Diario Vasco

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Yo no soy tonto: 8 cosas y media sobre Donostia 2016, Hansel Cereza y los ciudadanos que no entendemos nada
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Mitxel Ezquiaga | 25-01-2016 | 11:51| 33

1. Donostia 2016 habla de convivencia y de valores, pero entre ellos no debe figurar la autocrítica: el balance oficial viene a decir que el problema de la fallida inauguración del sábado es de la gente, que no entendimos. Más irritante que la propia ceremonia es que nos digan que fue “demasiado innovadora”. No: era de una “modernidad” ya viejuna. El problema no radica en que la ciudad sea rancia: el tema es que “eso” ya lo hemos visto.

2. El primer error fue la elección del escenario. Está bien salir del clásico marco de La Concha y apostar por el río, pero no puede pretenderse una cita multitudinaria en un espacio donde literalmente no caben los ciudadanos. Funciona como teoría, pero es inviable en la práctica, como se vio.

3. También fue discutible el modelo de ceremonia. Dicen que “hubiese sido más fácil poner fuegos artificiales”, pero el montaje de Hansel Cereza son los ‘fuegos artificiales’ contemporáneos. Algo así fue rompedor en Barcelona 92: desde entonces cada capital cultural, juego olímpico o mundial de futbito repite este esquema ‘circo del sol’ adaptado a cada lugar: aquí hubo aizkolaris.

4. Si el acto está pensado para la tele, no convoques a 50.000 personas para que vean de lejos cómo se apaga y se enciende el puente. Si está pensado para le tele, cuida la retransmisión al máximo, que no necesite explicaciones como si fuese un partido de curling y que haya sido engrasada. La única “autocrítica” de Cereza se la hace él a otros: “Al parecer fallaron algunas cámaras”, dice.

5. Si la gente se frustra ante el resultado, que la organización piense que algo ha hecho mal: no acuses a los ciudadanos de tontos como primera reacción. Así opinaron autoridades municipales (salvo excepciones), rectores de Donostia 2016 y el propio Cereza, que se va con su dinero pensando que deja atrás una ciudad de primitivos.

6. Lo mejor de todo fue la participación de los voluntarios, con su entusiasmo, y la respuesta del público, que acudía a ser sorprendido no por fuegos a lo Caballer, alcalde, sino por algo “nuevo e irrepetible”, como se había anunciado hasta la saciedad por la propia Donostia 2016.

7. La concentración de Tamborradas, sin apenas medios y sin pretensiones, fue una inauguración más popular, distinta, natural y participativa.

y 8: Que esta apertura no empañe el desarrollo de Donostia 2016. Hubo muchas cosas más en la inauguración, originales y participativas de verdad, y las habrá a lo largo del año en una repleta programación. Después de Cereza habrá un amplio muestrario de frutas para todos los sabores. Perdón por el chiste, pero aún tengo otro mejor: los responsables de Donostia 2016 dicen ahora que “hay que pasar página” sobre ese tema y mirar hacia el futuro. Si hubiese sido un éxito quizás aún estarían dando ruedas de prensa al respecto…

P.d. Ya ven que resucitamos el blog… La ocasión lo merece. Y Gora 2016, carajo.

 

 

 

 

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Yo también odio los ‘top’ del año: si no te gusta éste, tengo otros
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Mitxel Ezquiaga | 27-12-2014 | 17:09| 0

Nada más odioso que una lista con lo mejor del año. Pero nada más socorrido. Traigo una lista: personal, caprichosa e intransferible. Y parafraseando a Groucho Marx podría añadir que «ésta es mi lista; si no le gusta, tengo otras». Vamos allá.

 

1. Una película‘Boyhood’, ocho apellidos universales: la vida sin más

Ha sido el año en que nos reímos con ‘Ocho apellidos vascos’ (esa película que critican, sobre todo, quienes no la han visto), nos emocionamos con ‘Loreak’, recordamos con ‘Lasa y Zabala’ y quedamos boquiabiertos ante el genio de ‘Relatos Salvajes’. Pero sobre todo ha sido el año de encontrar la vida en pantalla de la mano de ‘Boyhood’.

¡Qué maravilla de película! Lo de menos es que se filmara a lo largo de doce años: lo que importa es que cuenta la vida con minúsculas, sin estridencias, con la humilde perspectiva de la naturalidad. ‘Boyhood’: la vida, nada más. Y nada menos. Cine de afectos especiales: resulta que la película del año era ‘Ocho apellidos… universales’.

 

2. Un libro. ‘El impostor’: mentir para llegar a la verdad

Murió García Márquez, leímos lo nuevo de Murakami, y de Javier Marías, y de Lorenzo Silva, aplaudimos el éxito de Dolores Redondo, siguieron los ecos del ‘Martutene’ de Saizarbitoria y del ‘Cómo pudo pasarnos esto’ de Idoia Estornés, pero hay un libro que perdura en mi memoria semanas después de leerlo: ‘El impostor’, de Javier Cercas.

Esa historia sobre Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por víctima de los campos de concentración nazis, sin serlo, habla más del propio Cercas que del supuesto impostor. Su lectura resulta a veces irritante y en ocasiones deslumbrante, pero más allá de las polémicas el libro resuena en tu cabeza tiempo después de leerlo. Vivir es una forma de impostura, mentira y verdad son dos casas de una misma moneda.

 

3. Un viaje. Japón, Japón.
En primavera me fugué a Japón. Había hecho un pacto conmigo mismo: antes de que terminara el año de mis 50 debía visitar eso que los cursis llaman ‘el país del sol naciente’. Y la experiencia superó las expectativas: es «el viaje». Me gustó Kioto, reserva espiritual, pero me apasionó Tokio, la ciudad donde caben las esencias y las tendencias. Cuando volví a casa guardé en unas carpetas mis recuerdos del viaje. Y las carpetas siguen, meses después, sin abrir: aún no he digerido la excursión. Necesito más tiempo… o volver.

 

 

4. Un restaurante. Cómo ser feliz en Rekondo


Arzak ha celebrado 25 años con tres estrellas Michelin, Elkano logró su primera estrella (el Kaia, ahí al lado, en Getaria, también la merece) y no me canso de regresar al imprescindible Frontón de Roberto Ruiz en Tolosa. Pero 2014 ha sido el año de Rekondo. El restaurante de Igeldo ha cumplido 50 años de la mejor manera: cargado de experiencia como un maduro, lleno de entusiasmo como un joven. Txomin Rekondo y su hija Lourdes gobiernan con inteligencia un restaurante que evoca directamente la felicidad, y más en los meses de verano, cuando su terraza se convierte en el lugar donde uno se quedaría a vivir.

 

5. Un pintxo. Las anchoas del Txepetxa


La Bodega Donostiarra de Gros sigue tan brillante como exitosa, y ahí radica su ‘pega’: ¡siempre está lleno! En Bokado San Telmo me siento tan cómodo que prefiero no nombrarlo, para evitar que me quiten el sitio… Pero el 2014 ha sido mi reencuentro con las anchoas del Txepetxa, ese clásico de la Parte Vieja. Sigue siendo lo que fue: ¿hace falta añadir algo más?

 

6. Una copa. Noches de invierno en el Resaca

Ya casi no bebo: vivo para andar. Mi resumen del año podrían ser los paseos mañaneros dados en lugares dispares a lo largo de los últimos doce meses. Pero hay un trago nocturno que cada semana sabe a gloria: la copa post-Keridos Monstruos, en adorable compañía, en el Resaca de Miraconcha de Iñaki Guetaria. Antes bebía gin-tonic: ahora, un champán o una cerveza. El Resaca sigue siendo el paraíso viscontiano para las noches laborables del invierno.

 

7. Una exposición. Esas fotos de Catalá-Roca

He disfrutado de exposiciones pequeñas, como la del Museo Naval dedicada al reflejo de la costa guipuzcoana en el arte; de muestras grandes, como la gran retrospectiva de Chillida en la Sala Kubo, y de experimentos juguetones, como la de moda y ‘frivolité’ en San Telmo (¡con qué talento suple ese museo con imaginación la falta de presupuesto!). Pero la exposición donde muchos gozamos realmente fue la de viejas fotografías de Catalá-Roca en el Kursaal. La vida en blanco y negro y colgada en la pared. Un lujo.

 

8. Un festival. Larga vida a la Quincena

El Jazzaldia fue nuevamente luminoso y el Zinemaldia sigue siendo el ‘top’ de nuestra cultura. Y la Quincena Musical cumplió este año su 75 aniversario y salió redonda. Como Tribulete me tocó investigar su pasado y presente, una historia que ha colocado a la Quincena entre los grandes. Que los recortes y torpeza institucional no priven al festival de su futuro. ¿Hay que reivindicar otra vez el poderío de la Quincena?

 

9. Un personaje: Nestor,ese joven de 90 años

Era una de las personas más jóvenes que he conocido. Tenía la mirada curiosa de un crío y la retranca irónica de un viejo. Falleció en julio sin hacer ruido, rodeado de su familia, en la casa que había convertido en su museo vital. Nestor Basterretxea fue un incansable creador, pero sobre todo un hombre de acción, un personaje que podría haber sido creado por Pío Baroja. Goian bego!

 

 

 

y 10.  Una foto. Sí, sales tú. Todos somos ese padre, todos somos ese hijo. Habrá fotos mejores o más importantes, pero quienes vimos esta imagen de Reuters una tarde de marzo supimos enseguida que era la foto del año… y hasta de nuestras vidas. El periodista Javier Espinosa había estado 200 días secuestrado en Siria y volvía a casa. Su hijo saltó los protocolos del aeropuerto de Torrejón y corrió al encuentro. ¡Ese abrazo! El mundo se divide entre quienes se identifican con el padre y quienes lo hacen con el hijo. ¿Puede alguien quedar indiferente?

 

(Pues eso: feliz año. Se admiten críticas, apoyos, enmiendas, mejoras e insultos en este mail: mezquiaga@diariovasco.com)

 

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Huelva es de color tinto… y zanahoria: una inmersión donostiarra en el Festival Iberoamericano
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Mitxel Ezquiaga | 25-11-2014 | 18:56| 0

Y entonces, en plena copa de la fiesta de clausura, va el alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez, y te lo dice: «El gran éxito del Festival Iberoamericano ha sido este año abrirse más a la ciudad; el próximo reto es abrirnos más al exterior». Sonríes: ¡cómo nos suena eso a quienes venimos de Donostia y hemos crecido con el Festival de San Sebastián!

Huelva y Donostia no tienen mucho que ver… o sí. La ciudad andaluza, por ejemplo, también celebra su fiesta patronal el día de San Sebastián. Pero sus festivales son absolutamente distintos, aunque los dos forman parte del reducido club de certámenes declarados «estratégicos» por el Ministerio de Educación y Cultura. San Sebastián es mayor en historia, tamaño, presupuesto y repercusión. Pero el Festival Iberoamericano de Huelva, clausurado el fin de semana, ha celebrado nada menos que su 40 cumpleaños. Tiene pasado y quiere futuro. Y acaba de vivir la primera edición de su nueva era.

Porque la edición recién terminada ha sido dirigida por el periodista pamplonés, aunque donostiarra de ejercicio desde hace 25 años, Pedro J. Castillo. «El festival de Huelva tiene una larga y brillante historia como puente entre España e Iberoamérica. Nuestro objetivo es implicar más al público de Huelva y reforzar la dimensión exterior, que sea un lugar de trabajo para forjar proyectos y punto de encuentro del sector», explica Castillo. Y añade que «con modestia, este año hemos dado un paso de gigante en esa línea».

El público ha llenado la Casa Colón y el Gran Teatro, escenarios principales de un festival que también ha ido al encuentro del público en lugares tan atípicos como la cárcel. Profesionales españoles y latinoamericanos, de Imanol Arias, José Luis Garci o el equipo de la ‘Versión española’ de TVE a un amplio elenco de cineastas del otro lado del charco, con el ‘oscarizado’ argentino Eugenio Zanetti a la cabeza.

El pasado de las minas de Río Tinto es omnipresente en Huelva, pero al color tinto se ha sumado este año el color naranja de la zanahoria: ganó el Colón de Oro la película uruguaya ‘Zanahoria’, de Enrique Buchichio, una indagación en los crímenes de la dictadura del país.

En el palmarés se reconoció como mejor actor a Óscar Jaenada por su papel en ‘Cantinflas’, la película mexicana que vivió en Huelva su estreno en España. Y Jaenada protagonizó en la clausura uno de los momentos más emotivos del festival. Podría parecer de ‘crónica rosa’; es simplemente una historia humana.


El azar provocó que la presentación de la gala corriera a cargo del actor catalán Marc Clotet y de la actiz donostiarra Barbara Goenaga, expareja de Jaenada. El hijo de los dos asistía a la ceremonia y gritó de emoción cuando supo que su padre ganaba el premio. Jaenada salió al escenario, pidió a Barbara que le acompañara al atril y los dos saludaron al niño entre los aplausos del público. Fin de la historia.

Muchos guipuzcoanos, de origen o de vecindad, se han juntado estos días en Huelva. También Loquillo, donostiarra por elección, protagonizó otro de los momentos más resaltados por los medios de comunicación: en el marco del ciclo sobre música y cine presentó el documental ‘Los gatos del callejón’, de Benet Román, que cuenta la gestación de ‘El ritmo del garaje’, disco ‘fundacional’ del estilo Loquillo. El músico catalán desmitificó en un animado coloquio algunos tópicos sobre «la movida» (empezando por el nombre) y recordó que en aquellos tiempos «nos divertíamos de noche y soñábamos proyectos, pero luego, a la mañana, la gente se ponía a currar y los proyectos se convertían en realidad». No como ahora, vino a añadir.

Huelva se mueve. Visto desde Donostia es un festival pequeño pero con personalidad. «Tiene una larga historia, pero vamos a darle otro futuro», resume su director, Castillo. «En algunos proyectos, como el foro de las coproducciones, nos gustaría colaborar con San Sebastián».

(En las fotos: arriba, el reencuentro de Jaenada y Goenaga; debajo, Pedro J. Castillo, nuevo director del festival)

 

 

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Con ‘Loreak’ al psicoanalista de la mano de Idoia Estornés (retrato de grupo txikito en un plató txikito)
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Mitxel Ezquiaga | 07-11-2014 | 13:11| 0

Mientras otros veían el partido del Liverpool, anoche en la teletxikita hablábamos de películas y de libros. Quizás nos vieron pocos, pero quienes vieron ayer Keridos Monstruos merecían la pena. Y el conjunto quedó como un retrato de grupo extraño y divertido: una escritora, dos cineastas, un psicoanalista y varios periodistas.

Primero recibimos a Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, los dos directores de ‘Loreak’,  ese ‘thriller sentimental’ (Ricardo Aldarondo dixit) que está triunfando en muchos sitios y especialmente en Donostia. Garaño y Goenaga hacen cine contenido, emotivo e inteligente, pero en la realidad son como una pareja cómica que se toma el pelo mutuamente sin darse demasiada importancia. Hablaron de la peli, claro, pero eso ya está muy contado. Y aportaron detalles más locales para el cotilleo ñoñostiarra.

Sin desvelar demasiados datos para quienes aun no han visto la película, digamos que…

1/ El lugar del accidente donde se depositan tantas flores es una carretera ya poco transitada en la zona de Bera.

2./ El peaje del filme es una cabina de Zarautz de la AP-8.

3./ El precioso piso donde vive el personaje de Nagore Aranburu (que parece surgido de un filme de Woody Allen: el piso… y también el personaje) es la vieja sede de Gehitu en la calle Arrasate. Y el del personaje de  Josen Bengoetxea está en la calle Miracruz (la Nagore Aranburu real, por cierto, tiene una tienda de ropa frente al Trueba).

4./ La obra donde trabaja el personaje de Bengoetxea estaba en Oiartzun (y terminó antes que la peli). Y la grúa en la que trabaja fue ‘habilitada’ en una empresa guipuzcoana del sector.

Volvamos a Keridos Monstruos. Tras Goenaga y Garaño llegó Idoia Estornés Zubizarreta, recién premiada con el Euskadi de Literatura por ese ‘Cómo pudo pasarnos esto‘ que no me canso de recomendar. Estornés vino desde San Juan de Luz, donde vive ahora, en su coche, contó grandes verdades sobre la historia reciente del paisito y se fue tan contenta. Nos queda su libro.

Como nos queda el libro del psicoanalista Ramón Andreu Anglada, el catalán que llenó el lunes el Koldo Mitxelena en la presentación de ‘Las cartas que los padres nunca recibieron”. Ese acto del KM fue conducido por la periodista Cristina Turrau, así que le pedí a la colega/colega que viniera al plató. “Tu cara me suena mucho”, le repetía yo a la Turrau. Si tienen que sacarme cantares, que sea con base. De lo que dijo Andreu me quedo con un dato: por cada hombre que va al psicoanalista van siete mujeres. “No es que ellás estén peor: es que son más valientes a la hora de afrontar sus fantasmas”, contó mientras mi compañera Leire Torre, la periodista que de verdad hace Keridos Monstruos junto con Verónica Melo en los fogones, asentía.

Otros vieron al Liverpool. Nosotros lo pasamos bien en la teletxikita. Vivir era esto.

 

 

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El escaño de Odón (¿sabe ya Elorza qué quiere ser de mayor?)
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Mitxel Ezquiaga | 27-10-2014 | 10:19| 0

Vino a los Keridos Monstruos de la teletxikita y arrasó en nuestros audímetros caseros y modestos como si fuera uno de esos realitys donde los concursantes enseñan el culo. “El personaje Odón Elorza sigue teniendo tirón… aunque solo sea para llevarle la contraria”, me decía el día siguiente del programa uno de sus más veteranos adversarios políticos.

Los donostiarras hemos vivido veinte años con Elorza sentado en el principal despacho de Alderdi Eder y aún padecemos las secuelas del «fin de la convivencia». Aunque desde hace tres años haya otro hombre en ese despacho.

Pero no solo los donostiarras: también el propio Odón Elorza vive aun la aclimatación al día después. Cuando supo que había perdido las elecciones, hace tres años, se exilió una semana con su mujer en un recóndito pueblo asturiano sin cobertura. Ahí empezó una digestión que ya parece resuelta. Y adelanta que ni se le pasa por la cabeza presentarse otra vez a la alcaldía.  ”Es una etapa cerrada”.

Elorza admite hoy que “los ciudadanos me echaron, quizás por hartazgo o quizas porque daban por hecha mi reelección y se quedaron en casa”. Pero como diputado en el Congreso no acaba de encontrar su sitio. «Me tienen en la última fila detrás de una columna», bromea. El ex alcalde siempre ha ido por libre en su partido y en el convulso PSOE de hoy apostó en primarias por el ‘outsider’, el candidato de Izquierda Socialista. Así no hay futuro.

Odón Elorza pasa media semana en Donostia y la otra media en Madrid, sigue escribiendo mucho, consume casi todo el cine que se estrena, pedalea por el bidegorri y disfruta las terrazas de la ciudad con su recuperada libertad. Porque sus veinte años de alcalde los vivió protegido bajo la amenaza de la violencia. El momento más emocionante de la entrevista fue cuando recordó a tantas víctimas del terror en la Donostia hoy gobernada, entre otros, por algunos que nunca dijeron que les pareciera mal que mataran a su vecino de portal.

En fin. Resultó entrañable su mención de Patxi Beloqui, el concejal de Tráfico que fue criticado hasta la extenuación y cuyas propuestas, quizás demasiado adelantadas a su tiempo, derivaron en la ciudad semipeatonal que gozamos hoy.

Elorza dice enigmáticamente que está escribiendo muchos recuerdos, «de gestión política y también personales», de sus años de alcalde. ¿Son unas memorias? «De momento escribo», responde con cara de póker.

No sabe cuál será su futuro político, pero se confiesa más cercano a su sueño juvenil de ser «algo parecido a un periodista», aunque ahora ya «por libre, sin director y a mi manera». Un sueño que hace cuarenta años se vio frustrado «cuando los profesores del Opus no me admitieron para estudiar Periodismo en la Universidad de Navarra».

 

 

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