Diario Vasco
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Fecha: diciembre, 2016
16 sobre el 16: lo que no pudo haber sido y no fue (una crónica sentimental y personal de Donostia 2016)
Mitxel Ezquiaga 19-12-2016 | 7:00 | 0

Esto es todo, amigos. Tantos años escribiendo sobre el 2016 y resulta que ya se acaba. La Capitalidad era esto. ¿El balance? Ni el ‘notable alto’ que le dan sus responsables políticos ni el desastre absoluto que certifican los más críticos. Ha habido muchas actividades, sin duda, pero a quienes seguimos el proceso desde el principio nos queda la sensación de que Donostia tuvo una oportunidad única que no ha sabido aprovechar.

1. ¿Recuerdan aquel día de junio de2011, cuando el austriaco Manfred Gaulhofer anunció que San Sebastián era la ganadora entre las seis ciudades finalistas? Se generó un entusiasmo colectivo porque la gente siempre se alegra de ganar lo que sea: es el mismo entusiasmo que sientes al ver a Maialen Chourraut triunfar en una prueba de piraguüsmo aunque sea la única vez en tu vida que vas a ver un descenso.

2. La diferencia del 2016 es que había venido para quedarse: era una piragua para cinco años. Pero enseguida empezaron los cambios de entrenador, de equipo, de directiva. Fue un proyecto supuestamente «participativo», pero nacido bajo el impulso de Odón Elorza. Se ganó y tuvieron que gestionarlo quienes nunca se habían interesado en la Capitalidad porque lo consideraban una «odonada». Empezaron los tiempos muertos, parones, desencuentros…

3. Donostia ganó porque presentó el proyecto más raro y novedoso: eso sedujo al jurado pero suponía luego una enorme dificultad para llevarlo a la práctica. No se planteaba la Capitalidad como una suma de grandes acontecimientos, sino como un programa de «valores», «trabajos en red», «microproyectos». ¿Cómo concretar eso para seducir a los propios ciudadanos y venderlo al exterior?

4. Solo un gigantesco esfuerzo de comunicación podía enamorar a la opinión pública. Y la comunicación ha sido uno de los mayores fallos del 2016. La Capitalidad ha vivido (demasiado) incomunicada. Comunicar no es solo convocar una rueda de prensa diaria.

5. Al equipo que ha llevado adelante el proyecto se le supone competente. Quienes hemos tratado con ellos podemos dar fe de su exquisito talante: pese a las críticas, ni Pablo Berástegui ni Xabi Paya perdieron nunca las buenas maneras. Aunque a veces parecieron extraterrestres llegados a Donostia en una nave espacial, con un lenguaje propio y ajeno.

6. El desencuentro no solo ha sido con la propia ciudad en general: también con la gente de la cultura ciudadana real y con la cultura institucional. Si hablaran libremente los pobladores de algunos despachos…

7. Dicen que esto de la Capitalidad está sobrevalorado, pero es una herramienta que nos dieron desde fuera y se supone que, bien gestionada, podía haber ayudado a darnos nueva energía a los de casa y situar a Donostia en el escaparate. San Sebastián ha estado de moda, sí: los medios, de The New York Times a las teles japonesas, han dedicado grandes espacios a la ciudad y los turistas la han invadido. Muchos tenemos la sensación de que hubiera ocurrido lo mismo sin la Capitalidad: el ‘boom’ español y el auge del País Vasco en paz explican la masiva llegada de turistas. Aunque, por supuesto, la Capitalidad habrá contribuido.

8. En España poca gente supo que San Sebastián era Capital Europea: los grandes medios han ignorado lo que sucedía aquí. Ciudadanos españoles que algo sabían llamaban: «Oye, que vamos un fin de semana a Donosti: ¿qué hay esos días de la Capitalidad?». Y uno no sabía responder. El punto de información de Alderdi Eder, con una fisonomía cerrada como un búnker en lugar de ser transparente para atraer al público, es la metáfora de la incomunicación.

9. Pero ha habido multitud de actividades, sí. Muchas, en la línea de lo que se anunció: había que intentar hacer en Donostia las cosas «de forma distinta». Y algunas lo lograron, con gran calidad.

10. Como ciudadano gocé con ‘El sueño de una noche de verano’ de Cristina Enea, auténtico triunfador del año. Además, puede quedar su ‘legado’: la idea de representar grandes montajes teatrales en espacios públicos en próximos veranos. También disfruté de las ‘12 sopas’ en Tabakalera o de los diálogos ‘Chejov vs Shakespeare’. Me interesó la película Kalebegiak. La cumbre lingüística aportará para el futuro. (Y hay más: la gran cita de Emusik, el orfanato polaco ‘montado’ en Larratxo, la visión de nuestra guerra en esos ‘adiorik gabe´que merecían más pases, los documentales grabados por el mundo que tan pocos donostiarras conocemos aún, la maravilla en marcha de Albaola…).

11. Y me irritó, también como ciudadano, que el gran esfuerzo de ‘Tratados de paz’ desembocara en la caótica muestra central, o que ‘la milla de la paz’ del Urumea fuera tan naif .

12. (De Hansel Cereza ni hablamos: el gatillazo inaugural está ya en el imaginario donostiarra, como los míticos fuegos artificiales del conde Ciano, que decían nuestros abuelos, pero al revés).

13. ¿Qué quedará? Hablan del ‘legado’ pero interesa más el ‘relato’. ¿Cómo se recordará en una década el año que fuimos Capital Europea? Lo pelean ahora las instituciones: contar un balance amable para que así pase a la historia.

14. Cuando Eva Salaberria llevó el 2016 solía decir que la Capitalidad «nos haría mejores personas», y bromeábamos con ella al respecto. ¿Es usted mejor hoy que hace un año?

15. Escribo sin espíritu ‘destroyer’, desde el reconocimiento a tanta gente que tanto ha trabajado, y con la honesta voluntad de aportar. Algunos nos ilusionamos con el 2016 mucho antes de que llegaran los que después nos han querido dar lecciones.

y 16. No nos flagelemos: en 2017 Donostia seguirá siendo una gran capital cultural, con sus festivales y múltiples actividades. Feliz año.

 

 

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Tío Julio (una de periodistas)
Mitxel Ezquiaga 11-12-2016 | 8:17 | 3

Los periódicos somos pudorosos, aunque no lo parezca: dedicamos muchas páginas a los muertos ilustres “de fuera” y racaneamos el espacio cuando se va uno de los nuestros. El viernes falleció Julio Díaz de Alda, un histórico de este papel, y lo despedimos discretamente, como mandan los cánones. Pero a algunos nos jode íntimamente, o así, que baste un folio para decir adiós a un señor que dedicó su vida a que este periódico sea uno de los que mejor aguanta el embate de las crisis en España, el Estado, estepaís o como quieras llamarlo. Se llamaba Julio Díaz de Alda (no confundir con su hijo, que escribe, vive y colea, como sucesor, en las páginas de Economía) pero los que le queríamos le llamábamos “tío Julio”. No sé quién le bautizó así (probablemente Ana Urroz) pero era la mejor forma de concretar su bonhomía cercana y sobria.

Cuando yo llegué a esta redacción de Ibaeta, ¡hace treinta años!, Julio ya estaba aquí. Parecía surgido de la película Primera Plana, o de cualquier filme de Hollywood en el que Bogart hiciera de periodista. Envuelto permanentemente en el humo de sus cigarros, con el lápiz en la oreja y siempre la respuesta irónica en la boca, Julio era un clásico de la Redacción. Redactor-jefe, reinaba en las tareas de edición y compensaba su tarea oculta de mesa con artículos de un fino costumbrismo protagonizados por don Abelardo y las primas de Tolosa. Dibujaba con gusto, sacaba música de cualquier artilugio sonoro que cayera en sus manos y cuando algo no le gustaba prefería hacerse el sordo que armar una bronca. Eran tiempos en que a veces había bronca en las Redacciones: ahora cuando uno se mosquea revisa el Twitter.

Hablaba en “juliense”. “Lo que iba a cuatro calumnias ahora tienes que meterlo a una”, decía al recién llegado, que debía adivinar que en su lenguaje “calumnia” era “columna”. Cuando se perdía en la sala de teletipos podía traer en la mano unas inundaciones de Murcia o un robo en una sucursal del Banco Hispano-Americano. “Pasa la página par a la impar”, oías su voz entre el humo. En las reuniones de jefes era el hombre callado que hablaba lo justo: lo que le correspondía y la broma oportuna para desdramatizar la bronca del director a otro compañero. Si el compañero eras tú, se lo agradecías luego en la máquina del café. Porque Julio, además de cigarros, se alimentaba de cafés. En vena.

Era cariñoso y austero a la vez (era ‘alavés’, sí) y cuando alguna mañana de sábado yo traía a mis hijos, aún pequeños, al periódico, siempre querían sentarse en la mesa del “tío Julio”: sabían que ahí habría pinturas y hasta algún caramelo. Cada 19 de enero, cuando a media tarde montamos una tamborrada anárquica y amateur en la Redacción para calentar motores antes de que empiece la de verdad, Julio era nuestro Tambor Mayor, y desfilaba marcial entre mesas y ordenadores, envuelto en una casaca de Napoléon txikito, a los sones de Sarriegui.

Cuando Julio dejó el periodismo de trinchera (el verdadero Vietnam es hacer mesa en una Redacción, no irse a la guerra a mandar crónicas) tuvo la suerte de volcarse en una de sus viejas pasiones, los  toros, para convertirse en una especie de “corresponsal taurino”. El mundo del toro de Gipuzkoa se lo reconoció con premios oficiales y oficiosos. Aún recuerdo la emoción de Julio, hace un año y ya enfermo, cuando en Berastegi el gran Antxon Elosegui, la gran Nisa Goiburu y una cuadrilla no menos grande le rendimos un homenaje sencillo y guipuzcoano por ser cómo era. (En la foto, Julio y Nisa ese día, con el cuadro que le dedicó la artista).

Julio Díaz de Alda ha muerto demasiado pronto, como casi todos, pero queda su huella. Muchas veces seguimos citando sus frases, como hacemos con otros compañeros ya jubilados.  ”Como diria Julio…”, recordamos.

“Visto”, diría ahora Julio. Vamos a lo siguiente, pues.

 

 

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