Pasos de baile improvisados

DOMINGO. 5.30 DE LA MADRUGADA. DONOSTIA.


 


A esas horas de la noche, la Rotonda es una especie de desguace donde las aves nocturnas apuran sus últimas copas y sus esperanzas. Quizá aparezca algún cliente que quiere llevarse alguno de los coches o quizá no. Generalmente, esta última opción suele ser la que predomina.


 


El hecho de que cobren para entrar no significa que la clientela vaya a tener más glamour, disposición a las relaciones interpersonales, o simplemente, un mínimo de atractivo. Las señoritas de la barra son guapas, pero te miran como si  les estuvieras clavando un cuchillo cuando les pides una copa. No es nada personal. Son así con todo el mundo. El Rondador observa de lejos a Elena y sus vikingas, que están jugando con una trouppe de buitres nocturnos que se han lanzado al ataque. El Rondador prefiere mantenerse lejos y tomar algo con Jokin. Ya que ha sido el salvoconducto para entrar en la discoteca, qué menos que un poco de atención y agradecimiento.


 


Nada más empezar a vaciar la copa y mientras este Rondador charla animadamente con Jokin, una rubia de unos 35 años y metro setenta de estatura se acerca y sin mediar palabra, coge a este humilde ave de la cintura y empieza a bailar alrededor. La chica sólo sonríe. No suelta una palabra. Mientras, al lado, una supuesta acompañante suya observa la escena atenta. Este Rondador apenas tiene tiempo para pensar. Simplemente mueve sus pies al ritmo que le marca su desconocida pareja de baile.


 


Como son casi las seis y apenas hay nada que perder, el Rondador se decide a poner también su mano sobre la cadera de su improvisada pareja. No contento con ello, acerca su pelvis. Un poco de rozamiento inocente, unas sonrisas, y de repente, la rubia improvisada suelta sus manos y se va de la misma manera en la que llegó: fugaz. Su amiga, la espectadora silenciosa, me mira y acto seguido marcha tras ella. Jokin me mira. Yo le miro. Ambos encogemos los hombros y sonreímos.


 


“Anda, pásame el vaso”-le pido.


 


Nunca ha entendido por qué, pero este Rondador siempre ha tenido más éxito con mujeres que superan su edad. Sus parejas de baile han solido ser un par de años mayores que él, y sus improvisadas acompañantes le han llegado a sacar bastantes años más. Cada cual tendrá su propia teoría pero, a falta de verdades absolutas, este Rondador prefiere basarse sólo en hechos. “Teníamos que haber ido a la Kabuxia” –señala de repente Jokin mirando a la pista de baile. Este Rondador no necesita explicaciones. Sabe a qué se refiere Jokin, pero la próxima semana toca despedida de soltero en Zaragoza y hay que guardar algo de fuerzas, pero sobre todo, algo de dinero. “De momento, apuremos la noche aquí”.

Los porteros rompen parejas

DOMINGO. 5.10 DE LA MADRUGADA. DONOSTIA


 


- ¿Cómo que por qué no entro? ¿Pues porque no nos dejan, joder? ¡Qué nos hacen pagar…!- le responde acalorado a Miriam su novio.


-¿Y por qué no me has avisado? –insiste Miriam.


-  ¡Pues porque os habéis metido enseguida sin hacer ni puto caso! –aclara. –De todas formas, has tardado más de quince minutos en salir –añade.


-  Porque creía que estabas dentro o en el baño –apunta Miriam elevando el tono.


-  ¡Una puta mierda en el baño! El orangután éste, que nos hace pagar veinte euros –señala.


 


Mientras Miriam habla con el primo de Maradona, rogándole dos entradas gratis, este Rondador, que ha tenido que soportar la discusión de los enamorados, se ve obligado a meterse en el confesionario y escuchar las perrerías que el novio de Miriam empieza a soltar sobre Elena y sus vikingas. Ese supuesto buen feeling que había caracterizado el viaje en taxi se va directamente al retrete.  Todo por culpa del primo de Maradona. Todo por culpa de los porteros de discoteca.


 


-Si es que cuando váis borrachas cualquiera os aguanta. Si yo te hubiera hecho lo mismo… –cree oír este Rondador de la boca del novio de Miriam.


-Pero ya te he dicho que no me he dado cuenta –le responde.


-¡Claro, porque cuando estás borracha pasas de todo! –insiste.


-Eso es una tontería y no te metas con las chicas –le recrimina Miriam.


-¡Yo paso de todo. Tengo que pagar, así que me piro. Mañana me llamas! –le advierte.


-¡Pero no te vayas! –entona Miriam.


 


El Rondador no sabe si sacar las pipas y acercarse para escuchar mejor la conversación o largarse. El novio de Miriam me pide su complicidad en la discusión, algo a lo que este RN no va a acceder. Mientras ambos discuten, este ave nocturna observa cerca del ropero a un colega del instituto.


 


-¡Jokin, Jokin! ¡Hey tío! –grito.


 


Jokin me ve. Jokin viene a saludar.


 


-¡Qué pasa, tio! ¿Entras? –me pregunta.


-No me dejan. Tengo que pagar.


-De eso nada. Yo conozco al segurata –me responde – ¡Oye, éste viene conmigo!


 


No hay negociación. El segurata traga. Ignoro por qué lo hace, pero traga.


 


Miriam y novio de Miriam: ¡ahí os quedáis!

El sobrino de Elorza quiere entrar en La Rotonda

DOMINGO. 4.35 DE LA MADRUGADA. DONOSTIA.

 

Dentro
de los productos de lujo de la cesta nocturna, el taxi encabeza un
lugar destacado: Errenteria-Donostia por unos catorce euros. La cifra,
a eso de las 5 de la semana, se convierte en un arpón asesino, pero ya
lo dice el refrán: ‘el que algo quiere, algo le cuesta’.

 

Abandonado
Errenteria, Donostia será esta noche la última esperanza blanca. Elena
y sus vikingas mantienen el pulso a la noche, y la Rotonda nos espera.
La Rotonda no es el paraíso, ni mucho menos, pero hace tiempo que este
Rondador dejó de creer en milagros, y optó, resignado, por el nada que
perder. Bajando la escalera de acceso, con el chirrío escandaloso de
las vikingas de fondo, este Rondador observa al fondo al segundo
enemigo de la noche: los porteros.

 

El
principal, el que parece que maneja el cotarro, se encarga de saludar
al grupo. No llega al metro ochenta, acaba de someterse a una
permanente capilar, y este Rondador juraría que sobrepasó el límite de
tiempo en la máquina de rayos-uva.

 

-Las chicas pueden entrar gratis, pero vosotros dos tenéis que pagar �nos saluda.

 

La
bienvenida no ha tenido buena acogida. Elena y sus vikingas entran en
tropa. Los chicos, este Rondador y el novio de Miriam, ponemos,
indignados, el grito en el cielo.

 

-¿Pero por qué ellas gratis y nosotros, no? -plantea el novio de Miriam.

-Porque es así -responde el segurata, primo lejano de Maradona.

-Que sepas que vamos a consumir, y mucho… -apunta este Rondador. -Además, sólo somos dos, qué te cuesta.

 

No hay
acción ni reacción. El portero no mueve ni una ceja. Nosotros, en
cambio, elevamos los brazos constantemente, movemos ágilmente las
piernas nerviosos, insistimos en nuestras peticiones� Nada de nada. El
primo de Maradona nos pide 20 euros por entrar.

 

-¿20 euros? ¿Tú estás loco? -le responde el novio de Miriam.

-¿Tú sabes quién es éste?- le insta este Rondador al segurata. -Es el sobrino de Elorza. Sí, del alcalde.

 

El
portero esboza una sonrisa incrédula, una sonrisa que nunca superaría
la que entonan este Rondador y el primo de Miriam al repetir el
argumento del parentesco del alcalde.

 

En ese
momento, Miriam regresa del interior y pregunta a su novio por qué no
entra. A su novio la pregunta no le ha sentado nada bien.

 

 

*Nota del RN: Dedicado a Iñigo, Lucía y al joven Eneko T.G. Has elegido un buen día pequeño Ruby Tuesday.

Una ducha para noches calientes

DOMINGO. 3.45 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.


 


- ¿Quieres largarte chulito? ¿Por qué no te vas al baño y te la machacas?


- Que te vayas tío guarro. ¡Pero qué te has creído!


- ¡Y no te pongas la camiseta de tu hermano pequeño, pringao!


 


Elena y sus vikingas han saltado a la yugular del joven inscrito a la revista Musculitos que ha irrumpido en el círculo sagrado. Miriam y su novio apenas abren la boca mientras las chicas rocían al valiente acosador con una batería de halagos indiscriminados. Lo hacen mientras se ayudan de sus brazos para empujarle. El chaval ríe. Pone esa sonrisa estúpida de chico malo mientras se echa hacia atrás. Elena no se detiene. Tres pasos adelante y vuelta a empujar al figura que, efectivamente, lleva una camiseta de tres tallas menos.


 


Este Rondador mira al novio de Miriam sin poder evitar esbozar una sonrisa. “Menudo iluso”, piensa el RN. “A quién se le ocurre ir de gallito ante un grupo de vikingas que celebra una despedida de soltera”.


 


Como hace ya horas que muchas aves nocturnas dieron por perdida la batalla de la conquista, parte del bar observa atenta el pequeño alboroto que están montando las vikingas. Hay un grupo de tíos que incluso jalonan el ataque indiscriminado. Quizá se piensen que así tendrán futuras opciones de flirteo. Los muy inocentes se equivocan.


 


La pequeña batalla culmina como se veía venir. Una amiga de Elena que había empezado a rebozar al joven de la revista Musculitos con su pajita, decidió tomar la tangente.


 


-Toma eso, capullo –le dice mientras le esparce por toda la camiseta el medio gintonic que aún giraba en su vaso. Una pena la verdad. Lo del gintonic, digo.


 


Esta última acción ha tenido el respaldo unánime de parte de la grada. El novio de Miriam decide cortar por lo sano y propone ahuecar el ala.


 


-¿Vamos a La Rotonda? –propone.


No hay negociaciones. Las chicas encantadas, y este Rondador, por supuesto, se apunta a la expedición.


 


Errenteria, gero arte.

Ataque a la compañía vikinga

DOMINGO. 3.12 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.


 


Ha llegado la hora fatídica. La hora donde las aves nocturnas deben buscar donde saciar su sangre cuando a eso de las tres de la mañana cierran los bares. Elena y sus amigas deciden ir al Limerik, un bar de estilo irlandés con abundantes baldosas donde prorrogar la fiesta del sábado noche. El Rondador no pone objeción. El Rondador hoy no es quién para poner objeciones. Hoy mandan ellas. Elena y sus vikingas.


 


Como no podía ser de otra manera, el resto de Errenteria ha optado por la misma opción del Limerik. Hordas vampíricas se desplazan en masa a la cueva, así que la primera sensación que percibe este Rondador al llegar es que va a tener que luchar, y mucho, por un hueco en la barra. Todas las despedidas de soltera de la noche se han dado cita en el bar así que eso parece una especie de carnaval decadente lleno de insatisfacciones. Elena y sus amigas no bajan el ritmo ni el cariz sexual de sus conversaciones, pero entre el grupo ya se ha dado la primera baja. Una tal Miriam, de pelo rojizo y tez pálida, se ha juntado en el bar con el novio. ¡Pero, vaya! ¡Esto sí que es nuevo! Aunque parezca extraño, Miriam no ha decidido huir, sino que se trae del brazo a su noviete. Hechas las presentaciones de turno, este Rondador no puede más que solidarizarse con el novio de Miriam. Rápidamente, las chicas lo han convertido también en un juguete sexual, en un sparring que ronronea dentro del círculo sagrado con la mirada cómplice de su novia.


 


A esas horas, Errenteria es como cualquier otra ciudad de pecado, donde sólo sobreviven los más desesperados: los borrachos, los yonkis, los casados que bajan una vez al año, los mentalmente castrados, los sindicalistas, los eternos solteros que viven de batallas de ciencia ficción, las despedidas y los camareros. Por supuesto, en alguna ocasión todos hemos formado parte de una de esas tribus. De hecho, muchos forman parte de varias tribus a la vez.


 


Todo marcha según lo establecido aunque este Rondador ha apreciado un pequeño detalle en el bar. Un joven, inscrito a la revista Musculitos, y con los ojos seriamente desgastados, se ha acercado sigilosamente hasta Miriam. Ha rodeado el círculo sagrado y, sin mediar palabra, ha comenzado a rozarse con ella. Todos seguimos la escena mientras la pobre acosada intenta disimular restándole importancia. Este Rondador mira al novio de la chica. Su novio me devuelve la mirada con cara de resignación. Miriam mira a su novio. Miriam se da la vuelta y le pide espacio al lector de Musculitos. La petición no parece tener respuesta. Es más: el joven de mirada desgastada se roza aún más. Pequeño error. Elena y su pequeña compañía vikinga le han saltado al cuello.

Matrimonio: fábrica de abstemios sexuales

DOMINGO. 2.40 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.


 


Una vuelta por aquí, una vuelta por allá. Ahora te cojo de la cintura, ahora un poco más abajo. Elena y sus amigas hacen con este Rondador lo que les apetece. El Zazka ya pasó a la historia, y ahora la despedida de soltera se ha trasladado al Oarso, otro bar clásico de la Viteri. La música es atroz y apenas hay sitio ni para ocupar una baldosa, pero como Elena y sus amigas tienen fuego en el cuerpo, disponen de vía libre para empujar a quien sea con tal de formar el círculo sagrado.


 


Elena no deja de rozar la pajita de su copa con sus labios. Una amiga suya, cuyo falo colgado a la cabeza esta ya medio caído, le explica que, una vez que se case, se ha acabado ya eso de los 69, las posturas a cuatro patas… Lo comentan a carcajada limpia “¡Vamos, que ya no váis a follar ni una vez al mes!”, concluye su amiga. “De hecho, si no quieres follar, cásate”, añade. Este Rondador, como tantos otros muchos, sabe que, por desgracia, no hace falta casarse para volverse abstemio sexual aún teniendo novia. La rutina ya se encarga de eso. El problema es que a veces llega demasiado pronto.


 


Al Rondador le encanta oír hablar a las mujeres de sexo cuando están borrachas. Cuando el grado de toxicidad es importante, los tíos nos bajamos del pedestal y admitimos que esa portentosa relación que cuando empezó no nos dejaba salir de la cama, ahora lleva puesta una especie de cinturón de castidad que obliga a todo varón a volver a recurrir al por-no. Las mujeres no sé si admitirán este extremo, pero cuando están borrachas pronuncian palabras peregrinas como polla, mamada, anal… No todas, pero el grupo de Elena lo está haciendo, y al Rondador le encanta.


 


El Rondador disfruta de la conversación, pero no del baile. Las manos de sus compañeras de juerga han pasado por el culo de este Rondador, le han levantado la camiseta y acariciado con 20 dedos su fornida barriga y su alfombra pectoral, incluso una de las chicas –cuyo nombre creo que es Auzoa- ha frotado sus manos en un par de ocasiones con la entrepierna de este pobre sparring. Por supuesto, el Rondador también ha alargado la mano, pero nunca ha llegado tan lejos. Su insuficiente nivel de alcohol en sangre se lo impide.


 


Alrededor del círculo sagrado hay varias aves de carroña haciendo la danza del vientre y esperando su turno. El primero que se acercó fue recibido con un ‘¡lárgate feo!’, y al segundo le llovió un líquido rojo que salió despedido de una de las pajitas. Elena y sus amigas son auténticas vikingas, pero algo le dice a este Rondador que esta noche se va a ir a casa de vacío. No sé.

Sparring del círculo sagrado

DOMINGO. 2.15 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.

 

Dentro
del modus operandi de la fauna nocturna, hay actitudes y estados de
ánimo que siempre desconciertan. Este Rondador, por ejemplo, nunca ha
sabido muy bien cómo actuar cuando se une a un grupo cuyos integrantes
están en evidente estado de embriaguez. Es difícil estar a la altura.
Es difícil reír las gracias y acompañar los pasos de baile cuando tu
sangre aún no sido completamente invadida por el alcohol. En muchas
ocasiones, la paciencia del Rondador suele cortar por lo sano la
escena. La experiencia aconseja ahuecar el ala. En otros, como esta
noche, la experiencia aconseja quedarse. Elena y sus amigas están más
cerca del karaoke que de la misa de 12 y eso es algo que conviene
aprovechar.

 

Los
secuaces del Rondador han optado por seguir buscando fauna en otras
cuevas de la Viteri. Por todas ellas, al menos en dos ocasiones –para
que se les vea bien–, han pasado Elena y las suyas. Antigua compañera
del Euskaltegi, y en alguna que otra ocasión amante improvisada, Elena  tiene
un año más que este Rondador. Vecina de Lezo de toda la vida, Elena
optó hace tiempo por ponerse un número a la espalda con el nombre de su
novio. Una pena, la verdad. Elena fue siempre una lasciva partidaria
del amor fugaz.

 

Pero
desde hace tiempo, y esta noche aún más, Elena forma parte del bando
del enemigo: tiene novio, un novio al que a este Rondador, encima, le
cae bien.

 

Los
chupitos, la mayoría de color rojo sangre, siguen atragantando los
paladares de Elena y sus amigas. Como fiel seguidor de Darwin y su
teoría de la adaptación, el Rondador se ha apuntado a la ronda. Este
humilde ave nocturna juraría que bebe jarabe de fresas, pero prefiere
no herir sensibilidades, y acude a la barra en busca de un ginkas.

 

Las
amigas de Elena juegan mucho. A las amigas de Elena les gusta jugar con
desconocidas aves nocturnas que se acercan al círculo sagrado. A veces
este Rondador se convierte en la mascota. Le cogen de la cintura, lo
mueven a izquierda y derecha, le levantan la camiseta ante el aullido
de las cinco mujeres…

 

El
rondador sabe que nunca te puedes fiar de una despedida de soltera. Los
hombres, en general, somos previsibles. Capaces de lo mejor y de lo
peor, pero previsibles. Las mujeres, en cambio, cuando beben son una
bomba atómica. Su código de valores diurno se altera profundamente. En
principio no es nada malo. A casi nadie le disgusta el cambio. Pero es
ese código alterado el que muchas veces les lleva a poner su mano donde
les apetece, y ese lugar, en este caso, está a la altura del
bañador.

Despedidas de soltera a go-go

DOMINGO. 1.49 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.


 


No hay una despedida de soltera, sino varias. De hecho, al menos tres han coincidido en el mismo bar: el Zazka, garito clásico de la Viteri errenteriarra. Nada más entrar, a la izquierda, se sitúa la primera despedida. Todo correcto: las siete u ocho mujeres que componen el grupo llevan la misma camiseta de rayas negras y blancas de La Abeja Maya. El Rondador no distingue a la novia, pero sí a un par de mujeres francamente atractivas que forman parte del grupo.


 


Correcto. Según el Rondador avanza por el bar, a la derecha se reivindica otra despedida de solteras. Estas son mucho más guerreras, quieren hacerse notar. Y lo consiguen, claro. La mayoría lleva un silbato en la boca que no dejan de hacer sonar –estaría bien saber lo que pensaría Freud al respecto-, y visten todas de calle, excepto la homenajeada, que lleva un disfraz difícil de describir: mezcla de orangután y mariquita (al insecto, me refiero). “¿Será que está embarazada y la visten así en plan coña?” plantea mi amigo Agur, bautizado con ese apodo porque nunca dice adiós al despedirse. Simplemente acaba la frase y se va.


 


Esta segunda despedida cumple los cánones –aplicables tanto a hombres como a mujeres- del típico grupo del pueblo de toda la vida que quiere dejarse ver con su célebre: ‘somos las más farreras y las más cachondas’. Por supuesto, no lo consiguen. Ese tipo de actitudes sólo funcionan si en el grupo hay alguna mujer que destaque por su belleza, y, por desgracia, ninguna de las nueve chicas del pito en la boca atraen en demasía a este Rondador. Además, la actitud del 85% de ese grupo es pura fachada. Se nota porque no dejan de observar a izquierda y derecha para ver si mira la gente.


 


El grupo del Rondador siguen avanzando hasta el final del Zazka y da con el objetivo. Elena y cinco amigas más bailan al ritmo de Maná, pero al estilo striper. La tercera despedida de la noche cumple todas las reglas mal escritas: pollas de plástico en la cabeza, guirnaldas en el cuello, cubatas con pajita (siempre dos), chupitos de colores insanos, camisetas con grabados supuestamente eróticos, y un disfraz de condón gigante para Elena que en realidad parece más el dedo del pie de un leproso.


 


Tras los saludos de rigor, este Rondador no puede evitar sonreír. Sí, el espectáculo no es muy edificante, pero al menos Elena y sus amigas no engañan a nadie. Su aliento certifica que están simpáticamente borrachas y reconocen que su vestuario da pena. ¿Un poco de sinceridad en una despedida de solteras? Este Rondador no se lo puede creer. Este Rondador se queda con ellas.

Yonkis, muy yonkis, superyonkis

DOMINGO. 1.13 DE LA MADRUGADA. ERRENTERIA.


 


Había un grupo, que sirvió de banda sonora de este Rondador en sus mil y una noches de botellón, que solía cantar ‘Orereta Blues ya no es lo que era’. Hacía tiempo que no recordaba esa canción, pero fue ésa la sensación que este Rondador sintió cuando a eso de las 1.13 de la madrugada puso sus alas en el epicentro noctámbulo de Errenteria. “Esto ya no es lo que era”, insiste este Rondador en voz alta. Antaño tierra ocupada de norte a sur y de este a oeste por aves nocturnas, y hombre y mujeres sin miedo a mojarse el culo en una noche de frenesí, hoy día Errenteria ha perdido calidad y cantidad. Les ha ocurrido a muchos pueblos de Gipuzkolandia. Las pocas aves nocturnas que huyen del sol han emigrado a la capi en busca de fama y fortuna. Nadie la encuentra pero el viaje, sólo a veces, merece la pena.


 


Pero eso hoy no importa. El Rondador y sus secuaces han dejado temblando la nevera de la sociedad de David, y ése ya es motivo suficiente para bajarse del barco y lanzarse a la conquista. Antes de pisar la Viteri, alguien propone tomar la primera en el Zuzen, un bar relativamente nuevo a cuatro minutos de la calle Viteri. La cueva no está mal. Es grande y hay espacio. También es oscura, demasiado oscura para ver sin dificultad a las pocas aves nocturnas que puedan volar libres. La música es infame, para variar, pero la baldosa pide a gritos que la montemos al ritmo de Bustamante.


 


El público es una paleta de tonalidades. Gente muy joven, de apenas 20 años, gente más mayor, de unos 30, y abuelos cercanos a los 45. Los hay pijos, muy pijos, superpijos; y borrokas, muy borrokas, superborrokas; y feos, muy feos, super feos; y yonkis, muy yonkis, superyonkis. Vamos, un sábado como otro cualquiera. Pero también hay mujeres bellas. La mayoría ha sucumbido a la revista Woman y está rodeada de su grupo base de aves nocturnas. Son una versión cocainomizada y supermineralizada de John Travolta y su pandilla de Grease. Gente chupi para noches chupis.


 


A este Rondador se le ocurre la fatal idea de ir al baño. En el Zuzen eso es un error. La cola –del baño, digo- es enorme, desproporcionada y, además, algo nerviosa. No sólo la de señoras, también la de caballeros. Bueno, de hecho, caballeros y señoras entran en grupo en el mismo baño. No todos, pero sí algunos. El Rondador espera paciente. Al Rondador se le acaba pronto la paciencia si la vejiga aprieta. “Vamos a la Viteri”, propone al grupo. Petición aceptada. Apuren sus copas y súbanse los pantalones. Una despedida de solteras espera en el centro del pueblo.

Megaorgías y pasta de dientes

 


SÁBADO. 23.25 DE LA NOCHE. ERRENTERIA.


 


Son buitres. Buitres leonados que engullen sin descanso todo lo que se posa sobre la mesa. El Rondador se ha puesto el delantal y ayuda a su pobre amigo David a dar de comer a las bestias. Doce vikingos con label arrasan con toda la comida. David bebe, bebe mucho. Y jura, jura en hebreo por estar metido en la cocina, teniendo que alimentar a doce bocas. Pero en el fondo le gusta. Le gusta el ambiente de la sociedad. Le gusta la charla y que todo el mundo se sienta como en casa. Y al Rondador también. Cómo no. Por eso le ayuda.


 


La cena se apura y las botellas apenas dejan sitio en la mesa para los cafés. El Rondador narra su aventura tóxica del sábado pasado a sus amigos próximos que mean de pie. Cerca, alguna que otra ave nocturna que mea sentada, escucha disimulando. “Cuidado, que tenemos espías”, salta Gurru advirtiendo el detalle. No pasa nada. El Rondador no tiene novia. El Rondador no tiene por qué justificarse.


 


La cena se agota. Son casi la una de la mañana así que, gracias al maravilloso horario europeo, hay que abandonar el barco para naufragar en las cuevas nocturnas de Errenteria. Pero nadie se inmuta. La conversación está animada. El macrobotellón es el tema de debate de hoy, pero como apenas hay opiniones en contra, el debate ha girado hacia la megaorgía que supuestamente se había organizado en Donostia.


 


-¿Ya sabéis que hay otra convocada para el 8 de abril en Zumaia? –adelanta David, siempre al tanto de este tipo de rumores y propuestas obscenas.


-Pero si no va a ir nadie. Como mucho habrá 200 tíos, y ninguna tía –ataja Gurru.


 


Por supuesto, todos estamos de acuerdo. Sonreímos y echamos mano de la copa.


 


-Eso es una guarrada. Estaría llena de pervertidos –comenta de repente Udiñe, conocida y poco más del Rondador Nocturno.


-¿Por qué? Que tú seas una maldita monja no significa que los demás sean unos pervertidos –le responde con voz potente Gurru, cuyo código de valores afortunadamente suele estar alejado del manual de lo políticamente correcto.


-A mí me parece genial. El que quiera que lo haga, que vaya, se despelote y se ponga a cuatro patas. A qué tío no le gustaría liarse con dos o tres tías a la vez en su casa. No creo que sea insano. Lo que pasa es que tú estás llena de tabúes. Vas de liberal pero en el fondo no dejas de ser una reprimida que se lava los dientes antes de hacer una felación. Y dudo que ni siquiera te atrevas a hacerla. La megaorgía será una gilipollez, y más en Gipuzkoa, pero no una guarrada – añade Gurru dirigiéndose a Udiñe.


 


El silencio nubla la mesa. La conversación ha empezado con una trivial discusión sobre el botellón y ha acabado con una acusación directa de falsa y reprimida.


 


-Bueno qué, ¿nos vamos? –propone alguien.


No hay objeciones. A la Viteri, y a por la despedida de Elena y sus amigas.

Diario Vasco

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