Diario Vasco
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La prohibición electrónica
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Alberto Moyano | 08-04-2016 | 12:54| 0

Aquí confluyen dos vicios incurables: la de prohibir a todos lo que a uno no le gusta y la de promulgar el veto en el nombre de los derechos de terceros. Me refiero a la nueva Ley de Antención Integral de Adicciones y Drogodependencias, que restringirá la venta de alcohol por la noche a los negocios hosteleros. La prohibición resuelve de un plumazo la conflictiva relación que mantenemos con nuestra propia libertad, por cuanto quienes se quejan de los precios en los conciertos de una caña –de consumo voluntario, cabe recordar– verán resueltos sus dilemas al encontrarse con la implantación universal del modelo Kursaal: no hay bar, se acabó la tentación, fin del problema.

Por decirlo todo, en vísperas del concierto que Bruce Springsteen ofrecerá en el estadio de Anoeta el próximo 17 de mayo, se supone que en esta tercera visita del ‘Boss’ a Donostia desaparecerán las barras instaladas en el campo –a las que el propio Springsteen recurrió antes de su actuación en el concierto de hace unos años en San Mamés, para estupor de los presentes–, amén de los vendedores ambulantes que cargados con un grifo, sirven a diestro y siniestro. No hay adicción que genere una dependencia más rápida y fuerte que la que concede el poder de extender las prohibiciones.

Y qué decir de la venta de cervezas de la marca patrocinadora del Jazzaldia en la plaza de la Trinidad –escenario de pruebas de herri kirolak, adyacente a un frontón–durante los conciertos del Festival. Se nos dirá que la ley es prolija y está trufada de excepciones, pero ninguna de ellas responderá a cuestiones relacionadas con la salud, sino a las económicas. Que es de lo que se está hablando aquí desde el principio. Otro día hablaremos de la prohibición de vapear, tras décadas sermoneando el argumento de que lo peor del cigarrillo era el papel.

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Se veía venir: tampoco Hitler fue un antisemita
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Alberto Moyano | 30-03-2016 | 13:12| 4

Pasó lo que tarde o temprano tenía que pasar: que un líder de izquierdas con cierto predicamento alertara sobre el antisemitismo rampante en amplios sectores del espectro ideológico progresista para que se armara la trifulca que, paradójicamente, clarifica notablemente el confuso panorama. Fue Owen Jones, autor, entre otros títulos, de ‘Chavs-La demonización de la clase obrera’ (Ed. Capitán Swing), quien en un reciente artículo publicado por The Guardian advertía: «El antisemitismo es un veneno contra el que la izquierda debe luchar». Jones citaba algunos brotes que había detectado en sectores progresistas y concluía: «Es inaceptable que los judíos se sientan incómodos en el Partido Laborista».

Las réplicas no se hicieron esperar, precipitación que quizás explique tanto su escaso ingenio como su nula originalidad: no se puede hablar de antisemitismo para referirse al odio contra los judíos –venían a decir– por cuanto los árabes también son semitas. El argumento, traído por los pelos y contrario tanto a la definición de la RAE como a las de la European Union Agency for Fundamental Rights (FRA) y la Organization for Security and Co-operation in Europe (OSCE), se desvanecía en el aire, en el momento en el que los ‘replicantes’ acusaban precisamente a Israel de ser el auténtico gran antisemita. Absurdo, por cuanto si los árabes son hijos de Sem, los judíos también.

Todo esto trae del brazo una revelación: no hay nadie antisemita, igual que no hay nadie racista, ni machista. Todo ha sido un mal sueño. El propio Adolf jamás fue antisemita. ¿Cómo acusarle de serlo cuando estableció estrecha amistad con el gran muftí de Jerusalén o incluso formó una división entera de las SS –máximo exponente de la pureza racial– a base únicamente de musulmanes? Digámoslo ya: en neolengua, Hitler no sólo no era antisemita, ni siquiera fue islamófobo.

Esta desoladora conclusión, irrefutable para los nuevos judeófobos y que viene a negar el carácter esencialmente antisemita incluso del régimen nazi, se inscribe en el dramático absurdo en el que acostumbran a moverse en círculos los que profesan el odio a los hebreos. Por un lado, la ultraderecha, atrapada entre el negacionismo de las cámaras de gas y el deseo irrefrenable de que hubieran existido. Nostalgia de lo que no fue, que se llama. Y que para colmo, sí fue, como es obvio para cualquiera que no sea un perfecto ignorante. Por otro lado, la izquierda de piscifactoría, que al cacarear cual mantra que «Israel hace a los palestinos lo mismo que los nazis hicieron a los judíos» están diciendo que en Cisjordania funcionan cámaras de gas capaces de liquidar a 450.000 palestinos en 50 días o que éstas tampoco existieron en la Polonia ocupada. Por otra parte, éste es precisamente uno de los supuestos que la FRA y la OSCE recogen como ejemplos de antisemitismo: «Realizar comparaciones entre la política israelí actual y la de los nazis».

Conclusión: no existe el antisemitismo y, en consecuencia, tampoco los antisemitas. Al fin y al cabo, es un odio que se profesa pero no osa decir su nombre, disfrazándose de antisionismo o cualquier otro eufemismo. Víctima de esta corriente invisible puede caer tanto una película israelí propalestina como el rapero Matisyahu, de nacionalidad estadounidense, pero tremendamente sospechoso por su condición de judío y, por lo tanto, sionista de facto, por más que haya actuado en Israel junto a músicos palestinos. En cuanto al flanco árabe del antisemitismo, tampoco ha lugar. Al fin y al cabo, ¿quién odia a los árabes cristianos? Nadie. Bueno, excepto el Daesh y los Reyes Católicos que, éstos sí, como una buena madrastra, detestaron a árabes y a judíos por igual. Fueron, por así decirlo, los últimos antisemitas.

Y éste es, en esencia, el cuento que nos quieren contar los neoantisemitas: que no son un peligro porque en realidad el antisemitismo no existe. Al contrario: es un invento de los judíos.

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Desconfía de los adjetivos
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Alberto Moyano | 29-03-2016 | 08:33| 2

Periodismo humano, cultura contemporánea, medicina alternativa, banca ética, deporte profesional, nueva política, democracia asamblearia, guerra humanitaria, cocina de fusión, música ambiental, literatura de evasión, gimnasia pasiva, arte conceptual, ejercicio saludable, escritura automática, gestión de recursos, recursos humanos, creación original, fiscalía anticorrupción, hábitos normales, reinserción social, fe ciega, líder carismático, energías renovables, ecosistema sostenible, industrias culturales, refugiado político, izquierda transformadora, capitalismo compasivo, normalidad democrática, empoderamiento ciudadano, solidaridad internacionalista, lenguaje inclusivo, sociedad del conocimiento, rock sinfónico, artista comprometido, poema en prosa, prosa poética, turismo cultural, realidad virtual.

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Es la hora de jugar a las sillas con mayúsculas
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Alberto Moyano | 16-03-2016 | 16:13| 0

Medio PP apoyaría un gobierno con Ciudadanos, aunque comprende que quizás haya que sacrificar a Rajoy.

Ciudadanos apoyaría al PP pero no bajo el liderazgo de Rajoy porque no cree que sea la persona idónea para combatir la corrupción.

Medio comité federal del PSOE respaldaría un gobierno con el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PP, pero sin la presidencia de Pedro Sánchez, al que considera un pusilánime capaz de vender la unidad de España.

Podemos apoyaría a Pedro Sánchez si lograra deshacerse previamente de Ciudadanos y de medio comité federal del PSOE.

La otra mitad del comité federal del PSOE considera posible alcanzar un acuerdo con Podemos, siempre y cuando se impongan las tesis posibilistas de Errejón y las confluencias a las del inasequible Iglesias.

Iglesias hubiera recibido con los brazos abiertos a Alberto Garzón, a condición de que se hubiera despedido de IU.

IU apoyaría un gobierno de PSOE y Podemos, y si tiene alguna petición en concreto nadie la ha escuchado.

El PNV considera que EH Bildu está bien para pactos puntuales, siempre que se deshaga de Pernando Barrena.

EH Bildu ve posible alcanzar acuerdos con el PNV, pero considera imposible dar pasos en la misma dirección que Urkullu y Ortuzar.

La CUP se mostró dispuesta a investir a un presidente de Junts Pel Sí, siempre y cuando no fuera Artur Mas. Puigdemont sustituyó a Mas y ahora está por ver hasta qué punto está interesado en el apoyo de la CUP.

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Historia de dios en una esquina
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Alberto Moyano | 05-03-2016 | 08:27| 2

«Mientras me hacía viejo y acumulaba memorias, me empecé a sentir más triste por las desapariciones de personas y algunos lugares significativos. Especialmente problemática me resultó la callada remoción de edificios. Sentía que, de alguna manera, ellos tenían una especie de alma. Ahora sé que esas estructuras son mucho más que edificios sin vida. Es imposible que, habiendo sido parte de la vida cotidiana, no absorbieran de alguna manera la radiación de la interacción humana. Y me pregunto qué queda cuando se tira abajo un edificio». Son palabras del maestro de cómic Will Eisner en el prólogo de su álbum ‘El edificio’.

Ahora que parece inminente el derribo del número 19 de la calle Miracruz de Donostia, esquina con la calle Gloria, uno puede jugar con la hipótesis de Eisner y suscribir que si aceptamos que las personas tienen alma, quizáslos edificios también la tengan. Y llevando el argumento un poco más allá, se dará de bruces con una evidencia: si la de las personas es susceptible de compra-venta, materia de transacción económica, qué decir de la de los edificios.
En esa esquina, en los setenta, vi desde un balcón cómo un agente de la Policía Nacional, uno de los ‘grises’, disparaba con su pistola en dirección a los escombros de la antigua Plaza de Toros de El Chofre, en donde se atrincheraban los manifestantes bien pertrechados de piedras y otros elementos arrojadizos. Quién sabe si fue el mismo día en el que mataron a José María Ripalda en la vecina calle Padre Larroca.

Con el tiempo, la calle Gloria se convirtió en probablemente la más transitada de Donostia por las furgonetas de la Policía, que cada tarde-noche acudían desde el cuartel de Atotxa en dirección a aquella Rentería sin cuartel. Frente a esa misma casa, un tramo de la vía férrea ofrecía un tiro diáfano sobre la calle Miracruz y probablemente no hay piedra más consistente que la que se puede encontrar junto a raíles y traviesas. Demasiado riesgo para los vehículos policiales, que con las sirenas encendidas, esquivaban escarmentados el peligroso punto desviándose por Gloria y continuando por José María Soroa. Así, cada noche.

Unos años después, a mediados de los ochenta, fueron las brigadas contra el vicio en que se constituyeron los comandod de ETA las que estuvieron a punto de dar al traste con la casa mediante una bomba cebada con excesivo de material explosivo. Colocado en la puerta del bar Medialuna, la explosión sacudió de madrugada las ya por entonces vetustas vigas de madera de la casa. De los seis pisos del edificio, sólo los del sexto conservaron intactos los cristales de las ventanas. La casa permaneció una temporada temblando como un flan. Por lo demás, tras la estéril ‘ekintza’ que provocó el cierre del bar no se registró mejora alguna en los hábitos de la juventud del barrio.

Ahora, una inmobiliaria ha comprado el número 19 del inmueble y ha pretendido hacer lo mismo con el 21, aunque en este segundo caso se ha topado con la negativa de dos vecinas. Una de ellas es mi madre, que entró a vivir en la que todavía es su casa allá por 1954. Desde entonces, junto con mi padre, la cuidó, adecentó y acometió en calidad de presidenta de la comunidad las dos principales reformas: instalación del ascensor y pintura de las fachadas. Desde los 85 años que la contemplan, resulta especialmente ridícula por hilarante la oferta de los compradores de permutar la vivienda actual por otra nueva, a dos años vista.

Con todo, el mayor estupor no se deriva de la pasión por la excavadora -el instrumento musical donostiarra por excelencia- que exhiben los emprendedores inmobiliarios locales, sino de su escaso tino a la hora de elegir el diseño de sus nuevos proyectos. Ningún derribo hubiera generado tanta indignación de no ir acompañado del fotomontaje del nuevo proyecto, definido atinadamente por alguien como las sobras del Basque Culinary Center. Uno se pregunta por qué habrían de tener ética quienes carecen hasta ese punto de estética.

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