Diario Vasco
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Verano de 2017
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Fernando Becerril | 18-09-2017 | 14:22

Han pasado años desde que John Toshack, entre socarrón y desesperado, dijera aquello de que en Donostia entre regatas y festival de cine la temporada de fútbol no empieza hasta octubre. Años, muchos años, y sin embargo su frase no ha perdido vigencia hasta estos días. Ganar los cuatro primeros partidos oficiales entre nuestra Primera División y la Liga Europa es algo que no tiene precedentes. Este verano de 2017 será recordado porque algo ha  cambiado y por otra parte algo sigue siendo lo mismo que era durante la pasada primavera. Este equipo ha empezado a competir desde el primer día y sigue jugando igual de bien, si no mejor, que en las últimas semanas de la temporada anterior. La ilusión de los realistas está justificada.

No me gusta escribir en verano. Así que como no tengo necesidad, no lo hago. Algunos de mis mayores errores se han producido por la obligación de opinar desde la pretemporada cuando uno no tiene datos suficientes ni bola de cristal para saber qué va a pasar. Este año había decidido seguir una vez más las ideas de Toshack y esperar a octubre para poder equivocarme con fundamento. La Real me obliga a cambiar de planes. No puede uno disfrutar tanto y permanecer callado.

Si les digo la verdad, personalmente, estoy tan sorprendido como encantado. La preparación se envenenó desde el principio. Primero cayeron los realistas bajo un chaparrón de lesiones musculares. Después Valverde quiso llevarse a Iñigo al Barcelona y tuvimos la fortuna de que Messi ­–el que manda, manda- no quisiera más competencia para su amigo Mascherano. El agente de Rulli se ha pasado todo el verano, como los anteriores, jugando al escondite con nosotros. Se adivinaba un inicio difícil… Y resulta que no paramos de ganar. No esperaba tanto y mucho menos no lo esperaba tan pronto pero Asier Illarramendi ha encontrado socios suficientes como para dar un curso de fútbol en cada partido hasta el punto de conseguir que buenos equipos parezcan a ratos medianos y a ratos malos.

Los dos primeros tiempos en Anoeta, el del Villarreal y el del Rosenborg, se pueden considerar un par de recitales a cargo de un equipo maduro capaz de hacer daño, mucho daño, cuando le dejan asociarse. Podrán decir que los noruegos son un equipo de broma porque desde luego ayer lo parecieron. Pero el que hubiera visto el partido del Rosenborg en Amsterdam el mes pasado se quedaría con la idea que puede que a este equipo le cueste ganar, pero desde luego no se le golea fácil. De Anoeta se pudo llevar un saco. Algún mérito tienen los nuestros.

A mí todavía me gustaron más los segundos tiempos de Vigo y Riazor que las dos exhibiciones de la Real ante su público. El Celta te acorrala durante media hora, no encuentras argumentos para frenarles ni para controlar el balón. Salvas los muebles como puedes y nada más salir del descanso te la clavan en una jugada de estrategia. Lo normal es que penes hasta el final y termines volviendo a casa con las orejas gachas, derrotados. Pues Eusebio movió sus peones, recuperó el control del juego y terminó remontando el encuentro. Hasta ganar. No se conformó con menos. Por eso ganó. Alguna vez esa ambición le costará un punto, pero nos estamos acostumbrando a que a menudo en vez de perder uno, ganemos dos. Haremos cuentas cuando vengan mal dadas. Que vendrán.

En Riazor tuvo todavía más mérito. Salida frenética. Partido cuesta abajo que se complica porque apuestas por la paciencia en vez de por el estrangulamiento y también porque el árbitro mete presión pitando lo que no debe donde no debe. Te empatan en una de las pocas ocasiones en las que defiendes radicalmente mal. Ya se sabe que tres indecisiones en la misma jugada cerca de tu área siempre termina en susto o en gol. Quedan cuarenta minutos y un equipo hambriento que se ha recuperado tras caer a la lona dos veces. A sufrir. Sí, sí… A sufrir el Dépor. Ni las lesiones de Iñigo y Aritz cambiaron el discurso magistral de los nuestros. Hasta que cayeron los goles y los puntos. Pocos equipos son capaces de dar tanto en circunstancias tan complicadas. Lo dicho, las ilusiones de los realistas están justificadas.

Ahora llega el más difícil todavía. Viene a Anoeta el Real Madrid, campeón de Liga y de Europa. El equipo que nos puso en evidencia en los dos enfrentamientos del curso anterior. En la primera jornada, en pleno agosto, se pasearon por Donostia como si enfrente estuviera un equipo de preescolar. En este mismo espacio me puse a dar palos a todo lo que se movía. Lo tienen por ahí abajo si quieren comprobar cómo puede uno meter la pata cuando no hace caso a Toshack y escribe en verano. Esta vez las cosas son diferentes. La Real no puede estar más fuerte y el Madrid no puede tener más necesidad. Llegan con bajas importantes, pero con estos equipos ese arma siempre tiene dos filos. Será un partido durísimo. El tercero de una semana en las que nos enfrentamos a un régimen que para nosotros no es nada habitual. Una nueva victoria nos dispararía en la clasificación y en otros aspectos menos tangibles aunque a lo mejor más importantes. La deseamos tanto, hemos hecho tanto en este primer mes, que podemos soñar con ella. Luego el juego nos dirá si tenemos al campeón siete, cuatro o un punto por debajo. Porque debajo van a estar después de cuatro jornadas. Aunque sea verano.