Diario Vasco
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La Granja y yo: el cierre de un café de Bilbao como autobiografía, o algo así
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Mitxel Ezquiaga | 12-02-2017 | 20:02| 0

Yo fui feliz en el Bilbao de los 80. Ahora las guías y los popes bendicen este Bilbao moderno de museos y diseño, y la villa recibe premios por su reconversión. Pero lo que fascinaba a un joven donostiarrita de los ochenta era el Bilbao gris, sucio y heavy.

Uno se iba del balneario donostiarra a estudiar a Leioa, vivía en Deusto y le deslumbraba el contraste: a la propia libertad de levantar el vuelo del nido familiar se unía el descubrimiento de una urbe acogedoramente hostil, con sus broncas en los astilleros de Euskalduna, bares que no cerraban nunca y el caos imprevisible de esa gente tan cercana, distinta y ruidosa, los bilbaínos.

En aquel Bilbao el café La Granja era uno de nuestros puntos de reunión, como un Café Gijón de chupas de cuero. Tampoco había llegado aún la reforma a ese local destartalado donde pasábamos la tarde, con dos cañas, en discusiones eternas. Algunos de los que debatían llegaron a ser grandes jefes de grandes cosas, otros eligieron caminos alternativos y hay quienes metafóricamente nos quedamos ahí, como adolescentes perennes que aún no sabemos qué queremos ser de mayor. Peor aún, ignoramos que ya somos mayores.

Cambió La Granja y cambió Bilbao. Años después volvimos a su menú del día como padres con hijos, tomamos algún aperitivo como periodistas, cayó alguna copa con excombatientes de los viejos tiempos.

Ahora La Granja cierra y los ciudadanos lloran la pérdida. Hay hasta quien asegura que ese noble local acogerá un establecimiento de comida rápida, pero aún se ignora qué ocurrirá realmente. Cuando lamentamos el cierre de un lugar así lo que añoramos, de verdad, es lo que fuimos y ya no somos. La Granja estaba en Bilbao, pero La Granja somos nosotros. O así.

 

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16 sobre el 16: lo que no pudo haber sido y no fue (una crónica sentimental y personal de Donostia 2016)
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Mitxel Ezquiaga | 18-12-2016 | 22:20| 0

Esto es todo, amigos. Tantos años escribiendo sobre el 2016 y resulta que ya se acaba. La Capitalidad era esto. ¿El balance? Ni el ‘notable alto’ que le dan sus responsables políticos ni el desastre absoluto que certifican los más críticos. Ha habido muchas actividades, sin duda, pero a quienes seguimos el proceso desde el principio nos queda la sensación de que Donostia tuvo una oportunidad única que no ha sabido aprovechar.

1. ¿Recuerdan aquel día de junio de2011, cuando el austriaco Manfred Gaulhofer anunció que San Sebastián era la ganadora entre las seis ciudades finalistas? Se generó un entusiasmo colectivo porque la gente siempre se alegra de ganar lo que sea: es el mismo entusiasmo que sientes al ver a Maialen Chourraut triunfar en una prueba de piraguüsmo aunque sea la única vez en tu vida que vas a ver un descenso.

2. La diferencia del 2016 es que había venido para quedarse: era una piragua para cinco años. Pero enseguida empezaron los cambios de entrenador, de equipo, de directiva. Fue un proyecto supuestamente «participativo», pero nacido bajo el impulso de Odón Elorza. Se ganó y tuvieron que gestionarlo quienes nunca se habían interesado en la Capitalidad porque lo consideraban una «odonada». Empezaron los tiempos muertos, parones, desencuentros…

3. Donostia ganó porque presentó el proyecto más raro y novedoso: eso sedujo al jurado pero suponía luego una enorme dificultad para llevarlo a la práctica. No se planteaba la Capitalidad como una suma de grandes acontecimientos, sino como un programa de «valores», «trabajos en red», «microproyectos». ¿Cómo concretar eso para seducir a los propios ciudadanos y venderlo al exterior?

4. Solo un gigantesco esfuerzo de comunicación podía enamorar a la opinión pública. Y la comunicación ha sido uno de los mayores fallos del 2016. La Capitalidad ha vivido (demasiado) incomunicada. Comunicar no es solo convocar una rueda de prensa diaria.

5. Al equipo que ha llevado adelante el proyecto se le supone competente. Quienes hemos tratado con ellos podemos dar fe de su exquisito talante: pese a las críticas, ni Pablo Berástegui ni Xabi Paya perdieron nunca las buenas maneras. Aunque a veces parecieron extraterrestres llegados a Donostia en una nave espacial, con un lenguaje propio y ajeno.

6. El desencuentro no solo ha sido con la propia ciudad en general: también con la gente de la cultura ciudadana real y con la cultura institucional. Si hablaran libremente los pobladores de algunos despachos…

7. Dicen que esto de la Capitalidad está sobrevalorado, pero es una herramienta que nos dieron desde fuera y se supone que, bien gestionada, podía haber ayudado a darnos nueva energía a los de casa y situar a Donostia en el escaparate. San Sebastián ha estado de moda, sí: los medios, de The New York Times a las teles japonesas, han dedicado grandes espacios a la ciudad y los turistas la han invadido. Muchos tenemos la sensación de que hubiera ocurrido lo mismo sin la Capitalidad: el ‘boom’ español y el auge del País Vasco en paz explican la masiva llegada de turistas. Aunque, por supuesto, la Capitalidad habrá contribuido.

8. En España poca gente supo que San Sebastián era Capital Europea: los grandes medios han ignorado lo que sucedía aquí. Ciudadanos españoles que algo sabían llamaban: «Oye, que vamos un fin de semana a Donosti: ¿qué hay esos días de la Capitalidad?». Y uno no sabía responder. El punto de información de Alderdi Eder, con una fisonomía cerrada como un búnker en lugar de ser transparente para atraer al público, es la metáfora de la incomunicación.

9. Pero ha habido multitud de actividades, sí. Muchas, en la línea de lo que se anunció: había que intentar hacer en Donostia las cosas «de forma distinta». Y algunas lo lograron, con gran calidad.

10. Como ciudadano gocé con ‘El sueño de una noche de verano’ de Cristina Enea, auténtico triunfador del año. Además, puede quedar su ‘legado’: la idea de representar grandes montajes teatrales en espacios públicos en próximos veranos. También disfruté de las ‘12 sopas’ en Tabakalera o de los diálogos ‘Chejov vs Shakespeare’. Me interesó la película Kalebegiak. La cumbre lingüística aportará para el futuro. (Y hay más: la gran cita de Emusik, el orfanato polaco ‘montado’ en Larratxo, la visión de nuestra guerra en esos ‘adiorik gabe´que merecían más pases, los documentales grabados por el mundo que tan pocos donostiarras conocemos aún, la maravilla en marcha de Albaola…).

11. Y me irritó, también como ciudadano, que el gran esfuerzo de ‘Tratados de paz’ desembocara en la caótica muestra central, o que ‘la milla de la paz’ del Urumea fuera tan naif .

12. (De Hansel Cereza ni hablamos: el gatillazo inaugural está ya en el imaginario donostiarra, como los míticos fuegos artificiales del conde Ciano, que decían nuestros abuelos, pero al revés).

13. ¿Qué quedará? Hablan del ‘legado’ pero interesa más el ‘relato’. ¿Cómo se recordará en una década el año que fuimos Capital Europea? Lo pelean ahora las instituciones: contar un balance amable para que así pase a la historia.

14. Cuando Eva Salaberria llevó el 2016 solía decir que la Capitalidad «nos haría mejores personas», y bromeábamos con ella al respecto. ¿Es usted mejor hoy que hace un año?

15. Escribo sin espíritu ‘destroyer’, desde el reconocimiento a tanta gente que tanto ha trabajado, y con la honesta voluntad de aportar. Algunos nos ilusionamos con el 2016 mucho antes de que llegaran los que después nos han querido dar lecciones.

y 16. No nos flagelemos: en 2017 Donostia seguirá siendo una gran capital cultural, con sus festivales y múltiples actividades. Feliz año.

 

 

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Tío Julio (una de periodistas)
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Mitxel Ezquiaga | 11-12-2016 | 19:25| 3

Los periódicos somos pudorosos, aunque no lo parezca: dedicamos muchas páginas a los muertos ilustres “de fuera” y racaneamos el espacio cuando se va uno de los nuestros. El viernes falleció Julio Díaz de Alda, un histórico de este papel, y lo despedimos discretamente, como mandan los cánones. Pero a algunos nos jode íntimamente, o así, que baste un folio para decir adiós a un señor que dedicó su vida a que este periódico sea uno de los que mejor aguanta el embate de las crisis en España, el Estado, estepaís o como quieras llamarlo. Se llamaba Julio Díaz de Alda (no confundir con su hijo, que escribe, vive y colea, como sucesor, en las páginas de Economía) pero los que le queríamos le llamábamos “tío Julio”. No sé quién le bautizó así (probablemente Ana Urroz) pero era la mejor forma de concretar su bonhomía cercana y sobria.

Cuando yo llegué a esta redacción de Ibaeta, ¡hace treinta años!, Julio ya estaba aquí. Parecía surgido de la película Primera Plana, o de cualquier filme de Hollywood en el que Bogart hiciera de periodista. Envuelto permanentemente en el humo de sus cigarros, con el lápiz en la oreja y siempre la respuesta irónica en la boca, Julio era un clásico de la Redacción. Redactor-jefe, reinaba en las tareas de edición y compensaba su tarea oculta de mesa con artículos de un fino costumbrismo protagonizados por don Abelardo y las primas de Tolosa. Dibujaba con gusto, sacaba música de cualquier artilugio sonoro que cayera en sus manos y cuando algo no le gustaba prefería hacerse el sordo que armar una bronca. Eran tiempos en que a veces había bronca en las Redacciones: ahora cuando uno se mosquea revisa el Twitter.

Hablaba en “juliense”. “Lo que iba a cuatro calumnias ahora tienes que meterlo a una”, decía al recién llegado, que debía adivinar que en su lenguaje “calumnia” era “columna”. Cuando se perdía en la sala de teletipos podía traer en la mano unas inundaciones de Murcia o un robo en una sucursal del Banco Hispano-Americano. “Pasa la página par a la impar”, oías su voz entre el humo. En las reuniones de jefes era el hombre callado que hablaba lo justo: lo que le correspondía y la broma oportuna para desdramatizar la bronca del director a otro compañero. Si el compañero eras tú, se lo agradecías luego en la máquina del café. Porque Julio, además de cigarros, se alimentaba de cafés. En vena.

Era cariñoso y austero a la vez (era ‘alavés’, sí) y cuando alguna mañana de sábado yo traía a mis hijos, aún pequeños, al periódico, siempre querían sentarse en la mesa del “tío Julio”: sabían que ahí habría pinturas y hasta algún caramelo. Cada 19 de enero, cuando a media tarde montamos una tamborrada anárquica y amateur en la Redacción para calentar motores antes de que empiece la de verdad, Julio era nuestro Tambor Mayor, y desfilaba marcial entre mesas y ordenadores, envuelto en una casaca de Napoléon txikito, a los sones de Sarriegui.

Cuando Julio dejó el periodismo de trinchera (el verdadero Vietnam es hacer mesa en una Redacción, no irse a la guerra a mandar crónicas) tuvo la suerte de volcarse en una de sus viejas pasiones, los  toros, para convertirse en una especie de “corresponsal taurino”. El mundo del toro de Gipuzkoa se lo reconoció con premios oficiales y oficiosos. Aún recuerdo la emoción de Julio, hace un año y ya enfermo, cuando en Berastegi el gran Antxon Elosegui, la gran Nisa Goiburu y una cuadrilla no menos grande le rendimos un homenaje sencillo y guipuzcoano por ser cómo era. (En la foto, Julio y Nisa ese día, con el cuadro que le dedicó la artista).

Julio Díaz de Alda ha muerto demasiado pronto, como casi todos, pero queda su huella. Muchas veces seguimos citando sus frases, como hacemos con otros compañeros ya jubilados.  ”Como diria Julio…”, recordamos.

“Visto”, diría ahora Julio. Vamos a lo siguiente, pues.

 

 

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El discreto cierre del restaurante Aldanondo: un clásico de Donostia dice adiós. ¿O solo hasta luego?
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Mitxel Ezquiaga | 24-10-2016 | 14:47| 0

Podría escribirse una historia reciente de Gipuzkoa a través del restaurante Aldanondo. En sus mesas y ‘trastienda’ se gestaron operaciones políticas en la Transición, se sellaron gloriosas apuestas deportivas y se brindó por Conchas de Oro festivaleras. Hasta se jugaron partidas de cartas que según las leyendas se prolongaban hasta el amanecer.

El Aldanondo, nun clásico de la cocina clásica en un enclave clásico (la calle Euskal Herria, junto a la Parte Vieja) ha echado la persiana de forma discreta, y los clásicos, como Rafael Aguirre Franco, me piden que lo recordemos. “Era verdaderamente único, no solo por la calidad de su parrilla y productos sino por el ambiente que reunía”, me dice. “Allí se concentraba el mundo rural en su visita a Donostia. En el Aldanondo se acordaron las más famosas apuestas de la aizkora y fueron presentados los Campeonatos de diversas modalidades del Herri Kirolak, muchos de ellos organizados por el CAT. Su propietario Patxi es de Erregil y se le notaba pues formaba tertulias diarias en la primera mesa a la derecha, con ese mundo de deportistas, bertsolaris, etc”, cuenta Rafael Aguirre.

Ese restaurante fue, sí, la patria de aizkolaris y escritores, de pelotaris y cineastas, de familias y cuadrillas. Diego Galán solía llevarme ahí como si fuera su casa (bueno, Galán tenía más casas, como el Beti Jai, o después, Bernardo Etxea) y durante el Festival el restaurante era como una versión jatorra del María Cristina, repleto de gentes del séptimo arte. El Aldanondo fue el primer sitio donostiarra donde puso el pie Paul Auster, y aquella chuleta saldrá un día en una de sus novelas.

Patxi y su gente han cerrado el Aldanondo y el local está ahora a disposición de quien quiera recoger el testigo. Varios ilustres de la gastronomía local han echado ya el ojo. Se cierra una época, aunque señas de identidad del restaurante perviven en otros sitios. Su gran fotografía del viejo Kursaal y el viejo Gros, por ejemplo, ha cruzado la calle y se muestra en el Astelena de Ander Gonzalez. «Patxi era muy amigo de mi padre Alfonso y mío, y me pasó ese cuadro de tanto sabor para quienes vivimos aquí», me cuenta Ander, cuyo Astelena, por cierto, vivo un momento dulce de crítica y público.

Cierra el Aldanondo, pero quizás vuelva a abrir si alguien al final se anima a hacerse cargo del local. En los últimos años cerraron otros clásicos de la ciudad para no volver a abrir, como Nicolasa (bueno, ahora es una pensión de estilo neoyorquino), y otros han reaparecido en nuevas manos, como el Urepel o el Urola, que triunfa de la mano de Pablo Loureiro. Y también están los que cambiaron de alma, como el Panier Fleuri transmutado en Tsi-Tao.

 

 

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ETA y tú: aquel álbum íntimo cinco años después (escribí de mí porque soy el vasco que mejor conozco)
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Mitxel Ezquiaga | 19-10-2016 | 19:07| 0

Hace cinco años, un rato después del anuncio de la tregua de ETA, escribí un álbum íntimo: nueve fotos que resumían cómo esas siglas habían cambiado tantas vidas. También la mía.

Rescato el texto ahora que aquello parece tan lejano y da tanta pereza hablar del asunto. Ahí va:

 

¿Dónde estabas tú el jueves a las siete de la tarde? ¿Cómo te enteraste del fin?

Lo bueno de que la noticia te toque en un periódico es que no da tiempo de pensar. Lo vi el jueves en mis compañeros, entregados al teléfono y al ordenador, acuciados por la necesidad de sacar el periódico ‘histórico’ del día siguiente. Bajo el ritmo frenético escrutaba algunos ojos vidriosos, nudos en la garganta, llamadas en voz baja a sus gentes más cercanas.

ETA y tú, ETA y yo. Todos los que vivimos aquí tenemos una historia que contar. Hemos crecido sobre un polvorín que ha sido, a la vez, un lugar dinámico y creativo. Jamás entenderé la contradicción de vivir en la ciudad con más asesinados y, a la vez, con el metro más caro de vivienda.

Yo no sirvo para los análisis, pero puedo aportar mis imágenes: escribo de mí  porque  soy el vasco que mejor conozco.

 

1. La orla que no tuvimos. Dice Eguiguren que el drama de este país ha consistido en que el vecino del cuarto piso mataba al del tercero. En mi caso ese drama es la foto de mi generación. Mundaiz, quinta del 63. Recuerdo a Rafa, que murió al ir a colocar una bomba. A Alberto, Ernesto o Iñaki, que llevan años escoltados. A Josean, que ha pasado casi veinte años en la cárcel. A Patxi, que se tuvo que ir. Todos comíamos los mismos bocatas en el patio y sufríamos con el Otálora y sus logaritmos. La vida y sobre todo la muerte bifurcó destinos. Nunca nos hicimos la orla: si existiera, en ella veríamos a quienes son hoy ertzainas, taxistas, jueces, parados, periodistas, políticos o administrativos. Una foto rota como el país que hay que reconstruir.

 

2. Una paliza en Urgull. Nunca lo ha contado en público. Mayo del 80, tarde de sábado, bolera de la calle 31 de Agosto. Un chaval y su amigo Valentín salen de jugar al futbolín y se topan de bruces con las cargas policiales por la Parte Vieja. La gente escapa hacia Urgull; el chaval, también. Ese día la Policía sube hasta arriba y la genética torpeza del corredor le hace caer ante los antidisturbios. Le empujan a una zona con zarzas y durante un tiempo interminable le propinan una soberana paliza. Ellos mismos se asustan. «Déjalo ya, Benjamín, que lo vamos a matar». Ese nombre nunca se le olvidará al chaval.

De ahí al Cuarto de Socorro y luego a Comisaría. Amenazas, insultos. El juez le deja libre por la mañana. Días después el chaval ve en la primera del periódico las fotos de dos de los policías que le habían amedrentado en el calabozo: han sido asesinados en un bar de Amara. La noticia le duele tanto como la paliza.
Aquel chaval era yo.

 

3. Un cuerpo en una calle. Para un periodista vasco el «conflicto» ha sido una constante. ¿Cuándo fue tu primer atentado? A algunos apenas dio tiempo a sentarnos: días después de llegar como becario a La Voz de Euskadi, a principios de los 80, me tocó el primero: un guardia civil asesinado en Errenteria. ‘Cubrir’ los atentados era un ritual siniestro y casi rutinario. Luego vendrían funerales, entrevistas a víctimas, rondas de condenas. Recuerdo una noche de domingo especialmente sórdida: yo estaba de Cierre, esperando que dieran las dos para salir a tomar unas cervezas. De pronto, una llamada del Gobierno Civil: han matado a un expolicía que jugaba a cartas en un bar de Eguía. Un asesinato casi clandestino: escribir prosa formularia («el atentado se produjo a la una, cuando un encapuchado…») para que el lector que ahora duerme se lo encuentre en el desayuno de mañana.

Hace un par de años, cuando mataron a Inaxio Uria, me tocó otra vez reconstruir en papel una vida truncada por la muerte. El sinsentido era cada vez más insorportable.

 

4. Un desayuno con  Ordóñez. Un estudio de radio en la calle Miracruz. Gregorio Ordóñez, Gonzalez de Txabarri y yo compartimos tertulia. Al salir  intercambiamos bromas, novedades sobre nuestros hijos y pronósticos en torno a la Real. A las cuatro de la tarde nos llega la noticia de que le han matado en La Cepa. La desolación es absoluta. Sólo una pistola podía frenar ese ciclón que era Ordóñez.

 

5. Una reunión con Santi. 2001. Fernando Berridi nos reúne en un despacho de este periódico: a mí me acaban de enviar a Teledonosti en comisión de servicios y Santi Oleaga debe chequear las cuentas. Quedamos en volver a vernos la mañana siguiente. Esa reunión no llegará: a primera hora matan a Santi, un ‘director financiero’ que muchos días iba a trabajar en bici y zapatillas.

 

6. Una casa de Alabama. Gente culta, lectora del New York Times e interesada por el mundo me pregunta por el drama vasco. Cuanto más pregunta más complicadas son mis explicaciones. «Llevo una vida en mi país y no lo entiendo. ¿Cómo explicarlo en media hora?». Cuando toca contar lejos  nuestra ‘guerra y paz’ es cuando más cuenta te das de nuestra locura.

 

7. El fantasma de Aiete. Años 80. Ramón Labayen me lleva al Palacio de Aiete, recuperado por la ciudad. El conserje bromea: dicen que un fantasma planea por el palacio. Años después vuelvo con Odón Elorza: explica su proyecto de ‘casa de la paz’. El lunes un auto sacramental sirvió ahí de pista de aterrizaje para el fin. Es la enésima ironía del destino. ¿Qué dirán ahora las psicofonías de Aiete?

 

8. La visera de Josu Jon. Al principio no lo reconocí: paseaba de incógnito por Ondarreta. Josu Jon Imaz, hace años. Me auguró el final de ETA con precisión casi milimétrica: «No será una foto finish, sino un proceso con dientes de sierra en el que, un día, veremos que la pesadilla ha terminado». El jueves todos recibimos la noticia entre el cansancio y el escepticismo. ¡Claro que llega tarde!

 

9. La foto pendiente. El follonero de La Sexta se ha convertido en retratista de nuestra guerra. Su programa de hace un año, cuando  Eguiguren adelantó lo que iba a llegar, es pieza de coleccionista. El domingo dio otra visión del país con nuestras cicatrices: borrando a ETA. La convivencia es la foto pendiente.

Ayer, de momento, hizo sol.

 

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