El rey Midas

El rey Midas era un despilfarrador; todas las noches daba fiestas y bailes, hasta que se quedó sin un céntimo. Entonces fue a visitar al mago Apolo, le contó sus penas y Apolo le hizo este encantamiento:

- Todo lo que toquen tus manos debe convertirse en oro.

El rey Midas dio un salto de contento y regresó corriendo a su automóvil, pero apenas había tocado la manecilla de la portezuela cuando el coche se volvió completamente de oro, cristales de oro, motor de oro. Hasta la gasolina se había vuelto de oro, y de esta forma el coche no funcionaba y fue preciso llamar a una carreta de bueyes para arrastrarlo.

Apenas llegado a casa, el rey Midas se puso a dar vueltas por las habitaciones, tocando todas las cosas que podía: mesas, armarios, sillas y todo se volvía de oro. Llegó un momento en que tuvo sed y se hizo traer un vaso de agua, pero el vaso se volvió de oro y el agua también, y para poder beber tuvo que dejarse dar el agua con una cuchara por un criado.

Llego la hora de ir a comer. Tocaba el tenedor y se volvía de oro, y todos los invitados aplaudían y decían:

- Majestad, tocadme los botones de la americana; tocadme este paraguas.

El rey Midas los contentaba, pero cuando tomó el pan para comer, también éste se volvió de oro, y para satisfacer su apetito tuvo que hacérselo dar por la reina. Los invitados se escondían debajo de la mesa para burlarse y el rey se enfadó, agarró a uno de la nariz y ésta se le convirtió de oro y así no pudo sonarse más.

Llegó la hora de acostarse, y el rey Midas, sin querer, tocó la almohada, las sábanas y el colchón, que se volvieron de oro macizo, siendo demasiado duros para poder dormir en ellos. Le tocó pasar la noche sentado en un sillón, con los brazos levantados para no tocar nada, y a la mañana siguiente estaba rendido. Corrió inmediatamente a ver al mago Apolo para que le deshiciera el encantamiento, y el mago Apolo lo contentó.

- Está bien -le dijo-, pero ve con cuidado, porque para que pase el encantamiento deben transcurrir siete horas y siete minutos exactamente, y todo lo que toques mientras tanto se convertirá en estiércol de vaca.

El rey Midas se marchó muy contento, y estaba muy atento a su reloj para no tocar nada antes de que hubieran transcurrido siete horas y siete minutos.

Pero, desgraciadamente, su reloj corría un poco más de lo necesario y adelantaba un minuto cada hora. Cuando creyó transcurridas las siete horas y siete minutos, el rey Midas abrió la portezuela de su coche y entró, pero inmediatemente se encontró sentado en medio de un gran montón de estiércol de vaca, porque todavía faltaban siete minutos para que terminara el encantamiento.

Gianni Rodari

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Diario Vasco

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