Diario Vasco
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El abrazo revolucionario como camisa de fuerza
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Alberto Moyano | 29-04-2014 | 07:56| 16

En efecto: hubo que esperar a que el juez Eloy Velasco estuviera de guardia para proceder a la detención de los 21 tuiteros. Por supuesto: resulta sangrante el agravio comparativo entre la pomposa ‘Operación Araña’ y la inopia con la que Justicia y policías españolas encajan las salvajadas machistas, antisemitas, vascófobas o en contra de los catalanes que a diario se vierten en las redes. Evidente: ante la detención de hogareños internautas cabe preguntarse qué papel juega exactamente en nuestro ordenamiento la citación judicial. Sin ningún género de duda: carece de sentido lanzarse al arresto de quienes, por la naturaleza de las penas que contemplan sus presuntos delitos, en ningún caso ingresarán en prisión preventiva. Y desde luego: todo esto atufa a espectáculo maniático-policial que tumba, qué pintará la Audiencia Nacional perdiendo su precioso tiempo en semejantes nimiedades. Dicho lo cual, de este Gobierno cabe esperarlo todo y esto, también.

Pero una vez aclarado lo sustantivo, urge ocuparse de lo baladí, que no es otra cosa que el pasmoso fenómeno consistente en que ver cómo personas más susceptibles de ser detenidas bajo la fórmula “…y si no dispone usted de psiquiatra, el Estado le proporcionará uno de oficio” que como represaliados políticos reciben el desenfadado amparo de algunos sectores de la izquierda, incluidas algunas de sus mentes más lúcidas, arrastradas por la inercia a la fosa séptica del pensamiento. En una operación policial que parece inspirada en la evacuación a través de Puerto Mariel de un revoltijo de disidentes, delicuentes comunes y enfermos mentales, sectores progresistas muerden el anzuelo y en lugar de huir como de la peste de alguien que escribe: “el próximo 13 de mayo sería el cumpleaños de Miguel Ángel Blanco, pero oooh ETA le metió dos tiros en la chola”, le envían ‘un abrazo revolucionario’ que por momentos se confunde con una camisa de fuerza. Y aún más: qué amparo se puede ofrecer desde “la izquierda transformadora” al autor del tuit “Gora ETA, muerte el Partido Popular y larga vida al terrorismo el asesinato y la extorsión de políticos, guardias civiles y policías”, que incluso en su terminología parece directamente salido del teclado de un agente ‘infiltrado’. Y concluyo: ¿quiénes, de cuantos denuncian la supuesta nostalgia gubernamental hacia la época de la violencia, pueden llamar ‘compañero’ a quien evacúa en formato digital que “lo mejor que nos podría ocurrir es la vuelta de ETA a las armas y posterior eliminación del Partido Popular a base de bombas y tiros en la nuca?”

Desde la certeza de que todo esto resulta estéril por cuanto la operación contaría con la comprensión de quienes la critican de haberse desarrollado en según qué otro país -y viceversa, por supuesto-, cabe recordar que: 1) que la burla de muertos y heridos entraña un concepto profundamente reaccionario de la vida; 2) que Irene Villa no es Carrero Blanco; 3) que bromear por Twitter sobre Carrero Blanco ni por el forro te convierte en ‘Argala’; y 4) que al respecto, ahí quedan en cualquier caso la reflexiones de la madre del preso Asier Aranguren recogidas en ‘Asier ETA biok’. Para quien quiera y sepa extraer provecho de ellas.

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La patria de los que desean hacer el indio
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Alberto Moyano | 28-04-2014 | 08:01| 56

La detención de un muñeco del Olentzero en Navarra a cargo de una dotación de la Guardia Civil; los tanques de la OTAN que iban a circular por la autovía a Pamplona y quienes se lo creyeron; la pelea, con intervención de la Ertzaintza incluida, en una boda donostiarra entre la familia autóctona partidaria de que se interpretara una canción de Benito Lertxundi y la foránea, que se oponía; la colocación de una ikurriña gigante en la plaza de Gipuzkoa considerada como la actuación más importante del gobierno foral en toda la legislatura; el “tendrán que legalizar la ikurriña por encima de mi cadáver” de Fraga Iribarne y quienes se lo creyeron; el bizarro vídeo de los tres encapuchados haciendo como que entregan unas cuantas armas -que luego se quedaron- a los verificadores, con albarán y todo; la obsesión de Urquijo con la txupinera de Bilbao; aquella antigua exigencia de negociar con “los poderes fácticos del Estado”; la exigencia de que no se proyectara ‘La pelota vasca’ en el Zinemaldia bajo el argumento de que a los espectadores no les convenía; el robo a punta de pistola por parte de un comando de ETA de una película francesa antes de su proyección en el Zinemaldia como una ‘ekintza’ enmarcada en la campaña de boicot a los productos galos; el “apoyaremos el Jazzaldia en la medida en la que incluya actuaciones en euskera”; la incautación de ocho armas -entre fusiles y metralletas- en la exposición sobre ETA en el franquismo que Xabier Zumalde ‘El Cabra’ instaló en su caserío de Artea, precintada finalmente por la Ertzaintza; Amedo explicándose en ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’; la marca de cervezas que primero aceptó entusiasmada y luego rechazó amedrentada participar en el rodaje de ‘Lasa y Zabala’; y ‘Bartolo’, el concejal que se secuestró solo.  Ya.

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Cambio bandera de primera por billete de tren en segunda
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Alberto Moyano | 26-04-2014 | 16:32| 34

Aún a riesgo de pasar por españolazo o abertzale, debo decir que quienes afirman que las banderas son trapos se aplican con esmero en la técnica reduccionista que desemboca en el simplismo. Tampoco las fotografías son simplemente un papel y esto se demuestra mediante un simple ejercicio: a nadie le gustaría que le quemaran delante de sus narices una instánea de sus padres.  Hay quien acostumbra a poner una bandera en su lugar de trabajo con la misma naturalidad con la que otros colocan fotos de sus hijos en el hogar, y viceversa, prueba quizás de nuestra identidad, más fragmentaria que monolítica. Dicho lo cual, otra cosa es qué importancia le da cada cual al álbum familiar. Como Orson Welles en lo alto de la noria del Prater, me pregunto cuántas fotografías familiares conservaríamos si nos ofrecieran un billete de cincuenta euros por cada una que estuviéramos dispuestos a vender. Y hasta aquí, porque el símil no se sostiene si sustituimos las fotos por banderas.

Aún a riesgo de pasar por ciudadano del mundo o cosmopolita, debo decir que no hay ikurriña o rojigualda que me causen unos sentimientos tan intensos, conmovedores y de una entrega incondicional comparable a los que despierta en lo más hondo de mí una mera tarjeta de embarque. No hay 12 de octubre, ni domingo de resurrección que me exciten la mitad que el día de la partida, incluso me atrevería a decir que el de la víspera. Lo que siento ante una simple estación de tren es algo que ni por asomo me despierta monumento nacional alguno, ni tumba del soldado desconocido o por conocer, y no hay himno que suene mejor a mis oídos que la letra del prosaico “por favor, procedan a embarcar por la puerta 7″.  En cuanto a los poemas de exaltación nacional, me quedo con “fasten your belt”, lástima que lo acompañe el omnipresente “no smoking”.

Y para que no me acusen de equidistante, también debo decir finalmente que por muy grande que sea la bandera española que ondee en lo alto del mástil, su contemplación apenas me infunde ánimos como para invadir Perejil, mientras que apenas veo una ikurriña de tamaño corriente ya me entran ganas de coger a Pasang Temba y subirme al Everest.

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Los mejores porrazos de nuestra vida
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Alberto Moyano | 24-04-2014 | 13:04| 0

Con esa bisoñez tan propia de los países jóvenes -y al igual que los miembros de Nuevas Generaciones, EE UU sólo tiene doscientos años-, la Policía neoyorquina invitó a los ciudadanos a colgar en Twitter sus idílicas imágenes en compañía de agentes en las más variopintas situaciones. Como hubiera sido de prever por cualquier cabeza que no porte un casco, la gente ha atiborrado la red social de fotografías que, a todas luces, muestran abusos policiales, en algunos casos, de inusitada violencia. Siguiendo la máxima de Tolstoi “si quieres ser universal, céntrate en lo local”, estamos ante un happening de dimensiones planetarias dado que nada se parece tanto a una carga policial en la ‘Gran Manzana’ como una carga policial en cualquier otro lugar. Más allá del reduccionismo que supone incurrir en localizaciones geográficas, los que dan y los que reciben siempre parecen ser los mismos e idénticos entre sí. En cuanto a la coartada, en Nueva York, en Kiev o en Teherán siempre consiste en el mantenimiento del orden, por más que esta palabra signifique cosas antagónicas en un lugar o en otro. En este punto, reseñar que con una bota de reglamento en el cuello todo el mundo parece inocente, de igual forma que resulta imposible atravesar un control policial sin sentirse profundamente culpable de algo inconcreto.

Lo que más desconcierta de la violencia uniformada es la profunda carga personal que encierra cada porrazo, cuando en realidad todo se reduce a un mero reparto de papeles guiado por el ciego azar. Ningún antidisturbios se molestaría siquiera en parpadear si tuviera que cargar contra otro antidisturbios, ni ningún manifestante violento se cortaría un pelo en reprimir por todos los medios a su alcance a los disidentes de su propio bando. Aquí la asimetría estriba en que mientras que unos dedican lo mejor de sí mismos a prepararse física y mentalmente a diario para el encontronazo violento, los otros invierten buena parte de su tiempo en asambleas de las de votar moviendo las manitas. Frente al reduccionismo cromático de quienes aseguran haber corrido delante de los ‘grises’, el álbum de fotos vasco ofrecería el reflejo de una sociedad plural que por los más diversos motivos se las ha visto con la más amplia policromía imaginable en materia de uniformes, dada la inigualable oferta disponible en materia de cuerpos policiales desplegados en el territorio. Dicho de otra forma: no eres vasco hasta que dudas de la autoría de aquel pelotazo de goma, un detalle, por otra parte, baladí mientras recuerdes el motivo, si es que realmente lo hubo.

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Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento
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Alberto Moyano | 23-04-2014 | 07:24| 8

El encendido debate entre dos facciones radicalmente divididas en torno a Scarlett Johansson demuestra la inutilidad de cualquier campaña de fomento de la lectura, por cuanto siempre habrá gente impermeable a la evidencia. Eso sí: un tajo insalvable me separa de cualquier persona que sienta reparos ante la posibilidad de entrar en una librería y requiera de la coartada de un Día del Libro para acercarse a los volúmenes sacados a la calle. Hay que tener en cuenta que esta ciudad, Capital Cultural Europea 2016, acoge la franquicia de Zara que registra las mayores ventas de España, mientras las tiendas de telefonía móvil sustituyen paulatinamente a las librerías, igual que los bares de pintxos han ido reemplazando, hasta su práctica extinción, a las cafeterías y tascas en las que aún se podía leer sentado. Todo esto por no hablar de las entidades bancarias, el auténtico ‘mejillón cebra” de los ecosistemas urbanos. El hecho de que la tendencia ahora sea la de incluir libros en los bares y bares en las librerías no compensa en absoluto. Una de las diferencias entre la literatura y la vida es que en la primera rara vez aparecen mentecatos en estado químicamente puro, mientras que en la segunda proliferan sin límite. En el mundo de la cultura, no hay acontecimiento comparable a la persecución y condena de un autor por el único motivo de haber escrito algo. Sospecho que a comienzos del siglo XXI estamos ante un fenómeno agonizante, pero resulta conmovedor hasta la lágrima que aún haya gente investida de autoridad que se tome la palabra escrita como una amenaza. En cualquier caso, se trata del mayor homenaje que se puede rendir a una obra. Toda campaña en pro del libro, cuales quiera que sean sus argumentos, está destinada al fracaso. Se dirá que las lecturas nos hacen mejores personas, más cultivadas y sensibles, mejor armadas contra las manipulaciones e incluso dotadas de un vocabulario más amplio -una ventaja, sin duda, dado que lo que no se nombra no existe-, pero en realidad todo se reduce a “un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” del que hablaba aquél, pues antes que nada y por encima de todo, leer es otra divertidísima forma de perder el tiempo. Y no hay mucho más que entender, ni que explicar. Ir más allá sería como entrar en el pantanoso territorio de quienes se afanan en descifrar el cuerpo de Scarlett Johansson.

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