Hansel y Grethel

Al lado de un bosque muy grande moraban un pobre leñador con sus dos niños y su esposa, quien no era la madre de ellos. El niño se llamaba Hansel (Juancito), y la niña se llamaba Grethel (Margarita). Tenían muy poco para comer, y cuando una gran hambruna cayó sobre esa región, no podían procurarse el pan de cada día. Una noche, cuando él pensaba en ese problema en su cama, y no dormía bien por la ansiedad que eso le producía, suspiró y le dijo a su esposa:

-”¿Qué irá a ser de nosotros? ¿Cómo podremos alimentar a nuestros pobres niños, cuando ni siquiera tenemos para nosotros?”-

-”Te diré una cosa, esposo”- comentó la mujer con torcido pensamiento, -”mañana temprano al amanecer, llevamos a los niños a lo más profundo del bosque, y allí encendemos una fogata para ellos, y les damos un pedacito más de pan, y enseguida nos vamos a trabajar y los dejamos solos. Ellos no encontrarán el camino de regreso a casa, y nos habremos librado de ellos.”-

-”No, mujer”- dijo el hombre, -”No voy a hacer eso. ¿Cómo podría ser yo capaz de abandonar a los niños solos en el bosque? Los animales salvajes llegarían pronto y los despedazarían.”-

-”Ah, tonto”- dijo ella, -”Entonces todos los cuatro moriríamos de hambre, y deberías desde ya ir preparando nuestros ataúdes.”-

Y ella no lo dejó en paz hasta que aceptó.

-”Pero me siento muy afligido por los pobres niños, de igual forma.”-

Los dos niños tampoco podían dormir bien debido al hambre, y escucharon lo que su madrastra le decía a su padre. Grethel lloró amargas lágrimas, y le dijo a Hansel:

-”Ya todo se acabó para nosotros.”-

-”Ten calma Grethel”- dijo Hansel, -”no te desanimes, que ya pronto encontraré la manera de ayudarnos.”-

Y cuando los mayores se habían dormido, él se levantó, se puso su abrigo, abrió la puerta y salió. La luna brillaba fuertemente, y las blancas piedritas que rodeaban la casa resplandecían como verdaderas monedas de plata. Hansel recogió y guardó en el bolso de su abrigo tantas como pudo para llenar el bolso. Entonces regresó y dijo a Grethel:

-”Ya puedes estar tranquila, querida hermanita, y dormir en paz, Dios no nos abandonará.”- y se metió de nuevo en su cama.

Cuando ya amanecía, y antes de que saliera el sol, la mujer vino y despertó a los niños diciéndoles:

-”¡Ya, levántense, holgazanes! que vamos al bosque a traer leña”-

Ella le dio un pedazo de pan a cada uno y dijo:

-”Hay algo para sus cenas, pero no se lo coman antes de entonces, porque no hay más.”-

Grethel guardó el pan bajo el delantal, ya que Hansel tenía su bolso lleno de piedritas. Entonces todos salieron hacia el bosque. Cuando habían caminado un poco, Hansel se detuvo y volviola vista hacia la casa, y así lo hizo una y otra vez. Su padre le dijo:

-”Hansel, ¿Qué estás viendo tanto que te hace quedarte atrás? Piensa en dónde estás, y no olvides usar tus piernas.”-

-”¡Oh, padre!”- dijo Hansel, estoy viendo a mi gatito sentado en el techo, y quiere decirme adiós a mí.”-

La esposa dijo:

-”¡No seas tonto!, eso no es tu gatito, es el sol de la mañana que brilla en la chimenea.”-

Hansel, sin embargo, no estaba realmente mirando atrás al gato, sino que había estado tirando constantemente una de sus piedritas blancas sobre el camino.

Cuando llegaron al centro del bosque, el padre dijo:

-”Ahora niños, amontonen algo de leña y yo encenderé una pequeña fogata para que no se enfríen.”-

Hansel y Grethel recogieron troncos y ramas e hicieron una gran pila. Ésta fue encendida, y cuando las llamas ya habían cogido fuerza, la mujer dijo:

-”Ahora niños, arrecuesténse cerca del fuego y descansen, que nosotros andaremos por el bosque cortando alguna madera. Cuando terminemos, volveremos a recogerlos.”-

Hansel y Grethel se sentaron junto al fuego, y cuando llegó el medio día, cada uno comió un pedazo de pan, y como oían el golpear de un hacha, creían que su padre estaba cerca. Pero sin embargo, no era un hacha, era una rama que él había amarrado a un árbol marchito y que el viento mecía hacia atrás y hacia adelante.

Y como habían estado sentados mucho rato, sus ojos se cerraban fatigados, y al fin cayeron dormidos. Cuando despertaron, ya era de noche. Grethel empezó a gritar diciendo:

-”¿Cómo hacemos para salir del bosque ahora?”-

Pero Hansel la confortaba diciéndole:

-”Espera un ratito, hasta que la luna se levante, y entonces pronto encontraremos el camino.”-

Y cuando la luna llena se levantó, Hansel tomó a su hermanita de la mano, y siguieron a las piedritas que brillaban como moneditas nuevas de plata, y les mostraban el camino.

Ellos caminaron toda la noche, y al inicio del día llegaron una vez más a la casa de su padre. Tocaron a la puerta, y cuando la mujer abrió y vio que eran Hansel y Grethel, dijo:

-”Ustedes, niños desobedientes, ¿por qué se durmieron tanto en el bosque? ¡Pensamos que nunca regresarían!”-

El padre, sin embargo, se alegró, pues le había herido el corazón el haberlos dejado solos.

No mucho tiempo después, volvió a haber escasez por todas partes, y los niños oyeron a la mujer diciéndole en la noche a su padre:

-”Ya nos hemos comido todo, sólo nos queda medio bollo de pan, y después de eso vendrá el final. Hay que deshacerse de los niños, llevémoslos más adentro del bosque, de modo que no puedan encontrar el camino de nuevo, es que no hay otra manera de que podamos salvarnos.”-

El corazón del hombre se entristeció, y pensó, diciéndose a sí mismo:

-”Sería mejor para ti compartir el último bocado con tus niños.”

La mujer, sin embargo, no aceptaba nada de lo que él dijera, sino que lo reprobaba y regañaba. Si él decía A, debía ser B, y así con todo, hasta que así como cedió la primera vez, lo hizo por segunda vez.

Los niños, que no se habían dormido escucharon la conversación. Cuando los grandes se durmieron, Hansel de nuevo se levantó, y quiso ir afuera a recoger piedritas blancas como lo había hecho antes, pero la mujer había cerrado la puerta con llave, y Hansel no pudo salir. Aún así, él confortaba a su hermanita, y le decía:

-”No llores, Grethel, ve a dormir tranquila. El buen Dios nos ayudará.”-

Temprano al amanecer llegó la mujer, y sacó a los niños de sus camas. Les dio un pedacito de pan a cada uno, pero mucho más pequeño que antes. En el camino hacia el bosque, Hansel desmenuzaba el suyo en su bolsillo, y a menudo se detenía para tirar una borona en el suelo.

-”Hansel, ¿por qué te detienes y te quedas viendo alrededor? preguntó el padre, -”¡sigue adelante!”-

-”Estoy viendo hacia atrás a mi pequeña palomita que está sentada en el techo, y quiere decirme adiós.”- Contestó Hansel.

-”¡Ignorante!”- dijo la mujer, -”eso no es tu palomita, eso es el sol matinal que brilla en la chimenea.”-

Hansel, sin embargo, borona tras borona, las tiró todas en el camino.

La mujer condujo a los niños bien profundo en el bosque, donde nunca en sus vidas habían estado antes. Entonces una gran fogata fue encendida otra vez, y ella dijo:

-”Ahora siéntense ahí, niños, y cuando estén cansados pueden dormir un ratito. Nosotros iremos a cortar leña más adentro, y al atardecer, cuando hayamos terminado, vendremos por ustedes.

Al llegar el mediodía, Grethel compartió su pedacito de pan con Hansel, que había gastado el suyo en el camino. Entonces se durmieron y llegó el atardecer, pero nadie vino por los pobres niños. Y no se despertaron sino hasta llegada la noche, y Hansel confortaba a su hermanita diciéndole:

-”Sólo espera, Grethel, a que la luna salga, y veremos las boronas de pan que yo tiré, y ellas nos mostrarán el camino de regreso.”-

Cuando la luna salió, ellos se pusieron en camino, pero no encontraron boronas, ya que los cientos de pájaros que habitan en el bosque se las habían comido. Hansel le dijo a Grethel:

-”Pronto encontraremos el camino.”- Pero no lo encontraron.

Caminaron toda el resto de la noche y todo el día siguiente desde la mañana hasta el anochecer, sin que lograran salir del bosque, y ya sentían hambre, pero no tenían nada para comer, excepto unas moras, de las que crecían por allí. Y estaban tan cansados que sentían que sus pies ya no podrían llevarlos más lejos, y se sentaron debajo de un árbol y se durmieron.

Ya habían pasado tres días desde que salieron de casa. Comenzaron a caminar de nuevo, pero cada vez se internaban más en el bosque, y si no llegaba pronto ayuda, morirían de hambre y debilidad. Cuando fue el mediodía, vieron un bello pájaro tan blanco como la nieve posado en una rama, que cantaba tan dulcemente que se quedaron quietos escuchándolo. Y cuando hubo terminado de cantar, levantó sus alas y voló alejándose de ellos, y lo siguieron hasta que llegaron a una pequeña casita, en cuyo techo el pájaro se posó. Y cuando estuvieron más cerca de la casita vieron que estaba hecha de pan y cubierta con pasteles, y las ventanas eran de transparente azúcar.

-”¡Empecemos a trabajar en ella!”- dijo Hansel, -”¡y tendremos una buena comida! Yo comeré un pedazo de techo, y tú Grethel, puedes comer de la ventana, sabrá dulce.”-

Hansel se estiró un poco hacia arriba, y quebró un pedacito de techo para probar cómo sabía, y Grethel se inclinó hacia la ventana y mordisqueó los cristales. Entonces una voz suave gritó desde el cuarto:

-”Mordisco, mordisco, que roe,
¿Quién está mordiendo mi casita?”-

Los niños contestaron:

-”El viento, el viento,
el viento que viene del cielo.”-

Y siguieron comiendo sin más preocupación. Hansel, quien pensó que el techo estaba muy sabroso, desprendió una gran trozo de él, y Grethel arrancó un cristal entero de la ventana, y se sentaron a disfrutar plenamente de todo aquello. De pronto la puerta se abrió, y una muy, pero muy viejita mujer, que se sostenía en muletas, salió caminando lentamente. Hansel y Grethel quedaron tan terriblemente asustados que dejaron caer lo que tenían en las manos. La vieja mujer, sin embargo, movió su cabeza y dijo:

-”¡Oh!, queridos niños, ¿Quién los ha traído aquí?. Pasen adentro y quédense conmigo. Ningún daño les ocurrirá.”-

Ella tomó a ambos por las manos, y los introdujo dentro de la casita. Entonces buena comida fue puesta frente a ellos, leche y panqueques, con azúcar, manzanas y nueces. Y además dos preciosas camas estaban cubiertas con un límpido lino blanco. Hansel y Grethel se arrecostaron en ellas y se sentían como si estuvieran en el cielo.

La vieja mujer solamente simulaba ser amable. En realidad era una malvada bruja, que esperando que llegara algún niño algún día, había construido la casita de pan y dulces solamente con el objetivo de tentarlos a quedarse allí. Cuando un niño caía en su poder, ella lo mataba, lo cocinaba y se lo comía, y eso era una fiesta para ella.

Las brujas tienen los ojos rojos, y no pueden mirar muy lejos, pero tienen un olfato muy afinado, como las bestias, y están muy alertas cuando un niño ronda cerca.

Cuando Hansel y Grethel llegaron a su vecindad, ella se rió maliciosamente, y dijo burlonamente:

-”¡Ya los tengo, y no se me van a escapar!”-

Temprano en la mañana, antes de que se despertaran los niños, ya ella estaba levantada, y cuando los vio a ambos durmiendo y con tan linda apariencia, con sus rosadas mejillas, ella comentó para sí misma:

-”¡Esto será un bocado muy delicado!”-

Entonces con su encogida mano agarró a Hansel , lo llevó a un pequeño establo, y lo encerró con una puerta enrejada. Él podía gritar lo que quisiera, que de nada le serviría. Y llegó luego donde Grethel, la movió hasta despertarla, y gritó:

-”¡Levántate, perezosa, trae algo de agua, y cocina algo bueno para tu hermano, que está afuera en el establo, y hay que engordarlo! Cuando ya esté gordito, me lo comeré.”-

Grethel empezó a llorar amargamente, pero fue en vano. Ella fue obligada a hacer lo que la malvada bruja le había ordenado.

Y ahora las mejores comidas eran cocinadas para el pobre Hansel, pero para Grethel solamente había cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas, la vieja mujer iba al establo y gritaba:

-”¡Hansel, saca tu dedo por la reja para saber si ya pronto estarás gordo!”-

Pero Hansel le sacaba un pequeño hueso, y la vieja mujer, con su poca vista no lo distinguía bien, y creía que era el dedo de Hansel, y estaba intrigada de que no hubiera manera de engordarlo. Cuando pasaron cuatro semanas, y sentía aún delgado a Hansel, ella se llenó de impaciencia y no esperó más.

-”¡Hola Grethel!”- le gritó a la niña, -”muévete y tráeme algo de agua. No importa que Hansel esté gordo o flaco, mañana lo mataré y lo cocinaré.”-

¡Ay, cómo la pobre hermanita se lamentaba cuando tenía que traer el agua, y cómo corrían las lágrimas por sus mejillas!

-¡”Querido Dios, por favor ayúdanos!”- gritaba. -”¡Si las bestias salvajes del bosque nos hubieran devorado, al menos hubiéramos muerto juntos!”-

-”Ya deja de hacer ruido”- dijo la vieja mujer, -”todo eso no te ayudará en nada.”-

Temprano en la mañana, Grethel tenía que ir afuera y colgar la caldera con el agua, y encender el fuego.

-”Primero hornearemos.” dijo la vieja, -”Ya tengo calentado el horno, y preparada la masa.”-

Ella se llevó a la pobre Grethel al horno, donde ya había vigorosas llamas. Y cuando Grethel estuvo junto a la puerta del horno, la bruja pensó que en cuanto Grethel entrara le cerraría la puerta, dejando que la niña se horneara, y así comer a dos de una sola vez.

-”Entra”- le dijo la bruja, -”y mira si está adecuadamente caliente, de modo que podamos meter ya el pan.”-

Pero Grethel previó las intenciones que aquella mujer tenía en mente, y dijo:

-”Pero no sé cómo tengo que hacer eso, ¿cómo se entra ahí?”-

-”¡Cabeza de chorlito!”- dijo la vieja mujer, -”La puerta es suficientemente grande, solo mírame cómo yo misma puedo entrar.”-

Y se movió hacia la puerta metiendo su cabeza dentro del horno. Entonces Grethel le dió un fuerte empujón que la hizo caer adentro del horno, y le cerró la puerta, y le puso tranca. ¡Uy! entonces la bruja empezó a chillar horriblemente, pero Grethel corrió alejándose y la diabólica bruja murió horriblemente carbonizada por causa de su propia maldad.

Grethel salió como un rayo hacia donde Hansel, abrió la puerta del establo y gritaba:

-”¡Hansel, nos salvamos! ¡La vieja bruja ya no está!”-

Entonces Hansel voló como un pájaro cuando la celda se abrió. ¡Cómo se regocijaron y se abrazaron uno al otro, y bailaron felizmente! Y como ya no tenían por qué tener miedo de la bruja, fueron a la casa donde ella vivía, y en cada cuarto que estuvieron encontraron cestas llenas de joyas y perlas.

-”Todo esto es mucho mejor que las piedritas.”- dijo Hansel, y llenó sus bolsillos con toda la cantidad que pudo, y Grethel decía:

-”Yo también llevaré todo lo que pueda conmigo a casa.”- y llenó su delantal al máximo.

-”Pero ahora que comienza el día, debemos marcharnos”- dijo Hansel, -” para que podamos salir del bosque de la bruja.”-

Caminaron como dos horas y llegaron a un gran río.

-”No podemos atravesarlo”- dijo Hansel, -”No veo huellas humanas, ni un puente.”-

-”Ni tampoco botes que lo atraviesen”- contestó Grethel, -”pero hay un pato blanco nadando allí, si le preguntáramos, tal vez podría ayudarnos.”-

Entonces ella gritó:

-”Patito, patito, estamos a tu vista,
Hansel y Grethel esperan por ti.
No hay tablón ni puente por aquí,
pásanos en tu espalda blanquita.”-

El pato se les acercó, y Hansel se sentó en su espalda, y le dijo a Grethel que se sentaran juntos.

-”No”- replicó Grethel, -”eso sería mucha carga para el patito, él nos pasará, uno después del otro.”-

El patito así lo hizo, y una vez pasados exitosamente al otro lado, caminaron por un corto tiempo y la foresta se les hacía cada vez más familiar, y por fin divisaron a lo lejos la casa de su padre. Entonces corrieron, entraron a la sala, y se tiraron en los brazos de su padre.

El hombre no había tenido un segundo de tranquilidad desde que dejaron a los niños en el bosque. Mientras tanto, su mujer había fallecido. Grethel vació su delantal, de donde salieron perlas y piedras preciosas que corrieron por el piso, y Hansel vació también uno a uno sus bolsillos para que las joyas suyas se juntaran con las de Grethel.

Entonces toda ansiedad se terminó, y vivieron juntos en perfecta armonía y felicidad.

Mi cuento se acabó, por allá va un ratón, y con su cuero, hazte un buen sombrero.

Enseñanza:

Siempre debe estarse atento para no desaprovechar las buenas oportunidades cuando ellas se presentan.

Rapunzel

Había una vez un hombre y su esposa que por largo tiempo esperaron en vano por un hijo. Al fin la mujer supo que Dios estaba por concederles el deseo. Esta gente tenían en su casa una ventana en la parte de atrás desde la cual se veía un espléndido jardín, lleno de las más bellas flores y hierbas. El jardín, sin embargo, estaba rodeado por un gran muro, y nadie intentaba entrar en él porque pertenecía a una “hechicera” que tenía grandes poderes y era temida por todo el mundo. Un día la esposa estaba en la ventana mirando hacia abajo al jardín cuando vio una era que estaba plantada con bellísimos rapunzeles (= rapónchigo o nabiza: planta campanulácea de raíz comestible). Y las vio tan frescas y verdes que suspiraba por ellas y le entró el gran antojo de comer algunas.

Ese deseo se incrementaba día a día, y como ella sabía que no podía coger ninguna, fue perdiendo su salud, y se veía pálida y miserable. Entonces su esposo se alarmó y preguntó:

-”¿Qué es lo que te sucede, querida esposa?”-

-”¡Ay, si yo no pudiera obtener alguno de los rapunzeles, que están en el jardín atrás de la casa, para comerlos, me moriría.”-

El hombre, que la amaba mucho, pensó:

-”Antes que dejar que mi mujer se muera, le traeré algunos rapunzeles, no importa lo que cueste.”-

Al medio oscurecer del final de la tarde, escaló y atravesó el muro cayendo sobre el jardín de la hechicera, rápidamente cogió un racimo de rapunzeles y se los llevó a su esposa. Inmediatamente ella se hizo una ensalada y se la comió con mucho gusto. A ella, sin embargo, le gustaron tanto, tanto, tanto, que al día siguiente estaba tres veces más antojada que antes. Si él debía tener algún reposo, debería ir otra vez más al jardín. En la penumbra del atardecer, sin embargo, él bajó de nuevo el muro, pero cuando había bajado al suelo, se asustó terriblemente pues encontró a la hechicera parada a su lado.

-”¿Cómo te atreves”- dijo ella con una mirada furiosa, -”descender dentro de mi jardín y robarme los rapunzeles como un ladrón? ¡Sufrirás por ello!”-

-”Oh”- contestó él, -”deja que la misericordia tome el lugar de la justicia, yo sólo lo hacía por necesidad. Mi esposa ha visto sus rapunzeles desde la ventana, y ha sentido tan grande antojo por ellos, que moriría si no le llevo algunos para comer”-

Entonces la hechicera dejó que se calmara su enojo, y le dijo:

-”Si el caso es como lo dices, te permitiré llevar contigo todos los que quieras, solamente con una condición, deben darme la creatura que tu esposa traerá al mundo. Será muy bien tratada, y yo cuidaré de ella como una madre.”-

El hombre, aterrorizado, consintió en todo, y cuando nació la creatura, la hechicera apareció al momento, le dio a la creatura el nombre de Rapunzel, y se la llevó con ella.

Rapunzel se desarrolló como la niña más bella bajo el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre, dentro del bosque, que no tenía puertas ni escaleras, excepto una pequeña ventana arriba. Cuando la hechicera quería subir, ella se paraba exactamente abajo de la ventana y gritaba:

-”Rapunzel, Rapunzel,
tírame tu cabellera a mí.”-

Rapunzel tenía una exuberante cabellera larga, muy fina y de un color dorado, y cuando ella oía la voz de la hechicera, se soltaba las prensas que la sostenían, la amarraba de una de las barras de la ventana, y entonces la dejaba caer veinte metros hacia abajo, y la hechicera subía por medio de ella.

Como uno o dos años después, sucedió que el hijo del rey, recorriendo el bosque, llegó a la torre. Entonces el oyó una canción de una voz tan tierna que paró y se quedó escuchando. Era la voz de Rapunzel, que en su soledad pasaba el tiempo haciendo resonar su dulce voz. El hijo del rey quería subir hasta ella, y buscó la puerta que no encontró. Él regresó al hogar, pero el canto tocó tan profundamente su corazón, que todos los días iba al bosque a escucharla. Un día, cuando él estaba parado detrás de un árbol, vio que la hechicera llegó allí, y escuchó lo que gritaba:

-”Rapunzel, Rapunzel,
tírame tu cabellera a mí.”-

Entonces Rapunzel bajó las trenzas de su cabello, y la hechicera subió hasta ella.

-”Si esa es la escalera por la que uno sube, probaré por esta vez mi fortuna.”- dijo él.

Y al siguiente día, cuando empezaba a oscurecer, él fue a la torre y gritó:

-”Rapunzel, Rapunzel,
tírame tu cabellera a mí.”-

Inmediatamente la cabellera bajó y el hijo de rey subió. Al principio, Rapunzel quedó terriblemente atemorizada cuando un hombre como sus ojos nunca habían conocido, llegó donde ella. Pero el hijo del rey comenzó a hablarle como un amigo, y le contó que su corazón estaba tan conmocionado que no tenía descanso, y que se había visto forzado a verla. Entonces Rapunzel perdió su temor, y cuando le preguntó que si ella lo tomaría por esposo, y ella vio que era joven, apuesto y bueno, pensó:

-”Él me amará más que la vieja hechicera.”- y dijo sí, y puso sus manos en las de él.

Ella le dijo:

-”Estoy decidida a ir contigo, pero yo no sé como bajar. Trae contigo un ovillo de seda cada vez que vengas, y yo tejeré una escalera con ellos, y cuando esté lista, yo descenderé y podrás llevarme en tu caballo.”-

Ellos acordaron que mientras llegaba ese momento, él vendría cada atardecer, ya que la vieja mujer llegaba en las mañanas. La hechicera no sabía nada de eso, hasta que un día inocentemente Rapunzel le dijo a ella:

-”Dime señora, por qué sucede que eres mucho más pesada para mí de subirte, que el joven hijo del rey? – él estará conmigo más tarde-”-

-”Ah já, chica malvada”- gritó la hechicera, -”¿Qué es lo que he oído que dijiste? Yo creía que te había separado del mundo, pero me has engañado.”-

En su enojo ella agarró las bellas trenzas de Rapunzel, las enrolló en su mano izquierda, sostuvo unas tijeras con la derecha, y tras, tras, tras, todas fueron cortadas, y las adorables trenzas quedaron en el suelo. Y estuvo tan sin piedad que se llevó a Rapunzel a un desierto donde tuvo que vivir en gran pesadumbre y miseria.

Ese mismo día en que mudó de sitio a Rapunzel, la hechicera al atardecer ató todas las trenzas que había cortado del cabello de la muchacha, las amarró a las barras de la ventana, y cuando el hijo del rey llegó y gritó:

-”Rapunzel, Rapunzel,
tírame tu cabellera a mí.”-

dejó caer las trenzas. El hijo del rey ascendió, pero no encontró a su amada Rapunzel, sino a la hechicera, que le lanzaba malvadas y venenosas miradas.

-”¡Ah já!”- gritaba mofándose, -”Hubieras alcanzado a tu apreciada, pero el bello pájaro no se sienta más en el nido para cantar, el gato la ha capturado, y te arrancará sus ojos también. Rapunzel está perdida para ti, nunca más la volverás a ver.”-

El hijo del rey se confundió todo con dolor, y en su desesperación saltó desde lo alto de la torre. Él escapó con vida, pero las zarzas en que cayó le agujerearon los ojos. Entonces anduvo errante y ciego por el bosque, comiendo únicamente raíces y bayas, y no hacía más que lamentarse y llorar por la pérdida de su amada esposa.

Así él vagó miserablemente por varios años, y al fin llegó al desierto donde estaba Rapunzel, quien con los gemelos que ella había dado a luz, un niño y una niña, vivían en desdicha.

Él oyó una voz, y le pareció tan familiar que corrió hacia donde la oía, y cuando llegó, Rapunzel lo reconoció y arrecostándolo sobre su cabeza, lloró. Dos de sus lágrimas le humedecieron sus ojos, y le devolvieron la vista y pudo ver tan bien como antes. Él entonces la llevó a su reino donde fue recibido con júbilo, y en adelante vivieron muy felices y contentos.

Rúmpeles-Tíjeles

Había una vez un molinero que era muy pobre, pero tenía una buena hija. Un día sucedió que tuvo que ir a hablar con el rey, y para presentarse como persona importante le dijo:

-”Tengo una hija que cuando hila el lino, lo convierte en oro.”-

El rey dijo al molinero:

-”Ese es un arte que me complace mucho. Si tu hija es tan ingeniosa como dices, tráela mañana a mi palacio, y entonces veré eso que hace.”-

Y cuando llegaron al palacio, el rey llevó a la muchacha a un cuarto que estaba lleno de lino, le dio una rueda de hilar y un carrete, y le dijo:

-”Ahora ponte a trabajar, y si para mañana temprano no has hilado y convertido este lino en oro, te castigaré.”-

Enseguida él cerró con llave el cuarto y la dejó sola. Allí, ella se sentó, y no sabía qué hacer. No tenía idea de como hilar y transformar el lino en oro. Y se acongojó tanto, y se sintió tan miserable que se puso a llorar.

Pero de pronto la puerta se abrió, y entró un pequeño hombrecillo, que dijo:

-”Buenos días, señorita molinera, ¿por qué lloras así?”-

-”¡Ay!”- contestó la muchacha, -”tengo que hilar lino y convertirlo en oro, y yo no sé cómo hacer eso.”-

-”¿Qué me darías si yo lo hago por ti?”- preguntó el enano.

-”Mi lazo de gargantilla.”- dijo la joven.

El hombrecito tomo el lazo, se sentó al frente de la rueda, y “roar..” “roar..” “roar…”, tres vueltas y el carrete se llenó. Entonces puso otro, y “roar..” “roar..” “roar…”, tres vueltas y el segundo carrete se llenó. Y así siguió hasta la mañana siguiente, cuando todo el lino quedó hilado y los carretes llenos de oro. Apenas empezada la mañana llegó el rey, y al ver el oro quedó embelesado y asombrado, pero únicamente su corazón se volvió más avaro. Y llevó a la hija del molinero a otra habitación aún más grande, y le ordenó hilar todo aquello en una noche si quería evitar el castigo. La muchacha no sabía como se salvaría, y empezó a llorar, cuando la puerta se abrió de nuevo y el hombrecito apareció y le dijo:

-”¿Qué me darías si yo te hilo y convierto en oro todo ese lino?”-

-”El anillo de mi dedo”- respondió ella.

El enano tomó el anillo y empezó a girar la rueda, y al amanecer ya tenía todo el lino hilado y convertido en brillante oro.

El rey se regocijó sin medida por lo que veía, pero sintió que aún no tenía suficiente oro, y llevó a la doncella a una aún más grande habitación llena también de lino, y le dijo:

-”Tienes que trabajar esto también en el transcurso de la noche, y si tienes éxito, te haré mi esposa.”-

-”No me importa que sea hija de un molinero”- pensó él, -”no podría encontrar una esposa con mayor riqueza en el mundo entero.”-

Cuando la joven quedó sola, el enano entró de nuevo por tercera vez, y dijo:

-”¿Qué me darás si te realizo el trabajo esta vez también?”-

-”Ya no me queda nada que pudiera darte.”- contestó la muchacha.

-”Entonces prométeme que si llegas a ser la reina, me darás a tu primer hijo.”- dijo él.

-”¡Quién sabe para que eso pueda suceder!”- pensó ella.

No teniendo otra opción para salir de este problema, le prometió al duende lo que pidió, y entonces una vez más él hiló y convirtió el lino en oro.

Y cuando el rey llegó en la mañana, y encontró todo finalizado tal como lo pidió, la tomó en matrimonio, y la buena hija del molinero llegó a ser la reina.

Un año después, ella tuvo un hermoso niño, y jamás volvió a recordar duende. Pero súbitamente éste entro al dormitorio y dijo:

-”Ahora dame lo prometido.”

La reina se horrorizó, y le ofreció al enano todas las riquezas del reino si la dejaba con el niño. Pero el duende dijo:

-”No, algo que es viviente es más apreciado por mí que todos los tesoros del mundo.”-

Entonces la reina empezó a llorar y gritar tan amargamente que el duende se compadeció.

-”Bien, te daré tres días de tiempo”- dijo él, -”si para ese tiempo averiguas mi nombre, podrás quedarte con el niño.”-

Así, la reina pasó toda la noche pensando en todos los nombres que ella hubiera oído antes, y envió un mensajero por todo el reino para preguntar, a lo ancho y largo, por todos los nombres que hubiera.

Cuando al día siguiente llegó el duende, ella empezó a mencionar “Melchor”, “Gaspar”, “Baltazar” y todos los demás que ella había aprendido, uno tras otro. Pero a cada ocasión el hombrecito respondía:

-”Ése no es mi nombre.”-

En el segundo día ella había preguntado en la vecindad por los nombres de las personas de allí, y ella le repetía al duende los más curiosos y desconocidos nombres.

-”Quizás tu nombre sea “Mecacorto”, o “Ríoazul”, o “Estrellablanca”.”-

Pero él siempre respondía:

-”Ése no es mi nombre.”-

Al tercer día regresó el mensajero que había enviado y éste dijo:

-”No me ha sido posible encontrar un nuevo nombre, pero cuando subí a una alta montaña al final del bosque, donde la zorra y la liebre se dicen entre sí “buenas noches”, ví una pequeña casa, y al frente de la casa había un fuego encendido, y dando vueltas alrededor del fuego un ridículo hombrecito que brincando en un pie, cantaba:

-”Hoy horneo, mañana fermento,
y al siguiente el niño de la reina mío será.
¡Já! Gustoso estoy que nunca sabrá
que Rúmpeles-Tíjeles será su tormento.”

¡Ya te puedes imaginar lo contenta que se puso la reina cuando escuchó el nombre! Y cuando poco después el hombrecito entró, y preguntó:

-”¿Ahora señora reina, cuál es mi nombre?”-

De primero ella preguntó:

-”¿Será tu nombre Conrad?”-

-”No.”-

-”¿Es Pedro?”-

-”No.”-

-”¡Entonces podría ser Rúmpeles-Tíjeles!”- gritó con entusiasmo.

-”¡Fue el diablo quien te lo dijo!¡Fue el diablo quien te lo dijo!”- gritaba el duende.

Y en su enojo zapateó tan duro en la tierra que la pierna derecha entera se le hundió, y entonces de rabia se apoyó tan fuerte en la pierna izquierda que él mismo se partió en dos, desapareciendo al instante para siempre.

Hermanos Grimm

El lobo y las siete cabritas

Había una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, y las amaba con todo el amor que una buena madre puede tener por sus hijos. Un día ella quiso ir al bosque y conseguir algún alimento. Así que llamó a las siete y les dijo:

-”Queridas hijas, tengo que ir al bosque, estén en guardia contra el lobo, si él llega a entrar, las devorará – piel, pelo y todo -. El malvado por lo general se disfraza, pero ustedes lo reconocerán enseguida por su gruesa voz y sus negras patas.”-

Las cabritas dijeron:

-”Querida mamá, tendremos cuidado de nosotras mismas, puedes salir sin ninguna ansiedad.”

Entonces la vieja cabra baló, y partió a su camino con la mente tranquila.

No había transcurrido mucho tiempo cuando alguien tocó a la puerta de la casa y llamó:

-”Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído de regreso algo para cada una de ustedes.”-

Pero las pequeñas cabritas sabían que era el lobo por su gruesa voz,

-”No abriremos la puerta.”- gritaron ellas. -”No eres nuestra madre. Ella tiene voz suave y placentera, en cambio tu voz es ronca, ¡Tú eres el lobo!”-

Entonces el lobo se retiró y fue a una tienda y se compró una gran masa de tiza, se la comió y con eso se le suavizó la voz. Y regresó donde las cabritas, tocó a la puerta y gritó:

-”Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído de regreso algo para cada una de ustedes.”-

Pero el lobo había arrecostado sus patas contra la ventana, y las cabritas las vieron y gritaron:

-”No abriremos la puerta, nuestra madre no tiene patas negras como las tuyas. ¡Tú eres el lobo!”-

Entonces el lobo fue donde un panadero y le dijo:

-”Me he herido los pies, ponme un poco de masa sobre ellos.”-

Y cuando el panadero hubo cubierto sus pies, corrió donde el molinero y dijo:

-”Rocíame un poco de harina sobre mis pies.”-

El molinero pensó para sí mismo:

-”Este lobo piensa engañar a alguien.”- y se negó.

Pero el lobo dijo:

-”Si no lo haces, te devoraré.”-

Entonces el molinero se asustó, y le emblanqueció las patas.

Así el malvado fue por tercera vez a la puerta de la casa, tocó y dijo:

-”Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído del bosque algo para cada una de ustedes.”-

Las cabritas gritaron:

-”Primero muéstranos tus patas para saber si eres nuestra querida madrecita.”-

Entonces él puso sus patas en la ventana, y cuando vieron que eran blancas, creyeron que todo lo que dijo era cierto y abrieron la puerta. ¡Pero ¿quien entró?, si no el malvado lobo! Ella se aterrorizaron y buscaron a esconderse. Una salto bajo la mesa, la segunda se metió dentro de la cama, la tercera dentro de la estufa, la cuarta en la cocina, la quinta en el armario, la sexta bajo el fregadero, y la séptima dentro de la caja del reloj de péndulo.

Pero el lobo las encontró, y sin ninguna ceremonia, una a una se las fue tragando. La más joven, que estaba dentro de la caja del reloj, fue a la única que no encontró.

Cuando el lobo quedó satisfecho con su apetito, salió, y se arrecostó bajo un árbol en el prado verde, y se quedó dormido. Poco después llegó la vieja cabra a casa de nuevo. ¡Oh, qué panorama el que ella encontró! La puerta de la casa permanecía abierta. La mesa, las sillas y bancas todas tiradas por el suelo, el fregadero quebrado en pedazos, los edredones y las almohadas quitadas de las camas. Ella buscó a sus cabritas, pero no encontró a ninguna. Las llamó una a una por su nombre, pero nadie contestaba. Al final cuando llamó a la más joven, una vocecita gritó:

-”¡Mamita querida, estoy en la caja del reloj!”-

Ella sacó a la cabrita y ésta le contó que había venido el lobo y devoró a las otras. Entonces puedes imaginarte cuánto lloró por sus pobres hijitas.

Soportando su dolor salió afuera, y la cabrita salió con ella. Cuando llegaron al prado, allí yacía el lobo bajo el árbol, y roncaba tan fuerte que hasta las ramas se movían. Ella lo miró por todo lado, y observó que algo se movía y saltaba en su abultado estómago.

-”¡Oh cielos!”- dijo ella, ¿Sería posible que mis pobres hijitas, que se las tragó el lobo para su cena, estuvieran aún con vida?”-

Entonces la cabrita menor corrió a casa y trajo tijeras, una aguja e hilo, y la vieja cabra le abrió el estómago al lobo, y cuando dificultosamente había hecho el primer corte, una de las cabritas asomó su cabeza, y cuando el corte fue aumentado, todas las seis saltaron hacia afuera, vivitas, y sin heridas, pues el malvado, en su ansiedad, se las había tragado enteras. ¡Cuánta felicidad hubo! Abrazaron a su querida madre, y saltaban como un marinero en su boda. La madre sin embargo dijo:

-”Ahora vayan por algunas piedras grandes, y le llenaremos a la malvada bestia el estómago con ellas, mientras sigue dormido.”-

Entonces las siete cabritas le trajeron rápidamente las piedras, y pusieron tantas como pudieron dentro del estómago, y la madre lo cosió de nuevo a la mayor velocidad, de modo que él no se diera cuenta de nada y no notara ningún cambio.

Cuando al fin el lobo despertó, se paró en sus patas, y las piedras en su estómago lo hicieron sentir sed, y quiso ir al pozo a beber. Pero cuando empezó a caminar y moverse, las piedras en su estómago pegaban unas con otras y sonaban. Entonces gritó:

-”¿Qué tumba y retumba
dentro de mi pobre panza?
Yo pensé que eran seis cabritas,
pero no son sino piedras en danza.”-

Cuando llegó al pozo se paró a la orilla, y cuando justo se agachó a beber, las pesadas piedras lo hicieron caer adentro. No tuvo ayuda alguna y se ahogó miserablemente.

Cuando las siete cabritas vieron aquello, llegaron corriendo al sitio y gritaron en voz alta:

-”¡El lobo ha muerto! ¡El lobo ha muerto!”-

Y danzaron llenas de regocijo alrededor del pozo junto con su madre.

Hermanos Grimm

El diablo con los tres pelos de oro

016-El Diablo con los Tres Pelos de Oro

Había una vez una pobre mujer que dio a luz a un pequeño niño, y como el niño nació con una membrana sobre su cabeza, le predijeron que a sus veinte años él tendría a la hija del rey por esposa. Sucedió que poco después el rey bajó a la villa, y nadie sabía que era el rey, y cuando preguntó a la gente que noticias nuevas había, contestaban:

-”Acaba de nacer un niño con una membrana en su cabeza, y quien quiera que nazca con eso tendrá muy buena suerte. Y le han profetizado, también, que cuando cumpla sus veinte años, obtendrá a la hija del rey por esposa.”-

El rey, quien tenía un duro corazón, se enojó con lo de la profecía, fue donde los padres de la creatura, y aparentando gran amistad dijo:

-”Ustedes, pobre gente, permítanme tener a su niño y yo cuidaré de él.”-

Al principio ellos rechazaron la oferta, pero cuando el extraño les ofreció una gran cantidad de oro, pensaron:

-”Es un niño con suerte, y cualquier suceso siempre se tornará a su favor.”-

Y al fin consintieron y le dieron al niño.

El rey lo puso en una cesta y viajó con él hasta llegar a un profundo río. Entonces tiró el cesto al agua y pensó:

-”He librado a mi hija de su inesperado pretendiente.”-

Sin embargo el cesto no se hundió, y flotó como un bote, y ni una gota de agua entró en él. Y navegó como dos leguas más abajo hasta llegar a un molino donde entró en una de las tomas de agua del molino. Un joven que trabajaba en el molino, que por casualidad estaba por ahí en ese momento, lo vio, y con un gancho lo jaló y lo sacó del agua, pensando que contenía un gran tesoro, pero cuando lo abrió encontró al precioso niño adentro vivito y contento. Se lo llevó entonces al molinero y su esposa, y como ellos no tenían niños se complacieron y dijeron:

-”Dios nos lo ha enviado -”

Y ellos cuidaron adecuadamente al niño, quien creció lleno de cariño.

Sucedió que años mas tarde, en una gira del rey, éste llegó al molino, y le preguntó al molinero y su esposa si ese alto joven era su hijo.

-”No”- contestaron, -”Él fue encontrado. Hace veinte años él flotaba sobre las aguas del río en un cesto y llegó al molino. Mi ayudante lo jaló y sacó del agua.

Entonces el rey supo que ese no era ni más ni menos que el niño con suerte que él había tirado al agua, y dijo:

-”Mi buena gente, ¿no podría ese muchacho llevarle una carta a la reina, y yo le pagaré con dos piezas de oro?”-

-”Cómo mande el rey.”- contestaron ellos, y le dijeron al joven que se alistara.

El rey escribió una carta a la reina, en la que decía:

-”Tan pronto como este muchacho llegue con la carta, mátenlo y entiérrenlo. Todo debe estar cumplido antes de que yo regrese.”-

El muchacho partió con la carta, pero perdió el camino, y al anochecer llegó a un gran bosque. En la oscuridad él vio una pequeña luz, y avanzó hacia ella hasta llegar a un rancho. Él entró, y vio a una vieja mujer que estaba sentada sola junto al fogón. Cuando ella vio al joven, dijo:

-”¿De dónde vienes, y hacia dónde te diriges?”-

-”Vengo del molino”- contestó, -”y deseo llegar donde la reina, para quien le llevo una carta, pero he perdido el camino en esta foresta y agradecería poder quedarme aquí la noche.”-

-”¡Oh pobre muchacho!”- dijo la mujer, -”has llegado a una cueva de ladrones, y cuando vengan, de seguro te matarán.”-

-”Deja que vengan”- dijo el joven, -”no estoy asustado, pero estoy tan cansado que no puedo avanzar más.”- y se acomodó sobre una banca y se quedó dormido.

Muy pronto llegaron los ladrones, y molestos preguntaron quien era ese extraño muchacho durmiendo allí.

-”¡Ah!”- dijo la vieja mujer, -”es un inocente muchacho que se perdió en el bosque, y por piedad lo dejé entrar. Él debe de llevar una carta a la reina”-

Los ladrones abrieron la carta y la leyeron, y en ella decía que en cuanto el joven llegara debía ser muerto. Entonces los duros ladrones sintieron lástima, y su líder la rompió y escribió otra diciendo que tan pronto el muchacho llegara, debía ser casado al instante con la hija del rey. Y lo dejaron dormir tranquilamente hasta la siguiente mañana. Y cuando despertó le dieron la carta, y le indicaron el camino correcto.

La reina, cuando recibió la carta y la leyó, hizo lo que estaba escrito en ella, y preparó una espléndida fiesta de boda, y la hija del rey fue casada con el joven de la suerte, y como el joven era apuesto y colaborador, ella vivió con él felizmente.

Tiempo después el rey retornó de su gira a palacio y vio que la profecía se había cumplido, y que el joven de la suerte se había casado con su hija.

-”¿Cómo habrá sucedido eso?”- dijo él, -”Yo di otras instrucciones en mi carta”-

Así pues que la reina le entregó la carta, y le dijo que podía ver personalmente lo que en ella estaba escrito. El rey examinó la carta y vio muy bien que había sido cambiada por la otra. Él le preguntó al joven que qué había sido de la carta que él le confió, y que por qué había traído otra en su lugar.

-”No sé nada de ello”- contestó, -”pudo haber sido cambiada en la noche, cuando dormí en la foresta.”-

El rey dijo molesto:

-”No vas a tener todo tranquilamente a tu manera, quien se casa con mi hija debe traerme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Dame lo que te pido, y podrás continuar con mi hija.”-

De este modo esperaba el rey deshacerse del muchacho para siempre. Pero el chico de la suerte contestó:

-”Conseguiré los pelos de oro, no le temo al diablo”- y se alejó de ellos para comenzar su gira.

El camino lo llevó a un gran pueblo, donde el guardián de las puertas le preguntó a que venía y que conocimientos tenía.

-”Yo sé de todo”- contestó el joven.

-”Entonces puedes hacernos un favor”- dijo el guardián, -”si nos puedes decir por qué nuestra fuente del mercado, que una vez fluía vino, se ha secado, y desde entonces ni siquiera nos da agua.”-

-”Ya lo sabrán”- contestó, -”sólo esperen a mi regreso.”-

Y siguió su camino y llegó a otra ciudad, y allí también el guardián de las puertas le preguntó a qué venía y qué sabía.

-”Sé de todo”- contestó.

-”Entonces podrás hacernos un favor y decirnos ¿por qué un árbol en nuestro pueblo, que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera echa hojas?”-

-”Ya lo sabrán”- contestó, -”sólo esperen a mi regreso”-

Entonces prosiguió y llegó a un ancho río que debía atravesar. El botero le preguntó a qué venía y qué sabía él.

-”Sé de todo”- contestó.

-”Entonces podrás hacerme un favor”- dijo el botero, -”dime ¿por qué debo estar siempre yendo y viniendo y nunca quedar libre de esta labor?”-

-”Ya lo sabrás”- contestó, -”sólo espera a mi regreso”-

Cuando había cruzado el río encontró la entrada al infierno. Era negra y llena de hollín, y el diablo no se encontraba en casa, pero la abuela estaba sentada en una gran mecedora.

-”¿Qué es lo que quieres?”- le preguntó.

Pero ella no parecía ser malvada.

-”Me gustaría tener tres pelos de oro de la cabeza del diablo”- le contestó. -”De lo contrario no podría conservar a mi esposa.”-

-”Eso es un buen trabajo para solicitar.”- dijo ella, -”Si el diablo llega y te encuentra, te costará la vida, pero como te tengo piedad, veré si te puedo ayudar.”-

Ella lo convirtió en hormiga y dijo:

-”Métete entre los dobleces de mi vestido, allí estarás seguro.”-

-”Sí”- contestó él, -”hasta ahora todo bien. Pero hay tres cosas además que debo de saber: ¿por qué una fuente que una vez fluía vino se ha secado, y ahora ni siquiera echa agua; por qué un árbol que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera da hojas; y por qué un botero debe de estar siempre yendo y viniendo, y nunca queda libre?

-”Esas son preguntas difíciles”- contestó ella, -”pero solamente quédate en silencio y quieto y pon atención a lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres pelos de oro.”-

Cuando llegó el anochecer, el diablo regresó. No más había entrado cuando notó un cambio en el aire.

-”Me huele a carne humana”- dijo él, -”algo no está bien aquí.”-

Entonces él revisó cada rincón, y buscó y buscó, pero no encontró nada. Su abuela lo increpó:

-”Acabo de terminar de barrer y puse todo en orden, y ya estás desordenando todo otra vez; tú siempre tienes carne humana en tu nariz. Siéntate y come tu cena.”-

Cuando ya hubo cenado y bebido, se sintió cansado, y reposó su cabeza en el regazo de su abuela, y al poco rato quedó profundamente dormido, roncando y respirando hondo. Entonces la vieja mujer agarró un pelo de oro, lo jaló y lo puso abajo cerca de ella.

-”¡Ay!”- gritó el diablo, -”¿Qué estás haciendo?”-

-”He tenido un mal sueño”- contestó la abuela, -”por eso me sostuve de tu pelo.”-

-”¿Y cómo era el sueño?”- dijo el diablo.

-”Soñaba que en una plaza de mercado había una fuente que una vez echaba vino, pero se secó y ahora no echa ni agua. ¿Que podría haber ocurrido?”-

-”¡Ah já! ¡si lo supieran!”- contestó el diablo, -”Hay un enorme sapo sentado sobre una piedra en el pozo. Si lo mataran, el vino regresaría de nuevo.”-

Él se durmió de nuevo, y roncaba que hasta las ventanas vibraban. Entonces ella desprendió el segundo pelo.

-”¡Hey, que estás haciendo!”-, gritó el diablo incómodo.

-”No lo tomes mal.”- dijo ella, -”Lo hacía en un sueño.”-

-”¿Y qué has soñado ahora?- preguntó él.

-”Soñaba que en cierto reino había un manzano que una vez daba manzanas de oro, pero ahora no da ni hojas. ¿Cuál crees que pueda ser la razón?”-

-”¡Oh! ¡si lo supieran!”- contestó el diablo, -”Un ratón está mordiendo la raíz, si lo mataran, tendrían de nuevo manzanas de oro. Pero si sigue mordiendo más tiempo, el árbol entero se moriría. Pero déjame sólo con tus sueños: si me vuelves a molestar en mi dormir te jalaré las orejas.”

La abuela le habló suavemente hasta que de nuevo se durmió y roncó. Entonces ella arrancó el tercer pelo de oro. El diablo saltó, rugió fuertemente, y la hubiera regañado si ella no lo hubiera tranquilizado una vez más diciéndole:

-”¿Quien podría solventar malos sueños?”-

-”¿Cuál fue el sueño, entonces?”- preguntó él, un poco intrigado.

-”Soñaba que había un botero que se quejaba de que siempre tenía que ir de uno al otro lado del río, y nunca podía liberarse. ¿Cuál sería la solución?”-

-”¡Ah, el tontito!”- contestó el diablo, -”cuando alguien llegue y desee cruzar el río, él debe poner los remos en sus manos, y este otro hombre tendrá que seguir haciendo el transporte y él quedará libre.”-

En cuanto la abuela hubo arrancado los tres pelos de oro, y los tres enigmas resueltos, lo dejó tranquilo durmiendo hasta el amanecer.

Cuando el diablo salió de nuevo, la vieja mujer tomó a la hormiga de los pliegues de su vestido, y le dio al joven de la suerte su forma humana de nuevo.

-”Aquí tienes los tres pelos de oro para tí”- dijo ella, -”Supongo que oíste lo que dijo el diablo sobre tus tres preguntas”-

-”¡Sí, claro!”- contestó él, -”sí lo oí, y tendré cuidado de recordarlo.”-

-”Ya tienes lo que querías”- dijo ella, -”y ahora puedes partir.”-

Él le agradeció haberlo ayudado en su necesidad, y dejó el infierno muy contento de que todo salió afortunadamente bien.

Cuando volvió al río, el botero esperaba ansioso la respuesta prometida.

-”Pásame primero”- dijo el joven con suerte, -”y entonces te diré como liberarte.”-

Y cuando llegaron a la orilla contraria, le dijo el consejo del diablo:

-”La próxima vez que venga alguien que desee cruzar el río, solamente ponle los remos en sus manos”-

Siguió adelante hasta el pueblo donde estaba el manzano improductivo, y allí también el guardián esperaba la respuesta. Él le dijo lo que escuchó del diablo:

-”Maten al ratón que está mordiendo su raíz, y de nuevo dará manzanas de oro.”-

Entonces el guardián le agradeció dándole dos burros cargados con oro, que siguieron tras él.

De último llegó al pueblo donde la fuente se había secado. Él le dijo al guardián lo que dijo el diablo:

-”Un gran sapo está en el pozo sobre una piedra. Deben de encontrarlo y matarlo, y el pozo de nuevo fluirá vino en cantidad.”-

El guardián le agradeció, dándole también dos burros cargados de oro.

Al fin el joven de la suerte llegó a casa con su esposa, que estuvo feliz de corazón por verlo de nuevo, y de oír cuan bien había prosperado en todo. Al rey él le llevó lo que había pedido: los tres pelos de oro del diablo, y cuando el rey vio a los cuatro burros cargados con oro se puso muy contento y dijo:

-”Ahora que has cumplido con todas las condiciones, puedes quedarte con mi hija. Pero dime, querido yerno, ¿de dónde sacaste todo ese oro? ¡Es una enorme riqueza!”-

-”Remando, yo atravesé un río”- contestó, -”y allá, en la otra orilla, yacía oro en vez de arena.”-

-”¿Podría yo traer también?”- dijo el rey, muy ansioso por conseguirlo.

-”Tanto como quiera.”- contestó el joven.

-”Hay un botero en el río, pídale que lo pase al otro lado, y podrá llenar sus sacos.”-

El voraz rey salió a toda prisa, y cuando llegó al río le pidió al botero que lo pasara. El botero se acercó y le pidió que subiera. Y cuando llegaron a la otra orilla, le puso los remos en las manos y saltó. Y de ahí en adelante, el rey tuvo que seguir remando, como un castigo a sus pecados.

¿Estará aún ahí de botero? Si lo está, es porque nadie le ha tomado aún los remos.

Hermanos Grimm

Pulgarcito

Había una vez un pobre campesino que se sentaba al anochecer junto al hogar y lo encendía, y su esposa se sentaba e hilaba. Entonces dijo él:

-”¡Qué triste es que no tengamos niños! Con nosotros todo es tan calmo, y en otras casas hay bullicio y vida.”-

-”Cierto”- replicó la esposa suspirando, -”aún si tuviéramos solamente uno, y si fuera pequeñito, tan grande como un pulgar, yo estaría satisfecha, y lo amaríamos con todo nuestro corazón.”-

Y sucedió que la mujer quedó embarazada, y siete meses después dio a luz a un niño, que era perfecto en su forma, pero no más grande que un pulgar. Entonces ellos dijeron:

-”Es como deseamos que fuera, y será nuestro amado niño.”-

Y por motivo de su tamaño, lo llamaron Pulgarcito. Ellos le proveyeron de todo alimento, pero el niño no crecía de talla, si no que seguía del mismo tamaño, pero tenía unos ojitos vivaces, y pronto mostró ser una creatura hábil y entendida, y todo lo captaba perfectamente.

Un día el campesino se preparó para ir al bosque a cortar leña, cuando pensando en voz alta dijo:

-”¡Cómo desearía que hubiera alguien que pudiera llevarme la carreta!”-

-”Oh padre”- gritó Pulgarcito, -”enseguida yo te llevo la carreta, confía en eso, la tendrás en el bosque en el momento apropiado.”-

El hombre sonrió y dijo:

-”¿Cómo podría ser, tú tan pequeño manejando los caballos con las riendas?”-

-”Eso no es problema, padre, si mi madre les pone los arreos, yo me sentaré en la oreja del caballo y le iré diciendo qué rumbo tomar.”-

-”Bien”- dijo el hombre, -”por esta vez lo intentaremos”-

Cuando llegó el momento, la madre alistó la carreta con el caballo, y colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo. Y entonces la creatura gritó:

-”¡Arre! ¡Arre!”-

Todo sucedió apropiadamente como si fuera manejada por el patrón, y la carreta iba por el camino correcto hacia el bosque. Y pasó que al doblar en una esquina, cuando el pequeño iba gritando -”¡Arre! ¡Arre!”- dos extraños hombres se acercaron.

-”¡Por Dios! dijo uno de ellos, -”¿Qué es esto? ¡una carreta que va caminando, y se oye a un carretero arreando al caballo pero no se ve a nadie!”-

-”Algo no calza”- dijo el otro, -”sigamos a la carreta y veamos a donde para.”-

La carreta, sin embargo, se internó dentro del bosque, y llegó exactamente adonde la leña había sido cortada. Cuando Pulgarcito vio a su padre, le gritó:

-”Ves padre, aquí estoy con la carreta, bájame por favor.”-

El padre sostuvo al caballo con su mano izquierda, y con la derecha sacó a su pequeño hijo de la oreja. Pulgarcito se sentó graciosamente en una rama, pero cuando los dos hombres lo vieron, no supieron que decir por el asombro. Entonces uno de ellos se acercó al otro y le dijo:

-”Hark, ese pequeñín puede traernos una gran fortuna si lo exhibimos en una gran ciudad por dinero. Comprémoslo.”-

Ellos fueron donde el campesino y le dijeron:

-”Véndanos a ese hombrecito. Será bien tratado por nosotros.”-

-”No”- replicó el padre, -”él es la luz de mis ojos, y ni todo el oro del mundo podría comprármelo.”-

Pulgarcito, sin embargo, cuando oyó acerca del negocio, agarrándose de la tela del abrigo de su padre, subió hasta el hombro y le susurró en el oído:

-”Padre, déjame ir, y yo volveré pronto”-

Entonces el padre fue con él donde los dos hombres, y recibió un buen puñado de dinero.

-”¿Dónde te sentarás?”- preguntaron ellos.

-”Oh, simplemente ponme en el ala del sombrero, y desde allí yo podré ir hacia atrás o hacia adelante mirando el paisaje, y no me caeré.”-

Ellos lo hicieron tal como lo pidió. Y cuando Pulgarcito se despidió de su padre, ellos partieron con él. Caminaron hasta que oscureció, y entonces el pequeñín dijo:

-”Bájame por favor, necesito bajar.”-

El hombre se quitó el sombrero y puso al pequeño compañero en el suelo, a la orilla del camino, y él saltó y se arrastró entre la maleza, y repentinamente se deslizó en el hueco de una cueva de ratones que él había visto.

-”¡Buenas tardes, caballeros, pueden irse a casa sin mí!”- le gritó a los hombres, y se burló de ellos. Ellos corrieron hacia él y metieron varillas dentro de la cueva de los ratones, pero fue una labor perdida. Pulgarcito se metió más adentro aún, y cuando ya oscureció completamente, los hombres se vieron forzados a regresar a sus casas con su pesadumbre y con los bolsillos vacíos.

En cuanto Pulgarcito vio que ellos se fueron, salió del pasaje subterráneo.

-”Es tan peligroso caminar sobre el suelo en la oscuridad”- se dijo él, -”¡tan fácil que sería quebrarse un brazo o una pierna!”-

Afortunadamente tropezó contra una concha de caracol vacía.

-”¡Gracias a Dios!”- se dijo, -”Dentro de esto puedo pasar la noche sin peligro”- y se metió en ella.

Al poco rato, cuando ya estaba a punto de dormirse, oyó a dos hombres que pasaban por allí, y uno de ellos decía:

-”¿Cómo podríamos hacer para sacarle al rico pastor su oro y su plata?”-

-”Yo te puedo decir”- gritó pulgarcito, interrumpiéndolo.

-”¿Qué fue eso?”- dijo uno de los ladrones asustado, -”Escuché a alguien hablando.”-

Ellos se mantuvieron escuchando, y Pulgarcito dijo de nuevo:

-”Llévenme con ustedes, y les ayudaré.”-

-”¿Pero dónde estás?”- preguntaron.

-”Justo en el suelo, y observen de donde viene mi voz.”- contestó.

Por fin los ladrones lo encontraron y lo levantaron.
-”¿Tú, pequeño duende, cómo tú nos vas a ayudar?”- dijeron.

-”Tengo un modo.”- respondió él. -”Yo entraré a la habitación del pastor metiéndome entre las rejas, y les pasaré a ustedes lo que deseen tener.”

-”Entonces ven con nosotros”- dijeron, -”y veremos que puedes hacer”-

Cuando llegaron a la casa del pastor, Pulgarcito se arrastró a la habitación, e inmediatamente gritó lo más fuerte que pudo:

-”¿Quieren tener todo lo que hay aquí?”-

Los ladrones se alarmaron, y dijeron:

-”Pero habla bajito, no vayas a despertar a alguien.”-

Pulgarcito, sin embargo, actuó como si no hubiera entendido, y gritó de nuevo:

-”¿Qué es lo que quieren? ¿Quieren ustedes todo lo que hay aquí?”-

La criada, que dormía en la habitación contigua, oyó aquello y se sentó en la cama, y siguió escuchando. Los ladrones sin embargo, con su temor se habían alejado un poco, pero al final tomaron coraje y pensaron:

-”Ese pequeño pícaro quiere burlarse de nosotros.”-

Ellos regresaron y le susurraron:

-”Ven, sé serio, y pásanos algo a nosotros.”-

Entonces Pulgarcito de nuevo gritó tan fuerte como pudo:

-”¡En verdad que les voy a dar todo, sólo extiendan las manos!”-

La criada, que estaba escuchando, oyó eso claramente, y saltó de la cama y fue a la puerta. Los ladrones volaron, corriendo como si los persiguiera el Cazador Salvaje, pero como la criada no podía ver nada, fue a encender una luz. Cuando volvió con la luz, Pulgarcito, sin que fuera percibido, se fue al granero, y la criada, después de examinar cada rincón y no encontrar nada, se acostó de nuevo en su cama, y pensó, que después de todo, sólo había estado soñando con los ojos y oídos abiertos.

Pulgarcito había escalado en el heno y encontró un lindo lugar donde dormir. Allí intentó descansar hasta el amanecer, y luego regresar a casa donde sus padres. Pero debía pasar por otras cosas.

¡De veras que hay mucha aflicción y miseria en este mundo! Cuando el sol salió, la criada se levantó de su cama para ir a alimentar las vacas. Su primera caminata fue dentro del pajar, donde ella tomó una paca de heno, y precisamente era en la que Pulgarcito dormía. Sin embargo, él estaba tan profundamente dormido que no se dio cuenta de nada, y no se despertó hasta que estuvo en la boca de la vaca, que lo había tomado junto al bocado de heno.

-”¡Oh cielos!”- gritó el, -”¿Cómo sería que llegué hasta este molino?”-

Pero inmediatamente descubrió donde estaba. Entonces fue necesario tener mucho cuidado, no fuera a caer entre los dientes y ser descuartizado, pero inevitablemente fue forzado a resbalar dentro del estómago junto con el heno.

-”En esta habitación olvidaron las ventanas”- decía, -”y el sol no brilla, y ni siquiera hay una candela”-

El cuarto no le era nada placentero, y lo peor era que, más y más heno entraba por la puerta, y el espacio se reducía más y más. Entonces, confundido en su angustia, gritó tan fuerte como pudo:

-”¡No quiero más hierba, no quiero más hierba!”-

La criada estaba en ese momento ordeñando la vaca, y cuando oyó que alguien hablaba, y no vio a nadie, y acató que era la misma voz que había escuchado en la noche, se aterrorizó tanto que saltó de su banquillo y desparramó la leche. Corrió ella donde su patrón, y dijo:

-”¡Por los cielos, pastor, la vaca está hablando!

-”¡Estás loca!”- respondió el pastor.

Pero decidió ir él personalmente a ver que era lo que pasaba allá. Y no terminaba de llegar cuando Pulgarcito gritó de nuevo:

-”¡No quiero más hierba, no quiero más hierba!”-

Entonces el mismo pastor se alarmó, y pensó que un espíritu endemoniado se había apoderado de la vaca, y ordenó matarla. Y fue matada, pero el estómago, donde estaba Pulgarcito, fue tirado a la basura.

Pulgarcito tuvo gran dificultad en salir del paso, sin embargo tuvo éxito en hacerse de más espacio, pero justo cuando iba sacando la cabeza, una nueva dificultad se presentó. Un lobo hambriento corrió hacia allá, y se tragó el estómago de un sólo bocado. Pulgarcito no perdió el coraje.

-”Quizás”- pensó él, -”el lobo tendrá que oír lo que tengo que decirle.”-

Y lo llamó desde adentro de su estómago:

-”Querido lobo, yo sé de una magnífica fiesta para ti.”-

-”¿Y adonde es que va a tener lugar?”-

-”En una casa que te indicaré. Tienes que arrastrarte por el fregadero de la cocina, y encontrarás pasteles y tocino y salchichas, y muchas otras cosas que podrás comer a tu gusto”-, y le describió exactamente la casa de su padre.

Al lobo no hubo que repetirle eso dos veces, se estrujó lo más que pudo y entró a la casa por el vertedero, y comió hasta quedar contento de gordo. Cuando hubo terminado con todo, quiso salir de nuevo, pero había engordado tanto que no podía usar la misma vía por donde entró.

Pulgarcito sabía que eso iba a suceder, y ahora comenzó a hacer violentos ruidos en el cuerpo del lobo, y gritaba y gritaba tan fuerte como podía.

-”¡Haz silencio!”- decía el lobo, -”¡vas a despertar a la gente!”-

-”¿Y qué?”- replicó el pequeñín, -”has comido hasta llenarte, y yo haré también mi fiesta”-

Y una vez más comenzó a gritar con furor. Por fin, su padre y madre fueron despertados por los ruidos, corrieron al cuarto y se asomaron por la ventanilla de la puerta. Cuando vieron que había un lobo adentro, se alejaron, y el esposo trajo su hacha, y la esposa la guadaña.

-”Ponte detrás”- dijo el hombre cuando entraron al cuarto. -”Cuando yo dé el primer golpe, si no queda muerto, córtalo y divídelo en piezas.”-

Entonces Pulgarcito que oyó las voces de su padre, gritó:

-”¡Querido padre, yo estoy aquí, dentro del cuerpo del lobo!”-

Y dijo el padre lleno de gozo:

-”¡Gracias a Dios que nuestro hijo nos ha encontrado de nuevo!”-

Y le pidió a la mujer dejar la guadaña, para que Pulgarcito no resultara herido. El hombre levantó su brazo, y dio tan certero golpe a la cabeza del lobo que éste cayó muerto. Entonces trajeron navajas y tijeras, cortaron su cuerpo y sacaron al pequeñín para afuera.

-”¡Ah!”- dijo el padre, -”que preocupación hemos tenido pensando en tu suerte.”-

-”Sí padre, anduve por el mundo en tantas situaciones. ¡Gracias al cielo, ya respiro aire fresco de nuevo.!”-

-”¿Dónde estuviste, entonces?”-

-”Ay padre, estuve en una cueva de ratones, en el estómago de una vaca, y luego en el de un lobo. Ahora ya estaré con ustedes.”-

-”Ya no te volveremos a vender, ni por todas las riquezas del mundo”- dijeron sus padres.

Y abrazaron y besaron a su amado Pulgarcito. Le dieron de comer y beber, y lo vistieron con trajes nuevos que habían hecho para él, pues los que llevaba se estropearon en su viaje.

Hermanos Grimm

Las migajas en la mesa

Un campesino dijo un día a sus mascotas:

-”Vengan al comedor y disfruten, coman de todas las migajas de pan que hay en la mesa. La señora ha salido a cumplir con algunas visitas.”-

Entonces las pequeñas mascotas dijeron:

-”No, no. No iremos. Si la señora lo llega a saber, nos castigará.”-

-”Ella no sabrá nada de esto.”- dijo el campesino. – “Vengan, después de todo ella nunca les da nada bueno.”-

Y los perritos, meneando sus cabecitas, dijeron de nuevo:

-”Nopi, nopi, no iremos. Dejaremos eso donde está.”-

Pero el campesino no los dejaba en paz, hasta que al fin fueron, subieron a la mesa y comieron todas las migajas que pudieron. Pero en ese momento llegó la señora, y revoloteó un pequeño látigo con gran destreza y los castigó severamente. Cuando salieron sollozando de la casa, los perritos dijeron al campesino:

-”¡Uh, uh, uh! ¿Viste…?”-

El campesino se rió y dijo:

-”Ji, ji, ji. ¿Y no era eso lo que esperaban…?

Y a ellos no les quedó más que salir corriendo.

Hermanos Grimm

El hijo ingrato

Un hombre y su esposa, estaban sentados en el corredor, a la entrada de su casa, y tenían en su mesa un delicioso pollo asado para comerlo juntos. En eso el hombre vio que su anciano padre se acercaba, y rápidamente tomó el pollo y lo escondió, para que el anciano no pudiera coger nada de él. El viejito llegó, tomó una bebida y se marchó.

Entonces el hijo quiso poner de nuevo el pollo en la mesa, pero cuando fue a cogerlo, lo que había era un enorme sapo, que se le lanzó a su cara y se quedó allí, y nunca se le despegó, y si alguien intentaba quitárselo, lo miraba maliciosamente como si estuviera a punto de lanzársele a su cara, así que nadie se aventuraba a tocarlo. Y el ingrato hijo quedó obligado a alimentar al sapo todos los días, porque si no él se alimentaba de su cara. Así, por su ingratitud. el hombre no volvió a tener descanso en su vida.

Hermanos Grimm

Los músicos de Bremen

Un cierto hombre tenía un burro, con el cual transportó infatigablemente los sacos de maíz al molino durante muchos años, pero la fuerza del burro ya decaía, y cada día se le hacía más difícil cumplir la tarea. Entonces el hombre comenzó a considerar que tendría que deshacerse del burro. Pero el burro, sintiendo que no soplaban buenos vientos, se escapó y tomó el camino rumbo a Bremen.

-”Ahí”- pensó el burro, -”podré ser un músico de pueblo.”-

Cuando había recorrido alguna distancia, se encontró a un perro de caza echado en el camino, cansado y jadeando como quien corrió hasta más no dar.

-”¿Por qué estás jadeando tanto, compañero?”- preguntó el burro.

-”¡Ah!”- replicó el perro, -”como ya estoy viejo, y cada día me pongo más débil, y ya no puedo cazar como antes, mi patrón quiere terminar conmigo, así que me escapé soplado. Pero ahora, ¿cómo haré para ganarme mi pan?”-

-”Te diré una cosa”- dijo el burro, -”yo voy hacia Bremen, y voy a hacerme músico de pueblo, ven conmigo y hazte también un músico. Yo tocaré la flauta y tú golpearás el tambor”-

El perro aceptó y avanzaron hacia Bremen.

Al cabo de un rato encontraron un gato sentado en el camino, con una cara como de tres días de ayuno.

-”Y ahora, viejo maullador, ¿qué ha estado mal contigo?”- le preguntó el burro.

-”¿Quién podría sentirse contento cuando tiene una soga en el cuello?”- contestó el gato. -”Porque ahora que me estoy poniendo viejo, y mis dientes ya no muerden bien, y prefiero estar sentado junto al fogón bien acurrucado en vez de andar detrás de algún raton, mi ama desea echarme lejos, por lo que decidí huir primero. Pero ahora los buenos consejos están escasos. ¿Hacia donde podré ir?”-

-”Ven con nosotros a Bremen. Tú sabes mucho de cantos nocturnos, podrás ser un buen músico de pueblo.”-

El gato lo pensó muy bien y decidió irse con ellos. Al cabo de un rato, los tres fugitivos llegaron a una granja, donde el gallo se había sentado sobre el portón, cantando a lo más que podía.

-”¡Qué modo de cantar!”- le dijo el burro. -”¿Qué te sucede?”-

-”Yo he estado pronosticando buen tiempo, porque es el día en que nuestra Señora lava la ropita del pequeño Niño, y ella quiere que se seque.”- dijo el gallo, -”pero para el domingo vendrán invitados, por lo que la patrona no tendrá piedad, y le ha dicho a la cocinera que quiere comerme en sopa. Y para esta tarde ya habrán cortado mi cabeza. Por eso ahora estoy cantando a lo que más doy, mientras pueda.”-

-”Ah, pero cresta-roja”- dijo el burro, -”mejor vienes con nosotros. Vamos hacia Bremen. Encontrarás algo mejor que ser cocinado, ya que tienes muy buena voz, y si nosotros hacemos la música juntos, será de buena calidad.”-

El gallo estuvo de acuerdo con el plan, y los cuatro marcharon juntos. Sin embargo no alcanzaron a llegar a Bremen ese mismo día, y al atardecer llegaron a una foresta donde pensaron pasar la noche. El burro y el perro se echaron bajo un gran árbol, el gato y el gallo se subieron a las ramas, pero el gallo decidió volar hasta la cumbre, donde se sentía más seguro. Antes de irse a dormir, el gallo miró para todo lado, y le pareció ver en la distancia un pequeño resplandor, así que llamó a sus compañeros diciendo que debería de haber una casa no muy lejos, pues ha visto su luz. El burro dijo:

-”Si es así, mejor nos levantamos y vamos hacia allá, pues el refugio de aquí no es nada bueno”-

El perro pensó que unos pocos huesos con algo de carne le caerían muy bien.

Así es que se fueron en la dirección de aquella luz, y pronto la vieron brillar más fuertemente y más grande, hasta que llegaron a una bien iluminada casa de ladrones.

El burro, por ser el más grande, fue a asomarse a la ventana.

-”¿Qué es lo que ves, mi caballo gris?”- preguntó el gallo.

-”¿Qué es lo que veo?”- respondió el burro, -”una mesa repleta de buenas cosas para comer y beber, y ladrones sentados disfrutando de todo eso.”-

-”Eso es exactamente lo que necesitamos”- dijo el gallo.

-”¡Sí, sí, y cómo me gustaría que estuviéramos allí!”- comentó el burro.

Entonces los animales se reunieron para planear como sacar a los ladrones de la casa, y al rato concibieron un plan. El burro se pararía en la ventana, con sus patas delanteras apoyadas en el marco, el perro se subiría en la espalda del burro, el gato iría sobre el perro, y por último el gallo quedaría encima de la cabeza del gato.

Cuando eso estuvo hecho, a una señal ellos empezarían a hacer su música juntos: el burro rebuznando, el perro ladrando, el gato maullando, y el gallo cantando. Entonces se resbalaron sobre la ventana, quebraron el vidrio y cayeron dentro de la habitación. Con semejante horrible ruido, los ladrones se levantaron como un resorte, pensando solamente que un fantasma había llegado, y corrieron velozmente y con gran nerviosismo y se internaron en el bosque.

Y ahora, los cuatro viajeros se sentaron a la mesa, muy contentos con lo que había quedado, y comieron como si fueran a estar en ayunas por un mes.

Una vez satisfechos los cuatro, apagaron la luz, y cada uno buscó un lugar donde acomodarse adecuadamente a su condición natural. El burro se echó sobre unas pajas en el patio, el perro detrás de la puerta, el gato sobre el borde la chimenea, cerca de las cenizas tibias, y el gallo se subió sobre una viga del techo, y cansados como estaban, pronto se durmieron.

Pasada la media noche, los ladrones notaron que la luz ya no estaba encendida en la casa, y se veía tranquila, por lo que el capitán dijo:

-”No debemos dejarnos asustar por nuestra imaginación”-, y ordenó a uno de ellos que fuera a examinar la casa.

El mensajero fue encontrando todo quieto, fue a la cocina a encender una candela, y creyendo que los brillantes ojos del gato eran carbones vivos, encendió un fósforo para alumbrarlos. Pero el gato no comprendía el asunto, y se le lanzó a la cara, abofeteándolo y arañándolo. Él quedó terriblemente asustado y corrió a la puerta trasera, pero el perro que estaba allí se levantó y le mordió su pierna, y cuando corría por el patio, por donde estaba la paja, el burro le dio una certera patada. El gallo, que se había despertado por el ruido, y ya con plena conciencia, cantó desde la viga:

-”¡Quí qui ri kííí…!”-

Y así, el ladrón regresó corriendo y cojeando, lo más rápido que pudo donde el capitán, y dijo:

-”¡Uy!, hay una espantosa bruja metida en la casa, que me abofeteó y me arañó la cara con sus largas uñas, y por la puerta había un hombre con un puñal, que me lo clavó en la pierna, y en el patio había un monstruo negro que me golpeó con un palo de madera, y encima, sobre el techo, estaba un juez que gritaba:

-”¡Tráemelo aquííí…!-, así que me largué tan rápido como pude.

Después de todo aquello, los ladrones ya no confiaron más en esa casa, pero les quedó tan bien a los músicos de Bremen, que ya no quisieron salir de ella nunca más. Y la boca de quien contó de último esta historia, está aún tibia.

Hermanos Grimm

Un cuento enigmático

Tres mujeres fueron convertidas en flores y colocadas en el campo del jardín, pero a una de ellas le fue permitido que durante las noches podía estar en su casa como humana. Entonces, una noche, cuando ya se acercaba el día y tendría que volver a ser flor otra vez, ella le dijo a su esposo:

-”Si cuando vuelves más tarde vienes al jardín y me arrancas, quedaré libre y podré estar siempre contigo.”-

Y él así lo hizo.

Ahora, la pregunta es: -¿Cómo supo el esposo cuál era la flor correcta, si todas se veían exactamente igual, sin ninguna diferencia en su forma?

Respuesta: Como ella pasaba la noche en su casa y no en el jardín, no había entonces rocío sobre ella como sí lo había sobre las otras, y así, el esposo supo cuál era la que debía tomar.

Hermanos Grimm

Diario Vasco

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