Diario Vasco
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Autor: amoyano_1462406400
Mis conversaciones con una audioguía
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Alberto Moyano | 02-08-2017 | 2:24| 0

Fui a la magnífica exposición “Turismoak” que acoge la sala de exposiciones del Koldo Mitxelena con mi propia audioguía. “El turismo masivo es devastador, como los estupefacientes –me dijo una voz a través del artefacto–, pero cada vez que se debate sobre alguno de estos asuntos los argumentos se centran sobre los perniciosos efectos a largo plazo y se hurtan los elementos gratificantes que acompañan sus inicios: producen un gran bienestar”. En efecto, pensé: a día de hoy invertimos más tiempo en lamentarnos de la gentrificación que en relatar nuestras propias vacaciones, una anomalía emergente. Es más: si no disertas sobre la masificación veraniega de tu localidad tú interlocutor puede llevarse la impresión de que vives en un lugar infecto. Lo catastrófico tiene su prestigio.
Obra número 1: “Cuando hablamos del turismo –continuó con su perorata la audioguía– apuntamos con el dedo a los touroperadores y las grandes cadenas hoteleras, pero es un negocio en el que mete la cuchara todo el que puede. Y no hablo de precios de la hostelería e industrias derivadas, sino de particulares en disposición de alquilar cualquier cosa susceptible de servir de alojamiento, desde pisos reconvertidos en “pateras” hasta habitaciones sueltas. Ítem más –continuó la máquina–: crece el número de individuos que intercambia sus viviendas para disfrutar de las vacaciones, saltándose a los intermediarios y de paso, ahorrándose un dinero”. Cierto: se dice que es posible intercambiar un coqueto piso donostiarra por una vivienda neoyorquina, tal es la cotización que hemos alcanzado en el mercado.
Obra número 2: “Desconfía de la adjetivación del sustantivo “turismo” –prosiguió la audioguía mientras avanzaba en el recorrido de la exposición–: turismo cultural, turismo de aventura, agroturismo, turismo religioso, turismo de catástrofes, turismo de calidad y, en especial, turismo sostenible. Son distintas denominaciones de una misma cosa”. Y cuando me cambié de mano de la audioguía porque se me había dormido ya el brazo derecho, la voz añadió: “La condición de cada destino turístico no la determina el destino, sino el turista. En busca de un turismo de alto poder adquisitivo, puedes elevar los precios, pero eso sólo servirá para acortar la estancia o incluso, para suprimir la pernoctación, convertido en destino para “excursiones de un día”. Y no pude negárselo: lo que en su día fueron destinos selectos son hoy pasto de las hordas: de Capri a la Costa Azul, de Yalta a Lisboa, de Essauira a Florencia. Y viceversa: ni el más lisérgico profeta hubiera atinado hace treinta años a vaticinar que Bilbao acabaría convertida en la escapada perfecta, con extensión a San Sebastián.
Obra número 3: A la audioguía aún le quedaba discurso y a mí, exposición por delante, así que me mantuve atento a sus explicaciones: “La fascinación vacacional no la modulan las responsables de gestionar el turismo, sino la ley de la oferta y la demanda. La primera crece mientras lo haga la segunda y ésta sólo retrocede ante dos fenómenos: la inseguridad ciudadana o el desprestigio social del destino turístico”. Y la máquina prosiguió incansable: “Si te hablan de modular y seleccionar el tipo de visitantes que vas a recibir probablemente te estén engañando. Y si te hablan de destinos vírgenes y tribus sin contactar, con toda seguridad lo están haciendo porque ya no hay enclaves por descubrir, sino temporadas: alta, media y baja. Y si hablamos de masificación, es preferible soportarla en una playa que hacerlo en una exposición”.
Obra número 4: Al aparato se le estaba agotando ya la batería, pero antes de fundirse en el silencio aún tuvo energía para rematar: “Es muy sospechoso que el turismo se haya convertido en una pasión universal y que a todo el mundo le guste viajar. De hecho, no a todo el mundo le gusta, pero es un fenómeno inducido. En el caso de una pareja, basta con que uno de sus miembros quiera ir para que los dos vayan. Lo mismo, en el de una familia numerosa. Buena parte de los turistas no van, sino que son llevados –y un pequeño porcentaje, incluso arrastrados–; lo de menos es a dónde. Observa el estupor en estado puro reflejado en las caras de los grupos de turistas sometidos a las prolijas explicaciones de los guías. Su interés por el lugar es bastante limitado y a partir de la tercera parada no se molestan en disimular. Los museos se llenan a base de gente que no ha pisado en la vida los de su propia ciudad. Vais a sitios, pero no sabéis por qué, como certifica el propio invento de las guías y las autoguías”. Silencio.
Final de la exposición: Y creí que ya se había apagado, cuando sentenció: “Tampoco hay que descartar que llegue el día en el que lo “trendy” sea quedarse en casa”.

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Ermua: peligro de gentrificación
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Alberto Moyano | 14-07-2017 | 9:22| 0

El veinte aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco ha sumergido la lucha contra ETA en un enloquecido proceso de gentrificación. Nunca hubo tanta gente en tan poco sitio, y no me refiero a julio de 1997 sino al mismo mes de 2017. Se ha aprovechado la efeméride para construir un relato gratificante en el que el final de ETA fue el resultado de un esfuerzo colectivo en el que hay sitio para todos, cada uno jugando un gran papel. Bien.

En mi opinión, fue la Guardia Civil quien derrotó a ETA. Creo que las detenciones de 1992 en Bidart e incluso el descubrimiento del zulo de la empresa Sokoa en 1986 jugaron un papel mucho más importante que las movilizaciones de 1997, sin las cuales, sostengo que ETA hubiera decretado igual su abandono de la violencia en 2011. También entiendo que una ciudadanía española ayuna de grandes gestas, que no jugó un papel especialmente relevante en la Transición -de acompañamiento-, no digamos ya la noche del 23-F -de inhibición-, necesite de alguna épica colectiva. Ahí el espíritu de Ermua resulta imbatible en el papel de ‘el principio del fin’ del terrorismo, algo que se demoró catorce años que miles de personas pasaron amenazadas y con escolta. Creo que el 12 de julio los ertzainas se quitaron el pasamontañas y el 13 se lo volvieron a poner, que los resultados electorales –en lo que se refiere a nacionalistas/constitucionalistas– no sufrieron alteraciones significativas y que ETA siguió matando –a Daniel Villar, en septiembre; a José María Aguirre Larraona en octubre; a José Luis Caso, en diciembre– en circunstancias sociales idénticas a las que rodeaban las muertes previas a julio de 1997. Y tan cierto es que el nacionalismo vasco se asustó de las derivadas políticas de aquellas manifestaciones como que esa intencionalidad de aprovechar la ola para cambiar la hegemonía política existió, en un ejemplo práctico del típico caso del paraonico que, en efecto, es perseguido. A lo que sucedió en esos días de julio se le llama catársis colectiva y su carácter fue efímero. Ante la posibilidad, por remota que fuera, de que la respuesta ciudadana abrumara a ETA, la gente se echó a la calle. Y las televisiones, cuya influencia hoy en día es absurdo negar, convirtieron cuatro días en un maratón solidario.

Atribuir al ‘espíritu de Ermua’ el desmoronamiento de ETA tiene tanto fundamento como achacar la ausencia de atentados yihadistas en territorio español a las movilizaciones posteriores al 11-M. No estamos en la postverdad, sino en una postproducción que nada tiene que envidiar a la de ‘Juego de Tronos’, en donde se consigue que el espectador vea un castillo donde en realidad había una urbanización.

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Contra los boicots culturales
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Alberto Moyano | 09-05-2017 | 6:48| 0

Asistimos tal cantidad en bucle de campañas de boicot a todo tipo de creaciones culturales que urge poner orden en el panorama. Esta misma semana se desataba el correspondiente llamamiento a no ver una serie de televisión porque figura en su reparto una actriz vasca que en su día participó en una campaña en contra de la dispersión de los presos. Dejando a un lado la sospechosa, recuperación de viejos vídeos en coincidencia con las fechas de determinados estrenos –y el hecho de que todo esto se desate al amparo del confortable anonimato admitiría las teorías más conspiranoicas–, hay que recordar una vez más el carácter inquistorial de estas prácticas y a la vez, por supuesto, el derecho de cada cual a adherirse a cuanta «caza de brujas» considere oportuna.

Lo inconsistente es que el boicot cultural se considere inadmisible y una prueba de ceporrismo en unas ocasiones y puro activismo en otras, siendo idénticas las circunstancias en los dos casos. Así, quien hoy manifiesta su solidaridad inquebrantable con la intérprete vasca mañana puede manifestar perfectamente para exigir el veto a una cantante israelí. A riesgo de que si legitimas esta práctica contra la proyección de una determinada película en el Zinemaldia por su producción o nacionalidad, mañana le puede tocar a un filme vasco y tendrás que asumirlo.

De esta forma, no hay quien se aclare. O el boicot cultural es un instrumento legítimo en todo los casos –y luego cada uno decide cuándo lo apoya y cuándo lo rechaza–, o es una práctica deleznable siempre y en todos los casos. O una cosa o la otra. No es posible aplaudir y poner el grito en el cielo ante fenómenos similares, si no idénticos. Dicho lo cual, todo esto tiene un componente mucho menos ideológico que moral, en concreto, de doble moral, la cual por otra parte no deja de ser también una ideología. Jamás hemos visto un boicot a producos culturales de China por la represión en el Tíbet, de Rusia por el aplastamiento de Chechenia o de Marruecos por el caso saharaui.

Por cierto, la serie en cuestión fue líder de audiencia en su franja horaria, con más de cuatro millones de espectadores y un 25,1% de share. Que algunos sigan en su burbuja, como el hámster en la rueda.

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Apátrida
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Alberto Moyano | 12-02-2017 | 8:04| 0

En lo que constituye un fenómeno paraliterario singular como no recuerdo que sucediera ni en los casos de la ‘Gomorra’ de Roberto Saviano, ni incluso en el de ‘Los versos satánicos’ de Salman Rushdie, comienzan a proliferar aquí y allá comentarios críticos que cuestionan la calidad literaria del ‘Patria’ de Fernando Aramburu. La singularidad radica en que estas críticas, que rompen el aparente consenso en torno a que estamos ante una obra maestra digna de Tolstoi, se formulan desde el anonimato. Así constan en varios blogs literarios cuyos comentarios suelen ir habitualmente firmados -no así en el caso de ‘Patria’- y hoy mismo en las páginas de El País, en donde un político que vivió amenazado por ETA señala la “poca complejidad” de la novela, apunta a que es un libro “muy agradecido para gente no especialmente interesada en la literatura” y se mofa de las comparaciones que algunos críticos han establecido con la obra del citado escritor ruso.Dicho todo lo cual, este “viejo zorro de la política vasca y lector voraz” prefiere no figurar con nombres y apellidos en el reportaje. Cabe preguntarse cuál es el motivo de tanta precaución y de tanta prudencia, y responderse si no será el pavor a verse señalado ideológicamente, dado que ideológica -y no literaria- es la lectura que se está haciendo de la novela.

En mi opinión, ‘Patria’ está maravillosamente estructurada en sus pequeños capítulos que saltan adelante y atrás en el tiempo, incluye en su relato certeros detalles y dibuja unos personajes que hubieran resultado creíbles si no abrieran la boca. Y es que los diálogos conspiran sin tregua en contra de la propia trama. Habrá quien diga: “Son reales, pura transcripción de lo que sucedió”. Da lo mismo: resultan inverosímiles, en algunos casos caricaturescos, y la ficción, a diferencia de la realidad, por obligación ha de resultar creíble. Por ejemplo: es imposible que un hombre despierte un buen día convertido en insecto, pero nadie abandona la lectura de la historia de Gregorio Samsa que Kafka nos regaló. En este punto, no voy a insistir en aspectos ya comentados en otros lugares sobre lo rocambolesco que resulta el personaje del cura -por muy basado en hechos reales que esté consigue parecer impostado-; ni en lo extraño que resulta leer el término ‘maketo’ en boca de una jarraitxu -cuando la expresión y el concepto son ajenos al imaginario de la izquierda abertzale-; ni en lo hilarante que por fuerza ha de ser que justo los únicos dos personajes aficionados a la lectura y sensibles a cualquier manifestación cultural sean homosexuales.

En cualquier caso, las opiniones que, a favor o en contra, suscite la novela me interesan muchísimo menos que la conversión de la obra en ejemplo paradigmático de ese fenómeno conocido como el del ‘elefante en la habitación’. En su afán totalizador, la novela incluye un episodio de torturas y hasta una mención al caso de Mikel Zabalza, muerto en circunstancias clarísimas que permanecen aún por esclarecer. Pero lo hace de tal manera que parece que las torturas son un mero y engorroso trámite administrativo que todo etarra o sospechoso de serlo ha de sufrir en régimen de incomunicación, antes de ser puesto en manos del juez. En España, las torturas son una práctica delictiva, pero se da por hecho que funcionarios públicos encargados de vigilar el cumplimiento de la ley las practican desde hace décadas de forma rutinaria -y así consta en la novela-. No obstante, a nadie parece llamarle la atención este hecho. Por el mentado reportaje de El País, de casi tres páginas de extensión, desfilan escritores, editores, filósofos, realizadores de cine, libreros, periodistas y representantes políticos de todo el arco parlamentario vasco: desde el PP hasta EH Bildu, pasando por PNV, PSE y Podemos. Ni una sola vez afloran las palabras ‘tortura’, ‘malos tratos’ o cualquier otro sinónimo. Ni la más mínima referencia, ni el más leve desmentido, ni la más ligera denuncia. Quizás, porque en el conjunto de la novela, las torturas se narran y se leen como un episodio inevitable que todos sabíamos que habría de llegar y en la que tampoco vale la pena detenerse excesivamente.

Escribe Martín Caparrós en su novela ‘A quien corresponda’: “Digamos que no pudo soportar lo que llamamos latortura. Latortura es una forma barata de llamarlo: gentileza hacia el lector o el interlocutor, una manera de la deferencia o de la cobardía -una agachada. Llamarlo latortura no supone ninguna descripción: no muestra un cuerpo vivo atado de las muñecas a una soga que cuelga del techo y el cuerpo a su vez que cuelga de la soga mientras los brazos se van estirando, descoyuntando, deshaciendo en el esfuerzo de sostener el cuerpo que ya nada sostiene, que sólo sus enemigos necesitan; no muestra un cuerpo vivo atado al que una mano agarra por la nuca para hundirle la cabeza en el agua o en un agua repleta de basura mierda bichos para que vea cómo le pueden convertir en agua el aire, el aliento en ahogo, la vida en un momento…”

Es evidente que, por su fuerza, el párrafo anterior hubiera sido para los lectores mucho más difícil de soslayar que lo ha sido para los de Aramburu. Lo hubiera sido incluso para un Rajoy que el pasado mes de enero aseguraba en El Faro de Vigo: “Acabo de leer ‘Patria’ de Aramburu, es buenísima; refleja muy bien el conflicto vasco”. Dejando a un lado la normalización del término ‘conflicto’ en boca de Mariano -lo cual liquida de un plumazo las habituales e interminables disquisiciones semánticas en las que nos ahogamos-, causa verdadero estupor que quien ha sido ministro del Interior y es presidente del Gobierno no sólo no corra al Juzgado a interponer la correspondiente querella contra Aramburu en defensa del honor de sus agentes, sino que considere que la novela -torturas incluidas- “refleja muy bien el conflicto vasco”. He aquí el ‘elefante en la habitación’ que nadie menciona. Y, parafraseando al propio Rajoy, “dicho de otro modo: me llama la atención que a nadie le llame la atención”. Si esto es la ‘normalidad’, tan sólo puede ser considerada como tal en este país que aún no se ha puesto de acuerdo consigo mismo sobre cuándo y quién inició la Guerra Civil.

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Un fascista, por supuesto… aunque depende y tampoco tanto
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Alberto Moyano | 31-01-2017 | 3:41| 0

Dijo alguien que si denuncias públicamente que vives bajo el fascismo y no te pasa nada significa que no vives bajo el fascismo. Esta obviedad no impide que a diario buena parte de los autoproclamados «sectores más concienciados de nuestra sociedad» evidencien su profunda incapacidad a la hora de diferenciar a Hitler de Obama. De hecho, su profunda incapacidad de distinguir a Adolf de cualquiera de los mandatarios que conviven en esa simplona pero comodísima bolsa de «fascistas genocidas» que engloba lo mismo a Rajoy que a Blair que a Merkel que a todos los presidentes de EE UU que en la Historia han sido. Porque el mundo se divide en «fascistas» y «los míos», los cuatro ungidos de referencia.

En el caso de Obama, circulan ya recuentos exactos del número de bombas que su administración ha arrojado durante su mandato, así como la cifra de víctimas causadas, ordenadas por nacionalidades, franjas de edad y género. Todo esto para demostrar que si bien Trump es malo, no lo es más que sus predecesores. En cuanto a Clinton –a la que se suelen referir extrañamente como ‘Hillary’–, tampoco se libra de todas las imputaciones anteriores, con una adicional: la de psicópata, la forma fina con la que los ‘supernumerarios’ designan -evitándolo- el término ‘histérica’, tan ligado a lo heteropatriarcal. En realidad, vienen a decir los ungidos, Trump tampoco está tan mal. Es más: es mucho mejor que los mencionados porque, frente a los taimados, siempre es preferible a quien viene de frente, un dogma de inequívoca raigambre ‘Gran Hermano’.

Bien. Para que no se acuse a los ungidos de dogmáticos, todo lo dicho hasta aquí es perfectamente revisable y, de proceder, revocable. Basta que Jimmy Carter apoye la Declaración de Aiete para que el expresidente estadounidense pase del emblema imperialista a referente de los Derechos Humanos. Lo mismo pasaría con Hillary Clinton, de quien se recordaría su pertenencia a una estirpe firmamente comprometida con la paz, como ya demostró su marido Bill cuando recibió a Gerry Adams en la mismísima Casa Blanca y cuando jugó un decisivo papel en el proceso norirlandés, a donde envió al senador Mitchell, hasta ese momento, otro fascista. Ítem en el caso de Obama, una vez recabado su apoyo para cualquier noble causa: mutaría de exterminador del pueblo sirio a indiscutible autoridad moral cuyo merecidísimo Nobel de la Paz le colocaría al frente de la lista de los abajofirmantes.

Y todo esto se ejecutará, como siempre, sin margen para la duda. Hoy Obama es un fascista, mañana puede ser «una personalidad comprometida con el proceso de paz» y quienes proclaman ora lo uno, ora lo otro, lamerían cada pata de la mesa del Despacho Oval por conseguir su más leve respaldo. Si alguien osara recordarles viejas acusaciones, como la de haber creado el Estado Islámico, sería tildado de «enemigo de la paz» y, en definitiva, de «fascista». Y se cerraría el círculo.

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