Diario Vasco
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Pelea entre borrachos
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Alberto Moyano | 20-10-2016 | 09:32

¿Te acuerdas cuando tras matar en 1982 a tres policías nacionales en Oiartzun, un comando de ETA interceptó el camión en el que era evacuado al hospital un cuarto uniformado gravemente herido, lo sacó del vehículo y lo remató de dos tiros en la cuneta de la carretera? Pues es exactamente lo mismo que está haciendo la Guardia Civil con ETA en estos precisos momentos y desde hace bastante más de cinco años. Decir esto no implica realizar ningún juicio de valor, es tan sólo una descripción lo más aproximada posible a la realidad. Guerra de baja intensidad o conflicto de alta virulencia, da igual: estamos en ese punto en el que el benemérito cuerpo puede permitirse el lujo de homenajearse a sí mismo con sus intervenciones antiterroristas: por aquí, la ‘operación Pardines’, por allá, la incautación de armamento justo el Día de la Hispanidad. Mientras, ETA traslada su interlocución al interior de la propia cárcel, el único lugar en el que está a salvo de ser arrestada en el aniversario del cumpleaños del Duque de Ahumada, por poner un ejemplo sórdido.

Hay quien se pregunta si no sería mejor un final ordenado de la violencia, pero la pregunta es: “mejor”, ¿para quién? No parece que para la Guardia Civil, tampoco que para Fernández Díaz. Quien está en disposición de aplastar a su enemigo lo va a hacer, en aplicación estricta de la misma implacable lógica bélica que llevó al policía Antonio Campillo, ya fuera de combate, del camión a la cuneta. A cinco años de la Conferencia de Aiete, la sociedad vasca en general ignora o ha olvidado qué fue exactamente lo que se acordó en aquel encuentro. Tampoco se siente especialmente concernida, más allá del abandono de los armas que aquello alumbró días después. Acuñado el género «pelea entre borrachos», digamos que Aiete fue la escenificación necesaria para que la ETA más ebria de la historia aceptara de una vez por todas meterse en el taxi que se la iba a llevar a casa; aunque lo que finalmente sucediera fuese que se la llevase a donde le vino en gana, que es donde exactamente se encuentra ahora.

Ahora mismo, el único sentimiento transversal en la sociedad vasca es el agotamiento. Se le pueden soltar soflamas de un lado y de otro, pero esta población ya no da más de sí en esta materia porque se quedó extenuada hasta la última de sus reservas. No ya los discursos, sino cada una de las palabras que los conforman, se tiran de cabeza al suelo antes de llegar al oído del interlocutor porque hace mucho que está todo dicho y las perspectivas de que alguien persuada –dejémoslo en ‘haga dudar’– a alguien de algo son nulas. Lo cual no impide que se puedan repetir los cacareos respectivos hasta el final de los tiempos, el tema si la caída de un árbol en un bosque desértico hace realmente ruido. Y lo que es aún más agudo: todo discurso es irrelevantes por el curso de los acontecimientos lo va a arrollar de inmediato. Tan sólo colea débilmente la pomposamente llamada ‘batalla del relato’, que en realidad no llega ni a ‘escaramuza’. O, si se prefiere, ni a ‘pelea entre borrachos’.

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