Hace unos días, El Mundo anunciaba en su primera página una entrevista entre la candidata socialista a la presidencia francesa, Ségolène Royal, y el filósofo Bernard-Henry Lévy.
En realidad era una cena, a la que el pensador acudía, al parecer, sin
mucho entusiasmo. «Ella sabía perfectamente que nunca fui un apasionado
partidario de su candidatura, pero eso no parece molestarla», relataba
el intelectual.
Ya metidos en harina, –cenaron ensalada, filete de lenguado y vino
blanco seco–, en la velada saltó una tonta chispa. Hablaban de esas tan
comentadas meteduras de pata de Ségolène y del caso de los derechos
humanos en China. El escritor le reprocha que evite la expresión
‘derechos del hombre’, un enlace de palabras, al parecer, de larga e
importante tradición en Francia, y use siempre la construcción
‘derechos humanos’. Se enzarzan. Ségolène explica que esto le
suena a derechos del macho frente a la mujer, los derechos de su padre
frente a su madre. Y se le imprime en la cara «un aspecto tajante,
agudo y casi óseo», describe el entrevistador, que decide cambiar de
tema. «Siento que sostendrá que no entiende por qué no se dice Dios
Padre-Madre, en lugar de Dios Padre».
Resulta que el filósofo está mal informado. Ya se puede rezar
Padre-Madre nuestro que estas en los cielos. Lo ha aprobado un grupo de
teólogos alemanes. Dios, han dicho, no tiene sexo.
Seguro que fue el vino. Ya lo dijo el entrevistador: Ségolène come con buen apetito y bebe bastante.
Cómo somos las chicas. Incluso bebemos. Y nos desnudamos. O casi. Lo hizo la mujer del filósofo en la portada de Paris Match y en el cabaré Crazy Horse. Lo contaba ayer DV en su última página. Mujeres. |
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