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Viernes, 23/12/2005
Propósitos |

Un nuevo año a la vista.
Estrenamos fechas.
Empezamos desde el 1 del 1.
Borramos la pizarrita magnética.
Desempolvamos la lista de propósitos.
Vaya.
Nos atacan los ácaros.
Tomamos ventolín con uvas.
Y levantamos la cabeza.
Nos autoconvencemos.
Este año es otro año.
No repetiremos lo malo.
Innovaremos.
Mejoraremos.
Dejaremos de caer en la misma piedra.
Sí.
Sin duda.
Revisamos la lista.
Cielos.
Llevo ocho años con el mismo propósito incumplido.
Quitar el óxido a mi barco.
Buf.
Demasiado propósito.
Me relajo.
Tampoco este año.
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Escrito por Silvia a las 12:45 am Ver/Hacer comentario (13)
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Sábado, 17/12/2005
Mns |

Manías cotidianas.
-Tender la ropa utilizando pinzas del mismo color que la prenda que cuelgas.
-Echar gasolina en el surtidor mirando que quede un número exacto, aunque luego vayas y pagues con tarjeta.
-Ir al supermercado para hacer la compra y jugar al tetris con los productos que vas poniendo en el carrito.
-Volver a ordenar los vasos que ha puesto otro en el lavaplatos para dejarlo a tu gusto.
-Oler los calcetines antes de echarlos a lavar.
-Estirar la cama cada vez que te sientas en ella.
-Jugar a adivinar palabras colocando únicamente vocales en las tres consonantes que llevan las matrículas europeas.
-Poner los cuadros rectos en casa de los amigos cuando no te ven.
-Usar cada apartado de la cesta de cubiertos del lavaplatos para un tipo de cubierto, sin mezclar cucharas con tenedores.
-Rizarte el rizo.
-Pasar diez minutos mirando letras en el ordenador para saber cuál te gusta más.
-Irte a la conchinchina en coche para calcular cuánto tiempo te lleva llegar y así poder decir con fiabilidad a qué hora llegas a la cita.
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Escrito por Silvia a las 07:39 pm Ver/Hacer comentario (25)
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Martes, 13/12/2005
Luz |
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Escrito por Silvia a las 11:53 pm Ver/Hacer comentario (11)
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Viernes, 09/12/2005
Disneylandia |

Voy a sacar mi cerebro a pasear.
Que le dé el aire.
Sí.
Eso voy a hacer.
Me lo voy a llevar de vacaciones.
Nada más y nada menos que a disneylandia.
Voy a comprar un ticket para la atracción que suba más alto.
Y me lo saco.
Con mucho cuidado.
Me guardo los tornillos en el bolsillo, para que luego no falte ninguno.
Y lo colocaré con mucho amor y cariño.
En el primer asiento, para que suba hasta arriba sin que nada le entorpezca la vista.
Y yo me quedo abajo, saludando con la mano, dejando que me mire desde allí arriba, desde el espacio, a ver si vuelve con ideas frescas y renovadas.
Lo del pelo alborotado ya lo arreglaremos luego.
Lo importante es que le entre un poco de oxígeno de altura, de ése que no está contaminado.
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Escrito por Silvia a las 10:21 pm Ver/Hacer comentario (14)
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Lunes, 05/12/2005
Duquesa |

Juro que te quise, duquesa. Que te quise con todo mi empeño. Que dediqué horas y días enteros para que lo nuestro durara eternamente. Que pensé formas de sacar mayor rendimiento a nuestra relación. Que no paraba de pensar en todas las responsabilidades que surgieron de nuestra unión.
Lo juro, duquesa.
Pero la vida pudo con nosotros. Fui incapaz de preservar nuestra historia de los cambios que surgían a nuestro alrededor, no tuve herramientas para parar el tiempo. No pude.
Y a pesar de todo, lo seguí intentando, duquesa, te lo prometo.
Intenté solventar las crisis que pasamos juntos, intenté dulcificar las amarguras que nos tocó vivir, pero hay que reconocerlo: nos quedamos obsoletos. Surgieron nuevas formas de entenderse y nosotros quedamos, simplemente, atrás.
Juro que te quise, duquesa, pero la vida pudo más. Hasta el nombre que utilizaba queda hoy obsoleto pero ya es demasiado tarde para llamarte de cualquier otra manera, duquesa.
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Escrito por Silvia a las 05:30 pm Ver/Hacer comentario (26)
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Sábado, 03/12/2005
Cuadrados |

Yo creo que es porque son cuadrados, porque los metros, de por sí, ni son buenos ni son malos. Pero cuando se transforman, en cuadrados, ahí es cuando se fastidia el asunto.
Y es que lo natural es más bien redondo, sinuoso. Sin embargo, lo cuadrado tiene más de transformado por el hombre, tiene otro toque. Y los metros cuadrados, están resultando ser un invento maligno. Para todos menos para el que los construye, claro.
Y las personas, que también se convierten en cuadradas, no te lo pierdas. Es entonces cuando no importa jugar con distintas armas, según la circunstancia. A los 10 metros le ponemos delante un aprox. y así sabemos que nos adaptamos a todas las necesidades: un apartamento recogido, un loft en miniatura, un coche-cama de lujo, un trastero excelso, una sauna finlandesa a pie de calle, un nidito de amor -para gorriones; absténganse albatros y buitres-. Con el aprox. ya lo tenemos todo solucionado.
-¿Vd. qué quería?
-...
-Ah, pues tengo algo perfecto, oiga, que ni pintado. Ése, sí; el aprox 10 metros cuadrados.
(avarqua, lo tenía centrifugando cuando salió el tema. Va por ti) |
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Escrito por Silvia a las 02:16 pm Ver/Hacer comentario (10)
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Martes, 29/11/2005
Garrapata |

Saltó sobre mí.
Yo,
ni la sentí.
Continué andando,
como si tal cosa.
Pero ya,
la llevaba puesta.
Ella buscó
el mejor lugar.
El más abrigado.
A resguardo.
Yo,
seguí a lo mío.
Ella también.
De hecho,
sumergió su cabeza
en mi cuerpo.
Entonces,
sentí picor.
Y me rasqué.
Demasiado tarde.
Se había hecho
un hueco.
Al final,
por casualidad,
la vi.
Entonces,
sofocada,
me acerqué
al médico.
Él dijo:
Señora, su caso
no tiene
remedio.
Estupendo,
pensé yo.
Y me resigné.
Qué le vamos a hacer.
La vida es así.
Podría ser peor.
No somos nada.
En fin.
Grave no es.
Sólo pasa que
llevo una garrapata
clavada
en el corazón.
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Escrito por Silvia a las 12:41 am Ver/Hacer comentario (21)
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palabras |
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Viernes, 25/11/2005
Extractos |

Reconozco que me gusta una bebida refrescante de extractos.
De extractos.
Miro el envoltorio intentando indagar qué es en realidad lo que me gusta, pero entonces empiezan a asomar letras (generalmente la E mayúscula) y números -unidades, decenas y, sobre todo, centenas (perdón por este detalle sin relevancia, pero es que explicar matemáticas a un niño de ocho años deja ciertas taras)-. Y no entiendo mucho –creo que es un secreto-, con lo cual me quedo en el título, me quedo con lo de extractos.
Aunque bien pensado, creo que son más habituales –los extractos- de lo que parece. Sí: definitivamente, todo está hecho de extractos.
Me gusta, por ejemplo, una amiga que se compone del extracto A-145. Lleva en su composición extracto de artista con 145 montajes fotográficos en los que pone el alma y los cinco sentidos.
Me gustan, sin ir más lejos, mis niños (y otros muchos que no son míos) que están compuestos de E-999, que viene a ser extracto de espontaneidad al límite, al máximo.
Me gusta un amigo con C-123, algo así como extracto de constancia en aquello en lo que se empeña.
Me gusta una amiga con I-888, una amiga con mucha inteligencia aunque la vida la tiene hecha un ocho.
Me gusta una amiga con ingrediente T-248, extracto de ternura que se va multiplicando.
Me gusta un amigo con P-121, las siglas que definen el extracto de paternidad responsable que protagoniza.
Me gusta una jefa con L-365, que es el extracto de lucidez que le burbujea los 365 días del año.
Me gusta una amiga con E-100, con ese extracto que la capacita para tener empatía con todo el mundo, empatía 100%.
Me gustan los extractos de que están hechos algunos seres que pululan a mi alrededor. Porque esos extractos los convierten en seres refrescantes. Sin duda, será por su composición secreta.
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Escrito por Silvia a las 05:29 pm Ver/Hacer comentario (9)
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Miércoles, 16/11/2005
Anuncio |

Qué os pensabais. ¿Que aquí no había anuncios? ¿Que en locotidiano no hacemos publicidad? Estabais equivocados. Los anuncios son buenos, muy buenos. Nos abren los ojos. Nos hacen ver las cosas claras. Gracias, publicidad por formar parte indisoluble de nuestras vidas.
El otro día abrí el correo hotmail y a la derecha me apareció un anuncio –banner se llama, creo- de match.com. Un anuncio con un gran poder de seducción. De hecho, pasé el ratón varias veces por encima viendo cómo se convertía en manita, dudando de si hacer clic o no. Y es que la oferta era, irresistible. Exactamente igual que las cartas que ya tienen escrito en el sobre “regalo seguro”, que miras en el interior y sólo has de gastar la módica suma de 50€ para entrar en un sorteo de un magnífico ejemplar de llavero linterna –para todo España y Sudamérica-. Eso: regalo seguro.
Match.com venía a decir que a qué esperas para tener amor, para dejar de estar solo, que a ver qué leches haces perdiendo el tiempo, que ellos te lo encuentran, que está ahí, vaya. Bueno, hasta aquí no hay nada nuevo. Nos hemos acostumbrado a los buscadores de…yo soy: rubia, alta, 1,80, maciza, sana y sin caries. Y busco a (Jacqs –ah, no ése era otro-): morenazo, alto, 1,90, sin entradas y que viva fuera de casa de su amatxo. Vale. Pero lo mejor de matx (perdón por el localismo) es su valor añadido. Algo que no se ofrece en ningún otro lado. Es…la garantía de seis meses. Garantía. Ostras.
Y yo me pregunto (mientras paso dubitativa el ratón-flecha-manita):
-el sujeto viene a la primera cita con el librillo en 12 idiomas, ése que pone Guarranty, para que lo firmes, claro. Luego le echa el sello que saca de la gabardina. Ésa que lleva con un clavel en la solapa para que le puedas reconocer en medio de la Plaza Nueva, en medio del tumulto.
-el sujeto viene con la etiqueta “100% de verdad” colgando de la oreja, para que la recortes antes de ponértelo.
-el sujeto es, durante seis meses, Mr. Perfect; encajáis como un guante y a los seis meses y un día, crock, se descangalla el invento y a tomar por riau. Ya no hay dónde reclamar. Bueno, en la oficina del consumidor: “Mire, venía porque mi novio ha salido defectuoso pero está fuera de garantía, je”.
-el sujeto, aun estando en garantía, se estropea. En la primera cena que le invitas a tu casa, ha dicho que la tortilla de patatas, como su exnovia, no hay quien la haga. Y entonces, ¿qué haces? Llamas al servicio de mantenimiento y/o averías, para que venga el técnico. Vas al buscador y pones…busco a: técnico de mantenimiento, morenazo, macizo, alto, sin entradas y que viva fuera de casa de su amatxo. Y viene. Y entonces, ¿qué? Montas un trío, ¿no? Pero con resquemores. ¿Tendrá esto también garantía? Dios, qué vorágine de vida amorosa.
-el sujeto, aun estando en garantía, decide –a pesar de que tú te mueres por sus huesos- que no le gustas. Ah, no, eso sí que no. Seis meses de garantía, cariño. El contrato que firmaste lo deja bien clarito. Y ahí estás, de uñas cuatro meses, probando lo mejorcito del matrimonio gracias a matx.
Porque match.com da más. Mucho más. Da seis meses de garantía. Garantía. Genial.
Tumatx.
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Escrito por Silvia a las 01:00 am Ver/Hacer comentario (33)
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Lunes, 14/11/2005
Metros |

Ciudad de ángulos
de recovecos
de pasarelas
de arquitecturas encontradas
de besos ingenieros
de asfalto
de gris marengo
de tranvías y metros
de avenidas anchas
de callejones estrechos
de antiguas chimeneas
de cristales en el suelo
de negocios
de muchos,
de demasiados metros
para un ser como yo,
pequeño.
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Escrito por Silvia a las 01:30 am Ver/Hacer comentario (8)
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palabras |
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Sábado, 12/11/2005
De segunda mano |

Si volviera a nacer
no lo borraría todo.
Me quedaría
con algunos fallos.
Justo los que conforman
mi manera de ser.
Está claro.
Pero sí quitaría
el exceso de pudor,
los miedos
y el hablar bajo.
“Si volviera a nacer”
es imposible.
En realidad,
con esta vida
ya me tocó
la lotería.
Además,
si metieran de nuevo
mi bola a girar
no creo que,
si me tocara,
fuera –la vida- tan buena
como la que ahora tengo.
Hay mucho destrozo,
por ahí,
por el mundo.
Y volver a este circo
siendo gorrino
tampoco seduce
mi espíritu.
Total, que
“si volviera a nacer”
es imposible.
Mejor pensar
si empezara de nuevo.
Eso sí.
Aunque,
ahora que caigo,
si lo hiciera,
escogería una vida
usada,
una vida con abolladuras,
con marcas.
Elegiría una vida
de segunda mano.
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Escrito por Silvia a las 01:31 am Ver/Hacer comentario (21)
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Viernes, 11/11/2005
Personalizar |

Al final, he decidido personalizar mi cuerpo. La frase no me la he inventado yo; lo decían en un anuncio para animar a la gente a hacerse pierceos (piércines, ya sabéis). O sea, animar para que nos hagamos boquetes aquí y allá. Y yo me he apuntado. No asustarsen. Sólo he decidido hacerme un agujero en el lóbulo de cada oreja. Sin más. Y no son el cuarto y quinto agujeros, qué va, son el primero y segundo. Que venía de fábrica sin agujerear. Eso es todo. Ya lo sé. En estos tiempos que corren en que lo más normal es ponerse un pendiente en la punta de alguna parte, resulto de lo más clásico. Soy más clásica que aquélla que hacía sacar a Ambrosio una pirámide de ferrero-rochés a sus amigos durante el ágape en el jardín (que siempre me pregunto yo, por cierto, qué pasa si un invitado coge alguno que no sea el de la cúspide; un despiporre de ferreritos dorados por entre los narcisos y orquídeas, qué desastre, Ambrosio).
A lo que iba, me rondaba la idea de agujerear mis lóbulos, pero la inercia de treintaymuchos años es mucha inercia. Hay que salvar la solera, lo añejo de una oreja entera y comerse muchos años de argumentar “no, yo no tengo; mis padres no me los hicieron al nacer”.
La verdad es que el asunto es de una nimiedad absolutamente abrumadora. Eso, claro, si no se tienen en cuenta los precedentes de la historia. Una amiga me regala por mi cumple unos pendientes. Preciosos. No puedo vivir sin ellos. ¿Cómo he podido existir todos estos años sin ellos? Se acabó. Me hago agujeros. Y fui a la farmacia. Ésa que está en la esquina de la plaza y es atendida por tres farmacéuticas que tienen pinta de saber mucho de cremas y cosas de mujeres. Los precedentes. Me acerqué al mostrador e hice como si planteara aquella pregunta todos los lunes de mi vida –y no sólo una vez cada treinta y ocho años-.
-¿Hacéis agujeros en las orejas?
La chica más joven me respondió:
-No, no hacemos.
Vaya, me dije, desconcertada. Pero insistí:
-Es que me habían dicho que en las farmacias usan unas pistolas que te ponen el pendiente…
-Sí, sí. Hace tiempo los hacíamos, pero dejamos de hacerlos porque las chicas sangraban como pollos.
Glup. Juro por mis niños que la farmacéutica embutida en su bata blanca toda mona utilizó estas mismas palabras.
-Ah, vale…gracias –dije bajito.
-Pero en esta misma calle, en la Platería Carmen me parece que los hacen –añadió dado mi interés.
-Ya, gracias, hasta luego –me despedí.
-Adiós –dijo volviendo con las otras dos farmacéuticas.
Salí de la farmacia recapacitando mi decisión. No quería aparecer en la sección local del periódico en una noticia como ésta:
“Una mujer que responde a las siglas de S.R. fue ingresada ayer por la tarde en el hospital central después de sufrir una hemorragia incontrolada en las orejas supuestamente provocada en la trastienda de la platería que responde a las siglas de P.C. donde fue pistoleada repetidamente”
Bajé por la calle. Me subí los cuellos de la gabardina casi hasta las cejas, para pasar desapercibida. Miraba los letreros de los comercios. Allí estaba. Platería-Bisutería Carmen. Me acerqué al escaparate, haciendo ver que miraba las joyas, pero en realidad estaba observando a las dependientas, a Carmen y Cía. No tenían, así, a primera vista, aspecto gore, nada que me indicara en el brillo de sus ojos o de sus colmillos tendencia a ser fans de la matanza de Texas, ni de los muertos vivientes, aunque nunca se sabe. A veces, las apariencias engañan. En todo caso, después de las indicaciones de la farmacéutica, tenía que reflexionar (y no un día como en las elecciones, sino varios). Marché sigilosamente del escaparate en dirección a casa. Había mucho que procesar, todavía.
Pasó el fin de semana de reflexión y voté. Voté que sí. El lunes me acerqué hasta la platería.
-Hola, venía a hacerme agujeros en las orejas –dije decidida.
-Vaya, qué casualidad. Carmen no está. Han operado a su marido y hasta el jueves no creo que vuelva. Es que nosotras no los hacemos, de eso se encarga Carmen. ¿Tienes prisa? –me preguntó.
Yo, al ver que eran normales, me relajé.
-No, qué va, si llevo 38 años sin agujeros, podré esperar tres días de nada…Vuelvo el jueves, adiós.
Sonrieron ante lo curioso de mi respuesta y se despidieron muy simpáticas.
Dije que tres días no iban a ninguna parte, pero en realidad pasó como cuando le dices a un novio que te lo vas a pensar y cuando vas a decirle que sí, va él y te responde que ya no, que no quiere saber nada. Entonces, te entra una necesidad imperiosa de tener a esa persona o, en este caso, de tener ese agujero en la oreja.
Así que hoy he salido de casa con tres recados apuntados en un papelito. Pilas, tintorería y agujeros. Eso ponía en la lista. He dejado lo de los agujeros para el final, por si tenía que ir desangrándome hacía algún lugar, que fuera a casa y no a la tintorería.
Por fin, me acerco a la Platería-Bisutería Carmen. Está a tope. Dudo pertrechada tras los collares aztecas del escaparate. “Venga, no vamos a alargar más esta historia” me digo. Adelante. El chiringuito mide 40 m2 a los que hay que restar el espacio que quitan diez vitrinas de cristal junto a las paredes, un mostrador en el medio y lo que ocupamos una cuadrilla de cuatro amigas que compran a una quinta amiga, una chica rebuscando bufandas entre dos expositores colocados estratégicamente en medio de todo, una chica que se prueba unos pendientes que desde mi punto de vista todavía inagujereado parecen armarios (y que para mirarse va del mostrador al espejo constantemente acaparando ella sola unos 8 metros), una chica que mira una caja llena de colgantes encima del mostrador, las dos plateras-bisuteras y yo.
Me toca turno.
-Vengo a hacerme agujeros en la oreja –insisto una vez más.
-Pasa, pasa por aquí –me señala Carmen desde el fondo del mostrador (que se recorre en cuatro pasos) –yo te los hago, espera un poquito que tenemos mucha gente…
Así que mientras espero, voy mirando lo que puede ser mi futuro. Miro cómo va cambiando de pendientes-armario la chica de en medio. Incluso –estamos todas tan pegadas- asiento cuando Carmen le dice que le sientan bien. La de los colgantes se ha marchado porque los quería azul turquesa. Mientras Carmen atiende a la de en medio, va sacando los artilugios necesarios para mi operación. Una pistola azul de metal y una caja de pendientes pistoleros de diferente índole. Elijo el más pequeño: un triángulo plateado. Nada de dorados, por favor. La chica de los pendientes armario se va enterando de la jugada. La de las bufandas se ha marchado, pero las cuatro amigas han aprovechado el espacio libre y se pasean por los 40 m2 mirando vitrinas. Parece que también se van enterando.
Carmen encaja el pendiente en la pistola.
-Ves, este sistema es muy bueno. En ningún momento toco el pendiente –me explica mientras lo ajusta y estira el disparador. –No es dolor, más bien sentirás como un pellizco y es muy rápido –añade.
Ahí donde ha dicho “dolor”, he notado que alguna mirada se apuntaba al espectáculo. Me pone la pistola en la oreja. Zapa. Primer disparo. Je. Un pellizco. Sí. Con un martillito. La otra oreja. Zapa. Je. Martillito. La de los armarios ha dejado de mirarse al espejo. Ahora va a opinar ella, seguro. Sí, efectivamente, opina:
-Se pone rojo y se hincha, pero luego se pasa –dice.
“Cagüendiez, la de la farmacia no me había avisado de eso” digo para mis adentros.
-Muy bien, centrados y pegados a la cara, para que luego los pendientes no queden atrás –apunta Carmen.
-Muy bien –respondo –sacando el billete de diez euros para terminar con el espectáculo y marchar cuanto antes del chiringuito. Que una tiene pudor y vergüenza, vaya.
-Bueno, dentro de un mes vienes para que te ayude a quitarte estos pendientes, porque están a presión y tú sola no podrás quitártelos. Luego ya usarás los que quieras –añade la platera-bisutera-pistolera.
“Si no salgo alérgica a la chatarrilla” pienso yo. Uy, qué salida más negativa, me da que empieza el arrepentimiento…
-De acuerdo, bueno, pues hasta dentro de un mes –respondo queriendo zanjar el asunto. –Adiós. Y echo a andar, a cruzar los 40 m2 en un travelling lento, muy lento.
Doy tres pasos, me quedan otros cuatro para alcanzar la puerta. Ya casi estoy fuera cuando oigo la voz del fondo.
-¿No te vas a mirar cómo te queda?
-Ah, claro –digo yo como despistada, reculando uno de los dos pasos que había conseguido dar, para volver hasta el medio, justo al lado de la chica de los pendientes armario.
Mirando al espejo estamos: las dos plateras-bisuteras, las cuatro amigas, una chica que acababa de entrar y sin saber, se une a la mirada general, la chica armario y yo. El travelling lento se para. Un segundo eterno. Un gallinero alborotado mirando fijamente un único punto y ese punto resulta ser mi cara.
-¡Ah! Qué…esto…qué rara estoy, je, me voy a pensar…je, adiós –digo la última palabra desde la puerta, girando la cara hacia los 40 metros y 8 pares de ojos pendientes. Pendientes de mí. Pendientes de mis orejas. Pendientes.
Buf. Qué trago. Hogar, dulce hogar. Rápido. Llego. Abro la puerta. Abro el cuarto del ordenador. Los tres chicos; allí están. Pavor. Pienso: por qué no habré tenido una linda niña que juegue a comiditas, a mamás y papás, porque en este momento, la necesito. Me sobrepongo a estos pensamientos.
-Hola, chicos, ¿qué tal? –pregunto sujetando la puerta entreabierta, tratando de impresionar a la cuadrilla con mi mejor sonrisa. Ellos me miran, sin más. -¿Notáis algo nuevo? –digo ayudando al personal.
Y ahí están. Miran y adivinan. Adivinan, aciertan y expresan con sus caras. Parece que algo no va bien.
-Mmmm, sí, los pendientes –dice Mikel –No me gusta –suelta- Pareces un marcarra –sentencia.
Eso te pasa. Por pedir a un niño su opinión cuando lo tienes machacado los 365 días del año con eso de que mentir y pegar está mal. Tú te lo has buscado. Aunque he de reconocer que con lo de marcarra, el niño ha dado en la diana. Vamos, que es lo que yo he pensado delante del espejo de la tienda. Yo, que toda la vida he pensado que tenía aspecto de marichico por no llevar pendientes, me los pongo y en vez de ser un paradigma de la feminidad, me transformo en un quinqui de barrio chino. Vaya pinta de quinqui tengo. Un mes de quinqui hasta saber si los pendientes de chispitas de regalo me quedarán a saber cómo. De folclórica, seguro. Vaya historia ésta de personalizar el cuerpo. Voy a empezar a enterarme si existen los implantes de loctite, de algún tipo de cola especial, de sellante, algo. Sí, mañana mismo me paso por la farmacia a preguntar.
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Jueves, 03/11/2005
Me nieguing |

Al principio piensas “bah, son cuatro gotas de nada, esto no cala”. Y sigues como si tal cosa, sin hacer caso del sirimiri. Pero al cabo de unas cuantas gotas, empiezas a tomártelo en serio. Piensas “qué hago, ¿me mojo o me resisto?”.
Hoy me ha caído la gota número 268 y he decidido resistirme. Decididamente, voy a abrir el paraguas.
Entramos a la consulta.
-Buenos días –dice el pediatra.
-Buenos días –digo yo.
-¿Qué le pasa a este chico? –pregunta.
-Pues que lleva muchos días tosiendo con muchas flemas y pasó el fin de semana en casa con fiebre y que, además, la abuela comentó que casos como éste podían acabar en neumonía, y claro, ya no estoy tranquila cada vez que tose –respondo.
-A ver, Julián, siéntate en la camilla y levántate la camiseta –dice.
Le quito las botas al niño, le ayudo a sentarse y le sujeto la camiseta arriba, dejando pecho y espalda al descubierto.
El pediatra se coloca los audífonos ésos en las orejas y le dice al niño:
-A ver, Julián, tose un poco.
Julián suelta un cof, cof lánguido y poco convencido a lo que yo comento:
-No, Julián, tose fuerte.
Esta vez, el niño tose y en su interior algo suena de otra manera; con bien de mocos. El pediatra ausculta en diferentes puntos de su espalda.
-Muy bien –dice el pediatra mientras le baja la camiseta. El médico coge un palito de madera y mirando al niño dice:
-Di “a”.
Julián dice “aaaaaa” todo seguido, durante unos segundos, con un palo sujetándole la lengua. El pediatra le mira la garganta, tira el palito a la papelera, separa el taburete de ruedas de la camilla y se distancia un poco para dirigirse a mí:
-Bien, no le veo nada raro, salvo que tiene mucosidad en las vías respiratorias, para lo cual no es necesario darle antibiótico.
Y entonces, va él y lo dice:
-¿Sabe Vd. lo que es clapping?
Yo abro mucho los ojos, al mismo tiempo que musito un “no” avergonzado. Pienso: “Ves, Silvia, no sabes lo que es clapping, desde luego, vaya madre de chisgarabís estás tú hecha. Suspendida, estás suspendida. Cinco años que tiene ya el mocoso y tú sin saber qué es clapping. Por favor…”.
-Bueno, pues verá…-seguía el pediatra- Vd. pone al niño boca abajo, y entonces, le va dando unos golpecitos en la parte alta de la espalda con las manos un poco encorvadas. Pero por la zona lumbar nada, eh? Sólo en la parte media y alta, así…
Yo, mientras, incapaz de salir del asombro lingüístico, sigo clavada en la pregunta del clapping. Él seguro que no ha notado nada extraño, claro, interpreta mi cara alelada como la de una madre poniendo muchísimo interés en la lección.
Y entonces, voy yo y lo digo:
-O sea, darle unas palmadas.
-Sí, clapping –responde él.
-Ya… –digo ojiplática.
Salimos de la consulta. Llevo a Julián hasta el cole. Vuelvo a casa rumiando la lección.
Lección-gota-número-268. He decidido resistirme a este sirimiri que empezó con el footing, que siguió con el over-booking, que genera brainstorming y que ahora me descoloca con el ridículo clapping en la espalda de mi niño. No pienso vender un solo pin. Sólo voy a vender insignias. Y palabras, voy a vender palabras que ya existen, recórcholis.
Pues eso, que me nieguing en redonding a tanta chorrading.
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Martes, 01/11/2005
Crunchi |

Crunch, crunchi, cranchi, granchi, grachi, graci, gracia, gracias. |
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Escrito por Silvia a las 05:22 pm Ver/Hacer comentario (10)
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La olla |

Conviene descargar un poco y sacar la tensión antes de seguir explotando como lo hago ahora, como lo que soy: una olla con una receta imposible en la cabeza, que una y otra vez la pongo al fuego y cuando asoma el segundo aro –porque eso sí; es una olla perfect, ojo- intento bajar la temperatura a toda velocidad, pero ya se sabe, los fuegos eléctricos no bajan con la misma rapidez que lo hace el gas, así que soplo y soplo pero es demasiado tarde, he dejado que subieran los dos aros, así que la miro cómo revienta, la miro estallar en mil pedazos y me tapo la cara, porque no lo quiero ver, pero ahí está; asoma todo el guiso esparcido por la cocina y sólo me queda recoger, limpiar y dejar todo como estaba antes de ponerme a cocinar y sí, pensar, “qué miseria, lo he vuelto a hacer, lo he hecho...una vez más”. |
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Escrito por Silvia a las 12:17 am Ver/Hacer comentario (31)
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Domingo, 30/10/2005
Margen de maniobra |

Cuando te giras y ves la pena pegada a tu espalda, respirándote en el cogote.
Cuando hacia delante tu mirada se pierde en lo más profundo del precipicio, allí donde apenas distingues el mar de las rocas.
Cuando sientes que tus miembros caen, uno por uno, al suelo.
Cuando sólo notas tu cabeza sujeta por una cadena de huesos torcidos, sinuosos.
Cuando las olas suben hasta tu mente para deslizarse por las mejillas.
Cuando quisieras que tu cabeza se desintegrara y no puedes sino observarla generar más pensamientos.
Cuando la tristeza te envuelve en un brillante papel de celofán y pretende conservarte en ese estado para siempre.
Cuando no estás donde estás, cuando estás siempre en otro lugar y ese lugar existe únicamente en tu cabeza.
Cuando tu refugio es tu perdición.
Cuando no encuentras la salida.
Es cuando el margen de maniobra equivale, exactamente, a cero.
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Escrito por Silvia a las 12:47 am Ver/Hacer comentario (4)
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palabras |
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Sábado, 29/10/2005
Adopción |

Un cielo que no es el tuyo,
un cielo que te ha adoptado.
Unas estrellas,
como proyectores,
iluminan el asfalto.
Delante de ti,
surge el escenario.
Actores nuevos,
distinto decorado.
Ríos que juegan con las vocales
puentes que suben -más o menos alto-
murmullo de coches, más tráfico.
Fuera del espectáculo,
el Cantábrico.
No hay olas,
no hay arena,
no hay salitre
y nunca se escenifica
una sola galerna.
No hay puerto en esta ciudad
que te presta su cielo.
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Escrito por Silvia a las 09:22 pm Ver/Hacer comentario (6)
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Viernes, 21/10/2005
Cabeza gallinero |

-A ver, vosotras, las de la lista de menús para toda la semana, colocaos al fondo derecha, en el lóbulo temporal -dijo señalando el lugar con el brazo levantado y el cuello estirado.
Un grupo de células recibía la orden marchando hacia atrás.
-Pero en esa esquina hay una corriente morrocotuda -se quejó una de entre el grupo -entra el aire por la oreja y no hay quien pare…
-Bueno, bueno, no vais a estar ahí todo el día, tranquilas, ya buscaremos el momento de que salgáis a escena -respondió la que había dado la orden.
Ésa, la célula madre, bajó entonces el megáfono para mirar alrededor y seguir poniendo orden en aquel caos de cerebro.
-Oye, la de la máquina de coser, sí, tú, escucha… ¿cuántas veces te he dicho que hasta la noche no des la lata? ¿No ves que ahora no tiene tiempo? Tú no sales hasta que no se duerman los niños, así que nada de meter dudas sobre cómo hay que coser un dobladillo, ahora, en la mitad del día, ¿estamos? –le soltó la célula madre a otra que andaba dando vueltas y liando con hilos de colores a otras que estaban quietas.
Una célula asustada y tímida se acercó a la que lo organizaba todo.
-Madre, madre, me he perdido del grupo y no sé realmente qué cometido tenía…
-Normal, es normal. Tú vas con el grupo de células de la cruz verde parpadeante. Sois las de la farmacia. La naranja aquélla va a comprar jarabe para los niños, tú ibas a preguntar por unas vitaminas para llevar mejor el otoño, porque efectivamente, se te olvidan muchas cosas. Hale, júntate con las de la cruz para que no te pierdas otra vez –dijo la célula madre en un tono sosegado, tranquilizador.
Desde el fondo, desde el surco parieto-occipital venían dos cuadrillas de células discutiendo, alzando la voz cada vez más. Se pararon en la circunvolución postcentral enzarzadas en la discusión, ajenas al ir y venir de colores y formas extraordinarias que las rodeaba. La célula madre se acercó hasta ellas.
-¿Puede alguien explicarme qué pasa aquí? –preguntó con voz firme y autoritaria, cortando la discusión.
-Esto…aquí este grupo, que dicen ser las próximas en salir a escena, las de la reunión con los empresarios y claro, se están haciendo las importantes –respondió una célula con una bolsa de merienda infantil en la mano- y claro, mira cómo estamos, a punto de que llegue el autobús con los niños a la parada –añadió agobiada.
-Bueno, parece que tenemos un pequeño colapso –dijo la célula madre. Levantó el megáfono y volteó la cabeza para, acto seguido, lanzar un alarido. -¡Atención todo el mundo, atención! Colapso entre tareas profesionales y maternales. Repito: colapso tipo doble jornada. Que acuda hasta la circunvolución postcentral la célula recursos de última hora –vociferó alto y claro.
Al cabo de unos segundos, una célula en patines venía corriendo desde la parte alta del lóbulo frontal. Su función era obvia: movimientos de destreza.
-Ya estoy aquí, madre. Lo tengo. Si te parece bien, le llamamos a la madre-amiga para que se quede con los niños mientras dure la reunión. Luego pasa ella a buscarlos. ¿Qué me dices? –preguntó.
-Genial, célula, siempre tan resolutiva. Adelante, echa a correr con los patines hasta la célula de la lista de teléfonos y hazlo ya, que por aquí estamos bloqueados.
Hubo un rato de silencio. Una conversación resonaba en todas las cavidades, terminó con un “gracias” y el ambiente volvió a relajarse. La célula madre habló con el grupo de la merienda, las calmó y se marcharon más tranquilas no sin mirar de soslayo a las de la reunión. A su vez, las de la reunión, algo más centradas, empezaron a sacar papeles y cotejar datos sentadas alrededor de una mesa.
La célula madre cogió de nuevo el pasillo hacia el surco central. No paraba de mirar a los lados y asignar tiempos y tareas a las células que se iba encontrando. Pero parecía que iba buscando algo o alguien en concreto.
En una esquina del lóbulo frontal se respiraba un ambiente distendido; un grupo de células estaban dispuestas en corro y se reían. Se oían risas acompañadas de gestos en el aire. La célula madre se fue acercando a aquel grupo.
-Por fin te encuentro, célula; siempre andas igual –dijo la madre.
El corro se abrió y asomó en el centro una célula de muchos colores parecida a un arco iris.
-Hola, madre, estaba contando el de la célula de Purkinje que se pierde en el vaso cerebral…-le respondió sonriendo.
-Vaya, ése es bueno, pero vengo porque tienes trabajo, célula. Hoy está el día muy lleno, sabes, hemos desplegado muchas células e incluso hemos sufrido un colapso…así que mucho me temo que vamos a necesitarte para terminar el día en condiciones. Me consta que las células de la tensión están aguantando pero van a necesitarte como estrategia para dar la vuelta al cansancio –le explicó con detenimiento.
Ahora la célula del sentido del humor escuchaba atenta.
-Bien, madre, tú dirás… ¿cuándo quieres que aparezca? –preguntó.
-Pues mira, en dos momentos. Uno cuando acueste a los niños y otro cuando por fin se hayan dormido y vaya donde él. ¿De acuerdo?
-Ningún problema. Allí estaré –le prometió a la vez que le guiñaba el ojo –déjalo en mi mano…esto, ahí va, si yo no tengo manos… -bromeó a la vez que hacía gestos buscando entre sus colores.
A su alrededor, algunas células volvieron a reír y cerraron de nuevo el corro. La célula madre siguió su camino, entre otras de mil colores y formas extravagantes dentro aquella sucesión de salas, pasillos y recovecos que formaban su hogar, el cerebro. Mientras se acercaba hacia el lóbulo frontal recordó que la célula del sentido del humor tenía la costumbre de llamarlo, al cerebro, cabeza gallinero y no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en la cara. “Cabeza gallinero” musitó “esta célula del sentido del humor es…insustituible” y siguió caminando.
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Escrito por Silvia a las 12:27 am Ver/Hacer comentario (21)
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palabras |
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Domingo, 16/10/2005
Derrapando |

Me ha entrado un virus.
Necesito formatear
el disco duro.
De acuerdo.
Por si acaso,
haré una copia de seguridad.
Pero tengo claro que
ahora
no estoy a gusto.
Necesito envasar al vacío
ciertos pensamientos
y hacer mermelada
con los disgustos
para tragármelos
cuando estén azucarados.
Necesito una bombona de oxígeno
para respirar mejor
sólo a diario
aunque parezca Tenzing
subido a lo más alto.
Y como veo que
todo esto
asoma por la siguiente curva,
voy como puedo,
casi derrapando,
a cambiar
las pastillas de los frenos.
Necesito detener
este aparato
antes de sufrir
el próximo batacazo.
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Escrito por Silvia a las 08:00 pm Ver/Hacer comentario (24)
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soliloquia |
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Domingo, 09/10/2005
Tramontana |

Estaba siendo un día como otro cualquiera. Hasta que la tramontana le dio la vuelta. A él y al día. A los dos al mismo tiempo.
Andrés se había acercado hasta la playa donde trabajaba en bicicleta, como todos los días. Había recorrido, desde su piso alquilado, unos cuantos kilómetros de paseo marítimo lleno de chiringuitos y extranjeros con color de marisco cocido. Solo aminoró la marcha al pasar junto a las ruinas romanas. Dejó de pedalear y, sin bajarse de la bicicleta, se apoyó contra la valla que las protegía. Se deleitaba mirando aquellos trozos de piedra, esqueletos de habitaciones y salones, arrasados por encima del medio metro de altura. Con su imaginación era capaz de retroceder dos mil años levantando paredes, colocando voces dentro de las casas y mujeres con niños en las calles. Y los vestía de colores, de muchos colores. Nada de proyectarlos en sepia, como las esculturas que se veían en los museos.
Se le hacía tarde. Siguió pedaleando. A una velocidad aproximada de 200 años por pedalada. Así que en el preciso momento en que estaba candando la bicicleta, había conseguido avanzar en el tiempo hasta el año 2005. No tuvo más que levantar la cabeza para darse cuenta: familias enteras vestidas con bermudas saltaban desde el camino hacia la arena pertrechadas de neveras, tumbonas, flotadores gigantes, toallas, cremas y gafas de sol. “La playa del 2000. ¿Cómo sería la playa romana?” se preguntó con curiosidad. Ya tenía en qué pensar a falta de clientela.
Abrió la puerta trasera y, una vez dentro, levantó las persianas. Colgó la pizarra con la lista de bocadillos y el cartel de los helados. Y se sentó a esperar que asomara el primer cliente.
Vendió bocadillos y charló con gente sin prisa, gente de vacaciones. Estaba siendo un día como otro cualquiera. Hasta que la tramontana lo cambió todo. Había oído decir que la tramontana volvía un poco locos a los lugareños, pero nunca llegó a considerarlo demasiado en serio.
Entró la tramontana sin avisar, por detrás. Empezó lanzando los carteles al suelo. Salió a recogerlos y aprovechó para mirar el cielo. Un destacamento de nubes grises se imponía poco a poco al azul intenso que había predominado hasta entonces. La gente se colocaba las gafas en la frente para contemplar el cambio. Paulatinamente, las familias fueron recogiendo sus cosas dejando la playa vacía, desierta.
Andrés permanecía en su puesto de trabajo disfrutando del espectáculo. Esta vez, el espectáculo sólo lo protagonizaba la naturaleza. Era capaz de observar, sin traba humana alguna, las olas pelearse con el viento por caer sobre la arena, la misma arena arremolinarse en las esquinas y, sobre todo, aquel espigón deforme de roca que en su día fuera el puerto romano y que ahora luchaba con el mismísimo mar Mediterráneo por seguir siendo litoral.
Empujado por la tramontana, sintió la necesidad de aproximarse hasta aquel puerto, de formar parte, voluntariamente, del cambio que se avecinaba.
Era cierto que el puesto de helados, la bicicleta y las nuevas amistades eran ingredientes de su, ahora, universo diario, pero sentía que, sobre las ruinas de una civilización que había desaparecido hacía miles de años, aquel viento lo llamaba a seguir, a continuar descubriendo otras historias dentro de la suya propia. Además, los puertos en los mapas, no señalan otra cosa que un punto de llegada o de partida. Definitivamente, la vida estaba delante. La vida que le quedaba por vivir.
La tramontana consiguió que aquél dejara de ser un día como otro cualquiera. Andrés bajó de aquellas rocas y decidió continuar su camino para poder imaginar más escenas; romanas, antiguas, playeras, urbanas, catalanas, actuales…o no. Simplemente, necesitaba que fueran otras, que fueran escenas nuevas.
(Of course, to Joxepo, whose world is much wider than mine...)
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Escrito por Silvia a las 07:52 pm Ver/Hacer comentario (16)
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humanoides |
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Jueves, 06/10/2005
A rayas |

Si con la yema de mis dedos
pudiera pintar,
las caras de los seres que más quiero
amanecerían a rayas.
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miniaturas |
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Miércoles, 05/10/2005
Ferrari |

“El Ferrari iba a adelantar por la curva más peligrosa del circuito. El piloto notó que le sudaban las manos, lo cual era síntoma de tensión, mucha tensión. El escuchar su propia respiración dentro del casco lo aislaba aun más de aquella escena, del gentío, del ruido. Cuando el circuito exigía tanta concentración, llegaba incluso a olvidarse de que competía con otros corredores. Era una lucha contra sí mismo. Sentía que por efecto de la velocidad, su cuerpo iba más pegado que nunca al suelo y al mismo tiempo y de forma contradictoria, tenía la sensación de volar a medio metro del suelo.”
Que no, que no hay manera. Que estaba intentando hacer un texto con visión masculina, pero que no hay manera. Incluso visión me ha salido en femenino y el resultado; la palabra masculina. Los ingredientes no eran malos. Coches, competición…pero no, con lo de volar, definitivamente, ya he desmotivado a todo el sector masculino. Hombre, si pusiéramos otra escena…La meta y, sobre todo, la entrega de la copa, con el corredor rodeado de bellas damiselas bien embutidas en una camiseta que ponga Monmelón, por ejemplo…igual ahí tendríamos alguna posibilidad, digo yo. Buf, habrá que dejarse llevar y seguir el instinto que cada cual lleva consigo. Qué pena, con el tirón que últimamente tiene esto de la fórmula uno…
Definitivamente, creo que voy a parar en boxes a que me aprieten alguna tuerca, que por mucho que quiera, yo no tengo tornillos, son ellas, tuercas. Perdón el desvarío (ello).
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Escrito por Silvia a las 12:56 am Ver/Hacer comentario (14)
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palabras |
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Sábado, 01/10/2005
Dinámico |

Dijo el adiestrador:
-Qué curioso, tú le dices “juntos”.
Yo le miré sorprendida. “¿Qué le voy a decir?” pensé. Si es que vamos juntos. Claro, la orden que él dijo era “junto”. Pero a mí me sonó raro. Junto. La lámpara está junto a la estantería. Vale. No problemo. Pero, normalmente, dos van siempre juntos, creo yo. Aunque sean animal y humanoide. Me rompió los esquemas (claro que yo tengo la mente hecha fosfatina; igual no es tan raro). O sea que se da orden al perro sin tener en cuenta que estamos ahí, a su lado. El perro que vaya “junto”, luego ya pensaremos el final de la frase. Aunque, en realidad, también me dijo que daba igual lo que dijera. Podía decir azul, blanco, rosa o uno, dos y tres, siempre que repitiera los mismos vocablos para que el animal los archivara.
A mí me preocupaba que ladrase tanto a los otros perros, tanto que en más de una ocasión he tenido que activar los gachetozapatos, ésos que sacan las púas de la suela para agarrarse mejor al suelo y no deslizarse con el brazo tieso hacia otro cánido. Así que después de veinte minutos de decir “juntos” y antes de marcharme para casa junto con mi perro, le pregunté suavemente:
-Está bien, muy bien, pero ¿me puedes dar algún truco para cuando ladre a otros perros? Sabes, es que casi no puedo salir por la ciudad, tal y como se comporta.
Me dijo que le tirara de la correa a la vez que decía “No”. Vale. “No” es fácil; lo llevo practicando con los niños hace un rato. Pero la cosa no quedó ahí. Me dijo también que la orden era más fácil de acatar si lo hacía de un modo dinámico, y no estático. Recórcholis. Abrí bien los ojos. ¿Cómo? –le pregunté-. Ya me explicó. Dijo que cuando viera un perro y se pusiera a ladrar, dijera “no”, tirara de la correa y acto seguido, le dijera “junto/s”, echando a andar. Vale. Dinámico. Estático, no. Si te quedas ahí –estático- al animal le da la tentación de repetir. Okay.
Hoy tenía que ir al cajero, a sacar unos euros. Digo “unos” sólo. Porque “unos cuantos” es mi sueldo y en un par de sacadas de “unos”, aquello vuela. Perdón por estar tan pendiente de las palabras, es que entre adiestrador y perro, estoy en fase de diccionario.
Bueno, a lo que iba. Al cajero a por euros. Con el perro. Me bajo del coche (“Buen fin de semana. Igualmente”). Voy hasta el cajero. Se oye “Juntos” cada diez pasos. Llego. Saco la pasta. Vuelvo hacia casa. Horror. Un perro por detrás. Yo me doy cuenta. El perro se da cuenta. Gruñido in crescendo. Ladrido. Digo “no”, doy tirón, se me pone a la derecha (cagüen, tiene que ir por la izquierda), doy yo la vuelta al perro –no hay que hacerlo nunca, es él el que tiene que aprender-, estático, estático, “vamos” (mecasuen, no hay que decir “vamos”, eso es de mi cosecha), “azul”, “no, tres”, “juntos”…perro por detrás, dueña diciendo “yo pensaba que quería jugar”, yo respondiendo “perdona, estoy enseñándole, je, esto…adiós”, que no puedo hablar, que está siendo estático, vaya por Dios, el semáforo en rojo, eso sí que es estático y el otro perro que no para de acercarse… “juntos”, vale, pues no cruzo, sigo recto, dinámico, dinámico, el perro me mira, yo pienso “a mí no me mires, que no tengo ni idea de lo que hago”, recuerdo “hay que premiarles con la voz” y digo “muy bien, muy bien”, vaya, lo he dicho justo cuando se me cruzaba por delante que casi me caigo. Llego a otro semáforo, eso sí; tres manzanas más lejos de mi casa que antes. Nos paramos juntos. Quiero llegar a casa. Buaaaa. Me huele la mano a salchicha frankfurt de pollo, de los trocitos que he ido dándole para que fuera haciendo todo lo que ha hecho. Pero…ahora que lo pienso, ¿qué ha hecho? ¡Ah, sí! seguir al trote a una humanoide de aspecto paranoide. ¿Adiestramiento de quién?
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Escrito por Silvia a las 12:59 am Ver/Hacer comentario (14)
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cotidiano |
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Viernes, 30/09/2005
Pepito Grillo |

Se asomó por una esquina y, sin que nadie lo percibiera, se colocó sobre su hombro.
-Pst, oye, tú…sí, tú-dijo sin levantar mucho la voz, puesto que se encontraba a un palmo escaso de su oreja.
-¿Quién habla? –preguntó ella mirando alrededor.
-Aquí, estoy aquí, subido a tu hombro –respondió sacando pecho.
-¡Ah, hola! Casi no se te ve –dijo ella con una sonrisa burlona.
-Bueno, sois vosotros, los humanos, los que decís eso de que el tamaño no importa, yo no me lo he inventado… -dijo algo enfadado.
-De acuerdo, perdona, no quería ofenderte. ¿Cómo tú por aquí?
-Nada, venía a dar una vuelta, ya sabes, de vez en cuando me asomo y de paso, charlamos –comentó al mismo tiempo que se hacía un hueco entre el hueso del hombro y la hendidura de los tendones. Por fin, se sentó tranquilamente y cruzó una pierna sobre la otra-. Charlar, contrastar ideas, compartir pensamientos, razonar…esas cosas que a los humanos hay veces que no os da tiempo de hacer –decía él.
-¡Ah, estupendo! Me parece muy bien –se animó ella a responder.
-Bueno, yo me preguntaba… ¿a ti te gusta la vida? –dejó caer mientras miraba la suela de su diminuto zapato.
-¡Toma! No te andas por las ramas, ¿eh? directo al meollo –respondió ella sorprendida-. Bueno…es una pregunta importante. Parece que hoy nos vamos a poner serios, trascendentes.
-Ya sabes, he venido a razonar…
-Bien, de acuerdo, la vida…sí, la vida. Me gusta. Un gran reto, una lucha…aunque si no luchas, no hay recompensa. Sí, yo digo que me gusta…aunque a veces sea dura o distinta de como pensaste que sería. Sí.
-Genial, me satisface tu respuesta –dijo él-. Es lo que yo me imaginaba. Recuerdo otras ocasiones en que comentaste que te gustaba la gente consecuente, ¿sigues pensando lo mismo? –volvió a preguntar.
-¡Ah, sí! Da mucho gusto encontrar gente con sentido común, gente que no predica una teoría y lleva otra a la práctica. Sí, ser consecuente me gusta –dijo ella dejándose llevar por la conversación.
-Estupendo, entonces podrás responderme a una última pregunta, si eres tan amable…
-Claro, tú dirás…
-Si te gusta la vida y te gusta ser consecuente, entonces, ¿por qué haces ese gesto suicida cada veinte minutos?
-…
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Escrito por Silvia a las 01:28 am Ver/Hacer comentario (14)
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palabras |
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Martes, 27/09/2005
Monos |

Ya intuía yo que aquello no nos iba a llevar a nada bueno, pero, la verdad, nunca imaginé que llegaríamos tan lejos.
Me han despedido del trabajo y he perdido a mis dos hijos. No como porque me falta tiempo. Lo gasto todo intentando encontrar la solución para resolver este problema del que, ahora, los tres formamos parte.
Todo comenzó una tarde lluviosa de domingo. Una vez más, Julián, el menor de los niños, le pidió a su hermano Andrés la game-boy, porque Julián estaba tan enganchado que era capaz de pasar horas dándole al botón aunque no supiera hacer otra cosa que desplazarse de izquierda a derecha dentro de esa pantalla de colorines. Podía pasar tanto rato en la misma postura que acababa por dolerle el cuello, sudarle las manos o encendérsele las mejillas de puros nervios. Andrés le dejó la maquinita, pero, consciente de la ineficacia de su hermano menor, se quedó como siempre cerca para “pasarle” de pantalla, o sea, para sacarle de los atolladeros que consisten, por ejemplo, en un fatídico ataque de cocos, un triple salto mortal esquivando un lagarto armado o alcanzar la llave para abrir una puerta mágica. No es que Andrés ayudara mucho a su hermano pequeño, pero poder presumir de conocimientos virtuales le hacía ganar un par de puntos a los ojos de Julián, y eso sí que no lo desaprovechaba.
Para mi horror fui testigo de aquel trágico suceso. Me acercaba con los bocadillos de nocilla al cuarto de los niños cuando un resplandor imponente me cegó casi por completo e hizo que la bandeja saltara por los aires. Pasados unos segundos fui capaz de vislumbrar algo en aquella leonera; Julián y Andrés habían desaparecido. El resplandor que iba cesando provenía de la game-boy, ahora en el suelo. Miré en los armarios, miré detrás de la puerta y dentro de las camas, por si se trataba de algún truco que desconocía, pero nada; no estaban por ningún lado. Con un gesto, más de costumbre que de interés, recogí la game-boy del suelo y fui a cerrarla cuando, en el último segundo, un pequeño detalle despertó mi curiosidad. Los dos monos que aparecían en el juego de Don King-Kong se habían estilizado, ya no eran esos gorilas regordetes. Es más, uno de ellos, el más alto, tenía gafas azules y el otro, el pequeño, expresión de travieso, un lunar en la mejilla y un diente roto. Pero sobre todo me llamó la atención aquella expresión de angustia en su mirada, angustia que los personajes de Nintendo ni por asomo muestran. No había duda, eran ellos; mis hijos Julián y Andrés mirándome aterrados.
Casi sin tiempo para reaccionar, vi que los dos monitos tenían delante uno de esos monstruos difíciles de definir pero claramente hostiles. No tuve más remedio que apretar el botón derecho con el que pudieron, de un salto, esquivar un ataque seguro y seguir hacia delante. Después del primer monstruo vinieron más bichos, amenazas y peligros.
Y yo aquí sigo, jugando desesperada para evitar que acabe la partida y haya perdido a mis dos monitos.
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Escrito por Silvia a las 11:37 pm Ver/Hacer comentario (15)
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miniaturas |
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Domingo, 25/09/2005
Juntas |

Se va viviendo.
Eso sí,
con una pena
dentro.
Yo me escapo.
Ella,
me sigue.
Jugamos al escondite.
Yo me escondo.
Ella,
al final,
me consigue.
Cuando,
sin quererlo,
la veo
sujeta de mi brazo.
Vamos juntas
durante un rato,
ella y yo,
unidas
como
siamesas.
Hasta que
me opero
la cabeza.
Y entonces,
de nuevo,
se va viviendo.
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Escrito por Silvia a las 11:46 pm Ver/Hacer comentario (25)
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soliloquia |
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Sábado, 24/09/2005
Eso te pasa |

El otro día vino el inspector.
Abrí la puerta y en el descansillo me encontré un señor trajeado, estirado y sin asomo de querer bromear, según el semblante que se le veía.
-Buenos días, soy el inspector de orden y limpieza, sección ámbitos domésticos y vengo a registrar su casa –decía mientras me enseñaba la placa enfundada en la cartera de cuero.
-Buenos días, yo soy Silvia y si no es con una orden, no le voy a enseñar mi casa –respondí inmediatamente, recordando alguna escena de película.
-La traigo, aquí la tiene –dijo alargándome un papel sellado.
Cogí el papel y leí el primer párrafo. Parecía todo en regla.
-Pase, si no hay más remedio.
-Bien, tengo que rellenar un formulario. Empecemos por…el salón –dijo el inspector centrado ya en su papel.
Seguimos por el pasillo hasta el salón. A mí, de puro miedo, se me había activado la visión infrarroja: los cojines mal puestos, las mantas desdobladas, el polvo en la pantalla de la tele…El inspector sacó del bolsillo de la camisa una pluma, abrió la carpeta y empezó a pasear por la habitación.
-¿Quién pinta con acuarelas en esta casa? –preguntó al fin.
-Los niños –musité.
-¿Y cuándo pintaron con acuarelas por última vez? ¿Recuerda Vd. la fecha exacta?
-Creo que fue el miércoles a la tarde.
-Mmmm, ya veo. Tres días sin recoger las acuarelas del salón –comentó sin ni siquiera levantar la cabeza del formulario que rellenaba-. ¿Y este pedazo de jamón serrano en la esquina de la mesa? –inquirió.
-Es un poco de jamón del bocata de Mikel. De ayer –respondí sin ser consciente de mis palabras.
-De acuerdo, comida sin refrigerar, apartado 6.1, casilla 3ª –comentó-. Por último, ¿me podría explicar qué uso se ha dado a estas tijeras de cocina que están en el salón?
-Sí. Están aquí porque las utilizan para cortar ese trozo de cartón que ve ahí. Les sirven para hacer inventos, la especialidad de Julián, mi otro hijo –apunté con un tono de voz algo irritado.
-Objetos punzantes al alcance de menores, código 7.13, consideración grave. Bueno, creo que podríamos pasar a…los dormitorios. ¿Me acompaña, por favor? –sugirió él.
Seguimos por el pasillo y giramos en la primera puerta a la derecha.
-Éste es nuestro dormitorio –señalé desde la puerta.
El inspector, como hiciera en el salón, empezó a caminar en silencio. Anotó unas cuantas cosas en el formulario. Después, se dirigió a mí.
-Si es tan amable, ¿me podría explicar qué hacen el tope de la barra de la cortina encima del radiador, el bote de crema protectora (factor 30) entre los libros, esa rosa chafada junto a las fotografías y la ropa planchada encima del baúl?
-Bien, le responderé –dije yo, poniéndome a su altura-. El tope se cayó en el mes de julio, el niño dejó el bote después de una excursión, la rosa me la regaló Maritxu el día que fui a visitarla al caserío (y le tengo cariño, aunque esté chafada) y la ropa la meteré en el armario cuando pueda –respondí con un ligero enfado que ya despuntaba.
-Prosigamos. Vayamos a ver el dormitorio de los niños.
-Sígame -dije yo.
Esta vez paré en la puerta donde pudiera ver su gesto, su primera impresión.
-¡Oh! ¡Por favor! –dijo asustado-. Camas revueltas, sin hacer a las 14:00 horas –musitó en bajo mientras anotaba- apartado 2.4, casilla 5ª. Pijamas hechos una pelota y calcetines sucios y malolientes del día anterior. Acción correctora 7.3, barra 4, sección extreme. Sancheski con muñecos de combate encima. Desorden infantil sin regular, capítulo 3. Bien, creo que es suficiente. Por favor, lléveme a ver el baño y la cocina y acabemos cuanto antes con todo esto –dijo con una expresión, por primera vez, algo desencajada.
Yo empecé a sentirme la reina del caos, segura de mí misma, como siempre, llevando el desorden con calma y dignidad.
-De acuerdo.
Deshicimos el camino recorrido por el pasillo hasta otra puerta blanca.
-Éste es el baño grande –le dije.
Echó un vistazo.
-Bien, una caja de cerillas junto a los rollos de papel higiénico. De acuerdo, según el artículo 3.8 la presencia de cerillas en los baños ha sido validada recientemente. ¿Y el otro baño? –preguntó.
-Sí, el baño de los niños –recalqué, queriendo prevenir al inspector. Y abrí la puerta.
Miró alrededor y se fijó, sobre todo, en la bañera.
-Bueno, veremos qué se puede hacer con el reglamento. Veremos si hay alguna concesión por tratarse de los niños. Esto… ¿lo tienen escriturado a su nombre? –preguntó.
Le respondí con una mirada de odio, pero sin decir nada. Él cambió de semblante.
-Bueno, ya veremos porque…el cubo de playa, la regadera, el action-man y el sacapuntas con ventosas y forma de hipopótamo no sé si es compatible en el artículo 8.2 con la balda del gel de baño. Tendré que mirarlo…-repitió-. Bien, sólo nos queda la cocina. ¿Qué es? ¿La puerta de al lado? –preguntó.
-Sí, pase, pase –respondí yo al mismo tiempo que empezaba a esbozar una sonrisa en mi interior.
El inspector abrió la puerta, sin saber que el lugar preferido del perro era justamente detrás.
-Un balón deshincha…No le dio tiempo a terminar la frase, el perro empezó a mover el rabo, olisquear y chupar sus zapatos y, lo que fue peor, a saltarle con sus patazas encima manchándole el pantalón de franela gris. El inspector estaba verdaderamente descolocado. Se le cayeron las hojas, se metió la pluma sin cerrar en el bolsillo. Me miró asustado.
-Por favor, haga que este animal se detenga inmediatamente –imploró pretendiendo mantener la compostura.
-Blas, ¡quieto! –dije-. ¡Aquí! –insistí, señalando su esquina.
Ni caso.
El inspector, entre saltos del perro, recogió las hojas y empezó a escribir y hablar a la vez.
-Animales domésticos envergadura, 6.9; no receptivos a las órdenes del amo, 6.5; por lo que veo, comiendo parte del mobiliario –patas de silla y de mesa-, 6.12 –decía.
Hasta el momento de entrar en la cocina, la gomina había sujetado el tupé al inspector, pero ahora, debido a los embates del animal, asomaba una coronilla brillante por debajo.
-¿Podemos salir de aquí? –preguntó al fin.
-Cómo no, señor inspector –respondí-. Notaba que iba ganando terreno a medida que se alargaba la visita.
Se acercó hasta la puerta de entrada, ordenó los papeles, cerró la carpeta con urgencia y se pasó la mano por la gomina desestructurada antes de hablar.
-Bien, señora, no quiero alarmarla pero como inspector del orden y la limpieza, sección ámbitos domésticos, he de avisarle de que este informe se va a tramitar en el Ministerio y que actuaremos en consecuencia. Recibirá una carta en el plazo de dos meses con las instrucciones pertinentes. Yo ya he terminado mi trabajo. Señora, me marcho. Buenos días –sentenció él.
Abrí la puerta sonriendo y asintiendo, me quedé con la copia del formulario y volví a cerrar la puerta. Fui hasta la cocina, la dejé encima del mostrador y corrí hasta el dormitorio para responder la llamada del móvil que sonaba. De vuelta a la cocina, me encontré el suelo lleno de diminutos trozos de papel que el perro había generado al destrozar la hoja del registro. Entonces, saqué la escoba y recogí todos aquellos trocitos de papel, las bolas de pelo del perro, las migas del desayuno y puse el balón deshinchado en la estantería de juguetes del perro. Salí de la cocina pensando “eso te pasa”, la frase que se dicen los niños cuando algo le sale mal al otro y se lo quieren restregar por las narices. Pensé “eso te pasa, por registrar casas que no son tuyas, hale”. |
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Viernes, 23/09/2005
Temidas |

Las frases más temidas en la Historia de la Humanidad.
Que tu madre te diga, en plena efervescencia adolescente “Haz lo que quieras”. Chungo.
Que tu pareja te diga “Tenemos que hablar”. Chungo.
Que la maestra te diga “Es que tu hijo está entre un grupo de alumnos muy listos”. Chungo.
Que el cajero te diga “Saldo insuficiente”. Chungo.
Que tu jefe te diga “Eres muy buen profesional, pero… (frase inacabada por falta de cataplines)”. Chungo.
Que una amiga te diga “Es que fulanita me dijo…”. Chungo.
Que el médico te diga “Lo que Vd tiene es…”. Chungo.
Que el del taller mecánico te diga “Además del cambio de aceite –por lo que tú habías llevado el coche-, le hemos encontrado una cosita de nada pero que era vital cambiar…”. Chungo.
Que un hijo de la grandísima madre te diga “Esto te va a gustar”. Chungo.
Que la vecina de abajo te diga “Vengo a ver si teníais algún grifo abierto”. Chungo.
Que el dermatólogo te diga “El 98% de los pacientes con acné se cura con este tratamiento. Ahora bien, hay un 2%...”. Chungo.
Que el dentista te diga “Mmmm, mucho me temo que vamos a tener que fijar un calendario de visitas para los próximos tres meses”. Chungo.
Que la chica que cuida los niños te diga “Es que tengo un tío que se ha puesto muy enfermo…”. Chungo.
Aunque bien pensado, mientras no me digan eso de “A por ellos”, “Al ataque” o “Flanagan, cúbreme las espaldas”, creo que puedo seguir adelante. Porque eso sí que es chungo. |
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Lunes, 19/09/2005
Pedazo |

Necesito
un pedazo
de atmósfera,
un poco
de vacío,
mis pies asomando
al abismo.
Gritar
un rato
en alto,
sin eco.
Luego,
silencio,
mi interior
hueco
nada dentro.
Sólo mar
sólo yo,
derribada
por el viento.
Sin testigos.
Necesito
gritar
tumbada
sin que el cielo
me trague
y evitar
que mi cuerpo
se disuelva
entre la hierba.
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Jueves, 15/09/2005
Imponente |
 Siempre hay más gente de la que me gustaría en ese tipo de sitios. Lo cual hace que no haya mucha intimidad. Pero son las reglas del juego. Ninguno de los que estábamos allí se iba a quejar de ello. La vi medio escondida, detrás de otras, pero en seguida me llamó la atención. Era alta y corpulenta. No se puede decir que fuera de tez blanca, pero indudablemente, tenía un aire nórdico. Me fui acercando, puesta la mirada en ella. La verdad es que se la veía imponente. Más, cuanto más cerca estaba. Sin saber nada de ella, hubiera apostado porque era de las que no se deja apabullar. Y en realidad, acerté. Pero, qué le vamos a hacer, yo también soy de las que deciden así, de repente, por la primera impresión, por un flechazo. Y decidí que tenía que ser ella. Sobre todo por la luz que irradiaba; eso fue lo que de verdad me atrajo. Nos fuimos juntas a casa. A cambio de cierto dinero, claro. Todos los que estábamos allí sabíamos que también ésas son las reglas del juego. Sin dinero en aquel lugar, no tienes nada que hacer. La tumbé sobre el suelo. Ella no decía nada. Yo, sin embargo, creo que hice bastante ruido (incluso hubo un momento en que llegué a preocuparme por lo que pudieran pensar los vecinos). No sé si fue debido a la falta de tacto o a las ganas de terminar pronto, pero lo cierto es que lo nuestro no iba nada bien. Algo no funcionaba. También es verdad que ella se mostraba diferente a como la vi en un primer momento. Se la veía desestructurada. Así que paramos un rato. Y volví a empezar. Con calma. Desde el principio. Suavemente. Y esa vez, sí; esa vez fue todo como la seda. Al terminar, paré a observarla. Volví a encontrarme con aquella nórdica imponente, pero esta vez, sólo para mí. Toda para mí. Así que le di un beso. Después de todo, le di un beso, en parte, por los sudores que me hizo pasar. Es alta –mide 1,85-, es sueca y se llama expedit. Es la estantería que he montado en esta habitación, junto al ordenador. |
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Lunes, 12/09/2005
Alas |
 Inés era un ángel. Ahora es una persona como otra cualquiera. Ya no tiene alas de algodón. Ha dejado de ser liviana. Ahora se desplaza como los demás, levantando sus pesados zapatos a cada paso que da. Ahora tiene que vigilar escalones, charcos y aceras, con lo cual ha dejado de mirar hacia arriba para observar las formas de las nubes, los rayos del sol, la luna. Y aunque no las lleva en la espalda, nota que algo le falta. Las echa de menos. Ahora está demasiado pegada al suelo, a lo mundano. Quiere flotar por encima de las personas, pero todo lo más, se separa de las corrientes de gente que vienen y que van para mirar desde una esquina. Inés se levantó una mañana y notó cómo se le desprendían las dos alas. Cayeron al suelo suavemente, sin hacer ruido, pero todavía hoy, cuando se mira en un espejo, siente extrañeza de verse como los demás. Con toda probabilidad, lo que sucede es que Inés añora aquellas alas blancas porque todavía no han caído de su mente. |
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Martes, 06/09/2005
Márgenes |
 La vida es infinito. Las vidas de miles de personas juntas crean un calidoscopio de formas infinitas. Todos juntos creamos un abanico de fórmulas al mismo tiempo únicas e irrepetibles. Por eso todo lo que diga no sirve en realidad para nadie más, cada uno lleva en el bolsillo su pócima secreta (ni siquiera sabemos los ingredientes de nuestra propia receta). Sólo parece evidente que la fórmula es personal e intransferible. Pues a pesar de tanto infinito, yo sé que me muevo dentro de unos márgenes. Sé que hay más espacio por arriba y por abajo. Ya estuve allí. Pero donde estoy a gusto es dentro de mis márgenes. Si la situación obliga, salgo hacia esa franja de terreno abrupto, algo salvaje, pero en el fondo, da miedo andar por ahí porque te puedes perder. Digamos que en ese terreno manda el caos. Así que me gusta andar dentro de mis márgenes. Sobre todo porque puedo ir descalza sin pincharme. Lo peor es que no tengo gps ni radar para controlar si me salgo. Funciono con un sistema mucho más rudimentario. Funciono, simplemente, por mera intuición. |
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Sábado, 03/09/2005
Oxígeno |
 Ya tengo la fórmula química del verano. Si viniera mi profesor de esta asignatura, por supuesto, me suspendería, pero yo creo que –a veces- es correcta y a fin de cuentas, después de tantos años, tampoco mi profesor me reconocería. Así que ahí va: Vacación + bienestar = oxígeno Es una fórmula aparentemente sencilla, pero sin embargo, no siempre fácil de conseguir. Sin el elemento bienestar, desde luego, no hay oxígeno. Por eso se venden tantas bombonas llamadas entre los adultos cápsulas o pastillas, porque a partir de cierta edad, va fallando eso del bienestar. Por infinidad de motivos, ojo. Y bueno, vacación es otro elemento curioso. Es una palabra, según se mire, difícil. De esas palabras que implícito lleva el mensaje "pasarlo bien". Es una palabra con expectativas. Y eso, a veces, resulta mucho reto. Muchas veces no sale como se esperaba. Hay ocasiones en que sale mal. Simplemente. Como el bizcocho, que sólo con mencionarlo uno se lo imagina esponjoso y sin embargo, hay veces que no sube y se queda apelmazado como un tarugo. Pero cuando la fórmula lleva bien puestos los ingredientes, entonces, surge el oxígeno. Un oxígeno que se respira de diferentes maneras: - el oxígeno que entra por las ventanillas del coche y hace reir y cerrar los ojos a los niños - el oxígeno que intercambias con amigos, amigas y seres queridos - el oxígeno que robas de la boca de otro cuando le besas - el oxígeno salado –mar- o el oxígeno dulce –monte- acariciando el rostro En definitiva, cuando respiras suficiente de este oxígeno, vuelves dispuesto a respirar los aires de cada día. |
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Viernes, 12/08/2005
Lo mejor |
 Lo mejor de locotidiano es…ahora os cuento. Que Jolie Holland cante en su disco titulado “escondida” de esa forma que me estremece y al mismo tiempo, me hace sentir orgullosa de que haya mujeres que sean capaces de decir cantando tantas cosas y con esa voz, dios mío, qué voz… Que haya metido a Jolie Holland en una cassette y la pueda ir cantando por la autopista hasta el curro. Música para los sentidos. Me hace sentir viva. Que el señor mayor con el que voy a comer un menú me mire después de probar la ensalada y me diga, con brillo en los ojos, lo rica que está. Ver disfrutar a alguien tanto por sólo siete euros. Que vaya a pasear por la ría con una amiga y no haya espacio para el vacío…que lo llenemos todo de conversaciones atropelladas recién salidas del alma, desde el núcleo del planeta; desde el corazón. Que Julián y Mikel me pregunten con ansia cuándo voy a llegar para ir con ellos al gabarrón nadando. Que el perro se meta en el río, se sacuda y persiga la pelota deshinchada. Que pueda tener una llave que abre una casa donde me esperan unas zapatillas de flores. Que mi jefa tenga un sentido del humor que me haga estar deseando ir a currar. Que haya alguien en este mundo que no sólo esté deseando abrazarme, sino que, además, me lo diga. Que escriba cosas que se me pasan por la cabeza y que haya unas personas que me respondan y que incluso me digan, a veces, que les gusta. Lo mejor de locotidiano es, además de unas cuantas cosas materiales (tengo mucha suerte), darme cuenta de lo interesantes que son los seres humanos que están vivos, que se expresan, que se la juegan, que no han cauterizado su alma, que no tiran la toalla. Y que esos seres humanos, a mi alrededor, me hagan sentir tan a gusto. Me voy de vacaciones. Nos vemos a la vuelta (eso si resisto a ciberconectarme por ahí, que esto da mucho mono). Por supuesto, un beso. |
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Jueves, 11/08/2005
Desmaquillante |
 Esta mañana he ido al baño. Es lo primero que he hecho nada más levantarme. Ayer olvidé lavarme la cara. Llevaba una capa de células muertas encima con las que he pasado toda la noche. Y esta mañana, decidí quitármela. La capa. Así que he cogido la crema y un disco de algodón. Y he empezado a frotar. De vez en cuando paraba a mirar el disco. Y, sí, ahí estaban ellas, iban saliendo y ensuciando el algodón. Es verdad que sentía alivio pero insistía en repetir esta acción. No sé. Creo que había algo más en este gesto. Sospecho que no quería verme la cara; la sentía pesada, vieja. Quería renovarme. Deseaba quitarme las células caducadas de encima. Y más. Quería más. El problema es que con el algodón sólo no puedo. Lo que en realidad necesito es sacarme algunas neuronas rancias que se agolpan taponándome el riego lógico y sensato de pensamientos por el cerebro. Pero para eso, desgraciadamente, no tengo desmaquillante. |
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Escrito por Silvia a las 12:18 am Ver/Hacer comentario (7)
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Martes, 09/08/2005
Futuro |
 De acuerdo, el futuro suena lejano, pero en realidad, cada minuto que llega, cada día que se avecina forma parte del futuro. Y hoy, no sé por qué, me he puesto triste al imaginar el futuro. Será porque Julián me ha pedido que le diera la mano mientras nadábamos hasta el gabarrón y porque cada vez que sale de casa, me pide que le dé la mano. Y me he parado a pensar en el día –futuro- que ya no me pida que le dé la mano para ir por este mundo. Y he pensado que ese día, igual se la pido yo, porque me voy a sentir, curiosamente, desamparada. |
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Escrito por Silvia a las 11:45 pm Ver/Hacer comentario (7)
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Lunes, 08/08/2005
Meteorito |
 Cuando no quieres que una persona te decepcione, bajas las expectativas. Atención a la frase. Tenemos la costumbre de leer deprisa, sin pensar lo que significan las palabras cuando se juntan. Esta frase merece ser analizada con detenimiento. -Cuando no quieres. Es decir, cuando te resistes. -Que una persona. Es decir, que una persona importante. -Te decepcione. Es decir, esperas más. -Bajas las expectativas. Es decir, te conformas. Ahora sí, ahora sabemos de qué hablamos. Pues bien. Lo que decíamos. Cuando no quieres que una persona te decepcione, bajas las expectativas. Si esta operación la vas haciendo de forma habitual, la frase va elevándose progresivamente al cubo. Y al cubo del cubo. Lo cual se traduce en que tú vas llenando los huecos que corresponden al otro y que, aunque no lo quieras ver, algo importante agoniza en tu interior. Y llega un día en que has bajado tanto las expectativas (para no pasarlo mal, básicamente) que ya no esperas nada de la otra persona. No te engañes. Si no esperas nada es que eso es lo que te da: nada. Y entonces, ha llegado el día en que si esa persona desaparece de tu vida, no te importa. Porque es el día en que cuando estás solo, sientes que estás menos solo. Pero no te apenes. Si has sido capaz de hacer todo eso y llegar a ese día, es que a esa persona la quieres mucho. Y eso que has ganado (estás vivo). Ponte una medalla ahora mismo. Corriendo. Y en fin, si todavía eres de los que has hecho esto mismo más de una vez con la misma persona, sólo se me ocurre decirte que eres un kamikaze sentimental, un auténtico bonzo que se va a quemar con esa bola de fuego llamada amor. Como no pares te vas a desintegrar, como un meteorito en el espacio, en el infinito. (ladyjane, necesitaría saber si el texto se entiende) |
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Viernes, 05/08/2005
Fantasmas |
 Se despiertan los fantasmas. Si ellos se despiertan, yo, no puedo dormir más. Me tengo que levantar y poner en acción, moverme. Despistar al enemigo. Mover las piernas como los boxeadores, sin parar. Si me quedo quieta se apoderan de mí y consiguen lo peor: invadirme de melancolía. Mi táctica es la de creer que me da igual, que no me importa, que vivo con ello, como el que convive con una enfermedad. La soporta y hace ver, al mismo tiempo, que no existe. Pero de vez en cuando, ésta se rebela y da un golpe bajo. Hago ver que mis fantasmas no existen. Pocas personas tienen conocimiento, de hecho, de que existen. Y además, me ven funcionar con normalidad día a día. Así que no hay problema. Todo va bien. Pero esta mañana, una vez más, se han despertado mis fantasmas, y aquí estoy yo, intentando esquivarlos haciendo salsa de tomate a las siete y media de la mañana. Fumando un cigarro para acompañar estos momentos en que mi mente se ha levantado en armas contra esta supuesta normalidad. Los mantengo a raya, hasta que deciden tomar el mando por unos instantes, momentos, horas o días. Suerte que dentro de dos horas estoy trabajando, estoy desempeñando un rol en la cadena productiva. Apretar la tuerca en la fábrica ayuda; sólo piensas en apretar bien la tuerca. Y después de la tuerca, el supermercado. Y después del supermercado, recoger a los niños, prepararles la merienda, hacer los deberes, poner la bañera, que cenen y leerles el tintín en la cama. Desde luego, es una agenda lo bastante completa como para no dejar resquicios por donde asomen los fantasmas. Por otra parte, tampoco yo invoco demasiado a los fantasmas. Sólo cuando me doy cuenta de que tras ellos, lo que hay son personas de carne y hueso. Dedicado a La Rouge (todos tenemos fantasmas...). |
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Martes, 02/08/2005
Juguemos |
 Me rebelo. (Bueno, de acuerdo, cuando escribo, también me revelo). El viernes estaba tan cansada que tenía ganas de llorar. Como Julián después de un día de playa, cuando se transforma en un ser de mantequilla y cualquier cosa que digas o hagas le hace saltar las lágrimas. Así estaba yo; de margarina. Pero claro, la diferencia es que Julián viene donde mí para llorar y yo, no tenía ni idea de adónde ir. Soy demasiado mayor para tirar de una falda, demasiado responsable para quejarme de tener perro y demasiado consciente de que si miro alrededor, todos están igual o peor que yo. Así que te lo tragas y a correr. Pero hay otros momentos en que es bueno rebelarse. Rebelarse contra esta edad, estas responsabilidades y este estrés generalizado. Y jugar. Hay que jugar. Igual que mandamos a los niños a jugar, hay que mandar a los adultos a jugar. Recuperar con todos los derechos (y placeres) ese apartado de la vida donde hay imaginación, risas y cosquillas, canciones con una sola vocal, bailoteos gansos, carreras a la pata coja, escondites, sustos, aguadiñas y tiburones ficticios, chistes, montañas suizas y por supuesto, todo un clásico, descubrir formas insospechadas en y entre las nubes. Juguemos. |
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Escrito por Silvia a las 09:22 pm Ver/Hacer comentario (2)
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Viernes, 29/07/2005
Zapateros |
 Fuera del remolino que se forma debajo de la cascada, en un remanso lejos de la corriente del río (cada vez más seco), hay una piña de zapateros. Los estoy observando -llevo un rato-. A veces, recuerdo que este invierno un niño los llamó "zeta pés" y sonrío. Bueno, pues eso. Los miro a ver qué hacen. Los que están en primer plano son pequeños, casi recién nacidos, así que se desplazan en distancias muy cortas, sin mucho orden y todos a la vez. Un poco más allá, a medias entre la orilla y la mitad del río, aparecen y desaparecen otros zapateros medianos, adolescentes digamos. A ratos les da un punto extraño -que ni ellos mismos saben a qué se debe- y vienen hasta los recién nacidos haciéndose abrir camino y después de dar una vuelta, se vuelven aburridos a su zona intermedia. Eso sí; lo hacen todo bastante rápido, da la sensación de que les sobre energía. Y en medio del río hay una pandilla de zapateros grandes, bien organizados, mirando todos de frente a la corriente. Ésta les lleva tres dedos hacia atrás y ellos, acompasados, adelantan tres insistentes e insignificantes dedos. A veces, uno de los adolescentes se pone farruco y despega desde la zona de los adultos hacia la cascada cuatro palmos y luego, vuelve a su sitio, en medio de tanta agua. Y así. Al rato, ha venido otro insecto, también flotante, pero algo esquizofrénico a romper la monotonía. Daba vueltas sobre sí mismo, como una bengala, a la vez que adelantaba en círculos a toda velocidad. Los zapateros pequeños lo han esquivado -los que han podido-. Yo creo que se ha zampado unos cuantos. Y yo mirando al grupo de los adultos a ver si venía alguna madre a poner orden al loco éste, pero nada. Se ha ido el esquizofrénico y el remanso, la zona media y el frente de la cascada han quedado como antes. Aparentemente, claro. En realidad, esto sólo es la jungla pero a escala 1:100.000. Yo ya he dejado de mirar porque he notado que empezaba a bizquear. |
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Martes, 26/07/2005
Aves nocturnas |
 De un tiempo a esta parte, estoy mutando. Me estoy convirtiendo en un ave nocturna. Cada vez más me gusta aprovechar los momentos que están destinados a dormir y usarlos para otras cosas…Robo tiempo y me lo meto en los bolsillos. Me gusta tener los bolsillos llenos de tiempo. Hago como Julián, que lleva el pantalón caído de un lado por la cantidad de cromos que guarda en un bolsillo. Los lleva de aquí para allá y de vez en cuando, mete la mano y se siente bien (cuando lo hace, se le ve en la cara). Me gusta salir cuando no hay personas por las calles, o si las hay, están todas juntas tratando de hablarse a gritos o de verse en locales sin luz, con una música de dudoso gusto taladrándoles el cerebro. Me gusta poder elegir las avenidas anchas y desiertas, espacios abiertos, miradores al cielo, la luna y las estrellas. Se puede hablar, silbar, cantar, correr y saltar. Y nadie es testigo de la escena. Y hay silencio. Todo el mundo descansa. Nadie me pide nada. Puedo no hacer nada o puedo…escribir. |
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Sábado, 23/07/2005
Nunca supiste |
| El número veinticinco. Me sentaba en el lado de la derecha, más o menos por la mitad. El autobús tardaba, a esas horas de la mañana, unos tres cuartos de hora, debido a los atascos en la entrada de la ciudad. Algunos de los que íbamos en el autobús éramos pasajeros habituales y de refilón, escudriñábamos nuestro aspecto al subir al autobús. Luego, cada uno hacía el trayecto ensimismado en sus pensamientos. El número veinticinco entraba en la ciudad por uno de los barrios anodinos del extrarradio. Uno de esos barrios en los que los arquitectos habían olvidado disponer un lugar para secar la ropa de manera que asomaba a las calles dando toques de color y movimiento a las viviendas grises que se veían al pasar. Los locales comerciales también eran de barrio, con puertas de aluminio en las tiendas y peluquerías. Según nos acercábamos al centro de la ciudad, se veía una cierta metamorfosis en la arquitectura, en las tiendas, en la vestimenta de las gentes. Sobre todo lo notaban algunas personas que se dedicaban, como yo, a mirar a través del cristal. A la altura del número setenta y seis de la Gran Vía, estaba la parada. Una parada con marquesina de cristal y banco, es decir; nada que llamase la atención en nuestro trayecto. De hecho, veíamos decenas de paradas como ésa a diario. La única diferencia con las demás era que en ésa te veía sentado a ti, día tras día. Cada vez que nos aproximábamos, tú levantabas la cabeza para mirar el número del autobús. Dejabas la lectura del libro que tenías entre las manos y te fijabas en el número. Más tarde me enteré de que el autobús que tú esperabas era el dieciocho, pero entonces yo no lo sabía. Así que volvías a bajar la mirada y a retomar la lectura ahí donde la habías dejado. Y desde mi asiento acristalado, yo podía seguir observando algunos de tus gestos, siempre en pequeñas dosis diarias. Todo empezó de forma casual. Un día miré aburrida, otro me fijé de nuevo y al cabo de otros cuantos, empecé a sentir la necesidad de observar para saber más, para poder hilar gestos, expresiones y actitudes al pasar. Escudriñándote pude ver cómo pasaban los meses; del frío del invierno con sus abrigos, bufandas y la nariz enrojecida llegamos a la primavera. Fueron cayendo capas de ropa, como si de una cebolla se tratara y al final asomaron las camisas de manga corta, la piel enrojecida por los rayos del sol, el sudor del verano. Recuerdo todo esto de forma clara y nítida, como si hubiera sucedido hace apenas unos minutos y sin embargo, el ir y venir del veinticinco hace años que está archivado. Aun con todo, hay momentos en los que me pierdo en los recuerdos. Sobre todo cuando entro en el salón y te encuentro sentado en el sofá leyendo un libro debajo del flexo. Es entonces cuando me apoyo contra la puerta y con mucho sigilo, paro a contemplarte un rato, un buen rato. Sólo por el gusto de tener todo el tiempo del mundo para hacerlo, sin prisa, sin que dependa del color de un semáforo. Cuando sucede esto, tú terminas levantando la cabeza, extrañado. Será, tal vez, porque nunca supiste que te miraba desde el autobús. |
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Viernes, 22/07/2005
Transparente |
 Me desperté. Más o menos, como todas las mañanas. Ni siquiera me di cuenta cuando metí los pies en las zapatillas. Supongo que en aquella penumbra y con el pijama de tantos cuadros, era fácil no percatarse de nada raro. Todavía medio dormida, fui hasta el baño. Al encender la luz, cerré un poco los ojos, como todas la mañanas. Supongo que por la impresión de los kilowatios. Me senté en la taza y, como no está delante del espejo, tampoco percibí nada extraño. Tiré de la bomba. Entonces, me vi la mano. Giré de golpe y me puse delante del espejo. Me pareció que el corazón paraba en seco y sin embargo, lo vi latiendo más enérgico, desenfrenado. Lo vi todo y aún no me he repuesto. En el espejo me vi las venas, los músculos y los nervios. También vi cartílagos y huesos. Vomité doblada sobre la taza. Demasiada entraña, demasiada víscera a la vista. No sé cuál es el motivo por el que me he vuelto transparente. Lo que sí sé es que, desde entonces, no me atrevo a ver mi interior, que añoro mi piel clara. Me doy miedo. Me espanta. |
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palabras |
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Miércoles, 20/07/2005
El guapo |
 Increíble. También han llegado las vacaciones para los peludos. El guapo ha pasado una semana en un hotel con todos los gastos pagados. Y le salen pretendientes que le quieren hacer dibujos a plumilla. Y tiene una familia que casi llora de emoción cuando le ve al otro lado de la verja. Este guapo es un guapo con suerte. |
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Escrito por Silvia a las 12:35 am Ver/Hacer comentario (7)
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Estratos |
 De acuerdo, estos estratos se merecen un texto…lo admito. Por ahí dije que los detalles tienen, a mi entender, mucho peso. Es como todo. Un día son 24 horas, son 1440 minutos, son 86.400 segundos de nada. Escribiendo la palabra "segundo" tardo varios. No es nada. El viento los separa y desaparecen; el tiempo los junta y se amontonan formando montañas. Los detalles son los átomos de nuestras vidas. Por eso me gustan los detalles, por eso me fijo, porque de ellos está hecho todo lo demás. Así que de un rato (tiempo indefinido) vivido en sintonía puede quedar un recuerdo imperecedero (se puede hacer eterno un segundo!; se para el reloj de arena). Así que de un montón de diminutos granos de arena se puede hacer una montaña (y escalarla!). A Isabel y Víctor. |
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Escrito por Silvia a las 12:17 am Ver/Hacer comentario (5)
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Martes, 19/07/2005
Cosas |
 Hay veces en que nos ponemos fetichistas, veces en que las cosas tienen un valor sentimental o un valor supersticioso o...un valor, sin más y entonces, esas cosas resultan ser importantes. Ejemplos: la falda que llevaba el día que le conocí, el disco que me grabó, la camiseta que vestía en los exámenes, el bar donde nos dimos aquel beso, el babero con el que comió purés de mil colores, el pantalón con el que recorrí ochocientos kilómetros... En fin, un homenaje desde aquí a esos objetos que nos rodean con sus brazos... |
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Escrito por Silvia a las 11:36 pm Ver/Hacer comentario (2)
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Lunes, 18/07/2005
De mayor |
 De más mayor, yo también quiero seguir en éste u otros caminos, pero seguir en marcha, no tirar la toalla, seguir hacia adelante, dejar atrás los malos ratos, avanzar, esperar a que la memoria selectiva haga su trabajo y guardar los mejores momentos de esta caminar por la vida. Y mejorar; siempre se puede mejorar. Aprender de lo que al caminar, va pasando a tu lado. Mantener los ojos bien abiertos, sobre todo cuando se camina por zonas de penumbra. |
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Escrito por Silvia a las 01:43 am Ver/Hacer comentario (9)
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soliloquia |
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Domingo, 17/07/2005
Minuto 0; 40 segundos. |
 He pasado quince días fuera de locotidiano. Regreso. Abro la puerta de mi casa. Minuto 0; 40 segundos. Al entrar, la casa huele a perro -y eso que el susodicho también ha pasado quince días fuera-. Qué no será cuando estemos todos aquí. Primera conclusión de locotidiano: tengo perro. La casa huele -donde no huele a perro- a cerrado. Voy repartiendo bolsas de ropa según las habitaciones. Vuelvo al salón. En el transcurso de entrar, vaciar el ascensor y repartir maletas, encuentro en el salón un montoncito de arroz desperdigado. Sin tiempo para parar y recogerlo, lo observo extrañada. Julián pasa por allí y me ve mirarlo. Me suelta una mirada cómplice pero escapa rápidamente. Segunda conclusión: tengo un hijo pequeño. Mi casa no es lo que yo querría que fuera. Está habitada por pequeños intrusos que alteran su apariencia. Entro en el baño después de dar la luz. No hay luz. La bombilla está fundida. Tercera conclusión: tengo marido pero no es aficionado a bricomanía. Vamos a recoger al niño -hijo mayor- a las colonias. Pasamos la tarde por ahí y volvemos a casa. Nos metemos en la cama. Cuarta conclusión: tengo un futón maravilloso. Sobre todo, después de haber catado una decena larga de jergones y literas varias donde, por efecto de los muelles, la cama me engullía. Movimientos sospechosos en la oscuridad. Quinta conclusión: tengo un marido sexy. Se oye un grito de auxilio desde la habitación de al lado y seguido, un "ama, voy a vomitar". Salgo corriendo con la palangana y la levanto hacia la litera de arriba. Sexta conclusión: tengo un hijo mayor agotado por las colonias. Se mete el niño mayor en el futón. Se acaban los movimientos sospechosos. Me queda un pie de marido para acariciar y dos chicos abrazados en mi cama. Conclusión final: en locotidiano tengo amor compartido. Qué gusto da estar dentro de éste, mi caos. |
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Jueves, 30/06/2005
Camino |
 Locotidiano cambia de escenario. En realidad, locotidiano queda en pause para poder entrar en otros mundos. Durante doce días mis preocupaciones van a ser: levantarme temprano, caminar, charlar, conocer gentes y lugares, llegar, cenar, descansar. Durante doce días mis preocupaciones no serán: se acabó el nesquik, el perro va a explotar, las salchichas con puré para la cena, los deberes del niño, la casa patas arriba, qué me pongo mañana, se me olvidó llamar a fulanito, vienen 139 al museo, el monstruo me mira mal, uf qué tarde y yo aquí escribiendo, y él ya se habrá dormido y... Todo eso, no va a ser. Vacación. Encefalograma plano de locotidiano. Vivir, eso sí, con los cinco sentidos. Tengo los colmillos afilados. Hasta la vuelta. |
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Escrito por Silvia a las 04:27 pm Ver/Hacer comentario (4)
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Lunes, 27/06/2005
Profesor Sako |
| Anselmo Cuevas Pintado es contable en un pequeño negocio que puso junto con su compañero de estudios. Se trata de una asesoría rancia y polvorienta en la que todos los objetos pasan a formar parte de una colección disecada de color sepia, como si se inmovilizaran al cabo de un tiempo, que casi siempre, es breve. Anselmo cojea del pie derecho, debido a un accidente de coche a partir del cual la relación con su mujer se estropeó hasta el punto de separarse. Su mujer resulto herida al igual que él, pero en la pierna opuesta, en la izquierda, y desde entonces, también cojea. Hay ciertas contradicciones en la personalidad de Anselmo, como por ejemplo que esté obsesionado con lavarse las manos y sin embargo que descuide la limpieza de los dientes. Eso hace que tenga mal aliento, aunque en el trabajo no le condicione demasiado puesto que la mayoría de los clientes los atiende por teléfono. Pero en fin, no sigamos contando cosas de Anselmo antes de que se cruzara el profesor Sako en su vida. Sucedió una mañana en que Anselmo salía del metro para ir a la oficina. El profesor Sako era un negro imponente con vestido multicolor y avalorios de distinto carácter adornando su cuerpo. Miró fijamente a Anselmo al mismo tiempo que le extendía una papeleta mecanografiada. Sin reparar demasiado en el encuentro, casi con toda seguridad debido a su timidez, nuestro contable metió el papel en el bolsillo de su chaqueta y siguió su camino. Fue a media mañana cuando Anselmo reparó en la nota. Había metido la mano en el bolsillo para hacer sonar las llaves; una manía que no se cansaba de repetir. Esta vez, las llaves no sonaron igual con aquella papeleta de por medio. La sacó para ver de qué se trataba y al leer descubrió que decía: Profesor Sako Auténtico Vidente Africano Después de la reseña sobre los conocimientos del curandero, venía la lista de casos en los que podía intervenir solucionando entuertos. Y, la verdad, lo que más llamó la atención al contable fue que uno tras otro, la lista iba enumerando todos los problemas que él tenía. Dejó las llaves encima de la mesa, junto al reloj sin pilas y la calculadora con rollo de papel. Con la imaginación, se dejó llevar hacia otros mundos. Se imaginó tumbado en una playa tropical, al lado de su vecina del tercero, sin preocuparse de lo que gastaran porque, al fin, le había tocado la primitiva. Sin esperar más, llamó al teléfono que aparecía en la papeleta y se citó en una casa donde se suponía que el profesor Sako le iba a curar de todos sus males. Al llegar a la dirección que llevaba anotada, Anselmo tuvo un atisbo de duda, pero decidió seguir adelante al recordar que después de tres años enamorado, todo lo más que se había acercado a su vecina era para devolverle los calcetines y otras ropas que se le caían por el patio. Tocó el timbre. El profesor Sako abrió la puerta. Pasaron por la sala que estaba llena, a su vez, de lo que aparentemente parecía ser un grupo numeroso de auténticos videntes africanos. Se metieron en una habitación en la que había infinidad de frascos llenos de polvos de distintos colores. Se sentaron. El profesor Sako le miró a los ojos y le miró las palmas de las manos. Se dio la vuelta y mezcló en un bolsa pequeñas cantidades de polvos que iba sacando de aquí y de allá. Se lo extendió y le dijo que debía tomarlo mezclado en una taza de agua hirviendo el siguiente día por la mañana. El profesor Sako le aseguró que todos sus problemas se resolverían y le despidió después de decirle que le pagara, por cierto, una buena cantidad. Una cantidad tal que Anselmo pensó en revisar las tarifas que tenía como asesor contable. A la mañana siguiente, Anselmo calentó agua y le echó los polvos que el vidente le había dado. Automáticamente, el agua se coloreó de marrón. Olía a rayos. Le puso azúcar y, cuando se hubo enfriado, se la bebió de trago. Sintió una naúsea profunda y se desmayó. Al despertar, Anselmo se dio cuenta de que no estaba en su cama y de que no vestía pijama. Sentía el cuerpo cansado y un intenso dolor de cabeza. La cama tenía un olor que le resultaba conocido, pero no era capaz de recordar de quién era aquel olor. Estaba intentando averiguarlo cuando la vio entrar en el dormitorio. Era la vecina del tercero, desnuda y sonriéndole de forma maliciosa. Le guiñaba el ojo al mismo tiempo que le llamaba “pillín” y se zambullía entre las sábanas. Dedujo por la tensión de parte de su cuerpo y los comentarios de la vecina que algunos de sus problemas se habían resuelto más que satisfactoriamente, pero estaba consternado por no recordar nada de lo sucedido y decidió poner una excusa para volver a casa y recapacitar. Miró el reloj de muñeca –un último modelo de rolex- y con el pretexto de llegar tarde a una auditoría contable, se vistió y marchó a su casa. Aturdido, bajó los tres pisos que le separaban de su adorable vecina y giró la llave en la cerradura de su puerta. También olía raro allí. Fue directo hasta el dormitorio y encontró la cama deshecha. Se oían unos pasos irregulares acercarse desde la cocina. Se giró y la vio entrar en el dormitorio. Era su ex mujer, desnuda y sonriéndole de foma maliciosa. Le guiñaba el ojo al mismo tiempo que le llamaba “pillín” y le empujaba encima de la cama. Entonces recordó Anselmo que el papel mecanografiado que le había extendido el profesor Sako decía: Resultados garantizados en: -atraer amor deseado en el momento -recuperar pareja -unir personas separadas -suerte -dinero -impotencia sexual |
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Escrito por Silvia a las 01:32 am Ver/Hacer comentario (7)
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Viernes, 24/06/2005
Monstruos |
| Aprovechando que hay una amiga por ahí que se ha abierto un blog sobre fantasmas y otros monstruos, dejo caer en estas líneas que dentro de locotidiano también existen monstruos y que, para colmo, son de carne y hueso. El monstruo en cuestión necesita terapia para digerir su mala leche y que no nos salpique a los que estamos alrededor, pero por ahora no parece que se vaya a dar el caso, así que cada día que voy a currar, me pongo el chubasquero más gordo que tengo para que sus dardos no me atraviesen el corazón. No siempre lo consigo. Hoy he pasado unos diez minutos de temblores gracias a su generosa maldad, que es lo único que me regala. Y hasta aquí hemos llegado. No quiero que ocupe más. Esto...perdonad que no ponga foto al texto; no quiero asustar más al personal. (Fíjate por dónde que estoy pensando en borrar el texto por no dejar a Aurelio que entre en locotidiano. ¿Lo dejo o lo quito? Igual mañana, ya veremos...) |
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Escrito por Silvia a las 12:51 am Ver/Hacer comentario (6)
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Lunes, 20/06/2005
Gozo |
 Es una palabra que quizá utilicemos pocas veces, menos de las que todos quisiéramos, creo yo. Gozar. En mi caso, seguramente, será por pudor. Pero cuando se da la circunstancia apropiada, hay que reconocer el valor de las palabras. Una playa extensa. Un mar vivo. Unos niños hermosos. Toneladas de arena para excavar. Un día de fiesta. Una cámara a tiempo. Y yo...gozando. |
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Escrito por Silvia a las 01:30 am Ver/Hacer comentario (8)
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Viernes, 17/06/2005
Mantas de cartón |
| En mi ciudad hay personas que usan mantas de cartón, que venden sin mostrador (en los semáforos), que no tienen mesilla de noche para dejar el Don Simón, que llevan la casa metida en una bolsa de El Corte Inglés, que por la mañana se lavan la cara en la fuente del parque, que buscan en el contenedor, que pasan el día arrodilladas, que reciben miradas de soslayo al pasar. Reconozco que es la misma ciudad. Reconozco que son diferentes galaxias (y que lo único que yo hago es mirarla con remordimiento desde mi telescopio). |
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Escrito por Silvia a las 12:06 am Ver/Hacer comentario (15)
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Miércoles, 15/06/2005
Parejas |
 Delante de todo hombre (importante y...no tanto) hay una mujer... A ver, analicemos ¿quién le puso la tirita del brazo?¿quién le cose en la página siguiente la vestimenta forropolar rústica?¿quién se viste de transparencias a doce grados bajo cero para que el efecto liposucción se note y se disfrute?¿quién es secuestrada por el malvado Ming para que Flash pueda pasar aventuras y penurias durante seis o siete páginas? Pues eso, Dale Arden. |
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Lunes, 13/06/2005
Veinticuatro horas |
| Ellas solas forman todo un día. En veinticuatro horas te juntas con una persona y para cuando te separas, le ha crecido la barba. Pincha. En veinticuatro horas te da tiempo a cambiar de rol más de cuatro veces. Te levantas madre de preparar tostadas con mantequilla y mermelada; te vas a trabajar y rindes perfectamente; te vuelves a enfundar el papel de mater familias y te vas al Burger-King con los niños y el amigo de los niños que ha pasado el fin de semana invitado; te pones al volante y organizas eventos lúdico-festivos; te relacionas con tus amigas; te encargas de sacar al perro; te pones a escribir un rato. En veinticuatro horas te da tiempo a pensar en una amiga enferma y no sacártela de la cabeza. En veinticuatro horas no encuentras tiempo para dormir. Mis días tienen muchas horas; mis noches no tienen tiempo. |
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Escrito por Silvia a las 12:52 am Ver/Hacer comentario (5)
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Viernes, 10/06/2005
Pesadillas |
| Ángela era una mujer madura, alegre y extrovertida. Esto lo sabían bien quienes la conocían. Lo que nadie sabía era que Ángela vivía dos vidas. La vida de día y la vida de noche. De día, en su vida había bullicio, colores, voces, susurros, sonrisas, besos, música, gente, olores. De noche, sólo había escenas en blanco y negro y sombras que escapaban de un destino fatal en la mayoría de los casos. Se trataba del mundo de las pesadillas. Alguna de ellas le atormentaba especialmente, como aquélla en la que los cuerpos perdían su estabilidad, su rigidez y se volvían lánguidos. Era incapaz de sostenerse, de alzarse, de mantenerse en pie; se deshacía, se licuaba y perdía consistencia. Se desparramaba por el suelo y lo único que podía mantenerla erguida era que algo la sujetara desde lo alto. Pero como se trataba de una pesadilla, ese algo solía ser traumático, como por ejemplo, unas tijeras enormes que querían cerrarse atrapando su cuerpo por la mitad. Todo comenzó el mismo día en que su hermano pequeño murió ahogado en la acequia del pueblo. Fue una tragedia en la familia y pura consternación en la vida de Ángela, aunque se había llegado a acostumbrar después de 25 años de ausencia. Nunca había contado a nadie que existía en ella ese lado oscuro en el que habitaban sombras y amenazas porque no quería importunar a los que la rodeaban. Simplemente asumió que la vida, y en su caso, la muerte dentro de la vida, había dejado una huella en su trayectoria. Pero la noche lánguida y llena de sombras era eterna para Ángela. Con el tiempo cada vez se volvía más eterna. Cada noche que pasaba, cada pesadilla que sufría, el dolor iba colmando su capacidad de resistencia, iba minando su entereza. Por eso, una noche, decidió esquivar las pesadillas, jugar al escondite sin que la volvieran a descubrir más, para que se olvidaran de ella. Aquella noche Ángela se puso el despertador cada media hora a partir de las dos de la madrugada. Y al final, consiguió aquello que se había propuesto. La primera vez que sonó el despertador estaba entrando en el mundo del blanco y negro. Paró el despertador, abrió el libro que tenía preparado en la mesilla e inundó sus ojos de colores, observando el capricho cromático de la naturaleza. La segunda vez se despertó en el preciso momento en que su cuerpo empezaba a perder consistencia. Salió de la cama y de pie, dio unos cuantos saltos y unas vueltas por el cuarto antes de arroparse de nuevo entre las sábanas. Continuó así toda la noche, manteniéndose firme, poniendo color, escapando del filo de la tijera, hasta que llegaron las siete de la mañana. Aquella noche fue la última vez en que Ángela sintió que algo la cortaba en dos al mismo tiempo que se derretía dentro de sus pesadillas. Ocurrió el mismo día en que sacó la foto de su hermano de debajo de la almohada y la encontró partida en dos, perfectamente dividida por el filo de lo que parecía una tijera. |
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Escrito por Silvia a las 12:22 am Ver/Hacer comentario (9)
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Jueves, 09/06/2005
Equipo guatiné |
 Yo soy del equipo guatiné. No me va ningún equipo de fútbol. No me identifico con ningún partido político. No me libera ninguna religión. Por ahora, que no significa que vaya a ser para siempre, soy del equipo guatiné. Me explico. No me van, en general, las reuniones multitudinarias monográficas. O sea, no me va estar en las clases preparto con un montón de mujeres panzagordísimas intentando descubrir todas a la vez dónde está el periné y temiendo en grupo el día del parto. No me va hacer piña en la sala de espera del médico poniendo al sistema sanitario a caer de un burro. No me va resoplar en equipo en la cola del banco. No me van las cosas gregarias. Pero, y ya me explico, ahora formo parte de un colectivo, que es el de los que sacan el perro a pasear. Y tengo, como es normal, algunas características comunes a dicho colectivo. Por ejemplo, salgo por las calles de mi ciudad a horas intempestivas, después de haber visto la peli de video que acaba a las 12:30 de la noche. Salgo con paso ligero para andar un rato. A veces, llevo una pelota y la lanzo y la quito una y otra vez. Otras veces, dejo que el perro vaya saltándome, mordiendo la correa, persiguiéndole y haciéndole escapar. Algunas, voy fumando un cigarrillo. Muchas veces, salgo zingando con la pereza de sacar al perro por lo que ni me molesto en quitarme toda la ropa de estar en casa. Así es que voy medio vestida medio en pijama. Hoy llevaba la ropa de calle, aunque con las alpargatas sabía que iba a pasar frío en los pies, y la chaqueta de estar en casa. Tiene muchos colorines, dos coderas pegadas con plancha y algunas –bastantes- patatas que no tengo tiempo de coser (hermosas patatas). Soy del equipo guatiné. Esto quiere decir que, si no quedara demasiado espectacular y yo la tuviera, a las 12:30 de la noche, saldría de casa a pasear con el perro vestida de bata guatiné. Goxo-goxo. Medio en casa medio en la calle. |
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Escrito por Silvia a las 02:12 am Ver/Hacer comentario (5)
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Domingo, 05/06/2005
Robin Hood |
 No me digáis que no. Si Robin de los bosques, más conocido como Robin Hood viviera hoy en día y pudiéramos seguir sus aventuras después de que mandara a freir espárragos al sheriff de Nottingham, la historia seguiría, creo yo, de la siguiente manera. De los bosques en los que se movía Robin a sus anchas, habían perdurado unos cuantos parques, los justos para sacar el perro a pasear, con verja acotada y papeleras para echar las cagaditas. Con Marian habría tenido tres lindos y traviesos retoños (la familia numerosa por los pelos) que, por cierto, volvían loca a su madre subiendo y bajándose de los árboles del parque. Vamos, que en vez de trepar por los juegos infantiles como todos los niños del barrio, ellos tiraban siempre a las ramas de los árboles, a pesar de que su padre les hubiera ocultado sus ilustres aventuras. Little John pasaba todos los viernes por casa de Robin a ver el partido de fútbol mientras se tomaban unas cervecitas con el piscolabis de rigor (aceitunas negras y patatas fritas). La familia Hood vivía ahora en un monísimo adosado en el que algunos pequeños detalles delataban momentos pretéritos de gloria y libertad. Por ejemplo, el empeño de Robin en poner unos halcones en la barandilla sur de la primera planta. Para compensar, Marian decidió darle un toque femenino colocando unas plantitas alrededor. No me digáis que no. |
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Miércoles, 01/06/2005
Homenaje a Oulipo |
| Texto base: En el lado más oscuro de la cabaña se oía el ruido del agua correr. El Coronel Tapioca encendió su lámpara de emergencia para casos de espeleología extrema. Despacio y cauteloso fue acercándose hacia el fondo. Un ruido desde el exterior lo sobresaltó. Al cabo de unos segundos comprendió que se trataba, sin duda, de algún mono subido a un árbol, en concreto a una palmera y no de un grito humano que pensó en un principio. Texto al pesto (con permiso de Oulipo): En el ladini piú oscurante di la cabanna el aqua sonate. Il Coronelo Tapioqui portaba la sua lampareta di emergenza para la espeleolochia extrema e lento saproximaba suo nel fondo. Fora, un sonito sustábale di pronto e pensó si trataba, securamente, de alcuno monini trepante su le arbolini, piú cocretamente, una palmerata. Non era lo gritto humano qui lui somaba. Texto onomatopéyico: En la parte oscura donde rururu sonaba sin cesar el agua iba acercándose pisando, cras cras, las hojas de la cabaña que crac crac se oía cómo crujía la madera cuando el Coronel Tapioca, clic, encendió la lámpara para espeleología y de puntillas, tic-tic, fue adentrándose. En el exterior, iiiiiiii, un grito lo sobresaltó y al rato se dio cuenta, buf, que un mono de los de tirar cocos al suelo, toc-toc, lo habría soltado, y no una persona. |
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palabras |
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Martes, 31/05/2005
Dueños |
 La hora de los dueños. Dueños de perros, se entiende. Es la hora en la que, en esta ciudad, el cielo es de color gris marengo. Hay demasiadas farolas pegadas al suelo que impiden alzar la vista, enfocarla hacia esa supuesta noche estrellada. Pero no todas las farolas dan el mismo tipo de luz. Hay luz amarilla, luz blanquecina y luz azulada. Cerca, el puente -que no lleva farolas- irradia su propia luz, una iluminación blanca y horizontal, que va de lado a lado de la Ría. Los escaparates de las tiendas también aportan color en esta oscuridad disimulada. Los hay naranjas, verdes y azules que adornan las casas como si fueran árboles de Navidad. Los semáforos dudan. No se deciden por un color y, dubitativos, pasan del verde al naranja y del naranja al rojo. No paran quietos a pesar de que sus señales no parecen interesar a nadie. Es la hora en la que los perros nos acompañan a descubrir este oasis de calma y silencio dentro del bullicio y del trajín que supone vivir en esta colonia de humanos. Es verdad que algunos de estos humanos no van acompañados, como nosotros. Algunos, por el contrario, recorren la ciudad con paso agitado, a la carrera e incluso esprintando, mientras miran su reloj de muñeca. Yo aquí estoy, sentada en un banco, con el perruno entre mis pies, observando la escena y aprovechando, una vez más, a lanzar unas pinceladas de este gran cuadro/cuarto oscuro. |
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Lunes, 30/05/2005
Rothko |
 Y te das cuenta de que no es una masa informe de color. Que son sentimientos. Sentimientos que traspasan un lienzo. Unos colores que, al acercarte, se convierten en campos de color, como a él le gustaba definirlos: colour-fields. Y que cada uno de ellos expresa emociones de distintos tonos. Uno: sobre el fondo violeta, una franja de color superior marrón, una intermedia negra y una inferior, absolutamente naranja. Intensidad. Contraste. Una serie de cuadros en gris y negro que no dejan margen para otro color. Es una bipolaridad sin margen, no hay resquicios para escapar, se pasa del gris claro al gris oscuro, e incluso al negro. Y ahí se acaba todo. No hay fondo que mitigue la agonía, la profunda tristeza. Cerrados, estancos. Además, en este caso utiliza pintura acrílica y el resultado es una superficie mate, nada que ver con los brillos que destilan otros cuadros. Al paladar, resulta algo seco; a la vista, parecen hechos de cemento (siento frío cuando cuatro de estos cuadros me rodean). Sin embargo, ahora estoy sentada frente a otro tipo de cuadro. Un lienzo que tiene un fondo rosa. Sobre él, dos grandes manchas de color. La superior es rojo cereza; la inferior, naranja. Y hay una suerte de emoción que envuelve los tres colores en uno sólo y a la vez, me envuelve a mí dentro de esa atmósfera. Por suerte hay un banco para sentarse frente a este cuadro. Por fin este museo tiene piedad de un visitante que quiere paladear una obra de arte. Otro cuadro: un fondo marrón, ocre más bien. Claro. Y sobre él, dos manchas (aunque realmente la palabra mancha la tenemos asociada en la mente a un borrón negro y en Rothko es todo lo contrario). La superior es azul, azul azafata. No es el azul del mar, nunca he visto el mar de este azul. En todo caso, es un azul que está impregnado de recuerdos y emociones sobre la memoria de algún azul real. Es intenso, aunque por los extremos se difumina, se desvanece, como no pudiendo abarcar ese sentimiento. Y por abajo, una franja ancha de color crudo, que se superpone al ocre del fondo, aunque no siempre lo consigue. La debilidad de un color que deja pasar un estado de ánimo de fondo. Aún con todo, en algún momento salpica (o lo intenta) al azul de arriba, tímidamente. Y al acercarme, intuyo unas pinceladas, un gesto, una pose que me recuerda que detrás (en algún momento, delante) de este lienzo hubo una persona y se llamaba Mark Rothko. Después, encuentro un cuadro que me explica una evolución, una inseguridad característica de toda fase de transición. Sobre un fondo marrón se delimitan unos bordes verde esmeralda que me sugieren una cuadrícula, un patrón sobre el que pintar: es el hecho de utilizar unas franjas verticales nada habituales en él. Una plantilla (que más tarde no necesitará). Normalmente, el todo ocupa las partes. Ahora sin embargo, se delimitan unos campos, una regleta. Y entre los dos campos de color no hay espacio para un fondo, falta de confianza. Al firmar, utiliza mayúsculas y minúsculas; me gusta. No está atado a ningún convencionalismo. Es MARK RothKO. Cuando miro un cuadro noto que ocupa un espacio, me veo a mí misma y una superficie bidimensional delante pero siento que esa superficie podría continuar por los lados hasta el infinito y que me rodea por los cuatro costados. Y antes que todo. Un cuadro figurativo. Una entrada al tren, al metro tal vez. Alguien baja unas escaleras pero en las columnas que muestra, ya existen campos de color y en la composición, en general, ya hay dos grandes masas de diferentes tonos: es suelo es gris oscuro; las paredes son gris claro. La escena es, claramente, una excusa. Increíble. |
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Escrito por Silvia a las 11:51 pm Ver/Hacer comentario (3)
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palabras |
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locotidiano multimedia |
| Pincha en el texto a continuación y verás (aunque no vale pensar lo mismo de locotidiano que el protagonista, o...bueno, sí vale). Je, je. Un poco de multimedia |
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Escrito por Silvia a las 09:58 pm Ver/Hacer comentario (3)
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humanoides |
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Viernes, 27/05/2005
Aguanta |
 Aguanta. Hazte dura. De piedra. A poder ser, de granito. Aguanta. Pon la cara. Saca pecho. Adelante. Anímate. La cabeza, alta. La vida sigue. En realidad, nada se para. Tú, descansa. Busca otros temas. Entreténte. Diviértete. Disfruta. Desatasca tu mente. Libérate. No pienses. Algunos esquemas caducan. No te agarres al pasado. Avanza. Cree en ti misma. Ten fe en aquello que es seguro. Afianza. No te desgastes. Economiza. Guarda. Quítate peso, aligera. Relativiza. Haz tu vida, liviana. Ríe. Ríete de ti misma. Conserva el sentido del humor. Atesora. No te montes en la montaña rusa. Cauteriza tu alma. Sólo hasta que pase la tormenta. Aguanta. Acuérdate de todo lo que tienes. No te ofusques con todo lo que no pasa. No idealices. Baja de las nubes. Aterriza. Eres guapa. Arrasa. Por dentro, mantén el corazón blando. Alimenta tu alma. No te expongas. No te traiciones. Sé coherente. Cuídate. Aguanta. |
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Escrito por Silvia a las 01:03 am Ver/Hacer comentario (9)
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soliloquia |
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Abecedario |
 Asimilaré los avatares de la vida sin dejar de perfilar una sonrisa en mi rostro. Borraré rápidamente todo remordimiento por no cumplir cualquiera de las propuestas que enuncio a continuación. Correr por delante de las penas, para que no me atrapen. Chapas, las menos. Docenas, decenas y centenas. Llenar la cabeza de números y no de palabras, para variar. Especias, usar más especias cuando cocino. Fuego. Separarlo de mi corazón; me quemo. Guiar a quien esté perdido, si puedo. Huella, abrir huella. Imposible cumplir tanto propósito. Jodida lista. Kilos que tengo que sacar de la mochila, que no se me olvide. Las nubes cuando ocultan parcialmente la luna. Recordar que si desde casa no soy capaz de verlo, siempre puedo bajar a la calle. Llorar de risa. Madre: darle las gracias por darme la vida. No sólo de aire vive el hombre; comer más. Ñoquis, por ejemplo. Observar a las personas mayores y aprender de su sabiduría. Dejarlas hablar. Piojos. Matar todos los que encuentre en las cabezas de mis hijos. Querer caminar por el sendero más suave, sin buscar grandes desniveles. Reverdecer a cada instante. Soñar con margen -a los lados-. Tabaco. Olvidarlo. Un día detrás de otro forman una vida. Todos cuentan. Vivir sin reservas. Word. Pasar a word los textos que vaya escribiendo. X hecha en la loto. Se me ha olvidado, con el paso del tiempo, soñar qué haría con los millones. Yeso en la mirada. Evitar a las personas que lo muestren. Zambomba en Zambeze. Plantearme la posibilidad de pasar la Navidad del año que viene perdida en alguna parte. |
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Escrito por Silvia a las 12:34 am Ver/Hacer comentario (2)
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soliloquia |
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Miércoles, 25/05/2005
Come y calla |
 Hemos llegado. O quizá sería más correcto decir que hemos vuelto. Después de tantos años, hemos vuelto a oír en la mesa eso de “Come y calla”. Esta vez, sin embargo, hay un pequeño detalle que cambia todo el panorama. Ahora soy yo la que digo “Come y calla”. Una se pregunta si el hombre de cromañón diría “Come y calla” en versión gruñido gutural, y la intuición bípeda me dice que sí, que el homo cavernícola también utilizaba esta expresión. Bueno, siempre que hubiese suficiente comida para todos, que ya se sabe que no se andaban con las tontadas de los bífidus activos ni las defensas bajas. Y que cuando prima la ley de la supervivencia, uno –sea padre, hijo o abuelo- mira por sí mismo y a los demás que les den. Igual que los niños no tenían un bocadillo a las cinco de todas las tardes, lo mismo los padres cromañón no decían nada al respecto. Bueno, a lo que íbamos, que me despisto. Lo mejor de la frase “Come y calla” es que se dice con serenidad. Es un trío de palabras que no se dice gritando. Por ejemplo “Calla” sólo sí puede llegar a decirse en plan berrido cuando el nivel de paciencia baja hasta iluminarse el piloto rojo de reserva. Y por su parte, si el niño o niña en cuestión es mal comedor, pues también “Come” puede llegar a decirse con el tono un pelín encendido. Pero “Come y calla”, no. "Come y calla" se dice con un retintín de reproche que no va a más, guardando la compostura de madre de familia. Es cierto que una puede haber comenzado en este terreno por algo más novelado, más teatral. Algo así como “Oveja que bala, bocado que pierde”. Ya se sabe que cuando hay animales, los niños prestan más atención, pero después de estos escarceos sutiles, al final, se acaba llegando al rotundo, claro y directo “Come y calla”. Y la primera vez que lo dices, la sensación es contradictoria. Por un lado, reconoces lo apropiado de la frase y elogias al hombre de cromañón que la inventó. Por otro lado, recuerdas la cantidad de veces que te la dijeron de pequeña y el número de discursos que quedaron interrumpidos por ese mismo motivo. Lo mismo que les pasa ahora a ellos, que se quedan con la explicación pausada entre trozo y trozo de salchicha. En fin, sólo es cuestión de tener delicadeza para que termine de cenar y de contar la anécdota al mismo tiempo. Pero vaya invento lo de “Come y calla”, vaya invento. Insuperable e insustituible, mira tú por dónde. |
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Hoy no voy a hablar |
 Antes de ir a dormir, veo que asoma una nota por debajo de la almohada. La leo. Recapacito. Busco a Mikel y le pido perdón. La nota con forma de sobre dice (traduzco): Hoy no voy a hablar porque el aita y la ama la ama me ha pegado y el aita es un mentiroso Mikel. Hay que estar atento. No ha hablado pero, por lo menos, escribió una carta, se expresó. Me la he pinchado en el corcho, detrás del ordenador, junto con otro montón de papeles importantes. Me la he pinchado para recordar que el año que viene, de nuevo, les pida a los Reyes un poco más de paciencia. Para eso son Magos, digo yo. |
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Escrito por Silvia a las 10:33 pm Ver/Hacer comentario (3)
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Entrañas |
 A partir de ahora, no hay corteza. A partir de ahora, no hay manto. Esto que, desde lo más profundo, asoma tiene un nombre. Se llama núcleo. Así que con este gesto, me lo quito todo. Con este gesto, me desnudo. |
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Escrito por Silvia a las 01:09 am Ver/Hacer comentario (2)
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Ser hermanos es... |
 Ser hermanos es, muchas veces, ser algo más que amigos. En nuestra despensa común quedan recuerdos, momentos compartidos. A veces, un único cuarto, e incluso, algunos ronquidos. Peleas de niños. Amigos del alma, transferidos. Novios y conocidos que nos presentamos con orgullo. Ser hermanos es, otras veces, ver al otro con el corazón partido. Las lágrimas correr por su rostro, los ojos, idos. Ser hermanos también es compartir anécdotas, reirnos de nosotros mismos. Ser hermanos significa desear ver al otro con el corazón en alto, batiendo records de todo lo positivo. En definitiva, ser hermanos es un valor seguro, querer a largo plazo. Por eso me alegro de que seamos, nada más y nada menos que cuatro. En fin, por todo lo dicho, ya sabes, cuenta conmigo. Y, por supuesto, con un carro de abrazos. |
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Escrito por Silvia a las 12:49 am Ver/Hacer comentario (3)
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Lunes, 23/05/2005
Declarar |
 Me gustaría quedar con el inspector de Hacienda (qué temible cita, Dios mío) y decirle que hacemos lo que podemos para llegar a fin de mes, que a los niños les compro la ropa en zara, que me hace más ilusión heredar ropa de mi madre y mi hermana que comprármela, que Mikel sólo hace multideporte, que compro un paquete de gulas al mes, que al perro ya le hemos comprado alpiste de ése de consumer (aunque la veterinaria dijo que había sido criado con pedigrípan y siguiéramos con el régimen alimenticio), que las tías les compran a los niños los caprichos, que me voy al Camino en vacaciones, que… Pero claro, así de boquilla no sirve. Que yo recuerde, las ecuaciones llevaban letras, pero si no les dabas números, no se resolvían. Hay que hacer la declaración. Y entonces, me veo aquí, sumergida entre papeles que sólo ordeno una vez al año y que hoy forman parte de lo cotidiano. Sin compasión para los que fuimos por letras. En fin, supongo que tiene razón. Al fin y al cabo, y aunque la comunidad no lo sepa, tengo la suerte de compartir con el banco la propiedad de este piso…y eso no es moco de pavo. |
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Escrito por Silvia a las 01:58 pm Ver/Hacer comentario (2)
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cotidiano |
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Horizonte |
| Se abre un claro en el horizonte. Vamos, se abre el horizonte. Y en él aparece un paisaje verde, porque me gusta verde. Y en él aparecen unos campos dorados de cereal, por donde pasar e ir marcando un surco, abrir camino dejando huella. Porque también me gustan las lomas castellanas con su cereal ondulándose gracias a suaves y cálidas ráfagas de aire. Lo que se abre ante mí es el futuro que deseo para mí, el que yo decido, por el que quiero pasar. Salgo de una zona llena de niebla, donde no acertaba a ver más que mis propias dudas, mi sensación de estar perdida, sin horizonte. Inmersa en un mar de nubes. Pero he salido. Y por primera vez en mucho tiempo (porque cuando estás perdido el tiempo pasa muuuy lentamente) cuando un bolígrafo se mueve entre mis dedos, decide expresar mundos de colores llenos de destellos y no universos grises, mates. Me miro la mano, miro mi mente y me miro el corazón. No sé a quién tengo que dar las gracias. ¿A los tres? Creo que sí. Gracias. Estoy en el salón de mi casa, con el corazón en calma, la luz de la lámpara de pie es tenue (al principio me pareció escasa, pero ahora siento que es la apropiada), con una música suave saliendo de los bafles…siento que estoy haciendo lo que me gusta y me siento completa. No podría desear hacer nada mejor, ahora. Bueno, sí, sería de matrícula si tuviera un refresco en la nevera porque se me han terminado. Llevaba tres días buscando el momento de sentarme con el cuaderno para poder escribir un rato. Creo que se nota. Desde que, hace no mucho, he hecho público mi noviazgo con la escritura, no paramos de darnos besos. Estaba fría y con el cuaderno en la mano. Pero para entrar en calor he cogido un libro sobre escritura, con ejercicios que ayudan a arrancar. He leído una página y poco a poco, me detenía más a pensar que a leer. Al cabo de un rato, las palabras se juntaban en el aire, como las nubes se agrupan en el cielo, dando lugar a formas caprichosas. Así se han ido uniendo palabras hasta formar frases, párrafos y…¡ya! La necesidad de sacarlos, de garabatear la hoja con ese tema durante un rato, hasta plasmar las nubes, compactar las palabras. Una vez he sacado de mi mente todo, la vuelvo a tener en blanco, despejada para estrenar un nuevo asunto del que escribir. |
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Escrito por Silvia a las 10:56 am Ver/Hacer comentario (2)
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Sábado, 21/05/2005
El amperio contra paca |
| A veces me siento delante de este ordenador, intento acceder al blog y lo único que me sale son las noticias que van pasando por arriba. Hasta que me las aprendo de memoria. La pantalla tiene un azul azafata monísimo, pero yo lo que quiero son letras. Mi dosis diaria de letras. Confabulación. El amperio contra paca. |
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Viernes, 20/05/2005
Katiuskas |
 ¡Qué bonita la primavera! ¡Qué bonitos nuestros montes, todos, rabiosamente verdes! ¡Qué bien! Cómo me brota la primavera en los pies. No me ha quedado más remedio que unirme al enemigo. Y recordar que, con las katiuskas, se tenían los pies igualmente mojados por dentro de la sudorina interna. Pero...y ¿qué me decís de pasar por la mitad de un charco? ¿Os acordáis de tan gozosa sensación? Poderío de katiuskas. |
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Jueves, 19/05/2005
Delantal |
 Me pongo el delantal. Es como si me pusiera el disfraz de super-heroína. Me transforma y cambio de personalidad. Es uno de mis muchos Mr. Hyde. Me meto la cinta por la cabeza, cojo las dos de la cintura y les hago un lazo por detrás. A veces, para estas aventuras, llevo algún accesorio más, como por ejemplo, la diadema. Y vestida de esta guisa, ya puedo empezar a desplegar todos mis encantos de superwoman. No desenvaino espadas, pero puedo ir de una habitación a otra blandiendo cucharas de madera. Puedo asomar por el pasillo con un taburete lleno hasta arriba, o sea, hasta mi cuello, de ropa mojada. En el pasillo paro y después de abrir la ventana del patio empiezo a mover cuerdas –que ni los marineros más experimentados- y colgar con pinzas la ropa. A veces, los montones de ropa que saco del patio se quedan en medio del pasillo durante un día entero, esperando su turno a ser organizados –doblados y recogidos en los armarios-. Eso significa que entre una y otra vez que me he puesto el delantal, ha pasado un rato. Forma parte del caos –más o menos controlado- en el que vivo. Y por eso, a veces, siento este desdoblamiento de la mujer del delantal y la mujer sin delantal, en el que discuten por ver qué criterio gana, pero muchas veces la cosa queda en tablas. Menos mal que las dos son compasivas. La sin delantal no para de ver cosas para hacer, ve caos y polvo por todas las esquinas. La del delantal va como una hormiguita de aquí para allá, haciendo cuatro cosas a la vez –la olla mientras el baño que centrifuga la lavadora para cuando lea el cuento después de sacar del congelador las salchichas que faltan cebollas-. Se perdonan una a la otra, por suerte. En el disfraz de heroína no faltan objetos de primerísima necesidad para salvar de posibles peligros al equipo familiar. Porque el delantal tiene dos bolsillos enormes en los que, generalmente, puedo encontrar, por ejemplo, un klínex para salvar de los mocos a Julián –da igual que sea verano o invierno, siempre tiene mocos-. Puedo sacar, en un momento dado, un lápiz y una goma de borrar, indispensable para que Mikel pueda hacer los deberes en la cocina, porque justo en el momento en que te sientas para ayudarle, no hay una sola goma ni un solo lápiz en toda la casa. Y puedo sacar un cigarrillo y el mechero, parar un rato y tomarme un respiro nocivo pero necesario. A veces, encuentro el tubo de cola –pegamento de contacto extrafuerte- con el que arreglar los soportes de la cortina del baño, que, una vez más, se ha caído. Es verdad que algunos días que el cartero llama –con una vez vale- a la puerta y estoy en pijama me pongo por encima el disfraz de superwoman –o sea, el delantal- para evitar el pudor del super-héroe descubierto in fraganti. Otras veces, abro la puerta y encuentro a mi vecina, con su mandil de superamona algo desfasado –de ésos con mangas y botones- y al mirarnos, reconocemos a la heroína que llevamos dentro y tenemos una conversación común sobre niños, menús, polvos de escalera, así, de tú a tú, de superwoman a superwoman. |
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Escrito por Silvia a las 11:26 pm Ver/Hacer comentario (2)
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Ese momento |
 Domingo por la noche. Asamblea y cena familiar en la cocina. Mañana, lunes. Unos al cole; otros, tenemos fiesta. Repaso de cosas pendientes. Hacemos, entre todos, la lista de encargos para mi día libre de mañana. Dice Mikel que llevo días sin colocarle el mapa del mundo junto a su litera. Vale, primer recado. Dice Mikel que suele ver a la vecina fregar el balcón y que lo tiene brillante, no como nosotros. Tiene toda la razón. Vale, segundo recado. Dice Julián que el coche con mando que le regaló el agüelo no tiene pilas. Vale, tercer recado. Dice Txema que el frigo está casi vacío. Tiene razón. Vale, cuarto recado. Digo yo que se me ven las canas. Vale, me apunten teñir el pelo (lo de naranja no lo dije, pero vale, es más sencillo que poner color nectarina/rojo cobrizo). Digo yo que tengo la revisión del ginecólogo. Vale, me lo apunten. Cojo el papel y lo releo. Esto, lo otro, lo de más allá…bien. Pero…¿y esto? ¿Qué es esto? Ha sido Mikel, que también ha cogido la lista y ha puesto en medio “y eskir bir”. Me emociono. Me emociono de vivir ese momento. El momento en que este niño, casi por primera vez, demuestra ser generoso. Demuestra que piensa en los demás y anota en la lista de mi día libre una de las cosas que más me gusta hacer: escribir. |
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Escrito por Silvia a las 01:04 am Ver/Hacer comentario (7)
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Miércoles, 18/05/2005
Gominolas |
 Hoy estamos que tiramos la casa por la ventana. Barra libre de gominolas. Anda, coged la que más os guste; hay para todos. Ojo, algunas son picantes. |
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Escrito por Silvia a las 01:03 am Ver/Hacer comentario (5)
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Cruce de miradas |
| Nos miramos. Paramos de hacer lo que estamos haciendo y nos miramos fijamente a los ojos. Casi se podría decir que escrutamos en nuestras miradas el siguiente movimiento que cada uno de los dos va a llevar a cabo. Yo llevo la fregona en la mano. A mi lado, el cubo. Encima de la mesa de cristal, el bote de cera para suelos. El escenario, el salón. Los muebles, apilados cerca del pasillo para tener todo el espacio libre de obstáculos. Mi indumentaria para la ocasión es el delantal que en su día fue amarillo. Él viene de la habitación de al lado y se dirige hacia la cocina, así que para cubrir su recorrido no le ha quedado más remedio que pasar por el salón, donde yo faeno. Le he pillado in fraganti y los dos nos damos cuenta. Se ha parado para ver mi reacción. Sabe que no está haciendo lo correcto y espera que yo le riña. Pero el caso es que yo estoy muy ocupada. Así que por esta vez y sin que sirva de precedente, le voy a dejar en paz. Prefiero que no venga a molestarme, prefiero que no se interponga entre la fregona y yo. Así que sostengo su mirada un rato y luego sigo con lo mío; encerar la tarima. En esta ocasión, voy a dejar que mi perro se vaya con la zapatilla del niño entre los dientes, a agujerearla un rato. |
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Escrito por Silvia a las 12:08 am Hacer comentario (0)
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Martes, 17/05/2005
En la puerta del cole |
| En una esquina, cerca de la puerta del cole, cada uno con un bocadillo de lo que toque –puede ser chorizo, jamón de York o nocilla, por ejemplo-, están cuatro compañeros de clase que miden, cada uno, menos de un metro. Alguno lleva el pelo rapado y algún otro, patillas y coletilla porque ya toca que le lleven a la peluquería. Porque, claro, él solo no va. A la peluquería, digo. Lo mismo que no está todavía en edad de cortarse las uñas por sí mismo, con lo que hay semanas en que las lleva largas y con un pelín de mugre, sobre todo, a eso de las siete de la tarde. Total, que están en una esquina, charlando y, después de mirarles durante un rato en esa asamblea de pequeña altura, se me ocurre pegar la oreja. -Si le pisas dos veces la cola, te muerde- dice Julián. A Mikel se le abren más los ojos realzando una mirada, ya de por sí, despierta. Al oir esa frase, Ekaitz mastica el paté y el pan un poco más despacio. -Pero, ¿cómo te muerde? –pregunta Ibón. -Te muerde aquí, en la pierna –Julián levanta la pata del pantalón de pana, enseñando un rasguño rosáceo. Todos se observan con el semblante serio, vista la trascendencia de tal afirmación. -¿Cómo se llama tu perro? –cambia de tercio Ekaitz. -Blas –responde Julián. Ahora, todos callan mientras mastican la merienda en un corro perfecto. Al rato, mientras juego con unas niñas y el perro en otra esquina, se acerca Mikel hasta nosotras. -Si le pisas dos veces la cola, te muerde –me avisa. Le he mirado y durante unos segundos, casi me contengo. Al final, he respondido a Mikel que eso no es cierto, que lo único que quiere, en realidad, es jugar y que hay momentos en que, sin querer hacer daño, usa sus dientes para esos juegos. También le he explicado que como el perro anda siempre entre todas nuestras piernas, a veces y sin querer, le pisamos. Mikel me miraba mientras le contaba todo esto sin decir nada, procesando los datos. Creo que se ha ido con las ideas un poco más claras puesto que en esta historia, desempeño el rol de madre resuelvedudas. Pero también creo que lo que he hecho es romper el encanto, desbancar las fantasías y en su lugar, colocar un pedazo enano de realidad que, por cierto, mide menos de un metro. |
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Escrito por Silvia a las 12:43 am Ver/Hacer comentario (5)
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Amigas |
 Hay amigas que te riñen. Amigas que te achuchan y te aplastan con sus tetas. Amigas que se acercan a ti, sigilosamente, en medio de un plan familiar, para preguntarte cómo va eso. Amigas que te invitan a cenar con su cuadrilla cuando estás sola. Amigas que vienen a casa a comer. Amigas que te dan la razón cuando necesitas el amor incondicional de una madre. Amigas que te dan consejos, como pueden, con tal de verte mejor. Amigas que hacen el gamberro contigo. Amigas que te cuentan cosas interesantes. Amigas que te enseñan. Amigas que te las comerías. Amigas que se ríen de ti, contigo. Amigas que están unidas a ti por medio del cordón umbilical que supone vivir experiencias en común. Amigas que están siempre al otro lado de un móvil, de un mail o de una puerta. Amigas que recorren camino a tu vera. Amigas que se solidarizan y hacen ruido con la tripa cuando a ti te suena. Amigas que te animan. Amigas que te apoyan. Amigas que te entienden. Amigas que, en definitiva, hacen más dulce tu vida. Por suerte, hay amigas. |
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Escrito por Silvia a las 12:30 am Ver/Hacer comentario (8)
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humanoides |
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Lunes, 16/05/2005
Mi panadera |
| Mi panadera está estresada. Y además, tiene bastante genio. Yo voy todos los mediodías y le compro una baguette. Ayer me di cuenta de que contagia su estrés a los que nos ponemos a este lado del mostrador. Dice “el siguiente” antes de acabar con el que está, así que el que está lo único que quiere es desaparecer de entre la clientela lo antes posible. El siguiente, por su parte, ya está nervioso, como cuando el profe iba haciendo preguntas siguiendo el orden de la lista alfabética y sabía uno cuándo le iba a tocar. Los demás esperan atentos su turno. Si alguno de nosotros se despista en lo del turno y se mira diciendo “¿es Vd.?” la panadera hace gestos de desesperación ante nuestra torpeza. Si por un casual, un día estás indeciso y no sabes si llevar el pan de centeno o el de 7 semillas, la panadera te lanza una mirada que te atraviesa el cerebro y te sale por el cogote. Para estas ocasiones, me encanta tener el dinero justo, los 85 céntimos que cuesta la baguette. Así sé que soy eficiente y tengo todos los deberes bien hechos, vaya, que no me puede reñir. No es de esas panaderas con las que hablas del tiempo. De hecho, no parece que tenga tiempo. Tiene una lista de bocadillos que prepara en la parte de atrás, pero como prepararlos le lleva un rato y eso significa que se le llena de gente este lado del mostrador, suele mirar con cara de odio a quien se los pide. No está para chistes. Yo le comenté un día que se le veía más tranquila que la víspera y bueno, dijo que eso depende, que a veces parecía muy ocupada y luego no había hecho tanta caja y al revés. Asentí a todo y me fui sin dar más guerra, que ya nos habíamos salido bastante del guión. No sé, hay muchas panaderías en mi ciudad. En parte creo que voy donde ella por ver si algún día no está tan estresada, por ver cómo es posible que estando sola en el trabajo, se dé tan mala vida. Me produce mucha curiosidad. Intento, al mirarla, comprender lo extraños y complejos que somos los seres humanos. Mañana, seguro que paso otra vez. |
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Escrito por Silvia a las 04:41 pm Hacer comentario (0)
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humanoides |
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Trasto diabólico |
 Chicas, no puedo menos que llegar a casa y escribiros antes de pasar a ninguna otra tarea. Quiero compartir con vosotras la experiencia religiosa que acabo de vivir. De hecho, mientras la vivía, no paraba de pensar en contároslo. Todas sabemos el lugar que ocupa la mopa en nuestras vidas. En su día, fue un auténtico hito en nuestra cuadrilla. Yo, hoy, he dado un paso más allá. Y en fin, siento entre miedo y...no sé. Hoy he salido de casa (os recuerdo, en pleno centro de esta metrópolis, todos encorbatados) con un utensilio llevado de mi mano con ruedas que se llama carro de la compra. Sí, chicas, he salido con un carrito de cuadritos. Y todavía no me he repuesto del shock. Lo pedí para Reyes y lo tengo en el pasillo de casa. Hoy lo he estrenado. Y he pasado un corte del copón. Por una parte, me revelaba a venir con las bolsas tipo txingas alargándome los brazos, descoyuntándome los hombros. Y me pareció buena idea, lo de las ruedas. Pero resulta que como no controlo, he metido naranjas, patatas, zanahorias a tutiplén, con lo cual vengo con el brazo derecho igualmente descojonado. Al ir hacia el súper, me he cruzado con un exjefe (el de mi super curro de telefonista) y os juro que he estado a punto de lanzarlo por un terraplén, como el chiste ése en que un tío lleva un gorrino al hombro y para disimular delante de la poli hace que le da un susto y lo tira. Al entrar al estanco lo he aparcado fuera, delante del escaparate. Y en el súper lo he atado con cadena para que no me lo mangaran. Cielos, está claro que lo de la mopa ya es prehistoria. El calibre de mi hazaña ensombrece aquel hecho. Y qué me decís. Que como hace tan buen día, pues todo el rato con la sombra delante de mí, viendo el trasto diábolico éste. Que no sé si sentirme como los niños de cole, como el de correos, como una buzoneadora o como mi vecina que va con carro y con marido al consum. En fin, menos mal que como hoy es día free, me he teñido el pelo y tengo unos rizos monísimos, me había puesto vaquero pero guapilla y estrenaba maquillaje efecto polvo. Menos mal. De aquí a los rulos en un salto, chatas. Que os quiere mucho, una servidora. |
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Escrito por Silvia a las 04:29 pm Hacer comentario (0)
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