Diario Vasco

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Escultores ‘on the road’: un mítico viaje en ’4 latas’ en 1968 (y el Dyane 6 de Oteiza, y el Audi de Chillida)
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Mitxel Ezquiaga | 21-07-2014 | 16:29| 0

 

Sus protagonistas lo recuerdan hoy como una mera anécdota, pero fue un viaje que se ha convertido en una leyenda de culto en el microcosmos de la cultura vasca. Los artistas Remigio Mendiburu y José Antonio Sistiaga y el escritor y periodista Santiago Aizarna se embarcaron en 1968 en un Renault 4-L (¿o era un Renault 4-4?) y viajaron desde San Sebastián a Finlandia durmiendo en campings, disfrutando anocheceres y sufriendo amaneceres. O sea, viviendo.

Aquel coche se lo había prestado Nestor Basterretxea y por eso, tras la muerte del creador de Bermeo, ese periplo vuelve a la actualidad. «Pensé que me pedían el coche solo para hacer un recado… y me lo devolvieron un mes después», solía contar con humor el propio Basterretxea.

Es una historia mínima, si se quiere, pero apasionante para quienes disfrutamos con las historias mínimas. ¿Qué interés tiene el viaje de tres señores en coche a través de Europa? ¡Mucho! Es el cruce entre la épica solemne del grupo Gaur y la lírica de ‘On the road’, en la España negra de 1968 («entonces no era tan fácil salir del país», recuerda Aizarna) y la Europa cambiante del mayo francés. Es una historia que mezcla a Jack Kerouac con Godard, pero a la vasca. Y que humaniza a esos ‘totem’ de la vanguardia artística que hoy salen en las enciclopedias: el grupo Gaur también duerme en camping.

Han pasado más de 45 años de aquel viaje. Mendiburu falleció en 1990. Aizarna tiene hoy 86 años; Sistiaga, 82. Los dos siguen felizmente activos, escribiendo el primero, pintando el segundo. Pero tantos años después, cada uno cuenta detalles contradictorios. He hablado con los dos y resulta divertido ver cómo cada uno tiene sus propios recuerdos:

- Sistiaga dice que Basterretxea les prestó el coche «pensando que era para un rato… y nos lo llevamos tres semanas»; Aizarna cuenta que «Nestor iba a llevar el vehículo al desguace y antes de deshacerse de él nos lo dejó».

- Sistiaga cree que era un Renault 4-L; Aizarna piensa un 4-4… «y posiblemente de color verde».

- Sistiaga asegura que solo conducían él y el propio Santi; Aizarna afirma que conducían los tres.

Y así sucesivamente…

Pero qué importan los detalles. Los tres creadores querían ir a Finlandia para conocer a unos arquitectos que habían despertado su interés. Finlandia no era solo un país, sino una metáfora de libertad. «En el viaje de ida paramos días en París», relata Sistiaga. Luego atravesaron Holanda, Alemania, Dinamarca… «Cruzamos de Copenhague a Suecia en un ferry en el que todo el mundo iba borracho», dice Sistiaga.

Llegaron a Helsinki, siguieron hasta Turku… «Eran los meses del ‘sol de medianoche’, nunca oscurecía», explica Aizarna. Alguna vez se quedaron sin gasolina: hay que imaginar la estampa de estos barbudos empujando un ‘4 latas’ por los campos suecos.

Casi un mes después volvieron. Devolvieron el coche a su amigo Nestor (de quien tantas y tan buenas cosas cuentan) y cada uno regresó a sus quehaceres. Fin.

Yo también fui en Opel Corsa hasta un Berlín aún atravesado por el Muro o bajé en Ford Fiesta hasta el desierto marroquí; viajé en tren hasta Estambul o por la América profunda en el Amtrak. Pero no es lo mismo: hay un ‘glamour’ en blanco y negro en el periplo de Mendiburu, Aizarna y Sistiaga, y ellos son tres gigantes.

 

Samotracia es un utilitario

Dijo Marinetti, el poeta del futurismo, que es más bella la velocidad que la escultura de la Victoria de Samotracia. Las leyendas de la escultura vasca no eran Marinetti, pero les gustaban los coches.

El Dyane 6 de Jorge Oteiza es otro fetiche del arte vasco. El viejo coche en el que circulaba de Alzuza a Zarautz y de Orio a Bilbao quedó aparcado en un garaje cuando el escultor fue cumpliendo años. Su amigo el arquitecto Carlos López de Ceballos lo restauró y en mi álbum de recuerdos favoritos tengo un viaje desde Zarautz a Getaria en ese Dyane 6, con Ceballos al volante, un ya viejo Oteiza de copiloto, feliz como un niño, y servidor en el asiento trasero. Aquel coche terminó luego en manos de otro oteiciano, Iñaki Almandoz.

 

A Eduardo Chillida sí le gustaba la velocidad: tuvo coches grandes y rápidos. Otra de mis apasionantes vivencias de Tribulete fue el viaje en un Audi conducido por Chillida, de Igeldo a Chillida Leku, a una velocidad que habría hecho saltar los radares. Su hijo Luis heredó la pasión y compite. Y (atención: ¡noticia!) ya está inscrito para el próximo Dakar.

Pero esa es otra historia. Hablamos de escultores ‘on the road’: es un homenaje a Basterretxea, una figura de la cultura vasca… y el hombre que prestó un coche.

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Entre Bermeo y Hondarribia: Basterretxea en diez frases
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Mitxel Ezquiaga | 12-07-2014 | 10:28| 0

Su obra es enorme, y su inteligencia y sentido del humor también lo eran. Compartir sobremesas, charlas o encuentros con Nestor Basterretxea era una fiesta. Rescato diez frases que me contó y fueron publicadas a lo largo del tiempo.

 

1. El más allá. “No creo en nada del más allá. Uno mira la actualidad, ese cúmulo de desgracias, y se pregunta dónde está Dios. Yo quería ser arquitecto, pero crecí en los años de la guerra civil, la guerra mundial, el exilio. Mi educación fue ir recibiendo patadas en el culo… y adelante”.

 

2. Vasco global. “Nací en Bermeo, he vivido entre Irún y Hondarribia, he hecho muchas cosas en Alava, y pienso que todos tenemos una abuela navarra. Me atrae lo vasco en su totalidad: mi serie cosmogónica vasca de esculturas, por ejemplo, surge cuando compruebo que el euskera no ha ido acompañado de una iconografía propia. Traté de convertir la palabra en imagen. Mi euskera está en las esculturas, suelo decir”.

 

3. Vizcaíno en Gipuzkoa. “El vizcaíno es más resolutivo. Bilbao no ha cambiado sólo por tener más dinero, sino por mayor carácter. Si se hubiera planteado un Guggenheim en Gipuzkoa aún estaríamos discutiendo cómo. El vizcaíno piensa y actúa; el guipuzcoano piensa y vuelve a pensar. Si me siento más vizcaíno es por más resolutivo”.

 

4. Athletic o Real. “No es una frivolidad: es mi cargo de conciencia. En cada derby me lo planteo y pienso: «Mejor un empate». Eso sí: en Bermeo no puedo decirlo.

 

5. Su admirado Oteiza. “Fue como un hermano para mí. Le conocí en Buenos Aires en una situación dramática: él hacía mascarillas para los muertos. Luego convivimos once años, con nuestras familias, en nuestra casa taller de Irún. Fue un hombre excepcional, el único genio que he conocido en mi vida: la incoherencia en persona, justo e injusto a la vez, cobarde y heróico. Cuando hablaba de arte tenía una profundidad y una novedad absolutas”.

 

6. Sobre su salud. “Del cuello para arriba aún funciono bien», decía con humor, hace apenas un año.

 

7. Sobre su Cosmogonía. “La mitología vasca es desconcertante, poco optimista y llena de dolor. Creé mi Cosmogónica porque pensé que los mitos de nuestro pueblo merecían otro trato estético al margen del que nos llegaba por las viñetas de las viejas publicaciones. Y apoyándome, claro, en el trabajo de José Miguel de Barandiaran”.

 

8. Las maquetas escondidas en despachos. “Tenía que hacer un pago fiscal a Hacienda de seis millones de pesetas y lo hice con las maquetas de mi Cosmogonía. Pedí a la Diputación que las pusiera a disposición del público. Cuando se produjo el incendio en la sede de la Hacienda foral de Errotaburu descubrimos que las obras estaban allí,en despachos de políticos o funcionarios. Y algunas resultaron dañadas por el fuego. Restauré la obra y recordé a los responsables forales que ahí estaba la obra. Todos nos pusimos de acuerdo en que debían estar a disposición del público. Se barajaron varias ubicaciones… Me entusiasmó el espacio de las Juntas, por un lado, y su simbología también. Es la casa de todos los guipuzcoanos”.

 

9. El trabajo. “Sigo trabajando. Algunos no sabemos estar quietos”.

 

10. La vida. “He aprendido que la vida pasa tremendamente deprisa: haría falta otra para volver a empezar corrigiendo errores”.

 

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Barcelona recupera su Rambla (cómo reivindicar el corazón de una ciudad a través de la gastronomía)
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Mitxel Ezquiaga | 17-06-2014 | 09:52| 0

Amigos, este es un cuento en el que al final no se comen perdices, sino hamburguesas a la catalana, brochetas de butifarra o pasteles llamados ‘Willy Tonka’.

Amigos, esta historia se llama Tast a La Rambla, ha sido una fiesta celebrada el pasado fin de semana en Barcelona y es, sobre todo, la muestra de cómo una ciudad puede reivindicarse a sí misma a través de la gastronomía.

Empecemos por el principio. El  ’boom’ turístico es un arma de doble filo: Barcelona está de moda y el turismo es hoy una de las grandes industrias de la ciudad, pero a la vez, la invasión de ‘guiris’ amenaza con desnaturalizar su personalidad. La Rambla, sobre todo la zona más cercana al mar, es una de las más claras muestras de ese fenómeno: los barceloneses pisan cada vez menos un barrio tomado por las tiendas de souvenirs y los comederos de paellas-o-así. Una cosa es ser un barrio popular (léanse las novelas de Carvalho, véanse las fotos de Catalá-Roca) y otra ser una tierra de nadie, donde la única bandera parece ser la enésima copia pirata de la camiseta blaugrana con el 10 de Messi.

Desde hace ya tiempo  la asociación de Amics de la Rambla se moviliza para recuperar la zona. Realizan numerosas actividades, pero quieren más. Y contactan con  Roser Torras, la mujer de las grandes ideas, el motor de los grandes equipos, la dama que sueña con fogones: es directora del grupo GSR y jefa técnica de San Sebastian Gastronomika, entre otros títulos.  Y se inventa Tast a la Rambla: durante cuatro días, los grandes restaurantes de la ciudad invaden el paseo urbano en la zona de Santa Mónica. Desde el ‘señorial’ Vía Veneto hasta el moderno ‘Tickets‘, pasando por clásicos populares como Bodega Sepúlveda o la pastelería ‘cool’ de Escribà, montan sus puestos, venden sus ‘tapas’ y convierten el alma de la urbe en una fiesta. Hay ponencias, actividades paralelas, catas… Instituciones como el Ayuntamiento y grandes patrocinadores privados se suman a la celebración.

“Ha resultado un éxito”, sentenciaba el domingo por la noche, poco antes del cierre, Roser Torras. Los barceloneses han vuelto a la Rambla en feliz convivencia con los ‘guiris’, que por supuesto, se apuntaron a la fiesta. Se han contabilizado unos 500.000 visitantes. Pero es solo el principio: han llamado al evento ‘Primera Semana de Gastronomía de Barcelona” porque en el futuro puede crecer y ser el gran momento del año de la cocina en la capital catalana.

A veces la gastronomía puede servir también de ‘regenerador social’. El cuento tiene final feliz. Como el brindis celebrado en la clausura, el domingo, en el maravilloso mercado de La Boquería, que abrió ese día para los cocineros y organizadores del acto.

Pero La Rambla sigue ahí. Si se acercan al barrio, vayan a los locales premiados en el concurso de tapas  donde participaron 15 de los establecimientos más emblemáticos de La Rambla. La tapa ganadora fue la Cocotte de berenjena agridulce con tomatada y boquerón del Bar Cañete, y las menciones especiales, para el Txangurro al toque de pil-pil sobre lámina de bacalao del Amaya (uno de los vascos clásicos de Barcelona) y para el Tartar de tomate de la huerta, mozzarella y aderezado de hierbas frescas del Cent Onze-Le Meridien.

Buen provecho, Barcelona.

 

 

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Antes de que odiemos a Gabo definitivamente (murió hace diez días, pero ya parecen diez años)
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Mitxel Ezquiaga | 12-05-2014 | 07:20| 1

Muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento, legiones de lectores seguiremos odiando el día que murió Gabriel García Márquez. No por su desaparición física (tenía una edad, una vida bien vivida y una obra literaria redonda) sino por el tsunami necrológico que se desató después. Y que habría horrorizado al propio Gabo.

Vamos a terminar odiando al autor de ‘Cien años de soledad’. Qué derroche de lágrimas, qué ceremonias tan excesivas, qué anecdotarios que parecen surgidos de la propia pluma del escritor (lo que hemos vivido sí es ‘realismo fantástico’).

Les supongo hartos de García Márquez, o más bien, del Gabocidio. Pero lo siento, ahora que empieza a remitir la marea (solo hace diez días de su muerte y ya parece que han pasado diez años) tengo que hacerlo: Él y yo. Cinco o seis notas sin importancia en esta esquina íntima antes de que odiemos a Gabo (a su pesar) definitivamente. Es, por así decir, una autogeografía.

 

1. Una pizarra en Leioa

A todos nos pasó lo mismo. De pronto, en la adolescencia, alguien pone en tus manos ‘Cien años de soledad’ y te deslumbra. En mi caso fue mi hermano mayor. Leer esa novela es un rito de iniciación, como el primer beso o el primer ‘barco’ producido por el alcohol. Luego, con los años, compruebas que el ‘realismo fantástico’ es el de la vida, no el de los Buendía y sus mujeres que ascienden a los cielos.
Pero esto es hoy una autogeografía de iniciaciones: comienzos de los 80, facultad de Ciencias de la Información en Leioa. Un joven profesor de la asignatura de Redacción Periodística escribe en la pizarra un nombre: ‘Gabriel García Márquez’, y una profesión, ‘periodista’. El profesor es César Coca (ustedes lo leen por aquí) y entre los alumnos estoy yo. Desde entonces algunos pensamos que el mejor Márquez es el reportero, el cronista del realismo… real.

 

 

2. Un libro en lacalle Corrientes

Estos días, tras la muerte del escritor, muchos hemos revisado nuestros libros de García Márquez. Yo también. Y sentí un escalofrío cuando retomé un ejemplar que forma parte de una autogeografía con mayúsculas:  el libro ‘Notas de prensa, 1980-1984’, con escritos periodísticos de Gabo, que compré en 1993… en Buenos Aires.
El recibo de la compra está dentro del libro, guardado por fetichismo (al fin y al cabo fue un viaje feliz con la Princesa Rubia). Ahí lo pone: Librería Hernández, del número 1436 de la calle Corrientes. El coste, 18 (supongo que pesos ¿o quizás dólares?: eran momentos convulsos).
Todo real. Pero visto hoy, veinte años después, me resulta más fantástico que el propio Macondo…

 

3. Una aparición en Cuba

Más realismo fantástico, pero verdadero. Verano de 1994. Un grupo de periodistas vascos viajamos a Cuba al rodaje de Maité, la coproducción vasco-cubana. Una tarde una furgoneta nos lleva hasta la mítica escuela de cine de San Antonio de Baños para el acto de fin de curso, que preside el propio Gabo. Todo parece una ceremonia papal: el escritor aparece vestido de blanco, los alumnos e invitados se le acercan como a un santo y Él, en vez de andar, levita. Sonríe, da manos, habla y más que saludar, bendice a la gente. A los plumillas llegados desde la recia Euskadilandia la escena nos resulta demasiado religiosa.

 

4. Un desayuno en Sevilla

La culpa no es de García Márquez, sino de quienes le admiraron hasta el exceso: fue un hombre preso de la fama, enfermo de su propio éxito por la veneración de los demás. Hace unos días publicamos en este periódico una conversación deliciosa del periodista Tomás García Yebra con Gabo durante un desayuno en Sevilla. El escritor confiesa que ya no puede más con la fama: “pagaría por ser anónimo”.

Me fascina la fama como cárcel de sus víctimas. Leía la confesión d e Márquez («no puedo ir al cine, o a un restaurante, porque todo el mundo me para, me piden autógrafos o una frase ingeniosa, no me dejan ser uno más») y recordaba mis conversaciones similares con Karlos Arguiñano, por ejemplo. Son magnitudes, oficios y personalidades diferentes, pero el chef sabe bien que la ‘fama’ puede llegar a amargar. Ahí hay un documental por hacer, amigos.

5. Y el verbo se hizo carne en Biarritz

García Márquez terminó viviendo clandestinamente para evitar el asedio. ¿Por ejemplo? 1995. Biarritz. Se celebra el festival de cine latinoamericano y nuestra corresponsal de entonces, la entrañable Nathalie Goulet, llama al periódico. «Hay rumores de que va a aparecer por aquí García Márquez, pero nadie lo confirma».

Y apareció, sin ruido, sin anunciarse. Asistió a algunas proyecciones, concedió unas breves declaraciones y firmó algunos libros ante la cámara de nuestro compañero Mikel Fraile (es la imagen que se reproduce en este post). Y como llegó, se fue. Condenado a vivir sus propios ‘cien años de soledad’.

 

y 6. Una calle en Donostia’

Nos quedan sus libros. Y algunos podemos enorgullecernos de vivir en una ciudad, Donostia, con una calle dedicada a Macondo, vecina a la calle Obaba, territorio de Bernardo Atxaga. «No todo lo hice mal en el Ayuntamiento», me dice con ironía Ramón Etxezarreta, concejal ‘culpable’ de que haya calle Macondo en San Sebastián desde 1995.
Sí: estuvo bien. Un poco de realismo fantástico en una ciudad que también se mueve entre Kafka y los Buendía. Como la vida misma.

 

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Diez ideas para redescubrir Donostia y Gipuzkoa… como si fueras un catalán o un sueco
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Mitxel Ezquiaga | 02-05-2014 | 10:43| 4

 

Vale: esta Semana Santa toca quedarte en casa. No hay dinero, o debes cuidar a la abuela, o al niño recién nacido. O no te apetece ir a Praga a saludar al vecino del quinto (uno antes se encontraba a los vecinos en Bernidorm; ahora en Tokio, París o Nueva York).

No sufras. Si Ikea decía aquello de ‘redecora tu vida’, tú redescubre tu ciudad, tu pueblo, tu entorno. Disfruta de Donostia o Gipuzkoa como si fuese la primera vez. Como si fueras uno de esos catalanes o suecos que exclaman eso de «qué bonito es todo esto».

Aquí van diez ideas. Sí, es una elección caprichosa y quedan fuera otras mil, pero para eso ya tienes los folletos de turismo.

 

1. De qué hablamos cuando hablamos de andar. A Murakami le gusta correr y escribir sobre correr; como yo solo soy un Tribulete periférico y txikito me gusta andar y escribir sobre andar.
Pasea. Vete desde Donostia hasta Getaria por Igeldo, Orio y Zarautz: seis horas de subir, bajar y ser feliz.
Descubre la ruta del litoral que va de Hendaya a San Juan de Luz: tres horas más llevaderas sobre acantilados que parecen una pequeña Escocia en Iparralde.
Asómate a la ‘ruta del flysch’ que serpenta sobre Zumaia: puedes entrar en el ‘circuito’ en cualquier punto y andar el rato que te parezca. Todos son buenos.
Y si estás harto del mar, vete a Tolosa, aparca en Izaskun y sube hacia la cima del Uzturre. Si tienes fuerza y tiempo, cuando llegues a la cima te imaginarás Juanito Oiarzabal; si te cansas antes, date la vuelta. Andar solo un tramo ya merece la pena.

 

2. Móntate en el Ciudad de San Sebastián. Ya lo sé: te da corte. Parece de turistas. «¿A estas alturas me voy a subir al Ciudad de San Sebastián, como si fuera un turista aragonés?». Pues lánzate. El catamarán que sustituyó al viejo barco quizás tiene menos encanto, pero es más cómodo, práctico y seguro. Merece la pena.

¿Prefieres travesías más cortas y prácticas? El barquito que pasa de Hondarribia a Hendaya me sigue resultando un invento mágico: parece que siempre ha estado ahí, pero solo fue posible cuando cayeron fronteras y prejuicios.

 

3. ¿Unas sardinas en el muelle? Y ya que estás ahí, en el muelle donostiarra: ¿por qué no te sientas a comer en el puerto, como un turista más? El muelle recoge un amplio muestrario gastronómico, desde las ‘cenas asesquible’ para turistas hasta excelsos pescados para ‘connaisseurs’. Créeme: te parecerá que estás en Menorca. Y si pasa por delante el compañero de trabajo, no te escondas: en el fondo le estarás dando envidia.

 

4. Pintxos por Lo Viejo… ¡incluso en los bares con platillo! Ir de pintxos es caro, ya. En Semana Santa los bares se llenan de guiris, sí. Y te revientan los bares donde te dan el platillo para que coloques ahí tus banderillas, como si fueses un australiano camino de los sanfermines. Pero date un homenaje. Vuelve al bar de Lo Viejo que frecuentabas con quien hoy es tu pareja o lánzate a ese nuevo del que tan bien te han hablado.
Y entra en los hoteles: sus bares también son para los de casa.

 

5. Entra a un museo. Vale: parece que solo hablamos de cosas de comer.¡ Pues vete a un museo que no sea el museo del jamón! ¿No te da vergüenza no haber entrado aún al renovado Museo de San Telmo? Ya no es el lugar tétrico de las estelas y los baserris: ahora es como un documental de La 2 que te cuenta nuestra historia: hay hasta motos y discos de Mikel Laboa al lado de los cuadros de El Greco.

¿Aún no has visitado el Museo Balenciaga? Sí, hace lustros leíste en el periódico que habían tenido follones, pero es un edificio original donde se exponen los vestidos del modisto como en un Zara de luxe. Asómate, que resulta curioso.
Y si quieres un caprichito, el Museo Naval, en el puerto donostiarra: ahora se expone una colección de arte relacionado con el mar que es una delicia.

 

6. Fotos en la sala Kubo. Ya: que eso de los museos te da miedo. Pues prueba con la exposición-de-la-que-todo-el-mundo-habla ahora mismo en San Sebastián: las viejas fotografías de Catalá-Roca en la sala Kubo del Kursaal. Es como ver el álbum de fotos del abuelo pero si el abuelo hubiese sido visto un genio de la cámara. Merece la pena.

 

7. El cine mola. ¿Y si llueve? Entra al cine: el cine vuelve a ser cool. Ya has visto ‘8 apellidos vascos’, la única película que te ha llevado a una sala en los últimos veinte años, pero hay más. Llevamos meses de buena cosecha. En Donostia hay ahora mucha versión original: para ver una película con subtítulos no hace falta esperar al Festival. Entra, escucha el inglés y disfruta. Repetirás.

 

8. Una librería. ¿Sigue lloviendo? Entra a una librería. Sí, está esa grande del centro de Donostia en la que también venden ordenadores y teléfonos. Pero existen otras, pequeñas (cada vez menos, por desgracia) donde encuentras libros viejos y descatalogados y tropezarás con seres mitológicos y magníficos: ¡los libreros!

 

9. Eibar, Arrasate, Errenteria. Vale, eres donostiarra y tienes todo muy visto. ¿Sabes que Gipuzkoa existe más abajo de Tolosa y más al Oeste que Zarautz? Vete a Eibar, el municipio de moda por el fútbol. Pasea por la Plaza de Unzaga y entra al único Corte Inglés del territorio.
O vete a Arrasate. O a Errenteria, como un Jordi Évole de paisano. O a Oñati, un lugar que si estuviese en Italia te recomendaría un amigo «aunque tengas que hacer cien kilómetros más».

 

y 10. Piensa. Cuando estás de vacaciones lejos cada día ideas un plan como si fuese el último de tu vida. Aplícate el cuento en casa: no te quedes en el sofá leyendo el periódico y estrújate el coco. Bueno, primero lee el periódico (en papel, sí: mola) y luego tira millas. Como si fuese la primera vez.

 

 

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