Diario Vasco
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Tío Julio (una de periodistas)
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Mitxel Ezquiaga | 11-12-2016 | 19:25| 3

Los periódicos somos pudorosos, aunque no lo parezca: dedicamos muchas páginas a los muertos ilustres “de fuera” y racaneamos el espacio cuando se va uno de los nuestros. El viernes falleció Julio Díaz de Alda, un histórico de este papel, y lo despedimos discretamente, como mandan los cánones. Pero a algunos nos jode íntimamente, o así, que baste un folio para decir adiós a un señor que dedicó su vida a que este periódico sea uno de los que mejor aguanta el embate de las crisis en España, el Estado, estepaís o como quieras llamarlo. Se llamaba Julio Díaz de Alda (no confundir con su hijo, que escribe, vive y colea, como sucesor, en las páginas de Economía) pero los que le queríamos le llamábamos “tío Julio”. No sé quién le bautizó así (probablemente Ana Urroz) pero era la mejor forma de concretar su bonhomía cercana y sobria.

Cuando yo llegué a esta redacción de Ibaeta, ¡hace treinta años!, Julio ya estaba aquí. Parecía surgido de la película Primera Plana, o de cualquier filme de Hollywood en el que Bogart hiciera de periodista. Envuelto permanentemente en el humo de sus cigarros, con el lápiz en la oreja y siempre la respuesta irónica en la boca, Julio era un clásico de la Redacción. Redactor-jefe, reinaba en las tareas de edición y compensaba su tarea oculta de mesa con artículos de un fino costumbrismo protagonizados por don Abelardo y las primas de Tolosa. Dibujaba con gusto, sacaba música de cualquier artilugio sonoro que cayera en sus manos y cuando algo no le gustaba prefería hacerse el sordo que armar una bronca. Eran tiempos en que a veces había bronca en las Redacciones: ahora cuando uno se mosquea revisa el Twitter.

Hablaba en “juliense”. “Lo que iba a cuatro calumnias ahora tienes que meterlo a una”, decía al recién llegado, que debía adivinar que en su lenguaje “calumnia” era “columna”. Cuando se perdía en la sala de teletipos podía traer en la mano unas inundaciones de Murcia o un robo en una sucursal del Banco Hispano-Americano. “Pasa la página par a la impar”, oías su voz entre el humo. En las reuniones de jefes era el hombre callado que hablaba lo justo: lo que le correspondía y la broma oportuna para desdramatizar la bronca del director a otro compañero. Si el compañero eras tú, se lo agradecías luego en la máquina del café. Porque Julio, además de cigarros, se alimentaba de cafés. En vena.

Era cariñoso y austero a la vez (era ‘alavés’, sí) y cuando alguna mañana de sábado yo traía a mis hijos, aún pequeños, al periódico, siempre querían sentarse en la mesa del “tío Julio”: sabían que ahí habría pinturas y hasta algún caramelo. Cada 19 de enero, cuando a media tarde montamos una tamborrada anárquica y amateur en la Redacción para calentar motores antes de que empiece la de verdad, Julio era nuestro Tambor Mayor, y desfilaba marcial entre mesas y ordenadores, envuelto en una casaca de Napoléon txikito, a los sones de Sarriegui.

Cuando Julio dejó el periodismo de trinchera (el verdadero Vietnam es hacer mesa en una Redacción, no irse a la guerra a mandar crónicas) tuvo la suerte de volcarse en una de sus viejas pasiones, los  toros, para convertirse en una especie de “corresponsal taurino”. El mundo del toro de Gipuzkoa se lo reconoció con premios oficiales y oficiosos. Aún recuerdo la emoción de Julio, hace un año y ya enfermo, cuando en Berastegi el gran Antxon Elosegui, la gran Nisa Goiburu y una cuadrilla no menos grande le rendimos un homenaje sencillo y guipuzcoano por ser cómo era. (En la foto, Julio y Nisa ese día, con el cuadro que le dedicó la artista).

Julio Díaz de Alda ha muerto demasiado pronto, como casi todos, pero queda su huella. Muchas veces seguimos citando sus frases, como hacemos con otros compañeros ya jubilados.  ”Como diria Julio…”, recordamos.

“Visto”, diría ahora Julio. Vamos a lo siguiente, pues.

 

 

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El discreto cierre del restaurante Aldanondo: un clásico de Donostia dice adiós. ¿O solo hasta luego?
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Mitxel Ezquiaga | 24-10-2016 | 14:47| 0

Podría escribirse una historia reciente de Gipuzkoa a través del restaurante Aldanondo. En sus mesas y ‘trastienda’ se gestaron operaciones políticas en la Transición, se sellaron gloriosas apuestas deportivas y se brindó por Conchas de Oro festivaleras. Hasta se jugaron partidas de cartas que según las leyendas se prolongaban hasta el amanecer.

El Aldanondo, nun clásico de la cocina clásica en un enclave clásico (la calle Euskal Herria, junto a la Parte Vieja) ha echado la persiana de forma discreta, y los clásicos, como Rafael Aguirre Franco, me piden que lo recordemos. “Era verdaderamente único, no solo por la calidad de su parrilla y productos sino por el ambiente que reunía”, me dice. “Allí se concentraba el mundo rural en su visita a Donostia. En el Aldanondo se acordaron las más famosas apuestas de la aizkora y fueron presentados los Campeonatos de diversas modalidades del Herri Kirolak, muchos de ellos organizados por el CAT. Su propietario Patxi es de Erregil y se le notaba pues formaba tertulias diarias en la primera mesa a la derecha, con ese mundo de deportistas, bertsolaris, etc”, cuenta Rafael Aguirre.

Ese restaurante fue, sí, la patria de aizkolaris y escritores, de pelotaris y cineastas, de familias y cuadrillas. Diego Galán solía llevarme ahí como si fuera su casa (bueno, Galán tenía más casas, como el Beti Jai, o después, Bernardo Etxea) y durante el Festival el restaurante era como una versión jatorra del María Cristina, repleto de gentes del séptimo arte. El Aldanondo fue el primer sitio donostiarra donde puso el pie Paul Auster, y aquella chuleta saldrá un día en una de sus novelas.

Patxi y su gente han cerrado el Aldanondo y el local está ahora a disposición de quien quiera recoger el testigo. Varios ilustres de la gastronomía local han echado ya el ojo. Se cierra una época, aunque señas de identidad del restaurante perviven en otros sitios. Su gran fotografía del viejo Kursaal y el viejo Gros, por ejemplo, ha cruzado la calle y se muestra en el Astelena de Ander Gonzalez. «Patxi era muy amigo de mi padre Alfonso y mío, y me pasó ese cuadro de tanto sabor para quienes vivimos aquí», me cuenta Ander, cuyo Astelena, por cierto, vivo un momento dulce de crítica y público.

Cierra el Aldanondo, pero quizás vuelva a abrir si alguien al final se anima a hacerse cargo del local. En los últimos años cerraron otros clásicos de la ciudad para no volver a abrir, como Nicolasa (bueno, ahora es una pensión de estilo neoyorquino), y otros han reaparecido en nuevas manos, como el Urepel o el Urola, que triunfa de la mano de Pablo Loureiro. Y también están los que cambiaron de alma, como el Panier Fleuri transmutado en Tsi-Tao.

 

 

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ETA y tú: aquel álbum íntimo cinco años después (escribí de mí porque soy el vasco que mejor conozco)
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Mitxel Ezquiaga | 19-10-2016 | 19:07| 0

Hace cinco años, un rato después del anuncio de la tregua de ETA, escribí un álbum íntimo: nueve fotos que resumían cómo esas siglas habían cambiado tantas vidas. También la mía.

Rescato el texto ahora que aquello parece tan lejano y da tanta pereza hablar del asunto. Ahí va:

 

¿Dónde estabas tú el jueves a las siete de la tarde? ¿Cómo te enteraste del fin?

Lo bueno de que la noticia te toque en un periódico es que no da tiempo de pensar. Lo vi el jueves en mis compañeros, entregados al teléfono y al ordenador, acuciados por la necesidad de sacar el periódico ‘histórico’ del día siguiente. Bajo el ritmo frenético escrutaba algunos ojos vidriosos, nudos en la garganta, llamadas en voz baja a sus gentes más cercanas.

ETA y tú, ETA y yo. Todos los que vivimos aquí tenemos una historia que contar. Hemos crecido sobre un polvorín que ha sido, a la vez, un lugar dinámico y creativo. Jamás entenderé la contradicción de vivir en la ciudad con más asesinados y, a la vez, con el metro más caro de vivienda.

Yo no sirvo para los análisis, pero puedo aportar mis imágenes: escribo de mí  porque  soy el vasco que mejor conozco.

 

1. La orla que no tuvimos. Dice Eguiguren que el drama de este país ha consistido en que el vecino del cuarto piso mataba al del tercero. En mi caso ese drama es la foto de mi generación. Mundaiz, quinta del 63. Recuerdo a Rafa, que murió al ir a colocar una bomba. A Alberto, Ernesto o Iñaki, que llevan años escoltados. A Josean, que ha pasado casi veinte años en la cárcel. A Patxi, que se tuvo que ir. Todos comíamos los mismos bocatas en el patio y sufríamos con el Otálora y sus logaritmos. La vida y sobre todo la muerte bifurcó destinos. Nunca nos hicimos la orla: si existiera, en ella veríamos a quienes son hoy ertzainas, taxistas, jueces, parados, periodistas, políticos o administrativos. Una foto rota como el país que hay que reconstruir.

 

2. Una paliza en Urgull. Nunca lo ha contado en público. Mayo del 80, tarde de sábado, bolera de la calle 31 de Agosto. Un chaval y su amigo Valentín salen de jugar al futbolín y se topan de bruces con las cargas policiales por la Parte Vieja. La gente escapa hacia Urgull; el chaval, también. Ese día la Policía sube hasta arriba y la genética torpeza del corredor le hace caer ante los antidisturbios. Le empujan a una zona con zarzas y durante un tiempo interminable le propinan una soberana paliza. Ellos mismos se asustan. «Déjalo ya, Benjamín, que lo vamos a matar». Ese nombre nunca se le olvidará al chaval.

De ahí al Cuarto de Socorro y luego a Comisaría. Amenazas, insultos. El juez le deja libre por la mañana. Días después el chaval ve en la primera del periódico las fotos de dos de los policías que le habían amedrentado en el calabozo: han sido asesinados en un bar de Amara. La noticia le duele tanto como la paliza.
Aquel chaval era yo.

 

3. Un cuerpo en una calle. Para un periodista vasco el «conflicto» ha sido una constante. ¿Cuándo fue tu primer atentado? A algunos apenas dio tiempo a sentarnos: días después de llegar como becario a La Voz de Euskadi, a principios de los 80, me tocó el primero: un guardia civil asesinado en Errenteria. ‘Cubrir’ los atentados era un ritual siniestro y casi rutinario. Luego vendrían funerales, entrevistas a víctimas, rondas de condenas. Recuerdo una noche de domingo especialmente sórdida: yo estaba de Cierre, esperando que dieran las dos para salir a tomar unas cervezas. De pronto, una llamada del Gobierno Civil: han matado a un expolicía que jugaba a cartas en un bar de Eguía. Un asesinato casi clandestino: escribir prosa formularia («el atentado se produjo a la una, cuando un encapuchado…») para que el lector que ahora duerme se lo encuentre en el desayuno de mañana.

Hace un par de años, cuando mataron a Inaxio Uria, me tocó otra vez reconstruir en papel una vida truncada por la muerte. El sinsentido era cada vez más insorportable.

 

4. Un desayuno con  Ordóñez. Un estudio de radio en la calle Miracruz. Gregorio Ordóñez, Gonzalez de Txabarri y yo compartimos tertulia. Al salir  intercambiamos bromas, novedades sobre nuestros hijos y pronósticos en torno a la Real. A las cuatro de la tarde nos llega la noticia de que le han matado en La Cepa. La desolación es absoluta. Sólo una pistola podía frenar ese ciclón que era Ordóñez.

 

5. Una reunión con Santi. 2001. Fernando Berridi nos reúne en un despacho de este periódico: a mí me acaban de enviar a Teledonosti en comisión de servicios y Santi Oleaga debe chequear las cuentas. Quedamos en volver a vernos la mañana siguiente. Esa reunión no llegará: a primera hora matan a Santi, un ‘director financiero’ que muchos días iba a trabajar en bici y zapatillas.

 

6. Una casa de Alabama. Gente culta, lectora del New York Times e interesada por el mundo me pregunta por el drama vasco. Cuanto más pregunta más complicadas son mis explicaciones. «Llevo una vida en mi país y no lo entiendo. ¿Cómo explicarlo en media hora?». Cuando toca contar lejos  nuestra ‘guerra y paz’ es cuando más cuenta te das de nuestra locura.

 

7. El fantasma de Aiete. Años 80. Ramón Labayen me lleva al Palacio de Aiete, recuperado por la ciudad. El conserje bromea: dicen que un fantasma planea por el palacio. Años después vuelvo con Odón Elorza: explica su proyecto de ‘casa de la paz’. El lunes un auto sacramental sirvió ahí de pista de aterrizaje para el fin. Es la enésima ironía del destino. ¿Qué dirán ahora las psicofonías de Aiete?

 

8. La visera de Josu Jon. Al principio no lo reconocí: paseaba de incógnito por Ondarreta. Josu Jon Imaz, hace años. Me auguró el final de ETA con precisión casi milimétrica: «No será una foto finish, sino un proceso con dientes de sierra en el que, un día, veremos que la pesadilla ha terminado». El jueves todos recibimos la noticia entre el cansancio y el escepticismo. ¡Claro que llega tarde!

 

9. La foto pendiente. El follonero de La Sexta se ha convertido en retratista de nuestra guerra. Su programa de hace un año, cuando  Eguiguren adelantó lo que iba a llegar, es pieza de coleccionista. El domingo dio otra visión del país con nuestras cicatrices: borrando a ETA. La convivencia es la foto pendiente.

Ayer, de momento, hizo sol.

 

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Yo también leo ‘Patria’ de Fernando Aramburu: adictiva y desasosegante como el propio ‘paisito’
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Mitxel Ezquiaga | 18-09-2016 | 19:41| 0

Antes de sumergirme en el Festival, esa otra patria del cine y del glamour, he vivido en la patria de Fernando Aramburu, que es la nuestra. Yo también devoro ‘Patria’, el libro-del-momento-del-que-todo-el-mundo-habla, pero que perdurará muchos momentos más. Es una novela adictiva, incómoda e inquietante como el propio paisito que retrata. Desasosiega porque la realidad que cuenta es desasosegante.

Aramburu presentó su libro el jueves en el Koldo Mitxelena de Donostia con el aire de sabio despistado que gasta este hombre que nació en Ibaeta y lleva treinta años viviendo en Alemania, aunque bien conectado con sus orígenes.

Cuando yo era un adolescente alucinaba con las locuras surrealistas que Aramburu y sus amigos del grupo Cloc protagonizaban en aquella San Sebastián en blanco y negro de la Transición, aventuras que contó el propio Aramburu en ‘Fuegos con limón’, una novela divertida y triste que es un espejo estupendo y esperpéntico de una época y una ciudad no menos esperpénticos. En ‘Años lentos’ retrató después otra época de iniciaciones y conflictos, y ahora apabulla con ‘Patria’.

He contado muchas veces una cena en San Sebastián, hace muchos años, sentado entre Ramiro Pinilla y Fernando Aramburu. Pinilla fue un cronista del País Vasco y Aramburu le toma el relevo para contar el final de nuestra ‘guerra y paz’.

‘Patria’ engancha e irrita a la vez porque nos recuerda crudamente lo que hemos vivido (¿vivimos?). Incluso las situaciones y personajes que podrían parecer clichés nos incomodan porque esos clichés los hemos visto (¿vemos?) en la realidad. El nuestro ha sido, o es, entre otras cosas, un país de clichés.

No es una novela feliz, pero tampoco resulta agradable ir al dentista y se recomienda visitarlo de vez en cuando. La ‘patria’ de Aramburu es la patria en la que hemos vivido unos y otros. Un gran libro, y no solo por sus seiscientas páginas. Por cierto: el microcosmos que sirve de escenario principal a la novela, y cuyo nombre no se explicita en las páginas, bien podría estar inspirado en Hernani. Pero eso es secundario. Es el lugar donde hemos crecido vascos de sucesivas generaciones.

 

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¿Has suspendido? Mira a Martín Berasategui: vuelve como distinguido al lugar donde suspendió todo
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Mitxel Ezquiaga | 04-07-2016 | 18:40| 5

 

¿Afronta tu hijo o hija el verano cargado de suspensos? ¿Tienes tu expediente académico en números rojos? Pues leed la parábola de Martín Berasategui: el joven cocinero suspendió todas las asignaturas a su paso por Lecaroz y ahora le invitan a lo que fue su internado como alumno distinguido. Es una historia que sirve de consuelo para gente en apuros: el otro día me la volvió a contar mientras paseábamos por La Concha en madrugadora caminata. Allá va.

Berasategui tenía 14 años y era mal estudiante. Había pasado, con poco éxito, por colegios como Mundaiz. Así que su familia le envió a Lecaroz. El mítico internado del norte de Navarra acogía tanto a prometedores jóvenes (como un Pedro Miguel Etxenike que ya apuntaba maneras) como a ‘rebotados’ de otros centros.

Martín pasó un año en el internado. «Suspendí las diez asignaturas», confiesa ahora. «Algunas, porque era un desastre. Otras, como francés, las podía haber aprobado, pero mi interés era suspenderlas todas. Había pactado con mis padres que si iba mal en los estudios podría dedicarme al fin a lo que quería: la cocina».

Durante el curso Berasategui tuvo que disimular. Con la complicidad del portero de su casa familiar en Donostia ‘interceptaban’ las cartas que llegaban del internado: fue el tiempo en que Martín aprendió a falsificar la firma de su padre para fingir que éste daba ‘acuse de recibo’ a las notas (o sea, los suspensos) que llegaban desde Lecaroz. Es otra de las partes hermosas de la historia: aquella firma del padre que Berasategui copiaba es hoy la firma ‘oficial’ del cocinero. Está en las fachadas de sus restaurantes y en sus cartas, como un último homenaje del chef a su aita.

Llegó el final de curso, se destapó el desastre escolar de Martín y éste logró lo que quería: trabajar en la cocina del bodegón familiar. Era septiembre de 1975 y tenía 15 años. Poco tiempo después llegaría el momento en que Berasategui dijo a su madre y a su tía que ya era para ellas hora de descansar y él asumió las riendas del Alejandro… hasta ser el rey de la Michelin y el cocinero top que es hoy.

Los exalumnos del desaparecido Lecaroz montaron hace un par de semanas un acto para conmemorar los 105 años de la Asociación. Se acercaron a los restos del internado que ya no existe algunos ilustres antiguos estudiantes: el propio Etxenike, el obispo Izeta, el periodista Fermín Goñi… y Berasategui, el estudiante que había suspendido todas.

¿Moraleja?, pregunto a Martín al terminar el paseo mañanero. «Que es muy importante estudiar y que me hubiera encantado ser mejor alumno», responde. «Pero que también hay otras formas de salir adelante en la vida, y que no hay que hacer dramas a cuenta de los suspensos», reflexiona en voz alta. «Mi sueño era ser cocinero y lo conseguí. Y encima he logrado cosas que nunca hubiera soñado». Es la parábola de Martín, quizás no edificante pero seguro que útil en fechas como éstas: una excusa para alumnos suspendidos, un consuelo para padres enfadados.

(en la foto, el Martín de sus principios como cocinero, en el Bodegón Alejandro)

 

 

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