Diario Vasco
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Categoría: actualidad
¿Por qué?

Los seguidores de la Real se preguntan por qué no les van a dejar terminar por encima de la séptima plaza. Cuesta entender que al Villarreal le resuelvan partidos como el que en su día le enfrentó al Las Palmas o que den por bueno un gol como el que les permitió derrotar al Leganés con un manotazo en el descuento. Me cuesta calificar de tramposo a Bakambu porque seguramente ni él mismo se creía que aquella mano con todo el brazo extendido fuera a colar. La mano del dios Maradona fue mucho más discreta. A nuestra gente le sorprende menos que el Athletic tenga arbitrajes cuesta abajo a estas alturas de la temporada cuando se está jugando seguir en Europa, aunque seguro que es sin querer, que Aduriz y Raúl García son tan buenos comediantes que llevan a error a unos colegiados que cobran por su labor mejor salario que el presidente del Gobierno por hacer la suya sin que, a mi modo de ver, haya gran diferencia entre la calidad profesional de uno y de otros.

A nuestra afición le pasma también que designen para los partidos más importantes de su equipo a árbitros tradicionalmente hostiles y la suma de tanta circunstancia curiosa nos invita a preguntarnos por qué. Como desconozco las respuestas no puedo ayudarles a resolver su duda. Seguro que ustedes tienen algún motivo pensado pero ya saben que a mí de los árbitros no me gusta hablar. Su trabajo es complicado, sobre todo cuando están bajo presión y en esta Liga todos presionamos cuanto podemos. Eso sí, a la hora de apretarles algunos tienen más éxito.

Es que todavía me estoy preguntando por qué en un partido de Champions tan brillante como el que jugaron en el Bernabéu el Real Madrid y el Bayern, un componente de la aristocracia arbitral expulsó a Vidal en la jugada más clara de todo el encuentro. El chileno es un tipo duro que hace falta hasta cuando saluda a los rivales. Lo sé yo, lo sabía aquel árbitro y lo sabe cualquier futbolero del planeta, pero para una vez que llega medio segundo antes y no toca siquiera al contrario, le echan. Yo también me hago cruces todavía. Si el árbitro quería ayudar al Madrid, podía enseñar dos amarillas a ese futbolista más pronto que tarde. Hizo al menos cuatro entradas susceptibles de amonestación a poco que el colegiado hubiera venido con esa intención. Pues no. Le echa en una jugada que le pone en ridículo, que cuestiona la limpieza de la competición y que enriquece la leyenda negra (en este caso blanca) arbitral que acompaña a los merengues desde la noche de los tiempos. No fue su único error pero ése en concreto supera mi capacidad de análisis.

Y ya puesto a hacerme preguntas me gustaría que los queridos colegas que cubren la información del Eibar me explicaran por qué razón asumieron con semejante entereza el arbitraje sibilino que sufrieron el otro día en Ipurua en un partido cumbre en el que se jugaban una plaza en Europa League. Los jugadores armeros, tíos de pelo en pecho que no lloran ni aunque les duela, pusieron el grito en el cielo en el vestuario. Las crónicas locales no vieron motivos para quejas y eso que la última falta fue por lo menos discutible. Me llama la atención porque en Anoeta sí se quejaron y eso que el campo era una piscina en la que no era fácil ni jugar ni arbitrar, pero todas las dudas las miraron con ojo de halcón y las vieron como las vemos todos, del lado que nos conviene. ¿Por qué en su propio campo y en otro derbi bien distinto, la parcialidad arbitral sólo fue apreciada por sus jugadores? No sé qué decirles. Estoy perplejo. Se me ocurre que a lo mejor alguno o alguna quiere más al Athletic que a su valeroso Eibar, a ese equipo que siempre me ha caído bien y al que he ido a ver jugar en todas las categorías. Yo que soy de la Real, desde luego, me hubiera ido a casa cabreado aunque el partido no hubiera tenido el menor valor para los míos. Ellos no. En fin, mejor no me lo tomen en cuenta. Nada es tan absurdo como juzgar intenciones ajenas. Aunque no dejo de preguntármelo. ¿Por qué?

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Sería un error

No ha empezado la Liga la Real Sociedad como le hubiera gustado a su gente. Dos partidos, ni goles ni ocasiones ni la fluidez en el juego que cabe esperar de un grupo con su potencial. En Anoeta escuché con frecuencia la palabra exigencia. La razón es obvia. Es la plantilla más cara de nuestra historia. Luego tiene que jugar bien. Lástima que en fútbol nada sea tan sencillo como para dar demasiado crédito a ese enunciado. Si la palabra exigencia significa no conformarse con poco, me sonaría bastante bien. Pero si lo que quiere decir es que este grupo tiene que empezar ya, pero ya, a jugar al fútbol como no lo ha hecho desde febrero de 2014, nos estaríamos equivocando.

No va a ser tan sencillo.Cuando se insiste en que esta plantilla tiene calidad como para ser tercera o cuarta o quinta o para jugar en Europa o para competir por ese objetivo, en realidad no se dice nada. Lo cierto es que nuestro equipo compite peor que la mayoría de los que van a ser sus rivales. La verdad es que ha jugado de igual a igual con dos adversarios como el Deportivo o el Sporting a los que no les va a sobrar nada para seguir en Primera si es que lo consiguen. Con plantillas que aspiraban a luchar por los títulos he visto descender al Atlético, al Valencia o al Sevilla y no hace mucho, sólo tres años, bajó ese Villarreal que parece capaz de pelear por los premios grandes.

La Real Sociedad tiene que aprender a jugar con cuatro titulares que no estaban en el equipo la pasada temporada y necesita recuperar la mejor versión de Vela. Hablamos de medio equipo y de toda la línea de ataque. No lo va a conseguir en un día. Así que vale más que nos lo vayamos tomando con calma. Sin conformismo, pero sin prisa. Porque como a este grupo recién nacido le exijamos ahora mismo el rendimiento de un Sevilla o un Valencia, nos vamos a pegar un patinazo que nos puede tener temblando hasta el mes de mayo.

Illarramendi va a permitir jugar un fútbol más sencillo y también más eficaz, claro que sí, pero tendrá que coger el pulso a su equipo, necesitará al mejor Pardo a su lado y hará falta llegar al área rival con más jugadores sin que se resienta el equilibrio defensivo. Con tres jugadores abusando de pases cortos en cualquiera de las bandas y un único delantero peleando con cuatro defensas para cazar el centro, nos podemos ir despidiendo de disponer de ocasiones de gol. Es lo que ha pasado en estos dos partidos y eso que en Riazor el Deportivo no estuvo precisamente encerrado en su área.

Esta Real Sociedad tiene que crecer, mejorar, aprender y poco significa que sea más cara o más barata. Aquí nadie sale pensando que la Real le va a ganar porque se ha reforzado bien o porque haya realizado una enorme inversión. Más bien al contrario. No es momento de juzgar a Bruma ni a Jonathas ni a Reyes ni siquiera a Illarra. Tampoco es hora de empezar a rajar del míster. Vamos a dejarles trabajar. En dos semanas hay otro partido. Una nueva ocasión de sumar tres puntos. Ya veremos si sirve para dar un paso adelante o para preocuparnos un poco más. Personalmente me conformaría con tener un equipo de verdad, adulto y serio, cuando el otoño esté bien avanzado. A partir de ahí podríamos empezar a soñar. Hoy por hoy toca esperar. Cualquier otra cosa sería una equivocación.

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De economía tampoco entiendo

Me ha costado mucho ponerme a escribir esto porque yo de economía tampoco entiendo. Me he animado al ver que otros más osados que yo se atreven a hablar de fútbol en blogs de actualidad sin más criterio que el mío sobre la arquitectura en Laponia. Tan poco conocimiento tengo sobre estas cosas que no termino de ver cómo se puede arreglar el mundo si los estados dejan de gastar, aunque hasta ahora sea lo único que están haciendo. Claro que si la receta de los líderes del mundo es reducir a cero la inversión pública, supongo que será por algo.

 

No se creerán ustedes que un grupo bancario como Goldman Sachs ha decidido arruinarnos a todos y repartirse el dinero global entre sus socios y amigos. Tampoco podrán creer que si semejante agresión se llegara a plantear, los responsables políticos europeos pudieran plegarse como corderos para evitar males mayores, aunque a ignorantes como yo nos cueste concebir algo peor que la que está cayendo. Y, sin embargo, nos están invitando a creerlo.

 

Yo soy un tipo de buena fe, pero las cuentas no me salen. El mundo sigue generando riqueza, aunque ya no sean necesarios más que un pequeño porcentaje de las antiguas empresas y un puñado de todos aquellos trabajadores que antes tenían que currar para mover el mundo. Pero si el trabajo productivo no puede ser ya el método de repartir riqueza, habrá que imaginar otro modelo.

 

A mí, no sé a ustedes, el único sistema que se me ocurre es aquél en el que la inversión pública permita crear puestos de trabajo para hacer frente a las necesidades sociales: Atención, asistencia, ocio, convivencia y qué sé yo cuántas cosas más que se necesitan cada vez con mayor urgencia, aunque sean actividades que cuestan dinero y no lo producen.

 

Si la solución pasa porque el ciudadano disponga de menos ingresos y aumente su aportación fiscal, mientras el estado paraliza sus inversiones para no endeudarse, el futuro es… No, en ese caso el futuro no es, no existe. Y, sin embargo, desde Bildu hasta el PP, desde Merkel a Zapatero pasando por Barcina, la receta común consiste en que en los hospitales haya menos camas y menos enfermeras, en los colegios menos profesores y que nuestros mayores sigan trabajando, si tienen en qué, hasta que se caigan de viejos porque si se jubilan les van a pagar cada vez menos y cada vez más tarde.

 

A mí me da la impresión de que cualquier solución pasa por mover el dinero más deprisa de lo que lo estamos haciendo para que pueda pasar por más manos, incluidas la suya y la mía, y porque los poderes públicos reciban ingresos directamente desde las fuentes en las que se produce. Y no me refiero precisamente a la Casa de la Moneda. Si el estado no invierte, si no percibe una parte razonable de la riqueza y no la reparte con eficacia, la solución me parece imposible. Pero que sabré yo de todo esto. Ya me perdonarán, pero uno de vez en cuando necesita desahogarse.

 

 

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Marcador simultaneo

La culpa, así suele ocurrir, la tiene Oier Fano. De repente atrapó una mosca que pasaba por twitter y nos ha tenido dos días sumidos en la nostalgia. Sus recuerdos de Atocha, los recuerdos de un chaval, se sobreponen a los míos, que ya tenía una hija y se me amontonan los recuerdos desde los tiempos del profe Mendiluce y/o Di stefano. Visto desde aquí el viejo campo no era un compendio de incomodidades mayores o menores. Era el lugar en el que éramos más felices y además, que no se os olvide, más jóvenes. Visto desde aquí Atocha también es el lugar al que nos dirigimos. Un día habrá otro campo de fútbol en Gipuzkoa en el que la Real volverá a ser lo que no ha sido tanto en las dos últimas décadas. Volverá a ser lo que quiere ser.

Pero de lo que quiero escribir esta tarde es de un recuerdo que esboza deformado y precioso Oier en su atmosferabritish.blogspot.com. En la jaula de Atocha, la del córner de Duque de Mandas junto al frontón, donde a veces se encerraba a los aficionados del equipo contrario, se colocaba un tablero nada luminoso en el que aparecía el marcador de nuestro partido y también los marcadores de los otros campos.

Yo lo he conocido con Liga de 16, con Liga de 18 y con Liga de veinte equipos. Un anunciante patrocinaba cada partido de Liga y una serie de claves dignas de formar parte de un código secreto permitía conocer lo que iba pasando en cada campo. Era el Marcador Simultáneo Dardo, el que universalizaba el campeonato en aquellos años en los que la teconología todavía no había ganado la batalla.

Un punto rojo sobre uno de los marcadores significaba que a ese equipo le habían señalado un penalti. Un cuadrado negro representaba una expulsión. Veíamos los partidos con un papel en el bolsillo para saber qué partido correspondía a cada anuncio y nos dejábamos las manos cuando al Athletic o al Real Madrid, siempre queridos entre nosotros, les había ocurrido algún percance.

Al término del encuentro, la megafonía iba desgranando anuncios y resultados. En los sombríos pasillos interiores, asediados por el sospechoso tufillo del Mercado de Frutas, todavía aplaudíamos el resultado que nos calentaba el ánimo más allá de lo que había hecho la Real.

Cerró Atocha y nos fuimos a Anoeta donde nos colocaron por decisión administrativa unas pistas de atletismo que nos alejaron del campo de juego a cambio de nada. La Real pagó 500 millones, literalmente a fondo perdido, que le hubieran servido para levantar un campo de verdad en cualquier otro sitio y el Marcador Simultáneo Dardo, como tantas otras cosas, desapareció del paisaje.

Un par de marcadores oscuros nos iluminan desde entonces sobre lo que pasa en otros campos. Nunca nada fue lo mismo. ¿Nunca? Bueno, sí. El día que Zalazar clavó un golazo desde cuarenta metros en Albacete y en Carrusel lo cantaron a los cuatro vientos. Gooool de pañuelos en Albacete. El encargado del marcador nos informó fielmente: Albacete, 1 (Pañuelos), Valencia, 0. Todavía me dura la risa.

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Paseando por Gros

Me gusta pasear por Gros. Se respira vida. Hoy se respiraba incluso demasiada vida. Costaba dar un paso entre el follón de la feria del Kursaal y los miles de visitantes que han venido para correr mañana, pero que hoy se limitaban a hacer lo mismo que yo. Los 25 grados y el viento sur y la luna llena, que se acababa de poner, terminaban de convertir la mañana en un tumulto. Aunque gracioso.

En medio del camino me encontré en la calle Zabaleta y sentí un pellizco de nostalgia. El Lagar ha dejado de ser El Lagar. Desde ayer se llama Mezclum y no he tenido tiempo todavía de enterarme de qué va el nuevo local. Me enteraré.

La primera sensación es que la clientela es bastante más joven. La segunda es que algunos hemos perdido algo. Hemos bebido y comido mucho y bueno en un local que nació como un bistrot delicioso y al que se lo ha terminado llevando la riada que nos azota a todos desde hace tiempo.

Las terrazas estaban a rebosar. A los corredores de mañana no les temblaba el pulso ante una Voll Damm de dos pisos y los críos se habían adueñado a bandadas de la Plaza de Catalunya. Me reconfortó la nueva heladería porque, si no me falla la memoria, en Gros no había habido otra desde que se cerró la Heladería Española en el Paseo Colón. El cucurucho de café y yogur griego me confirmó la sensación veraniega de estos días de noviembre.

Lástima que al entrar en Padre Larroca me volvió a golpear la persiana metálica de Martín Txiki. No ha durado mucho este comercio en el que se podía comprar buena fruta, buen aceite, buenas conservas y buenas bebidas a un precio razonable. Era una tienda amable, pero no ha conseguido convencer a los vecinos de un barrio que se mantiene fiel a sus comercios de siempre y en el que cuesta mucho abrirse un hueco.

A lo mejor por eso me gusta tanto Gros. Porque palpita en el aire un entramado de complicidades y lealtades, de afectos y antipatías, que van más allá de lo que te dicta la cabeza. Bueno, os dejo, voy a terminar mi paseo. Mañana será otra cosa con más de veinte mil atletas cruzando la Zurriola en busca de la gloria. Porque hay un domingo en noviembre en que el triunfo se alcanza atravesando una línea que está veinte kilómetros más allá del lugar en el que empezaste a correr. Basta con eso.

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Pina

Yo estaba viendo Pina. Me enteré de la noticia, de que ETA cesaba en lo que venía haciendo, a la salida cuando todavía me sentía abrumado por la belleza en crudo en la que me había sumergido durante cien minutos. Así que la emoción me inundó entre otras cosas porque ese cruce entre todas las artes del que acababa de gozar había arrastrado todos los diques con los que de costumbre trato de contenerme.

 

Pina. Danza. Sin límite de edad. En tres dimensiones. Donde los hombres son hombres y las mujeres son cualquier cosa menos ninfas. Pina. Donde el cuerpo más frágil resulta indestructible. Pina. Donde algo tan efímero como el movimiento, permanece. Pina. Evocación y materia. Agua ligera y también densa. Donde los obstáculos se sobrevuelan y a la vez te estrellas contra ellos. 

 

Cuando se encendieron las luces, aplaudí en silencio, desde dentro, para mí, aplaudí tanto que al final me ardían las manos aunque no las había movido. Pina. A la salida me encontré una promesa de paz. Esta vez no lloré. Quizá porque ya lo hice aquella mañana años atrás en las que creí que había llegado el final. Creí y luego pasó lo que pasó.

 

Pero la esperanza se hizo grande en mí y en cada uno de nosotros y en Donostia bailaron las sonrisas en todos los ojos, en todos los rostros. Como bailaba Pina. Como bailan los suyos. Defendiendo cada gesto porque eso es lo que ellos hacen. Bailan. Si no lo hacen, si no lo hacemos, estaremos perdidos.

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