La gatita Marilyn

Érase una vez, en un tejado de Madrid, una gata cariñosa que se llamaba Marilyn. Un día un gato se enamoró y muchos ronroneos le dedicó. Al cabo de dos meses nacieron cuatro gatitos, todos con los ojos muy pegadizos. Un día los abrieron y la gata Marilyn decidió pasearles para enseñarles Madrid; pero el más pequeño de todos, negro como el carbón, se despistó del grupo al ver un ratón. Era Navidad y las luces brillaban, pero Marilyn solo pensaba en su criatura extraviada; mientras el gatito las calles recorría, maullando «¡Mami!» por si alguien le oía. Una perra gordota que por allí pasaba decidió que «no sería mala cosa si le alimentaba». El pequeño enseguida dejó de maullar, pero a su madre no podía olvidar. Aunque su nueva amiga le cuidaba fenomenal, la madre de uno no tiene igual.

Entendiendo la perra la pena del gato, decidió indagar por su cuenta un rato; y para que el pequeño no cogiese frío debajo de un motor, le hizo un nido. La madrugada llegó y alguien el colche abrió. El minino asustado lloraba desconsolado, pero el precavido conductor a tiempo al gatito cogió.

Pensó que sería una buena sorpresa para su novia Teresa. ¡Qué alegría y alboroto cuando el chico entró, y en el suelo al gatito dejó! Teresa reía sin parar y la gatita Marilyn se puso a llorar.

¡Muchas sardinas y merluza comieron!

Algunas noches, si te asomas por la ventana, verás a la gatita Marilyn maullando «Buenas noches, hasta mañana».

Thais González

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Diario Vasco

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