Diario Vasco
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Autor: mezquiaga_1462233600
Ya lo cantó Sabina: si hay que pisar cristales, que sean de Bohemia (un paseo por Praga)
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Mitxel Ezquiaga | 05-12-2013 | 12:06| 0

El llamado ‘síndrome de Stendhal’ debe ser algo parecido a esto: llegas a Praga y el peso de su historia, tan densa, y de su belleza pétrea caen sobre tus ojos como una losa. Hasta agobia una ciudad tan maravillosa y tan maravillosamente conservada. Es lo mismo que ocurre cuando llegas por primera vez a Venecia o al corazón de París: todo parece demasiado perfecto.

Pero si superas esa primera parálisis de admiración, la misma que provocan las mujeres demasiado guapas, terminas seducido. Praga es guapa, pero también una ciudad llena de vida en cuanto das cuatro pasos más allá del epicentro histórico. Enamora. Y terminas cantando esos versos que Joaquín Sabina compuso aquí, junto al río Moldava: si hay que pisar cristales, que sean de Bohemia.

Dicen que en verano es una ciudad turística complicada: los visitantes hasta deben guardar cola ante el puente de San Carlos para recorrer sus piedras y divisar las hermosas postales que desde ahí se adivinan. Por eso otoño es el tiempo ideal: fría, con todos los matices del gris, Praga se muestra vital y acogedora. Hay turistas, pero sin la invasión estival que desnaturaliza la propia vida cotidiana y convierte la urbe en un gran decorado.

Yo confieso: hasta ahora nunca había estado ahí. Y hace poco he paseado por el Castillo de Praga,  la Catedral de San Vito o el Callejón del Oro y la Alquimia, donde se reunieron varios alquimistas en busca de la fórmula para crear oro y cuyos experimentos se han recogido en la Torre de la Pólvora. ¿Suena kafkiano? Puede ser: ahí vivió también unos años el insigne autor.

 

Hay que andar Praga: no voy a escribir aquí el listín de lugares visitables y piedras honorables. Hay que pasear por el barrio de Malá Strana,  ir poco a poco por el Puente de Carlos, mirar el Ayuntamiento Viejo, la plaza Wenceslao, las sinagogas… La oferta es amplia. El placer de Praga es que todo está cerca, a tiro de paseo. Pero hay algo que no cuentan las guías y uno percibe mientras las botas pisan empedrados de tantas épocas: el inaprensible aroma de historias vivas que impregna toda la urbe.

Las historias de la juventud de Kafka, el autor que sobrevuela tantos cafés y rincones, y cuyo museo bien merece una visita; los rescoldos del nazismo, presentes en plazas y monumentos; o las huellas del comunismo, con obras de arte moderno que rinden homenaje a las víctimas en cualquier parque.

Es hoy una ciudad preparada para el turismo con enormes hoteles, herededos de los años ‘soviéticos’, y nuevos establecimientos de las grandes cadenas internacionales. En esa amplia oferta acaba de abrir sus puertas el Unic Praga, un acogedor y moderno hotel habilitado en un viejo edificio del siglo XIX cargado de historia (¿hay algo en Praga que no esté cargado de historia?).  De propiedad de empresarios catalanes, es una nueva ‘cabeza de puente’ en Praga, cómoda para el visitante español porque parte del personal, de la recepción al restaurante, habla en castellano y se convierte en magnífico introductor a la ciudad. Y una de sus bazas principales (y disfrutable aunque no se esté alojado en el hotel) es el Café Emma Prague, un bistrot que dirige el chef francés Romain Fornell, que ya tiene otro Caffé Emma en Barcelona.

Sí, hay piedras en este casco histórico declarado en 1992 Patrimonio de la Humanidad, pero la ciudad, de millón y medio de habitantes, está viva.  Hay que darse un homenaje como turistas y pasear en barco por el río o asomarse a sus clubes nocturnos. Y los más animados, acercarse al Darling, el cabaret al que también cantó Sabina: el cantante escribió en Praga con Benjamín Prado parte del disco ‘Vinagre y rosas’. Banda sonora para una ciudad eterna. ¿O eso de ciudad eterna se dice de otra?

 

 

 

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La pequeña historia de una gran foto: cuando el director del jazz y el corresponsal jugaban a pala (y ganaban)
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Mitxel Ezquiaga | 03-12-2013 | 6:17| 0

 

Esta foto no hará que se paren las rotativas, pero desprende un aroma sentimental, en plan ‘tal como éramos’, o así. Si usted busca solo las últimas horas y las breikinius, pinche en otro sitio. Si le gustan las historias en blanco y negro, siga leyendo.

Un tipo bueno y cercano me manda una vieja foto que ha encontrado en un cajón y me lanza un acertijo: ¿sabes quiénes son? Pues creo que sí.

Vean la imagen: son dos chavales jóvenes, con txapela, que acaban de ganar un campeonato pelotazale. Pues atención: el de la izquierda, con bigote, es Miguel Martín, hoy director del festival de jazz de San Sebastián; el de la derecha, con bufanda, Iñigo Gurruchaga, nuestro ilustre corresponsal en Londres.

Les envío la foto a los dos: «Acabábamos de ganar el campeonato de Gipuzkoa de pala corta», me explica Martín. «Iñigo era delantero; yo, zaguero. Tendríamos 19 o 20 años». Gurruchaga no solo se emociona con la foto, sino que la tuitea. Así que puestos a airear la imagen, la traigo también aquí.

Detrás, a la derecha, se ve a Evaristo Ayestarán, otro veterano de los frontones, orfeonista y activo añorgatarra, a quien traté a menudo cuando yo, de niño, acudía a las canchas acompañando a mi padre, cronista de Pelota durante décadas.

Ya ven: una pequeña historia, casi como una película de Capra en vísperas de Navidad.  Pero les aseguro que excita el morbo de quienes conocen a Miguel Martín y a Iñigo Gurruchaga.

Yo mismo, sin ir más lejos…

 

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Eguiguren viaja ahora en autobús: un rato con un heterodoxo que se sale de la manada
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Mitxel Ezquiaga | 02-12-2013 | 11:55| 0

Ahora que ha conseguido liberarse de la escolta está aprendiendo a viajar en autobús. De momento controla la línea que le lleva de casa al centro, pero su mapa se va ampliando. Cuando le llamé para concretar su visita a Keridos Monstruos, en Teledonosti, me preguntó qué número de autobús llega a Zuatzu. Ciudadano Eguiguren empieza ahora el resto de su vida.

Me gustan los tipos raros, la gente que va por libre, los heteredoxos. No hace falta que coincidas con sus opiniones (a veces puedes discrepar abiertamente) pero uno siente cierta simpatía natural por los ejemplares que se salen de la manada.

Jesús Eguiguren es raro y va por libre: lo admiten sus amigos, sus enemigos y, sobre todo, él mismo. Fue uno de los fontaneros que consiguió que este país sea hoy más vivible que hace unos años, pese a las muchas goteras que persisten. Ahora ha pasado a segunda línea, y aunque sigue siendo presidente de los socialistas vascos, sueña con poder dedicarse a lo que de verdad le gusta: dar clases, charlas o escribir.

Está lleno de proyectos y de ideas. Tiene entre manos una historia de Lope de Aguirre que desmonta todos los mitos, quiere perderse por la América del Sur, baraja varias historias para hincar el diente. Pero sigue siendo rehén de lo que fue: la gente le para por la calle, «aquí y en Madrid», le habla de la paz, le pregunta por Arnaldo Otegi, a quien Eguiguren considera «injustamente encarcelado y cada vez más olvidado».

Hace unos días entrevisté en la teletxikita a ‘Ciudadano Eguiguren’ durante casi una hora. Habla despacio y a veces le cuesta arrancar las respuestas, pero no da puntada sin hilo: reflexión, humor, irreverencia. Luego bufa: «Vaya chapa he metido». A mí no me aburre.

Él dice que nada hay que agradecerle «porque solo cumplí con mi obligación», pero yo pienso que en el fondo se siente injustamente tratado. Defiende, con exceso de optimismo, que Euskadi es hoy «el lugar de España donde hay menos violencia y mejor convivencia, porque desde hace varios siglos los vascos siempre hemos hecho lo mismo: pelearnos y, al día siguiente de la paz, juntarnos para construir». Y opina que la izquierda abertzale «no ha realizado su ‘larga marcha’ para terminar quemada por la gestión de las basuras… y dejar que el PNV vuelva a gobernar, como siempre».

Pero Eguiguren no solo habla de política. Prefiere charlar de Pío Baroja, a quien leía mientras cuidaba las vacas, de crío, en el caserío familiar de Aizarna. Y dice cosas interesantes sobre San Sebastián, «que no ha sabido mantener su viejo espíritu liberal y es hoy una ciudad más», o sobre Gipuzkoa, que ve cada vez más fagocitada por el poderío vizcaíno. “Bilbao, incluso gobernada por el PNV, ha sabido reivindicar a Unamuno, pero Donostia ha dado la espalda a Baroja“. Bueno, le dedicamos un polideportivo, que es lo menos barojiano posible.

Eguiguren recordó que en sus años jóvenes, cuando era estudiante, vivía en San Sebastián en un piso con Rafael García Santos y Santi Eraso. El crítico gastronómico era entonces un estudiante de Derecho de izquierdas “que compraba hígado de cerdo, o lo más barato, sin preocuparse mucho por la cocina”, y Eraso, «el que triunfaba con las chicas». La vida llevó luego a cada uno por un camino distinto, pero ahí, en ese piso, hay una tesis doctoral sobre el país o un documental. O al menos, una comedia de situación…

Bueno, se emitió el programa. Quizás no sea de los más vistos (¿faltaban los bailes y las chicas en bikini ahora imprescindibles?) pero sí de los más comentados. Y de los que me siento más satisfecho. Gracias, Jesús.

 

P.d. Si alguien tiene tiempo, curiosidad y ganas, dejo el enlace con el programa completo…

http://www.diariovasco.com/videos/teledonosti/keridos-monstruos/2871533500001-keridos-monstruos-26112013-0.html

 

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¿Estás ya hasta el gorro de la Guía Michelin? Yo también. ¿Y si fuese Guía Mitxelin? Cinco apuntes
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Mitxel Ezquiaga | 25-11-2013 | 5:04| 0

Ya ha pasado  casi una semana. ¿Estás hasta el gorro de los flecos de la Guía Michelin? Yo también. Solo hay algo más aburrido que la Guía: las valoraciones de la Guía. Pero antes de pasar la página, y con la digestión ya hecha, en mi propia Guía Mitxelin, txikita y sentimental, anoto cinco apuntes estrellados:

1. Sabemos que Martín Berasategui es, además de excelente cocinero, un estupendo formador de equipos. Así funciona de bien la red de ‘Berasateguis por el mundo’. Y cómo gusta el estilo de Martín a los inspectores de la guía. ¿Acabarán dando la estrella al Emebe Garrote Grill, el bistrot que ha abierto en Igara y que es ya en todo un fenómeno del-que-todo-el-mundo-habla en la gastronomía guipuzcoana? (En la foto, Martín saca siete dedos como siete estrellas rodeado de dos chefs del otro lado de la autopista, Eneko Atxa y Josean Alija).

2. La guía sigue siendo caprichosa. Solo así se entiende que no den la tercera estrella al Mugaritz de Andoni Luis Aduriz, aclamado por críticos y cocineros de todo el mundo como uno de los grandes. E igual de inexplicable es que el Zuberoa tenga solo una estrella. No lo digo yo: lo repiten los gourmets que llegan de fuera y se siguen escandalizando de que el local de Hilario Arbelaitz no tenga, como mínimo, dos estrellas.

3. Los medios hablamos mucho de las novedades de la guía, pero olvidamos que tan complicado como llegar es mantenerse. Lo pensaba el jueves mientras escribía mi crónica sobre la nueva edición: incidimos poco en los viejos rockeros, como Juan Mari Arzak o Pedro Subijana, que llevan tiempo en la cima. Enhorabuena también a ellos. Y a los otros guipuzcoanos que conservan su única estrella: además del Zuberoa, El Mirador de Ulía, el Kokotxa de la Parte Vieja, Miramón Arbelaitz y Alameda de Hondarribia.

4. La guía es cicatera con los jóvenes restaurantes guipuzcoanos. Cuando visitas locales con una estrella en otros sitios te das cuenta de que hay establecimientos aquí con méritos más que sobrados para lograr su ‘macarrón’. Y en la cabeza de todos están los nombres con méritos más que sobrados.

y 5. Es curioso que una guía tan tradicional dé la tercera estrella en Madrid al restaurante más rompedor, el DiverXo. Prepárense, porque Dabiz Muñoz (así lo escribe él) va a ser la nueva estrella mediática. Hasta ahora lo era para iniciados; ahora saldrá hasta en El hormiguero.

Hala. A descansar hasta que llegue la bronca con la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo de la revista Restaurant

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Elogio del furgón de cola (también en el maratón)
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Mitxel Ezquiaga | 24-11-2013 | 6:47| 0

 

  Siempre me han gustado más los últimos que los primeros. También en el maratón. Este domingo, mientras paseaba por el Antiguo y por La Concha, he aprendido más sobre la gente que si hubiese leído una enciclopedia de autoayuda o las obras completas de Paolo Coelho. Y, yo confieso, me he emocionado en varios momentos mientras un ejército civil, desarmado y desorientado de atletas populares desfilaba por San Sebastián como si no hubiera un mañana.

Siempre me han gustado más los últimos que los primeros. A la hora en que los ganadores de la carrera ya tenían su trofeo, habían hablado con los periodistas y se relajaban bajo la ducha, cientos de corredores se batían aún contra sí mismos, contra el frío y contra el sirimiri. He visto tíos mayores y más bien gordos (para qué usar eufemismos) dar zancadas mientras su mujer les daba gritos de apoyo en una bici. He visto cuadrillas enteras relajar su marcha para esperar al colega de entrenamiento que se había quedado descolgado. He visto una chica de rasgos orientales con apariencia de no poder más pero que avanzaba mirando el reloj conforme a una secreta estrategia. He visto franceses veteranos ir en zig-zag, como zombies, mirando al frente. He visto jóvenes tumbados en el arcén haciendo estiramientos que luego han retomado la marcha. He visto eso que los curas, los psiquiatras y los entrenadores personales llaman “afán de superación”. Pero sobre el asfalto, con sudor y sufrimiento de verdad.

Siempre me han gustado más los últimos que los primeros. Tan emocionante como el esfuerzo de los corredores es el apoyo del público, más intenso y sentimental a medida que pasa la carrera. Porque a todos nos entran más ganas de animar a quienes sufren que a los que van en cabeza. He visto niños corear el nombre de los corredores como si animaran a la Real en una final de Champions. He visto grupos de señoras gritando hasta el último aliento para dar fuerzas a los veteranos con rostro desencajado. Y he visto, sobre todo, una ola de solidaridad que parecía humanizar, para bien, a corredores y espectadores.

Siempre me han gustado más los últimos que los primeros. Sí, tú, que a la una del mediodía aún ibas por La Concha a ritmo tambaleante y no sé si habrás llegado a meta a tiempo o no: el que te animaba como un loco desde la acera, con gorro y bufanda, era yo.

Y es que, ya lo dijo alguien, los ultimos seréis los primeros.

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