Diario Vasco
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Categoría: Real Sociedad
Se abre una ventana

Willian Jose estará de baja en torno a seis semanas, podría ser alguna más. Se perderá siete, ocho partidos y la Real va a acusar su ausencia. El brasileño es una de las mejores noticias de una temporada en la que sobran motivos para la alegría. Va mejor que bien por alto, sabe jugar de espaldas, abre el juego con soltura, está donde sus compañeros le necesitan y es el primer artillero de un equipo que reparte los goles como no lo había hecho nunca. Su baja es una faena, un portazo en los dientes de nuestras ilusiones. Pero…

Pero siempre que se cierra una puerta dicen que se abre una ventana y en la Real hay un ariete de 21 años que está tirando la puerta abajo y que tenía difícil disponer de minutos en el primer equipo porque Willian Jose, Juanmi y Agirretxe son una barrera poco menos que infranqueable para un delantero joven. Ahora que no queda por delante ningún 9 disponible, Bautista se puede colar por la ventana de esta urgencia inesperada.

A su edad es una oportunidad de la que pocos han dispuesto. Sólo hace falta que el míster confíe en su capacidad y que él eche fuera cualquier atisbo de ansiedad. Es un goleador completo, que es capaz de reunir –lo ha hecho esta misma temporada- un hat trick perfecto con un gol con cada pierna y otro de cabeza. Tiene hambre, tiene remate y no se esconde a la hora de trabajar. Sólo le faltan partidos, oportunidades, para incrementar el activo de este equipo estupendo.

El puesto de delantero es el más difícil para un jugador de cantera. En la Real los goles se han comprado tradicionalmente fuera, empezando por Aldridge, pasando por Kodro, Nihat o Darko y terminando con WJ. Joseba Llorente se encontró con un billete inesperado para subirse al tren del fútbol profesional cuando con 24 años Mendilibar le hizo un hueco en el que fue el mejor Eibar de la historia hasta la explosión del ascenso a Primera. Imanol Agirretxe no fue titular hasta los 24 años y quizás no lo hubiera sido sin la ruina económica y el descenso a Segunda. De hecho cuando su equipo retornó a Primera, él se convirtió en el tercer delantero de la plantilla tras el recuperado Joseba Llorente y Raúl Tamudo. Sin la grave lesión del hondarribiarra, a lo mejor no hubiera participado ni siquiera en los once partidos que jugó aquel año porque en la primera mitad del curso sólo fue titular en el desastre copero frente al Almería. Hasta la llegada de Montanier, Agirretxe fue un sí pero no. Miren después lo que nos dio.

Jon Bautista tiene un ángel diferente. Se le ve más maduro que lo que parecían sus antecesores a su edad y además las circunstancias le han convertido de veras en jugador del primer equipo. Naturalmente no estoy seguro de que Eusebio le haga pasar por delante de un Juanmi que cada vez que sale está cerca, muy cerca del gol, pero las oportunidades se van a multiplicar porque es el único delantero y habrá tardes, sobre todo en casa, en las que convendrá jugar con una referencia clara arriba. Aunque quizá lo más importante sea que se trata de un jugador que gusta, mucho, a los técnicos del club. Le falta por aprender lo que se aprende jugando en Primera División. Aquí está la ventana abierta que nos puede dar, partiendo de Zubieta, lo que tanto cuesta conseguir por caros que los pagues, goles.

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No son sólo 35 puntos

 

La Real Sociedad cerró la primera vuelta con su undécima victoria liguera. Lo que le permite alcanzar los 35 puntos y le sitúa empatado con el Atlético de Madrid, con peor diferencia de goles pero con un 2-0 a su favor en el enfrentamiento directo, en posición de Champions League. Pero no sólo es eso.

Lo sustancial de esta primera vuelta se encuentra en la constante progresión del grupo tras un verano titubeante. Esta Real cada vez hace más cosas y cada vez las hace mejor. Es evidente que con la tralla que lleva este mes falta la frescura y la brillantez de los mejores días del pasado otoño, pero miren esta semana ha sido la primera en la que el equipo ha sabido competir en tres encuentros en un plazo de sólo seis días. La Rosaleda, el Barcelona y el Celta no son precisamente tres bombones. El equipo ha competido cada día y sólo faltó arrancar el empate ante los azulgranas, algo que no hubiera sido injusto a pesar de nuestro discreto balance ofensivo, para redondear un balance cercano al sobresaliente.

Cuando empezó a sonar la música pensamos que Eusebio había dado con un once y que todo se vendría abajo el día que Illarra o Zurutuza no pudieran seguir tocando de oído. Poco a poco se han ido sumando futbolistas a la orquesta y esta semana uno y otro han pasado por el banquillo, lo mismo que un Vela perjudicado por esa rodilla que le persigue, y el equipo ha mantenido holgadamente sus señas de identidad. Granero, desbordado ante el Sevilla, se deja ver como una pieza consistente y Canales jugó ante el Celta el que bien puede ser su mejor partido desde que viste de blanco y azul.

Empezamos el curso con un juego carente de chispa. Obsesionados con no perder el balón, la Real jugaba al ralentí hasta que un gol, poco menos que una casualidad, a favor o en contra abría de verdad las hostilidades y se dejaba ver otra cosa, otra idea, otra alegría. El gol del Espanyol en Anoeta desatrancó anímicamente al grupo. Se fueron arriba y empaquetaron en su área a los periquitos. Aunque no pasaron del empate, ya nada volvió a ser lo mismo.

Es cierto que el buen juego realista se fue encontrando obstáculos aquí o allá. Cuando la presión rival le impedía desarrollar su fútbol terminaba desbordado como sucedió en Ipurua (con  diez) y en San Mamés (con once). Luego nos encontramos con los que abusaron de nuestra defensa adelantada y a base de balones largos nos metían en un lío tras otro. Sucedió en el partido copero de Valladolid –menos mal que en la banda encontramos un defensa escoba levantando el banderín- y en Riazor. Ya está. Ya nos han descubierto, temimos muchos.

Ja. Se ajustó la presión y los siguientes rivales no hicieron ni cosquillas a la Real. Hicieron falta dos desajustes defensivos ante el Sevilla para que llegara otro resbalón. Goleados sí, pero aclamados por Anoeta que supo ver que su equipo no había bajado los brazos en medio del vendaval  andaluz. Ese traspié tenía una elevada porción de riesgo. Comprometidos en la aventura copera, los choques ante Málaga, Celta y Real Madrid podían dejarnos poco menos que en blanco durante este mes de enero y abandonar ahí las ilusiones de regresar a Europa. Pero la Real ha sabido jugar un partido cada tres días sin perder más que una porción de aire fresco y ha seguido sumando victorias.

En ese sentido el partido del Celta es paradigmático. Desde el banquillo donde Eusebio tuvo seguramente su mejor tarde, hasta el terreno de juego en el que en el segundo tiempo la Real, con otros mimbres pero sin dejar de ser la que es, se merendó a los vigueses y mereció un triunfo más claro. Los vigueses habían amordazado a los nuestros hasta el descanso. Compitieron bien, a pesar de que ellos rotaron mucho, y su presión nos dejó inermes. Sólo sobre recuperación de balón habíamos conseguido desequilibrar su entramado defensivo.

Eusebio movió ficha en el descanso. No en la alineación sino en el tablero táctico. Zurutuza se echó atrás y Granero dio un paso adelante. Adiós Celta. Después los tres cambios fueron haciendo cada vez más fuerte a la Real. Si nos dicen en septiembre que íbamos a jugar un partido como éste, a tener una semana como ésta, habríamos mirado con conmiseración al optimista en cuestión y le habríamos invitado a unas cañas. Ahora ésa es nuestra realidad. Con 35 puntos, sí, pero no sólo con eso.

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Pero es el Barcelona

Juega la Real tan bien que me cuesta ponerme a escribir. Como me pasa lo mismo cuando todo sale torcido, voy perdiendo la costumbre de aporrear el teclado del ordenador. Nuestro equipo como el clima de nuestra ciudad ha perdido la noción de lo que es el entretiempo y oscilamos entre la depresión, excesiva casi siempre, y la euforia, a menuda sin medida. Ahora mismo nos hemos venido arriba y muchos confiamos en que la Real sea capaz de volver a ganar al mejor equipo de lo que llevamos de siglo. Es la consecuencia de un par de meses sin más pasos en falso que el de San Mamés. Pero hay un pequeño problema, a Anoeta viene el Barcelona.

Real Sociedad - F.C. Barcelona

Durante toda la semana, los medios nos han venido recordando que en las últimas seis visitas ligueras de los culés, la Real ha sumado 16 puntos y el gigante azulgrana sólo uno. Los nuestros han ganado o empatado remontando en tres ocasiones y también poniéndose por delante desde el principio como sucedió en las tres más recientes. Aquí y allí recordamos que Anoeta es mal campo para Messi y sus magníficos compañeros. Lástima que como en las inversiones financieras resultados pasados no garanticen futuros dividendos. Hay que jugar el nuevo partido y probablemente no será más fácil que los anteriores. Será al menos igual de complicado batir a semejante equipazo.

Lo bueno del asunto es que la Real Sociedad ha encontrado una fórmula para ganar divirtiendo y admirando. Eso no va a cambiar gane, empate, pierda o mal pierda ante un adversario capaz de apabullar a los mejores equipos del mundo. Tampoco tenemos dudas de que los hombres de Eusebio van a dar su mejor versión, sólo que ante Messi y compañía lo mejor de ti mismo no te asegura nada. Además hace falta que el Barcelona regale algo. Quizá porque sus mejores hombres acaben de venir de vacaciones o de un parón de selecciones o ya tenga el título en la mano o te falte al respeto como sucedió en tiempos de Montanier para que Agirretxe anotara el gol de la victoria sobre la bocina. Ninguno de esos casos se van a dar en esta oportunidad.

Sólo en una de las victorias realistas de estos últimos años, ha salido el Barcelona sin tener alguna excusa disponible. Fue en febrero de 2014. Claro que si la rabia diera positivo en un control antidopaje a nuestros jugadores les habrían suspendido a perpetuidad porque hacía sólo unos días que habían sido asaltados en el Camp Nou en la ida de la semifinal copera. Aquel día el equipo del Tata Martino fue barrido del campo y el 3-1 final resultó hasta corto para los méritos realistas, pero no olviden que la rabia es a veces un estímulo poderoso.

Aquel 22 de febrero se cerró la última época dorada del club, aquélla que se había levantado a impulsos del denostado Montanier. A los hombres de Arrasate le costó terminar un curso que había empezado con la previa de Champions en Lyon y para colmo Griezmann emigró a Madrid y dejó a Vela sin pareja de baile. Hemos necesitado dos años y medio para cruzar el desierto. El club hizo con acierto los deberes del pasado verano y a Eusebio sólo le falta encontrar una fórmula para competir así de bien en tres partidos seguidos en la misma semana. Ahora mismo nadie juega mejor que la Real Sociedad. ¿Será suficiente para ganar a un Barcelona que no puede perder más puntos? Quiero creer que sí, pero si nuestra fe no se ve confirmada por los hechos siempre nos quedará el viaje a Riazor para recordar lo que fue aquella tarde de primavera en la que la mejor Real de las últimas décadas celebró haber conquistado su plaza en la Liga de Campeones. La mejor Real de las últimas décadas… Con permiso de la de hoy.

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Limpiando la cabeza

La Real ganó a una especie de coco que nos fabricamos la temporada pasada cuando los amarillos de Las Palmas nos dieron unas cuantas lecciones de fútbol en unos pocos meses. Fue un triunfo rotundo en el que además de jugar bien se dieron toda suerte de circunstancias favorables. Fue una de esas victorias en las que lo que menos vale son los tres puntos porque hay algo que nuestro equipo necesita todavía más como es limpiar la cabeza y recuperar la confianza en su propia capacidad.

Las señales de alarma eran claras. El equipo jugaba agarrotado, con miedo a perder el balón y meterse en un lío, las indecisiones tanto en ataque como en defensa convertían posiciones de fuerza en situaciones de debilidad. De hecho tanto en Pamplona como en Anoeta frente al Espanyol los nuestros no se liberaron hasta que no llegó el primer gol. Mientras, en el entorno, nos flagelábamos con una música que hace diez años nos ayudó a marcharnos a Segunda: “Lo hacemos todo mal. Los jugadores son unos niños consentidos; el entrenador, bobo; el director deportivo, absurdo y el presidente… Ése es el peor, que encima los mantiene”.

Mikel González le puso nombre la semana pasada: “No me quiero intoxicar por tanta negatividad”. Pero una cosa es ponerle nombre a una situación y otra que hacerlo sirva de exorcismo para que esa carga negra que respiramos no te afecte. Fue precisamente Mikel el que más se equivocó en la jugada del penalti en Villarreal. Había salido la Real como no lo había hecho al menos desde enero. El submarino sufría. Y un error puntual se convirtió en un penalti que les desactivó por completo. Ni siquiera se convirtió en gol. No hizo falta ni eso para que a nuestros jugadores les temblaran las piernas y se vieran perdiendo 2-0 en un momento.


Cuando un equipo está seguro de sí mismo, cuando la cabeza está limpia y sin miedos, un golpe no te derriba, especialmente cuando no ha pasado nada, cuando sigues estando empatado y has sido superior hasta ese momento. Pero en Villarreal un error sin consecuencia en el marcador te dejó con las piernas de algodón y te costó el partido. Después la mejor Real en meses hizo méritos para empatar, pero enfrente no estaba un equipo menor y los guipuzcoanos regresaron sin nada en las maletas y una frustración añadida.Es normal que el partido de Anoeta, sólo tres días después, diera a la gente un poco de yuyu. Televisión en abierto, una hora intempestiva, festival de cine… Menos gente en Anoeta que cuando estábamos en Segunda y eso que hacía una noche como para no quedarse en casa. Se daban todas las circunstancias para pasar un mal rato pero la Real salió presionando con todo y se cenó a un rival muy serio. La alineación, como la de El Madrigal, contaba con los mejores futbolistas de la plantilla. Ninguna precaución añadida. A por ellos. Con todo.La consecuencia fue un gol en el primer ataque, veinte minutos más en los que la Real entraba por todas partes ante un adversario que parecía indefenso, a pesar de lo bien que suele jugar con rotaciones y sin ellas, y una jugada afortunada que dejó el partido resuelto. Un alivio y una invitación al optimismo, aunque con 2-0 y diez rivales enfrente tampoco hay motivo para disparar euforia como tres días antes se había disparado veneno.

No necesitamos este tipo de exageraciones, ni la unas ni las otras. Llegarán malos días, quizás pasado mañana en Eibar, que hace unos meses la Real fue limpiamente superior en Ipurua y terminó perdiendo. Podemos ir hacia arriba o hacia abajo, qué sé yo, pero una cosa sí sé, si estos jugadores se liberan y salen a jugar en todas partes como lo han hecho esta semana, vamos a terminar disfrutando. Entre tanto tratemos de evitar las malas músicas, las que critican hasta los aciertos, las que defienden hasta los errores. Vamos a tratar de echar una mano a los que nos representan, que todavía no creo que tengan la cabeza limpia del todo y les vamos a necesitar bien despejados para llegar a donde pueden hacerlo.

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No rascaremos nada

Ha tenido que ser Iñigo Martínez, uno de esos jugadores que no tienen querencia por las excusas, el que haya puesto el dedo en la llaga tres días después del lamentable partido contra el Real Madrid. “Jugando así contra Osasuna no rascaremos nada”. Es una de esas verdades que desenmascaran el aquí no pasa nada porque jugábamos contra el Madrid y además estamos en agosto. Como si a los blancos no les faltaran cinco titulares y no hubieran tenido una pretemporada mucho más desestructurada que la nuestra.

La Real Sociedad ha podido trabajar con normalidad durante mes y medio sin más contratiempos que la lesión desde el año pasado de Agirretxe y las dificultades físicas de Vela. Los dos partidos en veinticuatro horas en Inglaterra frente a dos rivales de Premier, menores pero de la Premier, nos hizo pensar que este verano sí, que por fin se había trabajado bien. Y, de pronto, el castillo de nuestras ilusiones se empezó a venir abajo. Primero frente al Eibar y después ante dos equipos poderosos como el Bayer Leverkusen y el Madrid, este último ya en competición oficial.

La imagen de la Real en Alemania fue idéntica a la del primer partido de Liga. Un equipo romo, sin ritmo, desesperantemente lento y con una ocupación de los espacios inadmisible en un conjunto de esta Liga. Añadan el tradicional déficit de agresividad y comprenderán la causa de que el Madrid nos pasara por encima. Pero como bien dice Iñigo jugando así, no sólo el Madrid puede hacerte una avería. También Osasuna. Cualquiera que compita con energía y con un mínimo orden táctico.

Es evidente que el Real Madrid es un equipazo, campeón de Europa por ejemplo, que sus jugadores son más fuertes y tienen más calidad, pero que te den un baño táctico escapa de cualquier previsión porque los blancos no eran fuertes en ese aspecto y porque un equipo de la dimensión de la Real está obligado a rozar la perfección en ese apartado si no quiere meterse en líos.

No me digan, por favor, que el Madrid le puede meter  tres a cualquiera, aunque su rival juegue un partido de categoría. Claro. Puede que te lleguen tres veces y las tres a la cazuela. Puede que tú les metas en su área y no metas una ni por casualidad. Pero lo que pasó fue que la Real no les hizo ni cosquillas, que nuestro centro del campo vio pasar el balón una y otra vez sin llegar a interceptarlo nunca y que la presión arriba fue entre desordenada e inexistente. Luego las culpas se las llevan los defensas, que no estuvieron bien, pero que se encontraron abandonados por unos compañeros que estaban por allí, pero lejos. Jugando así no rascaremos nada, como dice Iñigo, ni con el Madrid ni en Pamplona ni en ninguna parte.

Así que poco importa quien fuera el rival del domingo pasado ni la fecha que marca el calendario, lo que importa es que nuestro equipo está lejos del juego que cabía esperar hace sólo veinte días. Por eso tampoco es relevante la alineación que opuso Eusebio al Real Madrid, por mucho que los pocos minutos decorosos llegaron con Willian José y Prieto sobre el césped. Ni sirven de gran cosa las descalificaciones individuales cuando nadie estuvo bien y a algunos no se les vieron ni las ganas. La verdadera crítica que se puede hacer esta semana a Eusebio es el enorme desbarajuste táctico de sus jugadores y digo jugadores porque llamar equipo a la Real del pasado domingo se me antoja un regalo demasiado grande. Tanta preparación, tantos partidos para que todo el mundo termine toreando fuera de cacho… No es de recibo.

Si entre todos no lo arreglan, el sábado sin ir más lejos, Eusebio saldrá en otoño como les sucedió antes a Arrasate y a Moyes. La experiencia me dice que cuando esa circunstancia se repite año tras año la aventura suele terminar en Segunda División. Ya sé, ya sé, siempre habrá tres peores… Aunque saben lo que les digo, que en la primera jornada desde luego no.

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Remedio contra la frustración

La temporada más frustrante en nueve años se cerró el otro día con una victoria bien trabajada pero en un partido menor, de aquellos de los que no se pueden extraer grandes conclusiones porque la auténtica competición sólo pasa rozando. Cabe suponer que los técnicos de la Real tendrán a estas alturas pensado un remedio para que no se repita una sensación tan descorazonadora.

Las razones de que nuestra gente haya terminado tan alejada de su equipo parten de una imagen deslavazada,carente de energía y de espíritu. No siempre, pero a menudo. Un equipo que te ilusiona un mes y te deprime el siguiente está lejos de los deseos de su afición y también de sus recuerdos. No éramos así y cuando lo fuimos, terminamos regresando a Segunda.

Todo comenzó en verano cuando se invirtió dinero, mucho, pero no se diseñó una plantilla. Puede ser que el desencuentro entre Moyes y los responsables técnicos del club tuviera que ver con la formación de esa estructura incomprensible en la que el 25% de los futbolistas eran laterales y en el que sólo había un cuatro de verdad, que no era precisamente insustituible, cuando se habían gastado 17 millones en Illarra. El de Mutriku es básico para cualquier proyecto pero no dejaba de ser, aunque mejor, más de lo mismo que ya había. Echamos un año más en falta el cuatro poderoso y con fútbol para jugar al lado de Asier. En cambio con su llegada sobraba un jugador del perfil de Granero.

Como consecuencia del desencuentro del que les hablaba subieron del Sanse dos jugadores prometedores a los que no se les iba a dar bola y a los que se les ha hecho perder el tiempo. Al menos uno de ellos está jugando en Miranda toda la segunda vuelta.

O sea que la plantilla tenía un equilibrio precario ya de partida y para colmo Vela y Rulli vivieron un verano complicado. Al primero le entró la tentación de jugar en Estados Unidos donde el sueldo es bueno y la responsabilidad relativa y llegó aquí pensando en las palmeras de Miami más que en las olas del Paseo Nuevo. Cuando despertó en febrero ganamos cuatro partidos seguidos, pero aquel estirón no fue duradero y los últimos meses del curso recuperaron ese meneo de montaña rusa que tan mal cuerpo nos ha dejado.

El mexicano es una referencia demasiado importante para la Real como para tenerlo en el campo y que no se le vea. Pero si lo sacas del equipo, los rivales lo agradecen y el jugador se puede terminar de volver loco. La estrella del equipo, que costó un quintal hace sólo dos años, se ha convertido en un problema de difícil solución para los técnicos y para el Consejo. Este verano será clave pero si se va, Loren y su equipo tendrán que buscar un relevo imposible y si se queda, cuesta imaginar que Vela vuelva a ser el mismo que fue al lado de Griezmann.

Rulli se pasó las vacaciones del año pasado sin saber si iba a poder jugar donde quería, que era en Donostia. Lo logró al fin y a su llegada se encontró con que el club había apostado por la cantera para el puesto de entrenador de porteros, lo que supongo que tampoco le facilitaría mucho las cosas. Una expulsión ante el Espanyol le dejó tocado, pero se recuperó para volver a ser el de su primera campaña y ahora estamos de nuevo con la misma novela, a ver si sigue como él desea y la Real también o si el fondo de inversión que posee sus derechos encuentra mejor postor.

De momento la Real puja fuerte, en mi opinión más fuerte de lo que debería, quizás porque terminada la temporada no tiene asegurada ni una sola plaza para la portería. La posición del club sería más cómoda si ya tuviera cerrado el acuerdo con el meta que tendrá que competir con el argentino. Competir. Bonita palabra. Hace años que nuestros porteros no compiten por el puesto porque los papeles están repartidos de salida. El bueno y el menos bueno. El titular y el suplente. Buena metáfora para algunos de los males que nos persiguen.

Y esto nos lleva al meollo del problema, la falta de competitividad que muestra el equipo demasiado a menudo y que nos tiene a todos locos. Un equipo que muerde, aunque termine perdiendo, en Ipurua y que ocho días después empata en Villarreal sin fútbol pero con rabia, se deja entre medias los tres puntos en Anoeta ante un Getafe moribundo porque los nuestros estaban todavía más muertos. Fue tal el bochorno de aquella actuación que no he sido capaz de escribir en un mes. Ni habiendo dado la cara en todos y cada uno de los partidos, sería aceptable una actuación así, pero es que no ha sido la única.

A los abonados les ha costado asistir a los encuentros de la segunda vuelta. Tres mil renunciaron a su abono de un año a otro. Ya. Estamos en una crisis larga y dura y las entradas no son regaladas. Ya. Los horarios del señor Tebas son un disparate que no se resuelve porque se sacrifica a los aficionados para mejorar los ingresos de televisión. Ni siquiera se busca una solución de compromiso que permita conciliar ambos intereses de la mejor manera posible. Ya. Pero si el equipo te ilusiona, si cuando vas al fútbol, te alegra la tarde, aguantas en tu asiento aunque te cueste. Y el mínimo común denominador para eso es que tus jugadores lo pongan todo en el campo. Siempre. No ha sido así. Siempre no. Habrá que mirar por qué.

La otra razón del desencanto de Anoeta hay que buscarla en el fútbol de su equipo. Le ha costado mucho crear ocasiones de gol cuando el adversario cerraba pasillos y eso es algo que hacen todos los rivales. Sin ocasiones los goles son raros y sin ellos no se gana en casa. Siete victorias sobre 19 oportunidades es escaso bagaje. Los primeros meses de Eusebio nos permitieron creer que el fútbol había regresado, pero el varapalo de Gijón -otro día que no admite excusas, lo mismo que el cuádruple compromiso ante Las Palmas- nos hizo cambiar de registro. Volvimos a ser un equipo bien montado atrás que vivía de la paciencia antes que del juego alegre y ofensivo.

Si añadimos la lesión de Agirretxe, más de media temporada de baja tras una serie de decisiones que si no tienen consecuencias para nadie es porque en este club nada parece tener consecuencias, y otro medio año perdido por Zurutuza más una interminable plaga de problemas físicos nos podremos hacer una idea de porqué todo ha sido como ha sido. La temporada empezó torcida y no se puede decir que haya terminado bien por mucho que en los dos últimos meses se hayan ganado cuatro partidos y se haya peleado en todos menos en uno. Lástima que de ése no vayamos a olvidarnos fácil.

Hay mucho trabajo por delante este verano. Será importante sacarlo adelante con un mínimo de solvencia porque la deriva es mala y si no la cambiamos ahora, podríamos volver a vivir lo que ya vivimos no hace tanto. No es fácil convivir con tanta frustración. Hay que buscarle remedio.

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