Diario Vasco
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Autor: fernanbecerril
Una vida en las aceras
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Fernando Becerril | 19-09-2011 | 12:45| 0

Somos los vagabundos del festival. Cientos y cientos de donostiarras y visitantes que hacemos cola para sacar entradas o para entrar en las salas. Esperando te relacionas, y eso está bien, aunque muchos soportan su timidez mirando al vacío. Hace falta un estímulo externo para empezar a charlar.

 

Por ejemplo, el otro día casi, casi, se organiza una asamblea ante la taquilla del Antiguo Berri. Una pareja pretendía ver una película de la sección de cine negro americano. Se sabían el título en castellano, el de siempre, pero en los folletos y en el programa informático de las taquilleras aparece en inglés. Lío. Más lío porque a las pobres taquilleras se lo han puesto muy difícil. En su programa no aparecen ni cines ni sesiones. Hace falta decir el título de la película. Así que estamos todos haciendo prácticas de inglés, chino o coreano cada vez que queremos una entrada.

 

Los dos de antes ni siquiera habían acertado con el cine. Estaban en el Antiguo y su peli la proyectaban en diez minutos en el Príncipe. A gritos buscaron una alternativa. ¿Qué te parece Corazón Salvaje? Dura mucho, nos vamos a pillar. Pero, cari si llegamos… Bueno, vale. Dos para Wild at heart o como se diga. El reloj corría tic, tac, tic, tac y la gente de la cola empezaba a impacientarse, pero más tarde que pronto se llevaron sus entradas y se fueron a ver a Sailor y Lula pasándolas putas que es lo que le gusta hacer a David Lynch con sus personajes.

 

La taquillera de al lado tenía un problema añadido con el idioma. Una mujer francesa quería entradas para ese momento y para más tarde. Se defendía en castellano, pero las erres no se le daban bien y tampoco coincidían con las erres del japonés en diez minutos que está aprendiendo a marchas forzadas la chica que despacha las entradas. Era difícil.

 

Cada minuto o minuto y medio, sacaba la cabeza a la lluvia del exterior y le gritaba a su compañero, que hacía cola veinte metros más atrás. Jean Luc, Jean Luc -palabra que se llamaba Jean Luc- c’est pas posible. Il y avait un autre? Jean Luc se acercaba y le decía el nombre de la otra. El mérito que tienen las de la taquilla. Se fueron con entradas para una sesión continua en el Antiguo.

 

Después vino lo de la otra cola. Sí, la de entrar al cine. Imagínense una fila que da la vuelta a la manzana y está a punto de llegar a Super Amara por la fachada del otro lado. Y en esto se enciende una luz que indica que ya pueden entrar los que van a la sala cuatro. Estupendo. Entran los que van a la sala cuatro y están en el vestíbulo. Los que están en la puerta de la inmobiliaria de Galdona a lo mejor escuchan una voz que les informa de que están entrando los de la cuatro. Los que empiezan a pensar si antes de entrar les da tiempo a hacer la compra en el súper… Esos no se enteran de nada.

 

La cola ni se mueve. Ahora ya pueden entrar los de la sala cinco, pero tampoco se entera casi nadie. Es la hora de iniciar la proyección y en la cola hay cada vez menos paciencia. Ni saben que ya podrían estar dentro. Pero estamos en el festival y sobra buen rollito. Alguien sale para informar. Se corre la voz. Van entrando. Como el follón es incontenible, se habilita la salida para que la gente pueda acceder a las salas. Maldición se ha terminado una película y la 7 se vacía mientras entran los de la 3. Atasco monumental. Paciencia. Poco a poco.

 

No se lo creerán, pero entramos todos. Las películas se proyectaron. No hubo quejas ni alborotos. Nicolas Cage, tenía jornada intensiva el pobre, lo bordó en la mía. A la salida había paz en la calle y un par de colas como siempre. La gente estaba contenta. Nos había gustado lo que acabábamos de ver. Los vagabundos de las aceras disfrutando del festival en estado puro. Cine a todas horas y buena voluntad. No nos enfadamos ni con la lluvia ni con las esperas ni con las malas elecciones porque después de tres días llevo una buena, una decente, una de serie Z pero divertida y tres sencillamente infumables. Pero ésa es otra historia. Se la pienso contar… Si entre cola y cola me dejan tiempo.

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¿Hubiera ido yo a ver al toro Ratón?
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Fernando Becerril | 14-09-2011 | 12:44| 0

Dicen que tiene diez hierbas y 500 kilos. Se llama Ratón y cobra 10.000 euros por sembrar el pánico en las plazas de Valencia. Tiene en sus astas tres muescas por los humanos que ha mandado al otro mundo en espectáculos que recuerdan a nuestras vaquillas sanfermineras. Su última víctima tenía 29 años y se dejó la piel volando por los aires en la plaza de Játiva como si fuera una pelota de tenis. Los cuernos de Ratón fueron las raquetas. La semana pasada actuó (manda narices, pero lo dicen así) en Sueca y la gente del pueblo y de otros pueblos más lejanos hizo cola durante toda la noche para no perderse el espectáculo.

 

Una chica sonriente no tuvo empacho en explicar las razones por las que estaba allí: “A ver si coge a alguien otra vez”. Un tipo de cierta edad tampoco escondía la sonrisa: “Vengo por el morbo, si ya ha matado a tres…”. De repente comprendí las razones por las que pagan tanto a Ratón y hasta me acordé de José Tomás, el torero regio que sigue quieto y parado aunque el toro se empeñe en pasar por donde él tiene los pies. A lo mejor cobra más que nadie porque son muchos los que quieren estar presentes el día que le mate el toro. El hombre entre natural y natural parece aceptar ese destino. Total, una pasta.

 

La duda que me deja la historia es si yo sería capaz de asistir a la actuación de ese toraco de diez años. Cuando yo voy a ver los encierros o las vaquillas en Pamplona… ¿Comparto de alguna manera el espíritu de los seguidores de Ratón? ¿Tendrá algo que ver?

 

Yo creía hasta ahora que el encierro participa de la liturgia de las corridas, que el riesgo tiene un objeto. Las vaquillas me parecen un juego inocente, aunque lo salpique de vez en cuando alguna conmoción cerebral y algún brazo roto. Pero a lo mejor es parecido y el horror que sentí al escuchar a aquélla y a aquél me lo produce que la muerte tenga semejante efecto de llamada. La muerte de los otros, por supuesto.

 

En fin, no sé. Tendré que pensarlo. Claro que al leer que el dueño de Ratón ha pedido ayuda económica a la Generalitat valenciana para clonar al bicho se me olvida tanta pregunta trascendente y no puedo evitar la carcajada. Esperpento de país.

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Un plan para el festival
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Fernando Becerril | 08-09-2011 | 5:12| 0

Estamos en la semana de reflexión. El domingo salen a la venta las entradas del festival y ya estoy viendo qué me apetece ver. El sábado compraré la revista con el programa peli por peli y el desplegable con los horarios. El martes comeré con mi mujer en la calle Peña y Goñi, no se me amontonen a ver si me quedo sin sitio, mientras hacemos el calendario de proyecciones. A continuación bajaremos las escaleras del Kursaal para coger las entradas. A ver que nos queda después de las colas y las montoneras del domingo.

Cogeremos dos películas por día más un capricho puntual de vez en cuando para redondear alrededor de veinte a lo largo de los nueve dias del festi. Sí, claro que me cojo vacaciones. Si no en vez de ser un gozo sería una paliza. No iremos a primera hora de la mañana, estaré amaneciendo, ni a media noche porque ése es tiempo de tomar una cerveza y repasar lo que ha dado el día de sí.

Veremos películas a concurso, éxitos de otros festivales, alguna de un realizador novato, un par de latinas y en la duda iremos a recordar alguna vista cien veces sobre la manera americana de morir. Deliciosos Scorsese, Ferrara, Coen, Eastwood, Jarmush… Pero les voy a recomendar Días extraños. Si no la han visto, es una oportunidad excepcional de disfrutar en cine de una película diferente.

El festival. Nueve días de septiembre para reconciliarse con el cine. Veremos peliculas buenas, regulares y malas. Tengan en cuenta que si la mala es de Nepal, por poner un caso, al menos les servirá para conocer mundo y siempre tendrá más gracia que un documental de National Geographic.

Esta semana me toca reflexionar y establecer algunos buenos propósitos. Prometo, por ejemplo, no cabrearme con los críticos cuando no coincidan conmigo. Aunque no creo que pueda aceptar sus opiniones de buen grado si descargan la mala leche que destilaron hace un año cuando se empeñaron en destrozar un festival que no tendrá tanto glamour como otros, pero que llena las salas y que da voz a muchos que no las encuentran en certámenes similares, aunque menores. No saben que seudónimo le puse al programa de La 2 ‘Días de Cine’ hace un año. No, creo, que es mejor que no lo sepan. Festival de Cine de San Sebastián. Zinemaldia. Ya falta menos.

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Americano al gusto
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Fernando Becerril | 31-08-2011 | 11:36| 0

Me gusta el cafe solo sin azucar. Me gusta mucho, pero lo tomo poco porque me sienta como un tiro. Lo bebo en ocasiones. Después de una buena comida, cuando me hacen madrugar, si tengo que viajar o directamente como producto dopante, cuando quiero alargar la noche y no quiero que me estropee la fiesta el cansancio de todo el día. Pero tengo un problema. Bueno, tenía.

El problema es, o era, que si pedía un café solo, me traían un sorbito de tinta china el noventa por ciento de las veces. Y claro ese engrudo que se puede cortar con cuchillo y tenedor y que además sabe a rayos, no es de mi gusto.

Así que aposté por el café americano. Lástima de no llevar puesto el bañador porque me podría haber dado un chapuzón si no fuera porque aquella agua sucia no invitaba al baño.

Busqué soluciones intermedias. Encontré lugares en los que pude disfrutar de un capricho que, ya digo, sólo me permito de vez en cuando, pero el balance era más bien negativo. Hasta que entré en una panadería en la esquina de Virgen del Carmen y la calle Egia. Empecé a dar mis explicaciones habituales y ¡oh sorpresa! me entendieron.

Es más hasta me abrieron puertas. “Pide un cafe solo en una taza más grande y una jarrita con agua caliente y lo alargas a tu gusto” Lo hice. Que bueno. A mi gusto. Y con un liquido oscuro y transparente sin que el plus de agua arrastre el residuo y la basura que queda en el filtro después de que haya caído a la taza la crema del café.

Lo he intentado en más sitios, pero con éxito desigual. No me agrada que el camarero, cuando se lo pido, abra los ojos como la vaca cuando ve pasar al tren. Ocurre a menudo. Esta mañana he vuelto a mi panadería. Me había tocado madrugar. Un café. Dicen que es veneno. Será, pero por lo menos aquí es un veneno bien rico.

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No hay noticias, hay marcas
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Fernando Becerril | 29-08-2011 | 7:05| 0

Estaba en un bar esperando a que me llegara el café cuando a mi espalda oi gritar a una mujer joven que estaba en Nueva York. Un telediario quería transmitirnos la experiencia de los turistas ante la alarma provocada por Irene y me encontré en Donosti con un café humeante entre las manos enterándome de que aquella mujer con gafas de sol se quería marchar ya, pero ya, de Nueva York.

Lo argumentó. Que no eran formas recibir a una turista como ella, con un huracán, aunque a aquellas alturas del huracán sólo quedaba una tormentita de las que cada año tenemos por aquí media docena. Menos mal que luego dio facilidades. “Quiero salir de aquí, me da igual como sea, pero quiero salir ya”. Se ve que Ya era su palabra preferida.

Me volví hacia mi taza pensando en que a mí me gustaría sacarla a pie por Alaska y el estrecho de Bering, que eso sí que debe de ser turismo del bueno. Eché una ojeada al diario. En portada, una imagen de Nueva York empapada. Como en casi todos los periódicos, Manhattan era noticia, aunque a aquella chica no le hiciera mucha gracia. Pero por qué era noticia si los últimos muertos, media docena, nada que ver con un ciclón en Bangla Desh, se habían producido en el estado de Virginia. Porque Nueva York es noticia.

Es una marca de enorme poder y las marcas mueven el mundo, definen las audiencias y nos dicen a todos qué interesa y qué no. Las ciudades y los clubes de fútbol y los grupos de rock y los actores y los presentadores de televisión pretenden algo más que tener los mejores servicios públicos, ganar la Champions, copar listas de éxitos, recibir un Oscar o poner los audímetros al rojo. Quieren ser MARCAS. Y si lo eres, una de verdad, una de las buenas, y si encima llueve, el tiempo no es una marca, pero como si lo fuese, te conviertes en noticia de primera plana en todo el mundo. Pero claro siempre puede haber una chica al que le venga mal que le apaguen a su espalda el escaparate de Louis Vuitton justo cuando se iba a hacer la foto. A quién se le ocurre cortar la luz en tan trascendental momento.

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