Diario Vasco
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Fecha: febrero, 2017
Y ahora que pasó San Valentín, seamos cursis y hablemos de amor: contra la rutina y a favor de las sorpresas
Mitxel Ezquiaga 16-02-2017 | 4:51 | 0

Ahora que pasó San Valentín, hablemos del amor. Suena cursi, ya, pero como publicamos tanto sobre “lo que pasa” no está mal añadir de vez en cuando cosas sobre “lo que nos pasa”. O no nos pasa.

Tengo una carpeta con las entrevistas y reportajes que a lo largo de los años he publicado sobre el amor, antes, durante o después de los 14 de febrero. Y hay un recorte especial: hace diez años entrevisté a Imanol Querejeta, mi psiquiatra favorito, sobre amor y sexo. Una década después lo fundamental sigue vigente. Recupero y edito diez reflexiones de Imanol, el hombre que odia dar lecciones.

1. Celebrar San Valentín después de San Valentín: “Hay que celebrar San Valentín muchos días al año. Sin ser empalagoso, celebrar el amor a menudo es una de las formas de mantener viva una pareja”.

2. Hablar del amor: “No dedicamos al amor el tiempo que se merece, pero no sólo en los medios, sino en nuestras vidas cotidianas. El gran problema que motiva la inestabilidad de las parejas es que vivimos a la carrera, preocupados por lo externo, y pensamos que las relaciones se cuidan solas, quizás porque donde hay confianza da asco…”.

3. Recetas contra la rutina: “Hay que enamorarse y desenamorarse de tu pareja cientos de veces al año. Hay quienes se quejan de su rutina y se quedan parados: ¡muévanse! No esperes, aporta tu. Dile que la quieres, ten detalles, sorprende”.

4. Relaciones más cortas: “Parece que estadísticamente hoy es así, que las parejas duran menos. Es evidente que hay una facilidad legal que hace 40 años no existía, pero también que hoy una persona normal accede a mucha más gente. En la sociedad de antes la gente formaba una familia, se asentaba en su trabajo y se quedaba tranquila. Ahora hay más movimiento… y más ‘factores de peligro’. Pero eso hace más fuertes las relaciones que duran».

5. Aguantar: “Una pareja es un plato que debe cocinarse con muchos ingredientes: cariño, respeto, paciencia, tiempo, tolerancia y flexibilidad. A veces las crisis no surgen por terceras personas, sino porque tu pareja prospera en su profesión o actividad y debes sacrificarte tu. Hay que verlo en positivo: cuanto más crezca como persona cada miembro de la pareja más crecerá la pareja.

6. El sexo:” El sexo es fundamental, y hay que mantener el deseo. No es cierto que con la edad se pierdan facultades: si uno se cuida puede practicar hasta edad longeva. En una pareja estable el paso del tiempo permite disfrutar más del sexo porque se conoce mejor: aunque los hombres somos de una sola nota, las mujeres pueden llegar a toda una sinfonía”.

7. En la consulta: “Los jóvenes viven sus rupturas de forma aparatosa y dramática, como si su vida se terminara con cada relación. Los maduros viven las rupturas con inseguridad, porque temen que no van a volver a encontrar pareja”.

8. Los celos: “Siguen existiendo, en el amor, y en el trabajo, y en las relaciones sociales. Los celos, en pequeña medida, son necesarios para mantener nuestra relación alerta, no darla por territorio conquistado, pero traspasada una barrera son peligrosos, porque no nos dejan vivir y, lo que es peor, no dejan vivir al otro”.

9. El riesgo del estrés: “Aparece cuando estamos ocupados en más cosas de las que podemos gestionar. Hay que revisar las prioridades: ¿nos interesan más los afectos o el dinero y el poder?”.

10. El entorno: “Es un error pensar que la apacible Donostia invita más al equilibrio psicológico. El equilibro está en uno, no en el entorno. Uno puede estar relajado en Nueva York y alterado en San Sebastián”.

Y ahora, volvamos a mirar el resultado de la Real y la cotización de la bolsa. O así.

 

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La Granja y yo: el cierre de un café de Bilbao como autobiografía, o algo así
Mitxel Ezquiaga 12-02-2017 | 9:00 | 0

Yo fui feliz en el Bilbao de los 80. Ahora las guías y los popes bendicen este Bilbao moderno de museos y diseño, y la villa recibe premios por su reconversión. Pero lo que fascinaba a un joven donostiarrita de los ochenta era el Bilbao gris, sucio y heavy.

Uno se iba del balneario donostiarra a estudiar a Leioa, vivía en Deusto y le deslumbraba el contraste: a la propia libertad de levantar el vuelo del nido familiar se unía el descubrimiento de una urbe acogedoramente hostil, con sus broncas en los astilleros de Euskalduna, bares que no cerraban nunca y el caos imprevisible de esa gente tan cercana, distinta y ruidosa, los bilbaínos.

En aquel Bilbao el café La Granja era uno de nuestros puntos de reunión, como un Café Gijón de chupas de cuero. Tampoco había llegado aún la reforma a ese local destartalado donde pasábamos la tarde, con dos cañas, en discusiones eternas. Algunos de los que debatían llegaron a ser grandes jefes de grandes cosas, otros eligieron caminos alternativos y hay quienes metafóricamente nos quedamos ahí, como adolescentes perennes que aún no sabemos qué queremos ser de mayor. Peor aún, ignoramos que ya somos mayores.

Cambió La Granja y cambió Bilbao. Años después volvimos a su menú del día como padres con hijos, tomamos algún aperitivo como periodistas, cayó alguna copa con excombatientes de los viejos tiempos.

Ahora La Granja cierra y los ciudadanos lloran la pérdida. Hay hasta quien asegura que ese noble local acogerá un establecimiento de comida rápida, pero aún se ignora qué ocurrirá realmente. Cuando lamentamos el cierre de un lugar así lo que añoramos, de verdad, es lo que fuimos y ya no somos. La Granja estaba en Bilbao, pero La Granja somos nosotros. O así.

 

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