Diario Vasco
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Fecha: septiembre, 2010
El contranálisis como modalidad deportiva
Alberto Moyano 30-09-2010 | 10:07 | 0

La parte más aburrida del ciclismo no son las etapas llanas sin viento de cola, sino la liturgia que sigue a cada positivo. Vivimos en una permanente espera de los resultados del contranálisis, amenizada con simpáticas declaraciones que han alumbrado desde construcciones sintácticas simples -”no he tomado nada prohibido”- hasta piezas inmortales del surrealismo -”estoy convencido de mi inocencia”-.

Mención aparte merece alguna rueda de prensa gospel en la que el presunto ciclista, rodeado de los mejores miembros de su clá, anunciaba la llegada del mesías en forma de pruebas irrefutables que demostrarían de forma palmaria su inocencia. Hasta hoy, claro.

Como a todo buen ganador del Tour de Francia, ahora le ha tocado el turno a Alberto Contador. En estos casos, lo principal es respetar la presunción de inocencia: en
el sentido legal del término en lo que respecta a los corredores y en el de que todos los días son 28 de diciembre en lo que afecta a los
aficionados.

El desprestigio del ciclismo no deriva de la -al parecer- extendida práctica del dopaje, sino de una obviedad: frente a tanto farsante, es muy complicado compatibilizar unos resultados competitivos en la carrera con una sangre impoluta en el laboratorio. Contador es por el momento el último nombre de la lista de los empeñados en demostrar lo contrario.

Por eso, las primeras noticias apuntan a una posible contaminación alimentaria por clembuterol, un agente anabolizante que se utiilza para el engorde de ganado, y a que los
deportistas lo mismo les aumenta la masa muscular que les reduce la grasa
corporal.

Nos encontramos en una situación paradójica: si la teoría del ciclista de la contaminación alimentaria se demuestra cierta, se confirmará a la vez otra extendida sospecha, la de que todos estamos sometidos a un envenenamiento paulatino pero inexorable, incluidos quienes en principio no tenemos la menor intención de subir el Tourmalet a golpe de pedales.

Así las cosas, cabe preguntarse si el dopaje de los ciclistas no obedecerá al deseo de mejorar el rendimiento mediante procedimientos químicos, sino a un intento desesperado por enmascarar la dieta mediterránea. A estos hemos llegado.

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Si vuelve el pop es que algo anda mal
Alberto Moyano 29-09-2010 | 10:05 | 0

A pesar de que el buzón luce una vistosa, aunque al parecer no del todo eficaz, pegatina para indicar que el titular del domicilio no desea recibir propaganda, ayer llegó una tarjeta azul con una invitación,  firmada por el nuevo candidato municipal del Partido Popular a la Alcaldía donostiarra.

Lo primero que hago cuando recibo una invitación de un político en excelente papel plastificado y magnífica impresión es esquivar hábilmente la tentación de preguntarme de dónde ha salido el dinero que la ha pagado, atribuyéndola de inmediato a la abnegada aportación económica que, con tanto esfuerzo, realizan los afiliados. En cuanto al resto, supongo que es una de las derivadas de eso que el PP vasco ha dado en llamar “política-pop”.

“Hola, soy Ramón Gómez Ugalde” y aunque no albergo ninguna duda de que, en rigor, es una empresa de marketing la que me habla, doy por buena la afirmación. Dicho lo cual, ahí se agota mi credibilidad y me adentro en el territorio de la incertidumbre.

La siguiente frase -”y me interesa mucho tu barrio”- me afloja el diafragma y comienzo a dilatar, a pesar de que con toda probabilidad es la más sincera de toda la tarjeta. Éste un vecindario obrero, histórico caladero electoral del actual alcalde y, para qué negarlo, tan populoso que buena parte de las opciones de los candidatos municipales se ventilan aquí.

En cualquier caso y sin cuestionar en ningún caso ese súbito interés, he de confesar que jamás vi al candidato Ramón Gómez Ugalde, ni a nadie de su partido por aquí. Ojo: ni he esperado jamás semejante visita, ni le reprocho no haberla hecho -si es que así ha sido, no vaya a ser que me la perdiera-. Simplemente, es que uno y otro no pegan.

Y con el objetivo, sigue la tarjeta, de que “San Sebastián sea una ciudad MEJOR”, el candidato en cuestión me invita a una parrillada a base de pollo, bonito y sidra este próximo sábado en el parque vecinal. Y remata con un mensaje inquietante: “San Sebastián da para mucho más”.

Sirvan estas líneas como acuse de recibo y agradecimiento por la amable invitación y, a la vez, para excusar mi no asistencia al acto. No es nada político, ni mucho menos personal. Es que desde pequeño me enseñaron a no aceptar nada de desconocidos. Al final, siempre quieren algo a cambio.

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“Así emergí del coma: un relato”
Alberto Moyano 28-09-2010 | 10:23 | 0

“Y al despertar, decidí incorporarme de inmediato a mis tareas laborales habituales porque los médicos me habían hablado de  la importancia de recuperar cuanto antes de las rutinas. Sin embargo, me fue imposible hacerlo, ya que, en contra de una tradición que se remontaba décadas atrás, en la oficina encontré una frenética actividad.

Tras preguntar qué sucedía para que se hubiera desplegado semejante intensidad en el que habitualmente venía siendo un lugar de descanso y relajación, me informaron puntualmente: ‘Es que ya sabes que aquí el día de más trabajo es el de la víspera de huelga, sin contar claro, el propio día de huelga. Y mañana hay convocada una’.

Quise saber más, aunque no tanto los motivos de la protesta, como las razones por las que la plantilla había rechazado sumarse a la misma. Pero las cosas no habían sido exactamente así. ‘La asamblea de trabajadores, reunida para la ocasión, había decidido en el ejercicio de su soberanía que cada trabajador haga mañana lo que quiera’, me indicaron.

Y entonces supe que las diferencias entre un día de huelga y veinticuatro horas de excedencia se habían diluido hasta el punto que era imposible diferencias la una de la otra. A la vista de este panorama, temí que la conciencia de clase hubiera desaparecido en mi asuencia, pero alguien me tranquilizó: ‘Ni hablar, hombre. Lo que pasa es que el ‘yo’ colectivo ya no existe’. ‘Ah, menos mal, menudo susto me había llevado’, repuse.

No debí resultar muy convincente, sin embargo, porque de inmediato, otro compañero se me acercó para aclararme que las sociedades van evolucionando al compás de los tiempos y que en un país en el que el escaqueo de las obligaciones era un sacramento atávico, la renuncia a los derechos era el siguiente e paso ineludible. ‘Además -añadió- siempre has dicho que tu sueño era dedicar tu vida a dilapidar una herencia’.

‘Me refería a una económica’, repliqué. ‘Qué más da -zanjó-, los derechos laborales aún vigentes -aunque por poco tiempo- también encajan en la definición de herencia, entendida en un concepto amplio y nada dogmático, es decir, aquellos bienes que recibes de tus mayores, sin mediar el menor esfuerzo propio’.

Por último, me indicó que el director de la empresa me aguardaba en su despacho, seguramente, para darme la bienvenida por mi reincorporación y de paso, desmentirme personalmente los insistentes rumores que apuntaban a una inminente reducción de plantilla, rumores de los cuales, dicho sea de paso, yo aún no había oído palabra”.

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Mañana es la víspera de 2016
Alberto Moyano 27-09-2010 | 12:27 | 0

La carrera por conseguir la Capitalidad Cultural Europea 2016 cierra el jueves su primera fase con la elección de las cuatro o cinco ciudades que pasarán el primer corte. Mi experiencia en materia de capitales culturales es muy limitada: sólo he estado en una durante el año en el que lo fue y no me enteré hasta la vuelta, manteniendo hasta hoy viva la duda de sus habitantes se habían percatado del honor.

Como todos los castings, el que tendrá lugar en el Museo Reina Sofía de Madrid tiene su punto humillante. Los representantes de las ciudades tienen un ratito para realizar un equilibrio de funambulismo consistente en explicar dos situaciones contrapuestas: cúanto se merecen la capitalidad -pero no tanto como para que la concesión parezca supeflua- y cuánto la necesitan -aunque sin que aparente indolencia en materia cultural-.

Como si el cualificado jurado exigiera la sobreactuación, la mayoría de las candidatas oscilan entre una insistencia casi sospechosa en los graves problemas que arrastra la ciudad y una decidida actitud de afrontar sus retos. Y todas coinciden en que definirse como cruce de culturas, encrucijadas de caminos y crisol de razas.

En resumen: a falta de que trasciendan los detalles de la experiencia, todo esto evoca poderosamente a los controles aeroportuarios. “Donostia pasó el corte tras un intenso cacheo” podría ser el titular de los periódicos del viernes.

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Niño-periodista, esas cosas no se preguntan
Alberto Moyano 25-09-2010 | 3:24 | 0

Hace dos años, cuando el Zinemaldia proyectó a concurso ‘Tiro en la cabeza’, de Jaime Rosales, el estreno vino precedido de una entrevista con su actor protagonista, en el transcurso de la cual, relataba minusiosamente cómo en 1985, él y otras tres personas fueron confundidas con un comando de ETA, detenidas, incomunicadas y torturadas en el cuartel de Intxaurrondo. De allí, salieron tres en libertad sin cargos y el cuarto murió.

En 2008, tras el pase de la cinta, en una rueda de prensa abarrotada de periodistas y en presencia del propio autor de las declaraciones, hubo tiempo para hablar de todo, desde las condiciones meteorológicas que rodearon el rodaje hasta del narrador omniscente.

Así, los medios de comunicación se sumaron entusiásticamente al sentir general, traducido en el estruendoso silencio que siguió a las declaraciones. Porque pese a que las publicó el diario generalista de mayor difusión en España, no hubo una sola carta al director sobre el tema, ni un desmentido, ni una petición de disculpas. Por no haber, no hubo ni una amenaza de querella por parte del instituto armado, directamente acusado.

Hoy, tras dos horas y cuarto de película de producción francesa, director francés y actores franceses en torno a las redadas que la Policía francesa llevó a cabo contra una minoría étnica para su posterior deportación, ha habido tiempo para charlar animadamente sobre viejas cuestiones, como las diferencias entre el filme y la novela, las elipsis narrativas, el trabajo actoral de una niña de once años o el colaboracionismo galo de hace setenta.

En la misma sala en la que Jaime Rosales pudo hablar distendidamente del arte por el arte, decenas de periodistas internacionales han eludido durante una hora larga de comparecencia la única cuestión importante que pivotaba sobre la mañana del Kursaal: ¿qué opina de las razzias policiales y deportaciones que por razones de etnia lleva a cabo ahora mismo el mismo estado francés?

No tengo ni idea de lo que es el arte, pero entiendo un huevo de qué no es arte. En aras de la democratización de un supuesto buen gusto, hubo que hacer pasar ‘El niño del pijama de rayas’ por una obra maestra de la literatura universal. Toda esta farsa viene de muy atras.

El resultado es un público -incluyo aquí a la prensa, disculpen las generalizaciones en uno y otro caso- al que le encanta sollozar en el cine y salir de la sala redimido, como te diría, convencido de que la película ha estado a punto de convertirle en mejor persona, cosa por otra parte imposible, cuando el precio a pagar es sumergirse en la afasia.

Dentro de un rato, esos mismos -es decir, todos nosotros-, ponderarán el certamen, dirán que si la Sección Oficial ha sido gris y valorarán el palmarés que emita el jurado.

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