Lauro el gorrión

El pasado martes 9 de junio se presenta una de mis hijas, la segunda, en casa con una cría de gorrión que se había encontrado viniendo del colegio: «¡Aita, hay que darle de comer!». Se trata de un ejemplar inmaduro que habrá precipitado, incitado por sus progenitores y hermanos, la salida del nido sin haber alcanzado su pleno desarrollo. Seguramente fue el último en salir del huevo y después del ciclo de permanencia en el nido se ha quedado rezagado del resto. Su nacimiento tardío le habrá situado en desventaja con sus hermanos a la hora de solicitar el alimento de sus padres y poco a poco habrá perdido la comba del desarrollo normal. Esta situación es bastante habitual en la mayoría de las aves: un día de diferencia a la hora de nacer puede significar la supervivencia o la muerte.


            Los conocidos gorriones, de la familia Paséridos, dentro del orden de los Paseriformes, que engloba más de la mitad de las especies de aves que existen en la tierra, son tan frecuentes entre nosotros que suelen pasar totalmente desapercibidos. Sus pocas cualidades para cantar armónicamente han favorecido a que sea un ave no deseada para jaula; pero seguramente que será la falta de colorido en el plumaje el factor que más haya contribuido a desestimar su compañía doméstica. En cualquier caso, allá por donde vallamos, veremos a los tristes gorriones acechar los desperdicios de comida que podamos dejar a nuestro paso.


     Sacar adelante una cría de gorrión que ya ha alcanzado cierto grado de desarrollo es  tremendamente difícil. Su actitud hostil y desconfiada complica mucho la adquisición del hábito a la jaula –en muchas ocasiones mueren de los golpes que se dan contra los barrotes- y nunca llegará del todo a adaptarse a nosotros. La alimentación, además, debe ser forzada, ya que todavía no sabe comer por sí mismo y se le debe obligar varias veces al día a ingerir comida y líquidos; acción para la cual no queda más remedio que coger al gorrión con la mano provocándole gran nerviosismo. Por el contrario, si la cría es muy pequeña, de pocos días, que por descuido se ha caído del nido, es probable que en poco tiempo se adapte a nosotros y adquiera hábitos familiares: que nos pida comida, que se alegre de nuestra presencia, que podamos ponerla sobre nuestra mano u hombro, en definitiva, que podamos manejarla con facilidad. Pero, como decía, si la cría es volandera la situación cambia: tardará mucho tiempo, contando que sobreviva, en adaptarse a nuestra presencia y el sonido de otros gorriones en el exterior no hará sino acentuar su nerviosismo y  deseos de escapar.


            El caso es que el  menda, como tantas y tantas veces, pone en marcha el plan de emergencia para salvar al pobre gorrión: pasta de huevo, jeringuilla, cuentagotas y jaula. Así, desde ese día y hasta el presente, preparo la pasta de huevo con agua, relleno la jeringa, y con mucho cuidado cojo a Lauro –que así le hemos bautizado- e introduzco el canuto de la jeringa por la comisura del pico hasta la garganta  para que su buche quede repleto. Después, con el cuentagotas, dejo que unas gotitas de agua se deslicen por su pico para que no se deshidrate. Esta operación la llevo a cabo al menos cuatro veces al día. Si alguna vez les ocurre, piensen que lo principal es colocar la jaula en lugar muy tranquilo y bien iluminado del interior de la casa, y taparla con un trapo que permita el paso de la luz pero que no deje que el gorrión vea lo que hay alrededor. De esta forma contribuimos a que nuestro pajarito se tranquilice y empiece a acostumbrarse a su nuevo hogar. Es importante también que dentro de la jaula coloquemos algún recipiente con alimento –pasta de huevo mezclada con alpiste y un trozo de manzana enganchado en los barrotes puede ser suficiente-  además de un bebedero para que el gorrión pueda iniciarse en la comida. Si la cosa va bien, al cabo de un par de semanas podremos ir destapando la jaula poco a poco. De todas formas, en esto como en todo hay gente que tiene mucha experiencia y en este  enlace pueden encontrar una gran cantidad de consejos muy útiles para sacar adelante a su gorrión. Si la cosa funciona es una experiencia muy bonita. ¡Ah! Se me olvidaba decirles que nunca den al gorrión libertad si no están completamente seguros de que puede ser capaz por sí mismo de buscar alimento ya que le estarían provocando una gran agonía: en estos casos  libertad no es sinónimo de felicidad. Asegúrense; de lo contrario, manténgalo en la jaula.

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Diario Vasco

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