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50 barras donde comimos, bebimos y fuimos felices: ¿cuál echas de menos tú?
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Mitxel Ezquiaga | 15-02-2013 | 18:47

Esta es una guía sentimental por 50 bares, restaurantes y bebedores nocturnos que mi generación conoció y ya no existen. Es larga, incompleta y busca que tu aportes nombres que faltan.

¿Por qué? Los bares cierran, nos vamos haciendo viejos. Cuando éramos más jóvenes escuchábamos a los mayores hablar con nostalgia del Café de la Marina, el bar Regio o el restaurante Azaldegi de Miraconcha: nombres que nos sonaban a vestigios del Paleolítico.

Pero a nuestra generación también nos van cerrando locales. Muchos. Hace un par de semanas escribí aquí un ‘agur’ al Hika Mika donostiarra y me llovieron correos de memorias. La nostalgia es un error, pero funciona: ayuda a que este «monumento a la barra desaparecida» crezca entre todos.

 

 

1. Del Bowie al ‘Twicken’ y el JC

¿Dónde quedan las primeras copas de la adolescencia? ¡Ay, aquella ‘zona’ de San Bartolomé, en Donostia, donde solo unos centímetros separaban fronteras entre pijos y modernos! En el Bowie, antes Trantor, vimos los primeros conciertos de No y puede que hasta de Los Aristogatos de Mikel Erentxun.
Al lado estaba el Twickenham; más tarde llegó el JC y, unas manzanas más allá, se erguían el Bañeros o el mítico Juanito, recio bar tradicional que fue tomado de repente por chicas con minifalda, al igual que la bodega Blas de Lezo, donde tomábamos sus porrones. El Local fue un intento de pub y restaurante cultureta en San Bartolomé, pero la gente prefiere el trago sin cultura.
El Hollywood es el único faro de entonces que aún hoy ilumina la zona. Sus clientes somos los mismos que hace treinta años, con más arrugas y menos ilusiones, pero la misma sed. Aunque en las estanterías donde estaban los discos hoy hay un muestrario de ginebras.

 

2. Cuesta del ‘culo’, trasera del buenpas

Sí, amiguitos, hubo un momento en que el centro de Donostia estaba repleto de bares… ¡llenos de gente! En Reyes Católicos, en la trasera del Buen Pastor, tomábamos cervezas en el Carajillo o su vecino Palumbo. (El Pokhara, tercero en la ruta, se mantiene en pie con lozanía: acaba de celebrar su treinta aniversario).
Junto a La Espiga estaba el Rojo y Negro de antes, que fue pub de esplendor ñoñostiarra, y en la calle Urbieta, donde hoy se sirven las pizzas de La Mina, el Novecento fue el más pub más original, grande y divertido que tuvo esta ciudad. No lejos, en los subsuelos del centro, el acogedor Bigarren de aquellas largas madrugadas. Un poco más atrás en el túnel del tiempo, El Huerto. Y eterno, el Zorongo, de nombre cambiable según los años. ¿Y aquellos conciertos del Txuribeltz en Gros?
Pero donde el San Sebastián ‘comme il faut’ fue alguna vez canalla es en la llamada ‘cuesta del culo’, zona de Miraconcha así bautizada por su carácter gay (sí, en aquella Donostia no dominaba la sutileza al poner nombre a los sitios). La Malmaison y, más tarde, la discoteca Kristal (ésta ya para todos los sexos) marcaron grandes momentos para la historia secreta de San Sebastián que alguien tendrá que escribir un día.

3. Señoras y señores: el Negresco


Si hubo un bar mítico, sobre todo para una generación anterior a la mía, fue el Negresco, con un nombre tan evocador como su decoración, que aún recuerdo. Sus gambas o sus combinados marcaron una época, como me recordaba el otro día mi amigo el pisquiatra Imanol Querejeta. Y algunos ‘tratadistas del pintxo’ dicen que ahí se creó la gilda, aunque al respecto existen teorías contrapuestas.
Mucho después llegó, en la misma calle, el Domenico’s, italiano ya desaparecido aunque su hermano bilbaíno pervive con buena clientela. Más reciente fue, en la Avenida, el Farfalle, otro estupendo italiano en las tripas del Avenida XXI.

 

4. La ‘manzana’ de los grandes manteles


Cuando ya nos hicimos algo mayores fuimos conociendo la ‘manzana’ de los grandes restaurantes, ese bloque situado entre el Paseo de Salamanca y la calle Aldámar donde vivieron sus glorias Casa Nicolasa, el Urepel o el Panier Fleuri, lugares magníficos que fueron cayendo poco a poco, como la historia de ‘Diez negritos’. El Panier es hoy el siempre eficaz Tsi Tao, el Urepel espera a un empresario con empuje y Nicolasa será apartamentos, o así, cuando la-crisis-o-esto pase.
Por cierto: en una de esas calles vecinas estuvo el Iñude, aquel restaurante que montó Xabier Gutiérrez, hoy investigador de Arzak y entonces adelantado a su tiempo. Nadie entendió una propuesta demasiado moderna para su época y que algún día se estudiará en las enciclopedias de la cocina como precursor.

 

5. El Ku, La Perla, el Keops, La Piscina…


Pero volvamos a lugares de copas donde algunos abrevamos y otros bailaron (porque bailar no era lo mío, no). ¿Qué decir del Ku, la leyenda de las leyendas? Y eso que mi quinta lo vivió más en aquellas sesiones de tarde que empezaban con un cóctel-molotov al que llamaban sangría. Luego la gente se quedaba en la curva de Rekondo para ver el descenso de las motos, como un gran premio amateur. Los modestos íbamos en autobús y alguna vez hasta bajamos andando…
Las discos de entonces: el Keops, en Anoeta, hoy derruido; La Perla, hermana pobre de Bataplán; La Piscina, en el Tenis (¡qué lugar tan maravilloso para las noches de verano!); o Penélope, en Amara, donde antes había estado Tiffany’s.
Joe, qué mayores somos.

 

6. Los ‘altos’: Munto, Irati, Mendiola


Tomemos aire. ¿Dónde quedan aquellas meriendas en el caserío Iradi, en la falda del monte Ulía, con sus mesas abiertas sobre la Zurriola? ¿Y Mendiola, parada obligatoria hacia Pasaia?
Había meriendas felices de bocata y sidra en Munto, el caserío ‘urbano’ de Aiete derribado esta semana en un enésimo golpe a nuestro patrimonio y nuestra memoria. Y, más moderno pero también ‘alto’, ¿alguien recuerda el restaurante Txirristra de Igeldo? Ahí viví cenas memorables.

 

7. La Maruja, Clery, el Etxeberria y Amasa


La lista es interminable. ¡Y aún no hemos entrado en la Parte Vieja! Para felices, aquellas primeras copas compartidas con rubias en La Maruja. O largas ‘comidas de trabajo’ en el Beti Jai con vips de antaño, que terminaban en cenas. Los arroces del Clery, donde hoy está el Txuleta. Y poteos salvajes por Fermín Calbetón en bares que han ido cambiando de nombre y de clientela.
Al Hika Mika, que pronto cambia de manos, ya rendimos homenaje. Y a las pastelerías Rich, con sus bombas y sus inglesitos. Y qué decir del gran Etxeberria, en el Antiguo, que perfumaba de calamar la calle Matía. O el restaurante Zapatari, grande en su sencillez.
Sí, lo sé: todos son de Donostia y muchos no,bres quedan fuera de la lista. ¿Quieren que llore por uno perdido en el resto de Gipuzkoa? El restaurante Amasa, aquella maravilla. Sitios donde fuimos felices: ¿de cuál te acuerdas tu?

mezquiaga@diariovasco.com

 

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