Muy buenos días, desde el Maresme (esta errenteriarra anda transplantadita por aquí desde hace unos años, y muy a gusto, por cierto). Bueno, vamos a por la cosa esta, aprovechando que hoy es fiesta en toda Cataluña, la Diada, y que la playa la tengo vetada por motivos que no hace al caso.
Cada vez que se toca el tema del islamismo, como podría tocarse cualquier otro -ismo de sentido castrante, me dan escalofríos. Tener fe es algo estupendo, de verdad, porque viene a dar esperanzas o, más directamente en ocasiones, tranquilidad. (No tenerla podría ser también, por qué no, igual de gratificante. Doy 'fe'.) Sin embargo, placebos aparte, un hecho
incontrovertible debiera presidir la inteligencia: que nadie ha visto nada y que lo que sabemos lo sabemos gracias a la filosofía y su hija natural la ciencia. A partir de ahí, ya digo, ancha es Castilla... ¿Alguien conoce al jesuita Pierre Teilhard de Chardin? Pues sería el momento de experimentar en campo abierto. Lamentablemente, no ocurre así. En occidente hemos sabido sacudirnos el yugo de los clérigos, pero en el mundo islámico no es así. La teocracia es la ley, y prohibido respirar otro aire que no sea el que tenemos asignado por decreto. La mujer es la que lleva la peor parte. Por eso, mi respeto para todos los corazones que presienten o sienten algo más allá de la materia que somos. Yo no puedo, nunca he podido, aceptar las imposiciones por muy celestiales que sean. Y, menos aún, cuando entrañan la inferioridad de un ser humano respecto de otro.
Tengo cosas dentro de mi coco, me he acostumbrado a usarlas. O sea, que pienso y gracias a eso existo. Soy mujer y tengo todo el derecho de vivir plenamente. Si renunciara a él, estaría sobreviviendo. No sería, por lo tanto, mujer: sería un trozo de carne con unas utilidades muy concretas.
Así que, Beyonces que en el mundo sois y seréis, ¡venga esas cachas!