En los años setenta y ochenta Umbral era Dios. Le había cogido el punto a la escritura, a su propia imagen, al país entero. Escritor y payaso. A la sombra paternal de Cela. Al gusto estrafalario de los españoles. Arrasaba.
En España ser escritor es muy dificil. De ahí que tantos escritores hayan derivado en el bufoneo y en la adulación descarnada.
Umbral, como su maestro Ramón Gómez de la Serna, escribía con palabras que eran imágenes. Y con imágenes que eran metáforas. Tanto barroquismo te dejaba exhausto.
En un país acartonado por la dictadura, Umbral parecía fresco, lozano, moderno. Esa fue su gran baza. Hasta que empezó a acartonarse él mismo. En los últimos años, décadas, su figura parecía crujir como una marioneta oxidada.
Umbral, para hacerse un hueco en los manuales, denigraba a grandes escritores: Baroja, Galdós, Azorín. Y ensalzaba a otros: Foxá, Ruano, Valle-Inclán. Siempre a su conveniencia.
Tenía una voz impostada y un gusto hortera en su vestuario. Su dandismo era demasiado celtibérico.
Dos o tres veces al año escribía una excelente columna. El problema era digerir las otras trescientas.
Pese a todo era un escritor con mayúsculas. Tuvo que autoinventarse para sobrevivir. Y le salió bien.
Pamplona. Baluarte. Fascinante edificio multiuso. Elegancia y sobriedad de líneas. Un toque militar y otro grandilocuente.
En la recepción hago una solicitud por escrito. Que pongan un cartel en el exterior anunciando la exposición. Como se hace en el resto del planeta.
Me equivoco de puerta. Casi me cuelo en una boda. El portero me advierte: es la puerta vecina. Una azafata me contabiliza en su lista. Apenas tiene trabajo la azafata. Estoy solo en compañía de cuatro o cinco vigilantes.
Exposición de Markus Lüpertz, alemán. Cuerpos y paisajes se titula. Muy amplia. Obra de la última década.
Variaciones sobre tres temas: una casa escondida entre árboles, calaveras y espaldas masculinas sin cabeza. También esculturas. Diez o veinte piezas por cada tema. Títulos más o menos absurdos.
A las toscas calaveras el comisario les llama vanitas, a la manera barroca. A las no menos toscas espaldas, el comisario les llama espaldas acéfalas. Esto promete...
Pintura a golpes, a brochazos.
Lúdico. Infantil. Buen colorista, aunque tendencia a lo chillón.
No aprecio otras virtudes. Pintura desquiciada para un mundo loco.
El bullicio de la boda se deja sentir. Son las seis de la tarde: café, copa y puro.
Proyectan un video del artista. Me siento para verlo. Las azafatas me miran. A ver qué cara pongo. El artista está en su estudio. Las paredes recargadas de lienzos. Mientras le entrevistan se come un filete. Habla y mastica. Lleva la cabeza rapada y dos pendientes en la oreja. Es director de no sé qué escuela alemana.
Tengo suficiente. El ruido de la boda se dispara. Cuando me dispongo a salir suenan los primeros compases.
Monseñor Uriarte, siguiendo la tradición de que en el País Vasco los políticos hablan como los curas y los curas como los políticos, ha clausurado el curso en la basílica de Loyola, durante la celebración de la festividad de san Ignacio.
Como es habitual al acto político/religioso acudió el escalafón institucional vasco con el lehendakari a la cabeza. Monseñor Uriarte, en su discurso/homilía procedió a socializar la culpa. Todos somos culpables de todo, al parecer.
Monseñor se refiere al estado de decepción de “la gran mayoría de este pueblo que ha visto desfallecer paso a paso una acariciada expectativa de paz”. Es una opinión muy respetable que no comparto. Demasiada retórica (o, mejor, palabrería). Yo creo que muchos ciudadanos de este país hemos visto desfallecer tantas cosas que ya no aspiramos a caricias precisamente.
La tesis de nuestro prelado es la aplicación escrupulosa de la teoría de la equidistancia, tan querida por nuestros pastores desde hace décadas. En términos más prosaicos se le denomina también la teoría del ventilador: el objetivo es esparcir la basura. Nada nuevo.
Concluída la ceremonia azpeitiarra empiezan las vacaciones.
PD: Las mías también. Me despido por unos días con un poco de glamour, que buena falta nos hace: Saint Etienne. Hasta pronto.
Apenas recuerdo una escena de las numerosas películas de Bergman que ví en mi juventud. Lo tengo, sin embargo, por uno de mis maestros.
Siempre me interesó su cine, una exploración del alma humana. Tan serio, tan profundo, tan sutil. A veces resultaba aburrido pero otras –Fanny y Alexander- era subyugante.
Un artista muy nórdico, muy crítico con la religión, de familia puritana. Su crítica, me parece, no se centraba tanto en la dogmática como en los tipos que la religión produce. Los hombres como enfermos del alma. Todo lo que creaba tenía su inconfundible sello personal.
Su obra es lo más parecido al teatro que he disfrutado, dado que el teatro no ha existido en mi vida.
Su éxito en España viene por la crítica de la religión y de la represión, sobre todo moral. Nada extraño en un país empantanado en la dictadura franquista.
Tuvo problemas con la socialdemocracia sueca –especialmente fiscales, como suele ser lo habitual- que le animaron al exilio.
Sus actores fetiche –Liv Ullman y Max Von Sydow- son extraordinarios.
Trató sobre las realidades eternas del hombre: la soledad, el miedo, la enfermedad. Afrontaba los temas con valor, energía, sin complejos. Los tontos se mofaban de él.
El sexo, la muerte, la pareja, las relaciones padres-hijos fueron otros temas bergmanianos.
“Cuando era joven tenía un miedo horrible a morir –dijo en una de sus últimas entrevistas-. Ahora creo que es un arreglo muy, muy acertado. Es como una vela que se apaga. No hay mucho sobre lo que discutir".
Apenas conocía la obra pictórica de Julián Schnabel. Me gustó mucho su película Basquiat. Creo recordar que él mismo pintó buena parte de los cuadros del film. No fui a ver Antes de que anochezca porque había leído el libro de Reinaldo Arenas. Este libro me marcó: es desgarrador, obsesivo, torturado, ferozmente hedonista y transgresor. Pero también deprimente.
Tenía ganas de ver esta exposición –titulada Verano- en Tabacalera, pero me ha decepcionado.
Schnabel es un pintor ecléctico que se maneja con soltura entre el expresionismo abstracto, la abstracción lírica, el arte pobre, el conceptualismo, la figuración, el informalismo… La característica común de todo ello, la marca de la casa, es el gran formato, grandilocuencia en mi opinión.
La exposición –con algunas excepciones- me ha parecido apagada, prosaica, invernal, triste. La tendencia de Schnabel a la espectacularidad –apoyada en los potentes espacios de Tabacalera- se vuelve aburrimiento por un tono general excesivamente monocromo.
El artista parece haber adquirido varias toneladas de lona impermeable y se ha puesto a pintar/dar brochazos sobre ella. El resultado es una monotonía de verdes oscuros, grises y pardos, apenas aliviados por los blancos del yeso.
Siempre me ha resultado artificial la costumbre de titular obras abstractas con etiquetas más o menos poéticas. De tal forma que el inadvertido espectador se dice: ¿Qué tiene esto que ver con Muhammed Alí? En el caso de Schnabel el asunto se agudiza porque los títulos, rotulados en grandes letras, forman parte del cuadro.
En la sala de lectura me quedo un rato dándole un vistazo a los libros y catálogos sobre su obra. Verifico que en su trabajo predomina el color. Tal vez las lonas y bronces que han llegado hasta Donostia no son las más representativas. Tal vez sí.
Cuaderno digital de notas y de fotografías. Notas periodísticas, más o menos literarias, sobre vida cotidiana, paseos, arte, naturaleza, libros, comentarios, escenas vistas o imaginadas.