A esas horas de la noche, la Rotonda es una especie de desguace donde las aves nocturnas apuran sus últimas copas y sus esperanzas. Quizá aparezca algún cliente que quiere llevarse alguno de los coches o quizá no. Generalmente, esta última opción suele ser la que predomina.
El hecho de que cobren para entrar no significa que la clientela vaya a tener más glamour, disposición a las relaciones interpersonales, o simplemente, un mínimo de atractivo. Las señoritas de la barra son guapas, pero te miran como siles estuvieras clavando un cuchillo cuando les pides una copa. No es nada personal. Son así con todo el mundo. El Rondador observa de lejos a Elena y sus vikingas, que están jugando con una trouppe de buitres nocturnos que se han lanzado al ataque. El Rondador prefiere mantenerse lejos y tomar algo con Jokin. Ya que ha sido el salvoconducto para entrar en la discoteca, qué menos que un poco de atención y agradecimiento.
Nada más empezar a vaciar la copa y mientras este Rondador charla animadamente con Jokin, una rubia de unos 35 años y metro setenta de estatura se acerca y sin mediar palabra, coge a este humilde ave de la cintura y empieza a bailar alrededor. La chica sólo sonríe. No suelta una palabra. Mientras, al lado, una supuesta acompañante suya observa la escena atenta. Este Rondador apenas tiene tiempo para pensar. Simplemente mueve sus pies al ritmo que le marca su desconocida pareja de baile.
Como son casi las seis y apenas hay nada que perder, el Rondador se decide a poner también su mano sobre la cadera de su improvisada pareja. No contento con ello, acerca su pelvis. Un poco de rozamiento inocente, unas sonrisas, y de repente, la rubia improvisada suelta sus manos y se va de la misma manera en la que llegó: fugaz. Su amiga, la espectadora silenciosa, me mira y acto seguido marcha tras ella. Jokin me mira. Yo le miro. Ambos encogemos los hombros y sonreímos.
“Anda, pásame el vaso”-le pido.
Nunca ha entendido por qué, pero este Rondador siempre ha tenido más éxito con mujeres que superan su edad. Sus parejas de baile han solido ser un par de años mayores que él, y sus improvisadas acompañantes le han llegado a sacar bastantes años más. Cada cual tendrá su propia teoría pero, a falta de verdades absolutas, este Rondador prefiere basarse sólo en hechos. “Teníamos que haber ido a la Kabuxia” –señala de repente Jokin mirando a la pista de baile. Este Rondador no necesita explicaciones. Sabe a qué se refiere Jokin, pero la próxima semana toca despedida de soltero en Zaragoza y hay que guardar algo de fuerzas, pero sobre todo, algo de dinero. “De momento, apuremos la noche aquí”.
- ¿Cómo que por qué no entro? ¿Pues porque no nos dejan, joder? ¡Qué nos hacen pagar...!- le responde acalorado a Miriam su novio.
-¿Y por qué no me has avisado? –insiste Miriam.
-¡Pues porque os habéis metido enseguida sin hacer ni puto caso! –aclara. –De todas formas, has tardado más de quince minutos en salir –añade.
-Porque creía que estabas dentro o en el baño –apunta Miriam elevando el tono.
-¡Una puta mierda en el baño! El orangután éste, que nos hace pagar veinte euros –señala.
Mientras Miriam habla con el primo de Maradona, rogándole dos entradas gratis, este Rondador, que ha tenido que soportar la discusión de los enamorados, se ve obligado a meterse en el confesionario y escuchar las perrerías que el novio de Miriam empieza a soltar sobre Elena y sus vikingas. Ese supuesto buen feeling que había caracterizado el viaje en taxi se va directamente al retrete.Todo por culpa del primo de Maradona. Todo por culpa de los porteros de discoteca.
-Si es que cuando váis borrachas cualquiera os aguanta. Si yo te hubiera hecho lo mismo... –cree oír este Rondador de la boca del novio de Miriam.
-Pero ya te he dicho que no me he dado cuenta –le responde.
-¡Claro, porque cuando estás borracha pasas de todo! –insiste.
-Eso es una tontería y no te metas con las chicas –le recrimina Miriam.
-¡Yo paso de todo. Tengo que pagar, así que me piro. Mañana me llamas! –le advierte.
-¡Pero no te vayas! –entona Miriam.
El Rondador no sabe si sacar las pipas y acercarse para escuchar mejor la conversación o largarse. El novio de Miriam me pide su complicidad en la discusión, algo a lo que este RN no va a acceder. Mientras ambos discuten, este ave nocturna observa cerca del ropero a un colega del instituto.
-¡Jokin, Jokin! ¡Hey tío! –grito.
Jokin me ve. Jokin viene a saludar.
-¡Qué pasa, tio! ¿Entras? –me pregunta.
-No me dejan. Tengo que pagar.
-De eso nada. Yo conozco al segurata –me responde – ¡Oye, éste viene conmigo!
No hay negociación. El segurata traga. Ignoro por qué lo hace, pero traga.
Dentro
de los productos de lujo de la cesta nocturna, el taxi encabeza un
lugar destacado: Errenteria-Donostia por unos catorce euros. La cifra,
a eso de las 5 de la semana, se convierte en un arpón asesino, pero ya
lo dice el refrán: 'el que algo quiere, algo le cuesta'.
Abandonado
Errenteria, Donostia será esta noche la última esperanza blanca. Elena
y sus vikingas mantienen el pulso a la noche, y la Rotonda nos espera.
La Rotonda no es el paraíso, ni mucho menos, pero hace tiempo que este
Rondador dejó de creer en milagros, y optó, resignado, por el nada que
perder. Bajando la escalera de acceso, con el chirrío escandaloso de
las vikingas de fondo, este Rondador observa al fondo al segundo
enemigo de la noche: los porteros.
El
principal, el que parece que maneja el cotarro, se encarga de saludar
al grupo. No llega al metro ochenta, acaba de someterse a una
permanente capilar, y este Rondador juraría que sobrepasó el límite de
tiempo en la máquina de rayos-uva.
-Las chicas pueden entrar gratis, pero vosotros dos tenéis que pagar �nos saluda.
La
bienvenida no ha tenido buena acogida. Elena y sus vikingas entran en
tropa. Los chicos, este Rondador y el novio de Miriam, ponemos,
indignados, el grito en el cielo.
-¿Pero por qué ellas gratis y nosotros, no? -plantea el novio de Miriam.
-Porque es así -responde el segurata, primo lejano de Maradona.
-Que sepas que vamos a consumir, y mucho... -apunta este Rondador. -Además, sólo somos dos, qué te cuesta.
No hay
acción ni reacción. El portero no mueve ni una ceja. Nosotros, en
cambio, elevamos los brazos constantemente, movemos ágilmente las
piernas nerviosos, insistimos en nuestras peticiones� Nada de nada. El
primo de Maradona nos pide 20 euros por entrar.
-¿20 euros? ¿Tú estás loco? -le responde el novio de Miriam.
-¿Tú sabes quién es éste?- le insta este Rondador al segurata. -Es el sobrino de Elorza. Sí, del alcalde.
El
portero esboza una sonrisa incrédula, una sonrisa que nunca superaría
la que entonan este Rondador y el primo de Miriam al repetir el
argumento del parentesco del alcalde.
En ese
momento, Miriam regresa del interior y pregunta a su novio por qué no
entra. A su novio la pregunta no le ha sentado nada bien.
*Nota del RN: Dedicado a Iñigo, Lucía y al joven Eneko T.G. Has elegido un buen día pequeño Ruby Tuesday.
- ¿Quieres largarte chulito? ¿Por qué no te vas al baño y te la machacas?
- Que te vayas tío guarro. ¡Pero qué te has creído!
- ¡Y no te pongas la camiseta de tu hermano pequeño, pringao!
Elena y sus vikingas han saltado a la yugular del joven inscrito a la revista Musculitos que ha irrumpido en el círculo sagrado. Miriam y su novio apenas abren la boca mientras las chicas rocían al valiente acosador con una batería de halagos indiscriminados. Lo hacen mientras se ayudan de sus brazos para empujarle. El chaval ríe. Pone esa sonrisa estúpida de chico malo mientras se echa hacia atrás. Elena no se detiene. Tres pasos adelante y vuelta a empujar al figura que, efectivamente, lleva una camiseta de tres tallas menos.
Este Rondador mira al novio de Miriam sin poder evitar esbozar una sonrisa. “Menudo iluso”, piensa el RN. “A quién se le ocurre ir de gallito ante un grupo de vikingas que celebra una despedida de soltera”.
Como hace ya horas que muchas aves nocturnas dieron por perdida la batalla de la conquista, parte del bar observa atenta el pequeño alboroto que están montando las vikingas. Hay un grupo de tíos que incluso jalonan el ataque indiscriminado. Quizá se piensen que así tendrán futuras opciones de flirteo. Los muy inocentes se equivocan.
La pequeña batalla culmina como se veía venir. Una amiga de Elena que había empezado a rebozar al joven de la revista Musculitos con su pajita, decidió tomar la tangente.
-Toma eso, capullo –le dice mientras le esparce por toda la camiseta el medio gintonic que aún giraba en su vaso. Una pena la verdad. Lo del gintonic, digo.
Esta última acción ha tenido el respaldo unánime de parte de la grada. El novio de Miriam decide cortar por lo sano y propone ahuecar el ala.
-¿Vamos a La Rotonda? –propone.
No hay negociaciones. Las chicas encantadas, y este Rondador, por supuesto, se apunta a la expedición.
Ha llegado la hora fatídica. La hora donde las aves nocturnas deben buscar donde saciar su sangre cuando a eso de las tres de la mañana cierran los bares. Elena y sus amigas deciden ir al Limerik, un bar de estilo irlandés con abundantes baldosas donde prorrogar la fiesta del sábado noche. El Rondador no pone objeción. El Rondador hoy no es quién para poner objeciones. Hoy mandan ellas. Elena y sus vikingas.
Como no podía ser de otra manera, el resto de Errenteria ha optado por la misma opción del Limerik. Hordas vampíricas se desplazan en masa a la cueva, así que la primera sensación que percibe este Rondador al llegar es que va a tener que luchar, y mucho, por un hueco en la barra. Todas las despedidas de soltera de la noche se han dado cita en el bar así que eso parece una especie de carnaval decadente lleno de insatisfacciones. Elena y sus amigas no bajan el ritmo ni el cariz sexual de sus conversaciones, pero entre el grupo ya se ha dado la primera baja. Una tal Miriam, de pelo rojizo y tez pálida, se ha juntado en el bar con el novio. ¡Pero, vaya! ¡Esto sí que es nuevo! Aunque parezca extraño, Miriam no ha decidido huir, sino que se trae del brazo a su noviete. Hechas las presentaciones de turno, este Rondador no puede más que solidarizarse con el novio de Miriam. Rápidamente, las chicas lo han convertido también en un juguete sexual, en un sparring que ronronea dentro del círculo sagrado con la mirada cómplice de su novia.
A esas horas, Errenteria es como cualquier otra ciudad de pecado, donde sólo sobreviven los más desesperados: los borrachos, los yonkis, los casados que bajan una vez al año, los mentalmente castrados, los sindicalistas, los eternos solteros que viven de batallas de ciencia ficción, las despedidas y los camareros. Por supuesto, en alguna ocasión todos hemos formado parte de una de esas tribus. De hecho, muchos forman parte de varias tribus a la vez.
Todo marcha según lo establecido aunque este Rondador ha apreciado un pequeño detalle en el bar. Un joven, inscrito a la revista Musculitos, y con los ojos seriamente desgastados, se ha acercado sigilosamente hasta Miriam. Ha rodeado el círculo sagrado y, sin mediar palabra, ha comenzado a rozarse con ella. Todos seguimos la escena mientras la pobre acosada intenta disimular restándole importancia. Este Rondador mira al novio de la chica. Su novio me devuelve la mirada con cara de resignación. Miriam mira a su novio. Miriam se da la vuelta y le pide espacio al lector de Musculitos. La petición no parece tener respuesta. Es más: el joven de mirada desgastada se roza aún más. Pequeño error. Elena y su pequeña compañía vikinga le han saltado al cuello.
El Rondador es un libro abierto, el cuaderno de bitácora de un ave nocturna que sale de su cueva los fines de semana para explorar los ritos y pecados de la noche guipuzcoana. Desde que la luna roba su sitio al sol, el Rondador dará testimonio de sus escaramuzas del sábado noche, sus zonas de bares, su análisis del comportamiento juvenil, sus pobres intentos de conquista… Todos los retos a los que semanalmente se enfrenta un ave nocturna –hombre o mujer– en este territorio de pocas Julietas y menos Romeos que se llama Gipuzkoa.