cara túnica de la mejor seda que uno pudiera imaginar. Volvió a la mansión y nada más entrar los anfitriones se aproximaron a él y le saludaron con enorme deferencia, respeto y cordialidad, invitándole a pasar al comedor.

El invitado accedió al comedor y le pidieron que presidiera la mesa, indicándole su silla. El hombre, ante la perplejidad y vergüenza de todos los presentes, se quitó presto la túnica, la arrojó sobre la silla y dijo:

— Puesto que es la túnica la que os inspira deferencia, respeto y cordialidad, aquí os la dejo y yo me marcho. ¿Por qué, amigos, no organizáis una comida de túnicas?

Se dio media vuelta y partió.

El samurai

Un aguerrido samurái fue a visitar a un anciano sabio para exponerle una duda que le atormentaba desde hacía mucho tiempo.

— Señor –dijo–, me hallo aquí porque necesito saber si existen el cielo y el infierno.

— ¿Quién lo pregunta? –dijo el sabio.

— Un samurái –respondió orgulloso el guerrero.

— ¿Y tú con este aspecto eres un samurái? Seguro que no eres más que un necio y un cobarde.

El samurái, encolerizado, desenvainó al pronto el sable, momento en el que el sabio dijo:

— Ahora se están abriendo las puertas del infierno.

El samurái tuvo un punto de comprensión clara y recuperó el sosiego, a la par que enfundaba, avergonzado, el sable, y el sabio aseveró:

— Ahora se están abriendo las puertas del cielo.

El samurái hizo una solemne reverencia ante el sabio y dijo:

— Gracias, señor, habéis contestado a mi pregunta con enorme sabiduría.

El samurái dejó su oficio y vivió en paz.

En busca del maestro

Llevaba diez años en busca de un maestro espiritual, recorriendo los caminos de la India. Decidió adentrarse en los altos Himalayas para ver si en esas remotas tierras le era dado conocer a un verdadero maestro. Estaba atravesando uno de los colosales valles himalayos cuando se encontró con un anciano que, al igual que él, hacía el camino a pie. Durante días los dos hombres caminaron juntos. Llegó la hora de la despedida y el joven le comentó al anciano:

— Ha llegado el momento de separarnos. Debo seguir con mi incansable búsqueda de un genuino maestro y ya se ha prolongado a lo largo de diez años. ¿Y tú? ¿Qué harás?

El anciano repuso:

— Lo que vengo haciendo desde hace veinte años. Tratar de encontrar un genuino discípulo.

Accesos de ira

Era un hombre que tenía recurrentes accesos de gran ira que no lograba controlar. Muy preocupado por ello, se enteró de un sabio que podía aconsejarle y que vivía en la cima de una colina. Decidió acudir a visitarle. Una vez ante él le expuso el problema. El sabio dijo:

— Amigo mío, hasta que vea tu ira, no puedo aconsejarte. Cuando tengas un acceso de furia, ven y muéstramela. Unos días después, el hombre sintió mucha ira y fue a visitar al sabio, pero cuando llegó ya se le había pasado.

— Así no puedo aconsejarte. Necesito verte airado. La próxima vez ven más pronto.

Unos días después, cuando el hombre fue de nuevo anegado por la ira, salió corriendo hacia el lugar donde se encontraba el sabio, pero nuevamente, al llegar, ya no la sentía.

— ¡Vaya! –exclamó el sabio–. Tendrás que venir más rápido cuando vuelva a venirte la ira.

Unos días después, en cuanto sintió ira, el hombre salió corriendo tanto como pudo. Jadeante y exhausto, llegó a la cima de la colina, pero ya no tenía ira.

Y el sabio le dijo:

— ¿Lo ves? La ira no te pertenece. Viene y se marcha, como una ola sube y baja. Lo que tienes que hacer es no dejarte atrapar por esa ola y mantener la quietud a pesar de la ola de la ira.

Diario Vasco

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