Diario Vasco

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El ‘secuestro’ de Julia Roberts por Odón y otras 10 historias del Premio Donostia, ese Oscar koxkero
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Mitxel Ezquiaga | 28-07-2014 | 16:50| 0

Bette Davis se fue de Donostia al cielo. Julie Andrews y Warren Beatty nunca vinieron a por sus premios. Anjelica Huston no salía de Bernardo-Etxea. Richard Gere fue «mister Simpatía» entre rodaballo y rodaballo y a Julia Roberts la secuestró Odón Elorza para enfundarle la camiseta de San Sebastián 2016.

Son historias del Premio Donostia. Hace una semana se anunció que uno de los galardonados será este año Denzel Washington (seguro que hay alguno más). Ha habido debate sobre su calidad como actor y unanimidad sobre su «interés humano»: en solo dos días señoras de todas las edades ya han solicitado mediación para conocer al primer intérprete negro que recibirá el Donostia.

¿Recordamos historias del premio? Ahí va un ‘top ten’ con anecdotarios del Oscar donostiarra.

1. ¿Pero dónde está Julia Roberts? Parece la historia de ‘Pretty Woman’ pero a la inversa: aquí no querían desnudarla, sino vestirla más. Julia Roberts vino en 2010 con la película ‘Come, reza, ama’, o algo así. Todos sus pasos públicos estaban milimetrados por su agente y por su productora. Pero en su camino del ‘photocall’ del Kursaal a la rueda de prensa desapareció. ¿Dónde está Julia? La había ‘sucuestrado’ amablemente el alcalde Odón Elorza para hacerle foto con la camiseta de la capitalidad cultural. Todos los prebostes del protocolo se enfadaron. Julia no entendía bien qué quería ese señor calvo, «the major», pero el señor calvo tuvo la foto.

2. Un obrero llamado Richard Gere. El otro 50% de ‘Pretty Woman’, Richard Gere, se ganó a pulso el título de ‘mister Simpatía’. Es el Premio Donostia que más ha sudado la camiseta: dio la mano a cientos de donostiarras, posó con las señoras de Getaria y los señores del Antiguo, y entre el rodaballo de Elkano y el rodaballo del Branka se portó como un campeón, siempre sonriente.

3. ¿Cuándo se va Glenn Ford? El Premio Donostia nació en 1986 para galardonar, en primera instancia, a las viejas glorias de Hollywood. Gregory Peck fue el primero en recibir el premio, y Glenn Ford, el segundo. Cuando Ford vino a San Sebastián, en 1987, vivía ya apartado de la industria. Estuvo feliz con el reconocimiento. Tanto, que luego no había forma de que se fuera…

4. Robert Mitchum, un duro por la cocina. Premiado en 1993, Mitchum llegó cansado desde Estados Unidos. El Festival quiso ahorrarle el paso ante las cámaras y le coló en el María Cristina por la puerta de servicio. ¡Pero ahí estaba Michelena, el fotógrafo de este papel, que lo retrató en la cocina! El actor luego resultó encantador y posó en Casa Cámara, por ejemplo, bromeando tras la cena.

5. Julie, Warren: ¡os falta algo! En 2001 se anunció que los Donostia serían para Julie Andrews y Warren Beatty. Pero llegó luego el terrible atentado del 11-S y los americanos no viajaron al Festival. Los dos actores no recogieron el premio, aunque salen en la lista oficial. Y de ellos nunca más se supo. ¿Cuándo venís a por vuestras estatuillas ñoñostiarras?

6. El anarco Fernán-Gómez. Fue el primer actor español en recibir el premio, en 1999. Vino feliz, y en la gala del Kursaal agradeció el galardón con el saludo anarquista. Con un par: ‘glamour’ anarco.

7. Un piso para Meryl. La Streep cautivó a todos cuando vino a por su Donostia en 2008. Fue cuando dijo aquello de que si no había cambio de gobierno en Estados Unidos se compraría piso en San Sebastián. «En la Zurriola, por ejemplo». Quería ser donostiarra, como su compañera, Anjelica Huston, feliz en 1999 con su galardón. La Huston no salía de Bernardo-Etxea, como John Malkovich, otro premiado.

8. Robert el breve. Uno de los premios más aplaudidos fue el de Robert de Niro, en el 2000. Tan aplaudido… como escueto. En la ceremonia el actor dijo «muchas gracias» y se fue. Seguramente a cenar con su amigo Schnabel.

9. El pelo de Travolta. En los casi treinta años de historia del Premio Donostia hay muchas incógnitas por despejar, pero una destaca especialmente: ¿qué pasaba con el pelo de John Travolta cuando recogió su galardón en 2012? ¿Peluquín, trasplante berlusconiano? Fue la fiebre capilar de la noche de Donostia.

y 10. Bette que estás en los cielos. Hay consenso: el gran Donostia de la historia es el de Bette Davis. En 1989 lo recogió y de San Sebastián salió en avión ambulancia para morir en París días después. Un documental que cuenta con detalle esa historia se estrena este septiembre en el Festival. El círculo se cierra.

A ver qué haces tú, Denzel Washington.

 

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Escultores ‘on the road’: un mítico viaje en ’4 latas’ en 1968 (y el Dyane 6 de Oteiza, y el Audi de Chillida)
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Mitxel Ezquiaga | 21-07-2014 | 16:29| 0

 

Sus protagonistas lo recuerdan hoy como una mera anécdota, pero fue un viaje que se ha convertido en una leyenda de culto en el microcosmos de la cultura vasca. Los artistas Remigio Mendiburu y José Antonio Sistiaga y el escritor y periodista Santiago Aizarna se embarcaron en 1968 en un Renault 4-L (¿o era un Renault 4-4?) y viajaron desde San Sebastián a Finlandia durmiendo en campings, disfrutando anocheceres y sufriendo amaneceres. O sea, viviendo.

Aquel coche se lo había prestado Nestor Basterretxea y por eso, tras la muerte del creador de Bermeo, ese periplo vuelve a la actualidad. «Pensé que me pedían el coche solo para hacer un recado… y me lo devolvieron un mes después», solía contar con humor el propio Basterretxea.

Es una historia mínima, si se quiere, pero apasionante para quienes disfrutamos con las historias mínimas. ¿Qué interés tiene el viaje de tres señores en coche a través de Europa? ¡Mucho! Es el cruce entre la épica solemne del grupo Gaur y la lírica de ‘On the road’, en la España negra de 1968 («entonces no era tan fácil salir del país», recuerda Aizarna) y la Europa cambiante del mayo francés. Es una historia que mezcla a Jack Kerouac con Godard, pero a la vasca. Y que humaniza a esos ‘totem’ de la vanguardia artística que hoy salen en las enciclopedias: el grupo Gaur también duerme en camping.

Han pasado más de 45 años de aquel viaje. Mendiburu falleció en 1990. Aizarna tiene hoy 86 años; Sistiaga, 82. Los dos siguen felizmente activos, escribiendo el primero, pintando el segundo. Pero tantos años después, cada uno cuenta detalles contradictorios. He hablado con los dos y resulta divertido ver cómo cada uno tiene sus propios recuerdos:

- Sistiaga dice que Basterretxea les prestó el coche «pensando que era para un rato… y nos lo llevamos tres semanas»; Aizarna cuenta que «Nestor iba a llevar el vehículo al desguace y antes de deshacerse de él nos lo dejó».

- Sistiaga cree que era un Renault 4-L; Aizarna piensa un 4-4… «y posiblemente de color verde».

- Sistiaga asegura que solo conducían él y el propio Santi; Aizarna afirma que conducían los tres.

Y así sucesivamente…

Pero qué importan los detalles. Los tres creadores querían ir a Finlandia para conocer a unos arquitectos que habían despertado su interés. Finlandia no era solo un país, sino una metáfora de libertad. «En el viaje de ida paramos días en París», relata Sistiaga. Luego atravesaron Holanda, Alemania, Dinamarca… «Cruzamos de Copenhague a Suecia en un ferry en el que todo el mundo iba borracho», dice Sistiaga.

Llegaron a Helsinki, siguieron hasta Turku… «Eran los meses del ‘sol de medianoche’, nunca oscurecía», explica Aizarna. Alguna vez se quedaron sin gasolina: hay que imaginar la estampa de estos barbudos empujando un ‘4 latas’ por los campos suecos.

Casi un mes después volvieron. Devolvieron el coche a su amigo Nestor (de quien tantas y tan buenas cosas cuentan) y cada uno regresó a sus quehaceres. Fin.

Yo también fui en Opel Corsa hasta un Berlín aún atravesado por el Muro o bajé en Ford Fiesta hasta el desierto marroquí; viajé en tren hasta Estambul o por la América profunda en el Amtrak. Pero no es lo mismo: hay un ‘glamour’ en blanco y negro en el periplo de Mendiburu, Aizarna y Sistiaga, y ellos son tres gigantes.

 

Samotracia es un utilitario

Dijo Marinetti, el poeta del futurismo, que es más bella la velocidad que la escultura de la Victoria de Samotracia. Las leyendas de la escultura vasca no eran Marinetti, pero les gustaban los coches.

El Dyane 6 de Jorge Oteiza es otro fetiche del arte vasco. El viejo coche en el que circulaba de Alzuza a Zarautz y de Orio a Bilbao quedó aparcado en un garaje cuando el escultor fue cumpliendo años. Su amigo el arquitecto Carlos López de Ceballos lo restauró y en mi álbum de recuerdos favoritos tengo un viaje desde Zarautz a Getaria en ese Dyane 6, con Ceballos al volante, un ya viejo Oteiza de copiloto, feliz como un niño, y servidor en el asiento trasero. Aquel coche terminó luego en manos de otro oteiciano, Iñaki Almandoz.

 

A Eduardo Chillida sí le gustaba la velocidad: tuvo coches grandes y rápidos. Otra de mis apasionantes vivencias de Tribulete fue el viaje en un Audi conducido por Chillida, de Igeldo a Chillida Leku, a una velocidad que habría hecho saltar los radares. Su hijo Luis heredó la pasión y compite. Y (atención: ¡noticia!) ya está inscrito para el próximo Dakar.

Pero esa es otra historia. Hablamos de escultores ‘on the road’: es un homenaje a Basterretxea, una figura de la cultura vasca… y el hombre que prestó un coche.

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Entre Bermeo y Hondarribia: Basterretxea en diez frases
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Mitxel Ezquiaga | 12-07-2014 | 10:28| 0

Su obra es enorme, y su inteligencia y sentido del humor también lo eran. Compartir sobremesas, charlas o encuentros con Nestor Basterretxea era una fiesta. Rescato diez frases que me contó y fueron publicadas a lo largo del tiempo.

 

1. El más allá. “No creo en nada del más allá. Uno mira la actualidad, ese cúmulo de desgracias, y se pregunta dónde está Dios. Yo quería ser arquitecto, pero crecí en los años de la guerra civil, la guerra mundial, el exilio. Mi educación fue ir recibiendo patadas en el culo… y adelante”.

 

2. Vasco global. “Nací en Bermeo, he vivido entre Irún y Hondarribia, he hecho muchas cosas en Alava, y pienso que todos tenemos una abuela navarra. Me atrae lo vasco en su totalidad: mi serie cosmogónica vasca de esculturas, por ejemplo, surge cuando compruebo que el euskera no ha ido acompañado de una iconografía propia. Traté de convertir la palabra en imagen. Mi euskera está en las esculturas, suelo decir”.

 

3. Vizcaíno en Gipuzkoa. “El vizcaíno es más resolutivo. Bilbao no ha cambiado sólo por tener más dinero, sino por mayor carácter. Si se hubiera planteado un Guggenheim en Gipuzkoa aún estaríamos discutiendo cómo. El vizcaíno piensa y actúa; el guipuzcoano piensa y vuelve a pensar. Si me siento más vizcaíno es por más resolutivo”.

 

4. Athletic o Real. “No es una frivolidad: es mi cargo de conciencia. En cada derby me lo planteo y pienso: «Mejor un empate». Eso sí: en Bermeo no puedo decirlo.

 

5. Su admirado Oteiza. “Fue como un hermano para mí. Le conocí en Buenos Aires en una situación dramática: él hacía mascarillas para los muertos. Luego convivimos once años, con nuestras familias, en nuestra casa taller de Irún. Fue un hombre excepcional, el único genio que he conocido en mi vida: la incoherencia en persona, justo e injusto a la vez, cobarde y heróico. Cuando hablaba de arte tenía una profundidad y una novedad absolutas”.

 

6. Sobre su salud. “Del cuello para arriba aún funciono bien», decía con humor, hace apenas un año.

 

7. Sobre su Cosmogonía. “La mitología vasca es desconcertante, poco optimista y llena de dolor. Creé mi Cosmogónica porque pensé que los mitos de nuestro pueblo merecían otro trato estético al margen del que nos llegaba por las viñetas de las viejas publicaciones. Y apoyándome, claro, en el trabajo de José Miguel de Barandiaran”.

 

8. Las maquetas escondidas en despachos. “Tenía que hacer un pago fiscal a Hacienda de seis millones de pesetas y lo hice con las maquetas de mi Cosmogonía. Pedí a la Diputación que las pusiera a disposición del público. Cuando se produjo el incendio en la sede de la Hacienda foral de Errotaburu descubrimos que las obras estaban allí,en despachos de políticos o funcionarios. Y algunas resultaron dañadas por el fuego. Restauré la obra y recordé a los responsables forales que ahí estaba la obra. Todos nos pusimos de acuerdo en que debían estar a disposición del público. Se barajaron varias ubicaciones… Me entusiasmó el espacio de las Juntas, por un lado, y su simbología también. Es la casa de todos los guipuzcoanos”.

 

9. El trabajo. “Sigo trabajando. Algunos no sabemos estar quietos”.

 

10. La vida. “He aprendido que la vida pasa tremendamente deprisa: haría falta otra para volver a empezar corrigiendo errores”.

 

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Barcelona recupera su Rambla (cómo reivindicar el corazón de una ciudad a través de la gastronomía)
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Mitxel Ezquiaga | 17-06-2014 | 09:52| 0

Amigos, este es un cuento en el que al final no se comen perdices, sino hamburguesas a la catalana, brochetas de butifarra o pasteles llamados ‘Willy Tonka’.

Amigos, esta historia se llama Tast a La Rambla, ha sido una fiesta celebrada el pasado fin de semana en Barcelona y es, sobre todo, la muestra de cómo una ciudad puede reivindicarse a sí misma a través de la gastronomía.

Empecemos por el principio. El  ’boom’ turístico es un arma de doble filo: Barcelona está de moda y el turismo es hoy una de las grandes industrias de la ciudad, pero a la vez, la invasión de ‘guiris’ amenaza con desnaturalizar su personalidad. La Rambla, sobre todo la zona más cercana al mar, es una de las más claras muestras de ese fenómeno: los barceloneses pisan cada vez menos un barrio tomado por las tiendas de souvenirs y los comederos de paellas-o-así. Una cosa es ser un barrio popular (léanse las novelas de Carvalho, véanse las fotos de Catalá-Roca) y otra ser una tierra de nadie, donde la única bandera parece ser la enésima copia pirata de la camiseta blaugrana con el 10 de Messi.

Desde hace ya tiempo  la asociación de Amics de la Rambla se moviliza para recuperar la zona. Realizan numerosas actividades, pero quieren más. Y contactan con  Roser Torras, la mujer de las grandes ideas, el motor de los grandes equipos, la dama que sueña con fogones: es directora del grupo GSR y jefa técnica de San Sebastian Gastronomika, entre otros títulos.  Y se inventa Tast a la Rambla: durante cuatro días, los grandes restaurantes de la ciudad invaden el paseo urbano en la zona de Santa Mónica. Desde el ‘señorial’ Vía Veneto hasta el moderno ‘Tickets‘, pasando por clásicos populares como Bodega Sepúlveda o la pastelería ‘cool’ de Escribà, montan sus puestos, venden sus ‘tapas’ y convierten el alma de la urbe en una fiesta. Hay ponencias, actividades paralelas, catas… Instituciones como el Ayuntamiento y grandes patrocinadores privados se suman a la celebración.

“Ha resultado un éxito”, sentenciaba el domingo por la noche, poco antes del cierre, Roser Torras. Los barceloneses han vuelto a la Rambla en feliz convivencia con los ‘guiris’, que por supuesto, se apuntaron a la fiesta. Se han contabilizado unos 500.000 visitantes. Pero es solo el principio: han llamado al evento ‘Primera Semana de Gastronomía de Barcelona” porque en el futuro puede crecer y ser el gran momento del año de la cocina en la capital catalana.

A veces la gastronomía puede servir también de ‘regenerador social’. El cuento tiene final feliz. Como el brindis celebrado en la clausura, el domingo, en el maravilloso mercado de La Boquería, que abrió ese día para los cocineros y organizadores del acto.

Pero La Rambla sigue ahí. Si se acercan al barrio, vayan a los locales premiados en el concurso de tapas  donde participaron 15 de los establecimientos más emblemáticos de La Rambla. La tapa ganadora fue la Cocotte de berenjena agridulce con tomatada y boquerón del Bar Cañete, y las menciones especiales, para el Txangurro al toque de pil-pil sobre lámina de bacalao del Amaya (uno de los vascos clásicos de Barcelona) y para el Tartar de tomate de la huerta, mozzarella y aderezado de hierbas frescas del Cent Onze-Le Meridien.

Buen provecho, Barcelona.

 

 

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Antes de que odiemos a Gabo definitivamente (murió hace diez días, pero ya parecen diez años)
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Mitxel Ezquiaga | 12-05-2014 | 07:20| 2

Muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento, legiones de lectores seguiremos odiando el día que murió Gabriel García Márquez. No por su desaparición física (tenía una edad, una vida bien vivida y una obra literaria redonda) sino por el tsunami necrológico que se desató después. Y que habría horrorizado al propio Gabo.

Vamos a terminar odiando al autor de ‘Cien años de soledad’. Qué derroche de lágrimas, qué ceremonias tan excesivas, qué anecdotarios que parecen surgidos de la propia pluma del escritor (lo que hemos vivido sí es ‘realismo fantástico’).

Les supongo hartos de García Márquez, o más bien, del Gabocidio. Pero lo siento, ahora que empieza a remitir la marea (solo hace diez días de su muerte y ya parece que han pasado diez años) tengo que hacerlo: Él y yo. Cinco o seis notas sin importancia en esta esquina íntima antes de que odiemos a Gabo (a su pesar) definitivamente. Es, por así decir, una autogeografía.

 

1. Una pizarra en Leioa

A todos nos pasó lo mismo. De pronto, en la adolescencia, alguien pone en tus manos ‘Cien años de soledad’ y te deslumbra. En mi caso fue mi hermano mayor. Leer esa novela es un rito de iniciación, como el primer beso o el primer ‘barco’ producido por el alcohol. Luego, con los años, compruebas que el ‘realismo fantástico’ es el de la vida, no el de los Buendía y sus mujeres que ascienden a los cielos.
Pero esto es hoy una autogeografía de iniciaciones: comienzos de los 80, facultad de Ciencias de la Información en Leioa. Un joven profesor de la asignatura de Redacción Periodística escribe en la pizarra un nombre: ‘Gabriel García Márquez’, y una profesión, ‘periodista’. El profesor es César Coca (ustedes lo leen por aquí) y entre los alumnos estoy yo. Desde entonces algunos pensamos que el mejor Márquez es el reportero, el cronista del realismo… real.

 

 

2. Un libro en lacalle Corrientes

Estos días, tras la muerte del escritor, muchos hemos revisado nuestros libros de García Márquez. Yo también. Y sentí un escalofrío cuando retomé un ejemplar que forma parte de una autogeografía con mayúsculas:  el libro ‘Notas de prensa, 1980-1984’, con escritos periodísticos de Gabo, que compré en 1993… en Buenos Aires.
El recibo de la compra está dentro del libro, guardado por fetichismo (al fin y al cabo fue un viaje feliz con la Princesa Rubia). Ahí lo pone: Librería Hernández, del número 1436 de la calle Corrientes. El coste, 18 (supongo que pesos ¿o quizás dólares?: eran momentos convulsos).
Todo real. Pero visto hoy, veinte años después, me resulta más fantástico que el propio Macondo…

 

3. Una aparición en Cuba

Más realismo fantástico, pero verdadero. Verano de 1994. Un grupo de periodistas vascos viajamos a Cuba al rodaje de Maité, la coproducción vasco-cubana. Una tarde una furgoneta nos lleva hasta la mítica escuela de cine de San Antonio de Baños para el acto de fin de curso, que preside el propio Gabo. Todo parece una ceremonia papal: el escritor aparece vestido de blanco, los alumnos e invitados se le acercan como a un santo y Él, en vez de andar, levita. Sonríe, da manos, habla y más que saludar, bendice a la gente. A los plumillas llegados desde la recia Euskadilandia la escena nos resulta demasiado religiosa.

 

4. Un desayuno en Sevilla

La culpa no es de García Márquez, sino de quienes le admiraron hasta el exceso: fue un hombre preso de la fama, enfermo de su propio éxito por la veneración de los demás. Hace unos días publicamos en este periódico una conversación deliciosa del periodista Tomás García Yebra con Gabo durante un desayuno en Sevilla. El escritor confiesa que ya no puede más con la fama: “pagaría por ser anónimo”.

Me fascina la fama como cárcel de sus víctimas. Leía la confesión d e Márquez («no puedo ir al cine, o a un restaurante, porque todo el mundo me para, me piden autógrafos o una frase ingeniosa, no me dejan ser uno más») y recordaba mis conversaciones similares con Karlos Arguiñano, por ejemplo. Son magnitudes, oficios y personalidades diferentes, pero el chef sabe bien que la ‘fama’ puede llegar a amargar. Ahí hay un documental por hacer, amigos.

5. Y el verbo se hizo carne en Biarritz

García Márquez terminó viviendo clandestinamente para evitar el asedio. ¿Por ejemplo? 1995. Biarritz. Se celebra el festival de cine latinoamericano y nuestra corresponsal de entonces, la entrañable Nathalie Goulet, llama al periódico. «Hay rumores de que va a aparecer por aquí García Márquez, pero nadie lo confirma».

Y apareció, sin ruido, sin anunciarse. Asistió a algunas proyecciones, concedió unas breves declaraciones y firmó algunos libros ante la cámara de nuestro compañero Mikel Fraile (es la imagen que se reproduce en este post). Y como llegó, se fue. Condenado a vivir sus propios ‘cien años de soledad’.

 

y 6. Una calle en Donostia’

Nos quedan sus libros. Y algunos podemos enorgullecernos de vivir en una ciudad, Donostia, con una calle dedicada a Macondo, vecina a la calle Obaba, territorio de Bernardo Atxaga. «No todo lo hice mal en el Ayuntamiento», me dice con ironía Ramón Etxezarreta, concejal ‘culpable’ de que haya calle Macondo en San Sebastián desde 1995.
Sí: estuvo bien. Un poco de realismo fantástico en una ciudad que también se mueve entre Kafka y los Buendía. Como la vida misma.

 

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