Diario Vasco
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Un fascista, por supuesto… aunque depende y tampoco tanto
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Alberto Moyano | 31-01-2017 | 14:41

Dijo alguien que si denuncias públicamente que vives bajo el fascismo y no te pasa nada significa que no vives bajo el fascismo. Esta obviedad no impide que a diario buena parte de los autoproclamados «sectores más concienciados de nuestra sociedad» evidencien su profunda incapacidad a la hora de diferenciar a Hitler de Obama. De hecho, su profunda incapacidad de distinguir a Adolf de cualquiera de los mandatarios que conviven en esa simplona pero comodísima bolsa de «fascistas genocidas» que engloba lo mismo a Rajoy que a Blair que a Merkel que a todos los presidentes de EE UU que en la Historia han sido. Porque el mundo se divide en «fascistas» y «los míos», los cuatro ungidos de referencia.

En el caso de Obama, circulan ya recuentos exactos del número de bombas que su administración ha arrojado durante su mandato, así como la cifra de víctimas causadas, ordenadas por nacionalidades, franjas de edad y género. Todo esto para demostrar que si bien Trump es malo, no lo es más que sus predecesores. En cuanto a Clinton –a la que se suelen referir extrañamente como ‘Hillary’–, tampoco se libra de todas las imputaciones anteriores, con una adicional: la de psicópata, la forma fina con la que los ‘supernumerarios’ designan -evitándolo- el término ‘histérica’, tan ligado a lo heteropatriarcal. En realidad, vienen a decir los ungidos, Trump tampoco está tan mal. Es más: es mucho mejor que los mencionados porque, frente a los taimados, siempre es preferible a quien viene de frente, un dogma de inequívoca raigambre ‘Gran Hermano’.

Bien. Para que no se acuse a los ungidos de dogmáticos, todo lo dicho hasta aquí es perfectamente revisable y, de proceder, revocable. Basta que Jimmy Carter apoye la Declaración de Aiete para que el expresidente estadounidense pase del emblema imperialista a referente de los Derechos Humanos. Lo mismo pasaría con Hillary Clinton, de quien se recordaría su pertenencia a una estirpe firmamente comprometida con la paz, como ya demostró su marido Bill cuando recibió a Gerry Adams en la mismísima Casa Blanca y cuando jugó un decisivo papel en el proceso norirlandés, a donde envió al senador Mitchell, hasta ese momento, otro fascista. Ítem en el caso de Obama, una vez recabado su apoyo para cualquier noble causa: mutaría de exterminador del pueblo sirio a indiscutible autoridad moral cuyo merecidísimo Nobel de la Paz le colocaría al frente de la lista de los abajofirmantes.

Y todo esto se ejecutará, como siempre, sin margen para la duda. Hoy Obama es un fascista, mañana puede ser «una personalidad comprometida con el proceso de paz» y quienes proclaman ora lo uno, ora lo otro, lamerían cada pata de la mesa del Despacho Oval por conseguir su más leve respaldo. Si alguien osara recordarles viejas acusaciones, como la de haber creado el Estado Islámico, sería tildado de «enemigo de la paz» y, en definitiva, de «fascista». Y se cerraría el círculo.

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