Estaba en un bar esperando a que me llegara el café cuando a mi espalda oi gritar a una mujer joven que estaba en Nueva York. Un telediario quería transmitirnos la experiencia de los turistas ante la alarma provocada por Irene y me encontré en Donosti con un café humeante entre las manos enterándome de que aquella mujer con gafas de sol se quería marchar ya, pero ya, de Nueva York.
Lo argumentó. Que no eran formas recibir a una turista como ella, con un huracán, aunque a aquellas alturas del huracán sólo quedaba una tormentita de las que cada año tenemos por aquí media docena. Menos mal que luego dio facilidades. “Quiero salir de aquí, me da igual como sea, pero quiero salir ya”. Se ve que Ya era su palabra preferida.
Me volví hacia mi taza pensando en que a mí me gustaría sacarla a pie por Alaska y el estrecho de Bering, que eso sí que debe de ser turismo del bueno. Eché una ojeada al diario. En portada, una imagen de Nueva York empapada. Como en casi todos los periódicos, Manhattan era noticia, aunque a aquella chica no le hiciera mucha gracia. Pero por qué era noticia si los últimos muertos, media docena, nada que ver con un ciclón en Bangla Desh, se habían producido en el estado de Virginia. Porque Nueva York es noticia.
Es una marca de enorme poder y las marcas mueven el mundo, definen las audiencias y nos dicen a todos qué interesa y qué no. Las ciudades y los clubes de fútbol y los grupos de rock y los actores y los presentadores de televisión pretenden algo más que tener los mejores servicios públicos, ganar la Champions, copar listas de éxitos, recibir un Oscar o poner los audímetros al rojo. Quieren ser MARCAS. Y si lo eres, una de verdad, una de las buenas, y si encima llueve, el tiempo no es una marca, pero como si lo fuese, te conviertes en noticia de primera plana en todo el mundo. Pero claro siempre puede haber una chica al que le venga mal que le apaguen a su espalda el escaparate de Louis Vuitton justo cuando se iba a hacer la foto. A quién se le ocurre cortar la luz en tan trascendental momento.