Yo no había cumplido los 23 cuando conocí al bueno de Javier García. Me lo presentaron unos amigos policías en forma de siniestra foto, una estampita del terror que tendría espacio en mi cartera hasta hace bien poco, y que compartía protagonismo con otros tipos igual de asquerosos e igual de comprometidos que García en ese negocio de "matar para conseguir lo que me da la gana".
Con la foto, siempre había una recomendación adjunta: si ves a alguno de estos tipos, corre.
Era habitual por aquellos tiempos que diversos cuerpos de seguridad nos facilitaran a concejales amenazados por ETA ristras de pequeñas fotos tipo carnet con la imagen de los terroristas del momento. Una medida de seguridad, un intento por ayudar a que reconocieras por la calle a quienes te querían pegar un tiro, se convertía también en un recordatorio permanente de la miseria con la que te había tocado lidiar, un recordatorio permanente que aparecía en los momentos más variopintos. Si buscabas un billete para pagar el cine, sacabas una tarjeta, o rescatabas el tiquet del tren para la universidad, allí estaba García.
No recuerdo muy bien quiénes acompañaban a García en aquella siniestra pasarela gráfica. Quizás eso es lo menos importante, porque todos, independientemente de sus nombres y apellidos, tenían el mismo objetivo, tan definido y determinante, que todos pasaban a tener las mismas caras y nombres:asesinos.
El otro día en la Audiencia Nacional se juzgó a Javier García Gaztelu "Txapote" por el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. A su lado, en el banquillo de los acusados, compartía la misma suerte Irantzu Gallastegi. La actitud de los dos, quedará grabada en nuestras memorias por siempre. La cara de la miseria, la indignidad del ser humano parapetada tras una jaula de cristal blindado será difícilmente olvidable para cualquier persona de bien.
¿O no? Porque quizás haya quienes pronto olviden esas caras. Quienes pronto olviden el rostro y la mirada chulesca de García. Quizás haya quienes olviden conscientemente, quienes intenten hacernos olvidar a los demás que tipos sin escrúpulos, carentes del mínimo aprecio por la vida pretenden hacernos tragar con sus miserias como si los demás fuéramos responsables de sus actos.
No son buenos tiempos para defender valores y principios. No sopla el viento a favor de quienes defendemos que un fin, cualquiera, no justifica los medios. Igual que un fin político nunca justificó el terrorismo de ETA, ahora el supuesto fin de la banda terrorista no justifica cualquier cosa, tampoco que García salga a la calle en pocos años.
Los terroristas no han vacilado en poner bombas o descerrajar cobardes tiros en la nuca, pero pasó mucho tiempo hasta que el Estado de Derecho dejó de vacilar en la aplicación contundente de sus normas y principios. Hoy García se puede permitir el lujo de ser un chulo de barrio tras una jaula de cristal blindado, porque sabe que su chulería no será respondida con la firmeza del Estado de Derecho, porque quienes nos gobiernan también están en "alto el fuego".
Hoy García sabe que su futuro se negocia. Sabe que asesinar a un hombre atado de manos por la espalda puede salirle muy barato. Sabe que si los taures de uno y otro lado hacen bien las cosas, la partida va camino de quedar en tablas. García sabe que la defensa de los principios y valores del Estado de Derecho no está de moda, sabe que hoy se estila mucho más eso de "necesitamos la paz a cualquir precio".
Había momentos duros, de incertidumbre, de desasosiego. Habia muchos momentos de desesperanza y de miedo. Pero siempre, cuando miraba su foto, tenía la convicción de que todo acabaría bien. Que éste y otros acabarían entre rejas y que no habría concesiones hacia quienes tanto sufrimiento causaban.
Hoy he vuelto a mirar la foto y le he visto sonreir. Corren buenos tiempos para García.