Diario Vasco
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Autor: mezquiaga_1462233600
Una de periodistas (‘Spotlight’, Gambardella y aquella redacción de Donostia que parecía ‘Primera plana’)
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Mitxel Ezquiaga | 07-03-2016 | 9:11| 0

La gloria se la llevan los reporteros de guerra, pero el verdadero mérito periodístico es de quien escribe sobre los vecinos de la calle contigua y cada mañana recibe el ‘feed back’ en directo: o sea, la reacción de la ‘fuente’ o del lector en propias carnes. Lo subraya hasta Gervasio Sánchez, el mítico enviado especial a tantas trincheras: el ‘periodismo de riesgo’ real es ser corresponsal en un pueblo y acudir diariamente al Ayuntamiento a buscar información.

Una de las películas más divertidas sobre periodistas es ‘The Paper, detrás de la noticia’, de Ron Howard: aquella en la que Glenn Close se pelea con un colega para pulsar el botón de la rotativa. En ese filme un redactor vive en bronca permanente con el concejal de Tráfico: hay más épica ahí, y más periodismo real, que en el Mel Gibson de ‘El año que vivimos peligrosamente’ y su guerra de Indonesia.

El Oscar a ‘Spotlight’ vuelve a poner de actualidad el cine sobre periodistas. Criticamos a Hollywod por conservador, pero la Academia da luego su gran premio a un filme valiente que denuncia los casos de pederastia por parte de curas en Boston. Uno envidia ese Boston Globe donde los periodistas investigan a fondo y con tiempo. En realidad la película trata más de cómo un periodico resiste las presiones de los poderes que sobre la propia pederastia.

Porque las películas de periodistas son a veces, a ojos de los propios periodistas, historias de ciencia ficción. El periodismo de la pantalla y el periodismo real no tienen mucho que ver, aunque (yo confieso) vengo de una Redacción de madera que parecía de la mítica ‘Primera plana’: mis padres se conocieron en la vieja La Voz de España, donde trabajaban. Cuando yo era un chaval visitar a mi padre en el periódico era mejor que subir a Igeldo. Me sentaban en una mesa con el Marca y yo hacía que leía, pero en realidad no quitaba ojo a la fauna que merodeaba por ahí. Nunca nadie me preguntó qué quería ser de mayor: todos dimos por hecho que el crío sería Tribulete.

Yo también conocí a la ‘princesa rubia’ en un periódico que fue un feliz caos, La Voz de Euskadi. Quería ser un ‘Liberation’ guipuzcoano pero terminó como una quimera abocada al cierre de la que salimos unos cuantos hoy repartidos por el mundo. Lo pasamos bien.

En la facultad algunos querían ser Woodward y Bernstein y descubrir su Watergate txikito. Otros se imaginaban como un Ciudadano Kane. Yo prefería el personaje de Joseph Cotten en esa obra de arte: un crítico borrachín y deslenguado que acaba en harakiri profesional por no mentir. Bueno, también quería ser el Mastroianni de La Dolce Vita: supongo que para que una Anita Ekberg gritara mi nombre sumergida en una fuente, pero también para contar las historias pequeñas de la gente, que al final son las grandes. Ahora que soy mayor me gustaría ser el Gambardella de ‘La Grande Bellezza’, pero Donostia no es Roma… y nadie vio a Gambardella escribir columnas de breves atado a la mesa de una Redacción.

Nos gustan las películas de periodistas porque hablan de la gente y de gente que quiere encontrar verdades. Nos gusta el periodismo y más ahora que los gurús siguen decretando la muerte del papel: pronto en vez de gritar «que paren la rotativa» bastará con hacer ‘control Z’ en el teclado.

Lo peor del periodismo es, en cualquier caso, los periodistas. Ya sabes: gente como yo.

 

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Iñárritu presume de bisabuelo donostiarra: una real historia de ficción
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Mitxel Ezquiaga | 29-02-2016 | 4:50| 0

Pongamos la txapela al Óscar de Iñárritu: en realidad, él es quien querría llevar la boina donostiarra, como vamos a contar aquí debajo.

(Lo que sigue es una anécdota menor y tangencial que ya relatamos en papel en su momento: si buscan análisis más finos, hagan click en otro punto de la web).

Le hemos visto en el escenario de Los Ángeles, con su premio y su aspecto de salvaje-con-Armani, como si fuera él mismo un personaje de ‘El renacido’. Pero Alejandro González Iñárritu, no es solo un viejo amigo de San Sebastián: hasta se inventa antepasados donostiarras.

Iñarritu, además de cineasta épico, es un tipo de biografía novelesca. A los 17 años se fugó de la casa familiar en México, se embarcó en un carguero, llegó a Bilbao y viajó por España en todo tipo de oficios, como el “prota” de una novela de Roberto Bolaño. Hasta gozó y sufrió los efluvios de la movida madrileña. Luego llegarían el cine, el éxito en Hollywood, los Óscar consecutivos.

El mexicano ha pasado varias veces por Donostia y el Festival. Se le recuerda como una persona encantadora y excesiva, bulímico ante la pantalla, los restaurantes y la vida. Su firma está en varios locales señeros de la hostelería local. Los periodistas guardamos anécdotas de Iñárritu-by-night.

En la inauguración del Zinemaldia de 2006, cuando trajo su ‘Babel’, Iñárritu nos dejó una sentencia muy TamborDeOro: “Cuando me preguntan por mi segundo apellido siempre miento y digo que mi bisabuelo era de San Sebastián. Lo hago porque es la ciudad más maravillosa del mundo y quiero tener relación con ella”. (En la foto de Rafa Rivas, de AFP, vemos al director en el Kursaal en 2006).

Cuentan que ha repetido lo del bisabuelo donostiarra más veces y en más escenarios, y los indígenas sabemos bien que estas gentes del cine nos regalan el oído cada septiembre con frases redondas que luego adaptarán a los públicos de Londres, Guadalajara o Buenos Aires.

Pero Iñárritu quiso ser ‘El renacido’ en Donostia. Y si no es verdad, nos gustaría creerlo. Así tenemos hoy, al menos, un cachito de Óscar. Y ponemos la txapela al tema, ya sabes.

 

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Yo no soy tonto: 8 cosas y media sobre Donostia 2016, Hansel Cereza y los ciudadanos que no entendemos nada
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Mitxel Ezquiaga | 25-01-2016 | 12:13| 0

1. Donostia 2016 habla de convivencia y de valores, pero entre ellos no debe figurar la autocrítica: el balance oficial viene a decir que el problema de la fallida inauguración del sábado es de la gente, que no entendimos. Más irritante que la propia ceremonia es que nos digan que fue “demasiado innovadora”. No: era de una “modernidad” ya viejuna. El problema no radica en que la ciudad sea rancia: el tema es que “eso” ya lo hemos visto.

2. El primer error fue la elección del escenario. Está bien salir del clásico marco de La Concha y apostar por el río, pero no puede pretenderse una cita multitudinaria en un espacio donde literalmente no caben los ciudadanos. Funciona como teoría, pero es inviable en la práctica, como se vio.

3. También fue discutible el modelo de ceremonia. Dicen que “hubiese sido más fácil poner fuegos artificiales”, pero el montaje de Hansel Cereza son los ‘fuegos artificiales’ contemporáneos. Algo así fue rompedor en Barcelona 92: desde entonces cada capital cultural, juego olímpico o mundial de futbito repite este esquema ‘circo del sol’ adaptado a cada lugar: aquí hubo aizkolaris.

4. Si el acto está pensado para la tele, no convoques a 50.000 personas para que vean de lejos cómo se apaga y se enciende el puente. Si está pensado para le tele, cuida la retransmisión al máximo, que no necesite explicaciones como si fuese un partido de curling y que haya sido engrasada. La única “autocrítica” de Cereza se la hace él a otros: “Al parecer fallaron algunas cámaras”, dice.

5. Si la gente se frustra ante el resultado, que la organización piense que algo ha hecho mal: no acuses a los ciudadanos de tontos como primera reacción. Así opinaron autoridades municipales (salvo excepciones), rectores de Donostia 2016 y el propio Cereza, que se va con su dinero pensando que deja atrás una ciudad de primitivos.

6. Lo mejor de todo fue la participación de los voluntarios, con su entusiasmo, y la respuesta del público, que acudía a ser sorprendido no por fuegos a lo Caballer, alcalde, sino por algo “nuevo e irrepetible”, como se había anunciado hasta la saciedad por la propia Donostia 2016.

7. La concentración de Tamborradas, sin apenas medios y sin pretensiones, fue una inauguración más popular, distinta, natural y participativa.

y 8: Que esta apertura no empañe el desarrollo de Donostia 2016. Hubo muchas cosas más en la inauguración, originales y participativas de verdad, y las habrá a lo largo del año en una repleta programación. Después de Cereza habrá un amplio muestrario de frutas para todos los sabores. Perdón por el chiste, pero aún tengo otro mejor: los responsables de Donostia 2016 dicen ahora que “hay que pasar página” sobre ese tema y mirar hacia el futuro. Si hubiese sido un éxito quizás aún estarían dando ruedas de prensa al respecto…

P.d. Ya ven que resucitamos el blog… La ocasión lo merece. Y Gora 2016, carajo.

 

 

 

 

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Yo también odio los ‘top’ del año: si no te gusta éste, tengo otros
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Mitxel Ezquiaga | 29-12-2014 | 8:00| 0

Nada más odioso que una lista con lo mejor del año. Pero nada más socorrido. Traigo una lista: personal, caprichosa e intransferible. Y parafraseando a Groucho Marx podría añadir que «ésta es mi lista; si no le gusta, tengo otras». Vamos allá.

 

1. Una película‘Boyhood’, ocho apellidos universales: la vida sin más

Ha sido el año en que nos reímos con ‘Ocho apellidos vascos’ (esa película que critican, sobre todo, quienes no la han visto), nos emocionamos con ‘Loreak’, recordamos con ‘Lasa y Zabala’ y quedamos boquiabiertos ante el genio de ‘Relatos Salvajes’. Pero sobre todo ha sido el año de encontrar la vida en pantalla de la mano de ‘Boyhood’.

¡Qué maravilla de película! Lo de menos es que se filmara a lo largo de doce años: lo que importa es que cuenta la vida con minúsculas, sin estridencias, con la humilde perspectiva de la naturalidad. ‘Boyhood’: la vida, nada más. Y nada menos. Cine de afectos especiales: resulta que la película del año era ‘Ocho apellidos… universales’.

 

2. Un libro. ‘El impostor’: mentir para llegar a la verdad

Murió García Márquez, leímos lo nuevo de Murakami, y de Javier Marías, y de Lorenzo Silva, aplaudimos el éxito de Dolores Redondo, siguieron los ecos del ‘Martutene’ de Saizarbitoria y del ‘Cómo pudo pasarnos esto’ de Idoia Estornés, pero hay un libro que perdura en mi memoria semanas después de leerlo: ‘El impostor’, de Javier Cercas.

Esa historia sobre Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por víctima de los campos de concentración nazis, sin serlo, habla más del propio Cercas que del supuesto impostor. Su lectura resulta a veces irritante y en ocasiones deslumbrante, pero más allá de las polémicas el libro resuena en tu cabeza tiempo después de leerlo. Vivir es una forma de impostura, mentira y verdad son dos casas de una misma moneda.

 

3. Un viaje. Japón, Japón.
En primavera me fugué a Japón. Había hecho un pacto conmigo mismo: antes de que terminara el año de mis 50 debía visitar eso que los cursis llaman ‘el país del sol naciente’. Y la experiencia superó las expectativas: es «el viaje». Me gustó Kioto, reserva espiritual, pero me apasionó Tokio, la ciudad donde caben las esencias y las tendencias. Cuando volví a casa guardé en unas carpetas mis recuerdos del viaje. Y las carpetas siguen, meses después, sin abrir: aún no he digerido la excursión. Necesito más tiempo… o volver.

 

 

4. Un restaurante. Cómo ser feliz en Rekondo


Arzak ha celebrado 25 años con tres estrellas Michelin, Elkano logró su primera estrella (el Kaia, ahí al lado, en Getaria, también la merece) y no me canso de regresar al imprescindible Frontón de Roberto Ruiz en Tolosa. Pero 2014 ha sido el año de Rekondo. El restaurante de Igeldo ha cumplido 50 años de la mejor manera: cargado de experiencia como un maduro, lleno de entusiasmo como un joven. Txomin Rekondo y su hija Lourdes gobiernan con inteligencia un restaurante que evoca directamente la felicidad, y más en los meses de verano, cuando su terraza se convierte en el lugar donde uno se quedaría a vivir.

 

5. Un pintxo. Las anchoas del Txepetxa


La Bodega Donostiarra de Gros sigue tan brillante como exitosa, y ahí radica su ‘pega’: ¡siempre está lleno! En Bokado San Telmo me siento tan cómodo que prefiero no nombrarlo, para evitar que me quiten el sitio… Pero el 2014 ha sido mi reencuentro con las anchoas del Txepetxa, ese clásico de la Parte Vieja. Sigue siendo lo que fue: ¿hace falta añadir algo más?

 

6. Una copa. Noches de invierno en el Resaca

Ya casi no bebo: vivo para andar. Mi resumen del año podrían ser los paseos mañaneros dados en lugares dispares a lo largo de los últimos doce meses. Pero hay un trago nocturno que cada semana sabe a gloria: la copa post-Keridos Monstruos, en adorable compañía, en el Resaca de Miraconcha de Iñaki Guetaria. Antes bebía gin-tonic: ahora, un champán o una cerveza. El Resaca sigue siendo el paraíso viscontiano para las noches laborables del invierno.

 

7. Una exposición. Esas fotos de Catalá-Roca

He disfrutado de exposiciones pequeñas, como la del Museo Naval dedicada al reflejo de la costa guipuzcoana en el arte; de muestras grandes, como la gran retrospectiva de Chillida en la Sala Kubo, y de experimentos juguetones, como la de moda y ‘frivolité’ en San Telmo (¡con qué talento suple ese museo con imaginación la falta de presupuesto!). Pero la exposición donde muchos gozamos realmente fue la de viejas fotografías de Catalá-Roca en el Kursaal. La vida en blanco y negro y colgada en la pared. Un lujo.

 

8. Un festival. Larga vida a la Quincena

El Jazzaldia fue nuevamente luminoso y el Zinemaldia sigue siendo el ‘top’ de nuestra cultura. Y la Quincena Musical cumplió este año su 75 aniversario y salió redonda. Como Tribulete me tocó investigar su pasado y presente, una historia que ha colocado a la Quincena entre los grandes. Que los recortes y torpeza institucional no priven al festival de su futuro. ¿Hay que reivindicar otra vez el poderío de la Quincena?

 

9. Un personaje: Nestor,ese joven de 90 años

Era una de las personas más jóvenes que he conocido. Tenía la mirada curiosa de un crío y la retranca irónica de un viejo. Falleció en julio sin hacer ruido, rodeado de su familia, en la casa que había convertido en su museo vital. Nestor Basterretxea fue un incansable creador, pero sobre todo un hombre de acción, un personaje que podría haber sido creado por Pío Baroja. Goian bego!

 

 

 

y 10.  Una foto. Sí, sales tú. Todos somos ese padre, todos somos ese hijo. Habrá fotos mejores o más importantes, pero quienes vimos esta imagen de Reuters una tarde de marzo supimos enseguida que era la foto del año… y hasta de nuestras vidas. El periodista Javier Espinosa había estado 200 días secuestrado en Siria y volvía a casa. Su hijo saltó los protocolos del aeropuerto de Torrejón y corrió al encuentro. ¡Ese abrazo! El mundo se divide entre quienes se identifican con el padre y quienes lo hacen con el hijo. ¿Puede alguien quedar indiferente?

 

(Pues eso: feliz año. Se admiten críticas, apoyos, enmiendas, mejoras e insultos en este mail: mezquiaga@diariovasco.com)

 

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Huelva es de color tinto… y zanahoria: una inmersión donostiarra en el Festival Iberoamericano
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Mitxel Ezquiaga | 26-11-2014 | 7:00| 0

Y entonces, en plena copa de la fiesta de clausura, va el alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez, y te lo dice: «El gran éxito del Festival Iberoamericano ha sido este año abrirse más a la ciudad; el próximo reto es abrirnos más al exterior». Sonríes: ¡cómo nos suena eso a quienes venimos de Donostia y hemos crecido con el Festival de San Sebastián!

Huelva y Donostia no tienen mucho que ver… o sí. La ciudad andaluza, por ejemplo, también celebra su fiesta patronal el día de San Sebastián. Pero sus festivales son absolutamente distintos, aunque los dos forman parte del reducido club de certámenes declarados «estratégicos» por el Ministerio de Educación y Cultura. San Sebastián es mayor en historia, tamaño, presupuesto y repercusión. Pero el Festival Iberoamericano de Huelva, clausurado el fin de semana, ha celebrado nada menos que su 40 cumpleaños. Tiene pasado y quiere futuro. Y acaba de vivir la primera edición de su nueva era.

Porque la edición recién terminada ha sido dirigida por el periodista pamplonés, aunque donostiarra de ejercicio desde hace 25 años, Pedro J. Castillo. «El festival de Huelva tiene una larga y brillante historia como puente entre España e Iberoamérica. Nuestro objetivo es implicar más al público de Huelva y reforzar la dimensión exterior, que sea un lugar de trabajo para forjar proyectos y punto de encuentro del sector», explica Castillo. Y añade que «con modestia, este año hemos dado un paso de gigante en esa línea».

El público ha llenado la Casa Colón y el Gran Teatro, escenarios principales de un festival que también ha ido al encuentro del público en lugares tan atípicos como la cárcel. Profesionales españoles y latinoamericanos, de Imanol Arias, José Luis Garci o el equipo de la ‘Versión española’ de TVE a un amplio elenco de cineastas del otro lado del charco, con el ‘oscarizado’ argentino Eugenio Zanetti a la cabeza.

El pasado de las minas de Río Tinto es omnipresente en Huelva, pero al color tinto se ha sumado este año el color naranja de la zanahoria: ganó el Colón de Oro la película uruguaya ‘Zanahoria’, de Enrique Buchichio, una indagación en los crímenes de la dictadura del país.

En el palmarés se reconoció como mejor actor a Óscar Jaenada por su papel en ‘Cantinflas’, la película mexicana que vivió en Huelva su estreno en España. Y Jaenada protagonizó en la clausura uno de los momentos más emotivos del festival. Podría parecer de ‘crónica rosa’; es simplemente una historia humana.


El azar provocó que la presentación de la gala corriera a cargo del actor catalán Marc Clotet y de la actiz donostiarra Barbara Goenaga, expareja de Jaenada. El hijo de los dos asistía a la ceremonia y gritó de emoción cuando supo que su padre ganaba el premio. Jaenada salió al escenario, pidió a Barbara que le acompañara al atril y los dos saludaron al niño entre los aplausos del público. Fin de la historia.

Muchos guipuzcoanos, de origen o de vecindad, se han juntado estos días en Huelva. También Loquillo, donostiarra por elección, protagonizó otro de los momentos más resaltados por los medios de comunicación: en el marco del ciclo sobre música y cine presentó el documental ‘Los gatos del callejón’, de Benet Román, que cuenta la gestación de ‘El ritmo del garaje’, disco ‘fundacional’ del estilo Loquillo. El músico catalán desmitificó en un animado coloquio algunos tópicos sobre «la movida» (empezando por el nombre) y recordó que en aquellos tiempos «nos divertíamos de noche y soñábamos proyectos, pero luego, a la mañana, la gente se ponía a currar y los proyectos se convertían en realidad». No como ahora, vino a añadir.

Huelva se mueve. Visto desde Donostia es un festival pequeño pero con personalidad. «Tiene una larga historia, pero vamos a darle otro futuro», resume su director, Castillo. «En algunos proyectos, como el foro de las coproducciones, nos gustaría colaborar con San Sebastián».

(En las fotos: arriba, el reencuentro de Jaenada y Goenaga; debajo, Pedro J. Castillo, nuevo director del festival)

 

 

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