Diario Vasco
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Autor: ociocultura@diariovasco.com
Fotomatón
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Alberto Moyano | 24-05-2012 | 8:05| 0

No es cuestión de alarmar a la población sobre los peligros de la transversalidad llevada hasta sus últimas consecuencias, pero las fronteras ideológicas han tenido que difuminarse mucho para que un concejal del Partido Popular se sienta en la obligación de aclarar que no comparte la ideología de la izquierda abertzale.

Lo ha tenido que hacer el pelotari y el edil del PP en el Ayuntamiento de Logroño Agustín Ibáñéz Sacristán ‘Titin III’, saliendo al paso del revuelo que se ha organizado a raíz de la difusión de una foto en la que aparece en prisión junto a un Arnaldo Otegi sospechosamente circunspecto en alguien que no cesa de conminarnos a sonreír en cuantos tuits, entrevistas y cartas logra evacuar de la cárcel.

De natural despistado, sólo la política de dispersión ha protegido a’Titin III’ de un posado junto a algún comando Madrid al completo, pero la cárcel es lo que tiene: se empieza yendo de visita y se termina ingresando en régimen de preventivo. De hecho, si el pelotari no se encontró en el patio con varios compañeros de partido sorprendidos en el ejercicio de su vocación de concejales de Urbanismo debe ser tan sólo porque La Rioja carece de costa.

El caso es que el pelotari-concejal se inscribe en la arraigada tradición española de políticos conservadores que no se interesan lo más mínimo por la política, de ahí el desliz que supone inmortalizarse junto a Otegi, en un país cuyo álbum de fotos encaja sin parpadear fotografías conjuntas del rey con elefantes muertos, el rey con Ceaucescu, el rey con Sadam Hussein o el rey con algunos de los mejores sátrapas saudíes, por no hablar de las de Aznar recibiendo un caballo de manos de Gadafi, todos sonrientes, a excepción del equino y el paquidermo.

Pero dejando a un lado a su ya no graciosa, sino incluso hilarante majestad, mi favorita es ésta que adjunto, datada en octubre de 1993 en La Habana, en la que, tal y como se puede apreciar en la foto, una Rosa Díez instalada en la firmeza democrática exige enérgicamente a Fidel Castro la inmediata convocatoria de elecciones libres en la isla. Rose tuvo recientemente el rapto de humor de recurrir al momento histórico para situar la imagen en su debido contexto: “En aquel entonces, parecía que el régimen cubano iba a inicar un proceso de apertura”, lo que actualmente se conoce como “dar pasos en la dirección adecuada”.

Cabe recordar que por aquellas fechas, el comandante llevaba ya 33 años en el poder, acababa de fusilar recientemente al general Ochoa y el llamado Período Especial que siguió al derrumbe del comunismo europeo arreciaba con fuerza. No obstante, quienes presenciaron el encuentro hablan de una Rosa Díez em compota. Dado que la fotografía también habla por sí sola hay que reconocer que, curiosamente, los testimonios coinciden.

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Las personas del verbo Eguiguren
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Alberto Moyano | 25-11-2011 | 8:59| 0

El diagnóstico es unánime: por un lado, los partidos deberían abrirse a los ciudadanos; por otro, Jesús Eguiguren debería haber formulado sus observaciones en el seno de los órganos de dirección del Partido Socialista de Euskadi.


Se sabe que al igual que las cucarachas serían los únicos seres que quedarían sobre la tierra tras una hecatombe nuclear, la dirección de un partido es lo único que sobrevive a una debable electoral. Cuando a una formación política ya no le quedan ni programa, ni candidato, ni ideología, ni votos y ni electores, ahí emergen los órganos de dirección.


Por eso, a punto de cumplirse una semana del hundimiento socialista, lo único que hemos podido contemplar hasta ahora es el enorme vacío que deja la ausencia de Rubalcaba -sólo comparable a la de Rajoy- y la promesa de PatxiLo de reflexionar de cara al futuro, de forma que los socialistas vascos encuentren la mejor manera de seguir haciendo lo mismo para perfeccionar sus derrotas. Y es que el lehendakari está persuadido de que no necesita ayuda a la hora de perder unas elecciones. Obra en favor de sus tesis el hecho incontestable de que así llegó al cargo.


En un partido cuya voladura ha sido antes interna que externa y a manos de las termitas más obedientes y devotas, tipo Leire Pajín por ponerle cara a la plaga, las irrupciones del presidente del PSE son consideradas siempre extemporáneas. Para colmo, sus palabras resultan doblemente sospechosas al proceder de alguien sin aspiraciones en el escalafón. “Entonces, ¿qué quiere éste?”, se preguntan sus correligionarios, irritados por su reiterada incapacidad de formular sus críticas en un respetuoso silencio.


Se ha reprochado al vapuleado dirigente socialista su afición a “pensar en voz alta”, haciéndole ver el peligro que para el partido supone que la clientela escuche a alguien con algo que decir. Sin embargo, si hay algo que reprochar a Eguiguren es su empecinamiento en doblegar la naturaleza de las cosas, intentando convertir a López en un líder, algo que no sólo va contra la esencia de éste, sino que también sería enormemente contraproducente, en opinión de quienes mejor le conocen. Si le enviaron a otro continente en vísperas de que saltara la noticia más esperada de las últimas décadas fue tan sólo por el placer de hacerle regresar de urgencia.


Por fortuna, todos saben que las palabras de Eguiguren causarán un impacto limitado. Hoy en día, los incendios dialécticos siempre se apagan haciendo que las mangueras bombeen incensantemente litros de “más allá de sus palabras, le han fallado las formas”. Y en efecto, los partidos deben abrirse a la sociedad, siempre y cuando ésta no aproveche para colarse dentro.

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Escaleras de color fracaso
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Alberto Moyano | 24-11-2011 | 8:55| 0

Las ejecutivas federales creen que la culpa es de la ley D’Hondt, quien culpa a las distintas circunscripciones, las cuales responsabilizan a los abstencionistas, que a su vez culpan al buen tiempo que anunciaron los meteorólogos, quienes recuerdan que ya dijeron que iba a hacer malo.


Eguiguren cree que la culpa es del PSE; el PSE, que del PSOE; el PSOE, que de Rubalcaba y éste, que de ZP, quien no comparte la estrategia de Elena Valencia, que culpa a la crisis que, a su vez y en opinión del PP, es toda obra del PSOE.


El PNV cree que la culpa del PSOE por hacerle la campaña a Amaiur, quien culpa al PSOE de obedecer al PP, que a su vez, acusa al PNV de poner palos en las ruedas, por no mencionar a los de la tele, todo el día dando bola a ETA.


Obama cree que la culpa es de la UE, quien culpa a Alemania, que apunta a Italia, que acusa de contagio a España, quien recuerda que todo empezó en Grecia, quien matiza: “Y también en Irlanda”. 


La sociedad cree que la culpa es de los políticos, quienes responsabilizan a los funcionarios, quienes señalan a los absentistas, quienes, a su vez, opinan que hay mucho fraude y todos coinciden en que son los maestros, que ganan más y trabajan menos que si fuesen controladores aéreos.


El tendero cree que la culpa es del barrio, que se ha vuelto muy inseguro, aunque los vecinos culpan a los que han venido de fuera, quienes denuncian que se les trata como a marginados, cuya sección autóctona culpa a SOS Racismo por dar pisos con garaje a los inmigrantes.


El contribuyente cree que la culpa es del parado, que no quiere trabajar y el parado, del empresario, que no quiere emprender y el emprendedor, del Gobierno, que no le subvenciona, aunque todos coinciden en que ¡vaya sindicatos!


El español cree que la culpa es de los alemanes y los alemanes, que de los españoles, pero… “¡alto ahí!”, exclama un catalán, que culpa a los andaluces, que ya no cogen aceitunas porque se pasan todo el día en el bar, cuyo dueño defiende el papel de la hostelería como motor económico y pide más flexibilidad de horarios.


La afición cree que la culpa es de Aperribay que dejó a Loren, quién trajo a Montanier, que no consigue que juegue bien el equipo, quien lamenta que no anime la afición, que recuerda que aún no han quitado las pistas de atletismo, pero todos coinciden en que mejor no hablar de los errores arbitrales y del comportamiento antideportivo de los postes.


 

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Tenemos la vejez mejor preparada de nuestra historia
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Alberto Moyano | 23-11-2011 | 8:14| 0

La frivolidad con la que la clase política dirigente encara los rigores de la crisis se evidencia en su acendrada costumbre de amedrentar a la tercera edad a base de inquietantes insinuaciones sobre la necesidad de recortar, si no sus enfermedades, al menos sí sus tratamientos, para añadir a continuación que ellos también ajustarán al máximo las dietas, reduciendo las comidas de trabajo al mínimo imprescindible para salvar el país. “Habrá que cerrar el ambulatorio, pero no se alarmen que peor es lo mío: sueldazo congelado y sin paga de Navidad”.


Cabe recordar que sobre los hombros de los que ahora llamamos viejos recayó el esfuerzo fiscal que permitió a los nuevos españoles crecer en talla y porte, a la vez que aumentar su esperanza de vida en tres lustros en los últimos treinta años. Ser un anciano hoy en día significa haber conocido a este país en estado de guerra -ese eufemismo que se utiliza para referirse al bombardeo de civiles- y en postguerra, en donde el hambre no era sinónimo de apetito gastronómico, sino de desnutrición permanente. A la cartilla de racionamiento había que sumarle la hoja parroquial católico-integrista que se colaba hasta en el dormitorio. Desde entonces, se ha mejorado mucho mediante un sistema económico que ahora, en el momento de venirse abajo, se revela idéntico a la pirámide de Madoff.


La gente a la que se privó del derecho a votar hasta casi cumplidos los cincuenta años se ha puesto mayor de repente y España, esa patrona despiadada a la que los poetas líricos del régimen de turno disfrazan “a veces de madre, a veces de madrastra”, vuelve a mostrar su boca desdentada y sus manos armadas de batidoras.


Este mismo lunes un dirigente vasco celebraba la victoria electoral de su partido confesando que hasta ahora los políticos habían actuado como si el dinero público no fuera de nadie. Se agradece el rapto de sinceridad pero, por poner las cosas en su sitio, lo cierto es que han actuado como si fuera de los demás, es decir, los otros, es decir, nosotros. Y lo que es peor: los que nos hemos comportado como si ese dinero nuestro no tuviera propietario hemos sido el resto.

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Todo muy rico, pero me quedo con el spagat
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Alberto Moyano | 22-11-2011 | 9:59| 0

Supe que el hundimiento de Occiente sería un espectáculo al que merecería la pena asistir ese día de la semana pasada en la que la noticia de que el diferencial de deuda español rondaba los 500 puntos coincidió en un mismo periódico con un reportaje sobre la contratación por parte de varios restaurantes vascos de unos bailarines para que les coreografiaran la sala a los camareros. Sabemos desde James Cameron por lo menos que el ‘Titanic’ se hundió a los sones de su orquesta. En nuestra nueva versión del clásico, hemos conseguido que la crítica de aquel concierto se publique antes que la propia noticia del naufragio. 


A medida que los cocineros dimiten de su puesto en la cocina para irse a presentar libros, grabar programas de televisión, e impartir clases de liderazgo y gestión de recursos, los restaurantes se están llenando paulatinamente de artistas y electrónicos. El resultado es que acabas comiendo con los auriculares puestos y si pides carne te ponen grabaciones con el tolón-tolón del vacuno y si pides pescado escuchas el rumor del oleaje que viene y va. Hace tiempo que es escalofriante.


Resulta complicado explicar al chef la ausencia de deseos vagamente encaminados a que el camarero baile, si quiera levemente, sin resultar impertinente o evidenciar un espíritu tosco, así habrá que soltar el cubierto cada tanto para ovacionar la sincronización de movimientos en perfecta armonía con el entorno. Hablamos de alta cocina, pero no te sorprendas si en el fast-food te acaba atendiendo un adolescente disfrazado de negro de Boney M o -peor aún- de indio de los Village People.


Los expertos sostienen que ya no se trata tanto de comer como de vivir una experiencia estética y el hecho incontestable de que en ese caso es la única que termina con el vaciado de la cisterna no logra menoscabar en absoluto sus convicciones: por el contrario, al menor atisbo de disiencia desenfundan algún temible power-point. Así las cosas, mejor no hablar aprovechando que estamos siempre con la boca llena.

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