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Viaje al preestreno secreto de Mugaritz: Mary Poppins sigue en Errenteria
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Mitxel Ezquiaga | 12-04-2016 | 19:23| 0

Es ya una tradición: el restaurante Mugaritz invita a una veintena de personas al ‘preestreno’ de su nueva temporada. Son (somos) felices conejillos de indias que ponen a prueba el complejo mecanismo del local antes de la apertura oficial de puertas. Este año el restaurante guipuzcoano recibió más de 5.000 peticiones de todos los lugares del mundo para su ‘ensayo general’. Y al final un puñado de escogidos ha disfrutado este martes (hoy, ayer, esta semana, depende de cuándo leas esto) de la siempre rompedora propuesta de Andoni Luis Aduriz y su equipo. Rompedora, sí: Mary Poppins sigue viviendo en este idílico lugar, rodeado de montes, donde el menú sigue una secuencia ilógica, las cosas no son como parecen y el sumiller Guillermo Cruz, a punto de competir en Argentina en el campeonato mundial de lo suyo, te sorprende con vinos llegados de una escarpada ladera alemana o una recóndita finca de Mendoza. Los vinos, como la comida, buscan llevarte al lugar donde nunca has estado.

Es una celebración de la vida. Aduriz y sus gentes siguen pensando que quien visita su restaurante no solo busca comer, sino una experiencia vital. En este pre-estreno que pone a prueba el funcionamiento de los fogones y de la sala había clientes de todo tipo: amigos donostiarras, fans madrileños o curiosos catalanes como la pareja formada por Teresa Boada y Antonio Quer (en la foto posan con el propio Aduriz en la cocina). Vinieron desde Girona, desde Port de la Selva, y disfrutaron del menú, del local y de la charla de Andoni Luis Aduriz. “¡Mis primeras prácticas como cocinero fueron en Port de la Selva!”, exclamaba el cocinero entusiasmado ante sus nuevos amigos catalanes. “Hemos vivido una experiencia única”, respondían los gerundenses, profesionales del pan y de la repostería.

“Hace años que empezamos este inicio con un doble motivo”, dice Andoni. “Por un lado nos sirve para rodar nuestra maquinaria y, por otro, invitamos a comer a gente interesada en nuestra oferta y que quizás no viene a lo largo del año”. Todo es diferentes este día: el propio cocinero se sienta en una mesa del comedor, con su mujer, para vivir como comensal la experiencia de Mugaritz. Luego toma el café con los invitados para conocer su opinión en una libre y espontánea tormenta de ideas.

Tras el ‘preestreno’ Mugaritz ya ha abierto sus puertas. La temporada 2016 está lanzada. Y la oferta sigue cambiando: un menú más largo que otros años espera al cliente. Se mantienen las ganas de jugar: ¿por qué hay que seguir el orden que empieza en las verduras, sigue en el pescado y termina en la carne?, dicen. Así que uno debe abandonar perjuicios y prejuicios y dejarse llevar: de las almejas glaseadas con limón a los tuétanos de col asados, de las hojas aliñadas con cochino  al chip salado de naranja y pato, para terminar con un delicioso queso de los de siempre o dulces no menos juguetones. Por cierto: la mayoría de los platos se come con la mano, sin cubiertos. En algún caso uno se siente como Leonardo Di Caprio en ‘El renacido’, comiendo un oso con los dedos. Solo el eficaz servicio de sala, guiado por Joserra Calvo y Elisabeth Iglesias con su exquisito oficio, nos recuerda que estamos en uno de los mejores locales del mundo según la lista de Restaurant.

Mugaritz sigue entre el respeto a la naturaleza, el juego y la transgresión. No es un restaurante, sino una experiencia. Mary Poppins, en moderno, sigue viviendo aquí.

 

P.d. Al equipo de Andoni Luis Aduriz le va la marcha. Entre los postres aparece un gelatinoso dulce que recuerda al muñeco Michelin. Ahora que una campaña en internet defiende dar la tercera estrella Mugaritz, en el local sirven a su mascota de postre. El espíritu de Mary Poppins y su paraguas todo lo protege.

 

 

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Cinco razones y media para leer ‘Cinco esquinas’ (Varguitas sin Preysler)
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Mitxel Ezquiaga | 15-03-2016 | 18:25| 1

La novela ‘Cinco esquinas‘ no entrará en el ‘top’ imprescindible de Mario Vargas Llosa, pero uno se lo pasa muy bien leyendo el libro. ¿No es bastante? ¿Hay que leer la novela-de-la-que-todo-el-mundo-habla? Ahí van cinco razones y media para hacerlo.

 

1. Verás: este tipo que ahora sale tanto en el Hola y que siempre lleva a la novia de la mano, incluso a los fastos de la Academia, ya era un escritor excelente antes de convertirse en hombre objeto. Y lo sigue siendo, aunque haga locuras de adolescente enamorado como empeñarse en dar en casa de Isabel Preysler (que ahora también parece su casa) todas las entrevistas de promoción de su nuevo libro.

2. ‘Cinco esquinas’ no es ‘Conversación en la catedral’, ni ‘La fiesta del chivo‘, pero cuenta con oficio y eficacia una historia que atrapa desde el principio hasta el final. La novela pasa la prueba del nueve: es de las que te pide desde la mesilla “tómame”. Aunque, como ha subrayado alguien, esté llena de diminutivos.

3. El argumento es sabido:  amores lésbicos, periodismo amarillo, la crónica del Perú de Fujimori y varias sorpresas más. ¿Les parece poco? Quizás solo sobra la moraleja… pero se compensa con su pequeño chiste. Vargas Llosa cumple este mes 80 años pero sigue siendo juguetón.

4. El escritor  termina con la maldición del Nobel. Ya saben: la experiencia nos dice que un autor queda incapacitado para escribir después de recibir el premio gordo de las letras. Vargas desmiente la historia y presenta una novela interesante post-Nobel.

5. Vargas Llosa es uno de esos escritores cuya obra nos acompaña a varias generaciones desde que empezamos a leer. Si nos gustan los libros es, entre otras cosas, porque a medida que cumplíamos años íbamos devorando ’La ciudad y los perros’, ‘Pantaleón y las visitadoras’ o ‘La tía Julia y el escribidor’. ‘Cinco esquinas’ podría ser una obra de madurez pero más parece la obra de un travieso. Lo celebramos.

Y media. la literatura es un placer solitario pero una buena excusa para socializar. Esta novela permite disfrutar en la intimidad y tener luego tema de conversación: es el libro que se comenta entre los lectores a la última. Un argumento frívolo, sí. Y qué.

 

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Mercero cumple 80 años, pero él no lo sabe: nosotros somos su memoria
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Mitxel Ezquiaga | 13-03-2016 | 20:13| 0

Vamos a contar una historia que parece de Antonio Mercero. Pero esta vez él no es el director, sino el protagonista. Y a su pesar.

El gran director de Lasarte  cumplió el lunes pasado 80 años. Lo hizo rodeado de los suyos, pero probablemente él no supo que celebraba un ‘cumple’ tan redondo: está enfermo, ausente, sin memoria. No importa: en realidad, nosotros somos ahora su memoria; todos los que crecimos acompañados de su talento y de su creatividad tranquila, surgidos desde la tele e incrustados con tanta naturalidad en nuestra vida cotidiana.

Llamo a su hijo, el también director y realizador Iñaki Mercero, otro artista discreto que está detrás de la cámara en series como ‘Allí abajo’ o ‘El príncipe’. «Mi padre está tranquilo, apagándose poco a poco. Su 80 cumpleaños lo celebramos con él, en familia, con la esperanza de que dentro de su mundo fuera consciente de tan señalada fecha», me cuenta.

La última película de Mercero, ‘¿Y tú, quién eres?’, rodada en 2007 precisamente en escenarios como Donostia o Chillida-Leku, hablaba del alzheimer, y es el alzheimer, o algo parecido, lo que le mantiene desde hace años ausente. En 2010 recogió en casa el Goya de honor que le llevó Álex de la Iglesia: la cabeza de Mercero ya vagaba por otros mundos, pero la estampa de esa entrega domiciliaria (en la foto) sigue emocionando hoy.

Mercero es nuestra historia, desde aquellas ‘Crónicas de un pueblo’ de los años oscuros hasta el adolescente ‘Verano azul’ (adolescente para sucesivas generaciones, a fuerza de repeticiones) o la ‘Farmacia de guardia’ que constituyó uno de los primeros éxitos de las cadenas privadas. Siempre triunfó con su cóctel de humor, ternura y costumbrismo, espejo de sucesivas épocas. También en el cine: su ‘Planta cuarta‘, con la lucha de los chavales contra el cáncer, fue uno de los últimos ejemplos.

Una vez le pregunté, con la simplificación que tanto usamos los periodistas, con qué se quedaría de toda su carrera. «Apostaría por ‘La cabina’, y no sólo porque ganó el Emy. Es un programa de 1972 que sigue vigente, mantiene su fuerza y tiene el aire de un clásico», confesó. Y uno, como humilde espectador, lo corrobora. Es como de David Lynch antes de que Lynch hiciera películas.

El realizador ejerció de guipuzcoano en Madrid, con su forofismo txuri urdin y su reivindicación de Donostia que le acabaría valiendo un Tambor de Oro. «Soy cofrade de la alubia de Tolosa, del salmón del Bidasoa, del pintxo donostiarra, del cuto divino de Tafalla y de la federación de cofradías gastronómicas», contaba.

Sus hijos Iñaki y Antonio han seguido sus pasos: hay ‘merceros’ para muchos rótulos de crédito. Zorionak, Antxonmercero: ojalá «dentro de tu mundo» recojas el afecto de quienes fuimos tus espectadores.

 

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Una de periodistas (‘Spotlight’, Gambardella y aquella redacción de Donostia que parecía ‘Primera plana’)
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Mitxel Ezquiaga | 07-03-2016 | 20:11| 2

La gloria se la llevan los reporteros de guerra, pero el verdadero mérito periodístico es de quien escribe sobre los vecinos de la calle contigua y cada mañana recibe el ‘feed back’ en directo: o sea, la reacción de la ‘fuente’ o del lector en propias carnes. Lo subraya hasta Gervasio Sánchez, el mítico enviado especial a tantas trincheras: el ‘periodismo de riesgo’ real es ser corresponsal en un pueblo y acudir diariamente al Ayuntamiento a buscar información.

Una de las películas más divertidas sobre periodistas es ‘The Paper, detrás de la noticia’, de Ron Howard: aquella en la que Glenn Close se pelea con un colega para pulsar el botón de la rotativa. En ese filme un redactor vive en bronca permanente con el concejal de Tráfico: hay más épica ahí, y más periodismo real, que en el Mel Gibson de ‘El año que vivimos peligrosamente’ y su guerra de Indonesia.

El Oscar a ‘Spotlight’ vuelve a poner de actualidad el cine sobre periodistas. Criticamos a Hollywod por conservador, pero la Academia da luego su gran premio a un filme valiente que denuncia los casos de pederastia por parte de curas en Boston. Uno envidia ese Boston Globe donde los periodistas investigan a fondo y con tiempo. En realidad la película trata más de cómo un periodico resiste las presiones de los poderes que sobre la propia pederastia.

Porque las películas de periodistas son a veces, a ojos de los propios periodistas, historias de ciencia ficción. El periodismo de la pantalla y el periodismo real no tienen mucho que ver, aunque (yo confieso) vengo de una Redacción de madera que parecía de la mítica ‘Primera plana’: mis padres se conocieron en la vieja La Voz de España, donde trabajaban. Cuando yo era un chaval visitar a mi padre en el periódico era mejor que subir a Igeldo. Me sentaban en una mesa con el Marca y yo hacía que leía, pero en realidad no quitaba ojo a la fauna que merodeaba por ahí. Nunca nadie me preguntó qué quería ser de mayor: todos dimos por hecho que el crío sería Tribulete.

Yo también conocí a la ‘princesa rubia’ en un periódico que fue un feliz caos, La Voz de Euskadi. Quería ser un ‘Liberation’ guipuzcoano pero terminó como una quimera abocada al cierre de la que salimos unos cuantos hoy repartidos por el mundo. Lo pasamos bien.

En la facultad algunos querían ser Woodward y Bernstein y descubrir su Watergate txikito. Otros se imaginaban como un Ciudadano Kane. Yo prefería el personaje de Joseph Cotten en esa obra de arte: un crítico borrachín y deslenguado que acaba en harakiri profesional por no mentir. Bueno, también quería ser el Mastroianni de La Dolce Vita: supongo que para que una Anita Ekberg gritara mi nombre sumergida en una fuente, pero también para contar las historias pequeñas de la gente, que al final son las grandes. Ahora que soy mayor me gustaría ser el Gambardella de ‘La Grande Bellezza’, pero Donostia no es Roma… y nadie vio a Gambardella escribir columnas de breves atado a la mesa de una Redacción.

Nos gustan las películas de periodistas porque hablan de la gente y de gente que quiere encontrar verdades. Nos gusta el periodismo y más ahora que los gurús siguen decretando la muerte del papel: pronto en vez de gritar «que paren la rotativa» bastará con hacer ‘control Z’ en el teclado.

Lo peor del periodismo es, en cualquier caso, los periodistas. Ya sabes: gente como yo.

 

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Iñárritu presume de bisabuelo donostiarra: una real historia de ficción
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Mitxel Ezquiaga | 29-02-2016 | 15:50| 0

Pongamos la txapela al Óscar de Iñárritu: en realidad, él es quien querría llevar la boina donostiarra, como vamos a contar aquí debajo.

(Lo que sigue es una anécdota menor y tangencial que ya relatamos en papel en su momento: si buscan análisis más finos, hagan click en otro punto de la web).

Le hemos visto en el escenario de Los Ángeles, con su premio y su aspecto de salvaje-con-Armani, como si fuera él mismo un personaje de ‘El renacido’. Pero Alejandro González Iñárritu, no es solo un viejo amigo de San Sebastián: hasta se inventa antepasados donostiarras.

Iñarritu, además de cineasta épico, es un tipo de biografía novelesca. A los 17 años se fugó de la casa familiar en México, se embarcó en un carguero, llegó a Bilbao y viajó por España en todo tipo de oficios, como el “prota” de una novela de Roberto Bolaño. Hasta gozó y sufrió los efluvios de la movida madrileña. Luego llegarían el cine, el éxito en Hollywood, los Óscar consecutivos.

El mexicano ha pasado varias veces por Donostia y el Festival. Se le recuerda como una persona encantadora y excesiva, bulímico ante la pantalla, los restaurantes y la vida. Su firma está en varios locales señeros de la hostelería local. Los periodistas guardamos anécdotas de Iñárritu-by-night.

En la inauguración del Zinemaldia de 2006, cuando trajo su ‘Babel’, Iñárritu nos dejó una sentencia muy TamborDeOro: “Cuando me preguntan por mi segundo apellido siempre miento y digo que mi bisabuelo era de San Sebastián. Lo hago porque es la ciudad más maravillosa del mundo y quiero tener relación con ella”. (En la foto de Rafa Rivas, de AFP, vemos al director en el Kursaal en 2006).

Cuentan que ha repetido lo del bisabuelo donostiarra más veces y en más escenarios, y los indígenas sabemos bien que estas gentes del cine nos regalan el oído cada septiembre con frases redondas que luego adaptarán a los públicos de Londres, Guadalajara o Buenos Aires.

Pero Iñárritu quiso ser ‘El renacido’ en Donostia. Y si no es verdad, nos gustaría creerlo. Así tenemos hoy, al menos, un cachito de Óscar. Y ponemos la txapela al tema, ya sabes.

 

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