Diario Vasco
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Apátrida
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Alberto Moyano | 21-03-2017 | 09:21

En lo que constituye un fenómeno paraliterario singular como no recuerdo que sucediera ni en los casos de la ‘Gomorra’ de Roberto Saviano, ni incluso en el de ‘Los versos satánicos’ de Salman Rushdie, comienzan a proliferar aquí y allá comentarios críticos que cuestionan la calidad literaria del ‘Patria’ de Fernando Aramburu. La singularidad radica en que estas críticas, que rompen el aparente consenso en torno a que estamos ante una obra maestra digna de Tolstoi, se formulan desde el anonimato. Así constan en varios blogs literarios cuyos comentarios suelen ir habitualmente firmados -no así en el caso de ‘Patria’- y hoy mismo en las páginas de El País, en donde un político que vivió amenazado por ETA señala la “poca complejidad” de la novela, apunta a que es un libro “muy agradecido para gente no especialmente interesada en la literatura” y se mofa de las comparaciones que algunos críticos han establecido con la obra del citado escritor ruso.Dicho todo lo cual, este “viejo zorro de la política vasca y lector voraz” prefiere no figurar con nombres y apellidos en el reportaje. Cabe preguntarse cuál es el motivo de tanta precaución y de tanta prudencia, y responderse si no será el pavor a verse señalado ideológicamente, dado que ideológica -y no literaria- es la lectura que se está haciendo de la novela.

En mi opinión, ‘Patria’ está maravillosamente estructurada en sus pequeños capítulos que saltan adelante y atrás en el tiempo, incluye en su relato certeros detalles y dibuja unos personajes que hubieran resultado creíbles si no abrieran la boca. Y es que los diálogos conspiran sin tregua en contra de la propia trama. Habrá quien diga: “Son reales, pura transcripción de lo que sucedió”. Da lo mismo: resultan inverosímiles, en algunos casos caricaturescos, y la ficción, a diferencia de la realidad, por obligación ha de resultar creíble. Por ejemplo: es imposible que un hombre despierte un buen día convertido en insecto, pero nadie abandona la lectura de la historia de Gregorio Samsa que Kafka nos regaló. En este punto, no voy a insistir en aspectos ya comentados en otros lugares sobre lo rocambolesco que resulta el personaje del cura -por muy basado en hechos reales que esté consigue parecer impostado-; ni en lo extraño que resulta leer el término ‘maketo’ en boca de una jarraitxu -cuando la expresión y el concepto son ajenos al imaginario de la izquierda abertzale-; ni en lo hilarante que por fuerza ha de ser que justo los únicos dos personajes aficionados a la lectura y sensibles a cualquier manifestación cultural sean homosexuales.

En cualquier caso, las opiniones que, a favor o en contra, suscite la novela me interesan muchísimo menos que la conversión de la obra en ejemplo paradigmático de ese fenómeno conocido como el del ‘elefante en la habitación’. En su afán totalizador, la novela incluye un episodio de torturas y hasta una mención al caso de Mikel Zabalza, muerto en circunstancias clarísimas que permanecen aún por esclarecer. Pero lo hace de tal manera que parece que las torturas son un mero y engorroso trámite administrativo que todo etarra o sospechoso de serlo ha de sufrir en régimen de incomunicación, antes de ser puesto en manos del juez. En España, las torturas son una práctica delictiva, pero se da por hecho que funcionarios públicos encargados de vigilar el cumplimiento de la ley las practican desde hace décadas de forma rutinaria -y así consta en la novela-. No obstante, a nadie parece llamarle la atención este hecho. Por el mentado reportaje de El País, de casi tres páginas de extensión, desfilan escritores, editores, filósofos, realizadores de cine, libreros, periodistas y representantes políticos de todo el arco parlamentario vasco: desde el PP hasta EH Bildu, pasando por PNV, PSE y Podemos. Ni una sola vez afloran las palabras ‘tortura’, ‘malos tratos’ o cualquier otro sinónimo. Ni la más mínima referencia, ni el más leve desmentido, ni la más ligera denuncia. Quizás, porque en el conjunto de la novela, las torturas se narran y se leen como un episodio inevitable que todos sabíamos que habría de llegar y en la que tampoco vale la pena detenerse excesivamente.

Escribe Martín Caparrós en su novela ‘A quien corresponda’: “Digamos que no pudo soportar lo que llamamos latortura. Latortura es una forma barata de llamarlo: gentileza hacia el lector o el interlocutor, una manera de la deferencia o de la cobardía -una agachada. Llamarlo latortura no supone ninguna descripción: no muestra un cuerpo vivo atado de las muñecas a una soga que cuelga del techo y el cuerpo a su vez que cuelga de la soga mientras los brazos se van estirando, descoyuntando, deshaciendo en el esfuerzo de sostener el cuerpo que ya nada sostiene, que sólo sus enemigos necesitan; no muestra un cuerpo vivo atado al que una mano agarra por la nuca para hundirle la cabeza en el agua o en un agua repleta de basura mierda bichos para que vea cómo le pueden convertir en agua el aire, el aliento en ahogo, la vida en un momento…”

Es evidente que, por su fuerza, el párrafo anterior hubiera sido para los lectores mucho más difícil de soslayar que lo ha sido para los de Aramburu. Lo hubiera sido incluso para un Rajoy que el pasado mes de enero aseguraba en El Faro de Vigo: “Acabo de leer ‘Patria’ de Aramburu, es buenísima; refleja muy bien el conflicto vasco”. Dejando a un lado la normalización del término ‘conflicto’ en boca de Mariano -lo cual liquida de un plumazo las habituales e interminables disquisiciones semánticas en las que nos ahogamos-, causa verdadero estupor que quien ha sido ministro del Interior y es presidente del Gobierno no sólo no corra al Juzgado a interponer la correspondiente querella contra Aramburu en defensa del honor de sus agentes, sino que considere que la novela -torturas incluidas- “refleja muy bien el conflicto vasco”. He aquí el ‘elefante en la habitación’ que nadie menciona. Y, parafraseando al propio Rajoy, “dicho de otro modo: me llama la atención que a nadie le llame la atención”. Si esto es la ‘normalidad’, tan sólo puede ser considerada como tal en este país que aún no se ha puesto de acuerdo consigo mismo sobre cuándo y quién inició la Guerra Civil.

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